The Mighty Fall
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Tras años de represión y batallas libradas, hoy son los magos los que caminan en las calles más pulcras del Capitolio. Bajo un régimen que condena a los muggles y a los traidores a la persecución, una nueva era se agita a la vuelta de la esquina. La igualdad es un mito, los gritos de justicia se ven asfixiados. Existen aquellos que quieren dar vuelta el tablero, otros que buscan sembrar la paz entre razas y magos dispuestos a lo que sea para conservar el poder que por mucho tiempo se les ha negado. La guerra ha llegado a cada uno de los distritos. ¿Qué ficha moverás?
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Flame you came to me ✘ Lara
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Hans M. Powell
Ministro de Justicia
Siento que todavía estoy temblando, lo suficiente como para ser incapaz de abrir por mi cuenta la botella de agua que Josephine me ha alcanzado. Como me quedo con la vista perdida en algún punto de la pared, ella chasquea la lengua, me la quita y me la devuelve ya sin tapa, por lo que murmuro un agradecimiento y bebo con lentitud. He regresado a mi departamento en cuanto terminó la junta y, siendo sábado, se encuentra relativamente vacío. El silencio no es de ayuda, no cuando todavía tengo el eco de los gritos de Notch Labors y la desagradable succión por parte del dementor que consumió su alma hasta dejarlo vacío. Tengo el permiso para marcharme a mi casa, pero siento que no soy capaz de desaparecerme ahora. Tengo que dejar la botella sobre el escritorio y me llevo una mano a la cara, froto mis sienes y luego mis párpados. Estoy jodido. Estoy jodidamente jodido. Van a tomar mis archivos y encontrarán el modo de dejarme tan hueco como el ministro de investigación. Ex ministro, ahora no sirve de nada. Y si tengo suerte y no muero de la manera más cruel, es porque he aceptado apoyar un gobierno que se ha salido de los límites y pone en riesgo a mi familia. Meerah es mestiza, Phoebe también. Confío en que tienen sus expedientes limpios, que puedo cuidarlas, que ningún dementor les va a respirar en la nuca. Solo que hay un pequeño detalle.

Es complicado tener gente por la cual preocuparse. Hay una vocecita irritante que me recuerda que Lara no está limpia, que yo me encargué de ocultarlo por años y que apenas busquen motivos para culparla en base a su sangre, tendrán con qué respaldarse. Bueno, eso si agarran los archivos que quedaron escondidos en mi casa y cuya existencia es la única que la condena; gracias bombardeo por al menos darme eso. Si Scott cae, mi hijo cae con ella y es una oferta dos por uno que no pienso tomar. Respiro un par de veces y sacudo la cabeza cuando Josephine me pregunta cautelosamente si necesito algo más, le entrego la botella y me apoyo en el escritorio para tomar el impulso de ponerme de pie. En minutos, ya estoy saliendo del ministerio con paso apretado y la idea fija en la cabeza. Quedó en claro que no puedo rebelarme o echarme atrás, así que haré lo que mejor hago: sacar provecho de mi puesto, para bien o para mal.

Para cuando entro a mi casa, lo hago tan rápido que Maui se detiene a medio camino con una pila de ropa sucia y me pregunta qué es lo que sucede con un tonito escandalizado que me deja bien en claro que me debo ver peor de lo normal — ¿Dónde está Lara? — no doy más explicaciones, tarda en decirme que cree que está arriba y no espero más para salir disparado por las escaleras. La música lejana me indica que Meerah debe estar encerrada en su habitación, así que eso me da la seguridad de que no va a escuchar nada, lo cual es un alivio. Para cuando abro la puerta de mi dormitorio, oigo el agua corriente del baño y suspiro; quizá volvió a vomitar o se está dando una ducha, es lo mismo, mientras me dé el tiempo y la privacidad para poder explicarme. No sé si esto va a funcionar, pero es lo único que tengo ahora. Me meto en el armario, aparto las perchas que me fastidian el camino y meto mi dedo en el identificador de la caja fuerte, antes de presionar la clave. Empujo algunos galeones, documentos propios y un reloj, hasta dar con la carpeta que busco — Scott, Scott, Scott… — susurro para mí mismo, pasando los apellidos a gran velocidad. ¿Qué haré con varios de estos nombres? Quizá pueda explicar el caso de Brawn, pero deberé entregar a este otro sujeto, Denvers. Ahora ellos dan igual.

Tiro de las hojas justo cuando oigo como la puerta del baño se abre y giro la cabeza, viéndola salir — Hola — creo que es el saludo más escueto que puedo soltar y no estoy seguro de que mi voz suene como lo hace normalmente. Lanzo el resto de los documentos a la caja, cierro la puerta y salgo del armario, apenas echándole una ojeada a la fotografía que decora su archivo. Una Lara de hace siete años — ¿Podemos hablar? — No tengo idea de cómo comenzar esto o cómo explicarlo. Solo me detengo frente a ella y le tiendo las hojas, sintiendo la garganta seca a pesar de haber bebido agua hace no mucho — ¿Recuerdas que te dije que el trato se acababa cuando yo lo dijera? Bueno, lo termino. Se acabó, es tuyo — porque de continuar, podemos perderlo todo.
Hans M. Powell
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Invitado
Invitado
Han asesinado a la mismísima ministra en esta isla de seguridad excesiva, así que diría que no estamos a salvo en ningún lugar. No quiero hacer este comentario delante de Hans, no cuando el ministerio está puesto de cabeza, asumo que lo mejor es mantenernos de puertas para dentro, donde sea que estemos. Así que hago lo que nunca me vi haciendo y es pasarme todas las horas de la tarde poniéndome al día con la telenovela de Meerah, haciéndole compañía en ausencia de su padre que está en reuniones interminables, hasta que ella misma como la adolescente que es, busca su propio espacio. Llamo a mi madre cada tanto para hablar de cualquier cosa, menos del discurso que se ha transmitido esta mañana para mostrarnos la cara de quien ocupará el lugar dejado por Jamie Niniadis. Mi escepticismo rotundo a sus palabras es predecible, nunca he creído que se pueda alcanzar un mundo mejor mientras se refuerza el estatus de los magos con una opresión violenta. Es por culpa de estos pensamientos que tuve que hacerme un espacio de tiempo entre semana para ir a casa de Ivar y reconozco que es mejor que ir a un terapeuta, aunque cansador. Froto mi frente para aliviar esa presión que siento desde hace unos días, dejando que el agua de la ducha limpie mi rostro.  

Escucho los movimientos dentro del armario de Hans cuando salgo del baño peinando mi cabello húmedo con los dedos, al cerrar la puerta a mi espalda puedo verlo y no escondo la sorpresa que me provoca que esté parado allí. No tanto porque crea que es imposible que esté hurgando en su propia ropa, sino porque creo que estos días apenas ha pasado unas horas en su casa. Eso habla muy mal de su horario de trabajo. El humor no es el ideal para hacer un chiste sobre explotación laboral, así que me lo vengo guardando. Por debajo de las mangas cortas de mi camiseta se eriza la piel de mis brazos, hay algo en su tono al saludarme que me prepara para una mala noticia. —Hola— respondo con la voz hueca. ¿Ya no será ministro? ¿Han decidido despedir a todos los que acompañaron a Jamie Niniadis? Hay una lógica en que cada nuevo gobernante ponga a su propia gente de confianza en los puestos más importantes, por ejemplo, he reconocido a la mujer que estaba parada a su lado durante el discurso y puedo asegurar que no la vi haciendo carrera en el ministerio. ¿Qué demonios hace ahí? Tengo miedo de preguntarme seguido, de ahora en más, cómo demonios hemos llegado a esto.

No reconozco la carpeta que tiene en sus manos y tengo que ver la foto de una muchacha con el cabello oscuro, mucho más largo, el rostro más redondeado, para reconocerme en ella. Miro hacia la puerta para comprobar que está cerrada, me permito creer que Meerah no elegirá este momento para venir a preguntar si queremos merendar algo. Ordeno los bordes de las hojas con mis dedos, dándome cuenta que se trata de mi expediente y tengo que admitir, muy a mi pesar, que experimento una ansiedad feliz al tenerlo en mi posesión, de haber sido absuelta de mi deuda. Puedo evocar a una Lara de hace unos meses, que una noche en su taller hizo una confusión con los términos de esta deuda, y esa misma Lara tomaría estos papeles, correría lejos como el diablillo que es, se reiría a carcajadas en su libertad. Pero lo que hago es dar un paso hacia Hans, procuro entender lo que está pasando al mirar con detenimiento cada rasgo de su rostro pálido de muerte, sé que está sucediendo algo que nos supera a nosotros, y aun así pregunto lo que jamás hace unos meses hubiera podido creer que estaría preguntando. —¿Es porque voy a tener un hijo tuyo?—. Cruzo un brazo sobre mi pecho, reteniendo las hojas ahí, y creo que es miedo lo que siento al extender mi mano hacia él para colocarla sobre su brazo, para que sienta el calor de mi palma. Es miedo a que se desvanezca como un fantasma y por eso trato de sentirlo. —¿Qué está pasando?— tiene que decírmelo.
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Hans M. Powell
Ministro de Justicia
Sí y no. Es en parte por mi hijo, en parte porque no quiero que le suceda nada. Porque sé que hemos llegado a un punto donde no puedo hacer oídos sordos e ignorar una amenaza cerca suyo, cosa que hace algunos meses no me hubiera importado en lo absoluto. Si tenía que entregarla a las fauces de una criatura hambrienta por su alma, lo habría hecho para salvar la mía. Puedo hacerlo todavía con cualquier otra persona, pero no con ella. Abro la boca, pero no contesto. Tengo el infantil impulso de ponerme a llorar y buscar refugio entre sus brazos, pero tampoco me siento capaz de hacer algo como eso. Solo sacudo con la cabeza en respuesta a su primera pregunta, porque esto va más allá del hijo que estamos esperando. Es su tacto el que hace que reaccione y llevo una mano para posarla sobre la suya, aprieto el agarre y me doy cuenta de que aún tiemblo un poco. Parpadeo, trato de encontrar un eje y me fijo en su rostro, agradecido por la extraña sensación de seguridad de tenerla aquí, en un sitio tan familiar para mí como mi propio dormitorio. Donde creo que todavía podemos hablar con libertad.

Yo… — la voz pastosa delata que estoy ahogado y tengo que aclararme la garganta. Cambio un poco el peso de mis piernas en un intento de conseguir la comodidad que soy incapaz de sentir — Acabo de ver como nuestro nuevo presidente— enfatizo el título, la mirada que le lanzo deja en claro que ese es el modo en el cual Aminoff se ha catalogado y no puedo hacer mucho más que obedecer su capricho — … él solo… bueno, dejó que un dementor besara a Notch Labors solo porque le plantó cara a su nuevo sistema — que si bien fue una tremenda estupidez de su parte, no creí que habría terminado de esa manera. Intento que la imagen no regrese y cierro los ojos con fuerza, torciendo un poco los labios y aprieto su mano con algo más de ímpetu — Fue desagradable — casi hubiera preferido que lo asesine adelante de todos, antes que dejarlo como un vegetal. Eso al menos habría sido más misericordioso.

La suelto con desgano y me arrastro hasta que me dejo caer sobre la cama, sentado de manera tal que mis hombros se encuentran caídos y mis piernas se estiran en agotamiento. Tironeo de la corbata con movimientos cansinos, la dejo caer al suelo y me deshago del saco, al cual arrugo entre mis dedos nerviosos. Sé que lo que he dicho no acaba de explicar el panorama completo, pero la seriedad de mi rostro debe darle la impresión correcta de que tampoco encuentro por dónde empezar. Hago un repaso lo más rápido que puedo, tomo algo de aire y lo largo al hablar — Quiere purificar la sangre. No solo ha decidido que debemos aliarnos con las criaturas mágicas para ganar la guerra, sino que le dio vía libre a los dementores para hacer patrullas. También quiere contar con los licántropos, los gigantes y demás. Fue un desastre — uno que ninguno pudo evitar, eso está claro. Acomodo el saco a un lado, junto mis manos y, por fin, me atrevo a mirarla — Aumentarán los impuestos, privatizarán el Royal e investigarán a los funcionarios del ministerio para asegurarse de que ningún traidor se encuentre entre nosotros. No podía… — mis ojos bajan hasta los papeles que ella sostiene y prenso mis labios, seguro de que mis fosas nasales se han ensanchado — No solo estaré bajo la lupa por ser mestizo, sino que no puedo permitir que encuentren esto. Nos matarán si lo saben — yo puedo encontrar el modo de zafar, pero ella no — Es la única copia que queda. Jamás he confiado en los archivos electrónicos porque cualquiera puede hackearlos y el atentado acabó con los anteriores documentos. Es tuyo para que lo elimines — me explico, intento acelerar un poco mis palabras para ser rápido y conciso. Apoyo una mano en el colchón e inclino mi torso en su dirección, tratando de que me escuche a pesar de que baje un poco el tono de mi voz — No quiero perderte, así que prefiero hacer esto. Es mi modo de mantenerlos a salvo — de verdad, espero que ella colabore con esto y entienda que ya no hay lugar para tonterías y riesgos innecesarios. Por una vez.
Hans M. Powell
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Invitado
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Percibo el temblor de su mano que se siente fría sobre la mía, suspiro al aguardar una respuesta que explique su estado, no lo escucho capaz de articular más que frases sueltas y al estar acostumbrada a su labia, sé que este es el indicio de que todo está mal. Sujeto su mirada con la mía para que se sostenga en pie, no pestañeo cuando se refiere al hijo de Jamie Niniadis como el presidente de Neopanem, apenas se nota que contengo la respiración. Me he olvidado de cómo hacerlo cuando puedo lograr una imagen mental de lo que acaba de decirme. El ministro de mi departamento fue besado por un dementor en una reunión de protocolo. —¿Por qué demonios…?— ¿Alguien haría algo así? No sé por qué desde muy lejos me llega la voz de un sujeto que me dijo algo sobre poner una bomba en una oficina con todos los ministros dentro y no sé cómo sentirme de que sea el nuevo líder del ministerio quien suelte un dementor entre estos. Hans dice que fue desagradable, su cara dice mucho más que eso. Fue algo bajo, fue algo mucho peor que la muerte misma para un mago. Perder el alma es… me estremezco entera. —Se ha ido todo al carajo— digo, no puedo decirlo de otra forma. No hay manera elegante de decirlo, ni tengo por qué hacerlo mientras sea una conversación entre nosotros, en la pobre confidencialidad que nos dan las paredes de este dormitorio y tomando la que quizás sea la única oportunidad que tengo para decirlo en voz alta.

Mis pies se mueven en su baldosa al girarme para seguirlo con la mirada, tengo el expediente aún contra mi pecho, abrazándome a este como si fuera algo a lo que aferrarme. Su postura derrotista al borde de la cama me prepara para lo que vendrá, criaturas mágicas peligrosas en los distritos, políticas que nos harán vivir a los ciudadanos con restricciones, la persecución temida. Si alguna vez pensé que nunca tendría un hijo en un mundo que para mí era un caos, este es el peor panorama posible que podría imaginar alguna vez. Sé que estamos a tiempo de evitarle esta realidad, pero no vuelvo a este pensamiento una segunda vez y lo descarto para cualquier ocasión futura. Estoy mirando los papeles que sostengo cuando dice que por esto podrían matarnos, de algún lugar que desconozco me inunda una calma inesperada para saber lo que haré.

Levanto mis ojos hacia su rostro cuando me da el permiso de eliminar la última prueba concreta que queda de mi falta y nuestro acuerdo de deuda, siento una fuerte opresión en el pecho que me impulsa hacia adelante, a dar los pasos que quedan hasta poder doblar mis rodillas ante él y así quedar con nuestros rostros a la misma altura. Suelto la carpeta en el suelo y uso mis manos para sostener su rostro. —Escúchame— le pido, tratando de que se centre en mi mirada. —Estaremos bien. Nada nos pasará y nada te pasará a ti tampoco—. Me preocupa el hecho de que ser mestizo se haya vuelto algo que lo pone en un puesto de riesgo como ministro, pero confío en que encontrará una manera de salir del peligro, siempre habrá una manera. —Nos mantendremos a salvo— deslizo mi mirada hacia la puerta, pensando en Meerah que, encerrada en su habitación, desconoce la manera en que todo está cambiando. —Nos quedaremos con ustedes— digo, soltándolo para ponerme de pie y recoger la carpeta tirada. Busco en la habitación un cesto de metal, lo coloco delante de la cama y vuelvo a la mesa de luz para recuperar mi varita que guardo en el bolsillo de mi pantalón. Saco la primera hoja de la carpeta que tiro al suelo para tener las manos libres y poder desgarrar el papel, hago lo mismo con las otras, en muchos pedazos, también la fotografía. Acerco la varita a la punta sobresaliente de una de las hojas y veo cómo el manchón naranja la consume, para después arrugarse en los bordes que se tiñen de negro, el calor envuelve todo. No llega a ser una llama que devora cada palabra, sin embargo, logra el propósito de reducirlo a cenizas que es lo que siempre esperé que sucediera.

Siento el peso de mi varita resbalarse entre mis dedos y rueda hasta caer al suelo. La bocanada de aire que tomo por mis labios entreabiertos es de alguien que acaba de salir a la superficie después de estar atrapada en el fondo de un océano infinito. Paso una mano por mi garganta para aliviar esa sensación de ahogo, si es cierto que no queda nada que pruebe que soy una traidora de este gobierno, puedo quedarme. Siento cómo mi pecho tiembla por las nuevas respiraciones. Depende de cómo lo haga ahora, aseguraré mi permanencia. Sé que no será con las mejores maneras, de que no actuaré convencida de cada discurso que escuche, encontraré el modo de protegernos. Camino hasta llegar a la orilla de la cama y me siento al lado de Hans para buscar su mano. —Nunca te he dado las gracias por lo que hiciste— murmuro, sé que ambos miramos por nuestros propios intereses en ese entonces, tan ensimismados en nosotros como para mirar en detalle la cara del otro y tan egoístas que por siete años fuimos capaces de mantener un trueque que no se movía de lo formal, tan convencidos de nuestra capacidad de mantener la distancia en lo profesional como para creer que no acabaríamos confundiéndolo todo. —Gracias por darme otra oportunidad, por dármela hoy también.
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Hans M. Powell
Ministro de Justicia
Que se ha ido todo al carajo es un modo sutil de decir las cosas. He pisado seguro gran parte de mi vida y ahora me doy cuenta de que el suelo empieza a tambalearse, que no tengo idea de hacia dónde ir o cómo debo pararme. El sonido de la carpeta en el suelo es lo primero que me indica que, al menos, tendré de quien sostenerme. Ni la ayuda de sus manos sirve para que pueda enfocar sus ojos, sus promesas son la clase de juramento que nadie debería hacer en tiempos como éste. Y no obstante, estoy tan agradecido que hasta me esfuerzo por sonreír, aunque algo me dice que solo fue una mueca desganada. No puedo pedir más que eso, porque creo que ahora llegarán los tiempos en los cuales con solo tener a mi familia abajo de mi techo podré considerarme afortunado. Y sí, eso la incluye, por extraño que parezca. Sé muy bien por el miedo de hace unas horas que se encuentra en la lista de personas a las cuales quiero a salvo.

¿Qué haces? — es una pregunta algo estúpida, pero no puedo evitar hacerla cuando veo que empieza a moverse por la habitación con una decisión que no sé de dónde ha sacado. Ella me responde al empezar a arrancar las hojas del documento y puedo ver sus intenciones, por lo que de verdad ruego que la alarma antiincendios no se encuentre en funcionamiento. Tomo mi varita por si las dudas, pero pronto las hojas empiezan a consumirse en el fuego y ningún pitido estalla, nadie viene a ver qué es lo que sucede. Los documentos desaparecen con la prueba de los años de trampas y tratos, de un juicio que solucioné de un modo al cual no puedo seguir apuntando. La dejo libre, pero soy consciente de que el peligro solo se ha atenuado, no evaporado. Es el peso de su compañía el que me saca del ensimismamiento y me encuentro sosteniendo su mano, torciendo el gesto ante las palabras que no me espero — Sabes que no es necesario. En ese entonces, tuve mis razones. Y ahora... bueno, tengo otras — en esta ocasión, la sonrisa es un poco más honesta. Me acerco lo suficiente como para tomarme la libertad de picar suavemente su vientre, no muy seguro de cómo voy a criar un bebé entre todo este desastre. Supongo que será un poco más difícil de lo que esperábamos.

Te harán preguntas. Lo harán con todos en el ministerio — le advierto, utilizo un tono pausado para que se le graben mis palabras — No sé la clase de interrogatorio que utilizarán, pero te enseñaré a mentir incluso con veritaserum. No es lo mismo mentir que torcer la verdad. Y Scott, por favor... — el tono de paciencia y la mirada que le dedico son más la clase de trato que suelo tomar con Meerah cuando debo ponerle algún límite — Mantén tu carácter a raya. No tendremos de qué preocuparnos si somos lo que ellos quieren. Y el bebé estará bien. Nosotros estaremos bien — intento convencerme, quizá con demasiada obviedad. Me deshago en un bufido cansado y me echo hacia atrás, la suelto para poner las manos sobre mi abdomen y clavar los ojos en el techo blanco, oyendo el crepitar de las pequeñas llamas. No sé si rogar que se quede conmigo o pedirle que se mude lejos, donde los problemas estén menos concentrados — Tendré que contarle a Meerah todo. Jamás le dije que no tengo sangre pura — acabo de reparar en ese detalle, lo que me hace producir una mueca de desagrado. Esa sí que es una charla que no esperaba tener y no precisamente por mi estatus.
Hans M. Powell
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Invitado
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Con su mano en la mía, busco que mis dedos encajen con los suyos, en un agarre que haga posible que nos sostengamos en el otro. —Déjame darte las gracias, son sinceras— me quejo por lo bajo, no quiero que la extinción de esta deuda quede como la simple culminación de un contrato que no se puede sostener más. No estrecharé su mano para despedirme, ninguno de los dos volverá a su lugar como si nada, yo a mi taller, él a su oficina en el ministerio. Puede que las razones por las que comenzamos esto son tan lejanas y tan apropiadas a las personas que fuimos entonces, pero el motivo por el que concluye está por debajo de la piel de mi vientre que presiona suavemente con su dedo y se han involucrado demasiadas emociones, que he pasado del sentimiento de deuda al de agradecimiento. Y en medio todo, esos sentimientos de lo que no he encontrado el momento para poner en palabra porque el asesinato de la ministra de este país, no es el mejor contexto para ello. No parece que el panorama fuera a mejorar, así que puedo morir esperando, lo triste es que eso podría ser más temprano que tarde con el riesgo de muere al que nos exponemos ante el nuevo presidente.

No quiero que perciba mi miedo, porque no quiero que crea que no seré capaz de hacerlo. No obstante, lo siento latiendo allí mismo donde sé que está palpitando la vida de ese bebé que se le ha ocurrido irrumpir en medio del desastre, a gritar su existencia cuando todos nos encontramos en un peligro que nos hace caminar al filo. Tengo mi mirada puesta en el agarre de nuestras manos para que no vea mis ojos cuando dice que habrá interrogatorios, le oculto mi miedo, asiento para hacerle saber que podré con ello y que haré de las mentiras para las que tengo cierta tendencia, el escape que nos mantenga seguros. Aprenderé a jugar de manera inteligente, esta vez voy a jugar a ganar. Sigo su voz que me llama al alzar mi mirada hacia su rostro, sonrío tenuemente a su petición. —Seremos lo que ellos quieren— repito. —Te lo prometo, mentiré mirándole a los ojos a quien haga falta. No habrá nada que me mueva de aquí—. De haber estado en mi vieja posición al enterarme de todo lo que se vendría con Aminoff como presidente, me habría ido a cualquier lugar de Neopanem o más allá de sus fronteras, habría instado a mi madre a escapar, no me habría quedado. Pero no es una sugerencia que le haría a Hans. ¿Escapar? Puedo ver lo suicida que sería eso, con dementores y otras criaturas sueltas sería arrojarse a ellas. Nunca como ahora, entiendo que lo más seguro es esperar aquí, aguardar y resistir al cielo que se está destrozando sobre nosotros, confiar en que podré sostenerme en mis pies.

Me muevo hacia atrás en la cama, trepando con mis pies sobre la manta hasta quedar sentada cerca casi en el medio, cerca de su hombro. Así puedo pasar mis dedos por su pelo en una caricia suave que casi no se siente. Subo una de mis rodillas contra mi pecho para poder recargarme en esta, escucho lo que me dice de Meerah y se escapa un suspiro de mis labios. —Sabes que a ella no le importará que sangre tienes—. Si bien lo digo, reconozco que eso no es lo que está en discusión. —Y es una chica inteligente, entenderá el peligro que se corre y sabrá cómo actuar—. Pero también estará asustada, lo he visto, se enfrenta a lo que sea con arrojo y en el fondo es una niña temerosa de lo que puede pasar. —¿Me creerás si te digo que cuidaré de ella? Tú encárgate de mantenerte a salvo, no quiero imaginar lo que será el ministerio y estarás… en medio de todo eso…— hago un remolino con los mechones de su coronilla y mi mano cae a un lado sobre la sábana. —Sé que no es el mejor momento, pero en vistas de que no eres bueno esquivando balas y acabas con medio cuerpo atravesado por estas, no quiero esperar a que eso ocurra una segunda vez y tu suerte te mantenga vivo, para decirte que…— inspiro hondo, no he encontrado aún la combinación exacta de palabras que creo que puedan servir con él, hago memoria de todo lo que pudimos decirnos alguna vez y estar en su habitación me recuerda a una charla en particular. —¿Te acuerdas que la primera vez que dormimos en esta cama te dije que tenía miedo de que te hayas enamorado de mí por esa noche? Y tú, todo orgulloso como eres, me dijiste que era yo quien me había enamorado un poco, que no lo hiciera, porque no eres de los que se enamoran. No sé cuándo pasó, si fue esa noche o si fue otra, si fue en tu cama o en la mía, pero pasó—. Me encojo de hombros al cruzar mis brazos alrededor de mis rodillas para atraerlas a mi pecho, apoyo mi barbilla sobre estas, y la habitación se siente gigantesca para nosotros dos. —Sé que dije que es algo que no diría si no ibas a decir a lo mismo…— doy vueltas, —pero en medio de todo el lío me he enamorado de ti y… — pongo los ojos en blanco para no tener que ver lo que dicen los suyos. —No hace falta que digas nada, solo quiero que sepas me quedaré lo que dure este desastre o el tiempo que sea.
Anonymous
Hans M. Powell
Ministro de Justicia
Su promesa suena demasiado definitiva y eso hace que la sienta frágil. No es personal, he pasado años de mi vida siendo solo yo y todo el mundo se había marchado. Es un poco vertiginoso el sentir que ella promete lo contrario, que no somos solo nosotros y que hay más, no sé si eso me llena de seguridad o me carga de un miedo completamente nuevo. Soy incapaz de contestarle, me conformo con darle un apretón a su agarre. Si alguien me hubiera dicho hace un año atrás que hoy me encontraría en esta posición, jamás le hubiera creído. Con una hija ocupando una habitación, otro en camino, mi hermana cerca y alguien sosteniendo mi mano. Seguro le diría que sus predicciones eran una estupidez y que debería dejar de beber whiskey de fuego. Recuerdo vagamente lo que le dije a Kenna hace unos días, que jamás me iban a romper el corazón y que yo se lo rompería primero. De verdad espero que esta promesa valga lo suficiente como para no decir que estaba equivocado, porque hay destinos que no me interesa conocer, no cuando ahora todo parece tan preparado para desmoronarse.

Es extraño cómo me he acostumbrado a sus caricias, mis ojos se cierran en reacción y me doy cuenta de lo cansado que estoy, de lo mucho que necesitaba de esto y que podría quedarme aquí el resto del día. Sí, tal vez eso es lo que necesito, un baño y a la cama. Con suerte, se quedará recostada conmigo si se lo pido. Soy consciente de que a Meerah no le importará mi sangre, pero ella debería saber que grado de impureza contiene la suya. Hasta donde sé, su abuela materna también era muggle — Eso espero — sé que es inteligente, pero temo que los demás lo sean más. Al fin de cuentas, solo tiene trece. Abro los ojos y siento la necesidad de tranquilizarla por el miedo a mi actividad en el ministerio, cuyo escenario sé que no es el mejor. Lo hago con una caricia en su rodilla y un sonido que retumba en mi garganta como un ronroneo suave. Lo que no entiendo es a dónde quiere llegar con todo eso de las balas y arqueo una de mis cejas — ¿Tienes que recordármelo? — intento bromear, aunque mi voz suena un poco débil al estar torciéndome para verla mejor. No estoy orgulloso de ese duelo, en especial porque si hubiese tenido las bolas o el talento para matar a esa mujer, Annie estaría viva. Intento no pensar en ello, porque me presenta un recuerdo que tengo bastante enterrado y asiento con la cabeza. Puedo acordarme incluso de la poca luz de esa noche y de lo nublada que tenía la mente por el alcohol que habíamos ingerido — Fue aquí. Te traje en brazos por las escaleras — le comento, sonriendo con gracia ante esa memoria; que patético. Me ahorro el decirle que fue la segunda vez que estuvimos juntos, la primera vez que compartimos una cama. Detalles pequeños que ahora no importan.

Lo que no entiendo es por qué dice lo que dice. Siento sus palabras demasiado ajenas, quizá porque a pesar de todas las bromas y preguntas, no concibo la idea de que alguien pueda enamorarse de mí, de verdad. No soy esa persona, jamás lo he sido. No entiendo por qué ella lo estaría — Oh — apenas separo los labios al soltar aquello y creo que he parpadeado más de lo normal. Hay un cosquilleo que me mantiene quieto, el silencio se cierne sobre nosotros y creo que hasta puedo oír la música lejana de la otra punta de la casa — Tienes un gusto espantoso, Scott — es una broma suave y la sonrisa es más tímida y gentil que de costumbre. Apoyo una mano en el colchón para poder enderezarme, aunque lo hago con la lentitud del miedo de que ella se separe. Mi mirada es cautelosa, la desvío un momento para descalzarme y subir los pies al colchón, cruzo una pierna sobre la otra hasta quedar como indio frente a ella y apoyo un codo en mi rodilla, uso la mano para sostener mi mentón y mirarla como si fuese un rompecabezas — ¿Recuerdas mi manía por entenderte? — parece que es un viaje al pasado, pero no es mi verdadera intención — Creo que estaba buscando las causas equivocadas. Primero tenía que comprender lo que me pasaba a mí como para darte un poco de sentido. Aún no lo tiene del todo — dejo mi barbilla libre al mover la mano como si hiciera una floritura explicativa — Pero… umm… — inflo un poco el pecho y largo el aire largo y tendido, incluso hago vibrar mis labios y abro mis ojos un poco más de lo normal — Me he cuestionado muchas cosas contigo. Lo que menos sentido tiene es que eres la primera persona en la que pensé cuando me dijeron que el mundo se iría a la mierda. Scott, yo solo… — abro y cierro mis dedos, apoyando las muñecas sobre mis rodillas. Me atrevo a darle mi mirada, pasearla una vez más por su rostro como si ya no me lo conociera de memoria — Te amo, eso es todo. Tan simple y estúpido como eso. ¿Y sabes qué? — me inclino vagamente hacia ella, torciendo los labios en una sonrisa que se parece mucho más a las muecas burlonas que tanto me caracterizan — Sé que puedo vivir sin ti y todas esas cosas sentimentales y cursis que la gente dice que no puedes hacer cuando te enamoras de alguien. Lo que me preocupa es no querer hacerlo y eso, Scott, es lo que me dice que estoy condenado por tu culpa.
Hans M. Powell
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Escucho mi respiración en el silencio que queda pendiente entre nosotros, me encuentro incapaz de pronunciar palabra que rompa con este, porque estoy a la espera de una respuesta que no llega. No busco que diga lo mismo y tampoco estoy segura de que quiera oír lo que tiene para decir, si estoy sola en esto tendré que hacer acopio de toda mi entereza para mantenerme imperturbable en mi sitio y no salir de esta cama con un portazo. ¿Qué me dijo hace unos minutos? Que controlara mi carácter. Se aplica a situaciones de interrogatorio en este nuevo gobierno nefasto, y también lo puedo trasladar a otras cuestiones más personales, a escenarios en los que me encuentro diciéndole por primera vez a una persona que me he enamorado, que puedo plantearme la posibilidad de estar a su lado, quien sabe por cuánto tiempo. Nunca será fácil para quien no sabe cómo decir esas palabras y que ha creído con tal fe que nunca las diría, ponerlas a disposición de quien puede tomarlas o rechazarlas. Lo hablamos en el hospital, este miedo al rechazo, solo un poco menor al miedo de ser quien ame, cuando la otra persona lo siente apenas. Nunca quise ser de las primeras, me hace sentir vulnerable y me pone ansiosa que no diga nada, mis dedos se cierran alrededor de las sábanas para tirar suavemente de éstas.

Una sonrisa burlona hace que se quiebre la tensión expectante en mis facciones, se relajan un poco al poder contestar con el humor que me salva de todas las situaciones. —Sabemos que me gusta demasiado lo que es un desastre— digo, actúo con desenfado a pesar de que todavía noto ese peso hundido en mi estómago, porque he puesto en palabras algo con lo que tendremos que cargar porque se ha dicho. Es cierto que me basta con que lo sepa, podemos dejarlo en esta cama como hemos dejado muchas otras cosas en mis propias sábanas, pero con la luz del día llenando toda la habitación no hay cosa que pueda esconderse y con el mundo enloqueciendo allá afuera, ¿qué caso tiene ocultarlo? Tomo aire por mis labios al ver que cambia su postura para quedar de frente, en una posición pensativa que hace que desarme la mía, que se parece más a la de alguien que está tratando de resguardarse. ¿Qué caso tiene? Cubrir mi pecho con las rodillas no lo mantendrá protegido. —Lo recuerdo— musito, había dicho algo así como que era «imposible». Creo que lo dijo porque no me conocía, cuando fue conociéndome encontró muchas otras palabras para describirme, así como yo fui descubriendo las otras facetas que lo hacían quien es.

No sé qué carajos trato de decirme con que tenía que entenderse para entenderme, me está poniendo nerviosa. Hasta que lo dice, creo que escuchar que soy la primera persona en la que ha pensado al saber que este mundo estaba en un destino sin retorno a la mierda, es todo lo que necesito para saber que ha tomado mis palabras. Pero no sé qué tanto me basta con ser un pensamiento, tal vez quiero algo más que no sé si llegará, y cuando lo hace, me toma por sorpresa. Podrá ver en la manera que tiembla cada rasgo de mi expresión, en cómo contengo el aire y pestañeo para disipar el asombro en mi mirada. Cuando se acerca, por una gravedad a la que ya no busco explicación, también me inclino hacia él y cierro los ojos al recargar mi frente sobre su hombro, al escuchar lo que yo también sé, que podemos vivir sin el otro, que no estamos hechos para ciertas cosas, que tal vez el problema sea que somos nosotros, tratando de ser con el otro, tan complicado todo. —Somos tan simples y tan estúpidos— murmuro, con mi nariz cerca de su garganta al ladear mi rostro. Me acerco un poco más para sujetarme a su cintura atrapando la tela de su camisa con mis dedos. —Sé que quiero estar contigo y, en serio, no hacen falta todas esas cosas sentimentales que hacen otros…— mis labios se extienden en una sonrisa que queda oculta contra el cuello de su camisa. —No hace falta que hagamos lo que hacen otros— digo, recordando lo que fue hace poco mi charla con cierta morena que me dio ropa de bebé, un libro de kamasutra para parejas y consejos, todo en una misma canasta.

Sólo quiero que seamos honestos, en todo momento, sobre querer estar con el otro— desde mi sitio cómodo en su hombro, espero a que su mirada se cruce con la mía, no sé cómo plantearle el dilema de una salida con alguien más en un sábado, que fue el ejemplo de Rose, algo que me suena tan banal en medio del contexto real que estamos viviendo como país. No creo que llegue a decirlo, me atraganto con esas palabras que sonarán a que estoy planteando exigencias de nada. Que me perdone Rose, tendré que decirlo a mi manera. —Sé que esta será una revelación inesperada de mi parte,— digo, —pero he llegado a creer que todo en la vida se trata de tomar elecciones—. Vago con mis labios por su garganta, ascendiendo hasta su mandíbula. —Eliges dónde estar o dónde no estar, eliges qué hacer o qué no hacer, eliges con quién estar… o con quién no estar—. Una de mis manos suelta la tela arrugada para colocarse sobre su pecho, mi palma abierta sobre la hilera de botones. —Si eliges estar conmigo, me quedaré. Pero si algún día eliges estar con alguien más, dímelo. Sé honesto. Me iré— susurro, beso el punto de su garganta donde siento un latido. —Quiero creer que podremos ser amigos, después de todo lo que hemos pasado—. Busco sus labios para acariciarlos con los míos, mis manos encuentran el camino a su nuca para aferrarse y no hago otra cosa que respirar con mi nariz rozando la suya. —Pero hoy, estoy contigo y estás conmigo. Podemos escondernos en tu casa de todo lo que está pasando fuera, que no atreviese estas paredes, aquí estas a salvo— siento la necesidad de despojarlo de ese tormento en su mente que lo tenía temblando al entrar.
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Hans M. Powell
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Tan simples y tan estúpidos, buen modo de resumirlo. Me sonrío, oculto ese gesto entre su cabello y me siento rodeado por ella, agradecido de su cercanía. Mis manos patinan por su cintura, me ahorro el decirle la cantidad enorme de sentimentalismos que se me vienen a la mente, no sé si porque es un día donde siento que todo va a acabarse o porque he desbloqueado una opción que hasta ahora era imposible. No hace falta que le diga todo lo que veo en ella, lo sabe, estoy seguro de haberlo mencionado o mostrado en alguna ocasión. Hay algo extraño en que diga que quiere estar conmigo, con tanta seguridad y confianza, que por poco le pregunto si no está enferma — No podemos ser como otros — no somos especiales, pero sé que tampoco entramos en una relación ordinaria. No nos puedo imaginar planificando un futuro lleno de rosas, pero quizá podemos lograr algo en nuestro propio estilo. Creo que eso es suficiente para mí.

Su respiración en mi cuello me calma, hace que mis dedos caminen sobre su columna con toda la calma de la que soy capaz. No me espero que empiece con lo que parece ser un catálogo tranquilo de bases y condiciones, así que prefiero centrarme en las caricias que le regalo mientras ella habla. Soy víctima del mimo de sus labios, me mantiene silencioso en lo que proceso lo que quiere decir, hasta que su beso en mi piel sirve de punto para ladear la cabeza e intento mirarla — Lástima que no quiero ser tu amigo — es una broma inocente, sonrío con calma y mi mirada se torna ligeramente sospechosa a pesar de que no me muestro molesto — ¿Es por lo que dicen de mí? No soy un santo, pero también muchas de esas cosas son mentira. He estado contigo por meses... ¿No es así? — no hubo necesidad de buscar otra compañía, tampoco presiento que lo haré en algún futuro cercano, pero si le sirve para quedarse tranquila no voy a reprocharlo. Lo mismo sucede con el acercamiento de sus labios, los toco con los míos en una calma amena y permito que mis dedos recorran la piel que queda expuesta al final de su camiseta, cálida posiblemente por la temperatura de la ducha. Me hace algo de gracia que huela a mi shampoo, es casi como olfatear mi casa en su cabello — Puedes mudarte, si quieres, ya sabes — por mi parte, sé que no lo hará. No le gusta la isla, ahora mismo no parece el mejor lugar para tener un bebé y Lara no es la clase de persona que pueda ver viviendo aquí. Pero aún así... — O dividirnos. Pero me gustaría saber que tú también estás a salvo y que puedo mantenerte cerca — bajo mi techo, puedo cuidar de que nada le pase a ella o al bebé. En el seis pierdo control y pierdo poder.

Me acomodo estirando las piernas y tiro con cuidado de ella para conseguir que se siente en mi regazo, rodeando su cuerpo con mis brazos como si buscase arrullarla en el espacio diminuto que ocupamos en una cama demasiado grande. Coloco una mano en su mandíbula para elevar su rostro, mis besos dejan un camino por su mejilla hasta probar sus labios, el instante que me dura el sonreír con diversión — Creo que lo mejor de estos días ha sido que puedo abusar de veinte minutos de besuqueo matutino antes de ir a trabajar — bromeo. Obviamos los últimos dos días, esos fueron un desastre. No entiendo como todo cambió tan rápido. Me recargo en ella, pasando una mano por su vientre s modo de caricia mientras arrugo la tela de su remera— ¿Crees que podremos hacerlo feliz? — es obvio de quien estoy hablando. El tono susurrante de mi voz delata la confidencialidad — Con todo lo que está pasando... sé que haré hasta lo imposible para darles todo, pero me aterra pensar que eso no será suficiente — hay un mundo allá afuera que está cambiando abruptamente, se está oscureciendo y temo no poder luchar contra eso. Al fin de cuentas ella misma lo dijo: no puedo pelear contra balas.
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Mi sonrisa queda entre sus labios y los míos al rozarse, porque puedo pensar en nosotros con un niño o a una niña a cuestas, de una casa a la otra, peleándonos para ponernos de acuerdo en esas cosas nimias de la crianza y coordinando nuestros horarios para ver quien lo trae, quien lo lleva. Podríamos hacerlo a nuestra manera, nos quedaría cierta complicidad, si esto se acaba no podríamos volver a ser extraños y me niego a ser su enemiga. Pero no quiero que acabe, es cierto, tampoco quiero ser solo su amiga. El beso es engañosamente calmo, me reacomodo al roce de sus dedos y voy deslizando mis manos por su garganta de regreso al frente de su camisa. No contesto a lo que dice sobre lo que se dice en el ministerio, es un chiste que no pienso hacer. No tiene que ver con lo que la gente dice o no dice, sino con lo que hacemos nosotros. Siempre se trata de los hechos. —Es cierto— se lo concedo. —Hace meses que estamos juntos…— digo, cuando a punto estuve de decir que hace meses que nos acostamos, decirlo así ante ciertos amigos se sintió como un intento de tapar las cosas que pasaron por debajo, que si solo se trataba de acostarse con alguien, hay mucha gente, él tiene una secretaria al otro lado de su puerta en todo caso. —Y sigo sin tener suficiente de ti— reconozco, percibo el calor de su piel o será que la confundo con la mía, cuando desprendo los primeros botones para colocar mi bajo por debajo del cuello entreabierto de su camisa.  

Choco nuestras frentes al proponerme que me mude, suelto el suspiro que llevo guardando con cada día que he pasado en su casa, que han superado la semana sin que volvamos a tocar el tema. —Lo he pensado— admito, con más intensidad las horas que estuvo fuera en estos dos días. Me aparto para poder sostener su mirada a una corta distancia, así podemos hablar. —He pensado quedarme con Meerah si no vas a poder estar aquí, no tanto como te gustaría o deberías. Lo noté en estos días, si tienes que estar en el ministerio, Meerah está sola aquí—, son circunstancias que todo el tiempo lo obligan a estar en otro lugar, que serán cada vez más graves por lo que acaba de contarme. Si vamos a llegar a un punto en que por las calles tendremos miedo de cualquier sombra. —Sabemos que no hay un lugar seguro, ni siquiera la isla lo es, se trata de cuidarnos entre nosotros. Claro que podrías mandar a Meerah con su tía, si sabes dónde está Phoebe y si estarán seguras. Sino… estaremos donde digas que estemos, tendrás a tus hijos en un mismo lugar, podrás volver aquí o ir a donde estemos— sugiero con un tono suave que va tanteando lo que él puede pensar sobre irnos, no al distrito seis porque en mi casa no hay espacio, pero a cualquier lugar que pueda servir como un refugio, y si no lo hay, resistir donde sea que estemos. No pondré en discusión mudarme a esta mansión ministerial, con sus elfos y su esclavo, con toda la ostentación de la elite gubernamental, porque no se trata de eso esta vez. Cuando vengan tiempos mejores podré discutirle por qué no viviría en una casa con tres baños, ahora no.

Coloco mi mejilla contra su pecho al sentarme en su regazo, envuelta en sus brazos como si pudiera quedar ahí por siempre porque no hay lugar más seguro, que me permito cerrar los ojos por un minuto y al no ver nada, mis otros sentidos entran en juego como para que sea su olor lo que respire. De las cosas buenas que hay de dormir juntos, tengo que decir que dormir con mi nariz contra su piel es de las mejores, es tan malditamente adictivo. Retengo sus labios para ahondar en el beso, así como por las mañanas lo convenzo de quedarse un minuto más o él me persuade a mí. Me muevo en su abrazo para poder usar mis manos y recorrer sus hombros por encima de la tela, me detiene el que apoye su mano sobre mi vientre. Acaricio su mejilla con mis labios para consolarlo en sus preocupaciones. —Hans, no te cargues de más responsabilidades, con más de lo que puedes, eres un hombre al final de todo…— le recuerdo, —También te cansas, también te lastiman—. Este no es un recuerdo en particular que quiera seguir trayendo a colación. Cambio mi posición sobre sus piernas para quedar con mis rodillas a los lados de su cadera, bajo por la fila de botones para desprenderlos y hacer a un lado su camisa al bajar las mangas por sus brazos, así puedo presionar mis labios contra su cuello, ir descendiendo hasta su hombro. —Estás hecho de piel, sangre…— murmuro en una seguidilla de besos, hasta que me detengo para erguir mi espalda y quedar de frente a él. —No puedes evitar los males del mundo, lo que hemos hecho los magos desde siempre ha sido usar recuerdos felices para protegernos. De eso se trata… procuras momentos buenos que te permitan sobrevivir a este mundo loco. Sé que podremos darle eso.
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Hans M. Powell
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Estamos tan lejos de tener suficiente el uno del otro como está ella de dejar de desprender botones de mis camisas cada vez que tiene la oportunidad. Lo que es una sorpresa es que ella sea la que haya considerado el mudarnos juntos, el darle una familia medianamente común al hijo que esperamos y estoy seguro de que la estoy mirando como si no la reconociera en lo absoluto. Tontamente, me conmueve que busque cuidar de Meerah como si fuese su hija, una responsabilidad que jamás le pediría y que ella ha tomado por cuenta propia — Phoebe está en el cuatro con su novio — lo comento distraídamente, como si quisiera descartar ese detalle antes de seguir hablando — Sabes que no quiero que te sientas responsable por Meerah, ¿no es así? — intento no sonar brusco, así que cuido mis palabras — Quiero decir, me gusta que se lleven bien, pero tú no necesitas más estrés ahora. No me digas que ahora quieres cargar con el título de madrastra con el que ella molestaba — le resto seriedad al asunto con la broma, porque no entiendo bien la clase de familia extraña que seríamos. Hay demasiados hilos entre nosotros como para que sea normal. No quiero decir que yo estoy obligado a vivir aquí, no voy a recordarle que esta isla es un juramento que llevaré conmigo hasta que deje de ser ministro. Es mi hogar, al fin de cuentas. No sé si será el suyo.

Me gustaría poder cargar con menos pensamientos pesimistas, pero es parte de mí y de las responsabilidades que me carcomen con los días. No espero que lo entienda, pero aún así hago el esfuerzo — Prefiero ser yo quien la pase mal y no dejar que los problemas lleguen a casa — ya tengo a Meerah, tal vez ella lo entienda cuando la pelusa cobre forma de bebé llorón. No pienso en eso cuando se acomoda sobre mí y levanto un poco mis manos en el aire para permitir su movimiento, para cuando me quiero dar cuenta me está desnudando y ayudo con un movimiento de mis brazos a que la camisa quede lejos. Mis manos se aferran a su espalda en caricias, respiro con fuerza en respuesta a sus besos y no contengo la ansiedad que poseo con ella desde hace meses. A pesar del cansancio, me conformo con el sentir su piel con la mía y tironeo de su camiseta hasta sacarla por encima de su cabeza — Entonces es simple: ¿Dónde quieres vivir? Elige un distrito y compraremos una casa. Con jardín... — muevo el rostro para dejar un beso suave en su mejilla, aunque lo balanceo hacia el lado contrario para acercarme que su cuello —... y compraré una cuna, la que más te guste. Y quizá también un carrito... — mis manos la sujetan por la cadera, clavo los dedos en su espalda baja y me acomodo para bajar por su clavícula — Puedo dividir mi tiempo entre la isla y dónde sea que quieras que criemos a este bebé. Meerah puede elegir dónde pasar la noche. Asunto solucionado. — tal vez el dinero no compra la felicidad, pero ahora ayuda bastante. No podemos evitar que el mundo explote, pero sí podemos armar nuestro propio búnker con pañales.

La inclino ligeramente hacia atrás, lo que me permite rozar su ombligo con mis labios y besar su panza, hasta que la obligo a recostarse en la cama. Aún sujeto entre sus piernas, apoyo las manos en el colchón y me estiro hacia delante para colocarme sobre ella, regalando la sonrisa más sincera de este día de mierda. El humo negro del cesto indica que la magia se ha acabado y ya no hay más que cenizas de nuestro acuerdo. Ya no existe, somos solo nosotros dos. Tres. Somos tres en la cama — No deberíamos estar haciendo esto con una adolescente entrometida y despierta del otro lado del pasillo — le recuerdo. La luz del día no es una aliada confiable. Me acomodo para inclinarme y beso la punta de su nariz antes de repetir la acción con sus labios — ¿Quieres eso conmigo? ¿Un hijo y una casa? Porque entenderé si es mucho. Tenemos meses para solucionarlo y mantener el perfil bajo — al menos, tanto como mi trabajo me lo pueda permitir.
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Hago rodar mis ojos porque mi preocupación por Meerah no pasa por sentirlo como una responsabilidad, mucho menos porque quiera ejercer de madrastra, no reprimo la mueca que arruga mi nariz como si esa palabra me diera repelús, y es que con ella llegamos a un acuerdo de que nuestra relación no es de ese tipo, sino que va por otro lado. —Es sólo una chica, Hans. En un mundo loco. ¿Cómo no voy a estar con ella?—. No tiene que ver con la amistad que pude haber tenido con Audrey, solo un poco con estar con él, ya que eso es lo que me permite estar tan cerca de Meerah al punto de considerar que podría ser quien esté al alcance si algo ocurre y necesita ayuda. No sé a qué se refiere con «más estrés», no es como si pudiera desentenderme de ciertas cosas. Sí que me tocará saber quedarme al margen y fingir indiferencia sobre algunas otras, pero si elijo quedarme es porque hay personas que me importan y algunas pueden defenderse por su cuenta, pero no todas. Creo que mis pensamientos sobre lo que está sucediendo tienen la profundidad de quien está rozando con los dedos el fondo de un pozo oscuro y busca la luz que está muy por encima, y eso que el mundo todavía no se ha derrumbado entero. Tal vez ocurra mañana o pasado.

Discutir contigo es un caso perdido— murmuro, no hay nada que le diga que lo haga desprenderse de ese convencimiento que tiene de que debe ser quien haga frente a los desastres. —¿Alguna vez nos vamos a poner de acuerdo?— pregunto, sintiendo el choque de su piel contra la mía. —Si vas a ser quien esté delante de todo sosteniendo con tus manos lo que se viene…— suspiro, acerco mis labios a su frente para rozarla, mientras alzo mis brazos para que pueda arrojar mi camiseta entre las sábanas que se van desordenando al movernos. —Tocará darte muchos momentos buenos que puedas usar entonces— bromeo con una sonrisa suave al sujetarme a su nuca con una mano, para que pueda bajar con su boca por mi cuello y cierro mis ojos para concentrarme en el rastro de calor que va dejando por donde pasa, en un cosquilleo que llega hasta las puntas de mis dedos que siguen agarrando mechones de su pelo. Sonrío, no puede ver la manera en la que sonrío, con mi cara vuelta hacia arriba, no quiero contradecirlo en lo que parece un plan ideal que no se si podría llegar a concretarse algún día. —¿Y podemos tener una tortuga de jardín?— pregunto, para sumarlo a la lista de cosas que podríamos tener, tal vez.

Trato de imaginar cómo sería ese lugar, me angustia que pueda quedarse como algo que se disipará en nuestras mentes después de un tiempo, porque sé que él está hablando en serio por alguna razón y si hago el esfuerzo yo también puedo pensarlo como algo real. —No quiero que te dividas, nos quedaremos un tiempo aquí si hace falta...— digo, y un poco más seria, porque lo he pensado como una opción posible, continúo: —Y no quiero que compres nada. Eres ministro y sabrán dónde y qué compraste, así que de eso me encargaré yo. Si hace falta irnos a otro lugar, ahí estará— susurro, distrayéndome por el modo en que sus labios siguen descendiendo, así como mis manos van bajando por su espalda. Caigo sobre la cama y lo atraigo hacia mí de esa manera en la que encajamos tan bien, que la maldita sensibilidad de mis pechos en estos días busca sentir su piel y mis dedos se pierden vagando hasta la cintura de su pantalón. Me encuentro sonriendo en respuesta a su sonrisa. —Sólo son veinte minutos de besuqueo un poco más intenso que el besuqueo matutino— digo, con un dejo ladino en la manera que tienen mis labios de curvarse, todavía queda entre nosotros su pantalón y un sostén que es una verdadera molestia por culpa de esos cambios en mi cuerpo que mencionó hace unos días, hace una semana. Siento como el tiempo está corriendo demasiado a prisa, quiero capturarlo en mis manos para que no se escape de mi control, puede que estemos yendo rápido otra vez, ¿cuándo no? —Hans, donde sea que esté con tu hijo o tu hija, será una casa para ti también, si así lo quieres…— murmuro, deslizando mis labios por su pómulo hacia su oído. —¿Crees que podría hacerte feliz en medio de todo este desastre?— susurro, me aparto un poco para mirarlo a los ojos y dejando atrás esa pregunta. —Me han prestado un libro para mejorar el sexo en parejas regulares— me tiembla la voz por la carcajada que no llega a salir de mis labios y muevo mis cejas para animarlo a preguntar. —Tiene dibujos— fallo al tratar de no reírme, y me acerco para atrapar sus labios otra vez, saboreando cada suspiro y cada respiración.
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Hans M. Powell
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¿Acaso alguna vez nos pusimos de acuerdo? Por favor... creo que no hace ni falta que haga énfasis en la broma, no hay manera en que nosotros no acabemos contradiciendo cada palabra que sale por la boca ajena, como si se tratase de unas olimpiadas del orgullo. Al menos, lo siguiente que dice me quita un segundo la amargura, consigue el hacerme sentir como yo mismo brevemente, tal y como si pudiese ignorar todo lo que ha pasado esta mañana — Te sorprenderías del patronus que podría conjurar con todo el arsenal que me regalas — es una broma que carece de inocencia, me sale con un cantito pícaro que busca seguirle la corriente — ¿Por qué una tortuga? No tienen mucha gracia. Aunque si quieres podemos tener dos — no hay que tomárselo en serio, menos cuando estoy seguro de haberle contado de la mascota de mi infancia. A veces me sorprendo a mí mismo al recordar las cosas que he accedido a contarle, sin saber cómo llegó tan lejos dentro de mi piel en tan poco tiempo. Tantos años viviendo entre negocios banales y bastó un malentendido para que nuestras reuniones se transformaran en esto. En un hijo, en planes compartidos, en declaraciones de amor que no hubiera pensado en mil años.

Quedarnos aquí suena la opción indicada, tal vez tiene razón. Mudarnos ahora sería demasiado para un embarazo temprano, pero también estoy seguro de que lograría que funcione. Le otorgo la última palabra en eso, pero no en las cuestiones económicas — Puedo sacar el dinero y dártelo. Puedes poner la casa a tu nombre, eso no me importa. Pero haré lo que pueda por darles todo y, te guste o no, no puedes evitar que lo haga — es una charla muy poco erótica, pronto se me patina de la mente y no me interesa seguir discutiendo sobre un futuro que ahora no importa. En este momento vamos a quedarnos aquí, podemos seguir basándonos en esta cama. Puedo quedarme con eso — Dicen que el sexo matutino es saludable. ¿Crees que deberíamos tomarlo como una rutina? Si voy a tenerte en mi cama todas las noches... — espero que no tenga intenciones de que me muestre calmo, no cuando estoy seguro de se está poniendo más curvilínea con el paso de los días. Estoy seguro de que me he sorprendido a mí mismo mirándola un poco más que de costumbre esta semana. Me inclino mejor sobre ella para poder verla a los ojos y se me cae un mechón entre los míos, pero ni me molesto por ello — ¿Quién dijo que no me haces feliz ya? — curvo la boca hacia un lado y levanto la mano para acariciar su cabello al echarselo hacia atrás — Lo haces. Soy feliz contigo en nuestra propia manera.

Estoy por olvidarme del sentimentalismo en un intento de vaciar mi mente de cualquier pensamiento y tengo toda la intención de bajar para ponerme entre sus piernas, cuando lo que dice hace que levante la cabeza y la mire con las cejas disparadas en cualquier dirección que indique divertida incredulidad — Primero: ¿Somos una pareja regular ahora? Y segundo: ¿Dónde metiste eso? ¿Quién te lo dio? — suelto el agarre y me apoyo para ponerme de pie de un salto, con todo el descaro del mundo me encamino hacia el bolso que ha dejado a un lado de la habitación y le hago una seña que pide permiso antes de ponerme a buscar. Cuando por fin lo tengo en las manos, me basta con ver la portada para tratar de contener la carcajada y fallar en el intento — Bueno, okay, creo que esto es lo más interesante que he visto hoy. ¿Cuándo pensabas decírmelo? — me toma poco y nada el estar de regreso en la cama y tenderme a su lado, paso las páginas con una sonrisa divertida que se me pinta de par en par hasta que chasqueo la lengua tal y como si estuviese analizando la nueva decoración de mi cocina. Pongo el libro sobre la cabeza de ambos para que pueda ver conmigo y ladeo la cabeza ligeramente en su dirección — ¿Qué opinas de esto, querida? ¿Crees que podría ser físicamente posible? — el tono pomposo se me agota con una sonrisa cargada de gracia y le echo una ojeada, consciente de que mis palabras de hace un rato son plenamente honestas. Sí, el dolor de mis pómulos deja en claro que me hace feliz. Que quiero esto. Que es la única cosa real que he tenido y sentido en mucho tiempo — Scott... ¿ eres feliz? — susurro. Por un segundo, es todo lo que importa, que el mundo perdone mi egoísmo.
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¿Y un perro que se llame Tesla?— sigo con mis preguntas que son peticiones anotadas en una lista imaginaria de todo lo que podríamos tener, debajo de esas dos tortugas que no tendrán nada de gracia y una pelusa que llegará a ser un bebé. De todo lo que podemos hacer una fantasía compartida, Meerah forma parte de lo que ya es real. Y nosotros nos movemos entre una cosa y otra, rodando por todo lo que es real, como esta cama y esta habitación, y acariciando con nuestros dedos todo lo que podría ser, una idea que se rebela a la manera en que está girando el mundo en este preciso momento. No sé por qué recuerdo esas charlas estúpidas en las que le decía que mi trabajo era cumplir el deseo de adultos caprichosos, que me dijera lo que quería y yo me encargaría de hacerlo posible. Hemos quedado tan lejos de ese entonces, cuando pareciera que sucedió ayer. Lo miro, sostengo su rostro con mis manos cuando insiste con lo del dinero, recuerdo que lo hizo otras veces y por eso sonrío cuando lo hace también ahora.

Puedo volver a cualquiera de esas memorias con el comentario más banal que hace, tengo mucho de lo que elegir. ¿Qué le dije cuando me preguntó aquella vez qué más tenía para ofrecerle? Me río por dentro al recordar que hablé de lo inoportuno que sería agregar a alguien más, así como sexo o dinero. Me pica la garganta por la carcajada que suelto muy cerca de su oído, que los papeles que sostenían esa deuda son ceniza y nos ha quedado todo lo demás: un bebé que se volvió un tercero entre los dos, sexo sin dudas, y discusiones sobre su generosidad. No digo nada para prolongar esa disputa, porque me ocupo de la segunda de esas tres cosas. —Exijo sexo matutino para compensar el mal rato que me hacen pasar las náuseas de madrugada— digo, con un tonito autoritario que se pierde en otro beso, al que le sigue otro, también un tercero que se demora un poco más. Cuando se aparta, miro hacia arriba buscando sus ojos con una sonrisa que llena de mi rostro, me pican los dedos para apartar esos mechones que caen sobre su frente, pero en vez de hacerlos a un lado, rozo sus labios con las puntas de mis dedos después de decir que es feliz, como si quisiera tocar esas palabras, y porque me da miedo de las desgracias que se pueden llamar con esa simple declaración, me prendo de su boca para un beso que atrape lo que se ha dicho, para que quede entre nosotros.

Me tiro hacia atrás, hundiéndome en el colchón, con mis brazos estirándose lo largos que son hasta casi rozar la almohada, para poder contestar a sus preguntas mientras rebusca en mi bolso, luego de abandonar la cama de improviso por algo que no esperaba que tuviera esa reacción de su parte. Si supuse que indagaría, no que lo iría a buscar de un salto, apenas si contengo otro arrebato de carcajadas. —Primero, creo que somos una pareja regular, porque tuvimos sexo regular durante el verano y lo tendremos ahora, ¿no? Porque lo tendremos, supongo. No me vendrás ahora con excusas de que te duele la cabeza o estás hormonal, ¿verdad?— giro mi rostro sobre la sabana para mirarlo con el ceño fruncido y mis labios torciéndose en un mohín gracioso, en tanto aguardo una respuesta. —Y segundo, está por ahí, en alguna parte, me lo regaló Rose porque está en esa onda espiritual suya de atraer adeptos a la religión de parejas regulares— explico con humor, agradecida en el fondo de tener una amiga que está en todos los detalles para que la gente tenga su momento feliz, que estoy pensando muy seriamente en comprar una casa en el cuatro si eso tiene que pasar, así tendríamos a Rose como vecina y también a Phoebe. No se sí es la mejor de las ideas o la antesala al caos. El colchón se mueve con su peso al regresar, que me deslizo para buscar un espacio entre su brazo y acomodarme sobre pecho mientras sostiene el libro, interesado como está en pasar sus páginas. —¿Qué? No pensaba decírtelo, me iba a guardar todos los secretos para mí— digo en chiste, no sé si mirar las imágenes del libro o estar pendiente de cómo le cambia la cara, estoy conteniendo con fuerza las ganas de reírme. Tanto que tengo que apoyar mi mano sobre su pecho para sostenerme y besar su barbilla, por hacer algo. Recuesto mi cabeza contra su hombro para poder ver lo que me enseña y tengo que echarle una mirada curiosa. —Yo creo que me la pasaría bien, pero serás el que tenga que sujetarme en esa posición durante… quien sabe cuánto tiempo— digo con un dejo insinuante, dejando marcas invisibles con mis uñas a lo largo de su brazo. —Pero yo confío en estos brazos, sé que podrás hacerlo, querido— mi tono no deja lugar a dudas de mi fuerte convencimiento, que suena tan pomposo como el suyo. Beso su hombro y murmuro contra su piel. —¿Alguna vez te dije que tienes muy buenos brazos?— arrastro mi voz al preguntar.

Y me coloco entre él y el libro, se lo saco de las manos para que no estorbe y lo dejo abierto a un lado, por si hay que volver a sus páginas. Cubro su pecho con el mío, mis ojos por encima de su rostro al contestar. —Lo soy, en este momento soy muy feliz— murmuro, para que quede entre nosotros. —Y no quiero que este momento acabe, quiero capturarlo, llevarlo conmigo a donde sea y que me sirva para todo lo que pueda venir. No quiero robarme tus palabras… ¿pero puedo confesar lo inesperadamente dulce que fuiste al decir que podrías conjurar un patronus con todos los buenos momentos que tenemos?—. Escondo mi rostro en su cuello así ninguno de los dos nos avergonzamos por un gesto de esos, dejo que mis manos pierdan su camino hacia abajo deslizándose por su pecho. —Comentario aparte, dentro de unas semanas, obligatoriamente seré quien deba estar arriba. ¿Quieres aprovechar estas que nos quedan para hacerlo a tu ritmo?— pregunto, la sonrisa se me nota aunque siga vagando con mi nariz por lo largo y ancho de su piel. —Claro que también podemos solo continuar besuqueándonos— bromeo, que no es una mala elección tampoco.
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Hans M. Powell
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Supongo que su análisis tiene sentido, aunque siempre he tenido la teoría de que el sexo no te hace pareja. No lo apunto porque estoy seguro de que ella lo sabe, es tan conciente como yo de que esto ha dejado de ser una relación basada solamente en lo que compartimos en la cama; nuestras palabras lo dejaron bien en claro hace tan solo unos minutos — ¿Cuándo me he negado? Aunque ya te veré a ti con tus quejas hormonales... — mi amenaza carece de seriedad, en especial por la culpa de la sonrisa que se adueña de mi boca a pesar de que quiero contenerla y espero que no la vea en lo que busco su regalito, el cual no me sorprende que sea de Rose — Creo que tiene la esperanza de que me domestiques como ella hizo con Jack — a pesar de que parte de mi comentario va en serio, no puedo tomármelo de esa forma porque bromear a costa de mi amigo siempre es tentador. Lo he visto en su área de trabajo un sinfín de veces, pero sé que muchos de nuestros colegas bromearían a su costa al saber lo cursi que puede llegar que ser.

Acomodado a su lado, tengo que mirarla de soslayo en falsa ofensa por ese comentario, como si jamás fuese capaz de perdonarle que escondiera el libro que sigo pasando entre mis dedos en lo que ella besa mi mentón. Produzco un sonido con mi garganta que delata que estoy considerando muy seriamente lo de la cantidad de tiempo en esa postura, distraído a medias por el modo que tiene de recorrer mi piel con sus uñas. No contengo la sonrisa apretada y, falsamente desinteresado, muevo una de mis cejas — Nunca me dijiste nada. ¿Debo tomarlo como que es cosa del embarazo o puedo verlo como una confesión real? — soy consciente de que hay cosas que cambiarán ahora, especialmente si tomamos la cantidad de hormonas que la han estado sacudiendo estos días. Algo me dice que no voy a quejarme demasiado en los próximos meses.

Y quiero quejarme, estiro los brazos que ella misma ha halagado en señal de reproche cuando se sube encima y me quita la posibilidad de seguir husmeando y me encuentro con las manos vacías. La indignación me dura un suspiro, para qué mentir. La confesión de su felicidad me produce una nueva en mí, agradecido por su nueva dosis de una franqueza que no esperaba conseguir en su persona, no después de tantos misterios mentales. — ¿Dulce? Espero que no te acostumbres a usar esa palabra, porque es un poco extraña. Pero... ¿Me ganaré algún otro nombre si además te dejo tener tu bendito perro de infancia? — retomo parte de una conversación olvidada, me pregunto que tan feliz podría ser si lo tiene todo. La casa con jardín, la mascota que deseaba cuando era una niña, un bebé que busque en ella la protección que necesita. Abuso de que se ha colocado en mi cuello para poder acariciar su pelo, uso la mano contraria para vagar por su espalda y desabrochar su sostén. — Por mucho que me guste besuquearme contigo... — bajo los breteles por sus brazos y dejo a un lado la prenda y, sin más, la rodeo para poder girarnos con algo de brusquedad. Aprovecho a separar sus piernas y colocarlas en mi cintura, mis dedos suben por sus muslos en una caricia que sube por su torso, se curva en sus pechos y acaba en los contornos de su cuello con un toqueteo suave de mis yemas — Tomaré tu oferta de abusar de estar arriba un poco más. Y quiero probar... — estiro el brazo, paso algunas páginas del libro y lo coloco cerca de su rostro para que pueda verlo —... esto. Espero que tus piernas tengan resistencia — porque es lo único que puedo pedirle en estos minutos robados para nosotros, en una simpleza que espero sostener hasta que nos la arrebaten. Somos lo que tenemos y, a pesar de toda la mierda que se acerca paso a paso, es todo lo que necesito. Al fin de cuentas, esto es lo importante. El resto es solo ceniza.

Hans M. Powell
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Suelto un bufido gracioso cuando se refiere a mis hormonas de embarazada, porque según lo que me han dicho, tampoco habrá quejas de mi parte en los meses que siguen. Mis labios se tuercen hacia un lado, un sesgo ladino logra que mi mirada se haga más oscura, si eso es posible. —Sería una ironía— de las muchas que tenemos, — que trate de domesticarte con sexo— digo, estirándome en la sábana, en tanto él regresa con el libro en posesión. —Si yo a ti no te quiero doméstico en este sitio— murmuro con un dejo bromista. Sé que se refiere a algo distinto, lo que me da gracia. Hemos dicho hace unos minutos que no somos como las otras parejas, cuesta imaginarnos siguiendo ciertos lineamientos de lo que se debe hacer y cómo debe ser. Pero también bromeamos en alguna oportunidad sobre lo que se volvió costumbre, lo que se volvió doméstico, si no me equivoco la primera vez que dormimos en su cama le dije que lo que me aterraba precisamente era lo doméstico de hacerlo así, quizá con otras palabras.

Entonces todo era una novedad, no conocía su piel como puedo trazarla ahora, con las puntas de mis dedos errando por lugares que he llegado a memorizar. Dimos por hecho que acabada la curiosidad por lo nuevo, esto pasaría, no habría ningún enigma por resolver y perdería su atractivo. Y lo que pasó fue que por debajo de cada centímetro de piel que arrasó con su tacto, conquistó espacios donde nadie nunca había estado. No pensé que llegaría el día en que estaríamos revisando un libro de posturas porque todavía creemos que hay cosas que descubrir en el otro, o que haya otras que nunca las dijimos. —Es una confesión real— musito, retengo momentáneamente su mentón con una caricia y hago que su mirada se encuentro con la mía a pesar de nuestras posiciones. —Estoy enamorada de ti— digo, —y tienes unos brazos muy buenos— lo digo con el mismo tono ronroneante que usé antes. —Si tengo que decirte todo lo que dicen mis hormonas— sigo, moviendo mis cejas de un modo sugestivo, —tienen una opinión para cada parte de ti…— deslizo mis ojos desde su pecho hasta lo más lejos que puedo llegar, relamiendo mis labios en el trayecto, pero su atención está puesta en el libro y tomo su pregunta como la oportunidad para que sus ojos vuelvan a encontrarse con los míos al decirle que sí, que soy feliz.

En parte es con la intención de mofarme de él que digo que es dulce, en parte es cierto aunque no note que tiene de esos gestos y es que no se me ocurre otra manera de describirle si mi bendito perro imaginario de la infancia también tiene un lugar en nuestras fantasías. —¿Qué nombre prefieres?— pregunto, mi sonrisa contra su cuello. —¿Y te gustaría una casa en el distrito cuatro?— suelto de pronto. Me recorre el estremecimiento a lo largo de mi espalda al sentir el roce de sus dedos y muevo mis hombros para que se deshaga del sostén, así puedo presionarme contra su pecho, pero responde a mi invitación con un movimiento que invierte nuestras posiciones una vez más. Busco el tacto de sus manos con la misma ansiedad que me lleva a moldear sus hombros, jadear en su oído, y a tenerme abriéndome a él con una facilidad para la que no hace falta ningún viejo ruego. Giro mi rostro para tratar de enfocar mi vista difusa en la imagen que me muestra, y a pesar de mi respiración entrecortada, hallo mi voz en el fondo de mi garganta para bromear, porque de lejos me llegan sus palabras dichas en otra noche, en este mismo lugar. —Salí a correr todas las noches de verano, así que puedo asegurarte que mi resistencia es muy buena—. No creo que haya algo a lo que pueda decirle que “no” si sale de sus labios en este momento, beso su mandíbula mientras mis manos pasan de su espalda a la cintura de su pantalón para colaborar con él en quitar lo que falta. —¿Podemos hablar de que en esto si nos ponemos de acuerdo?— bromeo.
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Hans M. Powell
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No lo voy a decir jamás, jamás en la vida, pero que diga tan abiertamente que se ha enamorado de mí provoca una reacción extraña, similar a un cosquilleo cálido que se desliza por mi cuerpo, del pecho hacia los dedos de los pies. Es lo siguiente lo que hace una contraparte, me encuentro dedicándole una sonrisa juguetona que se presiona brevemente contra sus labios en cuanto me estiro en su dirección — Planeo alimentar mi ego durante estos ocho meses que quedan, entonces — o siete, depende cómo lo veamos. No tiene mucha importancia, cuando lo único en lo que puedo pensar es en echarme encima para poner en práctica cada cosa de este libro mientras el tiempo nos dure... y en especial si me mira de esa forma.

¿Para perro? Depende de la mascota. ¿Para bebé? Cualquiera que no sea "Tesla" — bromeo. ¿De verdad estamos considerando una mascota? ¿No tenemos suficiente con la idea de un hijo que apareció prácticamente de la nada? No sé qué me sorprende más, si esa pregunta o la que viene con la idea de tener una casa en el cuatro. No contesto de inmediato, por mi cara dejo en evidencia que tengo que considerarlo. Mis labios se tuercen en un gesto pensativo y trato hacerme la idea de un niño o una niña en la playa, posiblemente cubierto de arena. No sé cuánto le gustaría ese detalle a Meerah — ¿Quieres estar cerca de mi hermana para usarla de niñera responsable? — bromeo — Es un buen distrito y tendríamos a varias personas cerca que pueden ayudar. Aunque no lo sé... tú eres quien vivirá ahí la mayor parte del tiempo. Yo estaré aquí. Siempre podemos armarle un cuarto al bebé que sirva también en esta casa, el que está frente al de Meerah es un buen dormitorio — es amplio y con vista al jardín, pero ahora solo funciona como cuarto de huéspedes. Es obvio que no tengo demasiados.

Los debates familiares y el miedo a un riesgo de muerte pueden esperar. La manera que tiene de tocarme hace que muerda mis labios con impaciencia, sonriendo al recuerdo que ella trae a colación. Uno demasiado lejano, casi perteneciente a otra dimensión. Le dejo la tarea de quitarme la ropa, estoy más ocupado en besar su cuello en los puntos cálidos, dejando que mis manos busquen su desnudez al colocarme entre sus piernas. Las prendas pueden ser ordenadas más tarde, no hay nada que la magia no pueda solucionar — ¿Cómo no voy a ponerme de acuerdo contigo en esto, cuando...? ¡Debe ser una broma! — había estirado una mano para volver a chequear la postura y me fijo en la siguiente, la cual me hace reír contra su piel — ¿Quién hace un 69 con levicorpus y no muere de la sangre en la cabeza? Veamos... — intento no irme por las ramas y tanteo hasta encontrar la varita que quedó en algún punto del cinturón y la cama. Sé que debería hacer que sus piernas se eleven hacia arriba y queden ahí mientras yo hago todo el trabajo, pero me encuentro deteniendome en sus ojos y, sin poder contenerme, suelto una risa entre dientes — Recuerda que me amas en los próximos minutos, porque esto va a ser de lo más ridículo — es una petición sencilla. Hemos pasado la línea del pudor y los permisos, me he acostumbrado a su compañía y a su cuerpo como para siquiera sentir que estoy en falla. No puedo decir con palabras que estoy en un terreno nuevo, que jamás había experimentado esta extraña sensación de seguridad y felicidad de la que tanto hablamos. Es como aprender a caminar una segunda vez, con sus risas inconclusas por el descubrimiento de una experiencia nueva, por preguntarle más de una vez si se encuentra incómoda, porque burlarnos de nosotros mismos en la intimidad es mucho más privado que el sexo en sí. Porque estúpido yo, que me he enamorado de ella y espero de verdad que no quiera que diga lo que me gusta de su persona, porque acabaré esa lista sin una pizca de dignidad en las venas.

Todo se siente correcto y mejor cuando estamos debajo de las sábanas, sumidos en la protección que éstas nos regalan y que nos alejan de toda la basura del resto del planeta. Mis brazos siguen a su alrededor, la varita quedó probablemente bajo una almohada y estoy usando mi tiempo en seguir besando sus labios, sintiéndome enroscado en ella, sin importarme el respirar. Eso sí, en algún punto suspiro con la leve sonrisa que suelto en su boca — No sé tú, pero yo le llevaría un vino a Rose la próxima semana — bromeo en un susurro. Estoy seguro de que las sábanas vuelven a temblar por la risa.
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No voy a ponerle a un hijo el nombre que me hubiera gustado ponerle de niña a una mascota— digo con una nota aguda, quejándome de que si quiera piense que podría hacer algo así. Siendo honesta no he pensado otro nombre para el bebé que no sea «pelusa» y por el momento me conformo con el apodo de Meerah de llamarlo «Muffin». Habrá tiempo para considerar todos los posibles nombres después, cuando se sienta como algo más real, salvo algunos síntomas y las hormonas que me atacan de pronto, no tengo mayores señales de que este algo podría llegar a ser un bebé. —El nombre era para ti— aclaro, aunque es un interrogante que tendremos que dejar abierto, porque si todo lo que podemos imaginar esta noche se vuelve real, tocara replantearnos quiénes somos y a dónde queremos llegar, por el momento estamos aquí. Puedo tratar de vernos en la playa del distrito cuatro, con su hermana de un lado, y la seguridad de contar con Rose y Jack del otro, que ambos son aurores además de amigos. Pero son imágenes que se proyectan en mi mente y que no puedo llegar a tocar, ¿puedo imaginarme viviendo ahí? ¿Yo sola con un bebé? Preferiría una casa en el distrito nueve, donde los mecánicos tenemos trabajo asegurado, o en el siete, porque el bosque me atrae más que la playa. Y como lo deja a mi elección, no digo nada más. —Claro que puede tener uno aquí— me escucho decir, haciéndome a la idea de que está sujeto a la mansión y la isla ministerial. —Pero, ¿quieres colocarlo cerca de Meerah para tenerla de niñera?— me burlo con una sonrisa de soslayo.

Todo lo que podamos decir queda en el aire que respiramos, podrá ser o podrá cambiar, le daremos una solución en otro momento que no es este, imaginar es un juego peligroso por lo azaroso de la vida y no quiero llenarme de ilusiones banas, nunca he querido ser de esas personas. Esas cosas que puedo llegar a planear, trabajo para convertirlas en algo real. Sin embargo, lo único real a lo que puedo abrazarme en este momento y lo hago con fuerza es a su cuerpo que se amolda al mío, a esa felicidad que nos pertenece por al menos veinte minutos, que nos aísla de ese mundo que lo ha asqueado esta mañana y que a mí lleva indignándome por años. Mi risa choca con sus labios en otro beso, tiemblo de carcajadas bajo su roce y recomponiéndome a esto, alcanzo a apartarme para poder acariciar su barbilla que se marca con esa sonrisa que creo que conozco lo suficiente como para poder dibujarla con mi varita. —Créeme cuando te digo que puedo amarte por encima de lo estúpidos que somos en muchas ocasiones— le aseguro, con toda la seriedad que soy capaz, cuando estamos una vez demostrándonos que nos superamos a nosotros mismos en lo ridículo, rompiendo marcas otra vez, probando que tan lejos podemos llegar que es la manera en que terminamos donde estamos.

No se lo he dicho, ni creo que haga faltarle decirle, que con su piel encontrándose con la mía, es su risa la que se cuela por debajo y me retiene donde quiere tenerme, en la posición que quiera, en la postura que quiera. Y una vez, muy estúpidamente, creí que podríamos desnudarnos ante el otro y salir indemnes, cuando no creo que nadie haya podido lograr realmente desnudarme y despojarme de hasta la última barrera, como lo hizo él. Espero que estos minutos de compartir su risa valgan por todos los vendrán, pero no puedo ni quiero que terminen, dejaría todos los relojes suspendidos en este preciso instante con un hechizo, con mis labios demorándose en los suyos quien sabe hasta cuándo. Pero su voz se impone entre los dos y sonrío con pereza en respuesta. —Tendremos que comprar dos vinos— digo, girando medio cuerpo hacia un lado, pero tomándolo de su brazo para hacer que lo cruce por mi cintura al mantener mi espalda contra su pecho. —Uno será para cuando vaya a visitar a Rose y darle las gracias, y el otro cuando vayas a visitar a mi madre. El vino será para ti, por supuesto. Lo vas a necesitar—. Claro que no tiene que hacerlo hoy, ha tenido una reunión de mierda esta mañana, pero mi madre no va a perdonarme si el padre de su nieto no se presenta como corresponde antes de que acabe el mundo.
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Hans M. Powell
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— No. Lo colocaremos cerca de Meerah porque eso es del otro lado del pasillo y así podremos ser lo ruidosos que queramos teniendo la ventaja de escuchar los pasos antes de que entren por la puerta — explico con el tono de voz más lógico que soy capaz, casi que hasta me recuerdo a mí mismo en las reuniones de todos los días en mi oficina. La necesidad de intimidad será importante en algún momento, en especial porque tengo entendido que los niños tienen manías como dormir con sus padres y llorar en medio de la noche; planeo ahorrarle algunos traumas a mis hijos, dicho sea de paso. Es obvio que seremos incapaces de mantener esto en calma, no cuando estamos con un libro sexual abierto de par en par en medio de mi cama con obvias intenciones de ponerlo en práctica. Apenas le lanzo una mirada en respuesta, tomo sus palabras como una promesa y solo le otorgo una sonrisa ladina que se pierde para nosotros. Nos estamos arriesgando más de la cuenta, pero parece que ninguno de los dos va a poner excusas esta vez. Si dice que puede amarme, lo tomo, por lo que me valga.

Me he acostumbrado a acomodarme contra ella, le regalo el manejo de mi brazo y estrecho mi pecho en su espalda al tratar de amoldar mi cabeza a la almohada, cuya tela se encuentra demasiado arrugada como posiblemente se vea todo el lecho. Acepto su orden de dos vinos con un sonido tenue y afirmativo de mi garganta, demasiado ocupado en besar con lentitud su hombro más cercano como para poder hacer uso de palabras. Estoy dejando un cuarto pique de mis labios en su piel cuando dice algo que no me espero y me detengo en el aire, con la trompa para adelante antes de levantar los ojos en su dirección — ¿Qué? — suelto de inmediato y muevo mi brazo para destaparnos, como si el dejar entrar la luz me ayudase a ver en su cara algún rastro de broma. En sus rasgos no encuentro nada, aunque estoy seguro de que yo soy la viva imagen del post sexo escandaloso porque apuesto a que todavía conservo calor en el rostro y apenas puedo mirarla entre el flequillo. Solo espero que ese calor sea por lo que hicimos y no por la imagen mental que me clava en la cabeza — ¿Quieres presentarme a tu madre? — quiero reírme con escepticismo, pero la voz me sale un poco ahogada — Hasta hace unas semanas atrás no querías que nadie nos vea — supongo que un hijo cambia absolutamente todo.

Intento aflojarme un poco y me acomodo lentamente hasta recostarme contra ella, volviendo a colocar el mentón contra su hombro — Jamás tuve que presentarme ante ninguna madre. Bueno, no así. Una vez me acosté con alguien cuya madre entró y no tuve otra opción que presentarme, aunque no fue una buena experiencia — ni sé por qué le estoy contando esto y no me voy a ir a los detalles de lo que fue ese desayuno. La abrazo un poco más fuerte, pasando mi pulgar por su piel a modo de distraída caricia — ¿Estás segura de querer eso? Quiero decir, podemos… no sé, cenar. Pero no planeo crear una situación para la que tú no estés preparada — tampoco sé si yo lo estoy. Espero que no vea cómo es que se me frunce el entrecejo — ¿Vas a presentarme como el padre de tu hijo o qué se supone que somos ahora? — no sé qué le dijo de mí, pero espero no tener que dar muchas explicaciones.
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¡Sabía que iba a reaccionar así! Ese «¿qué?» se escucha con toda claridad contra mi oído, y no puedo desentenderme de ello por la ventaja que me da estar de espalda, no hace falta que vea su cara porque su voz tiene el timbre necesario de alarma como para que no quede como un comentario más, de los muchos que quedaran en estas sábanas revueltas. Al girarme hacia él para pasar por el examen de sus ojos que recorren los rasgos de mi expresión, por mi ceja arqueada que reafirma lo dicho y el fruncimiento de mis labios que no ofrece una retractación inmediata, puede dar por sentado que estoy hablando en serio. —Mohini no iba a creer en ninguna loca teoría sobre bebés que surgen de la nada mágica— digo a modo de chiste, curvando mi sonrisa torcida hacia un lado. —Detrás de todo truco de magia, hay un mago, y pidió conocerlo— ruedo mis ojos hacia un costado, para volver a él porque no quiero perderme detalle de su expresión.

Paso mis dedos por sus mechones castaños, haciendo que sus puntas queden en desorden. —No tienes que hacerlo ya, en estos días, pero si es posible que sea antes de que el bebé cumpla un año o dos. Será incómodo tener que hacer las presentaciones mientras cantamos sobre el pastel— me trago una carcajada, sosteniéndome a su hombro para poder mantener su mirada y le doy una palmadita de ánimo cuando me volteo para recuperar mi posición anterior con los ojos cerrados, siguiendo lo que me dice con una sonrisa que no se me va. Me río dentro de su abrazo por esas anécdotas que tiene, por suerte nunca le he dado una llave de mi casa a mi madre porque hubiera sido incómodo tenerla llegando de pronto durante el verano, cargada con sus recetas. Incómodo, pero nada que no se pueda superar, que estamos en una edad en la que Mohini jamás se creería que soy una virgen embarazada por magia. —Si te soy honesta, te prefiero con pantalones cuando conozcas a mi madre— opino, frotando la palma de mi mano por la curva de su codo, escalando hacia arriba, así me envuelvo en él como si fuera la manta más abrigada.

¿Cenar?— ahora soy yo la que se pone en alerta, tensándome contra su espalda. —¿Quieres estar una o dos horas a solas con Mo?— pregunto, temiendo por él. ¡Eso es mucho tiempo para que mi madre le saque hasta la hora de nacimiento, sus intenciones conmigo y luego me entregue los resultados de un análisis de su sangre! —Espera, ¡¿quieres que cenemos los tres?!— si es posible, mi voz suena aún más alarmada, casi en pánico. Desarmo el agarre de sus brazos para quedar sobre mi espalda en la cama, mirándolo de frente, y lo que hago es quedarme muda, mis labios ni siquiera hacen el amague de responder a su pregunta. Por un momento creo que lo que está haciendo es pedirme que piense en un nombre para nosotros, luego caigo en que es una duda real. —¿Qué somos ahora?— repito, planteándose a él que suele ser más lúcido y creativo con las palabras. —¿Una pareja regular en ciertas cosas e irregular en otras? Suena a una definición complicada…— quiero tomármelo con humor, que me acerco a su boca para un beso breve que nos devuelva ese ánimo. —Ella quiere conocer al padre de mi hijo, pero sabe que estoy contigo…— le aclaro, porque todo se ha dado de una manera en la que está por delante que tenemos en común y lo demás se va acomodando, que por un momento me embarga el pensamiento de que no estaríamos aquí si no fuera por este bebé, que no sé si es razón, excusa o lo que necesitábamos, irónicamente en este tiempo de mierda. —Si no te sientes listo para conocer a Mo, puedo hablar con ella. Me aseguraré que no irrumpa en tu oficina— prometo, —Y si lo que quieres es que te acompañe cuando la conozcas para sobrevivir al encuentro, lo haré. Cenaremos con ella. Sólo no nos sentemos cerca— le advierto, con mis manos subiendo por su nuca para acercar sus ojos a los míos, acariciando sus labios otra vez. —Ni me mires de esa manera tuya, que me pide por cinco minutos más de sexo, porque no lo haremos en el baño de la casa de mi madre. Pero si eres discreto, llevaré una falda y podrás deslizar tu mano debajo de la mesa— sonrío al besar la comisura de su boca y seguir por su mandíbula.
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