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Flame you came to me ✘ Lara

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Mensaje por Hans M. Powell el Mar Jul 23, 2019 5:11 am

Siento que todavía estoy temblando, lo suficiente como para ser incapaz de abrir por mi cuenta la botella de agua que Josephine me ha alcanzado. Como me quedo con la vista perdida en algún punto de la pared, ella chasquea la lengua, me la quita y me la devuelve ya sin tapa, por lo que murmuro un agradecimiento y bebo con lentitud. He regresado a mi departamento en cuanto terminó la junta y, siendo sábado, se encuentra relativamente vacío. El silencio no es de ayuda, no cuando todavía tengo el eco de los gritos de Notch Labors y la desagradable succión por parte del dementor que consumió su alma hasta dejarlo vacío. Tengo el permiso para marcharme a mi casa, pero siento que no soy capaz de desaparecerme ahora. Tengo que dejar la botella sobre el escritorio y me llevo una mano a la cara, froto mis sienes y luego mis párpados. Estoy jodido. Estoy jodidamente jodido. Van a tomar mis archivos y encontrarán el modo de dejarme tan hueco como el ministro de investigación. Ex ministro, ahora no sirve de nada. Y si tengo suerte y no muero de la manera más cruel, es porque he aceptado apoyar un gobierno que se ha salido de los límites y pone en riesgo a mi familia. Meerah es mestiza, Phoebe también. Confío en que tienen sus expedientes limpios, que puedo cuidarlas, que ningún dementor les va a respirar en la nuca. Solo que hay un pequeño detalle.

Es complicado tener gente por la cual preocuparse. Hay una vocecita irritante que me recuerda que Lara no está limpia, que yo me encargué de ocultarlo por años y que apenas busquen motivos para culparla en base a su sangre, tendrán con qué respaldarse. Bueno, eso si agarran los archivos que quedaron escondidos en mi casa y cuya existencia es la única que la condena; gracias bombardeo por al menos darme eso. Si Scott cae, mi hijo cae con ella y es una oferta dos por uno que no pienso tomar. Respiro un par de veces y sacudo la cabeza cuando Josephine me pregunta cautelosamente si necesito algo más, le entrego la botella y me apoyo en el escritorio para tomar el impulso de ponerme de pie. En minutos, ya estoy saliendo del ministerio con paso apretado y la idea fija en la cabeza. Quedó en claro que no puedo rebelarme o echarme atrás, así que haré lo que mejor hago: sacar provecho de mi puesto, para bien o para mal.

Para cuando entro a mi casa, lo hago tan rápido que Maui se detiene a medio camino con una pila de ropa sucia y me pregunta qué es lo que sucede con un tonito escandalizado que me deja bien en claro que me debo ver peor de lo normal — ¿Dónde está Lara? — no doy más explicaciones, tarda en decirme que cree que está arriba y no espero más para salir disparado por las escaleras. La música lejana me indica que Meerah debe estar encerrada en su habitación, así que eso me da la seguridad de que no va a escuchar nada, lo cual es un alivio. Para cuando abro la puerta de mi dormitorio, oigo el agua corriente del baño y suspiro; quizá volvió a vomitar o se está dando una ducha, es lo mismo, mientras me dé el tiempo y la privacidad para poder explicarme. No sé si esto va a funcionar, pero es lo único que tengo ahora. Me meto en el armario, aparto las perchas que me fastidian el camino y meto mi dedo en el identificador de la caja fuerte, antes de presionar la clave. Empujo algunos galeones, documentos propios y un reloj, hasta dar con la carpeta que busco — Scott, Scott, Scott… — susurro para mí mismo, pasando los apellidos a gran velocidad. ¿Qué haré con varios de estos nombres? Quizá pueda explicar el caso de Brawn, pero deberé entregar a este otro sujeto, Denvers. Ahora ellos dan igual.

Tiro de las hojas justo cuando oigo como la puerta del baño se abre y giro la cabeza, viéndola salir — Hola — creo que es el saludo más escueto que puedo soltar y no estoy seguro de que mi voz suene como lo hace normalmente. Lanzo el resto de los documentos a la caja, cierro la puerta y salgo del armario, apenas echándole una ojeada a la fotografía que decora su archivo. Una Lara de hace siete años — ¿Podemos hablar? — No tengo idea de cómo comenzar esto o cómo explicarlo. Solo me detengo frente a ella y le tiendo las hojas, sintiendo la garganta seca a pesar de haber bebido agua hace no mucho — ¿Recuerdas que te dije que el trato se acababa cuando yo lo dijera? Bueno, lo termino. Se acabó, es tuyo — porque de continuar, podemos perderlo todo.
Hans M. Powell
Hans M. Powell
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Mensaje por Lara Scott el Mar Jul 23, 2019 6:47 am

Han asesinado a la mismísima ministra en esta isla de seguridad excesiva, así que diría que no estamos a salvo en ningún lugar. No quiero hacer este comentario delante de Hans, no cuando el ministerio está puesto de cabeza, asumo que lo mejor es mantenernos de puertas para dentro, donde sea que estemos. Así que hago lo que nunca me vi haciendo y es pasarme todas las horas de la tarde poniéndome al día con la telenovela de Meerah, haciéndole compañía en ausencia de su padre que está en reuniones interminables, hasta que ella misma como la adolescente que es, busca su propio espacio. Llamo a mi madre cada tanto para hablar de cualquier cosa, menos del discurso que se ha transmitido esta mañana para mostrarnos la cara de quien ocupará el lugar dejado por Jamie Niniadis. Mi escepticismo rotundo a sus palabras es predecible, nunca he creído que se pueda alcanzar un mundo mejor mientras se refuerza el estatus de los magos con una opresión violenta. Es por culpa de estos pensamientos que tuve que hacerme un espacio de tiempo entre semana para ir a casa de Ivar y reconozco que es mejor que ir a un terapeuta, aunque cansador. Froto mi frente para aliviar esa presión que siento desde hace unos días, dejando que el agua de la ducha limpie mi rostro.  

Escucho los movimientos dentro del armario de Hans cuando salgo del baño peinando mi cabello húmedo con los dedos, al cerrar la puerta a mi espalda puedo verlo y no escondo la sorpresa que me provoca que esté parado allí. No tanto porque crea que es imposible que esté hurgando en su propia ropa, sino porque creo que estos días apenas ha pasado unas horas en su casa. Eso habla muy mal de su horario de trabajo. El humor no es el ideal para hacer un chiste sobre explotación laboral, así que me lo vengo guardando. Por debajo de las mangas cortas de mi camiseta se eriza la piel de mis brazos, hay algo en su tono al saludarme que me prepara para una mala noticia. —Hola— respondo con la voz hueca. ¿Ya no será ministro? ¿Han decidido despedir a todos los que acompañaron a Jamie Niniadis? Hay una lógica en que cada nuevo gobernante ponga a su propia gente de confianza en los puestos más importantes, por ejemplo, he reconocido a la mujer que estaba parada a su lado durante el discurso y puedo asegurar que no la vi haciendo carrera en el ministerio. ¿Qué demonios hace ahí? Tengo miedo de preguntarme seguido, de ahora en más, cómo demonios hemos llegado a esto.

No reconozco la carpeta que tiene en sus manos y tengo que ver la foto de una muchacha con el cabello oscuro, mucho más largo, el rostro más redondeado, para reconocerme en ella. Miro hacia la puerta para comprobar que está cerrada, me permito creer que Meerah no elegirá este momento para venir a preguntar si queremos merendar algo. Ordeno los bordes de las hojas con mis dedos, dándome cuenta que se trata de mi expediente y tengo que admitir, muy a mi pesar, que experimento una ansiedad feliz al tenerlo en mi posesión, de haber sido absuelta de mi deuda. Puedo evocar a una Lara de hace unos meses, que una noche en su taller hizo una confusión con los términos de esta deuda, y esa misma Lara tomaría estos papeles, correría lejos como el diablillo que es, se reiría a carcajadas en su libertad. Pero lo que hago es dar un paso hacia Hans, procuro entender lo que está pasando al mirar con detenimiento cada rasgo de su rostro pálido de muerte, sé que está sucediendo algo que nos supera a nosotros, y aun así pregunto lo que jamás hace unos meses hubiera podido creer que estaría preguntando. —¿Es porque voy a tener un hijo tuyo?—. Cruzo un brazo sobre mi pecho, reteniendo las hojas ahí, y creo que es miedo lo que siento al extender mi mano hacia él para colocarla sobre su brazo, para que sienta el calor de mi palma. Es miedo a que se desvanezca como un fantasma y por eso trato de sentirlo. —¿Qué está pasando?— tiene que decírmelo.
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Mensaje por Hans M. Powell el Mar Jul 23, 2019 7:15 am

Sí y no. Es en parte por mi hijo, en parte porque no quiero que le suceda nada. Porque sé que hemos llegado a un punto donde no puedo hacer oídos sordos e ignorar una amenaza cerca suyo, cosa que hace algunos meses no me hubiera importado en lo absoluto. Si tenía que entregarla a las fauces de una criatura hambrienta por su alma, lo habría hecho para salvar la mía. Puedo hacerlo todavía con cualquier otra persona, pero no con ella. Abro la boca, pero no contesto. Tengo el infantil impulso de ponerme a llorar y buscar refugio entre sus brazos, pero tampoco me siento capaz de hacer algo como eso. Solo sacudo con la cabeza en respuesta a su primera pregunta, porque esto va más allá del hijo que estamos esperando. Es su tacto el que hace que reaccione y llevo una mano para posarla sobre la suya, aprieto el agarre y me doy cuenta de que aún tiemblo un poco. Parpadeo, trato de encontrar un eje y me fijo en su rostro, agradecido por la extraña sensación de seguridad de tenerla aquí, en un sitio tan familiar para mí como mi propio dormitorio. Donde creo que todavía podemos hablar con libertad.

Yo… — la voz pastosa delata que estoy ahogado y tengo que aclararme la garganta. Cambio un poco el peso de mis piernas en un intento de conseguir la comodidad que soy incapaz de sentir — Acabo de ver como nuestro nuevo presidente— enfatizo el título, la mirada que le lanzo deja en claro que ese es el modo en el cual Aminoff se ha catalogado y no puedo hacer mucho más que obedecer su capricho — … él solo… bueno, dejó que un dementor besara a Notch Labors solo porque le plantó cara a su nuevo sistema — que si bien fue una tremenda estupidez de su parte, no creí que habría terminado de esa manera. Intento que la imagen no regrese y cierro los ojos con fuerza, torciendo un poco los labios y aprieto su mano con algo más de ímpetu — Fue desagradable — casi hubiera preferido que lo asesine adelante de todos, antes que dejarlo como un vegetal. Eso al menos habría sido más misericordioso.

La suelto con desgano y me arrastro hasta que me dejo caer sobre la cama, sentado de manera tal que mis hombros se encuentran caídos y mis piernas se estiran en agotamiento. Tironeo de la corbata con movimientos cansinos, la dejo caer al suelo y me deshago del saco, al cual arrugo entre mis dedos nerviosos. Sé que lo que he dicho no acaba de explicar el panorama completo, pero la seriedad de mi rostro debe darle la impresión correcta de que tampoco encuentro por dónde empezar. Hago un repaso lo más rápido que puedo, tomo algo de aire y lo largo al hablar — Quiere purificar la sangre. No solo ha decidido que debemos aliarnos con las criaturas mágicas para ganar la guerra, sino que le dio vía libre a los dementores para hacer patrullas. También quiere contar con los licántropos, los gigantes y demás. Fue un desastre — uno que ninguno pudo evitar, eso está claro. Acomodo el saco a un lado, junto mis manos y, por fin, me atrevo a mirarla — Aumentarán los impuestos, privatizarán el Royal e investigarán a los funcionarios del ministerio para asegurarse de que ningún traidor se encuentre entre nosotros. No podía… — mis ojos bajan hasta los papeles que ella sostiene y prenso mis labios, seguro de que mis fosas nasales se han ensanchado — No solo estaré bajo la lupa por ser mestizo, sino que no puedo permitir que encuentren esto. Nos matarán si lo saben — yo puedo encontrar el modo de zafar, pero ella no — Es la única copia que queda. Jamás he confiado en los archivos electrónicos porque cualquiera puede hackearlos y el atentado acabó con los anteriores documentos. Es tuyo para que lo elimines — me explico, intento acelerar un poco mis palabras para ser rápido y conciso. Apoyo una mano en el colchón e inclino mi torso en su dirección, tratando de que me escuche a pesar de que baje un poco el tono de mi voz — No quiero perderte, así que prefiero hacer esto. Es mi modo de mantenerlos a salvo — de verdad, espero que ella colabore con esto y entienda que ya no hay lugar para tonterías y riesgos innecesarios. Por una vez.
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Mensaje por Lara Scott el Mar Jul 23, 2019 9:08 am

Percibo el temblor de su mano que se siente fría sobre la mía, suspiro al aguardar una respuesta que explique su estado, no lo escucho capaz de articular más que frases sueltas y al estar acostumbrada a su labia, sé que este es el indicio de que todo está mal. Sujeto su mirada con la mía para que se sostenga en pie, no pestañeo cuando se refiere al hijo de Jamie Niniadis como el presidente de Neopanem, apenas se nota que contengo la respiración. Me he olvidado de cómo hacerlo cuando puedo lograr una imagen mental de lo que acaba de decirme. El ministro de mi departamento fue besado por un dementor en una reunión de protocolo. —¿Por qué demonios…?— ¿Alguien haría algo así? No sé por qué desde muy lejos me llega la voz de un sujeto que me dijo algo sobre poner una bomba en una oficina con todos los ministros dentro y no sé cómo sentirme de que sea el nuevo líder del ministerio quien suelte un dementor entre estos. Hans dice que fue desagradable, su cara dice mucho más que eso. Fue algo bajo, fue algo mucho peor que la muerte misma para un mago. Perder el alma es… me estremezco entera. —Se ha ido todo al carajo— digo, no puedo decirlo de otra forma. No hay manera elegante de decirlo, ni tengo por qué hacerlo mientras sea una conversación entre nosotros, en la pobre confidencialidad que nos dan las paredes de este dormitorio y tomando la que quizás sea la única oportunidad que tengo para decirlo en voz alta.

Mis pies se mueven en su baldosa al girarme para seguirlo con la mirada, tengo el expediente aún contra mi pecho, abrazándome a este como si fuera algo a lo que aferrarme. Su postura derrotista al borde de la cama me prepara para lo que vendrá, criaturas mágicas peligrosas en los distritos, políticas que nos harán vivir a los ciudadanos con restricciones, la persecución temida. Si alguna vez pensé que nunca tendría un hijo en un mundo que para mí era un caos, este es el peor panorama posible que podría imaginar alguna vez. Sé que estamos a tiempo de evitarle esta realidad, pero no vuelvo a este pensamiento una segunda vez y lo descarto para cualquier ocasión futura. Estoy mirando los papeles que sostengo cuando dice que por esto podrían matarnos, de algún lugar que desconozco me inunda una calma inesperada para saber lo que haré.

Levanto mis ojos hacia su rostro cuando me da el permiso de eliminar la última prueba concreta que queda de mi falta y nuestro acuerdo de deuda, siento una fuerte opresión en el pecho que me impulsa hacia adelante, a dar los pasos que quedan hasta poder doblar mis rodillas ante él y así quedar con nuestros rostros a la misma altura. Suelto la carpeta en el suelo y uso mis manos para sostener su rostro. —Escúchame— le pido, tratando de que se centre en mi mirada. —Estaremos bien. Nada nos pasará y nada te pasará a ti tampoco—. Me preocupa el hecho de que ser mestizo se haya vuelto algo que lo pone en un puesto de riesgo como ministro, pero confío en que encontrará una manera de salir del peligro, siempre habrá una manera. —Nos mantendremos a salvo— deslizo mi mirada hacia la puerta, pensando en Meerah que, encerrada en su habitación, desconoce la manera en que todo está cambiando. —Nos quedaremos con ustedes— digo, soltándolo para ponerme de pie y recoger la carpeta tirada. Busco en la habitación un cesto de metal, lo coloco delante de la cama y vuelvo a la mesa de luz para recuperar mi varita que guardo en el bolsillo de mi pantalón. Saco la primera hoja de la carpeta que tiro al suelo para tener las manos libres y poder desgarrar el papel, hago lo mismo con las otras, en muchos pedazos, también la fotografía. Acerco la varita a la punta sobresaliente de una de las hojas y veo cómo el manchón naranja la consume, para después arrugarse en los bordes que se tiñen de negro, el calor envuelve todo. No llega a ser una llama que devora cada palabra, sin embargo, logra el propósito de reducirlo a cenizas que es lo que siempre esperé que sucediera.

Siento el peso de mi varita resbalarse entre mis dedos y rueda hasta caer al suelo. La bocanada de aire que tomo por mis labios entreabiertos es de alguien que acaba de salir a la superficie después de estar atrapada en el fondo de un océano infinito. Paso una mano por mi garganta para aliviar esa sensación de ahogo, si es cierto que no queda nada que pruebe que soy una traidora de este gobierno, puedo quedarme. Siento cómo mi pecho tiembla por las nuevas respiraciones. Depende de cómo lo haga ahora, aseguraré mi permanencia. Sé que no será con las mejores maneras, de que no actuaré convencida de cada discurso que escuche, encontraré el modo de protegernos. Camino hasta llegar a la orilla de la cama y me siento al lado de Hans para buscar su mano. —Nunca te he dado las gracias por lo que hiciste— murmuro, sé que ambos miramos por nuestros propios intereses en ese entonces, tan ensimismados en nosotros como para mirar en detalle la cara del otro y tan egoístas que por siete años fuimos capaces de mantener un trueque que no se movía de lo formal, tan convencidos de nuestra capacidad de mantener la distancia en lo profesional como para creer que no acabaríamos confundiéndolo todo. —Gracias por darme otra oportunidad, por dármela hoy también.
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Mensaje por Hans M. Powell el Mar Jul 23, 2019 6:25 pm

Que se ha ido todo al carajo es un modo sutil de decir las cosas. He pisado seguro gran parte de mi vida y ahora me doy cuenta de que el suelo empieza a tambalearse, que no tengo idea de hacia dónde ir o cómo debo pararme. El sonido de la carpeta en el suelo es lo primero que me indica que, al menos, tendré de quien sostenerme. Ni la ayuda de sus manos sirve para que pueda enfocar sus ojos, sus promesas son la clase de juramento que nadie debería hacer en tiempos como éste. Y no obstante, estoy tan agradecido que hasta me esfuerzo por sonreír, aunque algo me dice que solo fue una mueca desganada. No puedo pedir más que eso, porque creo que ahora llegarán los tiempos en los cuales con solo tener a mi familia abajo de mi techo podré considerarme afortunado. Y sí, eso la incluye, por extraño que parezca. Sé muy bien por el miedo de hace unas horas que se encuentra en la lista de personas a las cuales quiero a salvo.

¿Qué haces? — es una pregunta algo estúpida, pero no puedo evitar hacerla cuando veo que empieza a moverse por la habitación con una decisión que no sé de dónde ha sacado. Ella me responde al empezar a arrancar las hojas del documento y puedo ver sus intenciones, por lo que de verdad ruego que la alarma antiincendios no se encuentre en funcionamiento. Tomo mi varita por si las dudas, pero pronto las hojas empiezan a consumirse en el fuego y ningún pitido estalla, nadie viene a ver qué es lo que sucede. Los documentos desaparecen con la prueba de los años de trampas y tratos, de un juicio que solucioné de un modo al cual no puedo seguir apuntando. La dejo libre, pero soy consciente de que el peligro solo se ha atenuado, no evaporado. Es el peso de su compañía el que me saca del ensimismamiento y me encuentro sosteniendo su mano, torciendo el gesto ante las palabras que no me espero — Sabes que no es necesario. En ese entonces, tuve mis razones. Y ahora... bueno, tengo otras — en esta ocasión, la sonrisa es un poco más honesta. Me acerco lo suficiente como para tomarme la libertad de picar suavemente su vientre, no muy seguro de cómo voy a criar un bebé entre todo este desastre. Supongo que será un poco más difícil de lo que esperábamos.

Te harán preguntas. Lo harán con todos en el ministerio — le advierto, utilizo un tono pausado para que se le graben mis palabras — No sé la clase de interrogatorio que utilizarán, pero te enseñaré a mentir incluso con veritaserum. No es lo mismo mentir que torcer la verdad. Y Scott, por favor... — el tono de paciencia y la mirada que le dedico son más la clase de trato que suelo tomar con Meerah cuando debo ponerle algún límite — Mantén tu carácter a raya. No tendremos de qué preocuparnos si somos lo que ellos quieren. Y el bebé estará bien. Nosotros estaremos bien — intento convencerme, quizá con demasiada obviedad. Me deshago en un bufido cansado y me echo hacia atrás, la suelto para poner las manos sobre mi abdomen y clavar los ojos en el techo blanco, oyendo el crepitar de las pequeñas llamas. No sé si rogar que se quede conmigo o pedirle que se mude lejos, donde los problemas estén menos concentrados — Tendré que contarle a Meerah todo. Jamás le dije que no tengo sangre pura — acabo de reparar en ese detalle, lo que me hace producir una mueca de desagrado. Esa sí que es una charla que no esperaba tener y no precisamente por mi estatus.
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Mensaje por Lara Scott el Miér Jul 24, 2019 6:03 am

Con su mano en la mía, busco que mis dedos encajen con los suyos, en un agarre que haga posible que nos sostengamos en el otro. —Déjame darte las gracias, son sinceras— me quejo por lo bajo, no quiero que la extinción de esta deuda quede como la simple culminación de un contrato que no se puede sostener más. No estrecharé su mano para despedirme, ninguno de los dos volverá a su lugar como si nada, yo a mi taller, él a su oficina en el ministerio. Puede que las razones por las que comenzamos esto son tan lejanas y tan apropiadas a las personas que fuimos entonces, pero el motivo por el que concluye está por debajo de la piel de mi vientre que presiona suavemente con su dedo y se han involucrado demasiadas emociones, que he pasado del sentimiento de deuda al de agradecimiento. Y en medio todo, esos sentimientos de lo que no he encontrado el momento para poner en palabra porque el asesinato de la ministra de este país, no es el mejor contexto para ello. No parece que el panorama fuera a mejorar, así que puedo morir esperando, lo triste es que eso podría ser más temprano que tarde con el riesgo de muere al que nos exponemos ante el nuevo presidente.

No quiero que perciba mi miedo, porque no quiero que crea que no seré capaz de hacerlo. No obstante, lo siento latiendo allí mismo donde sé que está palpitando la vida de ese bebé que se le ha ocurrido irrumpir en medio del desastre, a gritar su existencia cuando todos nos encontramos en un peligro que nos hace caminar al filo. Tengo mi mirada puesta en el agarre de nuestras manos para que no vea mis ojos cuando dice que habrá interrogatorios, le oculto mi miedo, asiento para hacerle saber que podré con ello y que haré de las mentiras para las que tengo cierta tendencia, el escape que nos mantenga seguros. Aprenderé a jugar de manera inteligente, esta vez voy a jugar a ganar. Sigo su voz que me llama al alzar mi mirada hacia su rostro, sonrío tenuemente a su petición. —Seremos lo que ellos quieren— repito. —Te lo prometo, mentiré mirándole a los ojos a quien haga falta. No habrá nada que me mueva de aquí—. De haber estado en mi vieja posición al enterarme de todo lo que se vendría con Aminoff como presidente, me habría ido a cualquier lugar de Neopanem o más allá de sus fronteras, habría instado a mi madre a escapar, no me habría quedado. Pero no es una sugerencia que le haría a Hans. ¿Escapar? Puedo ver lo suicida que sería eso, con dementores y otras criaturas sueltas sería arrojarse a ellas. Nunca como ahora, entiendo que lo más seguro es esperar aquí, aguardar y resistir al cielo que se está destrozando sobre nosotros, confiar en que podré sostenerme en mis pies.

Me muevo hacia atrás en la cama, trepando con mis pies sobre la manta hasta quedar sentada cerca casi en el medio, cerca de su hombro. Así puedo pasar mis dedos por su pelo en una caricia suave que casi no se siente. Subo una de mis rodillas contra mi pecho para poder recargarme en esta, escucho lo que me dice de Meerah y se escapa un suspiro de mis labios. —Sabes que a ella no le importará que sangre tienes—. Si bien lo digo, reconozco que eso no es lo que está en discusión. —Y es una chica inteligente, entenderá el peligro que se corre y sabrá cómo actuar—. Pero también estará asustada, lo he visto, se enfrenta a lo que sea con arrojo y en el fondo es una niña temerosa de lo que puede pasar. —¿Me creerás si te digo que cuidaré de ella? Tú encárgate de mantenerte a salvo, no quiero imaginar lo que será el ministerio y estarás… en medio de todo eso…— hago un remolino con los mechones de su coronilla y mi mano cae a un lado sobre la sábana. —Sé que no es el mejor momento, pero en vistas de que no eres bueno esquivando balas y acabas con medio cuerpo atravesado por estas, no quiero esperar a que eso ocurra una segunda vez y tu suerte te mantenga vivo, para decirte que…— inspiro hondo, no he encontrado aún la combinación exacta de palabras que creo que puedan servir con él, hago memoria de todo lo que pudimos decirnos alguna vez y estar en su habitación me recuerda a una charla en particular. —¿Te acuerdas que la primera vez que dormimos en esta cama te dije que tenía miedo de que te hayas enamorado de mí por esa noche? Y tú, todo orgulloso como eres, me dijiste que era yo quien me había enamorado un poco, que no lo hiciera, porque no eres de los que se enamoran. No sé cuándo pasó, si fue esa noche o si fue otra, si fue en tu cama o en la mía, pero pasó—. Me encojo de hombros al cruzar mis brazos alrededor de mis rodillas para atraerlas a mi pecho, apoyo mi barbilla sobre estas, y la habitación se siente gigantesca para nosotros dos. —Sé que dije que es algo que no diría si no ibas a decir a lo mismo…— doy vueltas, —pero en medio de todo el lío me he enamorado de ti y… — pongo los ojos en blanco para no tener que ver lo que dicen los suyos. —No hace falta que digas nada, solo quiero que sepas me quedaré lo que dure este desastre o el tiempo que sea.
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Mensaje por Hans M. Powell el Miér Jul 24, 2019 7:06 am

Su promesa suena demasiado definitiva y eso hace que la sienta frágil. No es personal, he pasado años de mi vida siendo solo yo y todo el mundo se había marchado. Es un poco vertiginoso el sentir que ella promete lo contrario, que no somos solo nosotros y que hay más, no sé si eso me llena de seguridad o me carga de un miedo completamente nuevo. Soy incapaz de contestarle, me conformo con darle un apretón a su agarre. Si alguien me hubiera dicho hace un año atrás que hoy me encontraría en esta posición, jamás le hubiera creído. Con una hija ocupando una habitación, otro en camino, mi hermana cerca y alguien sosteniendo mi mano. Seguro le diría que sus predicciones eran una estupidez y que debería dejar de beber whiskey de fuego. Recuerdo vagamente lo que le dije a Kenna hace unos días, que jamás me iban a romper el corazón y que yo se lo rompería primero. De verdad espero que esta promesa valga lo suficiente como para no decir que estaba equivocado, porque hay destinos que no me interesa conocer, no cuando ahora todo parece tan preparado para desmoronarse.

Es extraño cómo me he acostumbrado a sus caricias, mis ojos se cierran en reacción y me doy cuenta de lo cansado que estoy, de lo mucho que necesitaba de esto y que podría quedarme aquí el resto del día. Sí, tal vez eso es lo que necesito, un baño y a la cama. Con suerte, se quedará recostada conmigo si se lo pido. Soy consciente de que a Meerah no le importará mi sangre, pero ella debería saber que grado de impureza contiene la suya. Hasta donde sé, su abuela materna también era muggle — Eso espero — sé que es inteligente, pero temo que los demás lo sean más. Al fin de cuentas, solo tiene trece. Abro los ojos y siento la necesidad de tranquilizarla por el miedo a mi actividad en el ministerio, cuyo escenario sé que no es el mejor. Lo hago con una caricia en su rodilla y un sonido que retumba en mi garganta como un ronroneo suave. Lo que no entiendo es a dónde quiere llegar con todo eso de las balas y arqueo una de mis cejas — ¿Tienes que recordármelo? — intento bromear, aunque mi voz suena un poco débil al estar torciéndome para verla mejor. No estoy orgulloso de ese duelo, en especial porque si hubiese tenido las bolas o el talento para matar a esa mujer, Annie estaría viva. Intento no pensar en ello, porque me presenta un recuerdo que tengo bastante enterrado y asiento con la cabeza. Puedo acordarme incluso de la poca luz de esa noche y de lo nublada que tenía la mente por el alcohol que habíamos ingerido — Fue aquí. Te traje en brazos por las escaleras — le comento, sonriendo con gracia ante esa memoria; que patético. Me ahorro el decirle que fue la segunda vez que estuvimos juntos, la primera vez que compartimos una cama. Detalles pequeños que ahora no importan.

Lo que no entiendo es por qué dice lo que dice. Siento sus palabras demasiado ajenas, quizá porque a pesar de todas las bromas y preguntas, no concibo la idea de que alguien pueda enamorarse de mí, de verdad. No soy esa persona, jamás lo he sido. No entiendo por qué ella lo estaría — Oh — apenas separo los labios al soltar aquello y creo que he parpadeado más de lo normal. Hay un cosquilleo que me mantiene quieto, el silencio se cierne sobre nosotros y creo que hasta puedo oír la música lejana de la otra punta de la casa — Tienes un gusto espantoso, Scott — es una broma suave y la sonrisa es más tímida y gentil que de costumbre. Apoyo una mano en el colchón para poder enderezarme, aunque lo hago con la lentitud del miedo de que ella se separe. Mi mirada es cautelosa, la desvío un momento para descalzarme y subir los pies al colchón, cruzo una pierna sobre la otra hasta quedar como indio frente a ella y apoyo un codo en mi rodilla, uso la mano para sostener mi mentón y mirarla como si fuese un rompecabezas — ¿Recuerdas mi manía por entenderte? — parece que es un viaje al pasado, pero no es mi verdadera intención — Creo que estaba buscando las causas equivocadas. Primero tenía que comprender lo que me pasaba a mí como para darte un poco de sentido. Aún no lo tiene del todo — dejo mi barbilla libre al mover la mano como si hiciera una floritura explicativa — Pero… umm… — inflo un poco el pecho y largo el aire largo y tendido, incluso hago vibrar mis labios y abro mis ojos un poco más de lo normal — Me he cuestionado muchas cosas contigo. Lo que menos sentido tiene es que eres la primera persona en la que pensé cuando me dijeron que el mundo se iría a la mierda. Scott, yo solo… — abro y cierro mis dedos, apoyando las muñecas sobre mis rodillas. Me atrevo a darle mi mirada, pasearla una vez más por su rostro como si ya no me lo conociera de memoria — Te amo, eso es todo. Tan simple y estúpido como eso. ¿Y sabes qué? — me inclino vagamente hacia ella, torciendo los labios en una sonrisa que se parece mucho más a las muecas burlonas que tanto me caracterizan — Sé que puedo vivir sin ti y todas esas cosas sentimentales y cursis que la gente dice que no puedes hacer cuando te enamoras de alguien. Lo que me preocupa es no querer hacerlo y eso, Scott, es lo que me dice que estoy condenado por tu culpa.
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Mensaje por Lara Scott el Miér Jul 24, 2019 10:50 am

Escucho mi respiración en el silencio que queda pendiente entre nosotros, me encuentro incapaz de pronunciar palabra que rompa con este, porque estoy a la espera de una respuesta que no llega. No busco que diga lo mismo y tampoco estoy segura de que quiera oír lo que tiene para decir, si estoy sola en esto tendré que hacer acopio de toda mi entereza para mantenerme imperturbable en mi sitio y no salir de esta cama con un portazo. ¿Qué me dijo hace unos minutos? Que controlara mi carácter. Se aplica a situaciones de interrogatorio en este nuevo gobierno nefasto, y también lo puedo trasladar a otras cuestiones más personales, a escenarios en los que me encuentro diciéndole por primera vez a una persona que me he enamorado, que puedo plantearme la posibilidad de estar a su lado, quien sabe por cuánto tiempo. Nunca será fácil para quien no sabe cómo decir esas palabras y que ha creído con tal fe que nunca las diría, ponerlas a disposición de quien puede tomarlas o rechazarlas. Lo hablamos en el hospital, este miedo al rechazo, solo un poco menor al miedo de ser quien ame, cuando la otra persona lo siente apenas. Nunca quise ser de las primeras, me hace sentir vulnerable y me pone ansiosa que no diga nada, mis dedos se cierran alrededor de las sábanas para tirar suavemente de éstas.

Una sonrisa burlona hace que se quiebre la tensión expectante en mis facciones, se relajan un poco al poder contestar con el humor que me salva de todas las situaciones. —Sabemos que me gusta demasiado lo que es un desastre— digo, actúo con desenfado a pesar de que todavía noto ese peso hundido en mi estómago, porque he puesto en palabras algo con lo que tendremos que cargar porque se ha dicho. Es cierto que me basta con que lo sepa, podemos dejarlo en esta cama como hemos dejado muchas otras cosas en mis propias sábanas, pero con la luz del día llenando toda la habitación no hay cosa que pueda esconderse y con el mundo enloqueciendo allá afuera, ¿qué caso tiene ocultarlo? Tomo aire por mis labios al ver que cambia su postura para quedar de frente, en una posición pensativa que hace que desarme la mía, que se parece más a la de alguien que está tratando de resguardarse. ¿Qué caso tiene? Cubrir mi pecho con las rodillas no lo mantendrá protegido. —Lo recuerdo— musito, había dicho algo así como que era «imposible». Creo que lo dijo porque no me conocía, cuando fue conociéndome encontró muchas otras palabras para describirme, así como yo fui descubriendo las otras facetas que lo hacían quien es.

No sé qué carajos trato de decirme con que tenía que entenderse para entenderme, me está poniendo nerviosa. Hasta que lo dice, creo que escuchar que soy la primera persona en la que ha pensado al saber que este mundo estaba en un destino sin retorno a la mierda, es todo lo que necesito para saber que ha tomado mis palabras. Pero no sé qué tanto me basta con ser un pensamiento, tal vez quiero algo más que no sé si llegará, y cuando lo hace, me toma por sorpresa. Podrá ver en la manera que tiembla cada rasgo de mi expresión, en cómo contengo el aire y pestañeo para disipar el asombro en mi mirada. Cuando se acerca, por una gravedad a la que ya no busco explicación, también me inclino hacia él y cierro los ojos al recargar mi frente sobre su hombro, al escuchar lo que yo también sé, que podemos vivir sin el otro, que no estamos hechos para ciertas cosas, que tal vez el problema sea que somos nosotros, tratando de ser con el otro, tan complicado todo. —Somos tan simples y tan estúpidos— murmuro, con mi nariz cerca de su garganta al ladear mi rostro. Me acerco un poco más para sujetarme a su cintura atrapando la tela de su camisa con mis dedos. —Sé que quiero estar contigo y, en serio, no hacen falta todas esas cosas sentimentales que hacen otros…— mis labios se extienden en una sonrisa que queda oculta contra el cuello de su camisa. —No hace falta que hagamos lo que hacen otros— digo, recordando lo que fue hace poco mi charla con cierta morena que me dio ropa de bebé, un libro de kamasutra para parejas y consejos, todo en una misma canasta.

Sólo quiero que seamos honestos, en todo momento, sobre querer estar con el otro— desde mi sitio cómodo en su hombro, espero a que su mirada se cruce con la mía, no sé cómo plantearle el dilema de una salida con alguien más en un sábado, que fue el ejemplo de Rose, algo que me suena tan banal en medio del contexto real que estamos viviendo como país. No creo que llegue a decirlo, me atraganto con esas palabras que sonarán a que estoy planteando exigencias de nada. Que me perdone Rose, tendré que decirlo a mi manera. —Sé que esta será una revelación inesperada de mi parte,— digo, —pero he llegado a creer que todo en la vida se trata de tomar elecciones—. Vago con mis labios por su garganta, ascendiendo hasta su mandíbula. —Eliges dónde estar o dónde no estar, eliges qué hacer o qué no hacer, eliges con quién estar… o con quién no estar—. Una de mis manos suelta la tela arrugada para colocarse sobre su pecho, mi palma abierta sobre la hilera de botones. —Si eliges estar conmigo, me quedaré. Pero si algún día eliges estar con alguien más, dímelo. Sé honesto. Me iré— susurro, beso el punto de su garganta donde siento un latido. —Quiero creer que podremos ser amigos, después de todo lo que hemos pasado—. Busco sus labios para acariciarlos con los míos, mis manos encuentran el camino a su nuca para aferrarse y no hago otra cosa que respirar con mi nariz rozando la suya. —Pero hoy, estoy contigo y estás conmigo. Podemos escondernos en tu casa de todo lo que está pasando fuera, que no atreviese estas paredes, aquí estas a salvo— siento la necesidad de despojarlo de ese tormento en su mente que lo tenía temblando al entrar.
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Mensaje por Hans M. Powell el Miér Jul 24, 2019 4:35 pm

Tan simples y tan estúpidos, buen modo de resumirlo. Me sonrío, oculto ese gesto entre su cabello y me siento rodeado por ella, agradecido de su cercanía. Mis manos patinan por su cintura, me ahorro el decirle la cantidad enorme de sentimentalismos que se me vienen a la mente, no sé si porque es un día donde siento que todo va a acabarse o porque he desbloqueado una opción que hasta ahora era imposible. No hace falta que le diga todo lo que veo en ella, lo sabe, estoy seguro de haberlo mencionado o mostrado en alguna ocasión. Hay algo extraño en que diga que quiere estar conmigo, con tanta seguridad y confianza, que por poco le pregunto si no está enferma — No podemos ser como otros — no somos especiales, pero sé que tampoco entramos en una relación ordinaria. No nos puedo imaginar planificando un futuro lleno de rosas, pero quizá podemos lograr algo en nuestro propio estilo. Creo que eso es suficiente para mí.

Su respiración en mi cuello me calma, hace que mis dedos caminen sobre su columna con toda la calma de la que soy capaz. No me espero que empiece con lo que parece ser un catálogo tranquilo de bases y condiciones, así que prefiero centrarme en las caricias que le regalo mientras ella habla. Soy víctima del mimo de sus labios, me mantiene silencioso en lo que proceso lo que quiere decir, hasta que su beso en mi piel sirve de punto para ladear la cabeza e intento mirarla — Lástima que no quiero ser tu amigo — es una broma inocente, sonrío con calma y mi mirada se torna ligeramente sospechosa a pesar de que no me muestro molesto — ¿Es por lo que dicen de mí? No soy un santo, pero también muchas de esas cosas son mentira. He estado contigo por meses... ¿No es así? — no hubo necesidad de buscar otra compañía, tampoco presiento que lo haré en algún futuro cercano, pero si le sirve para quedarse tranquila no voy a reprocharlo. Lo mismo sucede con el acercamiento de sus labios, los toco con los míos en una calma amena y permito que mis dedos recorran la piel que queda expuesta al final de su camiseta, cálida posiblemente por la temperatura de la ducha. Me hace algo de gracia que huela a mi shampoo, es casi como olfatear mi casa en su cabello — Puedes mudarte, si quieres, ya sabes — por mi parte, sé que no lo hará. No le gusta la isla, ahora mismo no parece el mejor lugar para tener un bebé y Lara no es la clase de persona que pueda ver viviendo aquí. Pero aún así... — O dividirnos. Pero me gustaría saber que tú también estás a salvo y que puedo mantenerte cerca — bajo mi techo, puedo cuidar de que nada le pase a ella o al bebé. En el seis pierdo control y pierdo poder.

Me acomodo estirando las piernas y tiro con cuidado de ella para conseguir que se siente en mi regazo, rodeando su cuerpo con mis brazos como si buscase arrullarla en el espacio diminuto que ocupamos en una cama demasiado grande. Coloco una mano en su mandíbula para elevar su rostro, mis besos dejan un camino por su mejilla hasta probar sus labios, el instante que me dura el sonreír con diversión — Creo que lo mejor de estos días ha sido que puedo abusar de veinte minutos de besuqueo matutino antes de ir a trabajar — bromeo. Obviamos los últimos dos días, esos fueron un desastre. No entiendo como todo cambió tan rápido. Me recargo en ella, pasando una mano por su vientre s modo de caricia mientras arrugo la tela de su remera— ¿Crees que podremos hacerlo feliz? — es obvio de quien estoy hablando. El tono susurrante de mi voz delata la confidencialidad — Con todo lo que está pasando... sé que haré hasta lo imposible para darles todo, pero me aterra pensar que eso no será suficiente — hay un mundo allá afuera que está cambiando abruptamente, se está oscureciendo y temo no poder luchar contra eso. Al fin de cuentas ella misma lo dijo: no puedo pelear contra balas.
Hans M. Powell
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Mensaje por Lara Scott el Jue Jul 25, 2019 5:48 am

Mi sonrisa queda entre sus labios y los míos al rozarse, porque puedo pensar en nosotros con un niño o a una niña a cuestas, de una casa a la otra, peleándonos para ponernos de acuerdo en esas cosas nimias de la crianza y coordinando nuestros horarios para ver quien lo trae, quien lo lleva. Podríamos hacerlo a nuestra manera, nos quedaría cierta complicidad, si esto se acaba no podríamos volver a ser extraños y me niego a ser su enemiga. Pero no quiero que acabe, es cierto, tampoco quiero ser solo su amiga. El beso es engañosamente calmo, me reacomodo al roce de sus dedos y voy deslizando mis manos por su garganta de regreso al frente de su camisa. No contesto a lo que dice sobre lo que se dice en el ministerio, es un chiste que no pienso hacer. No tiene que ver con lo que la gente dice o no dice, sino con lo que hacemos nosotros. Siempre se trata de los hechos. —Es cierto— se lo concedo. —Hace meses que estamos juntos…— digo, cuando a punto estuve de decir que hace meses que nos acostamos, decirlo así ante ciertos amigos se sintió como un intento de tapar las cosas que pasaron por debajo, que si solo se trataba de acostarse con alguien, hay mucha gente, él tiene una secretaria al otro lado de su puerta en todo caso. —Y sigo sin tener suficiente de ti— reconozco, percibo el calor de su piel o será que la confundo con la mía, cuando desprendo los primeros botones para colocar mi bajo por debajo del cuello entreabierto de su camisa.  

Choco nuestras frentes al proponerme que me mude, suelto el suspiro que llevo guardando con cada día que he pasado en su casa, que han superado la semana sin que volvamos a tocar el tema. —Lo he pensado— admito, con más intensidad las horas que estuvo fuera en estos dos días. Me aparto para poder sostener su mirada a una corta distancia, así podemos hablar. —He pensado quedarme con Meerah si no vas a poder estar aquí, no tanto como te gustaría o deberías. Lo noté en estos días, si tienes que estar en el ministerio, Meerah está sola aquí—, son circunstancias que todo el tiempo lo obligan a estar en otro lugar, que serán cada vez más graves por lo que acaba de contarme. Si vamos a llegar a un punto en que por las calles tendremos miedo de cualquier sombra. —Sabemos que no hay un lugar seguro, ni siquiera la isla lo es, se trata de cuidarnos entre nosotros. Claro que podrías mandar a Meerah con su tía, si sabes dónde está Phoebe y si estarán seguras. Sino… estaremos donde digas que estemos, tendrás a tus hijos en un mismo lugar, podrás volver aquí o ir a donde estemos— sugiero con un tono suave que va tanteando lo que él puede pensar sobre irnos, no al distrito seis porque en mi casa no hay espacio, pero a cualquier lugar que pueda servir como un refugio, y si no lo hay, resistir donde sea que estemos. No pondré en discusión mudarme a esta mansión ministerial, con sus elfos y su esclavo, con toda la ostentación de la elite gubernamental, porque no se trata de eso esta vez. Cuando vengan tiempos mejores podré discutirle por qué no viviría en una casa con tres baños, ahora no.

Coloco mi mejilla contra su pecho al sentarme en su regazo, envuelta en sus brazos como si pudiera quedar ahí por siempre porque no hay lugar más seguro, que me permito cerrar los ojos por un minuto y al no ver nada, mis otros sentidos entran en juego como para que sea su olor lo que respire. De las cosas buenas que hay de dormir juntos, tengo que decir que dormir con mi nariz contra su piel es de las mejores, es tan malditamente adictivo. Retengo sus labios para ahondar en el beso, así como por las mañanas lo convenzo de quedarse un minuto más o él me persuade a mí. Me muevo en su abrazo para poder usar mis manos y recorrer sus hombros por encima de la tela, me detiene el que apoye su mano sobre mi vientre. Acaricio su mejilla con mis labios para consolarlo en sus preocupaciones. —Hans, no te cargues de más responsabilidades, con más de lo que puedes, eres un hombre al final de todo…— le recuerdo, —También te cansas, también te lastiman—. Este no es un recuerdo en particular que quiera seguir trayendo a colación. Cambio mi posición sobre sus piernas para quedar con mis rodillas a los lados de su cadera, bajo por la fila de botones para desprenderlos y hacer a un lado su camisa al bajar las mangas por sus brazos, así puedo presionar mis labios contra su cuello, ir descendiendo hasta su hombro. —Estás hecho de piel, sangre…— murmuro en una seguidilla de besos, hasta que me detengo para erguir mi espalda y quedar de frente a él. —No puedes evitar los males del mundo, lo que hemos hecho los magos desde siempre ha sido usar recuerdos felices para protegernos. De eso se trata… procuras momentos buenos que te permitan sobrevivir a este mundo loco. Sé que podremos darle eso.
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