The Mighty Fall
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If walls could talk · Hans ⁺¹⁸

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Mensaje por Lara Scott el Miér Feb 13, 2019 5:34 am

Compruebo el reloj por enésima vez en la última media hora y todavía no ha traspasado las ocho, falta una hora para que así sea. Paso mis dedos por los párpados cerrados, las cejas y sigo el recorrido por las sienes hasta tomar mechones de mi cabello, suspiro contra la piel interna de mis antebrazos y hago presión en mi agarre. Puede parecer para quien me vea que estoy atascada con un problema que no puedo solucionar y que eso es lo que me retiene a estas horas un viernes en el taller del ministerio, donde aún quedan haciendo ruido unos pocos mecánicos que no puedo irse a casa durante el fin de semana sin el trabajo terminado. Tengo hasta las ocho para postergar esto y quedarme en el taller hace que sienta cada hora con una punzada en la nuca. Si solo me hubiera marchado a casa, todo se habría resuelto por su cuenta con los días. Contengo mis ganas de gritar por la frustración que me provoca no hallar una manera de hacer esto fácil, porque en mi terquedad me niego a verlo hasta que me busque cuando necesite algo, y eso también sería fingir que nada de lo que pasó hoy sucedió realmente. Y no me gusta cuando eso que dejamos relegado vuelve a nosotros de modos en que no podemos controlar, con la guardia baja o de boca de una niña.

Tiro mi última vacilación sobre la mesada con herramientas que llevaba merodeando y salgo del taller dejando todo como si pensara volver en unos minutos. Cruzo por delante del escritorio de la secretaria del ministro de Justicia con la misma prisa y no quiero rivalizar con Josephine, pero no voy a esperar que me anuncie para mover la manija de la puerta y entrar presentándome a mí misma, para que vea que si he venido a buscarlo antes de las ocho. Tengo presente que puede que esté en compañía y recién cuando confirmo que está solo, me giro hacia la mujer para darle las gracias por nada, esperando que lo interprete correctamente como una despedida. Cierro la puerta con un golpe fuerte y seco para quede claro. Me recargo contra ella, porque necesito un apoyo cuando me invade el cansancio por la tensión que llevo acumulando toda la tarde, que fue infinitamente más tortuosa que el almuerzo en sí. Froto la unión fruncida entre mis cejas para calmarme y demoro mi vista en el suelo. —Sinceramente, no sé por dónde empezar—. Si tengo que hacer un recuento de cada cosa inapropiada que dijo delante de Meerah que pudo habernos expuesto, me pierdo y me obligo a admitir parte de mis contribuciones. —¿Así que una falda y un vestido son la misma cosa? — me burlo.

Entonces miro mi entorno, es la misma oficina de hace unos días y volver a la escena del crimen servirá para expiar a los fantasmas. Es una oficina como cualquier otra de este ministerio, mis pies saben llegar hasta la silla reservada para las visitas con el escritorio entre nosotros y me recuesto contra el respaldo para cruzarme cómodamente de brazos mientras centro mi mirada en él. Pese a que no sé habilidades mentales mágicas, tengo toda mi confianza puesta en que mi mente será capaz de responder al diálogo sin que los recuerdos de cada cosa en esta habitación hagan mella en su hermetismo. — ¿El norte? Creí que querías que fuera al norte por el paisaje— remarco, esa charla la evoco tan lejana porque con el interrogatorio de Meerah se me fueron como quince años. Mencionarla es casi obligatorio: —No sabía que Meerah era tu hija. Audrey nunca me lo dijo, tampoco pregunté — aclaro, porque no lo hice y no quiero que persista la impresión de que mi relación con Audrey es tan cercana que tenía la ventaja de ese secreto. —Claro que después de tenerlos juntos en la misma mesa un rato no me quedan dudas de que lo es. Meerah puede ser…— pretendo halagarla y que no sea un halago para él —Sabe cómo hacer que todas las personas orbitemos a su alrededor.
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Mensaje por Hans M. Powell el Miér Feb 13, 2019 6:06 am

Mi cerebro puede estar agotado, pero mi cuerpo no. Ha sido un día extremadamente largo y no dejo de chequear el reloj para saber cuando llega mi hora de oficial salida, pero ni siquiera lo hago desde mi asiento. La oficina se ha vuelto un lugar de paseo desde que volví a entrar tras mi última reunión del día. Llamadas que resultaron eternas, un montón de papeleo que tendré que seguir revisando el fin de semana y una extraña incomodidad son las razones por las cuales apenas me he apoyado en la silla. Tengo que decirlo, esta ha sido la jornada más inusual que he tenido en mucho tiempo. Aún hay cosas que ocurrieron esta tarde que andan dando golpecitos en el fondo de mi mente y trato de empujarlas una y otra vez, a pesar de que en más de una ocasión no puedo evitar preguntarme si ella vendrá a verme. Si no lo hace, mejor para mí, pero aún así queda esa enorme incógnita.

Estoy apoyado contra la mesa leyendo unos papeles cuando oigo la puerta abrirse de sopetón y alzo la vista, momentáneamente confundido hasta que lanzo un vistazo sobre mi hombro para chequear la hora — Que puntual. ¿Sabes que debes anunciarte o, al menos, llamar a la puerta? — bromeo, volteando una vez más el rostro en su dirección, a pesar de que mis ojos se fijan más que nada en el modo que tiene de cerrar la puerta. Alzo mis hombros, tratando de mantenerme casual, a pesar de que los dos sabemos que la última vez que estuvimos juntos aquí, sucedió de todo menos lo que llamamos “normal” — Ya sabes, el vestido incluye la falda — sé que es un comentario inocente, entre todas las cosas que podríamos decirnos el uno al otro. Hoy mismo lo hemos demostrado. Que ella se siente hace que me recargue un poco más en el escritorio, cerrando con calma la carpeta y dejándola a un lado. Parece que no será cosa de cinco minutos.

— Ah, eso. Creí que se te pasaría — aparto la mirada, fijándola en el suelo con una sonrisa más para mí que para ella. Por suerte, sigue con los comentarios. Que ella hable me da el tiempo para acomodarme las ideas. La mención de Meerah es lo que hace que mis ojos se alcen para verla de soslayo, mientras apoyo las manos en el borde del escritorio y le doy un golpeteo con la yema de mis dedos. Aún no sé cómo sentirme al respecto, pero entiendo lo que quiere decir — ¿Debo tomar eso como un nuevo halago, señorita Scott? — la formalidad hace que tironee una de las comisuras hacia arriba. Un nuevo golpecito en el escritorio con el índice — No necesitas excusarte conmigo. Nadie lo sabía, hasta donde tengo entendido… — me suelto para poder cruzarme de brazos, entornando la mirada al clavarla en ella — ¿Audrey te dijo lo que pasó entre nosotros? — algo me dice que no. Que Scott no solo no sabía que Meerah es mía, sino que tampoco conoce la historia detrás de la única hija que tiene. No voy a culparla, porque es su decisión, pero si fueron pareja me sorprende que jamás haya habido esa confianza. No soy un experto en el tema, así que tampoco puedo decir que yo lo hubiera manejado diferente.

Por inercia, chequeo la puerta a pesar de que sé que nadie va a interrumpirnos y hundo las manos en los bolsillos del pantalón, tironeando un poco así la tela que está bien sujeta gracias al cinturón — En cuanto al norte… — carraspeo, ladeando el rostro en su dirección y bajando un poco el tono de voz — ¿Quieres hacer esto aquí o prefieres ir por una copa? No es una cita, lo prometo. No habrá karaoke — a pesar del tono de mi voz, el cual intenta mostrarse en un grácil sarcasmo, es obvio que estoy hablando en serio. Si vamos a hacer esto, es mejor elegir las palabras con cuidado. Y también el lugar.
Hans M. Powell
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Mensaje por Lara Scott el Miér Feb 13, 2019 7:53 am

Sí, lo sé— mi respuesta llega rápido. No lo hice porque no quise, si su secretaria me tenía siquiera cinco minutos esperando fuera, el golpe de la puerta al cerrarse hubiera sido cinco veces más fuerte. Si puedo creer en lo que Hans me dijo de su secretaria, podemos contar con su reserva y este episodio de falta de formalidades no existirá para los registros oficiales. El lunes todavía la gente pedirá una cita, llamará a la puerta y será anunciado por Josephine, como debe ser. No impondré ninguna moda peligrosa por haber irrumpido una única vez… o dos. Si es que puedo pensarlo como que en esta ocasión las circunstancias son distintas, comenzando por el hecho de que…— Que mal, hoy no ha tocado ninguno de los dos— contesto alzando mis labios pero no llega a ser una sonrisa. Muestro con mis manos que traigo la misma ropa del almuerzo y cuando me siento, puedo estirar mis piernas cuan largas son para acompañar mi postura a la defensiva con los brazos cruzados.

Pensé que era por esta cosa con el norte que me pediste que viniera— digo, esforzándome en recordar si en verdad fue así porque sometí a mi cerebro a un estrés innecesario toda la tarde con mi vacilación y no puedo esperar que además del esfuerzo que me requiere estar aquí con toda indiferencia, también haga un repaso rápido de cada cosa que dijimos en el almuerzo. —La segunda vez que pediste que viniera— acoto, cuando caigo en la cuenta de esto. —Sonabas insistente, tengo que decirlo. ¿Cómo no iba a venir? — ruedo los ojos y me fijo en cualquier mueble de la oficina menos en él. Con Meerah en el almuerzo la mayoría de las ideas quedaron suspendidas en el aire e inconclusas, muchas que no se si quiero poner sobre la mesa para darles un término. La niña fue un regulador para una honestidad que no sé si somos capaces de asumir a solas. Hablar de ella es el tema seguro que nos da una nueva tregua. Lo miro de costado y levanto una ceja cuando me pregunta si puede tomar mi cumplido a Meerah como propio, lo que me temía. —Depende de para qué lo usen puede ser un halago o no.

Y Audrey es un tema que dejaría último en todas nuestras listas, porque nuestra amistad nunca fue algo para discutir con otros. No tenía que serlo. —No era ese tipo de relación, Hans— cargo cada palabra con gravedad para que le quede claro. —No le hacía preguntas sobre cosas de las que no quería hablar, no buscaba saber todo de ella. Tenía su historia, su pasado y sus secretos. No me involucro hasta ese punto con nadie, querer saber todo es acercarse demasiado y termina atando a dos personas— voy explicándome con pausas para que pueda entender que hay un punto en esto. Hay muchas ideas preconcebidas sobre lo que implica estar en una relación con una persona, como me lo demostró Annie hace poco, y muchas no se ajustan a un molde, no siguen un patrón. Se van dando sobre la marcha y una le sigue el paso hasta donde puede, si no se puede, se acaba y no hay finales ni principios claros. Nunca nada se puede delimitar en un concepto. Y también se lo digo para que sepa también dónde colocarnos a cada uno en este tablero, aunque nos movemos todo el tiempo de maneras confusas.

No sé cómo termino torciendo una sonrisa y tengo que rogar por mi paz mental. —Suena como una cita, tiene la forma de una cita y funciona como una cita, pero no es una cita. ¿Estás tratando de llevarme a una trampa? — bromeo y le echo una ojeada como si desconfiara de sus intenciones. —Pensé que tenías una gran reserva de whisky en este lugar, ¿por qué iríamos a otro?—. Separo mi espalda de la silla y me recargo hacia delante con los codos sobre las rodillas. —Y no tengo puesto ni un vestido, ni una falda. Olvídalo, no iré así— pese a lo cansada que me siento, puedo hacer mi acto de drama. La verdad es que me muero de ganas de salir de este lugar, del ministerio en sí, de tomar algo tan fuerte que me deje sin poder pensar hasta mañana y si es con él, mejor, así puedo catarsis. Si no quiero salir de aquí es porque estas cuatro paredes se sienten como un lugar seguro, el mundo queda al otro lado de la puerta y aquí estamos nosotros. —¿Es algo de lo que no podemos hablar en el ministerio? — consulto, abandonando mi pose. En primer lugar, ¿desde cuándo tratamos nuestros asuntos en el ministerio? Dos veces visitando su oficina, una tercera vez será material de chisme para los corredores. —Entonces bien, iremos a otro lugar.
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Mensaje por Hans M. Powell el Miér Feb 13, 2019 8:29 am

Con el mejor gesto de alguien que tiene que hacer memoria, levanto la mirada con los ojos entornados, tratando de recordar los detalles de un almuerzo que en primera instancia he decidido que debo tratar de omitir — No recuerdo habértelo pedido dos veces, pero como digas — ¿Lo hice? No le doy importancia, de todos modos. No es como si hubiese esperado que termine apareciendo, casi confiado en que su orgullo sería suficiente como para que no cruce la puerta. En términos personales, no nos debemos nada el uno al otro. Lo legal y profesional queda en otro ambiente. Lo siguiente, no obstante, me arrebata una rápida sonrisa — Lo tomaré entonces como un cumplido, si me lo permites — mascullo nomas. Sé los dos significados que podría tener esa frase y ninguno me parece ofensivo, incluso el que cualquiera tomaría como una resolución negativa.

Como sospechaba, no lo sabe y tampoco estoy seguro de querer contárselo. Solo asiento una vez para dar a entender que comprendo lo que dice, aunque me es un poco imposible no analizarla con la vista, recorriendo sus facciones con calmo interés — ¿Siempre eres tan intocable para todo el mundo? — no pienso en mi pregunta, pero tampoco me molesta el haberla hecho. No es que yo tenga un interés por entrar en su mundo, pero tiene un modo de hablar que me hace pensar que no soy el único al que acusan de solitario fuera de aquí. La diferencia, creo yo, es que las personas entran en mi vida, pero no consiguen quedarse. Por como ella habla, parece ser que nadie puede entrar a la suya.

No puedo conmigo mismo y suelto una risa sonora, despegándome del escritorio al enderezarme y echando por un momento la cabeza hacia atrás, fijándome en lo blanco del techo en el proceso de poner los ojos en blanco — De veras. ¿Nunca has tomado siquiera una copa con un colega? Si me baso en tu concepto, he tenido cientos de citas con Reynald Coarleone — nombro a mi buen amigo, el jefe de Aurores, porque creo que es el mejor ejemplo que tengo para dar a entender mi punto, pero aún así la idea se me hace ridícula. Saco las manos de mis bolsillos y las apoyo en el respaldar de mi asiento, decidido a posar mi mirada en ella con una sonrisa jocosa y amplia — La que se ve un poco insistente con el tema eres tú. ¿Acaso quieres que sea una cita, Scott? Porque debo decirte que estoy oxidado en el tema— muevo mis cejas en un aire pícaro, echando un rápido chequeo visual a su vestuario cuando lo menciona, pero la verdad, poco me importa lo que tenga puesto. No es como si su etiqueta me preocupase en este momento. Ahora… ¿Es algo que no podemos hablar en el ministerio? Mi cabeza se balancea de un lado al otro en un gesto que no se decide por un sí o un no, hasta que suspiro con fuerza — Depende que tan lejos lleguemos en el asunto — explico simplemente. Entonces, decide por llevar esto lejos de mi territorio laboral y lo tomo como un pie para moverme — Me parece bien.

La varita está en mi bolsillo, así que en segundos puedo hacer que los cajones se cierren y no quede ningún documento a la vista, desprotegido de nuestros hechizos para que nadie le ponga los dedos encima. Sin más, bordeo el escritorio, tomo el saco que dejé en el perchero y lo pongo debajo de mi brazo, invitándola a caminar conmigo con un gesto de la cabeza — ¿Alguna preferencia? — es una pregunta totalmente casual, optando por un tono amable cuando abro la puerta de mi oficina y siento la amenaza de la vulnerabilidad. Detrás de esta puerta, podemos hacer lo que queramos, pero ahora nos encontramos en un nuevo territorio, lejos de nuestro acuerdo. Tras cerrar la puerta, paso por delante de Josephine, a quien saludo con rápida amabilidad para guiarnos por el pasillo, andando como si no me importasen los pocos rostros que aún quedan en las oficinas. Es la segunda vez que me ven salir el día de hoy con alguien inusual, así que ya sé qué es lo que debo esperar mañana.

Por suerte para mí, estamos solos cuando se cierran las puertas del ascensor. Me coloco el saco con extrema parsimonia y me acomodo el cuello, fijándome en el reflejo distorsionado de la puerta plateada que tengo delante — Para empezar… — mi voz suena mucho más baja y pausada de lo normal y, por todos los medios, evito el contacto visual. Sé lo que voy a decir, así que prefiero soltarlo como si tirase de una curita — … al contrario de la creencia popular, soy mestizo — en el Capitolio, tener una sangre completamente limpia es sinónimo de éxito. Ser puro, algo que todos los políticos pueden alardear. Y luego estoy yo — No es un secreto para mis superiores, pero sabrás entender por qué no es algo que diga en público. Mi padre... — trago saliva, sin ser capaz de disimular la mueca de disgusto — ...era el muggle más muggle que conocí alguna vez — es extraño, el decirlo en voz alta después de todo este tiempo. Me doy cuenta de que ya no duele, no como solía hacerlo. No sé si es indiferencia o resignación — Tenlo en cuenta para después — las puertas se abren y un vestíbulo casi desierto se eleva frente a nosotros. Ni siquiera le lanzo un vistazo cuando meto las manos en mi saco y empiezo a caminar a grandes zancadas, avanzando hacia la salida — ¿Ya decidiste a dónde quieres ir? — Y ahí se va, el tono simple, el que omite todo lo que he dicho en los últimos cinco minutos. Como dos colegas.
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Mensaje por Lara Scott el Miér Feb 13, 2019 9:43 am

Lo hiciste— insisto. Hago memoria, forzó a mis neuronas a trabajar en reversa sobre ese episodio del mediodía. —Dijiste que podríamos hablar aquí para que pudieras explicarme algo que Meerah no podía escuchar y fue cuando ella dijo que la excluías de la conversación—. Volver sobre nuestros guiones me genera algunos vacíos entre frases, no logro recordar a que había venido ese comentario de Hans cuando todavía estábamos de pie en la entrada, lo que si evoco es el sentimiento de querer asesinarlo que me provocó en ese momento y es que debo ser una persona de memoria más que nada emocional. Con el ánimo que estoy cargando, no me parece una buena idea reconstruir nuestros diálogos. Necesito de poco para pasar del desgano al mal humor y si nos ponemos a pelear, Josephine que se encuentra tan cerca para escuchar podría querer ser el árbitro que reemplace a Meerah. ¿Qué tan ridículo sería eso? Le concedo con mi silencio el permiso de robarse el cumplido que legítimamente es de su hija, de todas maneras lo ha tomado.

Me siento un poco más erguida al oír su pregunta y trato que no se note el escalofrío que recorre mis brazos de súbito. —No siempre— contesto. No es una respuesta por impulso, ni para contradecirlo. Es bien pensada.—Y lo sabes— dejo caer entre los dos. Calmo el estremecimiento en mi piel con un roce de mi palma sobre la tela de mi camisa que espero se vea casual, como si fuera culpa de una corriente de aire filtrada en la habitación y busco devolverle el calor. De pronto me encuentro justificándome:—Este no es un mundo amable, no se me puede culpar por poner distancia con ciertas cosas que irremediablemente harán daño y personas, muchas personas, que matarían para no morir—. Tengo una frase en latín para esto. Homo homini lupus. Pero me la guardo, no quiero compartirla. Por eso de que compartir es permitir que una persona se acerque.

En cada reunión anterior estuve a la defensiva, no sé por qué eso se hace más evidente esta vez. ¿En serio confundí su inocente invitación de colega con una cita? ¿Meerah mareó lo suficiente nuestros sentidos alertas? —Sí dices “Esto no es una cita”, estás colocando un gran cartel de advertencia que dice “Esto es una maldita cita” — defiendo mi punto, por más que sea pura terquedad. —¿O a Reynald Coarleone también se lo aclaras cada vez que le invitas a un trago? —. Llega a decir que lo hace y no podré contener las carcajadas que tengo subiendo por mi garganta. Casi se me escapan cuando me contraataca con lo mismo. —No, aunque te agradezco la buena intención. Las citas son una formalidad para luego poder tener sexo con una persona. Y ya lo tuvimos, no las necesitamos—. Y en serio, quiero reírme pero no puedo de lo ambiguas que suenan sus palabras a estas alturas cuando las proceso en mi mente. Me pongo de pie cuando la decisión de marcharnos está tomada y le dedico un último pensamiento al whisky que no nos acompañará, con la esperanza de que haya algo que cumpla la misma función donde sea que vayamos. Me muestro escéptica por su interés en mi preferencia. Si lo dice en serio, solo un lugar se me viene a la mente.

Suerte que no diga cuál porque la charla en el ascensor hace que el espacio se sienta aún más reducido. Tomo una inspiración de aire para llenar mi pecho al escuchar la admisión de su sangre mestiza, aunque soy la última persona en sorprenderme por tal cosa. Y él debe saberlo si leyó mi ficha, tampoco tengo la sangre inmaculada de la que les gusta jactarse a los magos en este ministerio. Miro la pared que tengo enfrente para que dejar que hable sin tener el peso de mirada encima y la referencia a su padre me recuerda tan nítidamente al mío, aunque la misma cosa nos inspire sentimientos opuestos. Respeto y admiro cada rasgo muggle de mi ascendencia. —Lo tendré en cuenta— hago eco de lo que dice, con convencimiento y aun así sonando como un eco obediente. Cuando estamos en el atrio ese espacio que recorrí mil veces en las mañanas, por su vacío y silencio se vuelve una bóveda inmensa. Había pensado en mi taller, pero ya no quiero ir ahí. Todos los lugares se sienten inadecuados. —Lo estoy pensando…— miento. —Que no sea un cine, nada de videojuegos. Tampoco un lugar donde haya karaoke. Sí donde podamos encontrar alcohol. Pero que no sea un bar… hay mucha gente— especifico. Me giro hacia él y coloco mis brazos contra mi pecho como una armadura una vez más, a pesar de que estoy sonriendo un poco. —Bien, te haré una pregunta y cuidado con tus comentarios de chico listo. ¿Tu casa o la mía?
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Mensaje por Hans M. Powell el Miér Feb 13, 2019 4:57 pm

Lo había olvidado y, creo, queda muy obvio con mi expresión de breve desconcierto — No me refería a mi oficina en sí, pero como quieras — si ella desea tomarlo como una insistencia, es cosa suya. Nunca he comprendido cómo es que funciona la mente femenina al momento de procesar lo que digo, así que hace tiempo he dejado de intentarlo. Pero la sorpresa de que en verdad le dé una respuesta a mi pregunta es más grande, dejándome con la vista en ella como si se tratase de un nuevo cuadro de colección al cual admirar por horas, tratando de descifrar con exactitud lo que el artista quiso plasmar — Sabes que no me refiero a eso — sí, pude tocar su piel, pero estoy seguro de que no permite que nadie toque su mente. No puedo culparla, he estado escapando de la idea por mucho tiempo, pero tampoco creo que sea algo que se dé fácil en mí. Ella, por otro lado, tiene una idea mucho más armada al respecto y hasta hace que me muerda los labios en un intento de contener una vaga risa, esa que busco apagar con rapidez a pesar de que no pueda borrar la expresión divertida de mi cara — Eres un cliché de niña herida. ¿Lo sabías? — suavizo, alzando una mano en señal de paz antes de que lo tome como un ataque — Sí, lo dice el político que se acuesta con su secretaria. No crees que todo el mundo sea una mierda, ¿o sí? — ¿El noventa por ciento de las personas? Eso se lo aseguro, pero he aprendido que con algunas cosas no hay que ser tan fatalista. Puede que yo haga mi vida solo, pero tengo un puñado de personas en las cuales sé que puedo confiar.

O solo puedo estar diciendo que no es una cita. ¿Por qué las mujeres siempre tergiversan lo que uno dice? — respondo con la simpleza de la lógica, tratando de no mostrarme tan divertido con todo esto — No se lo aclaro porque él lo sabe. ¿No compartes copas con nadie? Por eso tienes siempre tan mala cara — le quito importancia a que seguro es porque posiblemente no me soporta, pero que se joda por acabar debiéndome la vida por sus propios errores. La mención tan libre de que tuvimos sexo en este mismo lugar me toma por sorpresa, así que mi boca se abre en una mueca sorprendida hasta soltar una nueva risa — Sabes que, si quisiera acostarme contigo, no le daría tantas vueltas. Nunca lo hago — no necesito de citas para eso. Podría simplemente trabar la puerta e insinuarle la propuesta y, sin embargo, no deseo hacerlo. Hoy, quiero creer, estoy completamente bajo mi autocontrol. Ya cometimos el error de divertirnos, no puedo tomarme el gusto de repetirlo.

El vestíbulo se siente inmenso, quizá mucho más de lo normal gracias a que el ascensor parecía volverse asfixiante. Tengo que detenerme cuando siento como se gira hacia mí, usando palabras que poco a poco me devuelven la sonrisa burlesca y sí, estoy tentado a preguntarle “¿Ahora quién es la que figura esto como una cita?” cuando su sugerencia me toma por sorpresa, esa que me hace abrir mis ojos de par en par junto a las cejas que se alzan. Me tardo en contestar porque el señor Gabor, de seguridad, pasa cerca de nosotros y hace un cordial saludo con la cabeza, ese que tengo que devolver antes de chequear que se ha alejado lo suficiente como para no prestarnos atención — Había pensado más en un sitio privado de un bar… — confieso, demostrando en mi modo de mirarla que me estoy burlando por su sugerencia, mucho más íntima de lo que tenía en mente — Pero sí, una casa está bien. La mía — prefiero jugar en terreno conocido, pero eso no es lo que le digo cuando me giro para empujar la puerta — Tengo barra y minibar — si puede considerarse “mini”.

La noche está fresca, mucho más fresca de lo que fue el día, así que levanto la vista para chequear si va a llover, que sería lo último que me falta. Opto por no prolongar esto y, antes de que pueda arrepentirme, tomo su mano sin pedir permiso para desaparecernos del Capitolio. La suelto de inmediato con el simple olor a playa, dejando que mis pies se acomoden al pulcro muelle de la isla ministerial cuando me acerco a la entrada de seguridad, esa que nos impide aparecernos directamente en mi casa. A pesar de que me reconocen, la existencia de la poción multijugos y la metamorfomagia son el motivo por el cual me demoro en enseñar mi identificación, pero pronto podemos pasar las puertas e ingresar con toda la calma que un sitio como este puede dar. No somos tantas personas las que viven aquí, así que la noche es lo suficientemente silenciosa como para que podamos seguir escuchando el mar mientras avanzamos — Entenderás que no tengo ganas de caminar — le anuncio, tirando de ella para una nueva aparición que nos deja de pie en el umbral de mi mansión. Las luces están encendidas y el olor de las flores me deja bien en claro que hoy fue día de jardinería. Jugueteo con las llaves en mi saco y las tomo echándole un rápido vistazo a mi acompañante, con quien jamás pensé que iba a estar de pie en este lugar. Ya he dejado que se meta demasiado en mi vida, como para meterla dentro de mi casa. Pero ya estamos aquí, así que…

Abro la puerta y la dejo pasar primero, teniendo así la excusa de cerrar detrás de mí. El vestíbulo se encuentra brillante, repleto del aroma que me indica que la cena está lista para mi horario de llegada. Me lo confirman los pasitos de Poppy, cuyas enormes orejas de elfo hacen su aparición tan rápido que parece un perro amaestrado. Da las buenas noches con su voz nasal, pero estoy más preocupado en quitarme el saco y ponerlo en el perchero que en prestarle atención a sus palabras — Deja la cena para más tarde. Tanto tú como los otros pueden retirarse — digo simplemente, a pesar de que le lanzo un vistazo a la mujer que viene conmigo — Supongo que todavía no tienes hambre. ¿O sí? — uso mis dedos para indicarle que me siga y avanzo por uno de los arcos, cruzando un pequeño pasillo hasta empujar una amplia puerta corrediza. Siempre lo he dicho, la sala de estar es mi habitación favorita de toda la casa. No por sus enormes ventanas que dan a los jardines, o la televisión, o la mesa de pool. Es por la comodidad de los sillones, la gigante chimenea (a pesar de que apenas la he usado durante el invierno pasado) y la barra que decora uno de los extremos. Paseo por el cuarto hasta ocultarme detrás de ésta última, inclinándome en busca de algunas botellas hasta que mis dedos se topan con el tequila. Para cuando me incorporo, ya estoy colocando dos pequeños vasos y destapando al susodicho — ¿Te parece bien para empezar? — mejor más fuerte que blando y mejor más ebrio que sobrio.
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Mensaje por Lara Scott el Miér Feb 13, 2019 6:53 pm

Desde que nos pusimos graves con la conversación, la risa fácil no viene a mí y en vez de enfrentarlo con una respuesta rápida y violenta por acusarme de ser un cliché, sucede lo que no quería y es que sus palabras se meten por debajo de mi piel, escociéndome. Una niña herida. Mi mirada se oscurece tanto que lo mejor que puede hacer es apartar la suya, porque si las varitas no hicieran falta y bastaran las miradas para ciertas maldiciones, tocó una fibra sensible que no saca lo mejor de mí. —Perdón por no poder pertenecer a tu círculo de todopoderosos— respondo con mordacidad. Ninguno de los que está por encima de los simples ciudadanos, en los mejores despachos de este ministerio, llegó allí sin derramar un poco de sangre, pero la grandeza que los envuelve los hace parecer invulnerables. Debe ser un encantamiento que va con el traje, porque días atrás Hans me daba la misma impresión, y supongo que esa es la imagen que vende mejor a los políticos de nuestro gobierno. —No todo el mundo— coincido con él. La mayor parte sí, todo lo que protege este ministerio para el que trabaja –esto no se lo digo-. —Conozco personas que me han demostrado que merecen mi confianza— no necesariamente se ajustan a un criterio de “buenas” o “malas”, eso siempre es relativo. —Pero hay otras que basta con mirarlas para saber que tienen el poder de causar daño y que lo usarán, solo tengo cuidado. ¿Por qué caminaría voluntariamente hacia ellas? — es una pregunta retórica, no espero una contestación de su parte y con una mirada severa le hago saber que prefiero que no diga nada.

Está bien— claudico, le cedo la razón con todos esos argumentos que los hombres usan de que la mente femenina es la culpa de los dramas de la humanidad, como una manera de desligarse de la responsabilidad de las cosas que dicen sin pensar y medir consecuencias, y trata de hacerme ver como la amargada aquí. —No es una cita— accedo, alzando un poco la barbilla. —Sigo sin querer ir contigo a tomar una copa en un bar—. Es libre de hacer sus propias interpretaciones al rechazar con tanto ahínco la invitación, a mí lo que único me importa es que la cantidad de personas que me vean en su compañía sea la menor posible así quedamos por fuera de la opinión pública, porque cualquiera que raspe por encima para saber qué tipo de relación tenemos, expondrá cosas más complicadas que un supuesto amorío de los que alimentan las páginas de las revistas sensacionalistas. —Ese es un punto discutible, debe ser una cuestión de percepciones porque a mí me pareció que sí diste un par de vueltas—. De las citas pudimos prescindir, a Morgana gracias, que es la parte más tediosa y yo no tengo tanta paciencia para esas cuestiones. Si elegir un lugar entre dos es difícil de por sí, lo compruebo una vez más.

Aguardo a que el hombre de seguridad se aleje y sumo un par de ojos más al número que me han visto con Hans. Por muy íntimo que sea un apartado en un bar, no me arriesgaré al encuentro casual con cualquiera de nuestros colegas o un periodista o a un mozo que por unos galeones hablará hasta de qué color era la corbata del ministro. Estoy meneando mi cabeza a su sugerencia y tiene el buen tino de no persistir en ese plan. Noto la presión en mi pecho cuando ésta se desvanece al escuchar que se decide por ir a su casa, me siento inexplicablemente aliviada. Si me tomo unos minutos puedo hallarle la explicación, tendré que dejarlo como tarea pendiente. Así como todo lo que dejé pendiente en el taller, al que regresaré mañana. Ahora solo quiero irme del ministerio y así sucede cuando apenas si siento el agarre de su mano. El cambio de aire se puede percibir. No soy una persona de olores, pero el aire de cada sitio o distrito suele estar cargado de sensaciones y cada ambiente exige adecuar la respiración. Mientras espero a que termine con los trámites de identificación, me coloco de espaldas y lleno mis pulmones con una profunda bocanada. Atino a pensar que las tormentas en este muelle deben ser hermosas, la electricidad reflejándose en el agua.

Siento un nuevo escalofrío y me doy cuenta que estoy con lo puesto, la varita en el bolsillo de mi pantalón al menos. Me contengo para no frotar mis brazos y agradezco que no quiera caminar, porque eso apresura los tiempos y podemos entrar a su casa. Sigo llamándolo “casa” en mis pensamientos porque me digo que no me dejaré impresionar por las mansiones, los jardines de paisajista, elfos domésticos esperando a sus amos y salas de estar con vistas impresionantes. —La hamburguesa del almuerzo y la charla con Meerah cerraron mi estómago hasta mañana— contesto. Y tiene su propio bar, que merece una fracción de mis pensamientos aparte. Muevo mi mentón en silencio en reprobación por cosas que no puedo explicarle y en lugar de acercarme a la ventana más cercana como me gustaría, otra vez la precaución me conduce hasta el sillón más próximo a la gran chimenea. —Lo que sea— murmuro, y soy consciente de que con el estómago vacío soy vulnerable a los tragos de más. En todo caso, ese es el plan. —¿Hay alguna norma de que no se puede pisar el tapizado de los sillones? — pregunto, en tanto me desahogo de los zapatos para doblar mis piernas por debajo de mi cuerpo. Desde donde estoy, me giro un poco para mirar qué hay encima de la repisa de la chimenea. Eso suele decir mucho sobre las casas. —¿Siempre te preguntan si te gusta vivir solo en una casa tan grande?—. Doy por hecho de que lo hacen. La casa obliga ese tipo de pregunta. —Entonces… no viste a tu hermana por unos años, tu padre era un muggle… y tu madre, que era una buena mujer, murió— resumo los datos que recogí en las últimas horas para retomar el punto por el que supongo que nos encontramos aquí. — Puede que el orden de los hechos no sea ese, claro.
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Mensaje por Hans M. Powell el Miér Feb 13, 2019 7:49 pm

Las personas lastiman y son fáciles de ser lastimadas, eso sí se lo concedo, pero si nos manejáramos con esa lógica no deberíamos hablar con nadie. Me ahorro el decírselo, en gran parte porque sus ojos me dicen que me mantenga callado y, por una vez, decido hacerle caso. No quiero meterme en el mundo de sus problemas, porque eso es peor que meterse dentro de su ropa interior. No soy bueno con las charlas sentimentalistas y tampoco deseamos compartir una — Es respetable — contesto nomas. Sé lo que es moverse en el ojo público y sé bien la clase de relación que nos une, una que cualquiera podría transformar en el centro del chismorreo. No necesitamos de eso, tanto como yo no necesito que me recuerde cómo es que se dieron las cosas. De todas maneras, no puedo hacer otra cosa que reírme — Me refiero a que no necesito una cita para conseguirlo — digo simplemente. Tema aparte.

Es bueno que no se niegue, no discuta y todo esto se haga mucho más fácil de llevar. Tenerla en mi casa es aún más extraño que el verla sin ropa. Al menos, no tendré que preocuparme por alimentarla con la cena que estaba predispuesta para una sola persona, a no ser que repentinamente nos ataque el hambre; por mí, prefiero mantenernos en el bar. Tomo su “lo que sea” como una aprobación y agarro los dos vasos con los dedos, aferrándome a la botella — Aunque no lo creas, no soy de poner normas en mi casa, a excepción de a los empleados — me explico, dándole el permiso de sentarse como se le antoje mientras me acerco a ella. Los vasos no tardan en estar sobre la mesa ratona, pronto también yo me siento a su lado y los lleno sin necesidad de ahorrar. Incluso me chupo uno de mis nudillos, donde cayó algo de alcohol y cierro la botella — Algunas personas lo hacen. Siempre respondo que me gusta vivir solo, sea aquí, en mi departamento en el Capitolio o en medio de la nada — soy ministro hace meses, así que no he vivido aquí ni un año. El loft que solía ser mi vivienda sigue en su lugar, dispuesto para cuando se me antoje, pero no es lo mismo ahora que mis comodidades del día a día se encuentran en este sitio. Sin darle mucha vuelta al tema, le tiendo uno de los vasos y me llevo el otro a los labios; no tardo en nada en beberme su contenido. Me relamo y escucho, atento al resumen que ha hecho de los pocos datos que conoce y solo asiento, sirviéndome un poco más — Creo que no te olvidaste de nada.

Esta vez, me demoro un poco más en beber. Apoyo la espalda en el sofá y uso mis pies para presionar los talones opuestos, consiguiendo así el quedar descalzo. Al contrario de ella, los apoyo en la mesa y quedo estirado, vagamente hundido entre la comodidad de los esponjosos cojines — Una vez, hace algunos años, condené a una mujer que me acusó de odiar a los muggles. Se puso a gritar en medio del juzgado para preguntarme por qué los odio — todavía lo recuerdo, porque fue uno de los primeros casos que ejercí como un juez de renombre, habiéndome ganado la confianza suficiente como para manejar un tribunal con muy pocos miembros presentes. Irene Fournier se llamaba. He tenido miles de casos, pero por alguna razón puedo recordar bien el suyo — El tema es que le dije que se equivocaba: no lo hago. No es “odio” lo que me producen — sé que parece que estoy divagando, pero todo tiene un punto. Con una mueca, me bebo el vaso de un tirón y me separo de los almohadones para apoyarlo en la mesa — Él era abogado. Mi padre — sé lo irónico que suena, así que me sonrío, aunque sin una pizca de verdadera gracia. Me froto uno de los párpados con los nudillos y tomo la botella, pero en lugar de servirme, chequeo los datos de la etiqueta como si de verdad fuesen interesantes — el buen y trabajador Hermann Powell — creo que no he dicho su nombre en una eternidad y hasta me sorprende el recordarlo — La ironía es que él estaba entre las filas de los abogados que trabajaban dentro del gobierno de los Black. Veneraba su política de estado. Decía que los magos debían estar controlados para no ser una amenaza y que se merecían el lugar que la sociedad les había dado con el tiempo. “La historia habla por sí sola, hijo— ruedo un poco los ojos al imitar un tono más grueso y ronco que mi propia voz. Dejo la botella tras volver a llenar el cristal — No sabía que mi madre era bruja, ni que Phoebe y yo heredamos su magia. Yo pude ocultarlo, pero ellas… — recién ahora me doy cuenta de la excelente idea que Scott tuvo al evitar un bar. Jamás podría decir esto en voz alta en un sitio concurrido — No fue la mejor de las infancias y, mucho menos, una agradable adolescencia. No con un fóbico abusivo como progenitor — vuelvo a recargarme en el respaldo y, por primera vez, me atrevo a lanzarle un vistazo a quien me acompaña, entornando una mirada para ver si me va siguiendo — La versión oficial es que mi madre murió en un accidente doméstico, pero ni mi hermana ni yo nos lo tragamos. Y en cuanto a Phoebe… — me encojo de hombros y vuelvo a beber — Dejé de verla cuando yo tenía doce. He querido encontrarla desde entonces — ahora que lo pienso, tenía la misma edad que Meerah y no puedo evitar ver las diferencias. Carraspeo, pasándome una mano por el cuello y acomodando el primer botón de la camisa para no sentir que me ahorco a pesar de estar en la comodidad de mi sala — No es un prólogo muy entretenido, lo sé — bromeo, a pesar de la sensación de oxido — ¿Ves? Yo he leído tu expediente, así que casi y podemos decir que estamos a mano.
Hans M. Powell
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Mensaje por Lara Scott el Jue Feb 14, 2019 12:40 am

Tengo que decir que es irónico que el ministro de Justicia no tenga normas en su casa— señalo, uso mi índice para marcar ese punto en el aire. Claro que en una casa de una sola persona, ¿cuántas reglas de convivencia pueden haber? Sigo considerando como que vive solo porque elfos y esclavos -seguro que tiene esclavos- no son familia, no son compañía. Son mucho menos que empleados, por más que utilice ese término para referirse a ellos. Yo le llamo servidumbre y esclavitud, no trabajo. Pero es su casa, no la mía, la falta de normas serán de conducta, de pensamiento todos las tenemos. Bebo uno de los vasos cargados de tequila y lo vacío porque lo necesito para que toda esta casa no se me venga encima, así puedo llevar adelante la charla sobre el motivo real de nuestra reunión antes de comenzar a hacer apreciaciones que propiciaran una confrontación diferente a las que solemos tener. «Solo», comprendo ese sentimiento. Si me centro en lo que dice, puedo dejar que la bebida surta sus efectos y de a poco ir olvidando nuestro entorno, ciertas circunstancias. —Dejé afuera a tu relación de hace diez años con Audrey y a Meerah— apunto. Me arrellano en mi sitio, con mi cabeza contra el respaldo porque necesita de un apoyo, y tengo que admitir que el sillón es tan malditamente cómodo. —Puesto que es reciente para ti y también para mí, no creo que tengan relación con lo que sea en lo que estás metido. ¿Me equivoco? — busco su confirmación.

Recuesto mi mejilla contra la tela del sillón para mirarlo de perfil mientras inicia un relato que por esa primera anécdota no entiendo a dónde quiere llegar, pero que me pone alerta porque es como si pudiera leerme la mente y supiera de mis pensamientos a la defensiva de los muggles. Teniendo en cuenta que fue quien pidió por mí en la casi condena por simpatizar con rebeldes, adjudicarle poseedor del don de la legeremancia es exagerado, él simplemente no lo olvida y cada tanto lo trae a colación. Esta vez, no obstante, no se trata de mí, sino de él. ¿Por qué necesito saber todo esto? No lo sé. ¿No escuchó todo lo que le dije en su oficina? Cierto, se reía de mis palabras. De todos los lugares posibles donde escuchar esta historia, agradezco que sea en una casa tan silenciosa que el único sonido es su voz y entre almohadones tan mullidos que si fuera un cuento para niños, ya estaría adormecida. Continúo con mis ojos puestos en él, en el movimiento de sus labios y reconstruyendo cada escena en mi mente de aquel hombre que era abogado de los Black, que detestaba a la magia y toda su familia la tenía como don. Presiento lo que se viene, porque como bien se lo he contado, tengo una perspectiva pesimista de las personas. Cuando tengo la confirmación del carácter violento del señor Powell, el asesinato de su esposa suena casi como consecuencia natural y eso es horrible, asqueroso, nunca debería ser el pensamiento más inmediato y acertado. —Así que esa es la historia del pequeño Hans— susurro. —Tienes un espíritu muy fuerte—. Los magos que sufren abusos en la infancia y deben esconder su magia generalmente no llegan a ministros, tienen un destino muy diferente. Muevo mi brazo por costumbre para que mis dedos alcancen el mechón castaño sobre su frente, tomo consciencia de la ejecución de este gesto que reservo para consolar a las personas y se convierte en una caricia fugaz por encima de su cabello. Mi mano cae por detrás sobre el respaldo del sillón. —Te lo dice el cliché de niña herida— tuerzo una sonrisa y me incorporo para servirme otro vaso, que bajo de un sorbo.

Es demasiada información para un día, primero el almuerzo y ahora esta conversación, mi cerebro necesita procesar todo esto y llevo apenas unos minutos en esta casa lo que me da la pauta de que todavía queda mucho sobre lo que enterarme. Termino un segundo trago seguido al anterior antes de preguntarle. —¿Y qué dice mi expediente? —. Estuve a punto de formularla de otra manera: «¿Quieres que te pregunte qué dice mi expediente?» Otra vez, esto no se trata de mí, sino de él. Pero si cree que estamos a mano, lamentablemente para él no creo que sea así. Yo podría escribir más hojas sobre Hans Powell de las que tiene mi ficha. —No nos vayamos del tema— soy quien propuso el desvío y quiero recuperar el cauce, porque estamos en el prólogo y la noche no es tan larga como nos gusta creer. —Por muy metafórico que suene, tratemos de recuperar el norte de esto. ¿Por qué el norte? ¿Qué tiene que ver esto con tu familia o con tu infancia? No creo que solo estés divagando porque tienes intenciones de emborracharme— digo en broma y otra vez un chispazo en mi mente, el rostro de una niña, su charla en una mesa con papas fritas, la manera que tenía de cuestionar nuestras acciones. —Por Morgana, no dejo de pensar en Meerah— suspiro. —Pagaría por vernos ahora mismo.


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Mensaje por Hans M. Powell el Jue Feb 14, 2019 1:32 am

Casi trece — la corrijo por inercia — Y no, no te equivocas — ella no está aquí para hablar de cosas banales y estoy seguro de que no quiere escuchar cómo es que Audrey y yo llegamos a tener una hija, a pesar de ser las personas tan diferentes que somos ahora. Por un segundo, hasta me olvido de por qué estamos aquí, de por qué decidí ser sincero con ella. Fue accidental, supongo, el querer explicarme en medio de una situación incómoda como lo fue el almuerzo y, como ya había dado el primer paso, no podía ir para atrás. Yo nunca he ido para atrás, es algo que considero de cobardes y me gusta creer que no soy uno de ellos. Su comentario me arrebata una suave risa que no denota ni una pizca de alegría, paseando momentáneamente la vista por la habitación — En resumen y sin detalles escabrosos, sí — Todavía me cuesta imaginar al “pequeño Hans”, en especial porque hay veces que apenas lo reconozco. Se siente como una persona distante y desconocida, que lloraba más de lo que actuaba y que se callaba porque sabía que abrir la boca era sinónimo de problemas. Puede ser que por eso ahora nadie me calla — Si hubiese sido fuerte, las cosas habrían sido diferentes — sí, siempre me voy a culpar de cómo se dieron los hechos. Porque tenía la solución a la mano y no hice nada. Lo que me quita esos pensamientos es el movimiento de su mano, tengo el impulso de decirle que no necesito ni de su compasión ni su consuelo, pero por esta vez se lo permito. No puedo, sin embargo, ahorrarme la pequeña sonrisa, la cual no sé si puede ver por cómo tengo el rostro apoyado en el sillón — Los dos somos clichés, Scott. No vale la pena negarlo — mascullo en un modo que pretende volver a los chistes naturales, pero creo que se queda en una vaga imitación.

La pregunta sobre su expediente no me toma por sorpresa; creo que todos tenemos curiosidad si nos dicen que han leído un archivo con todos nuestros datos — Sé sobre tu padre — me limito a contestar, echándole una rápida mirada. No voy a juzgarla por eso, porque sé que los errores de los progenitores no tienen nada que ver con los de sus hijos. Si la juzgo o la retengo, es porque sé como funciona su cabeza de manera independiente. Pero, obvio, ella regresa al quid de la cuestión y no sé si es por la tonta metáfora o su acusación de embriagarla, pero me nace una risa algo más honesta — ¿Por qué siempre desconfías de mí cuando te doy alcohol? ¿Tan terrible te parezco? — me mofo, recordando la pequeña anécdota de nuestro paseo por debajo del escritorio de mi oficina y el whisky. Acabo lo que queda en el vasito y me enderezo para poder alcanzar a beber otro, pero la repentina mención de Meerah me interrumpe para hacerme reír, esta vez con más ganas. Quizá no es una carcajada, pero tuerzo la cara de solo imaginarlo y puedo sentir mis hombros sacudirse vagamente a causa de la diversión — Seguro me acusaría de querer casarme contigo y diría algo sobre diseñarte el vestido de bodas — ruedo los ojos con la clásica expresión de “¡niños!” y me sirvo, girándome luego para enseñarle la botella en ofrecimiento de llenar su vaso — El señor Powell abandonó a su hija de ocho años en medio de la nada — continúo el relato como si se tratase de un simple cuento, aunque creo que ambos sabemos que no es tan sencillo — Así que el idiota de mí tuvo que encontrar el modo de dar con ella. Sí, he aceptado trabajos de incógnito en el norte, he aprovechado las necesidades de los Niniadis para mi propio bien y, sí, abusé de tu deuda conmigo para que me construyeras y encontraras artefactos que podía vender a cambio de información. Así que, sí, te estuve explotando en mi propio beneficio — no siento vergüenza ni culpa. Sé que las cosas han tenido que ser así porque la necesidad ha sido más fuerte y la vida de mi hermana me importaba más que las personas que tuviese que pisar en el camino.

Apoyo la botella en la mesa y levanto el vaso lleno delante de mí, observando el líquido que refleja la luz de la habitación — Nos encontramos hace poco, pero porque fue contratada en el Royal. Y yo me quedé atrapado en un trabajo extra con los Niniadis, así que no te librarás de mí tanto como yo no me libraré de ellos — Eso me recuerda al apriete de esta mañana, el cual no puedo contarle pero que hace que beba de mi tequila con mayor urgencia — No me malinterpretes, respeto a Jamie y Sean. Sé que hay gente como tú que piensa que soy una clase de monstruo, pero hago mi trabajo porque creo en él y los ideales que representa — no es un debate político ni una acusación. Es solo mi verdad — Cuando entregué a mi padre a los aurores, supe que no quería vivir en un país en el cual existiesen más niños como Phoebe o como yo. Creo que los muggles han cavado su propio pozo y allí deben quedarse. Ya fueron una amenaza por suficiente tiempo y, bueno… yo tengo una familia que cuidar — antes era solo una hermana, pero ahora la apuesta ha subido a una hija. No puedo no mirar a la botella y preguntarme cuántos vasos he bebido ya, pero eso no me detiene a volver a acercarla — Perdoné tu vida porque creí que serías más útil viva que ejecutada. Necesitaba a alguien como tú para lo que tenía que hacer, así que… — me acomodo en mi sitio, subiendo ambos pies al sofá y sentándome en posición de indio. Con un trago, busco mirarla entre los mechones de pelo y la luz del velador, tratando de recordar cómo fue cuando nos conocimos. Había sido una oportunidad muy buena como para desperdiciarla — No me arrepiento de haberlo hecho. Eres una buena compañía de tragos.
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