The Mighty Fall
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Mensaje por Hans M. Powell el Miér Ene 30, 2019 9:31 pm

La frustración es lo que me lleva a pasarme las manos por la cara en un intento de aclararme las ideas, masajeándome la frente y después el cuero cabelludo. El señor Niniadis ha pasado “casualmente” esta mañana por mi oficina y, a pesar de que no lo ha dicho explícitamente, siento que ha colocado un reloj de arena sobre mi escritorio. Yo ya he encontrado a mi hermana, podría dejar este trabajo extra de lado, pero he hecho un pacto con el patriarca de los Niniadis y eso significa solo una cosa: o cumplo mi tarea o puedo empezar a mirar con cariño mi antiguo escritorio; no vamos a hablar de los “permisos” que me he tomado por esto. Así que, en lugar de devolver llamadas o asistir a reuniones que he pedido que cancelen, me encuentro de pie frente a mi escritorio, analizando los mapas, informes y tachones que he hecho por toda la periferia del país. Sé que a Black es imposible encontrarla, al menos que ella desee que alguien lo haga. Me he tirado más al paradero de Cordelia Collingwood, alguien que podría haberse aferrado a su menor status para sobrevivir, pero tampoco hay señales de ella ni de su pequeño bastardito. ¿Y cómo se supone que encuentre a un adolescente del cual no sé su aspecto, nombre o siquiera género? Están ahí en algún lugar, lo sé, y me he jurado que voy a encontrarlos. Nunca he fallado en una tarea, así que no pienso empezar ahora.

Todavía estoy barajando la posibilidad de conseguir ayuda extra de un auror cuando mi comunicador se enciende y la repentina invasión de la voz de Josephine me hace saltar, soltando el resaltador con el cual estaba trabajando y cuya tinta celeste me ha manchado algunos dedos — Hans… señor ministro, hay una señorita aquí que lo busca. Dice que tenía una cita con usted para su hora del almuerzo — ¿Qué yo qué? Levanto la mirada en dirección al reloj, tratando de hacer memoria, pero con cierta distracción presiono el botón para regresar la comunicación — Dile que estoy ocupado. Puede reprogramar la cita para otro momento… — odio cuando Josephine se toma la libertad de ponerme un “pero”, así que ruedo los ojos cuando la oigo interrumpirme para indicarme que, quien sea, está insistiendo. Entonces lo recuerdo. Hace unos días, me llegó una llamada que no esperaba recibir porque había olvidado que ella tenía mi tarjeta. Y me he prometido que cumpliré con mi palabra, así que he aceptado en almorzar con Meerah en esta fecha, la cual se me pasó por alto por culpa de las urgencias de los Niniadis. Momento… ¿Mi hija está ahí afuera, a solas con mi secretaria?

Un toque de varita basta para que los papeles empiecen a guardarse en los cajones de máxima seguridad y chequeo con una velocidad alarmante que no me olvido la billetera ni mi móvil. Es un día soleado y ciertamente caluroso, así que opto por dejar el saco en el perchero y tanteo mi cuello; no me he puesto corbata, así que no puede decirme nada sobre no usar la que me ha regalado. Bien, es momento de dejar esas tonterías de lado porque tengo que evitar una catástrofe. Creo que mi urgencia es un poco obvia cuando salgo de la oficina como un tropel, encontrándome con la mirada inquisidora de Josephine detrás de su escritorio y la carita de “no rompo ni un plato” de Meerah. Detesto la genética.

Intento mantener la compostura y carraspeo al acomodarme el cabello, pasando por enfrente de mi secretaria y haciéndole un gesto vago con la mano — Volveré en una hora o dos. Si alguien insiste, diles que estoy en una reunión y devolveré la llamada mañana, al menos que sea el ministro Weynart — temas un poco más urgentes. Sin ir más lejos, tomo a Meerah de uno de sus hombros con la mayor suavidad de la que soy capaz y la arrastro conmigo, avanzando por el pasillo que conduce al resto de la planta de justicia — Te dije que me avises cuando estuvieras abajo, no que subas — mascullo entre dientes, sin poder evitar el mirar alrededor. Es obvio que Patricia Lollis asoma la nariz y sus anteojos de grillo por encima de su cubículo, ese que creo que no es lo suficientemente grande para tapar el volumen de su culo, siguiendo nuestro andar con esa cara de rata buscando olfatear una nueva excusa para hablar mal de mí a mis espaldas — No tiendo a recibir niños, así que … — las chácharas pueden decir cualquier cosa y Lollis es una de esas mujeres aburridas de oficina que es capaz de inventarse un falso historial de pedofilia con tal de verme fuera. En cuanto a una hija bastarda… bueno, ahí tendría que ponerme más firme.

Estoy viendo como Patricia se inclina junto a la señorita Hawking para chismorrear vaya a saber qué cosa cuando se cierran las puertas del ascensor, lo que me hace suspirar como si acabáramos de pasar por un campo de batalla. Esto de ser un político de imagen presuntamente respetable es más agotador de lo que pensé que sería — Lo siento — la suelto de una buena vez y froto mis manos, echándole una mirada con una sonrisa que pretende ser amable — Pero teníamos que salir de ahí lo antes posible. ¿Tienes hambre? — porque yo estoy famélico, pero no pienso llevarla a la cafetería del ministerio, así que opto por la opción más cercana y más rápida. Pronto estamos saliendo del edificio y el avanzar por la calle a estas horas es un poco atolondrado, pero el sitio que estoy buscando está solo a una cuadra del ministerio. Se trata de uno de esos locales de buena imagen, demasiada madera suave y decoración minimalista, donde los menús de “comida rápida” se han transformado en comidas caseras de rápido acceso — Ya verás, tienen las mejores papas que probarás en tu vida. Ni una gota de aceite — agrego a toda la explicación, como si eso bastase como para que no pueda negarse. Y espero que no lo haga, porque no tengo más opciones y no estoy muy creativo. Quiero decir, es la primera vez que estoy a solas con ella, no sé bien qué se supone que deba hacer además de alimentarla y tenerla entretenida un rato.

Abro la puerta del lugar, la dejo pasar primero y me adentro, agradeciendo la presencia del aire acondicionado. Y estoy por cerrar, cuando noto que alguien entra detrás de mí y freno de inmediato la puerta por pura inercia, pero al echar un vistazo y notar de quien se trata, la suelto como si me hubiera dado una descarga, culpa de la repentina sorpresa — ¿Qué haces aquí, Scott? — no intento sonar descortés, pero la pregunta sale por sí sola mientras le doy un suave empujón automático a mi hija para esconderla detrás de mi espalda, como si eso sirviera de algo.
Hans M. Powell
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Mensaje por M. Meerah Powell el Miér Ene 30, 2019 11:20 pm

Voy tarareando una canción que creo que es inventada mientras me miro en el reflejo del ascensor para asegurarme que mi ropa no presente arrugas desagradables y que mi vincha esté perfectamente centrada. No me gustaría estar de ninguna manera por debajo de impecable al presentarme en la oficina de Hans y, como bien lo había podido comprobar, nadie te molestaba si ibas con una actitud segura y un aspecto pulcro. Hero tenía razón, todo era cuestión de actitud y buen porte.

Chequeo una vez más el celular que me ha dado mamá para poder estar comunicada desde que nos hemos mudado y no, mi padre todavía no me devuelve las llamadas y con sinceridad, ya me había cansado de esperarlo en la recepción. Es por eso por lo que cuando las puertas del ascensor hacen un *ding* y se abren, no dudo en salir del mismo y seguir los carteles que me indican el camino hasta dar con el escritorio de la recepcionista. - Buenas tardes, tengo una cita programada con el ministro Powell para la hora de almuerzo, ¿podrías informarle? - Gracias al cielo no soy tan enana, pero eso no impide que la mujer me mire con la incredulidad pintada en la cara, acentuada por la elevación de sus cejas. No me intimida y termino evaluándola de arriba abajo gracias al escritorio de vidrio que me deja entrever su figura. Es bonita, no voy a negarlo, pero tiene tres cosas que me hacen dudar de su fiabilidad como trabajadora: las botas cortas con plataforma me dicen que es alguien inseguro; su camisa rayada, con botones prácticamente inservibles por su tamaño y posición, que no es nada práctica; y su pollera tiro alto de animal print, pues que tiene mal gusto. - No estoy bromeando si es eso lo que temes. - le aseguro con una sonrisa mientras reparo en el anillo de su mano cuando presiona el botón del comunicador. Interesante…

Esta vez son mis cejas las que se levantan cuando escucho que lo llama por su nombre de pila y trato de no soltar un bufido mientras dejo que mis ojos rueden sobre sus cuencas. Claramente Hans se ha olvidado de nuestro compromiso, pero no lo culpo; no debe ser fácil descubrir que tienes una hija así de la nada y tratar de combinar tu trabajo con la repentina paternidad. Sin embargo, yo no me he olvidado de que tengo un padre así que el siguiente comentario que hago, lo pronuncio convencida de que se lo merece por olvidarse de mí. - ¿Sabe tu prometido que te acuestas con el ministro? - Es una mera suposición, pero la cara de la morena se vuelve un poema por unos segundos y, aunque no tarda en recuperar su compostura y probablemente en descartarme como amenaza, no tardo en darme cuenta que al menos le he generado interés. Por lo visto mi suposición no estaba muy errada, tal vez así pueda volver a insistirle a Hans el que tiene que verme.

No hace falta, la puerta se abre y la apresurada figura de mi padre atraviesa el marco con urgencia. Poniendo mi mejor cara de inocente, lo miro con una sonrisa mientras se acerca hacia donde estoy y da instrucciones a la mujer que todavía no deja de mirarme con intriga. - Si lo hice, pero como no me atendías tuve que subir. - No me justifico mucho más mientras avanzo siendo guiada por él, sin dejar de notar las miraditas del resto de los trabajadores. De nuevo, se lo merece por haberse olvidado de que me había prometido almorzar juntos. - Oh, ¿así que en eso se convierten las niñas que se la pasan chismeando en los recreos? Pensé que lo de no tener una vida propia se esfumaba con el tiempo… - Era lindo saber que había visto el futuro de Nilda y el resto de su séquito, si había algo que no iba extrañar jamás del Prince, era a los pájaros de mal augurio que podían ser esas tres niñatas insoportables.

Le sonrío cuando se disculpa, y decido que le voy a dejar pasar el despiste. Era la primera vez que estaría a solas con él, y no me serviría de nada el hacerme la ofendida cuando realmente entendía que era un hombre ocupado. Mamá no era mucho mejor en esos asuntos, y aunque nunca olvidaba nada, siempre estaba abarrotada de cosas para hacer. - ¿Papas sin aceite? - ¿Acaso eso existía? ¿Quién había inventado la salvación para el algodón y cómo es que no me había enterado? Poder comer papas sin quedarte con los dedos aceitosos al final parecía demasiado bueno para ser verdad, así que espero que no me haya mentido porque terminaré teniendo mi primera decepción con respecto a su persona.

No tardamos en llegar al lugar que está tan solo a pasos de allí, y tengo que admitir que es un local bastante bonito. No tiene el típico olor a frituras de los locales de comidas del Ocho, y voy a tener que terminar creyendo en su palabra. Iba a preguntarle en dónde quería que nos sentemos, cuando siento un pequeño empujón que me hace retroceder un paso sin entender muy bien la situación. ¿Pero qué…? - ¡Lara! - Me sorprende verla allí, pero en cierta forma me alegra. Mamá no solía tener muchas amigas, o al menos no solía traerlas a casa, pero Lara había sido una de las pocas excepciones y todas las veces en que la había visto, me había tratado de excelente manera. ¿Tan difícil era para el resto del mundo el no agudizar la voz como idiotas cuando veían a una muchacha con vincha? La “amiga” de mamá no era así, y aunque sabía que su relación era o había sido algo más que una amistad, no me molestaba. - ¿Se conocen? - Consulto al recordar el tono con el que le había hablado mi padre.
M. Meerah Powell
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Mensaje por Lara Scott el Jue Ene 31, 2019 5:22 am

Como tenía que estar en el ministerio a la mañana siguiente a primera hora para incorporarme a un proyecto en el que se me requirió, estuve hasta tarde en el taller del distrito ultimando unos detalles para que todo siguiera su curso durante mi ausencia en el día. Mamá solía decir que cuando estaba involucrada con una tarea, podía olvidarme de comer y el sueño se desvanecía. Las horas fueran pasando y los quince minutos de más que me concedía extendían su prórroga en cada minuto que pasaba. Tuve tres horas de sueño hasta que una alarma sonó cerca de mi cabeza. El resplandor del amanecer se fue filtrando por los tragaluces y maldije muy fuerte, porque era momento de encaminarme al ministerio. Crucé el impresionante galpón que ocupaban los mecánicos con piezas que ocupaban grandes espacios y algunas movían sus extremidades metálicas como si fueran monstruos vivientes. Guardé el bolso donde cargaba mudas de ropa dentro de un casillero y fui directo a los baños a revisar en el espejo mi rostro que delataba la falta de sueño con unas orejas marcadas y una mirada más apagada. Necesitaba café, negro, amargo, combinado con pócimas revitalizantes si era posible.

A media mañana me había olvidado de mi cansancio y otra vez el entusiasmo me tenía con la cabeza metida dentro de una gran caja de metal para ajustar el entramado de unos finos cables. Me estaba sosteniendo con el café, pero cerca del horario del almuerzo, el estómago pedía algo más que líquido amargo y tardé demasiado en hacerme un tiempo para ir a buscar comida. La cafetería era un caos, demasiadas personas en esa hora pico. La paciencia es una virtud que necesito ejercitar más, lamentablemente no será hoy. Giro sobre mis pies hacia la salida, para buscar alguno de los locales cercanos donde pueda dar un bocado sin tener todo el bullicio del ministerio en mis oídos. Camino hacia la primera opción que distingo entre los otros edificios, un poco contrastante en su fachada con mis vaqueros y la camisa azul arremangada. En unos pocos pasos largos estoy detrás de un hombre que ingresa con una niña al lugar, y en esas asociaciones mentales rápidas que cualquiera hace, los identifico como padre e hija. Hasta que el reconocimiento de sus rostros pone a mi cerebro en shock.

Primero es la expresión sorprendida de Hans, como si acabara de poner un pie en un espacio en el mundo que es de su exclusividad. ¿Perdón? —¿Tal vez almorzar?— replico y no me guardo la acritud en mi tono al dirigirme a él. Y después mi mirada cae, porque no podía ser de otra manera, la niña es demasiado grande para ser escondida detrás de su espalda, y porque el cuerpo siempre reacciona a las presencias conocidas si están en una misma sala. Mi incredulidad es mayúscula cuando veo que se trata de Meerah y, no hay dudas, porque ella me reconoce también. —¡Meerah!—. Me tardo dos minutos en apartar mi mirada de la chica para regresar al rostro del hombre y exigir una explicación desde mi silencio. Pero esta niña sabe darlas por sí misma, hace mucho pasó la edad en que los adultos hablen por ella, así que me vuelvo hacia ella. —¿Qué estás haciendo por aquí?—. Mis palabras son idénticas a las que usó Hans, con la diferencia de que están dichas con una entonación mucho más suave, también estoy sorprendida y no por eso haré que se sienta como si no debiera estar aquí. Nada más que con un ministro, un hecho que parece incomprensible, a menos que Audrey también esté aquí y podré resolver la situación en un minuto.

Y como hice una pregunta, es justo que conteste a la suya. Para hacerlo necesito tener mi mirada puesta en los ojos perspicaces de la niña y evitar el contacto visual con Hans. —Trabajamos en algunos proyectos juntos. Todos en el ministerio nos conocemos por una razón u otra—. Con la mentira dicha tan naturalmente, puedo continuar: —¿Y ustedes cómo se conocen?—. Supongo que al abrirse las relaciones de Meerah con el resto de su familia materna, esto la coloca en nuevas posiciones y la vincula con personalidades que el común de los mortales vemos por televisión. ¿De ahí a que esté en compañía de un ministro? Salvo que la esté acompañando por unos minutos, hasta que alguien de su familia llegue. Con cuidado de que parezca un movimiento natural, alzo mi rostro hacia Hans. —Si Audrey está aquí, aprovecharé para saludarla—. Lo sé antes que ellos me lo digan, no está aquí. Y quiero entender bien la situación porque no voy a dejar a su hija así como así, no porque desconfíe de Hans -o sí-, solo necesito saber que todo está en orden.
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Mensaje por Hans M. Powell el Jue Ene 31, 2019 5:52 am

Estaba ocupado — le gruño, porque sé que no tiene ni idea de cuánto. No puedo explicarle que no pude atender el teléfono porque mi carrera y gran parte de los problemas de NeoPanem dependen de que solucione las incógnitas que están escondidas en mi escritorio, así que lo mantengo simple. En lo que a ella concierne, solo soy un adulto con una agenda muy apretada — Los chismes jamás terminan, en especial si trabajas en una oficina llena de gente que se aburre con el correr de las horas. Ya sabes, como si no tuvieran nada más importante que hacer — y ahí va de nuevo, mi eterna ansia de querer despedir a unos cuantos empleados. Creo que el único motivo por el cual no lo hago es porque me quedaría con una enorme reducción de personal y no tengo tiempo para eso.

Me encantaría poder explicar con calma cómo es que la magia sirve para quitarle todo el aceite a las papas fritas, pero creo que no voy a tener la oportunidad de tener cinco minutos de paz. No, no he visto a Scott desde la otra noche y, no sé por qué, esperaba no tener que verla en mucho tiempo, lo cual es ridículo si consideramos lo pequeño que es el ministerio. Tengo la suerte de no haber pensado en ella, pero ahora que la tengo delante, me doy cuenta de lo incierto que ha quedado todo luego de que sucedió lo que fingimos que jamás tuvo lugar. Lo clásico es tomarlo con naturalidad, pero es la primera vez que una situación como esta me sucede en presencia de, para colmo, mi hija… la cual parece conocerla.

¿Por qué, qué, cómo, cuándo, dónde?

No puedo responderle a Lara más que con una mueca desdeñosa ante tal obvia respuesta, porque la conversación lleva mis ojos de una a la otra en un intento de comprender lo que está sucediendo. Al menos, hasta que Scott miente por los dos y mi mentón se alza en dirección a Meerah, moviendo la cabeza en señal afirmativa sin intenciones de agregar absolutamente nada. Compañeros de trabajo, nada más; en cierto modo, no es falso. Ella trabaja para mí, cuando se me da la bendita gana. Lo terrible viene después, cuando me doy cuenta de que abro la boca para responder la duda de la morena y soy incapaz de hacerlo. Creo que mi incomodidad es palpable. Meto las manos en los bolsillos del pantalón y pronto las saco de nuevo al cruzarme de brazos sobre el pecho en una actitud hasta que defensiva, mientras que de mi boca sale el poco interesante sonido de un “ehhh” dudoso. Me relamo, cavilando mis opciones con rapidez. No puedo mentir delante de la niña con quien estoy tratando de crear un vínculo, sería negarla y simplemente sé que es incorrecto. Pero tampoco deseo que Scott maneje un dato tan importante en mi vida privada, del cual solo sabe un puñado de personas en las cuales confío. Es darle un pequeño pase a mi mundo personal, pero no puedo evitar preguntarme: ¿Me importa más Meerah o el mantener alejada a Scott? Me odio, de verdad, cuando puedo responder eso con suma rapidez.

Audrey no está aquí — “por suerte”, pienso para mis adentros. Lo último que deseo es hacer que esta situación sea incluso más incómoda — Ella… yo… — me señalo, señalo a Meerah, vuelvo a cruzarme de brazos y aprieto mis labios en una actitud nada digna de mí. Al final, me atrevo a alzar los ojos en dirección a Scott, entornándolos un poco como si estuviese midiendo la confianza que siento en ella — Soy su… bueno, es mi hija — bajo un poco la voz para que solo ellas puedan oírme, pero es inconsciente el modo que tengo de pasar mi brazo alrededor de la niña hasta presionar suavemente uno de sus hombros al acercarla a mí. Casi como si fuese un reconocimiento. Y sé que es mucho más fácil haber dicho que es mi hija, porque siento que de haber escogido las palabras “soy su padre” me hubiese enroscado la lengua.

Sé que en cierto modo observo a Scott como si la estuviese retando a burlarse o hacer un comentario ofensivo, pero en gran parte admito que es mi paranoia. Paso saliva y desvío la mirada con la excusa de chequear el local, pero parece que nadie se fija en nosotros y eso es, ciertamente, un alivio. Entonces, reparo en un detalle — Momento, momento — bajo los ojos a la niña y luego vuelvo a la adulta, sacudiendo la cabeza y frunciendo el gesto como cualquier persona que se acaba de dar cuenta de algo — ¿Y ustedes cómo es que se conocen? ¿Cómo es que conoces a Audrey? — no sé mucho de la vida privada de mi ex en la actualidad, así que nada de esto tiene sentido. Ya lo dijimos, el ministerio es muy pequeño, pero no quería imaginar que tanto.
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Mensaje por M. Meerah Powell el Sáb Feb 02, 2019 5:02 am

Me encojo de hombros en un gesto casi descuidado cuando habla de sus empleados y me muerdo la punta de la lengua. La gente grande no suele apreciar cuando los más chicos damos nuestros puntos de vista sobre estas cosas; aunque sea su hija, dudaba mucho que al Ministro de Justicia le agradase que le dijera que los pusiera a trabajar a todos o los echase. Nunca entendería por qué los adultos se esperaban en conseguir trabajos que no disfrutaran hacer.

- Tal vez… ¿almorzar? - Mi tono es entre sarcástico y burlón, pero es que no puedo evitarlo. ¿Qué otra cosa podría hacer en este lugar? Si quisiera usar el baño no me pararía en medio del pasillo a conversar. Aunque… ¿mamá le habría dicho que nos mudamos? Tal vez estaba sorprendida de verme en el Capitolio siendo que siempre la veía en la casa que teníamos en el Ocho. - Oh, Lara es grandiosa. Inventó una rueda para que Argie genere energía al usarla. ¡Llevo meses sin conectar mi máquina de coser! - Miro a Hans para ver si concuerda conmigo, pero hay algo en su porte que no logro identificar, como si no quisiera estar aquí… ¡Oh!

Bueno, tenía sentido. Nadie se había enterado todavía (salvo James, pero el no cuenta) de que Hans Powell es padre, y mucho menos de que tiene una hija ya crecida con Audrey Niniadis. Y sí, ya había entendido lo que significaba pertenecer a esos Niniadis como para entender que probablemente no fuese bueno manchar su reputación con un posible abandono parental. Que no lo había sido, pero por lo que había visto en estas semanas, la prensa no era precisamente bondadosa.

Estoy por decirle que mi madre no está aquí y que vine a comer con un conocido de la familia o algo así, cuando Hans se adelanta y comienza a tartamudear. ¿Qué? No me esperaba eso. Asiento con la cabeza para que Lara no crea que es un loco que trata de secuestrarme o algo así, y los miro todo lo atenta que puedo, alejándome un poco del agarre de mi padre para poder tener un enfoque diferente de sus rostros. - Lara fue mi madrastra por un tiempo. ¿O no? - No, la verdad no, pero habíamos jugado con la idea en alguna ocasión solo para terminar riéndonos, en especial al recordar como pintaban a las mujeres en ese rol en los cuentos antiguos. - Oh, perdón. No quería decir cosas de más, pero bueno… ¿al menos tienen gustos en común? - Que no quería pensar que compartían el interés por Audrey por el solo hecho de que es mi madre, pero a la vez me es imposible no tratar de aligerar el ambiente que se siente tan tenso como para cortarlo con un cuchillo
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Mensaje por Lara Scott el Dom Feb 03, 2019 5:47 am

Tu hija…— repito. Mi capacidad de asombro fue disminuyendo con los años, los ojos se acostumbran a ver que lo improbable se hace real y el mundo es un sitio tan extraño que no gasto neuronas en pensar cómo es posible que Meerah sea la hija de Hans. ¿Sí estoy sorprendida? Sí, acaban de poner todo el maldito tablero de cabeza. Este es un giro que vuelve a reacomodar a todas las piezas. La confesión seguida de la confirmación de Meerah con un gesto, tienen su impacto en mi rostro y debo inspirar hondo para pensar en una respuesta adecuada que no sea incredulidad. No será elegante armar una escena en la entrada y Hans admitió tan bajo que la chica era su hija, que entiendo que esto sigue siendo un secreto. Uno que Audrey supo guardar muy bien.

Y nunca fue importante para mí conocer la identidad del padre de Meerah. Cada persona tiene su historia y respeto que no puedan compartirlo todo. Yo no lo hago. Daba por hecho, quizá no de manera consciente, que nunca lo conocería porque no creía que volviera a ser alguien real después de tantos años siendo un fantasma al que nadie menciona. El silencio y el olvido matan personas, también. Y aquí está, es real, es Hans. Creo que la sorpresa se debe más al hecho de que se trata de él, a quien miro como si tratara de entender el secreto mágico del número áureo. Podría haber sido cualquiera y nadie a la vez. Un desconocido, algún otro ministro, alguien fuera de los distritos. Y entonces no miraría de soslayo buscando su reacción cuando Meerah explica nuestra relación a su peculiar manera, presentándome como su ex madrastra.

De todos los modos en que se podría describir mi relación con Audrey -y me alarmé por un minuto en cómo hacerlo-, su hija encuentra una con la que puedo sonreírme. —Algo así, conozco a Audrey hace un par de años y, claro, también a Meerah— digo y paso mi mirada del rostro de la niña, al semblante de Hans, con la pregunta sobre gustos en común en el aire. Soy mala adivinando y a pesar de esto procuro saber lo que pasa por su mente, si también está pensando en lo raro que se siente esta coincidencia. Tocará jugar malabarismos hasta que descubramos qué sitio le corresponde a cada cosa. —Este es un día extraño— murmuro a la nada y me fijo en la niña: —¿Meerah pidiendo disculpas por algo que dijo? Pediré un deseo antes que pase— hablo en broma. Esta chica es tan refrescantemente frontal que podría conversar con ella todo lo que no hablaría con otros adultos, y por eso, tomo su pregunta para aligerar el clima.— Y… ahora mismo no se me ocurren gustos en común con tu padre— llamarlo así me sale tan natural, que no me doy cuenta hasta que lo hago. Es cierto eso de que no se me viene ninguno a la cabeza. —¿Alguno que se te ocurra, Hans? — lo invito a intentarlo.

»Salvo este lugar— echo una mirada apreciativa al decorado. —Tienen un recibidor muy bonito para conversar y la comida también debe ser buena—. No olvido la razón por la que estoy aquí y parte de mi recelo se desvaneció al saber que Hans es el padre de la niña, no todo, porque todavía no hago a un lado lo que todos sabemos y es que se tomó su tiempo para tener un almuerzo con ella.
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Mensaje por Hans M. Powell el Dom Feb 03, 2019 9:08 pm

No me digas… — no me sorprende en lo absoluto el escuchar sobre las habilidades mecánicas de Scott, pero no puedo evitar escupir esa frase al encontrarme con que esta mujer en particular forma parte de la vida de mi hija, quizá mucho más que yo mismo. Sí, creo que es normal el pensar que cualquiera podría haberlo hecho mejor que yo si tomamos en cuenta todo lo que ha pasado, pero nunca hubiera creído que mi vida personal chocase tanto con un acuerdo que debería ser casi que secreto. Es una pequeña invasión a mi burbuja, cada vez un poco más, como si lo que pasó en la oficina hubiese sido el abrir la puerta a una presencia que no deseaba en lo absoluto. Y sé que ella parece tan desconcertada como yo, porque todo esto es sumamente irreal… y Meerah lo empeora cuando suelta algo que me descoloca por completo.

¿Madrastra? Pero si no… — Mi primer pensamiento es que se ha enterado, de alguna manera, lo que sucedió entre nosotros y tengo el impulso de hacer una pregunta seguida de una negación, aludiendo que una noche no equivale a un título de esa índole. Bastan dos segundos después para que comprenda lo que está sucediendo. Mi rostro se gira violentamente en dirección a Scott, mirándola de pies a cabeza en un intento de asegurarme de que la niña no está mintiendo, pero ella no niega nada; incluso, sus comentarios me lo confirman — Que me lleve el diablo — mascullo, perdido en la fina línea de la incredulidad y la sorpresa. De entre todas las mujeres con las cuales podría haberme acostado, tenía que ser la ex de mi ex. No hablemos del trasfondo de la situación. No puedo contener la risa casi histérica que me brota, obligándome a cubrirme la boca con el dorso del brazo para fingir una tos en cuanto una familia pasa por nuestro lado, obligándonos a movernos un poco para dejarles el paso. Increíble, simplemente increíble.

Oh, bueno, se me vienen a la mente un par… — la respuesta me sale entre bromista y retozona, alzando una de mis cejas vagamente por culpa del estado alterado en el cual mi cerebro ha quedado por culpa de toda la perorata. Tengo que recordarme con un clic que Meerah está presente, así que opto por alzar un hombro con completa naturalidad — Ya sabes. Algunos tragos, discutir hasta tener la última palabra ...— podría seguir enumerando algunos que aprendí la última vez que nos vimos, pero no es el momento ni el lugar. Me acomodo el cuello de la camisa en un gesto inconsciente y aprovecho el comentario de Scott para asentir, dando un suave empujoncito a mi hija — Pero van a echarnos de aquí si seguimos tapando la entrada — además de que no se me da por llamar la atención al encontrarnos de pie. Mis ojos buscan con desespero una mesa libre y alejada de las miradas curiosas, hasta que encuentro una alejada, en una esquina cercana a algunas plantas de decoración — Meerah, ¿Qué te parece el ir a sentarte allí? — otro pequeño empujón para animarla a tomar asiento, aprovechando la ventaja que toma para girarme brevemente a Scott mientras finjo el chequear que tengo la billetera conmigo — Así que… ¿Audrey y tú? — Hablo en tono suave, asegurándome que solo ella me oiga. Mis cejas se arquean rápidamente en un gesto divertido que es acompañado por mis labios prensados, hasta que chasqueo la lengua con una risita entre dientes — Eres una caja de sorpresas, Scott. No pensé que tuviésemos tanto en común — me siento un poco más como yo mismo al pellizcarle burlonamente uno de los pómulos en un gesto que deja bien en claro que voy a tomarme el lujo de tratarla de esa manera porque tengo el poder y el derecho de hacerlo. Al meterme la mano en el bolsillo, voy detrás de Meerah, alcanzándola en pocas zancadas — ¿Una bandeja enorme de papas fritas? — sugiero para compartir, sentándome en uno de los bancos de fina madera y tomando el menú con la excusa de esconderme detrás de éste.
Hans M. Powell
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Mensaje por M. Meerah Powell el Lun Feb 04, 2019 12:07 am

La risa de Hans me toma completamente por sorpresa y no puedo evitar que mis ojos se abran como platos al notarlo. Sobre todo si considero que no recuerdo el haberlo escuchado reír con anterioridad. Tiene una risa bonita y contagiosa, y termino teniendo que hacer un esfuerzo para que no se me escapen unas risitas aniñadas a mí también. - ¿Qué es lo que te divierte tanto? - me genera curiosidad ya que, a menos que no supiera que a mamá también le gustan las chicas, no logro entender qué es lo que pudo haberle causado tanta gracia.

¿Sabría que a mi mamá le gustaban las chicas? Yo no veía nada malo con eso, pero en el colegio no era una de las opiniones más populares entre las niñas. Aunque por suerte mamá era terriblemente discreta con respecto a sus relaciones, y si no fuese porque yo era en extremo curiosa, probablemente no me hubiese enterado ni de la mitad. No era mi culpa que trajera gente a casa cuando creía que estaba dormida.
 
Hago un pequeño mohín cuando Lara me acusa, y elevo el mentón todo lo que puedo como si eso mágicamente eso me dejase a su altura. - Sé reconocer perfectamente cuando debo disculparme, que no deba hacerlo normalmente, se debe a que suelo tener la razón. - Aseguro. Podía ser algo vanidosa, pero tenía modales y sabía que no me correspondía a mí el revelar cosas personales de otras personas. Y menos de personas que no estaban presentes, como mi madre. Ya vería que cara ponía cuando me preguntase por el almuerzo. Dudaba que "compartí papas con tus dos ex" fuese una bonita forma de arrancar un relato.
 
Los observo hablar como si fueran dos viejos amigos, y por unos segundos no termino de entender la actitud que tuvieron tan solo unos minutos antes. Al menos no la de Hans, que parecía pro demás incómodo con toda la situación. - Pero si a Lara no le gusta discutir... - Aventuro. Las charlas que habíamos tenido habían sido eso, charlas y bromas de vez en cuando. Ni siquiera la había visto discutir con mamá, y mamá sí era una persona que generaba el querer discutir… Me encojo de hombros al no comprender, y hago caso a Hans cuando me señala un lugar en el que podemos tomar asiento. - ¿Crees qué…? - Me doy vuelta para hacerle una pregunta, y me encuentro con un cuadro que no esperaba ver, cuando noto que mi padre ha decidido pellizcar la mejilla de la castaña. ¿Pero qué? Es la primera vez que lo veía en tanta confianza con alguien y de nuevo, no terminaba de entender toda esta extraña situación. - ¿Eh? Ah, sí… - Estoy por imitarlo y agarrar el menú cuando recuerdo la pregunta que estaba por hacerlo. - ¿Crees que Lara pueda acompañarnos en este almuerzo? - Yo más que nadie quería almorzar a solas con mi padre y conocer más sobre él, pero tenía demasiada intriga por la relación de los otros dos como para dejar pasar esta oportunidad. - ¿Recomiendas algo más además de las papas?
M. Meerah Powell
M. Meerah Powell
Estudiante del Royal

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Mensaje por Lara Scott el Lun Feb 04, 2019 3:25 am

«Ni una palabra más o eres hombre muerto, Powell», espero que la telepatía furiosa funcione para que no complete la frase. Lo de madrastra es algo que lo pensamos con Meerah y lo que él pueda decir será un malentendido, espero que la aclaración de que el título que me concede la niña es debido a mi relación con Audrey ataje cualquier otro comentario. Estoy tratando de actuar lo más natural que se puede dentro de lo insólita que es la escena, pero alguien no estudió su guión y Hans se gana una pregunta bien merecida por parte de su hija. — Respira lento, inhala, exhala — me mofo de él con esas indicaciones para recupere la compostura. —Contrólate, que esto no te provoque una de tus crisis, que ya sabemos que tienes nervios sensibles—.  Si es él quien no puede moderar sus reacciones, se me hace más fácil actuar como si estuviera por encima de esto, como si fuera más sencillo para mí atar los cabos y asimilar que relaciones que creía paralelas se cruzan para propiciar un choque y el caos. Me sostengo en el pensamiento de que todos los involucrados somos adultos y con cierta libertad, salvo Meerah que no tendría por qué enterarse de nada de esto y conociendo lo inteligente que es, podrá sospechar con poco.

Y reconociéndole sus méritos, le sonrío. —Coincido con eso. El mundo necesita un poco más de franqueza y viene bien que lo haga una chica de doce años. Me da esperanzas—. Sí, soy el tipo de adulta que incita a los niños a robar el poder a otros adultos. —Eso sí, aceptaré tu disculpa esta vez porque a veces las personas prefieren guardarse qué tipo de relación tienen cuando es privada. Es una cuestión que solo las involucra a ellas y no quieren comentarla abiertamente. Ya te sucederá, si es que no te ha sucedido, que hay cosas que solo te atañen a ti y a alguien más, y no puedes compartirlo con cualquiera. ¿Entiendes lo que te quiero decir? —. Me gusta hablarle a Meerah como si ya no fuera una niña, porque dejó de serlo hace tiempo para mí. Tengo que buscar esta explicación rebuscada para no sentirme mal por mentirle a la cara a Meerah después de alabar su honestidad. Porque me gustaría ser tan directa como ella, si bien no me callo cuando mi temperamento aflora, no siempre son verdades. En muchas ocasiones son provocaciones. Dirijo mi mirada hacia su padre. Con los años, nos volvemos mentirosos crónicos.

Soy de lo peor cuando, sin pestañear, secundo a Meerah: —No sé de donde sacas que me gusta discutir y quedarme con la última palabra—. Pueden ser padre e hija, tener rasgos semejantes de carácter ahora que lo pienso, pero hay un mundo de diferencia entre lo que me inspira el uno y el otro y eso determina mi trato con ellos. No voy a pelearme por la última palabra con una chica que sabe lo que quiere y lo que dice. El mundo será para ella, para que lo domine con su dedo meñique. Su padre… ¡ese es otro cuento! Muevo mi mano a modo de despedida hacia Meerah cuando la empuja hacia una mesa para que la ocupe mientras se toma un minuto más de su tiempo con la intención de picar mi mal genio. Como sé que su hija nos seguirá mirando, estampo una sonrisa apática en mi rostro cuando busca una nueva confirmación de mi relación con Audrey. —¿Quieres que nos pasemos un pergamino con nombres de ex amantes y comprobemos que tan pequeño es el mundo? Suena un poco canalla incluso para nosotros—. Muevo la cabeza de un lado al otro, niego –y me niego- a que las cosas sigan ese curso. —Estás completando la lista equivocada, Hans. Tenemos demasiadas cosas en contra— le recuerdo. Y es lo que necesito decirme a mí misma para dar un paso hacia atrás y ver como se aleja en dirección a Meerah. Antes de que se siente me he dado la vuelta para buscar un extremo con vistas a la calle, con tal de tener mi mirada puesta en lo que sea, con tal de no caer en la tentación de echar un vistazo al almuerzo de padre e hija.
Lara Scott
Lara Scott
Inefable

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Mensaje por Hans M. Powell el Lun Feb 04, 2019 4:10 am

Le respondo a Meerah con una sacudida de la mano como si la explicación no fuese ni importante ni interesante, aunque mi rostro se torna algo retador ante las palabras de Scott. Por suerte, sé que puedo mantener la sonrisa, aunque un poco más tirante — Me pregunto cómo es que afloran los nervios sensibles — me mofo de ella en un tono que pretende ser amistoso, tal y como si fuéramos simples amigos y colegas de trabajo. Algo de lo que estoy orgulloso es de mi capacidad de mantenerme con el temple calmo en situaciones que lo ameritan, pero creo que no puedo negar que descubrimos la facilidad que tiene la morena para cargarme de ansiedad. Pero esos no son temas para hablar en público, mucho menos delante de mi hija de doce años que, por muy inteligente que sea, no tiene por qué saber ciertas cosas.

Blah, blah, blah. Me mantengo falsamente interesado en los pequeños cuadros de la decoración a pesar de oír las palabras de Scott a la niña, permitiendo una lección de vida que, posiblemente, yo jamás podría darle porque creo que soy el menos indicado para pretender que sé como se cría a un infante. Mi padre fue un pésimo ejemplo, mi madre es un recuerdo demasiado doloroso y mi contacto con los niños siempre fue nulo, especialmente porque jamás tuve intención de acercarme a ellos. Siempre supe que no soy material paterno, que mi decisión de abandonar a Audrey fue un error pero que me hacía tener esperanzas de que ningún bebé sería parte de mí y acá he terminado, tratando de aprender el rubro con los ojos cerrados. Es por eso que las dejo hablar, hasta que la falsa inocencia de Scott me hace parpadear con cinismo — Estoy seguro de que podría refrescarte la memoria en cuanto volvamos al ministerio — le refuto entre dientes, más parecido a un desafío que a una invitación — Ya sabes, esos proyectos laborales… — agrego, revoleando los ojos como quien recuerda un chiste íntimo de todos los días. ¿Nervios sensibles, los llamó ella?

Son los breves segundos medianamente a solas los que me dejan respirar un poco de paz, sin ocultar el grado de diversión que su respuesta me genera. No me interesa con quien se ha acostado y sé que a ella tampoco le importa mi pasado, así que me conformo con una mueca que deja bien en claro que no necesito completar lista alguna con ella, bajo ningún aspecto — ¿Demasiadas? Deberías hacerme una lista para saber cuales son — contesto con simpleza. Siempre asumí que nuestras “cosas en contra” se reducían a quienes somos, cómo pensamos, cómo actuamos. El resto es solo un decorado, porque yo no sé quien es Lara Scott a pesar de haberme leído todo su informe y ella no sabe quien es Hans Powell fuera de la figura política que todos conocen. Habernos desnudado el uno frente al otro no ha cambiado eso.

La pregunta de Meerah me hace chirriar los dientes y mirarla por encima del menú, asomando mis ojos entre éste y el flequillo para desviarlos en dirección a la mecánica — Si quieres acompañar con papas, te recomiendo el pollo frito, el lomo o la carne con salsa… o una hamburguesa, son caseras — me atajo de su duda final para no responder de inmediato. ¿Así que esto soy yo cuando intento ser un buen padre? ¿La clase de hombre que intenta complacer a la hija? En algún lado de mi cabeza, todo esto no me sorprende. No nos conocemos y todo esto es para acercarme a ella, no para rechazar sus propuestas. Suspiro de mala gana, dejo el menú y chisto en dirección a Scott, empujando la silla que tengo a mi lado para separarla de la mesa e indicarle que se siente — ¿Quieres comer con nosotros? Idea de Meerah, ya sabes — aclaro por si las dudas. No obstante, cuando estiro mis piernas para recargarme en el asiento, creo que adopto la postura más parecida a la que tiendo a tomar en mi oficina, retándola a que se niegue — Prometo no sacar temas laborales en la mesa ni hacerte una lista de tus berrinches. Meerah no necesita saber lo infantil y terca que puedes ser al momento de llevar a cabo un proyecto — no puedo no hacerlo. Le sonrío bromista casi como si fuese una señal de paz y estiro el menú hacia mi hija para señalarle con el dedo uno de mis platillos favoritos como simple recomendación. Porque todo esto es de lo más normal.
Hans M. Powell
Hans M. Powell
Ministro de Justicia

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