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Swallowed in the sea ✘ Arianne

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Mensaje por Benedict D. Franco el Sáb Mar 10, 2018 9:18 pm

¿Por dónde empezar?

El tren aparcó con sumo silencio en una estación algo diferente a la que recuerdo, pero con las mismas proporciones vista desde los ojos de un adulto mucho más alto que el niño que solía caminar por ahí, hace muchos años; un completo extraño. Seth me había cubierto esta vez, sin exigir detalles, apareciéndome en el distrito doce para poder encontrarme con Arianne, quien me llevaría con ella. Con la cabeza gacha y sin hablar con nadie, el viaje en tren fue más una obligación impuesta por mi parte que una necesidad. No deseaba apariciones, ni transladores: necesitaba verlo todo, como hace años no lo hago, con estos ojos que han visto cientos de otras cosas desde la última vez que puse un pie en el distrito cuatro.

A pesar de que la capa de invisibilidad reposa dentro de mi bolsillo y que decidimos que me haría pasar por un esclavo en caso de que alguien hiciera alguna pregunta, nadie se fija en mí a pesar de que no despego la cara del vidrio como si fuese un crío fascinado, hasta que toca bajar. El nudo en mi estómago me mantuvo callado y al borde del colapso mientras andábamos por las calles repletas de personas con un perfil algo diferente al de mi memoria, pero los pasos continúan siendo tan del cuatro que me arrebatan más de una sonrisa nostálgica. Lo más complicado es no señalar: la antigua verdulería, el puesto que solía tener los mejores pescados, la plaza principal donde solía correr jugando a los piratas con mis hermanos. Todo sigue allí, modificado, estructurado para una nueva forma de vida, pero el aire es el mismo. Esto es mi casa.

Lo más difícil llegó cuando bajamos por esa calle que en lugar de asfalto tiene arena y piedras, demasiado cercana a la playa. Lo primero que mis ojos percibieron fue la chimenea de la pequeña casa de un piso que estaba bordeada por un pequeño jardín, pero no hay rastro de los adornos ni de los juguetes que siempre solían quedar en el porche. El garaje incluso está cerrado y no se oyen voces, ni siquiera risas de niños, lo que me deja bien en claro que esta ya no es la casa de los Franco. No lo ha sido en una eternidad. Ni siquiera me detengo a mirar la casa de los Dawson ni la de nuestra vecina cuyo gato Bigotes adoraba a mi hermana; como un espejismo, simplemente me alejo, llevando a Arianne conmigo. No hacen falta las palabras.

El siguiente punto fue ese sitio alejado, cerca del mar, donde hace siglos fueron enterrados los cuerpos de más de mi familia. Los árboles habían crecido lo suficiente como para hacerlo un sitio más denso y oscuro, pero las tumbas continuaban allí, inamovibles, ensuciadas por el paso del tiempo. No hice más que pedirle un momento a solas a mi compañera para poder hablar con ellos como si fuese una sesión de terapia familiar. Hablar de papá, de la nueva familia, de Beverly, de lo bien que se supone que estamos. ¿Estamos bien? Las últimas semanas me han descolocado tanto que necesité huir. Una parte de mí cuerpo empezó a creer que hubiese sido mejor estar descansando con ellos, pero sin embargo, tras un último saludo, decidí marcharme. Y eso fue todo.

Así es como llegué aquí. Dejé mi mochila en la pila de piedras donde Seth, Sophia y yo compartimos nuestro primer cigarrillo y me saqué los zapatos, así que estoy con el pantalón arremangado e ignorando el frío del invierno para mojar mis pies en el agua, con las manos detrás de mi espalda, unidas, en silencio. El sol está empezando a bajar, tiñendo el océano de un brillante color naranja que combina perfectamente con el cielo rosado, mientras respiro con una extraña calma — ¿No crees que es el mejor lugar de NeoPanem? La playa — le comento a Arianne a quien, pobre, arrastré por todos lados el día de hoy. Muevo un poco mis pies para sentir como los dedos se me hunden en la arena, lo que provoca que sonría para mí mismo — Extrañaba incluso el aroma a pescado del puerto. Solo huele — y como si fuese terapia, cierro los ojos e inhalo, soltando al final el aire con una risa jocosa — Nada como el hedor de casa.
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Mensaje por Arianne L. Brawn el Mar Mar 20, 2018 8:47 pm

« You are confined by the walls you build yourself ».

No podía ser un día más, aunque intentara considerarlo como tal, no lo iba a ser en absoluto. Desde el mismo inicio del día ya se sentía diferente de algún modo que aún no conseguía comprender del todo, una especie de nerviosismo que hacía demasiado tiempo no recorría su cuerpo. Por suerte la lluvia del día anterior había cesado y solo quedaban charcos como un recuerdo de lo ocurrido la noche anterior; el ruido había sido ensordecedor en algunos momentos, relajante en otros. Ahora solo quedaba parte de la tormenta que arreció el distrito cuatro. Bien se podía comparar con su persona.

Era precavida y un par de días antes del encuentro había asistido ella misma al distrito doce, pidiendo al dueño de un local comunicar su chimenea personal con la del lugar para poder usarla el día indicado, después, simplemente, se desvincularían de nuevo. Tenía claro que no llevaría a Benedict hasta el distrito cuatro por medio de polvos flu, pero sería un buen modo de poder ir ella misma sin tener que acabar destrozando su espalda, y su paciencia a la vez, durante las horas que tendría que permanecer encerrada en el tren que debía usar en el caso contrario. En cierto modo en su cabeza se había instaurado el pensamiento de que, igualmente, a él le habría gustado ir en un medio de transporte tradicional. Como así fue.

Permaneció en silencio durante todo el camino, no es que la situación se pudiera tornar diferente ya que no eran los únicos que ocupaban el vagón. Lo observó de reojo, en cierto modo fascinada por la forma en la que, simplemente, disfrutaba de cada árbol que veía pasar frente a las amplias ventanillas, el resto de distritos difuminándose y, finalmente, el océano apareciendo frente a ellos mientras se acercaban a la estación del distrito cuatro. Se levantó primero, conteniendo el impulso de dejarle pasar delante. No podía hacer aquello, no habiendo personas cerca; ellos habían sido relevados a “algo” que siempre debía de caminar tras su amo. Una mera sombra silenciosa que permaneciera allí. Suspiró, caminando en dirección a la salida y pudiendo respirar cuando sus pies volvieron a tocar suelo firme. Casi  se sentía como las ocasiones en las que, años atrás, había tenido que mantener a raya su mal genio para no golpear a todos los que lo miraban mal; era extraño como el sentimiento seguía siendo el mismo aunque el tiempo hubiera pasado y la persona que estuviera a su lado no fuera la misma.

En aquella situación se sentía mucho más como si ella fuera la esclava y él el amo que la llevaba de un lado para otro en busca de algo que no alcanzaba a conocer. En su caso tenía una pequeña idea, por las conversaciones que habían mantenido durante los últimos meses, sobre donde quería ir pero aun así se dedicaba a seguir sus pisadas una tras otra. Caminaron hasta una zona cercana al mar, un lugar donde se podían apreciar más viviendas abandonadas que verdaderos hogares, al menos en la actualidad no se podían considerar así. Sus ojos vagaron por las fachadas, recorriéndolas lenta y minuciosamente con su mirar azul claro. Solo dejó que su mirada se posara sobre él cuando le pidió unos segundos a solas y la rubia, tras un minuto de pensamiento, le concedió su deseo, alejándose de él y dejando que su caminar se dirigiera hacia la arena. Lo extrañaba. Marco la apodó sirena cuando era pequeña, raro era el día en el que no corría al mar y olvidaba todo lo que la rodeaba en el mismo momento en el que sus ojos vagaban por las olas.

Volvió el rostro en su dirección cuando apareció de nuevo, habiéndose quitado ya los zapatos y estando con los pies cubiertos de agua hasta los tobillos. Quedó observándolos durante unos segundos hasta que alzó la mirada hacia él. —Creo que es un lugar donde te puedes olvidar de todo— concedió, retrocediendo un par de pasos por temor a que una ola mojara sus zapatos. Sonrió, metiendo las manos en los bolsillos de sus pantalones vaqueros y permitiéndose disfrutar de un bonito amanecer después de tanto tiempo sin verlo en condiciones. —Disfrutas de pequeñas cosas como esas— habló con cierta envidia. No es que ella ya estuviera tan acostumbrada a todo aquello que ya no fuera algo que disfrutara, es que, simplemente, no era capaz de disfrutar la mayor parte de las cosas. —¿Cómo te sientes ahora mismo?— preguntó, girándose por completo hacia él, si quiera pestañeando a la espera de una respuesta. Ahora era realmente buena leyendo a la personas, descubriendo verdades ocultas dentro de los demás.
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Mensaje por Benedict D. Franco el Mar Mar 20, 2018 11:09 pm

Un lugar donde te puedes olvidar de todo; bien, creo que esa es una buena definición del cuatro, así que asiento muy lentamente, casi como si fuese una afirmación para mí mismo y no para ella.  Intento no reírme de su pequeña huida del mar aunque quedó solo en eso, un intento, aunque lo hago tan bajo que espero que no me haya escuchado — ¿No es mejor que te los quites? — le pregunto haciendo referencia a sus zapatos y solo como si quisiera mostrarle lo genial que es andar sin ellos, muevo mis dedos entre la arena que se escurre entre ellos por el choque de una nueva pequeña ola. Me encojo de hombros porque sí, he aprendido a disfrutar de las pequeñas cosas ahora que no tengo precisamente otras, cuando su siguiente pregunta me hace dudar.

¿Cómo me siento? No lo había pensado. Ladeo la cabeza en su dirección, encontrándome con su mirada azul celeste que aguarda una respuesta, mucho más debajo de lo que recuerdo de nuestra adolescencia, cuando era yo quien debía alzar el mentón para verla mientras daba el estirón. Indeciso, mordisqueo la pielcita de mi labio inferior y remuevo un poco las manos dentro de los bolsillos de mi pantalón hasta que desvío la mirada, otra vez clavándola en el mar que va y viene con su arrullo perfecto — Tranquilo — acabo eligiendo sin pensar, levantando la vista hacia una gaviota cuyo sonido retumba sobre nosotros hasta que se dirige hacia el atardecer — Algo confundido. ¿No te ha pasado nunca que deseabas que suceda algo con todas tus fuerzas y cuando sucede, no sabes como reaccionar? — he aguardado regresar a mi casa durante años, incluso antes de toda esta locura. Ahora que estoy aquí me pregunto qué es lo que debo hacer a continuación, incluso cuando sé que la única opción es marcharme de una buena vez y perseguir otra ambición. ¿Deseo hacerlo? No. Que hunda un poco más los pies en la arena creo que es señal de cuanto deseo quedarme.

Disfruto un minuto de silencio a mi propia resolución y saco las manos de mis bolsillos para frotarme los nudillos contra la palma contraria en un gesto relajado y pensativo a la vez, sintiendo el viento sacudirme el cabello y dejarle algunos granos de arena — De verdad agradezco que te tomes estas molestias por mí. Debe ser toda una ironía ser tú ahora mismo… ¿No? — se me patina una sonrisita y la miro con las cejas arqueadas, sin saber si reírme o no de ella y de lo ridículo que es todo esto. Es una jueza del gobierno que me persigue, por todos los cielos y sin embargo, aquí estamos, como los mocosos que alguna vez fuimos. En serio, alguna vez escribiré un libro sobre mi vida a ver si la gente me cree de como la existencia se me reía en la cara.

Barro un poco la arena con un pie y doy un paso hacia atrás para ser capaz de agarrar una caracola rosada y brillante que estaba medianamente hundida, por lo que espero una nueva ola para lavarla con el agua y como el niño que alguna vez fui, la pego en mi oreja para escuchar el recorrido de mi sangre retumbar, el mismo que alguna vez me dijeron que en realidad era el sonido del mar — Esta noche vas a tener que presentarme a … ¿Moony era su nombre? — aventuro, bajando la caracola y haciéndola rodar entre los dedos — Aunque si quieres, yo me encargo de la cena. Es lo mínimo que puedo hacer y creo que no se me da tan mal — al menos, siendo esclavo he aprendido bastante y lo he implementado en los últimos años. Con una última ojeada, le tiendo el caracol entre mis dedos llenos de agua de mar y granitos de arena — Quedatelo. Luego le pegas una foto mía y te queda un lindo souvenir — bromeo con la risa disimulada en la voz, sacudiendo la cabeza. La verdad es que la única foto que puede conseguir mía debe ser la que está en los carteles viejos de “se busca”.
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Mensaje por Arianne L. Brawn el Miér Mar 21, 2018 8:34 pm

Alternó su claro mirar entre su compañía y las olas que bañaban la arena de la solitaria playa. —No quiero enfermarme— fue todo lo que dijo tras unos segundos inmersa en sus pensamientos sobre si sería correcto hacerlo o no, intentando escoger sus palabras para no ser completamente cortante cuando éstas fueran exteriorizadas. Negó con la cabeza, sorprendida ante el hecho de que aunque pudiera lucir como alguien mayor en el fondo no era más que el pequeño Benedict que alguna vez conoció; y, en cierto modo, era un alivio saber que el tiempo, y las adversidades que éste había traído con el, no acabaron con todo.

Asintió con la cabeza a su respuesta, aun escudriñándolo con la mirada y esbozando una pequeña sonrisa antes de sacar una mano de su bolsillo y reacomodar un mechón rubio que se resistía a permanecer en su lugar. Tranquilidad. Una bonita palabra. Incluso se sentía cómoda con la elección de la palabra. El distrito cuatro era un verdadero remanso de paz y tranquilidad, un lugar donde podías apagar las penas y los pensamientos durante el tiempo que permanecieras observando una escena como de la que ellos estaban disfrutando. —Me pasaba— reconoció, meneando la cabeza hacia ambos lados para salir de su ensimismamiento. —, pero simplemente dejé de hacerlo para no acabar decepcionándome— agregó casi sin percatarse del hecho de que sus labios siguieron moviéndose. Prensó los labios contrariada, alejándose un poco más del agua y sentándose en un lugar seguro donde no poder mojarse. —Lo siento, no soy el alma de la fiesta— dijo una vez que se hubo sentado y estirado las piernas al frente. —Espero que esa confusión no conlleve una decepción en tu caso— esbozó una pequeña sonrisa, apoyando las manos sobre sus piernas y girando el rostro hacia él. Muchas cosas habían cambiado pero, en cierto modo, el distrito cuatro se sentía como siempre.

Un bufido se dejó oír. Rodó los ojos a la par que doblaba sus piernas para poder apoyar los codos sobre las rodillas. —Una ironía por demasiadas razones— habló, negando con la cabeza sin ser capaz de reconocerse al haberse visto envuelta en todo aquel embrollo. —, pero el hecho de que tú estés aquí ahora mismo no lo es— encogió ligeramente los hombros antes de seguir hablando. —No te considero un criminal por mucho que una ley diga que sí. Realmente no disfruto de mi trabajo cuando tengo que condenar a personas que moralmente considero que no han hecho nada malo… solo por el mero hecho de nacer ya los consideran delincuentes, no es una verdadera justicia—. Era un gran contra de lo que había escogido ser. Pensar que solamente iba a tener que condenar a verdaderos  criminales, que iba a poder esquivar situaciones con humanos, era una utopía

No le gustaba pensar demasiado en aquello. Es más, en el mismo momento en el que ponía un pie dentro de wizengamot, simplemente, desaparecía la persona que era ella y pensaba de modo automático hasta que regresaba a casa y podía volver a respirar de nuevo con normalidad. Aquellos pensamientos le resultaron graciosos. Siempre actuaba fría y distante con los demás, pero lo era aún más cuando estaba en el Capitolio, ¿se convertía en un bloque de hielo? La sonrisa que apareció en su rostro consiguió que sus ojos se achicaran un poco. Carraspeó, retirando la sonrisa de sus labios y asintiendo con la cabeza a la par que se levantaba y sacudía la arena que había quedado adherida a su ropa. —Te advierto que me he vuelto un poco gourmet— habló cuando hubo terminado de sacudirse y casi chocó contra la caracola que le ofrecía. Una risa fue contenida, retumbando en su garganta como si se estuviera ahogando, tomando la caracola con cuidado. —¿Y para qué quiero una foto tuya?— cuestionó arqueando ambas cejas. —Cuando extrañe ver esa fea cara tuya simplemente te llamaré— se burló limpiando la caracola y guardándola con cuidado en uno de los bolsillos de su abrigo.

Sus ojos se alejaron de él, fijándose en el sol casi oculto, como desaparecía poco a poco en la línea del mar, como si éste lo estuviera devorando. —Deberíamos irnos— apremió de súbito. —O al menos no quedarnos aquí parados. Se está haciendo de noche y la seguridad ha aumentado notablemente en las horas nocturnas— explicó tranquila. —Quizás en otros distritos no me conozcan, pero aquí no tengo fama de ser sociable, y mucho menos de tener esclavo, por lo que no quiero arriesgarme—. Verla fuera de casa era casi un milagro obrado por el cielo, mucho más si estaba en compañía de un esclavo cuando hacía años que era la ‘comidilla’ por no tener ninguno después de tantos años de la aparición de éstos.
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Mensaje por Benedict D. Franco el Miér Mar 21, 2018 11:34 pm

No me siento un idiota, al menos, cuando ella dice que al menos le pasó alguna vez. No sé bien por qué se sentiría decepcionada, por lo que la miro con cierto reproche a pesar de que no muestro demasiada seriedad — Deberías de poner un poco de azúcar en tu vida — y sé que es una frase y un chiste pésimo, en especial si consideramos la cantidad de comida que compartimos cuando teníamos la oportunidad de vernos las caras casi todos los días. Es extraño y a la vez morboso, pero en cierto modo siento una ligera nostalgia por esos tiempos, quizá porque irónicamente todo era mucho más fácil.

De todas las cosas que me pueden sorprender en este día, creo que la que más lo hace es el factor de que ella no considere una ironía toda esta locura, por lo que la mirada que le lanzo es de completa sorpresa, acompañada de un dejo de poco disimulado agradecimiento — Bueno… ¿Qué tan segura estás de eso? — le pregunto con un gesto ligeramente sombrío, mirando por un momento a cualquier lado excepto a ella. No voy a decirle justamente ahora lo que ha ocurrido hace unos días con los aurores ni el desastre de diciembre, porque sé muy bien que ella es perfectamente libre de juzgarme a pesar de que una parte de mí sabe que no va a hacerlo. Quizá es mejor que se quede con la versión agradable de mi persona, al menos la que ha aceptado.

Río con cierta gracia, recordando esos platos diminutos y bien decorados que solía odiar cuando iba a eventos con gente adinerada del Capitolio, poniendo por un momento mala cara ante el recuerdo — Si consideras gourmet a la comida liliputiense — mascullo con falsa molestia, arrugando la nariz. A pesar de que se guarda la caracola, sus palabras me provocan un ruedo de ojos que acaba con un suave empujoncito de mi codo hacia su brazo, balanceándola apenas — Pero mi cara fea puede juzgarte desde tu repisa si es una foto. Aunque sí, sé que me espías por las noches con el espejo porque no puedes vivir sin mí — ironizo, alzando el mentón en fingido egocentrismo. Los últimos meses nuestras charlas han sido variadas, siempre cuando encontraba un momento donde podía esconderme lo suficiente como para que nadie pregunte con quien estaba hablando. Quizá solo conversábamos un rato sobre tonterías, pero no voy a negar que venían bien. Ari es en cierto modo un buen escape en busca de oxígeno fresco.

Sé que tiene razón, así que me alejo de mala gana del agua y me agacho para juntar mis zapatos y la mochila que vuelvo a cargarme al hombro, siendo consciente de como el frío empieza a subir por culpa de la oscuridad que aflora sobre nosotros — Dudo que pregunten demasiado al menos que vean esto — levanto apenas la muñeca que tengo cubierta por el abrigo, dando a entender que estoy hablando de la M de muggle — Aunque tienes razón, es mejor prevenir que curar. ¿Tienes miedo de los chismes de las señoras? ¿No llevas a muchos tipos a tu casa? — es una broma inocente, pero estoy tan acostumbrado a gente como Ava que pronto aprieto el paso para apurarme y salirme del rango de un posible golpe.

El camino a la casa de Arianne se me hace corto a pesar de que posiblemente no lo sea; llevo los zapatos en la mano hasta que la arena abandona mis pies y vuelvo a calzarme en medio del paseo, pero el resto me permito a seguir observando las casas que comienzan a encender las luces. Quizá en su momento el distrito cuatro me parecía pequeño, pero luego de años de vivir en el catorce me es imposible no verlo como una enorme magnificencia. Las casas firmes, los jardines bien cuidados, el barullo de lo que todos conocemos como una ciudad viva. Quizá me quedo callado más de lo normal hasta que, por fin, ella se detiene frente a una casa cuyo caminito hace que me fije en las ventanas cerradas, levantando la vista hacia el piso de arriba — ¿Todo esto para ti sola? Hasta hace poco compartía una cabaña minúscula con cuatro personas más y Gigi — y eso que solo contaba con un living-cocina, un intento de mini baño y el dormitorio, separado por un marco que no tiene puerta así que cuenta con una cortina. Para cualquiera no sería mucho, pero para mí es genial.

Apenas estamos dentro, soy el primero que toquetea la pared hasta que siento el botón y al presionar escucho un “click” que me planta una sonrisa idiota que se transforma en un gesto de disculpa al mirarla — Hace años no me doy el gusto de disfrutar de la electricidad, déjame — advierto con gracia. Ya dentro de la casa, todo parece demasiado… bueno, demasiado. Me quedo quieto en la sala, paseando mis ojos por muebles que deseo tocar, aunque por alguna razón siento que si lo hago voy a terminar ensuciando algo. Al final, dejo la mochila con sumo cuidado en un rincón y doy unos pocos pasos, meticuloso para con el ambiente — Es lindo. Incluso más lindo que por el espejo — confieso, levantando los ojos hacia la escalera. Para contenerme, meto las manos en los bolsillos de mi abrigo, girando el rostro hacia ella — ¿Quieres qué…? Bueno… ¿Me lavo las manos? — no es que sea precisamente una mugre, pero he estado tocando la arena y he viajado por el bosque esta misma mañana, además de que nuestras duchas en el catorce son básicamente en las grutas y en invierno no son algo de todos los días si no quieres congelarte en el camino de nieve demasiado seguido — Es tu casa, así que haré lo que digas.
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Mensaje por Arianne L. Brawn el Dom Mar 25, 2018 8:54 pm

Acercó las manos hasta la arena, tomando un pequeña cantidad de ésta y apretándola con fuerza antes de aflojarla y dejar que la dorada y fría arena se escurriera entre sus dedos, amontonándose hasta formar una disimulada montaña que captó su atención, obligándola sonreír y a repetir el procedimiento una vez más, centrando entonces su atención en la caída de ésta y en las cosquillas que le provocaba. Alzó la mirada, dejando que su azul mirar lo recorriera, aprovechando que él prefería enfocar sus ojos en cualquier otro lugar, y parpadeando con completa tranquilidad. —Quizás si has hecho cosas malas en los últimos años— comenzó a hablar —, puede que incluso antes de que todo esto pasara ya hubieras hecho algunas—. Prensó los labios. Nunca fueron la mejor definición de amigos, la mejor palabra para ellos habría sido conocidos. —Cuando nos convierten en criminales por algo tan injusto como nuestra sangre o por nuestros padres… intentas sobrevivir— mordió ligeramente su labio inferior, acariciando la arena, haciendo pequeños círculos que luego rodeaba por otros más grandes y así sucesivamente. —No somos la analogía perfecta, pero hay demasiadas similitudes que hacen que no pueda culparte— se encogió de hombros, esbozando una pequeña sonrisa culpable.

Rodó los ojos, terminando de quitarse la arena que había quedado adherida a su ropa y mirando con aire distraído el mar. Dejó que sus manos quedaran dentro de los bolsillos de su abrigo cuando guardó la caracola, balanceándose ligeramente hacia un lado cuando, sorpresivamente, la empujó con suavidad y provocó que su corazón se acelerara durante unos segundos en los que su mente quedó en blanco. Meneó la cabeza, alejándose apenas un paso, carraspeando pero intentando sonreír con cierta incomodidad. —Vaya, creo que te estoy mal acostumbrando— le regañó a su notable y divertido egocentrismo; no era la primera vez que lo presenciaba, ya que siempre le gustaba dejar caer comentarios como aquel durante sus charlas, y por aquella razón le salía con facilidad un regaño como el pronunciado. Esperó en silencio a que terminara de recoger sus cosas, dando una última mirada al ya oscuro océano y solo alejando la mirada de éste cuando la enfocó en dirección a la M de su muñeca. —Vamos— pidió, no queriendo seguir mirando aquella señal. Realmente le molestaba verla, fuera en la persona que fuera, pero aún más cuando se trataba de alguien de quien se preocupaba. Caminó en silencio, solo mirándolo de soslayo ante su intento de broma. —Pensaba que ya te había dicho que no me interesan las personas, y en ese rango de personas entran los ‘tipos’— hizo comillas con sus dedos, rodando los ojos con despreocupación antes de volver a centrar su atención en el trayecto que aún quedaba para llegar a casa. Nunca se sentía del todo segura cuando iba por la calle, mucho menos en las circunstancias en las que se encontraba.

Su mente estaba en demasiadas cosas como para prestarle la debida atención a su compañía que, cuando lo observó por última vez, no hacía más que recorrer todo su alrededor con la mirada, como si quisiera guardar una enorme panorámica de todo el distrito en su memoria. No podía negar que le apenaba. Ella podía hacer lo que quisiera pero no hacía absolutamente nada, él parecía querer hacerlo todo pero no podía. Simplemente el mundo ya no era algo que le interesara. En su momento luchó por seguir en el mundo, por vivir en el durante más tiempo, pero después éste le había dado tantos golpes bajos que pensaba que no merecía la pena luchar más. Suspiró, deteniendo su caminar frente a su vivienda, pero antes de avanzar hacia esta se percató de la casa que había frente a la propia. Las luces de la entrada estaban encendidas por lo que Marco estaría en casa, solo esperaba que no hiciera una de sus inesperadas visitas. Cuando se hubo percatado de ellos caminó en dirección a la casa, abriendo la puerta pero no teniendo tiempo de encender las luces antes de un ansioso Benedict que buscó los interruptores como si le fuera la vida en ello.

Dejó a un lado el abrigo, observándolo con curiosidad, permitiéndose esbozar una sonrisa divertida en sus labios ante las reacciones y expresiones que se dejaban ver en el rostro de su compañía. —Puedes tocar lo que quieras— ofreció encogiéndose de hombros al verlo parado e indeciso en su lugar. —Primero iremos arriba, quiero enseñarte la habitación que usarás y… bueno, tengo algo de ropa de hombre por si quieres bañarte y ponerte cómodo— continuó hablando a la par que sacaba la varita del abrigo y luego colgaba éste en el perchero. Hizo un gesto con la mano, subiendo escaleras arriba. Pasando frente a dos puertas cerradas y abriendo una tercera. —He intentado quitar todo el polvo acumulado. Hace demasiados años que cerré esta habitación— explicó entrando e inspeccionando que no se hubiera dejado nada fuera de su lugar. Casi era como regresar atrás en el tiempo. Nunca había pasado demasiado tiempo allí, pero recordaba con demasiada facilidad a la persona que la había ocupado durante el tiempo que vivió con ella. Carraspeó, girándose hacia él y señalando la puerta al otro lado del pasillo. —Aquello es el baño, y ahí está la ropa— señaló el amplio armario de color blanco.
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Mensaje por Benedict D. Franco el Dom Mar 25, 2018 9:33 pm

Si ella supiera las cosas que he hecho… lo dejo ser, porque no es momento de declaraciones amargas, aunque agradezco su intento de consuelo. También me ahorro el decirle que parecía que su vida era demasiado solitaria como para entender cómo lo soportaba. No estoy aquí para juzgarla del mismo modo que ella parece perdonarme mis defectos, así que por hoy, simplemente vamos a ser Arianne y Benedict sin preguntas ni cuestionarios incómodos. La dejo hacer de guía, quizá demasiado cansado como para molestarme en nimiedades que no deberían interesarme a pesar de que, por momentos, la observo de reojo para chequear su rostro e intentar adivinar algo de lo que pasa por su cabeza, lo que sea.

¿Lo que yo quiera? Ese permitido hace que gire la cabeza en dirección a la escalera y apoyo allí mis manos, asintiendo a sus indicaciones — ¿De hombre tamaño estándar? — bromeo. Quizá cuando nos conocíamos yo tenía una altura un poco más fácil de meter en cualquier prenda, pero supongo que ella ya ha pensado en ese detalle porque tonta no es. Vuelvo a agarrar mi mochila y la sigo, dándome el gusto de observar el camino hacia el piso superior y asomar mi cabeza por el pasillo en primer lugar como si tuviese miedo de que se fuera abajo, pero obviamente es mucho más moderno y estable que las casas del catorce. Al final llegamos a “mi” dormitorio, al cual entro echando un primer vistazo a la cama, que parece cómoda — Es mucho más de lo que esperaba, gracias — admito; hasta había pensado que terminaría en el sofá, lo cual no me molestaba en lo absoluto.

Apoyo la mochila en una silla del rincón y me acerco al armario para abrirlo, encontrándome con algunas prendas masculinas cuya calidad parece mantenerse superior a la mía, lo cual me hace acariciar la tela de algodón ante su pulcritud — ¿Por qué tienes…? Ya, no importa — me ahorro rápidamente el hacer preguntas sobre el anterior dueño de estas ropas y tomo una remera y un pantalón que parece ser lo suficientemente cómodo para estar entre casa, echándolos sobre la cama; sí, creo que el sujeto era alto, así que servirá. Por inercia me quito el abrigo y lo lanzo sobre el colchón, pero con un amago me detengo antes de proceder a quitarme el resto de la ropa cuando recuerdo tres cosas: no estoy solo, la persona que me acompaña es Arianne y dudo mucho que ella quiera ver exactamente este espectáculo. La miro con una sonrisa de disculpa por mi costumbre y apilo la ropa limpia contra uno de mis brazos — Creo que servirá. Estaré listo en cinco minutos.

El baño es tan blanco que por un momento me deja ciego y tengo que decirlo, es la mejor ducha que he tenido en más de diez años, así que esos cinco minutos se extienden por mucho tiempo más del debido. Primero, porque la sensación del agua caliente y corriente dándome en la espalda se siente increíble, segundo porque quitarme la mugre en detalle es un lujo que no me puedo perder y tercero, porque vamos, es una jodida ducha con agua corriente. El haberme afeitado esta mañana hace que, cuando termine, parezca más una persona decente de lo que he parecido en toda mi vida adulta, incluso con un apestoso olor a shampoo y jabón. Para cuando bajo las escaleras, buscando a Arianne, estoy vestido, limpio y extrañamente relajado, como no lo he estado hace siglos.

Aprovecho a correr un poco la cortina para espiar al exterior, todavía tratando de procesar todo lo que ha pasado el día de hoy. Sin embargo, intento no detenerme mucho en ello para volver a cerrarla y entrar a la cocina, donde me encuentro a la dueña de la casa, frente a quien extiendo los brazos para que pueda echar un vistazo — ¿Y bien? — pregunto sonriendo a medias — Un poco más decente… ¿No? — me rasco la nuca, que todavía siento ligeramente húmeda por el pelo mojado y me apoyo en la mesada, observándola detenidamente; por alguna razón, cuando noto que lo estoy haciendo desvío la mirada hacia otro lado — ¿Pensaste qué deseas comer?
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Mensaje por Arianne L. Brawn el Lun Mar 26, 2018 3:26 pm

Había pasado demasiado tiempo desde que alguien fuera de su ámbito personal entraba en casa; no le gustaba tener que tratar con los demás, se sentía incómoda en la mayor parte de las situaciones que se desencadenaban cuando tenía que estar cerca de alguien, por lo que eran pocos los que pisaban su casa y mínimas la invitaciones que ella misma realizaba. Claro que había excepciones tales como su madre o Marco que iban allí cuando les parecía bien, o quizás Jasper que intentaba avisarla de antemano pero, en ocasiones, se presentaba frente a su puerta sin venir realmente a cuento. La relación entre ambos se había estrechado como para no molestarse cuando aquello ocurría.

Apoyó la espalda contra la pared, recorriendo con la mirada la habitación en la que se encontraban. —¿Dónde esperabas dormir?— preguntó ante que aquello fuera ‘mucho más de lo que esperaba’, arqueando ambas cejas para luego dejar ir todo el aire que aún quedaba en sus pulmones. Carraspeó, observándolo apenas unos segundos hasta que abrió el armario y prefirió enfocar su mirada en la ventana. Ni se quiera se le había ocurrido subir las persianas de la habitación o dejar las ventanas abiertas durante el día para que el aire se renovara, simplemente la limpió lo más rápido posible y desapareció de allí volviendo a cerrar la puerta tras de sí. Se encogió de hombros. No le molestaba decirle a quien pertenecían, ya que había pasado demasiado tiempo de aquello y solo era un buen recuerdo en su mente, pero tampoco encontraba la verdadera importancia a mencionar el antiguo propietario. —Esperaré abaj— comenzó a hablar, viéndose interrumpida por la súbita reacción de Benedict, que provocó que sus palabras se cortaran y se separara de la pared automática para encaminarse en dirección a la puerta. —Perfecto, genial, de acuerdo— repitió antes de salir más rápido de lo esperado de la habitación y entrar en la propia con cierta urgencia.

Suspiró, desordenando su rizado cabello con ambas manos en un gesto de desesperación del todo olvidado en ella. —Moony, ¿puedes creerlo?— preguntó en voz alta, caminando hasta la jaula donde se encontraba encerrada el ave. Había transportado la jaula hasta su propia habitación durante los días en los que él estuviera allí sino tendría que estar constantemente suelto para evitar sus incesantes gritos, al menos allí estaría en silencio al no ver a nadie. Abrió la puerta, acariciando la cabeza del animal antes de tomar algo de ropa más cómoda y cambiarse en apenas un abrir y cerrar de ojos.

—¿Qué debería hacer de cenar?— cuestionó pensativa, dejando que sus ojos examinaran todas y cada una de las lejas de la despensa, las repisas del refrigerador y las alacenas. Extrañamente era algo en lo que no había pensado, y la molestaba. Le gustaba tener las cosas bajo control cuando estaba sola, mucho más cuando estaba con alguien, para así poder evitar imprevistos. Pocas cosas dejaba al azar o la fortuna. —Quizás…— comenzó a decir, colocando después la mano contra su rostro con frustración. —Entiendo que estés acostumbrada a decir las cosas en voz alta cuando estás sola, pero ahora no es así— se regañó a sí misma, exteriorizando las palabras e inclinándose en dirección a las escaleras para no verse sorprendida en sus momentos de mal hábito. Sacó la varita, realizando un movimiento que cerró cuidadosamente todas las puertas de los armarios que antes había abierto para su inspección previa. Volvió la mirada hacia la entrada, parpadeando un par de veces y luego riendo después de haberlo recorrido con la mirada en apenas un segundo. —Pensaba que tu color de piel había subido un par de tonos, pero veo que no era el caso— se permitió bromear, esbozando una relajada sonrisa ahora que estaba en la seguridad de su vivienda.

Arrastró una silla, sentándose con la espalda recta y volviendo a centrar su atención en los armarios. Habían muchas opciones, había incluso ido a comprar todos los alimentos que cruzaron su mente, y que probablemente se desperdiciarían ya que no comía nunca en casa, para tener un amplio abanico de opciones. —Te ofreciste a cocinar así que lo dejo en tus manos— dijo, ofreciéndole carta blanca a que hiciera lo que prefiriera. —Creo que tengo de todo, compré tanta comida que… te puedes llevar contigo lo que quieras cuando te vayas— aseguró. No era una mala idea, allí se desaprovecharía de todos modos. Cruzó los brazos bajo el pecho, mirándolo con una pequeña y amigable sonrisa que, en los últimos tiempos, se podían contar con los dedos de una mano las veces que la esbozaba.
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Mensaje por Benedict D. Franco el Lun Mar 26, 2018 10:46 pm

Mis hombros se encogen dos segundos mientras murmuro un “en el sofá…” que espero que ella no tome como ofensa, aunque sí me regaño a mí mismo cuando la veo salir de la habitación tan rápido que me recuerda que en el catorce somos pocos y estamos acostumbrados a desnudarnos para una ducha en las grutas sabiendo que estamos al aire libre, pero las cosas en NeoPanem siguen teniendo un poco más de pudor. No es que vayamos desnudos por la vida, pero a más de uno nos ha pasado el toparnos accidentalmente. Hay cientos de cosas de la vida normal y moderna que se han quedado en el tiempo, para mi desgracia.

Su comentario sobre mi piel me hace reír entre dientes; sé que el invierno no es el caso, pero estar al sol durante el verano siempre ha servido para tomar algo de color, aunque por lo contrario sigo siendo el pálido Ben que he sido toda la vida — Hasta sigo teniendo las pecas y los lunares aunque siempre los confunden con barro — le sigo el chiste, encogiendo los hombros como si estuviese totalmente acostumbrado. Me quedo quieto en mi sitio, observando como ella se sienta y me da total libertad de preparar la comida que se me antoje, lo que en cierto modo me hace sentir un ligero vértigo y alzo las cejas con cierto escepticismo — ¿Lo que yo quiera? — pregunto — Yo… bueno, gracias… — no deseaba sentir que estaba siendo beneficiado con su caridad, pero la parte realista de mí me empuja a aceptar su oferta. En el catorce no podemos darnos el lujo de rechazar comida.

Con un gesto que pide permiso abro la nevera y chusmeo en su interior, analizando las opciones. ¿Carne? Es tonto, pero es común comer eso en casa; luego de una tarde cazando, terminar por cansarte de ella. Lo mismo con el pescado, aunque sea de mis comidas favoritas. Entonces, se me presenta la posibilidad más estúpida y simple de la vida, pero que en casa suele complicarse el cocinarla por el hecho de robarnos harina y utilizarla para otro tipo de comidas — ¿Disfrutas de la pizza? — pregunto, sacando el queso y algunos condimentos para hacer algo bien gordo. ¿Quién no? Aunque hace años no amaso como es debido.

Abriendo despensas y chequeando todo lo que tiene para ofrecer, pronto me encuentro encendiendo el horno y echando algo de harina sobre la mesada, dispuesto a ponerme a hacer la masa — Cuando era niño, ya sabes, esas épocas — le recuerdo, arrugando un poco la nariz ante la picazón que no puedo rascar sin ensuciarme — Papá y yo solíamos amasar pizza todos los sábados, aunque luego se volvió cosa esporádica cada vez que iba de visita cuando vivía en la Isla. Hubo un tiempo donde me ponía un banquito para cocinar — el simple recuerdo me hace negar con la cabeza obviamente divertido, despegándome algo de masa de los dedos, ya que ha empezado a formarse mientras lucho con ella — Ahora cocino de vez en cuando, aunque usamos mucha de la harina que conseguimos para hacer pan, que es más útil. Una buena pizza rellena es algo que no se ve en casa — no sé por qué evito el nombrar el catorce con todas sus letras, pero sé que ella me entiende.

Cuando por fin la mezcla forma una masa perfecta, comienza la parte divertida: el golpearla y amasarla con fuerza para que tome forma. La harina vuela por los aires cada vez que golpea la mesada, aunque poca atención le presto, mucho más concentrado en hablar. Tras unos golpes, consigo dejar que la masa se quede hecha una bola para que repose y se infle, por lo que aprovecho a lavarme los restos de las manos. La salpico amistosamente con los dedos húmedos y me agacho para encender el horno, el cual pronto comienza a calentar la habitación. Al final, sabiendo que debo esperar, me cruzo de brazos y me apoyo en la mesa, observándola — Tengo que admitirlo, Ari. Todo esto es muy extraño — confieso, sonriendo vagamente — No me alcanzarán los días ni las palabras para agradecerte. He deseado regresar hace… bueno, años. Es lindo sentir un poquito de normalidad — aunque sea por un fugaz momento donde puedo darme el lujo de fingir que jamás me he marchado.
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Mensaje por Arianne L. Brawn el Miér Abr 04, 2018 11:31 am

No estaba estresada o nerviosa por tener a alguien ‘fuera de lo normal’ en casa, lo estaba por el mero hecho de tener a alguien en casa. Eran escasas  las personas que alguna vez habían conseguido estar entre aquellas cuatro paredes desde el mismo momento en el que se convirtió en su residencia fija. Ahuecó un par de cojines del comedor y los dejó caer en sus respectivos sitios antes de internarse en la cocina en busca de algo con lo que entretenerse y alejar los escurridizos pensamientos que penetraban en su mente y la molestaban.

Agradeció volver a tener su compañía cuando terminó de ducharse y con la ropa nueva él mismo fue el que indicó que volvía a parecer una persona. Ahogó una risa, no añadiendo comentario alguno puesto que con su expresión quedaba más que claro que estaba en lo correcto. Se acomodó sobre la silla, cruzando las piernas y apoyando ambas manos sobre las rodillas, a la espera de que escogiera lo que prefiriera hacer. ¿Era descortés pedir que los invitados hicieran la cena? A fin de cuentas él se había ofrecido antes y de aquel modo tendría una mejor vista. Arrugó la nariz contrariada, meneando la cabeza hacia ambos lados, en busca de disipar aquel extraño pensamiento. —Lo que más te apetezca…  sepas hacer—  habló después de unos segundos de silencio que ya le habían dado tiempo para internarse en la cocina y buscar algunos ingredientes. Inclinó la cabeza, siguiendo cada uno de sus movimientos, intentando descifrar cuál sería su elección antes de que la anunciara, pero no siendo lo suficientemente rápida en su intento.

—¿Pizza?— preguntó en voz alta más para sí misma que para que él la escuchara. —Creo que no he comido pizza desde hace… ¿quizás tres o cuatro años?— acabó por agregar sin preocupación sobre ello. —Y casera no he comido desde hace mucho más tiempo— volvió a hablar con sinceridad. No la había comido porque no le gustara, simplemente casi siempre comí fuera en algún restaurante y un lugar donde sirvieran aquella comida no se encontraba entre sus opciones prácticamente nunca. —Vas a tener muy fácil impresionarme— sonrió descruzando las piernas e inclinándose al frente para apoyar los codos sobre la pequeña isla que había en el centro de la cocina.

Lo observó en silencio, escuchando todas y cada una de sus palabras, el tono que usaba cuando las pronunciaba  y las expresiones que dejaba entrever, y ella podía percibir desde el lugar en el que se encontraba. —Son bonitos recuerdos— habló al cabo de unos instantes, retirando la mirada hacia otro lugar. Ella no tenía aquel tipo de recuerdos, quizás si los había tenido y habían sido importantes para ella, la ayudaron en los momento que pensó que no podía más, pero ahora solo se antojaban como mentiras que le repugnaban y dolían más de lo que la mente humana podría imaginar. Aun así intentó esbozar una pequeña sonrisa, asintiendo en la cabeza, comprendiéndolo. Prioridades. Se retiró hacia atrás, temiendo acabar completamente llena de harina o quizás siendo golpeada accidentalmente por el brío con el que trataba la masa. Entrecerró los ojos, juzgándolo con la mirada cuando la salpicó, rodando los ojos seguidamente.

Acomodó su coleta alta, encogiéndose hombros con despreocupación. Puede que otros, en la misma situación, hubieran estado tan preocupados que no pudieran disfrutar del momento, pero a ella le eran indiferentes demasiadas cosas, se podría decir que su seguridad no era del todo una prioridad. —Siempre acabas agradeciéndome algo— se rió con diversión, estirando los brazos hacia arriba en busca de despertar sus adormecidas extremidades, —En ese caso yo también te agradezco este poquito de normalidad, algo de interacción humana fuera de lo estrictamente necesario— concedió, levantándose de la silla  y encaminándose hacia el frigorífico de donde sacó dos bebidas. Lo cierto era que se sentía tranquila, la protección de las paredes de su vivienda conseguía que el nerviosismo que la atenazaba cuando se encontraban en el exterior se hubiera disipado hasta, prácticamente, desaparecer sin dejar rastro tras de éste.

—No puedo contener mi curiosidad por más tiempo— reconoció abriendo su bebida y bebiendo apenas un sorbo antes de dejarla sobre la mesa y examinarlo con la mirada. —¿Cómo es vivir así?— preguntó sin rodeo alguno. Realmente tenía curiosidad por saber como era vivir con una inseguridad como aquella, hacer, o al menos intentar, tener un vida normal, actuar como si todo estuviera bien, cuando tenían a medio país en busca de la ubicación concreta del distrito catorce, y a una presidenta que distaba mucho de querer dejar de buscarlos. —Es decir, dijiste que habían... niños, ¿no? ¿Cómo se le explica a un niño la situación? Porque está claro que es mucho más fácil explicárselo a un niño que tiene sangre mágica y está a salvo de todo que a los que no la tienen.— intentó explicarse. No buscaba información en detalle, pero si saciar su curiosidad.
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