The Mighty Fall
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Tras años de represión y batallas libradas, hoy son los magos los que caminan en las calles más pulcras del Capitolio. Bajo un régimen que condena a los muggles y a los traidores a la persecución, una nueva era se agita a la vuelta de la esquina. La igualdad es un mito, los gritos de justicia se ven asfixiados. Existen aquellos que quieren dar vuelta el tablero, otros que buscan sembrar la paz entre razas y magos dispuestos a lo que sea para conservar el poder que por mucho tiempo se les ha negado. La guerra ha llegado a cada uno de los distritos. ¿Qué ficha moverás?
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Samuel J. Hammond
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Saying goodbye is death by a thousand cuts
09/08/2471 Planta 13 PRIVADO


Estaba un poco desanimado. Sí, había sido capaz de usar la lanza sin sacarse un ojo y consideraba eso todo un mérito, pero tenía bien en claro que no destacaba en nada y aún no encontraba muy bien la clase de enfoque que deseaba mostrar no solo frente a los Vigilantes, sino también delante de todo el país.

Claro que no tenía intenciones de pensar en eso durante al menos unas horas. Paige y Samuel habían tenido la idea más ridícula del planeta durante la hora del almuerzo y pensaban llevarla a cabo en cuanto todos se fueran a dormir. Bueno, en realidad había sido idea de Sam y no estaba seguro de que Paige quisiera hacerlo, pero la había convencido con su clásica simpatía. Bah, solo le dijo que quería embriagarse al menos una vez en su vida si iban a morir y eso pareció funcionar.

La planta del distrito trece tenía un mini bar. Sam suponía que era cosa común en todas las plantas, pero a él solo le importaba el suyo. Una sola vez había probado un poco de cerveza y no le había gustado, así que tampoco tenía mucha idea de lo que iba a buscar. Le bastaba con que no le queme la garganta y perder la consciencia por al menos un rato.

Salió de su dormitorio en puntas de pie. Estaba descalzo, de modo que no haría ruido de ninguna forma. El pijama del Capitolio, de color verde musgo, le quedaba un par de tallas grande; Sam tuvo hasta miedo de que la tela tire algún jarrón en su camino por el pasillo, pero no sucedió.

Dio un par de pasos más rápidos en cuanto llegó al salón y encendió una de las lámparas de piso. La luz era tenue. No alcanzó a llegar al mini bar que Paige ya estaba apareciendo como un espectro en la habitación — ¿Sabes? Tienes el cabello de esa chica de la película del terror del pozo. Das un poco de miedo en la penumbra — acotó. Le dio la espalda y bordeó la barra para poder empezar a hurgar entre las botellas — ¿Entiendes algo de estas etiquetas o probamos lo que venga?



Samuel J. Hammond
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Paige M. Dalisay
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Saying goodbye is death by a thousand cuts
09/08/2471 Planta 13 PRIVADO

No sabía por qué había accedido. ¿Lo había hecho, acaso? Ella solo recordaba mirarlo fijamente, sin apenas pestañear y decirle “bueno” antes de encogerse de hombros. No le apetecía especialmente, pero después de pasarse horas y horas entre cuchillos, muñecos de entrenamiento y miles de nombres de plantas y venenos complicados de memorizar, suponía que le vendría bien distraerse.

Y aquello sonaba como una distracción en condiciones. O no lo sabía, porque no lo había hecho nunca, pero era algo de lo que la gente de su edad solía presumir, así que suponía que no estaría tan mal. Por no decir que emborracharse una vez antes de morir sonaba como algo que tenía que hacer todo el mundo, y ella… bueno, iba a morir y había accedido a hacerlo. Solo por probar, por añadir una experiencia más a su corta lista de ellas. Por, aunque sea mentalmente, decirles a todas las de su clase que jamás se habían dignado a invitarla a una fiesta: “os jodéis, me voy a emborrachar y voy a hacerlo sin vosotras.”

Salió de la habitación con los pies descalzos, solo llevando el camisón que le habían cedido: uno hecho con una tela suave y brillante que le llegaba hasta las rodillas. Se acercó en silencio hasta el mini bar, encontrándose con la figura de Samuel iluminada apenas por el conjunto de luz y sombras que creaba la lampara auxiliar. —Ah —se limitó a murmurar ante su comentario al mismo tiempo que, con pereza, se restregaba un ojo con el dorso de la mano—, pues —dijo sin ningún tipo de emoción en la voz, sus ojos ya fijos en la colección de botellas de diferentes colores, formas y alturas que se presentaba antes ellos.

Mmmm. —Se tomó un momento para examinar las etiquetas, buscando algún nombre conocido. Unos les sonaban porque varios grupos los habían mencionado en sus temas, otros estaba segura de no haberlos escuchado en su vida; algo justificable si se tenía en cuenta que la única vez que había bebido fue en su último cumpleaños, cuando su padre se dignó a llenar su copa con dos centímetros de una bebida burbujeante. Apenas pudo saborearla—. No sé, me gusta el color de esta, de esta y de esta. Coge tú las que quieras —le dijo, y luego trató llevar las tres botellas que había seleccionado entre los brazos mientras se acercaba a la mesa de cristal que había en el centro del salón.

Trató de no hacer ruido cuando apoyó, una a una, todas las botellas sobre la superficie de cristal. Cuando terminó bufó y, como Samuel había tenido la genial idea de decirle que con el pelo suelto parecía la chica del pozo, inclinó la cabeza hacia delante, dejando que todo su cabello cayera sobre su rostro; aprovechó que tenía una goma en la muñeca para hacerse una coleta alta que hizo un arco en el aire cuando volvió a incorporarse. —¿Quieres que bebamos aquí o en otro sitio? —La idea había sido de él, quizás hasta hubiera planificado algo.

Había un sofá frente a la mesa y, aun así, Paige se dejó caer en el suelo. Alargó una mano, tomando una botella cualquiera y quitándole el tapón. Ni siquiera se preocupó por olerla antes de acercársela a los labios y darle un trago corto y rápido; nada más tragar, una mueca conquistó su rostro de inmediato, justo al mismo tiempo que el licor pasaba por su garganta. —¿No sería mejor mezclarlo con algún refresco? Es lo que he visto que hacen en las películas. ¿No hay magic cola? —Dejó esa botella en la mesa y volvió a estirar el brazo para tomar otra distinta. Repitió el proceso, probando también cómo sabía esa bebida; le pareció más dulce, pero tampoco algo maravilloso. Dio otro trago pequeñito antes de apoyarla ente sus piernas cruzadas—. Pues ya estamos bebiendo. ¿Ahora qué?


Paige M. Dalisay
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Samuel J. Hammond
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09/08/2471 Planta 13 PRIVADO


La sonrisa de Samuel duró un instante. Encontró un mayor entretenimiento en ver cómo Paige escogía unas cuantas botellas y él, como no tenía idea de qué era nada de lo que había ahí, decidió que eran una buena opción. Claro que ella le pidió que haga lo mismo y no tuvo mejor idea que buscar en los estantes más altos. No reconocía mucho, pero sí ubicó el whiskey de fuego, el brandy y el hidromiel. Eran bebidas clásicas entre los magos, así que supuso que debían de tener algo especial para ser tan populares. Las colocó entre sus brazos con mucho cuidado de no lanzar nada al suelo.

Fue cuidadoso al colocar las botellas en la mesa; lo último que quería era a Joan en medio de su pequeña travesura. ¡Por una vez que se mostraba rebelde en algún aspecto de su vida! — Aquí está bien… — no terminó de hablar que ella ya estaba acomodándose en el suelo. Dudó, pero acabó imitando a Paige y se sentó en el suelo. Apoyó la espalda contra el sofá y se hizo con el hidromiel, que se le hacía el más ligero para comenzar.

La duda de la muchacha hizo que se encoja de hombros. Destapó la botella y dio un trago rápido. La nariz se le crispó y sacudió la cabeza a modo de desaprobación. La volvió a tapar, la apoyó en la mesa y agarró el brandy — No lo sé. No podemos poner música porque se despertarían todos — ¿Qué se suponía que hacían los chicos en las fiestas con alcohol? Sam había ido a pocas reuniones desde el comienzo de su adolescencia, pero todas eran desde antes de la verdadera adolescencia. Esas tonterías de clase donde los chicos llevaban la bebida, las chicas los snacks y a todos los buscaban sus padres antes de las diez.

Por extraño que sea, el brandy le gustó un poco más. Clavó los pies en la alfombra, se hundió un poco y apoyó la cabeza contra el sillón — ¿Qué es lo que siempre quisiste hacer y no pudiste? — Supuso que si no podían hacer nada más creativo, podía empezar con el sincericidio — No te rías, pero hubo una época donde pensé en invitar a Calliope Hargreeves a una cita. Luego empezó a salir con Dickens y se me fueron las ganas — la manera que tuvo de hacer una mueca dejó en claro que él mismo pensó que era una tontería. Levantó una mano para cubrirse de cualquier insulto —. Parecía agradable, eso es todo. ¿Quieres probar? — Le pasó la botella, haciendo un gesto para que ella haga el intercambio.

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Paige M. Dalisay
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No poder poner música era un asco, no solo porque esta podría usarse para llenar los silencios incómodos que se pudieran producir, sino porque ella vivía por y para escucharla; servía para tranquilizarla, para hacer que se sintiera cómoda incluso en situaciones extrañas y desconcertante como aquella. Porque, honestamente, ¿no era eso un poco raro? Como si estuvieran haciendo un intento desesperado de hacer algo que se saliera de sus rutinas antes de que acabar muertos. Agitó la cabeza, rezando para que con aquel movimiento se evaporaran sus pensamientos más deprimentes. La coleta rebotó de un lado a otro, las puntas de esta haciéndole cosquillas en la espalda. —Pues bueno, sin música.

Por ejemplo, la música le hubiera ayudado a tener algo más en lo que pensar cuando Samuel hizo una pregunta típica de un momento tan deprimente como ese y, acto seguido, se precipitó a contestarla él mismo con la estupidez con más sentido que había escuchado en su vida. —Ugh. Pues claro que querías invitar a Hargreeves a una cita —rodó los ojos, alzó las manos hacia arriba y luego dejó que su cabeza cayera hacia atrás, apoyándola contra el sofá. Lo miró de reojo desde ahí, observando cómo la botella que había en su regazo se tambaleaba—. Ni siquiera sé por qué asumí que te gustaría Madeline Longbridge, si Hargreeves te pega muchísimo más. Los dos parecéis sacados de una serie cutre de Wizzney Channel —rebuznó y se llevó el pico de la botella a los labios—. Hablé unas cuantas veces con ella antes de que se juntara con Dickens y todo su grupito de simples. Qué poca personalidad, qué influenciable. Me parece una idiota, y Dickens y Wilde también. Por no hablar de Montgomery. —Hablar de esas personas siempre hacía que le hirviera la sangre, por lo que había acabado cogiendo carrerilla. Paró para respirar y para dar otro trago minúsculo—. Además, tuve la mala suerte de estar en la cafetería las dos veces que montaron un show delante de todo el mundo. ¡Las dos! Qué patéticos, realmente se creen los protagonistas de una película de instituto. Que se vayan a gritar, a llorar y a pegarse a sus casas. ¿Te enteraste de lo que pasó? —Ella sí; porque, pese a lo mucho que los estaba criticando en ese momento y que de verdad los considerara unos imbéciles, había tomado notas sobre lo sucedido con el filtro de amor para uno de sus fanfics—. Calliope Hargreeves. Qué previsible. —Y volvió a bufar, mientras asentía y alargaba la mano para tomar la botella que él le estaba ofreciendo para intercambiarla por la suya de ron.

Se tomó unos segundos para pensar su respuesta y sintió algo de vergüenza cuando las palabras salieron de sus labios: —Me hubiera gustado salir de fiesta hasta la madrugada, besar a desconocidos y no acordarme de nada al día siguiente. Hay miles de canciones que hablan sobre ese tipo de experiencias, siempre he querido llegar a la mayoría de edad para poder hacerlo. —Probó el brandy, tosió cuando lo tragó y trató de disimular volviendo a separar la cabeza del sofá. Se giró para mirarlo—. Me da rabia no poder llegar a cumplir diecisiete, pero también muchas cosas más. Quería ver cómo era Ilvermorny, tenía esperanzas de encontrar un grupo de amigos ahí. —Así que bebió cuatro traguitos por todo eso: por los dos cumpleaños que no iba a poder celebrar, por la escuela a la que jamás entraría y los amigos a los que nunca llegaría a tener la oportunidad de conocer.

Mientras se relamía los labios, se volvió en su dirección. —¿Y tú? ¿No había nada que tuvieras esperanzas de que sucediera cuando empezara el nuevo curso? —preguntó, enarcando las cejas inmediatamente. Ahí iba la segunda pregunta deprimente de la noche—. Espero que no digas algo cursi como que esperabas besar a Calliope Hargreeves. Por favor.

Paige M. Dalisay
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Samuel J. Hammond
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La verdad es que esperaba que Paige dijera algo así. Cuanto más la conocía, más predecible le resultaba y eso le hacía algo de gracia. — No soy nadie sacado de una serie de Wizzney Channel — se quejó con una vaga media sonrisa que no pudo contener. Samuel no tenía nada en contra de esas personas. Tampoco comprendía cómo era que Laurence Dickens podía ser considerado un idiota si era uno de los sabelotodos de la clase, aunque supuso que quizá participar del Quidditch como lo hacía le robaba algunas neuronas. Asumió que a Paige no le agradaban solo porque eran populares. Negó con la cabeza, porque salvo por los gritos en la cafetería no le había prestado atención al drama. Tampoco le interesaba, no era su área — ¿Por qué te molesta? Siempre fue agradable conmigo — se encogió de hombros. Paige debía dejar de bufar por todo o se iba a morir de un infarto antes de la arena.

Le sorprendió un poco la respuesta. No porque no fuera algo comprensible, sino porque sonaba demasiado simple para ser algo que Paige dijera en voz alta. — ¿No tienes ningún amigo? — Sabía que ambos iban a su bola, pero no creyó que estuviera por completo sola. Él, por ejemplo, tenía a Ted. Era un muchacho flacucho de lentes enormes que se sentaba a su lado todos los días y con quien construía bloques de lego mágicos los fines de semana. En verdad le agradaba Ted, incluso cuando muchos se olvidaban que existía porque carecía de dotes populares. Sam lo prefería por encima de cualquier equipo de Quidditch —. Podemos tomarnos todo el mini bar. Ya luego puedes ir a buscar a alguno de los otros tributos para besuquearte hasta que salga el sol. Estoy seguro que nadie va a decirte que no — movió las cejas hacia arriba con algo de gracia —. Es decir… de seguro no eres la única que piensa algo así. Todos van a querer una última experiencia antes de morir — en especial si consideraban que eran un grupo de adolescentes encerrados en un edificio.

Bebió un poco de la botella que Paige había escogido. No estaba mal, pero algo en su estómago se sacudió. No supo si fue por la mezcla de alcohol o por la incomodidad de la pregunta — No. No lo sé. Me hacía ilusión cambiar de ambiente, pero no pensé en nada específico — no estaba mintiendo. Se había hecho muchas preguntas sobre Ilvermorny, pero nada muy personal —. Y yo nunca… — dejó salir un suspiro algo resignado —nunca he besado a nadie, así que esperaba hacerlo en alguna oportunidad en el futuro. Tampoco es algo que me quite el sueño. Creo que mi mayor cuenta pendiente será saber cómo se siente dejar la escuela y a todos los idiotas atrás. Aunque una fiesta tampoco es un mal deseo.

Bebió un poco más. Clavó los pies en el suelo y se frotó uno de los ojos con el dorso de la mano — ¿Cuánto tiempo crees que tarde en hacer efecto el alcohol? — Consultó — Me gustaría estar vomitando antes de las cuatro.


Samuel J. Hammond
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Paige M. Dalisay
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La única respuesta que Samuel obtuvo fue un encogimiento de hombros. No estaba siempre sola y, en algunos momentos específicos, sí que había llegado a juntarse con algunas personas con las que, de haber continuado hablando, podría haber llegado a forjar una relación. El problema con Paige era que le costaba volver, también mantener vínculos constantes con los demás: podía hablar un día con ellos, pero al siguiente ni siquiera mirarlos.

Alzó las cejas ante su idea, preguntándose si realmente no había entendido nada: la gracia estaba en besar a personas de las que nunca ibas a volver a saber, a las que podías olvidar en cuanto cerraras los ojos y el sol saliera. —Los otros tributos no son desconocidos, son personas que en unos cuantos días van a querer clavarme una flecha en el ojo. —Y a él también, posiblemente. Sonó demasiado brusca y fue consciente de ello, así que se concentró en beber unos cuantos tragos antes de volver a mirarlo.

Su mano se mantuvo firme, envolviendo el cuello de la botella, esa que a cada rato levantaba para llevársela a los labios. Escuchó mientras atendía, levantando rápidamente la mirada cuando dijo que no había besado a nadie solo para, inmediatamente después, volver a clavar sus ojos en el suelo. Al menos, coincidía con lo último: lo de dejar a todos los idiotas atrás. Lo confirmó asintiendo lentamente. —Yo sí que he tenido mi primer beso, pero fue un asco. —Se relamió los labios y miró de un lado a otro, no muy segura de dónde concentrar su atención. Los dedos se aflojaron en el cuello de la botella y tamborilearon sobre el cristal—. Fui al garaje de mi vecino a ensayar y había unos amigos suyos. Estaban fumando y bebiendo, así que me quedé un rato —empezó, bebiendo un trago cada vez que hacía una pausa. E hizo muchas, no muy segura de por qué le estaba contando aquello—. El caso es que uno se abalanzó, literalmente, encima de mí. Le di una patada para apartarlo, pero aún así hubo roce. Aunque no sé si un beso se pude considerar como beso si dura menos de diez segundos. —En realidad, ojalá hubiera tenido otra experiencia para ignorar esa por completo.

Algo en la conversación había hecho que, de repente, se sintiera más tensa. Lo notaba en su cabeza, que parecía dar más vueltas, pero también en los dedos de sus manos. Un cosquilleo, una idea que le hizo apretar los labios. —No lo sé, se supone que hace más afecto si mezclas varios tipos de alcohol y bebes muchos tragos seguidos. —Solo para dejar de pensar, hizo caso a sus propias palabras: soltó la botella sobre el suelo, alargando el brazo para tomar otra cualquiera. El líquido transparente de la ginebra bailó de un lado a otro mientras Paige se volvía a acomodar—. Tienes que dar siete sorbos seguidos sin respirar. —Y eso hizo ella, sintiendo cómo su estómago se quejaba más y más con cada trago.

Dejó la botella sobre el suelo, pasándose el dorso de la mano por los labios. Cada vez sentía la cabeza más pesada, pero no era nada excesivo; de hecho, pensó que era culpa de la coleta, cuyo agarre se había comenzado a deslizar hacia abajo. Quitó la goma, deshaciéndola. —Es bastante triste, en realidad. Si yo consigo ganar e ir a Ilvermorny, tú jamás lograrás dar tu primer beso o acabar el instituto. Y, si tú ganas, yo nunca conseguiré cumplir la mayoría de edad e ir a fiestas. —O también podía suceder otra cosa; la peor opción, la conclusión más triste de la historia: que ninguno ganara, que los dos murieran y no consiguieran hacer nada.

Tardó unos segundos más, los que empleó para beber otros siete sorbos de ginebra, antes de ponerse de rodillas. De nuevo, pensó que era una mierda que no hubiera música; de haberla, seguro que eso hubiera quedado mucho mejor. Si hubiera una canción sonando, una cualquiera, Paige podría haber pensado en eso mientras ponía la mano que no sujetaba la botella contra la nuca de Samuel. Lo acercó a ella, o tal vez fue ella la que se acercó a él y, mientras sus labios se rozaban, pensó en quinientas canciones que le gustaría haber estado escuchando en ese momento.

No duró mucho, menos de diez segundos seguro; y, cuando se separó, juró que sus ojos se abrieron como platos. No se apartó de inmediato, pero, cuando lo hizo, fue veloz al levantarse. El cambio de posición hizo que su cuerpo notara, por fin, la cantidad de alcohol que había ingerido. —Ya sé que no soy Calliope Hargreeves, pero bueno —murmuró, llevándose una mano a la cabeza mientras se lanzaba contra el sofá. Enterró la cabeza en un cojín que se encontraba en la esquina, terminando por girar la cara para apoyar la mejilla contra este—. Lo he hecho solo para que te quedara pendiente una cosa menos, incluso aunque no te fuera la vida en ello. Ahora solo morirás sin haberte graduado. —Tumbada como estaba, se llevó el pico a la botella a los labios. Trató de beber, pero se le derramaron unas gotas sobre el sofá, así que comenzó a rascar la mancha con la uña de su pulgar.

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Samuel J. Hammond
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Por un momento, pensó que lo que Paige estaba contando sonaba a la clásica anécdota de una adolescente. Algo así como la vida social que su madre aspiraba que tuviera cada vez que le repetía que salga más tiempo de casa. Se sintió un poco infantil y se limitó a beber en silencio. No fue hasta que ella terminó la historia que hizo una mueca de desagrado — ¿Cuenta como beso o como abuso? — Fue un comentario que no esperaba que ella responda, estaba seguro de que había marcado su punto.

Sam no tenía mucha cultura alcohólica. Miró a Paige como si estuviera tratando de seguir un examen muy complicado de Pociones. Se ahorró decir que nada de lo que estaban bebiendo se veía como una mezcla apetitosa, en especial porque pronto pensó que daba igual si al final todo iba a terminar revuelto en su estómago. No supo qué estaba agarrando, pero le hizo caso. Cerró los ojos con fuerza, trató de no respirar y dio unos cuantos tragos seguidos.

Se sentía asqueroso.

Hizo un par de muecas con la lengua afuera. Le quemaba la garganta y la cabeza empezaba a sentirse pesada. Lo triste es que creyó que iba a vomitar por el sabor y no por el efecto. — ¿No te lo dijeron? — Intentó hablar con normalidad, incluso cuando su voz sonaba un poco más rasposa — Los juegos no tienen finales felices. Somos un montón de fiambres.

Se dio cuenta de que Paige se estaba arrodillando porque bajó la botella. Tuvo el impulso de preguntarle si se encontraba bien, pero se detuvo en cuanto la notó cerca. Demasiado cerca.

El estómago le dio un vuelco que poco tenía que ver con el alcohol. Sam creyó que estaba conteniendo el aliento. Ni siquiera cerró los ojos, al menos no de inmediato. No pudo evitar preguntarse si lo que estaba pasando era real o producto de la bebida. Paige Dalisay no era la clase de persona que lo besaría. Mejor dicho, él no era la clase de persona que recibía besos.

Pero ahí estaban. En segundos eternos de un fresco y extraño contacto.

No lo diría nunca, pero lo primero que pensó cuando ella se alejó fue que había sido muy corto. Respondió a las palabras con una mueca y se quedó callado. Ni se molestó en mirarla. Giró la cabeza al frente, se recargó mejor contra el sofá y bebió un poco más. Le picaba la boca y estaba seguro de que no era por el alcohol — Claro — dijo de forma repentina —, fue para hacerme un favor. No tiene nada que ver con que te gusto más de lo que dices — Sam no era una persona egocéntrica, pero se le escapó una sonrisa al darse cuenta de que, aunque lo hubiera dicho sin pensar, creía en sus palabras.

Debería estar más nervioso. Si eso hubiera pasado dos semanas atrás, de seguro habría escapado. No supo si fue culpa de la resignación o al factor que se sentía pesado.

Se volteó al escuchar cómo ella rasgaba el sofá. Soltó un bufido — Ahora va a apestar a alcohol y van a castigarnos — ¿Podían hacerlo? No eran sus padres y morirían en unos días, así que ningún reto valía la pena. Apoyó el brazo sobre el sillón y lo usó para recargar su mentón. La miró con detenimiento —. No te ofendas, pero no sé por qué hacen tanto escándalo por los besos. Apenas lo sentí — torció un poco el gesto y, poco a poco, dejó salir una sonrisa —, pero eres mejor que Calliope Hargreeves, si te sirve de algo. Dudo mucho que a ella se le dé tan bien pasar niveles con pocos recursos en el Magic.

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Paige M. Dalisay
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Aún estaba tratando de encontrar una postura cómoda en el sofá que le permitiera apoyar la cabeza, sostener la bebida entre sus manos y beber de vez en cuando. No se había dado cuenta de que, mientras Samuel hablaba, había sacado los labios hacia fuera y, de un minuto a otro, descubrió que también estaba arrugando la nariz. —Es que ha sido para hacerte un favor, si lo hubiera hecho porque me gustaras habría sido de otra manera. —O no lo sabía, en realidad. Lo cierto era que, en ese momento, no solo se le dificultaba formar respuestas completas, sino también pensarlas. Lo único que rondaba por su cabeza en esos instantes fue el tono egocéntrico de Samuel y el hecho de que, en los días que llevaba hablando con él, jamás lo había escuchado decir algo con tanta seguridad. —No me gustas, ha sido solo para quitarte de encima la carga del primer beso. —Rodó los ojos y trató de beber otro trago, sintiendo cómo cada vez se frustraba más y más.

Si es que no entendía por qué lo había hecho. Aunque, para entenderlo, primero tendría que pensar en ello y rememorarlo, algo que no le apetecía lo más mínimo. Su dedo pulgar siguió frotando la mancha, solo consiguiendo difuminar sus bordes y deformarla aún más. —¿Y qué quieres que haga si se me ha caído? —bufó, haciendo uso de un tono amargo. Tampoco era muy difícil que se enteraran de que habían estado bebiendo: solo les haría falta abrir el mini bar y percatarse de que la mitad de las botellas ya no estaban enteras—. Además, ¿qué te hace pensar que todo esto no está lleno de cámaras? Igual nos han estado observando todo el rato. —Aunque ojalá no, porque pasaba de que la vieran haciendo algo tan estúpido como besar a su compañero de distrito. Por si acaso, se incorporó un poco, levantando el brazo y mostrando el dedo del medio. Hizo un giró completo, para que se viera desde todos los ángulos.

Sabía que la estaba mirando, lo que solo conseguía que se pudiera más nerviosa. Le lanzó unos cuantos vistazos de soslayo antes de incorporarse, sentándose en el sofá con las piernas dobladas. —Bueno, Samuel, siento que se te haya hecho corto y que no te haya gustado. Como ya te he dicho, no era mi intención que te gustara, solo que hicieras una cosa más antes de morir. Lo llaman compañerismo. —A esas alturas, ni quería ni podía ocultar la molestia que se reflejaba en tu voz—. Y darte un beso más largo sin saber si tú querías que lo hiciera, hubiera sido acoso. Estaba siendo respetuosa. —¿La estaba atacando? ¿Por qué se sentía atacada? Sujetó con fuerza el cuello de la botella, llevándosela a los labios y dando un trago más largo. Le picó la garganta, creyó que le ardía el estómago—. Bah —murmuró al final, sin razón aparente.

Ni siquiera sonrió ante la mención del Magic, solo lo miró sin ni siquiera pestañear. —Claro que soy mejor que ella, Calliope ni siquiera podría pasarse el tutorial. —Rodó los ojos, bebió otro trago y sostuvo la botella en su regazo—. ¿Alguna pregunta más deprimente que te apetezca hacer? Porque, si no se te ocurre nada, siempre podemos beber en silencio. Me gustaría beber en silencio, de hecho. —Le lanzó una última mirada antes de ponerse de rodillas, girando en el sofá hasta quedarse en la misma posición que antes, pero dándole la espalda por completo. Sacó un cojín que le incomodaba de debajo suyo, lanzándolo hacia delante; mientras observaba cómo caía en medio del salón, volvió a beber.

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No era un peso… — la verdad es que nunca le había dado mucha atención al asunto. No era ciego y miraba a algunas personas que le parecieran atractivas, pero siempre había creído que iba a tener tiempo. Para probar, para equivocarse, para arrepentirse o alegrarse. Sintió un extraño vacío en el pecho al darse cuenta de que nunca tendría nada de eso. Bebió un poco más rápido.

Se encogió de hombros sin mucho interés. Si los estaban vigilando por cámaras no sería nada nuevo. Es decir… ¿No iban a lanzar sus muertes en televisión? No había hecho nada raro durante esos días. Ser alguien tan patético que se embriagaba a medianoche no le parecía una violación a la privacidad si pensaba en eso. Claro, el dedo medio de Paige alzándose en el aire le hizo reír.

No le costó reconocer el fastidio en su voz. Sam movió las cejas hasta que se escondieron debajo de su flequillo. — ¿Por qué estás enfadada? — Se quejó — Yo no te pedí que me beses — ¿Por qué estaban teniendo esa conversación? ¿Era culpa de la bebida? Miró a la botella como si fuera la responsable y, de todos modos, volvió a dar un trago. Fue tan largo que sintió las gotas que se patinaban por la comisura de sus labios. Las limpió con dedos torpes y trató de alejarse cuando ella volvió a acomodarse. Solo se movió un poco hacia el lado opuesto.

Si quieres beber en silencio, no voy a hacerte ninguna pregunta — sonó más irritado de lo que le gustaría. Dejó la botella sobre la mesa y, sin intenciones de seguir bebiendo, se apoyó en el suelo para tratar de levantarse. Fue una pésima idea. El mundo le dio vueltas. Las tripas bailaron la conga y Sam tuvo que estirar los brazos para no caer al piso. Se preguntó si debía verse verde — ¿Sabes? Me fastidia que hagas eso — farfulló —. Me besas, pero luego dices que fue un favor. Me dices que quieres jugar conmigo a la consola, pero después dice que no tenemos que hacerlo porque no te caigo bien. Y aceptas ser mi aliada, pero vives diciendo que soy insoportable. ¿Por qué no te decides? — De seguro era eso sobre lo que hablaban todos cuando decían que las mujeres eran complicadas — No tiene nada de malo tener actitudes positivas hacia los demás, Paige. Vas a morir siendo una... eres... eres una... ¡¡¡una amargada!!!

Estaba claro que era su ebriedad hablando. En verdad esperaba que Paige no pudiera recordar nada al día siguiente.

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Paige M. Dalisay
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No se pudo creer que le estuviera diciendo eso: que él no le había pedido que la besara. Alzó las manos, exasperada, pero sin poder formular palabra. No podía decir que no estaba enfadada, porque lo estaba; del mismo modo que no podía encontrar palabras para justificarse porque ni siquiera era incapaz de identificar los motivos de su enfado. Que él hubiera seguido hablando, tal vez; que, en vez de dejarlo estar, hubiera tenido que decir un montón de tonterías como que apenas lo había sentido. Vaya idiota.

Muchísimas gracias —contestó, sarcástica, cuando ya le había dado la espalda. Clavó la mirada en el frente, en un cuadro abstracto de distintos colores y ahí la mantuvo, mientras no dejaba de dar sorbos pasivo-agresivos a su botella. Si bien había empezado la noche sin apenas notar los efectos del alcohol, cada vez se daba cuenta de lo mucho que la cabeza parecía pesarle y del hecho de que sus pensamientos habían empezado a ir a mil por hora. Dudaba que al día siguiente pudiera acordarse de alguno de ellos, pero mejor para ella.

Solo se giró sobre su hombro cuando él empezó a hablar. —Que haga qué —preguntó, inexpresiva, justo cuando Samuel ya había empezado a expresarse. Volvió a girarse hacia el otro lado mientras escuchaba y las ganas de golpearlo aumentaban. Tuvo que tomar aire y dar unos tragos más. Fue el último insulto que le dedicó el que hizo que se girara con las cejas enarcadas y los labios medio abiertos—. ¡Deja de gritar, que nos van a escuchar! —Solo que ella también estaba gritando. Se levantó entonces, imitándolo, solo para no parecer más pequeña que él en una discusión como esa.

¿Estaban discutiendo? Todo por beber de madrugada. —Para empezar, si yo soy una amargada, tú eres un… ¡un idiota! —No se le ocurría otro insulto mejor, honestamente—. No a todos se nos da genial hablar de nuestras emociones. Como tú que, al parecer, no te importa nada decir que un beso te ha parecido corto, ¡no te he pedido tu opinión! Y tampoco te insulto tanto —Dudaba que las palabras que estuviera diciendo tuvieran sentido o algún tipo de hilo conductor. Se giró para enfrentarlo, cruzando los brazos sobre su pecho—. ¡No sé! Lamento no querer ver nada positivo en ti cuando lo más probable es que acabes empalado por una lanza en un par de días. ¡Eres peor tú! Siempre con la cabeza baja, lloriqueando. Diciendo que no quieres morir solo, que soy lo único que tienes aquí… bla bla bla. —Apretó los labios, alzando los ojos para observarlo. Esperaba que no se tambaleara más, temiendo que se cayera y terminara por aplastarla.

Se inclinó hacia la mesa, solo para dejar apoyada sobre ella la botella de ginebra. Cuando se enderezó, volvió a enfrentar a Sam, alzando el mentón para que viera que el hecho de que la hubiera llamado amargada no le afectaba en lo absoluto. Incluso aunque sí que lo hiciera. —La próxima vez, si te apetece, puedes pedir una compañera de distrito que te guste más, sea más sensible, te diga más cosas bonitas y te dé mejores besos. ¿Ves? ¡Por esto me pareces insoportable! —En realidad le caía bien y hacía más que soportarlo, pero no en ese momento: en ese instante, solo quería gritarle—. ¡Argh! —exclamó, algo exasperada. Usando tres de sus dedos le dio un pequeño golpe en el pecho; algo que buscó empujarlo para quitarlo del medio, pero que quedó mucho más ridículo de lo que había imaginado—. Venga, ve a pedir una hoja de reclamaciones al... Consejo de Tributos y a soltar ahí todas las quejas que tienes sobre mi.

Paige M. Dalisay
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Samuel J. Hammond
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¿Estaba gritando? Tal vez. ¿Le importaba? No.

¿Ah, no? — Le contestó, altivo — Para ser alguien que nunca recibe insultos de mi parte, los tuyos son demasiados. ¡Excesivos! — Claro que en ese momento no podía recordar ninguno, pero no lo necesitaba como para saber que llevaba la razón. La forma que Paige usó para dejarlo en evidencia solo consiguió que Samuel se pusiera rojo como un morrón. — Yo no lloriqueo — fue lo único que atinó a decir. Es un poco irónico mencionar que quiso llorar, pero no supo por qué. Claro que tampoco iba a hacerlo delante de ella.

Paige no era mucho más baja que él. Tan solo eran unos centímetros de diferencia. Eso hizo que Sam levante el mentón para parecer más alto cuando ella buscó enfrentarlo. — ¡Yo no quiero otra compañera! — Soltó sin pensar. Cerró los ojos por un momento y sacudió la cabeza — Hablo de que… ¡No es ese el punto! ¡No quiero que ninguno de los dos esté aquí! Solo no te vendría mal ser un poco menos… Ughh — Sacudió las manos, no muy seguro de lo que había querido decir.

El golpecito en su pecho hizo que baje la mirada. Sam se frotó ahí donde aún sentía el tacto de Paige y la miro con el ceño fruncido debajo del flequillo despeinado — Eso haré — aseguró con el tono más caprichoso que pudo haber soltado —. Ya tengo la lista pensada. Empezaré con tus quejas constantes por cómo hablan las personas y terminaré con tu rechazo a siquiera averiguar lo que es una palabra amable. ¡Y que sonríes como si te estuvieran obligando a hacerlo! — Le parecía justo, pero al mismo tiempo creyó que se estaba quedando corto.

Yo solo quería contar con una amiga, eso es todo — quería alejarse y, aún así, dio un paso hacia ella. Sus pies chocaron, pero no bajó la mirada —. Sí, voy a terminar empalado en unos días. ¿Y qué? No por eso voy a tratarte como la mierda o a empujarte cuando… ¡Vamos! Son nuestros últimos días respirando. ¿Así es como quieres irte? ¿Eso es todo lo que vas a dejar atrás? — No se dio cuenta de que sus ojos se estaban humedeciendo hasta que pasó el dorso de la mano por ambos. Los notó irritados. Quiso vomitar, pero creyó poder contenerlo. — Me agradas, pero no dejas de confundirme con todo lo que haces. ¡Y ya me duele la cabeza como para seguir tratando de adivinarte! — Apoyó una mano sobre su hombro, pero no como un gesto de apoyo, sino más bien porque temió irse al suelo de cabeza.


Samuel J. Hammond
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Paige M. Dalisay
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Le parecía increíble que él la estuviera llamando quejica cuando toda esa discusión extraña había empezado porque él se había quejado de ella. O de algo que ella había hecho. —Genial, ¡ve a poner tu queja! Seguro que es la primera que reciben porque los demás tributos no son tan quejicas y llorones como tú —le recriminó, frunciendo el ceño para terminar—. ¡Y sí que sé lo que son las palabras amables! El otro día dije que prefería que no te murieras antes que yo. ¡Eso es amable, pero solo te fijas en lo que te apetece!

Como en que lo insultaba, cosa que había hecho algunas veces, pero nunca en serio. O no demasiado en serio, al menos; Paige lo soportaba, pero a veces no y, era en esas ocasiones, cuando le decía que era un idiota. Si lo pensaba, no tenía mucho sentido, pero era así como siempre había funcionado. También le había dicho cosas buenas y él las estaba ignorando.

Y también le había besado. ¡Si lo había hecho sería por algo! Claro que después le había dicho que lo había hecho por él, pero eso, en parte, era para no tener que dar más explicaciones. ¿Acaso era tan difícil de entender? A ella le parecía sencillo. Al final iba a ser verdad eso de que los hombres eran unos inútiles.

El choque de sus pies hizo que tuviera intenciones de dar un paso hacia atrás, pero no lo hizo. Se quedó ahí, plantada, teniendo que alzar un poco más la cabeza para poderle ver mejor desde tan corta distancia. —Dijiste que no tenía que llamarte amigo si no quería. Te pareció bien en ese momento. —Sin embargo, en ese, también parecía molestarle—. Tú también me estás gritando. Me has llamado amargada, has dicho que no sé sonreír y, y, y, ¡mil cosas más! Tú también estás pasando uno de tus últimos días discutiendo conmigo. —La mano de Sam pasó a estar en su hombro, lo que hizo que ella bajara la mirada hacia ahí. Entornó los ojos al volver a elevar el mentón, fijándose en la manera en la que él se los restregaba.

Durante un momento, el barullo de sus pensamientos desapareció. En vez de eso, en su cabeza solo apareció una súplica: que no estuviera llorando por su culpa. Elevó una mano, guiándola en dirección al rostro de Sam; en cuanto los dedos quedaron a escasos centímetros de tocar su mejilla, los retiró de manera brusca. Trató de esconder el movimiento retirándose unos cuantos mechones del rostro. —Si vas a vomitar, aléjate de mí —murmuró, y se arrepintió al instante. De repente pensó que Sam tenía razón en todo lo que había dicho: que era una quejica, que nunca le decía nada bueno.

Hablas como si yo tuviera clarísimo lo que siento, o lo que pienso, o lo que quiero. ¡Ni siquiera sé por qué nos estamos gritando ahora mismo! —Se tambaleó un poco y, a la hora de enderezarse, puso una mano sobre la que él había colocado en su hombro—. No pienso que seas un idiota, solo te insulto porque es mucho más fácil que decirte que también me agradas. Nunca nadie me había agradado antes de esta forma, ¿vale? Lo cual es una mierda, porque preferiría mil veces no tolerarte o pensar que de verdad eres insoportable todo el tiempo. —Volvió a alargar su mano, esta vez permitiendo a sus dedos pasar por debajo de sus ojos. Sintió la humedad en sus yemas y tuvo que pestañear con fuerza para no sentirse peor aún. Apartó la mirada—; pero, a veces, también te digo cosas que de verdad quiero o pienso. Como que prefiero morir antes que tú, porque realmente no quiero que te mueras o cuando… cuando —Apartó la mano de su rostro, también la que había colocado encima de la suya. Ambas cayeron a ambos lados de su cuerpo—… cuando te he be... bueno, da igual. Pero no llores, ¿vale? No creo que seas un idiota, así que no llores porque vas a hacer que me sienta como una persona horrible. —Se humedeció los labios, manteniendo el mentón bajo pero alzando su mirada—. Lo siento. Muchas veces no soy consciente de lo que digo y por eso... bueno, lo siento. Ojalá lo hubiera sabido hacer mejor. De verdad deberías poner esa queja y exigir que te pusieran otra compañera. —Le dedicó una sonrisa triste, sus ojos no abandonando los suyos en ningún momento.


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Samuel J. Hammond
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¡No lo sé! — Por tonto que fuera, Samuel no tenía la menor idea de por qué andaban gritando. Sintió el calor de la mano de Paige sobre la suya y clavó los ojos en sus dedos. Si tenía la mirada fija en algo, tal vez no vomitaría o el mundo dejaría de dar vueltas. Claro que su intención se fue a la basura cuando Paige empezó a soltar un montón de palabras que no esperaba escuchar de su boca y, por un instante, se olvidó de los motivos por los cuales discutían. La verdad es que tampoco eran muy importantes.

Se dejó consolar. Notó cómo le limpiaba las lágrimas y no supo si el mundo iba demasiado lento o demasiado deprisa. Las disculpas le hicieron parpadear. Se topó con una sonrisa que no pudo evitar devolver. Movió los hombros con incomodidad — Si pudiera pedir a otra persona, lo haría. Pero porque sería mucho más fácil hacer esto con alguien desconocido que contigo — aseguró. Notó de inmediato que su voz había bajado un par de octavas —. Y no estoy llorando por ti. Es solo que… Estoy frustrado con todo esto. Y estoy ebrio. Muy ebrio. No me gusta como se siente. Es como estar enfermo del estómago y mareado al mismo tiempo, pero queriendo reír. No le veo la gracia — ¿Eso era lo que todos en la escuela presumían? Que estupidez.

Guardó silencio. Se preguntó por qué no había encendido la televisión, eso hubiera llenado los huecos con sonido. Tragó algo de saliva para contener las náuseas — Lamento haberte insultado — ¿Lo había hecho? No estaba seguro —. Me agradas. Eres la primera chica que me agrada desde Calliope Hargreeves. No como ella, es diferente. No es como que quisiera invitarte a una cita ni nada así. Tú no me dejas ni pagarte un helado — ¿Por qué hablaba tanto? ¡Tenía que callarse! Se llevó una mano a la cara con un golpe seco —. La cosa es que tampoco me ha molestado tu beso. Y ya sé que dije que fue corto, pero es más de lo que he tenido en quince años así que… No estuvo mal. Supongo que es con lo que voy a tener que conformarme antes de morir. Ya. Eso. Nada.

Quiso meter las manos en los bolsillos, pero quedó en la nada al darse cuenta de que estaba en pijama. Carraspeó un poco ante la incomodidad y, al darse cuenta de que seguían demasiado cerca, se relamió los labios. Dio un paso dudoso hacia atrás. — ¿Quieres que sigamos bebiendo? — Susurró — Prometo quedarme callado hasta vomitar.

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A ella también le resultaría todo más fácil si pudiera hacerlo al lado de otra persona. De otro al que no apreciara de esa manera, al que pudiera mirar sin sentir que su mundo se venía abajo cuando lloraba. Imitó su encogimiento de hombros, tratando de ensanchar su sonrisa. —Ya. Te dije que lo de mezclar distintos alcoholes y beber muchos sorbos seguidos funcionaba. —Ella también se sentía mal, pero de una manera diferente: no se notaba nauseabunda, pero sí que creía que su cabeza estaba a punto de explotar. Suponía que las náuseas llegarían el día siguiente.

Su expresión pasó por distintas fases cuando Samuel cogió carrerilla. No supo qué tal le sentó que la comparara con Calliope Hargreeves, pero lo dejó pasar; tampoco es que estuviera muy pendiente de eso, permaneciendo muchísimo más preocupada tratando de descifrar lo que él estaba tratando de decir y lo que implicaba. —Si hubiéramos tenido más tiempo sí que hubiera permitido que me invitaras a un helado de nata. —Eso hizo que se estremeciera, que también sintiera cierto escozor de los ojos. Añadiría eso a la lista de cosas que jamás iba a poder hacer; esa misma donde estaba todo lo que no le iba a dar tiempo a vivir—. No, da igual… Ha sido un beso bastante triste. Lo siento. Es que no sabía si… bueno, no sé, ojalá lo hubiera hecho mejor.

Intuyó que sus mejillas se habían teñido de un color rojo, sobre todo por el calor inmediato que sintió en la zona. Fuera lo que fuera, se evaporó cuando Samuel se separó y Paige deseó que retrocediera y volviera a acortar la distancia. En vez de decirle algo sobre eso, se pasó la mano por el pelo y esbozó una pequeña sonrisa mientras hablaba. —No sé si deberíamos beber más. Quiero decir, no quiero que acabemos gritándonos otra vez sin un motivo aparente. —Adelantó un pie, poniéndolo en el espacio que había quedado libre por la distancia que Samuel había impuesto. Lo mantuvo ahí, la punta de este recorriendo la junta de dos baldosas—. Y no me molesta que hables. Pienso que hablas muchísimo, pero eso hace que llenes los silencios. Igual que la música. Ya sabes que me gusta mucho la música. —Tragó con fuerza, sus ojos fijos en los movimientos que hacía su pie descalzo por el suelo.

Lo miró durante un instante antes de humedecerse los labios. —¿Tú quieres seguir bebiendo? Aún no has vomitado y creo recordar que ese era tu objetivo de esta noche —apretó los labios, sintió que algo se rompía en ella cuando dio un paso más hacia atrás y dijo: —. Creo que me voy a ir a la cama. La cabeza me da vueltas y… no me gusta la sensación. —Se agachó, entreteniéndose cogiendo las botellas que estaban en el suelo para apoyarlas sobre la mesa—. Pero puedo quedarme aquí contigo, si es que quieres quedarte. O puedo ayudarte a guardar todas las botellas en el mini bar antes de irme. —Apoyó una botella más, llevándose la mano a la frente cuando volvió a incorporarse y a ponerse de pie.

Sus razones para querer irse a la habitación no eran otras que refugiarse del resto del mundo, meterse entre las sábanas y dejar que las lágrimas salieran. Lo buscó con la mirada una última vez, sabiendo que, si le decía que se quedara, podría tratar de contener el llanto unos minutos más.


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Samuel J. Hammond
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Sam parpadeó. Viniendo de Paige, ser comparado con la música era todo un halago. Si hubiera estado sobrio hasta se habría tomado la molestia de analizar lo que podía venir con esa confesión. Por supuesto que no lo hizo, incluso cuando ella se acercaba y el pecho se le volvía cada vez más pesado.

Tardó un momento en reaccionar. Meneó la cabeza, desvió la mirada en dirección a las botellas y se encogió de hombros del modo más patoso que fue capaz. — ¿Tú quieres dormir? — La verdad era que Sam deseaba no tener que hacerlo. Si dormía significaba que tenía menos horas para estar vivo. Además no podía descansar con normalidad, incluso cuando era la cama más cómoda que había probado en su vida. Solo deseaba poder desaparecer.

Se quedó de pie, viendo cómo Paige recogía las botellas y sin saber qué decir. No quería ser un incordio, pero tampoco se sentía capaz de cargar con más arrepentimientos. Se dio cuenta de que le picaban los dedos y que había empezado a rebotar sobre la punta de sus pies. Quiso pedirle que se quede, no se animó a hacerlo porque era confesar que no deseaba estar solo. El nudo en la garganta era molesto, doloroso.

Creyó que las palabras no iban a salir. Se agachó para ayudar a recoger algunas botellas, pero acabó tomando su muñeca. No supo muy bien el motivo. Solo fue capaz de ver cómo sus dedos se aferraban a ella y tardó un momento en levantar la mirada en su dirección. No supo cómo fue que obtuvo el impulso para jalar de Paige para poder tenerla más cerca.

Hay que decir que fue bastante torpe. Sus labios tropezaron con los de ella y notó cómo encogía el abdomen al sentir que su torso se había acercado. Se sintió temblar, quizá porque estaban pasando muchas cosas al mismo tiempo. Aún así, no se separó de inmediato. Quizá porque le tomó un momento descubrir cómo acomodar su boca contra la ajena sin sentir que estaba inflando un globo. El primero no había sido demasiado, pero estaba seguro de que el segundo lo había sido todo.

Se separó con la sensación de que sus labios se habían pegado a los de ella como una sopapa. Lento, cuidadoso. Abrió los ojos con el temor de descubrir la expresión de Paige. Se atrevió a dedicarle una sonrisa pequeña y la soltó, dándose cuenta de que había apoyado una mano en su cintura ¿Buenas noches? — Preguntó, dudoso. Iba a pasar los siguientes días huyendo de ella, eso lo tenía en claro. Lo mejor era que eso muriera con ellos.


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Paige M. Dalisay
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No quería dormir, sí marcharse de allí. Sentía que había sido demasiado para una noche en la que simplemente iban beber hasta perder el conocimiento, en la que solo aspiraban a ser dos personas que necesitaban alejarse de una rutina a la que no querían acostumbrarse. Y habían bebido, y habían empezado bien; lo habían logrado hasta que alguno de los dos había decidido complicarlo todo poco a poco.

Paige creía que había sido progresivo, como en un castillo de naipes en el que, cuando se movía una carta de la base, obligaba a las demás a también derrumbarse. Un beso demasiado corto, muchos gritos sin sentido, confesiones a medias… unas que no sabía si habían sido demasiado o, por el contrario, le habían sabido a poco. Todo parecía demasiado para una sola noche.

Trató de centrarse en recoger las botellas, pero los dedos aferrándose a su muñeca hicieron que levantara la vista. Si quiso decir algo, todo murió en la punta de su lengua cuando se vio siendo arrastrada hacia él. Su primer pensamiento fue que quería mantenerlo cerca, así que colocó sus manos contra sus hombros; si temblaba, que lo hiciera contra ella, pero no quería sentir el vacío que había notado antes cuando había dado un paso atrás. Mientras sus labios trataban de ajustarse a un ritmo desconocido, se dio cuenta de que, por primera vez en mucho tiempo, había dejado la mente en blanco; no estaba tratando de analizar lo que sucedía a su alrededor, solo estaba enfocada en él, en sus labios torpes tratando de ganar confianza, en los de ella intentando hacer lo mismo.

Pensó que, si en alguna ocasión alguien le preguntara cómo había sido su primer beso, hablaría de ese. No de los otros dos, de ese. No porque fuera el único que había durado más de diez segundos, sino porque no había querido que acabara.

Creyó haber encontrado algo de buena suerte entre tanta desgracia, quiso quedarse en ese minuto todas las horas que le quedaban de los días restantes. Como sabía que no podía, intentó memorizarlo todo para volver a ese recuerdo cuando le hiciera falta.

Sam se separó y Paige trató de aferrarse un poco más, solo unos segundos extra para pensar cómo iba a asimilar eso. No separó sus manos de sus hombros y, mientras se mordía el labio, sus ojos escanearon su rostro. Pegó la nariz contra la de Sam antes de que su boca buscara la suya una última vez, dispuesta a alargar el momento. Fue menos torpe, más frenético, como si sus labios ya hubieran pasado el periodo de adaptación necesario para acostumbrarse a los ajenos.

Cuando retiró las manos de sus hombros y contrajo los dedos, supo que aquello había sido algo aislado, probablemente un momento que se quedaría en sus mentes, pero que se perdería en el tiempo. —Buenas noches —le dedicó una última sonrisa y tuvo la suerte se girarse antes de que sus ojos la delataran, de que soltaran la primera lágrima.

Avanzó deprisa, tropezando con la esquina del sofá antes de desaparecer por el pasillo.


Paige M. Dalisay
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