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Mensaje por Lara Scott el Mar Nov 26, 2019 12:56 am

5 de junio, 2469

Quiero cerrar mis ojos al mundo por un segundo, detener el murmullo de la televisión que llega a mis oídos relatando en detalle el disturbio en pleno Capitolio y la quema de la bandera que obligó a una represión más violenta. Amarro mi cabello con los dedos al cerrar los brazos a los lados de mi cara, procuro con todas mis fuerzas de ignorar todo lo que está ocurriendo, porque me está faltando el aire y tengo que respirar a bocanadas con los labios entreabiertos. Hay un peso oscuro presionando en mi pecho, camino en el espacio entre los sillones de la sala para serenarme y cuando abro mis ojos al chocarme con la mesa baja no reconozco el lugar. No es la casa en el distrito cuatro, las paredes no son blancas y no está el ventanal que da hacia la arena quemada de la orilla donde se arrastra la marea. Los ventanales son altos, impresionantes, como la primera vez que me pare en esta sala y lo que veo es el recorte de los árboles bien cuidados en la noche, las luces opacas de las otras mansiones de la isla ministerial, a la que tuvimos que venir por cuestiones de seguridad cuando los levantamientos comenzaron hace una semana. Me siento tan desorientada, que sabiendo la razón por la que vinimos a la isla, no entiendo qué estoy haciendo aquí. Necesito más aire, pero no quiero salir de la mansión, me paraliza un pánico que nunca conocí y no puedo moverme de donde estoy, ni siquiera encuentro mi voz para llamar a alguien por los estremecimientos ocasionales que me duelen.

Necesito de Mohini, necesito estar en la sala de mi casa, en la misma donde mi madre me ha calmado desde niña cuando no entendía, no entendía por qué el mundo se estaba convulsionando de esta manera feroz en la que se gritan apellidos que vuelven a oírse después de años y alguien decide que se lanzarán vidas a una arena para que se maten entre ellas. Es el mundo que aborrezco, en el que los débiles están condenados y los fuertes se vuelven asesinos porque matas o mueres, es el mundo al que me negué darle hijos desde que tengo consciencia y me daba lo mismo morir, porque mierda somos y al polvo volvemos. Porque hay un chico al que una vez no quise entregar, al que encontraron y torturaron de todas formas, que exige al psicópata de Magnar Aminoff que se retire. Como si no supiéramos cómo acabará esto, las revueltas serán acalladas cuando arrojen el cadáver de Kendrick Black en la plaza pública, encima de todos los cadáveres de humanos y rebeldes. ¿Qué demonios hago aquí? Cierro mi mano alrededor de mi garganta cuando siento que el aire no pasa, cuando todo lo que me rodea se me hace extraño y peligroso, para mí, para la bebé. ¡Por todos los cielos, hay dementores en el muelle! Estamos atrapados en este lugar, me he quedado atrapada aquí, y sé que si cruzo el jardín, si reúno la valentía para hacerlo, Jim está en la casa de al lado, todavía vivo, todavía seguro. Si logro ver su cara me encontraré de nuevo conmigo misma. Pero se me doblan las rodillas por el nerviosismo que hace temblar mi cuerpo, estoy temblando tanto que me rodeo con los brazos y vuelvo a cerrar mis párpados, presionándolos para que todo lo real se desvanezca, lo que me queda es el latido sordo del dolor que va cobrando intensidad.

Estiro mi brazo para alcanzar el respaldo del sillón y me agarro hasta hundir las uñas en la tela, mi mandíbula se tensa al presionar mis dientes para que no se escape ni un gemido. Trato de concentrarme para hacer que el dolor aminore, para que los calambres en mi espalda sigan de largo y ocupo la otra mano en sostener mi vientre. Me niego con todas mis fuerzas a parir a mi hija en este mundo de locos y psicópatas, si pudo estar dentro por nueve meses, aguantará unas semanas más y yo ignoraré el dolor. Por poco trato de llamar a Hans, pero ni siquiera sé si está, si estará en el ministerio, si los reaccionarios habrán logrado entrar. No saberlo me pone al borde del llanto, la única persona a la que podría acudir es a Meerah y detesto las distancias absurdas de esta mansión entre habitaciones, porque el largo de la escalera entre la sala y su dormitorio se me hace tan infinito como ir caminando hasta el distrito doce. Me queman las lágrimas al mojar mi cara y en vez de jadear, sollozo con la siguiente contracción que dura más que la anterior. Y no, me niego a tener a mi hija en la maldita isla ministerial, no cuando hay una casa en la playa, cuando tiene un sanador que le ha dado una fecha para que nazca en el centro de salud de ese distrito, en un día que será distinto a este, un día que será mejor y en el que no esté rompiéndose el mundo, otra vez. —¡HANS! ¡MO!— grito, el llanto ahoga mi voz. —¡MEERAH! ¡MEERAH!
Lara Scott
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Mensaje por Hans M. Powell el Mar Nov 26, 2019 1:54 am

Tengo los ojos clavados en la chimenea apagada, esa que no piensa arder hasta dentro de unos meses porque la noche mantiene las ventanas abiertas de par a par a causa de la brisa, incluso cuando la sensación de inseguridad me hace desear pegar el grito que indique que deben cerrarlas. Aún así, sé que lo único que puedo hacer es quedarme en silencio. Magnar va y viene por su sala de estar, poniendo en su boca un montón de cosas que ya le escuché decir y que me mantienen con los labios prensados, sentado como un adorno más en su lujoso sofá. Ya no tiene caso que intente hacerle ver lo que ha ocasionado, cuando sé, muy a mí pesar, de que no había otra opción. Estoy seguro de que eso es exactamente lo que los rebeldes quieren: que seamos nosotros los malos, que caiga en nuestros hombros el pesar de una batalla, que fueron ellos los que quisieron ir por medios pacíficos cuando sabían desde el inicio que no nos retiraríamos. Aquí estamos, en la cuerda floja, habiendo perdido la oportunidad de usar su secreto a nuestro favor y viendo como ellos lo volvieron una bomba. Esto es mi culpa, tendría que haber matado al mocoso cuando pude, tal y como me lo recuerda el presidente muy amablemente. Esto podría haberse evitado y, en su lugar, estuve concentrado en otras cosas. Me froto el rostro, presa del agotamiento. No podemos controlar a la población bajo amenazas, eso no será buena publicidad. ¿Cómo apagas un fuego cuando le echaron litros de gasolina?

Es tarde cuando tengo el permiso de marcharme. Ni siquiera me molesto en usar la aparición permitida dentro de los límites de la isla, el aire me viene bien para caminar. ¿Qué diré en casa? ¿Cómo explicaré exactamente todo lo que me he callado por meses? ¿Cómo miraré las caras de quienes quería proteger y que ahora se encuentran en esta situación por las cosas que yo permití que ocurran? Sé que renunciar será de cobardes, además de que dudo tener el permiso para hacerlo. Tampoco me dejarán en paz si me llevo a mi familia a un sitio alejado, porque siempre seré el ministro que firmó los permisos necesarios y ocultó cientos de mentiras. Aquí estamos, bailando en la mierda que nosotros mismos cagamos y no tengo idea de cómo vamos a limpiarla. Solo sé que tengo órdenes directas de quedarme en casa, sin salir al exterior y encontrar el modo de que todo vaya mejor, aunque sea un poco. Me conformo con eso.

Subo los escalones del porche con paso agotado, creo que hasta me aturde el chirrido de la puerta que da paso al vestíbulo. Lo que no me espero es que mi mente explote por la voz de Lara,  que no sé de dónde viene, pero su simple tono de urgencia me regresa a mi espacio físico de una sacudida — ¿Scott? — me apresuro a moverme hasta la sala, donde puedo ver su figura aferrada al sofá. Por un instante, solo efímero, soy presa del pánico de que alguien haya entrado a casa, de que la seguridad no fuese suficiente. Entonces estoy lo suficientemente cerca como para tomar su brazo y chequear su expresión — ¿Qué sucede? ¿Son las contracciones de nuevo? — ¿Qué se supone que haga ahora? ¿Qué empiece a contar? La llamo con suavidad, tomo su rostro con una de mis manos para buscar que me mire y uso la sobrante para apoyarla sobre su vientre — Dime que necesitas, Lara… ¡MEERAH! — creo que no sé su hace falta que llame, porque no me tardo en escuchar sus pasos — ¿Puedes llamar a la seguridad de la isla? ¿A Mo? — creo que el tono de mi voz es lo suficiente apremiante como para que se apresure. Aprieto los dedos de Scott entre los míos, volviendo a llamarle — Si es otra falsa alarma... — aunque no tengo idea de cómo va a saberlo.
Hans M. Powell
Hans M. Powell
Ministro de Justicia

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Mensaje por M. Meerah Powell el Mar Nov 26, 2019 2:32 am

Creo que Ophelia está harta de que me remueva en la cama y la despierte de a ratos de su sueño perruno, lo sé porque cuando es la tercera vez que trastabillo con ella la perra levanta la cabeza para mirarme con lo que interpreto es una evidente indignación. Hunter lleva rato de haber huído de la pieza, pero Phi me acompaña cuando ya ni yo puedo aguantarme a mí misma, y eso es mucho decir. Mi tablet se encuentra tirada sobre alguna de las butacas, sepultada entre varias telas que la mantienen alejada de mi vista para que deje de discutir conmigo misma a través de mi diario, y mi alfiletero… ya ni sé dónde se encuentra mi alfiletero así que uso agujas para sostener el molde contra el busto de trabajo. Y claro que las agujas se pierden dentro del maniquí, así que en un claro ejemplo de madurez, gruño y desarmo todo mi trabajo.

¿En qué tantos problemas me metería si cruzaba el jardín para hablar con James? Ya suficiente había tenido el pobre con hacerme de psicomago… psicólogo una vez. No quería ir a molestarlo por cada vez que tenía una crisis existencial con respecto a las políticas implementadas en Neopanem. ¡Qué era una niña! ¿Por qué no podía andar pensando en chicos y esmaltes de uñas? Pero no, aquí me encuentro despreciando la idea de que inauguren un Coliseo, incierta acerca de las revueltas, y estando demasiado de acuerdo con el discurso de un muchacho al que solo había visto una vez en la vida. Y sobre todo… ¿dónde mierda estaba Hero? con cada nueva noticia destacada en la televisión, temía que su nombre apareciese en pantalla. ¿Qué si la ponían a luchar dentro del Coliseo? Merlín sabe que la gente pagaría por eso, y eso era lo más despreciable de todo el asunto.

Creo que a Hans le daría un infarto si pudiese leer mi mente en estos momentos.

Los gritos de Lara interrumpen cualquier pensamiento que pudiese estar teniendo, y estoy corriendo hacia la entrada con Ophelia pisándome los talones y casi haciéndome tropezar. La voz de mi padre también se escucha en el aire, pero ya he llegado al pie de la escalera cuando me indica lo que debo hacer. Tengo el teléfono de la casa en la mano para marcar a seguridad, y ya he enviado un texto a Mo para hacerle saber de la situación. Tal vez era más adecuado llamarla, pero no puedo mantener dos conversaciones al mismo tiempo, así que priorizo dar aviso para iniciar el pseudo procedimiento que hemos hablado luego de la última vez. El bolso del bebé está mucho más cerca esta vez, y una vez que todos están informados lo tomo y me apresuro hasta dar con ellos. - ¿Quieres agua?, ¿comida?, ¿un paño húmedo? - Cualquier cosa que la hiciera sentirse más cómoda antes de irnos al hospital.
M. Meerah Powell
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Mensaje por Lara Scott el Mar Nov 26, 2019 3:34 am

Por un minuto en que mi voz queda retumbando entre las paredes, creo que no vendrá nadie, que estoy sola en este lugar y nunca me he sentido tan fuera de mi misma, como si esta fuera una de la pesadilla que me tiene inmóvil. La desesperación crece en espasmos más apremiantes que las contracciones, se hace peor al no poder ver nada por el llanto que se acumula en mis ojos. Se suponía que sabría qué hacer cuando llegara el momento, pero no tenía que ser este. Tengo la mente vacía de las indicaciones que el sanador me había dado y el tiempo entre punzadas se acorta, no necesito contarlas para sentir como el estremecimiento de la primera se extingue por completo para ser seguida por la siguiente. Me cuesta enfocar la mirada en Hans cuando lo tengo enfrente, no sé por qué mi impulso más urgente es pedirle disculpas por estar llorando y no saber qué hacer. Estoy aterrada, no por el parto, sino por todo lo que está sucediendo, porque la bebé quiera nacer en este preciso momento. —Hans— repito su nombre, cubriendo su mano que sube a mi rostro para poder sujetarme, porque necesito apoyarme en él, y quiero decirle algo que no sé qué es. No está pasando, no está pasando. Necesito que esto pare, que el dolor se apague. No es el momento aún.  

Aparto su mano bruscamente con una mirada amenazante que se impone a las lágrimas, cuando le escucho decir que si se trata de una falsa alarma… —Puedes volver a tu maldito despacho si eso quieres— escupo, tan cargada de rechazo, que todo en mi postura lo aparta. —No es nada, ya se me pasará— muerdo con fuerza al decirlo, así no me traiciona la voz rota. Uso la mano que sigue aferrándose al sillón para dar unos pasos, recuerdo que me habían dicho que podía intentar caminar para que las contracciones pasaran, y pasarán. Procuro poner una distancia con Hans, pero me flaquea la voluntad de mostrarme entera cuando escucho a Meerah preocupada. Me arden los ojos por interrumpir abruptamente el llanto. —Necesito… necesito caminar un poco— le contesto a ella, no a Hans. Presiono dos dedos en mi frente para suavizar el fruncimiento de mi ceño y hacer el esfuerzo de recordar qué más habíamos leído que podíamos hacer en este caso, podría meterme en la bañera para está escaleras arriba, sino recostarme un rato y la cama también está escaleras arriba. No creo poder soportar los dolores si estoy recostada en el sillón, de todas formas. Me sirve tener en qué apoyarme así no me doblo en dos, trato de mentalizarme que es igual a otros dolores que sentí antes. Se me pasará, se pasará.

¿Mo te ha contestado? Necesito que venga, que me diga que hacer…— balbuceo, sé que estoy siendo inmadura al urgir que mi madre se presente, pero es la única que tengo y soy la única hija que tiene, y esta es la única nieta que pariré. — Mo sabrá que hacer para que esto pase— me convenzo, pero hay dementores rodeando la isla y no quiero que mi madre tenga que estar cerca de ellos. No quiero que Mohini salga de casa con todo lo que está pasando. Presiono la palma de mi mano contra mi sien para silenciar otra contracción. —¡Llámala! ¡Hablaré con ella!—. No sé a quién de los dos le hablo, tengo la garganta rasposa por el esfuerzo de hacerme entender a pesar de lo quebrado de mi tono. —Se me pasarán, son contracciones, pasarán en un rato…— murmuro, meneando mi cabeza de un lado al otro y un mechón de mi cabello queda prendido a mi labio que tiembla, lo retiro al dar dos pasos más que me hacen casi rodear el sillón. —Tenemos una fecha para la cesárea, cumpliremos esa fecha. Iremos al hospital y el sanador nos atenderá. La tendré en el hospital, no en esta isla de mierda. No la tendré aquí. No nacerá hoy— digo, apretando mis párpados al detenerme por sentir como el líquido tibio mancha mis pantalones cortos y va mojando mis muslos. —No, no nacerá hoy— entro en desesperación, levanto el bajo de mi camisa amplia para frotar la curva de mi panza y pedirle a la bebé que todavía no nazca. —No, no. No quiero tenerla aquí.
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Mensaje por Hans M. Powell el Mar Nov 26, 2019 3:58 am

No espero su rechazo, me abofetea con una fuerza que no hubiera imaginado y que me mantiene estático en mi sitio por un momento. Hasta tengo el impulso de irme hacia atrás como si de verdad me lo mereciera, pero hay algo en toda su postura que me obliga a avanzar a pesar de que ella insiste en caminar, dar pasos que la apartan de mí como si no fuese bienvenido en todo esto — No me iré a ningún lado. ¿Cómo puedes ser tan necia? — no me enojo, mi voz solo refleja alarma. ¿Es por haber escondido la verdad durante todo este tiempo? ¿Es por todo lo que está pasando? ¡Que esa bebé también es mía! — ¿Estás segura de que puedes caminar? — porque por como se mueve, parece que lo único que le vendría bien es recostarse y tratar de relajar un cuerpo que, es obvio, no quiere relajarse. Empiezo a notarlo, el sudor de la ansiedad y los nervios que se desparrama por mi estómago, por mis piernas, por mis manos. ¿De verdad está sucediendo, justo hoy? Quiero salir corriendo, pero lo único que puedo hacer es quedarme congelado. ¿A quién llamo? ¡¿A quién?!

Al menos Meerah reacciona, pero no parece ser de ayuda porque Lara es un manojo de nervios que no sé controlar y, a decir verdad, tampoco me siento capaz de hacerlo — Necesito que la seguridad de la isla baje por dos minutos — le explico a Meerah, girándome hacia ella con la urgencia en todo el rostro — No nos dejarán salir si no apartan a los dementores del camino. Si Mo contesta… — podrá calmar a su hija, lo cual parece una misión imposible para el resto de nosotros. Enciendo la luz principal de la sala para poder verla mejor, lo cual no sé si es buena idea porque estoy seguro de que está perdiendo todo el color de su rostro — Scott, si esa niña es hija tuya, nacerá cuando se le antoje — lo cual se demuestra en segundos, porque puedo notar el reflejo del brillo entre sus muslos. No puede estar pasando, de verdad. ¿Qué hice en mi otra vida? ¿Asesiné a un cachorro? ¿A un unicornio bebé? No sé ni cómo avanzo hacia ella, mis manos se estiran en su dirección pero mantienen una distancia prudente, pidiéndole permiso para tocarla — No nacerá aquí. Escucha, encontraré el modo de salir, iremos al hospital. Pero si solo conseguimos que el sanador venga aquí, necesito que te calmes — claro, como si yo estuviese tranquilo. Hija mía tenía que ser, cagándose en la cesárea programada.

Cometo el infantil acto de dar un paso en puntas para acercarme, trato por todos los medios no mirar hacia abajo pero se me arruga la nariz y el ceño del asco que me produce la situación. No quiero ver una cabeza saliendo de ahí, no, no. Tiene que venir alguien, tenemos que sacarla de aquí, lo que sea — Solo… ¡Meerah dile a los de la entrada que es una orden mía! O mejor… dame ese teléfono — ni siquiera sé por qué se lo pido, debe ser porque ella ya está comunicada, pero igualmente empiezo a buscar el mío — Retén a la bebé unos minutos más ahí adentro. Nos vamos, pediré un traslador seguro. Ya, vamos — Marco el teléfono de Mo y se lo estampo a Lara para que pueda hablar con ella, pero ya la estoy empujando, todo lo redonda que es, en dirección a la puerta. No pienso esperar a que un médico se digne a aparecer — Y si un dementor quiere joderme la paciencia, se me da bien hacer un patronus.
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Mensaje por M. Meerah Powell el Mar Nov 26, 2019 4:58 am

Bien, esta vez estaba preparada. Había leído, había visto videos, y hasta había consultado con una partera. Sabía qué hacer en este caso, y ellos también, ¿no? Y al parecer no, porque Lara quiere caminar (cosa que podía ayudar con los dolores, pero que también podía acelerar el parto), y Hans, útil como pocas veces lo he visto, no deja de cuestionarla como lo ha hecho siempre sin entender que ¡este no es el momento! Pero no se lo puedo hacer saber tan alevosamente, porque no quiero alterar a Lara, pero tampoco quiero interponerme en cualquier modo de acción que tengan planeado.

Sigo esperando a que seguridad me conteste, Hans comienza con sus comentarios oportunos, Lara pide a Mo, y yo estoy tratando de mantener la respiración calma para no alterarme y poder ayudar en lugar de ser un estorbo. ¿Es que acaso no han leído nada? Luego del susto de la otra vez, lo mínimo que podían haber hecho es estudiado técnicas conductivas, planes de parto y cómo hacer que la llegada al mundo de la bebé fuese cómoda y fluida. Por Morgana, ¡ya se estaban desesperando!

Los de seguridad me contestan, y paso a dar los códigos protocolares para autorizar lo que Hans pide, y si bien es un trámite absurdamente extenso y no preparado para este tipo de emergencias, se acelera cuando la voz de mi padre se hace oír con la orden firme de bajar las defensas. Hacen caso, o eso me confirman a través del teléfono, y cuando quiero informarles eso mismo, ya están avanzando a través de la puerta. - Pero puedes esperar un segundo, ¿la vas a llevar rodando hasta la entrada de la isla, o qué? Ya dijeron que iba a aparecerse un guardia para darnos asistencia. - Le aseguro con calma toda la calma que puedo, sin darme cuenta de mi comentario ciertamente ofensivo, o del hecho de que estoy cuestionando su autoridad. Me preocupa más Lara, quien parece reacia a permitir que mi hermana llegue al mundo el día de hoy. - No creo que Mo pueda hacer que la bebé se quede dentro de tu panza hasta la cesárea, pero hemos leído, ¿verdad? Tú sabes lo que hay que hacer en estos casos. Respira e ignora cualquier pensamiento negativo. La bebé está bien, tú estás bien, nosotros estamos bien. - Era importante tratar de calmar a la embarazada, y llevarla con pensamientos positivos a que la conducta desesperante se redujese. Sorprendemente el decirle que “respire” solía ser una mala técnica, así que haciendo uso de los manuales que he leído, me pongo a su costado, tratando de que me observe e indicándole como respirar lento y seguro con ademanes de mi mano en lo que yo sigo el ritmo que debería llevar.

- Hans está exagerando. No vendrá ningún dementor, iremos al hospital con ese traslador y Muffin nacerá rodeada de gente que sabe lo que hace. - Sigo imitando el como debe respirar mientras vamos avanzando fuera de la casa. Que aunque alguien venga en nuestro auxilio, siempre es bueno facilitar situaciones. Me ajusto la correa del bolso de bebé, y me fijo en el teléfono que tiene en la mano, rogando internamente el que Mo conteste, porque no recuerdo que venía después de los ejercicios de relajación y los comentarios en positivo. ¿Era asegurar el ambiente? ¿Proporcionar un entorno amigable? ¿La lista... ? ¿Cuál era la lista que debía armar? Trato de que el pánico no se evidencie en mi cara, y espero que Hans retome la situación con algo más de tacto para que no terminemos todos entrando en la desesperación como la última vez.
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Mensaje por Lara Scott el Mar Nov 26, 2019 6:10 am

A diferencia de otras veces, no le contesto cuando me llama necia. No lo hago porque a diferencia de aquella ocasión en que se dio una «falsa alarma» del parto, esta vez no me siento con ánimos de tomármelo con humor, no hay un pastel de cumpleaños con las velas puestas, ni mi madre poniendo orden con su voz de comandante. Esta vez cada contracción se siente como un aviso claro y rotundo de que la bebé se está acomodando para salir, porque se ha decidido a dar la cara al mundo cuando éste se encuentra en su peor estado, y me molesta por culpa de la estúpida susceptibilidad que se me remarque mis ganas de exagerar, cuando esta vez no es así. Para exagerar lo hago con todo lo que haga falta, es cuando se pone serio que no puedo siquiera decir palabra. Solo asiento cuando me pregunta si puedo caminar y aunque dice que se quedará, tampoco hace amago de ofrecerme su brazo. Tengo que hacer por mi lado el recuento de las alternativas que tengo al alcance para calmar las contracciones, en lo que Meerah acaba de darle las indicaciones a los de seguridad y pasa a dármelas a mí.  

Es tu hija también, ¿por qué no respeta entonces la fecha que le dieron? Si es ordenada como tú, esperará con su cabecita dentro a que sea el día de la cesárea— mascullo, con varias pausas entre palabras para ir acompañando con las respiraciones que me está marcando Meerah. Tiene el descaro de acercarse como si fuera a golpearlo, y lo haría porque actúa como si fuera a golpearlo. —¿A dónde demonios iremos? ¡Hay levantamientos en todas partes!— pregunto, ¿es qué no lo ha pensado? ¿No ha visto las malditas noticias? ¡¿Qué pasará si hay disturbios fuera del hospital?! ¡¿Si los hay dentro?! Si hablo podrán decir que estoy siendo exagerada de nuevo, quizás lo soy. Se ha dicho que hubo gente herida con todo esto de los disturbios, ¡¿y así saldremos?! No quiero salir, ni quiero que el sanador venga, porque no quiero que la bebé nazca y casi consigue que vuelva a llorar el que Meerah me diga que debo apartar los pensamientos negativos, le estoy haciendo daño a la bebé al prohibirle que nazca. Agarro con dedos torpes el teléfono que casi se me cae para poder escuchar la voz de mi madre y serenarme, pero no me da la llamada. No hay ninguna voz del otro lado que me tranquilice, la del contestador termina por quebrarme los nervios.

¡¿Hans, estás loco?! ¡¿Eres suicida?! ¡No puedes salir de la isla!— grito, he llegado al punto de estar histérica. Piso fuerte para que no puedan seguir empujándome hacia no sé dónde, sacándome de la casa en la que se supone que llevamos días por seguridad, y no por la mía, sino por la suya. Por la de la hija que si nació y lleva su apellido. No entiendo como no han reparado en eso. —Cualquiera que te vea fuera de la isla en este momento va a lincharte, ¡van a matarte, idiota! ¡Hay un montón de gente desquiciada allá afuera que está tirando mierda al ministerio y qu…!— mi tono cada vez más alterado y en alto se silencia cuando tengo que contraer todo mi rostro en la mueca que permite reprimir el dolor, no quiero pensar en el líquido de la bolsa que sigue cayendo al suelo. —¡Iré con alguien de seguridad y ustedes se quedan aquí!— decido, no sé de donde me sale esa locura, por un minuto lo veo tan posible, un auror cualquiera podrá hacerse cargo de llevarme con un sanador de alguno de los centros alternativos, no hace falta ir al hospital del Capitolio y en algún momento llegará Mohini, ellos pueden quedarse. Hago el amago de soltarme para tomar el bolso cuando creo que es uno de estos guardias quien se acerca por el camino de entrada de la mansión, no importa que siga temblando de pies a cabeza y los dolores me doblen en dos, puedo hacerme cargo de la situación si sigo respirando como Meerah me dijo que haga. —Todo allá afuera está mal, ¡y si tienen la oportunidad de agarrar a un ministro…! ¡Ese será el bendito castigo público del que todos hablan! ¿Querías una nueva arena? ¡Ellos harán una arena contigo y con quien puedan echarle mano!— dejo en claro, enojada como me siento, por todo, y evito tener que mirar a Meerah, prefiero que se quede en esta isla encerrada diez años a que cualquiera de estas personas este a un brazo de distancia de hacerle daño, porque sabemos que lo harían. Porque es la hija de un ministro como también lo es esta bebé que sigue presionando para salir. —Voy a irme, buscaré un sanador, ¡y ustedes no se moverán de aquí! Mañana... mañana volveré con la bebé— a mí me parece lo más razonable en este momento, dentro de todo lo absurdo, caótico y desesperante de esto.
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Mensaje por Hans M. Powell el Mar Nov 26, 2019 6:52 am

— ¡Pues está claro que mi hija no tiene planes de ser ordenada! — no sé que es, si es el pánico que se va acentuando o la exasperación de que parece no comprender que no tenemos otra opción. Si Mathilda va a nacer esta noche, no va a esperar a que ella esté lista, ni que el mundo se acomode para que ella sea una niña feliz. ¡Que es mi hija, por Merlín, en medio de esta guerra! ¿Cuándo pensé que podría darles una vida normal? Porque claro, ella es explosiva, como el fuego que consume gran parte del país. Y sí, hay levantamientos en todos lados, pero creo que no hace falta que le diga que no podemos quedarnos. Por suerte, tengo a Meerah conmigo. Le cedo la razón con un movimiento de la cabeza porque sí, quizá lo mejor sea esperar al guardia y usar ese tiempo para que Scott se tranquilice… si es que piensa hacerlo en algún momento.

Porque obvio que empiezan los gritos y moverla se vuelve insoportable. No está diciendo nada que no sepa, pero aún así empujo mi sentido común para aferrarme a la idea de que no voy a dejarla sola, no hoy, no así — ¡No voy a dejarte sola con un auror, Lara! ¡Estás… ! — ¿Loca? ¿Desquiciada? ¿Siendo una embarazada incoherente? Eso último no, sé muy bien de dónde viene su miedo, pero tiene que entender que no puedo simplemente quedarme en casa — ¡Yo no quería una nueva arena! ¡Todo lo que hice fue para que a ustedes no las tuvieran en la mira! — sé que no es el momento de echar eso en cara, pero la tensión hace que lo escupa con la exasperación obligándome a sacudir los brazos como si quisiera espantar un moscardón fastidioso — No me perderé el nacimiento de mi hija, Scott, ni por cien levantamientos. Volveremos a casa los cuatro juntos, porque no permitiré que otra persona te cuide mientras yo estoy aquí trepando las paredes. ¡Y ni se te ocurra discutirme! — creo que he empleado un tono incluso peor del que suelo utilizar en la oficina, porque aquellos jamás me ven levantando la voz de esta manera. Pero a ver si de esta forma se calla…

Creo que el auror no tiene la más mínima idea de dónde meterse y lamento, por dos segundos, que no sea Rose; al menos, ella podría mantenerla calma hasta llegar al hospital y, aunque pienso en llamarla, tampoco quiero perder tiempo. Tomo la mano de Scott en un intento de acercarla a mí, rodeándola con el brazo para seguir las indicaciones del guardia, quien se ocupa de comunicarse con sus compañeros en el muelle con una cucaracha — Meerah, mantente cerca — le tiendo la mano que me queda libre, porque el frío no tarda en aparecer y las figuras encapuchadas se alzan a pocos metros. No tengo que mover la varita, un patronus en forma de conejo se acerca a nosotros, proveniente de una guardia que nos espera desde el otro extremo. Por el movimiento rápido, puedo deducir que están preparando el traslador — Al hospital — me apresuro a aclarar. Y sí, obvio que buscan discutir y decirnos que es más seguro el quedarnos, pero no es algo que entre en discusión. En minutos que parecen horas, el traslador es tendido a nosotros y me aferro un poco más fuerte a Scott — Todo saldrá bien — murmuro cerca de su mejilla — Lo prometo. Tú solo ocúpate de que la bebé no salga tan rápido — que, a juzgar por sus expresiones, creo que tiene la tarea más difícil de todas.

Espero que la sacudida no haga que escupa a la niña, porque hasta yo la siento demasiado brusca. Me aferro a ambas en cuanto la luz blanca del hospital me deja ciego por dos segundos y, a juzgar por las voces, la clínica está a rebosar. Uno de los dos guardias que vino con nosotros se toma la molestia de preguntar si nos encontramos bien, pero ni contesto porque estoy más ocupado en ver como los sanadores corren hacia nosotros, ya en aviso de nuestra llegada; a veces, doy gracias por el servicio de la isla — Procura que Mo venga — le digo a Meerah, tendiéndole mi teléfono con rapidez en lo que me dispongo a quedarme pegado como imán a Scott — Lo más rápido posible. Y quédate siempre cerca de ella — le aclaro, señalando a la auror que tiene más cerca, quien creo que acaba de darse cuenta de que le he dado el papel de niñera. Confío en que no tendremos problemas… a pesar de las sirenas.
Hans M. Powell
Hans M. Powell
Ministro de Justicia

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Mensaje por M. Meerah Powell el Jue Nov 28, 2019 5:14 am

¿Levantamientos? ¿Cómo hacía para pensar en los levantamientos en un momento como este? Que sí, era lo único que había circulado en mi cabeza estos últimos días, pero con la inminente llegada de mi hermana el pensamiento se había esfumado ante sus gritos. Ahora no me importaban los disturbios, ni los discursos ni la arena, me importaba que ella estuviese bien, y que mi hermana naciera sana y salva. Como sucedería si hacía a un lado el pánico y nos dejaba que fuésemos al hospital.

Y menos mal que es Hans el que contesta, porque él es casi que hasta amable comparado a lo que me dan ganas de decirle a Lara en estos momentos para que se saque esa absurda idea de la cabeza. Que la entiendo, por el amor a Merlín, a Morgana, y a cualquier brujo antiguo que estuviese escuchando, la entendía… pero una cosa era la protección ciega y otra muy distinta la falta total y completa de razón. Estaríamos seguros, Mathilda nacería en el hospital y nosotros estaríamos allí con ella para acompañarla. No era muy difícil de entender.

Lo siguiente a los gritos es la absoluta determinación de Hans por mantenernos juntos y ponernos en marcha, así que agradezco todo lo que hace con un apretón a la mano que me tiende. Y me aferro a él porque aunque le había dicho a Lara que no se acercarían los dementores, su presencia se hace notar durante los breves segundos en los que tarda en aparecer un patronus en forma de conejo. No puedo quitarme la sensación fría del cuerpo, así que me recargo contra el costado de mi padre y trato, tentativa, de estirar mi brazo libre hasta que mi mano se posa sobre el vientre de Lara. No sé qué esperaba lograr con eso, pero me relaja en cierta forma el sentir que estamos juntos.

La sacudida llega pronto, y aunque tengo que parpadear un par de veces para ajustar mis ojos a la nueva luz, el olor característico del hospital me indica que llegamos al lugar indicado. Y sé que no debería sentirme inútil, pero sé que una vez dentro del edificio no hay demasiado que pueda hacer, así que me limito a aceptar el teléfono y le marco a Mo con toda la urgencia que puedo poner en el pequeño aparato. - ¿A dónde irán? ¿Mo podrá entrar cuando venga? - No sabía que iban a hacer con Lara, ni cuánto iba a tardar, o si me necesitaba con ella. - ¿Quieres que te acompañe? - No sé, lo que quiera.
M. Meerah Powell
M. Meerah Powell
Estudiante del Royal

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Mensaje por Lara Scott el Jue Nov 28, 2019 5:20 pm

Hay dementores en el muelle de la isla, en la puerta del ministerio, ¡lo vimos en las noticias! Y hay una razón para que las medidas de seguridad se extremen de esta manera, ¿por qué de los tres soy la única que parece tener la mente más juiciosa en este momento? Como si los dolores de las contracciones no fueran suficientes, harán que la cabeza también me punce por el estrés que me provoca lo ciegos que son a los peligros que hay fuera para ellos. —¡Sé por qué lo hiciste, pero trata de explicárselo al resto! Nadie del ministerio es precisamente popular en este momento, ¡no los escucharán! ¡Están buscando a alguien que les sirva de… muñeco bobo sobre el cuál descargar golpes!— sigo discutiéndole, porque no dejaría de hacerlo ni aún con la bebé exigiendo la misma atención. Si quieren que me acusen de tomarme todo a la tremenda, pero no quiero que el día del nacimiento de mi hija sea el mismo en que su padre se muera por lanzarse a una turba violenta, y si algo llegara a pasarle a Meerah tampoco podría soportarlo en mi piel. No sé cuál es la manera en que todo esto pueda salir bien y que la bebé se quede quieta dentro del vientre ha dejado de ser una posibilidad.

Respiro hondo para no contestarle como me pide, cuando la decisión de que nos iremos los cuatro está tomada y creo que por el tono que usó todo Neopanem se ha enterado de su determinación. Me aferro a su mano al tomar la mía y escondo mi cara en la curva de su cuello para calmar los temblores de mi cuerpo a causa de lo asustada que estoy por todo lo que vendrá y lo que nos podremos encontrar fuera de la isla ministerial, el roce de la mano de Meerah en mi vientre hace que cierre mis ojos para no pensar y sentir otra cosa que no sea que estamos juntos, que podemos sujetarnos entre nosotros y darle a Mathilda la confianza de que también podremos sujetarla a ella cuando salga, la recogeremos en nuestras manos antes de que el mundo pueda lastimarla allá fuera. Todo saldrá bien, trato de convencerme que así será. —Trataré— prometo por mi parte, abrazándome a Hans y tendiendo mi otro mano por encima de mi vientre para entrelazar los dedos de Meerah con los míos. —No me sueltes— susurro, —no me sueltes, por favor—. Porque todo a nuestro alrededor vuelve a dar un brusco giro y podría caer al vacío que se abre por dos segundos bajo mis pies, siento como un latido de mi corazón queda suspendido, busco el calor de la mano de Meerah y me sostengo a Hans cuando la luz del hospital me golpea en los ojos al abrirlos. Todo en mi interior se remueve, la bebé trata de acomodarse, quema en mi garganta le gusto asqueroso de una arcada y me concentro en volver a respirar con el ritmo que me marcaron.

Sigo sin poder soltar la mano de Meerah a pesar de que Hans le indica que se quede a esperar a Mohini, no lo haría si no fuera porque los sanadores llegan hasta nosotros para hacerme sentar en una silla de ruedas y buscan el cuarto vacío más próximo, dando órdenes entre ellos de traer una pócima que ayude a la dilatación. Son indicaciones que no tienen mucho sentido en mis oídos, porque en menos de dos minutos soy sacada del abrazo que me prometía que todo estaría bien y una sanadora se acerca a mi rostro para hablarme mientras camina a prisa a mi lado, preguntándome el tiempo entre cada contracción. Las matemáticas se pueden ir al demonio en este momento, porque no tengo cabeza para contar. Pregunto en cambio si Meerah también puede venir, porque no quiero que se quede con esa auror que no conozco en medio del pasillo del hospital, y no sé cuánto se tardará Mo en venir, no se puede quedar sola si Hans viene conmigo, porque doy por hecho que vendrá conmigo. Por si las dudas lo quieren echar, me agarro fuerte a su muñeca cuando lo tengo cerca para que no se vaya más lejos que un brazo de distancia. —Tienes que quedarte cerca, donde te pueda ver— le digo, en el mismo tono autoritario que usa la sanadora a cargo de darle ordenes al resto. —Porque si te puedo ver significa que todo saldrá bien.

Pensé que esto no tardaría tanto, pareciera ser que al estar en el hospital, a la bebé se le ha pasado al urgencia por salir o bien diría mi madre que he montado un drama por nada una vez más. Si me preocupaba que ella no llegara a tiempo, creo que le hemos dado unas buenas dos horas para que trate de pasar por encima de todos los revuelos que están sucediendo en el país en este momento. No quiero mirar lo lastimada que estará la mano de Hans después de todo este tiempo en que cada contracción más intensa que la anterior, hace que marque a rojo su mano por la presión que ejerzo con la mía. —Olvídate del equipo de quidditch— muerdo entre mis dientes, —¡Mathilda jugará golf! ¡O hará natación! ¡O aprenderá ajedrez!—. No pienso pasar por este martirio una segunda vez, mi impaciencia siempre ha preferido que el dolor sea rápido y se acabe, no estoy hecha para la agonía de un dolor que no sé cuánto durará. —Mañana mismo pediremos turno para la vasectomía— decido, tengo derecho a traer a colación el montón de incoherencias que habremos dicho alguna vez y a decir algo como esto, cuando mañana mismo lo que haré será cerrar a siete llaves la puerta de la mansión para no salir hasta que al mundo se le pase su estado de demencia. El mío no hace más que empeorar porque maldigo sobre todos los infierno cuando me siento romperme por dentro. —Creo… creo que ya va a nacer— digo. La enfermera que se acerque a revisarme sale de su actitud de es ignorar lo que digo como lo ha hecho en la última media hora de incoherencias y tiene el descaro de sonreírme cuando me dice que tal vez falte un poco más. —¡QUE YA VA A NACER DIJE!— y salvo a Hans de acabar de romperle los huesos de la mano porque al parecer me harán caso y lo apartan para llevarme a sala de partos. No quiero ni ver los pacientes que van y vienen por el pasillo, quiero cerrarme a todo lo que está pasando y a las víctimas de los disturbios que me recuerdan que este es el peor momento posible para que a Mathilda se le ocurra nacer. Me da el miedo estúpido de estar en una sala con un montón de desconocidos y que algo pueda pasarle a la bebé al nacer. —Hans, ni se te ocurra dejarme— le pido antes de que lo dejen atrás, y aunque quiero sonar intimidante sé que no lo consigo porque mi voz tiembla del pánico que siento.
Lara Scott
Lara Scott
Inefable

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