The Mighty Fall
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Cause all that you are is all that I'll ever need ✘ Lara

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Mensaje por Hans M. Powell el Mar Nov 12, 2019 1:35 am

Me acomodo el moño por décima vez desde que llegué al punto de encuentro, hace menos de cinco minutos. Las luces del centro del Capitolio se encuentran en lo alto a pesar de que recién está empezando a ocultarse el sol, dando paso a una noche que aparenta ser cálida, al menos lo suficiente como para que, al menos, podamos agradecer el clima. Hay cientos de cosas que podría cuestionarme a mí mismo, una de ellas es el preguntarme qué demonios se me pasó por la cabeza para decirle a Lara que tendríamos una noche para nosotros solos. Debe ser el estar seguro de que en pocos días tendremos a la bebé con nosotros, que llegará junio y, con eso, la bebé que acabará con nuestro tiempo a solas. Por eso mismo la espero, que sé que ella ya puede pasar tiempo en casa, como la bomba a punto de estallar que es. Para asegurarme de que no tendría que tener ninguna preocupación, Meerah se ha quedado con Phoebe y Charles, así que seremos solo nosotros, tanto fuera como dentro de la casa. ¿Quién dijo que estas cosas no son necesarias de vez en cuando?

La gente va y viene, muchos de ellos luciendo la clase de trajes y vestidos que combinan con el esmoquin que tengo puesto y al cual me acomodo los gemelos por mera inercia. El teatro está a tan solo una cuadra, de modo que pronto empezará a llenarse la zona y me pregunto si tendré que recordarle el horario de llegada una vez más. Estoy por chequear la hora de nuevo cuando la veo aparecer, aunque tengo que admitir que no la reconozco en primera instancia porque estaba esperando encontrarme con una imagen algo más arreglada y no… bueno, la Lara de todos los días. Creo que se me nota porque le voy abriendo los ojos cada vez más hasta que creo que se me van a salir de la cara cuando está lo suficientemente cerca como para escucharme — ¿Pero qué haces vestida así? — por un momento, hasta puedo escuchar a Meerah en mi voz.

Es que creo que fui bastante claro: tenía que venir elegante, no me importaba cómo, siempre y cuando no fuese… ¡Que tiene zapatillas, por Merlín! ¡Y el jardinero que usa todos los días! Que comprendo que con la panza del tamaño de una sandía super desarrollada sea complicado el encontrar qué ponerse, pero tampoco imposible, que hay cientos de casas para embarazadas. La tomo por la mano y la acerco a mí, mirándola de arriba a abajo con el espanto pintado en las facciones — ¡Que no puedes entrar a la ópera así! ¡Tenemos entradas para el palco! — dicho de otra manera, la clase de sitios que el mismísimo presidente suele utilizar y que no van muy bien con su atuendo. Busco ansiosamente a mi alrededor, hasta que las luces de una de las tiendas llama mi atención, lo suficiente como para que la arrastre en esa dirección — Vamos, aún tenemos algunos minutos para llegar. ¡Si tan solo pudieras escucharme al menos una vez, Scott! ¡Solo una! — que está gorda, no sorda.
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Mensaje por Lara Scott el Mar Nov 12, 2019 3:31 am

¡OH, DEMONIOS! Se me ha pasado la hora, tendría que haber llegado a la esquina del Capitolio donde dijimos de encontrarnos con Hans hace… ¡cinco minutos! No es nada, son apenas cinco minutos. ¿Dónde está mi otra zapatilla? Tire ambas al suelo cuando me puse cómoda en el sillón para mirar el partido de los Augureys que definirían su permanencia en esta nueva temporada de quidditch, tuvieron varios altibajos desde que arrancó y están a dos puntos de quedar eliminados. Si lo hacen, también perderán su categoría. ¡Y nadie quiere que los Augureys dejen de ser un equipo de primera línea! ¡Morgana no lo permita! Unos pocos errores determinantes no pueden expulsarlos, será una caída en la deshonra dentro de la historia de quidditch, ¡y me niego a darle la espalda a mi equipo cuando más me necesita! Por eso mismo, trato como puedo de ponerme las zapatillas sin quitar la vista de la pantalla. Estamos a poco de que inicie el entretiempo y llevan un resultado bastante parejo. ¡Diez minutos! ¡Hace diez minutos tendría que haber llegado al Capitolio! Hans va a enojarse, ¿y qué le diré? PERDÓN, tuve contracciones otra vez. No, esa excusa está demasiado usada. Tendrá que disculpar que no le eche más esmero a mi atuendo, que si no llegaré mañana a la noche, de todas formas, sólo vamos a un lugar con música, es lo que supe entender de sus indicaciones. ¿Quién se fija demasiado en una embarazada que va con ropa cómoda?

Silbo nada más verlo, a un par de pasos de distancia, que va impecable desde los zapatos hasta el mechón ondulado de su frente. Yo lo sé, habré salvado a Europa en una vida pasada para que este sea el hombre que me hizo un hijo, todavía es muy temprano en la noche como para insinuarle que podríamos tener diez más y no creo que la ausencia de paciencia le permita reírse de mi chiste, porque su ceño fruncido se destaca en todo su atractivo. —Hola, guapo. ¿Esperas a alguien o puedo hacerte compañía?— pregunto con un tono insinuante, y camino hacia él con las manos en los bolsillos delanteros del jardinero, enfrentándome con su mirada desaprobadora a mi atuendo, al cual hecho un vistazo como si no entendiera el por qué del escándalo. No puedo decirle que me faltó tiempo porque estaba más pendiente de que los Augurey no quedaran fuera del torneo. —¿Qué? ¿No te gusta? Será tendencia en pasarelas en verano, el denim siempre vuelve—. Espero que Meerah nunca se entere de mi comentario hereje.

Me veo arrastrada en la dirección contraria a la que creo que deberíamos ir y ¡un momento! —¡¿La ópera?!— pregunto, al plantar mis pies en la acera uso todo mi peso, que es mucho, para que no pueda moverme. Soy una bola testaruda que no dará ni un paso más, en la dirección que sea, porque ¿a quién se le ocurrió que vayamos a la ópera? ¡Claro! ¿A quién va a ser? —Pensé que íbamos a escuchar a una banda en un bar— digo, ¿no puede ser… un poco menos presuntuoso? Si es una noche para aprovechar de estar solos antes de que un bebé se robe todas nuestras noches con su llanto y gritos por leche, ¿qué sentido tiene ir a un lugar lleno de gente con olor a naftalina? Un bar hubiera estado bien, sentarnos en alguna parte, poder acariciarlo en lo oscuro, y si quería usar esmoquin, por mi parte más que complacida, no le hubiera montado esta escena de nada por un atuendo inadecuado. —¿A dónde vamos?— pregunto en una nota más alta y aguda, porque terca o no, sigue teniendo más fuerza que yo para arrastrarme por la acera hacia… No van a dejarme entrar a este local con zapatillas, ¡la maniquí tiene una gargantilla que sale tan caro como mi coche! Y a esto, detesto los maniquís. Los detesto. Lo sigo dentro, a un espacio que parece inmaculado y mucho más amplio de lo que es por sus relucientes paredes blancas, tienen una araña colgando sobre la mesa de exhibiciones que está en el centro. No puedo creer que haya puesto un pie en Morgana’s y le haga saber de reticencia a Hans al cruzarme de brazos sobre mi vientre. Me giro para darle la espalda, mientras busca o pide indicaciones de lo que sea que considera que es adecuado para una… ¡ópera! ¡por favor! ¿Quién me manda a salir con un chico del distrito 1? Me sobresalto al encontrarme con un maniquí también blanco que tiende su mano artificial hacía mí y, en serio, los detesto. Por mi bien vuelvo mi atención hacia Hans y evalúo los modelos que están a la vista. —No hace falta comprar nada de esto, volveré a la casa y cambiaré el jardinero por un vaquero, ¿contento?—. Y de paso podré checar cómo van los Augureys.
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Mensaje por Hans M. Powell el Mar Nov 12, 2019 4:21 am

La mirada que le lanzo parece que busca envenenarla con tal de no responderle lo que es un poco obvio, porque a veces no entiendo qué le cuesta ser un poquito más puntual, tan solo un poco. ¿Le pido demasiado? ¡Pues no! — Luces como si estuvieras a punto de ponerte a trabajar en el jardín de casa — espero no sonar tan brusco como me siento, aunque pensándolo bien… ¡Se lo merece! ¿Acaso no me presta atención? ¡Le dije que iba a llevarla a ver un espectáculo? ¿A dónde se pensaba que iba a arrastrarla? Ahora mismo, las entradas que tengo dentro del saco se sienten terriblemente mal, tal vez sea la última vez que le pido consejos a mi hija de dónde tengo que ir con ella en una cita. Que jamás tuvimos una, así que tuve que retroceder unos cuantos pasos y preguntarme qué habría hecho si esto fuese una salida inicial. Me pareció lo más sensato.

Sí, la ópera — contesto en lo que trato de que no nos lleve puestos ningún auto en lo que llegamos a la vereda de enfrente — ¿Por qué te llevaría a un bar? La música de esos lugares es solo un montón de ruido, la gente ni siquiera sabe cantar y la acústica suele ser terrible — que tal vez no soy la persona más artística del mundo, pero me han enseñado a apreciar el arte bien realizado y… no, no voy a asesinar mis oídos en un insulto a la cultura. Tengo que tirar más fuerte de ella para que venga conmigo, que estará gorda pero sigo siendo más fuerte, así que puedo colarnos a ambos dentro del negocio, llevándonos algunas miradas de las pobres empleadas que solo quieren irse a casa a estas horas. Pero bueno, es una emergencia y tendrán que escucharme, prometo dejar una buena propina.

Al menos, son lo suficientemente rápidas como para empezar a atraer prendas bajo mis indicaciones. Estoy atajando la primera percha que se acerca levitando hacia nosotros cuando me volteo hacia Lara y su propuesta con algo de urgencia en los ojos — Por supuesto que no. Conociéndote, llegarás dentro de una hora, me quedaré como un idiota esperando y habré conseguido dos entradas para nada — que no es que desperdicie el dinero, pero… bueno, son costosas, así que sí sería un desperdicio. Atajo un par de perchas más y la obligo a estirar un brazo para empezar a lanzárselas — ¿Qué zapatos te son cómodos para usar? No puedes usar eso… — que no me lo reproche, que hasta están sucias, le veo el polvo y la tierra desde aquí. Le doy un par de empujoncitos para meterle prisa y tiro de la cortina del probador para darle espacio, cruzo mis brazos y me apoyo contra la pared en espera — Dijimos “una cita”, Scott. Hasta pensé en comprarte flores, pero conociéndote te quejarías durante toda la noche sobre no saber dónde ponerlas. ¡Y tú llegas con un enterito y las zapatillas que usas dentro de un sitio lleno de aceite! — que ni sé si son las mismas, pero creo que se entiende mi punto. Tengo que pasarme una mano por el rostro prolijamente afeitado para quitarme la irritación, pero pensar que hasta busqué no tener ni un pelo que me raspe los dedos hace que se me arrugue un poco más el entrecejo — Tengo todo calculado. La hora de llegada, la duración de la obra, la reservación del restaurante… — voy enumerando con los dedos, para que tenga en cuenta de que no podemos andar desperdiciando minutos — Y si nos queda tiempo, podremos ir a meternos mano a dónde más te guste, que me aseguré que Meerah se quede con Phoebe esta noche para poder estar solos. Sin llamados, sin preguntas, sin nada. ¡Hasta mira! — para que le quede bien en claro la gravedad, meto la mano en su vestidor para enseñarle que he apagado el teléfono. Mi lista de quejas se muere cuando asomo la cara entre las dos cortinas, buscando echarle un vistazo — ¿Alguno te gusta? Solo elije el que te quede más cómodo y vamos, con un poco de suerte no habrá fotógrafos y podremos correr dentro.
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Mensaje por Lara Scott el Mar Nov 12, 2019 5:19 am

¡Injurias sobre mi persona!— alzo mi voz por encima de la suya, mal que me pese, tiene razón al decir que no volveré si no es al cabo de una hora, que con el conocimiento de que lo que nos espera es la ópera, me quedaré en la casa hasta que termine el partido, entonces volveré y podremos tener sus quince minutos de aburrida ópera. ¿Cómo puede ser tan prejuicioso con la música en los bares? ¿No era su hábitat natural cuando era un abogado soltero? Mi mirada es hostil cuando se mete con mis zapatillas, que agradezca que no traje las botas del trabajo, que esas son más pesadas y habrían dejado marcas imperdonables en el piso del local. —¿Por qué no? Me pondré un maldito vestido que me cubra hasta los pies, ¡nadie las verá!— aseguro, que no voy a ponerme unos zapatos con tacones que superen los diez centímetros, ese equilibrio lo hacía cuando no tenía una bola en mí que me inclina hacia adelante, a riesgo siempre de caer de cara al suelo. Cierro de un tirón la cortina del probador para mostrarle mi enfado que es espejo del suyo, y se me sube la rabia como una emoción roja por el pecho hasta la cara al oír su crítica. —Tal vez, si me hubieras invitado antes a una cita, en vez de esperar a que me pusiera redonda como una pelota de playa y a que mis pies se hinchen, tal vez podría haber venido con un vestido rojo y sandalias que me coloquen a tu altura— lo digo con desdén desde el otro lado de la tela, que corro un poco para sacar mi cabeza y hacerlo centro de mi ojos chispeantes. —Pero eras demasiado orgulloso como para admitir que te morías por tener una cita conmigo—, vuelvo a tirar de la cortina con fuerza para quedar encerrada dentro del probador.

Resoplo tan alto que espero que me escuche, y después me calmo, que no sé cuándo volveremos a tener la oportunidad de una cita que nos costó concertar por orgullo y esa supuesta indiferencia a hacer lo que todas las parejas hacen, que siempre nos hemos dicho que somos diferentes a las otras, pero una cita parecía un buen plan… ¡salvo por la ópera! ¿De verdad? ¿Llevarme a mí a la ópera? Suspiro al deshacerme de un par de vestidos de prueba porque no hay manera de que me queden y selecciono los que podrían ser, hay uno en particular que es azul eléctrico, me gusta tanto que aun sabiendo que es una talla menos de la mía actual, es la primera que me coloco cuando me deshago del jardinero y la camiseta para dejarlos regados en el suelo. —¡Hecho!— grito desde mi sitio, —Yo elegiré donde meternos mano al final de la noche—, algo bueno tiene que tener esta cita, ya que estamos. Paso el vestido por mi cabeza, con dificultad cuando tiene que pasar por mi pecho y lo logro, baja para redondear mi vientre y me queda abierta la espalda. Reviso por el espejo, me cuesta subir más de dos centímetros la cremallera. —Me siento conmovida de que hayas apagado el teléfono por nuestra cita, pero… ¿lo haces por la cita o por tu bendita ópera?—, sé que en ese lugar está prohibido que los tengamos encendidos, no habrá manera que pueda enterarse la actualización de resultados en el quidditch. Cuando mete su cabeza entre las cortinas, sigo forzando el cierre. —Me gusta este, es el que me quiero llevar— le digo, no me importa que haya otros cinco modelos levitando que dejé como posibles, ahora que me probé el azul, quiero el azul. —¿Puedes ayudarme? Sólo tienes que tirar un poco hacia arriba— le indico, girándome hacia él para mostrarle mi espalda, es apenas una cuestión de centímetros, ¿no? Si tira con suficiente fuerza puede unir los lados y levantar el cierre. —¡Vamos! ¡Entra! No serás el primero que se meta a un probador con su novia— digo como broma.
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Mensaje por Hans M. Powell el Mar Nov 12, 2019 6:03 am

Ay, por favor… ¿De verdad vas a reprocharme ahora lo que hice o dejé de hacer hace como un año? — hasta revoleo las manos por el aire acorde a la exasperación de mis ojos, porque no es momento de sacar la lista de todo lo que pasó entre nosotros cuando ya estamos a punto de ser padres. No tenía intenciones de que nuestra primera cita sea esto, con ambos discutiendo en medio de Morgana’s como un matrimonio consumido por los años — Tú siempre dejaste en claro que no necesitábamos una cita y parecías muy contenta con simplemente llevarme a tu departamento. ¿O quieres que te recuerde cómo terminaste embarazada, en primer lugar? — que si se va a poner a echar culpas, sabe que conmigo sale perdiendo, que no me volví abogado para nada.

En lo que ella se viste no puedo evitar lanzar alguna que otra mirada a las vendedoras, que se mantienen lejos para darnos espacio pero sé que revolotean la situación porque no debe haber nada más entretenido que un par de clientes recriminándose cosas en lo que parece ser un pequeño escándalo. Suspiro con fuerza porque parece que lo de meternos mano ha calmado a la bestia, aunque tengo que hacer una pausa — ¿Qué tiene de malo la opéra? ¿Acaso no sabes apreciar el trabajo de los buenos artistas? — mucho mejor que la porquería que ella consume en la televisión todos los días, para variar — Y lo he hecho por nosotros, no quiero llamadas de emergencia de última hora. ¡Se supone que es nuestra noche! — la última, ese pequeño momento de efímera soledad. ¡Y la estamos pasando entre peleas!

No es un feo vestido, pero creo que se ha hinchado tantos estos meses que siento que su espalda no va a perdonar que se lo esté metiendo a la fuerza. Por mi seguridad, no me río cómo me gustaría y me ahorro el decirle que, si lo fuerza, parecerá un matambre enrollado — ¿Estás segura? ¿Puedes respirar? — que no voy a terminar en un hospital porque se ha quedado sin aire por caprichosa. Me adentro, sonriéndole por medio del espejo que tiene delante a causa de su broma y le doy un suave empujoncito para que se acomode, permitiéndome trabajar — El lado positivo de todo esto es que pronto podrás empezar a usar la ropa de siempre y tendremos que dejar de preocuparnos por conseguirte talles especiales — me muerdo la punta de la lengua en señal de concentración, que el cierre es muy pequeño y mis dedos son demasiado grandes para su tamaño. Cuando consigo agarrarlo, empiezo a tirar, forzando a ambos lados de la tela a juntarse — ¿Por qué no pruebas el verde botella de por ahí? De seguro te queda muy… ¡Mierda! — mascullo el insulto con una exclamación entre dientes, porque el tirón seco provoca que me quede con el cierre entre los dedos… demasiado literal, hasta cuelga un hilo y todo — ¿Crees que un reparo funcione o eso no aplica a telas? ¡Ves! ¡Te dije que tenías que probarte otro! — que lo dije demasiado tarde, ya sé, pero podemos fingir que no.
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Mensaje por Lara Scott el Miér Nov 13, 2019 4:25 am

¿Quieres decir que tú sí puedes quejarte de mi modo de vestir por culpa de esta panza que tengo, pero yo no puedo quejarme de que hayas esperado a que tenga esta panzota?— replico, claro que se lo replico por más que la panza no sea el único motivo en que me decidí venir con lo más cómodo que tenía, ¡que no sabía que íbamos a ir a la ópera! Y si lo hubiera sabido, habría simulado que estaba enferma. Porque ir a una ópera… ¿hay alguien que puede encontrarlo entretenido? Mejor no me lo respondo, que lo tengo cerca, del otro lado de la cortina. ¿Por qué no me sorprende? ¡Y claro que va a defenderse con todos sus argumentos de abogado! ¡Claro que yo no pedí una cita! Pero… pero… si me acuerdo cuando rechacé hasta su propuesta de ir de vacaciones juntos a la misma playa donde ahora vivimos… —¿Sabes que no solo te quería para sexo, verdad?— se lo pregunto con duda, —Sí, bueno, al principio sí. Pero luego me empezaste a caer bien…— digo esto como un resumen en broma, que sabemos que pasaron tantas cosas y no solo “caernos bien” de un día para otro. —Ya, me pondré un vestido acorde. Me lo estoy probando, ¿contento? Y pide a una de las vendedoras los zapatos más planos que tengan, no sacrificaré mis tobillos.

Fuerzo al vestido a que me entre y no sé cómo hacer para contestarle si también tengo que contener la respiración para hacer un poco más plano mi pecho, como si la panza también la pudiera contraer, ¡vaya tontería! ¿Puedo usar un poco de magia para agrandar este vestido o van a prohibirme la entrada a Morgana’s por haber dañado sus diseños exclusivos? —Solo hay algo que me parece tan divertido como una ópera y es un funeral, ¿eso contesta tu pregunta? ¿Y para que quiero ir a una ópera si ya me cantaste odas?— aprovecho para burlarme, que todavía tengo la grabación en el teléfono. Tengo que concederle un punto por responder que lo ha hecho por nosotros. —Si eso no es romanticismo, yo no sé qué es…— es que no puedo dejar de bromear con cada cosa que hace, toda la situación de estar golpeándome con las paredes de un probador para que un vestido me quepa es lo que me pone de este humor, es esto o maldecir como supongo que no admiten en Morgana’s.  

¡Claro que puedo respirar! … lo necesario para vivir…— suelto, que tener que economizar aire para seguir respirando me parece bien si logro que el vestido me quede, por muy injusto que mis pulmones crean que cuide mis tobillos, pero los maltrate a ellos. ¡Pero nadie va a mirarme los pies! En cambio, no habrá manera de salvarme de un par de miradas si se me ocurre entrar a algo tan pomposo como la ópera con alguien como un jodido ministro, que encima ¡claro! ¡la mayor de las injusticias! Puede lucir un esmoquin con toda impunidad. Y que solo evoque la posibilidad de que algún día podré volver a usar mi ropa de antes hace que me lleve las manos al pecho, sobre esa tela que me aprieta demasiado el busto, y suelte un — ¡Ay, si!— tan anhelante, que cualquiera que note que Hans se ha metido dentro del probador podrá confundir. —Creo que lloraré el día que pueda volver a cerrarme el botón de una falda corta— digo, inclinándome un poco hacia delante para que ponga todo su empeño en subirme el cierre. —Y espero que entonces tengas la decencia de invitarme a otra cita—, sí, claro, dentro de dieciocho años cuando la hija que vamos a tener esté lista para irse a vivir sola. —No quiero el verde botella, Hans, me gusta el azul. ¿Qué tiene de malo el azul?— me pongo terca, que el verde también es hermoso, pero… —¡Lo rompiste!— ahogo mi grito para que no nos escuchen las vendedoras, ¡este hombre! —Eres el colmo, Hans. Sabes sacar a una mujer de un vestido, pero no sabes colocárselo. Se nota, en serio, que todo esto es nuevo para ti…— resoplo. —Ayúdame a quitármelo, ¡qué apenas me lo puse!— me quejo, girando hacia él con los brazos en alto para que intente de alguna manera, hacer que la tela pase por mi panza y no quede atorado a medio camino. — Me probaré el verde, es más hermoso— decido, aunque sea más corto y tan gorda me arriesgo a que apenas me cubra el vientre. —¿Te puedes apurar? Anda, ¡quítame el vestido! — Pese al revoleo de la tela puedo escuchar con claridad cuando se abre el probador de tirón, ¡y Morgana! ¡Ya ni se puede tener un poco de intimidad! No, pues según el código de ética de este sitio, tal como nos explica la vendedora, prohíbe que los clientes tengan sexo en el probador. —Si, bueno, disculpen, las hormonas— supongo que se da cuenta que es una burla cortante, porque ¡hola, mírame embarazada y tratando de entrar en uno de tus vestidos para nenas planas de doce años! — ¿Podrías traer el primer mantel que encuentres por ahí y solucionamos esto?— le digo a Hans. Listo, ya, me enojé.
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Mensaje por Hans M. Powell el Miér Nov 13, 2019 5:18 am

No se lo quiero decir tan gráficamente, pero por la manera que tengo de apretar mis labios hasta casi hacerlos desaparecer en el reflejo del espejo debería dejarle en claro que sospecho que, de apretarle aún más el vestido, la bebé tendrá que consumir leche en polvo — Lloraré el día en el cual pueda volver a verte en una falda corta. ¿Hacía falta llegar a esto para que no digas que salir conmigo sería solo una excusa sexual que no necesitamos?— dramatizo para molestar, que a estas alturas apenas y recuerdo otra prenda en ella que no sea las capas de ropa que ha estado utilizando en los últimos meses y sus intentos de esquivarme quedaron tan lejanos como el contrato de la casa que compramos para vivir juntos. No alcanzo a decirle que el azul no tiene nada de malo a excepción del talle, que se rompe y me veo venir el drama antes de que empiece a hablar — Mi amor— por la manera que aprieto los dientes y no parpadeo, es obvio que ese apodo viene con intenciones sarcásticas y no cariñosas — ¿Cómo pretendes que tironee de un cierre cuando es físicamente imposible? Si apretaba más, la bebé iba a salir disparada por no tener espacio — me niego a escucharla chillar por contracciones de nuevo, mucho menos en este lugar.

Creo que soy la imagen de cualquier padre de familia agotado de su mala suerte cuando cierro los ojos, tomo aire y lo largo en un pesado suspiro frente a sus indicaciones apremiantes. Hasta echo la cabeza hacia atrás y cuento hasta tres — ¡¿Podrías al menos darme un momento?! Que no es sencillo — porque el vestido tiene una tela pesada, su cuerpo no hace más que estorbar y tengo que hacerlo pasar por su vientre hinchadísimo, en un espacio reducido en el cual no deberían entrar dos personas. Eso queda aún más claro cuando la vendedora ingresa sin pedir permiso y, aunque mi primer impulso es bajar un poco la tela para cubrirla un poco, su acusación me parece aún más ofensiva que las tonterías que dice la madre de mi hija — ¿Acaso no respetan la privacidad de sus clientes en este lugar? Es vergonzoso. ¿Podrías ir a buscar unos zapatos chatos para mi pareja y avisar la próxima vez que quieras entrar al bendito probador? — solo porque no quiero darle oportunidad a que responda, tiro de nuevo de la cortina frente a su cara pasmada. Pfff, maleducados.

Con la poca paciencia que me queda, busco la varita dentro de mi saco y, con una sacudida, el vestido sale disparado hacia arriba, aunque creo que de una manera brusca que podría haberle fastidiado en el pecho. Lo único que puedo hacer es compadecerme con una mueca y le tiendo el vestido verde — Un mantel sería demasiado bajo. Vamos, levanta los brazos — de alguna manera, consigo pasarle a la fuerza la prenda, que cae sobre su cuerpo remarcando su figura ovalada. A decir verdad no se le ve mal, estoy seguro de que he visto a alguna celebridad embarazada luciendo algo parecido — ¿Ves? ¿Tan difícil era? Te ves como una deliciosa uva — le doy una palmadita en la panza y todo, aunque la sonrisa busca verse burlona. Bajo la mirada un momento y me veo obligado a tirar un poco de la tela para acomodarle el escote, que aún no acostumbro a verlo tan pronunciado por culpa de la maternidad que la ha vuelto redonda en más de un sentido — Te ves bien, Scott. ¿Jamás siquiera pensaste que tendrías que pasar por estas cosas si sales conmigo? ¿Y qué sucederá si nos casamos? ¿Jamás me acompañarás a ningún lado, ni a una gala o brindis, solo porque prefieres un funeral? Hay cosas que vienen dentro del paquete si vamos a estar juntos — ese que se verá si lo toma cuando la vendedora llama tímidamente del otro lado y tengo que abrir para ver que sostiene dos pares de zapatos, los cuales permito que Scott vea echándome un poco hacia atrás para hacerle el espacio — Tú decides — aunque lo primero que hago es mirar sus pies. ¿Cuándo se volvieron pequeñas canoas?
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Mensaje por Lara Scott el Miér Nov 13, 2019 8:49 am

¡Ay, no! ¿Ahora que hice?— gimo, que cuando me dice «Lara» es el preludio de una bronca que va a echarme por algún problema en el que me metí, así que escucharle decir «mi amor» solo puede significar que por mi culpa hayan desaparecido tres distritos del mapa. Y no hace más que decirme una bobería por la que se gana una mirada de reproche a través del espejo. —¿Me estás diciendo gorda, Hans Powell?—, bien, usemos esa carta para zanjar el tema, que no quiero excusas sino que se ponga a trabajar para que el vestido se amolde a mi cuerpo, por las buenas o por las malas. Tendrá que ser por las malas, que en unos segundos estamos armando nuestro alboroto personal dentro del probador que la vendedora tiene la cara de interrumpir, y me sorprendo de que sea Hans quien se enoje más que yo, en vez de salirse con una disculpa a las buenas maneras de la moral, le cierra la cortina en la cara a la mujer.

No digo ni una letra porque asumo que está hasta la coronilla con el tema del vestido si es que responde así, y aguardo a que me lo quite como tendría que haber sido en un principio, con la varita esta vez lo que me indica que se lo está tomando en serio. —Podría llevarlo como una toga griega— si está visto que yo no puedo quedarme callarme por mi bien. —Y podrías meterme mano más fácil cuando te aburras en la ópera… no, para que yo no me aburra en la ópera… ¿qué opinas?—. Por estas cosas es que luego me echa en cara que no lo quiero más que para acostarme con él, que por eso estamos aquí con una panza redonda como el tercero en la habitación a causa de ese desenfreno. Una curva sobresaliente que se encarga de remarcar con una palmadita. Sí, sí, ya entendimos. —Mejor nada de manteles, ni de togas griegas. Van a pensar que soy la gorda de la ópera…— suspiro, enfrentándome al espejo otra vez para comprobar cómo se me ve el vestido y se me hace corto, en serio, la panza levantó el ruedo varios centímetros por arriba y los pechos se me están desbordando un poco fuera, que trato de acomodar cuando vuelve a hablarme. —Sí, ¡claro que lo pensé! Durante todo ese tiempo en que me dije que no me involucraría contigo porque, maldición, eras el ministro de Justicia, mi departamento era del tamaño de la sala de tu mansión en la isla, sales en las revistas y eres el plato favorito de los chismes— voy enumerando, —Sí, créeme, supe bien donde me estaba metiendo cuando al final decidí que me quedaría a dormir en tu cama—, me giro hacia él presionando mis manos contra mi escote. —Me aprieta demasiado, ¿y si me pruebe el negro? El negro disimula todo…— sugiero.

No alcanzo a probármelo porque la vendedora está de vuelta con los zapatos que le pedimos, y para que mentir, son bonitos. Si estos que son planos son así, no me imagino los otros. Puedo de lejos escuchar el chillido de emoción de Meerah, que es la que sabe de esto, en mi caso soy la chica que se la pasa la mayoría de los días del año con las botas antideslizantes que debemos usar en los talleres así que un zapato es un mimo ocasional, que hace bien al alma de vez en cuando, estoy de acuerdo con eso, de ahí a… —¿Qué decida qué? ¿Entre los zapatos o si te acompañaré a ti en vez de irme a mi divertido funeral?— pregunto, con mi mirada limpia de acusaciones, es una duda real, para la que yo tengo la respuesta. Me volteo hacia él para alisar la solapa de su saco con una mano y después uso ambas para sostener las puntas de su moño, así puedo acercarme a él, panza de por medio. —Dices de quedarme en la casa como la refunfuñona que soy, enemiga férrea de las óperas, y dejar que tu… vestido así… andes suelto y causando alboroto por todo el Capitolio, ¡jamás!— elijo tomarlo como una broma, sonrío contra sus labios al besarlo brevemente, y lo suelto para poder ocuparme de los zapatos que la vendedora nos dejó para volver a lo suyo, que creo que la petición de intimidad se la tomó en serio. —Entonces… si me convierto en Lara Powell, ¿eso es lo que tendría que hacer?— pregunto, la sonrisa todavía tirando de mi boca, —¿Óperas? ¿Galas? ¿Brindis?—, me siento en el taburete que está dentro del probador a esperar que me pase los zapatos para poder ponérmelos. —¿Ser una esposa trofeo? ¿Ser algo así como… una Ophelia Hamilton?— no pierdo el tonito de humor en mi voz, por despectiva que suene al hablar de la chica que da nombre a nuestra perra. —Siempre supuse que cuando hablabas de que te hubiera gustado casarte con una mujer con quien llevaras años de conocer, así ordenado como eres, tendría que ser una rubia alta que se conozca todas las óperas y que salga en las revistas por las fundaciones de beneficencia que sostiene con las amigas—. Y mientras tanto yo, con Rose, pasándonos artículos sobre la vida sexual de las parejas durante el embarazo.
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Mensaje por Hans M. Powell el Miér Nov 13, 2019 6:37 pm

Podría o no estar diciéndole gorda, quizá nunca lo sepa, porque me niego a contestar algo como eso. Me centro en los temas obviamente más urgentes, como su rechazo a la idea de un espectáculo de calidad como Merlín manda — Por tentadora que sea la idea, sería un poco riesgoso meterte mano ahí dentro — que vaya a saber quienes podrían estar mirando. Permito que se aprecie en el espejo, aunque con las cosas que dice me deja bien en claro que “apreciar” no es el término correcto y lo único que puedo hacer es quedarme callado en espera de una decisión que cada vez se hace más lejana. ¿Cuántos minutos nos quedan? — Es bueno saber que te hacías una idea. Ahora… ¿Puedes aceptarla con un poco más de entusiasmo? Porque me haces sentir que te he engatusado para que aceptes todas esas condiciones — se me van los ojos al modo que tiene de apretarse el pecho y creo que podría reírme, pero como llega de nuevo la vendedora, no tengo oportunidad ni de eso ni de hablar sobre su vestido negro.

Le lanzo una mirada cansina, creo que estoy siendo un poco obvio con respecto a mi apremio para que pueda escoger un vestuario decente así nos marchamos de aquí, pero ella decide tomarlo para el otro lado. No digo nada porque me veo jalado hacia delante por sus manos, tironeo mi boca hacia un lado al sonreírme por su inesperado elogio que culmina en un beso fugaz — Hablaba de los zapatos, pero es bueno saber que no me peleé con el moño por nada — que es una mentira, porque hace tiempo he desistido de saber cómo armar estas corbatas en particular y he usado la varita, que para algo la tengo. Acabo por acomodar la cortina para que volvamos a tener intimidad y me giro para chequear si puede o no inclinarse para probarse el calzado, pero me encuentro con una resolución que no me estaba esperando. No lo había pensado en detalle, siempre que hablamos de las posibilidades de formar algo juntos tiendo a separarlo de lo que es mi vida profesional, pero al fin de cuentas sé bien que no tenemos la misma idea de cómo pasar nuestro tiempo libre. Las cenas de etiqueta y todo lo que eso implica son moneda corriente en mi mundo, si ella quiere estar conmigo debe comprenderlo. Aún así, me armo de paciencia cuando me acerco, ignorando el venenito de sus palabras finales para no hacer de esto una pelea infantil.

Le quito las zapatillas para serle de ayuda y evitar que se incline con la panza, tomo uno de los zapatos y me preocupo en colocárselo, lo que me mantiene entretenido al hablar — Si te soy sincero, es lo que todo el mundo esperaba. Me han presentado muchas hijas, sobrinas, nietas… ya sabes. Copa en mano y conversar un rato porque “de manera casual” tenían que hablar con alguien más para dejarnos solos. Siempre ligadas a banqueros, políticos, abogados, ese palo. Y sí, ellas habrían sido más predecibles y no me harían salir corriendo a comprar un vestido de urgencia antes de ir a una ópera que de seguro ya habrían visto — cuando coloco su zapato, tomo su talón con cuidado para alzarlo un poco y mostrarle el resultado. Arqueo mis cejas en su dirección pidiendo una aprobación — Pero no me gustaban, jamás me provocaron absolutamente nada. Me gusta el caos que tú eres, Scott. Eres el perfecto desorden en mi organizada vida y te amo por eso, pero… — sí, siempre viene esa parte. Bajo su pie con cuidado para poder pasar al siguiente — No quiero que seas una esposa trofeo, quiero que seas mi compañera y si yo voy a soportar tus malas series, que tengas modelos mecánicos o manches la sala con tus botas… ¿Por qué no podría presentarte como mi acompañante las noches en las cuales lo necesite? ¿Qué seré? ¿El sujeto que tiene a alguien en casa, pero que va a la gala con su asistente del brazo? Y si quisiera presumirte no podrías culparme, que me encantaría que todos pudieran ver a la increíble y bella mujer que llevo conmigo porque pensó que yo valía la pena — me atrevo a bromear con un movimiento travieso en mis cejas y acabo con sus zapatos. Sin esperar respuesta, estiro el brazo y le enseño la prenda que ella ha señalado antes — ¿Quieres probarte el negro, entonces?
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Hans M. Powell
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Mensaje por Lara Scott el Miér Nov 13, 2019 9:31 pm

Que se joda el mundo, siempre en contra. Bufo muy ruidosamente al imaginar lo que habrá sido ese desfile de hijas, sobrinas, nietas, las veo a todas ellas como modelos de pasarela en verdad, con sus piernas larguísimas y algunas hasta más altas que Hans, eso seguro. Mi prejuicio hacia ellas es tan fuerte que me caen mal sin conocerlas, y saber que son las mujeres que llenan las butacas de la ópera, ¡olvídalo! Arrugo un poco mi ceño con mi mirada puesta en sus manos que van guiando mi pie dentro del zapato, cualquier comentario malicioso que pudiera venir después hacia esas mujeres imaginarias muere en mi boca. No me está engatusando, antes lo hubiera creído, cuando a cada palabra que decía le daba la vuelta de un lado y del otro buscando que tan sincero había sido, porque no me lo creía posible. No podía creer que aceptara todo el desastre que soy también fuera de la cama, que pudiera gustarle algo así que no encajaba para nada con todo lo que es y a lo que estaba acostumbrado. Todas esas madres, tías y abuelas van a odiarme, me van a empujar por las escaleras de la ópera, yo lo sé. Mi mirada se enternece por lo dicho, no lo puedo evitar, creo que estoy a punto de decirle algo en respuesta y entonces lo hace, me obliga a poner los ojos en blanco. —Tienes que parar de decir pero cada vez que dices te amo, estoy yendo confiada hacia ti y de pronto me golpeo con un muro que no vi— suspiro, probando qué tan cómodo me queda el primer zapato.

Froto con mi mano la punta del zapato y vuelvo a rodar mis ojos por ese reclamo que se ha apuntado en alguna parte para echármelo en cara ahora. —No es lo mismo, yo también tengo que aceptar tus manías dentro de la casa— recalco, que entiendo todo lo demás, no los puntos de los que se prende como argumento. —Esto tiene que ver con lo que sucede fuera, ¿acaso te arrastré a algún partido de quidditch? Hoy juegan los Augureys y bien que podría haberte pedido que la cita fuera ahí, pero no. No te dije tampoco para ir un bar underground, ni que ensucies tus zapatos metiéndote en los lugares en los que trabajo. ¡Y disfrutas de esas series! Luego siempre me estás preguntando lo que no te quedó claro…— refunfuño, no me dura porque enseguida estoy parada sobre mis pies y hago uso de todo lo que me permite mi poca altura para pararme frente a él, desafiando su mirada. —¿Y no puedes ir solo? ¿Tengo que ser yo o una de tus secretarias que se preguntan si volverás a caer en el cliché?eso ha salido tan venenoso hasta para mí. Coloco mis manos en sus hombros y maldición por estar condenada a zapatos planos, las llevo hasta su cuello para acercarlo y que su boca quede sobre la mía para poder besarlo un poco más lento. —También inteligente, talentosa y con un gran sentido del humor, que no se te olvide si vas a presumir a esta mujer que creyó que valías la pena y una ópera— murmuro, soltándolo para poder probarme el vestido negro luego de asentir con la barbilla y luego de otro par de forcejeos más, puedo sentir como la tela más liviana que las otras simplemente se desliza por mi cuerpo y no es un mito que el negro, siempre, siempre es la mejor opción.

Me miro un momento en el espejo del probador y lo tomo de la muñeca para sacarlo de ahí. Los vestidos en el perchero nos siguen levitando hasta el mostrador donde están expuestos varios labiales, tomo uno de los más parecidos a mi tono de piel, un poco más oscuro y me lo pruebo delante de un espejo circular que tienen allí. —Este también— se lo indico a las vendedores, que todo lo que compramos me lo llevo puesto y creo que una de las mujeres está guardando mi jardinero y las zapatillas dentro de una de las bolsas de Morgana’s para que pueda llevármelo así, que honor. Paso mi dedos por mi cabello desde mi frente hacia atrás para agitarlo y que se reacomode a su manera, tendrá que ser así porque no tengo nada para esmerarme más. Y creo que eso es todo hasta que colocan otra bolsa de Morgana’s delante de nosotros, con una gran sonrisa, porque al parecer somos la pareja número cien en comprar este año y nos dan un regalo exclusivo de la marca. No es hasta que salimos a la calle que saco las camisetas, una negra que dice BET TOGE y la otra blanca con un TER THER. —¡Por favor!— me largo a reír en plena acera, —Ya tenemos nuestras camisetas para cuando toque bañar a los perros. ¡No! ¡Cuando toque cambiarle el pañal a Mathilda!
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Cause all that you are is all that I'll ever need ✘ Lara Empty Re: Cause all that you are is all that I'll ever need ✘ Lara

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