The Mighty Fall
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VERANO de 247221 de Junio — 20 de Septiembre


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Tras años de represión y batallas libradas, hoy son los magos los que caminan en las calles más pulcras del Capitolio. Bajo un régimen que condena a los muggles y a los traidores a la persecución, una nueva era se agita a la vuelta de la esquina. La igualdad es un mito, los gritos de justicia se ven asfixiados. Existen aquellos que quieren dar vuelta el tablero, otros que buscan sembrar la paz entre razas y magos dispuestos a lo que sea para conservar el poder que por mucho tiempo se les ha negado. La guerra ha llegado a cada uno de los distritos. ¿Qué ficha moverás?
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Phoebe M. Powell
Director del Servicio Social
Es cruel que recuerde el rostro de mi padre con tanto detalle cuando las memorias de mi madre desaparecen a una rapidez estrambótica con el paso de los años, y que de no ser por las escasas fotografías lo más probable es que su recuerdo se hubiera quedado marchitado hace ya mucho tiempo atrás. Pero no el de mi padre. El suyo es un retrato vivo de la imagen que tengo de él de cuando no era más que una niña, ese mismo que me despierta en mitad de la noche, con el frío de los primeros días de noviembre golpeando la ventana. No le hubiera dado mucha importancia de no ser porque esa misma imagen se repite día tras día, al punto de que siquiera pegar ojo se vuelve una tarea por más de complicada, imposible. No es la primera vez, ni tampoco espero que sea la última, desgraciadamente, que mi padre se aparece en mi cabeza con la única intención de atormentarme el sueño. Llevo teniendo pesadillas con él desde que tengo uso de razón, solo que con los años he aprendido a evadirlo al punto de que hacía tiempo que no volvía a tener la sensación de estar ahogándome en mi propia mente.

Esta vez es diferente. Lo siento en cada parte de mi cuerpo, desde las noches en vela hasta la extensión de que incluso mi estómago parece haberse cerrado, reacio a cualquier sustancia ajena que me revuelva las tripas de la misma forma que el recuerdo vívido de mi padre marea en mi cabeza. Soy consciente de que algo va mal, pero no lo digo porque no es tampoco la primera vez que me obsesiono con algo fuera de mis límites, problemas que se alejan de mi zona de control, que no puedo solucionar. Probablemente no es más que un efecto secundario de tener a los dementores merodeando por las calles cuando antes lo hacían aurores, personas humanas que nada tienen que ver con chuparte toda la alegría del cuerpo para dejar únicamente una sensación amarga y fría en las venas. Debe de ser eso. Y yo misma lo creo, hasta que el dolor de cabeza es tan intenso y tengo un aspecto no muy vivo que despierta en Charles una preocupación que me obliga a dar aviso a mi hermano de que necesito hablar con él.

Es domingo, lo lógico sería que el parque más transitado del capitolio estuviera repleto de gente, pero el viento que se alza a última hora de la tarde, apenas que el sol está cayendo, ha espantado a la multitud, dejando solo a un par de personas atléticas decididas a aprovechar aunque sea el último empujón de energía. Tiro un poco del cuello del jersey para taparme el mismo con la tela, haciendo algo similar con las mangas para cubrir parte de mis manos mientras espero sentada en el mismo banco al que solemos acudir cuando Hans y yo tenemos cosas livianas que tratar. En esta ocasión, por el contrario, no es la palabra que utilizaría para describir el motivo por el cual permanezco mustia en el sitio. Unas pisadas cercanas provocan que alce la mirada en su dirección, y creo que no me he alegrado tanto de ver a mi hermano en los últimos meses como ahora. — Hans. — Mi intención es sonreír, pero no estoy muy segura de conseguirlo. — Algo va mal. — Cualquier rastro de sonrisa posible desaparece lentamente, sustituyéndose por la sombra oscura y apagada que ha cargado mi rostro estos últimos días. Bajo la mirada a mis manos, encogiéndome en el lugar mientras toma asiento, aunque mentiría si dijera que no quiero abrazarlo en este preciso instante.
Phoebe M. Powell
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Hans M. Powell
Ministro de Justicia
Mis últimos domingos se han basado en dormir todo lo que no puedo el resto de la semana y a veces abuso un poco de la nueva compañía constante de Scott para mantener el calor en la cama, ese que empieza a abandonar la ciudad con la cercanía del invierno. La única razón por la cual decido salir de las sábanas y no poner una excusa decente es porque algo en la petición de mi hermana me ha encendido una pequeña alarma en la cabeza, quizá porque parece que es algo urgente y no una nimiedad. A juzgar por como están las cosas en el país, no tomaré estas cosas a la ligera y me coloco una chaqueta lo suficientemente abrigada como para ir en su encuentro, decidido a ver qué es lo que necesita de mí y en qué puedo ayudar. No hemos hablado demasiado a excepción de la tarde que me tomé el tiempo para que conversemos por teléfono sobre mi nuevo hijo, por lo que siento que me he perdido de varias cosas por culpa de mis obligaciones.

Me acerco a la banca con las manos en los bolsillos de la chaqueta y fuerzo una sonrisa en cuanto ella se fija en mí. En definitiva, su rostro me habla de malas noticias. No se demora en confirmarlo con palabras y con un suspiro, echo un vistazo alrededor para sentarme a su lado. Me quedo silencioso en lo que me acomodo, dudando de si tomar su mano o dejar las mías en la calidez del abrigo — ¿Sucedió algo? ¿Las cosas con Charles están bien? — me es inevitable irme por ese lado, hasta donde sé sigue desempleado y no tengo idea de cómo están manejando sus finanzas porque es un tema en el cual he preferido no entrometerme — ¿O es algo de Lara y el bebé? ¿Meerah? — barajo todas las opciones, no muy seguro de si prefiero alguna de ellas.

Al final, me atrevo a romper mi postura y busco una de sus manos para darle un apretón, dejándolas unidas sobre mi regazo al hacerle un mimo con el pulgar — Espero que no tengas una predicción de que me quedaré calvo, porque no creo poder soportarlo — mi rostro es el de aquel que desea evitar una desgracia, aunque la mueca falsamente divertida indica que estoy tratando de bromear. Lo que sea para eliminar el aire denso que nos envuelve descaradamente.
Hans M. Powell
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Phoebe M. Powell
Director del Servicio Social
No sé por qué me sorprende que se vaya por ese lado cuando pregunta por Charles, siendo que nunca le ha visto con buenos ojos del todo y probablemente mi aspecto ojeroso no ayude a deshacerse de ese sentimiento. No obstante, nada tiene que ver con él, y por mucho que haya querido ayudarme, solo mi hermano va a ser capaz de entenderme. — ¿Qué? No… Todo anda bien con Charles. — Le aseguro, como si así pudiera desprenderle de esa idea pese a ser yo la que sacude con la cabeza. No quiero hacer ningún comentario respecto a la situación laboral de Chuck porque le prometí que dejaría que lo solucionara por su cuenta, así como tampoco pienso mencionar la revelación sobre quién es su madre. Además, no es el motivo por el cual me encuentro aquí tampoco y prefiero centrarme en el asunto antes de seguir comiéndome la cabeza por ello. — ¿Cómo está Lara? — Pregunto, no queriendo desviarme del tema, pero sin poder evitar contemplar cómo se encuentra ahora que es oficial que está embarazada. Lo cierto es que hemos hablado poco estas últimas semanas, consecuencia de lo ocupado que ha estado con el trabajo ahora que tenemos nuevo presidente.

Aparto un minuto la mirada de sus ojos para centrarme en el paisaje que tengo en frente, donde los árboles se mueven con ligera fuerza a causa del viento, el mismo que arrastra las hojas caídas por el suelo de la misma manera que me revuelve algunos mechones de pelo. Escogí reunirnos aquí porque la mansión ministerial se me hacía demasiado extraña a una conversación que alude a tiempos en los que ninguno de los dos éramos lo que somos ahora. Necesitaba un lugar en el que no tuviéramos que ser otra cosa que nosotros mismos, uno donde las palabras no queden encerradas en paredes. Su intento de hacer una broma con respecto a lo que ocurre me saca una sonrisa, aunque es demasiado forzada como para considerarse natural, más cuando la acompaño con un suspiro pesado. — No es nada de eso. — Que no aproveche la situación para reírme de él como lo haría de ser una niña creo que dice mucho de la angustia que me produce este tema.

Su mano se siente cálida en contraste con el frío que golpea mis mejillas, y no sé si es el propio viento gélido de finales de otoño lo que hace que me tiemblen los dedos o la reacción natural a un trauma que sé que nunca va a terminar por irse. Eso me recuerda que permanezco en silencio por demasiado tiempo, el suficiente como para volverse incómodo. — ¿Recuerdas cuando te pregunté por papá? — Elevo la vista hacia sus ojos, esperando que sepa de qué momento le estoy hablando, cuándo tuvimos la suerte de encontrarnos. — Tú me dijiste que no sabías que había sido de él, que podría mismamente estar muerto… — Para bien, sería, porque se me eriza todo el pelo del cuerpo de pensar en volver a ver su rostro en carne viva. Tengo suficiente con que se me aparezca en sueños, no necesito que me atormente también por la calle. Me tomo unos segundos antes de continuar, debatiendo por un momento en mi cabeza si debería compartirlo. — No puedo dormir, Hans. Le veo cada vez que cierro los ojos por las noches, como una pesadilla constante de la que no puedo salir, pero se siente… demasiado real, ¿entiendes...? No sé como explicarlo, puedo... sentirlo crecer. — No se trata sólo de un mal sueño, lo sé, es cuestión de tiempo que empiece a verlo despierta. Me desprendo del agarre de su mano, algo alterada en mi propio cuerpo después de soltarlo atropelladamente al aire. — No es sólo un mal presentimiento, es como si estuviera esperando a que algo malo pasara sin poder hacer nada al respecto. — Soy consciente del susurro en que se ven envueltas mis palabras, tras las cuales miro a mi alrededor varias veces en busca de que permanezca la protección que nos aporta la soledad.
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Hans M. Powell
Ministro de Justicia
Al menos parece que no voy a tener que sacar mi carta de hermano mayor y amenazar a su novio, lo que por ese lado me deja tranquilo. No me sorprende que pregunte por Lara, pero no sé bien cómo contestar con la cantidad de cosas que han estado pasando. Tengo que pensarlo un momento, descarto el hablar de los papeles que hemos quemado e irme a lo superficial — Llorona pero bien. El bebé está sano y es lo que importa, lo estamos sobrellevando mucho mejor de lo que habría pensado — con franqueza, jamás habría puesto las manos en el fuego por nosotros dos y, no obstante, aquí estamos — Me presentó a su madre en una cena y sobreviví. Digamos que todo va encaminado — al menos, lo que podemos manejar.

No comprendo qué es lo que me inquieta, solo guardo silencio a que deje de dar vueltas y me brinde una respuesta. Soy incapaz de soltar su mano, siento que la necesita más que yo y casi puedo decir que esta perdiendo el color de sus mejillas. Hay una sensación desagradable cuando me pregunta sobre mi padre, frente a lo cual asiento porque puedo sacar a relucir demasiados detalles sobre ese hombre. La clase de memoria que buscaría perder, el pasado que los dos siempre tratamos de empujar como si no hubiese existido. Se me cierra la garganta y tengo que pasar algo de saliva, presiono su mano con algo más de ímpetu del normal y me muevo de manera que mi brazo se recargue en el suyo — Son solo pesadillas, Phoebs. Yo mismo lo entregué a los aurores — aún recuerdo todo el escándalo, el llanto, el horror y la confusión en sus ojos. No hay manera que ese sujeto sea una amenaza hoy en día — ¿Sientes que es una de tus premoniciones? ¿Significa algo? — cualquier cosa que incluya a ese sujeto, no puede ser buena. Suelto su mano solo para abrazarla de medio lado y presiono mis labios sobre su frente a modo de consuelo, como si se tratase de la niña pequeña de mis recuerdos — Sea lo que sea, él no puede hacernos daño. Ya se ha ido y no hay manera en que sea una amenaza. Ya sabes, no hay lugar para un tipo como él en este gobierno — pueden reprochar muchas cosas, pero la seguridad de los magos no es una de ellas.
Hans M. Powell
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Phoebe M. Powell
Director del Servicio Social
Nunca imaginé que mi hermano fuera a tener un bebé, no después de Meerah y desde luego no con la que se está viniendo encima, pero también he de admitir que estoy sorprendida con la manera en que está llevando el asunto. No conozco demasiado a Lara, de su curiosa visita a mi apartamento y un par de veces más en las que nos hemos juntado cuando Hans estuvo en el hospital,  así que tampoco puedo decir qué tanto ella es material de madre. Asiento con la cabeza en silencio, optando por que sea esa mi respuesta a la afirmación de que está bien, dándome cuenta ahora de que a primeras pregunté por cortesía y ahora me encuentro sonriendo tímidamente ante lo que tiene que decir. — ¿A su madre? Vaya… Eso es un gran paso. — Uno que no esperaba fuera a dar tan temprano, para ser sincera. Luego, por otro lado, no deja de ser lo lógico dentro de una situación que les ha caído de repente, aunque no es como si mi hermano fuera muy de utilizar la lógica en términos de romanticismo. Creo que ha quedado bastante claro en situaciones anteriores que tiene muy organizada su vida laboral, pero que cuando se trata de amor… eso ya es otra historia en la que no me voy a meter.

Que lo vea como un mal sueño me hace recordar a tiempos donde solía hacer lo mismo conmigo, cuando lloraba a su habitación porque soñaba con cosas que en el momento no llegaba a comprender, lo suficiente como para que la simple idea de volver a dormir me aterrase. Fue más tarde que comprendí que no eran más que los indicios de una niña que acabaría entendiendo el futuro. Ahora, incluso a punto de cumplir mis treinta años, no puedo evitar sentirme de la misma forma, lo que me hace mirarle con el ceño fruncido. — No, no, Hans, no lo entiendes. No son solo pesadillas. — Empiezo a explicar, sacudiendo la cabeza en negación, aunque no soy consciente de que sueno igual que esa cría de seis años. — Todo es… tan confuso. Llevo días soñando con lo mismo, una y otra vez, papá, nosotros, imágenes que carecen de sentido porque ya no somos los mismos niños. — Muevo mis manos al tiempo que hablo, como si así pudiera describir el descoloque de ideas que tengo ahora mismo en la cabeza, no muy segura de que me esté entiendo. — Y... siempre escucho una voz, como un eco detrás que resuena al mismo tiempo, pero cuando despierto estoy en blanco, sin poder recordar absolutamente nada de lo que dice, es… — Muy frustrante. Lo expreso en el mismo modo que tengo de soltar aire por la boca, desinflando mi pecho y cargando mis hombros hacia delante en un gesto de derrota. Porque sé que las respuestas están ahí y no puedo alcanzarlas, por la razón que sea. — No es un sueño corriente, eso lo sé. — Aparto la mirada de sus ojos, no quiero mirarle cuando ni sé si me está tomando en serio.

Me muerdo el labio inferior, aun manteniendo las arrugas en mi frente, en un intento de aclarar mis pensamientos para que puedan salir sin ser un manojo de nervios como hasta ahora. — Significa que no sé cómo, ni cuándo, pero creo nuestro padre está bien lejos de desaparecer de nuestras vidas. — No sé a qué nivel me estoy refiriendo, si a físicamente o simplemente la imagen que tengo de él atormentándonos día sí y día también, como si todo el esfuerzo que hicimos por olvidarlo no existiera en lo absoluto. Aunque realmente, ¿alguna vez salió de nuestras vidas? A día de hoy yo sé que de la mía no, que todavía hay veces que siento que me estoy pudriendo a su costa, como cuando tenía ocho años, que tengo el complejo de perro abandonado bien arraigado a mi piel. Que bese mi frente para después abrazarme confirma lo que ya creía, que para él no estoy más que exagerando una situación porque prefiere resguardarse bajo la protección de sus propias creencias antes que en las mías. Lo entiendo, no voy a negarlo, no es el primero ni va a ser el último al que todo esto de la videncia le es confuso, y porque sé como estoy sonando, no dudo en formularlo con palabras: — ¿Me estoy volviendo una paranoica, verdad? Es todo esto de los dementores, se me está empezando a subir a la cabeza… — Quizás es esa la razón por la que dejo que mi cabeza se apoye contra él, refugiándome bajo la sombra de mi hermano mayor y resignada a creer que esto me lo llevaré conmigo.
Phoebe M. Powell
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Hans M. Powell
Ministro de Justicia
No es algo que suela hablar con los demás, pero a veces soy consciente de que sigo siendo el niño cobarde de hace veinte años. Pocas cosas me han intimidado tanto como la figura de mi padre, a quien recuerdo más alto de lo que en realidad debe ser y que ha desaparecido de mi vida de la noche a la mañana, cuando vi la oportunidad de entregarlo a las autoridades que se cernían sobre el distrito uno cuando los Black cayeron de una vez por todas. No soy un experto, pero estoy seguro de que un terapeuta tendría sus buenos minutos de entretenimiento con mi cabeza. Y que Phoebe se muestre tan perturbada mientras habla, tan convencida de que las cosas no irán bien como pensaba, me despierta un pánico que he enterrado hace mucho y que pensé que podría controlarlo — Si no es un sueño corriente… ¿Qué es? — no quiero oír que es una de las cosas que ella asegura ver, la clase de profecías que mi hija toma con pinzas a la hora de hacer los deberes. Pero lo siguiente que suelta me da esa idea y me remuevo con incómoda urgencia en mi asiento, no muy seguro de querer seguir la conversación por ese lado — Papá ha desaparecido, Phoebe. Si hay algo de lo que me he encargado, es que gente como él no nos ponga las manos encima — no sé si quiero tranquilizarla a ella o a mí mismo.

No tengo otra opción que estrecharla lo más fuerte que puedo, como si eso fuese un certificado seguro de que ningún mal va a tocarnos. La mención de los dementores me hace poner mala cara, verlos de cerca todos los días en el ministerio no crea un panorama demasiado alentador — Quizá es solo eso. Que anden vagando por las noches debe ser suficiente como para que varios de nosotros tengan pesadillas. Ya sabes, hacen que revivamos lo peor de nuestros recuerdos y todo eso — es un consuelo que me estoy sacando de la galera, pero cuando éramos niños siempre mentía para hacerle sentir mejor. Claro que los problemas de ese entonces eran nimiedades, pero el ejemplo debe seguir funcionando.

Mis dedos se enroscan en la punta de su cabello y buscan ejercer una suave caricia, no muy seguro de hacia dónde quiero ir — Si tú quieres… — titubeo, porque sé que es una idea arriesgada y no creo que sea la correcta — Puedo enviar a alguien a rastrearlo. Chequear dónde se encuentra, si está con vida o si murió en el mercado. Al menos, sabemos que el sistema debería tenerlo registrado porque los aurores se lo llevaron de casa — entre gritos, insultos y patadas, pero lo consiguieron al fin de cuentas — Si lo encuentran, podemos quedarnos tranquilos de que no vendrá a molestarnos. ¿Quieres eso? — es todo lo que puedo ofrecerle mientras él siga siendo un fantasma.
Hans M. Powell
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Phoebe M. Powell
Director del Servicio Social
Tengo que tragar saliva, dudosa al momento de dirigir la conversación hacia una zona escarpada, porque mi padre no es tema que se pueda tratar a la ligera, mucho menos en un lugar abierto como este, por lo que me aseguro de echar un vistazo con mis ojos nuevamente hacia ambos lados sin apenas mover la cabeza de mi sitio. Ni siquiera la aseguración que me da Hans de que ha desaparecido es suficiente para quitarme el mal estar que recorre mi cuerpo, no como antes las palabras de mi hermano siempre tenían un efecto tranquilizador en mí. Antes vivía en la ignorancia de que a cualquier cosa que pasara, sabía que tendría su protección, pero después de que me echaran a patadas de mi propia casa esa protección se fue resquebrajando hasta el punto de que estamos aquí, ahora, y no estoy segura de qué tanto pueda protegerme si estoy en lo cierto. — Hans… me preocupa que esto vaya más allá de lo que he visto, que sea… una profecía. El que no sea capaz de recordar nada, no es cómo otras visiones que haya tenido antes. — Dudo al principio de contárselo, siendo que está tan seguro de que es imposible que nuestro padre aparezca para poner inicio al desastre, otra vez, pero no puedo simplemente guardármelo para mí.

Profecías que yo sea consciente porque haya habido gente delante he tenido muy pocas, una de ellas concretamente fue la clave para no terminar en una cuneta cuando fue el cambio de era. A día de hoy sigo sin saber qué fue lo que dije para terminar convenciendo a los aurores de que no era una muggle corriente. Esta vez, no parece distinta de las anteriores, puesto que las similitudes son demasiado evidentes como para ignorarlas. Aun así, decido hacerlo, porque mi excusa con los dementores parece ser suficiente para que mi hermano deje a mi padre a un lado. — Supongo… — Me limito a decir, mordiéndome la mejilla interna y sintiéndome muy pequeña bajo su brazo. — Esto no durará para siempre, ¿verdad? — Es una duda que me ha asaltado en varias ocasiones, en especial cuando a veces la distancia fría de los dementores por la calle ha sido suficiente para atravesar las ventanas. Gracias a eso es que puedo decir que no he olvidado los gritos de mi madre por mucho que pensaba que así era.

Me reincorporo un poco, frunciendo el ceño sin disimulo cuando hace un ofrecimiento de ese calibre, dada la situación en que nos encontramos los mestizos. — ¿No es eso peligroso? Más ahora que nos están vigilando. No sería muy… acertado, buscar a un muggle, menos a alguien como papá. — Con el papel que tenía nuestro padre dentro de la abogacía que defendía a los seguidores más significativos de los Black, no creo que sea una buena idea, y aun así, no puedo negar que una parte de mí sí quiere hacerlo. — No, Hans, no puedes hacer eso, tienes una familia ahora. — Lara, el bebé, Meerah, son mucho más importantes que lo que merece un tipo como nuestro padre. No merece siquiera que lo mencione, y aquí estoy, haciendo un espectáculo porque soy incapaz de enterrar los temores de una niña demasiado pequeña como para comprender nada. Busco sus ojos, atrapando una de sus manos entre las mías como gesto de sinceridad cuando digo las siguientes palabras. — Lo quiero, Hans, pero no vas a hacerlo. — Niego con la cabeza, segundos antes de soltar aire en un suspiro que me hace agachar la barbilla, acariciando sus nudillos.
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Hans M. Powell
Ministro de Justicia
Tengo que tratar de imaginarme lo que sería el volver a recibir a nuestro padre en una vida que no tiene lugar para un hombre como él. Una vida donde yo he madurado, he escalado en una carrera muy similar a la suya, he formado poco a poco una familia que, con todo lo que está pasando y a pesar de no ser planeada, me he dado cuenta que no quiero perder. Adoro a mis hijos, incluso aunque uno de ellos aún no es un bebé completo. Amo a Scott, lo suficiente como para querer que las cosas funcionen y regalarle toda la protección que tenga a mano. No quiero a un sujeto como él cerca de ellos o de mi hermana, son personajes de historias muy diferentes que jamás deberían cruzarse. Solo por eso no me atrevo a preguntar más sobre si cree que sea una profecía o no, porque ella es la experta y no quiero saber la respuesta — Espero que no — admito y creo que la preocupación aflora en mí, delata la poca gracia que me hace la idea que nuestro presidente está revolviendo entre nosotros — Él solo quiere ganar la guerra. Solo podemos desear que sepa lo que hace y que todo se acabe rápido. Por mi parte, haré lo posible para aportar mi grano de arena y evitar que todo se vaya al caño — le guste o no, Aminoff tendrá que escucharnos en algún punto. No podrá gobernar este país solo y, de momento, solo ha nombrado a su segunda al mando y una nueva ministra. Una ironía el haberme liado con ambas en el pasado, pero eso es un detalle que nadie debe saber.

Es arriesgado, pero no imposible. Ser ministro me salva de algunos detalles que para otras personas harían todo más complicado — Sí. Y por mi familia, quiero saber que todos estarán lejos de alguien como él — ella debe entenderlo mejor que nadie. Sus caricias son respondidas con la mano sobrante, esa que coloco sobre la suya para darle todo mi calor. No voy a apartar la mirada de sus ojos cargados de preocupación, al fin de cuentas mi trabajo siempre ha sido el darle seguridad — Tengo un amigo, un muy buen amigo, que es auror. Puedo pedirle ese favor, no tengo nada que ocultar. He hecho mucho por este gobierno como para que Aminoff crea que voy a traicionarlo — me lo deben. Hay una enorme lista de revoltosos y rebeldes que han sido ejecutados gracias a mi firma — Solo… déjame intentarlo. Si lo encuentran, podemos cerrar este capítulo de nuestras vidas — de una vez por todas, después de tanto tiempo.

Aparto la mirada por culpa de los grititos alegres de una niña pequeña que corre por delante de sus padres, a unos cuantos metros. No comprendo cómo hay gente que continúa con su vida a pesar de cómo se encuentran las cosas y, a su vez, los envidio. Doy una palmadita en sus nudillos y resoplo — No tienes idea de lo que fue vivir con él cuando tú no estabas — la voz sale de mi interior sin que pueda controlarla, hago hasta lo imposible por mantener los ojos distantes — No hablábamos mucho, salvo cuando se le daba el chequear mis calificaciones o preguntarme por deportes o chicas. Lo gracioso es que dejaba de escucharme a mitad de mis respuestas — sonrío con ironía, sacudo la cabeza en señal de censura y desaprobación — A veces llevaba mujeres a casa y admito que he conocido más gemidos que rostros. Ninguna fue importante. Jamás te mencionaba a ti o a mamá. Fue como si ustedes no hubiesen existido. Mi último cumpleaños con él lo pasé solo porque se fue con su nueva asistente a “cenar” y lo compensó con un montón de dinero. Ya sabes, clásico de papá — ni siquiera he admitido jamás que recuerdo tantos detalles. La suelto y paso el dorso de mi mano por debajo de mi nariz, carraspeo un poco en un intento de retomar un tono más natural — Creo que nunca me sentí mejor como cuando los aurores se lo llevaron y vendí la casa. Se sintió increíble — no tapó todas las mierdas del pasado, pero fue un soplo de aire fresco. Empezar de nuevo, aunque fuese en solitario y siendo yo mismo por primera vez en la vida.
Hans M. Powell
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Phoebe M. Powell
Director del Servicio Social
Yo también lo espero, por eso no me atrevo a decir nada más al respecto, porque sé lo que significa y llevo demasiado tiempo en esto como para saber que mis visiones no siempre se cumplen. Espero que esta vez sea una de ellas, aunque mi interior me esté gritando que no lo es, porque prefiero ignorarlo antes que hacerle frente a una realidad que hacía años había dejado apartada a un lado. Que no sé si debería resguardarme bajo las palabras confianzudas de mi hermano, cuando ha pasado tanto desde la última vez que me permití el lujo de hacerlo. No quiero ser la que tenga que decirle que no me fío de un tipo que ha puesto dementores en la calle, que alguien movido por tanto odio nunca puede traer una solución esperanzadora, y el ejemplo más claro está en nuestro padre y sus métodos para deshacerse de lo que no entra en la línea “natural” de las cosas.

Sé de sobra que una petición como esta no es de las más apropiadas, menos cuando ya están buscando una razón para investigar a cualquiera, y no sé hasta qué punto el trabajo de mi hermano va a servirle como protección si se da de alguien que ponga la oreja a este asunto. Es por esa razón que le miro mordiéndome el labio inferior, poniendo en duda el si debería dejarle hacerlo o mantener mi posición de que es demasiado arriesgado. — Yo soy la primera que quiere pasar página, lo sabes, pero tampoco a costa de tu seguridad, ni la de los demás. — Claro que hay otra parte de mí que quiere deshacerse de esta corazonada, a sabiendas de que se trata de algo más que eso. — Solo… ten cuidado. — Resumo, apretando sus dedos entre mis manos al decantarme por la opción en que mi aviso pasa de largo en su cabeza, porque yo hablé primera y le conozco lo suficiente como para saber que no va a negarme algo como esto, no después de la historia que hay detrás de nuestro progenitor.  

Mi mirada sigue la de Hans que se va hacia la figura de una niña corretear por el verde pasto del parque, seguida de sus padres. Me tienta volver a buscar los ojos de mi hermano, pero lo siento imposible cuando empieza a narrar sobre épocas que preferiría dejar enterradas. Lo escucho hablar, consciente de que mi frente se arruga y mis labios se  juntan en una línea apretada mientras trato por todos los medios de no imaginarme la situación, en especial cuando cuenta de las mujeres que llevaba a casa. Siento que pasa una eternidad cuando regreso la cabeza en su dirección, notando como la garganta se me cierra y expande al tiempo que me decido por elevar la voz. — Supongo que era eso lo que quería, borrar cualquier huella que lo pudiera relacionar con nosotras, quedarse con lo “normal”. — Digo, pasando saliva demasiado rápido y al punto de que me hago daño al tragar. Claro que no sabía que Hans no era un espécimen también, como le gustaba referirse. — Lo siento, Hans. — Es lo único que se me ocurre decir cuando termina de hablar, sin aguantarme las ganas de explicarme. — Fue mi culpa, que mamá muriera, que todo pasara como pasó. Tendría que haber… tenido más cuidado, haber hecho como tú, o…. Al menos, que mamá no cargara con la culpa como lo hizo. — Pudo haber mentido, hacerse la que no sabía nada del tema, aunque me supongo que eso no es algo que salga hacer de una madre que solo quiere proteger a sus hijos. — Las cosas habrían sido muy diferentes. — Me resigno a acortar, apartando la mirada a mis manos que juegan con nerviosismo entre ellas. Hay tantas variables posibles de cómo pudieron haber terminado las cosas que me es inevitable no pensar en esa en la que nuestra madre aún sigue viva, que está con nosotros y todo ha sido parte de un mal trago. — ¿Recuerdas cómo era? ¿Antes del "incidente"? — No es de mis mejores preguntas, lo reconozco, pero necesito saber si en lo que se convirtió mi padre ya estaba ahí antes de aquello o si pasó a ser así fruto de lo que ocurrió.
Phoebe M. Powell
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Hans M. Powell
Ministro de Justicia
Yo siempre tengo cuidado — la broma es inocente, busca demostrar una confianza que no sé si siento y que tengo bien en claro que no es más que pura palabrería cuando se trata de algo como esto. Mi seguridad suele ir atada a los pasos que conozco de memoria, no a aquellos que me veo obligado a dar sobre una cuerda floja e incierta de la cual tengo la posibilidad de caer con un muy mal tropezón. Pero no puedo demostrarle esos miedos a alguien que me ha llamado en busca de ayuda y con quien tengo la misión de ser quien cargue con una solución decente, incluso cuando los dos sabemos que todo esto es una fachada de lo más incómoda.

Lo normal. Yo no era normal, él decidió quedarse con la idea errónea de quien yo supuestamente era. El adolescente responsable y listo de la clase, siempre pulcro, siempre respetuoso, sin una pizca de la magia que él ignoraba y que estallaba cuando ya no era capaz de controlarlo; con el tiempo, me volví un experto en tapar mis desastres y que mi padre fuese un hombre ausente en casa era de mucha ayuda. No tomo sus disculpas, creo que queda explícito en mi modo de mirarla que jamás pensé en culparla al respecto — Phoebs, el único que hizo las cosas mal fue él. ¿De acuerdo? Ya déjate de tonterías. Tú eras una niña y mamá hizo lo que creyó correcto. Todos lo hicimos — incluso nuestro padre, tan convencido de que la magia era una mierda subnormal. El accidente pudo haberse evitado y he pensado, en más de una ocasión, que Hermann no tenía intenciones de que las cosas acaben de esa manera. Aún recuerdo su palidez y sus explicaciones apresuradas; después de años en juzgados, tiendes a reconocer a los asesinos planificados y a quienes deben improvisar sobre la marcha.

Su pregunta me toma por sorpresa, más no su curiosidad, sino porque me doy cuenta de que hace una eternidad que no pienso en aquellas épocas. Me enderezo un poco al frotar las palmas de mis manos, a sabiendas de que ella era muy pequeña como para recordar detalles que incluso en mi cabeza están un poco difusos — Siempre estuve seguro de que alguna vez se amaron. Papá y mamá — mi abuela una vez mencionó que su boda fue gigante y, en las fotografías, se veían felices — Él… no era el tipo más expresivo, lo veíamos más que nada en las cenas, pero no estaba mal. Me enseñó a andar en bicicleta y se ponía de mal humor cuando tenía que ayudarme con las tareas de matemática, pero … no lo sé, Phoebs. Era demasiado tradicional y de cabeza cuadrada como para comprender la magia. Supongo que el miedo fue lo que sacó lo peor de él — jamás voy a poder comprenderlo, no cuando ahora tengo mis propios hijos y no puedo imaginar el hacer algo que les haga daño a propósito — Y mamá… si ella era quien podía mantenerlo a raya, cuando no estuvo fue suficiente. A veces me pregunto qué diría de todo esto si no hubiera muerto. Ya sabes… — muevo un poco las manos, en un intento de gesticular las palabras que me avergüenza soltar — si estaría orgullosa de nosotros o, si al menos, cumplí alguna de sus expectativas — mamá siempre alabó mi cerebro, solía subirme la merienda al cuarto cuando pasaba horas con la cabeza metida en los libros— al menos, sé que para nuestro padre sería una completa decepción — añado con una sonrisa burlesca. Si alguien ha tomado un camino similar al suyo con intenciones de jugar la carta contraria, he sido yo.
Hans M. Powell
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Phoebe M. Powell
Director del Servicio Social
Puede que para él no sea más que una tontería, pero los niños siempre tienden a echarse las culpas, más cuando es el comportamiento propio el que desemboca en una crisis que, en nuestro caso, ninguno vio llegar. Era una niña, lleva toda la razón en eso, y aun así recuerdo perfectamente las noches que siguieron a la muerte de mi madre repasando en mi cabeza qué es lo que había hecho mal para que ella no siguiera entre nosotros. Porque a ojos de mi padre era un monstruo, uno del que no tardó mucho en deshacerse cuando mi defensora nata no estaba ahí para impedirlo. Después de aquello también le siguieron tormentas de culpa, cuando lo único que podía hacer agazapada bajo la realidad del abandono era lamentar y plantearme a mí misma esas preguntas que una criatura que apenas sabía la tabla del cinco era incapaz de responder por sí sola. Me contengo de decir nada más, su mirada me vale para mordisquearme el interior de la mejilla en señal de silencio, pese a que en el fondo no me deshago del sentimiento.

En lugar de seguir por ese camino de culpabilidad que no va a llevarnos a ninguna parte, me dispongo a escuchar su relato sobre cómo era nuestro padre, ese del que mis memorias solo recuerdan las peores facetas como un trauma infantil puesto en bucle. Despego las piernas del suelo y apoyo los pies sobre el banco al tiempo que doblo las rodillas para abrazar las mismas con mis brazos, dejando reposar la mejilla sobre ellas al observarle desde esa posición, una que me hace parecer mucho más pequeña de lo que en realidad soy. — Me cuesta imaginarlo como un tipo corriente después de lo que pasó con mamá, como… que mi cerebro se niega a creer que fue alguien decente una vez en su día. — Reconozco, en voz más baja de lo que es mi intención en un principio. — Siento que no recuerdo nada bueno de él salvo algunas cosas vagas, como que me dejaba jugar en la silla de su despacho hasta hartarme cuando no tenía mucho trabajo, esa que subía y bajaba con el peso, ¿te acuerdas? — Qué turra podía llegar a dar dando vueltas hasta marearme por infantil. Con cinco años eso me parecía la cosa más divertida del mundo, ahora lo veo tan lejano que no sabría decir si ese recuerdo es real o inventado. — Pero las malas… las tengo grabadas aquí. — Con un dedo me golpeo varias veces la sien antes de volver a rodearme las piernas con un suspiro pesado. Los gritos, las peleas con mamá y los golpes que vinieron después, hasta estoy por jurar que a mí también me soltó algún que otro bofetón.

El pensar si mi madre estaría orgullosa de nosotros hace que junte mis labios para repasármelos con la lengua mientras lo medito, obteniendo una única respuesta válida. — Creo que a mamá le habría dado igual lo que hiciéramos, siempre estaría orgullosa. Vamos, ¿recuerdas el collar de macarrones que me ayudaste a hacer para ella? Era patético, y aun así no creo olvidar nunca la cara de emoción que puso cuando se lo di. — Sonrío, en una curva sincera, pero que pronto se torna un poco triste. — No merecía lo que le pasó. — A día de hoy, sigue siendo la mayor víctima de las acciones de mi padre, cosa que no voy a perdonarle jamás.
Phoebe M. Powell
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Hans M. Powell
Ministro de Justicia
Una vez más, Phoebe demuestra tener una memoria mucho más confiable y clara que la mía, porque había borrado por completo la idea de la silla giratoria hace demasiado tiempo. Ahora que lo menciona, solo puedo reírme entre dientes porque también recuerdo una ocasión en la cual sufrí de una reprimenda por hacerla girar demasiado fuerte, lo suficiente como para que caiga y se dé un buen porrazo — Las cosas malas suelen ser las que se quedan en nuestra memoria. Papá no ha hecho nada por lo cual se merezca ser recordado de buena manera. Llámame resentido, pero los últimos años con él fueron suficiente como para que cualquier buena memoria carezca de importancia — dicen que algunas acciones bloquean otras, mi padre se ha llevado el gordo con ello.

Supongo que tiene razón. Mi madre era la clase de persona que celebraba hasta nuestros pequeños logros, esos que me hacen creer que he exagerado un poco al apuntar tan alto. No se lo digo, pero a veces me pregunto si ella habría estado de acuerdo con muchas de mis decisiones, esas que algunas personas toman como un mal trago. Quizá es mejor así, creo que mamá no hubiera disfrutado de ver cómo es que todo se fue a la mierda, en especial su adorada familia Lo bueno de todo esto es que nosotros seguimos aquí, juntos y formando nuestro propio camino, sea como sea — No son cosas que nosotros podamos decidir. Algunos accidentes solo suceden — otros son provocados, otros pueden evitarse. Aún no sé cómo catalogar lo que le sucedió a ella.

Siento cierta pesadez en mi pecho, una que me obliga a dejar de recordar. Paso una mano por su espalda a modo de caricia de consuelo y trato de abandonar los recuerdos que me han estado torturado por tanto tiempo. Tengo que aprender a cerrar los ciclos, quizá todo lo que está pasando ahora es una señal que nos indica que debería empezar de nuevo. Hay otros temas por los cuales preocuparnos, tal vez es momento de dejar de bailar con fantasmas — ¿Quieres un café? Yo invito — me apresuro a decir y me pongo de pie. Acomodo mi abrigo y me giro solo para tenderle la mano — Verás que todo estará bien. Es una corazonada — hay aspectos en los cuales yo siempre estoy seguro de lo que estoy diciendo, pero soy incapaz de admitir que este no es un momento de esos.
Hans M. Powell
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