The Mighty Fall
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Tras años de represión y batallas libradas, hoy son los magos los que caminan en las calles más pulcras del Capitolio. Bajo un régimen que condena a los muggles y a los traidores a la persecución, una nueva era se agita a la vuelta de la esquina. La igualdad es un mito, los gritos de justicia se ven asfixiados. Existen aquellos que quieren dar vuelta el tablero, otros que buscan sembrar la paz entre razas y magos dispuestos a lo que sea para conservar el poder que por mucho tiempo se les ha negado. La guerra ha llegado a cada uno de los distritos. ¿Qué ficha moverás?
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2 participantes
Phoebe M. Powell
Director del Servicio Social
Con la excusa de la mudanza y viendo que no voy a verla tantas veces como de seguir viviendo en la capital, Meerah pasa el día del domingo conmigo. Desde el incidente en el ministerio, cuando su padre estuvo varios días en el hospital y yo a su cargo, hemos podido forjar una relación más estrecha que espero no desaparezca cuando el cuatro pase a ser mi nuevo hogar. — Ey, gracias por ayudarme, Meeps. Creo que solo hoy nos hemos hecho con la mitad de la casa. — Le digo a mi sobrina apoyada desde la encimera y pegándole un mordisco a uno de los sandwiches que sobraron de la merienda que preparé para ella, con la intención de dejarlo por hoy y pasar a hacer algo más entretenido. Es increíble la cantidad de cosas que pueden llegar a acumularse en unos meses, y eso que no me considero una persona dada a almacenar lo que no voy a usar, tampoco de comprar de más. Consecuencias de vivir gran parte de mi vida en un lugar donde solo tener lo básico ya se consideraba un logro que no muchos se podían permitir, de entre los cuales muchas veces yo tampoco podía hacerlo. Es ahora que vivo rodeada de gente que rebosa en dinero que me doy cuenta del poco valor que le dan realmente a la mayoría de las cosas, sin ser conscientes de lo afortunados que son de poder tener lo que tienen.

Echo un vistazo al salón desde la cocina, me lo permite el hecho de que sea un espacio abierto que comunica las dos estancias sin la necesidad de una pared. Los muebles aún se encuentran en su sitio, debido a que todavía faltan unos días para que haga de verdad la mudanza, pero los estantes se encuentran vacíos en su mayor parte. Libros y fotografías ya guardados y que han rememorado historias que le he ido contando a Meerah a lo largo de la tarde, como el marco que sostiene la imagen de Hans cargándome a las espaldas en mi séptimo cumpleaños. No se mueve, en desgracia por la época en la que fue tomada cuando la magia no estaba permitida, pero no me es necesario que lo haga para recordar que después del click de la cámara saltaron los aspersores del jardín y terminamos empapados y muertos de la risa tirados en el césped verde.

Me termino el bocadillo masticando con tranquilidad, fijándome en como la rubia se hace con mi bola de cristal de las baldas más altas, situada ahí estratégicamente para que no se vaya a los ojos de cualquiera que entre en la casa. — Cuidado con eso, pesa más de lo que parece. — Le digo amablemente, dedicándole una sonrisa que no creo que vea desde su posición. Esta no es como las de la escuela que no son certeras al cien por cien, por no decir un tanto defectuosas por el uso de manos inexpertas durante el paso de los años. Esta lleva conmigo prácticamente desde que me enteré que había heredado la videncia de mis antecesoras, un obsequio de mi profesora de adivinación cuando estudiaba en el Prince.
Phoebe M. Powell
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M. Meerah Powell
Fugitivo
- ¿Solo la mitad? - Pregunto en un tono jocoso. A decir verdad, y pese a que no llevábamos tanto de conocernos, Phoebe no se me hacía una de esas personas que tenían sus casas a rebosar de cosas. Y aún así, sentía que habíamos pasado una vida entera limpiando, guardando, y embalando objetos, libros y adornos que parecían brotar de todos lados. Lo peor, es que de verdad ni siquiera eran tantos, pero mi curiosidad podía más, y cada cosa nueva significaba una nueva historia, un recuerdo, un pedacito de vida que mi tía no tenía inconvenientes en compartir. Me agradaba la sensación. Era bonito poder conocer a alguien y no solamente aprender de su presente, sino también de su pasado y de las personas que contribuyeron a darle forma. Más aún, cuando su vida había estado tan cargada de… todo. ¿Cómo era posible que alguien tan bueno como ella, hubiese pasado por tanto? Y eso que estaba convencida que no me había dicho todo.

- Ya te lo dije, me agrada ayudar, pero como empaques tu ropa sin invitarme, vamos a tener problemas. - Era sensato que, faltando días para su mudanza, su guardarropa quedase para lo último. Pero aunque ella asegurase que el mismo no era gran cosa, era mi deber como futura diseñadora y sobrina, el permitirme conocer su estilo. Phoebe era hermosa, y tenía buen gusto en regla general, pero necesitaba conocer sus faltantes y ver en qué podía contribuir a enriquecer su estilo. Hero me había dejado, pero no era lo mismo ya que ella tenía demasiadas cosas, y la mayoría era comprada de los mejores modistas del país. Era más fácil que colaborásemos juntas en un proyecto, que yo aportase algo de manera individual.

Continúo quitando las últimas cosas de los estantes superiores, compensando mi falta de altura con una escalerita lo suficientemente firme como para que mi torpeza natural no sea un inconveniente. - ¿Funciona… de verdad? - Consulto cuando Phoebs me advierte al verme tomar la bola de cristal. Tiene razón, es pesada, pero tengo el cuidado suficiente como para no dejarla caer, incluso cuando un vapor blanquecino ha comenzado a aparecer en su interior. - ¿Podrías mostrarme? - En sus clases no habíamos llegado a ver este objeto, y si bien al principio me había mostrado bastante reacia a la adivinación como materia, poco a poco había dejado mis prejuicios de lado hasta declararme una pequeña entusiasta de esa rama de la magia en particular. Las maravillas que podían lograr los buenos profesores...
M. Meerah Powell
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Phoebe M. Powell
Director del Servicio Social
Francamente, si no nos hubiéramos parado con cada cosa, quizás hasta podríamos haber terminado de empaquetar el apartamento entero, pero esto es como cuando limpias una habitación, al final pasas más tiempo curioseando con lo que encuentras que recogiendo en sí. No es que tenga yo muchas cosas para trastear, si vamos a ser sinceros, solo que como Meerah y yo apenas hace que nos conocemos realmente como tía y sobrina, hay muchos detalles que no conoce de mí, esos que van mucho más allá de lo que yo le he contado. — Prometo no tocar el armario sin que estés presente, aunque ya te dije que no hay mucho interesante. — Sonrío. En contraste con las ropas extravagantes y coloridas que porta la población de la capital, mi estilo es más bien sencillo. Sé lo mucho que le gusta a Meerah crear sus propios diseños y dibujar bocetos acerca de nuevas ideas que se le ocurran, así que dejarla cotillear mi ropa es lo mínimo que puedo hacer.

Asiento con la cabeza, ocupada en masticar el último trozo de sandwich y trago con rapidez, limpiándome las migas frotando una mano con la otra. — Claro, ven. — Me muevo hacia el sofá para sentarme con las piernas cruzadas encima de lo blando, una posición que me hace parecer mucho más niña de lo que en realidad soy. Atrapo la bola entre mis manos, que con el movimiento repentino el humo en su interior ha empezado a evaporarse con algo más de agilidad, y le doy un golpecito al sillón para que ella se siente a mi lado y pueda observar desde un punto cercano. — ¿Sabes para qué se utiliza? — No recuerdo haber llegado a utilizar la bola en ninguna de sus clases, por lo que sería entendible que no tuviera ni idea, pero es un objeto que ha dado tanto para hablar que la lógica me dice que sí sabe. — Sirve para encontrar a personas con las que tengas una conexión bastante fuerte, algo así como una vídeo llamada, pero ellos nos saben que los estamos observando, ni que también escuchamos lo que dicen. Así que es más bien como una forma de espionaje, pero nada que ver porque... antes se usaba para comprobar que aquellos que te importan están bien. — Le explico igualmente, que con las tecnologías que existen hoy en día espero que entienda mi punto. Con la última parte se me escapa una risa, alzando las cejas un poco divertida, volviendo enseguida a la seriedad en cuanto el tema lo pide. — Se necesita de mucha concentración, y cuando digo mucha, es muucha. Por eso hay pocas personas que lo consiguen incluso intentándolo varias veces, uno cree tener la mente en blanco, pero en el fondo estamos pensando en mil cosas sin quererlo. — Mis ojos buscan los suyos, para comprobar que me sigue antes de pararme a observar la esfera nuevamente.

Ser vidente ayuda a eso, no voy a mentir, es por eso que a mí me es mucho más fácil que la nube se transforme en una figura reconocible que a alguien que no haya tocado el cristal en su vida. Mis palmas rodean el mismo, tamborileando con los dedos en lo que se me ocurre algo. — ¿Empiezo yo? Veamos... — Porque obvio que va a probar, ahora me pica la curiosidad a mí. Sacudo mis hombros, como para deshacerme de la tensión en ellos, sacudida que se extiende a mi cabeza y también a mi torso en lo que planto las manos tiesas sobre la bola.  Por alguna razón cierro los ojos, la costumbre imagino, porque no me es muy difícil centrar mi mente únicamente en Chuck dado que mis pensamientos están ocupados por él la mayor parte del tiempo. Que Meerah esté aquí para ayudarme con la mudanza es un claro ejemplo de ello. — Ese es Charles, aunque jamás lo vi tan concentrado. — Bromeo en cuanto mis ojos se abren y su semblante aparece en escena, recostado sobre una pared con los brazos cruzados como si estuviera siguiendo a alguien con la mirada. El pensar que mi sobrina lo ha "conocido" antes que mi hermano me hace soltar una risa, la misma que me trago sacudiendo la cabeza levemente. — Te toca. — La animo, separando mis manos del cristal para verlo desaparecer en vapor blanco con rapidez. — Puedes pensar en quien quieras, Hans, alguna amiga del colegio... Solo trata de centrar tus pensamientos en esa persona. No parece complicado, pero no te frustres si no aparece nada a la primera, es lo normal. — Poso la esfera entre sus piernas y acomodo sus manos sobre ella, presionándolas con suavidad en lo que la observo expectante.
Phoebe M. Powell
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M. Meerah Powell
Fugitivo
Asiento con la cabeza cuando me asegura que no va a tocar su armario sin que esté presente, y puedo seguir con mi tarea, con la satisfacción que me da el ser escuchada. No me importaba que a sus estándares su ropa no pareciera interesante, pero a los míos… La ropa podía decir mucho de una persona, y cuando todavía tener poco de conocerla a ella, necesitaba todo lo que tuviese al alcance para poder forjarme una mejor imagen mental de lo que era mi tía, como otra cosa que no fuese la profesora Powell. Difícil cuando, bajando la escalera, estoy pidiéndole que me enseñe como usar el objeto que acabo de encontrar.

Me muevo con todo el cuidado con el que soy capaz, rogando que mi torpeza característica no haga acto de presencia en estos mismos instantes, y que la bola de cristal no acabe siendo astillas sobre la alfombra. Por suerte la tortura acaba con rapidez, y la esfera se encuentra sana y salva en las manos de Phoebe quien, con mano experta, puede manipularla sin inconveniente alguno. Me dejo caer a su lado y debo admitir que me inclino en su favor un poco más de lo que debería, curiosa porque me muestre como hacer funcionar de verdad algo en lo que antes tenía tanto escepticismo. - Puedes decir cuidar, pero sí es una forma de espiar a tus seres queridos. - Y menos mal que requería de habilidad y concentración, porque conocía a más de una compañera de clase que directa y llanamente acosaría a su pretendiente. No sabía si me parecía una práctica agradable, pero mi curiosidad podía más -  ¿No es de mala educación? Digo… si no hay forma de que se enteren.- Además, ¿qué pasaba si encontrabas a alguien en una situación comprometedora? Y no hablo de nada sexual, que también sería desagradable. ¿Pero encontrar a alguien en el baño? Diuj

No pongo pegas cuando pide empezar ella, a sabiendas de que no hay forma en la cual consiga que se forme algo más que humo en mi primer intento. Prefería que fuese ella la que demostrase y, si tenía suerte, tal vez lograría imitarla. - Oh…- En un inicio no veía nada, pero luego, una forma comienza a aparecer y me hace levantar el mentón de la palma en la que lo tenía apoyado. - Es apuesto. - Le confieso la primera opinión que me viene a la mente y, pese a que me ruborizo por ello, lo descarto rápidamente. - Y alto. ¿Es alto? - Me llama la atención su porte, pero me alejo de la esfera cuando declara que es mi turno. ¿Qué? no. - Uhm, solo pensar en la persona, o más bien en una situación… A lo que me refiero es, ¿es como pensar en fotos y en cómo se ve la gente? ¿O simplemente en los recuerdos compartidos? - Porque no quería pensar en mi madre, o en la tía Eunice a quien no le hablaba desde hace semanas. Pero no sabía si tenía una “conexión fuerte” con mi padre. ¿Era posible luego de tan poco tiempo? Trato de pensar en él, pero solo hay neblina blanca dentro de la bola, y no mucho más que eso.
M. Meerah Powell
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Phoebe M. Powell
Director del Servicio Social
No puedo discutir con eso, sí es una forma de espiar a las personas, y cualquiera que lo pensara bien haría que se prohibieran por violación de intimidad, pero como tampoco se trata de una situación de vida o muerte, no vamos a ponernos a exagerar. — Pero es divertido. — Ya sé. Ahora parezco yo la que tiene trece años o la vecina chismosa del segundo. Miro a mi sobrina con una mueca graciosa en los labios, casi queriendo aguantarme una risa que no llega a salir porque reformulo. — Bah, sí. Pero como te dije no todo el mundo tiene la suficiente capacidad como para usarla, en su mayoría se suceden imágenes cortas colapsadas si no se hace bien, y no hay mucho que espiar cuando ni siquiera entiendes lo que ves, ¿no? — Me pasaba al principio, cuando era adolescente y la videncia era todavía algo nuevo para mí, y tengo que agradecer a mi profesora por los años de observación y experiencia que ella llevaba a la espalda.

Me sonrío para mí misma, apartando un mechón de pelo y colocándolo tras mi oreja. — Lo es. — No se lo voy a negar, Charles es físicamente muy atractivo, quizás demasiado cuando se trata de salir a algún lugar donde abunden las mujeres. No tengo problema con eso, pero hubo un tiempo cuando las cosas entre nosotros, y estoy hablando de hace años, no estaban claras, que ese detalle sí podía llegar a molestarme. — Es bastante alto sí, no llega a los dos metros, pero creo que supera a Hans por algunos centímetros. — Le digo para que se haga una idea, que mi hermano es ya de por sí de estatura grande, puede imaginarse como es la de Chuck. Afortunadamente puedo decir que heredé las piernas largas de mi madre, o hubiera resultado un problema a la hora de besarle. En resumidas cuentas, es un tipo que llama la atención, si no es por su tamaño por su llamativa personalidad. Para mí, sin embargo, siempre fueron los ojos.

Recuerdos, momentos... Algo que te una a esa persona y con la que mantengas un vínculo especial. La conexión no se mide en el tiempo, sino en la intensidad de la misma. — Sé que no hace mucho que conoce a su padre, pero si puedo decirlo creo que conectaron desde los primeros encuentros que tuvieron. Puede que Hans no tuviera la oportunidad de criarla desde bebé, ni de verla crecer como merece, si bien creo que se conocen como si lo hubieran hecho. La calidad de eso supera con creces el tiempo perdido. Y sobra decir que a Hans ni se le hubiera pasado por la cabeza abandonar a su hija como lo hizo su madre de haber sabido que estaba embarazada.— Sé que es difícil pensar en uno en concreto, pero a veces los detalles más insignificantes valen más que cualquier otra cosa. Solo centra tu cabeza en ese pensamiento, nada más. — Vuelvo a animarla, viendo que el vapor se mueve con soltura dentro de la esfera, sin obtener una figura concreta. — Concéntrate. — Bueno, sin que se dé cuenta voy a ayudarla un poquito. Deslizo un poco mis manos por debajo de las suyas para que las yemas de mis dedos rocen el cristal, cerrando los ojos para ayudarme a centrar la mente en mi hermano.
Phoebe M. Powell
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M. Meerah Powell
Fugitivo
De acuerdo, si alguna vez me encontraban espiando a alguien, a partir de ahora podría echarle la culpa a Phoebe. “Pero es divertido” no era una excusa que tuviese algún tipo de validez en ningún contexto, pero decir que la tía Phoebe opinaba eso… benditos sean los adultos y sus comentarios ocasionales. - Básicamente, está bien si eres capaz de hacerlo, pero siempre y cuando seas responsable. - Mi voz suena algo dudosa y tengo que apretar los labios para que no se curven en una sonrisa que acabaría por delatarme. - ¿Que dirían tus alumnos al respecto? - Bromeo. Bueno, técnicamente hablando yo soy su alumna, pero ahora ganaba el título de sobrina, ¿no?

La sonrisa de Phoebe me obliga a imitar su gesto. Es lindo verla feliz, y pese a que no conocía a la persona en cuestión, no era difícil notar que su novio (o lo que sea que fuese) le daba alegría. Cursi, lo sé, pero últimamente cualquier motivo de felicidad era bienvenido. - Oh, también es más alto que tú entonces. Estéticamente hablando deben ser una pareja de lo más apuesta. - Tenía un gusto convencional, y siempre me pareció agradable que los hombres fueran los más altos en una pareja. Phoebe tenía casi un metro ochenta y podría haberle costado, yo en cambio, era tan enana que jamás tendría ese inconveniente. No sabía si contarlo como una ventaja o una desventaja a estas alturas, pero no estaba dispuesta a que una cuestión genética me definiera.

Me siento ciertamente aliviada cuando Phoebe parece leerme como un libro y me aclara que, en resumidas cuentas, lo que importa es la calidad y no la cantidad. Y tiene razón, así que le hago caso y trato de concentrarme en mi padre, en momentos o detalles que parecen insignificantes pero que en sí mismos significaron un mundo. No me cuesta encontrarlos, y en un par de parpadeos su figura parece formarse dentro de la esfera. - ¡Oh! - No esperaba que de verdad funcionase tan bien, así que me sorprendo al ver que una versión diminuta de Hans dentro de la bola de cristal. - ¿Y esto nos muestra el futuro o el presente? - Me inclino hacia adelante y entrecierro los ojos para enfocar mejor mi visión, ¿está con alguien? Pareciera que sí, pero no estaba del todo segura. Iba a preguntarle eso a mi tía cuando me doy cuenta que otra figura ha aparecido dentro del objeto; en un principio parece difusa, pero luego comienza a tomar forma cuando, inconscientemente, yo misma he pensado en quien quería que fuese el acompañante de mi padre. - Wow. ¿Ya le habrá dicho lo del bebé? - Y no me doy cuenta de lo que digo, no en un inicio al menos. Pero luego me cae la ficha y suelto mi agarre sobre la bola de cristal para cubrirme la boca con las manos. ¡Oh por dios! No era capaz de guardar un secreto ni por más de cuarenta y ocho horas.
M. Meerah Powell
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Phoebe M. Powell
Director del Servicio Social
Asiento con la cabeza efusivamente cuando saca a relucir eso de la responsabilidad y todas esas cosas que se supone debería estar diciéndole yo y no ella a mí, que a veces sigo creyendo que tengo quince años sin apenas sentido para las obligaciones, que no es como si no hubiera vivido prácticamente mi vida entera de eso. Uno aprende a apañárselas como puede. — Exacto, y tú eres una chica muy responsable así que no tengo que preocuparme porque me vayas robar la bola para espiar a todos tus pretendientes, ¿verdad? — Bromeo, con una sonrisa de oreja a oreja, que no sé si mi sobrina ya anda detrás de chicos, pero con la cara que tiene no me sorprendería que los tuviera a todos comiendo de su mano. A lo siguiente, no obstante, solo me llevo un dedo a la boca en señal de secreto y como si esto tuviera que quedar entre nosotras. — Ser profesora tiene sus ventajas, ¿de acuerdo? — Alzo las cejas con un aire un poco soberbio del que enseguida me arrepiento, porque no pega conmigo y la risa que viene detrás me delata.

Que nos considere una pareja estéticamente apuesta me hace continuar con la risa, de modo que la miro buscando la razón de ese comentario de alturas. — Tú también crecerás, aún eres una niña, yo no fui siempre la más alta de mi clase, ni de lejos. — Hago un gesto con mi mano al tiempo que murmuro algo parecido a un prfff que hace que mis labios reboten entre sí. — Y mírame ahora, si hubo esperanza para mí, de seguro la hay para ti. Además, cuando seas más mayor podrás ponerte todos los tacones altos que quieras sin problema de pasar a tu pareja. — Ah, problemas del primer mundo. Honestamente, con la pésima alimentación infantil y pre adolescente que tuve cuando deambulaba por el norte, no entiendo como no me quedé enana, y tengo que agradecer a la genética de mi madre que fue más fuerte que esos años de mala nutrición.

Sonrío con orgullo cuando aparece la diminuta figura de mi hermano entre el humo que empieza a disiparse dentro de la bola para dejar espacio a que aparezca una cara conocida más. — El presente, por desgracia, ¿sabías que no es tan fácil adivinar el futuro como todos creen que es con los videntes? — Me quejo, pegando un chasquido con mi lengua, más en decepción conmigo misma por no conseguir una visión clara de mi futuro con... bueno, nadie, en realidad. — Si prestaras más atención en clase, lo sabrías. — Me mofo, dándole una palmadita en la cabeza con una de las manos que suelto del cristal cuando parece tenerlo bajo control. No es una mala estudiante, de hecho todo lo contrario, pero sí que he notado que a veces se le va la lengua de más en mis clases, lo que me hace pensar que no es un tema del que sea muy apegada. No obstante, mi interés se va hacia otro lado de la conversación cuando suelta la bomba del bebé y tengo que quedarme mirándola como si hubiera descubierto otro planeta y no la creyera. — ¡¿Lara está embarazada?! — Exclamo, imitando su gesto de llevarme las manos a la boca para taparme la sorpresa que me produce esa noticia. Pero espera, yo estoy sintiendo un dejavú de esos. — Espera, ¿y yo por qué me sorprendo si ya lo sabía? — Es un pensamiento de cabeza que digo en voz alta sin quererlo, y que me saca una risa nerviosa al tiempo que dejo caer las manos nuevamente sobre mi regazo.
Phoebe M. Powell
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M. Meerah Powell
Fugitivo
- ¿Pretendientes? - Mi ceja se eleva junto a la comisura de mi labio en perfecta sincronía en lo que trato de no reírme. - No sé qué tan interesante haya sido tu vida amorosa a los trece años, pero puedo asegurarte que la mía es inexistente. - No había nadie a quien pudiese considerar pretendientes, y no era tan tonta como para ilusionarme con crush pasajeros que no iban a cuento. - A menos que cuentes la broma que le hice a Charlie con respecto a su hermano, seguiré soltera hasta que los muchachos me dejen de parecer unos tontos inmaduros. - Y eso no era un pronóstico favorable para mí. Ya qué, me casaría con mi arte y adoptaría muchos puffs. No me aguanto la risa cuando me silencia con un gesto, y simplemente me limito a asentir con la cabeza. - Ventajas que no superan las contras. ¿Cómo haces para aguantar a tantos niños revoltosos a la vez? - No éramos muchos en nuestro curso, pero tenía claro que la docencia jamás sería mi vocación.

Frunzo el ceño con incredulidad y ruedo los ojos con resignación. - No trates de darme esperanzas. Sé que deberé considerarme suertuda si en algún momento paso el metro sesenta. - Hans era alto, y Audrey no era precisamente bajita, pero la tía Eunice me vivía diciendo lo mucho que me le parecía, y ella jamás había superado el metro cincuenta y cinco de altura. Estaba condenada y no había magia que pudiese solucionar eso. Ni siquiera había heredado la metamorfomagia de mi madre como para disimularlo. - Y sí, lo de los tacones será un gran plus… - Me muerdo el labio y muevo los pies de un lado a otro. - Si en algún momento aprendo a mantenerme en pie en un zapato con más de tres centímetros de taco. - Tal vez las lecciones físicas de Charlie mejoraban mi equilibrio y podría avanzar sin trastabillar.

Ah, no. Eso sí que no. - ¡Todavía no vimos la bola de cristal en tu clase! - Le reprocho frunciendo los labios hasta formar un leve puchero. - Lo admito, no siempre fui la mejor estudiante de tu materia, pero no puedes decir que no te he prestado atención en los últimos meses. - Más puntualmente, desde que me había enterado de nuestro parentesco pero, lo importante era la intención ¿no? Además que, últimamente había descubierto que la adivinación en sí era un arte interesante. Impredecible sí, pero de una manera que no podía conseguirse en la clase de encantamientos o transformaciones. No sigo discutiendo el tema, distrayéndome poco después con las apariciones en la esfera, y con mi propia boca floja. - Y si te digo que le está diciendo de otro bebé… - Suena a pregunta. Mi tía no es tonta y va a poder ver de inmediato que no puedo remar la situación. Claro que no me esperaba su declaración y mis cejas se disparan hacia mi sien. - ¿Cómo que ya sabías? - Lara me había dicho ayer, no sabía que eran tan cercanas con Phoebe como para contarle también. A menos qué… - Si me dices que lo viste en las hojas de té o algo por el estilo, prometo volverme tu estudiante más aplicada este año. - ¿Hasta qué punto llegaba el arte de la adivinación? - Al menos no tendría que declararme culpable de soltar información que no debía.
M. Meerah Powell
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Phoebe M. Powell
Director del Servicio Social
No sé que me hace más gracia, si la forma que tiene de reaccionar a mi, ahora equivocada, suposición, o que insulte al sexo opuesto del modo en que lo hace, de manera que opto por reírme por las dos cosas y así mato dos pájaros de un tiro. — Te puedo asegurar que la mía también fue inexistente, pero qué sé yo, vuestras generaciones de hoy en día... ¡bueno, no sé! Tú me dices, de seguro alguien tiene que haber por ahí que te llame un poquitito la atención. — Le doy un suave codazo en el brazo con una sonrisa burlesca en los labios, como símbolo de la confianza que nos une al tener esta relación de tía y sobrina que no pienso romper ni por Hans. — Prometo no decirle nada a tu padre si es así. — Bromeo, aunque está lejos de ser mentira. Con lo de los estudiantes, por otro lado... creo que ni yo misma sé responder a esa pregunta. — Me convierto una de ellos. — Suelto campante y con una sonrisa de oreja a oreja. — Es broma, es broma, la mayoría no se porta mal, solo alguno da la lata más de la cuenta de vez en cuando, pero a esos los tengo bajo control. — Pongo mi mejor cara de profesora enrollada, asintiendo con la cabeza lentamente al tiempo que cierro un poco mis párpados y junto mis labios. Súper convincente, desde luego.

Me encojo un poquitito de hombros con un mohín de mis labios. — La genética es algo caprichosa, a veces, tu abuela era bastante alta también. — Le comento. Creo que nunca hemos hablado como tal de nuestra familia, y no sé hasta qué punto Hans le habrá contado al respecto, ni siquiera conozco si ha mencionado la relación que nos une a uno de sus esclavos, Jordan. Pero en resumidas cuentas, mi madre siempre me pareció de estatura grande, eso o que por entonces yo medía como mucho un metro y era así como me resultaba. — A mí no me mires si pretendes que te dé lecciones porque no me he puesto unos tacones altos en mi vida. — Tengo que reconocer en voz alta, con un añadido de una leve risa que le da un toque todavía más patético al hecho de que esas cosas nunca hayan sido mi estilo. No lo fueron hace años cuando tenía un mínimo interés en ello y creo que eso es algo que no va a cambiar, en teoría. Nunca se sabe, quizás me convierta en una de esas mujeres que van hasta a sacar al perro en tacones.

¿Ah, no? — Intento hacer memoria de lo que he tenido la oportunidad de explicarles en clase el medio curso que he estado en el colegio. — ¿Estás segura de eso? — La miro como si me estuviera jugando una broma a mí y a mi poca memoria, no es mi culpa tener tantas horas en las que cada día tengo que enseñar algo diferente. — Ya, ya, tienes razón, a veces se me olvida hacer un seguimiento de estas cosas, déjame. — Hago una nota mental de ir a comprarme una agenda de esas para este año en las que se apuntan cosas importantes, reconozco que lo de este año ha sido un poco caótico. En mi defensa, todavía me estoy acostumbrando. — Mmm, aun podrías estar más atenta. — Le pellizco el brazo con diversión para que sepa que estoy bromeando, pero creo que eso lo evidencia mi tono de voz por sí solo. Me encuentro asistiendo con la cabeza, recogiendo mis piernas sobre el sofá y mordiéndome el labio inferior con algo de falsa culpa y a la vez diversión por toda la situación. — Lara vino este día a mi casa… a mediados de verano, ¿puede ser? Bueno, la fecha no importa, el caso es que se interesó por las cartas del Tarot y una lectura dio a otra y… sorpreeeesa. — Estiro un poco mi cuello y extiendo mis manos para moverlas con algo de gracia en el aire. — En su defensa le dije que me lo podía haber inventado, ¡además de que tuviera precaución a partir de entonces y…! — Me quedo callada en el sitio, porque no sé si es lo suficientemente mayor como para saber de todas estas cosas de bebés y precaución y… Sí, no seré yo la que le ponga imágenes de su padre en la cabeza.
Phoebe M. Powell
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M. Meerah Powell
Fugitivo
- Suenas vieja Phoebs…- No sé de dónde me sale el apodo, pero es cierto que suena a una mujer a la que la vida le ha pasado hace mucho por encima. No tanto como mi otra tía, pero lo suficiente como para que su tono en esos segundos la haya hecho parecer algo mayor. - Que me llame la atención… - Se me viene a la mente la cara del hombre que nos salvó hace ya muchas noches, para luego ser reemplazada por unos instantes por la de alguien en el que definitivamente no debía pensar. Maldición, sin las ideas de Hero no estaría pensando en él. - ¿Qué? ¡No! - Me altero cuando menciona a mi padre y enseguida me arrepiento de mi reacción. Ahora no había forma de que pueda decirle a mi tía que nadie me interesaba. - Ya, son… mayores. Así que no importa. - Trato de dejarlo en eso y rogar que no trate de indagar más sobre el tema. Al menos puedo distraerme con sus habilidades profesionales, y me alegra el despejarme la duda de qué podían opinar los profesores de nosotros.

Frunzo un poco la nariz cuando comenta que mi abuela era alta, y si bien me gusta saber más de mis antepasados, no necesitaba precisamente ese dato. Podía fingir que la altura venía por más lados y era inevitable. - ¿Nunca usaste tacones altos? - Me sorprendo. No por necesitar alturas, pero los tacos altos estilizaban la figura, con unas piernas como las suyas podría lucir tantos conjuntos bellos. - Entonces definitivamente necesito revisar tu armario cuando sea el momento. - Me pregunto si podría ser posible el pedir que modele algunas prendas de ropa. Claro, mi línea había sufrido un gran contratiempo, pero no iba a dejar el proyecto muerto.

¿Estaba dudando de mi palabra? O tal vez… Nah, no podía haberme olvidado, ¿o sí? Tal vez lo habían visto en alguna ocasión en la que había faltado o algo así. - Puede ser, puede ser. - Mi tono suena burlón, pero a decir verdad tal vez podría prestarle más atención. O la suficiente para que no me haga dudar del contenido visto. Ya que, éramos ambas un desastre. Al menos en eso éramos similar. - Osea que literalmente predijiste su embarazo y aún más: ¡le advertiste! - Increible. De acuerdo, la adivinación me estaba encantando. - Pero no te lo habías inventado. ¿No? - Me inclino hacia adelante y la miro aún con más interés que antes. - ¿Crees que podrías enseñarme a leer las cartas de tarot? - Oh por favor, quería hacer eso.
M. Meerah Powell
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Phoebe M. Powell
Director del Servicio Social
Pongo cara de replica cuando mi sobrina dice que sueno vieja, pasando por un mohín en mis labios que me hace parecer mucho más joven y con el carácter de una niña, lo que pone en evidencia su insinuación. — ¿Vieja? ¡Pero si solo tengo veintinueve! — Me llevo una mano al pecho en un gesto dramático que pretende simular el falso dolor que me ha producido su comentario, aunque termino por reírme por la tontería. — Si vas a llamarme vieja, por lo menos di que también soy muy sabia, que la sabiduría siempre es un mejor halago. — No sé hasta qué punto se puede ser muy sabio con apenas treinta años tampoco… Me considero alguien inteligente, pero no por lo que me enseñaron en el colegio, sino por lo que aprendí en la calle, a valerme por mí misma, a no esperar nada de nadie, ese tipo de cosas que no se enseñan en el aula de clase. — ¡Así que sí hay alguien! —  Suelto en mi mejor tono de satisfacción por haberle sacado a mi sobrina sus más profundos secretos, lo cual dejo entrever por la sonrisa ladina y traviesa que le dirijo. — ¡Quiero saberlo todo! Con que mayores, ¿eh? No te tomaba por esas. — Bromeo, porque en realidad, no sé muy bien por qué clase de niña la tomaba, probablemente por la que no se deja engatusar por chicos ineptos e inmaduros.

Niego con la cabeza, encogiéndome de hombros al hablar de estos temas que me trasladan a una adolescencia que nunca tuve y que nunca llegaré a tener, pero que con Meerah parece que voy a poder tener la oportunidad de mirar aunque sea un atisbo de lo que es esa época para la mayoría de chicas afortunadas. — Soy demasiado alta para usar tacones altos, ¿no crees? — Es una excusa que me saco de la manga, no quiero tener que ponerme unos de esos si van a dejarme en ridículo por no saber caminar con ellos. — Eso puedes hacerlo cuando quieras, tú tienes mucho mejor gusto que yo para estas cosas. — Por no decir que tiene un verdadero talento para la confección de vestuario según me ha dicho su padre y, si se va a dar la ocasión de que visite mi aburrido armario, tendré que aprovechar tener la mano de alguien experto, ¿no?

Alzo un dedo para dar un alto a su confirmación del embarazo, pero como no creo poder escaquearme de esta una vez yo misma he afirmado la existencia de una predicción previa al bebé, bajo la mano y en su lugar recojo la bola de cristal de entre sus piernas para posarla sobre las mías y acariciar su textura dura y fría contra las yemas de mis dedos. — Exacto, yo le advertí, ¡y ni se tomó en serio mi consejo! ¿Tú te crees? Cómo te sientes al respecto, por cierto, no todos los días se recibe la noticia de que vas a ser hermana. — La miro, pero me percato de un pequeño detalle que he dado por alto y que no estoy muy segura de que tenga que ignorar solo porque lo crea yo. — Espera, ¿Lara te lo dijo a ti primero? ¿Antes que a Hans? — Eso significa que va a tenerlo, ¿verdad? No le dirías semejante noticia a una niña para después cargarte con la ilusión de que va a haber un nuevo miembro en la familia Powell. Bueno, al menos podemos alegrarnos de que es de Hans y no de cualquier otro, ¿no? — ¡Claro! Es súper divertido. — Siento que cuando estoy con Meerah rejuvenezco quince años, y no estoy mintiendo cuando digo que la ilusión se percibe por mis ojos de saber que le empieza a picar un poco más el interés por estas cosas. — Ah, ¿dices ahora? — Expreso cuando se me queda mirando con esos ojitos que me dejan petrificada un segundo en el sitio. — ¿Dónde metí yo esas dichosas cartas? — Murmuro, girando un poco mi cuerpo al posar un brazo sobre el respaldo del sofá y mirar a mi alrededor en busca de las cajas que hay amontonadas por la habitación, cada una con su etiqueta correspondiente.
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