The Mighty Fall
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VERANO de 247221 de Junio — 20 de Septiembre


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Tras años de represión y batallas libradas, hoy son los magos los que caminan en las calles más pulcras del Capitolio. Bajo un régimen que condena a los muggles y a los traidores a la persecución, una nueva era se agita a la vuelta de la esquina. La igualdad es un mito, los gritos de justicia se ven asfixiados. Existen aquellos que quieren dar vuelta el tablero, otros que buscan sembrar la paz entre razas y magos dispuestos a lo que sea para conservar el poder que por mucho tiempo se les ha negado. La guerra ha llegado a cada uno de los distritos. ¿Qué ficha moverás?
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Perfectly wrong for me ✘ Lara
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Hans M. Powell
Ministro de Justicia
Las horas en el hospital pasan de manera muy confusa. Me despierto en intervalos, a veces entre murmullos de médicos que quieren saber mi estado, a veces con preguntas de enfermeras que van y vienen, cambian mi suero, se aseguran que siga respirando y hasta creo que riegan las flores de la mesita de luz. Moverme duele, así que me mantengo tendido en una misma posición y trato de no hacer demasiado, en especial porque creo que no tengo la fuerza para hacerlo. En algún punto, me despierto lo suficiente como para darme cuenta de que el envoltorio del chupetín se encuentra sobre la mesita y reconozco la figura morena en uno de los pequeños sofá del rincón, ese que supongo que la gente usará para descansar en espera de que los familiares se recuperen. Obvio, ella no es mi familia, pero se ha quedado.

Me gustaría saber qué hora es, solo me guío porque parece estar anocheciendo, si juzgo a partir de la luz anaranjada que ingresa por la ventana. Es eso o han pasado más horas de las que he creído y está amaneciendo de nuevo, aunque dudo mucho que Meerah haya necesitado tantas horas para dormir y regresar. ¿O lo hizo y no me di cuenta? Sé que no tengo sed a causa del suero, pero aún así siento la garganta seca y cuando abro la boca, asumo que no he hablado en mucho tiempo porque me cuesta encontrar la voz. Carraspeo, tratando de llamar su atención, hasta que acabo chistando — Pss… Scott — ¿Cuánto tiempo se ha tomado la molestia de quedarse en este lugar? Ni siquiera siento ganas de burlarme de ella por ese gesto, posiblemente debido a mi agradecimiento, aunque admito que quizá se me pase cuando recupere por completo la consciencia.

Un chistido más y consigo que me mire, lo cual es bueno, porque ya estaba considerando el lanzarle una almohada a pesar de que dudo tener la fuerza para hacerlo. La sensación en mi brazo, debido al líquido que me recorre por esa pequeña aguja, es demasiado desagradable como para molestarme en hacer un movimiento tan brusco — Sabes que no me moveré de aquí si vas a darte un baño o te compras un café, ¿verdad? — aventuro, siento mi voz áspera y estoy seguro de que mi boca sabe horrible. Hago una mueca, echando una ojeada a la puerta — ¿Ha vuelto Meerah? — es una pregunta inocente, pero en parte, espero un poco de ilustración con respecto a estas horas cargadas de droga.
Hans M. Powell
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Perfectly wrong for me ✘ Lara QaoC9EO
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Invitado
Invitado
Con algo tengo que entretenerme mientras pasan las horas y con Hans sumido en el sueño placentero de las drogas, no tengo con quien conversar. De vez en cuando dice algo incoherente que respondo con una sonrisa, las primeras veces sentí culpa de tomarle el pelo en consideración a su estado, pero las últimas me pensé dos veces si era algo tan malo grabarlo para que se escuchara después. No lo he hecho aún, estoy esperando a que vuelva hablar. Prendí la televisión para que hubiera un murmullo que me hiciera compañía, y como los noticieros repetían la misma escena del ministerio explotando por las bombas, una y otra vez, lo cambié a un canal de música. En Wizzardface se ve más de lo mismo, muchos comentarios sobre lo que ocurrió, fotografías desenfocadas y videos de segundos. No sé si quiero seguir viendo más de lo mismo, así que en una inspiración a causa del aburrimiento busco el perfil de Hans y es más interesante lo que encuentro siguiendo las menciones que hacen de él. Me sobresalto al escuchar un chistido más fuerte que viene de la cama y se me cae el teléfono de la mano, rebota contra la tela mullida del sillón, salvándose de un golpe en la pantalla.  

Pongo mis ojos en blanco por su pregunta y levanto la bolsa que tengo a mi lado en el sillón, para que vea que tengo provisiones. —Compré chocolate— digo. —¿Quién necesita algo más?— pregunto, desestimando su sugerencia de que puedo apartarme del perímetro de su cama, pasarán unos días hasta que pueda caminar más allá de la puerta de esta habitación. La medimagia ha avanzado en estos tiempos, pero no hace milagros. Es cierto que puedo salir a dar una vuelta, llevo tantas horas sentada y con las rodillas dobladas con mis pies sobre el tapiz del sillón, que mis piernas se han entumecido un poco. Pero no quiero moverme, me ha caído el cansancio de todo lo que ocurrió, quiero quedarme tirada en esta esquina y la verdad es que me serena bastante escuchar su respiración mientras duerme. Es decir, ¡respira! Porque podría no estar respirando. Si me pongo a pensar en todas las cosas que podrían haber acabado mal anoche, siento que tuvimos un poco de suerte y es increíble, pero posible ser capaz de ver algo bueno en todo, todo lo malo.

Froto mis rodillas antes de ponerme de pie para hacerme a la cama y sentarme en el borde, revisando que su pierna lastimada esté a una distancia segura. —Supongo que no tardará en volver— respondo refiriéndome a Meerah, compruebo en el reloj de mi muñeca cuántas horas han pasado desde que se fue con su tía y calculo que estarán aquí pronto. —¿Te sientes mejor?— consulto, y puesto que tiene el cuerpo atravesado por varios agujeros, reformulo mi pregunta. —¿Estás más lúcido? Te han dado tantas drogas que estarás contando unicornios hasta Navidad. Y no es que me haya aprovechado de la situación, pero puede que hayas hecho un juramento irrompible de prestarme tu yate para unas vacaciones de tres días en el distrito cuatro— ensancho mi sonrisa, mi semblante es de toda inocencia. —Puedo llevar a alguien más y mi madre está ocupada estos días. ¿Te gustaría ir?
Anonymous
Hans M. Powell
Ministro de Justicia
¿Por qué la respuesta del chocolate se me hace tan ella? Creo que se me escapa una sonrisa perezosa, pero me rehúso a insistir. En parte porque ella sabrá lo que hace, en parte porque no tengo la voluntad para hacerlo; quizá, si tuviera menos sedantes en las venas, lo haría. Me muevo un poco hacia un costado en un intento de hacerle espacio, pero creo que no hago mucha diferencia. Debo verme como un niño caprichoso cuando me doy cuenta de que Meerah no estará aquí pronto y hago un esfuerzo por mantener la expresión neutra, moviendo la cabeza para dar a entender que la he oído y aceptaré la ausencia de la niña por un rato. Me tocará el preocuparme luego por ella — Supongo que sí, aunque no sé cómo será cuando me saquen los calmantes — lo confieso, sé que no será lo mismo cuando tenga que ir a casa y soportar todo esto sin las drogas de las que ella se burla. Al menos, me saca algo parecido a una risa y me paso la mano sana por la cara, tratando de quitarme el pelo pegajoso de la cara. Por todos los cielos, necesito un baño — Si quieres… — mascullo, no muy seguro de estar modulando bien — pasará un tiempo hasta que pueda usarlo por mi cuenta, así que puedes manejarlo mientras yo me muero en el fondo — no hablemos de la única vez que me vio encima de un bote, eso es algo de lo cual no pienso hablar jamás.

Mi mano se arrastra hasta que puedo apretar el botón que levanta un poco la cama, agradezco que el movimiento sea tan sutil que no me produce ninguna incomodidad — A decir verdad, te lo mereces. ¿Al menos pudiste llamar a tu madre? — estoy lejos de desear que la mujer, a la cual no puedo ponerle un rostro a pesar de haber comido de sus tuppers en más de una ocasión, ande preocupado por su hija solo porque ella se esté quedando con la versión más penosa de mí mismo — Aunque… ¿Ahora sí me aceptas vacaciones en el cuatro? Que contradictoria que eres — no soy capaz de ocultar la sonrisa burlona, esa que le enseño cuando por fin giro el rostro en su dirección y me acomodo en la almohada para verla mejor.

Es extraño, pero siento que esa conversación sobre unas supuestas vacaciones juntos ha sucedido hace una eternidad y estoy seguro de que pasaron solo unos días. ¿Cómo es que las cosas cambian tan rápido y de maneras tan extremas? Estiro una mano para tocar la contraria, buscando la conexión de la aguja hasta que consigo rozarlo. No me atrevo a hacer más que eso, lo demuestro con un mohín — Dime que no tienes una colección de fotos y videos para sobornarme a partir de ahora — intento buscar cualquier otra cosa para distraerme, porque hablar de lo que ha ocurrido es algo que no deseo para este momento.
Hans M. Powell
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Perfectly wrong for me ✘ Lara QaoC9EO
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Invitado
Invitado
Entreabro mis labios y antes de decir algo un poco lamentable como que sus días sin calmantes no serán bonitos, los vuelvo a cerrar. Habrá pócimas que puedan permitirle caminar sin partirse por el medio del dolor, en todo caso podrá pagar para tener un hospital dentro de su casa si quiere, lo socorrerán apenas sienta que la uña del dedo pequeño le duele un poco. —Yo navegaré mientras tú te quejas en la arena blanca de la playa, con gente abanicándote y un coctel en la mano. Piénsalo, me parece un mejor escenario que estar lloriqueando en el baño de tu casa— propongo, al menos para jugar con su imaginación durante un rato, que si no lo hacen las drogas, al menos que una fantasía de fin de verano relaje su mente. Lo veo difícil, entre sus incoherencias de las horas pasadas, intercalo un par de frases de quejica que me demostraron que este hombre no está hecho para los hospitales. Temo que el regreso de su consciencia lo haga más perceptivo a todo lo que le rodea y lo incomode incluso la aguja del suero.

Gracias por el reconocimiento de mi esfuerzo, aplasté el culo por horas en ese sillón y casi creí que de pararme se quedaría ahí. Y que luego andaría por la vida sin uno…— hablo tonterías para sacarle importancia a su agradecimiento, sé que había dicho que no había necesidad de que me quedara cuando sugerí que Meerah fuera a descansar antes de volver para pasarse el resto de los días con su padre. Sé que puedo decirle que lo hice por ella, siempre cae bien en nuestras excusas, pero no lo hago y en cambio le cuento cómo fue la última conversación con Mo. —Sí, la llamé. Me preguntó si he visto la luz o algo así, que ando dando la unción a los enfermos…—. Por supuesto que mi madre iba a cuestionarme, no me ha criado egoísta para que ande haciendo caridad con los desafortunados. Si has salvado tu culo después de un atentado, lo que tienes que hacer es volver a tu casa y echar el pestillo apenas acabe. Esos consejos maternos.

Sobre eso…— digo, al volver al tema de las vacaciones imaginarias. Busco algo en lo que posar mi mirada para no tener que encontrarme con sus ojos y me viene bien guiar mi mano hasta la suya que tantea la conexión del suero, regresarla a su sitio lejos de la aguja que le puede provocar que se manche de sangre el cable y no creo que le guste ver eso. —Tengo un montón de fotos y videos, así que ten cuidado de cómo me tratas ahora. Una palabra equivocada y serás sensación en Wizzardface. Por el contrario, si te portas bien, las iré eliminando de a poco. Ya sabes, me gusta café y tostadas por las mañanas…— lo chantajeo en broma, aprovechándome con mi humor negro de su estado. Me da pena en realidad, y más que eso, si hago chistes y no pierdo el tono animado en mi voz, es porque en las horas que lo escuchaba dormir no pude dejar de pensar en ciertas cosas. —Sobre las vacaciones, no es que sea contradictoria…— retomo, mi respiración haciendo un poco lenta y mi manera de hablar un tanto más pausada, tomándome mi tiempo. —Me alegra que estés bien, ¿sabes?— Dejando de lado que la mitad de su cuerpo no está del todo bien, claro. No me retrasaré con nimiedades, porque me arriesgo a caer en la cobardía de las cosas que no se dicen. —Quiero decir, que estás… vivo— digo, después de un esfuerzo de poder pronunciar esa palabra. —Es sólo que… habíamos dicho que pasarías tres días desnudo en mi casa. ¿Y te acuerdas que nunca usé la bendita falda? También creo que había un piano en tu casa que querías que viera. Y le habías dicho una vez a Meerah que querías ir al cine conmigo porque te morías por ser mi amigo, ¿lo recuerdas? Bueno, tal vez no. Supongo que sigues un poco drogado— eso espero.
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Hans M. Powell
Ministro de Justicia
Eso suena bien — aunque creo que sería incapaz de tirarme en una playa ahora, por más blanca que sea la arena. Tengo la sensación que, de moverme, se me saldrán las tripas y alguien tendrá que venir a repararme de nuevo. Levanto, de manera muy poco disimulada, los ojos en dirección al suero y trato de chequear cuánto es lo que gotea, porque tal vez no es suficiente. ¿Eso no se está agotando? Hago el amague a llamar a la enfermera, pero me entretengo con su declaración que me arrebata una mueca como si sintiera la pérdida de su trasero, aquel que estoy seguro que he alabado hace poco. Creo que es una suerte que la charla sobre su madre interrumpe cualquier chiste que pueda hacer al respecto, o tal vez es que estoy demasiado lento, o ambas cosas — ¿Le dijiste que estabas haciendo de enfermera personal de un ministro o eso te lo guardaste porque sería una mala excusa? — intento mofarme de ella, pero no sé que tanto sonó a broma y que otro tanto se fue a curiosidad. No me interesa que su madre me conozca, siempre he preferido ser invisible en esa clase de aspectos, pero tampoco se me antoja que ande mintiendo por mí. Bueno, que va, al fin de cuentas es cosa suya y no tendría que importarme.

El movimiento de su mano sobre la mía me traiciona, porque mis dedos buscan sujetarla un momento hasta que los dejo ir, quizá porque reacciono a la idea de que, tal vez, no sea necesario. Lo que dice me parece un poco más interesante, hace que mis ojos se entornen al fijarse en ella y estoy seguro de que una de mis cejas se arquea por un breve instante — ¿Ahora tú eres la que me extorsiona? — pregunto, no estoy seguro de que esa sea la palabra que elegiría para nuestro anterior acuerdo, pero tampoco quiero rebuscarme y ponerme detallista. Me ahorro el añadirle el detalle de cómo toma el café, creo que no viene a cuento. Creo que es su modo de hablar el que me llama la atención, guardo el silencio con cierta expectativa, algo descolocado en la situación. Quiero decir, hace cinco minutos estaba durmiendo y soñando con elefantes rosados y ahora tengo la extraña sensación de que la conversación se ha tornado seria — Casi vivo — le corrijo, tan bajo que creo que no me escucha, porque sigue hablando. Y cada palabra que suelta hace que, por alguna razón, me hunda un poco más en el colchón. Al final, creo que guardo silencio un momento y me relamo antes de pensar qué decir — No sé si he entendido bien, pero creo que lo que quieres decirme es que aún nos quedaban cosas por hacer como para morirme — puede que quiera burlarme de ella, pero creo que solo lo dejo en una vaga sonrisa socarrona que no tarda en apagarse. Tal vez después…

Me contengo el “¿qué?” cargado de incredulidad e intento ser lo más maduro que me sale en este estado — Aún podemos hacerlo. Lo sabes, ¿verdad? — creo que sueno como cuando buscaba consolar a Meerah, pero no estoy seguro, porque mi voz es apenas un ápice de lo suele ser todos los días — Ya sabes, eso del piano, la falda y lo de estar desnudo por tres días. Creo que no tengo marcas muy terribles que digamos — somos magos, la piel es fácil de curar. Ahora, el interior es otro tema. Me rasco la panza como si de esa manera pudiera chequearlo una vez más, pero acabo desviando la mano de manera que reposa cerca de la suya, a pesar de que mis dedos se mueven solo para golpetear con suavidad el colchón. Es un gesto que contiene un poco mi inquietud — ¿Te imaginas que hagamos algo tan simple como ir al cine? — lo suelto como una idea disparatada y trato de contener la risa, pero fallo en el intento — Bueno, prometo que haremos esas cosas cuando salga de aquí, si sigues con esa idea — De vuelta: ¿Qué? No entiendo qué tan fuerte es la droga, pero siento que es un poco más incoherente que el resto de lo que dije. Y para rematar… — Todo esto es porque te diste cuenta de que llorarías mi muerte sobre el cajón y que te importo más de lo que dices —sí, se me va la burla, incluso con un puchero jocoso que busca parecer conmovido y que se termina partiendo en una sonrisa torcida. Espero no haber sonado tan estúpido como lo hizo en mi cabeza, por favor.
Hans M. Powell
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Invitado
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Dudo por tres segundos, eso no habla bien de mí. —Si le dijera que estoy cuidando del ministro de Justicia no me creería— contesto, como si omitir no fuera mentir. No le he dicho a mi madre explícitamente qué estoy haciendo en el hospital, porque creo que con los años me he acostumbrado a cada vez explicarle menos cosas, porque antes se sentía como si le estuviera rindiendo cuentas y no me gustaba cuando se ponía en plan de exigir respuestas. Yo empecé a contestar menos, ella comenzó a indagar menos. Eso no quiere decir que no se prenda de mi primera palabra dicha al descuido para ponerla en análisis o mofarse de mí, ¿y qué respondería si le dijera que me quedé a cuidar al ministro Powell? Tal vez, por primera vez en quince años, se quede sin palabras. —¿Quieres que la llame y le cuente?— pregunto con un semblante que no dice nada, para hacer la prueba, aunque no creo Hans acepte. Tratar con mi madre es una cosa mía, demasiado personal como para que se meta en ello, claro que yo estoy aquí, con la confianza de su hija y su hermana para que me quede a cargo, por mucho que le disguste a la enfermera de turno.

Puedes sentirte extorsionado, sí— me burlo, porque eso me hace alargar el momento en que comienzo a ordenar las palabras en una línea que cobran sentido al acabar. Su resumen es bastante acertado, me hace boquear para dar alguna contestación ingeniosa y que queda en el aire como nada, porque si convierto lo que he dicho en un chiste para ambos, será como retroceder y retirar lo que en verdad quise decir. Muevo mi barbilla en un asentimiento, frunciendo mis labios para obligarme a callar, que tal vez sea la mejor respuesta en este momento. No creo que pueda encontrar mi voz aunque quiera cuando le escucho decir que son cosas que todavía podemos hacer, como si fuera posible para nosotros armar una lista de planes posibles. —No hace falta ir al cine— es lo que atino a decir, en vez de mirarlo cierro mis ojos y suelto algunas ideas de lo que me surge desde la inspiración. —En eso tres días que pases desnudo en mi casa, podríamos mirar una película. Ya sabes, hay que descansar de vez en cuando…—. Puede que no quiera mirarlo porque siento que me estoy avergonzando a mí misma, porque ni siquiera en mis quince años invité a un chico a mi casa para ver una película con la intención de acostarme después con él, y a esta edad estoy haciendo el camino inverso de invitarlo con la promesa de sexo para acabar mirando una película. Ay, maldición.

Tengo que abrir mis párpados en algún momento y cuando lo hago, paso de su mano a su torso y luego al suero. —Te lloraría con whisky sentada en mi ventana, idiota, y todos mis vecinos me escucharían quejarme de tu ego, de tu manía de hacerme preguntas de dos opciones, de que por tu culpa los trajes me parezcan atractivos y de querer tener la última palabra—. Fijo mis ojos en lo vacío que va quedando el saco de suero. Eso me da la excusa de ponerme lentamente de pie y presionar con mi pulgar el botón para llamar a la enfermera. —No te iría a llorar a un cajón— mascullo. —Cuando alguien muere no lo encuentras en un cajón, sino en todas partes y especialmente donde supieron estar, me quejaría de lo bien que te movías en mi cocina—. Me quedo de pie, cruzo mis brazos por fuerza de costumbre. —No esperes que diga ciertas cosas, lo que hay es lo que se ve…
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Hans M. Powell
Ministro de Justicia
Gané, lo sé en el momento en el cual parece no tener cómo refutarme y siento una extraña satisfacción dándome un nuevo calor en el pecho, muy diferente a la sensación de encontrarme vivo. Hay algo en su aclaración que hace esto muy o muy poco Lara, creo que esa expresión tiene lógica en mis neuronas — Puedo llevar las palomitas — se siente como el broche de oro a un escenario tan común que suena extraño, esa idea se opaca un poco cuando recuerdo que pasamos un verano desayunando juntos, durmiendo en su cama y encontrando cómo escabullirnos como dos adolescentes en el trabajo. Creo que he dado por perdida esta jugada hace tiempo, pero que salga de su boca es lo que lo pone de cabeza — Solo espero que tú tampoco lleves ropa o lo tomaré como una injusticia — espero que eso sea suficiente como para aliñar un poco los planetas, ponernos en un terreno un poco más conocido. Tal vez solo estoy delirando y nada de esto está saliendo de ella. Tal vez, es otro sueño, demasiado vívido por culpa del suero. Si estoy diciendo estas estupideces dormido, de verdad espero que no las esté grabando.

Debo decir que me gustaría una foto ahora, porque estoy seguro de que mi cara es un poema. Noto como se me van extendiendo los ojos y la sonrisa, hasta el punto que estoy seguro de que me achino un poco y los pómulos sienten cierta molestia del tirón — Mira tú, también tienes una lista de mis defectos y virtudes — me mofo, apenas siguiendo su movimiento para llamar a la enfermera porque estoy más enfocado en analizar su perfil. Se ve agotada, pero creo que eso no es lo que me llama la atención y no soy capaz de descifrar qué es — No, solo esperaré a que me den tiros más seguido, si consigo que hables de esa forma. No sabía que tenía que llegar a algo tan extremo. ¿Estás segura de que me drogaron a mí y no a ti? — muevo el brazo como si pudiera chequear que sigo teniendo la aguja y no se la ha inyectado a sí misma, pero la interrupción de la enfermera me toma por sorpresa, en especial porque estoy seguro de que han pasado solo instantes desde que presionó el botón. Seguro deben aparecerse o esas cosas para mayor velocidad, lo que no me sorprende pero sí me incomoda. Responder cómo me encuentro es demasiado monótono, dejo que la mujer acomode el suero y levanto las cejas en dirección a Lara solo por diversión cuando la pierdo de vista porque la enfermera me la cubre. Al final, solo basta unos momentos para que volvamos a estar solos y tengo que aclararme la garganta — Dime que no me han cambiado pañales o algo así en estas horas — ruego, asaltándome por un momento esa desagradable duda.

Doblo el extremo de la manta y la acomodo, sintiendo la parte más fría de la tela, tal y como a mí me gusta — No sabía que te gustaban mis trajes — no la miro, pero estoy seguro de que puede adivinar la sonrisa por el tono de mi voz — Y ya no espero que me digas nada. Creo que descubrí que se te da mal hablar y cuando haces, dices más que cuando abres la boca. Quiero decir, mírate: estás hecha mierda después de un atentado y, aún así, estás aquí hace horas. ¿Recuerdas cuando me acusaste de estar “un poquito enamorado de ti?” — ¿Por qué me acuerdo de eso? — Yo creo que estás enamorada de mí y no tienes idea de qué hacer con eso. Puedo compartirte un poco de suero para que lo proceses y superes. ¿Hay comida en este lugar? — porque me muero de hambre y necesito algo que me cierre la boca.
Hans M. Powell
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Perfectly wrong for me ✘ Lara QaoC9EO
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No…— me remuevo un poco incómoda de que también se incluyan palomitas entre las posibilidades de esa escena que planteamos, —hacen falta tantos preparativos— digo. Me siento mal por estar poniendo otra negativa a una sugerencia que hace, al menos no es un rechazo rotundo como cuando dije que no iría con él al distrito cuatro y días después nos encontramos aquí, en un hospital. Una sonrisa tira de mis labios, recobro ese humor de estar jugando sobre lo mismo. —Podemos hacerlo así, los dos sin ropa. No harán falta las palomitas, créeme, tendremos las manos ocupadas en algo más—. Para que no quede como un rechazo, ¿bien? Solo readaptar el plan a algo que es conocido, para que lo extraño no irrumpa de pronto e interpretemos papeles que no nos quedan. Porque me conozco, con una mano sobre el corazón, puedo reconocer que no soy del tipo que podría estar dos horas sentada a su lado sin tocarlo. Si estamos donde estamos, es porque no fui capaz de respetar esa frontera que nos establecía una distancia y me encontré cediendo a la atracción, buscando con el contacto lo que nunca podría decir en palabras.

Sé bien que podría no haberlas dicho tampoco hoy, si Meerah hubiera vuelto antes de que su padre despertara, todos mis pensamientos hubieran quedado para mí y en algún momento de los días siguientes habría encontrado la oportunidad de soltar entre un comentario y otro, que me alegraba de que estuviera vivo. Como algo dicho al pasar, demasiado tarde como para que tuviera trascendencia. Se me hace más fácil responder a las bromas en el mismo tono, con una carcajada vibrante. —Por supuesto que la tenga, la llevo escribiendo desde esa noche. Fui apuntando todo y todavía sigue— digo. Con lo demás se me hace complicado saber qué tengo que contestar, ¿cuánto me puedo escudar diciendo boberías? —Me dieron algo cuando me atendieron, creo que un tranquilizante por si las dudas, quién sabe...— alzo mis hombros, finjo que esto también puede ser causa de alguna droga, aunque mi intención no es que crea que yo lo digo por estar bajo los efectos de lo que sea, y en secreto tengo la esperanza de que sea él quien crea que esto es parte de sus divagaciones por culpa de los calmantes. Cobarde, sí. Pero no tan cobarde. El que sienta la llegada de la enfermera como mi salvación creo que desestima eso último. Por supuesto que con toda intención me mantengo detrás de la espalda de la mujer, fuera de la vista de Hans, mirando cualquier cosa en la habitación que no sea él.

Me hace reír que su pudor se haga notar apenas quedamos solos y no cubro mi carcajada con una mano, dejo que salga libre entre mis labios. —No me hagas mentirte con una tontería así— le pido. No con eso, al menos. Si las mentiras son una táctica más de defensa cuando me siento en riesgo, tengo que hacer acopio de un valor del que pocas veces hago uso para poder estar de pie frente a su cama pese a que estoy a salvo de su mirada porque la esquiva y yo también al oír lo que sigue a su pregunta, la escondo al mirar a la puerta cerrada, de perfil solo se ve mi sonrisa indefinida. Me lleva dos segundos parpadear para aclarar mi vista, regresarla a su cuerpo cubierto con la manta, mostrarme desconcertada para encubrir todo lo que se me pasa por la cabeza desde el impulso de ir a buscar el café que me recomendó hace unos minutos y no volver hasta a ver aparecer a Phoebe, o noquearlo con mi varita con el propósito de dejarlo inconsciente como no pudieron hacerlo las drogas. La carcajada que escucho en mis oídos no suena tan burlona como pretendo. Le doy la espalda para ir al sillón y aprovecho el no verlo para contestar. —Eres imposible. No sé para qué abro la boca contigo, te digo que no soy buena con las palabras y reconoces que no lo soy, para luego decir…—inspiro hondo un poco de aire, apunto a la pantalla de televisión para subir el volumen casi tapando mi voz y recojo la bolsa para llevarle los chocolates, sigo creyendo que no es lo más sano, pero le daría huevos de hipogrifo ahora mismo para que no diga nada más—Que estoy enamorada de ti, ¡ja! Quieres tener la carta ganadora en todas las partidas y podría golpearte si no fuera porque esa rubia guerrillera ya se cobró por adelantado lo mucho que me exasperas — maldición. Dejo la bolsa abierta cerca de su mano tendida sobre la sábana, y aun sabiendo que no la tendrá fácil, regreso con pasos rápidos al sillón para sentarme y subir mis pies, apoyando las rodillas contra mi pecho. Vuelvo a subir el volumen de la televisión.
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Hans M. Powell
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No se lo digo, al menos no en voz alta, pero por la mirada que le dedico creo que queda bien en claro que la veo capaz de haberse hecho una lista en todo este tiempo. Digo, han pasado meses y creo que aún es incapaz de perdonar las palabras que yo incluso he olvidado, al menos su mayoría y ni hablemos del orden — Necesitas tomar más té de boldo — lo suelto como si fuese el consejo más sabio y sereno que podría darle, cuando en realidad son palabras más sutiles para decirle que vive demasiado alterada incluso para mí, que no tiendo a tener un segundo de paz. Y si le dieron un tranquilizante como dice, le vendría bastante bien. Tal vez ella debería usar la cama y el suero y dejarme a mí en el sillón por un rato.

La expresión de falso horror por todo lo de los pañales y las mentiras quedan en el olvido, es demasiado fácil cuando su reacción me sorprende más de lo que debería, en especial si considero que la conozco lo suficiente para saber que tiene una tendencia a escaparse de cualquier charla que la comprometa en una situación donde se vea expuesta. Sorpresivamente, mi reacción automática es el rodar mis ojos con un resoplido, uno que apenas oigo por como sube el volumen de la televisión. ¿Y yo soy el imposible? — ¿Quién dice que esto era una competencia? — pregunto con alteración, apenas me doy cuenta de que pone la bolsa en mi mano porque, a pesar de que la aprieto, sigo con la vista fija en ella — ¿Alguna vez vas a dejar de poner barreras o vas a seguir comprando ladrillos hasta que me canse de ello? — ni siquiera sé por qué digo eso, pero supongo que todos tenemos nuestros límites. Espero que no lo haya oído porque no tengo ganas de discutir sobre sus traumas de vaya a saber dónde, así que me apego a la fe que me regala la televisión escandalosa y me meto un chocolate en la boca. Sé que es dulce, pero me sabe amargo.

Fingir que me interesa la televisión me dura solo un minuto. Mi rostro se gira hacia ella con una decisión que no sé de dónde sale y mantengo mi rostro demacrado con toda la dignidad que me queda — Mírame a la cara y dime que me equivoco. Dime que no te aterra y si llego a creerte, no volveremos a hablar de ello. Ya da igual. Estuve a punto de morirme, no voy a pensar de más en algo como esto. Y si quieres escapar, siempre te queda la puerta — ¿Quiero que se marche? Claro que no. Pero no voy a picar a una persona adulta para que deje de reaccionar como si tuviera diez años — Sabes que simplemente te creería más si no respondieras con evasivas y ese tipo de cosas... ¿No? — mis cejas se mueven como si de esa forma, pudiera señalar su error. Es fácil definir el blanco y el negro. Las matices son las que siempre nos complican la vida.
Hans M. Powell
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Hago oídos sordos a lo que apenas escucho que dice, porque una mala canción llena el espacio de la habitación. Cambio de un canal a otro, buscando cualquier programa, entre las interrupciones de esas voces me llegan sus palabras. ¿Y a quién engaño? El murmullo de la televisión no logra su cometido, si estoy pendiente de cada cosa que dice y de la manera en que lo hace. La imagen que queda estática es esa que muestra a los mooncalfs en lo que se supone que es su hábitat natural, hay una única voz masculina que narra en off los comportamientos de estas criaturas y es mi documental favorito para ponerlo de fondo cuando estoy haciendo cualquier otra tarea que exija la mayor parte de mi atención. Lo que hago es contenerme de no arrojar uno de los almohadones del sillón hacia la cama, porque temo errar y golpear, no sé, el suero. Reprimir ese exabrupto de rabia toma todo de mi concentración, respiro con pausas que denotan como se resquebraja mi aparente calma. ¿Qué se canse de qué? Estoy aquí, cuando podría estar en mi casa, después de entregar a Meerah al cuidado de Phoebe que era lo importante, que si lo único que quiero de él es sexo de lunes a lunes, bien, no es como si me sirviera mucho ahora y bien podríamos tener unas vacaciones. Que me llame cuando se recupere, que me avise si todo funciona normal para que podamos retomar. ¡Lo dijo hace un minuto! No hacía falta que yo dijera nada, que podía entender por qué estaba aquí.

Apago la televisión con un único destello de la pantalla al fundirse en negro y hago lo que me pide, miro hacia él desde mi posición en el sillón. Mala idea, me enfurece con lo que dice que si pudiera hacer magia sin una varita, la cama en la que se encuentra estaría en llamas. No ha muerto ante esa rebelde y le dije que me alegraba de que estuviera vivo, pero si la intensidad de la rabia en mis ojos tuviera poder real, estaría a punto de asesinarlo cuando me pide que tome la puerta para irme si voy a persistir en mi actitud. Espero que tenga el botón para llamar a la enfermera a mano, porque estoy a punto de… Más que un té de cualquier hierba extraña, lo que necesito es de un psicomago que me haga recapacitar sobre por qué reacciono violenta a su provocación que me suena a un todo o nada, a un «lo tomas» o «lo dejas». En algún momento abandoné el sillón para caminar hacia la cama y sujetarme de la baranda a sus pies, tan fuerte que mis nudillos pierden su color. —¿Por qué necesitas que lo diga?— lo increpo, tengo mis brazos en tensión y no hay rastro de una sonrisa en mi rostro, lo barrió mi expresión ceñuda y mi barbilla que se adelanta con nueva arrogancia. — Dime qué es lo que quieres que diga— suelto en un arrebato que hace sonar más aguda mi voz. —¿Qué estoy enamorada de ti?— suena como un suspiro contenido y abro el juego para entender qué de todo es suficiente para él. Porque creo que fui quien comenzó la conversación con una honestidad que esperaba que suavizaran las drogas que bajan por sus venas. Y no pensé ni por un segundo que nos llevaría a enfrentar de lleno uno de esos temas que creí que ambos evitaríamos a toda costa, porque entre el tire y afloje, entre las vueltas y el dejarnos arrastrar, no sé precisar el momento en que nos encontramos a solas con esta pregunta. —¿Estás enamorado de mí?
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Hans M. Powell
Ministro de Justicia
Creo que ahí recae el problema, no necesito que me diga nada. No tengo un complejo de dandy, puedo aceptar rechazos y dejarlos ir, pero con ella no es lo que dice, sino cómo. Que se acerque a la cama hecha una furia que la hace parecer más alta de lo que en verdad es, es una prueba de eso — ¡No quiero que me digas nada! — me explico con exasperación — Solo sería genial que dejes de reaccionar como si te estuviera apuntando con la Varita de Saúco cada vez que digo algo que nos incluya y no sea acostarnos — a veces no comprendo cómo es que palabras así salen de mi boca, cuando he rehuido las mismas cosas que ella durante años. Creo que la diferencia recae en que yo sí soy capaz de poner ciertas cuestiones sobre la balanza, a pesar de que ahora mismo, parece que se han esfumado todas. No entiendo qué es tan difícil, no logro comprender su manía de dar un paso hacia delante y tres para atrás. De decir una noche que quiere todo de mí y a la mañana siguiente, volver a plantar la bandera de la huida. Soy paciente, siempre lo he sido, pero no soy legeremante ni tampoco soy una piedra.

Esa pregunta final me descoloca, mis ojos parpadean como si deseara expresar que no la he oído bien y la boca se me va abriendo hasta que me quiebro en una risa incrédula y ahogada. Bien, si vamos a jugar al juego de la tortilla... — Yo no... — las palabras salen rápido, sin meditarlas del todo. Me silencio, vista clavada en las gotas que caen del suero, como si ese pequeño detalle fuese suficiente para aclarar mis ideas — No lo sé— me encuentro con que eso es lo más sincero que puedo decir, pero antes de recibir cualquier reclamo, vuelvo a mirarla y trato de acomodarme, con cuidado, en la cama — Me enamoré una sola vez en la vida y era muy joven. No se parece en nada a esto, casi todo eran idealizaciones y hormonas — valga la ironía, de ahí salió Meerah. Pero aún estaba en la racha final de la adolescencia y me encontraba solo, al igual que su madre. Aferrarnos fue lo mejor que supimos hacer en ese entonces, actualmente el escenario es muy diferente y los papeles a repartir no tienen nada que ver con lo que podía llegar a comprar en ese momento. — Hice a un lado tus errores porque estar contigo me hace... ¿Feliz?¿Es esa la expresión que busco? ¿Felicidad? Supongo que sí, hay una plenitud que viene con el éxtasis que no puedo ubicar de otra manera — Aprendí que me pesa más eso que el orgullo. Quiero decir, jamás me he negado a nada, solamente no me sucedía. No me acostaba con mujeres que me provocaran el prepararles café con tostadas en la mañana — por favor, que alguien me atragante. Me llevo un chocolate a la boca y muerdo, masticando con la misma lentitud que he utilizado para hablar. El cansancio de mi cuerpo me prohíbe discutir y amaría el volver a dormir, pero no voy a huir, que eso le quede claro — No sé si eso es amor, cariño o capricho. Me he preguntado por qué me enamoraría de alguien como tú, pero no sé cómo responderme. ¿Eso basta para ti o tengo que hacerte un gráfico al respecto?
Hans M. Powell
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Su «yo no…» hace que mis ojos se oscurezcan al extinguirse del todo ese chispazo que surge a veces de la risa, de la furia, de la pasión o del asombro. Es una sombra que cae sobre mi rostro y mis labios se cierran en el silencio rotundo. Si su contestación es un «no» se acabó la partida, otra vez no tendré idea de quien ganó y quien perdió, volviendo a esa vieja necesidad de convertirlo todo en un desafío imposible. «No lo sé». Esa es una buena respuesta, se lo tengo que reconocer. Parte de la tensión que siento sobre mis hombros se desvanece, como si alguien hubiera retirado una capa demasiado pesada, el suspiro que se desliza por mis labios carga con todo el aire contenido en mi pecho y golpeo la baranda con mis palmas para romper mi postura de guerra. Todavía me siento temblar de algo que sigo llamando rabia y le doy la espalda mientras me paso los dedos por mi cabello para tirar de los mechones, mis brazos se cierran a los lados de mi rostro y respiro en ese improvisado escudo en el que chocan mis codos. No entiendo cómo la palabra que buscamos a todo esto sea «felicidad». Mis labios dejan salir un gemido por la manera que tiene de rozar mi rabia con su voz, tiñéndola de otra emoción. Porque sé que cuando estoy enojada puedo lastimar, pero no quiero hacerle daño y tengo que volverme, darle la espalda, dirigir mi rabia hacia dentro y preguntarme que hay por debajo de mi arrebato.

No podrías ilustrarlo con un gráfico aunque quisieras, quedó más que claro que no tienes idea— mascullo, más dura en mi tono de lo que debería. Desarmo mis brazos para que caigan a los lados con su peso inerte y lentamente me vuelvo de perfil, muerdo mis labios para pensar lo que diré, cada palabra se siente como un error cuando las pronuncio. —No hagas eso de querer decir qué es lo que siento, cuando tú tampoco lo sabes— digo con gravedad, me recorre un estremecimiento por los brazos y acaba en las puntas de mis dedos. Tomo aire, si hace apenas un minuto me creía capaz de llevarme todo por delante como una llama fuera de control, me siento despojada de esa fuerza. —Si no estás listo, ¿por qué lo estaría yo?— pregunto. Soy tan severa como creo que no lo he sido nunca, cuando esta situación la podemos achacar a una broma que mal interpreté o a las drogas disueltas en el suero. Giro hasta quedar de frente una vez más, miro su rostro para ignorar su cuerpo lastimado y me siento avergonzada de estar involucrándolo en una discusión.

Quisiera poder arreglar esto, pero no creo ser capaz de pasar en limpio nuestras maneras distintas de ver las cosas para encontrar algo que nos haga coincidir. —Hay cosas que simplemente no puedes decirlas como si nada, hay muchas maneras de nombrar a esto y si quieres llamarlo felicidad, bien. Me alegra ser esa estúpida cosa que a pesar de sus errores, te provoca algo que se parece mucho a la felicidad. Tú a mí me sacudes todo mi jodido mundo, todos los días. Lo pones de cabeza y no sé por qué es así como de pronto todo tiene sentido— balbuceo, sacudiendo mis manos en el aire y alzando mi vista al techo. Paso la amargura que se atora en mi garganta, porque no había pensado que quedarme en el hospital causaría esto y no sé si al final he convertido mi compañía en una carga molesta. —Hay palabras que solo deben decirse cuando se recibirán las mismas en respuesta...— murmuro. Y lo miro para buscar algo en sus ojos, un recuerdo en común por lejos que haya quedado en el tiempo, casi al inicio de lo que somos y llegamos a ser con el otro, por el otro. —¿Te acuerdas cuando una vez aseguré que serías quien dijera que querías acostarte conmigo? Bueno, no es lo mismo. No se trata de quien lo dice primero, creo que estar enamorado es algo que se siente a la vez, porque si solo corre por una cuenta de una persona...— presiono con fuerza mis labios y vuelvo a encontrar mi voz para modular el resto: —Es muy triste, ¿sabes?
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Hans M. Powell
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No puedo leerla, no esta vez. No cuando hay muchas de sus expresiones que prefiero ignorar, porque me producen una molestia desconocida justo en la nuca. Su acusación, si se la puede llamar de esa manera, me hace abrir la boca a pesar de que no me llegan las palabras, hasta encontrar al menos algunas — ¿Cuándo la gente está lista para estas cosas? Creí que solamente pasaban — es solo un susurro, no acaba de tomar forma porque hay cierta anormalidad en tocar algunos temas. Hemos hablado sobre nosotros, jamás le pusimos el condimento extra que puede volverlo mucho más comprometedor de lo que ya era. Siento que estamos metiéndonos en un territorio nuevo e inexperto pero, increíblemente, soy yo quien parece haber saltado primero. ¿Me arrepiento? Tal vez un poco. Debe ser culpa de la sensación helada que hace que me acomode en la cama, tiro de las sábanas y pretendo acomodarme como si fuese a relajarme, aunque mi postura cambia. Doblo el torso vagamente hacia un costado, del modo que no duela y meto una mano bajo la almohada. Mis labios se prensan, no muy seguro qué más decir. ¿Por qué siento que estamos caminando por una cuerda floja?

Su voz suena de fondo, porque mantengo la mirada en el sofá que ella ha ocupado durante estas horas y que ha dejado vagamente arrugado. Que me califique de esa manera, como que por mí las cosas en su mundo han cambiado, consigue que mi vista se fije en ella de soslayo, tentado a decirle que no está haciendo otra cosa que darme la razón, con una elección diferente de palabras. Saboreo el silencio un momento y le doy un suave golpe a la almohada en un intento de acomodarla a mi cabeza — ¿Miedo al rechazo? ¿Es eso? — intento que no suene tan incrédulo de mi parte, pero creo que fallo en tan simple misión — No creo que corra a cuenta de una persona. Al menos coincidimos en que hay algo. Pero… ¿Por qué es tan complicado? — es más una pregunta al azar, más que a ella. Es mi frustración, supongo, la descargo enrollando la bolsa de chocolates con movimientos ridículos y la lanzo sin mucho cuidado sobre la mesa de luz — Las cosas no son perfectas, Scott. Creo que eso lo sabemos bien — esto empezó por culpa de una malinterpretación, pudo haber salido disparado para cualquier lado. Y estamos aquí, en una habitación de hospital, hablando sobre temas que no he conversado con nadie en mi vida adulta. Llegamos a un punto del cual no sé cómo retroceder, pero parece que tampoco puedo avanzar y no voy a señalar con el dedo para clamar culpas. Hay cosas que son de a dos.

Reacomodarme en el hueco de la cama me lleva más tiempo del normal y estoy seguro de que se me salta algún que otro quejido, pero como no sé cómo abrir más el pase del suero, no toco nada. Su figura sigue ahí, no sé la razón en especial, pero busco calmar el ambiente haciéndome a un lado y dejando espacio en la cama para que tome asiento — No sé por qué estoy planteando estas cosas — admito, un poco a regañadientes — Será que no entiendo tus señales. Pero si crees que es triste o no tiene sentido… ¿Por qué estás aquí? Siempre pudimos haberlo terminado. Un verano fue suficiente — en realidad, no, porque creo que ese lado jamás se siente satisfecho. Pero quitarle importancia tal vez sea lo mejor. No seré yo quien ruegue por ella.
Hans M. Powell
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No esperaba que esta charla se diera entre nosotros, que entreabriera mis labios para decirle a qué le tengo miedo. Podría haberlo hablado en alguna otra ocasión, como algo que les sucede a otras personas, en opiniones sobre relaciones ajenas, que nada tienen que ver conmigo. Pero asumir a qué es lo que pongo reparos, hablar de esto desde nosotros mismos, me enfrenta por primera vez en años a lo que ocurre cuando la distancia se vuelve una mínima brecha, después de que el deseo deja de ser novedad para tornarse familiar y esa cara que vemos cada día, con todos sus claros y oscuros, sigue siendo cautivante. El pulgar de mi mano derecha traza círculos en la palma de la otra, centrando en ese punto el nerviosismo que aún no abandona mi cuerpo y con ese movimiento busca calmarlo. —Sí, tal vez sea miedo a que la otra persona no sienta lo mismo…— contesto. —Y a veces también es miedo que sienta lo mismo, pero siempre uno ama más— explico, notando lo raro que suena que ponga esas palabras en mi boca. Mi pulgar baja por el dedo anular y mis manos rompen su agarre.

»Mi yo racional dice que una coincidencia es una probabilidad al azar, puede suceder o no, y que no hay manera de calcular medidas. Lo sé bien, creo que podría hablarlo con alguien que sea igual de racional en estos términos— aclaro, como la persona de pensamientos claros que no soy, aunque haga el intento y por muchas matemáticas que hayan metido en mi cerebro desde que aprendí a contar los números básicos. —Sí creo que eres una persona racional, el problema es…— aquí viene la variable complicada en la ecuación: —que yo no puedo serlo cuando se trata de ti—. Nada es perfecto, no. Por más que llevemos escritos varios tomos de un manual que nos guíe en nuestras relaciones con otras personas, reconozco que me han funcionado con quienes en realidad no me importaban. Quienes nos importan nos llevan a redefinir cada tanto cuál de todas es la mejor manera de estar con ellos. —Todo eso que creíamos tener en claro, todas las reglas y todo lo que creímos correcto, no sirve de nada. Así como somos débiles a cómo nos afecta otra persona, también somos débiles a los miedos más viejos.

Al hacerse a un lado en la cama pese al esfuerzo que le exige moverse, doy los pasos hasta quedarme de pie a su lado y sentarme en el borde, escucho lo que dice con la pesadumbre que sigue al enojo que se consumió en sí mismo. Bajo mi mirada a su mano y a pesar de lo cerca que está de mis dedos que se abren sobre la manta, no llego a rozar los suyos. —Lo siento, Hans— murmuro, lo suficientemente alto para que se escuche como una disculpa honesta. —Al final, soy una persona de muchos miedos. Dices a veces que te gustaría descifrarme, ¿y no te pasa que cada vez que resuelves uno de los acertijos lo que encuentras es un miedo? Soy una cobarde por debajo de mi coraza de chica fuerte—. Busco su mano para acariciar los nudillos con mi pulgar en una caricia lenta y superficial. —Si sigo aquí es porque lo mío no es valentía sino auténtica estupidez. Quiero saber hasta dónde llegaremos, que tan lejos nos arrastrará esto, donde se extinguen los fuegos que arrasan todo a su paso…— suspiro.
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Hans M. Powell
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Tengo un impulso inmaduro de reírme de ella, de esos miedos que tienen todo y cero de sentido, porque puedo burlarme de que nunca sabrá a lo que se enfrenta si sigue escondiéndose detrás de la puerta de su casa, de su taller, del otro lado de la cama y dónde más lo desee. No lo hago, claro que no, sé que también salgo perdiendo en esta partida y decirle algo como esto sería lo mismo que ponerme a analizar algunas de mis propias acciones que traicionan pensamientos o palabras. No se puede hablar de racionalidad cuando todo esto surgió de la locura del deseo, uno que nos fue consumiendo y se tornó una necesidad hogareña, tan simple como el dormir con la ropa puesta y compartir comidas bajo el secretismo de su techo — Entonces no lo seas — es mi simple respuesta, tan escueta que parece no significar nada. ¿De qué nos sirve la coherencia, cuando ya nos dimos cuenta de que no sirve? Me gustaría preguntarle qué pesa más, si lo que nos importa o los miedos, pero me doy cuenta de que no quiero escuchar la respuesta. Si dice algo que no me guste, buscaré que salga por la puerta y se quebrará el vidrio que sellamos durante las últimas semanas. Puede que yo también sea un poquito cobarde.

Su peso en mi cama se siente un poquito más correcto que el resto de las cosas, quizá porque me he acostumbrado a sentir los colchones hundirse con ella. Su disculpa me basta para dejar que mis ojos analicen su perfil, tratando de encontrar en sus facciones el punto exacto en el cual nos equivocamos. Resoplo con una burla irónica, me esfuerzo en sonreír aunque sea un poco — ¿Qué coraza? — me burlo con inocente intención, como si no hubiese sido capaz de verlo por mi propia cuenta. No digo más porque mi atención es minúscula por  culpa de su tacto, mis ojos bajan hacia sus caricias y tengo el impulso de apartar la mano, no obstante, mis dedos se arrastran hasta tomar los suyos. Y cuando estaba seguro de que se iría, que esto sería todo y que podré dormir tratando de olvidarme de esta conversación para ignorar que ha tenido lugar, sus palabras toman un camino que no me espero y la miro con una nueva confusión en la cara, cargada de genuina sorpresa. Me encuentro sin una respuesta inmediata, levanto la mano para tirar de la suya y mi boca se concentra en besar sus dedos en lugar de hablar. Una pequeña ofrenda de paz.

No podemos llegar lejos si sigues… — momentito ahí, no quiero señalar con el dedo — … si seguimos buscando excusas para todo. No quiero sonar como un poeta de bajo costo, pero tenía entendido que este tipo de cosas se hacen de a dos — tampoco soy un experto, creo que quedó implícito que estoy tan a ciegas como ella. Vacilo, pero alcanzo a estirar el brazo para acomodar uno de sus mechones detrás de su oreja, tratando de encontrar el orden aunque sea en ese pequeño gesto — Dijiste que querías que pase días en tu casa, que miremos alguna película y todo eso. ¿Por qué no? — mis cejas se alzan, estoy seguro de que desaparecen debajo del desastre que es mi flequillo, pero aún mantengo su mano aferrada cerca de mi mentón — Podemos hacer karaoke para que tengas más vídeos ridículos con los cuales extorsionarme — intento bromear, pero se siente desganado y desubicado, así que me corrijo carraspeando un poco — No soy alguien complicado, Scott. Si quieres algo de mí, solo pídelo. Prefiero la franqueza, solo… bueno, no me empujes si no quieres que me vaya. ¿Es tan difícil? — ¿Lo es? ¿O solo estamos siendo dramáticos sin ningún sentido? Creí que ya habíamos pasado la etapa de negación, no sé por qué seguimos varados en ella — No quiero… — No puedo creer que vaya a decir esto. Ruedo los ojos como si estuviera exasperado de mí mismo y aparto la mirada, clavándola en el techo — Bueno, no quiero que tengamos que escondernos y todo eso. Sí, lo dije, puedes burlarte a partir de ahora.
Hans M. Powell
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Hay algo en lo que dice que no me cuadra, pienso dos veces si tengo que aclararle que yo pensaba en esto como algo que no arrastraba, no en algo donde intencionalmente poníamos un pie detrás del otro. Pensarlo como algo que escapa de nuestra voluntad nos desliga de tener que asumir cierta responsabilidad sobre lo que decidimos y lo que sentimos, que es lo que propone al decir que esto se hace de a dos. Tener sus dedos unidos a los míos, me hace ver que estoy dentro de esto porque no puedo apartarme, ni quiero hacerlo. Acaricio con mi pulgar sus labios cuando los acaricia, su agarre me devuelve cierta confianza que casi flaqueó al creer que lo que sea que tenemos, no podría sostenerse si lo hacíamos de chocar de frente con las preguntas difíciles. No tengo idea de cómo logramos dar el salto por encima de lo que parecía un precipicio, cuando apenas un minuto antes hubiera jurado que estaba hundiéndome, rindiéndome a que había obstáculos insalvables y que tendríamos que buscar alternativas que los bordearan si quisiéramos postergar lo inevitable. Y es que no hay manera de que nuestra manera de hacer las cosas pueda durar tanto tiempo, pese a que cada día me sorprendo al darme cuenta que me gusta repetir con él y que nunca sea igual.

Todos los planes cotidianos que pueda sugerirme, no creo que sean como lo viven otras personas, algo que me dice que incluso ver una película o hacer karaoke para conseguir material de nuevas extorsiones, nunca será tan simple como lo plantea, tendrá el agregado de un condimento que lo haga fuera de lo común. Me permito recuperar una sonrisa que cruza mis labios, a su modo lo que está haciendo es convencerme de que todo estará bien, de hacer que aquello que recelo un terreno al que puedo adentrarme y volverlo conocido. Es cierto que todo esto también era nuevo para él, y lo que me gustaría saber es cómo dio cada paso con confianza, cuando yo en cambio ponía en duda cada paso que daba. Puedo creerle a medias de que no es tan complicado, no tanto como lo es mi mente, pero no me fio del todo. Hay pensamientos que están muy por detrás de las palabras que coloca entre nosotros, una manera de ver el mundo que rige sus acciones que es diferente a la mía y no logro comprender, y puede que me esté diciendo que hagamos esto juntos, pero persiste esa idea de que vemos las cosas de una manera distinta.

Y es en el gesto de nuestras manos aun entrelazadas que me hacen creer que es posible a pesar de todo, no quiero empujarlo, no quiero que se vaya lejos, por eso me muevo en la orilla de la cama para acercarme y con suavidad de no lastimarlo en las muchas heridas que tiene por sanar, acerco mi frente a la curva que va desde su cuello hasta su hombro. Con mi mejilla contra su piel, respiro cerca de su garganta. —No iba a burlarme— susurro, y reconozco con un poco de vergüenza: —Pensaba llamar a la enfermera otra vez y preguntarle si podía darte una droga más fuerte que te haga dormir, luego fingir que esta conversación no había ocurrido—. Pero no parece que acabó tan mal como para recurrir a esas medidas. No sé porque no le presto atención a eso que dice que no debemos escondernos, creo que porque lo había dicho antes, estamos redefiniendo límites cada tanto y él va marcando nuevos, de a poco me hace avanzar un poco más lejos de lo que era mi conocido territorio seguro de no involucrarme demasiado con alguien. Si no me detengo en esto, es porque hay algo en lo que dijo que me hace volver hacia atrás, si quiero algo de él solo tengo que pedírselo. No puede ser tan fácil, ¿o sí? ¿Sabe lo que está diciendo? Pienso en las cosas sencillas que podría pedir, en los caprichos banales que puedan surgir. Y como no puedo tomar nada por lo simple, abuso de sus palabras. —Lo único que voy a pedirte es que si caigo por ti, sujetes mi mano como lo estás haciendo ahora y que caer no duela tanto como podría ser.
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Hans M. Powell
Ministro de Justicia
Es extraño cómo se rigen los hilos de nuestras vidas. Hace siete años, conocí a una mujer de aspecto menudo y cabello mucho más largo que ahora, que no significó más que negocios. Ahora, esa misma mujer se encuentra conmigo en el hospital, acomodándose en mi cuello y haciendo que ese gesto se sienta completamente correcto, como si tantas palabras no sirvieran de nada porque al final, siempre acabamos de la misma forma. Pretendo el dudar de sus palabras con un "mmm" que vibra en mi garganta, hasta que me sonrío con gracia — Eso es abusivo. Y todo para quedarte con un bote... — le sigo un poco el juego, paso mi brazo con cuidado a su alrededor y trato de abrazarla, con miedo de tirar demasiado del cable del suero. Por suerte, no siento ninguna molestia y puedo esconder el rostro en su coronilla, sintiendo el aroma a cenizas camuflado en su pelo. Me siento horrible, por todo, por ser incapaz de darle una solución a la mujer que se ha quedado todas estas horas conmigo, a pesar de lo que ha sucedido. Y es peor con sus palabras, porque siento que no puedo sostenerla tan fuerte y, aún así, aprieto su mano — ¿Quién dice que no estamos cayendo ya? — de algún lado inconsciente me brota ese comentario, nace como una verdad preocupante. A veces, detesto mi bruta honestidad.

Busco pensar mejor lo que ha dicho y muevo las caricias por su hombro, dejando que mis labios se patinen hasta presionar su frente. Es un toque ligero y casual, pero se detienen ahí como si fuese una parada obligatoria — No puedo prometer que algunas cosas no duelan... — eso es imposible, jamás seremos capaces de algo así. No sabemos lo que ocurrirá o cómo nos sentiremos en la mañana. Lo único que tengo claro, por extraño que sea, es que quiero esto, tal y como se lo dije hace semanas. Lo disfruto, me mueve y me cautiva. No quiero ponerle un nombre, sé que será grande y no sé qué tanto podré poner el pecho. Por ahora, me conformo con cerrar los ojos y empujarla un poco, débil como para moverla pero lo suficientemente capaz de indicarle que estoy buscando que se acueste a mi lado. Parpadeo, buscando sus ojos — ... pero no voy a irme. Verás, me molieron a tiros e igual estoy aquí para fastidiarte.

Me sonrío en la pequeña y tonta broma, alzando la mano que acaricia su boca. Tengo la consideración de no besarla en este estado asqueroso, pero sí acabo rozando con mi pulgar al lunar del cuál hemos hablado en tantas ocasiones — Puede que hoy sí esté un "poquito enamorado" de ti, Scott— me burlo de nuestras versiones del pasado, agitando las palabras en un tono cargado de picardía a pesar de que estoy casi susurrando — No pienso repetirlo, así que podemos culpar a los sedantes si te parece tan escandaloso. Ahora... — con un movimiento perezoso de la cabeza, busco señalar la televisión — ¿Quieres que nos desubiquemos y miremos una película?— al menos, eso será seguro. Es un hospital, hay que matar el tiempo y, como prometí, no pienso soltarla. Ni hoy, ni mañana, hasta que se me agoten los brazos.
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Se siente como si estuviéramos cayendo, aunque tengamos la seguridad de una cama quieta y su brazo me rodee para atraerme hacia él, así puedo permitirme creer por un minuto, que recostarme en su hombro es columpiarme sobre un abismo que no me atrapará, porque está sujetándome. —Cayendo lentamente…— murmuro, ocultando mi voz contra su piel para quede en un susurro compartido, agradezco estar escondida de su mirada y poder parpadear para aclarar mis ojos a lo que comienzo a ver, a ese algo invisible que fue tomando forma y que reconozco entrelazándonos, también en este momento. —No dije que me salves de sentir dolor— lo corrijo. —No puedo pedirte algo que está más allá de tus posibilidades, la magia incluso tiene sus límites, y al final de todo no eres más que un hombre, al que también lastiman y hacen sangrar con balas, ¿no?— digo, tomando su actual situación como una ilustración perfecta de que no es invencible ni imbatible, que su arrogancia no funciona como un escudo, que se por propia experiencia que todas las corazas tienen sus rendijas por las que se terminan colando todo aquello que evitábamos para ahorrarnos penas. —Te hablo de… si no podemos evitar que ciertas cosas acaben mal, tratar de que no haya demasiado sobre lo que lamentarnos— suena complicado como una idea abstracta, y aunque sé que no es un fanático del quidditch, lo explico de una manera más práctica: —No es lo mismo caer en picada desde una escoba a diez metros del suelo, a que alguien te sujete de la mano en algún punto y reducir el golpe a uno o dos metros... o que caiga contigo.

Me encuentro acomodándome a su lado con mi cuerpo siguiendo sus indicaciones en una respuesta silenciosa, antes de que mi mente procese que estoy ocupando un espacio en su cama de paciente y que hay un par de cuestiones con las que debería tener cuidado para no rozar sus heridas, puedo oír las recriminaciones de la enfermera en mi oído si me ve aquí. Como siempre es mi cuerpo el que entiende, independiente de mi voluntad, y se acopla al suyo en la posición más cómoda, haciéndome un hueco contra un lado de su torso. —¿Crees que a Meerah le molestará que me prestes un rato su lugar?— pregunto, no sé si alcanzaré a tener una respuesta porque lo que dice después me hace callar y apoyo una mano sobre el hombro en el que me recargo, para colocarla debajo de mi mejilla. —Hans…— comienzo, al mismo tiempo que aligera sus palabras echándole la culpa a las drogas, como en otras ocasiones lo hicimos con el alcohol y al principio de todo esto a un deseo que surgió de una corriente eléctrica culpa de su roce. Hago memoria de cuándo le dije que estaba un poco enamorado de mí, trato de pensar en los detalles de aquel escenario a oscuras en su cama, los recuerdos son como relámpagos y mucho de lo que dijimos creo que lo he olvidado. ¿Qué me contestó entonces? No sé qué tan lejos hemos quedado de quienes fuimos como para que me cueste recordar que me dijo que eso nunca iba a pasar. — Puede que hoy caí por ti y aterricé a tu lado— musito. Es luego de decirlo que alzo mis ojos hacia él. —Qué bueno que estamos en un hospital, aquí tienen pócimas y vendas para los raspones…

No sé qué me mueve a hacer esa broma estúpida, tomo el giro de conversación que me ofrece como una tregua de paz y me remuevo para buscar mi varita en la cintura de mi pantalón, así puedo hacer levitar el control de la televisión hacia nosotros. —¿Te gustaría ver el documental de los mooncalfs? Aprendes cosas interesantes… ¿sabías que el coito de estos animales dura más de media hora? Así bobos como parecen, se la pasan bien…—. Se enciende la pantalla y en vez de mostrar a estas criaturas, alguien está hablando sobre la morfología de una planta mágica. Aburrido. Cambió un par de canales hasta dar con la escena en que los ojos claros de una pelirroja la muestran llorando y su mirada se encuentra con la de un hombre que está al fondo del público que la ve cantar. —Esta película se trata sobre un escritor que viaja al Capitolio y esta chica lo confunde con un millonario al que quería seducir para ser actriz, cantan durante toda la película…— le cuento de qué va. —Y ella muere al final—. Ah, tal vez debería haberme guardado eso. Se ve detrás de una cortina a un mago apuntando con su varita al protagonista y que queda colgando por un levicorpus gracias a la intervención de otro de los actores. —Creo que ya casi acaba...— digo.
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Hans M. Powell
Ministro de Justicia
No dice nada nuevo para mí, muchas veces he pensado en la simpleza que tenemos por debajo de cualquier título o actitud que podamos enseñarle al mundo. Ella entró a la dimensión sin ropa, con duchas, comidas y noches de sueño de por medio, el pequeño hueco que me hace más parecido al sujeto que dejó una buena parte de su sangre en el suelo frente al ministerio — No puedes medir lo que te pasa o lo que no. No podemos elegir algo como eso, o te pasa o no pasa en lo absoluto — intento explicarme, aunque hablo un poco lento en mi amago a armarme la idea propia en la cabeza, meditándolo mediante el habla. Y me agarro de lo que ella dice, tratando de buscar otro ejemplo — Si la snitch está ahí y necesitas ganar la copa… ¿Te lanzarás a buscarla o dejarás que se vaya por miedo a estrellarte contra el suelo? — lamentable y penoso para mí, yo tengo la respuesta. No voy a pretender tener la suya.

Se siente bien que tome mi invitación, puedo abrazarla mejor y acomodo las sábanas para que no se aplasten bajo su peso, buscando cubrirla aunque sea un poco incluso cuando sé que no servirá de mucho, porque la posición se me hace incómoda para esa tarea. Con una risa entre dientes que me agita un momento, sacudo la cabeza — Te dije, le caes bien. De seguro está haciendo una apuesta mental de si nos encontrará acurrucados o a uno en cada punto de la habitación — es una broma, pero creo que tiene parte de verdad. Pero cualquier pensamiento sobre mi hija se evapora, es fácil cuando los temas prohibidos se asoman furtivamente, aunque sea sin entrar en muchos detalles. Que diga mi nombre en ese tono me alerta de algo, lo ignoro solo por lo que dice a continuación. Me asombra, porque no esperaba algo recíproco, agradezco que su chiste final me salve de tener que reaccionar como una persona madura y centrada — Podemos pedir otro suero y estaríamos a juego — al menos, en algo coincidimos y es justamente en lo que ninguno se anima a hablar tan abiertamente.

Ahora, de todos modos, me da igual. Puedo acomodarme a su lado con toda la naturalidad que poseo en mi estado y la dejo acercar el control remoto, apoyo mi cabeza en ella una vez más y dejo que mi atención se vaya a la tele. Perfecto, ahora es cuando mi hija o mi hermana hacen su aparición y arruinan absolutamente todo — ¿Esas cosas se aparean? — pregunto con gracia, arrugando la nariz con algo de asco; no le voy a dar muchas vueltas para no crearme imágenes muy vívidas por culpa de los calmantes. Que cambie a una película con tintes románticos hace que la mire de soslayo con las cejas alzadas, masticando un poco la lengua — ¿Cantan toda la película? Que aburrido — una cosa es ir a una ópera, es todo más protocolar, pero… — ¿Sabías que contar el final no es parte de mirar películas con alguien, no? Creo que estás oxidada en el tema — me mofo, poca importancia le doy a la acción que se desarrolla entre tanta música y color. Hasta me atrevo a hacer una mímica silenciosa y burlesca a las expresiones de los dramáticos cantantes, aunque su atención me hace volver a reír, rompiendo mi estado de mimo — Sabía yo que eras una romántica oculta. A que te sabes toda la canción — y sin más, le quito el control, subo el volumen y con mi mano libre, la invito a cantar. Porque ya que nos lo debemos, quizá así podamos olvidarnos un poco de las razones por las cuales estamos aquí.
Hans M. Powell
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Invitado
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Eso… ¿fue una metáfora de quidditch?— pregunto con toda mi incredulidad y tengo que morder mis labios para esconder mi sonrisa, en vez de contestarle al dilema que me plantea, de analizar qué sería aquello que podría a estar a punto de ganar, que exige que me vaya detrás de una snitch o la deje pasar. Es un planteamiento interesante para que caiga en la cuenta que siempre jugué con la camiseta de guardiana, tenía vocación para evitar que los contrarios asaltaran nuestros aros y no estaba en mí asegurar la victoria, solo impedir que fuéramos humillados con una amplia diferencia de tantos. Siempre a la defensiva, Scott. No sé cómo pasé de hablar sobre cómo las relaciones pueden lastimarnos, a sonreírme por el esfuerzo que hacemos de tratar de hablar en un mismo idioma y hasta podría hacer una broma sobre el mérito que tiene que haga que referencias de quidditch para que hablemos un mismo idioma, tanto que podría sentir que me enamoro un poco de ese gesto, pero la siento como una palabra sensible entre los dos en estos momentos y no la haré parte de un chiste. Si bien es lo que acabo haciendo, la tensión que nos envolvía hace unos minutos y se sentía como electricidad a punto de desencadenar una tormenta en esta habitación, se desvanece cuando podemos volver a bromear a nuestra costa. Comienzo a creer que reírnos es el punto que marca en cada ocasión que la tormenta ha pasado, aunque nos conozco y sé que basta poco para nuestro humor tome otro giro rotundo.  

Claro que se aparean, ¿cómo crees que nacen los bebés mooncalfs?— pregunto con el tonito burlón de quien le habla a un niño de seis años. —¿De calabazas?— me río a cuenta suya, de fondo se escucha una pesada lección sobre las raíces de no sé qué planta y las imágenes en la pantalla van cambiando a cada segundo por culpa de mi pulgar que toca una y otra vez el botón del control, hasta que la escena en que la mirada llorosa de la actriz me impacta como para detenerme ahí por unos minutos. Es una mujer bellísima, se ve mucho más joven de lo que es actualmente en esta película, ¿y quién puede ser del todo indiferente a la manera en que se responden con el protagonista a través de una canción? Mis ojos caen con desaprobación sobre Hans que se queja de lo aburrido que es que no hagan otra cosa que cantar.

»Hay buenas películas musicales, ¿sabes? Algún día te haré mirar la de un par de chicos magos que se amotinan fuera de un edificio y se ponen a cantar en reclamo, es tremendo, se te estremece la piel…—. A su comentario que me recuerda lo inadecuado que es adelantar los finales de las historias, le contesto con una sonrisa traviesa, con mis ojos oscuros recuperando su chispa. —A uno de los principales lo encierran entre varias varitas y se sostiene de su bandera cuando lo asesinan. ¡Ese personaje era genial! Tuvo una gran muerte…—. Preferiría ponerme a cantar cualquiera de las canciones de esa película, no la que estamos escuchando en pantalla, me incomoda un poco y creo que se nota porque me remuevo en mi hueco de la cama, clavando uno de mis codos cerca de su cintura. Sin embargo, no dejo de sonreír y se nota lo divertido que encuentro que quiera escucharme cantar—¿Te das cuenta que es una canción muy cursi, no?— hago una mueca graciosa y agarro el control para acercarlo a mis labios. —No la he visto tantas veces como para saberme la letra, sólo sé que repiten muchas veces eso de… te amaré hasta el final de los tiempos… y, ya sabes, ella muere al final… ¿un poco irónico, no te parece? Y la gracia de la canción está en que se contestan el uno al otro, así que…— coloco el control delante de su rostro para compartírselo como micrófono imaginario. —¿O buscamos otra, mejor?
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