The Mighty Fall
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PRIMAVERA de 247521 de Marzo — 20 de Junio


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Tras años de represión y batallas libradas, hoy son los magos los que caminan en las calles más pulcras del Capitolio. Bajo un régimen que condena a los muggles y a los traidores a la persecución, una nueva era se agita a la vuelta de la esquina. La igualdad es un mito, los gritos de justicia se ven asfixiados.

Existen aquellos que quieren dar vuelta el tablero, otros que buscan sembrar la paz entre razas y magos dispuestos a lo que sea para conservar el poder que por mucho tiempo se les ha negado. La guerra ha llegado a cada uno de los distritos.

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Benedict D. Franco
Consejo 9 ¾
Han pasado días, no sé exactamente cuántos, pero aún no hay señal de ellos y eso solo aumenta mi ansiedad. Las idas y venidas dentro del loft de Kennedy se han vuelto una moneda corriente, pero eso solo empeora mi estado de ánimo. Soy incapaz de evitar chequear la puerta y las ventanas, buscar señales donde no las hay y esperar milagros que, muy en el fondo, sé que no van a ocurrir. Andar por las calles es peligroso, en especial porque hace no tanto fui capturado por aurores que conocen mi rostro, pero estando limpio, afeitado y cambiado, quizá la identificación sea un poco más complicada; es bueno saber que no existen fotografías, al menos actuales, que puedan joderme la existencia. Eso ayuda a mis paseos, que me evitan estar encerrado como un animal, me permite buscar comida y tratar de encontrar al grupo más peculiar y escandaloso que debería existir en el distrito cinco.

Está empezando a anochecer, pero las tardes son calurosas y eso me permite caminar con mayor desenvoltura. Estoy de regreso a nuestra provisora casa, con las manos vacías una vez más, tanto en alimentos como en niños. ¿Cómo voy a decirle a Alice que, una vez más, no he podido solucionar el problema en el cual nos he metido? Meto las manos en los bolsillos de mi pantalón, rozando con los dedos lo único que he recuperado de mi caminata de la jornada. Penosamente, es un paquete de cigarrillos, unos que necesito para calmar la ansiedad a pesar de no tener el vicio del tabaco. Incluso, no recuerdo cuándo fue la última vez que consumí uno de estos, pero sé lo bien que puede hacerme.

Me recargo contra una pared de ladrillos de dudosa higiene, sintiendo los aromas desagradables del callejón a mi izquierda, cuando me percato de que no tengo conmigo nada de fuego. Se me escapa un resoplido y murmuro un par de insultos en mi dirección por haber olvidado ese detalle, por lo que lanzo un vistazo a las calles apenas transitadas, no muy seguro de que alguien se detenga ante la petición de un desconocido. La primera que pasa por mi lado es una mujer, a quien le chisto desde la ligera sombra de mi posición y le enseño la cajita de tabaco que tengo en la mano — ¿Tienes fuego? — pregunto, sacudiéndola para que uno de los cigarros salga hacia afuera y así atraparlo con los dedos contrarios — Me vendría bien un poco, si eres tan amable.
Benedict D. Franco
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Invitado
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Pierdo mis últimos galeones con un hombre de arrugas marcadas que cada vez que toma de su vaso de whisky se queja de un mal de muñeca, ¿entonces cómo demonios todos sus dardos dieron en el blanco? Mi derrota es señal de que es hora de irme, he desperdiciado  horas y un poco de mi dinero —esta vez sí se trata de dinero propio, no apuesto con el ajeno— en una taberna que alguna vez fue pensada para obreros fabriles, el ambiente es rústico y las mesas están a rebosar de repudiados y otros extraños que hablan a los gritos. Pago como mi honor me obliga la deuda que tengo con el viejo y antes de que me convenza de una revancha, durante la cual me contará otro de los chismes que conoce y que no son de los que me interesan, salgo del lugar por la puerta lateral así no tengo que pasar por una entrada en la que discuten un mal perdedor y alguien que se ha envestido de la autoridad para imponer un orden. En el callejón hay una franja de luz por un foco solitario y me encamino hacia la calle, mis dedos peinando mi cabello un poco más largo que a principios de primavera, en una trenza floja que queda suelta en las puntas.

El verano nos da días más largos, eso me permite deambular por las calles del distrito de los repudiados un rato más de la hora que mi reloj indica que debo estar en el mío, y marcharme cuando viera la noche cerrándose por encima de los edificios derruidos. Esta la vieja precaución de no querer toparme con quien sabe qué clase de vagos que se tiran en las aceras o criminales que se amontonan en los callejones, y por lo ridículo que me parece este consejo de mi consciencia, teniendo en cuenta que estoy en un territorio donde proliferaban esta clase de personas a cualquier hora, al primero que se cruza en mi camino con una petición tan casual como un poco de fuego, en vez de seguir de largo, hace que interrumpa mi andar. Descuelgo de un hombro la mochila que llevo en la espalda, para buscar en el bolsillo externo uno de los encendedores que traigo como parte de las cosas imprescindibles que me evitarán tener que acudir a mi varita, que tengo escondida a resguardo.

Le muestro el encendedor, pero lo mantengo fuera de su alcance. —¿Qué puedo obtener a cambio? — pregunto, mi rostro limpio de toda expresión. No creo haber escuchado que en estos territorios se hagan ciertas cosas por pura amabilidad, tampoco quiero pecar de esta virtud donde no corresponde. Mi acto es una bobería como cualquier chiste infantil, así que enciendo el fuego para que pueda usarlo en su cigarrillo. —Adelante, no hablaba en serio— aclaro, torciendo un poco mi boca para no sonreírme. Tomo un vistazo de su apariencia, que bien podría ser engañosa, porque nadie aquí es más confiable por vestir ropas limpias o tener el rostro descubierto. Espero a que mi memoria registre su rostro que, como sucede con muchos otros, olvidaré de no verlo una segunda vez. —¿Cómo encenderás el resto?— le pregunto, moviendo mi barbilla hacia la caja.
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Benedict D. Franco
Consejo 9 ¾
No llego a ponerme el cigarro en la boca, porque su comentario me detiene en seco y levanto los ojos, más no el rostro, en su dirección. La mujer que tengo delante parece rondar mi edad, si no es un poco más joven, pero más allá de eso no dudo descifrar mucho de ella, menos de qué es lo que quiere decir con exactitud. Separo mis labios en un gesto mudo, buscando palabras que no sé a dónde quieren llegar dentro de mi cabeza, hasta que el fuego aparece y me permito el sonreír a medias — Menos mal, por un momento pensé que tendría que pagarte con pulgas — ironizo, en un tono que pretende ser tan amable como soy capaz. No es novedad que la gente en estos pagos sea pobre, no posea varita ni recursos, por lo que nada de lo que digo puede ser tomado de mala manera, provocándome la clase de problemas que estoy tratando de evitar. Solo soy un desempleado del norte sin fuego para su vicio del tabaco más barato y de esos, hay de sobra.

Me acerco lo suficiente para que el cigarro se encienda y lo presiono entre mis labios, inhalando y provocando que la llama brille con intensidad unos segundos. Con una sonrisa que pretende ser un agradecimiento, me alejo largando un poco de humo, el cual cubre mi rostro durante unos breves segundos — ¿Qué? Ah, sí — levanto mi caja para enseñarle los cigarros y, con un movimiento del pulgar, vuelvo a abrirla y se la tiendo para ofrecerle uno — Hay fuego en casa. Solo que necesitaba estos cinco minutos de paz conmigo mismo y un cigarrillo antes de llegar y volver a tener consumida la cabeza — como sé que no va a entender muy bien de lo que le estoy hablando y tampoco puedo decirle la verdad, alzo un hombro con falsa indiferencia — Ya sabes, familias numerosas — hasta casi sueno como un padre repleto de niños chillones, lo cual no está muy alejado de la realidad.

Apenas miro el cielo, el cual se encuentra rosado y nos regala una luz tenue a lo largo de la calle. Eso me lleva a echar una ojeada por el camino, apenas estirándome en mi lugar — ¿No es un poco tarde para que alguien de tu estatura ande sola por aquí? — pregunto, dejando en claro con mi sonrisa y el tono de mi voz que no busco ofenderla — Algunas personas no son muy amables con las señoritas que se mueven sin compañía por estos distritos, menos si no se ven completamente mugrosas. Lo digo solo por consejo, ya sabes — me encojo de hombros de un modo algo infantil. Lo que ella haga con su seguridad es cosa suya, obvio, pero me es imposible no fijarme en ese detalle.
Benedict D. Franco
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Invitado
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Un poco de fuego podría ser un pedido casual en cualquier bar del distrito seis, y en este contexto tan distinto me hace evaluar si un encendedor no es un lujo del que se podría prescindir si el poco dinero que se tiene conviene usarlo en comprar la caja de cigarrillos, que de todas maneras la suerte siempre colocará a alguien en el camino que tenga uno. —Puedes quedártelas para intercambiarlas por otra cosa— finjo indiferencia a su pago en especias, no tengo un perro al que pueda dárselas de todas maneras. Compartir un poco de fuego no es un gasto para mí, pero no puedo darle el encendedor porque no ando regalando cosas a los mendigos del norte, no soy tan desprendida como puedo parecer por mis ocasionales gestos de solidaridad. Por más que sea una bobería.

Que me ofrezca un cigarrillo si me parece un trueque adecuado y extraigo uno de la caja para prenderlo con un nuevo chispazo del encendedor. Entiendo la parte de necesitar unos minutos a solas para calmar la mente, se me escapa la comprensión de lo que implica tener una familia con hermanos, tíos, primos, sobrinos. Si busco la soledad es porque crecí sola, como única hija, con una imaginación que reservaba para mí, con pocos amigos, un mejor amigo que también era hijo único. Estoy demasiado acostumbrada a ello, que siquiera pensar en lo que debe ser una casa a rebosar de personas me resulta imposible y creo que lo demuestro con la expresión de mi rostro. Me está hablando sobre algo que desconozco por completo. —No sé nada sobre familias numerosas— admito. —De tener una creo que con la excusa de comprar cigarrillos, no volvería—. ¿Por qué ando incentivando esas ideas en la gente? —No digo que hagas eso. Si te has encariñado con ellos, se sentiría mal que los dejaras— lo digo casi como una broma, como si estuviéramos hablando de un par de cachorros simpáticos que se pueden encontrar en una caja abandonada. No me imagino como parte de un clan numeroso, pero nunca abandonaría a mi madre que es la única familia que tengo.

A su pregunta reacciono con el arqueo interrogativo de mis cejas, y me tardo en contestar lo que me demoro en formar una figura difusa de humo en el aire. —¿Por qué lo preguntas? ¿Lo es para la tuya?— respondo, con mi mirada fija en la suya porque nunca mi estatura me ha acomplejado para buscar los ojos de nadie y sostenerlas en un desafío. —Lo tendré en cuenta— acepto sus palabras, en parte confundida por lo que pudo ser una ofensa sutil en un principio y en parte por lo que puede ser un halago que me hace parte de la categoría de las señoritas y me excluye de la fracción de las mugrosas. Es algo que pocas veces escuchamos las chicas que trabajamos en talleres, así que me da gracia. Freno a mis labios que se extienden en una sonrisa y recobro mi talante serio. —Supongo que también hay gente que puede aprovecharse de los pelirrojos altos que están sin compañía en la calle y que no se ven tan mugrosos. No te preocupes, si te asusta estar solo, puedo acompañarte lo que dure un cigarrillo— ofrezco con una amabilidad que por ser exagerada se hace más pronunciada en mi tono.
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Benedict D. Franco
Consejo 9 ¾
Se me escapa una risa pequeña por ese comentario y me recargo un poco más en la pared, mirando a la nada con la cabeza puesta en recuerdos que no vienen a cuento. Porque sí, yo he tenido una familia numerosa, fui el menor de tres en una casa de cinco y luego, volví a tener lo mismo cuando mi padre se volvió a casar, pero con un niño extra. Estoy acostumbrado al ruido, al desorden y al caos y tengo la ligera sensación que, de ahora en más, cualquier lugar me parecerá demasiado vacío y silencioso en comparación a lo que recuerdo con una profunda añoranza que sigue viva, que duele, que intento olvidar todos los días. Incluso, viviendo en un loft repleto de personas que van y vienen, dónde una de ellas es mi prima, algo que todavía intento procesar — Si no puedes contra ellos, úneteles — lo largo con un suspiro que lanza una bocanada de humo y pretende sonar resignado a mi mala suerte, pero que acaba con una sonrisa más para mí mismo que para ella.

Me devuelve las palabras y, tengo que admitirlo, me complace que sea de esa manera porque prefiero mil veces a alguien que se defiende y no que agacha la cabeza, por más inocente que haya sido la intención — Depende. Es un problema cuando hacen puertas demasiado pequeñas — lo dejo salir así como así y respondo a su agradecimiento con una inclinación de la cabeza, apartando el humo que estamos soltando a la par con una sacudida de la mano en el aire. No sirve de mucho, pero al menos siento que no se lo estoy escupiendo en la cara. Lo que dice me hace reír con algo más de fuerza de la que hubiera esperado, en especial porque no me acuerdo cuándo fue la última vez que alguien no me calificó como alguien mugroso. La ducha de Kennedy, por muy corto que tenga que ser mi tiempo ahí para poder mantener el agua caliente, parece que está haciendo milagros — ¿Tengo pinta de ser alguien que tiene miedo? — es una pregunta sincera, porque me da curiosidad. Doy unos golpeteos al cigarrillo y dejo caer la ceniza caliente al suelo, apartando uno de mis pies para que no manche la ya sucia zapatilla — Es un ofrecimiento muy galante, más si consideramos que ésta es una zona abierta a la guerrilla — no he pasado tanto tiempo en el cinco, pero conozco cómo se mueven. La miseria se asoma por las esquinas y robar, abusar y golpear es el método que muchos tienen para cazar o evitar ser cazado. De solo pensarlo, aunque sea con algo de disimulo, miro a nuestro alrededor, admirando falsamente el panorama. Nadie parece tener los ojos en nosotros, lo que es algo bueno.

¿Eres de por aquí? — es una pregunta simplona, sin verdadera intención detrás de mis palabras, cuando regreso a ella con el cigarro una vez más en la boca — No hace tanto que me he mudado. Ya sabes, la crisis… — ruedo los ojos con la exasperación de alguien que lo ha perdido todo, jugando un papel un poco sincero a pesar de las mentiras — Ando buscando algún sitio donde pueda conseguir grandes cantidades de comida. Muchos solo tienen pocas conservas o te quieren cobrar sumas imposibles de dinero — como ya he dicho, tengo una casa repleta de gente, así que supongo que me entenderá — Me vendría bien un mapa, como una pequeña ayuda. Tengo miedo de terminar en un sitio indeseable y no tener a una señorita de tu estatura para que me defienda — sin más, tiro la colilla del cigarro al piso, la aplasto con la suela y largo el humo.
Benedict D. Franco
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Disimulo mi sonrisa al pensar en las veces que su frente habrá golpeado el umbral de una puerta, y es la malicia de quien quedó estancada en una estatura media. -El mundo es un lugar cruel- me lamento en solidaridad a él. Me falta darle unas palmaditas de compasión en el brazo, pero sigue siendo un desconocido y, más allá de mi actitud desenfadada, tengo presente que si el sujeto abandona su tono amigable que se acentúa con su risa fuerte, su estatura sí se vuelve intimidante. Cuesta contestar a su pregunta por eso, nadie diría que es posible que pueda tener miedo en estas calles cuando le sacaría ventaja en una pelea a cualquiera de los merodeadores nocturnos que se le crucen. Sostengo su mirada a pesar de la niebla que se espesa en medio por el humo que suelto entre mis labios. Respondo con una broma esquiva a su interés honesto. -Es sabido que los hombres altos tienen ciertos complejos y también grandes inseguridades- digo, con mi mano libre hago una línea imaginaria en el aire que lo recorre desde su cabeza a los pies. -A mayor estatura, más miedo inspira algo pequeño. Los hipogrifos tienen miedo de los ratones- uso ese ejemplo para ilustrar lo que opino, pero no tengo la certeza de que sea así. -Son ironías de la vida.- Para mi suerte, el trabajo que me da de comer no implica tener que dar argumentos que validen mi juicio sobre el carácter de las personas.

Mi mirada sigue el contorno de las sombras de los edificios en este barrio en el que dos personas conversando da para todo tipo de especulaciones para alguien que lo ve, porque lo que se espera es que en cada esquina en penumbras cobre forma una amenaza. Tendré mi sentido del peligro un poco alterado, pero tengo más miedo cuanto más cerca estoy del Capitolio y me distiendo a cuanta más distancia pongo. Retraso el tener que contestar si soy de aquí, pregunta que se hace cada vez más recurrente. Cuando me explica el por qué quiere saberlo, lo pienso dos veces. Una cosa es regalar dinero a un chico para que compre comida que le sirva a él y a sus amigos, y otra es creer que debo hacer lo mismo por una familia, por numerosa que sea. No me está pidiendo que lo haga un caso de caridad, pero sé que tengo dinero -que no es mío- para regalar en lo que creo que será de ayuda. Me lo guardo. -No soy de aquí- no tiene caso mentir sobre lo que es evidente. -Y los mapas se hacen andando, ¿quieres caminar un rato?- propongo.- Aprovecha mi compañía-. De paso yo aprovecho la suya para poder meterme en esos sitios indeseados a los que se refiere, en contradicción a mis propias palabras, le veo la conveniencia de andar con alguien como él en las calles hostiles.

Procuro demostrar indiferencia a la referencia de mi altura, pero no lo dejo pasar. -Para tu supervivencia en este territorio y en la vida misma, te recomiendo que busques una compañía...- busco una palabra que reemplace otras que no me agradan. Coloco una mano sobre mi coronilla, y continúo: -De estatura interesante-. Muevo esa misma mano en el aire para limpiarlo, no lo miro mientras sigo hablando con mi tonito de aparente seriedad. -Asi cualquiera que los vea sabrá que no debe meterse contigo, estarás a salvo. Por este rato te presto la mía- digo, esta vez si le doy una palmadita en el brazo para que empiece a andar. - ¿Vamos?
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Benedict D. Franco
Consejo 9 ¾
No sé por qué lo he preguntado, si la miro dos segundos más con interés y me doy cuenta de que la respuesta era muy obvia. No solo porque está muy limpia, sino porque su ropa no es la clase de trapos que usan en este lugar, además de que parece mucho mejor alimentada. La gente del norte, esos que pasan penurias todos los días, tienen un brillo diferente en la mirada, pero no por eso voy a juzgarla. Al fin de cuentas, se detuvo a darme un poco de fuego incluso cuando en este lugar, nadie te mira a los ojos ni te presta más segundos de los debidos — ¿Me estás regalando un paseo? — bromeo, exagerando en mis facciones la expresión de alguien completamente conmovido. No me esperaba eso, pero tampoco voy a rechazarlo. Al fin de cuentas, algo de razón tiene — Si no te molesta… — fue su sugerencia, pero aún así, nunca se es demasiado precavido. Su palmadita me lleva a mirar hacia abajo, tratando de divisar la zona donde me ha tocado por mero impulso, pero para cuando la miro, ya he formulado una respuesta en mi cabeza. Quizá, una demasiado confiada, pero si sucede algo, sé que podría contra una mujer pequeña que no parece tener malas intenciones — No solo prestas fuego a desconocidos, sino también tus servicios como guardaespaldas. A que eres una persona curiosa… — lo dejo como una incógnita para mí mismo y doy unos pasos que inician nuestra marcha.

Mis pasos se aprietan como si tuviese que ganarle a las sombras que se extienden por culpa de la posición del sol y meto las manos en los bolsillos de mi pantalón. No tengo mucho tiempo de gracia antes de que la noche nos consuma y se termine el día de recolección, por lo que tendré que esperar a mañana — ¿Cómo te llamas, niña mapa? — pregunto por la curiosidad de ser amable, aunque mis ojos están más centrados en los pequeños callejones que nos rodean a lo largo de las penosas calles — No creí que el cinco fuese un destino turístico, mucho menos en esta época del año. Pensé que todos iban al cuatro — al menos, eso es lo que recuerdo de mi infancia viviendo frente a la playa, pero es un dato irrelevante que no tiene por qué saberlo — Aunque no te culpo si prefieres esto, hay mucha hipocresía en otros lugares. ¿A qué te dedicas? — es la charla más casual de la vida, pero creo que servirá si quiero asegurarme que no estoy caminando muy cómodamente junto al enemigo.
Benedict D. Franco
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No es un regalo— se lo aclaro, con un ademán que barre un poco el humo—dije que era un préstamo—. Hay una diferencia entre una cosa y otra, si bien en estas circunstancias no puedo precisar qué es lo que las hace tan distintas. Quizás no quiero que le reconozca a esto más amabilidad de la que se debe en sitios como este, las calles obscuras de un distrito donde cada persona está aquí por una razón que los excluyó, así que por regla general nadie tiene motivos para mantener la simpatía. Así me aseguro de que no parezca que me estoy excediendo al ofrecer mi compañía y me prevengo que él tampoco lo haga luego, esa necesidad siempre presente de poner distancias seguras incluso cuando se está caminando a la par de un desconocido que podría tener una faceta oculta menos agradable de la que muestra.

Sigo con la mirada las últimas líneas de color que quedan en el horizonte, cuando avanzamos por la acera y tengo el tiempo que me da acomodar nuestros pasos, para pensar si tengo que mentirle o no sobre mi nombre. Todo me dice que tengo que mentirle, nunca lo hago, pero esta vez un presentimiento demasiado fuerte me dice que por amor a mi instinto de supervivencia, mienta. Será un error del que me lamentaré si este hombre lleva mi nombre a otros oídos, porque no tengo idea de a quienes pertenecerán. Mi decisión final se funda en la idea de que si alguien necesita de mi ayuda, tiene que gritar mi nombre para llamarme y que acuda. No digo que algún día vaya a necesitar de mí, pero…—Lara— mascullo, y no le doy espacio a un respiro al preguntar: —¿Y el tuyo, chico fuego?—. Lo miro con la advertencia silenciosa de que espero una respuesta honesta, como la que acabo de dar.

Mi mirada sube por las paredes sucias de los edificios, deteniéndose en las grietas que ponen en peligro las estructuras, y mentalmente lo comparo con los paisajes del distrito cuatro que en el verano estarán a más concurridos por el tiempo de vacaciones que tienen principalmente los estudiantes. —¿Qué dices? ¿Quién podría preferir una playa aburrida del cuatro a la vida nocturna y cosmopolita del cinco?— ironizo. Para compensar una verdad imprudente, toca decir una mentira. —Me dedico a buscar cosas que la gente pierde en el norte— pongo la mano que me queda libre en mi pecho, —un oficio muy noble, si me preguntas—. Caminar al lado de una persona mucho más alta no es tarea tan sencilla, y me requiere parte de mi concentración hacer que mis pasos se igualen a los suyos, maldición. —Y por eso te acompaño— retomo lo que dijo con anterioridad. —Cuando se está deambulando por un lugar, hay que tomar todos los caminos que se abren, es la única manera de conocer el territorio y poder hacer un mapa— explico con vaguedad. —¿Y tú a que te dedicas? ¿Te gustaría que adivine?
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Benedict D. Franco
Consejo 9 ¾
“Chico fuego”. El título me saca una sonrisa suave, pero aún así la miro con la seguridad que me brinda la sinceridad — Desmond — no le estoy mintiendo, que no use mi segundo nombre a excepción de tener que relacionarme con gente desconocida es otro tema. No sería muy prudente el dejar que el mundo me llame “Ben” o alguna de sus variantes cuando hace más de una década me gané el título de una de las personas más buscadas del país y, aunque el ciudadano promedio solo recuerde a un niño que supo ser vencedor de los juegos, el gobierno ya tiene conocimiento de mi yo adulto, a pesar de creerme muerto. Mentiré lo que deba mentir y ocultaré lo que deba ocultar si eso me da alguna ventaja y ser un fantasma es mi mejor opción de supervivencia hoy en día.

Intento que la nostalgia no se me vaya por los poros y pretendo mostrar indiferencia con un movimiento de los hombros, porque el cuatro para mí siempre fue sinónimo de hogar. Sé que hoy en día no soy bienvenido allí, que volver sería un riesgo innecesario y que posiblemente jamás vuelva a poner un pie ahí, pero aún así, hay pensamientos que me cuesta eliminar — ¿Eres una basurera o algo así? — intento darle una forma y un sentido a su oficio, aunque dejo en claro por mi modo de hablar que no sé muy bien cómo llamarle — ¿Acaso soy una cosa perdida en el norte para recolectar? — bromeo. En parte, ese comentario infantil de mi parte me obliga a empujar a un lado el impulso de ponerme a hablar de mapas, de los cientos de caminos que he recolectado durante años en mi misión de explorar las zonas de caza, porque mi empleo consistía en proveer al distrito de cualquier cosa que el exterior pudiese ofrecernos. Ahora mismo, es algo que siento demasiado lejano y ajeno como para pensar que fue verdad.

Que me pregunte a qué me dedico parece un mal chiste y me pregunto si, de alguna manera, ha podido seguir mi línea de pensamiento. Intento que no se me note y pretendo que parezca que estoy más interesado en chequear un callejón, cuyo basurero está rebosante de unas enormes bolsas negras. Le hago una seña para que se detenga y me adentro con paso cauteloso — ¿Crees poder adivinarlo? — le pregunto con gracia, a pesar de estar dándole la espalda. Aprovecho mi altura para apoyarme en el borde de hierro del depósito de porquería y me impulso hacia arriba, para pinchar los costados del saco. Hay mal olor, pero no proviene todo del mismo lugar, así que tanteo las otras bolsas — Nunca fui una persona con una vocación marcada, así que me da curiosidad lo que puedas pensar — al menos que contase mi infancia, cuando pensaba ser mecánico antes de pasar a ser mentor. No me tardo en tironear una bolsa y, al abrirla, encuentro lo que estaba buscando — Jamás entenderé a quienes tiran ropa — sé que muchos lo hacen porque ya no les sirve, pero siempre puede donarse. Lo demuestro cuando tiro de una vieja chaqueta de color amarillo bastante horrendo y se la muestro — Combina con mis ojos y todo, ¿tú que crees? — ironizo.
Benedict D. Franco
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Pruebo el nombre repitiéndolo en mi mente, trato de hacerlo encajar con su figura. Se escucha adecuado para alguien que merodea por las calles de un distrito marginal, que a pesar de su estatura se hace parte de las sombras. También suena como una señal de precaución, de que debo andarme con cuidado, y por eso espío por el rabillo de mi ojo sus movimientos al caminar, cuando la conversación deriva en la segunda pregunta obligada que sigue a las presentaciones. —No, no lo soy…— contesto. — Las cosas que busco no necesariamente están entre las que se desechan— especifico. Estoy armando una explicación sobre un oficio que no existe, a partir de una única tarea que tengo encomendada. No me preocupé en otras ocasiones de decir que soy mecánica, pero cuanto más tiempo paso en estos distritos, más recelo de la información que doy. Lo último que querría es empezar a ser un personaje conocido por estas zonas, fácilmente reconocible si a alguien llega a interesarle el por qué hago preguntas o sigo deambulando por aquí. —¿Lo eres?— contesto, estudiando su rostro con una mirada crítica. —No, no pareces una cosa perdida que alguien pueda recoger. Todo lo contrario…

Interrumpo mi andar para aguardar en la entrada de un callejón a que inspeccione lo que acaba de descubrir, y cuando lo veo revolviendo el lugar, lo sigo para echar un vistazo de cerca. —Sí, creo que podría hacerlo— afirmo, convencida en mi habilidad para resolver adivinanzas, más no sea porque es un juego entretenido cuando se sabe poco y nada de la otra persona, y lo divertido está en equivocarse. Tomo como un dato el que me diga que nunca tuvo una vocación marcada, yo sí y por eso mi opinión a su pregunta sale sin pensarlo dos veces: —Lo importante es que cumpla su función. Si abriga, sirve—. Golpeteo mi barbilla con mis dedos y pienso en quien podría rediseñar prendas viejas de este tipo, una lástima que ella aspire a una moda que está muy por encima que los atuendos de remiendo para repudiados. —¿Haces dinero en luchas? No pareces especialmente agresivo, pero no todos los luchadores lo son. Tu estatura y tu fuerza serían ventajas— señalo, y sigo pensando: —Puede que también críes animales. Se necesita de alguien que pueda imponerse y que a la vez no los trate mal para domesticarlos—. Frunzo el ceño en el esfuerzo de adivinar, no es tan sencillo como supuse en un principio. Si lo juzgo por su apariencia tal vez estoy yendo por el lado equivocado.—Das toda la impresión de ser también alguien que está buscando cosas perdidas a donde va —. Meneo la cabeza y muevo una mano hacia él. —¿Me das una pista?
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Benedict D. Franco
Consejo 9 ¾
Voy a tomar eso como un halago — siempre he estado improvisando la mayor parte de mi vida, no verme como alguien perdido en un distrito de marginales debe significar que al menos he hecho una cosa bien, o tal vez dos. Quizá no me veo perdido porque jamás lo he estado, pero los puntos a los cuales he apuntado en estos treinta años no siempre han sido de los más alentadores o por decisión propia. Al final, siempre se ha tratado de sobrevivir. Sobrevivir a la depresión de mi familia, sobrevivir a los juegos, sobrevivir al trauma, sobrevivir al cambio de gobierno… no sé cómo lo he hecho, pero incluso con el agotamiento a cuestas, sigo de pie. No planeo contarlo mucho tiempo más.

Es un juego un poco tonto, pero encuentro entretenimiento en esta conversación que no parece ir en verdad a ningún lado. En lugar de mirarla, acepto su opinión sobre la ropa lanzándola nuevamente dentro de la bolsa y sigo revolviendo, tratando de ver qué es lo que tengo. Deben ser ropas que a alguien ya no le sirvieron del invierno pasado, porque se encuentran totalmente fuera de estación. De todos modos, sé que serán útiles en el futuro, en especial si pienso cuidar de seis mocosos — Te sorprenderías — bromeo con un falso tono misterioso, aunque lo arruino al reírme por lo bajo y echarle una miradita divertida. Sí, tiene razón, la agresividad no es una marca distintiva en mí, pero que me conozca en luna llena o los días cercanos a la misma — Aunque jamás he luchado por dinero — bueno, no literalmente. Los juegos no cuentan — Quizá debería considerar tu idea — tiro de unas medias llenas de lunares y las coloco a un lado, negando a lo de la cría de animales. Irónicamente, he ayudado con ello en el catorce, pero jamás fue mi vocación. Es lo último que dice lo que me detiene, haciendo que asome la cabeza para poder verla, en recorte a la luz que proviene de la calle abierta. Se ve incluso más pequeña desde este punto de vista.

No estás tan errada con eso último — digo con calma. Tiro de la bolsa, vuelvo a cerrarla y la saco por completo de la basura, colgándola a mi hombro sin mucho esfuerzo. Está pesada, sí, pero he podido cargar con personas o ciervos muertos, así que apenas la siento — Digamos que he sido un recolector toda mi vida. A grandes rasgos. No muy diferente a lo que tú dices que haces — porque sé que no estoy hablando de una profesión completamente real. No tenía un sueldo, por así decirlo. Me acerco con unos pasos que me dejan a una distancia considerable de ella y le sonrío, aunque sin muchas ganas — Los dos que buscan se encuentran — bromeo con ironía y, sin más, señalo la bolsa con un movimiento de mi cabeza — Te dejaré elegir algo de esto, si quieres. Como un pago por tu compañía y el fuego que aceptarse darme.
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Me encojo de hombros, dejando que lo crea un halago si así lo quiere. No parece perdido, creo haber visto un par de personas desorientadas como para reconocer que se mueve por las calles con convicción a falta de dirección. Cuando se carece de ambas cosas es que resulta fácil extraviarse entre los laberintos sucios del norte o en las calles impolutas del Capitolio, da lo mismo en qué lugar sea, es más frecuente de lo que se cree encontrarse con gente que no tiene idea de a donde dirigirá su vida. Hay quienes al menos se mantienen en movimiento, eso es siempre mejor que quedarse quieto. Sabiendo por anticipado que este acertijo puede no tener una respuesta, arrojo algunas suposiciones y espero a que me diga si acerté por aproximación. —Es una buena idea, tener una nariz sana o todas las costillas en su lugar está sobrevalorado— señalo, en un tonito serio. —En las apuestas se manejan mucho dinero—. Si no lo sabré yo, todavía me sigue ardiendo en la piel esa derrota en el bar con el viejito.

Chasqueo los dedos por mi triunfo al saber que en mi tercera opción, esa que dudé en hacer porque era repetir el oficio que me inventé para mí, estaba lo más cercano a una respuesta. Quiero exclamar «¡Lo sabía!» como si fuera una niña, pero me basta una mirada apreciativa a la bolsa que carga, la mejor ilustración de su vocación como recolector. La respuesta estaba ante mi vista, me complace esta pequeña victoria en un juego. —No es por presumir, pero soy buena juzgando el carácter de las personas— muevo mis manos en el aire, como si no fuera la gran cosa. Sí, seguro. Mis prejuicios muchas veces me han dado ideas totalmente equivocadas de las personas que conozco, además de que hago juicios rápidos para declarar culpables o quienes no merecen mi confianza.

Considero con seriedad lo que dice a modo de broma, es cierto que acabamos por coincidir dos personas que buscaban, pero no se buscaban. —Al final de todos los caminos, las personas siempre se encuentran. El mundo no es tan grande— contesto. Me acerco a la bolsa que queda sobre el suelo, ¿por qué tendría que negarme a su oferta? Puede que no necesite de lo que hay ahí, sin embargo como se trata de un pago tengo que aceptarlo. Es mejor tener las cuentas claras. —Por mi compañía, por el fuego y por haber ganado— me reafirmo en esto último. Rebusco un poco hasta dar con la tela amarilla de la chaqueta y la saco. —Creo que a mí se me vería mejor— opino. Coloco la prenda contra mi pecho para fijarme en cómo me quedaría, y es con la mirada gacha, puesta en la chaqueta, en un tono vago que agrego: —La cosa perdida que busco es una persona. Es más difícil que encontrar que comida o ropa.
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Benedict D. Franco
Consejo 9 ¾
Me es tentador preguntarle qué es lo que ve en mí si se le da bien juzgar a las personas en base a su carácter o, al menos, lo que puede ver de ellos. Es una duda que he tenido por años y que últimamente se ha incrementado, posiblemente porque ya no reconozco algunas partes de mí que creí tener resueltas. Es una crisis existencial cliché y un poco patética, pero no puedo evitar preguntarme cómo es que llegué a este punto y cómo se supone que evolucionaré a partir de ahora. No soy una buena persona y tampoco me considero un bastardo. Cometí errores, pero busco remediarlos aunque sea imposible, una última vez. No, no sé cuál es mi carácter, pero ella no ve nada de eso porque es algo que siempre está oculto. Supongo que es verdad que todos venimos con nuestras propias historias — Deberías ser terapeuta o consejera — murmuro a modo de broma. Me vendría bien uno, ahora que lo pienso.

El mundo no es tan grande, le doy la razón con una mueca que me hace torcer la boca a un lado. No es tan grande y, aún así, soy incapaz de dar con aquellos que en verdad estoy buscando — ¿Era una competencia? — pregunto con diversión, no muy seguro de que “ganar” sea la palabra adecuada a su pseudo acierto. Bajo la bolsa para que ella pueda rebuscar y se hace con la campera, una prenda que en verdad no me molesta perder aunque se me hace que a Beverly le gustaría. Pensar en ella, aunque sea dos segundos, me afloja un poco el estómago — Parecerás un limón, pero lo lucirás mejor que yo — lejos de emplear un tono ofensivo, me conformo con una sonrisa que se apaga un poco cuando ella sigue hablando. Cierro la bolsa para entretenerme con algo y la coloco nuevamente en mi hombro, dispuesto a volver a caminar aunque no sepa qué dirección tomar. Que ironía — Bueno, sí. Juegas con la desventaja de que las personas piensan y se mueven por su propio medio — no estoy diciendo nada que ella no sepa — También busco a alguien. Bah, a varios, parte de mi familia. Es normal haber perdido personas en los últimos años — suena a que me compadezco y, en parte, es así. Cuando el gobierno cayó, muchos se mandaron a fugar y otros cuantos desaparecieron en asesinatos que jamás se confirmaron. Todos perdimos a alguien, de alguna manera u otra, sea una persona cercana o el vecino de la esquina. Las cosas no volvieron a ser como eran, incluso cuando todos sabíamos que la tiranía de los Black tampoco nos favorecía. En ambos gobiernos, yo salí perdiendo.

Me siento bien por no estar mintiendo, al menos no del todo. Pellizco la campera que ella sostiene una vez más para chequear la calidad de la tela y realmente espero que lo que llevo conmigo sirva de algo — ¿Por qué no pones avisos de búsqueda? Muchas personas lo hacen, hay zonas completas en los mercados o en las paredes de las fábricas abandonadas. No sé si realmente resulta, pero por algo continúan haciéndolo y no debe ser solamente por lo necio de la esperanza — puede que todos nos aferremos a algo, pero después de dieciséis años como que deberían haberse detenido de no servir de nada.
Benedict D. Franco
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Sería una pésima consejera, hago rodar mis ojos porque no puedo tomarme en serio esa idea. Si me baso en mis propias experiencias, lo único que tendría para dar serían lecciones de vida que condenarían a las personas a constantes errores, nadie me pagaría por ello. Nunca dudé en que sería mecánica como lo fueron mis padres, me siento cómoda con este trabajo y es parte de mí, casi como si yo también fuera un montaje hecho en el taller. Pienso en este, no en mi profesión inventada, cuando me planteo que tan buena sería escuchando los problemas de alguien más y ayudándole a encontrar su camino, sin caer en la tentación de decirle cuál debe tomar. —Estoy haciendo de guardaespaldas, ¿y ahora también quieres que sea terapeuta? No puedo estar tan pendiente de la vida de otra persona— contesto, evadiéndolo con un tono de broma. Puedo acompañar a un vago un rato, conversar sin ton ni son, no me molesta si se da como una casualidad, rara vez digo que no a los imprevistos, pero no me veo con un diván en plena calle del distrito cinco. Si fuera un bar, al borde de una barra, entonces sí podría negociar mis servicios de consejera.

Las adivinanzas son un juego, y también hay ganadores y perdedores— se lo explico, como si estuviera explicándole las reglas de juego a un niño, cuando la partida ya acabó. No me resbala su pulla del limón, y por eso mismo reafirmo mi sujeción a la tela amarilla. —Conozco a una chica que sabrá darle unos detalles que hará de esta prenda algo totalmente nuevo— susurro y pienso en Meerah, a quien me gusta poner a prueba por lo convencida que está de su talento, y es que si quiere vivir de este, tendrá que practicar mucho. La evocación que hago de su rostro se desvanece para ser reemplazada por la de un chico que no conozco, a veces creo hallarlo en rostros casuales. Lo busco a él, porque perseguir el rastro de su madre es aún más complicado. —Es lo normal, yo también perdí a parte de mi familia— comento al pasar, mientras doblo la prenda para colgarla de mi brazo. —Y no lo recuperaré. Así que sí que estás buscando, y si algunos de ellos todavía está en alguna parte, es una esperanza que vale mil veces más que la nada—. Será la motivación para seguir andando, a pesar de que no tenga idea qué rumbo tomar. —El mundo no es tan grande— repito. —Los encontrarás.

Subo la vista por a lo alto de los edificios, su presencia es como una alta sombra entre otras en la penumbra de estas paredes. —Creo que los encontrarás porque pareces de las personas que nunca se cansan en tratar de alcanzar lo que se proponen. Si no hubiera de esa energía en tu cuerpo, déjame decirte que serías un derroche de estatura— le lanzo una mirada de refilón. — Si yo tuviera esos centímetros de más, ¿sabes cuántos distritos ya habría conquistado para este entonces?— bromeo con amargura. —Suele ocurrir que la vida se ensaña y lo hace complicado, nunca imposible…— al decirlo sí lo miro en detalle, ¿no es una ironía decir que alguien que no tiene nada y busca a su familia es alguien capaz de tener lo que se proponga? Más bien, un mal chiste. Salvo que no me estoy burlando de él en esta ocasión. — No, no funcionaría— niego a su sugerencia de colocar carteles después de meditarla por un momento. —Porque ellos no quieren ser encontrados… son dos personas, no una— aclaro, aunque mi interés claramente está puesta en hallar al chico. ¿Qué tanto se le puede decir a un desconocido al que no veré una segunda vez? Nunca se sabe lo que se puede obtener de la gente que erra por el norte. —Hace unos años una mujer embarazada huyó quien sabe a dónde, me han pedido que encuentre a su bebé. Hoy en día, sería un chico de ¿quince? ¿Dieciséis años?— cuento. —Pero, ¿sabes cuántos chicos de esa edad hay viviendo en estos distritos? Puede ser cualquiera. Me encontré con uno y tiene amigos de su edad, todos ellos huérfanos. Es una búsqueda difícil…— no sueno tan apesadumbra como debería, porque no me siento así por más que este ir y venir sea en vano, lo prefiero así.
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Benedict D. Franco
Consejo 9 ¾
Tengo el repentino impulso de preguntar por quién ha perdido, pero me detengo. Sé que no me incumbe y también conozco la horrible sensación de tener que hablar sobre asuntos privados que uno prefiere olvidar. Opto por demostrar un optimismo que cada vez me resulta más antinatural y hago un asentimiento a lo que dice, aunque es una promesa tan vacía que mi propio gesto queda desganado — Solo espero encontrarlos en las condiciones que me gustaría — digo simplemente. Tomando en cuenta nuestra situación, toparme con cuerpos es más probable que hallarlos sanos y salvos. Sé que son niños especiales, pero no dejan de ser jóvenes e inexpertos en un mundo que va a comérselos vivos si no tienen cuidado.

La amargura se me evapora dos segundos por la carcajada que brota de mí sin intención, retumbando un poco más fuerte de lo que hubiese esperado — Me atrapaste. Estaba pensando en tomar ventaja y proclamarme un conquistador. Hay que hacer algo para no aburrirse aquí arriba — ironizo. En la broma se encuentra el agradecimiento, teñido en la poca seriedad que busca disimular mis ánimos. Y todo hubiera muerto ahí, si no fuera porque lo que dice me resulta tan familiar que se me apaga un poco la expresión. En un principio, claro está, no lo pienso demasiado; pronto, recuerdo los quince años y medio de mentiras que he ayudado a ocultar sobre una mujer que huyó embarazada y tuvo un niño en la clandestinidad. Como ella bien dice, hay cientos de casos como ese en el norte, pero aún así mi corazón da un aleteo — ¿Los encontraste aquí en el cinco? — me hago el desinteresado e incluso retomo la marcha con la intención de no tener que sostenerle la mirada — ¿Y quién busca a este niño? No sé nada sobre una embarazada, pero si puedes ser más específica... — no hay razones para creer que esta mujer está hablando de Coco, a quien recuerdo con el vientre como una sandía y que murió antes de que yo regrese de mi época de esclavo, topándome con su bebé en su lugar. El secreto mejor guardado del catorce... ¿Qué posibilidades hay de que Lara se encuentre justo tras sus pasos, cuando hay miles de huérfanos y gente que ha escapado? Solo estoy siendo paranoico, es eso. Kendrick está a salvo. Ni siquiera Orion supo que iba a tener un hijo.

Intento descartar esa idea con una sacudida de la cabeza y me tomo la tarea de mostrarme calmo. Con la muerte de casi todo el catorce, soy el único que sabe la verdad y así debería ser… ¿Debo contarle a Alice para pedir su consejo? Llegar a casa se torna una urgencia, incluso cuando no estoy seguro de que sea lo más sensato. Cuanto menos se hable del tema, mucho mejor — Sé que no estoy siendo muy original, pero deberías hablar con servicios sociales o reclamar en los registros de personas — donde, obviamente, Kendrick jamás será encontrado porque él no existe para el sistema. Y, si esta mujer está buscando a alguien más, quizá sea de ayuda — Aquí la gente apenas y recuerda su propio nombre. No vas a encontrar nada golpeando puerta por puerta — eso es la pura verdad. Levanto la vista al cielo, notando como la noche temprana ha teñido el firmamento. Hago un movimiento para señalarlo con el mentón y le doy una palmada en el hombro — No pierdas el tiempo en sitios como este que no te darán ninguna respuesta y solo te pondrán en peligro — aconsejo y estoy siendo lo más sincero que puedo — Solo vete a casa. Para búsquedas, solo pide ayuda a los que se supone que trabajan de eso.
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No, me los encontré en el mercado del distrito doce. Hablé con uno de ellos, no con todos, estaba buscando comida para el resto. Si para ti es difícil encontrar alimento, ¿puedes entender lo que supone para un grupo de huérfanos? Este chico me vendió lo único de valor que tenía para poder comprar algo— cuando contesto lo hago mirándolo a los ojos, no me percato de que tengo que alzar un poco la barbilla para sostener el contacto, a cada pregunta que me hace quiero responder con la posibilidad de poder ver los cambios en su expresión, si acaso algo de lo que le digo es significativo para él, como muchas veces espero o temo que ocurra. —Lo busca su tío— es una mentira tan usada que me sale por natural, creo que lograré convencerme a mí misma a este paso, que si algún día tengo la mala suerte de confundir un trago con un poco de veritaserum, las falsas declaraciones seguirán saliendo de mis labios con impunidad.

Vuelvo a rechazar su recomendación de buscar ayuda a quienes podrán orientarme, si este fuera un caso real de un chico nacido en esta situación de exilio. —Eso ya se hizo. No me pedirían que me tome el trabajo de ir distrito por distrito, persona por persona, rastreando a este chico si no fuera porque otras instancias se agotaron…—. Y el por qué acepté este trabajo es una pregunta que espero de su parte, decir que lo hago por dinero es lo fácil y él no tendría por qué juzgarme. ¿Por qué me importaría que lo haga, de todas formas? Miro allí donde su mano toco mi hombro, como si no entendiera el gesto, hasta que un segundo más tarde entiendo que me está enviando de regreso a casa. ¿En serio? Podría ofenderme por subestimarme de esta manera, estoy a una inspiración de aire de decirle que puedo con esto. Si no fuera porque es la mentira última. —Si te digo que derrochar tiempo es una manera de ganarlo a mi favor, ¿podrías entenderlo?— pruebo. No creo que pueda hacerlo, así que sacudo mi cabeza. —No me hagas caso— murmuro. Para cambiar de tema, dejar ese comentario fugaz atrás, señalo la bolsa con la barbilla. —No irás cargando tu botín por todos lados, ¿verdad, señor recolector? Si te ven por las calles con esto llamarás atenciones indeseadas y sólo te pondrás en peligro—. Que a mí no me venga a decir que este sitio es para tener cuidado, que a él no le perdonarán por sus gotas de sangre de semi-gigante. Entre tres o cuatro le quitarán hasta los cigarrillos.
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Benedict D. Franco
Consejo 9 ¾
Lo busca su tío, claro. Incluso con ese detalle, me guardo el dato para futuras búsquedas; siempre es interesante el saber que hay un grupo de adolescentes rondando el mercado del doce, de alguna manera lo suficientemente llamativa como para que una desconocida lo mencione — Si me entero de algo… — suena a una promesa, pero tampoco voy a pedirle su número telefónico; no es como si yo tuviese un celular como para manejarme de esa manera. Solo sé que debo estar atento, eso es todo. Aún así, me aferro a que me esté diciendo la verdad, porque un tío rompe la ecuación que se estaba formando en mi cabeza. No hay un tío en la vida del chico que yo conozco, más bien una tía un poco desquiciada y preocupante. Se lo concedo, nos otorgo la paz de que no estamos hablando de la misma persona.

Suenas a detective privado — intento aflojar la preocupación con un chiste algo tonto — Solo… no tengas fe en encontrar algo. Deberías decirle a tu empleador que tiene que ampliar su número de detectives si planea encontrar un niño muerto de hambre en el norte, porque está lleno de ellos. ¿O alguien más ayuda en tu búsqueda? — bien, puede que de todos modos mis preguntas busquen el sacarle algo de información, pero nadie puede culparme. Además, siempre he pecado de curioso — No, no lo entiendo — sé que dice que lo olvide, pero es una respuesta que me nace con automática sinceridad. Suerte para mí, o quizá para ambos, no tarda en llevar la atención de la conversación a mi pequeña recompensa. No es comida ni personas perdidas, pero saber que habrá ropa extra en el loft, aunque esté fuera de temporada, es algo que festejar. Penoso, pero ya ando buscando excusas como para sentir que he logrado algo — Por supuesto que no, iré derecho a casa. Pero… ¿No dijiste tú hace unos minutos que sería buen luchador? — la sonrisa que le dedico se parece mucho más a la del viejo Ben que al actual, una torcida que está cargada de diversión e incluso cierta picardía. Me ahorro el detalle de que he estado en combate en más de una ocasión, esos son cuentos para otro momento, aunque este solo ha sido un encuentro casual entre dos extraños que posiblemente nunca más vuelvan a verse — ¿Necesitas que te acompañe a algún sitio? No me molesta el desviarme del camino. Dejar a alguien solo por las noches no es de buena persona — y, a pesar de todo, me gusta pensar que aún soy una — Sino… bueno, quizá deberé desearte suerte en tu búsqueda.
Benedict D. Franco
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Me surge una sonrisa inapropiada por tener que colocarme el traje de detective privado. ¿Yo? ¿Quién siempre dijo que le importaba muy poco las vidas ajenas? Estoy a punto, en serio, de sacarlo finalmente de su error. De decirle que ese no es el trabajo del cual vivo, como la mecánica me ha hecho quien soy, me incomoda cada vez más que se suponga algo diferente de mí. ¿Ser parte de toda una agencia de detectives? ¿Esto es una broma? Se parece. Niego con mi cabeza, moviéndola de un lado al otro y aparto los mechones que se quedan en mis labios. —Sólo soy yo— y es la primera vez, siento que en mucho tiempo, en que digo algo que no es verdad ni mentira. Porque sé que me encomendaron este trabajo, que deben haber otros que también buscan, pero en el hecho estoy sola. Era una tarea que asumí porque negarme si bien era una opción, hubiera sido tonto. Pensé en que podría demorar esta búsqueda a mi antojo, nunca consideré concretarla en un resultado. Porque cada minuto que derrocho sin respuestas, es un minuto que gano para seguir moviéndome a mi antojo. Me tiene moviéndome.

Serías un buen luchador, pero recuerda que eres solo un hombre— digo, con mi mano en alto para detenerlo, hay un destello de humor en mis ojos pese a la gravedad con la que hice mi declaración. —Memento mori— aclaro. Me rio un poco de él, de esa manera le hago saber lo estúpido que sería confiarse en que saldrá indemne de un posible asalto, si tiene la mala suerte de que tenga a más de uno como contrincante. —Yo hablaba de una pelea más o menos pareja, en el negocio clandestino de luchas también hay un par de reglas que respetar. Pero si al doblar la esquina te encuentras con una manada de vagos, soy yo la que tiene que desearte buena suerte…— muevo mi dedo índice en el aire y lo apunto. —Guárdate tu deseo de buena suerte, no lo necesito para mi búsqueda. A ti te vendrá mejor…—. Porque no espero encontrar a nadie. Hago un recorrido con mi mirada de la acera y de los edificios cercanos para descubrir si hay figuras agazapadas en sus sombras. Si pongo distancia, puedo desaparecerme cuando lo desee, no habrá riesgo para mí en esta noche.  —No, gracias, iré por mi lado. Bastante te he cuidado la espalda hasta ahora. Si me dices que te irás derecho a casa, puedo dar por cumplida mi misión— sacudo la mano en el aire, como si esto ya no tuviera importancia. —Y… suerte en encontrar a tu familia— esto último se enciende en mi mente como un último chispazo, lo digo en verdad.
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