The Mighty Fall
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VERANO de 247221 de Junio — 20 de Septiembre


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Tras años de represión y batallas libradas, hoy son los magos los que caminan en las calles más pulcras del Capitolio. Bajo un régimen que condena a los muggles y a los traidores a la persecución, una nueva era se agita a la vuelta de la esquina. La igualdad es un mito, los gritos de justicia se ven asfixiados. Existen aquellos que quieren dar vuelta el tablero, otros que buscan sembrar la paz entre razas y magos dispuestos a lo que sea para conservar el poder que por mucho tiempo se les ha negado. La guerra ha llegado a cada uno de los distritos. ¿Qué ficha moverás?
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2 participantes
Benedict D. Franco
Consejo 9 ¾
Aún tengo cenizas en la cara. Aún siento la sangre fresca en algunas zonas de mi cuerpo, justo por encima de las heridas que arden junto al dolor de los moretones. Todavía puedo ver el fuego, incluso cuando nos alejamos lo suficiente como para que lo único que pueda distinguir a la distancia es la nube negra que parece que no va a extinguirse jamás. Se ha acabado. Están muertos. Ya no hay nada.

En mi cabeza, las cosas están confusas. Quiero derrumbarme, quiero arrojarme en el césped y simplemente dejar de sentir las millones de emociones que explotan dentro de mi pecho. Terror, dolor, enojo, culpa, más dolor. No sé cómo controlarlo, jamás he sido bueno en ello. Es asfixiante y, sin embargo, solo puedo pensar en seguir huyendo. Es lo que me sale, porque mi instinto me impulsa a seguir conduciendo, oyendo el rugido de la moto surcando el cielo. Se ha terminado.

Siento a Alice aferrada a mí y yo me centro en esa idea, en ese contacto, para sentir que hay algo real que no me permite irme de boca al suelo. No sé qué decirle. No he visto a Murphy en todo el atentado y me temo lo peor, pero tampoco puedo preguntarlo, porque he visto esa explosión y sé que no hay manera de que haya sobrevivido. Sé que mi padre no lo ha hecho. O Ava. O Eowyn, Cale, Derian, Amber, Echo... Sophia. Mi amiga de toda la vida. Ya no hay nadie.

Mi alerta se enciende cuando oigo el caño de escape largar más de lo normal y la moto se sacude, por lo que bajo la vista e intento controlar el aparente desgaste — No, no, no, no ahora... — las montañas aún están lejos, debo llegar allí para buscar a los niños. Pero el vehículo vuelve a sacudirse y, haciendo un escándalo, empieza a perder altura — Mierda... No... ¡Alice, sujétate! — es el único consejo que puedo darle. Intento virar para no chocar contra las copas de los árboles y la moto cae pesadamente y con un estruendo sobre el suelo, levantando tierra hacia todos lados. El impulso de la velocidad hace que me sea complicado el frenar sin terminar en el suelo, hasta que consigo detener la moto con el impacto de la primera rueda contra un grueso árbol. Haber apretado los frenos antes ayuda a que no suframos más que una fuerte sacudida y que mi cuerpo se lance hacia delante con brusquedad, oyendo el ruido seco y metálico. El bosque se siente en paz, con las aves cantando en lo alto en burla de lo que nos pasó hace alrededor de una hora. O quizá fueron años, qué sé yo. Me llevo el brazo a la boca y todo, sintiendo el ardor en la garganta y los ojos — ¿Te hiciste daño? — los dos sabemos que ninguno está bien, así que esa pregunta parece un poco más correcta.
Benedict D. Franco
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Alice D. Whiteley
Consejo 9 ¾
Sé que no puedo dar marcha atrás en el tiempo, que lo único que me queda por hacer ahora es tratar de mirar hacia delante, y vivir. Aunque no es esa la palabra que busco, porque no hay forma de vivir después de lo que ha tenido lugar bajo nuestros pies, ahí donde el fuego sigue presente a kilómetros de distancia y la nube gris que surca el cielo sigue siendo imposible de obviar. No tengo fuerzas para seguir luchando por mi vida ahora que la guerra ya ha acabado, y aún así, mi cuerpo se encuentra tratando de sobrellevar los golpes sufridos sin la promesa de un futuro cercano.

Llega un momento en el que me obligo a mí misma a abrir los ojos, para hacer frente a lo que sea que haya que hacer frente. A la muerte, a la pérdida, a la culpa, a la ira, a las innumerables sensaciones que a partir de hoy van a sentirse como llagas en el pecho. Tengo los ojos abiertos, pero no veo nada más allá de las imágenes que sé que jamás van a borrarse de mi cabeza. Veo a mi hija corriendo hacia mí, a mí misma intentando alcanzar su pequeño cuerpo entre el baño de sangre, sin embargo, veo como la vida se va de sus ojos cuando le alcanza la ráfaga verde. De repente, no quiero presenciar nada más, y cierro los ojos con la misma fuerza que las lágrimas están a punto de salir de ellos para impedírselo. Las lágrimas no van a solucionar nada ahora.

Es la voz de Benedict entre la deseada tranquilidad que brinda el silencio lo que me hace darme cuenta de que, en efecto, estamos estancados en la realidad. Apenas frunzo el ceño en un gesto vago que siento como nuestro peso cae hacia delante por la potencia de la gravedad. Algunas ramas de los árboles rozan mi piel con brusquedad ante la inminente caída, por lo que me aferro al cuerpo de Ben incluso cuando ya hemos recibido el golpe contra el suelo. El posterior choque contra el tronco de un árbol provoca que mi cabeza junto con el resto de mi espalda se incline hacia delante. Me siento mareada, como si en cualquier momento fuera a perder la consciencia pese a que probablemente sea así. En ese momento, me trago las ganas de vomitar que suben por mi garganta, pero no la profunda tos que me invade de repente.

Ignoro su pregunta, no sé si por la estupidez de la misma o porque simplemente no tengo ganas de responder o de hablar tan siquiera. Me llevo una mano a la frente para estabilizar tanto mi eje como mis pensamientos, bajando torpemente de la motocicleta apoyándome en esta levemente por la inestabilidad de mi equilibrio, producto de tener los pies sobre el suelo después de tanto tiempo en el aire. Tengo el cuerpo magullado, heridas que estoy más que segura aún no han dejado de sangrar, quemaduras por todas las zonas de mi cuerpo, y cubierta en mugre y cenizas. – Tenemos que… debemos seguir. – No es una propuesta, es una orden. Estoy cansada, tremendamente agotada, necesito descansar, pero sé que de hacerlo, habrá tiempo para pensar, y no necesito pensar en lo que he perdido y que no volveré a tener, necesito seguir caminando. Caminar es lo único que me asegura que solo pueda pensar en lo cansados que están mis músculos, y en nada más. Ni siquiera tendré ganas de ponerme a llorar. Sin esperar respuesta, me dispongo a ponerme en movimiento, ¿hacia dónde? Dios sabe.
Alice D. Whiteley
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Benedict D. Franco
Consejo 9 ¾
Esto es un desastre. Mis ropas tienen retazos de la tortura que me ha sido infundada por días y ahora suma el decorado de un atentado que pude haber evitado, pero que no lo hice. Mi cuerpo no es más que un montón de piel de heridas sanadas debajo de heridas nuevas y mi mente no está lo suficientemente activa como para poder registrar lo que sucede alrededor. Todo se ha reducido a esta motocicleta, como si mi cuerpo no existiera. Me apoyo en el tablero y trato de respirar, buscando una calma que no siento. Estoy seguro de que si me pongo de pie, me caeré al suelo y jamás podré levantarme. ¿Qué tiene de malo darse por vencido de una buena vez? ¿Por qué seguir peleando? Una parte de mí, esa vocecita molesta que suena muchas veces como Sophia, me recuerda que Seth me necesita, porque él sigue vivo. Que Beverly, Zenda, Ken, Jared, Delilah y Kyle también están vivos. Que todos ellos me necesitan. ¿Pero qué sentido tiene, cuando llegas a este punto donde lo perdiste todo? ¿Por qué siempre me sucede lo mismo? ¿Por qué la vida no me deja simplemente morir de una buena vez y dejar que las cosas sigan su rumbo? Esto no habría pasado si no fuese por mi culpa. Esto es mi culpa. Siempre es mi culpa.

El movimiento de Alice es lo que me despierta de mis pesadillas vivientes y giro la cabeza, viendo como se mueve — ¿Seguir? — repito con la confusión pintada en cada aspecto de mi voz y mi rostro — ¿Seguir a dónde? — no sé a donde planea continuar a pie, en este estado, cuando parece que va a irse de bruces al suelo en un abrir y cerrar de ojos — Al, detente por un momento — me cuesta horrores, pero me bajo de la moto y busco acercarme a ella. Mi mano se mueve en el aire en busca de tomar la suya, pero no me atrevo. Solo es un roce de mis dedos a los suyos, porque tocarla se siente un pecado ahora que he causado todo este infierno. Debe odiarme, yo lo haría. Y aún así, mi instinto hace que tome sus dedos de una vez y tire de ella — No vas a llegar a ningún lado así. Puedo hacer que la moto funcione, solo debes darme unos minutos. Porque puedo arreglarla, ¿sabes? Es solo una moto. Tiene piezas, aceite… todo eso se arregla. Puedo arreglarlo… — y me lo repito, una y otra vez. Porque puedo hacerlo, porque si arreglo esto puedo arreglar otras cosas. Al final, tengo que soltarla para apoyarme en la moto y llevarme las manos a la cara, presionando los párpados cerrados. No, no puedo arreglarlo. Si reparo la moto, solo será eso, una moto. No hay nada que pueda hacer.

Lo siento… — no sé por qué me estoy disculpando, si no tiene sentido que lo haga. Dejo caer las manos y bufo, empezando a sentir el picor de la mugre y la sangre — No sé qué hacer, Al. No sé cómo… — muevo las manos, alzándolas en frustración. Nada de esto tiene sentido — No sé cómo seguir — porque eso ha dicho ella. Hay que seguir. ¿Pero cómo y a dónde?
Benedict D. Franco
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Alice D. Whiteley
Consejo 9 ¾
Apenas soy consciente del roce de su mano hasta que un tirón hace que frene mis pasos, dándome la vuelta por inercia de forma bastante brusca ante la ilusión de una posible amenaza. Mis ojos ruedan a nuestro alrededor alerta a cualquier cambio que indique que estamos en peligro, pero terminan posándose en Benedict tras identificar su figura como la culpable de que mis piernas hayan dejado de moverse. – No lo sé. – Me cuesta tanto reconocerlo como el hecho de que estoy lo suficientemente derrotada como para no querer seguir respirando. Es ahora, cuando la adrenalina ya ha desaparecido por completo, que puedo sentir cada una de las emociones que me consumen al punto de no saber como reaccionar.

Mi frente se arruga mientras trago saliva e intento por todos los medios que las lágrimas no se apoderen de mí, porque si las dejo, no creo ser capaz de pararlas nunca. – ¡No! ¡Basta! ¡No puedes arreglarlo! No puedes arreglar nada de esto, ¡se acabó, Benedict! Se ha acabado. – No sé como soy capaz de abarcar lo que ha pasado hace unas horas con el hecho de que la moto ya no funcione, pero lo hago. Porque una parte de mí quiere creer que ha terminado, una parte creyó que todo había terminado cuando Jamie Niniadis desapareció del catorce, después de tirar las bombas que lo dejaron en cenizas. Pero no, esto solo acaba de comenzar. Comienza por no conocer qué dirección tomar a continuación, por lo que vamos a hacer a partir de ahora sin un lugar que nos acoja; empieza por no saber como vivir en un mundo donde mi hija ya no es parte de él. – Nada se va a solucionar. – Me doy la vuelta, llevándome una mano a la cabeza y cerrando los ojos con fuerza porque la situación se me queda demasiado grande, y también porque no quiero ver su cara ahora mismo.

¿Lo siento…? ¡¿lo siento?! – En ese instante es cuando sí me obligo a mí misma a hacerle frente al asunto, dando pasos aligerados hacia él con la rabia grabada en mis ojos. – ¡Lo siento no va a traerla de vuelta! – Estoy a punto de golpearle, lo sé, y quiero hacerlo, pero en el último momento mi brazo vuelve a mi rostro para apartar las lágrimas que no puedo controlar y tratando de calmar mis nervios. Me toma unos minutos en los que permanezco completamente en silencio, recuperando ligeramente el ritmo de mi respiración junto con la regularidad de mis latidos.

De todas maneras, no sirve de nada porque cuando vuelvo a levantar la vista hacia él, los recuerdos parecen aglomerarse en mi cerebro sin oportunidad ni vía de escape. – ¿Por qué, Ben? – Doy un paso hacia él, y con ello, mi mano izquierda le da un empujón en el pecho apenas con fuerza y que no le empuja lo suficiente como para siquiera notar el movimiento. – ¿Por qué mierdas nos vendiste? – Esta vez utilizo mis dos manos para volver a posarlas sobre su cuerpo e impulsarle hacia atrás con más fuerza. – ¿En qué momento decidiste que te éramos indiferente? – Otro golpe más, esta vez utilizo uno de mis puños, pero estoy tan débil que no creo que lo sienta apenas. De repente mi respiración se torna pesada, al punto de que tengo que inspirar aire con un esfuerzo que ahora mismo se siente sobrehumano. Empiezo a jadear y noto que entre una inhalación y otra me falta oxígeno, sin embargo, no puedo frenarme. – ¡Lo prometiste! ¡Prometiste que no te irías, que no nos harías daño! - ¿Por qué yo puse tanto valor a sus palabras cuando él ni siquiera pretendía cumplirlas? Me odio a mí misma por creerle, y a él por permitirlo. Levanto el brazo para golpearle de nuevo, pero se queda en un intento cuando siento todo el peso de la realidad sobre mi cuerpo y la necesidad de dar unos pasos hacia atrás.
Alice D. Whiteley
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Benedict D. Franco
Consejo 9 ¾
Nada se puede solucionar, ni aunque pueda hacer que la moto funcione de nuevo. Porque es muy simple: no hay lugar dónde pueda llevarnos que pueda significar algo bueno. Ya todo quedó atrás, donde se consumió por el fuego. Tengo incluso el pesar de recordar a Gigi, los rincones de la casa que vi explotar y me pregunto cómo es que todo fue tan efímero y frágil. Me he sentido desgraciado y a punto de la locura en el pasado, pero creo que ahora estoy alcanzando mi límite. Que nadie me venga ahora con pensamientos positivos y tintes de esperanza, no cuando todavía tengo toda la mierda pegada en mi piel.

Los gritos encolerizados de Alice me ponen alerta y lo primero que hago es retroceder cuando ella avanza hacia mí. Lo que dice es lo que me confirma lo que sospechaba: Murphy no lo ha conseguido. Y siento un dolor punzante, un frío espeluznante que se funde en mi pecho y me estremece las entrañas, porque aunque abra la boca para decirle algo, tengo que cerrarla porque no encuentro las palabras. No puedo pensar en la niña como alguien que se ha apagado. No puedo pensar en Alice como alguien que tiene que sufrir un dolor que yo no conozco. En segundos me doy cuenta de que quiero sanarla, quiero solucionarlo y también sé que no puedo hacerlo. Es por eso que me quedo callado y no contesto cuando empieza a hacerme preguntas que yo mismo me he hecho. Sus empujones son débiles, aún así me presionan algunas heridas y no me quejo, porque sé que lo merezco. La dejo, apenas balancéandome hacia atrás por los golpes que me propina y sin siquiera molestarme en detenerla — Yo no… — quiero explicarle lo que ha sucedido, pero ella no va a comprenderlo. Tampoco quiero excusarme, no se merece que lo haga. Pero tampoco voy a ocultarle mi verdad — ¡No fue cómo tú crees! — intento atajarla cuando veo que se va hacia atrás y temo que termine en el suelo, así que vuelvo a romper la distancia y esta vez soy yo el que la toma por los brazos — ¡Yo no los vendí! ¡Jamás pensé que no fueran importantes! ¡No sabes de lo que estás hablando! — el recuerdo de la última semana y pico que pasé en las mazmorras de los Niniadis es demasiado reciente y fresco como para no sentirme acongojado. Hay visitas que no se van a ir nunca, en especial porque quedaron grabadas en mi piel — Jamie, ella… no sabes lo que fue no enloquecer… — a pesar de que la sacudo, mis dedos aflojan el agarre y, poco a poco, la suelto — Y cuando Sean apareció y … quise asegurarme que él solo quería… — ¿Encontrar a Seth? ¿Cerrar un trato que era justo para ambos? Noto los ojos llorosos, pero aún así tengo el rostro crispado — No pensé que esto pasaría. Confiaba en él — puede que estuviera con Jamie, pero Sean siempre tuvo una entereza diferente al del resto de los magos de NeoPanem. Él permitió que mi amistad con su hijo creciera, me compró en el mercado para que Seth pueda protegerme y detuvo a la loca de su esposa cuando la encontró torturándome. Sé que él no creía en las políticas extremistas de un gobierno al cual defendía, incluso vi cómo discutía con su mujer en el puente. Esto no tendría que haber sido así y sin embargo…

Doy unos pasos hacia atrás y, en cuanto mi espalda choca contra un árbol, me dejo caer hasta apoyar mis codos en mis rodillas y así puedo cubrirme el rostro con las manos. Siento vergüenza, decepción conmigo mismo. Me siento temblar y sé que no es de frío, porque es un día extrañamente caluroso — Pasé como dos semanas en el calabozo de Jamie Niniadis — mi voz suena un poco ahogada, así que dejo caer las manos para poder mirarla — No es una excusa. Puedes odiarme si quieres, yo también lo haría. No quieres saber siquiera las cosas que me ha hecho — pero creo que quedan en evidencia. Mi cuerpo ya no es lo que era — Pero ella no ha escuchado de mí dónde estaba el catorce. Ni siquiera cuando me ofreció algo a cambio — lo que sucedió con Sean, esa es otra historia y donde me equivoqué.
Benedict D. Franco
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Alice D. Whiteley
Consejo 9 ¾
Le miro con furia mientras aprieto con fuerza un labio sobre otro cuando su agarre me obliga a dirigir la atención a su rostro y no puedo hacer más que escuchar como niega todo lo que he estado diciendo. – ¿Ah, no? ¡¿Y cómo fue entonces?! – Porque a no ser que estuviéramos en dos realidades distintas, cosa que me gustaría mucho ahora mismo, la imagen de Jamie Niniadis destruyendo todo a su paso me quiere sonar a la misma situación que he descrito. Acompaño sus sacudidas negando con la cabeza y mordiéndome el labio inferior, me da igual las veces que me grite que no es verdad que no le importamos, para mí lo dejó bien claro con las decisiones que tomó en su momento. – ¿No es verdad que te fuiste? ¿No es verdad que nos dejaste a sabiendas de lo que podía pasar si te marchabas? ¡Nos pusiste en peligro el día que pusiste un pie fuera del distrito! – Echo mi cuerpo hacia atrás, apenas pudiendo mirarle a la cara. – ¿Y todo por qué? ¿O debería decir por quién? ¿Tu ego no fue capaz de soportar que no aceptáramos a una extraña por lo que es? – Todos esos años enseñando a los niños a no confiar en los desconocidos, a protegerse de quienes no son de casa, cuando el primero en incumplir esa norma es una de las personas en quien más confiaban. – Abandonaste a tu familia, a tus amigos, a mí, por una mujer que ni siquiera sabe por lo que hemos pasado, ¡que no ha tenido que vivir como nosotros lo hicimos! – No tengo ni que hacer esfuerzo por soltarme porque él mismo lo hace. – Ni siquiera te reconozco. – Duele asumirlo, casi tanto como duele escupirlo en voz alta.

No sé de donde saco la energía para seguir discutiendo cuando lo único que quiero hacer es tirarme al suelo y no despertarme jamás, pero de alguna manera consigo elevar la voz una vez más. – Ahí estuvo tu error, confiaste en la persona equivocada, me da igual lo que hiciera por ti todos esos años. ¿Pensabas que te estaba tratando como a un igual? ¿Que te estaba haciendo un favor? – No entiendo como pudo ser tan estúpido de confiar en la mano derecha de Jamie Niniadis. – ¡Seguía siendo el enemigo cuando te encadenó en su propia casa y lo sigue siendo ahora! – No se puede tratar con estas personas, no se puede creer a alguien que se dedica a observar como otra extingue a una raza entera en lugar de convivir en paz. Ni siquiera un poblado lleno de niños inocentes y ancianos como lo era el catorce fue capaz de dejar desapercibido. Ese es el tipo de personas con las que estamos tratando.

Quiero alejarme, deseo con todas mis fuerzas poder encontrar un camino que seguir y al que poder aferrarme, porque quiero estar sola, pero a la vez, no soy consciente de lo que podría llegar a hacer de estarlo. Los recuerdos aún están demasiado presentes, casi tanto que aún puedo sentirlos en mi cuerpo, y hablar de ello no mejora a que las imágenes desaparezcan, pese a saber que no lo harán nunca. Por el rabillo del ojo puedo ver como Benedict se deja caer sobre un árbol hasta terminar en el suelo, de manera que tengo que armarme de valor para no hacer lo mismo sabiendo que mis piernas tampoco aguantarán por mucho tiempo. Sus palabras llegan a mis oídos, e intento ignorarlas, aunque el ceño fruncido evidencia que no es así. – Tienes razón, no quiero saberlo. – Me callo, porque no tengo nada más que hacer, no sé que más decir, no sé que clase de palabras son las que busca escuchar de mí, puesto que ni yo misma conozco las que me reconfortarían a mí.

Le doy la espalda, apartándome el pelo de la cara a sabiendas de que no va a hacer nada para mejorar mi aspecto, aunque tampoco es que lo busque. Necesito tiempo para mí y para asimilar la nueva situación a la que me enfrento, cuando no creo que exista tiempo suficiente siquiera. Camino unos pasos permitiendo que la distancia se interponga entre nosotros, tapándome la boca con la mano en un intento de evitar que el llanto se haga audible a cualquiera que esté cerca. No necesito esto, ninguna reacción que pueda tener va a cambiar las cosas. Y creo que es eso lo que hace que extienda el brazo para apoyarlo sobre un árbol y poner todo mi peso sobre él: la soledad que me invade y que choca contra mí incluso más que la propia realidad. Está muerta y no va a volver, se ha ido y una parte de mí ha muerto con ella.
Alice D. Whiteley
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Benedict D. Franco
Consejo 9 ¾
Cada una de sus frases me golpea con fuerza, dejándome en mi sitio con expresión de confusión y negativas constantes de mi cabeza. Porque jamás pensé que ellos estaban en peligro, porque nunca quise ocasionar ni un solo problema, porque el marcharme no tendría que haber terminado en tragedia. Ellos eran muchos, eran fuertes, no me necesitaban para funcionar. Y entonces mete el dedo en la llaga — No fue por ella… — hay una incomodidad diferente en meter a la rubia en la ecuación, proveniente de esas extrañas dos semanas donde hemos vivido una existencia paralela a la realidad que hoy conocemos — ¡No metas a Arianne en todo esto! ¡La llevé al catorce porque creí que ese podría ser su lugar, pero ustedes decidieron juzgar antes de siquiera tener una idea de cómo eran las cosas! — no me oyeron, no quisieron siquiera darle una oportunidad. Mis bramidos se detienen con esa última declaración, que se siente como si hubiese metido un dedo en una de las heridas abiertas de mi piel. Acabo bufando con sarcasmo, arrugando un poco la nariz con desdén — Bien, ya somos dos entonces — no me reconozco a mí, no la reconozco a ella. No entiendo quienes son ese par que alguna vez supo acurrucarse en la cama y bromear en los desayunos. Es como si hubiese un velo sobre esos recuerdos, haciéndolos irreales.

¿Y crees que no lo sé? ¿Crees que no me culpo por ello? — no necesito que me diga mis errores en la cara porque puedo verlos con claridad. Nada va a cambiar el hecho de que esto hubiera sido diferente si mi cabeza no hubiese dudado y sucumbido. Pero tampoco importa, porque ella se aleja con una determinación y negativa que me deja quieto en mi lugar, siguiendo con la mirada el andar que crea una distancia nueva e impenetrable entre nosotros. Se lo concedo, le permito el duelo que yo también debo realizar y me quedo callado, comiéndome palabras y angustias en un suelo que parece demasiado inmenso como para poder abarcarlo todo. Pienso en mi padre, en nuestras peleas, en todo lo que jamás pude decirle o escuchar de él. En si existe alguna posibilidad de que el fuego no lo haya hecho cenizas, incluso cuando sé que estoy tratando de mentirme a mí mismo para que la realidad duela menos. No quiero pensar en el resto, me niego a creer que estamos solos. Me presiono el pecho con una mano y lo masajeo. No sirve, nada sirve para calmar la angustia.

No tengo idea de cuánto tiempo estamos en silencio, pero me obligo a alzar la voz — Le prometí a los niños que alguien iría por ellos — es la idea más clara que tengo. No puedo caer, no puedo permitirme el dejarlos solos. Quizá su necesidad puede ser mi motor. Quizá, si siento que puedo arreglar aunque sea una cosa, pueda encontrar la motivación para ponerme de pie. Lo intento, apoyando una mano en el árbol y moviendo un cuerpo agotado hasta que mis piernas me sostienen — Nos necesitan, Alice — si nadie más ha sobrevivido, significa que nadie irá a por ellos en el refugio. Además, las indicaciones provinieron de mí y no pude decirle a ninguno de los otros, aunque espero que, de estar vivos, sepan usar la lógica del refugio más cercano. Pero lo dudo, dudo que alguno siga respirando, no después de esa explosión. Intento caminar, pero sé que no llegaré a ningún lado en este estado y ella tampoco.

Por el curso que tomamos, tiene que haber un arroyo cerca — intento usar la lógica, pero me cuesta hacer arrancar esa parte de mi cerebro — Intentaré lavar mis heridas, solucionar el problema de la moto e ir al refugio. Te aconsejo que hagas lo mismo — sé que no quiere hacerlo, sé que probablemente ahora solo quiera desaparecer, pero no es algo que le voy a permitir. Me atrevo a mirarla, suavizando las facciones — Al… ven conmigo. Necesitaré de tu ayuda — no solo para curarme. No puedo hacer nada de esto solo.
Benedict D. Franco
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Alice D. Whiteley
Consejo 9 ¾
Que me grite es suficiente incentivo para que mi cara se transforme en una enorme indignación, frunciendo el ceño inevitablemente pese a que no creo que esa expresión haya cambiado en todo lo que llevamos discutiendo. – No te confundas, juzgamos a una persona que trabaja para Jamie, que vive en la comodidad de su casa mientras miles de personas sufren las consecuencias. Yo no la metí en todo esto, tú decidiste meterla el momento en que la elegiste por nosotros. – Si él quiere pensar lo contrario para poder dormir bien por las noches, adelante, pero nada de esto habría pasado si no la hubiera traído hasta allí. Porque hasta este momento no me había dado cuenta de la importancia que tiene la figura de Benedict en mi vida, o tenía al menos, hasta el punto de que, si no se hubiera marchado, las cosas seguirían como siempre. Eso me da rabia, me prometí que no dejaría que nadie volviera a traspasarme, y al final mira como terminaron las cosas. – Yo no soy la que ha cambiado. – Y si lo hice, no fue poniendo las vidas de los que me rodean en riesgo. Si lo hice fue para bien, para mejorar, porque quería hacerlo, por él, alguien que se suponía me importaba lo suficiente como para querer cambiar. Ahora está claro a donde me ha llevado la confianza, a una miseria tan profunda que no sé como voy a ser capaz de salir de ese pozo o de siquiera poder hacerlo.

No sé qué es lo que esperas de mí. – Ha dejado claro que no necesita que le recuerden lo que ha pasado, sin embargo, él ha sido el primero en tratar de excusarse por un comportamiento que no tiene perdón. O que, si lo tiene, costará mucho que salga de mi boca. Si esperaba comprensión, no se la voy a dar, porque no creo que la merezca y porque tampoco creo que vaya a solucionar ninguna clase de conflicto interno que esté teniendo consigo mismo. Esta vez no puedo ayudarlo a sanar sus errores.

La decepción que siento conmigo misma tanto como con él es tan grande como la distancia emocional que existe entre los dos. Noto la frustración crecer en mi garganta por haber dejado que una persona vuelva a abrir la herida que tanto me había costado cerrar, y por no haber sido lo suficiente para mi hija. Por no haberla salvado ni protegido de nada de esto, incluso cuando son problemas que se salen de mi alcance. Quizás tuve el error al llevármela conmigo, pudiendo haberla dejado con su padre; allí hubiera crecido en un mundo donde las preocupaciones del catorce no fueran más que un sueño absurdo. Ni siquiera hubiera necesitado preguntar por su madre, él se hubiera asegurado de eso. Sin embargo, ¿cómo dejarla si era lo único a lo que podía aferrarme y reconocer como mío?

Apenas me percato de que las lágrimas han vuelto a salir de mis ojos, de forma que las aparto bruscamente como si jamás hubieran estado ahí, arrancando de cuajo cualquier emoción que pueda estar sintiendo en el momento. – Bien. – Formulo como respuesta a su petición, dándome la vuelta para comprobar que su figura está a poca distancia. Si yo no pude hacer nada por Murphy, asegurarme de que otros no tengan que pasar por lo mismo es lo único que me motiva a poner un pie delante de otro. De alguna manera, escuchar que alguien me necesita es sinónimo de seguir con vida, incluso cuando nada me gustaría más que no hacerlo.

Hasta que no menciona el arroyo no me doy cuenta de la sed que de pronto me invade, consecuencia de no haber parado de movernos en las últimas horas y del estrés al que nos hemos sometido. – Busquemos el arroyo, cuanto antes lleguemos antes podremos seguir. – Lo más sensato sería descansar, esperar a recuperar la energía perdida y a que por lo menos las heridas dejen de sangrar, pero pronto caerá la noche y de nada servirá haber desperdiciado las últimas horas del día en mejorar un estado que permanecerá toda la vida. – Te ayudaré a caminar si no puedes solo. – Hago esa declaración como si yo misma fuera a tener mayor resistencia, pero puesto que su cuerpo ya viene de ser maltratado por días anteriores, considero que el que necesite la ayuda es él y no yo. También me sirve de excusa para no tener que mirarle si estoy concentrada en mover no solo mi cuerpo si no el suyo también. Me acerco para sujetar su brazo y colocar parte de su peso sobre el mío, advirtiendo de las heridas que cubren las zonas que no están tapadas por sus ropas para evitar presionar demasiado donde no debería.
Alice D. Whiteley
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Benedict D. Franco
Consejo 9 ¾
Arianne no tiene nada que ver con las decisiones de Jamie Niniadis, esas que nos arrastraron a ser quienes somos en un momento como este. Ella me ha ayudado, me ha acogido y protegido todo lo que ha podido, pero explicarle esto a Alice es en vano. Porque a sus ojos, lo único que saben de mí es que me he marchado con una jueza del Wizengamot y regresé con el consejero de la ministra. Jamás podrá comprender lo que yo puedo ver — Yo no he cambiado. Es lo que tú decides creer — si vamos al caso, siempre pensé que ella podría comprenderme y ahora mismo no lo está haciendo. Alice se convirtió en mi roca en los últimos meses. No era lo mismo con Seth o Sophia, cuyo matrimonio les pertenecía y eso me volvía parte de una burbuja diferente. Por un momento, demasiado efímero, había creído que podríamos ser un buen par. Uno que pudiese moverse en sintonía y acompañarse en las desgracias. Parece que no es así y solo me he equivocado, una vez más.

¿Qué espero de ella? Nada. No espero que me perdone, no espero que me quiera, no espero que empuje el odio que sé que debe sentir. No le contesto, creo que queda implícito en mi significativo silencio. No podría esperar nada de una persona que lo ha perdido todo y a quien no le puedo reclamar más que una simple comprensión respecto a un punto de vista que ignora. Siento que algo se quiebra, como si a partir de este momento estuviéramos tomando caminos diferentes a pesar de que es lo último que me queda. No puedo aferrarme a ella, ni aunque así lo quiera. Hay muchas cosas que no le he dicho y que solo me confirman que nuestra relación estaba fallida desde un primer momento.

Me sorprende que no me discuta. Lo que me descoloca un poco es que se acerque, seguro de que no querría volver a tocarme — No es necesario… — no alcanzo a completar la frase, que mi brazo ya está rodeando su cuerpo e intento no ejercer demasiado mi peso sobre el suyo. Con un suspiro, mantengo la vista al frente y me ayudo con ella para caminar, sintiendo el cansancio y el dolor regresar a mis piernas — Será fácil ubicar la moto para regresar. Trataré de solucionarlo antes de que anochezca — movernos a pie solo nos hará lentos y vulnerables. Manejar la moto será ruidoso y complicado en el bosque, pero nos volverá mucho más rápidos. Podemos llegar a los niños mañana si todo sale bien. Ruego que así sea.

Encontrar el arroyo, en efecto, no nos toma demasiado. Aquí la corriente es más lenta y no tiene tanta profundidad, así que me despego de ella sin preocuparme por ser arrastrado. Con movimientos lentos que evitan el tirón de mis músculos, me arrodillo frente al agua cristalina y puedo ver la sombra de mi reflejo. Apenas reconozco mis ojos entre tanta mugre. El líquido se me patina entre los dedos al beber con urgencia, hasta que hundo de lleno la cabeza y la froto con la diestra, tratando de quitar la capa de porquería que se me ha pegado a los poros. Nuca, orejas, cabello, clavículas. Considero meterme por completo, pero por alguna razón se siente incorrecto. No por la desnudez en sí, porque sé que no tengo nada que ella no haya visto, ni tampoco por las heridas que debería curar. Sino más bien porque siento que cualquier tipo de intimidad o confianza ahora sería algo cuestionable. Me acomodo, quito mis zapatos y meto los pies en el agua helada, aprovechando a que se relajen mientras trato de quitarme la sangre seca de uno de los brazos. Un ave canta sobre nuestras cabezas, posado en una rama totalmente ignorante a los problemas que nos competen — ¿Te han herido mucho? — no puedo contener esa parte de mí y le lanzo una mirada furtiva, tratando de adivinar con un simple testeo visual — Quizá podamos encontrar algunas plantas que puedan sernos de ayuda. El bosque está lleno de ellas, en especial cuanto más avancemos hacia las montañas — arrugo la nariz cuando se me quiebra una cascarita y presiono un poco la sangre fresca. Esto llevará un buen rato.
Benedict D. Franco
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Alice D. Whiteley
Consejo 9 ¾
Puede que tenga razón, que no haya cambiado y simplemente me esté negando a ver una realidad que no deseo conocer. Porque me cuesta creer que el Ben que me enseñó a querer de nuevo es el mismo que decidió tirarlo todo por la borda. Aun así, una parte de mí se siente culpable por haber querido demasiado en una relación que hasta este momento no me había dado cuenta de que no era recíproca. No puedo comprender sus acciones, cuando son las mismas las que me han arrancado todo a lo que podía aferrarme. Ahora no sé de dónde tirar para seguir adelante, no sé a donde se ha ido la conexión que alguna vez tuvimos, pues lo único que nos une ahora es la desesperación por las circunstancias que se nos han otorgado.

Saco las fuerzas de donde no las hay desde hace tiempo para sostener no solo mi cuerpo sino el de Ben también. Nuestros pasos son igual de cortos como lo son lentos, consecuencia de no saber con certeza donde se encuentra el arroyo y del estado deplorable en que nos encontramos. Para nuestra suerte no es muy difícil seguir el camino cuando el sonido del agua comienza a hacerse más intenso, de manera que cuando llegamos puedo soltar a Benedict y observar como se acuclilla ante las aguas cristalinas antes de imitar su comportamiento en un gesto sumamente intuitivo. En cuanto meto las manos en el agua la suciedad comienza a desprenderse inmediatamente, hasta que necesito de frotar con mis dedos para poder quitar la mugre que el agua no ha sido capaz de hacer por sí sola. Pese a que por momentos mi piel vuelve a lucir limpia y blanca, nada me gustaría más que poder sentir lo mismo por dentro.

Recojo un poco del líquido transparente con mis manos para rozarla con mis labios, sintiendo el paso del agua por mi garganta como si hubieran pasado semanas desde la última vez que la probé. Apenas he utilizado la misma para repetir el proceso de limpieza con mi rostro cuando dejo caer mi peso sobre la hierba y aprovechar la cercanía del agua para limpiar las heridas más presentes. La sangre de mi frente está seca de uno de los tantos golpes que he recibido, de manera que no le doy demasiada importancia. – Estaré bien. – No sé de donde saco la seguridad con la que digo esas palabras cuando ni siquiera puedo frenar el temblor de mis dedos mientras trato de deshacer el nudo de la tela que protege la herida de mi pierna. Supongo que es el único modo que tengo de asegurarme a mí misma de que será así, de que terminará pasando, por mucho que duelan las cicatrices que dejarán los recuerdos. No sé hasta que punto será cierto, dado que estar bien no combina con el agujero que sé que crece en mi pecho con cada latido de mi corazón.

Me armo de valor para deshacer la atadura y revelar un corte profundo, pero que por lo menos ha dejado de sangrar. A falta de equipo médico necesario para tratar este tipo de lesiones, vierto agua sobre ella intentando que haga un efecto parecido al desinfectante. No necesito más que un rápido vistazo para declarar que no hay ningún rastro de bacteria, lo que me da la primera buena noticia del día dentro de las posibilidades. – Buscaré algo para las quemaduras mientras te ocupas de la moto, de camino he visto algunas que puedan servir como calmantes. – Apunto tras un intento de lavar el paño en el agua y volver a proteger la incisión con el mismo. – Debes limpiar tus heridas antes de que se infecten y ten cuidado de que no rocen la ropa, lo mejor es dejarlas al aire si no son muy profundas. – Por ahora, hasta que encontremos algo que nos ayude a curarlas. Flexiono la rodilla para ponerme en pie, si hay algo que no le puede negar con los conocimientos que poseo es el derecho a ser socorrido.
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Benedict D. Franco
Consejo 9 ¾
Quiero creerle que estará bien, pero no es tan sencillo. Intento apartar eso de mis pensamientos en busca de las heridas que decoran mi piel. Hay una leve quemadura en un brazo, pero es simplemente superficial y sé que se irá con el tiempo. Si levanto un poco la remera, puedo reconocer los moretones, los cortes nuevos y algún que otro que aún no ha terminado de cicatrizar. Sean y su elfo fueron de ayuda, pero no he sanado del todo; si vamos al caso, el corte que Jamie me ha hecho en la pierna hace dos semanas parece arder nuevamente por culpa de las nuevas heridas. No sé muy bien por dónde empezar, así que me acomodo lo suficiente como para poder limpiar mi costado izquierdo, torciéndome un poco. Su declaración me parece una buena resolución, en parte porque también eso significa que me ha escuchado y no pretende seguir peleando, al menos por ahora — Si quieres que me desnude, podrías pedirlo de otro modo — es una broma que pretende aligerar el ambiente, pero pronto puedo decir que no hay manera de que eso funcione como antes. No es momento para chistes, no hay ánimos para hacerlos, ni siquiera mi voz hace que suene como uno. Levanto la vista del corte que estoy tratando de curar y la miro, haciendo una mueca — Ya sabes lo que quiero decir. No tengo ropa limpia, airear será un poco complicado. Y lavar las prendas nos tomará mucho tiempo — eso es algo que no tenemos. Tiempo.

La mirada baja de su rostro a su pierna herida y, a pesar de que no me encuentro en mejores condiciones, mi reacción automática es el incorporarme un poco, como si pudiese acortar los metros que nos separan en un intento de serle de ayuda a pesar de que no me muevo de mi sitio — Si necesitas ayuda… — sé que no seré un buen asistente, pero no quiero dejarla sola. No puedo dejarla sola. No le doy muchas vueltas cuando, con resignación, corto un trozo de mi remera haciendo uso del agujero creado por Jamie y sus hermosos trazos de tortura. Intento limpiarlo lo más que puedo con el agua e improviso un vendaje alrededor de mi torso, presionando la herida más profunda — Nunca he sido bueno con esto de la medicina — confieso con un comentario al pasar — Puedo con cosas básicas, pero jamás he tenido tu mano o la de Seth — o la de Arleth. Pensar en ellos me causa una punzada que intento ignorar. Al menos, debo recordarme que uno sigue con vida. Jamie no mataría a su hijo… ¿O sí?

Intento ponerme de pie para ir hacia la moto, no muy seguro de haber hecho un trabajo fino y tambaleándome por un cuerpo debilitado y goteando agua. El sonido del arroyo es lo único que retumba entre nosotros por unos segundos, así que seré sincero, una vez más — No seguirás conmigo en cuanto encontremos a los niños, ¿verdad? — repentinamente, la idea me asusta. Ahora tenemos una misión en común, pero luego somos libres de tomar caminos opuestos. Una parte de mí sabe que Alice buscará alejarse y no volver a verme y no puedo culparla y sé, muy a mi pesar, que esto ha sido todo.
Benedict D. Franco
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Alice D. Whiteley
Consejo 9 ¾
No me creo que haya sido capaz de hacer una broma sobre la desnudez dadas las circunstancias y a estas alturas de la película, razón por la que decido ignorarle y centrar mi atención en tareas más importantes como tratar de despegar las mangas de la camiseta sin levantar la piel que ha sido carcomida por el fuego. – Con el calor de verano no vamos a necesitar tanta ropa encima, no te digo que te desnudes, pero si no quieres contraer una infección es mejor que laves todo de lo que puedas prescindir. – Que viene siendo la chaqueta y poco más, la verdad. Lo mejor sería deshacernos de toda la mugre y suciedad que llevamos encima, pero como ninguno de los dos parece estar dispuesto a meterse en el río al descubierto, esto tendrá que bastar. El tiempo también es un factor que juego en nuestra contra, pues, aunque haya dado comienzo el verano, esperar a que las prendas terminen de secar no es como nos gustaría pasar las pocas horas de luz que nos quedan.

Levanto disimuladamente la mirada hacia él, observando el aspecto en que están sus heridas para hacer una valoración del estado en que se encuentra para decidir si es buena idea que camine pudiendo estar arreglando la moto sin el esfuerzo que conlleva trasladar un cuerpo magullado. – Iremos a recoger las hojas necesarias y después arreglaremos la moto. – Acepto, engatusada por la idea que me invade de repente de no querer ir por mi cuenta. No por miedo a que algo ocurra estando separados, sino al hecho de quedarme sola y no saber lo que hacer a continuación. Extrañamente me es más fácil guiarme por las obligaciones del resto que por las mías propias, ahora que soy consciente de haber perdido el ritmo de lo que una vez fue mi vida. – No lo aprietes tanto o cortarás el riego sanguíneo. – Murmuro analizando el vendaje que improvisa justo cuando menciona no tener un estricto conocimiento de la medicina.

Su pregunta me toma por sorpresa, descolocándome los pensamientos al punto de tener que regresar la mirada al agua del arroyo mientras una arruga aparece en mi frente. Hasta el momento no había pensado en la remota posibilidad de marcharme, porque los niños siempre han sido nuestra prioridad y lejos de eso no ha habido espacio en mi cabeza para pensar en más allá. La reflexión de si confesar o no lo que pienso es lo que me toma unos segundos contestar a su pregunta. – ¿E ir a dónde? No tengo ningún lugar al que ir. – La respuesta deja lugar a incoherencia, puesto que a partir de este momento ninguno tiene un sitio que buscar; a lo que me quiero referir entre líneas es que no hay nadie que necesite de mí. Para él es diferente, tiene a su hermana pequeña a quien proteger, a Beverly, el hijo de su mejor amigo a su cargo, si es que consiguieron llegar al refugio. ¿Para mí? Entregarme sería lo más adecuado, terminar con esto de una buena vez, tampoco es como si importara después de todo. Podría dejar mi cuerpo ser arrastrado por la corriente hasta ahogarme o golpearme el cráneo con la primera piedra que encuentre que la diferencia sería la misma. – Estoy aterrada, Ben. – No sé cómo hago para reconocerlo en voz alta, pero lo hago, incapaz de mirarle a la cara por mucho más de un segundo antes de volver a apartar la mirada. – Nada de esto tendría que haber ocurrido y aun así ha pasado. Y ahora… ahora no sé qué hacer. No sé cómo funcionar, porque es evidente que tú ya has escogido, Murphy no está, todos se han ido. – Siento como se me corta la voz cuando pronuncio el nombre de mi hija, pero me obligo a finalizar. – No sé como seguir adelante. – Sin nadie, sin nada a lo que aferrarme siquiera. Lo que más he querido y sigo haciendo en esta patética vida que es la mía ya no está, de la misma manera que parece haberse disipado lo que alguna vez tuvimos entre nosotros.
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Benedict D. Franco
Consejo 9 ¾
Hojas. Moto. Aprovechar la noche lo que podamos y continuar el camino. Parece una seguidilla sensata, incluso cuando los dos sabemos que tendríamos que tomarnos un momento para sanar. El repentino consejo hace que me fije en el vendaje y lo chequeo, aflojando el agarre un poco pero manteniendo la firmeza. Puedo sentir como se humedece un poco por la sangre que sigue fresca, pero opto por pensar que terminará cortando en algún momento. Al menos, no es el sangrado de una herida recién hecha.

No, no hay un lugar a donde ir, pero es mejor apuntarle a la nada que quedarse en un mismo sitio, esperando que la muerte toque la puerta. Incluso cuando pienso que ellos ya no están, que lo hemos perdido todo, que no hay razones para seguir luchando. Es difícil tratar de mantenerse de pie cuando todo parece gris, pero el instinto de supervivencia es lo que hace que dé un paso más en su dirección, tratando de eliminar una distancia que hemos impuesto de manera implícita — ¿Qué se supone que he escogido? — jamás he tomado una verdadera decisión en todo esto, salvo el ir por los niños y, si es posible, volver a encontrar a mi mejor amigo. Sé que de momento eso es imposible, que necesitaría de la ayuda de un montón de personas que creo que ya no existen y que tendré que poner en primer lugar la seguridad de los que me quedan antes de cometer una locura. Y aunque yo tampoco sé cómo seguir adelante, a pesar de que la angustia sigue acumulada en un rincón de mi mente, me obligo a ser lo suficientemente fuerte como para tomar su mentón con suavidad y obligarla a mirarme — Solo lo haces — es un susurro entre ambos, que atenta a ser suave pero que también sirve como consuelo para mí mismo — No sé cómo te sientes. He perdido… hemos perdido todo. Tú incluso más — no puedo comprender el dolor de haber perdido un hijo. No puedo siquiera imaginarlo — Y será solo cuestión de continuar, como siempre y pensar que tal vez algún día dolerá menos — es un pésimo consejo, pero es todo lo que tengo. Es lo que hago desde que tengo memoria. Primero perdí a mi hermano y a mi madre, luego a Melanie. Perdí amigos, ahora también perdí lo último que me quedaba. Tengo que presionar un poco los labios en un vago intento de contener el llanto, aunque soy consciente de la humedad de mis ojos y bajo un momento la mirada, aclarándome la garganta en un intento de recuperar la compostura — Cuando encontremos a los niños… — porque sé que lo haremos. Tengo que hacerlo — podemos buscar un sitio donde empezar de nuevo. Ponerlos a salvo… — ¿Dónde? Siempre hemos huido, pero podemos llevarlos aún más lejos. Nos volveríamos unos ermitaños, pero a veces no queda otra opción — Si no me quieres ahí… bueno, le he prometido a Sophia que encontraré a Seth, de todas formas. Pero eso puede esperar — primero lo primero.

Suelto su barbilla y regreso la vista a ella, aunque solo es un momento y me enderezo como si pensara ponerme en movimiento — También estoy aterrado — acabo confesando — Pero si no comenzamos por algún lugar, nadie lo hará por nosotros. ¿Me indicas cuáles son las plantas que tengo que buscar? — sin más, muevo los hombros para quitarme la delgada chaqueta que llevo conmigo y la lanzo a un lado, a sabiendas de que ya no sirve de mucho por su pésimo estado y el calor que va subiendo debido al inicio del verano. Y espero que comprenda que estoy listo para ponerme manos a la obra.
Benedict D. Franco
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Alice D. Whiteley
Consejo 9 ¾
Pasar página, olvidar que alguna vez fuimos dos personas que disfrutaban de la compañía del otro. Creo que todavía no se ha dado cuenta del daño que hizo cuando se marchó, de lo mucho que me dolió haber caído en las promesas que ni siquiera tenía intención de cumplir. – Olvídalo. – De un momento para otro me he cansado de discutir, quizás porque nada de lo que diga va a cambiar la situación, ni mis palabras van a traerlas de vuelta. No tengo ganas de compartir mis pensamientos si el resultado va a ser terminar con la parte de mi corazón que sigue latiendo. No merece la pena hablar de ello cuando es evidente que nada va a volver a ser como antes. Escogió apartarse, como había sospechado que haría por mucho que quisiera creer lo contrario. ¿Cómo se puede odiar a una persona y preocuparse por ella al mismo tiempo?

Sus palabras suenan tan suaves en comparación con como estábamos hace unos minutos que medito si es una buena idea dejarme llevar por el significado de las mismas o apartar la mirada. Al final, el lado débil es superior a la parte sensata de mi cerebro y decide confiar, no por el contexto de la situación en sí, sino porque ahora mismo, cuando solamente quedamos él y yo en medio del bosque, fiarme de que sobreviviremos esto, aunque solo sea para encontrar a los niños, suena mejor que vagar sin rumbo. Mirarle a los ojos me hace ver un reflejo de la misma expresión que porta mi rostro, a punto de soltar unas lágrimas que nunca llegarán a sanar del todo. Hemos perdido todo, y una vez más, empezar de nuevo parece ser la única opción que nos queda. Como la que tomaron mis padres cuando decidieron salir del país en busca de oportunidades diferentes, a la espera del momento para empezar de nuevo. Allen también se apropió de esa frase cuando el gobierno cambió y tuvimos que asentarnos en el capitolio; incluso yo he sido partícipe de volver a intentarlo cuando no me quedó más remedio que huir con Murphy al distrito catorce. La muerte de alguien siempre ha ido ligada a esa frase que parece tan llena de esperanza, de manera que no puedo evitar no preguntarme a quien perderé esta vez, ahora que empiezo de cero. Me pregunto si seré yo la próxima que se vaya. – Ni siquiera pude despedirme de ella. - No soy consciente de haber ignorado todo lo que ha dicho porque en mi cabeza solo hay lugar para ella, incluso ahora que no queda nada para recordarla.

Me restriego la base de los ojos con lo que queda de las mangas de mi camisa cuando se aparta para asegurarme de que ninguna lágrima ha salido por mis ojos, no muy segura de haberlo conseguido, y tratando de respirar profundamente antes de soltar el aire en un rápido suspiro. – Sabrás cuales son en cuanto las veas. Son verdes y ovaladas, suelen tener los bordes dentados. Se parecen a la menta pero tienen un tamaño más grande. – Murmuro poniéndome en pie y a la espera de que él haga lo mismo. Sus propiedades nos serán de gran ayuda para tratar las heridas e incluso para las quemaduras más leves, aunque nos vendría bien llevar algo de agua para poder hacer una preparación en condiciones. Supongo que puedo volver al arroyo mientras arregla la moto, no hay mucha distancia pese a que ya parece estar oscureciendo.
Alice D. Whiteley
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