The Mighty Fall
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Tras años de represión y batallas libradas, hoy son los magos los que caminan en las calles más pulcras del Capitolio. Bajo un régimen que condena a los muggles y a los traidores a la persecución, una nueva era se agita a la vuelta de la esquina. La igualdad es un mito, los gritos de justicia se ven asfixiados. Existen aquellos que quieren dar vuelta el tablero, otros que buscan sembrar la paz entre razas y magos dispuestos a lo que sea para conservar el poder que por mucho tiempo se les ha negado. La guerra ha llegado a cada uno de los distritos. ¿Qué ficha moverás?
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Phoebe M. Powell
Director del Servicio Social
Unos meses atrás

La nieve todavía ocupa la mayor parte de las calles del once, dejando un asqueroso color grisáceo al llenarse del barro que portan las botas de invierno de aquellos que se lo pueden permitir en un distrito pobre. No me gusta la idea de que la temporada se alargue más de la cuenta, pues tengo la leña justa y es difícil encontrar alguien dispuesto a obtener recursos cuando el clima es tan frío. En los días de invierno como este, en los que los copos se acumulan sobre las cornisas de las ventanas y el viento sopla fuerte contra el cristal, me gusta aprovechar el tiempo en el interior de mi casa para dedicarme a la cocina. No es que el once sea un lugar de ajetreo, pero cuando la situación temporal lo amerita, considero la gastronomía como una práctica relajante.

Opto por un bizcocho de zanahoria del libro de receta que me prestó muy amablemente la vecina de en frente y que a simple vista no tiene demasiada complicación. Empiezo por sacar todos los ingredientes que necesito de la alacena y a colocarlos sobre la encimera mientras repaso con el dedo el libro que hago levitar en el aire para que me sea mas fácil la lectura. Al final solo consiste en mezclar los integrantes por orden de sequedad y añadir un par de especias para darle ese toque de sabor dulce tan característico, pero por el aspecto que tiene mi cocina una vez lo meto al horno, parece que ha explotado una fábrica de postres. Y no lo digo solo por el azúcar y harina que cubren la mayor parte de la mesada, sino por que también mi mandil, manos y hasta mi pelo están cubiertos de polvo.

Pocos segundos más tarde de cerrar el horno, suena el timbre de mi casa. Inconscientemente frunzo el ceño, pensando en el día de la semana que es porque quizás he olvidado algún asunto pendiente, pero mientras me dirijo a la puerta principal para abrir estoy por jurar que una mañana como la de hoy estaba libre de planes. Para mi sorpresa aparece frente a mí la figura de una mujer esbelta y de pelo rubizo con cara de porcelana y vestida de ropa que la delata como foránea. A primeras ni siquiera la reconozco. – ¿Señora… ministra? – Inmediatamente después me aparto el pañuelo que llevo en la cabeza para sacudirme la harina de las manos y del mandil en un intento de tener un aspecto más curioso. – No esperaba visita. - ¿O sí? Me vi a mí misma en la bola de cristal abriendo la puerta pero supuse que era la vecina quien habría interrumpido. – ¿Quiere usted pasar? – Me apresuro a decir después de permanecer en el sitio durante demasiado tiempo y acompaño con un gesto de la mano mientras doy unos pasos hacia atrás para darle la bienvenida.

Apenas he visto a la ministra de educación un par de veces en toda mi vida, la mayoría en visitas al colegio cuando aún estudiaba en el Prince, y tampoco es como si hubiera advertido mi presencia, más bien todo lo contrario. ¿Qué tendrá que hacer una persona como ella en un lugar como este? – Lamento el desorden, como dije su llegada me ha tomado un poco por sorpresa. – ¿Hace cuánto que no miro el correo en realidad? – ¿Puedo ofrecerle un té? ¿Café quizás? – Murmuro en lo que permito que se establezca en el salón y con un movimiento rápido de varita hago que el desorden de la cocina se recoja solo.
Phoebe M. Powell
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Eloise R. Leblanc
Ministro de Educación
No solía hacer visitas a domicilio a menos que la ocasión lo ameritara y aún así, cuando las hacía, el paisaje que me recibía era uno muy distinto a este. Incluso el Prince, que no estaba en uno de los distritos más agraciados de NeoPanem, no tenía un olor tan distinivo, ni un color tan opaco y, no había otra forma de decirlo, triste. Habían pasado años, pero aún así los escombros se encontraban a cada esquina, y no había un solo edificio en toda la calle que pareciera estructuralmente estable. La pintura era lo de menos aunque se estuviese cayendo de las paredes, eran las grietas en las casas, el asfalto picado, y las ventanas cubiertas con madera lo que era más preocupante. Decir que era un lugar descuidado sería un eufemismo de la peor clase, y pensar que había personas que debían vivir en estas condiciones…

Una parte de mí sabía que si tenían que recurrir a este lugar, por algo era. No todos los que vivían aquí tenían el mejor de los expedientes y, aunque había casos como el de Phoebe Powell, eran ciertamente las excepciones y no la regla.

No tardo demasiado en llegar a la dirección que tengo apuntada, el traslador me había dejado bastante cerca y, aunque todavía era algo temprano, suponía que eso no sería un problema. O eso es lo que creía… La visión de la muchacha que abre mi puerta no es la de alguien que espera una visita, sino todo lo contrario. Nada decía tan “de entre casa” como el aspecto que portaba con su delantal y su pañuelo repletos de harina. - Lo lamento, creí que habría sido notificada de la reunión. Espero no ser una molestia. - Estaba segura de que Clara se había encargado de mandar la citación, pero tal vez había olvidado hacerlo, o tal vez la señorita Powell no la había recibido.

La sigo cuando me invita a pasar, y trato de que mis ojos no vaguen más de la cuenta por la habitación. No estaba ahí para juzgar su estilo de vida, estaba allí para cambiarlo. - De nuevo, pido disculpas por el malentendido, pero gracias por recibirme de todos modos. - Tomo asiento como me indica, y dejo la cartera a mi lado, quitándome los guantes y desenroscando mi bufanda al sentir el cambio de temperatura dentro de la casa. - Un café estaría bien, pero nada muy elaborado, querida. Quisiera que abordemos rápidamente el tema que he venido a tratar en vez de quedarnos en simples formalidades. - Me desabrocho el abrigo y la observo espectante, queriendo saber cómo va a reaccionar a mis vagas palabras.
Eloise R. Leblanc
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Phoebe M. Powell
Director del Servicio Social
Se me ocurre excusarme cuando efectivamente una notificación sobre esta cita tuvo que haber llegado y que por una razón o por otra esa información no ha llegado a mí, pero de nada creo que sirvan las excusas que nombre tratándose de la ministra de educación. Apenas conozco a esta señora, y aún así se encuentra en el salón de mi humilde casa a la espera de un café. Eso me recuerda que encienda la cafetera y mientras el café se va preparando busco entre los armarios para sacar un set de taza y plato junto con una bandeja para depositar un cuenco de azúcar y un pequeño cuenco lleno de pastas. Me apresuro a desprenderme del delantal y de sacudirme la harina restante del cabello antes de volver a dirigirme a la mujer.

Cuando el café está listo y vierto un poco del contenido en la taza, me acuerdo de que no le he preguntado si quiere leche para rebajarle el sabor, de manera que, en vez de volver para confirmar mis sospechas, la añado a una tetera para que se sirva ella misma si es que lo toma así. – Estaba haciendo un bizcocho pero me temo que lo acabo de meter al horno, espero que el café no sepa muy fuerte. – Añado posando la bandeja sobre la mesilla de donde está sentada, sacudiéndome las manos sobre la falda antes de sentarme en frente de ella más por nerviosismo que por deshacerme del polvo ya inexistente. Solo espero que no se me queme la tarta en lo que la ministra está aquí, eso si que sería un completo desastre.

Sonrío un poco incómoda y junto las manos para posarlas sobre mi regazo a la espera de su palabra, pero me es imposible permanecer con la boca cerrada antes de que ella hable primero. – ¿Puedo serla de ayuda en algo, ministra? – A la espera de su respuesta trato de imaginarme los motivos por los que se encuentra aquí. Que forme parte del sistema de educación me da la pista de que no tiene nada que ver con la justicia del gobierno, una parte de mí se relaja al atar esos cabos y puedo respirar tranquila mientras la sonrisa no desaparece de mi rostro. – ¿Es que ha habido algún error con mi titulación académica? – Soy consciente de que tan solo asistí a la educación obligatoria, pero eso no supone romper ninguna ley y hasta donde yo conozco estaba en todo mi derecho de recomenzar mi vida una vez hubiera terminado con esos años. En ese momento para mí, siendo huérfana y dependiendo de los servicios sociales no era la mejor idea continuar con mis estudios pudiendo trabajar de cualquier otra cosa y ganar un dinero que me era muy necesario.
Phoebe M. Powell
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Eloise R. Leblanc
Ministro de Educación
Me alegro de no haberle pedido nada elaborado, ya que no me gusta demasiado quedarme sentada esperando, cuando no había nada para hacer. Claro que podía arrancar la conversación ahí mismo, pero no me parecía correcto hablarle a una pared, porque tenía como preferencia el poder estudiar el rostro de las personas con las que hablo. Además, no es que tarde demasiado, así que solo pasan un par de minutos hasta que regresa con el café y lo deposita en frente mío. - No te preocupes por mí, me gusta tomarlo negro. - O con especias, pero como dije, nada elaborado. Me limito a ponerle unas pocas cucharaditas de azúcar, revolviendo con cuidado de no golpear los bordes de la taza.

Soplo con cuidado la superficie cuando tomo la taza por el asta y la llevo a la altura de mi boca, pero no tomo, disfrutando del calor entre mis manos y el fuerte olor a café. - ¿Error? nada de eso, querida. Todo está en perfecto orden. -Qué es la principal razón por la que me hallaba allí. Su legajo era impecable, y si los registros allí eran certeros, la persona detrás de un número y un nombre, era todavía mejor. - Como bien dijiste, eres tú la que nos puede ser de ayuda en algo.- Esta vez sí tomo un trago, y aunque puede que esté un poco más fuerte de lo que estoy acostumbrada, procuro tomar otro antes de dejar la taza sobre el platito en el que la ha traído.

Cruzando una pierna por sobre la otra, me inclino hacia adelante mientras observo su postura. - ¿Sabes cuántas personas con el don de la videncia aparecen en los registros escolares hasta hoy en día? - No tenía porqué saberlo, era una pregunta capciosa que servía más como una introducción que otra cosa. - Pues solamente dos, y una ya no está con nosotros. - Cassandra Riot había sido una bruja excepcional, pero anciana, que había desempeñado un papel excelente como profesora en las dos instituciones escolares y, hasta donde tenía entendido, también había hecho muchos avances en su campo de investigación. -  ¿La conociste?
Eloise R. Leblanc
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Phoebe M. Powell
Director del Servicio Social
La observo llevarse la taza a la boca, mordiéndome la parte interior de la mejilla con evidente nerviosismo, hasta que la escucho decir que no ha habido ninguna equivocación y siento como todos los músculos de mi cara se relajan mientras me dejo hundir un poco en el sillón, aun guardando la compostura. Si bien eso no deja que pierda el interés y alce las cejas cuando insinúa que podría serles de ayuda. No se qué clase de asistencia podría darle una persona como yo al gobierno, puesto que mi situación laboriosa no puede considerarse de las mejores; por no mencionar que me resulta de lo más extraño que haya venido hasta el once, donde la mayoría de la población no está dispuesta a cooperar con la autoridad. - Usted dirá. - La insto cuando no puedo contener la curiosidad mientras bebe de la taza.

Entonces es cuando saca a relucir mi cualidad más característica y tengo que esforzarme mucho por no abrir la boca en una sorpresa obviamente falsa. Ahora que lo ha mencionado y mi cerebro puede sumar dos más dos, el desconcierto que antes portaba en mi rostro pasa a ser inexistente, pues si hay algo que le gusta a las personas que trabajan en el gobierno es apropiarse de las personas con peculiaridades. - Imagino que no muchas. - Me animo a decir segundos antes de que ella misma se responda la pregunta, dejándome por un momento absorta en observar sus más mínimos movimientos como sé que está haciendo conmigo. - Claro, fue mi profesora durante los años que acudí al Prince, una persona extraordinaria si me lo pregunta. - Lejos de la habilidad que compartíamos, recuerdo nuestra relación como la más cercana que pude tener con alguien en esa época, y es por eso que conocer de su muerte rebaja la expresión de mi cara un tanto.

- Lamento mucho escuchar que ya no está entre nosotros, pero sigo sin comprender que tiene que ver conmigo. - Sospechaba que en algún momento de mi vida alguien con poder requiriera de mí, al fin y al cabo la videncia no es una habilidad tan común como lo puede ser la metamorfomagia, ella misma ha dicho que tan solo dos personas aparecen en el registro, y una de ellas ya está muerta. Eso quiere decir que se han quedado sin su futuro de confianza, porque vamos a ser claros, a todo el mundo le encanta decir que la adivinación es un arte inexacto y que no sirve para nada, pero les gusta todavía más poder conocer detalles de como serán sus vidas dentro de unos años incluso si el resultado puede variar un tanto por ciento.
Phoebe M. Powell
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Eloise R. Leblanc
Ministro de Educación
Me sorprende ver que haya estado tan preocupada con su titulación, cuando sus notas y su legajo eran cosas dignas de admirar. Tal vez careciera de confianza, pero no parecía una mala muchacha, sino que todo lo contrario. Algo ansiosa tal vez, y levemente preocupada. Pero notaba la determinación en su mirada, y esa era una cualidad que siempre me gustaba ver en mis alumnos. Ella podía haber dejado de serlo hace unos años, pero a mis ojos, cualquiera que haya pasado por alguna de las instituciones, seguía siendo un alumno.

-Extraordinaria”, que palabra tan adecuada para describir a la profesora Riot.- Tenía razón, porque la mujer podía pecar de muchas cosas, pero jamás de ser una más del montón. Y no precisamente por su don solamente. Su presencia en sí misma era digna de ser admirada, y de alguna manera había cautivado a sus alumnos lo suficiente como para que gran parte de los cursos no viera la Adivinación como la equivalencia a tener una hora libre. Yo personalmente no era muy apegada a la materia, pero respetaba a aquellos que de verdad podían interpretar el arte en sí mismo.

- Su partida nos ha dejado con un importante vacío que hay que llenar, señorita Powell. - Como profesora, como colega, como verdadera vidente. Dos instituciones empleaban sus servicios, y algunos consultores particulares con el suficiente dinero para pagarle por alguna lectura. A mí claro está, solo me interesaba su rol de instructora. - La verdad es qué, como materia en sí, podría contratar a cualquier persona con buenas notas que imparte los conceptos de la adivinación. Pero tú sabrás mejor que yo, la diferencia entre tener el don y enseñarlo. - Vuelvo a revolver la taza con la cucharita, y al notar que está lo suficientemente caliente, pero sin estar hirviendo, vacío la mitad de la taza de dos grandes tragos. - En resumidas cuentas, necesitamos que llenes las vacantes que dejó su partida.
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Phoebe M. Powell
Director del Servicio Social
No sabría decir si el modo en el que habla me transmite confianza o si por el contrario es la razón por la que todos los músculos de mi cuerpo se encuentran tensados hasta el punto de que sonreír resulta casi una tortura. En efecto, Cassandra fue una de las pocas personas que he conocido en mi vida a las cuales podría calificar como excepcional, y probablemente ese era el motivo por el cual estaba entre las filas del gobierno como una de las brujas con más talento de este país. Sin embargo, mientras la observo llevarse la taza de café a los labios, puedo leer en sus ojos que nada tiene que ver esta mujer con lo que viene a decirme, o más bien, por el trasfondo de su mirada, a imponerme.

Cuando revela sus intenciones, al principio me siento halagada de que haya pensado en mí de entre todas las personas que podrían servir para ocupar el puesto de la profesora Riot, muchísimo más cualificadas para ello seguro; luego me pongo a pensar que han pasado años desde que dejé la escuela de magia y que sería prácticamente imposible que una mujer tan ocupada como lo es Eloise Leblanc pudiera acordarse de una chica del montón, a no ser que el registro de videntes haya llamado su atención como muy rigurosa ha comentado minutos antes. - Oh, de manera que de eso se trata. - Murmuro para ganar algo de tiempo mientras me planteo mis siguientes palabras. - No sé que le ha llevado a pensar que yo sería una buena maestra, ministra, no tengo apenas experiencia en el sector y dudo mucho que mi videncia me haga apta para el puesto. - Me atrevo a esbozar una sonrisa que delata la situación como incómoda.

¿Yo? ¿Trabajando para el gobierno? Mi vida está aquí, en el once, por mucho que sus calles no puedan considerarse como tal, y que la mitad de las casas del distrito estén destrozadas, es el lugar idóneo para las personas que no encajan en ninguna parte; este es mi lugar, siempre lo ha sido después de todo. - Lamento mucho que haya tenido que hacer un viaje tan largo, pero tengo que rechazar su oferta. - Cualquiera en su sano juicio aprovecharía esta oportunidad como lo que es, una vía de escape de todas las penurias y pobreza, sin embargo para mí, que he vivido toda mi vida en las sombras, no estoy dispuesta a abandonarlas tan fácilmente. - Pero puedo leerle las cartas, si quiere. - Es una broma, está claro, pero si tan interesada estaba en mi videncia, siempre puede aprovechar el viaje.
Phoebe M. Powell
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Eloise R. Leblanc
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Juego con la taza que tengo en las manos, haciéndola girar entre mis dedos extendidos, sintiendo como el líquido de adentro se arremolina con suavidad y hace formas con la poca espuma que tiene. Es un juego tonto, pero que siempre me sirvió para medir mi propio temperamento, en el momento en el que el café salpicaba, sabía que tenía que dejar la taza y cambiar los tintes de la conversación para no sacarme de quicio. En estos momentos, tanto el café como mi temperamento están calmos, y aunque la respuesta que la muchacha me da no es la que esperaba, tampoco es un escenario que me toma desprevenida.

- Es un ofrecimiento muy amable de tu parte, pero temo que voy a guardar tu oferta para otro día si no es molestia. Preferiría que dejemos el otro tema  cerrado antes de cualquier cosa. - Llevo nuevamente la taza a mis labios, y termino por completo su contenido con otro par de tragos. La dejo en la mesita con cautela, y uso la yema del dedo medio para limpiar las comisuras de mis labios, pese a que no ha quedado prácticamente nada en ellos. - Voy a tratar de ponerlo de manera sencilla. No era una oferta.

Ni mi tono ni mi semblante cambian en lo absoluto, pero si lo hace mi postura. Me enderezo con rapidez, descruzo y cambio la pierna de posición. - Eres la única vidente confirmada como tal que tenemos en nuestro registro y, desde el ministerio, sentimos que no podemos dejar que un talento como el tuyo se desperdicie por caprichos. - No me parecía mal que tuviera un negocio, o lo que sea que tenga en estos momentos, pero su habilidad era prácticamente única y era necesario mantenerla en lugares que no fueran tan recónditos como este. Aquí no servía como vidente, en el Capitolio… - Ten cuidado, no necesito ver el futuro como para notar que tu bizcocho está comenzando a quemarse. - Es el olor el que lo delata, así que asiento con sutileza la cabeza, señalándole que puede volver a la cocina a controlar eso.
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Phoebe M. Powell
Director del Servicio Social
A estas alturas mi rostro ya ha perdido parte de la amabilidad con la que muy cuidadosamente he tratado a la ministra, y cualquier rastro de sonrisa se ha transformado en una frente arrugada que ni siquiera trato de ocultar. Sus palabras comienzan a irritarme por momentos, siendo evidente el poco aprecio que tengo por las personas que tratan de dirigir mi vida. Con suerte no han sido muchas las que lo han hecho, pues siempre me he salido con la mía de una forma u otra, pero esta vez, siento que no va a ser tan fácil desprenderme de las intenciones de esta mujer.

- ¿Caprichos? Es mi vida, ministra, creo que prefiero ser yo la que escoja como desperdiciarla. - Sé que no debería haber utilizado sus palabras a mi favor, que su puesto como ministra le da la autoridad suficiente como para destrozar mi vida si eso quisiera, que no se aleja mucho de lo que está haciendo ahora de todas formas. Sin embargo, no puedo simplemente borrar del mapa todo lo que tengo aquí. Sé que no es mucho, pero es suficiente para querer luchar por ello. Después de todo, esa es la razón por la que he tenido el valor de discutir su autoridad, para defener mi elección.

Estoy tan centrada en la conversación que está teniendo lugar que se me ha pasado por completo el controlar el bizcocho que tengo en el horno. Con su permiso me levanto tan rápido como me permite mi posición hundida en el sofá y sin siquiera mirarla me hago pasar hasta la cocina. Sacar la tarta del horno me toma los suficientes minutos como para enderezar mi postura, respirar profundamente contando hasta diez y volver al salón una vez poso el molde sobre la encimera para que se enfríe. - ¿De manera que no puedo negarme? - Me cruzo de brazos, analizando su rostro omnipotente con descaro. - No sabía que el hecho de ser vidente me hiciera propiedad del gobierno. - Lo suelto antes de pensarlo, y al segundo me arrepiento, porque no es la persona adecuada para decir este tipo de comentarios. Si en algún momento tuve cierta esperanza de poder elegir mi futuro, se acaba de esfumar.
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Eloise R. Leblanc
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No digo nada en lo que espero a que vuelva de las cocinas tras controlar el aroma a quemado que sale de allí. Tampoco es que pueda decir mucho hasta que ella exponga su punto por completo, y si su rostro y todo su lenguaje corporal decían algo, no podía esperar otra cosa que no fuera resistencia por su parte. No que le fuera a servir de mucho, pero esperaba que la visita en sí no se alargase demasiado, el día todavía era joven, pero tenía muchas cosas en mi agenda de hoy.

- No eres propiedad del gobierno, pero como ciudadana del mismo, podrías decir que estás contractualmente obligada a prestar tus servicios. - Estaba en toda libertad de negarse, pero lo que seguía a su negativa no sería un proceso bonito y sencillo de realizar. De verdad esperaba que pudiese entender la situación en la que se encontraba, y no opusiera mucha más resistencia. Videncia o no, consideramos que eres la persona adecuada para el puesto y lamentablemente esa no es una proposición que quieras declinar.

Llevaba casi una década en mi puesto, y si había durado tanto, pues por algo era. Todavía recordaba la época en la que era más joven, y entendía su negativa y su reticencia a perder una determinada libertad. Pero aceptando esta oferta estaba ganando otro tipo de libertad que jamás encontraría en un distrito como este. Tomo la varita y con un movimiento rápido hago aparecer un sobre sobre que flota a la altura de sus ojos. - Ahí están las condiciones de contratación, y casi todos los puntos del mismo son negociables. - Paga, vivienda, carga horaria… - Puedes leerlo ahora y cuestionarme en persona sobre cualquier duda que tengas. O puedes comunicarte con Clara, mi secretaria, a lo largo de esta semana. Sea cual sea tu decisión, espero que podamos reunirnos nuevamente en siete días a partir de hoy. - Era el máximo compromiso que podía ofrecer bajo estas circunstancias, y aunque no creyera que lo entendiese, al menos esperaba que lo aceptara.
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Phoebe M. Powell
Director del Servicio Social
Obligada a prestar tus servicios. Suelto un chasquido con mi lengua, es la excusa más pobre que he oído en mucho tiempo. Estoy segura de que si fuera una ciudadana del once más, sin videncia ni ningún tipo de habilidad, no estaría tan capacitada para el puesto. Tengo que morderme la lengua para no decírselo ahí mismo, cruzando mis brazos sobre el pecho en un gesto sumamente infantil, pero que resume desmesuradamente bien como me siento ahora mismo. - ¿Es usted consciente de que no tengo la menor experiencia en el ámbito de la enseñanza? Una cosa es ser vidente y otra muy distinta tratar de educar a un grupo de niños sobre la adivinación. - Ya no es solo las pocas ganas que tengo de meterme en ese lío, como para encima tener que soportar la negativa de los estudiantes. No estoy preparada para algo así, ni de aquí a veinte años, vamos hombre.

Alcanzo el sobre con una de mis manos y me dedico a abrirlo y sacar el folio del interior mientras elevo la mirada de vez en cuando en su dirección. Apenas le echo un vistazo a las condiciones que estoy dispuesta a replicar, arrugando la frente como forma de expresar mi desacuerdo. - ¿Siete días? ¿Cómo se supone que debo tomar una decisión en tan poco tiempo? - Que no es como si fuera una decisión cuando me está tendiendo un contrato de trabajo, es literalmente hacer las maletas en siete días y asumir que debo llevar toda mi vida en ese espacio. - Si no le importa, señora ministra, me gustaría poder leer esto con tranquilidad. Me comunicaré con Clara en cuanto tenga una respuesta para usted. - No es que la esté echando, pero sí, necesito que se vaya de mi casa para poder poner mis ideas en orden.

Vuelvo a doblar el folio por la mitad y me lo coloco debajo del brazo para acompañarla hasta la puerta una vez se ha colocado la chaqueta. Ni siquiera me preocupo por esperar a que se meta en el coche que cierro la misma con un estrepitoso golpe. Me dejo caer sobre el sofá, llevándome las manos a la cabeza en un gesto de completa frustración ante lo que se me viene encima. Ni tan siquiera el olor a pastel de manzana que me llega desde la cocina sirve para ponerme de mejor humor. Esta mujer acaba de poner mi vida patas arriba y encima lo ha hecho desde la comodidad de mi propia casa.
Phoebe M. Powell
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