The Mighty Fall
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Crash through the surface ✘ Lara

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Mensaje por Hans M. Powell el Jue Feb 28, 2019 3:01 am

Es mitad de semana, se acerca la hora de cenar y eso significa que debería estar en mi casa, disfrutando de lo que sea que toque hoy como menú. Posiblemente verduras, creo haber pedido algo de eso. Pero no, en su lugar estoy en mi oficina, girando en círculos gracias a un asiento que me lo permite y maldiciendo los mapas que he despatarrado por encima del escritorio. Le he pedido a Josephine que se marche hace cosa de media hora, así que sé que nadie va a interrumpirme y que la paz que siento en ese aspecto es una mentira que busca tapar la irritación. Hace más de una semana que me pidieron que encuentre una solución a este problema y no sé exactamente por donde empezar. He barajado la opción de abusar de mi amistad con Reynald para hacerme con unos cuantos aurores, pero no estoy seguro de poder confiarles algo así. Quizá debería pedirme unas vacaciones durante una semana, utilizarlas para sobrevolar los límites del país y ver qué puedo encontrar, pero adentrarme en territorio desconocido es un riesgo de hacerlo solo. Me pregunto cuánto he ganado y cuánto he perdido con este trato, porque no dejo de pensar que no he sido más que un hombre impulsivo y desesperado. Quiero cumplir, claro que quiero, pero fallar podría ser aún peor que haberme negado.

¿Cuánto dinero debería desembolsar si quiero aurores trabajando para mí y que, para colmo, deberían tener un voto de silencio? El solo imaginarlo hace que cierre los ojos con un suspiro de agotamiento y me frote los párpados con los dedos estirados. Sería una fortuna y ni siquiera estoy seguro de que funcione. Necesito ojos, ese es mi problema. Alguien que pueda moverse entre la mugre de la sociedad sin llamar la atención, tal y como yo he hecho en mis últimas visitas. Que pregunte, forje amistades y acumule la confianza suficiente como para que alguien le dé una pista. Si así podemos desenmascarar traidores, mejor, y mi nombre ni se vería ensuciado al no haber aparecido por allí. ¿Pero dónde y cómo voy a conseguir alguien que haga esto, con tan solo pedirlo? ¿Cómo es que…?

La respuesta viene a mí tan rápido que siento que me he cacheteado mentalmente; doy un bote en el asiento y todo. Yo tengo a alguien que hará lo que le pida y no puede abrir la boca. Que debe aceptar todas mis peticiones sin chistar, porque con un movimiento de la varita puedo acabar con la paz que reina su vida, independientemente del nivel de sentido literal de la expresión. No sé cómo no he pensado en ella antes. Puede que sea culpa de que he evitado que se asome por mis pensamientos, algo que no ha sido muy difícil si considero lo ocupado que he estado. Pero es que es tan sencillo…

Me giro en el asiento para chequear la hora, resoplando al asumir que ya se ha marchado a casa. Perfecto. Resoplo y decido no pensarlo dos veces, a riesgo de alguna duda; si es la mejor opción que tengo, no tengo por qué destruir mis neuronas en el proceso. El ponerme de pie me cuesta solo un salto, sintiendo el corazón acelerado por la adrenalina de lo que puede ser la solución a mis problemas, al menos de momento hasta que pueda construir un plan más detallado. Apilo las hojas con una velocidad algo torpe, metiéndolas de prepo dentro de la carpeta del informe y me coloco el saco con la urgencia elevándose por mis poros. La carpeta termina en el bolsillo interior, el opuesto a mi varita. Cerrar mi oficina y cruzar el departamento hasta meterme en el ascensor es cuestión de unos minutos, casi tropezando con Gwen, a quien le pregunto si sabe si Lara Scott sigue en el edificio: tal y como sospechaba, no lo hace. Eso me deja solo una opción.

No he estado en el distrito seis en semanas. Irónicamente, desde esa última reunión en donde las cosas empezaron a torcerse. Como conocedor de su informe, su dirección personal me es totalmente conocida y aparecerme en medio de la calle me da pie para caminar con desenvoltura, a pesar de que mis zancadas son mucho más largas que las de todos los días. Lo bueno es que esto no es el Capitolio y no me cruzo a una multitud en mi avance, hasta doblar la esquina que estaba buscando, pasando a una calle algo más desierta, cuyas luces se me hacen algo frías. Meto las manos en los bolsillos del saco al pasar frente al taller, tratando de chequear por la ventana en busca de la figura morena que estoy buscando. Sin detenerme, bordeo el lugar hasta que mis pies se frenan en el inicio del delgado callejón, observando como ella sale del taller y parece dispuesta a continuar su camino. Antes de que siga, doy los pasos necesarios para acercarme sin permiso — Necesitamos hablar — no hay un saludo, ni una falsa preocupación por saber cómo ha ido su semana. He venido por negocios, así que no necesito irme por las ramas. Me detengo a un paso de ella, echándole una veloz mirada a las escaleras de metal antes de volver a su rostro — En privado, por favor. Es importante — sino, no estaría de pie frente a ella, con el cansancio en el cuerpo gritando a estas horas de la noche.
Hans M. Powell
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Mensaje por Lara Scott el Jue Feb 28, 2019 10:22 pm

La última de las luces se apaga en el galpón principal y el silencio cae sobre los monstruos a medio armar que quedan apostados como guardianes nocturnos del lugar cuando todos los mecánicos nos retiramos. Tengo que regresar sobre mis pasos por un corredor en penumbras, ayudaba por mi varita para no enredarme con los cables que alfombran el suelo en desorden. Conozco por costumbre el camino hasta la mesada que suelo ocupar y tanteando entre las herramientas encuentro la tortuga que busco. Al cerrar mis dedos sobre su caparazón, algo pincha mi palma y suelto una maldición que se oye como un murmullo furioso en el espacio inmenso del galpón. Aguardo a que haya un eco de mi voz, pero no se escucha nada. Con la tortuga metálica guardada en el bolsillo de mi chaqueta me giro para irme y los maniquíes con los que trabaja un colega me provocan un sobresalto. Es tener tres pares de ojos vacíos observándome en la oscuridad. Joder, como detesto convivir con estas cosas. Abandono nuestro museo de artefactos inanimados hasta la mañana siguiente, cuando con un golpe de varita todo volverá a cobrar vida, los monstruos volverán a rugir y nuestros amigos autómatas andarán de un lado al otro con sus movimientos calculados. Por el momento me concentro en el dolor de mi palma y la sangre que brota en un hilo fino que recorre mi piel, mientras me abro paso entre las sombras hasta la salida lateral del taller que da al callejón.

Cierro la puerta a mi espalda con un golpe seco del metal golpeando contra el arco del mismo material, y creyéndome sola doy unos pasos sin mirar, examinando la herida con la luz blanca que proviene de un foco por encima de mi cabeza. Me llevo mi segundo susto en menos de media hora al oír una voz que me habla directamente y maldigo por un demonio al ser pillada con la guardia baja. Cuando vives –literal- a dos pasos de tu lugar de trabajo, no tienes que preocuparte demasiado por cuestiones como la seguridad o lidiar con acechadores. Le echo una mirada de reconocimiento. Habrá pasado un tiempo pero mi memoria archiva el tono de su voz y se de quien se trata aunque la poca luz no le otorgue nitidez a sus rasgos. —¿A qué se debe tanta timidez como para esperar aquí y no entrar?— suelto con humor seco, señalando con el mentón el taller que a estas horas está cerrado para visitas y excursiones. No me agrada la gravedad que identifico en su voz, porque no me da mucho margen para hacer bromas.

Paso por delante de él en dirección a las escaleras de metal al costado del edificio de ladrillo rojo y agradezco que alguien haya dejado extendido el tramo plegable, así me basta con subir un pie detrás del otro. Cuando llego al primer nivel, me acerco a la baranda para indicarle que suba. Hago una floritura elegante con la mano para mostrarle el camino y continúo el ascenso hasta el tercer piso. Con mi mano sana me ayudo a entrar por una de las altas ventanas entreabiertas y una única lámpara se enciende al percibir mi llegada, iluminando tenuemente toda la habitación. La mochila se desliza con descuido por mi hombro hasta caer en el sillón y me dirijo al otro lado de la barra que separa la sala de la cocina, para colocar mi palma bajo un chorro de agua que surge de mi varita y cae en el lavado teñido de rosa. —¿Quieres algo para tomar?— consulto con los ojos puestos en el agua que se escurre. —¿O iremos directo a la razón que tu visita?— se lo notaba como que no estaba para rodeos. Tomo una servilleta de trapo que está colgada y la coloco sobre mi palma para hacer presión, así puedo darme la vuelta y volver al espacio reducido entre un sofá largo y dos sillones individuales, todos ellos más funcionales que estéticos. Me siento en el apoyabrazos de uno de éstos. —¿Necesitas que te ayude a esconder un cadáver, Hans? — curvo mi sonrisa peligrosamente, invitándole a la broma. —Me agarras en un mal momento para cavar un pozo. Pero podemos intentar otras maneras de deshacernos de la evidencia.
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Mensaje por Hans M. Powell el Jue Feb 28, 2019 10:56 pm

No tengo los ánimos flotando por mis poros, así que le respondo con un encogimiento de hombros que delatan que no le daré importancia a banalidades — No sabía si estabas o no en el taller — contesto con simpleza. Agradezco que entienda de inmediato mi urgencia y se encamine por la escalera, lo que me hace suspirar tras ir detrás de ella. Tiendo a meterme en su taller para nuestros encuentros, su espacio personal no es donde suela meter mis pies y eso solo anuncia la urgencia de la situación. Lo bueno es que ella no reprocha, solo me invita a seguirla por unas escaleras que resuenan bajo el peso de mis zapatos. Verla entrar por una ventana hace que arquee una de mis cejas, pero no me quejo y me inclino para poder pasar el largo de mi cuerpo por el mismo lugar. Se siente como entrar a escondidas, pero aún así me enderezo pasando las manos por mi saco como si quisiera estirarlo y echo un vistazo a la habitación. Si ya estaba seguro de lo diferentes que somos, el meterme en su casa después de verla en la mía solamente lo resalta. Tampoco le doy mucha importancia.

Su voz hace que desvíe la atención de la decoración y doy unos pasos hacia ella, meneando la cabeza — No me quedaré mucho rato, así que no, gracias — no entiendo muy bien de dónde sale el tono amable, pero lo dejo pasar. Mi ceño se frunce, percatándome en cómo presiona su mano hasta que se acomoda, provocando que tarde un momento en reaccionar a su broma — Si tenemos suerte no habrá ningún cadáver — me muevo hasta tomarme la libertad de sentarme en uno de los sillones individuales, desabotonando el saco para tener una mayor comodidad en esta nueva postura — ¿Qué te sucedió en la mano? — no me contengo a preguntar, estirando un poco el cuello como si de esa manera pudiese ver por debajo del trapo en busca de una respuesta — No se me dan bien los hechizos curativos, pero si necesitas ayuda… — ya, no tengo que distraerme. No es como si hubiese venido en su busca para hacer de enfermero.

Tanteo mi pecho en un intento de recordar de qué lado he guardado el informe y acabo metiendo la mano en el bolsillo interno, topándome con la delgada carpeta tres solapas que tiene la pila de papeles que serán fundamentales para la reunión de esta noche. No sé muy bien cómo se supone que uno empieza a hablar de algo como esto, así que intento tomarme la situación como si su sala no fuese otra cosa que el Wizengamot. Me aclaro la garganta en un carraspeo y apoyo la carpeta en una de mis piernas, empezando a hurgar entre el papelerío — ¿Qué tanto te gusta viajar, Scott? — pregunto al pasar, hasta que mis dedos atrapan el archivo de Stephanie Marie Black — Tengo un problema, ¿sabes? Uno que tengo que solucionar cuanto antes y creo que eres la única que puede ayudarme. No creas que estoy siendo dramático — mis ojos la miran solo en compañía de una veloz pero helada sonrisa, esa que no contagia al resto de mis facciones con el intento de mal chiste — Tómalo como un nuevo uso de nuestro acuerdo — y eso solamente lo deja bien implícito: no puede decirme que no.

Sin ir más lejos, lanzo el primer informe, el de la señorita Black, sobre la mesa ratona, con intenciones de que ella pueda alcanzarlo. Recargo mi espalda contra el sofá y solo la observo, tratando de ver cualquier gesto de reconocimiento en ella — Me imagino que sabes quién es — todo el mundo lo sabe, al menos todos aquellos que teníamos la edad suficiente como para reconocer el rostro de la hija del difunto presidente James Black. Stephanie siempre fue una pieza clave del poder de los anteriores gobernantes y fue su boda la que acabó en masacre; irónicamente, ella escapó y, hasta donde la gente sabe, es la única por la cual deberíamos preocuparnos. Me rasco la barbilla con los nudillos, suavizando un poco la voz — Antes de que digas algo, quiero que sepas que hago todo esto con intenciones de evitar una guerra. Solo para que lo tengas en cuenta. Lo que se hable esta noche, se muere en esta habitación — no estamos jugando con cosas pequeñas. Si tengo que obligarla a un juramento inquebrantable, que sepa que no dudaré en hacerlo.
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Mensaje por Lara Scott el Vie Mar 01, 2019 12:26 am

Esto es serio, lo puedo percibir en el aire que corre por la habitación, como si se estuviera expandiendo en una nube densa que pesa sobre nosotros. Lo bueno es que las ventanas están abiertas, así puedo inhalar un poco del fresco de la noche al sentarme en la sala. No es esta brisa la que me provoca un estremecimiento, sino su comentario que responde a mi chiste sobre cadáveres y enfría mi sonrisa. Ah, sí. Tan jodidamente serio. Me hundo en el sillón para escuchar cómodamente lo que promete ser un relato que me tendrá con insomnio esta madrugada, y me apeno antes de tiempo por esas pocas horas de sueño que necesito y me serán quitadas. Palpo los bolsillos de mi chaqueta buscando mi varita, en uno distingo la forma de la tortuga, así que la varita debe estar en el otro. La uso para iluminar toda la habitación, así no estamos hablando en penumbras y con una sombra endureciendo aún más la expresión grave de Hans. —Fue un arañazo de nada— digo, restándole importancia. —Mucha sangre para una herida superficial, parará en un momento— aseguro, no es la primera vez que me sucede y otra cosa acapara mi atención robándole protagonismo al ardor en mi palma que va extinguiéndose.

La carpeta que queda a la vista le da a este encuentro un tono más formal y de negocios, pese a ser en la sala de mi casa. —¿Viajar…? Ya sabes, lo típico. Vacacionar tres o cuatro días a la semana en mi yate en el distrito cuatro o sobrevolar los distritos en mi jet privado—. Se merece que le conteste de esta manera. Sabe la hora que es y de dónde estoy viniendo, la mayor parte de mis horas despierta me las paso con la nariz metida en mi trabajo. Viajar, lo que se dice viajar, no es algo que planifique en mi agenda. Sí hago excursiones, escapadas, de las que no le hablaré, por supuesto. No tienen nada que ver con hacer turismo. Presiento que su interés tampoco está puesto en cómo planifico mis vacaciones. —¿Tú, dramático? Jamás osaría pensar tal cosa— lo digo solo porque me lo pone fácil. Mi sonrisa es un reflejo helado de la suya cuando lo señala como parte de nuestro acuerdo. Bien, aquí estamos. Tenemos nuestro viejo contrato sobre la mesa otra vez y puedo empezar a recordar ciertas cláusulas en letra pequeña. —Nuestro acuerdo es el más maravilloso comodín, ¿no crees?— murmuro, aprestándome a escuchar qué necesita que haga exactamente, que se sale un poco del trato que teníamos, de por sí secreto y con tantos resguardos. Y que no se trata de esconder un cadáver.

Puede que sí tenga que ver con muertos. Reviso por arriba el contenido de la carpeta que arrojó sobre la mesa y reconozco con sorpresa el nombre de la mujer, uno que siempre he escuchado y nunca tuvo relación conmigo. —Oh, sí. Creo que la vi en la televisión una vez— digo con voz hueca. Estábamos en la cocina con mis padres cuando las imágenes que veíamos en pantalla cambiaron de un día para otro todo lo que conocíamos, evoco la mirada que intercambiaron y que no supe interpretar entonces, y me contengo de buscar las fotografías con sus rostros que están en esta sala, para continuar revisando el informe que tengo en manos y que no debería estar leyendo. Antes de avanzar demasiado hacia cosas que prefiero no saber, porque la ignorancia me da seguridad, levanto mis ojos hacia él. —Si yo creía que tuvimos charlas por las que tendría que preocuparme, estás superando expectativas— sueno tan seria como él, pero con una sonrisa que pretende quebrar la tensión. —Sabes que puedes contar con mi reserva—. Nunca le he dicho a nadie de nuestro acuerdo, así como jamás le diría a él de la relación que mantengo con ciertas personas que me pondrían otra vez en conflicto con las normas de su departamento. La cuestión es que… no tengo interés real por lo que pueda decirme, porque me meterá en problemas. Hans me meterá en problemas así como me sacó de ellos una vez. Y solo dejaré que lo haga. —Así que estás metido en la mierda más escabrosa de nuestros reyes soberanos...— abro la invitación para que se explaye todo lo que quiera.
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Mensaje por Hans M. Powell el Vie Mar 01, 2019 1:52 pm

Es normal minimizar las heridas, así que elijo creer que lo que dice es verdad y que, de ser el caso de necesitar ayuda, la pediría; algo me dice que no, pero allá ella. Solo le echo un rápido vistazo a su mano y continúo con la conversación, tratando de ignorar un posible desangramiento — ¿Tendré que pagarte con un yate? — ironizo, permitiéndome cinco segundos de humor, ese que destila mi mirada cuando creo reconocer el sarcasmo frente a mi supuesto dramatismo — Nuestro acuerdo puede ser un modo de evitar un enorme daño sin gastar enormes sumas de dinero — no seré cuidadoso con eso, es algo que veo como obvio a estas alturas. Podría pedir un enorme escuadrón si quisiera, pero con esta tarea en particular, no hay intenciones de llamar la atención. Tenemos que ser silenciosos y rápidos, evitar que el chisme corra o podría jugarnos en contra.

¿Solamente una vez? — estoy seguro de que han sido varias, pero tampoco puedo asegurar que el hogar de los Scott fuese uno que estuviese al pendiente de la televisión. Como antigua directora de los juegos, Stephanie siempre gozó de una enorme popularidad entre los suyos y fue una de las figuras más respetadas en el gobierno de los Black. Sí, quizá su hermano mellizo era quien heredaría el país, pero ella siempre fue un problema un poco más preocupante. Es un poco irónico que sea culpa de Orion Black el que esté aquí esta noche — Sé que sí — no cabe duda, ella conoce muy bien nuestro pacto. Es lo último que dice lo que logra que infle mis mejillas y largue el aire con fuerza. Paso una mano por mi cabello y lo echo hacia atrás en un gesto agotado, pero no tarda mucho en volver a su lugar — Tengo que cumplir mi parte del trato, pero ser yo me está complicando la tarea en los últimos meses — no todos confían en mí, no todos creen que soy una persona respetable. Me he ganado mucho odio, eso también lo confieso. Moverme en ciertos lugares, conversar con algunas personas, todo eso se vuelve cada vez más enredado. Busco desviarme un poco de ese punto, al menos por ahora — No es secreto que el gobierno ha gastado fortunas en el rastreo de rebeldes, del supuesto distrito catorce, del paradero de Stephanie Black… — cosa que muchos consideraron un gastadero sin sentido hasta que se le puso una pausa — Pero, fuera de algún que otro traidor, siempre han sido búsquedas sin verdaderas pistas. Un poco frustrante y vergonzoso, si me lo preguntan — Así que he tratado de hacer el trabajo por mi cuenta. Ahora, la cosa se ha complicado a fines del año pasado.

Fue una de esas frutillitas que tuve que comerme cuando asumí como ministro y Sean Niniadis llamó a mi puerta, reclamando mis servicios, con la carta más agotadora de todas. Rebusco en mis archivos y saco el que está decorado solo con la fotografía de un recorte de diario. Uno donde la mujer bonita, alta y rubia saluda a las cámaras, tomada del brazo del que en ese entonces era el futuro presidente de NeoPanem. Siempre creí que Orion Black tenía cara de mocoso malcriado, pero el anuncio de su compromiso lo hacía ver solo como un muñeco de torta. Se lo paso, esta vez con más cuidado — ¿La recuerdas a ella? — dudo mucho que la Scott adolescente se fijase en las revistas, pero todo el mundo al menos oyó alguna vez la cercanía de una boda que jamás llegó a concretarse — Cordelia Collingwood, del distrito tres. “Coco” para todo el mundo. Vigilante de los Juegos Mágicos, excelente técnica y prometida de Orion Black. Iban a casarse tan solo semanas después de la boda de Stephanie y Dexter Metzger, pero ya sabemos lo que pasó. Tenía veintitrés años en ese entonces — de seguir con vida, la adultez debería haberla cambiado con el correr de los años, pero siempre pensé que sería alguien identificable. Tenso un poco la mandíbula, algo fastidioso por lo que le voy a contar a continuación, en especial porque jamás he entendido cómo es que se les pudo pasar por alto. Sé que no era alguien tan importante como para prestarle atención, pero esto es lo que sucede cuando no miras ni el más mínimo detalle — No hay registros de ella desde la caía del gobierno. Siempre se asumió que estaría entre los muertos políticos, pero resulta que no. Se evaporó en el aire. El señor Niniadis está un poco… desesperado, ya me entiendes — me inclino hacia delante y recargo los brazos en mi regazo, presionando mis manos entre sí al optar por una postura que delate mi seriedad. Busco sus ojos, tratando de encontrar en ellos la atención que necesito — Necesito encontrarla, Scott. Esta mujer podría joderlo todo.
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Mensaje por Lara Scott el Sáb Mar 02, 2019 12:58 am

Me recuesto en el sillón y coloco mis brazos sobre los lados como si fuera un trono en el que me elevo, la mano con la que sostengo el trapo se cierra sobre este y queda presionado contra mi palma. Esbozo una sonrisa ladina que va a juego con mi mirada divertida, ser propietaria de un yate también en la más ridícula de las fantasías sigue siendo delirante para mí. —Tal vez sea una chica cara, Hans. Mi criaron con la idea de que me merezco solo lo mejor de lo mejor— digo, presionando mis labios para que la risa no se me escape. —Y tú, tan mezquino. Que me buscas para ahorrarte unos galeones— al decirlo si me río, por lo bajo, apenas raspando mi garganta. Pese a lo severo que se muestra, me aparto un poco de esa actitud para quitarle hierro al asunto y que el aire pesado no se vuelva asfixiante en mi sala de limitadas proporciones. Creo que necesita un trago, uno muy fuerte, pero como se negó no voy a forzarlo a beber. Me muerdo el interior de la mejilla para no preguntar una vez más y espero a que se revele los motivos de su visita.

Sé quién es— aclaro, —No importa cuántas veces la haya visto o no a través de una pantalla. Hay nombres que simplemente son conocidos, no hace falta una presentación formal— contesto, haciendo referencia a Stephanie Black. Sabía lo que sabían casi todos, mi interés de niña y luego preadolescente en realidad no estaba puesto en la vida y en los chismes de nuestros soberanos. Lo de su casamiento fue trágico, pero no voy a engañar a nadie diciendo que ahí radica mi fobia al matrimonio. Porque una vez vi en la tele que todos morían en una boda. Ellos solo… siempre fueron algo ajeno a mí, de tan inalcanzables, algo irreal. Tener una carpeta con su nombre en la mesa de mi sala es algo impensado, hubiese preferido llevar a Hans a otro sitio porque este se siente inadecuado para sacar archivos que sacan el polvo de nuestro pasado. Esto no debería estar aquí.

Pero no hay sitio mejor, en mi casa no hay nada que pueda oír o saber lo ocurre aquí, soy su única habitante con consciencia y los más complejos artefactos están en el taller. Los secretos que aquí se digan me los guardo yo y mueren conmigo, ojalá no pronto. Sonrío brevemente al saber que cuento con su confianza, si más no fuera porque es parte del trato original que hicimos hace unos años. —No te ha tocado un acreedor tan considerado como el mío— se lo señalo, un poco con mofa, al saber la presión que vive por no cumplir con la tarea que le encomendaron. No me equivoco al pensar que cada quien tiene su infierno personal. —Lo que me quieres decir es que el poder del ministerio se ha vuelto un chiste para los rebeldes— tengo una sonrisa ensanchándose en mi rostro, me cuido de que no parezca que simpatizo con éstos últimos a pesar de que este sea el motivo inicial por el que nos conocimos con Hans. —Y el desquite con rabia y la carga de culpas también va por jerarquía— hasta llegar a él.

Pensé que la conversación nos estaba llevando hacia Stephanie, por lo que me desconcierta cuando me tiende la fotografía de un chico que también conozco por la sobrada fama concedida a su apellido, acompañado por una rubia. —Veintitrés años— repito, de todo lo que me dice es la única información que desconocía, creo que porque el dato no me pareció relevante en su momento. —Juventud, bodas y muerte. Qué manera tiene a veces la vida de consumirse tan pronto— suspiro y retengo un poco más la foto con los dedos de mi mano ilesa para estudiar los rostros retratados. Aparto la servilleta de mi otra mano, la arrojo sobre la mesa para usar ambas manos en mi inspección, solo los dedos sosteniendo el borde. Miro por encima de la imagen hacia Hans cuando me confiesa lo último. —Sigue viva— hago eco de lo que queda dicho.

Le devuelvo la fotografía y me echo hacia atrás buscando la comodidad del sillón, me tomo unos segundos para meditar en todo lo demás que queda implícito. El yate que no será, los esfuerzos fallidos del ministerio por hallar a sus principales enemigos, la imposibilidad de Hans de hacerlo personalmente, la supervivencia de Cordelia a la masacre. Sí, puedo ver a dónde se dirige esto… —¿Seguro que no quieres tomar nada? Te ves terriblemente tenso, si no te relajas acabarás con un dolor de cabeza infernal o un colapso nervioso. ¿Y quién pagará entonces mi yate?— postergo un poco más allá llegar al punto donde inevitablemente nos encontraremos. Me levanto de mi asiento para bordearlo y detenerme ante la estantería dividida en cuadriculas que está contra la pared. Abro una de las pocas puertecillas que hay y me fijo en las botellas, en su mayoría rebajadas. —Te ofrecería whisky, pero como no te gusta repetir ¿quieres vodka?— pregunto. Todavía de espaldas, prosigo: —No formo parte de ningún cuerpo especial de aurores, no tendría idea de cómo rastrear el paradero de esta mujer— busco desalentarlo, porque si tomó la decisión que lo haré, no me quedará otra cosa que hacerlo. —¿Y para qué la quieren?— entonces me giro hacia él. —¿Para asesinarla? — espero que me conteste mirándome a los ojos.
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Mensaje por Hans M. Powell el Sáb Mar 02, 2019 1:49 am

Entre chistes todo parece menos grave, incluso cuando alguien como Stephanie Black sale a colación, siendo uno que, como ella remarca, todos han oído al menos una vez en su vida, especialmente los que son lo suficientemente mayores como para recordarla — Ha sido considerado en su medida. Yo estoy siendo lento — admito con una sonrisa tenue que no tarda en extinguirse. Lo complicado es que, si un montón de aurores no pueden hacerlo, yo tampoco tengo muchas oportunidades, en especial porque soy solo un hombre rastreando a una mujer de la cual parece no haber quedado nada detrás. Intento ignorar la sonrisa que la decora, porque no puedo negar lo que dice, al menos no del todo — Siempre he creído que rastrear a un supuesto distrito rebelde es un gasto de energía. La atención debería estar en proteger y preparar a los nuestros, no esperar y derrochar en amenazas fantasmas — expreso mi opinión con la misma calma que he hecho en otras ocasiones, pero como no soy quien decide nada de eso, solo puedo morderme la lengua — En cuanto a la jerarquía… fue el trato que hice para poder tomarme libertades en buscar a mi hermana. No puedo arrepentirme. Yo rastreo rebeldes y ese es mi pase para hacer lo que quiera — al menos, mientras no me pase de ningún límite.

El gesto que hago al chasquear la lengua y mover mis hombros deja bien en claro que la manera en la cual esa mujer vivió su vida no es mi problema, sino más bien lo otro que Scott se encarga de señalar — Hasta donde sabemos, sí. Nunca se ha encontrado un cuerpo, ni vivo ni muerto — así que en algún lado debe estar. No en Europa, o en el sur: el territorio es demasiado hostil para una mujer en su condición. Si ha escapado, no ha ido lejos. Tomo la fotografía y la meto con cuidado entre los papeles, echándole un vistazo sobre la carpeta ante su ofrecimiento. No puedo no hacerlo y me permito sonreír vagamente, quizá por primera vez de manera real en la noche — Si me muero de un ataque al corazón, te dejaré mi bote en herencia — bromeo, centrado en mover algunos papeles con los dedos — Lo que tú quieras beber, está bien — me resigno, porque aunque sea un trago rápido, sé que me vendrá de mil maravillas para soportar lo que nos queda de la conversación. Lo que dice es lo que hace que mis dedos se detengan en el aire y me tardo un segundo en alzar el rostro hacia ella, tratando de mantener mis facciones en completa serenidad — Será interrogada y juzgada acorde a sus crímenes — es un modo elegante de hablar de tortura y ejecución, pero los dos ya sabemos cómo funcionan las cosas — Collingwood no es una verdadera amenaza por sí misma. Solo tuvo la mala suerte de trabajar y ligarse a la familia equivocada — que yo sepa, no había hecho nada importante en su vida salvo conseguir un buen trabajo y un prometido famoso.

Me llega un momento de vacilación cuando tengo que recordarme con quién estoy hablando, sosteniendo el papel que podría joderlo todo. Scott simpatiza con esta gente, pero a la vez sabe que no puede traicionarme o yo mismo me encargaré de que cumpla la sentencia de la cual la he librado en primer lugar. Sin más, le tiendo la hoja, depositando en ese gesto toda la confianza que soy capaz de otorgarle — Estaba embarazada — decirlo en voz alta solo hace que mi cabeza sienta que el aire se tensa, como un manto pesado sobre nosotros — Unos días antes de la caída de los Black, Collingwood se hizo los estudios que delataron su embarazo. Se traspapeló, nadie lo supo hasta hace unos meses porque ella no era parte oficial de la familia — ser momentáneamente invisible le valió su salvación, tanto como el haber faltado a la boda. Miro a la mujer que tengo delante, consciente de que tiene menos poder que yo, pero aún así ruego por que esta jugada me sea de utilidad a pesar de los riesgos que estoy tomando — Encontrarla es encontrar al ahora adolescente que debe estar con ella — hay alguien allí, una niña o un niño de unos quince años, que podría presentarse en el Capitolio un día clamando ser un heredero Black y ninguno de nosotros quiere eso. Una oposición siempre es un problema.
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Mensaje por Lara Scott el Sáb Mar 02, 2019 2:44 pm

No es mi intención debatir con él cuáles serían las medidas que creo que el gobierno debe tomar, como si se abriera entre nosotros un espacio de libres opiniones. Son demasiados años callando mis pensamientos como para ponerlos en mis labios y lo único que rescato de mi trato con Hans es que no hace falta que diga nada, a diferencia de otras personas no supone que mi silencio es una aceptación de todo lo que dice, porque estoy apartada de ello al punto en que cuando dice que “nuestros” distritos deben protegerse, tardo en darme cuenta que eso también me incluiría. Esa sensación me hace sentir sola a veces, un poco aislada dentro de mi cabeza. Escuchar que él también tiene que pagar cuentas por obtener un par de favores, es un consuelo de tontos para mis oídos. Me reconforta un poco que por encima de él, haya alguien que usa una llamada como un chasquido de dedos que espera obediencia. —Ya encontraste a tu hermana— apunto. —Ahora se trata de mantenerse dentro del juego como un jugador más para mantener los beneficios…— hago mi suposición.  —Y el trabajo puede ser arduo, pero es algo que disfrutas. Hasta ahora nunca se trató de hacer algo que vaya en contra de lo que crees, es una deuda cómoda— como la nuestra. No voy a sentir pena por él, porque… en su posición se mantiene entregando el paradero de rebeldes. Su privilegio a costa de otras personas, criminales según el juicio crítico de nuestro ministerio, pero eso no quita que se coloca por delante de ellos y considera que vale más su propia persona. Puedo reprobar esto, pero me precipitaría al no saber cómo acaba su exposición de lo que espera de mí.

Hecho— acepto, un bote me parece una buena recompensa para comenzar, en este asunto que cumple con todas las señales de que será un riesgo de esos colosales que mi instinto aún evita por preservación. —Esperaré a que corrijas tu testamento y me incluyas— tenso mi sonrisa que no llega a ser tan auténtica como otras veces, acudo al humor y no logro encontrarlo del todo. Cargo un único vaso con el vodka y lo corrijo: —Yo no beberé. Tengo que estar pendiente de cada cosa que dices— explico. No quiero tener lagunas mentales de esta conversación, en la cual cada detalle de información que me ofrece es determinante y confidencial, y a la hora de tener que rearmar sola el puzzle, me falten piezas. Es él quien necesita de una bebida que suavice su garganta para no perder la voz a causa del estrés, puedo ver que esta conversación le requiere de un gran esfuerzo y es que no creo ser la más adecuada para oficiarle de confidente. Mi gran virtud bajo su mirada será siempre mi exclusiva obediencia. Así que mi nueva tarea será encontrar el refugio de una mujer y guiarlo hacia allí, para que la condenen a muerte. Suspiro y cierro mis dedos alrededor del vaso con cuidado de que la presión no me lastime la mano ilesa que me queda. —Y sus crímenes son esas circunstancias, estar con la gente equivocada— murmuro más para mí misma. —Puedes decirlo de manera más elegante, pero estamos hablando del mismo final posible.

Cuando le entrego el vaso recojo la hoja que me tiende y no tengo que controlar la expresión de mi rostro, es absolutamente vacía mientras asimilo cada hecho que me comparte sobre estas personas que no conozco, pese a la historia que hay sobre el apellido Black. Puedo poner distancia con todos ellos, actuar con la misma apatía que me demuestra Hans sobre el destino que pesa sobre sus cabezas, porque al final de cuentas a quien conozco y a quien le debo es a él. Pero con el papel que certifica la existencia de un niño que al gestarse se volvió el enemigo principal de los Niniadis y por este crimen también será juzgado, me encuentro incapaz de unir dos pensamientos por la contradicción que está sufriendo mi mente. Todavía de pie froto mi mandíbula, doy una vuelta alrededor de los muebles de la sala para acercarme a la ventana y sentarme en el alfeizar. Necesito de un par de inhalaciones de aire nocturno antes de contestar. —Podrían estar muertos, podrían ser líderes entre los rebeldes, podría ser que este niño o niña fuera adoptado por alguien, quien sabe, que esté viviendo en el Capitolio. Quince años… es mucho tiempo y lo vuelve todo improbable— opino. —Si Cordelia lleva quince años sin presentarle su heredero a los Niniadis, puede que lo esté protegiendo y no tenga intención de reclamar nada— son muchas opciones que seguramente todos ellos barajaron. Pero a los enemigos se somete, se esclaviza y se extermina, así se sustenta el poder actual. —¿Me quieres mandar tras una amenaza fantasma, entonces? — creo que sus palabras son idóneas para hablar de la madre y el hijo.
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Mensaje por Hans M. Powell el Sáb Mar 02, 2019 4:21 pm

Niego con la cabeza en un movimiento lento y algo vacilante, hasta quebrar los labios en una risa helada — Ninguna deuda es completamente cómoda, siempre llega un punto donde te ahorca. Encontré a mi hermana, pero eso no quita que sigo debiendo mis servicios. Sigue siendo una paga y, sí, puede que esté de acuerdo con lo que tengo que hacer, pero también puedo estar en aprietos. Nada es tan sencillo o limpio — fallar en esta búsqueda, por ejemplo, podría valerme la ira de la familia que rige este país y está claro que no deseo eso. La formalidad se vuelve invisible cuando alzo un pulgar en su dirección en señal de que la añadiré al testamento a pesar de que los dos sabemos lo poco factible de ello, hasta que arqueo mis cejas en su dirección — ¿Estás tratando de embriagarme? — la pregunta es capciosa, en reflejo a la misma acusación que escuché de su parte en otras ocasiones y que me vale una ligera sonrisa. Pero lo acepto, beber nunca me ha dañado, al menos no de manera definitiva. Siento mi garganta un poco seca, así que me obligo a tragar saliva y carraspear casi al mismo tiempo — No lamentaré la ejecución de ninguna de esas personas. Gente como Cordelia Collingwood se bañaba en champagne mientras a nosotros nos obligaban a vivir escondidos — le recuerdo, aunque sé que no servirá de nada porque jamás estaremos de acuerdo. Jamás he matado a nadie por mano propia, pero no he vacilado cuando se trata de condenar a su ejecución a aquellos que se lo han buscado. Si alguien debe pagar, que lo haga.

Tomo el vaso que me tiende y le doy un trago generoso, apenas sintiendo el ardor del alcohol, como si se tratase de un simple jugo. De todas formas, mi vista se centra en ella, en como se mueve por la habitación y estoy seguro de que, si pongo la determinada atención, puedo escuchar su cerebro funcionar a toda velocidad. Acomodo la carpeta sobre la mesa y eso me permite el ponerme de pie, sintiendo mis pies algo inquietos, aunque no me muevo de mi lugar mientras ella habla y yo solo bebo. Todo lo que dice ya lo sé, lo hemos hablado, hemos barajado cientos de opciones e igual estamos aquí. Meto la mano que mantengo libre dentro del bolsillo del pantalón, silencioso incluso cuando ella termina de hablar, al menos hasta que doy un último trago y termino mi vaso con una mueca — No hay que subestimar a tus enemigos. Si ellos no se mueven, puede haber alguien que los use de pretexto, incluso de mártir. Por eso debemos ser silenciosos — si la noticia fuese de saber público, algún idiota podría luchar en nombre de la oposición, sea o no intencional. Un niño muerto también es una perfecta excusa para alzar las armas. Stephanie Black es diferente, es una amenaza famosa, tangible, a la cual debe apagarse para demostrar que somos más fuertes que ella — Nos guste o no, no podemos dejarlo pasar. Hoy en día es un niño, mañana será un adulto y las personas tienen libre albedrío. Hay riesgos que no se toman dos veces — como el dejar pasar un detalle tan minúsculo que acabó siendo enorme.

Apoyo el vaso sobre la mesita y me muevo por la habitación, más no cerca de ella, sino chequeando una de las ventanas, como si de esa manera pudiese ver que no hay nadie alrededor — No te estoy pidiendo que mates a un adolescente, Scott — murmuro, esta vez con algo más de suavidad — Solo quiero que averigües donde están. Si están vivos, dónde, si tienen contacto con Stephanie Black. En cuanto los encuentres, yo me encargaré del resto. Y en cuanto a los medios… eres una mujer inteligente — sé que encontrará el modo de hacerlo a su manera, pero también sé que no le vendrán mal unos consejos — Traje algunos mapas de las zonas donde he estado, las pocas pistas que he encontrado y los territorios que no tiene sentido el volver a explorar. No te emociones, casi todo lo que oigo son rumores ridículos sobre que han visto a Black en una pelea de gallos o cosas así — bufo con molestia, como si de esa manera pudiese quejarme de las personas y su idiotez — En cuanto a conseguir información… solo sé simpática, ofréceles dinero, un trago o acuéstate con ellos, no es tan difícil. Solo sé cuidadosa y mantén todo casual. Que nadie sepa tus intenciones ni motivos. Te brindaré los galeones necesarios para que te muevas por el país los fines de semana. Sería sospechoso que, simplemente, dejases de trabajar. No dejaré de buscar por mi lado, eso te lo aseguro — me tomo el descaro de acercarme a ella con paso tranquilo y tomo su mano herida, tratando de chequear cómo se encuentra en un simple movimiento que me permita ver la condición de su palma — ¿Te duele? — pregunto, elevando los ojos hacia ella — No permitiré que estés en riesgo, si eso te preocupa. Enviaré a mi elfina contigo.
Hans M. Powell
Hans M. Powell
Ministro de Justicia

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Crash through the surface ✘ Lara Empty Re: Crash through the surface ✘ Lara

Mensaje por Lara Scott el Sáb Mar 02, 2019 9:36 pm

Esperar que una deuda se mantenga en un estado de comodidad no parece una deuda real, y es lo que habíamos discutido una vez, qué hacía falta que hiciera para que el favor que recibí hace unos años quedara compensado más allá del trabajo que podía ofrecerle. La vida, como vida misma, era una posesión que creía inquebrantable hasta que un día estuve a un juicio de perderla y demostró su verdadero valor. Lo peor es que el susto me valió para tomar ciertas precauciones, pero no me apartó de mis viejos convencimientos. Son los que impiden que me desviva en halagos y devoción por un salvador inesperado, que hasta hoy pueda ver esto como un acuerdo frío de dar y recibir favores, haciendo la vista gorda de un par de situaciones que se salieron del cronograma. Mi expediente está archivado por Hans, no destruido. Puede ahorcarme si quiere, cumplir con lo que tuvo que ocurrir entonces y postergamos.

¿Para aprovecharme de ti? Ya lo hice así, puedes beber tranquilo— contesto, hablando con indiferencia del tema porque es más fácil tomarlo a broma, como nada serio. Pese a que todo en mí me lleva a un rotundo y para nada discutible rechazo a lo que está sugiriendo, que me embarque en la búsqueda de enemigos políticos que nada tienen que ver conmigo y tienen todo que ver con los poderosos que espero ver caer algún día, pienso dos veces antes de hacerlo porque siendo realista no puedo negarme. Lo puedo escuchar cuando dice que no lamentará la ejecución de estas personas que está buscando. Una carcajada amarga raspa mi garganta, pero no llega a salir de mis labios, se queda en una mueca. Le doy un punto por hacer de Cordelia una imagen que no inspira simpatía, con una única frase. Tiene una idea formada de las cosas, cree en lo que dice y en cómo vive, hay tal convicción en lo que hace… que pondrá mi expediente sobre la mesa si hace falta, porque tal vez esto me da un renovado valor a su servicio, mecánicos hay muchos. Si no le soy útil para lo que realmente necesita, mi posición y seguridad es inestable. Esto no se puede acabar bajo sus términos, porque eso me condena. Tengo que buscar mi manera de subsistir, hacer los movimientos que hagan falta para cumplir con lo que me pide y que no supongan un conflicto interno para mí, aunque es un poco tarde para eso. Pone en palabras el pensamiento que no quiero dar forma en mi mente y es que esto se trata de asesinar a un chico de quince años porque incomoda con su existencia a los Niniadis.

Contra mi voluntad, las comisuras de mis labios se curvan y es una sonrisa calma, para nada transparenta el lío de mi mente. — Tus maneras de persuasión…— señalo, sabe usar las palabras para cautivar oídos, le da una presentación distinta y más convincente a hechos que pierden su gravedad de esa manera, una buena táctica para mentes como las mías que son caóticas, que necesitamos de una voz que nos devuelva claridad y serene a los demonios internos, y recurrir a un halago para adornar el punto final es lo que me saca una risa. —Siempre las usas conmigo y no hacen falta— es un gesto casi amable de su parte. El resto lo escucho con una mirada escrutadora, es un hecho que estoy dentro de esta misión de rastreo y me queda no perder detalle de sus recomendaciones, tengo mis oídos puestos en lo que dice mientras fijo mis ojos en su rostro tratando de grabar a fuego en mi memoria este momento, porque sé que volveré muchas veces a partir de este día. Continúo con la vista puesta en él cuando mi mano queda dentro de la suya y la herida es expuesta. —Solo un poco, una punzada— contesto con un tono apagado, mi mente está en cualquier otro lugar lejos de ese corte que se cerrará esta misma noche. —¿Tu elfina iría conmigo para acompañarme o para controlarme? — pregunto por encima de mi respuesta anterior.  

»¿Necesitas alguien que te diga que puedes confiar en lo que te reporte? — continúo. —Si soy simpática, me embriago, doy dinero y me acuesto con rebeldes, puede que en algún momento dudes de mi palabra si crees que mi juicio se ve influenciado. Quieres que engañe a otras personas, pero en algún punto podrías ser también quien se crea el engaño. Solo lo digo para dejar las cuentas claras desde un principio y hacer de esto un nuevo trato dentro del que teníamos—. Estoy esbozando líneas en mi mente que me darán un margen de acción cuando esté en el campo de guerra, y podrán ser mi resguardo o las que me hagan caer. Pero necesito definirlas. —No iré con tu elfina, si quieres que busque por mi cuenta tengo que hacerlo sola. Tendrás que basar tu confianza en mí en una garantía diferente—. Sé que es pedir demasiado que confíe en mí, soy una apuesta arriesgada, pero no es la desesperación lo que está empujándolo a pedir mi ayuda, encontró otras razones por las que cree que puede fiarse y ya veremos qué tan fuertes son con el transcurrir del tiempo. —Y si estoy en una situación de riesgo, no intercedas a menos que estés muy seguro de que no podré resolverlo por mí misma. No me estás mandando de vacaciones a las montañas. Habrá riesgos y encontraré mis maneras de superarlos.
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Crash through the surface ✘ Lara Empty Re: Crash through the surface ✘ Lara

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