The Mighty Fall
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VERANO de 247221 de Junio — 20 de Septiembre


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Tras años de represión y batallas libradas, hoy son los magos los que caminan en las calles más pulcras del Capitolio. Bajo un régimen que condena a los muggles y a los traidores a la persecución, una nueva era se agita a la vuelta de la esquina. La igualdad es un mito, los gritos de justicia se ven asfixiados. Existen aquellos que quieren dar vuelta el tablero, otros que buscan sembrar la paz entre razas y magos dispuestos a lo que sea para conservar el poder que por mucho tiempo se les ha negado. La guerra ha llegado a cada uno de los distritos. ¿Qué ficha moverás?
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Hans M. Powell
Ministro de Justicia
Es mitad de semana, se acerca la hora de cenar y eso significa que debería estar en mi casa, disfrutando de lo que sea que toque hoy como menú. Posiblemente verduras, creo haber pedido algo de eso. Pero no, en su lugar estoy en mi oficina, girando en círculos gracias a un asiento que me lo permite y maldiciendo los mapas que he despatarrado por encima del escritorio. Le he pedido a Josephine que se marche hace cosa de media hora, así que sé que nadie va a interrumpirme y que la paz que siento en ese aspecto es una mentira que busca tapar la irritación. Hace más de una semana que me pidieron que encuentre una solución a este problema y no sé exactamente por donde empezar. He barajado la opción de abusar de mi amistad con Reynald para hacerme con unos cuantos aurores, pero no estoy seguro de poder confiarles algo así. Quizá debería pedirme unas vacaciones durante una semana, utilizarlas para sobrevolar los límites del país y ver qué puedo encontrar, pero adentrarme en territorio desconocido es un riesgo de hacerlo solo. Me pregunto cuánto he ganado y cuánto he perdido con este trato, porque no dejo de pensar que no he sido más que un hombre impulsivo y desesperado. Quiero cumplir, claro que quiero, pero fallar podría ser aún peor que haberme negado.

¿Cuánto dinero debería desembolsar si quiero aurores trabajando para mí y que, para colmo, deberían tener un voto de silencio? El solo imaginarlo hace que cierre los ojos con un suspiro de agotamiento y me frote los párpados con los dedos estirados. Sería una fortuna y ni siquiera estoy seguro de que funcione. Necesito ojos, ese es mi problema. Alguien que pueda moverse entre la mugre de la sociedad sin llamar la atención, tal y como yo he hecho en mis últimas visitas. Que pregunte, forje amistades y acumule la confianza suficiente como para que alguien le dé una pista. Si así podemos desenmascarar traidores, mejor, y mi nombre ni se vería ensuciado al no haber aparecido por allí. ¿Pero dónde y cómo voy a conseguir alguien que haga esto, con tan solo pedirlo? ¿Cómo es que…?

La respuesta viene a mí tan rápido que siento que me he cacheteado mentalmente; doy un bote en el asiento y todo. Yo tengo a alguien que hará lo que le pida y no puede abrir la boca. Que debe aceptar todas mis peticiones sin chistar, porque con un movimiento de la varita puedo acabar con la paz que reina su vida, independientemente del nivel de sentido literal de la expresión. No sé cómo no he pensado en ella antes. Puede que sea culpa de que he evitado que se asome por mis pensamientos, algo que no ha sido muy difícil si considero lo ocupado que he estado. Pero es que es tan sencillo…

Me giro en el asiento para chequear la hora, resoplando al asumir que ya se ha marchado a casa. Perfecto. Resoplo y decido no pensarlo dos veces, a riesgo de alguna duda; si es la mejor opción que tengo, no tengo por qué destruir mis neuronas en el proceso. El ponerme de pie me cuesta solo un salto, sintiendo el corazón acelerado por la adrenalina de lo que puede ser la solución a mis problemas, al menos de momento hasta que pueda construir un plan más detallado. Apilo las hojas con una velocidad algo torpe, metiéndolas de prepo dentro de la carpeta del informe y me coloco el saco con la urgencia elevándose por mis poros. La carpeta termina en el bolsillo interior, el opuesto a mi varita. Cerrar mi oficina y cruzar el departamento hasta meterme en el ascensor es cuestión de unos minutos, casi tropezando con Gwen, a quien le pregunto si sabe si Lara Scott sigue en el edificio: tal y como sospechaba, no lo hace. Eso me deja solo una opción.

No he estado en el distrito seis en semanas. Irónicamente, desde esa última reunión en donde las cosas empezaron a torcerse. Como conocedor de su informe, su dirección personal me es totalmente conocida y aparecerme en medio de la calle me da pie para caminar con desenvoltura, a pesar de que mis zancadas son mucho más largas que las de todos los días. Lo bueno es que esto no es el Capitolio y no me cruzo a una multitud en mi avance, hasta doblar la esquina que estaba buscando, pasando a una calle algo más desierta, cuyas luces se me hacen algo frías. Meto las manos en los bolsillos del saco al pasar frente al taller, tratando de chequear por la ventana en busca de la figura morena que estoy buscando. Sin detenerme, bordeo el lugar hasta que mis pies se frenan en el inicio del delgado callejón, observando como ella sale del taller y parece dispuesta a continuar su camino. Antes de que siga, doy los pasos necesarios para acercarme sin permiso — Necesitamos hablar — no hay un saludo, ni una falsa preocupación por saber cómo ha ido su semana. He venido por negocios, así que no necesito irme por las ramas. Me detengo a un paso de ella, echándole una veloz mirada a las escaleras de metal antes de volver a su rostro — En privado, por favor. Es importante — sino, no estaría de pie frente a ella, con el cansancio en el cuerpo gritando a estas horas de la noche.
Hans M. Powell
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Invitado
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La última de las luces se apaga en el galpón principal y el silencio cae sobre los monstruos a medio armar que quedan apostados como guardianes nocturnos del lugar cuando todos los mecánicos nos retiramos. Tengo que regresar sobre mis pasos por un corredor en penumbras, ayudaba por mi varita para no enredarme con los cables que alfombran el suelo en desorden. Conozco por costumbre el camino hasta la mesada que suelo ocupar y tanteando entre las herramientas encuentro la tortuga que busco. Al cerrar mis dedos sobre su caparazón, algo pincha mi palma y suelto una maldición que se oye como un murmullo furioso en el espacio inmenso del galpón. Aguardo a que haya un eco de mi voz, pero no se escucha nada. Con la tortuga metálica guardada en el bolsillo de mi chaqueta me giro para irme y los maniquíes con los que trabaja un colega me provocan un sobresalto. Es tener tres pares de ojos vacíos observándome en la oscuridad. Joder, como detesto convivir con estas cosas. Abandono nuestro museo de artefactos inanimados hasta la mañana siguiente, cuando con un golpe de varita todo volverá a cobrar vida, los monstruos volverán a rugir y nuestros amigos autómatas andarán de un lado al otro con sus movimientos calculados. Por el momento me concentro en el dolor de mi palma y la sangre que brota en un hilo fino que recorre mi piel, mientras me abro paso entre las sombras hasta la salida lateral del taller que da al callejón.

Cierro la puerta a mi espalda con un golpe seco del metal golpeando contra el arco del mismo material, y creyéndome sola doy unos pasos sin mirar, examinando la herida con la luz blanca que proviene de un foco por encima de mi cabeza. Me llevo mi segundo susto en menos de media hora al oír una voz que me habla directamente y maldigo por un demonio al ser pillada con la guardia baja. Cuando vives –literal- a dos pasos de tu lugar de trabajo, no tienes que preocuparte demasiado por cuestiones como la seguridad o lidiar con acechadores. Le echo una mirada de reconocimiento. Habrá pasado un tiempo pero mi memoria archiva el tono de su voz y se de quien se trata aunque la poca luz no le otorgue nitidez a sus rasgos. —¿A qué se debe tanta timidez como para esperar aquí y no entrar?— suelto con humor seco, señalando con el mentón el taller que a estas horas está cerrado para visitas y excursiones. No me agrada la gravedad que identifico en su voz, porque no me da mucho margen para hacer bromas.

Paso por delante de él en dirección a las escaleras de metal al costado del edificio de ladrillo rojo y agradezco que alguien haya dejado extendido el tramo plegable, así me basta con subir un pie detrás del otro. Cuando llego al primer nivel, me acerco a la baranda para indicarle que suba. Hago una floritura elegante con la mano para mostrarle el camino y continúo el ascenso hasta el tercer piso. Con mi mano sana me ayudo a entrar por una de las altas ventanas entreabiertas y una única lámpara se enciende al percibir mi llegada, iluminando tenuemente toda la habitación. La mochila se desliza con descuido por mi hombro hasta caer en el sillón y me dirijo al otro lado de la barra que separa la sala de la cocina, para colocar mi palma bajo un chorro de agua que surge de mi varita y cae en el lavado teñido de rosa. —¿Quieres algo para tomar?— consulto con los ojos puestos en el agua que se escurre. —¿O iremos directo a la razón que tu visita?— se lo notaba como que no estaba para rodeos. Tomo una servilleta de trapo que está colgada y la coloco sobre mi palma para hacer presión, así puedo darme la vuelta y volver al espacio reducido entre un sofá largo y dos sillones individuales, todos ellos más funcionales que estéticos. Me siento en el apoyabrazos de uno de éstos. —¿Necesitas que te ayude a esconder un cadáver, Hans? — curvo mi sonrisa peligrosamente, invitándole a la broma. —Me agarras en un mal momento para cavar un pozo. Pero podemos intentar otras maneras de deshacernos de la evidencia.
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Hans M. Powell
Ministro de Justicia
No tengo los ánimos flotando por mis poros, así que le respondo con un encogimiento de hombros que delatan que no le daré importancia a banalidades — No sabía si estabas o no en el taller — contesto con simpleza. Agradezco que entienda de inmediato mi urgencia y se encamine por la escalera, lo que me hace suspirar tras ir detrás de ella. Tiendo a meterme en su taller para nuestros encuentros, su espacio personal no es donde suela meter mis pies y eso solo anuncia la urgencia de la situación. Lo bueno es que ella no reprocha, solo me invita a seguirla por unas escaleras que resuenan bajo el peso de mis zapatos. Verla entrar por una ventana hace que arquee una de mis cejas, pero no me quejo y me inclino para poder pasar el largo de mi cuerpo por el mismo lugar. Se siente como entrar a escondidas, pero aún así me enderezo pasando las manos por mi saco como si quisiera estirarlo y echo un vistazo a la habitación. Si ya estaba seguro de lo diferentes que somos, el meterme en su casa después de verla en la mía solamente lo resalta. Tampoco le doy mucha importancia.

Su voz hace que desvíe la atención de la decoración y doy unos pasos hacia ella, meneando la cabeza — No me quedaré mucho rato, así que no, gracias — no entiendo muy bien de dónde sale el tono amable, pero lo dejo pasar. Mi ceño se frunce, percatándome en cómo presiona su mano hasta que se acomoda, provocando que tarde un momento en reaccionar a su broma — Si tenemos suerte no habrá ningún cadáver — me muevo hasta tomarme la libertad de sentarme en uno de los sillones individuales, desabotonando el saco para tener una mayor comodidad en esta nueva postura — ¿Qué te sucedió en la mano? — no me contengo a preguntar, estirando un poco el cuello como si de esa manera pudiese ver por debajo del trapo en busca de una respuesta — No se me dan bien los hechizos curativos, pero si necesitas ayuda… — ya, no tengo que distraerme. No es como si hubiese venido en su busca para hacer de enfermero.

Tanteo mi pecho en un intento de recordar de qué lado he guardado el informe y acabo metiendo la mano en el bolsillo interno, topándome con la delgada carpeta tres solapas que tiene la pila de papeles que serán fundamentales para la reunión de esta noche. No sé muy bien cómo se supone que uno empieza a hablar de algo como esto, así que intento tomarme la situación como si su sala no fuese otra cosa que el Wizengamot. Me aclaro la garganta en un carraspeo y apoyo la carpeta en una de mis piernas, empezando a hurgar entre el papelerío — ¿Qué tanto te gusta viajar, Scott? — pregunto al pasar, hasta que mis dedos atrapan el archivo de Stephanie Marie Black — Tengo un problema, ¿sabes? Uno que tengo que solucionar cuanto antes y creo que eres la única que puede ayudarme. No creas que estoy siendo dramático — mis ojos la miran solo en compañía de una veloz pero helada sonrisa, esa que no contagia al resto de mis facciones con el intento de mal chiste — Tómalo como un nuevo uso de nuestro acuerdo — y eso solamente lo deja bien implícito: no puede decirme que no.

Sin ir más lejos, lanzo el primer informe, el de la señorita Black, sobre la mesa ratona, con intenciones de que ella pueda alcanzarlo. Recargo mi espalda contra el sofá y solo la observo, tratando de ver cualquier gesto de reconocimiento en ella — Me imagino que sabes quién es — todo el mundo lo sabe, al menos todos aquellos que teníamos la edad suficiente como para reconocer el rostro de la hija del difunto presidente James Black. Stephanie siempre fue una pieza clave del poder de los anteriores gobernantes y fue su boda la que acabó en masacre; irónicamente, ella escapó y, hasta donde la gente sabe, es la única por la cual deberíamos preocuparnos. Me rasco la barbilla con los nudillos, suavizando un poco la voz — Antes de que digas algo, quiero que sepas que hago todo esto con intenciones de evitar una guerra. Solo para que lo tengas en cuenta. Lo que se hable esta noche, se muere en esta habitación — no estamos jugando con cosas pequeñas. Si tengo que obligarla a un juramento inquebrantable, que sepa que no dudaré en hacerlo.
Hans M. Powell
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Esto es serio, lo puedo percibir en el aire que corre por la habitación, como si se estuviera expandiendo en una nube densa que pesa sobre nosotros. Lo bueno es que las ventanas están abiertas, así puedo inhalar un poco del fresco de la noche al sentarme en la sala. No es esta brisa la que me provoca un estremecimiento, sino su comentario que responde a mi chiste sobre cadáveres y enfría mi sonrisa. Ah, sí. Tan jodidamente serio. Me hundo en el sillón para escuchar cómodamente lo que promete ser un relato que me tendrá con insomnio esta madrugada, y me apeno antes de tiempo por esas pocas horas de sueño que necesito y me serán quitadas. Palpo los bolsillos de mi chaqueta buscando mi varita, en uno distingo la forma de la tortuga, así que la varita debe estar en el otro. La uso para iluminar toda la habitación, así no estamos hablando en penumbras y con una sombra endureciendo aún más la expresión grave de Hans. —Fue un arañazo de nada— digo, restándole importancia. —Mucha sangre para una herida superficial, parará en un momento— aseguro, no es la primera vez que me sucede y otra cosa acapara mi atención robándole protagonismo al ardor en mi palma que va extinguiéndose.

La carpeta que queda a la vista le da a este encuentro un tono más formal y de negocios, pese a ser en la sala de mi casa. —¿Viajar…? Ya sabes, lo típico. Vacacionar tres o cuatro días a la semana en mi yate en el distrito cuatro o sobrevolar los distritos en mi jet privado—. Se merece que le conteste de esta manera. Sabe la hora que es y de dónde estoy viniendo, la mayor parte de mis horas despierta me las paso con la nariz metida en mi trabajo. Viajar, lo que se dice viajar, no es algo que planifique en mi agenda. Sí hago excursiones, escapadas, de las que no le hablaré, por supuesto. No tienen nada que ver con hacer turismo. Presiento que su interés tampoco está puesto en cómo planifico mis vacaciones. —¿Tú, dramático? Jamás osaría pensar tal cosa— lo digo solo porque me lo pone fácil. Mi sonrisa es un reflejo helado de la suya cuando lo señala como parte de nuestro acuerdo. Bien, aquí estamos. Tenemos nuestro viejo contrato sobre la mesa otra vez y puedo empezar a recordar ciertas cláusulas en letra pequeña. —Nuestro acuerdo es el más maravilloso comodín, ¿no crees?— murmuro, aprestándome a escuchar qué necesita que haga exactamente, que se sale un poco del trato que teníamos, de por sí secreto y con tantos resguardos. Y que no se trata de esconder un cadáver.

Puede que sí tenga que ver con muertos. Reviso por arriba el contenido de la carpeta que arrojó sobre la mesa y reconozco con sorpresa el nombre de la mujer, uno que siempre he escuchado y nunca tuvo relación conmigo. —Oh, sí. Creo que la vi en la televisión una vez— digo con voz hueca. Estábamos en la cocina con mis padres cuando las imágenes que veíamos en pantalla cambiaron de un día para otro todo lo que conocíamos, evoco la mirada que intercambiaron y que no supe interpretar entonces, y me contengo de buscar las fotografías con sus rostros que están en esta sala, para continuar revisando el informe que tengo en manos y que no debería estar leyendo. Antes de avanzar demasiado hacia cosas que prefiero no saber, porque la ignorancia me da seguridad, levanto mis ojos hacia él. —Si yo creía que tuvimos charlas por las que tendría que preocuparme, estás superando expectativas— sueno tan seria como él, pero con una sonrisa que pretende quebrar la tensión. —Sabes que puedes contar con mi reserva—. Nunca le he dicho a nadie de nuestro acuerdo, así como jamás le diría a él de la relación que mantengo con ciertas personas que me pondrían otra vez en conflicto con las normas de su departamento. La cuestión es que… no tengo interés real por lo que pueda decirme, porque me meterá en problemas. Hans me meterá en problemas así como me sacó de ellos una vez. Y solo dejaré que lo haga. —Así que estás metido en la mierda más escabrosa de nuestros reyes soberanos...— abro la invitación para que se explaye todo lo que quiera.
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Hans M. Powell
Ministro de Justicia
Es normal minimizar las heridas, así que elijo creer que lo que dice es verdad y que, de ser el caso de necesitar ayuda, la pediría; algo me dice que no, pero allá ella. Solo le echo un rápido vistazo a su mano y continúo con la conversación, tratando de ignorar un posible desangramiento — ¿Tendré que pagarte con un yate? — ironizo, permitiéndome cinco segundos de humor, ese que destila mi mirada cuando creo reconocer el sarcasmo frente a mi supuesto dramatismo — Nuestro acuerdo puede ser un modo de evitar un enorme daño sin gastar enormes sumas de dinero — no seré cuidadoso con eso, es algo que veo como obvio a estas alturas. Podría pedir un enorme escuadrón si quisiera, pero con esta tarea en particular, no hay intenciones de llamar la atención. Tenemos que ser silenciosos y rápidos, evitar que el chisme corra o podría jugarnos en contra.

¿Solamente una vez? — estoy seguro de que han sido varias, pero tampoco puedo asegurar que el hogar de los Scott fuese uno que estuviese al pendiente de la televisión. Como antigua directora de los juegos, Stephanie siempre gozó de una enorme popularidad entre los suyos y fue una de las figuras más respetadas en el gobierno de los Black. Sí, quizá su hermano mellizo era quien heredaría el país, pero ella siempre fue un problema un poco más preocupante. Es un poco irónico que sea culpa de Orion Black el que esté aquí esta noche — Sé que sí — no cabe duda, ella conoce muy bien nuestro pacto. Es lo último que dice lo que logra que infle mis mejillas y largue el aire con fuerza. Paso una mano por mi cabello y lo echo hacia atrás en un gesto agotado, pero no tarda mucho en volver a su lugar — Tengo que cumplir mi parte del trato, pero ser yo me está complicando la tarea en los últimos meses — no todos confían en mí, no todos creen que soy una persona respetable. Me he ganado mucho odio, eso también lo confieso. Moverme en ciertos lugares, conversar con algunas personas, todo eso se vuelve cada vez más enredado. Busco desviarme un poco de ese punto, al menos por ahora — No es secreto que el gobierno ha gastado fortunas en el rastreo de rebeldes, del supuesto distrito catorce, del paradero de Stephanie Black… — cosa que muchos consideraron un gastadero sin sentido hasta que se le puso una pausa — Pero, fuera de algún que otro traidor, siempre han sido búsquedas sin verdaderas pistas. Un poco frustrante y vergonzoso, si me lo preguntan — Así que he tratado de hacer el trabajo por mi cuenta. Ahora, la cosa se ha complicado a fines del año pasado.

Fue una de esas frutillitas que tuve que comerme cuando asumí como ministro y Sean Niniadis llamó a mi puerta, reclamando mis servicios, con la carta más agotadora de todas. Rebusco en mis archivos y saco el que está decorado solo con la fotografía de un recorte de diario. Uno donde la mujer bonita, alta y rubia saluda a las cámaras, tomada del brazo del que en ese entonces era el futuro presidente de NeoPanem. Siempre creí que Orion Black tenía cara de mocoso malcriado, pero el anuncio de su compromiso lo hacía ver solo como un muñeco de torta. Se lo paso, esta vez con más cuidado — ¿La recuerdas a ella? — dudo mucho que la Scott adolescente se fijase en las revistas, pero todo el mundo al menos oyó alguna vez la cercanía de una boda que jamás llegó a concretarse — Cordelia Collingwood, del distrito tres. “Coco” para todo el mundo. Vigilante de los Juegos Mágicos, excelente técnica y prometida de Orion Black. Iban a casarse tan solo semanas después de la boda de Stephanie y Dexter Metzger, pero ya sabemos lo que pasó. Tenía veintitrés años en ese entonces — de seguir con vida, la adultez debería haberla cambiado con el correr de los años, pero siempre pensé que sería alguien identificable. Tenso un poco la mandíbula, algo fastidioso por lo que le voy a contar a continuación, en especial porque jamás he entendido cómo es que se les pudo pasar por alto. Sé que no era alguien tan importante como para prestarle atención, pero esto es lo que sucede cuando no miras ni el más mínimo detalle — No hay registros de ella desde la caía del gobierno. Siempre se asumió que estaría entre los muertos políticos, pero resulta que no. Se evaporó en el aire. El señor Niniadis está un poco… desesperado, ya me entiendes — me inclino hacia delante y recargo los brazos en mi regazo, presionando mis manos entre sí al optar por una postura que delate mi seriedad. Busco sus ojos, tratando de encontrar en ellos la atención que necesito — Necesito encontrarla, Scott. Esta mujer podría joderlo todo.
Hans M. Powell
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Me recuesto en el sillón y coloco mis brazos sobre los lados como si fuera un trono en el que me elevo, la mano con la que sostengo el trapo se cierra sobre este y queda presionado contra mi palma. Esbozo una sonrisa ladina que va a juego con mi mirada divertida, ser propietaria de un yate también en la más ridícula de las fantasías sigue siendo delirante para mí. —Tal vez sea una chica cara, Hans. Mi criaron con la idea de que me merezco solo lo mejor de lo mejor— digo, presionando mis labios para que la risa no se me escape. —Y tú, tan mezquino. Que me buscas para ahorrarte unos galeones— al decirlo si me río, por lo bajo, apenas raspando mi garganta. Pese a lo severo que se muestra, me aparto un poco de esa actitud para quitarle hierro al asunto y que el aire pesado no se vuelva asfixiante en mi sala de limitadas proporciones. Creo que necesita un trago, uno muy fuerte, pero como se negó no voy a forzarlo a beber. Me muerdo el interior de la mejilla para no preguntar una vez más y espero a que se revele los motivos de su visita.

Sé quién es— aclaro, —No importa cuántas veces la haya visto o no a través de una pantalla. Hay nombres que simplemente son conocidos, no hace falta una presentación formal— contesto, haciendo referencia a Stephanie Black. Sabía lo que sabían casi todos, mi interés de niña y luego preadolescente en realidad no estaba puesto en la vida y en los chismes de nuestros soberanos. Lo de su casamiento fue trágico, pero no voy a engañar a nadie diciendo que ahí radica mi fobia al matrimonio. Porque una vez vi en la tele que todos morían en una boda. Ellos solo… siempre fueron algo ajeno a mí, de tan inalcanzables, algo irreal. Tener una carpeta con su nombre en la mesa de mi sala es algo impensado, hubiese preferido llevar a Hans a otro sitio porque este se siente inadecuado para sacar archivos que sacan el polvo de nuestro pasado. Esto no debería estar aquí.

Pero no hay sitio mejor, en mi casa no hay nada que pueda oír o saber lo ocurre aquí, soy su única habitante con consciencia y los más complejos artefactos están en el taller. Los secretos que aquí se digan me los guardo yo y mueren conmigo, ojalá no pronto. Sonrío brevemente al saber que cuento con su confianza, si más no fuera porque es parte del trato original que hicimos hace unos años. —No te ha tocado un acreedor tan considerado como el mío— se lo señalo, un poco con mofa, al saber la presión que vive por no cumplir con la tarea que le encomendaron. No me equivoco al pensar que cada quien tiene su infierno personal. —Lo que me quieres decir es que el poder del ministerio se ha vuelto un chiste para los rebeldes— tengo una sonrisa ensanchándose en mi rostro, me cuido de que no parezca que simpatizo con éstos últimos a pesar de que este sea el motivo inicial por el que nos conocimos con Hans. —Y el desquite con rabia y la carga de culpas también va por jerarquía— hasta llegar a él.

Pensé que la conversación nos estaba llevando hacia Stephanie, por lo que me desconcierta cuando me tiende la fotografía de un chico que también conozco por la sobrada fama concedida a su apellido, acompañado por una rubia. —Veintitrés años— repito, de todo lo que me dice es la única información que desconocía, creo que porque el dato no me pareció relevante en su momento. —Juventud, bodas y muerte. Qué manera tiene a veces la vida de consumirse tan pronto— suspiro y retengo un poco más la foto con los dedos de mi mano ilesa para estudiar los rostros retratados. Aparto la servilleta de mi otra mano, la arrojo sobre la mesa para usar ambas manos en mi inspección, solo los dedos sosteniendo el borde. Miro por encima de la imagen hacia Hans cuando me confiesa lo último. —Sigue viva— hago eco de lo que queda dicho.

Le devuelvo la fotografía y me echo hacia atrás buscando la comodidad del sillón, me tomo unos segundos para meditar en todo lo demás que queda implícito. El yate que no será, los esfuerzos fallidos del ministerio por hallar a sus principales enemigos, la imposibilidad de Hans de hacerlo personalmente, la supervivencia de Cordelia a la masacre. Sí, puedo ver a dónde se dirige esto… —¿Seguro que no quieres tomar nada? Te ves terriblemente tenso, si no te relajas acabarás con un dolor de cabeza infernal o un colapso nervioso. ¿Y quién pagará entonces mi yate?— postergo un poco más allá llegar al punto donde inevitablemente nos encontraremos. Me levanto de mi asiento para bordearlo y detenerme ante la estantería dividida en cuadriculas que está contra la pared. Abro una de las pocas puertecillas que hay y me fijo en las botellas, en su mayoría rebajadas. —Te ofrecería whisky, pero como no te gusta repetir ¿quieres vodka?— pregunto. Todavía de espaldas, prosigo: —No formo parte de ningún cuerpo especial de aurores, no tendría idea de cómo rastrear el paradero de esta mujer— busco desalentarlo, porque si tomó la decisión que lo haré, no me quedará otra cosa que hacerlo. —¿Y para qué la quieren?— entonces me giro hacia él. —¿Para asesinarla? — espero que me conteste mirándome a los ojos.
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Hans M. Powell
Ministro de Justicia
Entre chistes todo parece menos grave, incluso cuando alguien como Stephanie Black sale a colación, siendo uno que, como ella remarca, todos han oído al menos una vez en su vida, especialmente los que son lo suficientemente mayores como para recordarla — Ha sido considerado en su medida. Yo estoy siendo lento — admito con una sonrisa tenue que no tarda en extinguirse. Lo complicado es que, si un montón de aurores no pueden hacerlo, yo tampoco tengo muchas oportunidades, en especial porque soy solo un hombre rastreando a una mujer de la cual parece no haber quedado nada detrás. Intento ignorar la sonrisa que la decora, porque no puedo negar lo que dice, al menos no del todo — Siempre he creído que rastrear a un supuesto distrito rebelde es un gasto de energía. La atención debería estar en proteger y preparar a los nuestros, no esperar y derrochar en amenazas fantasmas — expreso mi opinión con la misma calma que he hecho en otras ocasiones, pero como no soy quien decide nada de eso, solo puedo morderme la lengua — En cuanto a la jerarquía… fue el trato que hice para poder tomarme libertades en buscar a mi hermana. No puedo arrepentirme. Yo rastreo rebeldes y ese es mi pase para hacer lo que quiera — al menos, mientras no me pase de ningún límite.

El gesto que hago al chasquear la lengua y mover mis hombros deja bien en claro que la manera en la cual esa mujer vivió su vida no es mi problema, sino más bien lo otro que Scott se encarga de señalar — Hasta donde sabemos, sí. Nunca se ha encontrado un cuerpo, ni vivo ni muerto — así que en algún lado debe estar. No en Europa, o en el sur: el territorio es demasiado hostil para una mujer en su condición. Si ha escapado, no ha ido lejos. Tomo la fotografía y la meto con cuidado entre los papeles, echándole un vistazo sobre la carpeta ante su ofrecimiento. No puedo no hacerlo y me permito sonreír vagamente, quizá por primera vez de manera real en la noche — Si me muero de un ataque al corazón, te dejaré mi bote en herencia — bromeo, centrado en mover algunos papeles con los dedos — Lo que tú quieras beber, está bien — me resigno, porque aunque sea un trago rápido, sé que me vendrá de mil maravillas para soportar lo que nos queda de la conversación. Lo que dice es lo que hace que mis dedos se detengan en el aire y me tardo un segundo en alzar el rostro hacia ella, tratando de mantener mis facciones en completa serenidad — Será interrogada y juzgada acorde a sus crímenes — es un modo elegante de hablar de tortura y ejecución, pero los dos ya sabemos cómo funcionan las cosas — Collingwood no es una verdadera amenaza por sí misma. Solo tuvo la mala suerte de trabajar y ligarse a la familia equivocada — que yo sepa, no había hecho nada importante en su vida salvo conseguir un buen trabajo y un prometido famoso.

Me llega un momento de vacilación cuando tengo que recordarme con quién estoy hablando, sosteniendo el papel que podría joderlo todo. Scott simpatiza con esta gente, pero a la vez sabe que no puede traicionarme o yo mismo me encargaré de que cumpla la sentencia de la cual la he librado en primer lugar. Sin más, le tiendo la hoja, depositando en ese gesto toda la confianza que soy capaz de otorgarle — Estaba embarazada — decirlo en voz alta solo hace que mi cabeza sienta que el aire se tensa, como un manto pesado sobre nosotros — Unos días antes de la caída de los Black, Collingwood se hizo los estudios que delataron su embarazo. Se traspapeló, nadie lo supo hasta hace unos meses porque ella no era parte oficial de la familia — ser momentáneamente invisible le valió su salvación, tanto como el haber faltado a la boda. Miro a la mujer que tengo delante, consciente de que tiene menos poder que yo, pero aún así ruego por que esta jugada me sea de utilidad a pesar de los riesgos que estoy tomando — Encontrarla es encontrar al ahora adolescente que debe estar con ella — hay alguien allí, una niña o un niño de unos quince años, que podría presentarse en el Capitolio un día clamando ser un heredero Black y ninguno de nosotros quiere eso. Una oposición siempre es un problema.
Hans M. Powell
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No es mi intención debatir con él cuáles serían las medidas que creo que el gobierno debe tomar, como si se abriera entre nosotros un espacio de libres opiniones. Son demasiados años callando mis pensamientos como para ponerlos en mis labios y lo único que rescato de mi trato con Hans es que no hace falta que diga nada, a diferencia de otras personas no supone que mi silencio es una aceptación de todo lo que dice, porque estoy apartada de ello al punto en que cuando dice que “nuestros” distritos deben protegerse, tardo en darme cuenta que eso también me incluiría. Esa sensación me hace sentir sola a veces, un poco aislada dentro de mi cabeza. Escuchar que él también tiene que pagar cuentas por obtener un par de favores, es un consuelo de tontos para mis oídos. Me reconforta un poco que por encima de él, haya alguien que usa una llamada como un chasquido de dedos que espera obediencia. —Ya encontraste a tu hermana— apunto. —Ahora se trata de mantenerse dentro del juego como un jugador más para mantener los beneficios…— hago mi suposición.  —Y el trabajo puede ser arduo, pero es algo que disfrutas. Hasta ahora nunca se trató de hacer algo que vaya en contra de lo que crees, es una deuda cómoda— como la nuestra. No voy a sentir pena por él, porque… en su posición se mantiene entregando el paradero de rebeldes. Su privilegio a costa de otras personas, criminales según el juicio crítico de nuestro ministerio, pero eso no quita que se coloca por delante de ellos y considera que vale más su propia persona. Puedo reprobar esto, pero me precipitaría al no saber cómo acaba su exposición de lo que espera de mí.

Hecho— acepto, un bote me parece una buena recompensa para comenzar, en este asunto que cumple con todas las señales de que será un riesgo de esos colosales que mi instinto aún evita por preservación. —Esperaré a que corrijas tu testamento y me incluyas— tenso mi sonrisa que no llega a ser tan auténtica como otras veces, acudo al humor y no logro encontrarlo del todo. Cargo un único vaso con el vodka y lo corrijo: —Yo no beberé. Tengo que estar pendiente de cada cosa que dices— explico. No quiero tener lagunas mentales de esta conversación, en la cual cada detalle de información que me ofrece es determinante y confidencial, y a la hora de tener que rearmar sola el puzzle, me falten piezas. Es él quien necesita de una bebida que suavice su garganta para no perder la voz a causa del estrés, puedo ver que esta conversación le requiere de un gran esfuerzo y es que no creo ser la más adecuada para oficiarle de confidente. Mi gran virtud bajo su mirada será siempre mi exclusiva obediencia. Así que mi nueva tarea será encontrar el refugio de una mujer y guiarlo hacia allí, para que la condenen a muerte. Suspiro y cierro mis dedos alrededor del vaso con cuidado de que la presión no me lastime la mano ilesa que me queda. —Y sus crímenes son esas circunstancias, estar con la gente equivocada— murmuro más para mí misma. —Puedes decirlo de manera más elegante, pero estamos hablando del mismo final posible.

Cuando le entrego el vaso recojo la hoja que me tiende y no tengo que controlar la expresión de mi rostro, es absolutamente vacía mientras asimilo cada hecho que me comparte sobre estas personas que no conozco, pese a la historia que hay sobre el apellido Black. Puedo poner distancia con todos ellos, actuar con la misma apatía que me demuestra Hans sobre el destino que pesa sobre sus cabezas, porque al final de cuentas a quien conozco y a quien le debo es a él. Pero con el papel que certifica la existencia de un niño que al gestarse se volvió el enemigo principal de los Niniadis y por este crimen también será juzgado, me encuentro incapaz de unir dos pensamientos por la contradicción que está sufriendo mi mente. Todavía de pie froto mi mandíbula, doy una vuelta alrededor de los muebles de la sala para acercarme a la ventana y sentarme en el alfeizar. Necesito de un par de inhalaciones de aire nocturno antes de contestar. —Podrían estar muertos, podrían ser líderes entre los rebeldes, podría ser que este niño o niña fuera adoptado por alguien, quien sabe, que esté viviendo en el Capitolio. Quince años… es mucho tiempo y lo vuelve todo improbable— opino. —Si Cordelia lleva quince años sin presentarle su heredero a los Niniadis, puede que lo esté protegiendo y no tenga intención de reclamar nada— son muchas opciones que seguramente todos ellos barajaron. Pero a los enemigos se somete, se esclaviza y se extermina, así se sustenta el poder actual. —¿Me quieres mandar tras una amenaza fantasma, entonces? — creo que sus palabras son idóneas para hablar de la madre y el hijo.
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Hans M. Powell
Ministro de Justicia
Niego con la cabeza en un movimiento lento y algo vacilante, hasta quebrar los labios en una risa helada — Ninguna deuda es completamente cómoda, siempre llega un punto donde te ahorca. Encontré a mi hermana, pero eso no quita que sigo debiendo mis servicios. Sigue siendo una paga y, sí, puede que esté de acuerdo con lo que tengo que hacer, pero también puedo estar en aprietos. Nada es tan sencillo o limpio — fallar en esta búsqueda, por ejemplo, podría valerme la ira de la familia que rige este país y está claro que no deseo eso. La formalidad se vuelve invisible cuando alzo un pulgar en su dirección en señal de que la añadiré al testamento a pesar de que los dos sabemos lo poco factible de ello, hasta que arqueo mis cejas en su dirección — ¿Estás tratando de embriagarme? — la pregunta es capciosa, en reflejo a la misma acusación que escuché de su parte en otras ocasiones y que me vale una ligera sonrisa. Pero lo acepto, beber nunca me ha dañado, al menos no de manera definitiva. Siento mi garganta un poco seca, así que me obligo a tragar saliva y carraspear casi al mismo tiempo — No lamentaré la ejecución de ninguna de esas personas. Gente como Cordelia Collingwood se bañaba en champagne mientras a nosotros nos obligaban a vivir escondidos — le recuerdo, aunque sé que no servirá de nada porque jamás estaremos de acuerdo. Jamás he matado a nadie por mano propia, pero no he vacilado cuando se trata de condenar a su ejecución a aquellos que se lo han buscado. Si alguien debe pagar, que lo haga.

Tomo el vaso que me tiende y le doy un trago generoso, apenas sintiendo el ardor del alcohol, como si se tratase de un simple jugo. De todas formas, mi vista se centra en ella, en como se mueve por la habitación y estoy seguro de que, si pongo la determinada atención, puedo escuchar su cerebro funcionar a toda velocidad. Acomodo la carpeta sobre la mesa y eso me permite el ponerme de pie, sintiendo mis pies algo inquietos, aunque no me muevo de mi lugar mientras ella habla y yo solo bebo. Todo lo que dice ya lo sé, lo hemos hablado, hemos barajado cientos de opciones e igual estamos aquí. Meto la mano que mantengo libre dentro del bolsillo del pantalón, silencioso incluso cuando ella termina de hablar, al menos hasta que doy un último trago y termino mi vaso con una mueca — No hay que subestimar a tus enemigos. Si ellos no se mueven, puede haber alguien que los use de pretexto, incluso de mártir. Por eso debemos ser silenciosos — si la noticia fuese de saber público, algún idiota podría luchar en nombre de la oposición, sea o no intencional. Un niño muerto también es una perfecta excusa para alzar las armas. Stephanie Black es diferente, es una amenaza famosa, tangible, a la cual debe apagarse para demostrar que somos más fuertes que ella — Nos guste o no, no podemos dejarlo pasar. Hoy en día es un niño, mañana será un adulto y las personas tienen libre albedrío. Hay riesgos que no se toman dos veces — como el dejar pasar un detalle tan minúsculo que acabó siendo enorme.

Apoyo el vaso sobre la mesita y me muevo por la habitación, más no cerca de ella, sino chequeando una de las ventanas, como si de esa manera pudiese ver que no hay nadie alrededor — No te estoy pidiendo que mates a un adolescente, Scott — murmuro, esta vez con algo más de suavidad — Solo quiero que averigües donde están. Si están vivos, dónde, si tienen contacto con Stephanie Black. En cuanto los encuentres, yo me encargaré del resto. Y en cuanto a los medios… eres una mujer inteligente — sé que encontrará el modo de hacerlo a su manera, pero también sé que no le vendrán mal unos consejos — Traje algunos mapas de las zonas donde he estado, las pocas pistas que he encontrado y los territorios que no tiene sentido el volver a explorar. No te emociones, casi todo lo que oigo son rumores ridículos sobre que han visto a Black en una pelea de gallos o cosas así — bufo con molestia, como si de esa manera pudiese quejarme de las personas y su idiotez — En cuanto a conseguir información… solo sé simpática, ofréceles dinero, un trago o acuéstate con ellos, no es tan difícil. Solo sé cuidadosa y mantén todo casual. Que nadie sepa tus intenciones ni motivos. Te brindaré los galeones necesarios para que te muevas por el país los fines de semana. Sería sospechoso que, simplemente, dejases de trabajar. No dejaré de buscar por mi lado, eso te lo aseguro — me tomo el descaro de acercarme a ella con paso tranquilo y tomo su mano herida, tratando de chequear cómo se encuentra en un simple movimiento que me permita ver la condición de su palma — ¿Te duele? — pregunto, elevando los ojos hacia ella — No permitiré que estés en riesgo, si eso te preocupa. Enviaré a mi elfina contigo.
Hans M. Powell
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Esperar que una deuda se mantenga en un estado de comodidad no parece una deuda real, y es lo que habíamos discutido una vez, qué hacía falta que hiciera para que el favor que recibí hace unos años quedara compensado más allá del trabajo que podía ofrecerle. La vida, como vida misma, era una posesión que creía inquebrantable hasta que un día estuve a un juicio de perderla y demostró su verdadero valor. Lo peor es que el susto me valió para tomar ciertas precauciones, pero no me apartó de mis viejos convencimientos. Son los que impiden que me desviva en halagos y devoción por un salvador inesperado, que hasta hoy pueda ver esto como un acuerdo frío de dar y recibir favores, haciendo la vista gorda de un par de situaciones que se salieron del cronograma. Mi expediente está archivado por Hans, no destruido. Puede ahorcarme si quiere, cumplir con lo que tuvo que ocurrir entonces y postergamos.

¿Para aprovecharme de ti? Ya lo hice así, puedes beber tranquilo— contesto, hablando con indiferencia del tema porque es más fácil tomarlo a broma, como nada serio. Pese a que todo en mí me lleva a un rotundo y para nada discutible rechazo a lo que está sugiriendo, que me embarque en la búsqueda de enemigos políticos que nada tienen que ver conmigo y tienen todo que ver con los poderosos que espero ver caer algún día, pienso dos veces antes de hacerlo porque siendo realista no puedo negarme. Lo puedo escuchar cuando dice que no lamentará la ejecución de estas personas que está buscando. Una carcajada amarga raspa mi garganta, pero no llega a salir de mis labios, se queda en una mueca. Le doy un punto por hacer de Cordelia una imagen que no inspira simpatía, con una única frase. Tiene una idea formada de las cosas, cree en lo que dice y en cómo vive, hay tal convicción en lo que hace… que pondrá mi expediente sobre la mesa si hace falta, porque tal vez esto me da un renovado valor a su servicio, mecánicos hay muchos. Si no le soy útil para lo que realmente necesita, mi posición y seguridad es inestable. Esto no se puede acabar bajo sus términos, porque eso me condena. Tengo que buscar mi manera de subsistir, hacer los movimientos que hagan falta para cumplir con lo que me pide y que no supongan un conflicto interno para mí, aunque es un poco tarde para eso. Pone en palabras el pensamiento que no quiero dar forma en mi mente y es que esto se trata de asesinar a un chico de quince años porque incomoda con su existencia a los Niniadis.

Contra mi voluntad, las comisuras de mis labios se curvan y es una sonrisa calma, para nada transparenta el lío de mi mente. — Tus maneras de persuasión…— señalo, sabe usar las palabras para cautivar oídos, le da una presentación distinta y más convincente a hechos que pierden su gravedad de esa manera, una buena táctica para mentes como las mías que son caóticas, que necesitamos de una voz que nos devuelva claridad y serene a los demonios internos, y recurrir a un halago para adornar el punto final es lo que me saca una risa. —Siempre las usas conmigo y no hacen falta— es un gesto casi amable de su parte. El resto lo escucho con una mirada escrutadora, es un hecho que estoy dentro de esta misión de rastreo y me queda no perder detalle de sus recomendaciones, tengo mis oídos puestos en lo que dice mientras fijo mis ojos en su rostro tratando de grabar a fuego en mi memoria este momento, porque sé que volveré muchas veces a partir de este día. Continúo con la vista puesta en él cuando mi mano queda dentro de la suya y la herida es expuesta. —Solo un poco, una punzada— contesto con un tono apagado, mi mente está en cualquier otro lugar lejos de ese corte que se cerrará esta misma noche. —¿Tu elfina iría conmigo para acompañarme o para controlarme? — pregunto por encima de mi respuesta anterior.  

»¿Necesitas alguien que te diga que puedes confiar en lo que te reporte? — continúo. —Si soy simpática, me embriago, doy dinero y me acuesto con rebeldes, puede que en algún momento dudes de mi palabra si crees que mi juicio se ve influenciado. Quieres que engañe a otras personas, pero en algún punto podrías ser también quien se crea el engaño. Solo lo digo para dejar las cuentas claras desde un principio y hacer de esto un nuevo trato dentro del que teníamos—. Estoy esbozando líneas en mi mente que me darán un margen de acción cuando esté en el campo de guerra, y podrán ser mi resguardo o las que me hagan caer. Pero necesito definirlas. —No iré con tu elfina, si quieres que busque por mi cuenta tengo que hacerlo sola. Tendrás que basar tu confianza en mí en una garantía diferente—. Sé que es pedir demasiado que confíe en mí, soy una apuesta arriesgada, pero no es la desesperación lo que está empujándolo a pedir mi ayuda, encontró otras razones por las que cree que puede fiarse y ya veremos qué tan fuertes son con el transcurrir del tiempo. —Y si estoy en una situación de riesgo, no intercedas a menos que estés muy seguro de que no podré resolverlo por mí misma. No me estás mandando de vacaciones a las montañas. Habrá riesgos y encontraré mis maneras de superarlos.
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Hans M. Powell
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Lo sé, tú siempre piensas que soy persuasivo y encantador — es un comentario que quiebra un poco la frialdad de la noche, algo parecido a sus intentos de broma y no a mis peticiones suicidas. Sé muy bien que no hace falta que busque suavizar el golpe para conseguir su favor porque ella no tiene otra opción, pero en verdad creo que tiene la cabeza necesaria como para salir viva de esto y sin ningún problema agregado a su historial. Aunque ella le quite importancia, meto mi mano libre sin soltar la suya dentro de mi saco y tomo mi varita. Es su desconfianza la que me hace echarle un vistazo con reproche — Para cuidarte. Confío en mis capacidades de duelo y defensa, no en las tuyas — no porque no crea que pueda ser una bruja poderosa, sino porque jamás la he visto en esa situación y prefiero no tomar riesgos. Sin preguntarle, apunto a su herida con la varita — Episkey — murmuro con claridad. Su herida no tarda en cerrarse, desapareciendo de una piel que queda en perfectas condiciones, al menos si no consideramos las manchas ligeras de color carmesí. Paso mis dedos por su palma para chequear que todo esté bien y la dejo caer al soltarla sin más.

Tengo que hacer un enorme esfuerzo para no ponerle mala cara y mantengo la expresión de póker mientras vuelvo a guardar mi varita, oyendo su cháchara que, a decir verdad, no me toma por sorpresa. Ella siempre tiene el talento de contradecirme y discutirme a flor de piel, incluso cuando sabe que no debería hacerlo — ¿Estás tratando de negociar mis pautas? — pregunto con una sonrisa burlona, más no aparto mis ojos de los suyos. No es hasta que termina que levanto un dedo en alto y luego lo uso para apuntarla — Tienes un mes para moverte como tú quieras. Pasado ese plazo, si hay algo que me disgusta, algo que se mueve un centímetro de su lugar, Poppy irá contigo. Quiero informes todos los lunes, que incluyan las zonas marcadas en los mapas dónde has estado. ¿Entendido? — NeoPanem es un país inmenso, con un territorio plagado de personas que se mueven como millones de hormigas. Es encontrar una pulga en un dragón — Solo recuerda que, si por esas casualidades te topas con Stephanie Black, no te acerques a ella — este es un consejo sincero. No solo nadie la ha encontrado en años, sino también es una de las personas más peligrosas bajo la búsqueda de nuestro gobierno — Solo da el informe y enviaré a alguien especializado. Como tú dijiste, habrá riesgos y quiero que seas sensata al momento de correrlos. Si usas el cerebro, estarás bien — incluso yo lo he sobrevivido y eso que me he metido en distritos pobres siendo culpable de portación de rostro. Lo que yo tengo a favor es la animagia, cosa que hasta donde sé, ella no posee.

Le doy una palmada en una pierna para que me haga espacio y tomo asiento en la ventana junto a ella, pero recargo mi espalda en el marco y tomo una gran bocanada de aire sin siquiera mirarla. Sé que todo esto es una locura, pero no hay marcha atrás — Jamie Niniadis cree que todos han huido al distrito catorce y que, si hay un sitio donde se encuentren, es ahí. Sean no está tan seguro y piensa que hay que expandir la búsqueda en todas direcciones, no solo en el norte — hace años, cuando este régimen era nuevo y se encontraba en pleno crecimiento, nuestra ministra torturó a uno de los antiguos vencedores de los juegos y descubrió la existencia de ese bendito distrito que la ha obsesionado por años. Quitando que el chico había venido del norte y el ataque reciente de los aurores, no tenemos más pistas. Es invisible, lo suficiente como para saber que hay magia de por medio y unos cuantos magos traidores a quienes juzgar — Además, si estaba embarazada, Collingwood no pudo haber ido muy lejos. Algunas cosas simplemente no cuadran — como que Black tenga un distrito a su disposición y no ataque, por ejemplo.

Puede que todo esto suene más a un monólogo interno que a una conversación que estoy manteniendo con ella, así que ladeo mi rostro en su dirección, observándola en la poca luz de la noche. Siento mi respiración calma, aún cuando mis ojos se enfrían — No me traiciones, Lara — el uso de su nombre de pila endulza mis palabras, pero las tiñe de una nueva advertencia. Algo más parecido a una amenaza que intenta ser apacible y gentil — Porque los dos sabemos que tú no me quieres de enemigo — De entre todas las personas, pasando por una estúpida jerarquía, soy el último con el cual debe jugar a su suerte. A fin de cuentas, yo soy la justicia en este país.
Hans M. Powell
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Su facilidad para los halagos no lo excluye, carece de pena para adjudicarse un par. Tira de mi boca una sonrisa más ancha, responde a su intento de hacer una broma sobre lo que no llegué a decir, porque no alcancé a pensarlo de ese modo. Persuasivo, sí. Encantador del tipo que hipnotiza si prestas oídos a su voz, puede ser. -Sí que sabes lo que pasa por mi mente- resoplo con un dejo de sarcasmo y atrapo un pensamiento repentino que se vuelve un interrogante fundamental. Si Hans es legeremante también debo adecuar mis nuevas reglas a este detalle que no es menor. Guardo esta duda lo que tarda en usar su varita para cerrar la herida de mi palma. -¿Te preocupa que me hagan daño con mi carácter tan dócil?- como la pregunta es una burla al que me haya señalado mi falta de habilidades en duelo, que creo compensar con otras, no espero una respuesta. Extiendo mis dedos hacia afuera para comprobar que el tejido de la piel se restauró por completo, entonces relajo la mano y permito que haga su propio examen. Cuando la suelta solo cae a mi rodilla y la cubro con la otra, repasando las mismas lineas. -Gracias- no me cuesta tanto como pensé murmurar esa única palabra.

Mi mirada unida a la suya no vacila, no retrocedo sobre los pasos que di. -Puesto que soy a quien arrojas y expones a los enemigos de tu fe, seguro tan fanatizados con la idea de dar a los Niniadis un final similar al comienzo de su gobierno,... sí, creo que estoy renegociando algunas pautas- farfullo. Porque los rebeldes con la información que él pide no son los que viven agazapados en edificios ruinosos de los distritos marginales, los de rango inferior, cuando hay otros que se mueven activamente para ir demostrándole a Jamie los puntos flacos de su sistema de seguridad. Si perdió demasiado tiempo buscando a Stephanie, Cordelia y el chico a partir de rumores tontos, no derrocharé el mío tomando un trago con un viejo que solo me hablará de las pasadas buenas épocas. Tengo un mes y es un plazo injusto. -No sé cuánto tiempo llevas en esto, pero no creerás que en un mes, dos días a la semana, te conseguiré dirección y número de teléfono de esta gente para que puedas llamarlos- le hago ver con sorna. Levanto tres dedos hacia él, con la mano que acaba de curar. Paso de largo que haya dicho que estaría obligada a la compañía de Poppy si cometo errores. No quiero tenerla conmigo, puede ser una criatura mágica pero es una responsabilidad, y la lealtad que los elfos demuestran a sus amos será como tener a Hans vigilándome en cada paso. -Tres meses. Entonces Poppy puede venir conmigo si hace falta y la llevaré de la mano por todos lados-. El último punto no es discutible. No me planteé que pasaría si en mi camino se cruza esta mujer que ha dado motivos reales para asustar a la autoridad del gobierno. ¿Actuaría... normal? -De acuerdo, me daré la vuelta y tomaré la dirección contraria. Te llamaré apenas pueda- accedo a sus indicaciones. No quiero, en la medida de lo posible, quedar en el fuego cruzado de esta gente. No me formé para hacer frente a ninguno de estos grandes magos, ellos se han elevado por encima de muchas personas, por hacer cosas que yo jamás haría y usar la magia para algo más que combinarlo con tecnología. -Te recuerdo que hace dos minutos dijiste que soy extraordinariamente inteligente, puedes confiar en que me mantendré viva- vuelvo sobre su cumplido, exagerándolo, para hacerlo una broma.

Me aparto un poco para que pueda sentarse a mi lado, y a pesar de que sigue hablando del mismo tema, trazando rutas imaginarias en su mente para dar con los desaparecidos y así acabar con un mapa de Neopanem atravesado por líneas que conectan mil puntos, las especulaciones que me comparte no tienen mi atención. Me sorprende que este hombre pueda dormir por las noches con una espina clavada en la nuca. No me da tiempo a un pensamiento amable, mis manos se quedan inertes sobre mis piernas y sus palabras solo reciben mi silencio. Un silencio que se extiende más allá de nosotros, escucho los segundos pasar en mi mente con un golpeteo metálico y no digo nada. No hago otra cosa más que mirarlo de frente, no me escondo, pero mis rasgos están endurecidos y limpios de emoción. -No lo haré- puede que haya esperado demasiado para decirlo. Mi mano se posa contra su cuello, quedamos a la distancia de mi brazo y hago mi esfuerzo para suavizar la tensión de mi sonrisa. -Ni amigos, ni enemigos entonces- musito. Sueno como si no me asustara, pese a que acaba de tocarme por dentro con su advertencia, un estremecimiento de peligro me alerta de que como enemigo será implacable y si algún día asumo ese riesgo, porque lo he pensado en un par de ocasiones, será a consciencia de todo lo que me espera. Percibo el calor de su piel debajo de mi palma como un contacto firme, pero a punto de quebrarse.
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Hans M. Powell
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Me preocupan cientos de cosas, no solo su carácter. Me preocupa que no pueda lidiar con las personas más burdas de nuestra sociedad, que diga algo incorrecto en su ignorancia y las cartas le jueguen en contra. Aunque no lo parezca, no deseo la muerte de su persona. Creo que, si no fuese porque sus ideas son peligrosas y a veces tiene una mentalidad cuestionable, Lara Scott es una buena mujer. Ha cometido un error y no tengo problema en dejarlo pasar si toma el camino correcto, algo que sé que estoy arriesgando con este movimiento. Le doy el beneficio de la duda, después de todo esta fue mi idea. A su agradecimiento, solo le contesto con una mueca y una sacudida de la mano. Es más urgente su desfachatez de poner normas sobre mi tablero, haciendo que la mire con la mofa digna de alguien que va dos pasos por delante del otro — ¿Crees que soy tan iluso? El mes es solo para demostrar que puedes trabajar sola y sin cometer ningún error. Tengo bien asumido que estaremos en esto un buen tiempo — le doy un empujoncito a sus dedos alzados, obligándola a que los baje — Dos meses y llevarás un comunicador. Es mi última oferta — que si no se la gano, se la empato con beneficios. Al menos no me pone reproches a mi condición sobre Black y eso me hace suspirar con alivio. El modo que tiene de bromear me tira los labios en una sonrisita — Al menos es algo. No tengo intenciones de cargar tu muerte sobre mi consciencia.

Su promesa de que tengo su fidelidad en esto no me calma, pero al menos me hace saber que tiene una idea sobre lo que es bueno para ella. No paso por altos sus segundos de silencio, pero aún así muevo mi cabeza para indicar que tomo sus palabras. Lo que me toma por sorpresa es su tacto, demasiado íntimo para la conversación que estamos teniendo, alejado de la realidad que compartimos los últimos veinte minutos — Ni amigos ni enemigos — repito, brindándole seguridad a sus palabras. No es algo que no supiéramos hasta el momento. Nada de lo que ha sucedido en las últimas semanas cambia lo que en verdad somos. Compartir una comida no te hace amigo de nadie, tal y como compartir una cama no te convierte en amante. Aquí juegan otros factores, más determinantes y complicados que unas cuantas etiquetas.

Levanto mi mano y la apoyo con cuidado sobre la suya, rozando los nudillos de los dedos que me tocan con una caricia apenas tangible de mis yemas — Cuantas cosas cambian en dos semanas, ¿eh? — bromeo en un murmullo. Bajo mi tacto para pasarlo por su muñeca y su brazo, hasta dejar caer la mano entre nosotros y apoyarla en la ventana, en un punto entre nosotros que no compromete mi postura — Es bueno que sepas lo que es bueno para ti y para el resto de nosotros. Nadie quiere un montón de bajas innecesarias — si da un paso en falso, ella es quien muere. Si ninguno de nosotros se mueve, nos arriesgamos a que el peligro siga suelto. Es verdad lo que he dicho antes: mi intención siempre es evitar una guerra en la cual no quiero pelear, pero que lo haría de todos modos. Hay ciertas cosas que no deseo ver. Las guerras traen hambre, peligro y destrucción y en poco tiempo he recuperado a las personas necesarias como para estar en la complicada posición de no preocuparme solo por mí mismo, sino también por ellas.

Mi cuerpo se debate entre levantarme y alejarme de ella, o quedarme sentado en la comodidad del fresco de su ventana. Por inercia miro al exterior, chequeando las nubes que oscurecen el cielo nocturno e indican una semana de posibles lluvias, esas que acompañarán los últimos días antes del verano. Como noto que he pasado demasiado tiempo en silencio, hago una seña con la cabeza a los papeles que quedaron sobre la mesa — ¿Necesitas que te explique los mapas o podrás descifrarlo por tu cuenta? ¿O tienes alguna duda? — pregunto. Meto la mano en el bolsillo y saco mi billetera, de la cual tomo un puñado de galeones y los dejo sobre el marco, creando un montoncito, invitándola a tomarlos — Creo que con esto bastará para la primera vez. Si tienes gastos extra, solo dímelo. No quiero que te quedes varada en medio de la nada y en una mala situación solo por falta de dinero — o porque alguien la metió en aprietos, pero eso se sale de mi control, al menos hasta que Poppy viaje con ella. Doy unos golpecitos sobre mi palma con la billetera y vuelvo a guardarla, echándole un vistazo de reojo — ¿Cómo has estado? — pregunto en aire casual, retomando la charla que jamás existió y debió darse cuando apenas aparecí en su territorio. Ni siquiera la miro al hablar, más interesado en chequear mis bolsillos y tratar de averiguar si no me olvido de ningún detalle sobre su nueva misión que haya pasado por alto. Al fin de cuentas, no estoy aquí para hacer sociales.
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Iluso es lo último que pensaría de ti— digo alzando una ceja y resistiendo con mis dedos al empujón para que los baje. Guardo el anular dentro de mi palma y queda el índice y el mayor a la vista. —Hecho. Dos meses y un comunicador—. Un aparato electrónico no me será problema si necesito silenciarlo un rato, está dentro de mi campo de destrezas. Siento una punzada de algo que se parece a culpa o a remordimiento prematuro por anticiparme a maneras de darle una vuelta a las reglas que me impone Hans. Podría ser culpa sincera, si no me hiciera sentir como que mi muerte sería como un pesar molesto, más que verdadero pesar en su conciencia. —Si muero, ¿puedes ponerle mi nombre a tu yate?— creo que es la oportunidad de una sátira, para que la mención reiterada de la muerte ligada a mi nombre no me embargue de desánimo. En unos días daré mis primeros pasos sobre territorios que me deja señalados en un mapa y no lo haré con miedo a encontrarme con la muerte a la vuelta de una esquina, en todo caso ni la seguridad del Capitolio nos salva de ella.

Por razones que no llega a desentrañar mi mente, siempre habrá algo, más inmediato, más cercano, que de ocurrir me asusta más que la posibilidad de la muerte, tan abstracta. No lo quiero de enemigo. Tal como rechacé de pleno ser amigos en otra ocasión, aclaro que nunca quise colocarme en la orilla contraria. Necesito del tacto para tender un puente entre los dos, que puede durar dos minutos antes de desmoronarse, pero necesario para que las circunstancias que seguirán a esta noche no nos coloquen en posiciones imprecisas. —Si tantas cosas cambian en dos semanas, ¿cuántas cosas crees que cambiarán en los próximos dos meses? El tiempo es… tan caprichoso— respondo en el mismo tono bajo que usa y cuando su mano se desliza hasta descender en un espacio vacío entre los dos, la mía se aparta lentamente para colocarse sobre la curva de mi rodilla. Recargo mi cabeza contra el marco de la ventana, escuchándole hablar de bajas innecesarias y contengo un suspiro al suponer que todos podemos ser reducidos a números en un registro. Desvío mi mirada hacia el exterior, a las paredes de los edificios vecinos que encierran el aire del callejón, y por encima de la escalera metálica, hay un recorte de cielo. —Hay algo más grande, más noble, detrás de todo esto— murmuro con sequedad. —Y algún día lo entenderé— recito de memoria. Una vez también me involucré en una causa ambiciosa que no logré entender en su complejidad y en mi arrojo acabé mal, desde entonces he vivido en los límites seguros de mi propia vida, pensando en mí, solo en mí, en las pocas personas que me importan. ¿Y si le dijera que no me interesa lo que pueda sucedernos a magos y brujas? ¿Qué sólo velo por mí y la gente que aprecio? ¿Qué tan mezquina me hace eso? No es del todo cierto, claro. Me cierro a que determinadas cosas me importen.

No percibo los segundos que pasan mientras tengo mi vista perdida en la nada, su pregunta me saca del ensimismamiento y no lo miro cuando tengo que contestar. —¿Por dónde te gustaría que comience? ¿O por quién? Armaré mi ruta a partir de eso…—. Los galeones que se apilan en mi ventana reciben un vistazo vago que sube hasta su rostro y me resigno a que así será. Deslizo mi varita fuera del bolsillo de mi chaqueta para apuntar a la repisa que está al otro lado de la habitación y se escucha el zumbido un escarabajo que al posarse sobre el alfeizar se evidencia como una criatura de metal con engranajes a la vista y con filosas pinzas por delante. Es de un tamaño superior a mi palma y al separarse sus alas, su cuerpo se abre para que pueda cargar en la ranura todos los galeones. —Te lo enviaré si necesito más galeones— sueno apática. El escarabajo se aleja para volver a su sitio en la repisa donde se queda inmóvil como si fuera un objeto de decoración. Me echo hacia atrás y lo miro con un poco de distancia, como si estuviera sometiendo su pregunta a un análisis pese a lo sencilla que es. —¿Bien? ¿De qué otra manera podría haber estado?—. Curvo mis cejas en una expresión interrogante: —¿Y a ti esto te ha dejado dormir?— me saco mi duda sobre si puede descansar con la espina en la nuca. Muevo la manga de mi chaqueta para comprobar la hora, estoy desde el mediodía sin probar bocado y no sé si hay una charla que continuar con Hans mientras revuelvo la alacena. No me queda claro si está a punto de despedirse o si es que tengo que hacerlo yo. «Bueno, Hans, si ya acabamos…», podría comenzar así. Escucho mi voz practicando en mi mente y no suelto palabra. —¿Quieres quedarte?— pregunto en cambio, y rápidamente añado: —Si tu respuesta es no, tengo una cena por inventar.
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Hans M. Powell
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Mis ojos hacen un ruedo que bien podría ser exasperación, pero la sonrisa vaga me traiciona — No vas a morir. Pienso encargarme que así sea. Todo por conservar mi bote tal y como está — casi sin usar, porque fue un capricho de alguien que de golpe se encontró viviendo en una isla con placeres ilimitados. No soy buen navegante, pero eso no debe saberlo, tanto como tampoco diré jamás que suelo marearme con facilidad en el agua tanto como lo hago cuando me subo a una escoba. Secretos innecesarios.

Tengo que meditarlo un momento. En los próximos dos meses, todo podría desmoronarse tan fácil como acabar en el otro extremo. Jamás me ha gustado pensar en el tiempo, me pone ansioso y me hace sentir impotente, como todo lo que no puedo controlar. Alzo mis cejas con velocidad y me relamo a la vez en un gesto que no se puede ni definir como ironía o gracia, sintiéndome repentinamente agotado. No cansado como lo estaba hace un momento, sino rendido, por fin quieto y en calma con respecto a un problema que no sé si he solucionado o mandado al muere — Cuando lo entiendas, llámame. He estado en esto por años y hay cosas que todavía no descifro — sé lo que yo creo que está bien o qué está mal, pero hay otros factores, ligados principalmente a la naturaleza humana, que siguen confundiéndome y fascinándome. Debe ser por eso que mi trabajo me encanta, más allá del estrés o de las cuentas a pagar que me llevaron a estudiar leyes. Es satisfactorio, por encima de todas las cosas, a pesar de ver con mis propios ojos las miles de historias de las muchas personas que se cruzan en mi camino.

Me gustaría responder de inmediato, pero mi atención a estas horas está un poco dispersa y me quedo con la boca ligeramente abierta en mi amague a hablar, porque mis ojos se van directamente al escarabajo metálico que cruza la habitación. Útil — Usa todo lo que necesites — mascullo al regresar a la conversación, parpadeando un poco en un intento de prestarle toda mi atención una vez más — Céntrate en Collingwood. Siento que estaría siendo abusivo si te envío de inmediato tras las pistas de Black. He estado preguntando en los moteles y tabernas del norte, he dejado varias anotaciones que pueden ser un buen sitio para empezar. Los traficantes y las prostitutas son los más dados a hablar, porque no tienen nada que perder y aceptan con gusto la paga — además, ninguno de ellos se sentirá amenazado si una mujer sola va en busca de otra que bien podría ser una vieja amiga. Lejos del verdadero peligro, tal y como lo prometí.

Me encojo de hombros porque adjudico mi pregunta a simple cordialidad, sin ver una verdadera necesidad de analizarla — No rastreo tu día a día, Scott. Podrías haber estado enferma la semana pasada o algo así. ¿Acaso la gente no te pregunta como has estado? — obvio que algo tan simple queda en el pasado, porque lo que me pregunta me obliga a apretar la mandíbula — Sí y no — contesto tras un segundo — He estado preocupado y estresado, pero aprendí a vivir con esa sensación. No podría dedicarme a la política si dejase que estas cosas me afectaran, mucho menos haber hecho carrera dentro del Wizengamot — si esto le parece algo pesado, la invitaré a revisar la mitad de mis casos en cuanto quiera. Triste o no, estoy acostumbrado. Lo que dice me saca del hilo de mis pensamientos, pero me toma un momento en comprender las palabras que salieron de su boca. Alzo una de mis cejas y me acomodo en mi sitio, inclinando un poco el torso hacia delante para apoyar mis codos en mis rodillas y así frotar mis manos — ¿Me estás invitando a cenar o a que me quede a dormir? — de entre todas las maneras en las cuales pensé que podría terminar esta noche, esta no era una de ellas. Mis labios se tuercen en un mohín de “no lo sé” y me pongo de pie, estiro mi saco con las manos y doy un paso que me aleja de ella, no obstante, me giro en su dirección — Eso depende. ¿Tú quieres que me quede o es mera cordialidad? Jamás me ha gustado la hipocresía de la obligación infundada del anfitrión. Ya sabes, cuando solo deseas que el otro se vaya pero por educación solo debes soportarlo en tu sala — con todo lo que le he pedido esta noche, no me sorprendería que solo deseara que desaparezca de su vista — Por mi parte, si no tienes más dudas, creo que he terminado de hacer negocios contigo. Si quieres que me quede, siempre podemos hablar del clima o no hablar en lo absoluto — bromeo, a pesar de que oculto la sonrisa al sacar el reloj de bolsillo de mi saco y echarle un vistazo. Ya he hablado con Annie sobre esto y paso de preocuparme por los resultados de una cena, cuando hay un escándalo político que evitar.
Hans M. Powell
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¿Gracias?— pregunto, su promesa de que me velará por mi vida ya sea por razones triviales como no tener que usar mi nombre en una de sus posesiones, me coloca en lo impreciso de saber dónde termina la broma y comienza su preocupación real. De la única certeza que me prendo es que preservar mi vida corre a cuenta a mía, esté donde esté, con quien esté, es el pensamiento que me impedirá esperar que alguien más o una fuerza mayor acudan a mi ayuda. La esperanza por pequeña puede ser nociva, esperar cosas de los demás es un resguardo que hace más mal que bien.  Así que me digo, sea verdad o mentira, que soy una pieza prescindible en este juego y que al pesar en una balanza mi vida y esta misión, sólo soy una baja necesaria por causas mayores. Este pensamiento me mantendrá segura. No planeo usar el comodín que me tiende que es él mismo, a menos que sea la última de mis posibilidades para volver a casa a salvo.

No quiero, pero sonrío rompiendo mi máscara de apatía cuando reconoce lo confuso que también le resulta este conflicto del que somos parte por arbitrariedad de nuestros gobernantes y sus enemigos. Cuando sale de su engreimiento habitual, que en gran parte es culpa del traje y la oficina y un poco de su tono cuando pasa lista de sus virtudes, me agrada ligeramente. Puede que me agrade un poco más de lo que calculo por motivos equivocados, sin que haga falta grandes demostraciones de una nobleza que, muchas veces, no me han inspirado nada de simpatía. Traficantes y prostitutas, por ejemplo, el tipo de gente que a mí me agrada. —Esas son personas interesantes— opino. —Si los traficantes tienen algo bonito, te lo traeré de souvenir— no sé de donde me sale el ánimo de bromear sobre esto cuando sus galeones me pesan en los bolsillos y prefiero esconderlos de mi vista. De las tres personas que buscan, una rubia promedio de treinta y cinco años me parece la aguja en el pajar. Se me ocurren al menos tres mujeres que darían la talla dentro de mi departamento en el ministerio. No lo quiero contradecir, pero creo que daría más resultar comenzar por el chico. Claro que tragaría veneno antes que decirlo en voz alta, porque no quiero que Hans y los tribunales queden a la expectativa de que traiga al chico.

Es una pregunta muy amplia, Hans— me quejo al intentar de defenderme. —No sé, ¿querías un repaso de mi lunes a domingo o sólo estabas buscando la respuesta educada que dan todos? Estoy bien, gracias por preguntar. No estuve enferma—. Y que diga que me gusta complicarlo todo, que me bastan tres palabras para convertirlo en algo más, porque tal vez sea cierto. No me desalienta con una respuesta escueta, en cambio la explicación sobre su estado de permanente estrés me da qué pensar y dudar de cómo no ha acabado por prender fuego una o dos veces a las carpetas sobre su escritorio. Podría preguntárselo, quizás lo ha hecho. La impresión que me da es otra. —Creo que ya lo sabía, nada te perturba ni te quita el sueño— murmuro. Lo había comprendido a partir de su manera de resolver situaciones menores, que también lo haga en el tablero de la política implica una destreza que no tiene cualquiera. Por lo poco que puedo atisbar de su mente, no jugaría a dar respuestas solapadas cuando se pregunta por mis intenciones de invitarlo a quedarse en vez de simplemente negarse como esperaba. A la gente normal nos queda la franqueza. Mi boca se abre porque cuando se vale ser honestos, las respuestas fluyen más rápido. No obstante, me detengo para no interrumpir su discurso porque es entretenido hasta el final. Las opciones se extienden para mí y dudo de sacar una carta entre el montón. Sigo creyendo que solo se irá.  

Para tu conocimiento, soy una pésima anfitriona. Prefiero ir a la casa de otras personas en lugar de que vengan a la mía, así puedo marcharme cuando me aburro o me canso— contesto y me echo hacía atrás, a la fracción de pared contra mi espalda, con la mirada puesta en su figura parada en mi sala. —No te estoy invitando a cenar porque no tengo habilidades que presumir en la cocina— más verdades, tan escabrosas que me preocupa que la imagen que tiene de mí quede terriblemente dañada. Sí, claro.  —Y no estoy segura de sí te estoy invitando a que te quedes a dormir, te ves apurado— señalo. Me pongo de pie y rodeo los muebles de la sala para ir hacia la cocina, en vez de rebuscar en la alacena o en la heladera, cruzo mis brazos sobre la barra y recargo mi peso en esta. —Si te quieres quedar un poco más, mi cena puede esperar— es un ofrecimiento, pero no un ruego. —Y creo que ya hablamos demasiado, así que si quieres quedarte, que sea para no hablar en absoluto— muevo un dedo en el aire que una rotunda negativa a que nos pongamos a discutir sobre la posibilidad de si esta noche lloverá o no.
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Mi risa es muda, pero queda en evidencia por la gracia que se pinta momentáneamente en mi cara — Sería un poco irónico que yo tenga algo de un traficante, pero me gana la curiosidad de saber qué me comprarías — no es alguien que conozca mis gustos, así que el comentario vuela con libertad en tono chancero. Y ya sé que es una pregunta muy amplia, pero eso no quita que ella le esté dando demasiadas vueltas — Bueno saberlo. ¿Era tan difícil? — empleo la actitud de alguien que le está enseñando a sumar a un niño de cinco años, pero lo suavizo con la sonrisa que se evapora con la siguiente conversación. En gran medida, puedo darle la razón, jugar mi carta de intocable e inalterable. Es una bastante acertada con la realidad, pero no completa mi personalidad — Lo que vale la pena, sí — respondo escuetamente.  El trabajo no me quita el sueño, la posibilidad de perderlo, sí. Así como otras cosas más personales que no voy a compartir con ella, no hoy, no en esta habitación.

Eso explica por qué no discutiste cuando ofrecí mi casa en lugar de la tuya el otro día — suelto como un bocado al pasar, pero permito que termine su explicación con el silencio manteniéndome de pie en medio de su sala de estar. Intento mantenerme en una expresión neutral, pero mirarla me complica el trabajo, así que pretendo estar muy interesado en meter de nuevo el reloj en mi bolsillo — ¿Quieres decir que no sabes si me estás invitando a dormir solo porque piensas que deseo irme? Así que, en definitiva, es parte de la invitación. En especial si no quieres hablar de nada y solo aceptas el mirarnos las caras en silencio — aunque parece que estoy enumerando hechos solo para hacerme una idea, solo estoy hablando en un intento de ver cual es su expresión. Por mi lado, solo prenso mis labios y los estiro hacia arriba, dando unos pasos vacilantes en su dirección, a pesar de que no me acerco demasiado — Lo de la comida es una excusa que puede solucionarse con delivery, si quisieras. Pero algo me dice que ordenar algo para cenar está en el mismo nivel que los bares y todo eso que dijiste que no compartirías conmigo. Así que, o quieres que duerma contigo o quieres que me marche. Apuesto más a la segunda opción — esto no fue una reunión de amigos. Apuesto a que, en cuanto me vaya, su cabeza empezará a trabajar a toda máquina, como me sucedió a mí cuando me enteré de todo esto por primera vez. No todos los días te arrojan semejante bomba y esperan que tú lo soluciones. Al menos, nosotros podemos decir que son gajes del oficio, aunque en términos muy diferentes.

El viento es lo único que rompe el creciente silencio, anunciando que si deseo irme, debería hacerlo pronto para no quedar debajo de la lluvia en cuanto ponga un pie fuera de este edificio. Acompaño al sonido con un golpeteo rítmico de mis dedos sobre la barra y paso a abrocharme una vez más el saco, enderezando la espalda en una actitud digna de la oficina y no de su casa. Al fin de cuentas, esto sigue siendo trabajo — Si es lo que quieres, tomaré algunos de los papeles que necesito y me iré. De paso, podríamos recuperar un poquito nuestros viejos hábitos. Paso de ser una molestia más de lo necesario — puedo invadir su espacio por demandas, pero no lo haré por otra cosa. Aunque a veces no lo parezca, me han enseñado lecciones de respeto. Le doy la espalda para ir hacia la carpeta, tomarla y chequear los papeles, hasta sacar un par de informes y registros que necesito. El resto lo dejo sobre la mesa, disponible para su nueva encomienda — ¿Quieres que salga por la ventana, también? — ahora sí, juro que estoy bromeando.
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No sé si es porque estoy a la defensiva o percibo un sutil ataque de su parte. Es quien eligió ir a su casa cuando había dos opciones abiertas, habrá tenido sus razones en las que basar su decisión, no le pregunté, así como no le discutí. Porque si hubiera dicho que prefería la mía, esa conversación se habría dado en estas paredes. No fue un ofrecimiento engañoso cuando lo hice. —Puedo decir que fuiste un buen anfitrión hasta el último minuto— lo digo con tono jocoso. Ese breve intercambio no me prepara para elaborar una réplica tan rápida a todo lo que viene después. Cuando somete cada una de mis aclaraciones a un estudio puntilloso, aguardo sin alterar mi postura expectante sobre la mesada, pero mis brazos se tensan. Sus conclusiones no están coincidiendo con mis intenciones. Percibo otra vez esa nota de un ataque por debajo de sus palabras dichas como un comentario al pasar, la referencia a los bares, a una cena y todo lo que dije que «no compartiría con él». Frunzo mi ceño, tal vez me esté equivocando al tratar de entender el sentido detrás de cada cosa que dice en vez de observar sus gestos, porque no sé cómo todo nos lleva a que estoy despidiéndolo.

Acaba de poner en las palmas de mis manos de esos chascos que explotan si nos los resuelves a tiempo, y no ha puesto solo uno, sino varios. Tengo que elegir por cuál comenzar, a menos que solo acepte su salida que parece el desenlace indiscutible de esta conversación. Entonces seré yo quien se quede desentrañando acertijos de palabras hasta que lo dé por casos sin solución, pero como todavía está en mi casa, puedo tratar de esclarecer mis puntos. —Espera— murmuro y mi voz choca la suya. Cierro mis manos sobre la mesada, tomo una inspiración necesaria de aire para controlar mi tono y a pesar de ello se cuela un dejo de acritud. —No nos estamos entendiendo—. ¿Cuándo sí lo hemos hecho? Esa pregunta me la haré después.

Froto por debajo de mi cabello con los dedos para calmar la frustración, mientras rebusca los papeles que piensa llevarse de las carpetas que quedan a mi resguardo para una misión en la que pensaré mañana, cuando comience un nuevo día, porque quiero una última noche en paz con mi consciencia. Es su pregunta la que me pone al borde de contestarle de una manera que me arrepentiré. No lo hago, inspiro hondo. Con unas zancadas largas llego hasta la puerta, me recargo de espalda contra esta y mantengo una mano en la perilla. —Cuando dije que no estaba segura de si querías quedarte a dormir porque te ves apurado, me refería a quedarte el resto de la noche literalmente durmiendo en mi cama, en mi casa. Pero con que te quedaras un rato más era suficiente para lo que importa, luego podrías irte con tu prisa a donde quisieras— puede que mi voz acabara sonando rabiosa al final y no me agrada escucharlo. Estoy colocándolo en medio de mis contradicciones, de señales que se cruzan en direcciones opuestas, y por eso muevo la perilla para abrir la puerta, haciéndome a un lado. —Listo, no tengo nada más que decir. Dale mis saludos a tus viejos hábitos cuando vayas a buscarlos— lo digo mirando más allá de él, por encima de su hombro, para no tener que enfocar mi mirada en la suya. —Que tengas un buen regreso a casa, Hans— me despido con la misma formalidad absurda que usé en ocasiones anteriores y envuelvo mis dedos en la manija hasta sentir el metal hundirse en mi palma.
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Hans M. Powell
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Que no nos estemos entendiendo no es novedad en sí misma, si consideramos que siempre parecemos estar jugando un mismo juego, pero con diferentes reglas. Estoy guardando los papeles dentro de mi saco cuando, para mi sorpresa, ella me responde cruzando la sala en dirección a la puerta y se lleva toda mi atención. No puedo ignorar lo que dice, pero mucho menos puedo dejar pasar por alto el modo en el cual lo hace. Me surgen nuevas dudas, tal y como si se tratasen de palomitas estallando dentro de mi microondas, pero las dejo pasar porque sería prolongar una discusión que no tiene sentido de existir. Que abra la puerta deja entrar el aire fresco y me invita a marcharme, así que doy algunos pasos hacia ella, aunque en vez de salir por donde ella me invita a hacerlo, apoyo una mano en la puerta por encima de su cabeza. Medito un momento el si empujar o no la puerta para que vuelva a cerrarse, pero opto por dejarla abierta.

Abro la boca una vez pero no sale ningún sonido de ella, así que la cierro, la frunzo y vuelvo a tratar — Disculpa. ¿Hice algo que te ofendiera? — pregunto en un tono de voz demandante, similar a aquel que solía usar cuando buscaba discutir con alguien. Hablo en pasado, porque hace mucho tiempo que no peleo fuera del ámbito laboral y hasta creo que he perdido un poco la costumbre — No sabía que hacer simples preguntas para aclarar el panorama fuese algo ofensivo. Pero como digas… — doy una palmada a la puerta y uso la misma mano para impulsarme hacia atrás, alejándome de ella con un suspiro que delata mis intentos de mantener la calma. Ni siquiera sé por qué me molesto en discutir algo como esto, cuando ni siquiera estoy seguro qué es lo que estoy discutiendo en primer lugar. Hubiera preferido tener que pelear por la misión que le he encomendado y no por si quería que me quede o no. Todo se me hace demasiado inmaduro.

Me paso una mano por la nuca y la froto repetidas veces, sintiendo el cabello entre mis dedos. Podría plantarme y reclamar una respuesta certera, pero en vez de eso doy los pasos necesarios para salir y sentir los primeros rastros de llovizna pellizcándome la cara. No hace tanto frío, así que los ignoro al voltearme hacia ella — Tus saludos serán dados — respondo con sarcasmo. Tengo el impulso de irme, pero una vez más me giro en su dirección, abriendo la boca con intenciones de decir algo más, pero no encuentro qué. Solo queda en un vacile, en una sensación incómoda y frustrante que me obliga a pasarme una mano irritada por el cabello ya húmedo, hasta que resoplo con resignación y empiezo a bajar las escaleras, casi esperando una explicación a mis espaldas. Me reprocho, de todos modos, el no poder dejar las cosas como simples negocios.
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Simulo una apacibilidad que estoy lejos de sentir al tener que alzar mi mirada, echándome un poco hacia atrás por la diferencia de estaturas, no me muevo ni un centímetro y lo enfrento con mi semblante imperturbable, mordiendo mi mandíbula con fuerza para no caer en una pelea absurda de dichos equívocos. —No— lo digo modulando ese monosílabo con una lentitud que lo hace caer pesadamente en el espacio que queda entre nuestros cuerpos, como algo que resuena en mis oídos. —No hiciste nada para ofenderme— musito, la suavidad de mi tono es cortante y engañosa. Estoy a una palabra de cerrar la puerta con un golpe y decirle exactamente qué de todo lo que dijo, de todo lo que hizo, me confunde y me enfada, entonces lo retendría unos minutos más en una conversación que no tiene forma de acabar bien, mientras no aclare por mi cuenta qué de todo es lo que en realidad me molesta.

Permanezco inmóvil con la mano en la perilla como mi punto de sujeción, aguardando a que se disipe la incertidumbre tormentosa de mis emociones contradictorias y que sus gestos nerviosos acaben en una resolución. No voy a ceder al impulso caprichoso de discutir por discutir, me cuesta por falta de práctica, pero no me es imposible esperar en un tenso silencio a que sus pies tomen la decisión de cruzar el umbral. Es entonces cuando doy un sentido a todas las piezas sueltas y caóticas, encajan donde debe ser. Un par de acertijos personales también encuentran su solución. Lo que me molesta es que se vaya, pero no es su culpa, no me ofende por hacerlo. No tiene por qué quedarse, y es cuando esa pieza encuentra su sitio en mi mente, que puedo elevar mi tono y dar firmeza a mi voz: —Nos vemos el lunes—. Cierro la puerta y se escucha el chasquido de la cerradura contra el marco. Tardo unos segundos en soltar la manija, el tiempo que necesito para situarme en el interior de la sala y no seguir con mis pensamientos a quien acaba de irse.

Me muevo hacia la mesa para recoger los expedientes porque creo que teniendo mis manos ocupadas y mi atención en otras tareas, daré a mi mente otras cosas en las qué pensar. Alineo los bordes de los papeles sueltos dentro de las carpetas, casi nadie visita mi casa pero no quiero correr el riesgo de dejarlas a mano sobre la mesa así que busco un escondite temporal mientras acabo mi cena. Voy a la repisa donde cada cuadrícula está ocupada por un objeto personal, sea una criatura mecánica, miniaturas de la colección de transportes que me quedó de mi padre, gruesos tomos sobre magia aplicada a la tecnología que eran de mi época de estudiante y las fotografías familiares que se mueven pero no demuestran una emoción que ya no haya visto mil veces: de niña con mi padre, en mi graduación con mi madre y una a los once años con Riley. Coloco las carpetas con cuidado entre las enciclopedias y retiro el marco con el rostro de mi padre de la estantería para buscarle otro lugar, porque no creo que pueda agradarle lo que estoy a punto de hacer.
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