The Mighty Fall
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PRIMAVERA de 247521 de Marzo — 20 de Junio


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Tras años de represión y batallas libradas, hoy son los magos los que caminan en las calles más pulcras del Capitolio. Bajo un régimen que condena a los muggles y a los traidores a la persecución, una nueva era se agita a la vuelta de la esquina. La igualdad es un mito, los gritos de justicia se ven asfixiados.

Existen aquellos que quieren dar vuelta el tablero, otros que buscan sembrar la paz entre razas y magos dispuestos a lo que sea para conservar el poder que por mucho tiempo se les ha negado. La guerra ha llegado a cada uno de los distritos.

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James G. Byrne
Fugitivo
En mi nuevo intento de hogar, ya están empezando a darse cuenta de que no sirvo como esclavo. Hay una elfina que se toma la molestia de recordarme una y otra vez cómo se supone que debo encerar el suelo y un elfo con cara de grano anal no deja de gruñirme indicaciones cada vez que me ve, especialmente cuando termino cargado de ropa en los brazos. Una vez me provocó un susto tal que dejé caer toda una bandeja de copas y, gracias a que estaba solo, los elfos lo arreglaron con su magia y nadie se enteró de lo que sucedió… hasta que el mala onda ese abrió la boca y tuve que comerme un fugaz correctivo. No, la vida de esclavo no es para mí. No sé limpiar, ni hablar, ni cocinar, ni remendar, ni nada. Sé que es cuestión de tiempo hasta que me regresen al mercado, pero no estoy tan seguro de que tan conveniente sea eso para mí. ¿Un esclavo que resultó defectuoso dos veces? Ya puedo ir sintiendo la soga al cuello.

Para mi buena o mala suerte, depende cómo se quiera ver, mi ama decide que debo aprender de un esclavo con experiencia y, según me informa en la mañana, una de las cocineras de la isla vendrá a hacerme de tutora durante la tarde, con la orden de tener una excelente cena preparada para la noche que no acabe en una intoxicación estomacal. Así es como me quedo solo tras abrirle la puerta a la señora Leblanc, entre incómodo por la situación y fastidioso por sentir que me tratan como a un niño inútil. No necesito de una niñera, que va. Quizá podría robarme algunos maníes mientras espero…

Triste para mí, no llego ni a hacerme la idea que el timbre suena y resoplo antes de ir a abrir. Me detengo frente a la puerta y chequeo mi uniforme con un simple vistazo, abro de un tirón y, a pesar de que abro la boca para dar la bienvenida, me quedo enmudecido y con los labios abiertos en un gesto idiota. Cuando pensaba en una esclava con experiencia en el rubro de la cocina, me imaginaba una señora de culo inmenso y rodete canoso, no a la boca carnosa que tengo delante. No, no, momentito, Jim. No puedes ser tan obvio en tu primera semana. Alzo una mano en señal de gesto y sé que quiero presentarme de un modo casual, pero todo lo que consigo es un… — … Hola… — agudo y exprimido que me hace insultarme para mis adentros — Supongo que tú eres… — ¿Cómo me dijeron que se llamaba? No, no me lo dijeron — Yo soy… Nada, soy James — le hago un ademán para que pase y cierro la puerta detrás de ella, tratando de que no se me vaya la vista. No es que yo sea un baboso, pero considerando que he pasado encerrado los últimos años… los ojos tienden a irse. Ya lo hicieron en mi primer día cuando llegó el minón de la hija de la señora Leblanc.

Me quedo de pie como una parte más de la decoración, con los brazos colgando a ambos lados del cuerpo y dándome golpecitos en los costados con dedos rítmicos, hasta que recuerdo que se supone que soy algo así como el anfitrión ahora que no hay nadie en casa. Además, ella está aquí por mi culpa — Lamento que tengas que venir de niñera. No es como que yo necesite una — muevo un poco mis hombros para quitarle importancia a todo el asunto y me fuerzo a sonreírle — pero ya sabes como son los amos. Un mínimo error y ya consideran que tienes que aprender a la fuerza — revoleo los ojos con gracia, tal y como si no fuese porque el primer día confundí un pelador de papas con un destapador de corchos. Un error lo comete cualquiera.
James G. Byrne
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Celestine Keogh
Llevaba el delantal blanco de cocina sobre la ropa perfectamente limpia, en ella podía apreciarse todavía el aroma a jazmines que impregnaba todas sus prendas, ese burdo gesto de aparente coquetería no era más que un bien dispuesto saquito gris con flores secas entre su ropa limpia, pero solo eso bastaba para regocijarla y llenarla de felicidad en las mañanas al vestirse de primavera antes de iniciar sus quehaceres. Su cabello, siempre recogido por el hábito de las cocinas, caía por su espalda en una trenza con la apariencia de una espiga de trigo perfectamente armada.

Su día había transcurrido de la manera habitual: desayuno y almuerzo se habían servido ya a la mesa, las limpiezas respectivas tras cada comida habían finalizado y para cuando ella dejó su lugar de trabajo y se dirigió a la casa de la ministra de educación, tal como se le había encomendado, todavía tenía un período de tiempo considerable antes de los preparativos para servir la merienda. No podía negarlo, en la realidad que le había tocado vivir su pequeño punto en el mundo no le disgustaba en absoluto; cocinar, limpiar, no eran nada de lo que pudiera quejarse tras considerar las perspectivas así que trabajaba con esmero y una sonrisa para nada fingida.

Hizo sonar el timbre una vez y contó los segundos que el esclavo demoró en abrir, le gustaba atender a ese tipo de detalles, solían decir mucho de las personas y uno de los pequeños placeres de su posición era descifrar rostros nuevos… al menos hasta que dejaban de serlo y pasaran a convertirse en parte de la habitualidad.

La puerta se abrió y el chico detrás de ella pareció congelarse durante un momento al verla, instante que ella misma aprovechó para dar cuenta del monumento humano que tenía delante: aunque un poco escuálido todavía (seguramente no hacía mucho de su estancia en el mercado), sus facciones invitaban a quedarse mirando pero ella procuró no perder la consciencia en el acto. La sonrisa de amabilidad que esgrimió al ver su gesto con la mano en forma de saludo se transformó en una risita suave tras escuchar aquella torpe presentación. Por no prolongar más la tortura, obedeció a la invitación a entrar sin demora.

Es un placer, James —comenzó a decir—. Yo soy Celestine.

Su mirada barrió la sala en la que se encontraba durante unos segundos pero no demoró demasiado en regresar hacia él. Admitía que era muy lindo pero parecía demasiado sencillo de leer, ¿cuánto podría durarle un libro sin misterios? Todos sus gestos le hablaban con tanta claridad que al mirarlo demasiado podría llegar a ultrajarlo sin querer.

Oh, ¿así que te has estado portando mal y yo soy el “método a la fuerza"? —Alzó las cejas, fingiendo sorpresa—. Cuéntame qué has hecho, necesito saber qué debemos corregir. ¿Has roto algo? ¿No sabes cómo limpiar correctamente? ¿No sabes cocinar?

¿A quién podría molestarle ser su niñera? A ella, por el momento y sin dudas, no.



Celestine Keogh
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James G. Byrne
Fugitivo
Celestine. Bien, no tengo que olvidarlo, aunque lo veo un poquito complicado — Puedes llamarme Jim, si quieres — lo digo desinteresadamente, pero creo que me delato cuando me llevo la mano a la nuca y sacudo un poco mi cabello en una postura que rápidamente califico como ridícula, así que dejo caer el brazo. ¿Y por qué estoy engrosando la voz? Que estupidez. Tampoco puedo culparme a mí mismo. En el mercado, la gente está sucia, mal cuidada y no se ve ni la mitad de bien que todos aquí en esta isla, donde no solo tienen comodidades básicas sino también lujos que les permiten verse como muñecos de torta todos los días. Y Celestine, esclava o no, tiene incluso hasta rico olor, pero no sé de dónde identificarlo. Creo que ahora me gusta un poquitito más el haber terminado en la isla ministerial.

Que crea que me he portado mal me hace sonreír con malicia y meto las manos en los bolsillos de mi pantalón, encogiéndome en mi sitio hasta que parece que mi cabeza se quiere hundir entre los hombros — Podemos decir que sí. ¿Tan buena reputación tienes que no han dudado en enviarte a ti? — no sé que reputación puede tener una esclava, pero si cocina como se ve eso explicaría muchas cosas — Apuesto a que se te da mejor eso de fregar. Ayer se me cayó la lavandina por las escaleras y toda la sala terminó apestando. No sabes cómo me quedaron los nudillos después de haber tenido que limpiar todo por mi cuenta para sacarle el olor — saco una de las manos de su escondite para mirarla y la volteo, enseñándole el dorso para que vea el color rojizo que todavía se luce con descaro.

Sus preguntas hacen que use el brazo para señalarle el camino e invitarla a seguirme. Aún no me muevo con confianza por la mansión, pero ya he aprendido a manejarme por los pasillos principales — Un poco de todo, pero la señora Leblanc — utilizo un tono tan pomposito para hablar de mi ama que queda bien en claro que es algo burlón y ruedo mis ojos con gracia — … quiere que la espere con una buena cena para esta noche y dice que tengo que aprender a diferenciar un salero de un pimentero. No he cocinado en años, verás, y mi anterior amo tenía un elfo que se dedicaba exclusivamente de las comidas. Ya entenderás por qué soy un desastre — mis manos empujan las puertas blancas y altas de la cocina, delatando el esplendor y pulcritud de dicha habitación. Todo es blanco, todo es luminoso y todo es demasiado ostentoso. Lejos de sentirme maravillado, chasqueo la lengua en señal de censura y rodeo la isla que tienden a usar como desayunador, donde me termino apoyando con mis dos codos para mirarla — Te pido disculpas desde ahora, pero debo darte la mala noticia de que soy tu aprendiz de cocina — la sonrisa que le regalo es tan pícara que deja bien en claro que no es una mala noticia para mí, aunque me percato de inmediato y carraspeo para disimular — ¿Por dónde quieres comenzar?
James G. Byrne
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Celestine Keogh
Cada palabra, cada gesto que el joven James regalaba hacía alarde de una fresca juventud que ni el paso por el mercado ni haber sido vendido, comprado y usado como esclavo habían logrado apagar. Nada de la amargura o la decandencia del maltrato que pudieran menguar su espíritu casualmente picaresco y jovial.

Más de una vez debió contener la risa, manteniendo una sonrisa como velo a sus propios descuidados pensamientos ante los burdos pero divertidos intentos de galantería de su anfitrión. Su gracia por momentos le resultaba tan irreverente que ante la pregunta sobre su reputación solo pudo atinar a responder alzando las cejas y acentuando su sonrisa por miedo a que la risa escapara desde las profundidades de su estómago… y ofenderlo. Por si fuera poco a eso le siguió una anécdota de su torpeza absoluta y el estrago que ésta había hecho con sus manos. Uh, esas manos, sin dudas ella podía imaginar mejores usos que frotar el suelo.

Nada se te puede dar peor que fregar, entonces —apuntó mientras lo seguía por los pasillos de la mansión y recordaba sus iniciales errores, muchos de los cuales nadie se enteró jamás porque para Celestine esa era parte de la magia de ser un esclavo.

Su mirada daba cuenta de lo que veía sin detenerse y sin descuidar a su guía que iba entretenido en un discurso acerca de lo que su ama esperaba de él para esa noche. No pasó desapercibido el tono que empleó al nombrar a la ministra de educación, algo no del todo infrecuente entre esclavos pero sí un tanto peligroso.

La cocina la sorprende inmaculadamente blanca, el exceso de su color favorito en una sola habitación parece salida de uno de sus sueños y pese a eso no es hasta que gira su rostro hacia el joven y ve su sonrisa pícara aunado a todo el conjunto de pose y palabrería que se queda momentáneamente sin aliento… casi sin habla.

Carraspea.

Veamos el posible menú para la cena de tu ama… y si logras hacerlo todo correctamente tal vez te ganes una recompensa por mi parte —añade empleando un tono intencionalmente pícaro—. Sé que te vas a esmerar, no querrás arruinar mi reputación tan pronto, ¿o sí?
Celestine Keogh
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James G. Byrne
Fugitivo
No sé qué es lo que me pone más nervioso, si su modo de sonreír, gesticular o quizá solamente el hecho de que no estoy acostumbrado a estar en este tipo de situaciones. En el mercado, las interacciones eran más vagas y la intimidad era producto de tratos por productos y beneficios, nada más. ¿Cómo se le habla a una mujer que no está sucia ni busca nada a cambio? — Definitivamente, no. Aunque soy bueno con la jardinería — porque es demasiado fácil y no tengo que estar encerrado entre cuatro paredes. ¿Ven? Algo bueno tenía que tener.

Todo pensamiento de decoro se me va a la basura cuando veo como mi picardía parece reflejarse en ella y mis manos se aprietan un poco en el borde de la isla, pensando en el mejor uso que podría darle a este mueble si no temiese terminar muerto y sin enterrar — Yo… no… uhm… — tengo que sacudir la cabeza en un gesto apenas perceptible y cierro un momento los ojos al pasar saliva, volviendo a prestarle toda mi atención como si nada hubiese ocurrido. ¿Ha ocurrido? ¿O solamente estoy malinterpretando todo? — ¿De qué clase de recompensa estamos hablando? — me tomo la confianza para preguntar algo como esto, pero adopto un tono no muy interesado, tratando de ignorar la vibración de mis tripas gritándome sobre los repentinos nervios. Tengo que aprender a controlar mis hormonas si voy a vivir en la misma isla que esta mujer o mis pantalones van a sufrir más que mis rodillas cuando tenga que fregar toda la tarde — Claro que no quiero arruinar nada. Además, de seguro eres muy genial como para que yo la cague tan rápido — y si lo hago, puedo tratar de recompensarlo de otra manera. Eso sí lo aprendí en el mercado.

Para obligarme a dejar de mirarla, me volteo con algo de rapidez y abro la nevera, completamente llena — No sé qué me sugieres, siendo primerizo. Aunque a la señora Leblanc parece gustarle mucho la bebida, así que había pensado una de esas carnes que puedes hacerle una salsa con vino… algo así. A mi anterior amo le fascinaba — cierro la heladera y rebusco en el resto de la cocina, dando con un cajón con papas — ¿Te parece algunas de estas al horno como acompañamiento? — o con algo que las haga menos secas. ¿No? ¿Eso no es algo que le gusta a la gente? Me siento tonto y torpe, así que saco la bolsa de papas y la apoyo sobre la isla a ver si tienen toda su aprobación. Bien, llevo dos minutos sin cagarla ni decir algo estúpido. Quizá esto no sea tan difícil si me mantengo concentrado en la comida.

Me froto el mentón con la mano estirada una y otra vez, pasando de la barbilla a la nuez de Adán y repitiendo la acción — Si me perdonas la intromisión — murmuro al final y, para no verla a la cara, le doy la espalda y empiezo a quitarme los rastros de mugre en el enorme lavamanos. Eso de la higiene en la cocina sí lo tengo presente — ¿Qué edad tienes? No pareces ser mucho mayor que yo, así que asumo que fuiste esclava gran parte de tu vida — obvio que ya me estoy metiendo, no podía ser de otra forma viniendo de mí. Ni cinco minutos duré — Debes saber muy bien cómo es que funciona todo por aquí. Supongo que tendré que molestarte para que me enseñes. Mejor tú que el elfo cara de culo amargo — claro, porque ya encontré la excusa perfecta. Soy genial cuando me lo propongo, a qué sí.
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Celestine Keogh
Sin dudarlo hubiera dado cada galeón que poseyera por aquella reacción que el joven James regaló con tanto descaro. Sin dudas la idea de recompensa parecía una buena motivación aunque no estaba del todo segura de haberlo motivado en la dirección correcta. Su nerviosismo, en cualquier caso, fue un regalo invaluable en esa tarde de primavera que prometía ser como cualquier otra.

No lo sabrás hasta que la obtengas —advierte, tratando de mantener el misterio sobre la recompensa pero fascinada con la verborrea nerviosa de su joven aprendiz.

Ve cómo él se dedica con prisa a buscar ingredientes y decide acercarse a su lado, siguiéndolo en el zigzagueo errático por la cocina que realiza el chico mientras parlotea incesantemente. Celestine tiene que admitir que podría no ser un libro tan aburrido después de todo.

Algo como lo que sugieres requerirá tiempo de reposo así que tendrías que terminar de prepararlo sin mi ayuda —advierte, sin descartar del todo la idea—, pero es una excelente opción. Es bueno que vayas conociendo los hábitos de tus amos, te será de ayuda así que debo alentarte a prestar atención a los detalles. Sean buenos o malos hábitos ellos son los amos, ¿no?

Hace una pausa para echar un vistazo a la heladera y tomar algunos ingredientes de allí para luego comenzar a inspeccionar la despensa tomándose las libertades necesarias pues dudaba que el otro supiera más que cualquier invitado sobre el orden de almacenamiento.

¡Momento de preguntas personales! —Exclama, esbozando una sonrisa—. Supongo que eso significa que entramos en confianza —tras guiñarle un ojo se detiene un momento, como si su pregunta requiriese cierta reflexión de su parte—; sirvo a la familia Niniadis desde hace diez años y actualmente tengo veintidós —entonces parece recordar que es un ser animado y adquirir movimiento para dejar los recipientes sobre la mesada—. Estaré encantada de ayudarte —admite, repentinamente cerca de él—. ¿Quieres empezar por el postre?
Celestine Keogh
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James G. Byrne
Fugitivo
¿Qué no voy a saber qué? Esto es más prometedor de lo que esperaba. Lástima que dice algo de que voy a pasarme horas dentro de la cocina (no dice exactamente eso, pero es lo que yo tomo), pero es totalmente reemplazado por la sensación de orgullo por recibir un elogio de su parte. Es bueno el saber que no todas mis actitudes pueden meterme en problemas, más no por desear ser un esclavo ejemplar, sino porque no me vendría mal el salvarme el culo para variar. Lo malo es que no puedo contenerme y ruedo los ojos con exasperación ante la sola idea de que siempre estaremos por debajo de ellos, nos guste o no — Supongo que tienes razón — gruño de mala gana, echándome un mechón de pelo hacia atrás porque me ha caído en la cara en cuanto bajé la mirada. No es momento de hablar de política o de malestares, así que lo empujo a un lado.

Celestine va y viene como si fuese su propia casa y me recargo en la isla para verla mejor. Es alta, no tanto como yo, pero sí lo suficiente como para verse esbelta. Sé que en algún momento mi cabeza se va para un costado cuando chequeo algunas partes de su cuerpo que me permite la vista que me da cuando está de espaldas, pero acabo sonriéndole con inocencia y rapidez en cuanto vuelve a voltearse. Lo malo es que me he salpicado algunas gotas de agua del lavamanos, pero creo que no lo ha notado así que me apresuro a limpiar los bordes de la mesada con la rejilla — Si quieres llamarlo así… — su guiño me hace reír entre dientes y desvío la mirada, decidido a secarme las manos con el trapo. Lo malo es que esa sonrisa flaquea cuando ella nombra a los Niniadis y hago un enorme esfuerzo para que no me vea de frente. ¿De todas las casas de la isla, tiene que trabajar justo en esa? — Suena a una vida un poco aburrida — digo simplemente y, para cortar con la tensión, le salpico las pocas gotas que me quedan en la cara — Solo eres dos años más grande que yo, pero aún así creo que me estoy ganando el derecho a tratarte de vieja cuando se me presente la oportunidad — cambiazo fugaz de tema.

Me estoy acercando a la mesada para ver lo que ha agarrado y, de un momento a otro, la tengo más cerca de lo que hubiese esperado; lo noto cuando me atrevo a volver a alzar los ojos hacia ella y encuentro los suyos a demasiada poca distancia — Sssí — arrastró un poco la palabra y tomo uno de los paquetes que ha agarrado, percatándome que se trata de chocolate — ¿Qué se supone que vamos a hacer con esto? — le pregunto. Sin contenerme, abro el paquete y el aroma dulzón hace que me ponga bizco del placer antes de cerrar los ojos, sonriendo más para mí mismo que para ella. No recuerdo la última vez que olí uno de estos — ¿Sabes? Sé que me gustaba el chocolate cuando era niño, pero no recuerdo cómo es su sabor — le confieso. Creo que es un dato un poquito más personal que el preguntarle cuántos años tiene.

Y, así como así, tengo la idea más estúpida y más maravillosa que tuve en mucho tiempo. Me muerdo los labios como si quisiera reprimir una sonrisa cómplice y uso la poca fuerza que tengo para quebrar el chocolate. Solo dos cuadraditos, nada más. Si vamos a hacer un postre, nadie tiene por qué saberlo — Ten. Ya tenemos un secreto que nos hace amigos — bromeo al entregarle uno de los trozos. No sé por qué, pero acerco el mío a mi nariz y vuelvo a olfatearlo antes de apoyarlo en mi lengua. El calor de mi boca pronto empieza a derretirlo, pero estoy más enfocado en su delicioso gustillo. Dulce, suave, esponjoso. Mis ojos se cierran mientras desgusto y doy un golpe en la mesada cuando dejo caer la mano — Por todos los cielos, es la puta gloria — solo cuando mis párpados vuelven a alzarse, noto que tengo algo de chocolate en mi pulgar y lo chupo sin miramientos. No es hasta que solo puedo saborear mi piel que me percato de que sigo con ella al lado, así que le sonrío a modo de disculpa mientras me limpio los labios con el dorso de la mano — Tengo otra pregunta: ¿Cuál es la comida que te mueres por comer, pero no puedes hacerlo? — los esclavos nos conformamos con las sobras o la comida barata. Nada de manjares o gustos para nosotros. Y esta creo que sí es más personal.
James G. Byrne
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Celestine Keogh
La actitud enfadosa de James acerca de su situación de esclavo, o los dueños, por momentos la pone nerviosa e internamente a la defensiva. En su mente miles de argumentos atacan ideas como “aburrimiento” o “injusticia” con tal de preservar su propio bienestar actual y, finalmente, se dice a sí misma que ella ha sobrevivido allí por más de diez años con esa filosofía, en cambio a James no parece estarle funcionando la suya tan cómodamente. Un pensamiento horrible pero útil.

Entonces, una vez resuelto su conflicto interior vuelve a hacer gala de su desenvoltura para molestar y bromear con su nuevo aprendiz quien aparentemente había tomado su propio movimiento como una oportunidad de descanso.

Una sonrisa sincera curva sus labios al escuchar su confesión acerca del chocolate, conmovida por una anécdota que probablemente compartirían la mayoría de los esclavos.

Con un nerviosismo apremiante lo ve abrir el paquete y sensaciones mezcladas de júbilo, miedo y anhelo estallan en su interior con solo sentir el aroma. Si bien no hace tanto tiempo como él de haber probado el sabor del chocolate y aún conservar su sabor muy vivo en la memoria no deja de ser un lujo bastante imposible para la mayoría de los esclavos, incluso los que trabajan en las cocinas.

Es por esa razón que cuando él extiende el pequeño trozo hacia ella duda unos instantes en aceptar o no, finalmente, y echando miradas nada disimuladas a su alrededor se lleva el chocolate a los labios. Roza suavemente su lengua en el dulce, cerrando los ojos mientras siente cómo su boca se llena de saliva, expectante y excitada por el delicioso sabor. Procura no devorarlo y demorar lo más que puede ese pequeño trozo de cielo aunque sabe que durante unas semanas deberá resistir la tentación de repetir esa hazaña o podría volverse costumbre y la costumbre la volvería indiscreta…

Cuando por fin abre los ojos ya no queda más que el regusto intenso y la sensación exquisita de la satisfacción junto a una nueva pregunta del otro que la transporta en el tiempo y el espacio. No tiene que pensarlo demasiado porque conoce la respuesta sobradamente pero aún así relame sus labios para ganar algo de tiempo y recuperar su integridad tras el golpe bajo del chocolate robado.

Conejo —responde, en su natural tono pausado—, mi madre lo preparaba con mucho ajo, acompañado por papas bien condimentadas y… —”lo extraño”, terminó la frase en su mente antes de buscar la mirada del otro. ¿Qué estaba haciendo? Ese tipo de charlas no le hacían bien al corazón. No hay nada que haga más infeliz a un esclavo que recordar el pasado—. En fin, de niña no le daba mucha importancia, era algo demasiado habitual para ser especial.

Era la primera vez en mucho tiempo que admitía algo como eso. Aclara su garganta y repasa los ingredientes dispuestos sobre la mesa, tratando de regresar al punto de partida o recobrar algo de sí misma. Inhala con profundidad y tras soltar el aire ordena los materiales seleccionados.

El postre requiere enfriarse así que será lo primero que haremos, junto con la salsa, estoy segura que marinada en vino tinto sería más rico pero eso necesitaría un reposo de todo un día… y no disponemos de tanto tiempo, ¿verdad? Optamos por la salsa pero mantenemos tu idea del vino, ¿qué te parece?

Como pudo le ocultó la mirada, todavía nublada por la sombra del pasado, mientras daba cuenta sobre lo entretenidos pero peligrosos que resultaban los nuevos esclavos.
Celestine Keogh
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James G. Byrne
Fugitivo
Lo pienso un momento, metiendo la lengua en una de mis muelas para sacarme los rastros del dulce — Jamás he comido conejo, suena rico. Aunque sí comí rata — quizá ese no era el dato para decir en un momento como éste, lo voy a anotar para futuros comentarios inoportunos. Hay algo en el tono de su voz que me hace observarla con curiosidad y, para alguien no tan detallista como yo, es muy obvio como se aclara la garganta. ¿Debería decir algo? ¿Se supone que tengo que consolarla o es algo que solo va a pasar? Esto es lo malo de no conocer a las personas: no tienes ni idea de cómo se supone que debes actuar.

Al final se pone de nuevo en acción y el perfil que observo parece estar más concentrado en la comida que en lo que estábamos hablando hace dos minutos, así que asiento y me recargo en la mesada con los codos, inclinándome un poco cerca de ella para poder ver los ingredientes que va señalando. Quizá ya fueron demasiadas preguntas personales por un día — Tú eres la experta — le digo, alzando mis manos en señal de que lo dejaré a su criterio — Haré lo que me digas… de comer, ya sabes. Eso — por si las dudas, para no sonar peor de lo que ya venía sonando.

Solo bastan unos minutos para que nos encontremos en medio de la preparación del postre, el cual lleva una enorme cantidad de chocolate y manteca. No tengo idea de si a las mujeres de la casa va a gustarle, pero tengo que admitir que yo la paso bien haciéndolo. Picar el chocolate es fácil, pero derretirlo en baño María es una tortura. Pronto, la cocina apesta a cacao semi amargo y siento que mi saliva tiene que hacer el doble de esfuerzo para quedarse dentro de mi boca — Si logras hacer que pueda cocinar sin prender fuego la cocina, la que va a merecer una recompensa eres tú — acoto, con la nariz medio adentro del jarro de peltre donde estamos derritiendo el dulce. Levanto solo el rostro para sonreírle en tono travieso, recordándole ese pequeño detalle — Solo espero que, lo que sea que me des, huela al menos la mitad de bien que esto — me estoy tomando una libertad enorme, pero no me contengo en mojar la punta de mi dedo y chuparlo como si nada — ¿Quién te enseñó a cocinar? No me sorprende que los Niniadis tengan al mejor personal. De seguro su cocina está repleta de servidumbre — he visto la mansión de la Ministra de Magia y su familia a lo lejos y solo puedo compararla con un palacio. Mantenerla limpia y en funcionamiento debe ser una tortura.

El ruido de la puerta hace que me separe del chocolate con suma rapidez, pero lo único que veo es a la elfina de la casa, Cora o algo así, que entra sin siquiera mirarnos y se pone a barrer el suelo. Tratando de no reírme, me volteo hacia Celestine y acomodo mis manos sobre mi cabeza para unir mis dedos y simular que poseo una aureola. No es hasta que Cora se marcha que yo empiezo a reír con más fuerza — Aquí no se puede tener intimidad — acoto, aunque no tardo en explicarme con voz torpe — Aunque no es como si quisiera tenerla. Ya sabes — alzo un hombro con un fingido aire desinteresado y me pongo a revolver el chocolate con una sobriedad que no tengo idea de dónde es que sale.
James G. Byrne
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Celestine Keogh
Su acotación sobre haber comido ratas no le pareció del todo inusual, ni mucho menos. Las condiciones de la población antes del nuevo gobierno tampoco parecían ser muy buenas como muchos querían idealizar. Celestine hubiera negado que su niñez tuvo algo de bonita si hubiera sido un mago quien se lo preguntara y, en cambio, solo esbozó una media sonrisa a su aprendiz antes de continuar con lo suyo.

El chico parece aliviado cuando la ve retomar el objetivo de su visita allí, ¿acaso sus propias preguntas lo habían incomodado? O, tal vez, fuera que su respuesta no era la esperada. En cualquier caso no creía que hubiera sido tan imprevisible como lo fue para ella, siempre atenta a ese tipo de detalles. Tal vez el otro se hubiera preguntado por qué ella no devolvía ninguna de las preguntas personales y, la verdad, es que fuera de no interesarle tampoco quería saber demasiado sobre los demás. Encariñarse era una prohibición autoimpuesta.

Volvió a curvar sus labios tras escuchar su aclaración y como respuesta pone en su mano los ingredientes para realizar el postre y una seguidilla de indicaciones sobre cómo prepararlo. Antes de dedicarse a preparar lo necesario para la salsa decide que hay algo en aspecto general del joven que debe atender, ¿o quizá es solo una excusa para tocarlo?

Algo importante en la cocina —comienza a decir mientras se acerca a él y lleva sus manos hasta la cabellera del otro—, si es que no quieres un merecido regaño —prosigue, apreciando lo suave que se siente su cabello y lo bien que se siente tocarlo—, es que no aparezcan rastros de cabellera en tus comidas —finaliza, para luego quitarse su propia gomita de la trenza y atar el cabello de James en un moño.

Seguidamente remueve en su delantal en busca del lápiz con que suele apuntar la lista de compras y se ayuda de eso para enroscar su cabello y ordenarlo en un recogido firme antes de lavar sus manos y dedicarse a la salsa.

¿Si logro que no incendies nada me vas a recompensar? —Inquiere con una sonrisa que, pese a estar de espaldas a él, es fácilmente apreciable en sus palabras—. Espero no decepcionarte con la recompensa prometida.

Le da un golpe en la mano al verlo comerse el chocolate, las malas costumbres pueden ser peligrosas en las cocinas y aquel esclavo parece ser un ejemplo a seguir en cuanto a vicios se refiere. ¿Por qué una familia como la de la ministra de educación compraría un esclavo tan mañoso como él? Tal vez era verdad eso de que ella era algo así como un último recurso antes de devolverlo y, sin saber bien por qué, decidió que realmente haría su mejor esfuerzo porque no se lo llevaran de la isla. Pero, ¿qué podía hacer?

Aprendí observando. Al inicio me compraron para que ayudara a la anterior cocinera, que ya estaba muy anciana para ciertas labores —comenzó a narrar, mientras mezclaba ingredientes—. Yo también era muy desastrosa —exageró, solo para tratar de animar al otro— y entonces descubrí que lo importante es que los amos no se enteren —alzó las cejas en un gesto significativo y luego sonrió.

Sus lecciones fueron interrumpidas por la llegada de un elfo doméstico y la insinuación de inocencia del esclavo le arranca una sonrisa franca y el pensamiento de que tal vez su función allí sea entretener a sus dueños. Al menos gracia no le faltaba, si es que no se convertía rápidamente en insolencia.

¿Ah, no? —Su voz sonó más suave de lo que había sonado antes, tal vez porque temía que el elfo siguiera por allí—. Creí que estabas cómodo a solas conmigo, que estábamos bien así… —Sabía a lo que él se refería pero le pareció divertido malinterpretar sus palabras—. Podemos pedirle que regrese, si te sientes incómodo.
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James G. Byrne
Fugitivo
De las muchas acciones que hubiese esperado para este momento, el que se acerque y meta las manos en mi pelo no es una de ellas. Siempre me gustó que me acariciaran el cabello, pero el toqueteo confianzudo de la muchacha al peinarme hace que la mire de soslayo y me mantenga quietecito sin mover las manos y hasta casi aguantando la respiración. Tiene un tacto suave, mucho más delicado del que hubiese creído y, antes de que me pueda dar cuenta, estoy peinado de un modo tan ridículo que el reflejo en la ventana me provoca una risita — Pelos fuera de la comida, entendido — es muy probable que me termine olvidando. Algo que me tiene sin cuidado es mi cabellera y creo que su aspecto lo deja mucho muy en evidencia.

Bueno… — sé que está sonriendo, puedo intuirlo, así que yo también lo hago a pesar de tener toda mi atención en el chocolate — Si tú me das una buena recompensa, me voy a asegurar de que la mía sea igual de satisfactoria — ¿Acabo de usar un tonito que se supone que es seductor? ¿De verdad? Jamás me han enseñado a ligar, así que no tengo idea de cómo se supone que se hace o por qué estoy arriesgándome a algo como esto cuando alguien puede llegar en cualquier momento. ¿Qué salgo ganando? Da igual, es simpática y está buena. ¿No me merezco un poco de diversión después de todo lo que he pasado?

El golpecito en la mano hace que la sacuda y la esconda detrás de mi espalda como un nene inocente, separando mis labios en una mueca que debería ser de indignación pero que se queda a la mitad de la intención y la risa — Perfecto entonces, ya lo tengo anotado — levanto un pulgar para darle a entender que no me perdí ningún detalle y vuelvo a la creación del postre — Comete errores, aprende de ellos y que nadie lo sepa. No parece tan difícil — más si consideramos que en esta casa somos yo, los elfos y el aburrimiento mientras dura la jornada laboral.

En ausencia de la elfina, estoy tentado en volver a pecar con el chocolate cuando lo siguiente que dice y el tonito que emplea me desconcentra, dejándome con la mano a medio camino de la harina. Definitivamente, esta mujer está jugando conmigo. Seré virgen, pero no idiota — No lo sé… ¿tú te sientes incómoda? — es fácil zafarse de la acusación cuando le pasas la bola a la otra persona. Sé que le sonrío con descaro antes de ponerme con la preparación de la masa del postre, tratando de seguir la receta a pesar de estar más concentrado en la conversación — Pero si me lo preguntas a mí, prefiero que no vuelva. Así no te distraes — y solo para molestarla, sacudo mis dedos para mancharle la nariz de harina, ensanchando la sonrisa — Es bueno esto de ser el estudiante consentido.
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Celestine Keogh
Celestine sonríe al escuchar cómo su propia pregunta le es devuelta junto a una sonrisa que ella interpretó como desafiante o atrevida. Tenía que admitir que para ser una persona tan transparente su sentido del humor lo volvía deliciosamente agradable. ¿Quién podía culparla si acaso no fuera lo único delicioso que encontraba en aquel joven esclavo?

Como el otro parece ensañado con el chocolate ella decide tomarlo para acabar de preparar la receta, por el bien de los dos, por supuesto. Menea la cabeza como primera respuesta y le arrebata el recipiente de su lado con más brusquedad al escuchar su siguientes palabras.

Ah, yo no me distraigo —se ataja, ya no del todo segura de esa afirmación pero defendiendo su reputación a capa y espada—, Yo no… —se interrumpe cuando su rostro es salpicado por motitas de harina y pestañea suavemente antes de dedicarle una mirada severa—. ¿Quieres perder la recompensa, o peor, dejar de ser mi estudiante consentido?

Su amenaza le parece bastante fútil considerando que no se trata de un niño y que, en realidad, su sonrisa le hace perder completa validez. Se limpia el rostro con la manga y aunque su rostro sigue ostentando pecas blancas de harina regresa a su tarea mientras va explicando cada paso.

Los siguiente minutos transcurren bajo un ambiente de completa armonía laboral, al menos hasta que finalizan el postre y deben dedicar su atención al resto de la cena. Ella emplea su tiempo en seleccionar los vegetales pero no pierde de vista al joven, quiere creer que es para mantenerlo vigilado pero en el fondo sabe que es un poco más complicado que eso.

Tienes que esmerarte, Jim —frunce un poco el ceño al pronunciar su apodo, sintiéndolo extraño en su boca, sin embargo continúa después de una breve pausa—, es un buen lugar si sabes cómo actuar y sin dudas mucho mejor que estar en el mercado pero tienes que esforzarte.

Lo decía por su bien. No era la primera vez que le advertía a alguien sobre los beneficios de estar allí pero, por alguna razón, ella parecía ser la única que lo apreciaba realmente. Tal vez fuera su miedo a regresar al mercado o quizá la certeza de que, aunque dejara de existir la esclavitud, tampoco tendría nada a lo que regresar. Su familia había muerto, su vida era eso que tenía y, en realidad, le aterraba que el cambio dejara las cosas peor de lo que estaban. Muchos podrían preguntarse qué era peor que eso pero para ella, con ropa limpia, comida y un techo, su situación no era tan desagradable. Lo demás era simplemente tolerable y de todas formas ya se había acostumbrado.

Disfruto mucho siendo tu maestra de cocina —aventuró—, sería bueno que esta no fuera la última vez...

Aunque, pensándolo bien, si esa situación se repitiera podría llegar a encariñarse de sus rizos despeinados y su sonrisa audaz. en cualquier caso, no le convenía simpatizar tanto con un ser tan problemático como James pero, nuevamente, ¿quién podría culparla?
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James G. Byrne
Fugitivo
¿Perder la recompensa? Jamás. Por eso me quedo callado y competente, viéndola trabajar en un intento de memorizar los pasos que realiza y seguro de que no podré ser capaz de imitarlos cuando esté a solas. No me va a quedar otra opción que pedir que me anote el paso a paso y no sé por qué, pero estoy seguro de que no va a negarse si lo hago amablemente. No la conozco de mucho, pero Celestine se me hace una persona amable, al menos en lo que llegó a demostrar hasta ahora — ¡Yo me esmero! — me defiendo en un tono infantil que no ayuda a respaldar lo que digo, mucho menos cuando momentáneamente pongo un puchero — No volveré al mercado de nuevo, ya lo verás. Fallé una vez hace unos años, no pienso dejar que me ocurra de nuevo — es una mini confesión, pero estoy seguro de que a ella no le va a molestar.

Casi me patino de costado cuando me apoyo en la mesada en respuesta física a su confesión y tengo que sostenerme del borde para no terminar de culo en el suelo. La sonrisa estúpida se me ensancha, pero creo que mantengo la compostura y la dignidad cuando me paro derecho y me acerco a ella para limpiarle los pocos rastros de harina con mis dedos, ayudándome con la manga de mi remera — Que bueno, porque no me gustaría sentirme rechazado tan rápido — dejo caer la mano y la escondo dentro del bolsillo de mi pantalón como si de esa forma pudiese eliminar cualquier evidencia de lo que acabo de hacer — La próxima vez puedes enseñarme a hacer desayunos, a ver si así se llenan a la mañana y no llegan con tanta hambre — un desayuno parece ser mucho más fácil que un almuerzo o una cena, así que podría arriesgarme al menos una vez.

Me separo de ella con total impunidad, pero le dedico una mirada fugaz que va acompañada de una sonrisa compinche. No hace falta decir nada más, porque me pongo a trabajar de inmediato para terminar el postre. En unos minutos, la cocina se llena de olor a chocolate y a salsa, siendo una mezcla que me hace notar que empiezo a tener hambre a pesar de que no puedo comer hasta haber terminado mis quehaceres. En algún punto, cuando el volcán de chocolate ya está listo y me siento en el borde de la isla, manchado de harina, chocolate y mantequilla, doy por hecho de que no tengo la paciencia necesaria para ser un buen cocinero.

¡Lo hice! — reclamo, señalando la bandeja de moldes repletas del postre que decora gran parte de mis prendas — Y nadie murió en el proceso. Mira, hasta estoy ileso — mentira, soy una mancha de repostería — ¿Dónde tienes esa recompensa, entonces?
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Celestine Keogh
Hubiera sido inevitable no conmoverse con su declaración acompañada de aquel gesto infantil. Puede que en el fondo Celestine no fuera una persona con mucha empatía pero sí que podía entender ese deseo de no querer regresar al mercado. ¿Por qué otra razón se esforzaría tanto allí? Había pocas alternativas para alguien como ella en ese mundo y quería creer que había encontrado la manera de sobrellevarlo. Ahora solo intentaba compartir esa idea con él.

Sus siguientes palabras tuvieron una extraña reacción en el otro, dejándolo tan desencajado que por un momento creyó que acabaría en el suelo. Con cierta preocupación ella se acerca, deteniéndose al ver que recupera el equilibrio pero a tiempo de retirar algunas cosas “peligrosas” de su alcance. Parecía una de esas personas naturalmente torpes y justo cuando se preguntaba cómo lograría sobrevivir allí el otro estira su mano hacia ella en lo que en principio le pareció una caricia. Durante unos segundos permanece allí de pie, congelada y con la mirada fija en él, sintiendo cómo se paraliza y tiembla internamente a la vez. Por suerte, la visión de su cabello recogido en aquel rodete funciona como antídoto a aquella extraña sensación y con una sonrisa retoma su labor.

Lo haría encantada pero tendrías que madrugar mucho para preparar un buen desayuno —le advierte—, más aún si tus amos tienen que estar temprano en alguna parte... Pero, espera —vuelve la mirada hacia él con el ceño fruncido—, ¿no sabes preparar desayunos siquiera?

No pudo evitar mirarlo con una expresión de incredulidad rayando en la admiración. No le sorprendía que su anterior dueño lo devolviera, en realidad los elfos podían encargarse de las comidas pero, entonces, debía encontrar algo en lo cual sería de más utilidad.

Sin ofender, Jim, ¿para qué te compraron, exactamente?

Dejó la pregunta al viento mientras continuaban con la receta; en lo que el otro acababa el postre ella se las arregló para adelantar todo lo demás, incluyendo los aperitivos y el acompañamiento de la carne, además de la salsa ya finalizada. Lo único que quedaba por hacer era la etapa de cocción y el armado para lo cual esperaba que el otro pudiera seguir sus instrucciones. Viendo lo que quedaba de tiempo, consideró que debía regresar para preparar la cena a sus propios amos.

La exclamación de júbilo logra sacarla de sus pensamientos y atraer su atención que en ese momento se encontraba en las manecillas del reloj de cocina. Durante unos segundos le dedica una mirada de extrañeza hasta recordar su promesa de recompensarlo si lograba hacer todo correctamente.

Pensó en reprocharle que ella había hecho casi todo el trabajo pero, nuevamente, no quiso desanimarlo. Mordisqueó su labio inferior de forma pensativa mientras paseaba su mirada alrededor antes de centrarse en él. Aquella cocina parecía un campo de batalla y él su víctima principal.

De acuerdo —concluyó—, pero primero limpiemos este desorden.

Sin mucho preámbulo comenzó a recoger, limpiar y lavar todo el desastre que habían armado en la preparación de lo que esperaba fuera una buena cena para los amos de James, no porque le tuviera algún aprecio a la ministra de educación sino porque no le gustaría fracasar como educadora.

Retiró el lápiz que sujetaba su cabello y extrajo un trozo de papel de su delantal para anotar allí las instrucciones de cómo finalizar la cena. Lo mejor sería que estuviera todavía caliente para el momento en que la fueran a consumir así que no tenía sentido dejarla ya hecha.

¿Entiendes mi letra? —Inquirió, entregándole el papel con una sonrisa.

Luego de darle un paño para que mejorara un poco su aspecto de guerrillero y remover los restos de comida de su propio delantal lo toma del brazo y lo guía hacia una de las sillas.

¿Listo para tu recompensa? —Pregunta mientras lo obliga a sentarse y vuelve a llevar sus manos hacia el cabello del esclavo para deshacerle el ridículo moño. Lentamente y con la paciencia de quien sabe cómo, dónde y cuándo tocar, comienza a aplicar una serie de masajes focalizados en su cabeza que lentamente descienden hacia su cuello y hombros.
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James G. Byrne
Fugitivo
Sé que cuando la gente dice que no quiere ofenderte, es porque casi de inmediato va a tirar una bomba ofensiva. Así que me preparo para aceptarlo, pero lo que dice solo me pone un poco dudoso, porque justamente le hice esa pregunta a la señora Leblanc el mismo día en el cual me compraron. ¿Por qué yo? ¿Por qué me eligieron a mí, de entre todos los esclavos, cuando soy alguien defectuoso? — Creo que necesitaban a alguien joven, fácil de moldear. Los esclavos mayores no siempre son útiles — yo puedo aprender rápido, un anciano no.

Limpiar la cocina es mucho más aburrido, pero también rápido. Al final, solo me quedo donde estoy mientras ella anota algunas cosas y me termino haciendo con la notita, que me pego contra la nariz para chequear que no voy a perderme de absolutamente nada. Por suerte, tiene una caligrafía que no me es difícil de descifrar, aunque tampoco es que soy un excelente lector. Tengo que releer la palabra “cocción” varias veces para entender lo que dice — Claro. Procuraré no perderlo — lo doblo y coloco en mi bolsillo, dispuesto a utilizarlo más tarde.

Mis manos agarran el paño como si fuese una bola para atajar y empiezo a limpiarme, frotando con creciente firmeza en las zonas donde el chocolate parece haberse pegado en mi piel con mayor énfasis. Se gana una mirada indiscreta, en especial cuando me toma del brazo y dejo el trapo a medio camino a la silla más cercana. ¿Qué es lo que viene ahora? ¿Por qué necesito estar sentado? Cientos de ideas algo hormonales se me pasan por la cabeza, especialmente cuando siento el suave tirón que libera mi pelo. Los repentinos e inesperados masajes me hacen suspirar y apretar los labios en una delgada sonrisa, permitiendo que mis párpados caigan en señal de satisfacción. He dado masajes y puedo decir que eso sí se me da bien, pero jamás me los han dado a mí y ahora puedo entender por qué a mis anteriores amos les gustaba. Mis hombros se relajan, sintiendo una fricción deliciosa que me hace echar la cabeza hacia atrás y abrir uno de mis ojos con intenciones de verla — No me esperaba eso, pero no pienso quejarme — confieso en un suave murmullo. Estiro una de mis manos hacia arriba para darle un suave apretón a una de las suyas, pero la dejo caer de inmediato en un gesto de total tranquilidad — ¿Sabes? Si así va a ser en todas las clases, voy a ponerle más espero. Tienes buena mano — me mordisqueo el labio inferior y vuelvo a cerrar los ojos, sintiendo como me hundo en la silla por culpa de su tacto — Gracias, Celestine. Por tomarte la molestia de venir hoy.
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Celestine Keogh
De inmediato siente como el cuerpo del otro se relaja bajo sus manos. Es extraño ver la vulnerabilidad de una persona al momento de recibir ese tipo de cuidados, cómo sus músculos se distienden y pierden la noción del tiempo y el lugar, cómo cierran los ojos y se entregan por completo al placer sensorial de un simple masaje. Hay algo delicioso en recibir masajes pero también en darlos y, de alguna manera, tener ese control sobre el otro.

Sin saber bien si aquello era una recompensa para él o para ella, Celestine sonríe al escuchar su agradecimiento en un tono suave y complacido que le recuerda al ronroneo de un gato. Sus miradas se cruzan durante el instante en que él permanece con los ojos abiertos y como en un espejo ambos se muerden el labio a la vez.

Piensa en responderle pero por un lado no quiere interrumpir ese momento de tranquilidad con palabras; tampoco quiere regresar su propia consciencia a la cocina de la ministra de educación, hablar de comida y de quehaceres. En cambio, prefiere acariciar a James unos segundos más, sentir cómo su gesto es bien recibido por el otro, disfrutar de su calor, su cercanía y hacer propio aquel momento que seguramente estaría en su lista mañanera de 10 cosas por las cuales seguir viviendo al menos por los próximos días.

Suspira.

Si pones más esmero yo también me esmeraré con la recompensa —retira sus manos dándole una última caricia suave y vuelve a atarse el cabello, esta vez en una coleta alta y no tan meticulosa—. Ya debo irme, James. Te deseo suerte esta noche —por alguna razón su voz no parece muy alegre y eos la sorprende así que decide corregirlo intentando imprimir algo de entusiasmo a sus palabras—. Por favor, hazme saber qué tal te fue.
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James G. Byrne
Fugitivo
Es el suspiro que hace que mis ojos se abran para echarle un vistazo, sintiendo como sus caricias aflojan hasta desaparecer. ¿No puedo pedirle que dure unos segundos más sin parecer que me estoy arrastrando por un poquito de contacto con su piel? Opto por mantener la dignidad y la compostura y fuerzo una sonrisa que se alza en su dirección — Prometo que va a valer la pena — ¿Lo va a hacer? Porque la verdad no tengo ni idea de qué se supone que tendría que darle. ¿Otro masaje? No, muy poco original. Y si la idea es sorprenderla… ¿No?

Me levanto con algo de rapidez cuando dice que tiene que irse porque no quiero que lo haga y me quedo de pie con la boca ligeramente abierta, hasta que asiento dos veces para darle a entender que comprendí — Vas a ver que para la próxima que nos encontremos, voy a tener varias felicitaciones de mi ama y podré cocinar al menos una comida sin tu ayuda — estoy seguro de que eso no va a pasar, pero puedo fingir que sé para no quedar como un incapaz. Sin muchos ánimos a pesar de que mantengo la sonrisa, le hago un gesto para que me siga hacia la puerta de entrada. Incluso el vestíbulo huele a la comida, pero sorprendentemente, yo puedo decir que es un aroma delicioso. Y digo “yo” porque a mí todo me parece rico si consideramos los pocos gustos alimenticios a lo largo de mi vida, pero espero de verdad que “mis dueñas” tengan la misma opinión que yo en este asunto.

Abro la puerta con un brazo algo flojo así que tengo que tirar con mayor fuerza con mis dedos, hasta apoyarme en la misma. Me acomodo “casualmente” el pelo que ella dejó como una maraña después de ese moño y muevo un poco la boca de un lado al otro hasta torcer la sonrisa — De verdad, espero volver a verte pronto — ¿Le estrecho la mano? ¿Le doy un abrazo? ¿Solo cierro la puerta y lo dejo pasar? Acabo despidiéndome con una sacudida de la mano y un “adiós” apenas audible, hasta que la puerta se cierra y me apoyo en está, sintiendo la tensión en mis mejillas que delata la sonrisa idiota. No estuvo mal para terminar la primera semana, nada mal. Y quizá la isla se vuelva un poco más interesante ahora que tengo con qué entretenerme.

Me rasco la cabeza con efusiva alegría hasta que puedo olfatear el aire y tengo que salir corriendo a la cocina. No voy a arruinarlo. No hoy.
James G. Byrne
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Celestine Keogh
Sus gestos, además de su apariencia, todas esas palabras que pretenden ser coquetas y desde luego su poca experiencia —si no su juventud— le resultan letalmente conmovedores. ¿Por qué? ¿Es "conmovedor" la palabra correcta? Después de todo, ¿no es ella igualmente joven?

Estoy segura de que no me decepcionarás.

Lo sigue con la mirada mientras él se pone de pie y la conduce por el mismo recorrido que hizo al llegar. La luz de la tarde se cuela por las ventanas dándole un aspecto soñoliento y delicado a los muebles de la entrada, un detalle bastante dulce para una despedida.

Por el rabillo del ojo vislumbra la silueta diminuta del elfo doméstico de la casa, el mismo que anteriormente había irrumpido en la cocina mientras ellos preparaban la cena. Celestine se preguntó si acaso estaba curioseando o peor, vigilando. Incomprensiblemente eso despertó su vena temerosa y durante unos segundos dirigió la mirada al suelo, cauta y sumisa.

Una lástima que se perdiera tan estúpidamente la visión del joven James arreglándose el cabello con aquella manera tan indolente que siempre demostraban sus gestos. Casi que también se pierde su sonrisa, de no ser porque iba a formular una despedida que es interrumpida por la ajena. Sonríe casi sin pensarlo y ambos permanecen unos segundos de pie, uno frente al otro en un momento que ella podría calificar como incómodo y agradable a la vez.

Bienvenido a la isla, James —suelta mientras éste se despide con un gesto de mano. Ella se gira lentamente y escucha el sonido de la puerta cerrarse tras de sí, inspira hondo y comienza a desandar el camino de regreso con una delatadora sonrisa bailando en sus labios.


—Fin del tema—
Celestine Keogh
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