The Mighty Fall
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You called me up again tonight ✘ Ariadna

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Mensaje por Hans M. Powell el Vie Ene 04, 2019 5:43 am

Estúpido estómago, estúpido alcohol, estúpida mi mala suerte. Esta noche he tenido una reunión de negocios con un grupo de ejecutivos del distrito uno cuyas barrigas y botones tirantes siempre dejan bien en claro que salir con ellos es el equivalente a comer y beber como condenados, así que he llegado a mi casa con un mareo importante que provocó que me tropiece con la mitad de las cosas de mi sala de estar, a eso de la una de la madrugada. ¿Qué debatimos? Muchas cosas, pero ahora mismo la mitad de ellas se encuentran en una nebulosa y la verdad es que no podían importarme menos si consideramos como me da vueltas la cabeza. Lo peor empieza cuando me dejo caer, aún en traje, sobre mi cama. Un error garrafal.

Lo siguiente que sé es que estoy encogido sobre el inodoro de mi baño en suite y vomitando hasta las tripas, con el sonido de mi garganta haciendo eco entre el mármol. Es como si mis intestinos se hubiesen transformado en víboras y me tambaleo en cuclillas, notando el sudor helado pasar por mi nuca y frente. ¿Qué demonios he comido que me ha caído de esta manera? ¿O ha sido la mezcla con el alcohol excesivo? Estar ebrio no es algo que alguna vez me haya afectado, así que esto es terreno desconocido para mí. Al menos puedo agradecer que es esto y no me ha dado un ataque de diarrea.

No sé cuando me he quitado la corbata, pero la pateo cuando consigo ponerme de pie tambaleándome de un lado al otro hasta llegar al lavabo, donde escupo algunos restos junto a su desagradable sabor. El vistazo al espejo me da la imagen de un rostro pálido, ojeroso y un cabello despeinado, lo cual debe ser algo completamente penoso si lo combinamos con mi torso encogido hacia delante. Voy a matar al señor Kirke la próxima vez que me haga probar esa extraña mezcla de licores, lo juro. Abro y cierro los ojos en un intento de aclarar mi mente, ayudándome con el agua fría para mojarme la cara, la nuca y el pelo y paso a cepillarme con rapidez los dientes en un intento de sacarme el asqueroso gusto de la boca. Salgo del baño abrazado a mi abdomen y respiro con lentitud, tratando de encontrar una solución en un cerebro que no tiene idea ni de cómo me llamo ahora mismo. ¿Llamar a mis empleados? Hacer que salgan de su vivienda en los terrenos me da cierto repelús, especialmente porque creo que jamás he llegado así y no deseo que mi figura se vaya al tacho. ¿Qué otra opción tengo? Podría llamar a Josephine, pero soy su jefe y… no. ¿Phoebe? ¿Reynald? ¿Alguien? ¿Quién podría darme algo para calmar la conga de mi estómago? ¿Y qué es? ¿Mezcla o una infección estomacal?

No estoy seguro de qué estoy haciendo, pero en un abrir y cerrar de ojos he desaparecido de mi habitación y me tambaleo al aparecer en el porche de entrada de la mansión Leblanc. Toco el timbre con la frente apoyada en el marco de la puerta y ruego que algún elfo esté despierto para abrirme la puerta, aunque dudo que Eloise sea de aquellas que permiten que la servidumbre se quede después de la cena. Al final, abre la persona que no esperaba que lo hiciera y la que, en realidad, he venido a ver — Señorita Tremblay — mi voz es temblorosa y floja, muy diferente a su tono habitual, ese que intento imitar sin éxito alguno — Perdón la hora, pero me gustaría saber si tienes cinco minutos de tu tiempo. Es que… — ahí se fue mi dignidad. En ese mismo momento en el cual no puedo terminar de hablar porque me doblo sobre mí mismo y vomito a sus pies lo poco que ha quedado dentro de mi cuerpo, ignorando por completo lo largo de sus piernas en pijama. Que desperdicio.
Hans M. Powell
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Mensaje por Ariadna T. Tremblay el Vie Ene 04, 2019 7:16 am

Ariadna no podía entender cómo aquel cazador seguía con vida. Si, sus compañeros lo habían encontrado a tiempo y si, actuaron como era debido, sin embargo era la primera vez en años, que atendía a un paciente semiconsciente, luego de un sorpresivo ataque de una mantícora, bestia sumamente salvaje que por lo general no deja sobrevivientes...o restos.
Movió su varita para realizar los conjuros correspondientes y rebuscó entre los suministros, hasta encontrar la poción que ayudaría en la recuperación del hombre.

Dieta liviana, por ahora nada de visitas y quiero que beba infusiones con hierbas curativas, lo más que pueda.— Indicó la rubia a una de las enfermeras a cargo. —Pasaré mañana a revisar su evolución.— Le sonrió y terminó de completar el papeleo firmando el final del expediente.
Era una semana algo caótica para Ari, sin embargo con el pasar de las horas, el día se tornó un poco más calmo y consiguió salir de su turno antes de las 21 horas.  

Al llegar a casa, Lady Cora ya tenía su baño de burbujas calientes preparado y la cena lista. Mientras se quitaba el uniforme para relajarse en la tina, le informaba que su madre había salido por trabajo y que aún no regresaba.
La bruja amablemente escuchó, preguntó un par de cositas y luego le pidió que se retirara, necesitaba su tiempo, espacio y privacidad.

Terminó de cenar cuando las agujas del reloj marcaban las 23.16 y pese a morir de sueño, sabía que hasta no saber el paradero de Eloise, no iba a pegar un ojo. Era en vano acostarse y dar vueltas entre las sábanas, por esto mismo tomó un libro marcado con una ramita seca de cardamomo y se acomodó en el sofá bajo un par de mantas.
Unos minutos después, refregó sus ojos humedecidos e intentó continuar con la lectura, mas el cansancio pudo con ella y terminó soltando pequeños ronquidos acostada en posición fetal.

Volvió a la realidad cuando escuchó el timbre de la mansión romper el silencio, se cubrió los oídos ante la potencia del maldito sonido y acomodando una fina bata beige sobre su pijama, caminó hacia la entrada.
No lo iba a negar, estaba demasiado nerviosa ¿Y si algo le había pasado a su madre?

Abrió la puerta y no ocultó la sorpresa que le causó ver al ministro de justicia en un estado deplorable. —¿Señor Powell? — Ariadna se adelantó unos pasos para sujetar al hombre, parecía que en cualquier momento terminaría en el suelo, y trató de llevarlo hacia el sofá. —No se preocupe, yo...— No logró terminar la frase, ya que lo sintió y olfateó antes de observarlo.
El charco de vomito bajo sus pies le dio asco, pero ya tenía el estomago preparado para situaciones mil veces peores. —Muy bien señor Powell, necesito que se siente en el sofá así puedo revisarlo. Y no, no se acueste por favor.


Última edición por Ariadna T. Tremblay el Sáb Ene 05, 2019 1:10 am, editado 2 veces
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Mensaje por Hans M. Powell el Vie Ene 04, 2019 7:38 am

Mis labios tiemblan en un divertido “puf” cuando me da indicaciones a pesar de que me estoy pasando el dorso de la mano por la boca, rodando un poco los ojos — Ya quisieras que me recueste — es un mal chiste si consideramos a quien se lo estoy diciendo, pero me sale por mera inercia, como si estuviese bromeando con alguien de suma confianza y no la hija de mi ex profesora. Bueno, puedo decir que estoy idiota por todo lo que he ingerido, así que en cierto modo no puede culparme y, si lo hace, ya se me ocurrirá alguna excusa en caso de que justamente decida contárselo a su madre. No es como si Eloise no me conociera lo suficiente.

Mis pies parecen ir en zigzag cuando los pongo dentro del vestíbulo y me dirijo hacia la sala dando tumbos, tratando de sostenerme con las paredes y los muebles que van apareciendo en mi camino — Lamento lo de… perdón por lo de la puerta — consigo farfullar, haciendo una sacudida con una de las manos en un intento de señalar la entrada a pesar de no tenerla a la vista. Me apoyo en el sofá más largo y acabo dejándome caer, haciendo un gran esfuerzo para no recostarme tal y como me ha pedido. ¿Realmente no puedo hacerlo? Mi estómago va a matarme y estoy seguro de que no puedo enfocarla como es debido. Acabo apoyando los codos en mis rodillas y me sujeto la cabeza entre ambas manos, tratando de tomar algo de aire. Esto es completamente ridículo y hay una parte de mí que sabe que mañana voy a arrepentirme de todo — Dime que tu madre está completamente dormida.

Me llevo la mano a la boca cuando me encuentro reprimiendo un nuevo vómito que no llega a salir y aprieto con fuerza los labios, elevando los ojos hacia la figura rubia. He visto a Ariadna por primera vez cuando ella era una niña que visitaba a su madre en clase y yo era un adolescente cargado de deberes, así que hay veces que me cuesta reconocer a esta adulta a pesar de no estar cien por ciento familiarizado con su versión anterior. Lo bueno es que he oído lo suficiente como para sospechar que podría ser de ayuda para mi estado de esta noche — He tenido… comí demasiado picante y creo que la mitad de los licores que me dieron tenían cosas crudas… — es un balbuceo pesado y arrastrado que se ahoga un poco por mi modo de pasarme la mano por la cara, estirando un poco mis facciones hacia abajo — Creo que si sigo vomitando me quedaré sin órganos internos. ¿Crees que sea solo la borrachera o…? — si me comí algo en mal estado, no podré moverme por horas.

Como sé que piensa revisarme según sus palabras, empiezo con lo que asumo como básico y me quito el saco de un tirón, sacudiendo una de las mangas que no se me sale por capricho. No sé por que lo hago porque no es que ande engripado, pero supongo que es mucho más fácil así. Me hundo en el sillón como un mocoso y tironeo hasta levantarme la camisa un poco, lo que me permite darle una palmada a mi abdomen como si fuese de lo más entretenido — Es como si fuese una gelatina que me están retorciendo — le explico, picándome el ombligo con gesto ido y los ojos fijos en mi propio dedo. Solo levanto los ojos de horror cuando recuerdo una cosa — Por favor, Ariadna, no le digas a la profe Lulu de esto. Puedo pagarte dinero, lo juro — sí, incluso ebrio puedo sobornar, soy así de eficiente.
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Mensaje por Ariadna T. Tremblay el Sáb Ene 05, 2019 2:05 am

La rubia no se interesaba para nada en la política, no como su madre, sin embargo no era tonta ni sorda, sabía quién era el ministro de justicia, qué hacía y sobretodo cuales eran los rumores acerca de sus acciones.
Mordió su labio inferior para no decir nada ante aquel comentario fuera de lugar, sabía que estando en sus cabales, Hans jamás haría semejante comentario burlón hacia su persona. Y de haberlo hecho, Ariadna le hubiese dado vuelta la cara con un golpe de su puño.

Ante el ruido que había causado el timbre, Lady Cora apareció vistiendo sus pijamas y se ocultó detrás de la puerta que unía la sala de estar con la cocina. —No pasa nada, Lady Cora. Por favor, despierta a Gaspard y envíalo hacia la entrada para que limpie el desastre.— Pidió con amabilidad la medimaga, al mismo tiempo que ayudaba a Hans a tomar asiento sobre el gran sofá en forma de L. —No se preocupe señor Powell.— Ari sonrió y sin pedir permiso apoyó la mano sobre la frente del brujo, a los pocos segundos pudo constatar que tenía fiebre y esa era una excelente señal. —Bueno, al menos el mecanismo de defensa de su cuerpo está funcionando correctamente.

Por el rabillo del ojo, pudo ver como uno de sus elfos se aproximaba hacia la entrada, cargando un balde con agua jabonosa y trapos. Lady Cora apareció de nuevo, esta vez preguntando que necesitaba. —Si, por favor tráeme un balde con agua fría y trapos limpios, también una cubeta vacía.
La rubia caminó hacia el perchero y del bolso que había utilizado por la mañana, sacó su varita. —Mi madre no se encuentra en casa y de todos modos, dudo de que su presencia le moleste.— Ariadna acercó una silla al borde del sofá y en menos de 2 minutos ya tenía todo lo que necesitaba. —Lady Cora, un último favor y luego puedes ir a la cama. Prepara la habitación de invitados para el señor Powell, muchas gracias.

La bruja iba a pedirle algo, sin embargo Hans se adelantó y terminó quitándose la chaqueta y levantando la camisa. Ari nuevamente mordió su labio inferior para no dejar escapar una gran carcajada y cruzándose de brazos, esperó a que el hombre dejara de jugar con su propio ombligo. —No hace falta que lo revise para saber que está ebrio, lo que si me preocupa son los demás síntomas, comunes cuando se ha ingerido comida en mal estado o contaminada.— Explicó y mientras humedecía los paños en el agua fría, observó el torso del ministro de justicia que no estaba nada mal, sin embargo verlo jugar con su vientre, le quitaba toda la emoción del momento.  

Las siguientes palabras del brujo le hicieron fruncir el ceño y de forma algo brusca, lo obligó a recostarse de costado, para acomodar los trapos sobre su cabeza y nuca. —No todo se soluciona con dinero, señor Powell. Y quédese tranquilo, secreto profesional ¿no?— Eso último lo dijo en tono algo sarcástico. —Una vez que haya bajado la temperatura de su cuerpo, realizaré un conjuro para aliviar los espasmos y nauseas. Si va a vomitar de nuevo, por favor utilice la cubeta o tendrá que enfrentarse al enojo de Gaspard.
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Mensaje por Hans M. Powell el Sáb Ene 05, 2019 2:54 am

Al menos algo funciona correctamente según ella, aunque posiblemente sea lo que me está jodiendo la existencia en este momento. La señorita Tremblay da órdenes, indicaciones y toda esa clase de cosas que suenan muy lejanas a pesar de estar en la misma habitación. Lo bueno es que dice que Eloise no se encuentra en casa y eso me relaja en cierto aspecto, pero lo malo es que da a entender que tengo que quedarme aquí por la noche y eso me produce cierto pánico que no logro reconocer — ¿No puedo volver a mi casa? — no he estado enfermo en siglos y depender de alguien más para mi comodidad es casi una tortura. Mucho más dentro de la casa de alguien a quien respeto.

¿De qué se ríe? ¿Por qué? ¿Siempre tuvo los dientes tan grandes y blancos o es ilusión por el poco sentido común que estoy teniendo en este momento? Intento hacer memoria y frunzo toda la cara, elevando los ojos hacia arriba en un gesto pensativo que intenta dar a entender que mi cerebro está funcionando con lentitud, pero con mucho esfuerzo — Tuvieron la idea de comer una de esas comidas típicas del sur, que creo que salieron de un lugar que antes se llamaba México, no estoy seguro — mascullo de un tirón — Demasiado picante, carne, cosas… nunca más volveré a llevarme algo de eso a la boca en la vida — tan solo miren cómo he terminado. Si no largo hasta el corazón o los pulmones, estaré bastante cerca.

El modo que tiene la rubia de recostarme me descoloca y la miro entre confundido y escandalizado, dejando que me acomode y subiendo mis pies al sofá para terminar en posición fetal, lo cual ayuda al dolor de mi estómago debido a la presión. El tacto del agua fría en mi nuca me estremece como una pluma y rechino los dientes, algo que empeora cuando la misma sensación llega a mi frente — Los elfos están para eso… — gruño en un susurro apenas audible y cierro mis ojos con fuerza, sufriendo la presión del paño en comparación con mi temperatura corporal — ¿Sabes? Creo que no he dejado que nadie me vea así en años, así que tomo eso del secreto profesional. ¿Y estás segura de que no quieres propina? Es tu tiempo libre y te lo estoy quitando — es un pensamiento completamente lógico en mi cabeza, pero tampoco es que pueda discutirle mucho. Incluso el tono de mi voz delata el puchero que tuerce mi boca, algo que cambio al carraspear.

Abro los ojos en un parpadeo e intento verla entre las gotas que patinan por mi nariz y aplastan mi cabello hacia abajo, incapaz de preguntarme cómo es que terminé en una situación como esta con la hija de Leblanc. Tanteo hasta tocar su mano sobre mi frente y trato de acomodar el paño un poco más hacia arriba en un intento de no sentir que estoy teniendo mis cejas sobre los párpados, lo que produce que la presión aumente y algunas gotas más espesas me provoquen el pestañear — ¿Siempre quisiste ser médica, Ariadna? — mi pregunta sale como si tuviésemos toda la confianza del mundo y suelto el paño de la frente para mover el de la nuca, pasándomelo por el cuello. Cuando vuelvo a cerrar los ojos lo hago con un suspiro de alivio, demasiado agradecido por esa sensación como para quejarme — Tu madre debe estar más que orgullosa. Parece que tienes buena mano y no lo digo por los dedos largos — ¿Por qué estoy hablando de sus dedos? Del cuello a las clavículas, tironeando un poco de la camisa para poder llegar allí y luego detrás de una de las orejas, volviendo a la nuca. Mi cuerpo entero tiembla por culpa del agua fría, pero aún así presiono con algo más de insistencia. Me quedo callado un momento hasta que abro solo uno de los ojos — No te desperté… ¿O sí? — que galante de mi parte — Diablos, que voy a demandar a Kirke.
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Mensaje por Ariadna T. Tremblay el Sáb Ene 05, 2019 6:40 pm

Ariadna acomoda la silla junto al sofá y toma asiento cruzando las piernas. —Puede volver a su casa, señor Powell. He pedido que arreglen el dormitorio de invitados para que pueda descansar y estar cerca por si necesita algo durante lo que resta de la madrugada.— Ella no iba a obligarlo a quedarse, ya era bastante grandecito para saber qué quería hacer y qué le convenía. —Sí le recomendaría aceptar mi ofrecimiento, un poco de ayuda no va a herir su orgullo masculino... quiero creer.
Gaspard se acerca cauteloso y le informa a la bruja que la entrada estaba limpia, que la habitación de huéspedes estaba lista y que Lady Cora ya se había ido a dormir. —Muchas gracias Gaspard, puedes volver a la cama también.

La medimaga acomoda un poco los mechones rubios detrás de las orejas, pero al estar tan cortos, vuelven a enmarcar su rostro a los pocos segundos. —No es el primero en caer en la trampa, por lo general esas comidas no las preparan bien, han perdido la cadena de frío o se han contaminado. Lo peor que ha hecho es beber como si no hubiese un mañana...Terrible combinación señor Powell.— El pobre hombre está tan débil y casi alucinando, que ni siquiera oculta la desaprobación en su rostro, mientras humedece y estruja nuevos trapos para ir intercambiándolos.
Hans se estremece cada vez que ella cambia las toallas por unas más frías y como siente algo de pena por él, se vuelve a poner de pie y soltando un pequeño suspiro, le quita los zapatos y acomoda sobre su cuerpo las mantas que anteriormente ella estaba usando.
No hace comentario alguno acerca de su opinión sobre de los elfos, no iba a meterse en problemas, menos con el propio ministro de justicia. —Ya cállate, porque si vuelves a ofrecerme dinero, en dos segundos te dejaré en la calle.— Perdió la formalidad durante unos segundos, sin embargo luego de aclarar su garganta, volvió a hablar. —No, no quiero propina señor Powell y me alegro de ser quien lo ha visto así y no lo miembros de la prensa.

La joven se acercó un poco más para controlar la temperatura y acomodar los paños de la frente del brujo, cuando él le hizo aquella pregunta. Ariadna sonrió, no importaba que tan ruda, poderosa o influyente fuese una persona, al final, cuando está enferma o débil, todos hacían lo mismo, buscar conversación.
No conocía muy bien a Hans, sólo habían cruzado saludos en distintos eventos y por esto mismo le causó algo de gracia que ahora se interesara en la elección de su carrera. —No, de pequeña siempre quise ser auror. Soñaba con ser la más poderosa de todo NeoPanem.— Eso no era un secreto para nadie. —Sin embargo luego de la muerte de mi padre, cambié de parecer...¿Y usted? ¿Siempre quiso ser lo que hoy es?

El halago del brujo de nuevo le hace sonreír, aquel hombre no tenía idea de lo mucho que significaban esas palabras, en parte porque no sabía lo difícil que era y es complacer a su madre. Cada cosa que Ariadna hacía, parecía poco e insignificante, tal vez esa era la razón de su mayor cercanía hacia su padre. —Muchas gracias, señor Powell. Mis dedos están muy agradecidos ahora que los ha notado.¿Eso había sido una broma? ¿En serio?

La rubia se puso de pie de nuevo y en lugar de utilizar magia o elfos, simplemente desapareció por la puerta y regresó con una jarra de agua fresca decorada con rodajas de limón. Sirvió un poco en un vaso y se agachó junto a Hans para levantar su cabeza, metiendo la mano debajo de la nuca. —Tome sorbitos pequeños.— Indicó y negó con la cabeza. —No me ha despertado, aprovechaba el tiempo para leer un poco y puede demandar a quien quiera, pero primero debe ponerse mejor.
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Mensaje por Hans M. Powell el Sáb Ene 05, 2019 11:00 pm

Orgullo masculino, sí, claro. Me importa más mi imagen que cualquier cosa relacionada a la masculinidad, pero no voy a ponerme a explicar eso cuando la cabeza me da vueltas y mi estómago se presiona con una punzada que se siente insostenible. Se me escapa el sarcasmo en una risita cuando dice que ha sido una terrible combinación de comida y bebida, sin ser capaz de enfocarla bien por un breve instante — Creo que ya lo he descubierto, pero lo tendré en cuenta para la próxima — apenas me doy cuenta de como me está dejando descalzo y cuando reacciono ayudo a quitarme las medias con una fricción de mis pies, a sabiendas de que necesito que mi cuerpo se enfríe. No obstante, los temblores hacen que aferre con algo de fuerza las mantas en una acción involuntaria.

Eso me toma por sorpresa absoluta y creo que se me nota en ese intento de levantar la cabeza para verla con las dos cejas alzadas al máximo, sin saber si reírme u ofenderme — No recuerdo la última vez que alguien me habló de esa manera — le declaro sin pudor alguno, quizá culpa de la fiebre: en otro momento posiblemente no lo hubiese tomado tan bien. Acabo encogiendo mis hombros y vuelvo a relajar el cuerpo hacia atrás — Han visto cosas peores, creo. Quizá no tan penosas, pero una vez me agarraron ebrio a la salida de un bar. Tuve que aprender a elegir los sitios más privados de la ciudad cuando fui ganando fama con tal de no arruinar mi carrera — no es tan fácil, en especial si consideramos cómo es que paso mi tiempo libre.

Creo que es la primera vez que me tomo la molestia de tener una conversación de más de cinco minutos con Ariadna y la verdad es que jamás creí que sería en estas circunstancias. Permito que ella continúe pasando los trapos fríos que tanto hacen latir a mi cerebro, pero de todos modos sonrío en respuesta a ese gesto en su cara — Ser auror debe ser interesante — admito, aunque sé que jamás hubiese sido bueno en un empleo como aquel. Mi fuerte no estaba en el trabajo de campo, a pesar de lo bien que se me da quitarle información a la gente. No digo nada sobre su padre porque intuyo que debe ser un asunto delicado, pero no me esperaba que desviara la conversación hacia mí. Inflo un poco las mejillas al suspirar y parpadeo, mirando al techo con un gesto algo reflexivo al tratar de hacer memoria — No recuerdo qué quería ser cuando era niño. No tenía una faceta definida y con el otro gobierno… de seguro quería ser algo ridículo como ninja o algo así — bromeo — Pero después quise dedicarme a hacer justicia y acá estoy. No sé si, cuando empecé, buscaba llegar a ser ministro peeeeero… me gusta lo que hago. Y nadie puede decir que lo hago mal — momentito de ego, permiso. Por suerte se termina toda esta charla íntima con una broma de su parte que no me espero y me hace reír, sacudiendo un cuerpo que por debilidad me produce un nuevo dolor — Lindas manos. Al menos las mías sirven para tocar el piano de casa, además de ordenar y firmar papeles — me las miro como si pudiese analizarlas, aunque a decir verdad no tengo idea de qué se supone que estoy buscando.

No es mucho el tiempo en el cual me quedo solo, pero basta para que me incline hacia adelante y aferre la cubeta con dos manos para dejar salir las arcadas que amenazan con un nuevo impulso de mi diafragma, pero solo vomito algo de bilis y rastros que me llenan de ardor la garganta. Para cuando Ariadna vuelve a aparecer, mis ojos se encuentran brillosos en reacción y suelto la cubeta con lentitud, tratando de acomodar los paños. Todavía siento el asco en mi boca cuando me encuentro con la cabeza siendo elevada por mi enfermera de turno, lo que me permite sorber la bebida fresca con cuidado de no chorrearme, cosa que no consigo del todo porque siento un pequeño hilo por un costado que trato de limpiar lo más rápido posible, a pesar de lo torpe de mi manotazo — Oh, claro que lo voy a hacer. Mañana a primera hora voy a solucionar esto como sea — mi voz hace eco dentro del vaso y me interrumpo solo para dar otro sorbo, el cual se siente mucho mejor gracias a que mi boca empieza a lavarse con el correr del líquido. El error está en que me apresuro a beber el siguiente y tengo que poner la mano contra el borde del vaso para evitar atragantarme. Me relamo a pesar de la breve tos y mi cabeza se recarga en la mano que me sostiene, sintiéndome un enorme pegote de un metro ochenta y tres — Menos mal. Me sentiría culpable de haber interrumpido tus horas de sueño, aunque no me quejo. Esto es mejor que ir al hospital con toda esa gente… — pongo carita de asco, arrugando un poco la nariz en un gesto que deja en claro que estoy pensando en gérmenes y mugre.

Me apoyo en mis codos en un impulso repentino de querer vomitar y provoco que tenga que apartar la mano, aunque solo queda en un amague y me encuentro en una postura entre acostado y sentado que me hace parpadear varias veces hasta que mi cerebro deja de dar vueltas en círculos. Asumo que la ebriedad se está desvaneciendo poco a poco, pero la enfermedad me complica esto de adivinar lo que me sucede o no — Mañana tendré que hacer un montón de papeleo y llamadas. ¿Tienes idea de a cuántas personas tengo a cargo en el ministerio? No soy una persona que pueda enfermarse. Es patético e inaudito — un hipo hace que se me escape un eructo involuntario y me cubro la boca rápidamente, mirándola con los ojos abiertos de par en par — Eso también queda en secreto profesional — le aclaro, dejando caer otra vez mi cabeza hacia atrás — O tendré que demandarte también — ¿Por qué? No tengo idea, pero la simple idea me hace cerrar los ojos por la risa idiota que me da, demasiado entre dientes como para hacerme mover los hombros ante el espasmo de la diversión.
Hans M. Powell
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You called me up again tonight ✘ Ariadna Empty Re: You called me up again tonight ✘ Ariadna

Mensaje por Ariadna T. Tremblay el Dom Ene 06, 2019 12:23 am

Ariadna no era una chica que riera mucho, habían momentos de excepciones por supuesto, sin embargo al estar todo el tiempo trabajando con pacientes heridos por criaturas, las bromas no era algo a lo que estuviese acostumbrada.
Esa debe ser la principal razón de que los chistes del Ministro de Justicia, por más estúpidos que fueran, al menos le sacaban una diminuta sonrisa o leve carcajada.
Bueno, al menos ya sabes dos cosas ahora. No combinar bebidas con comidas de dudosa procedencia y a no molestar a una médimaga llamada Ariadna Tremblay.— Eso lo dijo en tono suave, casi bromista, sin embargo era cierto. No le importaba quién sea el hombre, si volvía a ofender sus buenas acciones ofreciendo dinero, lo sacaría descalzo a la calle.

La explicación de su paciente acerca de lo que tuvo que hacer para proteger y conservar su buena carrera, la toma por sorpresa. Si bien sabía algunos de los cientos de rumores, jamás le había prestado tanta atención. Primero porque no le importaba y segundo porque no tenía tanto tiempo como ciertas mujeres menopausicas, que lo único que hacían era leer las revistas de cotilleo. —Diría que lo siento mucho, pero no sería cierto. Soy de las que piensan que cada uno tiene lo que se merece, si te expones a algo aún sabiendo las consecuencias, entonces luego no puedes hacerte el desentendido.

Con un suave movimiento de la varita, la rubia atrae hasta su lugar un pequeño maletín y de allí mismo saca un impecable termómetro. Quita del medio los trapos húmedos y desprende los primeros botones de la camisa del hombre. —No tiene alma de ninja, señor Powell. Usted es hombre de oficina, se nota de aquí hasta los distritos más alejados.— Y eso no lo dice con ánimos de ofender, era simplemente una verdad que estaba segura que él sabía. —Permiso.— Susurró y se estiró para meter el instrumento médico debajo de la axila masculina. —No se mueva o tardará más tiempo.
Sus ojos se pusieron en blanco ante la muestra egocéntrica del alumno favorito de su madre y aunque en otro momento poco le hubiese importado, aprovechó la ocasión para aplastarlo...Sólo un poquito. —¿Dedos de pianista? ¿Sólo eso?— Preguntó elevando las comisuras de sus labios y por si acaso, sujetó el brazo de su paciente pegado al cuerpo, para que no se moviera. —Piano, guitarra y violín, le he ganado señor Powell.

Cuando comprobó que la temperatura estaba descendiendo, lento, pero lo hacía, fue en busca de la fresca bebida.
Ayudó al Ministro a beber unos cuantos sorbos y tratando de ser disimulada, volvió a reír ante alguno de sus gestos o comentarios. —¿Todo lo resuelve con demandas?— Interrogó para seguir molestándolo y al sentir el peso de la cabeza contra su mano, acomodó alguno de sus mechones humedecidos para apartarlos de sus ojos. —Los hospitales no son malos, las personas son miedosas.— Y lo recostó sobre el sofá, para dejar el vaso de agua sobre la mesa de té.

El hombre algo alterado o preocupado se sentó y Ari no pudo evitar rodar los ojos...Otra vez.Todas las personas pueden enfermarse, algunas cosas son evitables y otras no, lo que usted hizo es la causa de su situación actual y si vuelve a levantarse sin mi permiso, no lo ayudaré.— Eso obviamente era mentira, pero la rubia ya había tratado con pacientes mil veces peores, no sólo se necesitaba estomago para su profesión, también carácter.
Hizo que Hans volviera a acostarse, pero el eructo la sorprendió y esta vez la carcajada salió sin filtro alguno. Tuvo que tapar su boca con las manos y una vez calmada, recuperó la varita en su mano izquierda. —Ya quisieras...— Murmuró perdiendo la formalidad de nuevo, por tan sólo un momento, sin borrar la sonrisa de su rostro.

Vale, ahora quieto.— Pidió y movió la varita encima de su vientre, realizando un conjuro para calmar las nauseas y empezar a eliminar la intoxicación de su cuerpo. —Cuando termine, lo llevaré al dormitorio de invitados y no es una pregunta, es una orden. Y si quiere ir mañana a la oficina y no al hospital, me hará caso.— Y sumamente concentrada, continuó con su trabajo.
Ariadna T. Tremblay
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You called me up again tonight ✘ Ariadna Empty Re: You called me up again tonight ✘ Ariadna

Mensaje por Hans M. Powell el Dom Ene 06, 2019 1:29 am

Mi mirada se va hacia abajo cuando empieza a desabotonar mi camisa y trato, juro que trato, de no mover las cejas o sonreír de lado, pero no puedo contenerme — Primero invítame un trago — bromeo sin poder contenerme, aunque estoy seguro de que sabe que no estoy hablando en serio. Quiero decir, no está nada mal, pero hasta yo tengo mis límites, quiero creer — Y te sorprenderías. Podría ser un excelente ninja — utilizo un tonito misterioso y muevo mis cejas, aunque la expresión se me va al carajo cuando me mete el termómetro, demasiado frío en comparación al resto del cuerpo y que me hace temblar por mera inercia. Como odio esto, debería anotarlo en la lista de las cosas que tengo que evitar cada vez que pueda.

He hecho muchas cosas con estos dedos, no los subestimes — Innecesario, lo sé, pero tampoco lo pienso y me surge en un tono demasiado compinche como para recordarme con quién estoy hablando. Dejo el brazo a merced de Ariadna, sintiendo como se presiona contra el costado de mi torso y la poca distancia es la que me permite notar lo confiada de sí misma que parece por un segundo. Me aclaro la garganta, acentuando la comisura de mis labios — La guitarra se me da mal, pero canto bien en la ducha — porque tampoco es que lo haga en otro lado y el eco del baño de mármol tiene una acústica más que aprovechable cuando se trata de ciertas cosas vocales. Tema aparte.

Dejo salir un “mmm” algo dubitativo, casi disfrutando del modo que tiene para quitarme los pelos de la cara por lo extrañamente calmo de la situación. No me viene mal un poco de paz, considerando que hace una media hora estaba abrazado al inodoro de mi casa — Las demandas pueden solucionar muchos problemas, te sorprenderías — le aseguro con cierta picardía, agradecido de que me quite el termómetro y pueda relajar el brazo — ¡No soy miedoso! — si ella supiera cosas de mí, no podría decir eso — Solo… no me gustan. La gente se pone pesada en los hospitales y el ambiente siempre está tenso. No, no. Prefiero un doctor privado. No he pisado un hospital en una eternidad, solo en casos de urgencia y no tiendo a tener ninguna — y si vuelvo herido a casa, siempre es por cosas que nadie puede saber y me veo obligado a medimagos confidenciales.

No le creo ni una pizca eso de que no piensa ayudarme y creo que se lo hago saber con mi cara, pero todo el asunto del eructo es medio sorpresivo, en especial porque los dos terminamos riéndonos como si esto fuese lo más natural del mundo — Atrévete — la amenazo en el tono menos demandante que me ha salido en mucho tiempo, lo cual debería darme vergüenza cuando recobre todos mis cabales. De todos modos, me quedo inmóvil mientras ella hace su trabajo, a pesar de que ladeo un poco la cabeza para poder mirar cómo lo hace — Eres increíblemente mandona, ¿lo sabías? — murmuro en tonito fortuito, rascando con suavidad mi cuello. Todavía se siente pegajoso, pero empiezo a sentir el ardor de mi piel que indica que el sudor está copándome y eso significa que la fiebre está bajando — No le digas esto, pero creo que eso lo sacaste de tu madre — creo que es un poco obvio que debería tomarlo como un halago.

Espero a que termine de trabajar para llevarme la mano debajo de la camisa desarreglada, presionando un poco mi estómago en un intento de chequear si la presión sigue allí. No la noto, aunque aún se siente débil, como si de moverme con velocidad pudiese escupir hasta el hígado. En un intento de seguir sus indicaciones anteriores, tomo los paños para moverlos y así evitar que se caigan cuando me siento, sintiéndome como un flan poco firme — No está mal — admito, a pesar de la debilidad de mi voz. No quiero ni imaginarme cómo me veo cuando me echo el pelo hacia atrás al mirarla, algo encogido en mi sitio a pesar de haberme sentado — Te debo una, Ariadna. Y puedes dejar de llamarme “señor Powell”, no estamos en una oficina. Y ya viste mi vómito, así que dudo que quede rastro de formalidad — es un vistazo rápido, pero es lo único que necesito para ver la cubeta y asquearme del aroma, apretando los labios para no volver a soltar otra arcada más. Tomo aire y lo largo con lentitud, tratando de relajar mi respiración — De acuerdo — me doy por vencido — ¿Dónde está el dormitorio? — sin mucho más, tomo el envión para ponerme de pie. Mi cuerpo me traiciona y me balanceo, cayendo nuevamente en el sofá y obligándome a tomarla del brazo para volver a incorporarme — lo siento — me apresuro a decir, tratando de recobrar mi postura y haciéndole un gesto para indicar que señale el bendito camino.
Hans M. Powell
Hans M. Powell
Ministro de Justicia

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You called me up again tonight ✘ Ariadna Empty Re: You called me up again tonight ✘ Ariadna

Mensaje por Ariadna T. Tremblay el Dom Ene 06, 2019 6:44 pm

Aquel comentario fue bastante simpático, comparado con otras cosas que le decían los pacientes que alucinaban por algún veneno o por la pérdida de sangre.  Así que Ariadna simplemente mordí su labio inferior y continuó con la tarea de desvestirlo, para luego colocar el termómetro bajo la axila.
Verlo temblar y estremecerse por lo frío que estaba el instrumento, fue una pequeña y dulce venganza. —Mmm si tú lo dices.— Murmuró concentrada en observar los números que iba marcando el liquido.

Y de nuevo el Ministro de Justicia rebatió con una aclaración fuera de lugar, menos mal que su madre no se encontraba en la casa o el pobre hombre estaría viendo estrellas del golpe que le hubiese dado. Ariadna por contrario, rió un poco y hasta se sonrojó levemente. Ella ya estaba acostumbrada y cada día antes de ir al trabajo, trata de juntar carácter y mucha, pero mucha, paciencia ¿La diferencia? Sus demás pacientes no eran conocidos, el ambiente era distinto y no estaban solos.
Decidió no seguir peleando por ese camino, sin embargo si le interesó eso de cantar dentro de la ducha...Situación que claramente no podía siquiera imaginar. —¿No se le da mal? Mmm no sé, tendría que escucharle para no opinar lo contrario.— Bromeó sabiendo que el hombre no iba a hacerle caso. Si lo hacía, se preocuparía por la fiebre y la intoxicación mucho más.

La rubia escuchó su opinión acerca de los hospitales y tenía razón, estar allí dentro no era para todos, sin embargo tampoco era tan malo. Al fin y al cabo, allí mejoraban la calidad de vida de algunos y salvaban las de otros. —Yo podría decir lo mismo de su oficina, ese lugar no tiene vida y es muy frío. Creo que dentro de un par de días le enviaré una planta de regalo, así tiene un poco más de color.— Guardó las cosas dentro de su maletín y con un movimiento de su varita lo regresó al armario cerca de la entrada.

Sin dejar de mover su muñeca, continuó realizando el conjuro para detener las nauseas del hombre acostado en su sofá. Ni siquiera el halago, o insulto, la desconcentró.
El hombre en realidad no tenía idea lo difícil que había sido para ella empezar a trabajar como sanadora. Muchos la habían subestimado y al no tener tanto carácter, varias veces había terminado llorando dentro del baño culpa de algún paciente.
Le tomó tiempo conseguir no sólo respeto por parte de los demás, si no también fortaleza por parte de si misma.
No era algo heredado, era algo que había obtenido para sobrevivir. —No le diré, pero ella ya lo sabe. Incluso mi padre lo sabía...Tal vez por eso ambos se llevaban bien, él era mucho más tranquilo.— Comentó dejando de lado la varita, para tomar los paños húmedos y dejarlos dentro de la cubeta con agua. —De todos modos, usted debe ser igual con sus empleados...¿O me va a decir que no es mandón?

Se puso de pie para devolver la silla a su lugar y luego regresó hacia el sofá para ayudarlo a levantarse. —No me debe nada...Hans.— Se sintió raro llamarlo en voz alta por su nombre y no por el apellido, sin embargo sonrió ante la explicación.
Ariadna era de todo, menos fuerte, así que cuando el Ministro se aferró de su brazo para no caer, tuvo que tirarse hacia atrás para no terminar encima del pobre y débil brujo. Claro que se tambaleó, pero por suerte consiguió apoyar una de sus rodillas en el almohadón vacío del sofá y no todo su peso sobre el Ministro. —Woah...Está bien, no se preocupe.— Dijo erigiéndose y acomodando la fina bata que se había deslizado por sus hombros.

Para prevenir futuros accidentes, tomó el brazo de su vecino y lo pasó por encima de su cuerpo. Así lo acompañó hasta el dormitorio de invitados y lo ayudó a sentar sobre la cama tamaño king. —Vale, cualquier cosa que necesite, me avisa.— Pidió la rubia, mientras se estiraba para sacar del estante más alto del armario un conjunto nuevo de pijamas blanco, un juego de toalla y toallón y una bata. Bendita sea su altura. —Aquí tiene...tienes para cambiarte, el baño privado es por esa puerta y...ya regreso. Te traeré la jarra con agua y una cubeta limpia por las dudas.— No esperó una respuesta, salió de la habitación para buscar las demás cosas.
Ariadna T. Tremblay
Ariadna T. Tremblay
Sanador Especializado

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