Blood of my Blood ✘ Phoebe

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Mensaje por Hans M. Powell el Vie Dic 07, 2018 5:39 am

Parece que he perdido todo razonamiento lógico o control sobre mis sentidos. Estoy hace al menos cinco minutos con la vista fija en un punto aleatorio de la pared, oyendo el eco de la voz de Josephine en algún punto en la lejanía. Puedo notar que está chasqueando sus uñas bien pintadas delante de mis ojos, pero no es hasta que sacude uno de mis hombros que no regreso en mí mismo, parpadeando para ver su rostro preocupado inclinado junto a mí. Me pregunta si estoy bien, pero no soy capaz de otra cosa que apenas separar los labios y mover solo un poco mi cabeza, aunque sin un verdadero significado. ¿Cómo es posible…?

Mis dedos arrugan el papel hasta que queda presionado entre mis dos manos y dejo caer mi cabeza contra ellas, respirando en un intento de controlar mis pulsaciones. Después de tantos años, después de tantos problemas, de tanto hacer preguntas a las personas equivocadas y meterme en lugares donde mi cabeza podría tener un precio muy elevado, al fin la he encontrado. Un simple informe entregado por un auror que me ha ayudado en mi trabajo de investigación, tan normal como el archivo de ingreso del colegio Royal. Una profesora prácticamente nueva, traída desde el distrito once para enseñar adivinación. El distrito once. Hemos estado cerca tantas veces…

Josephine, cancela mis citas del día — es una orden repentina porque me levanto tan rápido que estoy seguro de que no se lo esperaba, a juzgar por el modo que tiene de dar unos cuantos pasos hacia atrás — Tengo que tratar un asunto personal en el colegio Royal. Dile a Perkins que evalúe los casos del 115 al 200 en mi ausencia. ¡Y que nadie toque mi cafetera! — sin decir mucho más, me acomodo el saco y salgo disparado de la oficina, dejándola de pie posiblemente sin comprender ni la mitad de lo que ha pasado. Para cuando salgo del ministerio, no doy más que unos pasos en la calle que me desaparezco para que mis pies se posen en la entrada de una de las mejores escuelas de magia del país.

Nunca le he tenido demasiado cariño al Royal porque no he llegado a estudiar aquí, pero sí le tengo respeto. A juzgar por el sonido que puedo percibir desde su interior, los estudiantes se encuentran en clases y eso hará mucho más sencillo mi paseo, si consideramos que de ese modo puedo evitarme preguntas que ya son un incordio y el fingir que sonrío a los niños que tienen la extraña manía de pegarse a los políticos como garrapatas. Lo positivo de ser yo, por otro lado, es que me es muy sencillo el que me dejen pasar y pronto estoy subiendo los escalones, tratando de encontrar el salón que ando buscando con tanto desespero. Dijeron que era en el último piso, que lo vería de inmediato…

La puerta está abierta y asomo la cabeza para darme cuenta de que no hay estudiantes a la vista, así que nadie debe cursar la materia en este horario. Mi atención se la lleva la cabellera castaña que me da la espalda, posiblemente chequeando papelerío estudiantil de su escritorio o vaya a saber qué cosa, pero tampoco me importa demasiado. Es el apretón en mi pecho lo que delata lo mucho que he añorado este momento, dejándome estático en la entrada del salón, aún sosteniendo un informe que no he conseguido de una manera completamente legal. Abro la boca, pero no sale la voz. ¿Será posible que sea…?Phoebe — la llamo en un sonido para nada familiar, posiblemente porque es la primera vez desde la muerte de mi madre que mi temple se toma el atrevimiento de quebrarse.
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Mensaje por Phoebe M. Powell el Vie Dic 07, 2018 12:53 pm

Apenas llevo unas semanas viviendo en el capitolio tras una mudanza exprés desde el once y no me es necesario más tiempo para confirmar que odio la capital. No hay algo específico que me desagrade como tal, y hasta puedo reconocer que tiene cierto encanto en lo que a estructura se refiere, sin embargo, sé que no está diseñada para alguien como yo. Toda mi vida me he dedicado a pasar desapercibida, a ser la última persona con la que te puedes encontrar en la calle, es simplemente como me gusta. Nadie te molesta y nadie te trae problemas. En la capital ser invisible es casi imposible, no por que siempre haya alguien dispuesto a perseguirte tratando de vender algo o por que haya cámaras persiguiendo a vete tu a saber que famoso, si no por lo cotillas que pueden llegar a ser las personas aquí. El primer día que llegué no hicieron falta ni dos horas para tener a la mitad del vecindario asomando la cabeza por sus ventanas o directamente ir a tocar el timbre de mi puerta con la intención de husmear.

Puede que el colegio sea lo único positivo que haga que no me vuelva por patas al once, eso y que estoy segura de que, si eso ocurriera, tendría a un séquito de aurores en mi puerta con un billete de vuelta al capitolio. De todas maneras, el Royal no es mucho más distinto del Prince, a donde yo acudí cuando aún estaba en edad de enseñanza. Las diferencias más notables es que es más lujoso y, por ende, más grande, los alumnos parecen tomarse más en serio sus clases y los profesores son más estrictos de lo que lo eran en el Prince. Jamás he dado clase, no sé que es lo que se espera de mí, aunque por lo que he podido escuchar de algunos alumnos por los pasillos, la adivinación nunca ha sido una asignatura tomada en serio. Lo cual en cierta parte me esperaba, pues he conocido a poca gente a lo largo de mi vida que entienda algo sobre el arte de la adivinación.

Por esa misma razón, las primeras clases que tomo las dedico a entender sobre los alumnos y sobre lo que ellos creen que trata la asignatura, así como lo que esperan aprenden en mi clase a final de curso. - Por cuarta vez, August, las cartas del Tarot no sirven para ganar apuestas en el bingo. – Digo cuando le echo un vistazo desde arriba a su pergamino. Cuando la hora marca el final de la clase, me paseo por las mesas de los chicos recogiendo los pergaminos que les he pedido rellenar y los apilo en un montón sobre mi antebrazo. De vez en cuando le echo un vistazo a las respuestas y no puedo evitar reírme cuando por el rabillo del ojo leo que uno de ellos espera poder adivinar lo que quiere su madre por su cumpleaños. Otros ni siquiera se cortan cuando escriben que solo escogieron la asignatura porque les parecía una chorrada y fácil de aprobar.

Para mi suerte la siguiente hora la tengo libre, por lo que puedo hacerme una taza de té con la tranquilidad de saber que nadie va a molestarme en los próximos minutos. Dejo el montón de pergaminos sobre mi escritorio y me acerco a la cómoda de mi derecha para preparar el té mientras con una sacudida de mi varita hago que un montón de pergaminos se extiendan sobre las mesas del aula para la siguiente clase. Me llevo la taza conmigo y le pego un sorbo en lo que vuelvo a mi mesa para sujetar un folio con la mano que tengo libre y pasear mis ojos por las respuestas de Maverick Carter. Estoy en medio de la lectura cuando una voz pronuncia mi nombre a mis espaldas. – Profesora Powell para usted, señor… – Me giro para descubrir al que creía que sería un alumno, pero me encuentro con que no lo es. – Oh, lo siento, creí que sería usted un alumno. ¿Puedo ayudarle en algo? – Deposito mi taza en el pequeño plato y me libero del pergamino dejándolo sobre el escritorio, dando unos pasos para acercarme un poco hacia la puerta. – ¿Nos conocemos de algo? Su rostro me resulta vagamente familiar. – Aunque a quien voy a engañar, últimamente todo el mundo me resulta extrañamente familiar, como si les viera aparecer en mis sueños.
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Mensaje por Hans M. Powell el Vie Dic 07, 2018 6:20 pm

Uno de los pocos datos que logré conseguir cuando tuve los contactos necesarios fue que había existido una estudiante del Prince que respondía al nombre de Phoebe Powell. Pasé años después de eso tratando de encontrar a la que en ese momento sería una adulta, rebuscando entre los distritos más pobres en un intento de conseguir un mínimo de información, pero parecía que nada era realmente exacto o que la muchacha se había evaporado de la nada. Después de tanto tiempo, al fin la veo voltearse y mis ojos tratan de reconocer al menos la sombra de la niña que recuerdo, pero hay muy poco de mi hermana en esta mujer. No la culpo, porque éramos mocosos cuando nos separaron y dudo mucho que existan otras Phoebe Powell que se parezcan tanto a la memoria que tengo de mi difunta madre. Creo que eso es lo primero que me congela en mi sitio, lo segundo es que no me reconoce.

Claro… — murmuro más para mí que para ella. Tengo dos opciones: o me ha visto en la televisión o hay una parte de mí que todavía le recuerda al niño que ella conoció. Meto las manos en los bolsillos de mi saco y bajo la vista a mis pies, barriendo por un instante el suelo con mi zapato importado, de un cuerpo quizá demasiado brillante para estar en una simple aula escolar — No tuve en cuenta el paso del tiempo. Sé que estoy empezando a arrugarme — intento bromear, señalándome la frente al alzar las cejas. No me atrevo a avanzar, así que la miro desde mi lugar como si fuese uno de los mocosos que atienden a sus clases. Sé que debo decir algo antes de que esto se vuelva raro — Soy yo, Phoebs — ¿Cuándo fue la última vez que dije ese apodo cariñoso en voz alta? Trato de hacer algo de memoria, pero la verdad es que no lo recuerdo. Sí puedo decir que una de las últimas memorias que tengo con ella es el haber ido a buscarla al parque y, cómo ninguno de los dos quería regresar a casa con nuestro padre, terminamos merendando con el dinero que me había sobrado de la escuela en un café del distrito 1. No pasó mucho tiempo después de eso que papá decidió que ella era una paria y era mejor quitárnosla de encima. Intento aclararme la garganta, porque no es momento para ser un llorón — Hans.

Siempre tuve la idea de que, si ella me recuerda, no será con mucho cariño. Fui lo suficientemente cobarde como para no admitirle a mi padre que también poseía magia y, aunque en ese entonces lo veía como un acto de supervivencia, acabó siendo lo que me dejó viviendo con él a solas durante años hasta que pude ponerlo en su lugar gracias a Jamie Niniadis. Vacilante, doy un paso hacia ella sintiendo mis labios temblar y obligándome a morderlos para no cometer una estupidez — Soy tu hermano, Phoebs, yo… — saco las manos de los bolsillos y miro hacia atrás, chequeando que nadie aparezca por la puerta — Lo siento, lo siento tanto. Todo esto es mi culpa. Absolutamente todo — yo dejé que esto pasara. Se suponía que yo era el hermano mayor que debería cuidarla y no estuve allí para detener a ese imbécil. No pude enfrentarlo y me quedé encerrado en un dormitorio que se volvió demasiado pequeño como para sentir que me ahogaba. Y mi hermana me necesitaba y yo no estaba para ayudarla.
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Mensaje por Phoebe M. Powell el Sáb Dic 08, 2018 12:01 am

La sonrisa amistosa que llevo dibujada en los labios pronto se torna en una sonrisa incómoda cuando el hombre empieza a hablar para sí y no acabo por entender su comentario sobre la vejez, casi como si esperase que tuviera un efecto en mí que es evidente que no tiene lugar. Puedo notar como mis dedos se aferran alrededor de la madera de mi varita y mis labios se tensan, enseñando los dientes en una sonrisa semi falsa con cierta inseguridad. No es hasta que pronuncia mi nombre, o más bien un apodo cariñoso de él, que mi cuerpo se echa hacia atrás hasta toparse con el escritorio, lo que hace que pierda un poco el equilibrio y vierta ligeramente el contenido de la taza sobre la mesa. — ¿Phoebs? — Conozco a una sola persona que me ha llamado así en el transcurso de mi vida, aquella persona que pensaba jamás volvería a ver, y no necesito la confirmación de su voz para saber de quién se trata.

Por unos segundos en los que se me corta la respiración, mi corazón empieza a palpitar con fuerza, más de lo que soy capaz de aguantar sin oxígeno, por lo que termino por abrir la boca con la intención de decir algo, pero acabo por apretar los labios al encontrarme sin palabras. Frente a mis ojos tengo a mi hermano, a quien consideraba una de las personas más imprescindibles en mi vida cuando aún le tenía cerca, a quien no esperaba volver a ver. Cuando mi padre me abandonó yo era tan pequeña que me fue imposible volver sobre sus pasos, aprendí a apañármelas por mi cuenta, e incluso cuando crecí, nunca tuve los medios suficientes para encontrar a mi familia, o lo que quedaba de ella. Con el tiempo simplemente dejé de necesitarlos. Ahora, teniéndole frente a mí, pese al evidente paso de los años, aún puedo reconocer en su rostro alguno de sus gestos, incluso cuando creía haberme olvidado en cierta medida de su aspecto.

Mi cerebro aún está procesando la información, tratando de no paralizarse ante el nuevo shock que significa una noticia de este calibre. Me es muy difícil guardar la compostura, en especial porque mis ojos comienzan a humedecerse a gran velocidad independientemente de cuantas veces parpadee para hacer desaparecer las lágrimas que amenazan con escaparse de mis ojos. Ni siquiera estoy segura de poder escucharle con claridad, ya que un zumbido atraviesa mis oídos y me impide captar las palabras que murmura. Al final no puedo aguantarme más y mi cuerpo se abalanza sobre el suyo para abrazarle con fuerza, recordándome las noches de oscuridad en las que corría a sus brazos en busca del mismo afecto. Porque en ese momento siento la necesidad de protegerme bajo su cuerpo, olvidando por los minutos que dura el contacto todos los días que pasé sola, y que jamás me busco. En ese instante le perdono todo, todo lo que podría haber hecho y no hizo, todo lo que sufrí en silencio no por su culpa, pero sí porque él no quiso dar la cara. Ni siquiera me importa que hace más de quince años que no le tenía tan cerca, porque con mi cara pegada a su camisa, me percato de que sigue oliendo como mi hermano mayor.

Me separo con suavidad, elevando la cabeza para observar su figura sin ser capaz de murmurar palabra. De repente es como si el tiempo no hubiera pasado, como si aún estuviéramos viviendo en nuestra casa del uno, cuando mamá aún estaba viva. — ¿Dónde has estado? — Es más una demanda que una duda, aferrándome a uno de sus brazos con mi mano, como si el simple hecho de soltarlo fuera a dejarlo escapar. Mi pregunta va dirigida tanto a la actualidad como al pasado, y a toda su vida en general, puesto que mi yo de doce años recuerda una figura totalmente distinta de la que se presenta a sus ojos. En el once vivía ajena a la situación del país, encender la televisión me resultaba una pérdida de tiempo, y para ser sincera, me gustaba poder vivir aislada de los problemas. Necesito un minuto para analizar su ropa y sus gestos corporales para hacerme entender que, si bien yo me he pasado la vida sobreviviendo a base de monedas perdidas, él ha tenido más suerte. — Hans, yo... todo este tiempo... ¿Dónde estabas? — Repito. Mi voz suena tan ahogada que no la reconozco como propia. Pasé tanto tiempo necesitando su ayuda que ahora me es imposible decirlo en voz alta sin que se me corte la voz.
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Mensaje por Hans M. Powell el Sáb Dic 08, 2018 2:56 am

Me reconoce. Es obvio cuando creo que va a caerse sobre el escritorio como si hubiese visto un fantasma. No la juzgo, estoy seguro de que posiblemente no sea más que un espectro dentro de su vida. ¿Cuánto tenía la última vez que nos vimos? ¿Ocho años, nueve a lo sumo? No soy nadie para ella, si consideramos el poco tiempo que estuvimos juntos y, aún así, sé que la sangre es más fuerte que ninguna otra cosa. A pesar de todo lo que hemos pasado y que, justamente, sean los lazos sanguíneos lo que he tratado de ignorar por todos estos años. Que mi padre haya sido un idiota no quiere decir que yo deba cargar con su cruz.

Mis manos se levantan en un intento de pedirle que no llore, pero no alcanzo a hacer mucho que ya la tengo rodeándome con sus brazos y dejándome en estado de estupefacción. ¿Cuándo fue la última vez que alguien me abrazó de esta manera? Mejor dicho, reformulo la pregunta: ¿Cuándo fue la última vez que permití que alguien me abrazara de esta manera? Mis brazos se sacuden en el aire sin saber donde apoyar las manos y termino correspondiendo el gesto, hundiendo el rostro entre un cabello que huele como lo recuerdo y que provoca que hunda mis dedos en su espalda. La diferencia de altura no es mucha, pero sigue sintiéndose pequeña entre mis brazos, lo que me arrebata una extraña y ahogada risa que se apaga contra su hombro al estrecharla con más fuerza. Es un extraño calor el que invade mi cuerpo, completamente nuevo, arrasando con la amarga sensación de haberme equivocado una vez más. Realmente espero que mis piernas no fallen por culpa de la impresión, porque creo que sería en exceso ridículo.

Phoebe se separa, quizá demasiado rápido, y su pregunta provoca en mí la clase de risa breve y sorprendida que nadie ligaría de inmediato a mi persona — ¿En dónde estuve yo? ¡Tengo exactamente la misma pregunta! — me volví loco buscándola. Hice una carrera entera en base a culpar muggles y rastrear su paradero. Y todo este tiempo estaba destinada a dar clases en la escuela de mayor prestigio del país. Sé que me analiza con la mirada y yo no tardo en hacer lo mismo. Reconozco esos ojos y esa boca, el poroto en la punta de la nariz que ambos compartimos y el remolino que se le arma en el pelo porque yo tiendo a luchar con eso todos los días antes de ir al trabajo — ¡Estaba aquí! Aquí, aquí — mis manos se pasean por sus brazos en una caricia cargada de incredulidad hasta aferrarme a sus muñecas — Te busqué todos estos años… ¡Me convertí en juez! Bueno, era juez, ahora pasé a ser ministro — es mucho y creo que es confuso de explicar en tan pocos minutos, así que sacudo la cabeza para descartar ese problema — Te rastreé, pero solo pude averiguar que te graduaste del Prince. ¿Dónde estabas? Tuve que… ¡Mira! — el papelito que llevaba conmigo termina plantado frente a su nariz sin pudor alguno, enseñándole sus propios datos de ingreso como docente de la institución — Phoebs, yo nunca paré de buscarte. Yo… — me relamo los labios con ansiedad y mastico el inferior con los incisivos, buscando sus ojos con los míos — Hice justicia, Phoebe. Por ti y todos los que sufrieron como nosotros. Empecé con él y nunca me detuve — sé que sabe de quien le estoy hablando. Del hombre que la abandonó en medio de la nada, que golpeó a nuestra madre hasta provocarle la muerte y al cual arrastré de los pelos hacia la calle cuando los aurores de Jamie Niniadis llegaron al distrito 1 a reclamarlo como territorio del nuevo régimen — Pero eso no importa ahora. ¿No? Quiero decir… ¡Estamos juntos! — hay tanto que tengo que contarle. Lo bueno es que sé que tenemos todo el tiempo del mundo: no voy a dejar que me la quiten de nuevo.
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Mensaje por Phoebe M. Powell el Sáb Dic 08, 2018 2:33 pm

Todos estos años, jamás me imaginé que este momento llegaría a suceder algún día. Después de entender que mi padre no me quería en su familia, asumí que él tampoco estaba interesado en buscarme. Nunca le culpé de lo que pasó, mi hermano simplemente tuvo más suerte que yo a la hora de esconder nuestros poderes. Debí haberlo buscado, si no cuando gobernaban los Black después debí hacerlo. La rabia y la confusión me nublaron el juicio durante los primeros años que tuve que apañármelas sobreviviendo por mi cuenta, pero con el tiempo acepté que las cosas resultaron así no por que mi hermano no me quisiera, si no porque quizás no tuvo la opción.

Ahora, escuchando sus palabras, comprendo que nunca dejé de estar en su cabeza y ojalá pudiera decir lo mismo de mi parte. Sin embargo, tampoco puedo martirizarme por algo que no estuvo en mi mano. — Yo... No tuve oportunidad... ¡Era tan pequeña, Hans! Yo no decidí desaparecer, papá me hizo desaparecer. — Siento como se me revuelve el estómago solo de pensar en la figura de mi padre, aquella persona que temí durante tanto tiempo tras la muerte de mi madre. Hacía tanto tiempo que no pronunciaba algo en su nombre que el recuerdo me trae imágenes a la cabeza que no quisiera ver de nuevo, por lo que tengo que sacudir la cabeza para sacármelas de ahí. — Por años creí que tú tampoco quisiste encontrarme. No sabes como fue después de que él me dejara en aquella carretera, como un perro que ya nadie quiere. — No sabría decir que fue peor, si los gritos y la violencia de casa, o el no tener nada para llevarme a la boca en días y el frío que calaba mis huesos cada noche de invierno. — No quería terminar en un orfanato, así que me convertí en una sombra, viviendo bajo el techo de casas abandonadas y alimentándome a base de sobras. — Si tenía esa suerte. Hubo momentos donde creía que moriría de hambre, un cuerpo tan delgado que apenas se distinguía de perfil.

¿Juez? — No es una pregunta que necesite confirmación, sino una manera de crear una imagen suya en mi cabeza distinta de la que tiene mi joven yo. En ese momento me doy cuenta de que no le conozco, no sé como ha sido su adolescencia, si se comporta de la misma manera como creo recordar, o de si aún tiene las manías que tanto me hacían rabiar cuando era una cría. Mis pensamientos se interrumpen cuando sitúa frente a mis ojos un informe tan cerca que al principio no soy capaz de enfocar a las letras. Mis muñecas se sueltan de su agarre y mis dedos atrapan los folios antes de que pueda volver a guardárselos. Es mi ingreso al Royal, junto con todos los datos que el gobierno conoce de mí, que, a juzgar por lo que pone aquí, son más de los que creía posible. La parte de la videncia parece que es lo que más les interesa de mis aptitudes como profesora de adivinación, pues aparte de eso, mis estudios nunca fueron enfocados a la docencia. — ¿Cómo has conseguido esto? — Idiota de mí, si es ministro tiene prácticamente acceso a todo lo que quiera. — He estado en el once, jamás me moví de allí. Es el lugar para personas como yo. — O lo que sea que eso signifique.

Aún con el informe entre mis manos elevo la mirada hacia él y analizo sus palabras desde otra perspectiva. — ¿Nuestro padre está...? — No termino la pregunta porque se me corta la respiración antes de poder acabar la frase. No sé que efecto puede tener en mí el saber que mi padre ha muerto a manos de la venganza de mi hermano. ¿Qué idea me da eso sobre la persona en la que se ha convertido? Dejo que el folio caiga sobre el suelo para sujetar sus manos entre las mías, acariciando sus palmas con mis dedos en un gesto delicado. Niego con la cabeza mientras una tímida sonrisa se escapa por mis labios. — Nada de eso importa. ¡Fíjate! ¡Si aún te ríes igual! — Su rostro ha ido adquiriendo cierta madurez, pero sigue teniendo los mis rasgos que yo conocí. — Oh, Hans, ¡nunca pensé que esto ocurriría! — Aunque ahora que lo pienso dos veces, hace unas semanas las cartas me revelaron que algo del pasado volvería a cruzarse en mi camino. Honestamente creía que se trataba de mis calcetines favoritos que perdí esa misma semana en la mudanza.
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Mensaje por Hans M. Powell el Mar Dic 11, 2018 6:33 am

Cada cosa que dice me confirma lo que siempre supe: que mi padre es un monstruo y lo que nos hizo fueron las acciones de alguien que no podría siquiera llamarse un hombre. Intento por todos los medios el no imaginarme lo que me está contando, pero la verdad es que durante los años he creado esas escenas en mi cabeza una y otra vez, preguntándome dónde estaría y qué le habría pasado. No fue solo una oportunidad en la cual mi imaginación desarrolló incluso los peores escenarios, esos que jamás me atreví a decir en voz alta. No me fastidia hablar de abusos o asesinatos en el día a día, pero no puedo aplicar la misma lógica cuando se trata de mi propia hermana.

Solo puedo asentir ansiosamente, como un niño orgulloso de que reconocen sus logros, cuando se muestra sorprendida por quien soy ahora. El gesto de mi rostro deja bien en claro que ha preguntado simplemente una obviedad, pero en lugar de responderle solo me quedo con lo último que ha dicho — El once no es el lugar para ti, Phoebs — insisto, picándole cariñosamente el mentón. Es uno de los pocos gestos que recuerdo de mi madre, que solía empujarnos la barbilla para que la mantengamos en alto y olvidemos nuestros problemas. Es obvio que no tengo demasiada gente en el mundo que me haga recordar las expresiones que he heredado de mi progenitora — Es aquí, conmigo. ¿Dónde estás viviendo? ¿Te han dado una buena casa? Tengo un loft en el centro el cual no estoy ocupando ahora mismo. Ya sabes, isla ministerial y todo eso — lo que quiera de mí, lo tendrá. No he pasado como veinte años tratando de saber de ella como para ponerme en exquisito.

¿Nuestro padre está…? Mis labios se prensan y sé que mis ojos se han helado. Me cruzo de brazos en un gesto entre evasivo y protector y me apoyo vagamente en uno de los pupitres, moviendo apenas uno de los hombros — No lo sé. Jamás me molesté en saber qué le ocurrió — acabo confesando en un murmullo más grave de lo normal Lo entregué a los aurores apenas llegaron a tomar el distrito uno. Gritó, pataleó, lloró… hasta creo que se cagó en los pantalones. Si lo mataron o lo vendieron al mercado de esclavos es algo que ignoro y que prefiero seguir ignorando — lo arranqué de mi vida como una bandita. Cuando cerré la puerta de casa ese día, sabiendo que se había ido para siempre, había respirado con calma por primera vez en siglos. Fue una sensación extraña, liberadora y sumamente poderosa.

Que sus manos toquen las mías hace que estire mis dedos sobre los tuyos y olvide con un golpe de calidez todos esos malos recuerdos. Sonrío para mí mismo al notar lo mucho que hemos crecido en un gesto tan simple, elevando los ojos hacia los suyos al oírla hablar — Hay menos cosas de las cuales reírse, pero creo que al menos eso no ha cambiado — al menos, de cuando las cosas estaban bien. Los últimos años que pasamos juntos no cuentan. Aprieto aprensivamente sus manos al reírme, deslumbrándome ante lo familiar de cada una de sus expresiones. Quizá sea una adulta, pero es mi Phoebe — Juro que hasta pensé en darme por vencido, pero justo hoy… ¿Cómo terminaste dando clases? Sé que te gustaba jugar a la maestra con tus peluches, pero del dicho al hecho hay un largo trecho — le guiño un ojo porque ese guiño solía ser mi modo de fastidiarla sobre que jamás haría las cosas que ella decía que deseaba hacer. Por ejemplo, cuando amenazaba con comerse mis chocolates y yo sabía que jamás lo haría — Hay cientos de cosas que tengo que contarte. Sé que no te casaste porque, bueno, leí tu informe — con gracia, le hago una muequita que tuerce mis labios como si estuviese entre avergonzado y disculpándome a la vez — Tengo una hija. ¿Puedes creerlo? Es una muy larga historia, pero no me he casado tampoco — no me doy cuenta de que estoy hablando en voz alta de mi vida privada en un aula escolar, así que vuelvo a mirar alrededor con cierto aire de paranoia — ¿Tienes que seguir trabajando ahora? Siempre puedes venir conmigo. Quiero que vengas conmigo. Podemos comer algo, lo que quieras, hasta esa pizza que a ti te encantaba y yo odiaba. No lo sé… — sé que estoy siendo insistente, pero soy incapaz de contener la cantidad de energía y ansiedad que me consume por cada centímetro de mi piel — Siento que si salgo por la puerta, vas a volver a desaparecer.
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Mensaje por Phoebe M. Powell el Mar Dic 11, 2018 5:14 pm

Cuando me pellizca el mentón por un momento siento que el tiempo no ha pasado, que volvemos a ser los mismos chiquillos que jugaban a la pelota en el jardín de la casa mientras mamá hacia galletas de canela para merendar. El estómago se me hace más pequeño pese a que trato de sonreír, una risa nostálgica que deja bien claro lo mucho que echo de menos como eran antes las cosas, antes de que metiera la pata. — Fue mi culpa, debí haberlo controlado, si no nos hubiéramos peleado nada de esto hubiera pasado, y todo seguiría como siempre. Mamá aún estaría viva. — Es la primera vez en mucho tiempo que admito en voz alta la culpa que me corroe por dentro. No lo pienso a menudo porque de eso ya pasaron demasiados años como para que sirva de algo lamentarme, pero ahora, con su rostro frente al mío, me recuerda todo lo que tuvimos y que mismamente perdimos.

Me gusta el once. — Reconozco. — No es estresante como el capitolio, allí nadie te hace preguntas incómodas, ni se meten en sus asuntos. Fue un hogar para mí durante mucho tiempo.— Tuve mis momentos está claro, pero creo que al final terminé por cogerle gusto a la gente y a sus costumbres, hice amistades allí que estoy segura durarán para toda la vida. Es cierto, no había mucho que hacer al margen de trabajar para ganarte la vida, mi día a día era más una rutina, no como aquí que las posibilidades de entretenimiento son infinitas. Sin embargo, sé que voy a echar de menos a las personas del once y sus peculiaridades. — Creo que jamás me acostumbraré al estilo de vida que tienen aquí. — Su oferta, por otro lado, me conmueve, pese a que tengo que rechazarla con un leve movimiento de mi cabeza. — No tienes que preocuparte, el gobierno se encargó de darme alojamiento. Vivo en un apartamento no muy lejos de aquí, es pequeño y aún estoy tramitando algunas cosas de la mudanza, pero es acogedor. — O por lo menos intento que lo sea. Sé que en el momento en que deje de tener un aire familiar, no duraré ahí ni una semana. Mis ojos le miran con curiosidad al igual que mis labios, los cuales se pegan uno a otro en señal de admiración. — ¿Cuánto tiempo llevas siendo ministro? Disculpa mi falta de información, nunca estuve al tanto de las noticias en el once. — No por nada, sino porque allí se está tan al margen de lo que pasa en el país que nadie se interesa por saber lo que ocurre.

Cuando reconoce no tener ni idea de lo que ha pasado con nuestro padre tengo que tragar saliva varias veces debido a que el repentino nerviosismo me acelera los signos vitales, casi como si pudiera sentir su presencia a poco espacio de nosotros. Sé que no es posible, que estará más bien lejos de aquí, pero algo que no puedo evitar al pensar en él es recordar como fue el momento en que me dejó marchar. — Quizá sea mejor así. — Murmuro a secas, a sabiendas de que no es eso lo que me hubiera gustado decir. No me importa lo más mínimo lo que haya podido ocurrir con mi padre, ha pasado mucho tiempo desde que aprendí a vivir por mi cuenta y a ser independiente, sin embargo, la duda acerca de su destino será algo que siempre lleve conmigo, lo quiera o no.

La comprensión que siento hacia su siguiente comentario la reflejo ladeando ligeramente la cabeza hacia un lado, mientras mis ojos siguen el movimiento de los suyos. Puede que no nos riamos como lo solíamos hacer, forma parte de hacerse mayor, pero sí creo que las cosas hayan mejorado. Por otra parte, cuando me guiña el ojo sé que se está burlando de mí, y aunque sea de forma cariñosa, entrecierro los ojos durante unos segundos antes de interrumpir esa seriedad con una sonrisa. — No hace un par de semanas que he empezado a dar clases, si me preguntas cómo te diré que no lo sé, cuando estuve en el Prince solo terminé los estudios obligatorios y mi intención jamás fue ejercer en la docencia, por mucho que mis peluches te dijeran lo contrario. — A medida que voy hablando cruzo los brazos sobre mi pecho y dejo que el peso de mi cuerpo recaiga sobre una de mis piernas. — ¿Alguna vez hablaste con mamá de sus antepasados? — La pregunta es mera curiosidad, puesto que conmigo no fue el caso, además de una manera de sacar el tema a la luz. — Según he comprobado hay un historial de videntes en la familia de nuestra madre que remonta muchas generaciones atrás, y parece ser que yo he heredado esa misma capacidad. — Hago una pausa para comprobar su reacción por el rabillo del ojo antes de continuar. — El gobierno estaba al tanto y me ofrecieron un puesto como profesora, aunque ofrecer creo que no es la palabra apropiada. — Mi tono de voz quiere dejarlo caer como una broma, pero profundamente sus intenciones me molestan.

Algo que me deja con el rostro en blanco durante unos segundos es la noticia de que tiene una hija. — ¿De manera que tengo una sobrina? — La idea aún me produce estupefacción, lo cual se puede comprobar por la manera en que paso a morderme el labio inferior con los ojos como platos. — Pero no te has casado. — Algo en su voz, o puede que sea yo misma, me hace deducir que hay algo más en su historia además de un no estoy preparado para casarme tipo de cosa. — Tengo unas horas libres antes de mi siguiente clase, espera que recojo mis cosas. — No puedo ocultar mi sonrisa en lo que con un movimiento de varita hago que mis cosas personales se guarden en el bolso mientras yo me acerco al escritorio y guardo los pergaminos en el cajón. Me pongo la chaqueta que cuelga del perchero cuando viene hacia mí y me recojo el pelo en un moño despeinado en lo alto de mi cabeza. — La pizza con aceitunas y pepperoni suena genial, así puedes contarme con más tranquilidad sobre Margareth. — Porque así dijo que se llamaba su hija, ¿verdad?
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Mensaje por Hans M. Powell el Miér Dic 12, 2018 7:16 am

No fue su culpa, pero soy incapaz de decirlo en voz alta. Solo puedo quedarme allí, mirándola con expresión taciturna y tratando de negar con la cabeza a pesar de ser un movimiento apenas perceptible. Lo que sucedió jamás habría sido su culpa, especialmente porque nada hubiera pasado si nuestro padre se hubiese comportado como una persona decente. Lo que sí demuestro con claridad es la breve mueca de poco aprecio por el once cuando lo defiende, tan lleno de traidores y mugre por los rincones, pero me ahorro el abrir la boca porque no empezaré una discusión en nuestro primer encuentro — Si cambias de opinión, debes saber que mi oferta no tiene fecha de caducidad — me obligo a sonreírle con el cambio de tema — Solo unos meses, aún no hace ni un año. Ha sido algo alborotador, ya sabes, con todo el trabajo que se mueve en la justicia en estos días. Necesitaban una mano más firme, así que… — me encojo de hombros y me señalo como si no existiese mejor opción que yo — El ministro más joven de este gobierno. Nadie puede decir que no hago bien mi trabajo — necesitaban a alguien que pusiera orden, así que algunas normas tuvieron que torcerse. No los culpo.

Es mejor así, sí, pero no sé leer sus expresiones — Si algún día lo deseas, puedo rastrearlo — jamás lo haría por mí, pero tal vez ella necesita una clausura. Al menos yo he aprendido a cerrar la puerta a las personas que sé que no valen la pena. Pero parece que es el día del descubrimiento sobre la verdad de nuestros progenitores, porque mis ojos se abren en asombro y tengo que chequear que no anda bromeando con un simple vistazo — ¿Mamá tenía el gen de la videncia? — me sale una pregunta pasmada, haciendo que mis párpados suban y bajen y mi cabeza se eche un instante hacia atrás en sorpresa, torciendo los labios — Nunca nadie me hizo llegar esa información. No sabía que… debió traspapelarse — o nadie asoció que la Powell del distrito once, sin familia ni nadie que reclame por ella, era familiar mía. Algo que descubrí estos años es que hay varias personas con nuestro apellido a lo largo del país — Pero es un trabajo digno y respetable. Me enorgullece — darle empleo a quien más lo merezca y necesite es algo que sé que el gobierno se ha molestado en hacer durante todos sus años en el poder. Phoebe debería estar agradecida.

Bueeeno… sí. Una sobrina, pero no una cuñada — cosas que suceden cuando fuiste un joven irresponsable, pero no voy a irme a los detalles íntimos con mi hermana menor. Lo positivo de todo esto es que en nada está lista para partir y no puedo ocultar mi entusiasmo, separándome del pupitre y decidido a salir con ella de su propio salón de trabajo. Es irreal el seguirla hasta la puerta como si no hubiesen pasado veinte años, deteniéndome por un instante cuando oigo el nombre de mi hija en sus labios — ¿Cómo…? — pregunto, confundido brevemente — Ah, claro, videncia — ¿Podré contarle algo o irá adivinando en el proceso? Antes de que la puerta se cierre, muevo la varita y obligo al informe a volver a mis manos, escondiéndolo del resto del mundo.

Lo bueno de ser personas con cargos que la gente respeta es que no nos toma mucho el salir del Royal. Es un lindo día, extrañamente soleado para acompañar la ocasión, y poco tardo en darme cuenta de que estoy tomándome la molestia de caminar despacio para hacer durar cada segundo. Nada de aparición, ni transporte, ni paso apresurado — Conozco un buen sitio aquí cerca. ¿Te gusta el vino? — pregunto con calma, metiendo las manos en los bolsillos de mi traje mientras avanzamos. Me obligo a desviar la mirada de ella, tratando de parecer entretenido con el paisaje. Tras unos segundos de silencio, decido ir tachando cosas de la lista de aquellas que debemos conversar — Estuve de novio hace mucho y debo decir que estuvimos juntos por un buen tiempo. Un día simplemente vino con que ella estaba embarazada, así que… — suspiro. Si hay alguien que debería entender mi modo de actuar en cierta medida, debería ser Phoebe — Me asusté. Creí que jamás sería un buen padre por culpa del nuestro y decidí desaparecer. Para cuando me arrepentí ella se había marchado, así que no supe si el bebé había nacido hasta hace unas pocas semanas — es irónico cómo funcionan las cosas. Hace como un mes pensaba que estaba solo y ahora tengo una hermana y una hija — Encontrarme con Audrey de nuevo fue casualidad. Ya sabes, trabajo y esas cosas. Pero enterarme que Margareth había llegado a nacer fue sumamente extraño. Tiene doce, así que quizá la tengas entre tus estudiantes — miro sobre mi hombro como si desde aquí pudiese ver el Royal, pero ya se ha perdido de vista — En términos generales, creo que eso es todo lo que vale la pena mencionar de mi vida privada. Es aquí — me detengo en una esquina frente a unas amplias puertas de vidrio y empujo una de ellas, haciéndole un gesto para dejarla pasar. En cuanto ambos estamos dentro, ofrezco con un gesto la posibilidad de sentarnos cerca de unas ventanas — Dime que tienes algo más interesante para contar o me sentiré decepcionado de no haber podido encontrarte antes.
Hans M. Powell
Hans M. Powell
Ministro de Justicia

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Mensaje por Phoebe M. Powell el Dom Dic 16, 2018 9:23 pm

Muevo la cabeza lentamente en gesto ascendente para darle a entender que tendré su oferta en mente si en algún momento se da la necesidad, lo cual me produce una sensación extraña en el cuerpo porque no creo poder recordar la última vez que alguien me ofreció algo sin pedir nada a cambio. Somos hermanos sí, pero llevamos tanto tiempo sin saber nada del otro que se me hace irreal que sea tan amable conmigo. No puedo ocultar mi sorpresa cuando entiendo por sus palabras que se ha convertido en el ministro más joven que ha tenido el gobierno desde el comienzo de su mandato. — Debo darte la enhorabuena, entonces. — Algo en mi voz delata la inseguridad en mis palabras, pues no estoy segura de que el hermano que conocí y el que se presenta ante mis ojos sea el mismo. Es obvio, yo tampoco soy la misma que era cuando no tenía más que mi abrigo y un peluche al que aferrarme; sin embargo, me cuesta comprender la persona en la que se ha convertido. Quisiera preguntarle como lo consiguió, convertirse en una persona de semejante puesto procediendo de una familia poco reconocida. Porque bueno, sí, el gobierno ayuda a cualquier mago que se encuentre en situación desesperada, pero no es como si regalaran los mejores puestos de trabajo a cualquiera. Tuvo que demostrarse ser un buen candidato para convertirse en ministro, de justicia nada más y nada menos. Todo por sed de venganza contra mi padre.

Sacudo la cabeza casi de inmediato cuando dice que podría rastrear los pasos que siguió mi padre cuando Jamie tomó el poder. — No hace falta, para mí ya está muerto. Solo era curiosidad. — Murmuro lo último en apenas un susurro pasando la mirada de su figura al suelo para contemplarme los pies. Creía que después de tanto tiempo, el hecho de hablar sobre mi padre no me afectaría de la manera en que lo está haciendo ahora, aunque me supongo que los traumas nunca nos dejan del todo. — No sé si mamá, probablemente no, pero algunos de sus antepasados sí debían tenerlo. Tengo entendido que se saltan bastante generaciones en el proceso, probablemente ni siquiera ella lo sabría. — Con todo eso de que los magos vivíamos en las sombras con el gobierno de los Black, más de uno ni se atrevería a abrir la boca y la información acabaría por perderse. — Supongo. Tampoco es algo que vaya predicando por ahí a los cuatro vientos. — Digo encogiéndome levemente de hombros. Hago una mueca para mí misma cuando no mucho después admite sentirse orgulloso de mi profesión. No sé si será un trabajo digno, lo que sí sé es que yo no lo hubiera escogido de no ser por que me obligaran prácticamente a coger el puesto.

No nos toma mucho salir del Royal, probablemente porque voy del lado del ministro de justicia y no por que sea profesora del colegio. La mayoría de los profesores ni siquiera conocen mi nombre, pero está claro que el de mi hermano sí lo reconocen porque ni siquiera nos frenan al cruzar por la entrada de la escuela. Me envuelvo a mí misma con la chaqueta en vez de cerrar la cremallera, abrazándome a mí misma mientras de mi hombro cuelga el pequeño bolso que llevo conmigo, moviéndose de un lado para otro debido al viento que nos viene de frente. — Entiendo... — Asumo que no tiene más que decir acerca de por qué tiene una hija pero no está casado, por lo que lo dejo estar, sin apenas poder apartar la mirada de su figura mientras él parece observar el paisaje. Si esta mañana me hubieran dicho que esto tendría lugar ni yo misma me lo hubiera creído, y eso teniendo en cuenta que suelo tragarme todo lo que la gente me cuenta. — No lo tomo con frecuencia, pero sí, el vino está bien. — Y eso ya es decir mucho. Es evidente que nos encontramos en clases distintas, pues a mí no se me hubiera ocurrido pedir una botella de vino en un restaurante y probablemente a él no se le hubiera pasado por la cabeza ir a almorzar pizza de no ser por mi presencia.

Escucho lo que tiene que contarme con profundo interés, aprovechando la luz del sol para observar mejor sus facciones. Por alguna razón, me siento completamente ajena a su historia, a las personas que han ayudado a conformarla, y a todo en general. — Lo siento, todo esto es bastante complicado de asimilar. — Me apresuro a decir cuando, después de que termine de hablar, mi silencio acude como respuesta. — No puedo creer que seas padre. ¿Doce años? Es prácticamente una adolescente... — Eso me lleva a hacer cuentas mentales de cuando se supone que dejó embarazada a la mujer y creo que hubiera hecho mejor en no hacerlas. — ¿Has tenido algún encuentro con ella? — Me refiero a su hija y no a su madre claro. Tuvo que ser difícil, enterarse doce años después de que ha tenido un bebé y que no ha formado parte de su vida por miedo a hacerlo mal. Otro motivo que seguro que utiliza para culpar a nuestro padre.

Entro en el local cuando llegamos y me dirijo a una de las mesas que me indica con la mano, sonriendo amablemente antes de sentarme sobre una de las sillas justo al lado de la ventana. Echo un vistazo por la cristalera directamente sobre la calle mientras me deshago de mi abrigo y lo poso sobre el respaldo. — Creo que tu vida ha sido mucho más interesante que la mía, desde luego... — Apoyo los codos sobre la mesa y una de mis mejillas sobre una mano mientras esperamos a que aparezca el camarero, acariciando con los dedos las flores falsas del pequeño jarrón que hay en el centro de la mesa de forma desinteresada. — Hace unas semanas todo era normal. Vivía en una casa corriente en el once sin preocupaciones, tomando té con la vecina y cuidando de un viejo gato callejero medio moribundo. — Digo con sorna, casi lanzando una breve risa por el comentario. — Y ahora, tengo un apartamento en el centro de la capital, un trabajo en el mejor colegio del país y a punto de comer pizza con mi hermano. — Define giro de trescientos sesenta grados.
Phoebe M. Powell
Phoebe M. Powell
Profesor del Royal

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