The Mighty Fall
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VERANO de 247221 de Junio — 20 de Septiembre


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Tras años de represión y batallas libradas, hoy son los magos los que caminan en las calles más pulcras del Capitolio. Bajo un régimen que condena a los muggles y a los traidores a la persecución, una nueva era se agita a la vuelta de la esquina. La igualdad es un mito, los gritos de justicia se ven asfixiados. Existen aquellos que quieren dar vuelta el tablero, otros que buscan sembrar la paz entre razas y magos dispuestos a lo que sea para conservar el poder que por mucho tiempo se les ha negado. La guerra ha llegado a cada uno de los distritos. ¿Qué ficha moverás?
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Hans M. Powell
Ministro de Justicia
No tengo idea de por qué quise conocerla. Bueno, en realidad sí: fue mi estúpido impulso de querer ser un mejor padre del que he tenido el cual me llevó a exigir, en primera instancia, el conocer a la niña que ayude a engendrar hace más de doce años. Sé que ya he hablado con su madre, sé que ya organizamos un encuentro que será, precisamente, mañana por la noche y sé que recién ahora me doy cuenta de lo que eso significa. Todo esto hace que sea fin de semana, tenga mi día libre y mis ojos están tan abiertos como platos a las seis de la mañana, dando vueltas en mi cama king size hasta que admito que no tengo más opción que moverme. Mi mañana se basa, prácticamente, en una ducha que podría ahogarme y en un desayuno que no toco porque no sé si llamar a mi ex para decirle que me está dando un ataque de pánico o a mi secretaria para que me organice una cita con un masajista. O que venga a mi casa a relajarme, tampoco es mala opción.

Al final tengo que centrarme y, después de haberme fumado la mitad de mi caja de cigarros, bajo las escaleras de mi mansión pegando un grito al cielo hasta conseguir que mi elfina doméstica, Poppy, aparezca en la sala — Prepara un almuerzo suculento. Carne de cerdo, papas, verduras. Y ponlo para llevar — ordeno, acomodando el cuello de mi camisa mientras me miro en el espejo amplio que decora uno de los rincones de la habitación la habitación — ¿Dónde se ha metido ese esclavo…? Dile que quiero que me busque una botella de vino junto a la comida. Y que no se tarde tanto, que tengo prisa. ¡No, no quiero uvas!

Tampoco es que tenga un verdadero horario que cumplir, pero sé que mis sirvientes trabajan mejor bajo presión. En este país, en un día como hoy, solo se me ocurre una persona que podría llegar a darme un buen consejo en un asunto tan ridículo como este con la cual tenga la confianza como para saber que no dirá nada. Así es como Poppy, cargada con una bandeja de plata cubierta y una botella de añejo que he aprobado y aceptado, se aparece junto a mí frente a la casa de Reynald, realmente rogando que esté en casa. Dudo mucho el recibir una queja de su parte, especialmente porque él ya me lo ha hecho en otras ocasiones y yo vengo con una elfina con las manos llenas. Nadie rechaza un buen vino.

El timbre retumba y mi impaciencia se incrementa. El olor de la comida me pone algo inquieto, hasta que la puerta se abre y el rostro de mi colega aparece frente a mí como una salvación de sábado al mediodía — Tú eres el hombre para solucionar todos mis problemas — anuncio con una rápida sonrisa y paso a su casa sin siquiera pedir permiso, dándole una rápida palmada en su hombro — Poppy tiene el almuerzo y la bebida. Espero que tengas el estómago disponible pero no a alguien en tu cama, porque tendré que interrumpirte.
Hans M. Powell
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Reynald W. Coarleone
El timbre retumba en mis oídos como si se tratase de alguna especie de corneta dirigida específicamente a mi tímpano, gruño por lo bajo y me niego a levantarme hasta que sé que nadie se presentaría un sábado por la mañana en mi propia casa a menos que sea algo importante y joder, más le vale a ese alguien que sea importante porque no estoy en condiciones de atender estupideces. Me siento sobre la cama y tallo mis ojos al mismo tiempo que rebusco en el piso mis bóxers y un pantalón de pijama que dejé en alguna parte la noche anterior. Me giro y encuentro a mi última cita dormida aún en mi cama, bostezo de mala gana y decido que no soy tan gilipollas para lanzarla fuera cuando siquiera ha podido despertar por sí misma, cierro la puerta de mi habitación detrás de mí y bajo las escaleras casi corriendo hasta que me digno a abrir la puerta.

Enarco una ceja en cuanto mi mirada se posa sobre un Ministro de Justicia acompañado de una elfina doméstica con lo que parece comida en una canasta y estoy por reclamarle el entrar a mi casa sin permiso cuando escucho a mi estómago rugir y joder, de verdad que necesito comer de lo que sea que hay en esa canasta. Dejo que la elfina entre a mi casa y cierro la puerta en cuanto ambos están avanzando en dirección a la sala — ¡Kwon! — llamo a mi elfo doméstico el mismo que aparece en un abrir y cerrar de ojos — ayuda a ¿Cómo dijiste que se llamaba…? — rascó su nuca intentando recordar el nombre de la elfina de Hans — ...bueno como sea, ayúdala a servir la comida y tenlo todo listo en el comedor, iremos en un momento — ambos elfos avanzan en dirección al comedor y yo me dejo caer en el sofá más grande intentando ignorar el horrendo dolor de cabeza que me cargo.


— Dame una buena razón para no petrificarte en este momento — musito de mala gana mientras coloco mi brazo derecho sobre mis ojos, cubriendo la luz que se cuela por la ventana — Debe ser demasiado importante para que decidas pedirme perdón con comida — bromeo, retirando el brazo de mis ojos y posando la vista sobre mi amigo — ¿Mataste a alguien y quieres ocultar el cuerpo? ¿Condujiste tu escoba bajo efectos de alguna clase de polvo mágico? — bromeo, intentando descartar alguna de las ideas más probables y quizá también, las más estúpidas.
Reynald W. Coarleone
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Hans M. Powell
Ministro de Justicia
Asumo que estoy de suerte porque, en lugar de recriminarme, Reynald ordena a su propio elfo el ser de ayuda para Poppy y eso significa que tengo permiso para quedarme. No esperaba menos. Sigo con la mirada a los sirvientes por un instante hasta que desaparecen del rango de visión y volteo hacia mi amigo, encontrándomelo en el sofá con una expresión que me da a entender que no estaba precisamente despierto cuando decidí aparecer frente a su puerta.

Su amenaza solo me sirve para mirarlo con cierta burla, metiendo las manos en los bolsillos de mis vaqueros de manera que mis hombros se encogen un poco — Porque soy tu amigo y te traje un vino costoso — bromeo, manteniéndome de pie. Si hay algo que la ansiedad siempre produce en mí es que soy incapaz de tomar asiento, provocando que camine de un lado al otro por toda la habitación hasta que encuentre el modo de relajarme. Es eso o fumarme un atado de cigarrillos — No tienes idea — me echo el cabello hacia atrás, teniendo el fugaz pensamiento de que debería cortarlo antes de presentar un estado algo deplorable como para ir a la oficina.

Su comentario final le vale una mirada divertida, rodando por un momento los ojos a pesar de la sonrisa intacta, esa que oculto al pasarme la lengua por los dientes delanteros — No he conducido bajo el efecto de alucinógenos desde que era joven — confieso sin pudor alguno — Y en cuanto al asesinato… bueno, prefiero no mancharme las manos — ningún político es santo, pero he hecho todo lo posible por mantener un historial donde yo no fuese el autor directo de ningún desastre. Las órdenes o peticiones que haya dado es otro tema, especialmente cuando te dedicas al ámbito legal y las condenas no suelen ser de agrado para todo el mundo — No, hoy he venido a verte por un temita un poco más complicado.

Un ruido sordo en el piso superior hace que levante la mirada justo cuando estoy decidido a tomar asiento en el sofá que tiene delante, por lo que me quedo medio parado medio sentado hasta que me dejo caer — ¿Tienes compañía? — una completa envidia si consideramos como pasé mi viernes en la noche, pero tampoco me preocupo por eso ni me muestro arrepentido por mi interrupción. Palmeo mis manos para frotarlas entre sí y chasqueo la lengua dándole un rápido toque a mi paladar — Resulta que acabo de enterarme hace unos días que, en efecto, tengo una hija — lo suelto sin anestesia, como una bomba que no necesita más tiempo pitando una alarma — Y acordé con mi ex el conocerla. Ahora… ¿Cómo mierda meto a una niña en mi vida, Reynald? Quiero decir… ¡Tú me conoces! — con cada frase me voy hundiendo aún más en el sofá, hasta dejar el codo recargado en el apoyabrazos y pellizcarme la frente con los dedos — No soy precisamente material paterno — no sé si es por mi falta de rol en el asunto, por mi estilo de vida gracias a los lujos, por mi carácter o si es, en realidad, una mezcla de todas las cosas a la vez.
Hans M. Powell
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Reynald W. Coarleone
Le observo mantenerse de pie por lo que me parece una eternidad y estoy por exigirle que se siente porque su puro nerviosismo me pone de nervios a mi y joder, realmente estoy demasiado jodido para lidiar con estrés tan temprano. Su actitud me hace sentirme agobiado de poco en poco y siento que sus bromas salen de su boca por mero impulso más allá de porque es un tipo ingenioso. Enarco una ceja en cuanto le veo acomodarse el cabello, porque cuando el Ministro Powell agarra así su cabello es porque alguien está en la cuerda floja o es él quien está titubeante a la mitad del camino pero ¿Por qué? ¿Qué es tan importante para ponerlo de tal manera? Mi impulso por querer preguntarle algo se limita a observar en absoluto silencio dejando que las cosas fluyan; algo que he aprendido con el paso del tiempo y que me ha sido bastante efectivo en cuestiones de entender al joven Ministro.

Levanto la vista hacia el techo en cuanto escucho pasos y maldigo por lo bajo al no haberle pedido que se marchara en cuanto me desperté, pero eso me gano por ser demasiado condescendiente con mis folladas de una noche — no hagas caso, Kwon se encargará de ella — y aunque sé que no será tan cortés como yo lo pude ser en su momento, sé que al menos no aparecerá desnuda a la calle, a final de cuentas no pienso volver a verla nunca, esa siempre ha sido mi regla pero… ¡Pero ese no es el punto por el que está aquí! pienso, antes de que decida dejarme caer la verdad de su visita sin siquiera un poco de vaselina.

Su confesión logra que decida sentarme colocando una cara de sorpresa que ni siquiera me limito a hacer menos evidente porque ¡mierda! una hija es.. bueno, eso, sangre de tu sangre, algo que se supone que evitas hacer cada que tienes una noche de sexo casual y que más allá de ser considerado una bendición, puede considerarse una pesadilla si decides no protegerte cuando te tiras a la más ardiente y loca del bar.

— Lo más cercano a material paterno que tienes es para ser un Sugar daddy ruedo los ojos y extiendo la palma para detener cualquier comentario para recriminar el hecho de que no me estoy tomando en serio sus palabras. Me pongo de pie para procesarlo todo y finalmente decido que tengo demasiada hambre para poder hablar con claridad — Bueno, si tenías alguna duda sobre si eras estéril ya está más que resuelta — musito por lo bajo antes de caminar en su dirección y tomarle por los hombros para sacudirlo — ¡tranquilo! No es el fin del mundo… vengo de una familia enorme, demasiados problemas sobre incestos, infidelidades y un bebé… bueno realmente yo nunca tendría uno porque soy un asco en temas de ser un hombre de una sola mujer pero… sé que si ella apareció en tu vida fue por una buena razón, lo creas o no — libero sus hombros y comienzo a caminar en dirección al comedor, sin pedirle que me siga porque obviamente va a hacerlo.

Tomo asiento en una de las mesas cuyo plato está servido y tomo la botella de vino retirando el corcho y sirviéndolo en las dos copas que también están sobre la mesa — ¿Tú la buscaste o fue su madre quien decidió finalmente confesártelo? — cuestiono, intentando obtener suficiente información para no meter la pata con cualquier comentario que no entiendo realmente por qué decidió venir a pedir en un inicio.
Reynald W. Coarleone
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Hans M. Powell
Ministro de Justicia
Mi mirada llena de sarcasmo se debate entre un “¿Debería estar agradecido?” a un reproche porque es obvio que le estoy hablando en serio, pero tampoco puedo culparlo. Las mujeres de una noche han sido mi modo de vida desde que llegué al Capitolio y jamás di indicios de buscar o siquiera pretender otra cosa. El apretón y sacudida en mis hombros es acompañado de un resoplido que suelto al tratar de relajarme, torciendo un poco el gesto a pesar de mis intentos de que esto no me afecte como debería y como, en efecto, está haciendo — Una buena razón — repito como si estuviera digiriendo las palabras — Si tú lo dices, tendré que creerte. Tienes más experiencia en asuntos familiares que yo — él mismo acaba de ejemplificarlo. Los Powell, por otro lado, hoy en día nos reducimos a dos y una de ellas está desaparecida. Margareth tiene mi sangre, pero jamás la he conocido y dudo mucho que la genética sea tan fuerte.

Acabo siguiendo sus pasos por mero reflejo y el olor a la comida ya servida me recuerda que mi estómago anda pidiendo algo de alimento, muy a pesar de mis ánimos. Tomo asiento frente a él y con un breve agradecimiento me hago con la copa de vino, observando su color y densidad por un instante antes de beber un poco y saborearme los labios enrojecidos — Su madre fue mi novia hace siglos. Estuvimos juntos unos dos años… — al saber cómo debe oírse eso, apoyo la copa con una sonrisa entre cínica y divertida — sí, tuve mis épocas donde podía mantener una relación. Como sea, la cuestión es que Audrey cayó embarazada un día y, como no tengo una buena relación con la palabra “paternidad”, decidí desaparecer — un aplauso para mí. Agarro uno de los cubiertos y pincho una de las papas, decidido a empezar a comer — No puedo culparme del todo, tenía veinte años y todavía estaba aprendiendo a limpiarme el culo. Creí que, desapareciendo, Audrey decidiría no tener al bebé. Al final regresé con la idea de hacerme cargo y ella se había ido y no la encontré hasta la semana pasada.

El recuerdo de esa reunión me pinta una expresión que, por un momento, parece que la comida está asquerosa cuando me la llevo a la boca cuando en realidad sabe a la perfección. Tengo que tragar con ayuda del vino para continuar con la comida — Resulta que es la nueva jefa del Departamento de Criaturas. Tuvimos una reunión por casualidad y… ¡Bam! Tengo una hija que se llama Margareth, tiene doce años y la conoceré mañana por la noche. Así como así — chasqueo los dedos en el aire para subrayar la expresión y apoyo los cubiertos, debatiéndome que tan rápido puedo comer sin acabar descompuesto — Yo pedí conocerla, lo sé. Necesitaba… ya sabes. De alguna manera esa niña salió de mí y no puedo fingir que no existe — quizá la paternidad no es lo mío, pero yo sé lo que es tener un padre de mierda. No pretendo ganarme una medalla con esto, pero al menos puedo intentar hacer las cosas bien — Ahora no estoy tan seguro y no tengo idea de cómo actuar. Pensé que tú tendrías una idea más aproximada.

Levanto mi copa en dirección a él con una sonrisa burlona y me la vacío de un tirón. Bien, mejor empiezo a comer con mayor avidez si no quiero bajarme una botella y acabar medio ebrio tan temprano por la mañana. Revuelvo algunos de los vegetales con el jugo de la carne y regreso a mi almuerzo — Ah y, como si fuera poco, me enteré de que el padre contra el que Audrey siempre despotricaba es Sean Niniadis. Así que, sí, embaracé y abandoné a la hijastra de la ministra. Ya sabes, porque si voy a cagarla, voy a cagarla hasta el fondo — realmente espero que esto no llegue a los tabloides o seré la comidilla de los chusmas de NeoPanem. Mi reputación venía siendo excelente como para que se arruine por un condón roto de hace trece años.
Hans M. Powell
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Reynald W. Coarleone
No es como que realmente mi experiencia en asuntos familiares sea amplia, de hecho, en cuanto tuve la oportunidad de salir de ese nido de locos lo hice y por ello es que ahora mismo puedo gozar de la vida de un soltero con plata suficiente para alcohol, comida y mujeres, incluso cuando jamás en la puta vida me he visto en la necesidad de pagar por sexo, de hecho... son ellas quienes deberían de pagarme a mí. Pero, volviendo al tema inicial no es como que realmente los dramas familiares representen algo de suma importancia para mi, yo vivía el día a día al margen y de vez en cuando era un dolor de huevos para mi padre al igual que para mi madre quienes al final de todo me ocultaron que tenía un hermano gemelo que ahora mismo no sé ni donde mierda está. Andrew se perdió en alguna parte de NeoPanem y agradezco al cielo el no tener que buscarlo para que me done un riñón o algo así y sinceramente es a lo que te expones al pertenecer a una familia tan grande como la mía, infidelidades por todas partes, incestos de quienes parecían no saber que eran familiares pero al enterarse ni siquiera se pusieron un límite, mi robo cuando era apenas un bebé... diablos, si ahora mismo enumerase la lista seguro acabaría descubriendo que el bastardo en mi sala era alguna especie de primo lejano que resultó de una infidelidad, porque los Coarleone y los Whitelaw siempre lograban sorprenderte con su astucia y cinismo.

Mi desconcierto aumenta cuando me menciona que anduvo de novia con la madre de su hija ¿De verdad? El tío cuya lista de calentones es casi el doble que la mía ¿hablándome de fidelidad? y puedo saber por su respuesta que mi cara ha hablado por mi, porque aunque no le esté pidiendo una justificación creíble el ya me la está dando y joder, me da miedo que sepa lo que estoy pensando incluso cuando no he abierto la puta boca. Dibujo una mueca de asco ante su forma de referirse a la paternidad y sencillamente no puedo callarme la boca — joder hermano, busca una mejor referencia... decir que salió de ti me hace creer que eres una especie de hermafrodita o que en realidad eras mujer hace doce años y que tú mismo la pariste — doy un enorme trago a la copa y me dispongo a comenzar a comer porque muero de hambre y los dramas familiares son buenos para la digestión, siempre que vayan acompañados de un buen vino, claro está.

— Sigo sin entender muy bien cómo es que el consejo de alguien como yo sea de ayuda, si realmente el tema de ser padre me pone la piel de gallina — musito de mala gana mientras tomo un pedazo de carne y me lo llevaba a la boca, masticando mientras trato de encontrar las palabras correctas — pero.. soy tu jodido mejor amigo y no me preguntes cuando me he dado ese título porque después de esto vas a hacerme padrino de esa niña — bromeo tomando una patata con el tenedor acercándolo a mi boca, mismo tenedor que dejo caer sobre el plato mientras me quedo con la boca abierta como un idiota porque, joder, sí, ese tío oficialmente se ha ganado el premio Darwin — ¿sabes algo? me sorprende que con esa suerte que te cargas sigas respirando, imbécil — tomo nuevamente mi tenedor y me meto la patata a la boca porque sigo teniendo hambre.

— Veamos... — jugueteo con otro pedazo de carne — Primero que nada, no vayas a preguntarle si tiene amigos, mucho menos vayas a preguntarle por cómo la ha tratado su madre durante sus doce años de vida porque todo lo que hablen ambos ten por seguro que se lo contará a su madre y de ese primer encuentro depende de si compartirá la custodia contigo o no... tú me entiendes — dejo el tenedor por la paz y vuelvo a tomar la copa para terminarme lo que hay de vino en la misma — puedes preguntarle sobre las cosas que le gustan, eso te dará ideas para próximos encuentros... también deberías de tratar de llegar a ella lentamente, no hagas que todo sea demasiado forzado porque conociéndote vas a cagarla  y la idea de asustarla no está en el plan — dejo la copa sobre la mesa y vuelvo a llenarla al igual que la copa de mi acompañante — si ella te hace preguntas no te reprimas y responde absolutamente todo... no vayas a hablar de más en cuestiones de por ejemplo, qué haces de tu vida cuando no estás en la oficina, hablar sobre tu vida sexual con tu hija no puede ser algo bueno — suelto una carcajada porque mierda, los ambientes serios me perturban cuando no se trata de trabajo.
Reynald W. Coarleone
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Hans M. Powell
Ministro de Justicia
Ya sabes a lo que me refiero — mascullo con un ruedo de ojos. Lo bueno es que él mismo se responde con eso de ser el mejor amigo, así que yo solo me conformo con hacer un gesto que descarta la posibilidad de que lo haga padrino porque no estoy para estas cosas — ¿Sabes? Yo digo exactamente lo mismo. Pero algo me dice que los Niniadis aún no saben que soy yo quien hizo algo así con ella. Dudo que a la ministra le importe demasiado, pero en cuanto a su marido… — por lo que recuerdo de todo aquello que Audrey me contó, su relación con Jamie Niniadis no era precisamente buena, pero estoy seguro de que el consejero del gobierno no estará muy contento de saber la verdad y mis buenos negocios secretos con el hombre posiblemente se vean algo tensos.

Como con la lentitud del humano sin hambre, pero con la obligación de llevarse algo a la boca. Intento hacer notas mentales de todo lo que me está diciendo, manteniendo la vista en el plato mientras mi cabeza asiente una y otra vez como uno de esos juguetes ridículos que las personas colocan en los coches. No es hasta el final que me río y tengo que beber algo del vino que me ha servido para no atragantarme, lo cual me produce un sonido ahogado en el medio de la garganta — Creo que esa parte la tenía bien en claro — acoto con gracia, volviendo a apoyar la copa y sin molestarme en desmentir que esa es mi vida cuando no estoy trabajando. Si no es una cena, es una mujer y si no es una mujer, es hacer ejercicio o alguna actividad pasajera. Y sino, más trabajo… u otra mujer, para qué mentir — Audrey estará con nosotros en la cena. No podría estar a solas con la niña la primera vez ni aunque quisiera. ¿Me imaginas a mí con una niña sin la supervisión de un adulto? — desastre. Puedo tratar a quien quiera, por algo me desempeñé con tanta excelencia como juez y abogado, pero nunca he sido bueno para relacionarme con asuntos personales. No he tenido una pareja desde que llegué al Capitolio hace más de diez años, mi familia es inexistente y los niños son un terreno desconocido. Sí, quizá cenar con Audrey no sea cómodo, pero lo prefiero así.

Para bien o para mal, tú sabes cómo una familia puede funcionar. Yo no tengo la más pálida idea — me rasco la nuca, sintiendo algunos cabellos fastidiando por allí y dejo los cubiertos un momento para poder masajearme la zona — Nunca he pensado en ser padre, Rey. Quiero decir, sé que existía la posibilidad de que Audrey la hubiese tenido, pero no creí que lo hiciera. Y en cuanto a las demás… bueno, si alguna quedó embarazada posiblemente no lo sepa al menos que me busquen porque bloqueo a casi todas de mis llamadas — es mucho más sencillo cuando se tratan de asuntos de una noche, al menos que me interese repetir la experiencia. Dejo las manos sobre la mesa y muevo la cabeza de un lado al otro, tratando de relajar los músculos — Solo quiero que seas honesto conmigo: ¿Crees que he hecho bien en querer conocerla? Porque no dejo de pensar en que he cometido un error. Si vamos al caso… ¿Quién en su sano juicio me querría como su padre? — porque vamos, tendré todo el dinero que quiera, pero con mi poco tacto y experiencia posiblemente me manden al diablo en solo cinco minutos.
Hans M. Powell
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