The Mighty Fall
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OTOÑO de 247221 de Septiembre — 20 de Diciembre


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Tras años de represión y batallas libradas, hoy son los magos los que caminan en las calles más pulcras del Capitolio. Bajo un régimen que condena a los muggles y a los traidores a la persecución, una nueva era se agita a la vuelta de la esquina. La igualdad es un mito, los gritos de justicia se ven asfixiados. Existen aquellos que quieren dar vuelta el tablero, otros que buscan sembrar la paz entre razas y magos dispuestos a lo que sea para conservar el poder que por mucho tiempo se les ha negado. La guerra ha llegado a cada uno de los distritos. ¿Qué ficha moverás?
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2 participantes
Benedict D. Franco
Consejo 9 ¾
Está helado.

El invierno siempre me ha gustado porque eso significaba la llegada de mi cumpleaños, pero desde que fui enviado a los juegos y Melanie murió en ellos, he aprendido a no tenerle tanto cariño al frío, y esta noche también me lo recuerda. Han pasado el tiempo suficiente desde mi encuentro con Jamie para que las heridas que sus idas y venidas se hayan calmado, aunque muchas de ellas siguen ardiendo y latiendo en algún punto de mis músculos. Pero nada de eso me detiene. No ahora, que Seth parece tener la vida arruinada por mi culpa. No ahora que Jamie lo sabe. No ahora que tengo que llegar al catorce antes que ella lo encuentre.

La casa se encuentra silenciosa esta noche y, por extraño que parezca, no estoy en la habitación de mi amo escondiéndome como de costumbre, sino que me mantengo muy ocupado lavado los platos de la cena. Hay un elfo doméstico a pocos metros de mí que no deja de hablar de lo bien que le ha salido la sopa, pero no escucho ni una sola palabra de lo que dice; mis ojos se van todo el tiempo hacia los vidrios, esos que se encuentran empañados del frío. ¿Cuantos grados harán esta noche? ¿Y en las noches por venir? Seco mis manos con el repasador que más me gusta de la cocina (el azul, porque el verde raspa mucho), y lo dejo en su sitio, justo cuando oigo a mi compañero de poca estatura que tiene que sacar la bolsa de basura - No, deja que yo lo haga - me giro de inmediato y voy hacia él, lo que me vale la mirada de sospecha del elfo. Yo solo encojo mis hombros - soy más alto y me pesa menos.

Nadie se fija en mí cuando salgo por la puerta trasera para ir derecho a los cestos de basura que luego alguien va a recoger, probablemente otro esclavo. Con la excusa de cubrirme del frío me coloco una túnica vieja, de esas que me quedan el doble de grandes de las normales, y me subo la capucha para no temblar de frío. El rocío todavía reluce en el césped y me pregunto cuanto se demorará en volver a nevar, pero esos pensamientos se me van de la cabeza cuando abro el cesto y meto la mano dentro; tanteo un poco, pero mis dedos no se demoran en tomar por las riendas la mochila que preparé esta mañana. No sé cuanto me tomará el viaje, pero la comida robada de la cocina y las ropas son suficientes para algunas semanas si soy cuidadoso. No me he despedido de Seth; él lo entenderá.

Tiro la basura y cierro el cesto, y estoy escondiendo la mochila debajo de la túnica justo cuando otro de los elfos pasa a mi lado y me saluda alegremente en su camino a las cocinas. Le regreso el saludo con falsa alegría y acomodo mejor mis ropas; no es hasta que escucho que cierra la puerta que me deslizo hacia los jardines. Conozco este lugar como la palma de mi mano, y eso equivale a todas las salidas. Solo espero que no haya guardias; lo que menos se me antoja es darle uso al cuchillo que metí dentro de mi bota.
Benedict D. Franco
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 Now the rains weep o'er his hall, and not a soul to hear || Seth Z0ZvwdN
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Seth K. Niniadis
Fugitivo
Veinticinco años de prisión.

Estaba psicológicamente preparado para cinco, incluso según mis abogados en el peor de los casos, para diez. Pero ¿veinticinco? Eso es un cuarto de mi vida. Eso es más de lo que puedo soportar. ¿Que haré veinticinco años congelado en un punto muerto? No he terminado mis estudios, no seré nadie cuando salga y definitivamente, la vida de un adulto que recién sale de la cárcel no es buena ni de lejos. Ni siquiera puedo mirar a Ben a la cara cuando vuelvo a casa, pero él por suerte no está en mi habitación y no regresa ni siquiera a la madrugada. ¿Lo sabrá? ¿Habrá ido a decirle a mi madre lo que quiere oír? Le busco por los pasillos incansablemente y con las solas palabras de algunos elfos que me dicen que hace algo, dentro de la casa y lejos de mi madre, me tranquilizo; me paralizo y regreso por donde vine. Si no quiere verme, me lo merezco. Yo le torturé y seguramente no me lo ha perdonado todavía.

Puede que jamás lo haga. No importa. En veinticinco años cuando vuelva a verle, quizá ya no lo recuerde. O quizá ya esté muerto.

Tengo siete días para poner mis cosas en orden y ya he gastado cinco de ellos. Uno ha sido yendo a ver a Alice, las cosas no han acabado bien, no puedo decirle la verdad y ella no lo entiende. Uno ha sido en la escuela. Y luego... luego nada. Luego he estado encerrado en mi habitación entreteniéndome entre libros que leo vagamente porque cada rato, cada segundo, cada instante, mi mente se desespera ante la idea de aquello que tendrá que aguantar los próximos veinticinco años.

No importa cuantas veces lo diga. Parecen cada vez más y más y más. Pierdo el control de mis nervios en más de una ocasión y me alegra enormemente estarme comportando de forma tan patética en la oscuridad y soledad de mi cuarto. A veces no puedo respirar, así que salgo al tejado, a la parte más alta de la casa orientada hacia el jardín que vuelve mis problemas más nimios. O quizá es el viento frío que me cala las entrañas y bloquea el resto de mis sentidos. Excepto la vista y el oído. Puedo escuchar los pasos de alguien en el ático limpiando. Un elfo tarareando en los jardines al regar las flores. Puedo ver a otro en los jardines dirigiéndose hacia casa y otro hacia afuera. Me río, sin reírme realmente. Vacío y sin vida. Porque ese elfo camina como Ben. ¿Se lo podré contar antes de irme? esa forma encorvada arrastrando los pies, como si pidiera permiso a uno para mover el otro, los hombros encogidos como si quisiera volverse invisible y la capa cubriéndole la cabeza.

La capa. Los elfos no llevan capa. - ¿Ben? - Ahogo en un gimoteo su nombre, porque mi intención primaria fue gritarle que coño estaba haciendo pero luego recuerdo que si alguien le pilla saliendo sin mi permiso le matarán. Tengo que asegurarme de que parezca que tiene mi permiso, eso implica fingir que sabía a donde va. Avanzo con rapidez por el tejado sin quitarle la vista de encima por temor a que un solo segundo lo haga desvanecerse en el aire. Si se va le matarán y nada de esto habrá valido la pena. Si se va no puedo salvarle la vida. Aquí está a salvo, todo lo a salvo que puede estar mientras sea invisible a los ojos de mamá.

¿Que si me enteré de lo que pasó? Claro que sí. Winky me lo contó. Temerosa de estar metiendo la pata pero sabiendo que aquello era tan importante para mi como lo era su familia para ella. Tropiezo varias veces y creo que voy a caer al suelo y a acabar estampando mi cabeza contra el césped, pero en un arranque de total irracionalidad e inconsciencia, invoco la escoba voladora que uso para bajar al suelo, dejándola tirada en el primer arbusto que encuentro para correr al encuentro el idiota que intenta escapar de un sitio que no tiene escapatoria. Si cruza la línea se acabó. No puede salir. Si sale morirá. Si sale... si sale... Pero estoy demasiado lejos para frenarlo o para decírselo. Aún nos separan varios metros de distancia cuando recurro a lo único que no quería usar esa noche y que ya usé dos veces. La magia.

Extiendo mis manos delante de mi sujetando su capucha y también la mochila para impedirle avanzar. Siento que se me para el corazón y se me bloquean los pulmones en el mismo instante en el que se gira. Ya le hice daño una vez con la magia. No debería usarla. No otra vez. Sueltale. Sueltale. Sueltale. Y lo hago. Le suelto repentinamente. Mis manos empiezan a temblar de manera incontrolable, tan incontrolable como el temor que ahora me provoca usar algo que antes era parte de mi. Temo hacerle daño incluso con el más ligero de los hechizos, incluso con hechizos que deberían facilitarle la vida. - Lo siento - Ahogo con la voz totalmente aguda por el miedo irracional que siento hacia la magia desde el día en el que tuve que usarla para torturarle. La magia no debería usarse para esas cosas. ¿No? No a los amigos. No... no a Ben.

Pero en medio de todo el desazón y caos, recuerdo porqué recurrí a algo que me niego a usar desde entonces. - ¿A donde vas? Ben, no puedes irte. Si te vas te matarán -
Seth K. Niniadis
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 Now the rains weep o'er his hall, and not a soul to hear || Seth IqWaPzg
Benedict D. Franco
Consejo 9 ¾
¿Quién mierda corta el césped de esta manera? Siento que mis pies en cualquier momento van a quedar remarcados en el barro y lo que menos quiero es que alguien siga mis huellas. A veces cambio por el sendero de pierdas, pero hacen tanto ruido al andar que siento que estoy haciendo un escándalo, aunque probablemente solo yo lo esté imaginando. Estoy maldiciendo el peso de la mochila que me hace ir mas lento, cuando algo me tira hacia atrás; mi primer impulso es echarme hacia delante, pero entonces de alguna manera termino voltéandome para ver a Seth caminar hacia mí. Mierda, carajo, insulto random que sea mas fuerte que ese pero ahora no lo recuerdo...

- ¿Es en serio? - es la única respuesta irónica a su pregunta, cargada de frustración, e intento acomodarme la capa que desacomodó con su estúpido tirón mientras lo veo estar cada vez mas cerca - ¿te importa? - una parte de mí se siente dolida por escucharme hablar de ese modo a la única persona que alguna vez consideré mi mejor amigo fuera del distrito cuatro, donde solo tenía a Sophia, y eso hace que me muerda el labio inferior en un intento de ahorrarme la cantidad de mierda que quiero tirarle encima - No puedo quedarme... - explico simplemente, dando un par de pasos hacia atrás con la intención de mantenerme lejos de la zona mas iluminada del jardín - ... Seth, esto es todo mi culpa. Yo hice que te metieras en problemas y tu madre ya sabe que... - gruño, llevándome una mano al cuello, donde todavía puedo tocar los restos de su pequeña tortura con la cuerda - le costará encontrar el catorce, pero no puedo dejar que lo haga antes que yo. Y además... - echo un rápido vistazo sobre mi hombro, buscando la salida con la mirada - morir es mejor que quedarme aquí. ¿Qué haré luego, eh? ¿Ver como te pudres en la cárcel por algo que yo hice? - revoleo un poco los ojos; puede que esté enojado con él, pero mi estúpida moral sigue sabiendo quien mató al mago - ¿Esperar a que tu madre me siga torturando hasta encontrar a mi familia? Ni hablar.

Sé que mantengo un tono de voz bajo por miedo a que alguien nos pueda oír, pero aún así me sobresalto y finjo naturalidad (o eso creo), cuando otro elfo pasa cerca nuestro, cortando algunas flores que, de seguro, va a poner frescas en la mesa del desayuno, mientras tararea una canción. En cuanto su voz se apaga, regreso la vista a Seth - lo siento mucho por tu sentencia - admito, y esta vez, no puedo mirarlo a los ojos ni disimular el tono triste de mi voz - nos vemos, Seth.
Benedict D. Franco
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 Now the rains weep o'er his hall, and not a soul to hear || Seth Z0ZvwdN
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Seth K. Niniadis
Fugitivo
Siento cada una de sus palabras como aceros en mi piel, acero que me merezco porque el que lo jodió todo fui yo. Si hubiera sabido hacer bien mi trabajo, si le hubiera mantenido lejos de ese bastardo lo bastante como para que jamás se acercara a Ben, esto no estaría pasando. No sé que contestarle a aquella pregunta evidentemente retórica porque él debería saber que si me importa lo que le pase. ¿No? ¿Después de todo lo que estoy dispuesto a soportar, aún no lo sabe? - Tienes qué... - Pero me interrumpo cuando sus palabras se sobreponen a las mías y que me hacen darme cuenta del motivo de su reacción. No es porque me odia. Es porque aquella vez, reveló a mi madre lo del distrito catorce.

Mierda. No sé cuantas veces repito esa palabra en mi cabeza mientras cierro las manos con tal fuerza que los nudillos se ponen blancos. - Lo empeorarás. Si te vas lo empeorarás. Te seguirá y entonces sí que sabrá donde está. - Pero eso no es lo único que puede pasar. - O a lo mejor le da igual. Y en cuanto tengas un pie fuera de esta casa te dispara por la espalda. - Mis palabras activan algo en mi, e inmediatamente miro a mi alrededor, como si estuviera esperando ver los felinos ojos de mi madre a través de la oscuridad, esperando ese momento. Lo desearía con tal fervor que probablemente, estuviera sonriendo. ¿Sería capaz de matarme a mi también? Probablemente. Ahora parece que nada, absolutamente nada sobre mi, le importa. La voz del elfo me pone en tensión e inmediatamente aguanto la respiración. Temo ser demasiado alto para que note mi presencia pero también demasiado pequeño y encorvado como para que parezca que hago algo sospechoso. ¿Qué sería peor? Sea como sea mi madre lo sabrá.

Todo depende de lo que mi madre sepa o no sepa. - Está jugando. - Mi voz no sale para nada convencida y además, aún sale con ese tono agudo provocado por el miedo. Somos un blanco fácil. Solo somos un par de niños jugando a ser mayores en una guerra donde tenemos todas las de perder; porque mi madre se engaña si cree que esto no es una guerra. Silenciosa. Pero guerra al fin y al cabo. - No va a mandarme a prisión tanto tiempo, solo quiere asustarme... para... no lo sé, no sé que quiere de mi - Ojalá tuviera tanto convencimiento en mis palabras como mi cerebro procesa y selecciona con rapidez el qué decir. Pero ¿y si no? Y si me pudro 25 años en la cárcel y él acaba siendo torturado hasta morir? ojalá pudiera decirle que no lo hará, pero no puedo. Porque ni siquiera pude mantenerle a salvo de ella cuando solo se metía con él porque le fastidiaba su presencia en casa. Ni siquiera entonces. Ni siquiera cuando sí era un juego de niños.

Cada vez es más inminente la sensación de que se irá y cuando se despide de mi, un impulso crece dentro de mi a gran velocidad. Mi mano se precipita inmediatamente contra la suya y le aferro con tanta fuerza que mis uñas amenazan con clavarse en la piel y desgarrarla sin piedad. - No-te-vayas - Son palabras atropelladas y apenas audibles. ¿Por qué le estoy suplicando que se quede? Tiene mas esperanzas de sobrevivir allí fuera que aquí. Como Alice. Lejos de mi. Todos estarían mejor lejos de mi. He pensado muchas veces, especialmente los últimos días debido a todo lo de Dwane, que Ben habría estado mejor en otra familia. Se convirtió en el centro de atención de mi madre por culpa mía. Pienso en la familia que podría haber tenido, idílica para cualquier esclavo, cenas a su hora, muchos a su servicio de forma que pueden hablar entre ellos cuando nadie les oye, una cama propia, ropa de uniforme. Sí, definitivamente eso habría sido mejor que estar conmigo durmiendo en el suelo (aunque no durmiera en el suelo) y vistiendo la horrible ropa sin color que mi madre eligió para él con el fin de dejarle claro cual era su lugar.

A medida que todos esos pensamientos se difuminan en mi cerebro, menguo el apretó de mi mano contra la suya y finalmente le suelto, con la vista en el césped y mi mano, fría, cayendo contra mi pierna. - Siento no haber podido protegerte como lo hiciste tú conmigo en su momento. - A pesar de que mi voz sale en un tono audible, yo no me oigo, son palabras envueltas entre burbujas a lo lejos, que estallan y se reproducen en mis oídos como ecos. - Creía que te estaba salvando la vida. - Soy tan idiota. De repente suelto una risa, aguda y un tanto psicótica. - Sueno como mi madre. Engañándome a mi mismo escudándome en eso. "Te estoy salvando la vida" - En ese instante, me odio a mi mismo más si cabe. - Me inventaré algo que te de margen. Ten cuidado. - Así es como me rindo a mi propio destino, con la voz ahogada cuando aquellas dos últimas palabras salen de mi boca. Necesito pensar en algo lo bastante lejos como para que tarde en "volver" y ella no le empiece a buscar hasta que ya no sepa por donde seguir su rastro. ¿Ropa nueva? Para qué... voy a prisión y para cuando la necesite, ya no me quedará buena. Figurillas de madera. El siete está lo bastante lejos.
Seth K. Niniadis
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Benedict D. Franco
Consejo 9 ¾
- ¿Y crees que no lo sé? – termino explotando, aunque mi grito se transforma solo en un murmullo casi histérico, de esos que dan a entender que estás hablando con fuerza a pesar de estar susurrando - ¿Pero qué más da, Seth? – a él ya no debería importarle, porque tiene problemas un poquito más graves ahora mismo que saber si yo me muero o no. Debería concentrarse en salvarse el culo y encontrar un modo de acortar su sentencia en lugar de meterse en mis problemas, esos que yo causé y que yo tengo que solucionar. Cada quien con sus asuntos, incluso cuando suena algo egoísta. No quiero decirle que es obvio que para Jamie esto no es un juego porque A) es su madre, B) él de seguro ya lo sabe y cuanto más pase el tiempo discutiendo con él, menores van a ser mis chances de poder irme. Pero, obviamente, cuando quiero irme él no me lo permite; sus dedos me aprietan tan fuerte que el envión hace que rebote y regrese a mi lugar, echando un vistazo sobre mi hombro para ver su mano pálida en medio de la luz tenue de la noche, aferrándose a mí.

¿Qué no me vaya? Tampoco puedo quedarme. ¿Por qué no lo entiende? Una parte de mí sabe que simplemente no quiere entenderlo, mientras la otra solo desea darle un puñetazo en medio de esa cara de perro sufrido y mimado. Lanzo un suspiro, de esos que se cargan no solo de tristeza sino también de paciencia, y tiro apenas de mi brazo – Seth… - empiezo a decir en tono suave, pero entonces él solito me deja ir. Parpadeo varias veces porque no puedo creer que sea Seth quien me esté dando el permiso después de nuestra charla, y en su rostro, casi puedo ver que algo que hizo un “click” en la cabeza para terminar entendiéndome. Yo solo asiento, porque siento que no puedo decir mucho más. Intento dedicarle una sonrisa, aunque solo es una mueca forzada, torcida y que dura dos segundos, y doy el primer paso. Y entonces…

- Ugh…. – con frustración e irritación, lanzo la cabeza hacia atrás, sabiendo que voy a odiarme luego por esto; probablemente cuando todo se complique y tenga que salvarle el culo – no puedo dejarte acá con esa cara de cachorro mojado que irá a prisión – admito, enojado conmigo mismo, mientras vuelvo a girar hacia él y lo apunto con un dedo acusador – vas a venir conmigo, Seth Niniadis, aunque tenga que arrastrarte de las bolas.
Benedict D. Franco
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 Now the rains weep o'er his hall, and not a soul to hear || Seth Z0ZvwdN
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Seth K. Niniadis
Fugitivo
Freno mi avance pero no me giro a mirarle. De alguna manera esta situación es similar a aquella que sucedió entre nosotros cuando él recién llegó. "Si me voy a marchar de aquí, solamente será si vienes conmigo", había dicho y entonces, le dije que no podía. Tenía mis razones. Ahora sé que debería haberle insistido más, prometido que le seguiría aunque no lo hiciera jamás. Esa ofensa, mentirle por protegerle, sí habría valido la pena. No habría tenido que sufrir los golpes de mi madre, el miedo de ser él mismo, ni toda esta mierda le habría consumido por completo. Pero mi respuesta de entonces es exactamente la misma que estoy a punto de darle dándole la espalda.

No puedo irme.

Pero antes de que esas palabras salgan de mi boca, una pregunta sale de lo más hondo de mi subconsciente. ¿Por qué? ¿Por qué no puedo irme? ¿Qué es lo que tenía que hacer aquí? Salvar a mi madre. ¿De qué? Ella ni siquiera es mi madre ahora. Nada de lo que hay aquí es real para mi ahora, solo es una pantomima en la que me he escudado siendo un niño porque así era más fácil. Que ella seguía siendo mi madre incluso después de todos los años de abandono.

Ya nada es real aquí. Todo son mentiras. La madre que yo conocía no dejaría que me pudiera 25 años en prisión cuando podría haber sido ninguno. El sean que yo conocía no justificaría todas sus acciones en mentiras... ¿A quien engaño? Eso es algo que ha hecho toda la vida. Mentiras que él, la única persona de la que me fiaba, me ha dicho; mentiras que me tragué sin pensarlo porque tenía un velo ocultando la verdad que ahora es tan cristalina como el más puro manantial. Estoy harto de mentiras y no quiero pasar el resto de mi vida en la cárcel.

Su comentario respecto a mi cara de cachorrillo me saca una risa. Me giro para mirarle de arriba a abajo, con una sonrisa fugaz y ligeramente sarcástica. Ni siquiera soy consciente de la considerable cantidad de tiempo que he pasado en silencio meditando una decisión que va a cambiar mi vida por completo. Siempre he esperado a que mamá vuelva, sentado o dando vueltas en el mismo lugar por miedo a que me pierda si me muevo demasiado. Ya me he hartado de esperar. No hay nada que pueda compensar diez años de abandono. - ¿Y tu maravilloso plan cosiste en una mochila con tres trozos de pan y una capa? - A pesar de que no estoy de ánimo, mi voz suena con un ligero tono de burla que acompaña mi ceja al alzarse. - Vuelve dentro. Déjame lo de escaparnos a mi. Todavía tengo dos días - Y definitivamente, escapar se me da mejor a mi que a nadie. Llevo toda mi vida haciéndolo. Me pongo una mano sobre el traslador y sacudo la cabeza. No es una opción pero si una buena excusa. - Mañana le diré a mamá que quiero volver a casa una última vez. Cuando se den cuenta de que no estamos allí, no sabrá donde buscarnos. - Y no tiene motivos para pensar, siquiera por un segundo, que quiero coger mis cosas y largarme. No después de que he pasado los últimos tres días encerrado en mi cuarto.

Es el mejor margen que puedo conseguirnos. - Empacaremos esta noche -
Seth K. Niniadis
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 Now the rains weep o'er his hall, and not a soul to hear || Seth IqWaPzg
Benedict D. Franco
Consejo 9 ¾
- Oye… - intento sonar ofendido cuando se burla de mí, pero no llego a hacerlo porque sigue hablando. En primer lugar, no puede criticarme cuando me he lanzado a hacer algo que él no se ha atrevido a hacer incluso teniendo materiales y recursos que yo no tengo; deberían darme al menos el premio a “más bolas que Seth Niniadis”. En segundo lugar, no entiendo qué se le ha metido en la cabeza cuando dice que tenemos que armar un plan mejor. ¿No ve que ya estamos aquí a medio camino? Intento quejarme, pero entonces él sigue con su plan y no tengo otra opción que bufar. Bien, como siempre, esto tendrá que ser a su manera – Odio que seas tan mandón – me quejo. Pero es lo único que digo.

Regresar a la habitación de Seth es demasiado fácil, en parte porque nadie sospecha de nada cuando vamos juntos y por otro lado, porque no nos cruzamos con nadie importante ya que todos se han encerrado a esas horas de la noche. Lo que puedo decir es que no dormimos casi nada. Llenar el equipaje con cosas más que necesarias se torna muy pesado ahora que él está metido en el plan y es tan quisquilloso que hay momentos donde yo solo me siento a ver que se lleva y que no, aunque los dos sepamos que cuanto más ligero el equipaje, mejor. Está amaneciendo cuando decidimos echarnos a descansar, aunque sea un rato, los ojos que vamos a necesitar alerta al día siguiente. Y de todas formas, no hay manera en que yo pueda descansar...

La mañana me resulta agotadora y no hago más que esperar en el pasillo mientras Seth habla con su madre para pedir permiso de ir a visitar el distrito seis. Como un buen esclavo, ya vestido y abrigado, espero con el equipaje en la espalda, sosteniendo una mochila más pequeña entre las manos, mientras intento no cansarme y apoyarme contra una pared. De alguna manera y por alguna razón, no puedo dejar de mirar alrededor, y no precisamente por los buenos recuerdos. ¿Es la última vez que voy a estar dentro de ésta casa? ¿Moriré en el intento de escaparme de ella?

No es hasta que Seth aparece que sé que lo ha conseguido, incluso sin decir nada. Nos queda un largo viaje en tren hasta el seis. Y luego, lo desconocido.
Benedict D. Franco
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Seth K. Niniadis
Fugitivo
Que echar y que no, es el dilema más grande. ¿Cómo empaquetas una vida entera en una mochila? Bueno, esta es mágica y cabría hasta Ben dentro si yo quisiera meterle y además por suerte aligera un poco el peso, pero tampoco puedo rellenarla infinitamente. Si mamá entrara en mi habitación vería que faltan la mitad de las cosas y entonces puede que ni siquiera consiguiéramos llegar al seis. Deben ser cosas que no eche de menos. Al final solo meto muda de ropa para 3 días, comida para otros dos y el hoverboard y las motos a tope de gasolina. Cuando voy a hablar con mamá para explicarle lo que voy a hacer, me aseguro de que sabe que me lo llevo porque "así me resultará más fácil moverme por la ciudad el tiempo que me queda". De ese modo no las echará de menos aunque con lo poco que las sacamos y lo muy bien guardadas que estaban en el sótano, dudo mucho que llegara a darse cuenta de que no estaban.

Cierro la puerta detrás de mi soltando un suspiro al volver a la habitación con la respiración entrecortada. No estaba seguro de que esto funcionara tan adecuadamente como esperaba, pero lo hizo. Mamá también tiene dudas sobre si debería viajar en tren, pero le he dicho que al volver vendré en traslador, que solo quiero ver los paisajes a casa una vez más porque puede que en 25 años, ya no sean los mismos. Apelar al sentimentalismo de mi madre es la manera más simple de conseguir cosas, especialmente cuando cree que has aceptado que te mereces el castigo que ella te ha impuesto. Eso siempre ha sido así desde que tengo uso de razón.

El viaje al distrito seis es calmado y entre más nos alejamos del capitolio más relajado estoy. No sé si mamá me ha seguido pero conforme pasan las horas me voy haciendo una idea de lo que voy a hacer. En el tren podríamos haber dormido pero a pesar de que pasamos en silencio la mayor parte del camino, ninguno consigue cerrar los ojos más de dos minutos. Al bajar al tren, lo primero que hago es darle efectivo. - Ve a comprar comida. No lo compres todo en el mismo sitio. Guárdalo en la mochila antes de entrar en otra tienda. - Le cargo la mochila a los hombros y tomo un camino diferente. Para cuando regresa de sus compras, estoy hablando con Deanne, de la que me despido en cuanto deja unas llaves en mis manos y sonríe de la forma más falsa posible, como si así pudiera tragarme lo mucho que se alegra de verme. - Es mi ex. Es una falsa y me odia lo bastante como para decirle a mamá en cuanto me de la vuelta, que voy a escapar. - Me giro par explicarle a Ben y si no fuera por la media sonrisa que hay en mi rostro, probablemente habría pensado que eso es algo malo. - Le he dicho que íbamos al cuatro a por un barco a Europa. Eso nos da un poco más de margen. Vamos, sube al coche, conduzco yo. -
Seth K. Niniadis
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