The Mighty Fall
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VERANO de 247221 de Junio — 20 de Septiembre


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Tras años de represión y batallas libradas, hoy son los magos los que caminan en las calles más pulcras del Capitolio. Bajo un régimen que condena a los muggles y a los traidores a la persecución, una nueva era se agita a la vuelta de la esquina. La igualdad es un mito, los gritos de justicia se ven asfixiados. Existen aquellos que quieren dar vuelta el tablero, otros que buscan sembrar la paz entre razas y magos dispuestos a lo que sea para conservar el poder que por mucho tiempo se les ha negado. La guerra ha llegado a cada uno de los distritos. ¿Qué ficha moverás?
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Alice D. Whiteley
Consejo 9 ¾
No pensé que las palabras del imbécil de Seth fueran a afectarme tal y como lo hicieron. Quiero decir, desde que tengo uso de razón jamás me ha importado lo que el resto de la gente opine sobre mí, no imaginé que alguien podría hacerme cambiar en cuanto a ese sentido. En cambio, lo que dijo se me quedó grabado en el cerebro como una cinta de vídeo, de esas que cuando se usan por mucho tiempo acaban por pararse en la mejor parte, repitiendo una y otra vez la misma frase. No soy una persona demasiado rencorosa, el enfado se me pudo haber pasado a las horas de cabrearme con él. Sin embargo, en vez de hacer lo contrario de lo que me echó en cara como normalmente hago cuando me enfado, acabé por hacer justamente lo que no pretendía que pasara. Odio que tuviera razón. En numerosas ocasiones he estado a punto de cagarla, y probablemente si no fuera porque Allen siempre estaba cerca, me la hubiera cargado y todo se hubiera ido a la mierda, pero no soporto tener que darle la razón.

Así que en vez de actuar como alguien maduro y disculparme por lo que yo le grité, me encierro en casa durante días que se me hacen eternos. Y cuando digo encerrar lo digo literalmente porque no fue hasta el día que llegué tan enfadada que me di cuenta de que la puerta de mi habitación tenía una cerradura con su respectiva llave. No es como si hubiera podido encerrarme para siempre, con un simple conjuro cualquiera podría haber abierto la puerta, pero con ella cerrada me sentía más protegida, aún cuando fuese una tontería. Creo que parte del detonante que provocó la pelea entre Seth y yo fue todo lo que me tuve que guardar para mí misma para no preocupar a los demás. La aparición de mi madre que no hizo más que empeorar las cosas, el anunciamiento de que él mismo iría a los juegos y el constante sentimiento de que nada de lo que hago para intentar calmar las cosas entre mi padre y yo desde lo del dos. De alguna forma u otra tenía que descargar lo que había arrastrado conmigo durante semanas y la víctima de eso fue Seth.

Llorar me da sueño, el dormir más horas de las que necesito me quita el apetito, por lo que al final del día me he pasado por todos los puntos blandos de la casa dejando un rastro de pelos de perro, debido a que Bruno no se separa ni un solo instante de mí, y de pañuelos. Encima lo peor no es que el remordimiento me persiga por cada rincón al que voy, sino el hecho de que tenga que actuar como si nada hubiera pasado delante de Jessica y de Allen, a pesar de que este último estuvo presente cuando Seth se desapareció y me dejó con las palabras - insultos sobretodo - en la boca. Pero como estos últimos días ha estado muy ocupado apenas ha tenido tiempo para preguntar nada, sin mencionar que llevo toda esta semana intentando evitarle, tanto a él como a Seth. Lo bueno es que me puedo pasar el día en pijama sin que nadie me diga nada, porque como no salgo de casa, me paseo con una manta sobre los hombros, enrollada cual burrito de primavera.

Bruno se ha hecho tan grande que cuando se tumba encima mío puedo usarle como almohada y ni siquiera se inmuta. Le ha salido ese instinto asesino que cada vez que alguien no deseado se acerca a mí empieza a ladrar como un poseso. Por no mencionar que ocupa más que yo, es más vago que yo y cada vez que me quiero tumbar en la cama tengo que dejarle más de tres cuartos de la cama para él porque si le dejo en el suelo se siente ofendido. Alguien llama a la puerta cuando estoy en proceso de oso invernando, pero el radar que tiene mi perro se pone en acción y tengo que bajar obligatoriamente a abrir si no quiero que los vecinos se quejen por escándalo animal, o algo parecido que seguro se inventan solo por joder. Como me da igual estar en ropa de andar por casa para abrir, ni me molesto en mirar quien es. Ver la cara de Seth en la puerta después de una semana es como si me hubieran tirado un cubo de agua para hacerme reaccionar. Sin apenas haberlo pensado antes, mis brazos le rodean y escondo mi cabeza en su cuello. - Idiota. - murmuro en su oído.
Alice D. Whiteley
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Seth K. Niniadis
Fugitivo
Después de la pelea con Alice, los días fueron pasando y los dejé correr. Primero porque siempre me ha sido bastante difícil disculparme, segundo porque la semana entre la primera y la segunda prueba de los juegos estuve castigado supuestamente por empezar una pelea sin motivo, aunque claro a mi madre le importa una mierda que sí tuviera motivos; y tras eso, porque la segunda prueba me dejo con una inestabilidad emocional acojonante. El juego terminó a la media noche y después de eso, tardaron dos horas más en dar conmigo. Tal era la desesperación por haberme perdido que desplegaron todo un equipo de Aurores para barrer una zona kilométricamente exagerada. Probablemente eso no lo habrían hecho si se tratara de otra persona, pero siendo el hijo de la ministra estaban encantados de desperdiciar todo el dinero posible para asegurar mi bienestar, el pueblo pensaría que tampoco podrían asegurar el del resto. Eso me molesta, pero no lo digo, porque a pesar de que a veces me comporte como un imbécil escudándome detrás de que la mayoría de gente me da la razón solo por el hecho de ser hijo de quien soy, no me gusta sentirme superior a nadie.

Para cuando me encuentran creo que se me ha pasado un poco ese comezón irritable en el pecho y en los ojos que me ha dado ganas de llorar hasta morir; al menos eso creía. Nada más llegué a casa, Ben esperaba en el vestíbulo con mi madre y mi tío Sean, quienes se abalanzaron como si hubieran pasado diez años desde la última vez que me vieron. Tanta atención me desestabiliza e irrita a partes iguales. Y como es habitual en mi, cada vez que me siento de esa manera, me desquito con las personas erróneas de la manera más cruel que se me ocurre. Me pongo a gritar y a soltar la primera cosa hiriente que se me pasa por la cabeza, con el objetivo de herir a mi madre, ni siquiera pienso en lo que digo, ni siquiera estoy seguro de cuantas cosas de años atrás le reclamo, cosas que ni recordaba que aún me dolían. Pero ella no dice nada y eso es todavía peor. Cuando Sean intenta comportarse como el mediador que es, salgo de por medio corriendo escaleras arriba hacia mi cuarto. Cierro la puerta a mis espaldas y después la bloqueo tanto con el pestillo como con parte del mobiliario.

Los próximos días nadie me molesta, ni siquiera cuando llega el lunes y tengo que ir a clase. Las cosas siguen contra la puerta exactamente como las dejé la madrugada del domingo y de vez en cuando aparece comida nueva en el escritorio de la ventana que apenas he tocado un par de veces. No tengo hambre y lo cierto es que tampoco sueño a pesar de que no he dormir, ni tampoco frío a pesar de la ventana abierta. Lo único que hago durante ese tiempo es mirar el álbum antiguo de fotografías que escondí por temor a que mi madre lo tirara solo por ser un libro muggle. La magia estaba prohibida por entonces, así que ninguna de las fotografías se mueve. Estamos todos, en casa, incluso Jared y su hermana; incluso mi madre, incluso todos mis hermanos, de cuando aún éramos tres. Nunca hablo de esto con nadie porque la mayoría de la gente cree que soy un imbécil por echar de menos esos tiempos. Quizá a veces no pudiéramos comprar cosas para comer, quizá mi madre pasase horas y horas trabajando para conseguir dinero para vivir, quizá haya crecido en un bar rodeado de borrachos y mi futuro entonces no fuera tan brillante como el de ahora. Pero fue antes de que la guerra lo jodiera todo. Ahora la mitad de las personas de esa fotografía están muertas. La otra mitad vive en esta casa. Solo quedamos tres de los seis que éramos en la familia. Y no se puede decir especialmente que lo que nos queda se considere una familia.

SI sigo pasando páginas puedo ver el paso del tiempo. En algunas fotos deja de estar Sinhué, y en un par de páginas después deja de estar Silván también. Luego se va mi madre y luego, Jared. Al final solo somos Sean y yo siempre en el mismo sitio, en ese bar horrendo donde crecí. Una de las cosas que nunca le pregunté porque temía una respuesta afirmativa, es si todo este tiempo fui solo una carga para él. Era un infierno volver a casa y verla vacía, después de lo llena que siempre estuvo, así que hacía cualquier cosa porque me castigara trabajando en el bar, incluso comportarme como un capullo. Si sigo pasando páginas hay un montón de ellas en blanco y fotografías desordenadas que salen aleatoriamente de las páginas. Algunas de ellas las revelé hace poco y sí que se mueven, otras de ellas son más antiguas incluso que yo mismo. No las había visto pero tampoco tengo que ser un genio para saber de donde vienen. Son fotos de mi madre cuando era una cría. Hay fotos de Laila. Hay fotos de Neo. Hay fotos de mi fiesta de cumpleaños. Incluso de Audrey y Ben. Inconscientemente mientras las he ido pasando, aquellas fotos que están sueltas las acomodé en dos montones. Y digo "montones" porque creí que cuando acabara de repartirlas todas, quedarían más o menos la mitad en cada uno de ellos. Pero cuando llego a la última fotografía, donde sale Alice y voy a dejarla en el montón de mi izquierda, me doy cuenta de que en el de la derecha, solo hay fotos de Ben.

Porque Ben es la única cosa que no he estropeado todavía.

No me doy cuenta de que estoy llorando hasta que Sean aparece delante de mi, cargando dos bolsas de comida rápida. Odio que haga eso, porque siempre espera hasta el momento oportuno, es como si hubiera una cámara delante y luego un cartel apareciera para indicarle el momento justo en el que tiene que entrar. Hamburguesas y cosas grasosas poco saludables. Ni siquiera tengo que ver las bolsas para reconocer el olor, son del restaurante en el seis donde comíamos cuando hablábamos de nuestras cosas. Si es que a farfullar palabras y disculpas mientras comes, se le puede llamar conversación. - ¿Por qué siempre tengo que estropearlo todo? - Y ni siquiera tiene que responder, repentinamente todas las palabras salen de mi boca. Hay miles de cosas que dije y no quería decir, hay miles de cosas que podría haber dicho de otra manera. No es solo con mi madre o Sean, es con todos, con Alice, con Ben, con Audrey. Audrey se fue porque mi culpa. Sean no puede estar con su hija por mi culpa. Pero eventualmente consigo dejar de llorar, solo me quedan esos ruiditos raros amortiguados de respiraciones entrecortadas mientras devoro sin mucha piedad la hamburguesa de pollo que ha comprado, y las patatas, y los nuggets, todo al mismo tiempo. - Fue el capullo que capturó a Ben. Lo reconoció en las entrevistas. - Contesto cuando mi tío Sean me pregunta porqué empecé esa pelea. Ahora sabe que le respondería sinceramente cualquier cosa. - Además Ben dice que estaba con Sophia. Ni siquiera sabe si está bien. Podría haberla matado ese estúpido y va por ahí regodeándose aprovechando la riqueza que ganó por joderles a ambos la vida - A ambos... a más que solo a ellos dos. Está el padre de Ben que a pasó un infierno perdiendo a dos de sus hijos; y está el padre de Sophia. - Y luego estaba enfadado. Ese idiota casi me saca un ojo. - Me río cuando entre el montón de patatas que intenta masticar, puedo escucharle acusarme de casi sacarle yo otro. - No me habría importado sacárselo. Pero me desquité con la persona errónea. Alice no tenía la culpa. Aunque si haya sido un poco estúpido lo que hizo. Estaba enfadado y ella estaba reclamándome cosas - Acabo. Sean ni siquiera necesita más para imaginarse el resto. Él ha estado delante cuando hago estupideces como esa, intentar tirarle a otro la pelota convirtiéndolo en una especie de batalla sobre quien ha metido más la pata; además las ha vivido de primera mano. - Y ahora me siento ridículo por estar aquí lloriqueando. - Farfullo acabando con lo que queda de mi hamburguesa y empezando con la bebida que siempre dejo para el final como costumbre. - Se sentía como si no fuera yo quien estuviera jugando sino fuera la ficha con la que estaban jugando. Me hicieron recordar cosas que creía que ya no me dolían - Y tengo que admitir, que aunque había conseguido para de llorar, en las últimas palabras se me desencaja la voz un segundo. Sean lo arregla despeinándome.

No sé cuantas horas pasamos en ese cuarto pero la comida se nos acaba bastante de prisa. Al principio hablamos de cosas serias pero luego solo son estupideces. Le pregunto si Ben está enfadado pero me dice que está más preocupado que otra cosa. Que si Sarah ha hecho otra vez la tarta de mi cumpleaños y me promete que se lo recordara para que la haga para el fin de semana. Incluso me pregunta si quiere que le diga a mi madre que quiero dejar los juegos pero niego ligeramente. De todas maneras sé que lo pregunta por cortesía porque estoy 100% seguro de que sabía cual era mi respuesta antes de que se la diera. No se me da especialmente bien tirar la toalla sin más.

Después de todo ese episodio me acabo dando ese día para hacer lo que quiera y al día siguiente también falto a clase. Mi madre no le da mucha importancia a todo eso y dudo mucho que alguien lo haga después de lo que pasó. No es hasta el miércoles por la tarde que Ben se aventura a tocar la puerta preguntando si necesito algo y yo acabo por abrirle. Vivir fuera de mi cuarto cuatro días enteros estoy seguro de que le habrá resultado todo un infierno. Aquí siempre puede ser él mismo, especialmente cuando cerramos la puerta. Todo se normaliza para esa tarde, cuando me cuenta de las miles de cosas raras que hacen los criados en las cocinas y que le han obligado a hacer por culpa mía. La mitad de ellas las cuenta de una manera que me hace reírme a carcajadas y luego se pone a hacerme las preguntas adecuadas. - Estaba esperando a que se me ocurriera un regalo. De esos que dicen la cagué mucho. Perdón. - ¿Algo así como un diamante?. - Si, algo así como un diamante. - Admito con un ligero tono sarcástico pasando las páginas de la revista sin estar viendo nada en realidad. Ni siquiera sé a que horas cogí esta revista, cuando es una de las que vienen con los periódicos y son del corazón. Decido que esto es demasiado patético para mi y me levanto del sofá para buscar algo de ropa y luego salir de la casa. Ben no pregunta para donde voy porque sabe que mi respuesta sería una sarta de insultos que probablemente me acabaran haciendo echarme para atrás y volver a recluirme en mi cuarto.

off: Ya se que me quedó eternamente largo, perdón pero puedes ignorar todo lo anterior y leer a partir de este punto (? XD

Recorro el camino a casa de Alice andando, aunque podría haber acabado esa tortura (porque hace un frío acojonante, además de que me pueden los nervios) apareciéndome allí directamente. Al menos en su puerta, asumo que he perdido el derecho a entrar sin llamar. A medio camino empieza a nevar y estoy a punto de caer varias veces por las baldosas que se ponen resbalosas y los zapatos que no parecen muy anti-deslizantes contra el agua. A la cuarta o quinta vez que casi me voy el suelo, decido cortar por lo sano y a parezco en la puerta directamente. Para entonces, la nieve ya se está acumulando. Me ha tomado al menos 15 minutos tomar esa decisión, estoy un poco espeso hoy. Toco la puerta suave la primera vez, pero el perro me oye. Le puedo oír ladrando desde donde estoy. Inconscientemente me pego a la puerta por si sea soma por la ventana, así que me quedo de espaldas a ella junto a la mirilla, por si también le da por mirar por ella y no abrirme. No quiero ponerme a gritar en la calle y probablemente lo haría porque tengo una disculpa atorada en la garganta.

Finalmente nada de eso pasa, ella abre la puerta de repente y yo estoy a instantes de caer de culo hacia atrás. Por suerte mis manos son rápidas y se plantan en el alfeizar antes de que pase así que solo se queda en un susto que me acelera el corazón. Me giro para prácticamente rogarle que no me cierre la puerta en la cara cuando se lanza contra mi. Suelto una risa ahogada que mezcla el alivio y la gracia que me hizo su idiota, poniendo mis manos en su cintura y luego rodeándola, inclinando mi cabeza hasta que queda apoyada contra su hombro, escondiendo mi rostro contra su cuello, quedándome en la oscuridad un momento. - Lo siento. A veces me comporto como un capullo y luego no sé como parar. Lo siento.
Seth K. Niniadis
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Alice D. Whiteley
Consejo 9 ¾
No me doy cuenta de lo mucho que extrañaba su presencia hasta que mi cabeza se apoya en su hombro, aún con mis brazos alrededor de su cuello. Volver a respirar el olor al que tanto estaba acostumbrada resulta más reconfortante de lo que me imaginé, mientras suspiro lentamente sobre su hombro después de tanto tiempo sin haber abrazado a alguien de esa forma. Porque desde que Jessica compró al antiguo vencedor del seis, un chico trastornado con el que al parecer tuvo alguna clase de relación cuando aún vivía allí, y desde que mi padre pasa más horas atendiendo en el hospital que en casa, jamás me había sentido tan sola. La última vez que me sentí de esa forma fue durante el bombardeo de Londres, y de eso ya hace dos años. Bruno ha sido la única compañía que he tenido en estos días, quien por desgracia no habla, y a no ser que quiera aparentar tener alguna clase de enfermedad mental, no puedo entablar conversación con un perro. Principalmente porque los perros no hablan.

Cuando abrí la puerta no me fijé en que había empezado a nevar. De hecho, en toda la semana apenas me he molestado en mirar como estaba el tiempo porque no tenía intención en salir de casa, menos si hacía malo. Levanto la cabeza mirando hacia el cielo para comprobar que los copos de nieve que se están posando en mi pelo a medida que van cayendo no son parte de mi imaginación, sin apartar los brazos de detrás de su cuello. Me obligo a mirarle cuando empieza a hablar, contemplando el intenso azul de sus ojos. - Sí. Te comportaste como un verdadero capullo. - intento parecer mosqueada con una mirada seria, pero acabo sacudiendo levemente la cabeza hacia los lados, mientras aparece una sonrisa algo triste en mi cara. - No deberías disculparte, dije cosas que no te merecías. - en ese momento estaba tan enfadada que ni me paré a pensar como mínimo una vez lo que estaba diciendo. Supongo que a ambos nos pasó lo mismo, él tenía demasiadas cosas en la cabeza y yo demasiadas que necesitaba sacar como fuera. - Siento todo lo que dije... y también haberte mandado a la mierda. - se me escapa una risa nerviosa recordando lo que no logré que escuchara debido a que ya se había marchado.

Ruedo los ojos un segundo hacia abajo para darme cuenta de que sigo llevando ropa que me hace parecer una vendedora ambulante de droga y de que además no hace nada para proteger del frío de fuera; por no mencionar que estoy descalza. Ni siquiera me molesta el hecho de que Bruno siga gruñendo - aunque en un volumen más bajo, apenas audible -, porque estoy tan concentrada en nosotros que todo eso me da igual. Tampoco me planteo que quizás Seth sea el único de los dos que se esté congelando y que ni le he ofrecido entrar en casa. - No quiero pelear más. - susurro con un tono de voz tan suave que parece que se lo estoy suplicando en vez de sonar como algo convincente. Nosotros apenas nos peleábamos antes, si lo hacíamos era porque no nos poníamos de acuerdo en qué película queríamos ver o cosas por ese estilo; no habíamos llegado a más. Pero desde los nuevos juegos parece que todo ha ido cayendo en picado. Estoy cansada de tener que discutir cada vez que sale ese tema, sobretodo porque siempre soy yo la que empieza. Por mucho que me queje, Seth no va a dejar de participar en los juegos, al igual que por mucho que él me diga que tengo que tener más cuidado con lo que hago, no lo voy a tener. Somos así.
Alice D. Whiteley
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Seth K. Niniadis
Fugitivo
Cuando me insulta de vuelta suelto una carcajada ligeramente sarcástica soltando un suspiro. - Puede que algunas si que me las mereciera. - Si me pregunta exactamente que pasó, no estoy seguro. Sé que estaba enfadado aunque por lo general me enfado por algo. Ya sabéis, ese momento en el que alguien mete sus narices más allá de donde tengo permitido a la gente pasar; o me recuerda algún momento, o me hace quedar mal o cosas por el estilo. Pero antes de darme cuenta estaba soltando un montón de palabras que ni siquiera pensaba antes de decir, como esas cosas con las que a veces insulto a mi madre cuando me saca de mis casillas. Esbozo una media sonrisa cuando me mira a los ojos, acabando por fruncir el seño ligeramente divertido. - ¿Cuándo me mandaste a la mierda? - Mi voz es ligeramente ahogada por la risa que eso me provoca, porque puedo imaginar que fue después de dejarla con las palabras en la boca en el hospital tras marcharme. Acabo por sacudir la cabeza pegando mi frente contra la suya y cerrando los ojos mientras murmuro que ya no importa.

Ni siquiera presto atención al perro porque hace rato que aprendí a que fuera más un mueble que un ser vivo; y es que los perros y yo nunca hemos sido lo que se dice, grandes amigos. Quizá porque nunca tuve uno o porque simplemente no soy una persona de fiar. Para ser alguien de fiar debería ser menos vulnerable a repentinos ataques de ira y eso en ocasiones parece simple, pero otras no lo es. Además se me suele dar bastante bien destrozarlo todo a mi alrededor, sin importar quien se ponga de por medio. Eso me hace un nudo en el pecho, porque me recuerda parte del motivo por el que estoy aquí. Por una vez, intento arreglar las cosas en vez de dejarlas como están. - Yo menos, pero tampoco podemos dejarlo igual. No podemos simplemente fingir que casi no te matan o que lo que hiciste no fue desconsiderado. No era la manera en la que tenía que decirlo pero eso no significa que tuviera menos razón. - Agarro sus manos entre las mías, enlazándolos dedos intercalados para mantenerla donde está, sabiendo que es una conversación que rehuye. YO inventé esa cara. - Se que no tienes a nadie y que Allen es como una especie de reemplazo paterno y nadie más que yo sabe que eso no basta ni siquiera con todos los intentos por rellenar ese hueco - Porque nunca importa si alguien ocupa el lugar de esa persona. Siempre te preguntas si se fue porque quiso, porque tu no valías lo bastante o porque simplemente era la mierda mas grande de este mundo y estas mejor sin haberle conocido. - Pero eso no significa que le des igual. Ni a Jessica. Ni a mi. - Doy un paso hacia ella de modo que mi pie queda junto al suyo. Suelto una de sus manos peinando uno de los mechones hacia atrás y luego deslizando los dedos hasta que vuelve a caer sobre su hombro. - Aquí estás a salvo. ¿Qué es lo que no te gusta? ¿Es esta casa? Te compraré una más grande, lo juro
Seth K. Niniadis
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Alice D. Whiteley
Consejo 9 ¾
Sonrío levemente cuando nuestras frentes se juntan, sin apartar la mirada de sus ojos hasta que los cierra e imito su gesto. No puedo evitar contagiarme de su risa ante su interés por saber cuando narices le mandé a la mierda. - Justo después de que te desaparecieras, debiste avisarme de que Allen estaba detrás. - solo recuerdo estar tan enfadada que ni siquiera me percaté de que había abierto la puerta y de que traía en sus manos un montón de comida, por lo que aunque hubiera querido pararme cuando pasé por delante, no habría podido. Vuelvo a reírme esta vez de forma un poco nerviosa sin tener motivo alguno para hacerlo. Me acuerdo de haber estado todo el camino a casa despotricando contra él y mandándole a sitios bastantes peores que la mierda. Nuestros cuerpos están tan cerca que puedo sentir su respiración e incluso escuchar el ritmo de su corazón. Por alguna razón eso provoca que la mía se acelere y que un ligero cosquilleo me recorra toda la espina dorsal.

Hago un amago de separarme un par de centímetros cuando empieza a hablar sobre lo que yo hice mal, de una forma mucho más sutil que la última vez que salió el tema, pero sus manos me mantienen donde están y a pesar de que con un simple movimiento podría haberme soltado, no lo hago. - Yo... ¿por qué? - sería algo así como empezar de cero, mucha gente lo hace, para olvidar el pasado y no tener que preocuparse de lo que se hizo anteriormente. Aunque supongo que eso no vale cuando, como dijo Seth, casi me mato yo misma. Porque no fue nadie quién me dijo que debía marcharme de aquí, fui yo y nadie más. No pretendía nada de lo que pasó. Hay muchas cosas de las que me arrepiento, cosas que me gustaría borrar como hace la pólvora con todo lo que se lleva por delante; una de ellas el haberme ido del capitolio. La pregunta se queda de forma retórica, obviando que alguna vez lo pregunté. - Sé que lo que hice fue una estupidez, pero necesitaba estar sola, poner mis pensamientos en orden. No quería que nadie se preocupara por mí. - eso no es del todo cierto, creo que todos saben realmente porqué lo hice. Acaricio sus dedos agachando la mirada mientras empiezo a soltar la verdad. - No quiero haceros daño, a ninguno. No se lo merecen. - sabe perfectamente a quienes me refiero, dado que a él no puede pasarle nada, es el hijo de la presidenta, ni aunque se enterara de que está saliendo con una humana. - ¿Qué pasará cuando todo esto se acabe? Me matará a mí primero, y luego a ellos. - murmuro en apenas un susurro, sin pensar que decir esto aquí fuera es un peligro. - Pero no quiero alejarme de ti. - porque soy una estúpida enamorándome del hijo de la ministra siendo lo que soy.

Siento como crece en mi garganta un nudo que me impide formular cualquier tipo de palabra cuando menciona que no tengo a nadie. Aún no le he dicho que mi madre ha aparecido milagrosamente y que probablemente eso nos traiga más problemas de los que ya tenemos. De un momento a otro mis manos comienzan a temblar, por lo que tengo que apretar las suyas con fuerza para que dejen de hacerlo, juntándome más hacia él. En el fondo sé que a Allen no le doy igual, si lo hubiera hecho no me hubiera acogido en su casa desde el principio, ni se hubiera preocupado por darme espacio; Jessica ni siquiera hubiera ido tras de mí cuando me fui y Seth tampoco me hubiera gritado las cosas que me gritó si no le importara. Pero es esa manía que crece en mi interior y que me hace creer que nadie se preocupa por mí desde que se fueron todos. Me dedico a asentir con la cabeza mientras me muerdo el labio inferior y miro hacia abajo. Me obligo a levantar la vista cuando me aparta un mechón de pelo de la cara, negando con la cabeza y riéndome casi por puro nerviosismo. - No, no, no es esta casa... Es solo que siento que nada de lo que hago es suficiente, no puedo dejar de pensar en lo que podría o no podría pasar. No valgo nada. - eso es lo que está haciendo la sociedad con nosotros, nos hacen creer que para lo único que servimos es para el trabajo sucio. Yo antes no era así, sabía lo que quería hacer en la vida, tenía planes de futuro, tener una vida normal. Nos han enseñado que con la magia de por medio, el resto no tenemos nada que hacer. - Nadie me necesita. - susurro para después dejar ver una triste sonrisa. De repente me entran unas ganas tremendas de llorar, por lo que tengo que bajar la mirada cuando empiezo a notar los ojos llorosos. No puedo llorar ahora, así no.
Alice D. Whiteley
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Seth K. Niniadis
Fugitivo
¿Qué se supone que voy a contestar a eso? ¿Que todo saldrá bien y que nada pasará? No lo sé, ni puedo saberlo. Ni siquiera sé lo que mi madre le haría a Ben si supiera que nos conocemos de antes, información que Sean y yo hemos omitido por si acaso; o que le haría a Sophia y a toda su familia si los encontrara o si supiera que fue la persona a la cual llamé aquel día, cuando cayó la isla de los vencedores. Aún recuerdo los rumores que estuvieron corriendo por casa después de lo sucedido con George y estoy seguro de que más de uno de ellos no era simplemente un rumor que alguien empezó al azar. Intento decir algo que la reconforte en varias ocasiones pero no estoy seguro y cuando no estoy seguro y hablo, se me nota. Esa es una de las cosas que peor se me dan. Engañar a la gente con algo que considero que está mal o intento enmascarar de alguna forma. No es como cuando le dices a tu madre que llevas todo el día estudiando y acabas de coger la consola; lo cual se me da de vicio. Es cuando intentas decirle a alguien que todo saldrá bien pero no lo crees de verdad. Quizá sea sólo porque no me esfuerzo bastante. - Es Julius. - Acabo soltando sin mirarla. Ni siquiera debería estar diciendo esto y mucho menos en medio de la calle.

Inconscientemente camino al interior de la casa, arrastrándola conmigo mientras cierro la puerta detrás de nosotros. Aún así, bajo todavía mucho más la voz. - Ben lo escuchó en los pasillos. Hablaban de George y del efecto que su muerte causó en general. Asustó a los humanos porque pensaron que serían castigados de la misma manera si metían la pata; e hizo a los magos desconfiar de los humanos, porque se suponía que "había mordido la mano que le daba de comer". Fue la manera en la que los separaron a todos. Pero fue su idea - Insisto, refiriéndose a Julius, porque la idea de que mi madre haya tenido algo que ver en eso me trastorna bastante. No es la persona que conocía; ni siquiera es la persona que Sean cree que conoce y de la que me habló toda la vida. Ella no es así. Si Jared aún siguiera aquí, él no la habría dejado hacer esto. - No va a hacerte nada. George estaba bien hasta que él le metió ideas estúpidas en la cabeza. A mamá no le importará. Te conoce. Tu situación no es igual que la del resto, tú estabas allí cuando todo estaba hecho polvo - Las palabras empiezan a salir atropelladas de mis labios, en un intento no solo por convencerla a ella de que está a salvo, tanto cerca como lejos de mi porque no soy yo lo que la mantiene a salvo, es mi propia madre sin darse cuenta. Y Allen. La ventaja que Allen tiene con mi madre, no la tiene nadie en este mundo.

"No valgo nada". Ni siquiera sé cómo se le pasa por la cabeza por la cabeza algo como eso, ¡claro que vale! conoce más de medicina mágica que ningún otro humano en este maldito país, es valiente, es divertida, es responsable, ¡maldita sea! En ese momento quiero gritarle porque no puede simplemente creer que no tiene valor solo por la sangre con la que nació. Pero me detengo, no puedo culparla porque... porque todo esto es culpa de mi madre; es culpa de la sociedad que está creando para hacerlos sentir menospreciados por ser quienes son. Y estoy frustrado. Aprieto los puños hasta que mis propias uñas se clavan en las palmas mirando hacia otra parte. No quiero que se sienta de esa manera. Ni ella, ni nadie; porque no es justo. Suelto un suspiro y me acerco a abrazarla. Por lo general se me da mal lidiar con las personas que lloran, tan mal como se me da lidiar conmigo mismo cuando todas esas cosas que habitualmente finjo que no pasaron y guardo en un cajón, me acaban haciendo explotar. Pero es Alice. De alguna estúpida manera, mis reacciones hacia ella se han vuelto automáticas.

Cuando la rodeo con mis brazos noto lo pequeña que es. Su cabeza queda contra mi hombro escondida entre mi pecho mientras solloza y mi mejilla apoyada contra su sien, dejando mis labios rozando ligeramente sus oídos. - Estas siendo injusta. - Susurro. Su respiración me hace cosquillas sobre la piel a ratos y eso me recuerda la tarde en la que la conocí, con esa herida fea del brazo que ni siquiera sintió. Mentiría si alguna vez no me he preguntado si ella siente algo cuando la toco. Nunca se lo pregunté porque no pensé que fuera el momento idóneo y ni siquiera puedo entender el motivo de porqué diablos lo recuerdo ahora. - Y les estás dando la razón. No la tienen. No dejes que te convenzan de lo contrario. Esto no durará toda la vida. Solo... solo dale tiempo. - Mi voz empieza siendo segura pero acaba perdiendo poder al final de la frase. Quiero creer que es así; que cabe la posibilidad de que mi madre se dé cuenta de que castigar a todas las personas por igual, como si no importaran sus vidas realmente, no son buenos cimientos para un país. Pero no puedo decirlo sin que se me quiebre la voz porque he llegado a ese punto en el que ni siquiera estoy seguro de sí conozco a mi madre lo suficiente como para poner la mano en el fuego por ella.
Seth K. Niniadis
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Alice D. Whiteley
Consejo 9 ¾
Frunzo el ceño cuando menciona un nombre que no reconozco en un principio, pero que estoy segura de haberlo escuchado en más de una ocasión. Lo que más desconcertada me deja es que lo haya soltado así sin más. Le sigo hacia el interior de la casa, una idea que se nos podría haber ocurrido hace un rato cuando aún no nevaba tanto como ahora. Empiezo a comprender de qué se trata cuando menciona a George; Julius fue el idiota que lo mandó a la muerte. Le recuerdo porque Allen le mencionó varias veces cuando nadie quería contarme nada del asunto, pero al final tuvo que hacerlo porque eso también me incumbía a mí, aunque no de forma directa. Luego pasó toda la mierda de los asesinatos en medio de la plaza del capitolio por parte de la jueza suprema, que los quemó vivos a todos. Y sí, por mucho que intentaran que no me enterara de eso también, era imposible que no lo viera porque salió por la televisión prácticamente las 24 horas del día durante al menos una semana.

Intento mantener la calma a pesar de que esté excusando las acciones de su madre con la influencia que tuvo ese tipo sobre ella. No quiero decirlo en voz alta porque por cosas como estas empezó la pelea que tuvimos en el hospital, pero sigo sin poder entender que después de todo lo que hizo, siga creyendo que va a cambiar. Con el tiempo uno aprende que no hay nada que puedas hacer para cambiar como eres, no importa cuanto lo intentes; así somos los seres humanos. Sacudo la cabeza hacia ambos lados suavemente. - No lo entiendes, Seth. - murmuro agachando la vista al suelo. Tantas veces se lo he dicho y sigue sin captar la idea de porqué hice todo lo que hice. - Me da igual lo que pueda o no pueda hacerme a mí, eso no me importa. No soy yo la que me preocupa. Son ellos. Allen, Jessica, incluso tú. Por mucho que digas que nada va a pasarme eso tú no lo sabes. - las personas siempre prometen cosas que luego no cumplen. No hay nadie en este maldito país que pueda afirmar que Jamie no hará lo mismo que hizo con George pero conmigo. Aún si yo no hice nada.

- No soy diferente a ellos. Solo porque yo estuve ahí desde el principio no implica que no sea como el resto. - todos tratan de convencerme de que no me parezco a los que están en esos mercados porque yo pertenecí al bando de los rebeldes. Pero hay gente ahí fuera que también los apoyó, que querían ayudar a convertir esto en un sitio mejor para vivir junto sus familias. Y así se lo devolvieron, la mayoría de las personas que están viviendo esta mierda no tuvieron la culpa de nada. Así que no, no puede decir que soy diferente. Que me sepa libros sobre medicina de memoria no significa que pueda usar una varita. O que pueda hacer aparecer de la nada cualquier cosa que se me antoje. O que con un simple movimiento de muñeca pueda recoger una habitación sin hacer el mínimo esfuerzo. Nadie me necesita porque no hay nada que pueda hacer que ellos no sepan hacer todavía.

Cuando se acerca a mí para abrazarme me sale murmurar varios no seguidos porque si ya tenía ganas de llorar antes, cuando me rodea con sus brazos definitivamente creo que voy a empezar a hacerlo. Y odio llorar delante de la gente porque eso me hace parecer débil, incluso cuando no pretendo serlo. Pero llega un momento en el que la situación me sobrepasa y acabo por esconder la cara en su hombro e inspirar una gran bocanada de aire para después expulsarlo en un suspiro lento, haciendo un amago de recuperar las riendas del asunto. Las lágrimas salen de mis ojos de todas formas cuando vuelve a hablar así que intento esconder aún más la cara en su pecho. La gente que llora lo hace porque tiene algo por lo que quejarse, normalmente dolor; yo no tengo derecho a llorar. - No estoy llorando, si es eso lo que te preguntas. - me sale una mezcla entre una leve risa ahogada por las ganas de llorar que me entran nuevamente.
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Seth K. Niniadis
Fugitivo
Suelto un suspiro frustrado porque sé que tiene razón. Quizá quiera prometerle más cosas de las que puedo cumplir pero si de mi dependiera, no pienso dejar que le ponga una mano encima. Aquellas palabras en mi cabeza me abren un agujero en el pecho. Ni siquiera puedo proteger a Ben. Mi madre hace con él lo que quiere cuando yo no estoy y si ni siquiera puedo evitar lo que le hace ¿cómo voy a hacerlo con Alice cuando esté en la misma situación? Todo esto me satura. Son demasiadas preguntas para las que no tengo respuesta y demasiadas cosas por las cuales mandaría a mi madre a pastar. El problema es, que no importa lo que le diga ni cuanto hiera sus sentimientos, si ella toma una decisión que tiene que ver con el futuro mejor para este país, es capaz de sacrificar mi propia vida. Es capaz incluso de sacrificar la suya propia. A veces creo que sigue ciegamente todo lo que cree que es correcto, sin darse cuenta de que ir ciega es lo que la hace meter la pata.

La voz de Alice me regresa a aquella pequeña y acogedora casa, cuando me dice que no está llorando. Suelto una ligera risa manteniendo mis brazos a su alrededor e incluso apretando un poco más. Pego mis labios a su mejilla derecha soltando un suspiro. Todo el aire caliente que sale de mis pulmones rebota contra su piel y luego contra la mía, lo cual me produce un ligero escalosfrío por lo que culpo al cambio de temperatura del exterior y el interior. No sé cuanto tiempo más paso en esa posición antes de separarme para acariciar su cabello, acomodando los mechones detrás de su oreja y mirándola directamente a los ojos. En realidad me da lo mismo si se puso o no se puso a llorar. Ya da igual. Paso mis pulgares por la comisura de sus ojos y los resbalo por las mejillas, depositando un beso sobre el pómulo derecho y luego sobre sus labios. En el segundo de ellos me quedo un instante sintiendo el contraste entre su calor y el mío, que vengo de fuera, pegando mi frente a la suya de nuevo.

Aún así, aunque por un segundo me he olvidado de respirar o me he olvidado de todo lo que había alrededor, mi mente no puede dejar de pensar. Me acabo separando soltando un suspiro mientras mi mirada se va vagando por toda la habitación, que me conozco de memoria porque no es la primera vez que estoy ahí. Se me da bien buscar soluciones. Se me da bien romper las normas. Solo... solo necesito una idea. La excusa perfecta para romper la norma más importante de todas. Mi madre no puede saber que Alice es una humana. — Los squib no pueden hacer magia — Se me ocurre de repente, como si una farola se hubiera iluminado en medio de la oscuridad. He pasado demasiado tiempo en silencio de todas maneras. Hablo con el tono ligeramente contenido, como si aguantara parte de mi propia respiración. — Aunque no les tratan como magos... les tratan un poco mal — Admito. En ese momento esa idea me parece tan mala como buena. Nunca he visto a un squib de familia de magos económicamente estables quejarse de sus circunstancias. Pero volvemos a lo mismo. Quizá Allen pueda mantenerla en casa y no necesite trabajar. Pero el problema no radica en eso. Radica en que ella no quiere estarse quieta. — Tal vez podamos encontrar la manera en la que piense que eres una de ellos. — De repente recuerdo que en los libros de medimagia leí algo una vez, curioseando aburrido con cualquier excusa para no tener que memorizar otra cosa que sí debía estudiar.

Se que Allen tiene varios libros por todas partes así que me separo de ella buscando en las estanterías. Tardo poco identificando qué libro es exactamente porque lo virus y las enfermedades en general, siempre suelen estar ordenados cronológicamente. Así que solo tengo que encontrar un libro que contenga la S. — Aquí — Abro de casualidad la página exacta, aunque he estado a punto de cambiarla buscando lo que la casualidad me ha dado en bandeja. — SMD. Conocida como el síndrome de la magia durmiente. Es un virus. La magia que reside en un mago, de repente, se pierde.
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Alice D. Whiteley
Consejo 9 ¾
Al cabo de un tiempo solo puedo escuchar el ritmo de mi respiración, que se ha vuelto cada vez más irregular a medida que hago un amago de intentar dejar de llorar y la risa nerviosa que eso me provoca. Realmente odio los silencios porque eso me deja tiempo para recordar cosas en las que no quiero pensar. Cuando estoy sola eso no me importa, puedo reaccionar como quiera sin tener la sensación de que alguien me esté observando. Por eso la mayoría de las veces prefiero guardarme lo que me preocupa para mí misma para no tener que justificar la forma en la que actúo cuando algo sobrepasa el límite. Normalmente, nadie pregunta si pasa algo cuando no das motivos para parecer que tienes problemas, por lo que fingir que no pasa nada es más fácil que tener que contar lo que en realidad te está mareando la cabeza. Ocultar lo que sientes es mucho más complicado para alguien que sabe sentir de verdad, que sabe lo que es estar muriéndose de dolor cuando se rompe una pierna, o salir a la calle y congelarse de frío a causa del invierno. Eso es una ventaja para mí porque aun si se me estuviera desgarrando un músculo, no mostraría signo alguno de dolor. Pasa algo parecido con la mente.

Noto como de forma lenta me aparta el pelo que estaba interfiriendo mi visión mientras mantenía la cabeza escondida en su hombro. Alzo la mirada para contemplarle mirándome directamente a los ojos, lo cual hace que me pregunte cuanto tiempo lleva haciendo eso. Creo que me sonrojo porque siempre que pasa eso acabo por agachar la cabeza y sonreír como una idiota. Vuelvo a notar sus manos esta vez en mi cara mientras pasa sus dedos sobre ella antes de dejar un beso cerca de mi mejilla y luego otro sobre mis labios. Tengo que ponerme de puntillas porque no sé en que momento Seth creció tanto como para dejarme como una enana a su lado. Ese pensamiento me provoca una risa ahogada que continúo cuando nuestras frentes vuelven a pegarse. Levanto una de mis manos para acariciar su mejilla suavemente con los dedos y después sus labios. Sería realmente incómodo que en este preciso instante Allen apareciera por la puerta. Tampoco me extrañaría nada dado que siempre nos interrumpe en las mejores situaciones; no hace falta que os recuerde lo que pasó la última vez.

Cuando nos separamos me apoyo ligeramente sobre la pared con la mirada un poco perdida. No sé en lo que estará pensando Seth porque llega un minuto donde estoy tan tranquila sin apenas pensar en nada que no sea lo que está pasando ahora, que no necesito a nadie para dejarme llevar por la situación. Su voz llega a mis oídos de manera amortiguada, por lo que no capto bien lo primero que dice y tengo que murmurar un mmm a modo de pregunta antes de que las palabras lleguen por sí solas a mi cerebro. - ¿Squib? - aún no tengo la cabeza centrada en la conversación mientras me reincorporo de la pared, así que tardo unos segundos en darme cuenta de lo que está diciendo. - ¿Una de ellos? Pero eso es imposible, so... - dejo la frase a medias porque él se va a buscar algo a una de las estanterías donde mi padre guarda muchos de los libros que usó cuando aprendió la carrera. Me acerco lentamente hacia donde está, con el ceño ligeramente fruncido y un evidente signo de interrogación en la cara. ¿De qué narices está hablando?

- ¿Qui... quieres que finja ser squib? - no estoy segura de haber pillado todas sus indirectas cuando abre un libro y se pone a pasar páginas hasta que encuentra la que estaba buscando. Esto es de locos, una cosa es fingir que soy una cosa, y otra muy distinta es fingir que le pasó algo a la persona que estoy fingiendo ser. Que me peguen un tiro si las mentiras no se cubren con más mentiras. La idea me parece tan descabellada que intento quitármela de la cabeza, pero cuanto más pienso en ella, más pienso que podría funcionar. - ¿SMD? ¿Estás seguro de que eso existe? Me he leído esos libros más veces de las que me gustaría admitir, muchas de las enfermedades que vienen ahí ni siquiera llegaron a manifestarse en un mago. - y no es que me avergüence de haber leído más de diez veces cada uno de los libros que hay en esa estantería, pero nunca fui una persona a la que le apasionara la lectura hasta que conseguí esos. Lo recuerdo porque siempre traen una especie de introducción para saber en qué te estás metiendo cuando empiezas a leerlo, algo así como un aviso de las cosas asquerosas que puedes llegar a encontrarte. En este caso advierte de que muchas de las cosas que vienen escritas, probablemente se las inventaron. - No estoy diciendo que no me guste la idea, es genial. Pero es arriesgado. - estamos hablando de Jamie y de algo que nunca ha pasado antes, ¿quién puede afirmar que no me convertirán en un hámster de laboratorio y acabemos peor que si no lo hubiéramos intentado? Por no hablar de que ya tengo suficiente con una enfermedad en mi historial. No me sorprendería nada ver algún titular en plan bruja insensible al dolor pierde su magia. Y eso lo haría el doble de complicado.
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Seth K. Niniadis
Fugitivo
Asiento pensando que cuando me devuelve las palabras, aunque sean un eco de las mías, está pensando en lo buena idea que es. Pero esa emoción repentina que se mezcla con incertidumbre y desasosiego se opaca lentamente al ver que no es eso lo que la hace repetir lo que digo sino que intentaba procesar las palabras. Aferro el libro fuertemente entre mis manos y sacudo la cabeza. - No lo entiendes. - Estoy tan nervioso en ese instante que no puedo estarme quieto así que con la vista a medias en el libro y a medias en el entorno, empiezo a andar de un lado para otro. - No se trata de ir a decirle, hey mira má, Alice se enfermó. - No puedo evitar mover una de mis manos haciendo un ligero aspaviento para representar la absurda escena, aún a riesgo de dejar caer el libro. - Es... es como un plan B. Ya sabes. Como cuando te pillan fumando y dices, eso no es mio, es de Ben - Nunca le hice eso delante de mi madre, es decir no soy tan mal amigo y mira que a veces lo dudo; pero sí lo hice una vez delante de Audrey, cuando me pilló mirando revistas que ya ni siquiera recuerdo como llegaron a mis manos.

Ok, vale, recuerdo como llegaron pero el asunto acuciante ahora mismo no es ese precisamente. - Claro que existe. Son libros de investigación, Alice. Si no está aquí, nunca le pasó a nadie. - No es como que los magos inventemos enfermedades por gusto. Casi todo lo que se registra en los libros de medimagia es bastante antiguo y viene de Londres, pero si lo hubo allí... aquí también. Miles de personas se trasladaron a Neopanem con el cambio de gobierno. Alguno pudo haberla traído. Algo... algo mal envuelto, ¡no sé! alguien enfermo, un gato, un perro, los pájaros. Quizá haya alguna enfermedad que le da magia. Ojalá yo pudiera darle mía. Y a Ben. Ni siquiera me importaría si mi madre dejara de intentar matarles a todos.

Entre más pienso en posibilidades de como extender una enfermedad más me doy cuenta de lo estúpido y desesperado que suena. Sí. Desesperado es la palabra. Acabo lanzando el libro contra lo primero que encuentro, la estantería de libros que por suerte no lleva cristal que se reviente con el golpe. Me paso las manos por la cara y luego por el cabello balbuceando cosas sin parar. - Lo siento - Escupo las palabras pero ni siquiera suenan creíbles. No sé porqué me estoy disculpando y por más que lo pienso, quedándome en pausa un momento, no consigo saberlo. ¿Es por el libro? ¿Es por no tener magia? ¿Es por pensar una idiotez? ¿Es por mi madre? Claro que es por mi madre. Ella tiene la culpa. Y lo peor es que... no es como que no lo supiera, ella lo sabe. Yo se lo he dicho. - Ni siquiera debería estarte preocupando eso. Ni a Ben. ¿Qué más da? Mi madre es una estúpida. Cada vez que la saco de quicio ¿sabes lo que hace? ponerme a limpiar sin varita. SIN VARITA. Si yo puedo hacer cosas sin varita sin morir, ¿porqué vosotros no? ¡Es estúpido y absurdo! - En algún momento empiezo a gritar. Ni siquiera sé porqué exploto ahora. Son cosas que llevo pensando mucho tiempo. Son cosas que discutimos con Ben antes de dormir a susurros. Son cosas que ocupan mi mente cada vez que me quedo en blanco. Porque mi madre lo está haciendo mal, lo sabe, pero no le importa. - Ella no me escucha. Cree que soy estúpido. Cree que me trago todas esas historias sobre los mil humanos que mataron diez mil magos. Sí, es cierto. ¡Mataron a muchos de los nuestros, pero nosotros matamos a miles de los suyos! Tuvieron que hacerlo. No fue su culpa. Ben... Ben tuvo que matar personas para vivir. ¡Mataron a su hermana! ¿Y sabes quien fue? ¡Un mago! - Creo que lo más difícil fue decirle la verdad. Yo era como la persona que mató a su hermana. Pero luego dio igual porque para nosotros ya era demasiado tarde. Él no veía un mago y yo no veía un humano. Las etiquetas no nos hacían falta. - No sé que se le pasaba por la cabeza cuando pensó que podía parar una guerra iniciando otra. - Mi voz para entonces es apenas un hilo ahogado que amenaza con romperse en cualquier momento.

Siempre defiendo a mi madre porque... bueno, porque llevo toda la vida viviendo con el hombre que es experto en defenderla. Siempre había excusa para que ella no estuviera, para que ella no viniera, para que se fuera. Tenía una excusa para todo, lo hacía todo por amor. Pero en mi madre, no hay más que odio. Creo que ni siquiera estoy preparado para aceptar algo así en este momento. Tengo la sensación de que hace demasiado calor, la necesidad de salir corriendo y recojo las cosas que destrocé y yacen en el suelo. - Lo siento - Y esta vez si sé por qué me disculpo. Si mi madre no supiera quien es Alice, probablemente no la buscaría. Nadie busca algo que no sabe donde está o que ni siquiera sabe que tiene. Pero está demasiado cerca. Intentaba que no la vieran y por el contrario lo que he hecho es ponerla en el punto de mira, como si un foco le apuntara a la cabeza. - No se lo digas a nadie, por favor. - Y ya no solo me refiero a los pensamientos que escaparon de mi boca y por los que ejecutarían a una persona, sino los sucesos de la vida de Ben. Algo que no debería haber dicho, porque no son cosas mías.
Seth K. Niniadis
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Alice D. Whiteley
Consejo 9 ¾
Se me escapa un suspiro en medio de la conversación, cansada de que cada vez que salga este tema se ponga a gritar como un maldito energúmeno. No soy idiota, sé lo que es un plan B, solo que no pensé que lo fuéramos a necesitar. Soy la primera en admitir que las mentiras son mejores cuanto más enrevesadas son, ir añadiendo un bloque a la catedral de engaños es mucho más fácil que contar la verdad, aunque mucho más complicado de controlar, cualquiera podría irse de la lengua incluso sin haberlo planeado. Llegados a este punto seguir diciendo mentiras sería una estupidez, sobretodo cuando la persona a la que le estás mintiendo es la que dirige el maldito país. No puedo evitar pensar que todo esto no hubiera pasado si nos hubiéramos quedado en el dos, si no nos hubiéramos marchado para ir a un sitio que estaba peor que del que nos fuimos, incluso si yo me hubiera muerto como el resto de mi familia, nada de esto hubiera pasado. No habría conocido Allen, no habría tenido que preocuparse por algo que no le correspondía; ni a Seth, ni siquiera Jessica. Les hubiera ahorrado muchos problemas si yo no hubiera aparecido en sus vidas. Indirectamente la culpa sí que es mía.

Razones como esa fueron las que me llevaron a hacer la cosa más estúpida que he llegado a hacer en toda mi vida, incluso por encima de salir con la persona que tengo en frente. Así que vuelvo a suspirar por octava vez en menos de cinco minutos, volviendo a dirigir mi atención hacia un Seth que parece haber sido poseído por un demonio mientras tira los libros de la mesa hacia la estantería de donde los sacó. En otro momento me hubiera reído, pero ahora solo puedo mantenerme con los brazos cruzados, apoyada ligeramente en la pared y sintiendo una especie de deja vu. Me habría puesto a gritar yo también de no ser porque dije que no quería discutir más, y lo decía en serio. Me sé esta conversación de memoria, tanto que hasta me llega a aburrir, pero no puedo hacer más que morderme el labio para calmar las ganas que tengo yo también de quejarme sobre su madre. Resulta muy fácil para él decir que no debería estar preocupándome el hecho de ser humana porque él es un mago. A veces me pregunto si de verdad salió a la calle algún día, si se dedicó a observar con detalle lo que la sociedad le está haciendo a personas inocentes. Si no ve como tratan a la gente en los mercados, en la calle, o en sus propias casas cuando nadie mira.

Oírle hablar de la vida de Ben hace que arrugue ligeramente la nariz con curiosidad. Siempre que habla de él es para contar lo mal que plancha las camisas o como de rápido se come las hamburguesas que le lleva después de clases; ni siquiera me sorprendo cuando dice que fue un mago quien mató a su hermana porque antes nadie sabía quien podía hacer magia en los juegos hasta que cogía una varita, podría haber sido cualquiera. Me siento realmente incómoda hablando sobre este tipo de cosas cuando la persona de la que se habla no está presente. No me gusta que hablen de mí a mis espaldas, ni siquiera si son cosas buenas, por lo que escuchar sobre acontecimientos que no me incumben hace que me muerda aún más el interior de mi mejilla. - Miedo. - es lo primero que se me pasa por la cabeza, algo que no tenía pensado decir en voz alta. Me encojo de hombros de forma escueta sin mucho más que decir. Cuando tenemos miedo o sentimos que algo nos está amenazando, tendemos a reaccionar con respuestas estúpidas. Probablemente Jamie pensó que después de perder a dos de sus hijos y además a Jared, alguien podría arrebatarle a su único heredero. Es la única razón que se me ocurre, aunque tampoco es que me haya puesto a pensarlo demasiado. Oprimir a una raza entera simplemente no es la solución, no quiero darle motivos para hacerlo.

Levanto la mirada con el ceño fruncido cuando se disculpa, no muy segura de a lo que se refiere. Niego suavemente con la cabeza realizando otra vez ese movimiento de hombros. - No se lo diré a nadie. - tampoco es como si tuviera a muchas amigas a quienes contarle ese tipo de cosas. A Jessica ni siquiera le interesan esos chismes y yo no soy la clase de persona que va largando a cada persona que pasa la vida de alguien. - Ey... - murmuro dejando caer mis brazos a ambos lados de mi cuerpo y acercándome hacia él cuando la situación parece haberse relajado. - Tienes razón, no tenemos por qué preocuparnos por algo que ni siquiera ha pasado. - susurro en un intento de convencerme a mí misma de que no pasa nada por ser optimista incluso cuando mi posición ahora mismo da pena.
Alice D. Whiteley
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Seth K. Niniadis
Fugitivo
Siempre que me descontrolo hablo de más y este es uno de esos momentos. No debería haberle dicho nada sobre la arena de mi mejor amigo aunque fuera de dominio público; ni tampoco lo que pienso sobre la estupidez que está haciendo mi madre con el mundo. Pero la frustración me ha invadido antes de que pudiera evitarlo y las palabras salieron a tropel de mis labios, sin darme tiempo si quiera de pensarlas. Cuando la palabra "miedo" sale de sus labios me quedo observándola fijamente. No sé a que se refiere y mi propia cabeza se empieza a montar historias. Probablemente de Ben, hablaba de Ben después de todo. No debería tenerle miedo, tuvo que hacerlo para sobrevivir; yo he hecho cosas peores por capricho, cosas que ella no sabe porque si las supiera, probablemente ni me hablaría. Suelto un suspiro retrocediendo por inercia en cuanto se acerca a mi y encogiendo los brazos para evitar que me toque. Es un acto totalmente involuntario que hago siempre que estoy fuera de control y desde que soy un niño. Se lo hacía a mi madre cuando tenía seis años, se lo hice a tío sean toda la vida y ahora, se lo hago a Alice. Es el equivalente tácito de poner un muro entre el mundo y yo. - Tengo que irme. - Atropello las palabras bajando la vista al suelo antes de decidir tomar el camino más largo a través del salón para llegar a la puerta de la entrada manteniendo la distancia entre los dos lo máximo posible.

Jared siempre decía que las cosas que nos mantenían con vida era precisamente las que pensábamos como plan B de aquellas que "todavía no había pasado", pero no digo en voz alta que su idea de "no nos preocupemos por eso" me parece una estupidez. Ya en la puerta y desde la distancia, vuelvo a echar un vistazo al libro que dejé en la mesa antes de señalarlo con el índice de manera ligeramente vaga y hablando con un tono que ni siquiera parece mío, sino como si esas palabras estuvieran saliendo de la boca de otra persona. - Léelo. Memorízalo y si algo sale mal. Úsalo. Sólo por si acaso. - Porque es la única solución en la que puedo pensar que no acabe con una ejecución inmediata. También he pensado en que mamá intentara ocultarlo, después de tanto tiempo sin tener conocimiento de Alice y su inexistente magia, tal vez quiera dejarlo pasar para no quedar en ridículo. Pero sé que tarde o temprano resolverá los problemas como siempre lo hace: haciendo que desaparezcan.

Sé que murmuro una despedida pero no estoy seguro de si quiera si uso el tono de voz lo bastante alto para que me escuche; y sin embargo no me giro a comprobarlo. Solo salgo de la casa y una vez llego a la mitad de la calle, cuando estoy calado hasta la última célula del cuerpo, desaparezco.
Seth K. Niniadis
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