The Mighty Fall
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VERANO de 247221 de Junio — 20 de Septiembre


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Tras años de represión y batallas libradas, hoy son los magos los que caminan en las calles más pulcras del Capitolio. Bajo un régimen que condena a los muggles y a los traidores a la persecución, una nueva era se agita a la vuelta de la esquina. La igualdad es un mito, los gritos de justicia se ven asfixiados. Existen aquellos que quieren dar vuelta el tablero, otros que buscan sembrar la paz entre razas y magos dispuestos a lo que sea para conservar el poder que por mucho tiempo se les ha negado. La guerra ha llegado a cada uno de los distritos. ¿Qué ficha moverás?
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Alice D. Whiteley
Consejo 9 ¾
Después de la fiesta del cumpleaños de Seth, y de que me besara, no he querido volver a pensar en lo que ocurrió ni en él. Sólo fue un beso, y por cosa de un simple juego para divertir a los invitados, ¿por qué debería preocuparme tanto como lo está haciendo? De todas formas, nadie sabe que la chica era yo, suerte que llevaba el antifaz puesto, ni si quiera se lo he contado a Jessica, que parece saber mis secretos antes que yo misma. Después de unos días me doy cuenta de que ya he dejado de pensar en eso, así que no tengo ningún problema en acompañar a Allen a la casa dónde viven los Niniadis. No me ha querido decir por qué razón vamos para no preocuparnos, pero digamos que no es muy discreto cuando habla por teléfono y conseguí captar algunas palabras de la conversación. Como escuela, Alice y no asistir. Por lo que basicamente el motivo de las últimas llamadas en casa son acerca de por qué no voy al colegio como el resto de magos de la ciudad.

Supongo que la respuesta es bastante obvia, aunque está claro que no podemos soltar así porque sí: Oh, disculpe, es que como es humana y no tiene ni puta idea de cómo usar una varita pensamos que no era necesario que asistiera. El insulto sobraba. A veces no puedo evitar soltar una risa imaginándome esa situación. Al final acabo siguiendo a Allen por las calles ya que por algún motivo tiene muchas cosas que decirme y que parecía haberse guardado durante las últimas semanas. Me dedico a asentir a cada cosa que dice, cómo que le deje a hablar a él o algo por el estilo. Tengo curiosidad por saber que trola se va a inventar esta vez para cubrir los agujeros que le cuestan tenerme en casa. Cuando llegamos nos hacen pasar a un despacho demasiado formal para mi gusto en la segunda planta. No me preocupo al principio, la mayoría nos conocen desde hace tiempo y nos tratan como amigos, pero cuando entra una señora que jamás he visto en mi vida y que no tiene pinta de ser muy amable, la cara se me tensa. Lo único que se me ocurre es que hayan cambiado al ministro de eucación por este búho.

Al principio todo va bien, hace preguntas sencillas y que puedo contestar, después de un rato se mete Allen porque no tengo ni idea de qué decir. Pasan alrededor de unos veinte minutos cuando la mujer me dice que salga y espere en el pasillo. Arrugo la nariz y casi estoy por soltar un suspiro acompañado de una queja pero la cara de mi padre me dice que no lo haga. Salgo casi dando un portazo a la puerta, cosa que espero que no se note. Camino de un lado para otro del pasillo, y como es largo, cuando lo recorro un par de veces ya pasan diez minutos más. Estoy tan aburrida que se me ocurre ir a buscar a Seth, pero alguien me dice que ya no está viviendo aquí, lo que me deja algo confusa. ¿Que es lo que habrá hecho esto vez como para hacer que lo destierren de su propia casa? Me siento en las amplias escaleras mientras espero y le doy vueltas a la cabeza.
Alice D. Whiteley
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Seth K. Niniadis
Fugitivo
Empiezo a darme cuenta de que vivir solo no está tan mal. Me puedo meter en líos a gusto, mi madre está jodiendo todo el día y puedo tener todo el desorden que me de la gana en mi habitación sin que nadie me ordene que lo recoja. Puedo tirar salami al techo, dormir en el sofá, ir en bolas por casa... a quien quiero engañar, me está volviendo loco. No hay nadie con quien hablar, apenas salgo de casa y a la segunda o tercera semana ya estoy deseando suicidarme. Mas o menos. Llamo a Neo todo el rato, pero llega un momento en el que mis insistencias empiezan a chocar con su responsabilidad así que pasa de mi culo. - ¡Maldito seas! Te desheredo como amigo ¡¿me oyes?!... ME DA IGUAL QUE TENGAS CLASEEEE - Al final no consigo convencerlo de que deje el colegio, y obviamente no esperaba hacerlo. Bufo mientras estoy boca abajo sobre el sofá, con las piernas en donde debería estar mi espalda, y mi espalda donde deberían estar mis piernas, observando desde otra perspectiva la chimenea.

Entonces recuerdo los vídeo juegos. Doy una vuelta para ponerme en pie y salto el sofá hacia mi cuarto. Lo desordeno hasta los cimientos buscando mi consola, pero no está. - ¿Donde está?! - Llamo a Sean de inmediato por inercia, porque él siempre ha sabido donde están mis cosas. - ¿En casa? ¿Que hace allí? - Suelto un bufido irritado. Es cierto, la última vez que fui con Whitney para hacer los deberes de políticas, estaba fingiendo estar tomando notas con mi consola y acabó confiscándomela y dejándola en el escritorio de mi madre. Me pongo los zapatos por el camino y me dejo la ropa que llevo encima, un pantalón de color caqui y una camisa blanca super horrenda que uso para estar en casa y que es al menos 2 tallas más grandes que yo, pero es que esa camisa no es mía. La conservo... bueno, la verdad no sé porqué la conservo.

Llego a casa relativamente rápido y cuando voy camino a mi habitación veo a Audrey. - ¿No deberías estar en clase? - Mascullo las palabras fingiendo un tono de voz normal, que me sale impertinente. Ella contesta del mismo modo. Esa es toda la conversación. El "a ti que te importa" deja eco en mis oídos antes de que desaparezca. Bufo y me voy a mi habitación rebuscando sin mucho cuidado. Mientras lo hago me acuerdo del momento estúpido que me dio en aquel bar cuando iba medio borracho; llamarla, escuchar su voz, si claro. ¡Venga! Al final doy con la consola, que seguramente volvió a mi cuarto cuando mi madre la vio entre sus cosas. Así que la enciendo, agarro el cable de la batería, un par de juegos al azar y me los empaco entre los bolsillos. Me voy de camino hacia afuera trasteando con ella hasta que casi atropello a alguien.

Estoy tentado a gritarle que se quite de en medio, pero el asunto queda solo en una mirada de odio profundo que suavizo en cuando la reconozco. - Hey. Alice. - Hago un gesto con la consola como saludo y luego la guardo en mi bolsillo. - ¿Que haces aquí? Creía que habías muerto después de que tuvieras el descaro de no venir a mi cumpleaños - En realidad ni siquiera sé quien asistió, me fui antes de averiguarlo.
Seth K. Niniadis
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Alice D. Whiteley
Consejo 9 ¾
Doy alrededor de unos diez suspiros por minuto debido al aburrimiento, me invento ritmos con los zapatos hasta el punto de parecer que bailo claqué, estoy tan harta que incluso estoy por aparecer por la puerta por donde hace muchos minutos (porque sí, han pasado muchos) salí. Alguien baja las escaleras tan deprisa que por poco me estampa con la pared de en frente, pero no lo hace. Casi puedo escuchar como esa persona está a punto de soltarme algo cuando me doy cuenta de quién es. - ¡Seth! - ¿por qué razón estoy sonriendo? Observo la consola en su mano, después el cargador que asoma por los bolsillos de su pantalón al igual que los juegos, y luego ya me quedo mirando las pintas que lleva. Voy a decir algo cuando dice lo de la fiesta. - ¡Eh, yo sí qu...! - comienzo a reprochar pero me interrumpo a mitad de frase. - Lo siento, me necesitaban en el hospital, ya sabes... - me empiezo a dar cuenta de que es la única excusa que utilizo últimamente.

- ¿Cómo fue la fiesta? ¿Te lo pasaste bien? - intento evitar que no se me note el hecho de que en realidad sí que asistí a ella. Ni si quiera sé por qué no le digo la verdad y me dejo de mentiras, pero como mi vida se basa básicamente en lo último ésta trola se queda corta respecto al resto. - Estoy esperando a que Allen salga - señalo con un movimiento de cabeza la puerta de la esquina - , aunque algo me dice que va a tardar bastante, una vieja garrula nos está dando problemas - ahora mismo podría estar metiéndome en un buen lío o saliendo de él, dependiendo de lo que le haya contado mi padre y de si se lo ha creído, esta última no tiene ni un pelo de tonta, por lo que nos resultará difícil salir impunes esta vez.

Aunque en un principio no me extraña ver a Seth por aquí, recuerdo lo que hace un rato me dijo un hombre cuando pregunté por él. - ¿Y tú? ¿No se supone que te habían desterrado de tu propia casa? - evito soltar un ¿qué has hecho esta vez? porque se que no le hace ninguna gracia. Me apoyo en la escalera y le miro detenidamente. - No creo que te hayan echado de casa por pasarte el día jugando a videojuegos, ¿a qué vas a jugar? - pregunto mostrando un profundo interés que ni yo misma sé de donde lo saco. Creo recordar que alguna vez jugué con algo parecido, pero cómo era tan mala la mayoría no querían que volviese a poner las manos en el mando. No era mi culpa que la maldita seta no se moviese cuando se tenía que mover, ¡yo le daba al botón!
Alice D. Whiteley
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Seth K. Niniadis
Fugitivo
Suelto lo que intenta ser una risa pero acaba camuflando un suspiro. Hasta ella tiene cosas que hacer, yo me siento inútil en casa ahora que no veo a nadie más que a las paredes y las fotos que colgué, no por nostalgia, sino porque necesitaba ver caras, aunque fueran quietas. - Vaya mierda - Mascullo al final, apoyándome contra la pared, dejando las cosas en los bolsillos traseros y metiendo las manos dentro de los delanteros, encogiéndome de hombros como respuesta a su pregunta. - No estoy seguro. En general sí, pero entre que tuve que besar a dos desconocidos y que mi novia me dejó... - Después de varias semanas, las cosas ya no me duelen tanto así que simplemente hago una ligera mueca que le resta al asunto toda la importancia, moviendo mi pie en el suelo y plantando mi vista sobre él, como si fuera lo más interesante del mundo. - Fue un estúpido juego que alguien se inventó. Me dio una vergüenza tremenda. Aunque si se lo dices a alguien te mataré - La amenaza va tan en serio como la sonrisa que se me escapa cuando la miro para intentar ser todo lo tajante posible.

Observo la puerta del despacho cuando la señala y frunzo el entrecejo inconscientemente. En esta casa vivo desde hace más de seis meses y conozco el despacho de todo el mundo. - A mi me expulsó del colegio por pegarle a otro idiota. Aunque ya no recuerdo porqué. - Si le pegué, me tocaría bastante las narices. Yo siempre he sido más de herir con palabras que con golpes. Pero entonces recuerdo cual es la situación exacta en la que está y se me borra la expresión de broma del rostro. Me acerco a ella ligeramente hasta que mis labios prácticamente tocan su sien. - ¿No se supone que tu... no deberías... ya sabes... ir a clase? - Bajo la voz todo lo que puedo pero la mantengo suficientemente alta como para que pueda escucharme. Intento decirlo de una manera en la que no la meta en un apuro si alguien pasa cerca, y al final me callo las palabras porque un guardia se acerca. Parece poner esa expresión que ponía cuando me pillaba con Audrey, y me molesto. Puto chismoso.

Chisto observándolo mientras se marcha, con todo el rencor del mundo que puedo acumular en segundos volviendo a ella cuando me pregunta que hago en mi casa. - ¡Nadie me echa a mi sin mi permiso! - Bromeo. En realidad lo que han hecho es deshacerse de mi. Literalmente. Y yo, me he dejado. Aunque no voy a admitir, al menos por ahora, que el motivo de que lo aceptara al principio era porque no soportaba ver a Audrey.- Buscaba mi consola, estaba jodidamente aburrido. Tanto, que me planteé el suicidio, solo por llamar la atención. - Cuando se interesa por ella vuelvo a la pared, y se la dejo en las manos para que trastee todo lo que le de la gana. Si la daña, puedo comprar otra. - Cualquier cosa me vale. Incluso si es ese juego en el que hay que llevar a una chica de compras y vestirla bonita - Describo el juego sin darme cuenta de como suena, hasta que veo su mirada sobre mi. Me río, porque no me queda de otra. - Laila. - Ahora mismo se ha adueñado de casi todas las cosas que hay en mi casa, mi madre incluida. Y por raro que parezca, ni siquiera me importa. - Y en teoría, es algo temporal. Mientras "Me calmo" - Arremedo la voz de mi madre de forma despectiva, añadiendo con los dedos las comillas.

Me sorprenden los gritos que vienen del despacho donde está Allen reunido con aquella arpía y observo a Alice un momento. Nuestras miradas se cruzan antes de dirigirse otra vez al mismo lugar. La puerta se abre bruscamente y aquella mujer sale hecha una furia detrás de Allen, que también va irritado aunque evidentemente intentando mantener la poca calma que le queda. Quiere forzar a Alice a asistir a clase, y él parece estarse quedando sin excusas. - Puede asistir a clase conmigo. - La pelea se para casi de inmediato, y yo no me muevo de mi lugar. - No creo que a mi madre le importe y yo me aburro mucho. - Ella empieza otra vez, con el discurso que le echó a mi madre después de que pasara mi tiempo de expulsión. Los horarios trastocados, las prioridades elegidas mal, la organización a veces errónea de los tutores, y más que nada, la sensación de aislamiento. - Si da clase conmigo, muy aislada no estará. - Allen se planta, aprovechando la oportunidad y ella acaba rindiéndose. Estoy bastante satisfecho de haberla dejado sin discursos; de todas maneras estoy seguro de que insistirá de nuevo más adelante; porque ella, no soy yo y a ella, aún puede forzarla.
Seth K. Niniadis
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Alice D. Whiteley
Consejo 9 ¾
Mis mejillas se vuelven de un tono rosado inconscientemente cuando menciona el beso de la fiesta, a pesar de que no siento el calor, sé que estarán ardiendo. Aunque el pelo me ayuda a tapar parte de ellas, dejo caer la cabeza hacia un lado para que no se note tanto. Se me pasa en seguida cuando escucho lo de su novio, o bueno, ahora ex-novia. - Lo siento, no sabía que tuvieras novia... - la frase me sale en un tono más alto de lo que pretendía decirlo. A pesar de que no soy cotilla, y lo último que quiero saber es con quién estuvo porque lo más probable es que ni la conozca, se me escapa un: - ¿Estás bien? - espero que capte el verdadero sentido de la pregunta, y no, no es de cómo se encuentra en este momento, sino por la ruptura. La mirada que me dirige acompañada de una sonrisa cuando continúa hablando provoca que sonría. - Tranquilo, no hará falta llegar a esos extremos - me gustaría añadir un: espera a ver si tu madre no lo hace antes de que tú lo intentes, por algún motivo no lo hago.

Si llegó a expulsar a Seth por pegarle a un chaval, no me quiero ni imaginar la reacción que tuvo cuando le dijeron que yo ni si quiera asisto a clase. Tampoco veo el motivo por el que se preocupan tanto, alguien que no va al colegio es porque no le interesa ni lo más mínimo aprender algo, aunque sea poco, ¿por qué se empeñan en qué se presente si no quiere? Que le den la oportunidad a otro, que probablemente aproveche mejor. Aunque mi caso no sea por no querer ir, sino porque no puedo. - Vaya, si que tiene que tener narices para expulsar al hijo de la presidenta de Neopanem - comento con un tono gracioso al imaginar la cara de Jamie cuando se enteró de su expulsión. - Ahora entiendo el destierro... Acabará por desheredarte - alzo una ceja desafiante, a pesar de que todos sabemos que nunca haría algo así. A pesar de todos los disgustos que le de Seth, sigue siendo su único hijo. Siento un ligero cosquilleo en el cuerpo cuando escucho sus palabras muy cerca de mi oído, sin embargo no muevo ni un músculo. - Se supone - adopto el tono silencioso que utiliza él, hablando en susurros, mirándole primero a él y después al guardia que pasea por el pasillo. No me siento muy a gusto con un hombre que podría ser tres veces yo observándonos.

Me río cuando suelta que nadie le echa de su casa sin su permiso, cuando en realidad, es lo que parece. Su siguiente comentario me hace gracia, pero por alguna razón no aparente no me río, sino que mantenga mi postura apoyada en la barandilla y además, me cruzo de brazos. - Debías de estar muy desesperado cómo para llegar a eso. ¿También te prohíben relacionarte con las personas? ¿O el señorito Niniadis es demasiado vago como para levantar el culo del sofá? Sabes dónde vivo - me encojo de hombros como si eso fuera excusa suficiente. Agarro la consola cuando me la tiende y por instinto propio comienzo a toquetear los botones, hasta que se enciende. No sé si tiene cámara la cosa ésta, pero cuando toco un botón y salta el carrete de las fotos me río al encontrar a Seth y a Laila poniendo morritos. - Sales muy favorecedor en esta foto, Niniadis - no puedo dejar de reír pero cuando me obliga a salir de ahí lo hago. ¡Hasta él se está riendo! Toco otro botón que salta directamente al juego, aunque en un principio no lo entiendo.

La vieja debe de haber cabreado a mi padre lo suficiente como para hacer que grite, y eso es difícil porque Allen es una delas personas con más paciencia que he conocido en mi vida. Sino miradme a mí que los primeros días después de nuestro encuentro parecía que le iba a comer vivo. Pero la que más grita con diferencia es la mujer, que parece que se va a dejar la voz lanzándole quejas al pobre hombre. Miro inconscientemente a Seth al escuchar los gritos, el piensa en lo mismo así que nuestras miradas se cruzan, para después volver la mía hacia mis pies. Me aseguro de apagar el chisme, osea la maquinita, cuando salen por la puerta del despacho. Ella no parece dejarse convencer por las excusas que le dice Allen, lo que más me sorprende es la voz de Seth que suena después de un rato de silencio. Giro mi cabeza de forma rápida cuando habla. No abro la boca en el tiempo en el que la mujer, Allen y Seth debaten sobre la idea que se le ha ocurrido.

Hay un ligero silencio en el pasillo, hasta que la paisana vuelve a abrir la boca diciendo no se qué de unos papeles que tiene que firmar Allen antes de marcharse o qué se yo. Sólo sé que nos volvemos a quedar solos en las escaleras. Suelto una risa nerviosa mientras me aparto con una mano el pelo de la cara. Bueno... Gracias por eso - vuelvo a mirar a Seth. - La distraerá un poco hasta que se entere de que en realidad no voy a clases - la excusa que dio nos ha salvado la vida, pero tampoco durará mucho como no lo hizo la anterior. - Ya se nos ocurrirá algo - en mi voz se puede notar un rastro de esperanza. - Supongo... - añado.
Alice D. Whiteley
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Seth K. Niniadis
Fugitivo
Arrugo el gesto cuando parece sorprendida y me muerdo el labio de forme inconsciente, porque se supone que no hablaba de ello. Una de las cosas más fáciles para superar una ruptura es no pensar en esa persona durante 24 horas. O eso dice la estúpida revista que Laila vino a colar a mi casa el otro día cuando creía que no la veía. Al final la leí porque no tenía nada que hacer, no sabía sus intenciones hasta que vi rayones en algunas hojas, y todas sobre lo mismo. Conocer gente nueva. Dar paseos. Evitar estar sin hacer tareas. - Bien, supongo. - No medito bien la respuesta y se nota que solo respondo por responder, lo cual me hace sentir bastante culpable. Acabo soltando una sonrisa ligeramente incómoda. - Intento no pensar mucho en eso. Y me alejo del alcohol. Casi hago una estupidez la última vez que bebí - Lo he escrito en una libreta y Sean me lo ha recordado bastantes veces, para que no lo olvide. Y no, no es que me enrollé con Neo en un bar, es que casi llamo a Audrey para suplicar como si se me fuera la vda en ello.

Vuelvo a sentirme tan patético como la primera vez que me lo recordó y echo la cabeza hacia atrás, dejando apoyada mi espalda en la pared y mirando el techo. - Técnicamente, sólo fueron 4 semanas, como castigo. Pero yo aproveché para convencer a mi madre de que no quería volver a clase. - Y ella vino echa un escándalo, porque no quería decir que me expulsaba para siempre de su lujoso colegio que ahora tiene menos prestigio porque yo no estudio allí. Mi madre estuvo de acuerdo sólo porque la pillé en su época condescendiente; por eso y porque la primera vez, la directora se puso chula y exigió que yo necesitaba un psicólogo para mi agresividad. Chasco la lengua, un sonido que se mezcla con un aligera risa cuando suelta aquella ironía. - No. Pero tu duermes cuando yo estoy despierto, y estas en el hospital cuando yo tengo sueño. - Me encojo de hombros. - Tengo un desorden de horario desde que dejé la escuela. Y por la noche solo conozco borrachos. - Unos son muy majos la verdad, pero me prohibí el alcohol por un tiempo luego de la última vez.

No me percato de las cosas que anda cotilleando en mi consola hasta que hace ese comentario, lo cual me avergüenza de inmediato. Le quito la consola y mascullo cualquier estupidez, dándole un momento la espalda mientras la quito de la pantalla. - Es cosa de ella. No mía. - Sigo concentrado en mi consola mientras la vieja arpía pierde la batalla contra Allen, que ahora que tiene un fierro al que agarrarse, por mucho que arda, no piensa soltarlo. Sonrío inconscientemente de medio lado mientras apago la consola, escuchando los pasos de ésta volver al despacho, el suspiro de Allen rebozando de alivio y sus posteriores palabras de agradecimiento. Hago un ligero sonido en mi garganta, mirando los botones mientras se marcha, sintiéndome un poco incómodo. No es hasta que escucho lo amable que es, que recuerdo todas las veces que fui a su hospital a que sanara las heridas provocadas por mi tío Jared. Y recordar a Jared me duele todavía.

Me quedo un poco cabizbajo pasando el dedo por la pantalla, como si consiguiera limpiarla del todo de esa manera, escuchando la voz de Alice que me atrae de forma magnética y me saca de mis pensamientos. Alzo mi vista hacia ella y esbozo una sonrisa más por cortesía que por otra cosa, y que es ligeramente triste. - Puedes decir la verdad. Nadie te va a culpar por eso. Además, será como con George. Serás una más de nosotros - Aún no conozco lo que le pasó a George, porque no ha sido de dominio público y desde que pasó he estado aislado en mi casa; pero ahora es considerado un traidor por ayudar a escapar al peligro público número 3. Vennet Hastings. Y por ende, declarado enemigo del estado.

Unos pasos me hacen llevar la mirada hacia el cruce del pasillo, y al principio no veo nada después de que se hace el silencio. Cuando Audrey asoma su cabeza mi mirada conecta un momento con la suya. Creo que mi corazón deja de latir al menos 3 segundos antes de que baje la mirada al suelo, frustrado conmigo mismo. Separo mi cuerpo de la pared con un empujón y hago un gesto con mi cabeza. - ¿Nos vamos de aquí?
Seth K. Niniadis
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Alice D. Whiteley
Consejo 9 ¾
No sé porqué le pregunté por su novia si ya me esperaba esa respuesta, supongo que por pura curiosidad. Su contestación no me sorprende ni lo más mínimo porque por mucho que una persona diga que está bien, sus ojos cuentan una historia muy diferente que en este caso, prefiero no abarcar. Me limito a dejar el tema a un lado y a soltar una pequeña risa cuando dice lo del alcohol. - Se suelen decir estupideces cuando se está ebrio - y no lo digo por experiencia propia, nunca lo he probado y lo más cerca que he estado de ello fue cuando un mayordomo casi me ofrece una copa en el cumpleaños de Seth hasta que se dio cuenta de que me sacaba más de cabeza y media. - ¿A qué sabe el alcohol? - la pregunta suena más inocente de lo cómo quería que sonase y en un principio me siento ridícula al haber preguntado tal tontería. Es mera curiosidad.

No me imagino como tuvo que dejar al chico para tener que expulsarlo cuatro semanas. - ¿No te llevaron a un curso de mediación o algo así? Después de la pelea - desde mi punto de vista las mediaciones del colegio nunca sirven para nada, pero sé que todos ellos tienen una especia de método para los alumnos problemáticos, y que suelen ser los propios alumnos los que se hacen cargo del caso. O algo parecido me han contado. Aparto todo mi pelo hacia un lado con una mano mientras le observo detenidamente. - Entonces no debe de ser tan malo vivir solo, puedes hacer lo que te de la gana sin que nadie te diga lo que tienes que hacer - aunque si que es cierto que es malo para su salud tener tanto desorden de horario, yo no soy quién para decirle nada. - Los borrachos son simpáticos, exceptuando los que quieren clavarte una navaja si te atreves a ponerles una mano encima - tuve una mala experiencia con uno un día que decidí quedarme más tiempo en el hospital del que debería y estaba más cansada que de costumbre.

Espero a que a Seth se le pase el enfado de la foto, volviendo a escuchar los gritos de la loca desde la puerta. Alzo las cejas cuando habla de George, sacudiendo la cabeza y chascando la lengua después. - No creo que eso sea buena idea - al fin y al cabo, le quitaron su puesto como médico y de muchos otros de sus derechos solo por ser humano, a pesar de haber estado del bando de los rebeldes desde el principio. Eso es algo que me desquicia, porque la mayoría de los magos piensan que todo los humanos estuvieron en contra de ellos desde que salieron a la luz. No todos tienen la culpa delo que pasó, ¿por qué castigar a toda una raza por lo que hicieron un puñado de incompetentes? Esto no es más que otra masacre que va a acabar igual o peor que la anterior. Hay tantas cosas que quiero decir y no puedo, que la frase me basta para dejar claro que no quiero hablar del tema.

Unos pasos me alejan de mis pensamientos y hacen que voltee a ver quién acaba de salir por una de las puertas del pasillo. Me sorprende ver a Audrey, pero más la reacción que tiene Seth al verla. Me quedo un momento mirándola, antes de contemplar a Seth marchándose en dirección contraria. Me apresuro a seguirle el paso, casi sin poder creerme lo que acabo de presenciar. ¿Audrey y él estaban juntos? ¿Pero no son primos? Bueno, cosas más raras se han visto. Como no quiero ser cotilla, y él ya me ha dejado más que claro que no quiere hablar de ella, dejo el tema hacia a un lado, ya habrá tiempo para hablar de eso. - ¿A dónde vamos? - pregunto bajando el último escalón que nos lleva a la primera planta, metiéndome las manos en los bolsillos de la chaqueta.
Alice D. Whiteley
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Seth K. Niniadis
Fugitivo
Me encojo de hombros cuando me pregunta hacia donde podríamos ir, porque sinceramente sólo quiero salir de allí. Inconscientemente juego con las monedas de los bolsillos del pantalón, meneándolas entre los dedos y haciendo eco por el pasillo sin que me importe mucho. Entre más me alejo de ese pasillo más claramente puedo pensar, y luego me detengo del todo cuando he llegado al final, y no hay más hacia donde avanzar. - ¿Quieres ir a las cocinas? Mamá compró a alguien. - La palabra "compró" sale de mi boca con cierta repugnancia, porque sigo sin estar de acuerdo, sigo sin entender porqué tiene que estar la novia de Benedict haciendo trabajos en esta casa como si fuera una completa desconocida cuando siempre fue muy linda; y no entiendo porqué la gente como ella tiene que esconderse para no acabar así. Pero son cosas que no tengo permitido decir en voz alta. - Cocina tan bien que algún día le pediré que se case conmigo - Bromeo, porque sí, porque repentinamente sin el aura de Audrey alrededor, me entran ganas de hacer bromas. - Aunque a mi madre le fastidie - Ciertamente, cualquier cosa que fastidie a mi madre me encanta. Aunque no me guste.

Echo la cabeza hacia atrás con la luz del sol dándome en la cara al colarse por el ventanal en el que tuve que detenerme, y suelto un "mmm" alargado mientras me lo pienso. - O podemos ir a esa heladería que abrieron nueva. No sé que tiene de nueva, era una heladería antes de ser heladería nueva. Creo - Ya no estoy seguro de nada, siendo sincero. Suelto una risa que ahogo en mi garganta, recupero la postura de mi cabeza y me giro, dejándome ir hacia atrás ligeramente para apoyar mi espalda en el marco y quedar frente a ella. - Así que te dejo decidir donde - Me espero un rato mientras se lo piensa y cuando veo que va a hablar, la interrumpo inclinándome ligeramente hacia adelante y haciendo un sutil ruido con la garganta. - Si eliges mal me reservo el derecho a vetarlo - Me divierte mucho interrumpirla antes de hablar, incluso si le molesta. Así que la segunda vez que lo intenta, lo repito. - Y... en la cocina aún queda tarta -
Seth K. Niniadis
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Alice D. Whiteley
Consejo 9 ¾
No he venido tantas veces a esta casa como para saber donde están la mayoría de las habitaciones, me bastaba con saber la habitación de Seth, o el despacho de mi padre cuando después de la guerra trabajó aquí durante un tiempo antes de volver al hospital. Ahora ya sé donde está el despacho de la ministra de educación, aunque no sé si eso es bueno o relativamente malo. Me limito a seguir los pasos de Seth, incluso cuando se para y casi me lo llevo por delante, a lo que solo puedo soltar un bufido por torpe. - ¿Compró a alguien más? - esa pregunta sale por sí sola antes de que pueda hacer nada para evitarlo. He visto más esclavos en esta casa que en todo un mercado, sé que es una casa grande y que hacen falta muchas personas para mantenerla, pero aún así... Allen y yo nos apañamos con lo que tenemos y con lo que podemos, no necesitamos a nadie que limpie nuestras cosas porque apenas estamos en casa, y cuando lo hacemos, no solemos dejarlo todo perdido. Tampoco necesitamos que alguien haga la comida, cuando no se come en el hospital que suele ser la mayor parte de los días, salimos fuera o preparamos algo rápido que no necesita demasiada mano en la cocina. - ¿Qué te hace pensar que dirá que sí, eh? A lo mejor te rechaza por ser un desordenado - creo que eso deja claro que he estado varias veces en el cuarto de Seth.

La idea de ir a la heladería suena apetecible, aunque también la tarta. Sin embargo, para comprar un helado tendríamos que salir fuera, y no sé si tengo que esperar a que Allen termine con sus cosas (no sé porqué digo sus cosas cuando también me incluyen a mí), y las cocinas están en la misma casa, unos pisos más abajo, supongo. Me tomo un momento para pensarlo y cuando voy a abrir la boca Seth me interrumpe. La primera vez lo dejo pasar, no si antes lanzarle una mirada, pero cuando lo hace una segunda vez, ya entiendo que lo está haciendo a propósito. - ¡Seth Niniadis como me vuelvas a interrumpir te estamparé la tarta en la cara! - y tengo las agallas suficientes como para hacerlo. Intento parecer seria, e incluso me cruzo de brazos, pero todos mis intentos resultan en vano porque al final acabo por sonreír, aunque sólo sea por un segundo.

- Estoy por elegir la heladería solo por fastidiarte - bufo dándole un codazo amistoso. Comienzo a andar hacia las cocinas aunque no tengo ni idea de por donde se va, siguiendo mi instinto cocinero. Pasan dos segundos hasta que me paro y me giro hacia él, que sigue apoyado en el marco. - No sé donde están las cocinas - veo que se ríe y que después me sigue el paso. - No tiene gracia, se supone que tengo que estar enfadada - algo extraño ya que no me suelo enfadar, yo no soy de las chicas que se enfurruñan porque alguien les ha interrumpido. Vuelvo a darle otro codazo cuando está situado a mi lado y le escucho reírse, para mirarle después.
Alice D. Whiteley
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Seth K. Niniadis
Fugitivo
Me encojo de hombros respondiendo escuetamente a su pregunta. En realidad no recuerdo cual fue el último de los esclavos que mi madre compró y que ella recuerda. Mi madre al principio estaba bastante reacia a tener a esa gente en casa, pero conforme se popularizaron las cosas y los jefes del mercado insistieron, en casa empezaron a entrar esclavos. Muchos de ellos eran especialistas en el servicio doméstico incluso antes de la guerra, y poco a poco las características de los mismos fueron cambiando. Como Zya por ejemplo, ella en realidad, solo es un adorno. A duras penas mamá la pone a hacer cosas, y generalmente son cosas con las que no puede cagarla. No me acostumbro a verla por los pasillos, especialmente desde que me di cuenta de que esa Zya, era la novia de Ben. O ex-novia de Ben. No se como habrá acabado eso y tampoco se lo he preguntado. En realidad nunca hablo con ella, me limito a verla pasar y ella a pasar con la cabeza gacha y un gesto de disculpa. Río cuando dice que lo mismo me rechaza por desordenado, porque además es lo que dice mi madre, a quien repentinamente desde mi cumpleaños, le ha empezado a interesar el tema de las chicas en mi vida.

Me llevo las dos manos a los labios para indicar que no pienso volver a interrumpirla, colocando mis dedos indices en señal de silencio. - Se te ponen las orejas rojas cuando te enfadas. - Y para entonces, ya sé que me la estoy jugando bastante, pero no puedo evitar reírme. - Mentira. En cuanto pruebes la tarta no podrás hacer otra cosa que no sea comerla. Si hubieras venido a mi cumpleaños lo sabrías. - Le pincho con mi dedo índice en la frente sólo por molestar, sonriendo de medio lado. - Así que además de que me debes una "feliz cumple seth", me debes un regalo - Hago las comillas con los dedos y durante ese momento arremedo su voz, obviamente mal, y me contoneo ligeramente mientras la veo marchar hacia la cocina. Ruedo los ojos cuando dice que no sabe donde está y luego me río. - En serio. Recuérdame que te haga un mapa. Un día te vas a perder - Yo lo pasé mal los primeros días, cuando tenia que acostumbrarme a esos enrevesados pasillos. Mamá también, solo que ella podía desaparecerse y aparecer donde le diera la gana si veía en última instancia que no era capaz de encontrar el camino andando. Ese es un privilegio que yo no tenía. Ni siquiera recuerdo como diablos conseguí todo el mapa mental de esta casa, cada rincón que ahora es tan familiar para mi. Cómo si llevara toda mi vida viviendo aquí.

La alcanzo en un par de pasos con las manos dentro del bolsillo, soltando otra risa al escuchar eso de que debería estar enfadada. - Es que nadie puede enfadarse conmigo. ¿No has aprendido nada sobre mi durante todos estos años? - Bromeo y luego suelto una queja cuando su codo me da en todas las costillas. Como me pilla desprevenido, me doblo ligeramente mientras el dolor se extiende y oculto que me ha dolido bastante en algunas risas ahogadas. - Si la gente se enfadara conmigo, ya me habrían arrancado la cabeza más de una vez. - Suelto ser bastante irritante cuando quiero. Y a veces cuando no quiero también. A veces, sólo soy irritante sin darme cuenta, sólo hiero a la gente porque en ese momento mi nivel de frustración es tal, que necesito descargarme con alguien.

Paso un rato en silencio por los pasillos, usando la escalera más cercana hacia las cocinas, bajando luego de dos en dos escalones y parándome de vez en cuando a esperarla cuando la adelanto. En la cocina hay bastante jaleo, aunque he visto peores días. Saludo con una mano y ellos responden con una reverencia, después me siento en la mesa de tabla que hay cerca a la pared lejos del bullicio y que suelen usar para comer ellos. Doy un par de golpes para que Alice se siente junto a mi, apoyando uno de mis pies sobre el asiento, y el mentón en la rodilla. - Aunque luego hay excepciones. Como mi madre. ¿Has visto lo loca que vuelvo a mi madre? - Una risa extraña sale de mis garganta, como si quisiera evitar reírme, pero no lo consiguiera, se me escapara de todas maneras. - Aunque mi madre tiene muy poca paciencia. Es fácil hacerla perder los nervios. Estoy seguro de que si le digo que quiero un tatuaje o pienso hacerme uno, me ata a la cama de por vida - Gregor se acerca a nosotros y pregunta si hay algo en lo que pueda ayudarnos. Hago un gesto con mi mano en la mesa. - Yo quiero algo de beber, y la tarta que sobró si sigue en la nevera y Laila no se la comió
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Consejo 9 ¾
Cuando dice que mis orejas se ponen rojas al enfadarme me llevo por inercia ambas manos a las orejas para comprobar si es verdad. Como obviamente no puedo saberlo realizo gestos exagerados con mi cara para rechazar esa hipótesis. - ¡No es verdad! Mis orejas son normales, o eso creo... - lo último lo digo tan bajo que apenas lo oigo yo misma. Tampoco es que me haya parado a pensar si va en serio que cuando me enfado se ponen rojas, no es que me fije mucho en esos pequeños detalles. ¿Cómo se habrá dado cuenta él? ¿Son tan llamativas? Mientras no mira aparto las manos de ellas y las tapo con mechones de pelo de alrededor sin que llegue a notarse demasiado. Su risa me contagia y por un momento me estoy riendo yo misma de mi defecto, cosa que me hace parecer algo estúpida.

- Eso tendré que decirlo yo - alzo una ceja cuando su dedo me empuja la frente e intento parecer molesta por el hecho de no haber asistido a su fiesta de cumpleaños, cuando en realidad sí que lo hice. Pero considerando que no probé la tarta por motivos de los que ya no me acuerdo y que tampoco me acerqué a felicitarle, pueda que tenga un tanto por ciento de razón. Me quedo callada durante unos instantes porque no se me ocurre que contestarle, pero entonces salta con otra frase. - Eso me vendría bien, ésta casa es de locos, hay más puertas que en el cuento de Alicia en el País de las Maravillas. - y al decir eso me acuerdo instintivamente de Agatha, que no podía pronunciar la última palabra sin añadir una b delante. Sonrío inconscientemente mirando hacia mis pies. No sé si volveré a verla algún día, pero si lo hago, no me iré sin antes enseñarle a pronunciar bien la palabra maravillas.

Realizo algo parecido a una risa cuando dice que nadie puede enfadarse con él, cuando Audrey (si no me equivoco) mismamente lo está. No estarían de modo tan esquiva sino estuviesen enfadados, y las miradas que se echaron lo dicen todo. Yo nunca me he enfadado con Seth, pero porque no he tenido motivos para hacerlo. En cambio su madre, creo que no hay día en el que no quiera encerrarle en una jaula. - Créeme cuando te digo que te conozco más de lo que tú crees - aunque no sea del todo cierto, tan sólo lo comento para causar un poco más de intriga al asunto, añadiendo una sonrisa de lado después. Sé lo suficiente como para saber sus gustos musicales, de videojuegos y tebeos porque básicamente su habitación está llena de esos trastos. - ¿Cuál es tu comida favorita? - hay muchas cosas de él que no sé, como esa. La razón por la que se me ha ocurrido preguntarlo tampoco la sé. - Entonces tendríamos a un Seth decapitado merodeando por los pasillos - sería divertido.

Caminamos por un par de pasillos cortos después de bajar por unas escaleras que parecen estar escondidas para que nadie las encuentre. Atravieso las cocinas detrás de él porque todo esto es nuevo para mí. El hecho de que haya tantas personas cocinando, fregando suelos y platos me hacer acordarme de una cosa. ¿Por qué no hay ningún elfo doméstico en la casa? No digo en ésta en particular, sino en todas. Alguna vez leí en un libro de criaturas que los elfos estaban aquí para servir a sus amos, hacer todas las tareas de la casa, etc, etc. ¿Pero por qué no hay ninguno por aquí¿ ¿Es que se han extinguido o algo así? De todas formas no lo pregunto por no parecer estúpida. Cuando llegamos a una mesa algo apartada me siento al lado de Seth y casi imitándole, subo mis dos piernas al asiento en vez de una, de modo que mis rodillas casi tocan mi pecho. - Tú también tienes que comprender Seth que no hay quién te aguante - digo de forma seria, pero tras unos segundos me río para dejar claro que era una broma. - Tu madre tiene poca paciencia porque la mayoría la gasta en el trabajo, y luego cuando llega a casa pierde los estribos contigo - es algo parecido a lo que pasaba en mi antiguo hogar en el dos. - Te esposaría y después se tragaría la llave - comento divertida apartando un mechón tras mi oreja aprovechando que ya no están rojas.

Cuando llega un esclavo para ver que queremos o más bien para ver que hacemos allí abajo me quedo mirando a Seth. Después de que pida él, observo que el camarero (por decirlo de alguna manera) se me queda mirando. - ¿Yo? Mmmm... Lo mismo, supongo - no sé muy bien que responder. El hombre se va y vuelve en tan poco tiempo que apenas me da tiempo a decir palabra en lo que no está. Deja dos platos que ya tienen sus respectivos trozos de tarta pero por si acaso no es suficiente (o lo que dice él, vaya) posa encima de la mesa otro plato más grande con los restos de tarta. También deja vasos y una jarra con algo para beber. Logro murmurar un escueto gracias antes de que se vaya agachando la cabeza. - Feliz cumpleaños, Seth - digo de forma irónica porque sé que he llegado unos días tarde. - Dime, ¿qué quieres como regalo? Mira que es mejor que me lo digas no vaya a ser que te venga con un juego que ya tengas y me lo lances por la ventana - me río. Bajo las piernas y parto un trozo de tarta con el tenedor para llevármelo a la boca. Seth tenía razón, está demasiado buena como para ser verdad.
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Seth K. Niniadis
Fugitivo
Sacudo la cabeza ligeramente cuando defiende sus orejas "Normales". - Eso te crees tú, porque no te has has visto. Mira. - La apunto con mi dedo indice a la nariz sólo para molestar, inclinándome hacia ella ligeramente. Incluso el rojo de sus orejas asoma entre sus manos mientras se esconde, lo cual me resulta adorable. Espera, he dicho ¿adorable? Sacudo a cabeza para sacar ese pensamiento de mi cabeza, sin embargo no puedo dejar de pensar en ello el resto del camino; al menos hasta que de su boca sale lo del libro de Alicia en el país de las maravillas. Eso me trae a la cabeza a Sophia, a Ben y por añadidura, al padre de Ben. Todos ahora personas que están huyendo para salvar su vida, si no la han perdido ya. Aprieto mis manos de forma inconsciente, perdiéndome ese comentario sobre lo mucho que me conoce, y no volviendo en mí hasta que el plato con la tarta suena sobre la mesa.

Doy un bote ligeramente y luego me quedo como "¿Qué?" aunque esa palabra no llega a salir de mi boca. - ¿mi comida preferida? - Nunca lo había pensado, en realidad, antes de estar en el capitolio, no tenía ni idea acerca de qué clase de cosas se pueden o no se pueden comer. Mi tío y yo sobrevivíamos a sobras, en el distrito 11 eran cosas que prefiero no recordar que tuve que comer y ahora... bueno ahora cómo porque me toca y no es que lleve una dieta precisamente equilibrada. - Me alimento a emparedados de pollo, lechuga y mayonesa. ¿Eso cuenta como comida preferida? - En cuanto terminan las palabras de salir de mis labios, sacudo la cabeza respondiéndome a mi mismo. - Paso. Esa es difícil, pregúntame algo más fácil. ¿Y tú? ¿Cuál es la tuya? - A lo mejor ni le gustan los dulces. No lo pensé cuando le ofrecí que fuéramos a por helado y tarta. Entonces me doy cuenta de que si ella sabe muchas cosas de mi, tantas como para saber lo desquiciarte que puedo ser, ¿eso significa que se fija más en mi que yo en ella? No sé casi nada sobre ella, más que lo que sé porque Allen habla con mamá o veo con mis propios ojos. No sé cual es su color preferido, ni siquiera como es su cuarto. Conozco hasta el de Neo. Se supone que somos amigos.

Me llevo un trozo pequeño a la boca, más con crema que con tarta en sí, dejándome la punta en los labios y suspirando. - No la defiendas - Mascullo las palabras, algo arrastradas por la obstrucción de mi boca. Saco la cuchara y miro hacia otra parte, encogiéndome de hombros ligeramente. - Ya sé que siempre está ocupada. Lleva toda la vida ocupada. - Farfullo las últimas palabras. Siempre la he culpado de eso, de que nunca tuviera tiempo para mi. Primero por la muerte de Sinhué, luego por la resistencia, luego por el liderazgo de la resistencia, luego por la invasión de un país y luego por la gestión de ese país que invadió. Inconscientemente recuerdo las palabras de Jared, y que además siempre son palabras que salían de la boca de Sean cada día en el que no me soportaba ni siquiera yo mismo: "Todas esa cosas las hizo por ti; para que nunca tuvieras que volver a perder a nadie; para que nadie volviera a tener que perder a nadie". 

Muevo el tenedor dejando una marca sobre el glaseado de mi trozo, y luego giro la cuchara otra vez para lamer los restos que quedaron en la punta. - Además yo nunca hago nada, ella llega histérica sin mi ayuda. - Refunfuño, intentando dejar de sentir compasión por mi madre cuando se ha metido solita en el berenjenal donde está ahora. Podíamos haber sido felices en el séis, sin que tuviera que abandonarme 10 años y luego invadir un país. Corto otro trozo y me lo llevo a la boca, atragándome ligeramente porque lo del "feliz cumpleaños" me toma por sorpresa, además me entran ganas de reír, y comer y reír a la vez es un desastre siempre. - Así pareces que quieres que me muera. Lo tomaré como una indirecta si el próximo cumpleaños te lo saltas también. - La observo mientras traga un poco de tarta y sonrío triunfal al verla saborearla. - A que si. - Asiento, orgulloso, como si la hubiera hecho yo. Obviamente yo no la hice, ni siquiera sabía que teníamos tarta en una fiesta que no quería.

Pienso en el regalo detenidamente mientras dejo caer el líquido del zumo dentro de los vasos, teniendo problemas para equilibrar la muñeca y que el chorro que cae de la jarra sea estable. Salpica un poco por la mesa, aunque nada que no se pueda hacer desaparecer pasando el dedo por encima. - Quiero una máquina del tiempo. - Apunto con la cuchara hacia ella, aparentando ir completamente en serio. - Si nunca hubiera escapado del once, nunca habría acabado donde tío Sean, nunca me habría enamorado de mi prima y nunca habría salido con ella. - Siento el corazón atacado de los nervios. Creo que es la primera vez que admito en voz alta, sin estar cabreado, que salía con Audrey. Guardo silencio un momento, y pienso en que tampoco habría conocido a Benedict, y mucho menos a Sophia.

De repente, me giro hacia ella con el ceño ligeramente fruncido. - Aunque - Alargo la palabra en las vocales. - Si tú hubieras estado pendiente de mi por entonces, ni me habría escapado. Así que todo esto es tu culpa. Me debes una botella de Whisky y otra tarta por dejar que me rompieran el corazón
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Alice D. Whiteley
Consejo 9 ¾
Dirijo mis ojos hacia el dedo de Seth que apunta hacia mi nariz, hasta que llega un momento en el que sólo veo negro y tengo que volver a poner la vista en él. ¡Mis orejas son normales! Solo quiere hacerme enfadar para hacer que se pongan del mismo color que la nariz del reno navideño. No le doy importancia y le fulmino con una mirada que no sé si es de enfado o más bien de risa, pero que al final acaba por colar. Me encojo de hombros cuando me pregunta si su comida favorita realmente puede ser una comida. - Mientras se coma, supongo que vale. ¿La mía? No sé, ¿la pizza? - ¿en serio acabo de decir eso? Hay tantas comidas que me gustan y elijo la pizza, que es lo más fácil de hacer del mundo porque a no ser que sea casera, solo hay que meterla en el horno. Me río de mi propia respuesta - Yo que sé... Mmmm, la pasta está bien - lo digo por decir más que por otra cosa. Lo cierto es que sí que es una pregunta difícil.

Pienso en otra cosa que le pueda preguntar. Hay muchas cosas, demasiadas quizás. Cuál es su película favorita, su número de la suerte... Pero al final, como siempre, acabo por soltar la tontería más grande. - ¿Si pudieras tener un superpoder cuál sería? - a simple vista puede parecer una pregunta muy estúpida, y ahora que lo digo en voz alta lo parece aún más, pero dice mucho de una persona. Me quedo pensativa un minuto mientras se lo piensa, al igual que yo porque nunca antes me lo había preguntado. Mientras parto otro trozo pequeño de la tarta con la cuchara. Apoyo un codo en la mesa y me llevo a la boca la tarta, para después comenzar a darle vueltas a la cuchara en mi mano, saboreando los diferentes sabores de ella. Me pregunto quién de todas las personas que están aquí de un lado para otro la habrá hecho, y cuánto habrá tardado en hacerla. De lo que sí estoy convencida es que tiene un gran talento para la repostería.

Cuando dice que no defienda a su madre de algún modo murmuro un lo siento por lo bajo. - No trato de defenderla, es sólo que... - me interrumpo a mitad de frase porque ni yo sé lo que quiero añadir después. Es decir, ¿por qué la estoy defendiendo? No tengo motivos para hacerlo. Es cierto, dejó a Seth abandonado tras todo lo que pasó, aún habiendo terminado la guerra, sigue pasando más tiempo en el trabajo que con su hijo. Supongo que la defiendo porque sé que todas las madres quieren a sus hijos, por muy de quicio que les saquen o por muchos defectos que tengan. Y sí, Jamie ha hecho muchas cosas mal, pero de algún modo siempre intenta pasar un tiempo, aunque sólo sean cinco minutos al día, con Seth. Al fin y al cabo es su único hijo. - Bueno... Eso de que nunca haces nada... No sé yo si es verdad - miro a Seth con una pequeña sonrisa de lado. Hay que tener mucha, pero que mucha, paciencia con él.

Chasco la lengua a la par que ruedo lo ojos cuando dice que quiero que se muera. - Mmmm... el próximo cumpleaños me encargaré entonces de que le pongan veneno a tu trozo de tarta - me río al ver la cara que pone Seth.  Asiento con la cabeza, dándole la razón esta vez. - Se nota que no la has hecho tú - bromeo. Probablemente yo hubiera quemado la cocina intentando hacer algo así. No quiero recordar la última vez que vino Jessica a casa y quemé el microondas por tan sólo meter unas palomitas. Las tareas de cocina no son lo mío.

Me quedo unos segundos largos meditando su respuesta. No se me hubiera ocurrido decir algo así, pero tal y como están las cosas ahora, ¿quién no querría una máquina del tiempo? Aún así sé que eso es imposible, ni si quiera con magia se puede. Las cosas hechas, hechas están, si tuviéramos la oportunidad de volver al pasado, todo el mundo volvería para cambiar los errores que cometieron. De los errores se aprende, puede que nuestro pasado no fuese victorioso, pero determina nuestra historia al fin y al cabo. No puedo regalarte una máquina del tiempo, ¿de dónde quieres que la saque? - ni en nuestro trastero, que allí te puedes encontrar cualquier cosa, puedes encontrar algo así. Su reflexión sobre el pasado la entiendo, y cuando suelta lo del whiskey no puedo evitar reírme. - ¿Una botella de whiskey? - lo que no entiendo es cuando me culpa a mí de sus últimos líos. - ¿Yo soy la culpable? No era mi intención dejar que te rompieran el corazón - digo subiendo la cabeza y mirada hacia sus ojos.
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Seth K. Niniadis
Fugitivo
Me pienso lo de la pizza que también me gusta, y después lo de la pasta. Entonces veo que tampoco se decide y pongo mi cara de "te lo dije, es una pregunta difícil". - Hay muchas cosas que están bien. No se puede elegir solo una. - Me llevo otra cucharada del pastel a la boca pensando en lo del superpoder, lo cierto es que yo tengo uno pero lo utilizo bastante poco. - Depende de que entiendas por superpoder, porque te recuerdo que soy un mago. - Suelto una carcajada de forma inconsciente. - Siempre me ha gustado eso de desearlo y aparecer en otra parte. Pero no tienes ni idea de la cantidad de libros que tengo que empollarme para sacarme ese permiso. - Es taaaaaaaan aburrido que casi prefiero ir andando. ANDANDO DIJE. Entonces recuerdo que hasta hace unos segundos estaba deseando poder retroceder el tiempo y eso es algo que con la magia, es bastante limitado. Tengo entendido que sólo puedes hacerlo un par de horas como mucho. - Controlar el tiempo. Eso tiene que ser genial - Mascullo las palabras con la cuchara en los labios, mirando hacia ninguna parte. La observo cuando no me cree que yo nunca hago nada y no puedo evitar reírme, elevando ligeramente la comisura de mis labios sólo de un lado. - Oh venga, si yo soy un ángel. Es ella la que siempre viene hecha... una loca... por cualquier cosa - Porque trasnocho, porque me un idiota me insulta y le pegué, porque me tropiezo, porque digo palabrotas, porque no como bien.

Ruedo los ojos ligeramente chistando. Tentado a darle un capirotazo en la nariz cuando dice que envenenará mi tarda, y fingiendo una indignación total en cuanto me dice que la tarta no la hice yo. - ¿Cómo te atreves a decir semejante blasfemia? - Inclino mi cuerpo hacia ella para empujarla con mi brazo, solo por molestar, soltando un suspiro cuando escucho lo de que me rompieron el corazón de sus labios. Suena más patético dicho así, así que incluso habiéndolo dicho yo momentos antes, refunfuño. - No me rompió el corazón. - Digo, sólo por orgullo, pero como farfullo las palabras con la cuchara en la boca, apenas se entienden, y seguramente pasan desapercibidas. No quiero admitir que Audrey tuvo tal poder sobre mi. Tiene... tuvo... No lo sé. Supongo que algún día debería ir a su habitación a averiguar si ya puedo decirlo en pasado, o tengo que seguir hablando en presente un poco más.

Me saco la cuchara de la boca recordando la escena que montó mi madre aquella noche, aunque no fue tan escandalosa como la nuestra. - Mi madre se puso como una loca el día de mi fiesta de cumpleaños. Y te juro que lo único que hice fue decirle que salía con Aud. - y con "decirle" me refiero a gritarle en pleno pasillo a Audrey que era una estúpida y no podía terminar conmigo porque a mi no me daba la gana. Ahora que recuerdo ese episodio me da mucha vergüenza, y lo enmascaro tras una charla madura entre dos personas, cuando realmente estábamos gritandonos como un par de psicópatas por el pasillo. Me paso las manos por la frente, ligeramente azorado. - Bueno, técnicamente esa noche le dije que estábamos terminando. - "Dije" en vez de grité. "Estábamos", en vez de me dejó ella a mi. - Así que sí, vale. A lo mejor estaba justificado que se enfadara porque salía con mi prima, pero terminé con ella. Así que no entiendo su neura. - Siempre me regaña por cosas sin motivos, y por fin tengo pruebas.

Chasco la lengua y vuelvo a morder la cuchar, levemente engrudada del pastel. - Además no la entiendo, siempre está con sus cosas raras. Me acusa de ser gay, salgo con chicas, me acusa de incesto, no salgo con nadie, me vuelve a acusar de ser gay. - Como le diga que Neo me ha besado ya le da un algo. Al recordar eso, y lo borrachos que ambos estábamos no puedo evitar soltar una carcajada. - Debería salir contigo, a ver si la callo. Tú le caes bien. Serías la primera que la cae bien. - Por ahora. Cuando se entere de que no es bruja seguramente cambie de idea. El cabreo que se pegará será tan épico, que repentinamente la idea me suena asquerosamente atractiva.
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Consejo 9 ¾
Tiene razón Seth, los magos pueden tener todo lo que les apeteza en un cerrar y abrir de ojos, y también es cierto que hay una parte de mi cerebro que se olvidó de ese pequeño pero gran detalle al formular esa pregunta. Ahora me siento estúpida. Bueno... tiene que haber algo que no puedas hacer con magia, ¿no? Lanzar rayos-x por los ojos, o algo así... - balbuceo intentando buscar una respuesta que sirva como excusa. Aunque eso último suena a más tontería que si lo hubiera dejado estar. Ahora que me escucho decir eso en voz alta, no tendríamos que estar hablando a la ligera, porque cualquiera que se pare a escucharnos, podría darse cuenta de que yo no soy bruja. Me río cuando dice lo de la aparición. - Creo que empollar libros será el menor de tus problemas -las ganas de vomitar son las mismas que utilizando el traslador, o peor. Asiento con la mirada fija en el vaso, para después volver la mirada hacia Seth. - Controlar el tiempo debe de ser guay - no sé si a mi me gustaría volver al pasado. A los años donde aún tenía a mis padres, si es que se les puede llamar así, jamás me buscaron cuando ocurrió lo de Londres. A lo mejor estoy siendo injusta, y egoísta, igual ni si quiera sobrevivieron al bombardeo, ¿pero por qué lo hice yo entonces? Tan sólo fue lo que sentí cuando pasó todo aquello. De todas formas no sirve de nada comerse el coco porque hasta el momento, no se puede viajar en el tiempo.

Chasco la lengua cuando dice que es un ángel, y que la única que se cabrea es su madre. - Los padres siempre se cabrean por todo, si no es por la ropa que llevas es porque no dices nada cuando te preguntan, y si dices algo es porque no callas. Siempre quieren tener un motivo para quejarse - me encojo de hombros levemente, tampoco es que yo tenga mucha experiencia de como son los padres, lo que aprendí teniendo hermanos adolescentes durante años. Luego con Allen fue un cambio grande porque él es más joven, y más enrrollado, por así decirlo. Eso último me provoca una risa graciosa que callo metiéndome una cucharada de tarta en la boca.

Escucho su versión de la historia a pesar de que sé que no es la verdadera ya que los chicos tienden a contar menos detalles de los que deberían, cuando las chicas hacemos prácticamente lo contrario. Ellos dejan pasar cosas desapercibidas que a nosotras nos parecen importantes. Qué cosas, ni que ahora yo fuera una experta en líos amorosos. Después de que termine, sigue sin haber respondido a la pregunta que lleva formulándose en mi cabeza desde que mencionó a Audrey, y es porqué terminó con ella. Son cosas que no debería de preguntar a pesar de que me come la curiosidad. ¿Desde cuando soy tan cotilla? - Vaya, pues menudo regalo de cumpleaños... - terminar con tu novia ese día, se supone que acaba ahí la frase pero me resulta demasiado dolorosa hasta para mí no me quiero imaginar a él. - Lo siento, Seth, no conozco mucho a Audrey - me limito a decir volviendo la mirada al plato.

De forma inconsciente me río tras su último comentario, hasta darme cuenta de lo que en realidad ha dicho, que es cuando tengo una extraña sensación por averigüar de qué color están mis orejas. - Tu madre acabará odiándome, así que... - digo revolviendo con la cuchara los restos de tarta en mi plato. Seguimos hablando por lo menos durante veinte minutos más hasta que ambos estamos llenos y decidimos que a lo mejor es buena idea ir subiendo para buscar a mi padre. Me despido de Seth en cuánto le veo aparecer por la puerta y le hago prometer que nos volveremos a ver puesto que si, porqué no decirlo, ha sido entretenido.
Alice D. Whiteley
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