The Mighty Fall
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VERANO de 247221 de Junio — 20 de Septiembre


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Tras años de represión y batallas libradas, hoy son los magos los que caminan en las calles más pulcras del Capitolio. Bajo un régimen que condena a los muggles y a los traidores a la persecución, una nueva era se agita a la vuelta de la esquina. La igualdad es un mito, los gritos de justicia se ven asfixiados. Existen aquellos que quieren dar vuelta el tablero, otros que buscan sembrar la paz entre razas y magos dispuestos a lo que sea para conservar el poder que por mucho tiempo se les ha negado. La guerra ha llegado a cada uno de los distritos. ¿Qué ficha moverás?
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Cordelia F. Montgomery
Civil
Cordelia Florence
Montgomery
Wish I'd been a prom queen, fighting for the title



They wanted blood, so you painted your lips red and blew the wolves a kiss.


Ezra y Meredith parecían ser la pareja perfecta. La elegancia de ella y la buena reputación del apellido Montgomery se unieron para traer al mundo a la que iba a ser tratada como una princesa. Nadie sabía que, en realidad, Meredith tuvo una aventura con el que fue su esclavo durante tantos años; un secreto tan grande pero tan bien guardado que, aunque pasara el tiempo, todo el mundo seguía pensando que eran la familia perfecta y que Lia era la primogénita de Montgomery. Incluso aunque que su padre fuera, en realidad, un simple muggle. Meredith no lo dijo, jamás lo hizo: se guardó el secreto muy dentro y prometió que jamás lo contaría, ni siquiera a su propia hija.

Su nombre ya evocaba a la excelencia. Eso es lo que su madre le decía mientras le trenzaba el cabello, repitiéndole que ella, ella, había nacido para la grandeza.

Ven, ven, abre las manos, y en ellas depositó un reino,
es tuyo.

Cordelia miraba este presente, lo observaba con los ojos abiertos y sus dedos lo palpaban como si fuera algo maravilloso. Pensaba que quizás fuera verdad, que tal vez hubiera nacido para liderar galaxias y poner a las estrellas su nombre. Y, al final, se lo creyó: que ella era superior, más que todos. Que nadie jamás podría  pisarla, que había nacido para eso.

Siempre estuvo apegada a su padre. Su madre era más permisiva, más afable: la trataba como a una niña de su edad. Ezra, en cambio, desde que Lia era pequeña estuvo llenando su diminuta cabeza de ideas, de las suyas. No fue extraño que, años después, fuera así: la viva imagen de su padre, una clara defensora de la pureza de sangre que repudiaba todo lo diferente.

Le prometieron una hermana; y, aunque a ella jamás le convenció la idea, trató de soportarlo. Desde pequeña tenía arraigado el sentimiento de exclusividad y el simple hecho de compartir la atención le producía escalofríos. Cuando nació un varón se pasó tres días enteros llorando. Meredith trató de mediar en la situación, le dijo que un hermanito no era tan malo; que podría apoyarla en todo y que ella lo defendería. Lia seguía llorando, alegando que le rompería los vestidos, le decapitaría a las muñecas y desordenaría sus cosas. Su madre trató con todas sus fuerzas de que aceptara a Bartholomew: no tiene por qué ser así, decía, os podéis llevar bien. Cuando rompió su casa de muñecas favorita supo que ella siempre había tenido razón.

Y cuando tuvo la primera muestra de magia antes que ella, comenzó a detestarlo.
Por su culpa, ella pensó que era una squib. Una sucia squib que no merecía nada, ni siquiera el reino que le dieron cuando nació.

Todo le pasaba a ella. Había nacido para reinar, para dejar marca y la vida la había "recompensado" con un hermano insoportable y no le había dado magia. Se pasaba las noches llorando, leyendo libros, forzando a que su magia saliera. Tenía que existir, tenía que estar ahí; uno de esos días fue la primera vez que observó a su padre mirarla con decepción. Esa mirada, en otras ocasiones, solo iba destinada a Nick. Pero ahora era para ella: porque Nick era un inútil, pero uno con magia. Y ella no.

Tenía nueve años, casi diez, cuando el milagro por fin ocurrió. Estaba gritándole a Nick porque el desgraciado la había llamado squib, y lo hizo tan fuerte y estaba tan enfadada que las ventanas de su habitación se rompieron en mil pedazos. Fue corriendo a contarlo y su padre la volvió a abrazar y a mirar como antes. Ahí supo que nunca más la decepcionaría, que lucharía por ser la hija perfecta, la viva imagen de un padre que jamás debería ser imitado.

Y así fue: una completa caprichosa, alguien que siempre debía conseguir lo que se propone. La primera en todo, la que mira por el hombro sin remordimientos. Firme defensora de la pureza de sangre, alguien que detesta a todo lo que se salga de lo normal. Pensaba como su padre, que el gobierno de Magnar había supuesto la salvación del mundo: que los magos eran los únicos que merecían derechos, que eran superiores al resto y, por lo tanto, los muggles no eran dignos de nada.

Fue el último año cuando todo cambió, cuando vio como su corona se deslizaba de su cabeza hasta llegar al suelo y romperse en mil pedazos. Estaba en el lugar equivocado en el peor momento para estarlo, y los dientes de aquel licántropo se cerraron sobre su cuello. Gritó, sintió la muerte de cerca, pero eso no fue lo peor de todo; de hecho, sigue pensando que haber muerto hubiera sido mejor opción.

Cuando la encontraron y la llevaron al hospital, los resultados de sangre revelaron el secreto mejor guardado de su madre: que estuvo con un muggle, que tuvo a su hija con él. Ezra enfureció, no escatimó en maldiciones ni tampoco tardó demasiado en contarlo a todo el mundo que conocía. Los resultados fueron obvios: su madre se vio obligada a huir y Lia a buscar otro hogar mientras sentía el peso de las miradas de todos sobre ella.

Su nombre pasó de ser aclamado a susurrado y su reino se vio reducido a cenizas.

Acabar en el Siete, recurriendo a la misma persona que había arruinado su vida en busca de ayuda, no fue ni una decisión apresurada ni premeditada, sino su única opción. Con su familia cerrándole las puertas y todas sus amistades dándole la espalda, Lia comprendió que solo le quedaba él.



No tiene miramientos con los demás: siempre dirá lo que piensa sin ningún tipo de remordimiento.

Caprichosa e intensa en cuanto a sentimientos se refiere. Puede ser extremadamente vengativa, llegando incluso a extremos si la situación lo merece.

Ha tenido una educación clásica, llena de clases de modales y de etiqueta. Por mucho que pierda las formas, siempre trata de no degradarse y de seguir actuando como una dama.

Puede ser mordaz, sarcástica e incluso impertinente, pero nunca va más allá de las palabras. No es agresiva ni violenta en ese sentido.

Está muy interesada en política. Solía creer firmemente que su futura profesión estaría en ese campo, abogando por los derechos de los magos, pero desde el incidente ya no cree tenerlo tan claro: ni su futuro, ni su ideología.

Entre sus aficiones está tocar el piano. Su madre contrató a un profesor porque ella misma siempre había querido aprender a tocarlo.

Siempre ha adorado volar, siendo una de las pocas aficiones que comparte con su hermano. Supo que su padre nunca aceptaría que se uniera al equipo de Quidditch, así que dejó que Nick fuera la decepción de la familia (una vez más) y se conformó con los animadores, de los que se convirtió en capitana en su último curso.



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Cordelia Florence Montgomery
14 de abril, 2454
Distrito 7
Civil
Licántropo, bruja de sangre mestiza
Meika Woollard

lia.
Cordelia Florence Montgomery



Cordelia F. Montgomery
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Montgomery, Cordelia Florence Ma6hBsD
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