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Mensaje por Ingrid C. Helmuth el Jue Dic 31, 2020 8:41 pm

Febrero,

Decir que me preocupo por mi hermano mayor es frase tan gastada, que seguro me la colocan como epitafio. Pero llevo un tiempo en verdad preocupada por él y lo que alcanzó a comentarme nuestra prima sobre esas extrañas conversaciones consigo mismo a deshoras, es una inquietud que traté de desestimar en vano, seguí dándole vueltas sin encontrarle una respuesta que me complazca más que la angustia que debe estar atravesando y lo lleva a esos picos bajos de desasosiego. Su aparente entereza las veces que nos vemos, sea en el ministerio o por las comidas que aún mantenemos como costumbre, no es algo que vaya a apaciguar mi quebranto, más bien lo alienta. Sigrid con buen tino me advirtió de dejar a Nicholas dentro de lo reservado de su pena, nunca fue alguien que hiciera gala de sus emociones y menos de las que muestren cierta debilidad en él, que a la muerte de nuestros padres asumió la función de ser el pilar de los Helmuth. Esa exigencia que pone en sí misma de mostrarse como si nada lo perturbara, a mí me lleva a puntos en que los nervios me superan, si tengo la sospecha de que por debajo de toda esa fachada, sí están dándose quiebres de su carácter y -¡Morgana no lo quiera!- de su salud mental.

Me presento en la antigua residencia de los Helmuth, por la cual parece haber recuperado cariño como para que sea el lugar en el que lo encuentre si requiero hablar con él, en vez de asentarse como debería -y yo también- en la isla ministerial. Por mucho que nuestros padres inculcaran en nosotros el valor del hogar, no creo que estén muy complacidos de vernos descuidar lo que por derecho de cargo nos corresponde, pero las mismas razones que le di a Kostya, se las repetiría a mi madre. El hogar está donde se encuentran los afectos. Pero eso no contesta el hecho de que Nicholas siga en la casa que fue de nuestro tío Ludovic, por amable que sea la prima Grace, a él lo veo más aferrado a la razón de la nostalgia y a la pena de lo perdido como para quedarse en una residencia que evoca a esos sentimientos. —Nick, ¿estás aquí?— pregunto al abrir la puerta de la habitación que ocupa con mi característico rasgo de ir avasallando espacios, —¡Aquí estás!— exclamo con alegría al verlo sentado en el sillón, supongo que esperando la hora de dormir que no demorará y sí, con toda intención, elegí visitarlo pasadas las diez, así puedo ser yo quien le conteste en su necesidad de hablar con alguien. Detengo mis pasos al poco de atravesar la puerta para cambiar mi rumbo, en vez de dirigirme al otro sillón, camino hacia el llamativo ramo de rosas que me resulta imposible precisar en número.

Cubro mis labios con las manos al contener la exhalación. —¡Nick! ¡No tendrías que haberte molestado!— suelto, conmovida que luego de todos estos años, mi hermano aún sea capaz de sorprendernos a sus hermanas con gestos como estos. —¡Oh! ¡Son encantadoras! Tan elegantes y clásicas como lo somos las Helmuth— tomo la oportunidad para halagarnos, —supongo que la mitad son para Sigrid. ¡Hay tantas! ¡Me llevaré las mías cuando me vaya!— toqueteo algunas con las puntas de mis dedos y en pocas zancadas estoy al lado de mi hermano para rodearlo con mis brazos. —No puedo creer que tengas estos detalles, cuando yo estoy tan preocupada por ti. No hay día en que no me preocupe por ti— en vez de tomar el otro sillón, ocupo la mesa baja para sentarme en el borde y así tener alcance a las manos de mi hermano para tomarla entre las mías, —yo… no soporto saber que estás en esta casa, como un triste eco de lo que fue también el destino del tío Ludovic, ¿por qué no vuelves a la isla ministerial y cerramos esta casa como siempre lo estuvo? Grace puede ir a vivir con Sigrid, nuestra hermana no tendrá problema. Tal vez ya es tiempo de que vuelvas a tu vida normal…
Ingrid C. Helmuth
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Mensaje por Nicholas E. Helmuth el Vie Ene 01, 2021 8:12 pm

Estoy más que acostumbrado a que mis hermanas se tomen las libertades que quieran en cuanto a mi espacio personal se refiere. No importa que entre Sigrid y yo existan diez años de diferencia, haciendo los cinco con Ingrid, todavía recuerdo las peleas entre ellas como si las estuviera escuchando ahora mismo, esas que luego terminaban en una yendo a buscar a la otra a la habitación como si no hubiera pasado absolutamente nada. De alguna forma, supe mantenerme en el lugar que me correspondía como hermano mayor, he podido presenciar la mirada silenciosa en los ojos de Sigrid, así como la actitud respetuosa de Ingrid. Pero también las conozco como quienes interrumpían en mi habitación cada vez que les entraba en gana, precedido de un «¡Niiiiick!» tan agudo que todavía me duele en los oídos. A esas cosas antaño hubiera respondido con un ruedo de ojos acompañado de un suspiro para armarme de paciencia, y seguramente es debido a estas que ahora la gente puede asegurar que soy una de las personas más pacientes del mundo. Prueben a vivir rodeado de mujeres Helmuth toda su vida y no aprender a ser paciente en el proceso.

Por eso ni siquiera me sobresalto ante la intromisión de mi primera hermana, a pesar de no ser la figura que estaba esperando, aparento la formalidad característica de mi persona al levantar mi torso del sillón y así poder girarme encontrándome con el rostro iluminado de Ingrid. Mis ojos se van hacia el mismo lugar que los de ella, pero no soy lo suficientemente rápido y… —Oh, no son…— se me escapa antes de que las neuronas de mi cerebro hagan las conexiones necesarias para caer en que esto no es algo de lo que quiera hablar con mi hermana menor. Con suerte sus exclamaciones bastarán para que no lo escuche, así que con un movimiento de mi mano me desentiendo completamente del gesto que asume es con ellas y regreso a acomodarme en el sillón. Prefiero hacer una segunda visita a la floristería de donde saqué las rosas y asentir a su suposición, a tener que darle explicaciones de para quién eran las flores en realidad. —Pero no tienes que preocuparte, estoy bien— contesto con la obviedad que no me define, apenas atinando a devolverle el abrazo con un apretón de mis manos.

Cuando me separo y se sienta sobre la mesa, tomando mis manos entre las suyas, me hace arrugar un poco la frente en su dirección. Solo la risa suave que me envuelve después es capaz de borrarme cualquier expresión de confusión del rostro, pasando a menear con la cabeza. —¿Así que de eso se trata? ¿Crees que me voy a convertir en nuestro tío Ludovic y por eso andas tan preocupada por mí?— la miro casi como si me sintiera ofendido ante tal acusación, aunque está claro que no es más que una broma. Palmeo sus manos finas antes de volver a recostarme, mirándola. —Me gusta esta casa— confieso, como la única excusa que necesito para tratar de justificar mi acomodamiento. —Y no, no tiene que ver con sentirme como Ludovic, sino con… simplemente me agrada, y Grace tampoco es una molestia— aseguro si eso es lo que le preocupa, pero su última frase hace que suspire, mirándola con la cabeza ladeada. —Pero ya nada es como mi vida normal, Ingrid…— lo digo lentamente, tal y como si estuviera haciéndole entender con esas pocas palabras la realidad de todo. Oliver ni siquiera vive en casa como para poder decir que estaría regresando a mi “vida normal”. —Las cosas han cambiado, para todos, y he encontrado una nueva normalidad que me gusta, que no tiene que ver con la que tenía en la isla— lo cual no quiere decir que pueda desentenderme de vivir allí, porque no, sigo pasando más noches allí en la semana de las que paso aquí, pero creo que entiende mi punto. —¿No es para ti lo mismo ahora que eres ministra?— ella también debe cumplir con una nueva realidad, esa que la aleja de su marido y tiene a su hija casi queriendo quemar la isla, sin el casi.
Nicholas E. Helmuth
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Mensaje por Ingrid C. Helmuth el Jue Ene 07, 2021 11:28 pm

Me preocupa la soledad— digo en una modulación clara, lenta, —me preocupa lo que la soledad puede hacer en las personas que están hechas para contar con una compañía— murmuro, retiro una de mis manos del agarre que las une a las suyas, para que suba hasta su rostro y se apoye en su mejilla. Hemos sido criados en familia, nunca nos ha faltado la plática con otra persona cuando la buscamos, ¿qué hay de él? ¿Cómo esperar que pueda asentarse en la soledad tras perder por segunda vez a quien eligió por compañera, tan breve el tiempo en el que pudieron convivir como matrimonio? Bien podría decirme que es volver a cómo ha vivido toda su vida, ¿no? De por sí se casó tarde con Olivia, de ahí que su hijo tenga una edad más cercana a mi hija menor, que a los mayores. Suspiro, llegaré a los ochenta años gastando mis suspiros en mi hermano más que en nadie, su franca resignación a la perdida me hunde a mí en una angustia que roza con otros sentimientos, impotencia, culpa también. Escuchar lo fácil que asume esa actitud no es algo con lo que pueda estar bien, quiere decir que ha perdido más de lo que alguien como él se merece.

O quizás sea el saber que le he dado demasiadas largas a lo que desde hace tiempo debo confesarle, por insistencia de la misma Sigrid, quien a veces nos asombra con sus arrebatos de buen tino cuando a los sensatos se nos va el juicio, que el escucharlo tan sereno con todo esto me hace sentir peor. Si despotricara contra todas las cosas que han salido mal y respondiera con mezquindad a las injusticias del azar sobre a quién colocó en su camino y a quienes también le arrebató, no me dolería tanto la culpa. —Nick…— uso su apodo al evadir su pregunta para que mire a mis ojos de lamento, mi mano en su mejilla cae sobre las otras, —¿crees que haya personas que están hechas la una para la otra?— no es lo que quiero decir, es una demora estúpida de mi confesión, otro intento de escudarme en el rol de hermana menor que acude a sus consejos como si volviéramos a ser una adolescente y un joven casi adulto que debía responderle con paciencia las dudas sobre la vida que ella le presentaba. Bajo mis ojos claros al agarre de nuestras manos. —Y quizás que estén juntos los lleve a una desgracia, pero estar separados les da una vida que tampoco llega a ser… feliz— no quiero mirarlo, me dirá que muchas cosas a lo largo de su vida le han hecho feliz, que supo encontrar ese sentimiento en momentos, cuando no es a lo que me refiero. Una vida plena es también una vida de cosas que perduran, no de tratar de ver qué dejó o que quedó después de una perdida para decir que se tiene algo… —¿Por qué a veces hacer lo correcto es quizás lo equivocado hacia otras personas?— murmuro más bajo. —Nick, yo te juro que no quería más que tu bienestar…— comienzo.
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Mensaje por Nicholas E. Helmuth el Sáb Ene 09, 2021 4:59 pm

Suenas tan fatídica como mamá ahora mismo— por la curva que se asoma en mis labios después de aludir a esta mujer que nos dio la vida, podría tomarlo como una broma, si no fuera porque pronto se torna un poco lastimera. No porque me sienta identificado con el sentimiento que me adjudica por verme desde fuera dentro de una casa que es demasiado grande como para poder ocuparla solo con mi presencia, tampoco porque crea que vaya a caer en el mismo agujero solitario del que nunca fue capaz de salir nuestro Ludovic, sino porque me sabe mal que tenga esa percepción sobre mí cuando está claro que no he sido sincero en todos los términos. —Y sí estoy acompañado— aclaro. Algo de lo que no se dieron cuenta los muchos miembros que conocieron a este hombre, como ella misma, es que jamás estuvo realmente solo. Sí, se encerró en esta mansión y jamás pudo encontrar la calidez de otra persona que pudiera amarlo como él amó a Grace, pero contó toda su vida con la compañía de la familia. Si algo puede decirse de los Helmuth, es que estamos acostumbrados a que siempre aparezca alguna cabeza rubia a acompañar a quien se encuentra desamparado, eso es algo que Agatha nos enseñó bien. Podemos tener nuestras diferencias, comportarnos de maneras que el otro podría juzgar, pero eso no nos haría perder el vínculo que nos une como familia.

Aprecio su preocupación, pero en cierto modo me hace sentir culpable, lo delata la caricia que doy a su mano cuando posa la misma sobre mi mejilla y la acompaño para cuando vuelve a dejarla caer. He visto crecer a mis hermanas como para que una mirada baste para saber que hay algo que las está perturbando por dentro. Los ojos de Sigrid suelen estar inundados en ansiedad, camuflados por su conocido y falso desinterés al tratar de ocultar algo que le preocupa, pero los de Ingrid siempre se vieron mucho más sinceros, muchas veces llenos de lamento, como los de ahora. —¿A qué viene esa pregunta?— inquiero de forma tranquila, no alterándome por lo que puede estar significando que mi hermana menor me venga con estos dilemas. Por un momento creo que está tratando de decirme algo sobre la relación con su marido, tuvimos varias charlas sobre esto en muchas ocasiones, tal como el día que me enteré que iba a casarse siendo nada más que una niña, también luego cuando la prueba de ello la hizo una víctima de otros errores. Pero en un último momento cambia el giro de la conversación al terminar con una frase que se dirige hacia mi persona. La confusión se apodera de mi rostro en ese momento, la escudriño con mi mirada de cejas fruncidas y hasta ladeo un poco la cabeza al observarla. —¿De qué me estás hablando, Ingrid?— porque o yo ya no sé leer a mi hermana, o pareciera que se está disculpando por algo.
Nicholas E. Helmuth
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Mensaje por Ingrid C. Helmuth el Miér Ene 13, 2021 10:46 pm

Tan parecida a nuestra madre en ocasiones y sin que sea una comparación que pueda agradecer, hace que me enfrente a lados de mi misma que me llevan a cerrar mis ojos, como en este momento que compartimos, con todo mi cuerpo sumiéndose en el desgano, lo demuestra mi mano al caer en derrota, adelantándome a lo que conozco que será difícil de escuchar para él, como para mí lo es decirlo. No lo fue hace treinta años, no lo es tampoco en el presente pese a todo el tiempo que transcurrió. —Sigrid…— decido ser franca desde el principio, —me dijo que debía contártelo, si fuera por mí no lo haría, ya que es una pena que no va acompañada de ningún consuelo y sobre cosas que son irremediables, nada te aportará saberlo…— hablo con mis párpados cerrándose con fuerza, mi voz encontrando la manera de salir de mi garganta escuchándose ronca, —solo la triste consciencia de otra perdida— lo pongo en palabras para mí. ¿Puedo decir que algunas pérdidas son buenas? ¿Se me permite traer a mi disculpa el pleno convencimiento que teníamos con mi madre de que perder a una persona que a la larga solo estropearía su vida, le permitiría poder abrirse a otras y tomar las oportunidades que había para él, por ser quien era, por haber nacido donde lo hizo?

Nuestra madre se enteró que estabas viéndote con la chica Ruehl— digo, no creo necesario precisar fechas, remontarnos a un año puntual, con la continuación de mi relato podrá acomodar cada hecho en el lugar que le corresponde, —la mandó llamar para hablar con ella. ¿Hubieras sido capaz de hacerlo…?— pregunto, revivo el desconcierto de ese entonces. —¿De dejar a tu familia para irte con ella?— ese fue el interrogante del que nunca sabremos la respuesta, salvo que él pueda dármela ahora. El mismo que me planteé el día que me presenté en su casa con las valijas hechas, dejando a Kostya y a Lex, así como lo habrá hecho Sigrid también tuvo que elegir entre continuar con el padre de sus hijos o alejarlos de este por la seguridad de los mismos. —Ella aceptó que nuestra madre le lanzara un obliviate— remarco esto por encima de todo lo demás, para que antes de juzgar a Agatha o de juzgarme a mí, tenga en claro que Anne Ruehl no fue una víctima de nada. —Y cuando ella se marchó con ese otro muchacho, estabas tan… angustiado…— trago hondo para hacer pasar ese gemido que quiere emerger de mi pecho, —que Agatha decidió intervenir también en tus recuerdos. No lo hizo ella, tenía miedo de lo que podría causar en tu mente el vacío total de esos recuerdos y también…— mis ojos evitan los suyos a toda costa, —que la odiaras, así que pidió que te alteraran tus recuerdos sobre ella.
Ingrid C. Helmuth
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Mensaje por Nicholas E. Helmuth el Sáb Ene 16, 2021 6:17 pm

De todas las maneras en que podría imaginar que esta conversación empezaría, la mención de la hermana que compartimos no se encuentra entre ellas. Me obliga a fruncir el ceño, no sabiendo si tomarme su actitud ya como presagio de lo que está por decirme, o si directamente una parte de mí comprende que la sensación que comienza a acumularse en mi estómago no es buena señal. —¿Contarme qué?— insisto, ignorando su punto de vista al decir que nada hará que cambien las circunstancias que se dieron. Me hace dudar de si yo mismo quiero saber de lo que se trata, si tanto Sigrid como Ingrid han tenido su oportunidad de decidir sobre información que, al parecer, me incumbe, debería cumplir con mi parte de poder posicionarme en esto. Pero claro, entraríamos en un debate que no es factible con el tiempo real, cuando tengo a mi hermana aquí, a punto de confesar lo inimaginable al escuchar lo mismo salir de sus labios. —¿Tú lo sabías?— es de las pocas veces que permito que mi voz titubee, secundada por la sorpresa y confusión que me produce el escuchar que mi madre, la difunta Agatha, era propietaria de esa información. Inmediatamente me hace redirigir la pregunta hacia mi hermana, siendo que también es conocedora de los hechos, en su momento también debió saber que estaba teniendo encuentros fortuitos, entre otros muchos más extensos, con Anne Ruehl.

Su pregunta me cae como si me estuviera señalando con el dedo, siento por un momento que me está juzgando al cuestionarme en si hubiera sido capaz de dejar a mi familia por esa muchacha de ojos claros. Me veo incapaz a contestar en el momento, a lo que ayuda a mi defensa el que siga hablando, pero no sé si quiero escucharla. Me pongo en pie en el momento en que la sospecha de que alguien hubiera modificado los recuerdos de Anne se justifica con sus palabras, siento la imperiosa necesidad de alejarme de mi hermana para voltearme hacia la ventana, pasar el dorso de mi mano por la comisura de mis labios mientras que la otra se apoya sobre mi cadera por dentro de la americana, en la clara postura de no estar capacitado para asimilar tanta mentira de golpe. Y más que engañado, me siento traicionado, no por mi madre, de quien la confesión de haber jugado con Anne a costa de lo que creía correcto para su hijo ni siquiera me toma tan desprevenido, sino por mi hermana. Agatha murió, se llevó con ella sus pecados, pero no contenta con ello, se los traspasó a Ingrid, suponiendo que esta no fue cómplice de los secretos que también se llevó a la tumba después de tanto tiempo. —Necesito…— interrumpo, cerrando los párpados —un momento— por ser generoso con ella y no decir que directamente salga de la habitación para que pueda hacerle frente a esto en soledad.

No sé si estoy siendo consciente de lo mucho que hubiera cambiado mi vida de mi madre no haber interrumpido el curso natural de los acontecimientos que se dieron. Por años creí justificada la razón de guardar remordimientos contra Anne Ruehl, todo este tiempo mantuve ese rencor en carne viva cada vez que esta misma mujer se aparecía frente a mí, solo para que ahora nada de eso haya tenido una causa real. Ya no es que Agatha atentara contra mi persona, sino contra todo lo que a día de hoy me hace quién soy, de quien me preciaba hasta este mísero instante. Mi hermana tenía razón, nada de lo que ha dicho repercute sobre las decisiones tomadas después de ese punto, no se puede volver al pasado, rehacer los caminos que cada uno tomamos cuando ya están grabados en la historia, pero eso no quiere decir que no me sienta repleto de impotencia por ello. —Necesito un momento, Ingrid— pido de nuevo, armándome de toda la tranquilidad que no siento para evitar cargar contra ella más de lo que justamente le corresponde. Imploro mi necesidad de quedarme a solas porque es conocido que no soy una persona que deje aflorar emociones y sentimientos dolorosos frente a nadie, ni siquiera aquellos más cercanos a mí y que podrían incluirla a ella. Así que como recurso conocido, le pido que se vaya, tengo mucho en lo que pensar y no quisiera tenerla delante para lo que pueda surgir de ello, cuando ni yo mismo sé con certeza como me siento.
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Mensaje por Ingrid C. Helmuth el Mar Ene 19, 2021 1:00 pm

Espero el grito que no llega, lo único que consigue es que los nervios me carcoman por dentro al apreciar cómo su postura cambia, afectado por la revelación, incapaz de darme una respuesta más allá de pedirme un momento para asimilarlo y soy yo quien quiere gritar. Mis dedos se retuercen entre sí, siento mis hombros tensarse tanto que mi propio porte es el de alguien que está reprimiendo más de lo que su naturaleza le permite, tengo que prensar mis labios para no emitir palabra y hacerme diminuta en el lugar en el que me encuentro, lo que siempre temí ser entre presencias tan imponentes como las de Nicholas y tan extrovertidas como la de Sigrid, es fácil con ellos volver a sentirme la adolescente que quiere presumir de logros y lo único que hace es acumular faltas. —Nick…— ni yo sé que pienso decir, mi susurro queda en su nombre como un ruego de algo, como las veces en que con mi hermana llegábamos a la puerta de su habitación cerrada y golpeábamos con los nudillos, todo lo que recibíamos era una contestación de que saldría en un rato. Nunca sabíamos que ocurría detrás de esa puerta, pero no era difícil imaginarlo sentado a su escritorio, con la espalda encorvada y sus manos cubriendo su rostro.

Mi cuerpo por si solo se pone de pie cuando entiendo que está echándome de la habitación con esa manera suya que tiene de hacerlo dejándonos fácil a ambos, en especial a él, porque le permite seguir manteniendo entera su fachada y soy yo otra vez a la que no le importa perder la compostura –o si me importa, cuando caigo en la cuenta de lo que hice, mucho más tarde-. —¡Ibas a irte con ella! ¡Ibas a dejarnos! Mamá nunca la hubiera aceptado, de haber tenido que elegir, ¡la hubieras elegido!— le espeto, señalo con mi mano la puerta, como si Anne Ruehl siguiera del otro lado, cruzando una calle, su casa siendo visible desde las ventas de la nuestras y también todo lo que estaba mal con esa familia. —¡Estabas estúpido por ella! No podías ver lo que te estaba haciendo, metiéndose contigo porque así podía irrumpir en nuestra casa. Al burlarse de ti, se estaba burlando de todos nosotros— se lo señalo, justifico así las decisiones de nuestra madre, porque es lo que permite justificar las mías. —No eras más que un trofeo, de los que su vida da testimonio que le gustaba coleccionar— podría dejarlo ahí, en un comentario que sigue dándome la altura que me inculcó Agatha, pero los Ruehl no la merecen.

Si es que se puede decir que los otros hayan sido trofeos… tu cama habrá sido la última de sábanas limpias en las que estuvo, antes de ir a revolcarse en la mugre con medio norte— escupo, —porque esa mujer no volvió al Capitolio por la puerta grande cuando lo hizo, sino arrastrándose entre camas y juntando cadáveres en su armario. ¡Y de eso te salvamos con Agatha! De toda la miseria que hubieras conocido con ella…— me arde la garganta al tener que detener mi verborragia de insultos conocidos hacia una mujer que lo mejor que pudo hacer fue morirse, —y aun así, sigo sin entender, por qué…— cierro mis ojos, más que la incomprensión de por qué no se puede tener una vida plena si se esquivan los peligros, es la angustia de que los Helmuth tengan destinos de amores equivocados.
Ingrid C. Helmuth
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Mensaje por Nicholas E. Helmuth el Sáb Ene 23, 2021 3:21 pm

No sé qué tanto pueda soportar de las insistencias de mi hermana, esas que soy consciente están por venir cuando murmura mi nombre en mitad del silencio, a la espera de que mi reacción sea algo más que el mutismo al que me condeno por voluntad propia. Me conozco a mí mismo como para saber que son pocas las ocasiones en las que he perdido los estribos de una situación, cuando a mi tono tranquilo lo sucede otro que denota mucha menos paciencia y más severidad de la que pretendo mostrar. Para mí es preferible hablar con firmeza antes que llegar a los gritos, pero Ingrid se esmera en atravesar esa línea que diferencia ambas de las respuestas que podría darle. Tomo aire por mi boca y también por mi nariz, como si de esa manera pudiera retrasar lo inevitable y es lo que al menos intento cuando hincho mi pecho de oxígeno, tratando de encontrar en mí algo a lo que aferrarme para no responderle con el mismo carácter que ella me muestra. —Ingrid...— es mi tono el que la avisa, por segunda o tercera vez consecutiva en lo que va de su visita, de que no continue. Pero lo hace, ignora cualquier advertencia que haya podido darle, como si esta no fuera más importante que su necesidad de ponerle etiquetas a absolutamente todo, y llega un momento en el que también es superior a mí.

¿¡Pero qué estás diciendo!? ¡Escúchate, Ingrid, haz el favor!— llamo a la parte racional de su cerebro que parece ausente en el momento en el que abre la boca para despotricar de cualquier forma no solo contra Anne, de quien lo hubiera esperado, sino contra mí también. —¿Has venido hasta mi casa para decirme estúpido? ¿Realmente esas son las palabras que vienes a dirigirme después de todo lo que he hecho por esta familia, hermana?— de un movimiento cortante mi barbilla se gira hacia ella, pudiendo con mis ojos analizar en su mirada la desfachatez con que está largando todo lo que a su yo de diecinueve años le hubiera gustado gritarme a la cara. Y bien, quizás en ese momento la hubiera escuchado, a diferencia de lo que cree, sí era capaz de tener la cabeza centrada en lo que debía ser, pero ahora pierde por un instante todo el derecho a que ponga mi oído a merced de sus insultos. —¡Ninguna! ¡Ni una sola de las decisiones que pude o no haber tomado hubieran afectado a nuestra familia! Eso ha sido un golpe bajo por tu parte, Ingrid, pensar que...— ni siquiera me salen las palabras, estoy demasiado molesto con mi hermana como para poder mirarla a los ojos apenas.

Por eso mismo me aparto, continuo con esa negación de mi cabeza, sin todavía llegar a creerme que esté formando parte de esto. —¡Tenías que meterla! Por supuesto que tenías que hacerlo, ¿cuántas veces más harán falta que insultes el nombre de Anne Ruehl para que te sientas complacida contigo misma, Ingrid? ¿No eres consciente, verdad?— me tomo los segundos para enfrentarla, dedicándole un buen análisis a las facciones de su rostro en lo que me acerco, unos centímetros por encima de ella —Lo único que Anne Ruehl hizo en tu contra fue pertenecer a una familia que mantenía disputas con la nuestra, jamás se trató de algo personal, tú solo te estás encargando de alimentar un odio que carece de fundamento, ¿no te das cuenta?— vuelvo a pedirle que haga uso de su razón, que vea como lo hice yo en su momento que no tiene sentido seguir con ninguna de esas luchas —Por favor, Ingrid, basta ya— es su última oportunidad, mi última esperanza para no perder la compostura delante de mi hermana, a quién aprecio pese a todos los defectos que pueda tener, a quién amo por ser mi familia y quién es, ella debe entenderlo también.
Nicholas E. Helmuth
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Mensaje por Ingrid C. Helmuth Hoy a las 12:49 am

Tengo el mal recuerdo de discusiones pasadas, en las que Nicholas debía intervenir de esta manera, cuando los nervios me desbordaban y de mi boca salía más de lo que deseaba decir, así como más de lo que otros deseaban escuchar. En el momento en que lo decía sentía que estaba sacando fuera algo que llevaba pesándome dentro, pero al rato estaba llorando hasta la agonía por mis remordimientos de lo dicho. Voces como las de mi hermano serían las que más me atormentarían, estupefacto a mis reclamos y aun así, conservando la compostura como para hacerme notar qué está mal en que cada cosa que digo. Las lágrimas me pican en los ojos por las ganas de llorar, más por el recuerdo, que por este momento en que ambos somos tan mayores como para repetir peleas infantiles, como tal parece que las puedo iniciar, indiferentemente de la edad que tengo.

No, no estoy cuestionando todo lo que haces por esta familia, sino lo que hacías o podías hacer en su influencia. ¡Ya tuvimos esta conversación! Incluso volviendo tras tantos años, consiguió que pusieras tu nombre en el acta de su hija…— secreto que compartimos, como otros que por años nos reservamos entre los dos y que Sigrid apenas está conociendo, —ella, tú, siempre han tenido…— callo para no poner en voz alta lo que dije al inicio de esta conversación, que hay destinos compartidos que de no cumplirse, aun salvándolos de la tragedia que les esperaba, no permite a esas personas hacer su propio camino. Me costará mucho reconocer en voz alta, que lo que me impulsa a contarle todo esto, es la angustia de creer que sí pudieron amarse y este podría ser el amor que le fuera una compañía durante todos estos años. Y que tal vez fue cosa de mi rabia hacia ella, que me ha cegado en el pasado, también en el presente, lo que me impidió verlo y en el presente admitirlo. Sufro de un nudo de contradicciones ahora mismo dentro de mí misma, entre todo lo que vengo defendiendo de hace décadas, a lo que también, por debajo, lo he sabido todo ese tiempo.

¿El único defecto de esa chica era su familia, Nicholas?— pregunto con desgano. —No bastó que ella volviera y demostrara que toda su persona era fiel a lo que inculcaban en esa casa, para que seas quien abra los ojos de una vez, que tomes consciencia de tipo de persona que era, y sí, si la odio, es porque siempre demostró todo lo que es contrario a lo que nos inculcaron a  nosotros…— sostengo, frustrada de que esto vuelva a ser una disputa en la que ninguno de los dos ganará porque seguimos hablando desde los residuos que quedaron en nosotros, de dos sentimientos opuestos hacia la misma persona. —Lamento haber sido cómplice de nuestra madre en ese entonces— retomo, con dificultad, áspera mi garganta al sacar fuera mi voz, —y aunque no lamenté, ni te mentiré diciéndote que ahora lo lamento, que lo hecho fue para que olvidaras a esa chica. Nada que tenga que ver con ella lamento, sí la oportunidad quitada de que podrías haber contado con alguien en este tiempo que se acumuló y se hace largo.
Ingrid C. Helmuth
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