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Mensaje por Kenna Richards el Mar Dic 22, 2020 1:54 pm

Mediados de febrero de 2471

Mi nueva casa es más pequeña, pero bastante acogedora. Tiene solamente una habitación, aunque es bastante grande, y tengo también un estudio, un cuarto de baño con todo lo que podría necesitar, una cocina, un comedor y un salón con una chimenea, además de un balcón lo suficientemente grande como para tener una mesa y un par de sillones. No necesito más. Siendo jefa de aurores mi sueldo podría pagar una casa más grande, pero prefiero un lugar más pequeño, recogido, que no me lleve mucho trabajo de limpieza y que, además, me permita ahorrar. Quién sabe, tal vez en unos años me harto de todo y me compro una casa frente al mar. Pero, por ahora, esto me basta. Además… Voy a vivir sola. Tengo de sobra con este espacio.

La ruptura fue algo natural. Una crónica de una muerte anunciada. Las peleas se iban dando de vez en cuando, pero cada vez de forma más seguida. Y no me apetecía seguir sufriendo así, y menos hacerle sufrir a él. Riley Kavalier va a importarme siempre pero, objetivamente, es mejor que siga mi camino sola. Él tampoco terminaba de comprender mi forma de pensar, ni yo la suya. Sé de primera mano que hablaba con rebeldes, porque vi a Arianne Brawn con uno de sus trajes, y de ahí ya todo fue a peor. Todavía me cuesta entender cómo dos personas que nos entendíamos tanto en casi todo, de repente nos entendimos tan poco en una nimiedad y eso nos llevó a la ruina. O tal vez el problema está en pensar que la política es una nimiedad, cuando en realidad rige toda nuestra vida. Yo me dedico a la defensa nacional y, sin duda, eso tiene implicaciones políticas clarísimas que yo defenderé. Y él no quería saber nada de todo esto, escapaba de los posicionamientos y pensaba solamente en sus máquinas y sus experimentos. No digo que esté mal ni le juzgo por ello: pero es un estilo de vida nada compatible con el mío.

Miro a mi alrededor y respiro hondo, antes de aparecerme delante de la casa de Riley. Lo que, hasta hace poco, era nuestra casa. Meto las llaves en la cerradura y abro, y el gesto se llena de una nostalgia por algo que ni siquiera ha pasado todavía. La elfina doméstica me mira y yo le dirijo una sonrisa breve antes de subir las escaleras. No giro hacia la habitación que durante más de un año compartí con Riley. Me meto en la que ocupaba yo sola las noches que la tensión era demasiado alta como para querer estar cerca de él. Ya tengo dos maletas hechas, así que me dispongo a cerrar la tercera. Ya no me quedan muchas cosas aquí, y no sé si quiero llevarme muchos recuerdos. Porque ya no sé dónde queda la Kenna que empezó con todo esto. Esa de los besos improvisados en Año Nuevo, esa de las citas en el campo, la que jugaba y se divertía explorando esa nueva relación que, por fin, le daba un poco de estabilidad. La que sufría por su trabajo y lloraba por un asesinato accidental. Me parece tan absurdo todo eso ahora. Lo viviría tan diferente, si volviera a ocurrir. La estabilidad que buscaba en Riley la he encontrado en mi carrera profesional. Antes cualquier tontería sentimental me afectaba en mi trabajo. Ahora ya no. Lo he separado y tengo claras mis prioridades. Hace apenas una semana, Kendrick Black se entregó. Y todo apunta a que tendré que estar más entregada a mi trabajo que nunca. Y si jamás me hace falta buscar a alguien que me caliente la cama… Tengo sangre veela. Me las apañaré bien.

Me incorporo y me cruzo de brazos, mirando el resultado. Así es como terminan dos años, más de dos años, que parecen tirados a la basura. Tres maletas llenas. Una cama sin sábanas. Una habitación vacía. Y la sensación de ahogo en la garganta que siento que me va a quitar el poco aire que pido respirar. Conjuro las maletas para que leviten conmigo escaleras abajo. Amanita me espera en la puerta, sus dos ojos enormes mirándome, tristes, en lo que yo termino de bajar al piso principal. Hace un gesto de querer ayudarme con todo lo que llevo pero levanto la mano, indicándole que, por favor, pare —Adiós, Amanita. Gracias por todo lo que has hecho durante estos años— le digo, simplemente, antes de abrir la puerta que da a la calle. Ya no quedan abrigos míos colgados en la entrada y, esta vez, cuando cruzo la puerta y pongo mis pies en la nieve de esta mañana fría de finales de febrero, no me llevo las llaves conmigo. Las dejo dentro, en la entrada, y cierro de golpe, despidiéndome para siempre de este lugar.
Kenna Richards
Kenna RichardsJefe de Aurores

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