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If you keeping your promise, I'm keeping mine · Kostya

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Mensaje por Ingrid C. Helmuth el Jue Dic 10, 2020 10:31 pm

Febrero,

Saco de la maleta las prendas que había llevado para dejarlas sobre la cama y que cada una vuelva por sí sola con un encantamiento al lugar que le corresponde dentro del guardarropa que comparto con Kostya, duramos menos que unos pocos días con Katerina en la isla ministerial y con el fin de semana cerca, dejo que al menos tenga una noche para que vea a su padre y pueda dormir en su cama, antes de que tenga que ir a internarse en el instituto donde al menos por dos días la tengo bajo control, así como de lunes a viernes con la rutina del Royal, libramos a Neopanem de una nueva emergencia nacional por su culpa. Le avisé que volveríamos a la casa en el distrito dos una vez que salí del trabajo, así que no es especialmente temprano, en otro tiempo estaríamos cena a esta hora y por hoy tendremos que conformarnos con lo que el elfo doméstico pueda hacer en el poco rato que llevamos. No tenía apuro tampoco en preparar nada debido a la ausencia del señor de la casa, cuestión que minimizo al pensar que algo debe estar atrasándolo en la alcaldía.

No sería la primera vez y siempre que sea algo que tiende a ocurrir en nuestra cotidianeidad, no es razón para que desconfíe. La desconfianza surge en otros sutiles detalles que llevan a cuestionar lo que se considera cotidiano o que por esta vez pueda llegar a ser una excusa falsa. Y ese sutil detalle lo encuentro en una tarta de frutas dentro del refrigerador, cuando soy la única en esta casa que se dedica a los postres cuando me siento con el humor como para pasar tiempo en la cocina que suele ser propiedad de nuestro elfo. Paso media hora con la tarta puesta sobre la mesada, examinándolo como si se tratara de la prueba de un crimen y esperaba ver las huellas del asesino en los trozos de fresa. Pido al elfo que lo bote a la basura luego de rebanar un trazo que cargo en un platillo y me lo llevo conmigo cuando escucho llegar a Kostya. Hago mi ascenso por la escalera a paso lento, así le doy tiempo a que se acomode en la habitación, donde me parece el lugar más idóneo donde tener esta charla. —He decidido ser la primera ministra que no viva en la isla ministerial— anuncio apenas pongo un pie dentro, —fueron días horribles, Kostya. No sabría explicarte qué tanto, horribles— resumo la experiencia de estar sola en esa enorme mansión y dando vueltas por las noches, con la compañía no de Kitty, sino de sus quejas. Horrible. Me acerco a él para que mi mano se pose sobre su mejilla y mis labios besen la comisura de su boca en un saludo rápido antes de pasar a lo importante, con un tono tan falso que hasta yo lo noto. —¿Alexa pasó por aquí?— pregunto con el platillo bajo sus ojos así puede fijarse en el trozo de tarta.
Ingrid C. Helmuth
Ingrid C. HelmuthProfesor del Prince

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Mensaje por Konstantine P. Romanov el Vie Dic 11, 2020 12:23 am

El motivo principal por el cual me quedo hasta tarde en el trabajo es un tanto angustiante. Verán, hoy he estado chequeando la lista de nombres que han entrado en las urnas en las últimas semanas y, si bien el dos sigue siendo un sitio bastante sujeto a las normas, me preocupa que las papeletas vayan creciendo conforme van capturado a algunos de los culpables de las revueltas que sucedieron en el último coliseo, hace ya unos cuantos meses atrás. Según he hablado con los colegas de otros distritos, puedo decir que continuamos estando en el podio de aquellas zonas con menor cantidad de casos de rebeldía, pero me hubiera gustado decir que estamos impolutos. Supongo que no se puede pedir demasiado y tendré que encontrar el modo de solucionarlo, que no estamos cerca de ser el norte pero tampoco me interesa empezar a imitarlos. ¿Sabían que han llegado quejas de la cantidad de neblina en aquellas zonas estos días? Una locura, creo que todos sabemos quiénes son los culpables pero tampoco voy a ponerme a señalar con el dedo a quienes deberían andar controlando la reproducción de los dementores.

Es todo lo que tengo metido en la cabeza lo que me hace llegar a casa como si me hubiera aplastado un carruaje arrastrado por hipogrifos furiosos. No le presto atención a los detalles de la casa en lo que me muevo hasta el dormitorio, sitio donde me permito el quitarme el abrigo, la corbata y hasta los zapatos. Tengo que decirlo, me es extraño el silencio de la casa en estos días, pero en cierto modo puedo llegar a disfrutarlo. ¿Cuándo fue la última vez que tuve tiempo para mí mismo? Creo que nunca, al menos no lo recuerdo. Claro que tenía que pensar en eso para que la puerta se abra, lo que me hace levantar la vista desde el borde de la cama donde me he sentado para ver aparecer la silueta de Ingrid. ¿Habíamos quedado que vendría hoy y se me pasó? Ya no estoy muy al tanto de los horarios que se supone que debemos cumplir para seguir funcionando como un matrimonio y, a pesar de mis pensamientos, la sonrisa que le regalo es sincera  — ¿Qué tan horribles? ¿Lo suficiente como para que empieces a extrañar mis ronquidos o todavía no llegamos a ese punto? — le doy una patadita al zapato, ese que también se lleva la media. Lo bueno de la calefacción es que se encarga de calentar el suelo, así que mis pies descalzos se sienten tranquilos al pisar sin cuidado.

Apoyo la mano en su cintura cuando tengo la intención de devolver el gesto de su saludo, pero mis ojos se posan de inmediato en la porción de pastel que casi y se me mete por la nariz. Quizá debería comentarle que nuestra vecina se pasó por la puerta de casa en un par de ocasiones, la primera para dejarme un saludo de felicitación para la nueva ministra, la segunda para chequear si necesitaba ayuda con algo en la cara, la tercera para traerme el pastel. Y vamos, soy un hombre adulto que sabe leer entre líneas, pero ahí donde conozco a mi esposa y sé que no va a creerse mis palabras, también sé que prefiero ahorrarme una discusión ahora que está en casa — Lexa siempre se pasa por casa a chequear cómo están las cosas — medio responde a su pregunta, medio no lo hace. En busca de cambiar de tema, me aseguro de que mis manos sujeten su cintura para invitarla a sentarse sobre mi regazo, quizá aprovechando el no vernos seguido para alguna que otra muestra de cariño. Apoyo el mentón sobre su hombro, regalándole una pequeña sonrisa — ¿Viniste aquí solo a comer pastel o puedo robarte un poco? Al menos que me digas que Katerina vino contigo… — cosa que no me sorprendería, pero dar charla nunca viene mal.
Konstantine P. Romanov
Konstantine P. RomanovAlcalde Distrito 2

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Mensaje por Ingrid C. Helmuth el Mar Dic 15, 2020 12:28 am

Lo suficiente como para decirte: «¿qué ronquidos? Si tú no roncas» —  ruedo los ojos al bromear sobre esto, confiando en que eso baste para que se haga una idea bastante cercana a lo difícil que se tornó permanecer en una mansión por la que otras personas pagarían miles de galeones con tal de pasar una única noche. Somos así de ingratos con la suerte, rechazamos lo que tanto llegamos a desear, por echar de menos una casa que es la mitad de su tamaño y a la persona que duerme al otro lado de la cama, tras más de veinte años de encontrarla allí. Los matrimonios no están hechos para dormir en camas separadas, el principio de todos los problemas suelen encontrar su raíz en la ausencia de alguno de los dos en este espacio compartido y no lo creo así porque me lo hayan dicho ciertas amistades para provocar recelos, sino por la triste experiencia de saber cómo reaccioné yo a la ausencia de Kostya, como para temer su respuesta a la mía, aunque haya poco entre nosotros que cause este miedo.

Un trozo de pastel en esta oportunidad y que por su respuesta debería sobreentender que sí es un obsequio de Alexa, interpretación que podría confirmar con mandarle un simple mensaje agradeciéndole el gesto. No es como si Kostya lo hubiera dicho de manera explícita, así que para no insistir prenso mis labios y dejo que mi cuerpo se acomode a su invitación de sentarme sobre sus rodillas, con el cuidado de colocar el platillo sobre el borde de la mesa de luz, cuando ganas no me faltan de arrojar también ese trozo al tacho de basura como le indiqué al elfo. Más le vale no probar ni un bocado de ese postre, de mí no surgirá decirle que lo pruebe, vaya a saberse qué puede tener… —Está feo— contesto cuando él mismo pregunta si puedo probar un poco, —tendré que decirle a Alexa que revise su receta…— se supone que tenía toda la intención de abandonar el tema, ¿por qué insisto con indirectas para que confiese que no lo trajo nuestra hija?

Procuro hacer mi parte al continuar el tema de conversación por el rumbo más seguro y a la vez atropellado de nuestra familia. —Vino, debe estar en su habitación contándole a sus amigas cómo se sintió pasar unos días en una correccional de menores, así lo sintió vivir en la isla ministerial— elevo otra vez mis ojos hasta ponerlos en blanco, —Kitty es la hija a la que le podría regalar un unicornio y me saldría con que violo al menos cinco derechos de los equinos al dárselo como mascota…— suspiro. Paso una mano por su nuca para masajear esa zona donde acumula gran parte del estrés que pasa en la alcaldía y si no fuera por el pastel que nos mira desde la mesa de luz, nada en mi pregunta sería fuera de lo normal en nuestra rutina. —¿Qué hiciste estos días? ¿Nos extrañaste?— pese al plural, espero que no se le pase hacerlo en singular cuando conteste.
Ingrid C. Helmuth
Ingrid C. HelmuthProfesor del Prince

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Mensaje por Konstantine P. Romanov el Mar Dic 15, 2020 5:44 pm

Separo los labios para defender el pastel, porque está claro que metí el dedo para probar la crema y no me sabe mal, pero vuelvo a cerrarlos en cuanto me doy cuenta de lo que su actitud significa. Mis ojos siguen el recorrido del plato, ese que pasa por delante de mí como una alarma encendida, en lo que apoyo una mano sobre su rodilla y la otra en su espalda baja para tomar una postura casual — Creo que no hace falta. No puede estar tan malo, ¿o sí? — ya, sé que me estoy subiendo a la ola de una mentira que no voy a poder sostener por mucho tiempo y me pregunto, de verdad, si no es momento de ser francos con algo que de seguro nos mete en una discusión. ¡Que yo no he hecho nada! Sí, acepté un pastel. No, no le puse freno a un coqueteo inocente que vamos, yo no he respondido, que no me daba la cara para asumir cosas y detener a la mujer por miedo a malinterpretarla. ¿Eso me hace un marido pecador? Pues no.

Al menos puedo reírme de la imagen mental que me regala de Kitty, a quien puedo ver con claridad haciendo un escándalo adolescente entre las paredes de su dormitorio — ¿Quieres que probemos tu teoría y le consigamos un unicornio? Ya tiene un perro, un fantasma, uno de esos sería como el menor de los problemas… — me mofo de nuestro propio cuadro sin poder contenerme, tuerzo los labios en una sonrisa y aprovecho a rozar el contorno de su cuello con la punta de mi nariz en un gesto que, después de tantos años, creo que se ha tornado más cariñoso que deseoso. Casi puedo olvidarme del pastel amenazante en la habitación cuando empieza con los masajes, esos que me producen el entornar los ojos en claro disfrute. Algo en mi garganta suena como un ronroneo — ¿Es un poco cruel decir que es la primera vez en mi vida adulta que estoy en una casa solo? Se ha sentido muy extraño y hasta he disfrutado comer en el horario que quiera, pero es imposible no extrañarlas. La casa se siente mucho más grande — con dos hijos menos bajo el mismo techo el ritmo ha cambiado, pero esto ya se ha ido al otro extremo. Ante lo otro, solo me encojo de hombros sin mucho interés — ¿Qué pude haber hecho de diferente? Conoces mi rutina, Didi — cada vez más perezosa, debe ser cosa de estar caminando hacia los cincuenta.

Tengo una idea — es probable que esté en medio de un escape improvisado, de esos que buscan llevarnos a un terreno donde los dos estemos cómodos y no tenga que preocuparme por continuar bailando sobre un tema que estoy evitando a toda costa — ¿Por qué no nos olvidamos del pastel, de Kitty y de los unicornios por esta noche y salimos a comer algo? Solo tú y yo — la manera en la cual ensancho la sonrisa y muevo mis cejas hacia arriba evidencia que estoy tratando de que sea una propuesta tentadora, hasta apoyo mi mentón en su hombro y todo — Confío en que es lo suficientemente mayor como para no quemar la casa y ordenarse algo para comer, mientras nosotros nos ponemos al tanto de lo que nos hemos perdido del otro en estos días. ¿Qué te parece? Como en los viejos tiempos.
Konstantine P. Romanov
Konstantine P. RomanovAlcalde Distrito 2

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Mensaje por Ingrid C. Helmuth el Sáb Dic 19, 2020 11:58 am

Está fatal— repito, —si lo comes conseguirás una indigestión de la que no podrás recuperarte por días— insisto en los males de ese trozo de pastel que está al alcance, cuando está claro que no estamos hablando del pastel, ¿verdad? No hace falta que me ponga a hacer advertencias sobre lo que no ha ocurrido, ni va a ocurrir, porque basta con tomar un pastel para dejar en claro ciertas condiciones de un matrimonio que tiene sus buenos años como para que cada tanto estas cosas se repasen. No, en realidad no debería ser así. Si hace falta un repaso es porque pese a todos estos años, la inseguridad persiste por culpa de algo que sucedió hace veinte, como si no pudiera dejarlo atrás, quizás esas cosas nunca se dejan atrás. Puede que los matrimonios son las únicas relaciones en las que las cosas buenas no cubren a las malas, ambas quedan ordenadas en dos listas paralelas y cuál tomamos dependerá del momento en el que nos encontramos. Nosotros nos hallamos en el que seguimos mirando y enumerando las cosas buenas, no es algo que quiera que cambie, menos por un pastel feo.

No, no gracias. No quiero traerle un unicornio y tenerla manifestando delante de la casa con sus amigas, haciendo una huelga de hambre para armar escándalo— freno su intención de regalarle una de estas criaturas, es Kostya, es capaz de traerle dos unicornios y un aethonan. Y si él se los trae, seguro que Kitty diría que es el mejor regalo de Navidad atrasado. Pero soy yo la que luego tendría que lidiar con tres equinos en el patio, cuidando que se alimenten bien, que no pisen las plantas, que no echen la medianera con la vecina. Katerina es la única de nuestros hijos que nos plantea este desafío de que la infancia y la adolescencia puede salirse totalmente de lo convencional, no creo que haya revistas o artículos en internet que nos sirvan de guía para saber cómo tratar estos caprichos suyos, lo aplicados que fuimos con la crianza de Alexa y Luka no sirve para saber cómo criar a un hijo menor. No debería culparlo si estos días se tomó como unas vacaciones de los gritos que solemos intercambiar con Kitty, yo en el rellano de la escalera y ella antes de estampar la puerta de su habitación. —Tendremos que volver, entonces. ¿Para qué queremos dos casas que se sienten grandes?— pregunto, las casas grandes con espacios vacíos alientan a ciertas personas a querer meterse en estas, por algo los matrimonios viven juntos y no seré quien rompa esa norma. —Pasaré por la mansión ministerial cada tanto entre semana— decido, —no nos moveremos de aquí que tienes la alcaldía— su lugar de trabajo, más que el mío, es el que está sujeto a un territorio. El mío abarca todo Neopanem y vivir en la isla ministerial es algo que puedo hacer parte de mis obligaciones dentro de la agenda de ministra, pero no le daré parte del tiempo que siempre he dedicado a mi familia.

Tendría que ponerme a ordenar las prendas que restan sobre la cama, pero permanecer en lo cómodo de estar sentada en su regazo, con mis dedos aun revolviendo algunos de sus mechones sobre la nuca, se me hace tan necesario como colgar perchas en el guardarropa o volver a dormir en mi lado de la cama, quiere decir que seguimos ocupando los lugares de siempre en la vida del otro. No, no tengo que tomarme una invitación a cenar que rompe un poco con nuestra cotidianeidad como alarma, me prohíbo mirar el pastel por si es la amenaza silenciosa que nos acecha cerca y nos hace querer volver a los viejos tiempos. —Podría quem…— mi miedo a lo que podría ocurrir de encontrarse Kitty sola en la casa, es silenciado por su voto de confianza a que eso no pasará. —Podríamos hacerlo porque sí, no sé si sea bueno evocar los viejos tiempos y tratar de recuperarlos con una cena— murmuro, mis ojos bajan al agachar mi cabeza así evaden los suyos, mis dedos se deslizan por un lado de su cuello al dejar de acariciar su nuca y se quedan ahí. —Los viejos tiempos no terminaron bien— le recuerdo, todas las cenas que compartimos, las fiestas a las que fuimos como recién casados, la alegría y la ansiedad del primer embarazo, el nacimiento de Lex como primera felicidad compartida, esos plenos viejos tiempos siempre me llevan al momento en que me sentí sola dentro de nuestro matrimonio y al día en el que tuve que confesarle que le había sido infiel. Para que lo dicho no quede como un comentario triste entre nosotros, tomo su boca para un beso breve. —¿A dónde quieres ir? ¿Crees que vuelvan a darnos una oportunidad en Paracelso?— pregunto con unas sonrisa recompuesta, —¿y si vamos a uno de los restaurantes con vista a la playa del distrito cuatro?
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Mensaje por Konstantine P. Romanov el Lun Dic 21, 2020 6:10 pm

¿No se supone que los ministros deben vivir dentro de la isla para mayor seguridad? Además del protocolo, claro — no quiero sonar como que la estoy echando porque sé muy bien que puede sonar mal, pero tampoco me parece bien que se ande saltando normas del gobierno solo porque no sabemos organizarnos como el matrimonio estable que se supone que somos. Algo que siempre hemos tenido en claro sobre el Ministerio de Magia es que adoran las normas y nosotros somos la clase de familia que debería dar el ejemplo para que el resto las persiga — Puedes quedarte allí en la semana, yo iré a hacerte compañía. La aparición puede facilitar las idas y venidas al trabajo — aventuro — Ya los fines de semana serán para nosotros y el distrito dos. ¿No te parece un poco más lógico? No quiero ser el responsable de que la ministra de defensa no se encuentre en su mansión lujosa solo porque extraño el soltar mis ronquidos en su oreja — intento que suene como una broma, incluso cuando creo que es un tema un poco delicado para hablarlo con poca seriedad. Para nosotros, siempre es mejor dejar las cosas en claro.

Se me escapa una sonrisa de suficiencia cuando me doy cuenta de que ella misma tiene que tragarse las palabras cuando yo con las mías me adelanto al pensamiento fatalista — Es una chica grande — se lo recuerdo, no sé si porque en verdad necesita que lo haga o porque estoy buscando convencerme a mí mismo. Katerina es la única de mis hijos que parece enloquecerla y, al mismo tiempo, es la primera que me hace sentir un padre a tiempo completo. Ya no soy tan joven, ya no me encuentro preocupado por una carrera en ascenso y puedo verla como una hija y no una pequeña bomba a punto de estallar. Pensar en esos tiempos, por irónico que parezca, me hace creer que Ingrid ha seguido mi línea de pensamiento hasta echar un comentario que me hace flaquear la sonrisa — No — le doy la razón — Pero hicimos lo que pudimos con lo que esos viejos tiempos nos dejaron. ¿O no crees que estamos unos cuantos pasos más arriba de lo que fuimos? — sé que nuestro matrimonio no fue perfecto, que yo dejé huecos y ella los rellenó con las dosis equivocadas. ¿Pero no ha pasado mucho tiempo? ¿No decidimos que el camino debía continuar? Muchos me han llamado idiota por aceptar un perdón, pero siempre he confiado que hicimos lo correcto… ¿O no?

Toparme con su beso es una de esas cosas que me dicen que he decidido bien. Le regreso la sonrisa con labios cansados y me tomo un momento para pensarlo, doy un pequeño golpecito en su muslo al apoyar allí una de mis manos — Hace un poco de frío para ir a la costa, pero si encontramos un sitio con una buena vista y buena calefacción, no veo por qué no — se lo concedo. El Capitolio puede ser el mejor sitio para gente como nosotros, pero creo que no tengo ganas de soportar miradas curiosas. Hoy debería ser para nosotros. Mis ojos se asoman en dirección al pastel que reposa sobre la mesa de luz, me obligo a distraerme dejando un beso cuidadoso en el extremo de su mandíbula — ¿Crees que deberíamos vestirnos para la ocasión? ¿O prefieres un lugar sin demasiado protocolo? — un nuevo beso en su mentón me deja cerca de la altura de sus ojos, a los cuales miro con las cejas vagamente arqueadas — Que nuestros hijos no digan que no sabemos divertirnos, por viejos que nos vean.
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Mensaje por Ingrid C. Helmuth el Miér Dic 23, 2020 1:15 am

La seguridad no me parece razón suficiente para separar a mi familia, si soy la única beneficiaria de esta y ustedes no— digo y no lo estoy contradiciendo, estoy aclarando cuál es mi punto en todo esto, no puedo poner el protocolo de mi trabajo por delante de nuestra cotidianeidad como familia, ni establecerme en un lugar donde estaré sola con mi familia dispersa por ahí. —Y si es cuestión de seguridad, ¿acaso no soy la ministra puntualmente de esa área? Seguridad va conmigo a todos lados— aprovecho para hacer una broma que relaje lo serio de la conversación. Respeto su trabajo como para no ser quien le imponga cómo deberemos readecuar nuestra vida al mío, que sea él quien me diga cómo le queda mejor organizar nuestros días es algo que lo tomo con un asentimiento de mi barbilla. —Ser ministra era algo que en verdad quería, Kostya— eso lo sabe, —pero fui esposa y madre antes de ser ministra, antes de eso también fui solamente Ingrid Helmuth. Sigo teniendo en claro cuáles son mis prioridades— murmuro, si bien esa no es la palabra que busco. Mis dedos siguen el arco de su oreja para acariciar las ondulaciones de cabello que se le forman tras esta. —Lo que es importante para mí— sigo, —y no es que mi trabajo no lo sea, porque lo es. Pero buscaré un equilibrio entre todo que no me haga sentir que por una cosa, debo abandonar otra, no tiene por qué ser así.

Con los años que tenemos, cerca de los cincuenta, con más vida compartida que la vivida cada uno por su lado, merecemos poder aspirar a ese equilibrio de las cosas que no ponga en crisis lo que tenemos y que nada tenga el poder suficiente como para hacerlo, ni un trozo de pastel, ni antiguos errores. Me empeño en mirar cada día lo que tenemos en el presente, que cualquier referencia al pasado me inquieta como si estuviera sintiendo el peso de una sombra sobre mi espalda. —Y por eso mismo, por todo lo que somos hoy luego de esos tiempos, me gusta más este que aquellos…— digo, acerco su rostro al colocar la palma de mi mano sobre el corte de su mandíbula, —pasamos por tantas cosas, que el haber podido tener y cuidar esto, me da más alegría que la que podría haber sentido cuando lo comenzamos— apoyo mi frente contra la suya, la punta de mi nariz rozando también la suya en una caricia al cerrar los ojos por unos segundos. Por todo lo pasado, con sus buenas disfrutadas, con sus malas superadas, es que me reafirmo en este momento con un beso que todavía podemos compartir y espero que mi esfuerzo de cada día valga para seguir cuidando esto que solo nosotros sabemos que costó tanto.

Es posible que haya pocas personas por el frío, así que es aún mejor— opino. Paso mis brazos por su cintura para abrazarlo al mencionar la temperatura que nos espera fuera, es cierto lo que se dice que al ser joven lo último en lo que se piensa es en el frío, cuando nos hace mayores puede volverse excusa para no visitar lugares a los que antes íbamos porque bastaba con echarnos una bufanda y taparnos las orejas. —¿Te das cuenta de lo cerca que estoy de la vejez que prefiero un lugar con poca gente a uno de los restaurantes del Capitolio con mayor concurrencia donde pueda presumir que voy a cenar con mi marido? Ve pensando dónde pasaremos nuestros retiro, porque no falta mucho…— bromeo, mis dedos sobre su mejilla vagan sin rumbo al dejar un beso en mi mentón. —Tendremos que vestirnos para la ocasión— anuncio, —tampoco estoy tan vieja para que dejemos de ser elegantes—. Lo bueno de que sea alcalde es que el esmoquin lo tienen siempre listo por si se requiere, a mí no me costará nada elegir algún vestido de los muchos que cuelgan en el guardarropa porque es un gusto personal, aunque mi propio trabajo nunca brinde la ocasión de usarlos. Respondo con una sonrisa a su expresión picara y desciendo mis labios a su cuello para secundar sus palabras, dejo un par de besos lentos sobre su piel. — Kostya…— ronroneo su nombre al apoyar mi mano contra el otro lado de su garganta y alzar mis ojos claros hacia los suyos, —¿quién te trajo el pastel?
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Mensaje por Konstantine P. Romanov el Dom Dic 27, 2020 1:26 am

Hubo un momento en el pasado en el cual pensé que no tendría lo que poseo en el presente. Creí que la única opción que me quedaba era la de ser un padre soltero, cuidando de una bebé siendo yo demasiado joven como para asimilar esa responsabilidad y creyendo que mi esposa había decidido que no valía la pena. En la actualidad, es diferente ver las cosas en retrospectiva. Cada decisión tomada, cada camino que anduvimos en pareja o como individuos, incluyendo los errores… Hay un retrato familiar que se construyó de esa manera, se dice que solo tenemos una vida y lo que hacemos con ella es único, no hay manera de ir hacia atrás y cambiar las cosas. Lo que tengo, por mucho que doliera a veces, es algo que me enorgullece poseer. El roce de su nariz me hace sonreír. Esa es mi única respuesta al asunto.

¿Ves? Aunque es un poco triste. ¿Dónde quedó nuestro espíritu joven que decía que el frío no importaba cuando se trataba de pasarla bien un poco? — me burlo de nosotros y los años, ya que estamos, porque puedo hacerlo. Que ella lo confirme con sus palabras me hace reír por lo bajo, acomodo el modo que tengo de sostenerla con mis manos a su alrededor y doy un asentimiento — Hay un par de casas de retiro bastante aceptables que podemos empezar a mirar… — acoto con divertida ironía — Didi, tú no dejarías de ser elegante ni aunque tuvieras ciento cincuenta años — más allá de que suene a una broma, en verdad tengo la sospecha de que sería capaz de organizar hasta su propio funeral e indicarnos con qué prendas enterrarla, solo para asegurarse que su entrada al más allá sea digna de la mujer que supo ser en vida.

No puedo decir que nuestra vida íntima sea la misma que hace algunos años, pero aún sigo respondiendo de forma dócil cuando sus labios se manejan con naturalidad por la piel de mi cuello. Tengo la barbilla en alto para darle el espacio, aunque la pregunta que suelta me hace abrir los ojos tan grandes que tengo miedo de que se me caigan de la cara. Acabo soltando una risa que se debate entre ser nerviosa y culposa, incluso me encojo entre mis hombros cual niño atrapado en una travesura — Jamás voy a hacer que algo se te escape, ¿no es así? — le pregunto. Está claro que el tono de mi voz es conciliador — Antes que nada, voy a dejarte en claro una cosa: No tienes nada de qué preocuparte — sé que suena a que me estoy defendiendo antes de lo necesario, pero prefiero dejar las cosas claras — ¿Recuerdas a Samantha Tipton? — lo chequeo con la mirada, tratando de encontrar algún signo de reconocimiento de la mujer de la cuadra siguiente. Me ahorro el describirla, que no hay nada en su aspecto físico que pueda servirme de utilidad en un momento en el cual trato de probar mi inocencia — Lo trajo a casa pensando que me vendría bien comer algo dulce después de tanto trabajo. Me pareció un buen gesto, eso es todo — obviemos que fue la tercera vez en dos semanas que tocó el timbre, pero los detalles me los guardo. Yo conozco mi inocencia, el problema es que cuando los ojos no ven, la cabeza imagina.
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Mensaje por Ingrid C. Helmuth el Mar Dic 29, 2020 12:00 pm

Si no fuera por la aclaración que hace de entrada para atajar sospechas que no tienen fundamento real, otra sería mi reacción que como gesto más calmo tendría el de arrojar ese pastel por la ventana, dejando que el plato se haga trizas en el césped de nuestro jardín. —Si hubiera algo de lo que debería preocuparme, ¿me lo dirías?— el cuestionamiento sale de alguna parte de mí, que no alcanzo a callar, pese a que en su confesión tengo la prueba de que puedo confiar en él. Si lo negara, si se mantuviera en silencio, no sería más que indicios de que algo oculta, si puede hablar de ello y darme nombres es porque no descubriré nada malo en caso de investigar. Sé bien donde queda la casa de Samantha Tipton si quisiera ir a indagar, por esta ocasión creo que bastará con llevarle un pastel de mi parte y darle las gracias por su gesto amable, pero innecesario como vecina. Paso mi mano como una caricia por su nuca al ponerme de pie, desde mi altura bajo la mirada hacía él. —Un gesto muy dulce, ¿no?— esbozo una sonrisa burlona, libre de enfado. —Eso es lo que pasa cuando una se ausenta de la casa, ¿lo ves? Deja vacíos que vecinas creen que tienen que venir a llenar con postres y amabilidad— intento que sea una broma, no suena así, relamo mis labios al probar el sabor amargo que me dejan esas palabras.  

Si así están las cosas por haberme ido unos días, trato de que vuelvan a su lugar al cruzar la habitación, para ir hacia el guardarropa a desprender perchas con vestidos y guiarlos con mi varita hacia la cama donde van encimándose. —Samantha Tipton es la que pasa todos los días por la casa al correr por el barrio, ¿justo cuando sales para la alcaldía? ¿Cuántos años tiene? ¿Treinta y cinco?— pregunto, alzando mi voz para que pueda escucharme desde el interior del guardarropa. —Y yo haciendo planes de retiro contigo por estar viejos…— apunto, más razones para escoger un buen vestido, que quede claro y a la vista que con quince años más, no tengo nada que envidiarle a una mujer como Samantha. Todos los matrimonios cuando llevan tanto tiempo como el nuestro seguramente se enfrentan a estos miedos, los años compartidos nos acercan a la idea de que estamos mayores para ciertas cosas, atravesamos etapas y alcanzamos las más cómodas, lo malo es que comodidad no siempre puede competir con la emoción de las primeras, en que lo nuevo es excitante, lo poco que se sabe de la otra persona es lo que atrae, todo lo que se siente es una venda sobre los ojos que nos impide ver cómo son las cosas en verdad. Y cuando el miedo a ese típico error que cometen muchos matrimonios de décadas, sería también legítimo por equipararse al mío, no hay manera de que alguien me convenza de que abandone mi casa.

¿Qué te parece este?— pregunto con la percha de un vestido en un tono de azul cobalto en alto al salir del guardarropa para ir hacia el montículo de las otras prendas, de las cuales saco otro de una tela borgoña con una caída con más vuelo de su falda, me las pruebo ambas colocándolas por delante de mi pecho para que pueda darme su opinión. —Cuando nos casamos, mi madre me dijo que el lugar de una esposa es al lado de su esposo— cuento, por lo que llegó a conocer de ella, le habrá quedado en claro que mi madre tendía a hacer esas sentencias de comportamiento. Tomo el ruedo de mi camisa para sacármelo por arriba de la cabeza sin la demora que implicaría desprender los botones, y con el mismo apremio del tiempo, tiro del pantalón del traje para quede como un charco alrededor de mis pies que libero de los zapatos al agacharme. —Mi padre, en cambio, me dijo que al casarte eliges a quien tener a tu lado—  me interrumpo para pasar el vestido azul cobalto por mis brazos y colocármelo así puedo comprobar cómo me queda delante del espejo de pie. —…Y que un matrimonio es la promesa de permanecer juntos, uno al lado del otro, encontrar al otro en el lugar que le corresponde cuando lo buscas— tanto preludio para dirigirle una mirada culposa al añadir: —Y nunca nada bueno ha salido de ausentarse de esos lugares—. Descarto el vestido al sacármelo y lo lanzo a la cama con el resto, tomando de paso el borgoña para doblarlo sobre mi brazo cuando me acerco a Kostya. Mis dedos vuelven a tomar su mentón para darle un beso rápido. —Ve a buscar tu esmoquin, celebraremos que he vuelto a casa— a ocupar mi lugar. Dejo una caricia sobre su mejilla al apartarme para ir hacia el baño y cierro la puerta a mi espalda deseando que mi única preocupación, con motivos reales para sentirla, sea si vamos a encontrar la casa intacta y no hecha cenizas cuando regresemos.
Ingrid C. Helmuth
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If you keeping your promise, I'm keeping mine · Kostya Empty Re: If you keeping your promise, I'm keeping mine · Kostya

Mensaje por Konstantine P. Romanov el Mar Dic 29, 2020 10:56 pm

Por supuesto que sí — por extraño e hipócrita que suene esto, en verdad se lo diría. Está claro que yo no creo que una visita casual de una vecina pueda ser preocupante, porque la verdad está en que yo no he tenido segundas intenciones para con ella y creo que lo importante es lo que yo haga. Cuando uno es joven, los temores de los celos son un problema, pero con el tiempo acabas aprendiendo que el mundo entero puede mirar a la persona que tienes al lado, porque si al final eres tú quien se la lleva a casa, eso es todo lo que importa. Eso es lo que hace que me ría cuando hace su comentario burlón y me encojo de hombros como quien no quiere la cosa — Los postres que más me gustan son los que nuestra hija cocina para ambos. Mientras no se propase, creo que podemos abusar de su amabilidad. ¿Qué tiene de malo un pastel? Alguien usó tiempo en hacerlo y dudo mucho que contenga amortentia — creo que ya estamos viejos para ese tipo de pócimas.

Me muevo en la cama sin necesidad de levantarme, lo que me permite ir girando la cabeza para ver la resolución que la ha llevado a meterse en el guardarropa — ¿Alguna vez me he quejado de tu edad? — aunque sueno divertido, mi pregunta es real. Me pongo de pie para terminar de desabotonar mi camiseta en un intento de sentirme más cómodo en casa, en especial porque sé muy bien lo que sigue: deberé dejar de ser el hombre de la oficina para volverme el sujeto de la cena y no hay manera de que las prendas que tengo ahora puestas me sirvan para esa misión — Samantha puede ser una mujer más joven y todo lo que quieras, pero hace tiempo he aprendido que me atrae más la experiencia que la juventud. Además… ¡Ni que fuésemos momias! — aún no entramos en una edad complicada y nadie puede decirnos que nos vemos mal. ¡Ni siquiera hay tantas arrugas y apenas tengo que usar los anteojos! Sí, hay algunas canas, pero no lucen tan mal.

Estoy lanzando la camisa sobre la cama cuando su pedido de opinión me hace volver a mirarla — Precioso — le aseguro. No puedo evitar la necesidad de rascarme la panza, esa que no está tan plana como supo estarlo hace algún tiempo en lo que, con aire pensativo, me guardo las palabras que está escogiendo para hacerme receptor de su mensaje. Mis labios se separan con intención de hacer una acotación, pero su beso me interrumpe y no puedo hacer otra cosa que sonreír un poco — Cariño… ¿No confías en mí como para dejarme solo? — es una pregunta sin enojo, pero sí con curiosidad. Me permito el dejar un beso cariñoso en su cuello antes de alejarme de ella, doy los pasos que me llevan hacia el armario para empezar a quitarme lo que queda de mi ropa, que ni tengo que buscar el esmoquin porque sé exactamente dónde está — No importa en qué casa nos encontremos, si es juntos o separados. Sé muy bien a qué me comprometí cuando me casé contigo. ¿O en verdad me crees capaz de irme con la primera mujer que me ofrece un poco de pastel? — descuelgo la camisa blanca impoluta para pasar mis brazos por las mangas, empezando a abotonarla con sumo cuidado — Quizá no lo digo muy seguido, tal vez no soy el marido más atento en este país, pero eso no significa que no te ame, Didi — acomodo la pechera, listo para hacerme con el pantalón.
Konstantine P. Romanov
Konstantine P. RomanovAlcalde Distrito 2

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Mensaje por Ingrid C. Helmuth el Mar Ene 05, 2021 4:16 am

¿Por qué deberíamos aceptar y agradecer algo solo porque usó su tiempo? Cuando es tiempo que le corresponde ocupar en otras cosas en vez de ser amable con su vecino casado— apunto, en mis treces sobre todo lo que tiene que ver con esta Samantha que controla los horarios de mi marido y también se toma el trabajo de hacerle postres, ¡por favor! Kostya podrá ser un hombre capaz de poner una sonrisa hasta a una esfinge, pero yo no y no andaré dejando que las esfinges se aprovechen de lo que para él no pasa de ser un gesto de amabilidad. No andaré haciendo caridad con pedazos de atención de mi marido, ¿por qué? ¿Qué me obliga a hacerlo? ¿Por qué tengo que dejar que las Samanthas del mundo sigan llegando a mi casa con bandejas de comida? Es un arrebato estúpido, nadie tiene que señalármelo como para darme cuenta, estoy teniendo un berrinche similar al de novia celosa de quince años, que la pregunta sobre mi edad pone en conflicto mi estado mental en este momento y los años que demuestro. —No, pero eso no quiere decir que no tengas alguna queja, quizás solo no me la has dicho— contesto, lo hago un comentario de humor para que no sienta que estoy siendo innecesariamente incisiva esta noche, sobre cuestiones que no merecen una discusión entre nosotros, al final de cuentas, tenemos casi la misma edad. —Buena elección, la juventud sigue un camino finito, la experiencia en cambio no hace más que subir cuesta arriba…— acoto, es todo lo que necesito para relegar a una vecina inoportuna como una preocupación secundaria.

Sostengo la puerta del baño con mis dedos para responder a la pregunta que me hizo, apenas si me fijo en las prendas que saca del guardarropa. —¿No conoces la frase que dice que no es que no confíe en ti, no confío en el resto?— trato de que sea una broma, lo acompaño con una sonrisa. —Un pastel es solo el comienzo, las personas cuando deseamos algo podemos llegar a ser muy persistentes y si hay oportunidades por tomar, las tomamos. Lo haces tú, lo hago yo, lo hacen todos. No se trata de promesas, ni de confianza. Si no se cuida lo que se tiene, alguien más ve la oportunidad de tomarlo…— explico, tan claro como yo lo veo. Pero lo que no me atrevo a poner en mi boca, luego de tantas cosas que dije en esta charla, no sea cosa que lo malinterprete, es que el amor nunca ha sido garantía de nada. Se ama también en el momento de lastimar a la otra persona, se ama cuando se rompe una promesa, se sigue amando cuando se pide perdón con el daño hecho. No puedo decir tal cosa cuando su amor es lo que me ofrece como una verdad que pretende espantar todos los miedos que puedan surgirme de tener a alguien acechando sobre nuestro matrimonio, y le creo, es honesto como nadie al asegurar que eso es lo que basta para seguir dando larga vida a los votos que hicimos cuando nos casamos. —Lo sé— contesto, mi voz cayendo varios tonos, —lo tengo presente todos los días— agrego, —y también lo hago. Quiero que eso baste, para nosotros y para los demás, que nadie crea que hay un hueco por el que pueda meterse…— trato de disfrazarlo una vez más como un chiste que no llega a ser tal. —Así que no quiero ver ni una sola arruga en tu esmoquin, esta noche no cabrán ni las dudas entre nosotros, seremos una pareja formidable— suavizo mi sonrisa, —aunque no estemos más que tú y yo— aclaro, para que sepa que no es otra pose que pretendo mostrar, sino lo más auténtico que siempre hubo entre nosotros. —Encárgate de rogarle a Kitty que no queme la casa mientras termino de enlistarme— y con eso cierro la puerta del baño.
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