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Mensaje por Anne Ruehl el Mar Nov 10, 2020 3:47 pm

30 de diciembre, 1 am

«Es el juego de los reyes», solía decir mi padre con una sonrisa arrogante cuando le mostraba a mi hermano la estrategia de cada movimiento de las piezas sobre el tablero, yo los escuchaba desde el sillón en el que estaba con las piernas recogidas bajo mi cuerpo, leyendo un relato policial llamado Zugzwang en el que dos rivales desarrollaban una partida de ajedrez por correspondencia, y cuando uno de estos logró anular todos los movimientos posibles de su rival, encerrando al rey, el juego terminó cuando éste fue a asesinar al otro. Nunca jugué con mi padre, él ignoraba que conociera las reglas, pero mi hermano necesitaba practicar con alguien porque ganarle una partida a nuestro padre era otra prueba más de carácter.

Y así fui aprendiendo a jugarlo, moviéndome entre las líneas medias de los casilleros, ni blanco, ni negro. Todos en sus posiciones al comenzar la partida, pero explorando el tablero a lo largo de esta, moviéndose, a veces llegando a ocupar el mismo lugar que sus rivales. Es la misma silla de madera, la misma mesa firme, la misma sala reservada que en este bar ofrecen a quien paga bien por un poco de privacidad, lo único que cambia es la marca del whisky, tengo el detalle de nunca comprarles la misma marca. Pero la silla que ocupa Magnar Aminoff es la misma en la que hace unas semanas estuvo sentado Hermann Richter, si se lo dijera espero que le encuentre tan gracioso como yo, lo que quiere decir es que simplemente el tablero ha vuelto a cambiar. Para mí.

Con la puerta cerrada queda fuera el murmullo de los delincuentes de poca monta que vienen a gastar los galeones que le dan sus jefes en alcohol de una calidad mejor a la que se sirven de las zanjas en el norte, es de los pocos bares que tiene una estantería casi llena de licores detrás de un mostrador antiguo que se ha manchado de sangre más de una vez por algún disparo en un altercado, que se ha limpiado con el mismo trapo con el que se limpian las copas. Esas rencillas no traspasan las paredes oscuras del reservado, donde golpeo el borde del cenicero para que caiga la colilla del cigarrillo que vuelvo a llevar a mi boca cuando sonrío hacia el hombre con el que comparto mesa. —La elegancia del té inglés no llega al norte,— me disculpo por todo lo que está a mi alcance ofrecerle en esta ocasión de reencuentro, —ambos lo sabemos bien—. Coloco mi codo en el respaldo de la silla para poder echarme hacia atrás y que mi mano me sirva de apoyo al enredar los mechones cortos de mi cabello entre mis dedos. —Te deje una nota en tu escritorio, ¿la encontraste?— susurro.
Anne Ruehl
Anne RuehlCiudadano

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Mensaje por Magnar A. Aminoff el Mar Nov 10, 2020 7:04 pm

Encuentro muy irónico todo esto. El norte es un lugar que conozco como la palma de mi mano y, aún así, sé muy bien que soy la última persona que la mayoría en este sitio espera encontrarse por aquí; o, en todo caso, si buscan verme es para lanzarme un maleficio, pero eso es otra cosa. Las noticias de los últimos días aún se encuentran frescas, siento que el acomodarme en este asiento y olfatear el humo que sale de su boca es una burla a mi propio sistema. Por mi parte, no consumo nada. Son mis ojos los que se clavan en su semblante como si se tratase de un puzzle de lo más complicado, mientras que mis brazos continúan cruzados sobre mi pecho y la espalda la he recargado contra mi asiento, tal y como si de esta manera pudiera medirla mejor. Me gustan las personas opacas, siempre he pensado que son un desafío mucho mayor que el resto de los mortales.  Le sonrío, pero no le muestro los dientes. No todavía — El té me parece agua pomposa, así que no me verás quejarme de ello — mi mirada se pasea por los mechones de su cabello, ese que ella acomoda con toda la calma del mundo — ¿Nuevo corte?

Apenas se escucha mi risa, esa que nace entre dientes y hace que mi pecho vibre por un instante — ¿Cómo no iba a encontrarla? Aprecio que te hayas tomado las molestias… ¿Cómo se supone que debo llamarte ahora? — me rasco el mentón, despego la espalda del asiento y recargo el peso de mis brazos sobre la mesa — Aunque debo decir que me rompiste el corazón. Pensé que lo que teníamos era algo especial y decidiste dejarte morir… ¿A manos de Hermann Richter? — la manera que tengo de menear la cabeza se debate entre la incredulidad y la diversión — Vaya época para decidir el hacerte un paso al lado. Lucimos incluso más incompetentes que antes.

Aún no puedo comprender cómo es que fueron más listos que nosotros, cómo consiguieron utilizar magia que el ministerio aún no ha sido capaz de descifrar sin obtener resultados desastrosos en el departamento de misterios. La manera en la cual por fin decido beber de mi vaso, deja en evidencia lo necesitado que ando de algo fuerte en mi garganta — Estoy triste, querida — con un tono neutral, clavo el codo en la mesa y elevo mi bebida delante de mis narices. El color del whisky parece destellar, gracias a la luz tenue de la habitación — Pierdo a mis mejores mujeres en la nómina, mis enemigos guardan silencio y no me dan ninguna satisfacción, tuve que matar a mi hermanita… Una desgracia.
Magnar A. Aminoff
Magnar A. AminoffPresidente

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Mensaje por Anne Ruehl el Jue Nov 12, 2020 3:14 am

No necesitas ningún nombre, ¿para qué me llamarías? Si de todos modos no responderé— contesto con una sonrisa que se acentúa en mis labios, haciendo de algo cotidiano una oportunidad para remarcar las nuevas posiciones, reacia a que mis viejos jefes hagan abuso del nombre de «Anne» creyendo que con murmurarlo, voltearé mi mirada hacia ellos. Nuestra conversación privada en el casino ha quedado demasiado atrás a la luz de los hechos recientes, en ese entonces eran otros los puntos a dejar en claro por la posición que ocupaba, en esta ocasión puedo tomar la alusión a ese supuesto vínculo especial que compartimos como la broma que es y contesto con el mismo tono jovial. —La peor traición, la imperdonable infidelidad de que entre todos los hombres posibles, haya acudido al enemigo para que haga el favor, esta vez de mi propia muerte.

Yo le dije que bien podríamos asesinarlos, él me dijo que no. Eso es lo que pasa cuando decides conservar ciertas piezas, estas se siguen moviendo y surgen giros impensados como los que nos colocan en esta habitación al día de hoy. —Magnar, ¿por qué eres el primero en desacreditar así a tu departamento de seguridad?—  pregunto, el humo del cigarrillo se desprende de mis labios con un largo suspiro. Su repaso de pérdidas y muertes me da tiempo a otra calada, sus preocupaciones como presidente han dejado de ser parte de mi agenda y aun así lo escucho, se ha tomado la molestia de venir hasta aquí, es lo menos que puedo hacer. —La isla resistió al ataque repentino de Kendrick Black y Hermann Richter, aliados en tu contra. Estas vivo para contar la anécdota, fueron reducidos, tuvieron que escapar. ¿Murieron personas? Siempre mueren personas—  ni él, ni yo, vamos a ponernos a llorar sobre lápidas.

»Pero la pelea se definió a nuestro favor, no ayudas a la publicidad de tu propio ministerio, si eres el primero en poner en tu boca desprecio hacia el departamento, tómalo como un consejo añadido a mi renuncia—  cambio mi postura en la silla para doblar los brazos sobre la mesa, así mi rostro queda bajo el foco de luz sobre la mesa y lo puede ver sin sombras. —Te hace sonar derrotista, querido— susurro así mi voz toma su tono de confidencia, —y eres las palabras que usas, cómo hablas es cómo te verán. Por fuera de los discursos públicos que puedas dar, ten cuidado también con las palabras que usas en los espacios privados, son los que en verdad te definen— acabo mi recomendación en tono bajo con otra sonrisa que le demuestra que es un consejo con buena intención, de los últimos que aprovecho a dejarle en esta charla de despedida. —Me fui en el mejor momento, con el departamento de seguridad sin bajas, están un poco más convencidos que ayer de que pueden hacer frente a esta guerra—  recupero el tono normal de mi voz al enderezar mi espalda otra vez. —El momento para que alguien competente ocupara el puesto, en todo momento fui alguien que solo estaba de paso, más tarde o más temprano iba a morir— digo, lo único que cambió es que esa muerte predecible, sucedió en otros términos. —Fue como me conociste, no podías esperar algo diferente. Me piden que haga algo, lo cumplo, desaparezco. Me marché en el momento en que me di cuenta que ya no podía seguir cumpliendo con lo que me pediste, así que di el trabajo por terminado, a la larga una sabe reconocer el mejor momento para irse.
Anne Ruehl
Anne RuehlCiudadano

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Mensaje por Magnar A. Aminoff el Vie Nov 13, 2020 7:44 pm

Hablo de por qué nombre llamarte, no de tu número de teléfono — le contesto con un tono ligeramente cortante, que no voy a ir por ahí hablando de ella como si fuese un fantasma, no cuando los muertos no me asustan y, mucho menos, me inspiran respecto. Hay pocas personas que se ganaron el derecho de no resultarme descartables, he aprendido muy bien que en este tipo de juegos no puedes esperar a que todos terminen de pie y, cuando el tablero se defina, sólo unos cuantos continuarán respirando. Esto no aplica a ella, con su manía de dejar de existir cuando sé bien que anda paseándose por mi país como si pudiese tener el derecho a hacerlo. Ella creerá que no, pero me debe unas cuantas cosas y no se lo voy a dejar pasar así como así. Me gusta cuando la gente cree que ya ganó, los vuelve completamente estúpidos y confiados.

La manera en la cual voy ladeando la cabeza hasta mirarla como un cachorro curioso deja en evidencia que estoy empezando a divertirme con esto, en especial cuando se me va curvando la sonrisa hacia uno de mis costados — Tendré que enseñarte a percibir el sarcasmo, Rebecca — murmuro con gracia — Sé que las personas mueren todo el tiempo, fui el primero en aceptar que lo del distrito nueve fue una derrota y he decidido actuar en base a ello. Conozco muy bien el uso de las palabras, estoy donde me encuentro gracias a ellas — doy un nuevo sorbo y vuelvo a dejar el vaso, relamiéndome con lentitud — Aunque sí me llama muchísimo la atención de cómo es que sucedió esa alianza. Verás, no veía a Hermann como alguien que haría negocios con un niño. ¿Quién crees que buscó a quien? — ¡Y me dejaron afuera de sus reuniones! Que descarados. Ni una oportunidad de contraoferta, una lástima.

Oh, claro. Las ratas del norte siempre seremos ratas del norte. Terminamos de roer y nos movemos hacia el siguiente objetivo — no voy a culparla sobre ello, conozco muy bien cómo funciona la mentalidad de las personas que recorren estas calles, yo mismo me manejé bajo esas mismas leyes por mucho tiempo y, cuando fue necesario, las torcí a mi favor. Lo bueno de ser perseverante en un mundo de cobardes, es que siempre acabas por llevar la delantera — ¿Sabes en qué fallaste, querida? — me recargo mejor contra la mesa, de manera que puedo sonreírle casi que hasta con dulzura — Te pedí que me trajeras algunas cabezas a mi escritorio y esas personas siguen respirando.  Me importa una mierda que uniforme uses, qué placa se luzca sobre tu pecho, qué nombre decidas utilizar… Pero una promesa es una promesa y sabes que soy muy bueno cobrándome deudas. ¿Qué piensas hacer ahora? ¿Vivir una vida como si no me debieras absolutamente nada? — la sonrisa se ensancha, mis ojos se achinan un poco — Te tengo aprecio, pero sabes que no es mi estilo. En mi tablero, solo hay dos equipos y quien no quiera mover sus piezas conmigo, es el enemigo.
Magnar A. Aminoff
Magnar A. AminoffPresidente

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Mensaje por Anne Ruehl el Sáb Nov 14, 2020 12:19 am

Cuando te pones serio— murmuro, la sonrisa aun cubriendo toda mi boca, —serio por no decir algo distinto…—, de necesitar un nombre para llamarme, agradezco que se le haya dado por el de «Rebecca». Cada quien obtiene lo que busca, acude la persona que ha sido llamada. —Me das la satisfacción de saber que he dicho algo que, aunque no fue mi intención, te afectó— lo digo con mis ojos puestos en su rostro, echando un poco más de colilla dentro del cenicero. Puede que lo niegue, que me diga que tiene experiencia en esto como para que cualquiera lo afecte o que incluso crea que es vanidad mía, cuando a diferencia de muchos, he reprobado siempre la subestimación que se hace de las personas que se tienen enfrente, así que es lo que menos hago, yo no lo subestimo a él.  

Se percibe en el aire encerrado en esta habitación como su tono en la conversación ha cambiado, a la jovialidad que demostró en un inicio le sigue un humor rancio, así que supongo que no hay cabida para consejos de despedida en esta renuncia, más allá de que me haya dicho una vez que prefiere a las personas que le hablen sin tapujos, su actitud demuestra lo contrario y, así como yo se lo dije una vez también, se reconocer los límites de las personas para saber cómo moverme entre ellos. Así que lo dejo con su apreciación sobre las ratas, era algo distinto lo que quería decirle, pero que sea así como nos ve, habla más de él que de mí. Respiro del humo del cigarrillo que queda frente a mi rostro tras otro suspiro y espero a que termine de hablar, no era mi intención hacer de esta charla una discusión, pero con sus siguientes palabras creo que la intención de él es convertirla en algo mucho peor.

Con toda la calma que puedo encontrar en mí, conociéndome a mí misma de una manera en la que jamás un hombre que me exija cosas podrá hacerlo, vuelvo a colocar mis codos sobre la mesa y aplasto el cigarrillo dentro del cenicero, así mis manos quedan libres para moverlas en el aire. —Seré concreta contigo— digo, limpiando la mesa de sus palabras. —No pagaré las cuentas que vengan a exigirme a nombre de Rebecca Hasselbach— cuentas claras conservan la amistad, aunque esto parece ser todo lo contrario. Entrelazo mis manos para hacer descansar mi barbilla arriba de estas cuando lo miro a través de la mesa. —Yo no quiero ser tu enemiga, Magnar— susurro, no pierdo la tranquilidad en mi tono, —la pregunta es… ¿tú quieres ser mi enemigo? ¿Ese es el juego que quieres iniciar conmigo?
Anne Ruehl
Anne RuehlCiudadano

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Mensaje por Magnar A. Aminoff el Sáb Nov 14, 2020 5:10 pm

A veces, me siento muy decepcionado de las personas. Ya saben, cuando siempre tuviste en estima su inteligencia y capacidad de deducción, para acabar de darte cuenta de que en realidad son mucho más lentos y cuadrados de lo que te gustaría creer en un principio. Cuando mis ojos se clavan en el rostro de la persona que yo tengo recordada como Rebecca Hasselbach, en ellos no hay más que otra cosa que mucha desilusión, incluso algo de aburrimiento. ¿Acaso se está escuchando a sí misma o esto es una mala broma para la televisión? — Yo no hago trato con nombres, Becca. Hago trato con personas — respondo con suma lentitud — ¿Qué es de un hechizo sin el mago que lo conjura? Solo un montón de letras. Sucede lo mismo con los nombres. No me importa cómo te llames, porque la mujer que hizo tratos conmigo, a quien le di mi protección, está sentada justo delante de mí. ¿De verdad crees que soy la clase de persona que perdona fácilmente una deuda? Quiero decir, puedes llamarme de muchas maneras, pero yo jamás rompo una promesa — incluso las de naturaleza cuestionable — Y me gusta que el resto actúe de la misma manera conmigo.

La manera en la cual me recargo sobre la mesa me permite el analizar el rostro que conozco tan bien, bajo una luz que no nos debe favorecer a ninguno de los dos. Chasqueo la lengua de manera continua, como si estuviera buscando desaprobar una conducta pícara en una niña pequeña — La verdad es que tú eres la que no me quiere a mí de enemigo — le aclaro con total seguridad — ¿Sabes? Muchas personas me han preguntado por qué continúo con el nombre que mis padres muggles me han dado. ¿Por qué no volver a bautizarme o siquiera cambiarme el apellido? Te daré la respuesta más honesta de todas: porque no tengo intenciones de escapar de mi pasado — me fastidia uno de sus mechones cortos que me estorba la visión, de modo que me estiro sobre la mesa, se lo coloco detrás de una de las orejas y regreso a mi lugar con suma calma — Sé quienes son mis padres biológicos, pero los Aminoff fueron la familia que me hizo quien soy ahora. Ellos y su enferma necesidad de hacerme sentir un freak dentro de su perfecta burbuja muggle. ¿Y sabes lo que les pasó? — levanto las cejas y me encojo de hombros, tal y como si estuviese sorprendido por un resultado que me sé de memoria y he saboreado por mucho tiempo — Los maté con la misma magia que ellos tanto repudiaban. A mi hermano no, no pude, se escapó como la cucaracha simplona que era. ¿Pero yo? Yo seguí hacia delante y no me olvidé de donde vengo… Porque a diferencia de los que escapan, yo no soy un cobarde — la sonrisa que le voy regalando se va volviendo cada vez más amplia, hasta que estoy seguro de que puede ver todos mis dientes bajo la iluminación tenue — Soy un cazador, Rebecca. Y no hay persona allá afuera que se salve de mí si yo quiero encontrarla. Los deudores son mi especialidad — ¿A quién le va a pedir refugio, a los del nueve? Me encantaría ver cómo lo intenta.
Magnar A. Aminoff
Magnar A. AminoffPresidente

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Mensaje por Anne Ruehl el Sáb Nov 14, 2020 9:45 pm

Escucho todo lo que me dice, también cómo le gusta manejarse con los tratos. Cualquiera diría que por haber trabajado juntos en el pasado deberíamos conocernos, no es así. Éramos otras personas en ese entonces, ambos en el norte. Es necesario en ocasiones volver a hacer las presentaciones correspondientes y que me diga que es lo que espera de todo esto, ahora que di un paso hacia atrás, sabiendo que eso no me sacaba fuera de su vista. Observo, escucho, tomo mis decisiones en base a eso, y algo precioso que me ha dado la edad, es la experiencia, como para poder comparar a este hombre con otros hombres y determinar a quien se parece, no porque se pueda ser igual a otra persona, sino porque detalles de lo que dice y me advierte, me llevan a evocar a los actos de otros y las malas decisiones que tomé en ese entonces.

Bajo los ojos a la mesa que está en medio de nosotros, en ese absoluto silencio que una vez me dijo que le molestaba, voy apuntándome todas las cosas que al parecer le molestan y también ese recorte de su historia personal que me comparte, que podría comparar con la mía, pero no lo haré, porque todo lo que estoy haciendo es tomar información que él mismo me brinda, para tomar una decisión. Las partidas anteriores, sobre todo las que se perdió, enseñan sobre los malos pasos que uno da y ayudan a elecciones que sean más inteligentes. Por eso asiento con mi barbilla cuando termina. —Y es lo que te dije, Magnar— contesto con la calma que al parecer su ánimo necesita, para que su instinto de cazador deje de verme como una bestia a la que capturar cuando desde el principio de esta charla estoy tratando de decirle que no es mi intención enfrentarnos, si esta no es más que una conversación para quedar en buenos términos. —No te quiero de enemigo— repito esta vez más lentamente para que entienda que estoy hablando en serio, —gracias por darme la respuesta que necesito para saber cómo eliges pararte en esto. Ahora, querido, escúchame— se lo pido con una sonrisa que va muy contraria a su actitud de confrontación que me muestra, quizás sea las posiciones en la mesa que lo llevan a tomar esa postura, así que me incorporo de la silla para ir hacia la suya.

Saco la varita del bolsillo de mi abrigo de lana y vahos de niebla se enroscan en el aire para caer sobre la mesa con la forma de un tablero de casillas blancas y negras. Me coloco a su espalda, la mano que me queda libre sobre su hombro y sobre su otro hombro acerco mi barbilla así puede escuchar lo que susurro al ir moviendo mi varita para que la niebla tome la forma de piezas. —Seguimos estando del mismo lado— digo, —te mostraré algo, fundamentos del ajedrez…—, sobre el tablero cae un rey blanco y del otro lado un rey negro, —eres el rey blanco y Hermann es el rey negro, la particularidad de los reyes es que deben mantenerse en sus posiciones, para vencer a su rival tienen todo un ejército… un buen rey se mantiene en su posición, ¿no? Puedes tener informantes, pero sabes que ya no puedes vagar por el norte como antes o entrar al distrito nueve como si nada. Tu lugar, querido, es el ministerio. La silla de presidente es donde debes permanecer sentado, ¿de acuerdo? Hermann está limitado en movimientos dentro de sus propios túneles que le sirven de escondites. Te diré por qué Kendrick Black no es el rey negro…— con la niebla dibujo otra figura, la de un peón negro a una casilla de llegar al extremo del tablero que supone la promoción de la pieza, su elección a ser la pieza que quiera.

»Porque es un peón a punto de coronarse, depende de victorias para ello y entonces, entonces tendrá su corona…—. Trazo una nueva línea en el aire para que aparezca la figura de una reina, blanca. —La reina tiene una particularidad que la hace la pieza más preciada, puede moverse en todas las direcciones, a lo largo y ancho de todo el tablero— y para ilustrarlo, se lo muestro, moviéndose en diagonal, en línea recta, colocándose al lado del rey negro, en esa casilla vacía que le queda al peón para alcanzar el extremo y luego la muevo al lado del rey blanco. —No soy tu enemiga, estoy con el ministerio, estoy con el departamento de seguridad, con el escuadrón de licántropos, estoy de tu lado— presiono su hombro en el que tengo mi mano posada. —No me hagas tu enemiga, no me coloques tú en esa posición— y muevo la reina al otro extremo, cambia su color a negro al quedar entre el rey y el peón negros. Me paro erguida detrás de su silla, mi mano aún sobre su hombro. —Las reinas pueden morir y el juego continua, las reinas pueden revivir, éste solo acaba cuando muere uno de los reyes. Déjame moverme por los territorios y lleguemos a un nuevo acuerdo entre los dos.
Anne Ruehl
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Mensaje por Magnar A. Aminoff el Sáb Nov 14, 2020 10:22 pm

El andar de su cuerpo es algo que sigo de soslayo, siento la presión sobre mi hombro y ni siquiera busco voltearme. Tengo los ojos fijos en el escenario que plantea, el susurro que deja salir contra mi oreja me produce un cosquilleo que busco ignorar para no perderme ni una sola de sus palabras. Nunca he sido un fanático del ajedrez, debo decir que es un juego que siempre me ha resultado un poco tedioso y siempre acabo por finalizarlo antes de tiempo al encontrar cosas más interesantes para hacer. Ahora mismo, más allá del espectáculo de humo y luces, no me siento sorprendido cuando hace tiempo he aceptado que ser presidente me vuelve un poco inútil; los paseos han finalizado, el anonimato ya no funciona y todo el bendito país conoce mi rostro. El trabajo de campo le ha quedado a otros y, debo admitirlo, el enfrentamiento con Weynart me ha recordado por qué disfrutaba de un duelo o dos de vez en cuando en mis épocas norteñas.

Hay una sola cosa de todo lo que dice que empieza a captar mi atención de verdad y es cuando empieza a ponerle nombres a las piezas, pero no por la metáfora sino por su contenido. Mi silencio se mantiene firme y sereno, mis labios se curvan en una sonrisa casi imperceptible y puedo sentir el brillo en mis ojos en cuanto ella misma se encarga de teñir a la reina en el tablero. En cuanto el show se acaba, levanto una mano para enroscar mis dedos con aquellos que sujetan mi hombro. Muevo mi silla hacia atrás para enfrentarla, pero estoy lejos de soltarla. La observo desde mi lugar, jugueteando con sus dedos casi como si tuviésemos esa costumbre desde los viejos tiempos — ¿De qué túneles estás hablando? — es lo primero que sale de mi boca, la manera que tengo de sonreírle y murmurar deja bien en claro que lo tomo como información involuntaria — Es decir, sabíamos que había fugitivos metiéndose en esas apestosas minas en el doce pero… ¿Hermann Richter? ¿Hay algo más que te hayas olvidado de mencionar o vas a seguir sorprendiéndome?

Ni siquiera me molesto en esperar una respuesta, me pongo de pie con el cuidado de no perder su mirada en lo que mi altura se sobrepone a la suya. Mis dedos sueltan los suyos, pero se deslizan por su mano en una caricia hasta que se cierran con firmeza alrededor de su muñeca — No te pondré en esa posición, siempre y cuando tú me demuestres que puedo confiar en ti. ¿O eso es lo que quieres? Salir corriendo detrás del culo del mejor postor, cambiar tus colores cuando el juego se ponga complicado y clavarme la varita por la espalda. ¿Es Richter demasiado convincente para ti? — ni siquiera voy a molestarme en mencionar al mocoso, he llegado incluso a pensar que es un peón para su propia gente, esos que lo utilizan como una ficha segura antes de descartarlo cuando deje de ser útil. ¿O en verdad alguien cree que está a la altura del resto de los jugadores? No negaré que sabe usar magia, pero no diré que los movimientos de su gente son obra su su mente estratégica porque está claro que no la tiene — Estoy seguro de que si estoy aquí y me dices estas cosas, es porque tienes un acuerdo pensado en tu linda cabecita. ¿O me equivoco? — aflojo un poco el agarre de su muñeca, no lo necesito cuando doy un paso hacia ella que busca imponerme — Vamos, querida, convénceme. Hazme creer que puedo confiar en ti.
Magnar A. Aminoff
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Mensaje por Anne Ruehl el Sáb Nov 14, 2020 11:02 pm

No me retiro del agarre que hace de mi mano, tomo la cercanía entre nosotros para sostener su mirada. —Túneles que podría recorrer de estar por aquí en el norte moviéndome como una sombra hasta poder dibujarte luego una cruz en el mapa— contesto, sin más rodeos que la presentación hecha con las piezas de niebla que se han esfumado de la mesa, mostrándole las ventajas de que me mueva por estos distritos, si él quiero verlo como una ventaja compartida o en cambio me quiere colocar como enemiga lo que, siguiendo fielmente sus palabras, nos lleva a que solo hay dos equipos en esta guerra y estoy con él o en contra de él. Es una decisión que, en realidad, depende de la posición que quiera tomar con respecto a mí en esta reunión en la que definimos nuevos términos, espero que sean para ganancia de los dos.

Espero impasible a lo que la presión de su mano alrededor de mi muñeca pueda significar, el tacto es algo a lo que se le pierde el miedo cuando el cuerpo se vuelve insensible a la caricia persuasiva o la bofetada violenta luego de haberlas sufrido ambas. —¿Por qué crees que es algo que yo quiero cuando eres tú quien propone colocarnos como enemigos? Si eso fuera lo que decidieras, automáticamente me colocas en el mismo rango que tus otros enemigos, si sigo lo que has dicho de que solo hay dos bandos—  hablo claramente, midiendo el tono de mi voz para que siga siendo un susurro entre ambos. —No trates de adivinar mi movimiento o si le veo conveniencia a una alianza con Richter, cuando en realidad solo debes mirar tu movimiento hacia mí— explico, acercando mi rostro al suyo para que las últimas palabras lleguen a él.

Alzo la mano de cuya muñeca se aferra cuando esta presión se suaviza y la coloco sobre su mejilla que apenas puedo definir en la poca luz de la habitación. —Un acuerdo para ganar ambos— se lo aseguro. Me suelto de su mano solo para levitar la silla que ocupaba al otro lado de la mesa y colocarla más cerca de la suya, así cuando hago un gesto para que vuelva a sentarse, lo hago yo también en diagonal a él, con la proximidad necesaria para que sea una charla cuyas clausulas sean privadas a ambos. —Lo que tengo son mi parte de las condiciones, y si mi trabajo como ministra no fue prueba suficiente para que deposites tu confianza en mí, también podemos hablar de la prueba de fe que necesitas— musito, en el tono conciliador que haga de esta oportunidad algo de lo que ambos salgamos beneficiados. —Déjame asentarme y moverme en el norte, que recupere negocios y contactos aquí, en tanto buscaré la manera en que tú sin moverte de la silla presidencial y yo sin mostrar mi cara, puedas estar más cerca de Black y de Richter. ¿De cuál de los dos quieres la cabeza como prueba de mi fe? O no, recuerdo que una vez te dije de asesinarlos y me dijiste que no, hablaste de infiltrados en cada bando, ¿te acuerdas? Cambiaré mi pregunta entonces, ¿de cuál de los quieres una prenda para demostrarte lo cerca que puedo llegar a ellos y restaures tu confianza en mí?— pregunto sin más,  ya que el final de cuentas, esta guerra se trata de eso. Sin embargo, me inclino ligeramente hacia adelante para que pueda ver mis ojos pese a la penumbra. —¿O es otra la prueba de fe que quieres?
Anne Ruehl
Anne RuehlCiudadano

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Mensaje por Magnar A. Aminoff el Sáb Nov 14, 2020 11:41 pm

Una cosa en la cual no parecemos estar de acuerdo es en el pequeño detalle de que cada quien se ubica en el lugar que se ha buscado. Si ella quiere ser mi enemiga, el título se lo tiene que ganar a pulso, que no tengo tiempo para andar viendo oponentes cuando los que ya existen me consumen los pensamientos de manera constante, casi que invasiva. Opto por evitar estos puntos porque está claro que no vamos a poder coincidir en nuestra manera de ver el mundo, algo que he aprendido sobre las palabras es que no hay que malgastarlas cuando no se encuentran en una misma sintonía. Le doy el beneficio de la duda, al menos mientras dure mi paciencia.

Apenas y percato la caricia en mi pómulo, estoy más concentrado en colocar mi curiosidad en su modo de moverse en lo que me pide, una vez más, que tome asiento. Me acomodo en la silla que acabo de abandonar, cruzo una pierna por encima de la otra y mi postura se torna hasta perezosa, en lo que nuestra poca distancia me permite el escuchar sus condiciones con claridad. Asiento, que recuerdo cada una de nuestras conversaciones y, una vez más, le permito el terminar de hablar antes de regalarle silencio. Levanto un dedo para que comprenda que estoy pensando y me inclino hacia delante, froto mis manos entre sí y dejo que mi cabeza se mueva en un suave vaivén — Tuve una charla muy interesante con Ava Ballard el otro día… — parece que estoy sacándome el tema del culo, pero juro que tengo un punto al cual quiero llegar — Y me contó cosas muy curiosas, como que mi hermano tuvo un hijito llamado Jared Niniadis que es, casualmente, una persona muy querida para Black. También me comentó que tenía una noviecita, Synnove Lackberg, un par de amigos cercanos más… — la manera de rascarme la nuez de Adán es perezosa, va subiendo hasta que llego a mi mentón — Te daré a ti el beneficio de descubrir cómo destruir a Richter, pero voy a pedirte un pequeño favor: Tráeme a cualquiera de estos niños, con vida. Verás, Kendrick Black ha demostrado ser una persona demasiado emocional, tan molesto como una mosca de verano a la cual quieres aplastar para que deje de fastidiar y permita que los adultos jueguen. No veo la hora de ver cómo se va sumiendo en agonía, que su alma termine de quebrarse de una buena vez. ¿Y qué mejor que jugar con sus amigos, con su putita de turno? El chico no tiene mucho control, pues hagamos que lo pierda por completo — ya se quitó veracidad a sí mismo con el jueguito de la isla, pero podemos pulir un poco más el error que cometieron.

Estiro la mano para hacerme con el vaso que había dejado olvidado, lo vacío de un tirón y regreso a sus ojos, esos que puedo ver con claridad. Mis dedos aún siguen ligeramente húmedos del frío del cristal cuando pellizco su mentón de manera casi que cariñosa — Tendrás que sorprenderme con Richter y sus túneles, confío en que podrás hacerlo — aseguro — Y en cuanto a los Niniadis… Bueno, ya maté a mi hermana como para poder seguir soportando que se extiendan y me jodan con más reclamos y herencias. Si ves a mi hermano, mátalo, pero quiero al niño. ¿Puedes con un mocoso y una jovencita que se crió en el Capitolio? Estoy seguro de que no serán problema para ti.
Magnar A. Aminoff
Magnar A. AminoffPresidente

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