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Pukwudgie · Maeve

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Mensaje por Anne Ruehl el Miér Oct 28, 2020 10:50 pm

22 de diciembre

Rozo con mis dedos los libros, ¿yo quería quemar todo esto? Esto no. Esto jamás. Pienso en la mansión que ardió en la isla ministerial, los ejemplares que salvé por mi mudanza anticipada, están todos aquí, aún guardados en sus cajas. Lo que se quemó en la isla son los aburridos tomos de enciclopedias sobre una historia mágica que se cuenta y se vuelve a contar dependiendo de quienes han ganado la última guerra. —Dentro de unas semanas, esta es la casa a la que tendrás que venir a buscarme— explico a la chica que está parada bajo el marco de la puerta del dormitorio, en el que todavía queda el mueble de cama, sin colchón, sin mantas, solo la estructura que será retirada dentro de poco para que la habitación vuelva a su estado original como biblioteca. Me siento en el borde de esta, estiro mi brazo para mostrarle mi mano a Maeve, invitándola a que la tome y se siente a mi lado. Los moretones se han desvanecido en estos días, estoy entera y ni siquiera el recuerdo de los golpes de Hermann me quebrantan, se van desvaneciendo también en mi memoria, serán siempre otros golpes los que me atormenten y a los que debo silenciar de una vez. —Hay algo que tengo que hacer— le cuento, —no quiero que creas en nada de lo que puedas oír sobre mí, ven a buscarme aquí, ¿sí?— le pido, con el mismo tono suave que mi madre daba a su voz.

La isla ministerial no es un lugar al que se pueda regresar, no creo estar para cuando se terminen las remodelaciones, este es el sitio donde me esconde y he pedido que si se me requiere, me apersonaré al ministerio. Nunca abriré la puerta de esta casa para nadie, ni nada que tenga relación con Rebecca Hasselbach. Pero ella es una excepción, darle la dirección de esta casa y dejarla entrar es algo que se lo debía, que ha conseguido con un mérito que no sabía que estaba haciendo cuando aceptó pararse a mi lado y hacerlo también aquella noche, en la que hubiera deseado que estuviera en cualquier lugar, menos en la isla ministerial. Saber que se sostuvo en pie me embarga de un orgullo similar al que siento por mi hija de sangre, así que le debo el permitirle entrar a mi primer hogar. —¿Estás bien?— le pregunto, ¿cuánto tiempo ha pasado desde que le pregunté a una persona si se sentía bien porque me preocupa en verdad? —Meerah Powell…— murmuro, era su amiga, aunque no sé qué tan bueno sea llevar la conversación hacia esos lados. —Has vivido tu primera batalla de guerra— señalo, es lo más cercano que puedo decirle como su jefa y ministra, —¿me crees si te dijera que hubiera deseado que nunca tuvieras que pelearla?— es lo más honesto que puedo decirle desde mi verdadero yo. —¿Has escuchado de los pukwudgies alguna vez?— pregunto de repente.
Anne Ruehl
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Mensaje por Maeve P. Davies el Vie Oct 30, 2020 11:17 pm

Me paro debajo del marco de la puerta que da a una habitación que desconozco, pido permiso para entrar con mi mirada, esa que no se ha deshecho de la expresión arrugada de mis cejas desde que tuvo lugar la invasión a la isla ministerial, que no puedo borrar ni cuando duermo porque los sueños no dejan de ser diferentes a la realidad. Cuando me despierto por las mañanas, reconozco el cansancio de no haber descansado por las pesadillas que me perturban el sueño día sí y día también, como el recordatorio que nadie necesita de que no fue una mentira, que fue real y se sigue sintiendo real, pese a que los días siguen pasando y las muertes también se suceden. Con la diferencia de que siguen pagando justos por pecadores. —¿Qué es lo que tienes que hacer?— pregunto, con una voz que no me pertenece, como reflejo de la inocencia que podría utilizar un niño mismo, pero que por alguna razón se adhiere a mí como si pudiera volver a eso, quisiera poder volver a sentir esa inocencia. Deshago el abrazo de mis brazos sobre mi pecho para alcanzar a rodear su mano con la mía, en un gesto suave que permite sentarme a su lado sobre el borde de una cama que no tiene estructura y la miro buscando saciar una curiosidad que antes hubiera plasmado con palabras, ahora solo con los ojos. Para alguien que está acostumbrada a hablar por los codos, el asentimiento de mi cabeza ante su petición se queda bastante corto, pero sirve igual para entender que es aquí a donde tengo que buscarla cuando llegue el momento que dicta sin saber lo que será.

A su siguiente pregunta, no obstante, no puedo mostrarme tan serena, sin ser esa la palabra que define como me siento ahora mismo, o los días anteriores a este momento, y prenso mis labios, apartando la mirada hacia otro lado, el propio suelo sirve. —No es...— trato de evitar que salga de mi boca, porque sé mucho antes que no es más que una queja en vano, pero no puedo frenarla. —No es justo— gimo. Lo hago por Meerah, por su familia, por la familia de Oliver y todos los aurores que murieron esa noche, pero también por los que vivieron y, como consecuencia, han de pagar por los errores que cometen otros. —Estuvo mal, estuvo completamente mal, ¿por qué...?— no me salen las palabras de la garganta, tengo que mover mi cabeza disgustada al apretar mis párpados. —No pueden... Fue atroz, no son diferentes a nadie, no a Magnar, no a los Black, son igual que todos ellos.— juzgo con severidad. La gente que conocí aquella vez en el nueve distan mucho de las personas que se mostraron en la isla y, lamentablemente para ellos, lo que verdaderamente importa es lo que dejaron ver. Disgustada es poco para como me siento ahora mismo. Tomo aire, tratando de calmar mis sensaciones internas, para ello re dirijo la mirada hacia los ojos claros de Rebecca, que pese a lo que suelen decir otros sobre ellos, yo siempre los he sentido cálidos. —A mí también me hubiera gustado no tener que pelearla.— confieso sin ningún pudor, a la espera de que me diga que eso me hace cobarde, que no me entrenó para eso, pero me resulta completamente indiferente. Si pudiera regresar a ese día y escoger no vivirlo, lo haría sin dudarlo. —No— contesto sobre los pukwudgies, a la espera de que sea ella quién me diga lo que son, porque sigo sintiendo la quemazón del disgusto en la garganta y temo ponerme a llorar.
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Mensaje por Anne Ruehl el Sáb Oct 31, 2020 5:57 am

El tono verde de sus ojos son tan distintos a los otros que estoy acostumbrada a enfrentar, azules o castaños, los suyos en cambio tienen un colorido verde que la hecho parecer una chica decidida desde que la conozco. Los ojos verdes no dudan, son francos, se imponen con la terquedad que esta muchacha ha demostrado para seguirme cuando soy el peor ejemplo que se pueda usar de guía y como mentora tengo mis falencias en cuanto a exigir más de lo que una persona humanamente puede dar, quiero creer que con ella no lo hecho tan mal como con la anterior Mae, ahora Phoebe. —Tengo que resolver unos asuntos en el norte— contesto, trato de que no me afecte el desamparo que escucho en su voz, no es el mejor momento para dejarla, por eso necesitaba de esta charla que me da la oportunidad de pasar mi brazo alrededor de ella para atraerla hacia el calor de mi pecho, ambas sentadas en el borde de una cama que también fue lugar de gestos que pretendían demorar lo inevitable, las despedidas que oportunamente deben hacerse, retrasarlas no es bueno. Las despedidas que se postergan, que nos arrastran a través del tiempo como heridos que se van desangrando, cuando ocurren el momento suele sentirse como el equivocado y es peor el daño que quiso evitarse. Por eso, tengo que saber reconocer que este es el momento de irme.

No— susurro, —nada es justo en este mundo— comparto mi pobre sabiduría de la vida con ella, la que adquirí en mi categoría de bruja marginada, que al tener la oportunidad de regresar al Capitolio con la asunción de Jamie Niniadis, una mordida que me transformó en bestia me retuvo en el norte como repudiada. La injusticia fue antecedente de cada crimen que cometí. La privación de mis derechos, el arrebato que hice a derechos de otros. Mi ansía de lucha surgió de la injusticia que sufrí en carne, mi permanencia en el ministerio de la misma, sigo sin creer en tal cosa como la justicia. Solo en movernos para encontrarnos en lugares más convenientes que ayer, mejores casilleros a los pozos en que nos hundimos, eso es lo que quiero transmitirle, ahora que experimentó la guerra y la injusticia que siempre llevará como esencia. —Mae— le hablo con mis manos buscando su rostro para sostenerlo cerca del mío, —hay algo que debes tener en claro, lo último que puedo decirte…— lo expreso así para que pueda entender lo trascendente de este, —pelea por ti. No te entrené para pelear dentro de un ejército, ni bajo las órdenes de nadie. Ni para Magnar, ni para Kendrick Black, ni para cualquier líder que quiera convencerte luego de que lo que hace es lo mejor. Todos mienten, confía en ti, solo en ti. Pelea por ti— se lo encomiendo, porque no quiero que mi abandono la deje en un estado vulnerable en que al reacomodar sus ideas, se incline hacia un lado u otro, que no harán más que verla como un soldado prescindible cuando la estoy formando para ser una superviviente a esta guerra.

Cruzo mi brazo por su espalda una vez más, así su cabeza se apoya en mi hombro cuando le hablo. —Mi madre solía decirme que yo era un pukwudgie, el pukdwudgie de esta casa— me duele evocarla, palio ese sentimiento estrechando un poco más fuerte a la chica que tengo en brazos, —son duendes con una espalda recubierta de espinas que le sirven de escudo, si se sienten amenazados, usan esas espinas para protegerse. Pero rara vez los pukwudgies andan desarmados, son diestros arqueros que van a todos lados con su carcaj lleno de flechas. Eran criaturas salvajes que un día tomaron la noble tarea de ser guardianes, pese a lo hosco de su carácter, se paraban en los pilares de entrada de castillos y casas y eran capaces de dar su vida con tal de que el enemigo no entrara— le cuento, mi mano se desliza por su hombro en una caricia. —Están lo que están atacan y son avasallantes con su fuego, los que defienden cuando sufren el fuego y el resto del tiempo permanecen dormidos, luego están los guardianes, que cumplen con la tarea de atacar porque así defienden. Si quieres proteger algo, debes pelear, pero ese algo que proteger debe ser tuyo, primero que nada, tú misma.
Anne Ruehl
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Mensaje por Maeve P. Davies el Sáb Oct 31, 2020 10:05 pm

Asiento silenciosamente con la cabeza, gesto que me hace parecer mucho más introvertida de lo que en realidad soy, pero solo por esta vez, quizás otras más tratándose de Rebecca, respeto el que quiera mantener sus asuntos personales para sí misma. Creo que he llegado a conocer a mi mentora lo suficiente como para saber cuando puedo seguir haciendo preguntas y cuando es mejor cerrar la boca, y siendo que venimos de un desenlace complicado, no me sorprende que tenga que arreglar unas cuantas cosas antes de volver a la normalidad, si es que se puede decir así después de todo lo sucedido. A estas alturas todos en el país lo saben, que nada volverá a ser como antes. Permito que tome mi rostro entre sus manos, quizá por la cercanía es que lo siento un discurso extremadamente personal, también por las palabras que utiliza y el significado que quiere darles, pero nada me hace apartar la mirada de la suya, ni siquiera el pinchazo repentino en mi pecho.

Fui al nueve una vez— se lo confieso porque no tiene caso guardármelo ahora, no cuando no la creo la persona que delataría tal secreto, y también porque es algo que necesito sacar de dentro. —Fue por Meerah, yo... la encontré distante mucho tiempo, asumí que estaba ocupada, con su hermana y las clases, luego descubrí que había estado yendo al distrito todo ese tiempo, para ver a Hero, su tía y... también a los demás— ya no es algo que tenga que reservarme, Meerah está muerta, Hero también, no va a cambiar nada que lo diga o no. —Fui una vez y no me parecieron malas personas— esto sí se lo reconozco, como pensamiento inicial de una Maeve mucho más ingenua que ahora —¿Cómo...? ¿Cómo pudieron hacer algo así?— no creo que sea una pregunta para responder por nadie, ni siquiera por ellos, no busco que la conteste, pero aun así la formulo —Molesta, me irrita que pensaran que eran diferentes, que lo aclamaran siempre como su grito de guerra, y terminaron... ¡hicieron lo mismo que otros!— me es inevitable no aumentar el volumen, solo consigo relajarlo cuando ella misma me obliga a apoyar la cabeza contra su hombro. —Tengo que pelear por mí, lo sé, es lo que he aprendido— sentencio al final, con las cejas fruncidas y la mirada ladeada por la posición, queda en algún punto del suelo. No es un pensamiento que vaya a cambiar en un tiempo cercano.

Trato de calmar el ritmo de mi corazón, ese que ha ido en aumento en los últimos minutos y respiro para bajar las pulsaciones, pendiente de una historia que hasta ahora desconocía. De todas las lecciones que Rebecca pudo haberme dado, creo que esta es la más importante. —Entiendo— murmuro, ya con un tono de voz más calmado, a pesar de la vista que sigue pendiente del suelo, lo que delata que tengo la mente en otro lado además de en la conversación. —Nadie peleará por mí si no lo hago yo misma, tampoco habrá nadie que me defienda si no lo hago yo primera, ¿verdad?— repito sus palabras como afirmación necesaria, como la única profesora a la que realmente puedo prestar atención. —¿Es así siempre?— levanto mi cabeza de su hombro, fijos mis ojos sobre los suyos, esta vez sin dar ninguna vuelta antes de llegar hasta ahí. —¿Será siempre ponernos a nosotros mismos primeros, por delante de cualquier otro?— suena como una reflexión egoísta, pero algo me dice que también la más necesaria, a la larga, si queremos sobrevivir.
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Mensaje por Anne Ruehl el Dom Nov 01, 2020 3:01 pm

No cierro los ojos, nunca me ha gustado ser de las que cierran los ojos a una realidad que no es la que pensaban. La miro fijamente, limpio mis ojos de todo juicio hacia ella, busco con las puntas de mis dedos algunos de sus mechones para colocarlos detrás de la curva de su oreja en una caricia. Nada de lo que dice logra alterarme, no lo sospechaba, ni tampoco me sorprende. Asumo mi parte de escucharla hasta que termina con su relato, apreciando más que nunca que tras conocer a esos chicos, nunca me haya mirado con odio y desprecio cuando soy la persona que puso su cara al lado de la Magnar para que pudieran escupir si querían, enumerando todos mis crímenes que son ciertos, no lo hizo, sino que se mantuvo a mi lado y siguió escuchando mi voz cuando la llamaba. —Es una guerra— susurro, —somos personas con historias por fuera de la guerra, cuando nos encontramos en la pelea no somos nadie. El otro es nadie. No hay buenos, ni malos, no hay héroes aunque todos quieren ser uno. Habrá ganadores y perdedores, habrá vivos y muertos, de algunos muertos se dirá que eran mártires, de otros se dirá que se lo merecían, pero estarán muertos. Y en una guerra, lo único que importa, que nunca te convenzan de lo contrario, que no te digan que tu vida para que tenga un valor se tiene que dar por otros, es sobrevivir— se lo inculco, porque quiero que viva. Porque no estaré aquí para asegurarme que así sea.

Asiento para darle la razón a la manera más precisa que ha tenido alguien de entender mis palabras, debe pelear por sí misma, debe defenderse ella misma. Lo que quiero decirle también es que no necesariamente estamos en los opuestos de atacar o defender. Atacar no nos hace malos, defendernos no nos hace buenos. No he tenido formación militar, nunca he leído ningún libro sobre guerra, entre los muchos que leí en mi vida, no me interesa la guerra por fuera del trabajo que hago, nunca vi al poder más allá de ver cómo quema las manos de quienes lo sostienen. Pero esto es lo que puedo compartirle de la vida que he vivido, en la que tuve que obedecer órdenes de demasiados enfermos del poder, de quienes enloquecían por una migaja de poder y se sentían reyes del mundo al sentarse en un taburete en medio de un vertedero o en la cabecera de una mesa de sillas vacías por hijos muertos. —No— la corrijo, mi voz se impone a esa pregunta que la llevara a las mismas trampas en las que yo caí. —No se trata de ponerte a ti por delante de otros, no quiere decir que no vayas a encontrar a alguien por quien valga que te pongas por delante sí, pero para protegerla de un disparo. Se trata de elegir, quien lo vale y quién no— tomo una inspiración al tener que explicarle esto, tratar de definir los bordes de todas las trampas en la que yo caí. —Solemos creer que quienes amamos y por quienes recibiríamos el golpe, también nos aman y también recibirían el que irá hacia nosotros. La mayoría de las veces no es así. Muchas veces te dirán que te pares a su lado, que reciban el golpe juntos. Muchas veces serán quienes te darán el golpe con una buena justificación, todos tienen una buena justificación. Así que si amas a alguien debes entender en primer lugar, que cada uno pelea su propia batalla, cada uno se defiende, no será necesaria la prueba de quien recibe el golpe por quién o si deberán recibirlos juntos. Peleas por ti porque cada quien se hace cargo de su propia pelea, deja que los demás pongan coraje para pelear las suyas, no las haga tuyas, no les ayudes— digo, firme en todo lo creo, pero con la suavidad de pasar mi mano por su mejilla. —Y así encontrarás a quienes peleen a tu lado, cada uno sabrá contra qué pelea, pero serán pasos que caminarán a tu mismo ritmo, presencias que no te abandonarán cada vez que respires para convencerte de que sigues viva en esta guerra.
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Mensaje por Maeve P. Davies el Lun Nov 02, 2020 10:25 pm

Pero…— trato de interrumpirla, en el transcurso de lo que va diciendo me doy cuenta de que en realidad no tengo nada que pueda discutir sus palabras, tan llenas de razón, de una verdad imborrable que he comprobado en la misma batalla de la isla. Estuve el día en que se alzaron banderas en el colegio por Meerah, las observé en silencio como el resto de compañeros, ellos sin saber nada de lo que hacía la hija del ministro Powell en su tiempo libre. La colocaron de mártir, cuando lo que fue era una traidora. Me hubiera gustado poder alertarla de que algo así pasaría, muchas veces los hice, le dije que tuviera cuidado, que eligiera antes de cometer lo que podría ser un error toda su vida, una mancha, hasta enterarme después que la mancha que la cubrió fue su propia sangre al morir. Ese día me dolió, también duele ahora cuando pienso en ella. No era mala persona, se juntó con los rebeldes precisamente porque quería entender las dos partes de la historia, pero como le dije una vez también, se metió en un juego que le quedaba demasiado grande, no solo a ella, a todos nosotros. —¿Cómo hago para sobrevivir en una guerra de la que no quiero formar parte? ¿De la que no sé de qué lado formar parte?— levanto mi barbilla hacia ella, creo que es la pregunta que nadie quiere que se le haga, porque dudo que haya una respuesta correcta. Pero necesito escucharla, no tengo otra opción que pelear. Lucharé por mí, es algo que le he prometido, pero para hacerlo debo posicionarme en algún lado del juego, no puedo esperar a quedarme en el medio, hacia donde es muy fácil disparar, no importa el bando.

Tengo que hacer un esfuerzo inmenso por mantener la compostura, en mi cuerpo y en mis facciones, mientras la escucho en un discurso que suena demasiado complicado como para entenderlo habiendo vivido tan poco. Es la verdad, no me creo alguien que haya pasado por las suficientes experiencias como para usarlas como moralejas, para mi propio aprendizaje prefiero escuchar las enseñanzas que tiene Rebecca para darme. No me considero alguien con la capacidad para juzgar fuera de mi conocimiento, y lo que conozco es poco, poco en comparación con personas que han pasado por situaciones precarias y peligrosas, que les han enseñado a pelear y sobrevivir porque es lo único que les ha ofrecido la vida. Sé de las injusticias que se dan a diario en los distritos más pobres, en los ricos incluso, entre la clase más baja, entre mis propios compañeros, puedo entender por lo que luchan los rebeldes, creía apoyarlo desde la distancia, pero también comprendo de donde viene el temor de los magos. Después de lo de la isla, puedo afirmar que no entiendo absolutamente nada, que no puedo decantarme ni por uno, ni por otro, no me pondría a luchar del lado de ninguno dado lo ocurrido, y eso es lo que me da más miedo, el no encontrar algo por lo que merezca la pena luchar y pelear hasta el último aliento. Miedo también de morir por lo equivocado, de no darme tiempo a formarme, como le ocurrió a mi amiga. No respondo, no tengo con qué hacerlo más que hundir mi frente en su hombro al esconder la cabeza en su pecho, donde puedo permitirme llorar en intimidad, ni siquiera llorar, porque las lágrimas no caen como lo hicieron otros días, atravesando gruesas mis mejillas. Es más un sollozo silencioso, al rodear su cuerpo con mis brazos en la confianza de que no va a apartarme por ahora. Luego se irá, me dejará en la incertidumbre de este mundo de mierda y tendré que cuidarme sola, luchar sola.
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Mensaje por Anne Ruehl el Jue Nov 05, 2020 5:48 am

Paso mi mano a lo largo de su espalda, tratando así de abarcarla entera en la contención que pueda darle y que yo pueda encontrar en ella, tan distinta a la primera vez que la curiosidad pudo más que la desconfianza, al aceptar sentarse conmigo en una banca delante de una jaula de harveys, en un distrito que en el presente lo habitan los rebeldes. Sospechaba entonces, incapaz de decírmelo a mí misma por el miedo que me inspiraba volver a confiar, que podría ser la persona por la que valdría la pena dejar surgir en mí una esperanza. Una que es tan simple como desear que fuera quien sobreviviera a todo esto y que en el inculcarle mis enseñanzas, no terminara por odiarme como ocurrió con Phoebe, sino a que puedan ser las que le aseguren la vida en esta confusión de bandos y poderes. Porque mis enseñanzas son amargas, todos los consejos que tengo para dar están delineados por el lado grotesco de la vida, es mi peor cara la que muestro cuando soy honesta y no es algo que todas puedan aceptar ver, que quieran escuchar, desean que haya algo mejor de lo que cuento y en algún punto, yo también deseo que así sea, si ya no es para mí que estoy tan acostumbra a una vida de guerra interna, que lo sea para quienes puedan sobrevivir a la real que está ocurriendo.

Mientras dure esta guerra…— digo, necesito comenzar de esta manera para que sepa que hay un plazo de tiempo, uno que expirará algún día, ninguna guerra puede ser eterna por más que se renueven los ejércitos. —Colocate en el bando que te asegure vivir, pelea desde donde a ti te asegure que podrás conservar lo tuyo, no te muevas hacia alguno que te exija renunciar a todo y a las personas que dependen de ti. No des a nadie la autoridad de decirte que de lo que haces está bien o está mal, ¿me escuchas?— murmuro, si pudiera dejaría escritas cada una de las cosas que le digo en las paredes de esta casa, en la que viví con una familia a la que traicioné al dejarme persuadir por lo que me dijeron que era lo correcto, y no fue lo correcto, al día de hoy puedo decir que fue lo más equivocado que pude hacer. Porque lo correcto hubiera sido irme, simplemente irme, sola, si no quería seguir encubriendo esos crímenes. Y a día de hoy no me muevo ni entre una acción, ni la otra, camino en la línea media de no poder ni querer desprenderme de esos negocios, pero de querer llevarlos a mi manera. —Y muévete de bando, muévete si hace falta para asegurar tu subsistencia, para conservar lo tuyo, para proteger lo que tienes y a las personas que dependen de ti. Pero que nunca te convenzan desde lo que está bien o está mal, de las grandes causas que justifican los medios. La única vida que importa en esta guerra es la tuya, es tu deber y responsabilidad cuidarla, porque nadie más lo hará—, no quiero que como yo, ella tenga que venir a buscarse después de muchos años, a rescatarse, porque se demoró demasiado en entender esto y otras vidas se impusieron como más importantes. —Esta guerra se acabará, solo asegúrate de llegar al final. Ese día nos sentaremos en este mismo lugar y serás quien me enseñe y me quite tantas ideas equivocadas sobre cómo es la guerra y cómo es la vida.
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Mensaje por Maeve P. Davies el Vie Nov 06, 2020 5:02 pm

Asiento con la cabeza a cada una de sus instrucciones, no hay ruedo de ojos ni sonrisa que se escapa de escuchar sus indicaciones como podía ser mi reacción durante los entrenamientos que sí compartí con ella durante un tiempo, tampoco suspiros de cansancio por obligarme a sostenerme en pie durante más tiempo del que mis pulmones pueden soportar. Tardé en comprender que esa resistencia no es para la que me estaba preparando, sino para la que pueda ofrecer contra un mundo que decide cada día mil maneras de cómo destrozarse unos a otros. El que yo viva y otros hayan muerto, le da validez a su discurso sobre no poner lo que depende de mí en riesgo como hicieron otros, no pensé nunca que llegaría a decir que es mi experiencia al ver la de otros marchitarse, pero es la ironía misma la que me hace aprender esa lección de las personas más cercanas, que ya no están. Es lo que nos queda para hacer a los que sí continuamos de pie, rezar por no equivocarnos de la misma manera en que ellos lo hicieron y luchar, luchar también por no tambalearnos entre decisiones tan escarpadas.

Espero que no llegue nunca el día en que yo tenga que elegir entre lo que es preciado para mí y lo que se supone que es lo correcto, porque no sé si mi moral sería tan alta como para poner esto último por delante. Me reconforta que no sea la única que piense de esta manera, que Rebecca misma me aliente a defender lo mío por encima de cualquier beneficio global y, aunque en el momento se sienta egoísta, lo que me ha quedado de esto es que todos lo somos, todos hacemos lo que tenemos que hacer por lo que queremos, la diferencia está en qué nos permitimos sacrificar para conseguirlo. —Lo dudo mucho— me apresuro a decir al separarme, atreviéndome a dejar entrever una sonrisa tímida, que pone en duda sus palabras sobre ser yo quien le dé lecciones cuando nunca me he considerado nadie para dar consejo. —¿Estarás bien?— pregunto, donde sea que vaya, ese lugar que no quiere decirme y que respeto, todos tenemos nuestros propios fantasmas personales a los cuales enfrentarnos y asumo que se baja del barco porque tiene oportunidad a combatirlos.
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Mensaje por Anne Ruehl el Sáb Nov 07, 2020 12:30 am

Atrapo su barbilla con mis dedos para que alcen su rostro al mío, así puede ver la sonrisa que da serenidad a mi semblante. —No lo dudes— la reprendo por última vez como su mentora, como la mujer que decidió acoger en sus manos que nunca supieron cuidar, solo dañar, a una muchacha con el espíritu suficiente como para saber estar en esas manos, y darme a mí la oportunidad de verla convertirse en alguien fuerte, no por elección, ella nunca quiso esto, nunca quiso ser fuerte para esta guerra, pero esto es el mundo y yo no podía ver otra vida doblarse por culpa del mundo. —Porque yo no dudo de ti, te elegí para que seas en quien puedo tener esperanzas, y no te mentiré, elegí antes a otras personas y no hicieron justicia a esas esperanzas que tenía en ellos— confieso, —pero eres distinta— susurro, mis dedos abandonan su barbilla de regreso a su mejilla. —Sin ser mi hija, sin que la sangre nos una, ni tampoco un destino como es el que comparto con otras personas, eres…— ha hecho mérito hasta este momento para que sea a quien le muestre mi lado más amable, luego de mi hija, es quien se lo merece por mérito. —Una vida que bien podría haber sido vivida sin cruzarse con la mía y mi vida en nada habría cambiado de no cruzarse con la tuya, pero eres en quién puedo ver y redimir a la chica que yo también una vez fui— que no quería pelear, quería sanar porque había crecido viendo cómo la muerte consume una vida, quería ser quien se encerrara a solas con los gritos de mi padre para que nadie más tuviera que escucharlos y así sostener las paredes de esta casa ante la posibilidad del derrumbe por esos mismos gritos desquiciados de furia.

Echo tanto de menos el sentimiento de un hogar, de sentir que pertenezco a un lugar y poder acariciar con mi tacto las paredes que me aseguraran que es real, de escuchar voces que me llamen por mi verdadero nombre, el que incluso los Ruehl respetaron cuando lo balbuceé siendo una niña perdida, de una vez y por todas, quiero poder volver a casa aunque tenga que ser yo quien la reconstruya. —Estaré bien— le aseguro, mi sonrisa llegando a cubrir toda mi boca y dando a mis ojos ese cariz que los hace ver más claros, limpios de la ferocidad con la que tuve que aprender a mirar. —Nunca en mi vida como ahora puedo decirte que estaré bien— susurro, porque tengo una casa que será mi refugio y escondite, habrá alguien que me dirá «mamá» como la única familia que necesito y la única persona en la vida que necesito para sentir que «soy» para alguien, vivo y soy real porque hay alguien que me llama, y por primera vez, en toda una vida, creo poder llevar las cosas a mi manera por haber aprendido, luego de tanto, de tanto, cómo se juega a este juego y pretendo ganar.
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Mensaje por Maeve P. Davies el Dom Nov 08, 2020 2:43 pm

Creo que es la primera vez, la primera vez en toda mi vida, que escuchar decir que soy distinta no es considerado un insulto hacia mi persona. Me acostumbré durante tanto tiempo a que las personas a mi alrededor utilizaran esta palabra como un recurso para señalar mis faltas, que se me hace extraño que sus labios lo formulen como un elogio. —Gracias— murmuro, se ensanchan mis mejillas al hacerlo y temo que la sensibilidad bajo mi piel vuelva a hacerme llorar. No lo hago, pero puedo sentir perfectamente como los ojos me queman por aguantar las ganas y al final tengo que bajar la mirada hacia mis propias manos para evitar que suceda. —Siempre te he admirado, ¿sabes? Desde el primer momento, fuiste la única que me dio una oportunidad antes siquiera de conocerme, no hay muchas personas que hayan hecho eso en mi vida, siempre suelen guiarse por lo que dicen de mí y... vamos, no es como si te lo haya puesto fácil— esto último lo bromeo, subiendo los ojos a los suyos para sonreír con cierta sorna. No necesito mencionar la de veces que llegué tarde a los entrenamientos por pereza, quedarme dormida o vaya a saber qué excusas le puse, tampoco aquella vez que... bueno, veo necesario aclarar que no íbamos a tener sexo —Gracias por no tirar la toalla conmigo, de verdad, eres mucho más que una mentora para mí— no es una confesión como tal, cuando ha sido evidente para todos en muchas ocasiones que se ha comportado como una madre, la que creía no tener hasta ahora darme cuenta que no me faltó en este tiempo.

Sonrío con un poco más de amplitud al escuchar su respuesta, aunque sigue siendo una reacción tímida a lo que pueda suceder a partir de ahora. Pensarlo de manera inconsciente me lleva a fruncir el entrecejo y perder la sonrisa en mis labios, poco a poco, como si estuviera recordando un mal momento y, aunque de esos de repente hay muchos, no es por eso por lo que al dirigir la mirada hacia ella, mi voz se torna un hilillo apenas audible. —¿Por qué esto suena como si fuera una despedida?— es una pregunta justa, hecha a la persona idónea que nunca se ha molestado por engañarme ni adornar con florituras como funciona el mundo. Me sabe capaz de enfrentar la realidad por muchas rabietas que pueda dar al sonar el despertador por las mañanas, solo de ella encontraré la respuesta que quiero. —¿Es esto una despedida, Rebecca?— porque de alguna manera, el que ella desaparezca se siente como si me estuvieran lanzando a la cueva de los lobos, y no tiene ningún sentido que lo vea como una amenaza considerando mi condición, pero tristemente, lo hago.
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