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Mensaje por Alecto L. Lancaster el Sáb Sep 19, 2020 4:51 pm

Septiembre


No tengo muy claro lo que quiero, pero sí tengo claro lo que no quiero, y eso es tener que vivir en la casa de mi abuela hasta que encontremos un lugar que acepte animales de compañía y no se salga de un presupuesto que la mayoría de los apartamentos en el Capitolio rebosan con diferencia. Cualquiera me llamaría desagradecida por tenerle tan poco aprecio a la amabilidad de Georgia cuando se ofreció a darnos acogida por lo que yo esperaba fueran unos días, pero esos días se convirtieron en semanas y llegó ese momento en el que puedo perfectamente verme viviendo aquí para octubre también. Y no, no me malinterpretéis, pues claro que me agrada pasar tiempo con mi abuela, desde que estamos en su casa me ha dado la sensación de que ha mejorado en estado de ánimo, también en salud después de aquella vez que me llamó porque creía que iba a morirse, ¡para que luego fuera tan solo un resfriado! Si no fuera suficiente con su dramatismo patológico, ahora también resulta que es hipocondríaca.

Pero una cosa es cumplir con mis deberes como nieta política, por ponerle alguna etiqueta, y otra muy distinta es tener que pasar las veinticuatro horas del día pendiente de ella porque a cada rato aparece con una nueva actividad para hacer. Verán, necesito mi espacio, me costó mucho que alguien como Dave lo entienda, que de por sí es una persona acostumbrada a formar vínculos muy estrechos con la gente, como para tener que ahora explicarle los mismos procedimientos a mi abuela. Entre las horas que estoy trabajando, las que paso durmiendo —¿mencioné que David y yo tenemos que dormir en habitaciones separadas?— y las comidas que ya de por sí están ambientadas por las conversaciones de Georgia, no puedo dedicar mi tiempo libre a entretener a mi abuela. Ese sirviente suyo en realidad es un pan caído del cielo, que no entiendo cómo puede mantenerse tan serio y sereno con ella alrededor, capaz de poner fino a cualquiera que pase por delate.

¿Es que esta mujer nunca se calla? Creía que en mis años de conocerla me había acostumbrado a sus charletas, esas que incluyen en su mayoría criticar a la gente, pero no, resulta que es muy diferente el pasar unas horas con ella cada semana, a tener que volverlo algo constante. Ha llegado un punto de la tarde en que mi cerebro ha desconectado, mis ojos se encuentran posados sobre el agua cristalina de la piscina, acomodada sobre una silla de aspecto mucho más corriente que la hamaca donde se encuentra mi abuela tumbada, aprovechando los últimos rayos de sol del año antes de que se vuelva demasiado frío. Para mi caso no sirve de mucho, detesto ponerme bajo al sol y es evidente al cubrirme detrás de mis gafas de sol y un sombrero que hace sombra sobre mis hombros. —Abuela...— la interrumpo en medio del discurso que está dando, no sé si a mí o al pobre de Ramik a su lado con la bandeja de bebidas en la mano, no importa demasiado cuando aprovecho el silencio cortado para soltar lo que vengo guardándome unos días después de hablarlo con Dave. —Creo que ha llegado el momento en el que David y yo tenemos que marcharnos, has sido muy amable con nosotros y estamos muy agradecidos de que te hayas tomado las molestias de acogernos, pero creemos que... estamos haciendo un abuso de tu hospitalidad y es mejor así— así, de forma educada, no hace falta soltarle que nos tiene estresados a ambos como sugirió la honestidad de Dave.
Alecto L. Lancaster
Alecto L. LancasterAuror

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Mensaje por Georgia Ehrenreich el Mar Sep 22, 2020 12:33 pm

Estoy más aburrida que un coco en una isla desierta, contando las nuevas arrugas que me salieron este verano que avanzó demasiado lento, cuando mi nieta me llama para pedirme una noche de cobijo, así que me decido a hacer que septiembre sea el momento de recomenzar la estación y le he pedido a Ramik que acondicione toda la casa, piscina incluida, para que esto se convierta en el mejor resort de vacaciones. Mi alegría de tener compañía en la mansión consigue que pase de largo el que mi nieta me caiga en la casa con un perro, un gato y muchacho que me encargo que se le ubique en otra habitación, y no porque se me haya ocurrido un buen día abrir un instituto de decoro, sino porque darle la bienvenida a su compañía, no quiere decir que cuente con mi aprobación para que esta relación con mi nieta se torne seria. Lo trato como un invitado con mis mejores dotes de anfitriona, más no como alguien de la familia, habiendo otros candidatos… si es que tendré que tener con Alecto las mismas charlas que Jolene, quien en todo caso ha descartado mis consejos, así que los puedo trasladar a mi otra nieta.

Me hago la desentendida cuando los días pasan, ni siquiera pregunto si han un lugar donde vivir, mi esclavo se encarga de conseguir esa información necesaria parando oreja contra las puertas que estos chicos cierran para sus conversaciones privadas. Hasta finjo que me agrada ese chucho peludo que tienen, ¡si hasta le compré un hueso de juguete! Con el que me aturde los oídos cada vez que lo muerde. ¡Y la gata una de esas estructuras para que trepe! ¿Y qué ha hecho la ingrata? Acomodarse dentro de la caja en la que había venido el juguete, ahí, con ese gatito que sigue prendido a ella. Me ha dicho este muchacho, Daniel creo que se llama, que es el único por entregar y creo, CREO, que me ha lanzado la indirecta de si no me interesaría quedármelo. ¿Cara de qué me ha visto? ¿De la vieja de los gatos? Qué manera poco educada de apuntar la soledad en la que me encontraron. Pero así como el chucho, también finjo que me agrada cuando hablo con Alecto. Sería capaz de decir que las pulgas del perro son de oro con tal de que mi nieta se encuentre tan a gusto que no tenga intención de marcharse pronto.

¡Pero… cariño!— exclamo, presa de la peor sorpresa, ¿qué es este puñal clavándome en el pecho cuando tengo la pajilla de mi trago en los labios y el sol dándome en la piel, en esta buena vida que compartimos? —¡Si ya reservé para ustedes pasajes del crucero por el distrito cuatro en Navidad!— improviso, no es cierto, pero se resuelve todo en cinco minutos, puedo ver por el rabillo del ojo que Ramik se está alejando disimuladamente para hacer esa llamada. —No, querida, ¡para nada! No es abuso de hospitalidad, si estoy tan a gusto de que estés aquí conmigo, como cuando eras niña y te quedabas a pasar el día, ¿te acuerdas? Y tu perro es taaaan… encantador, y la gata es taaaan… inteligente— astuta estaría mejor dicho, que a todo le echa una mirada maligna con sus ojos felinos. —Y Daniel también me cae bien y creo que yo le caigo muy, muy bien. ¿Por qué no esperan a que pase Navidad? ¡Si falta nada! Y luego, sí, múdense con las buenas nuevas de enero.
Georgia Ehrenreich
Georgia EhrenreichCiudadano

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Mensaje por Alecto L. Lancaster el Miér Sep 23, 2020 5:45 pm

¿Por qué hiciste eso sin preguntar?— reclamo al instante de escuchar que ya ha hecho planes para nosotros para Navidad, ¡para Navidad! Si recién nos estamos despidiendo del verano, y mi abuela ya está pensando en pasajes para un crucero por uno de los distritos más calurosos, si le doy más tiempo es capaz de sacarlos para el verano siguiente. —No, no, verás... Dave suele ir con su familia a pasar las vacaciones, y a mí no me gusta la Navidad, la pasaré trabajando como el año pasado, ¿no se pueden devolver esos billetes? Seguro que sí, es pronto todavía...— me disculpo ante su invitación, arremolinando una excusa tras otra para hacerle ver que no es trata de un capricho como parece ser el suyo, que en verdad tenemos planes que no pueden cancelarse porque quedaría feo. —Es una invitación muy amable por tu parte, abuela, pero de verdad que no hace falta, y además, sabes que no me gusta viajar al distrito cuatro si puedo evitarlo— aludo a la llaga hiriente que siempre quedará expuesta cada vez que se menciona ese lugar, porque es donde está la casa que abandoné por decisión propia y donde habitan unos padres que ya ni siquiera parecen mostrar reconocimiento hacia mí. Si por orgullosos en esta familia no será, eso desde luego.

La nostalgia de mi abuela me obliga a forzar una sonrisa en su dirección, afirmando con la cabeza al no costarme mucho el recordar esos momentos de los que habla con tanta morriña. —Pero eran otros tiempos, ¿no, abuela? Ya no soy una niña... y tengo que hacerme responsable de mis obligaciones, no puedo quedarme aquí dependiendo de ti por el resto de mi vida.— o de la suya, más bien, que espero sea mucho más de lo que ella misma cree para que el karma no actúe como consecuencia a mis palabras —El mundo no se quedará esperando por mí, ni por nadie, esto se sintieron como unas buenas vacaciones, de verdad, pero es hora de volver a la realidad— hablo tan duramente porque es la única forma de dejar atrás esos recuerdos de cría, la misma que se escondía entre los arbustos de su enorme jardín, en un juego solitario de escondite que siempre tenía a su abuela de un lado a otro, porque tanto ella como yo éramos más jóvenes. —No tenemos planes de quedarnos la gata, si te interesa puedes quedártela, ¿querrías?— aprovecho que le lanza un cumplido para encasquetarle el animal a ver si ella sí desea cuidarlo, viendo que está difícil que Dave y yo encontremos un lugar donde acepten tantos animales domésticos, como bien le señalé cuando nos pusimos a mirar departamentos y por inconveniencia de los caseros, tuvimos que acudir a Georgia. —Es David, abuela, David, que no Daniel, ¿cómo puede caerte bien alguien del que ni siquiera sabes bien su nombre?— chasco la lengua, meneando la cabeza en su dirección como reclamo. Dudo mucho que él pueda decir lo mismo de mi abuela, si los únicos encontronazos que ha tenido con ella han sido después de una borracherra y como anfitriona al ofrecer su casa para quedarnos. —No podemos esperar a Navidad porque... ay, abuela, ¿no ves que es una época muy ajetreada? Coincidiría con todo el follón propio de la festividad, por no decir que se disparan los precios por esas fechas, y queremos acomodarnos cuanto antes en un lugar ya.— termino por decir, siendo honesta en la mitad de las cosas que digo.
Alecto L. Lancaster
Alecto L. LancasterAuror

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Mensaje por David Meyer el Sáb Sep 26, 2020 3:59 am

Salgo con la taza de té casi frio que sostengo en la mano, a reunirme con las figuras que diviso al lado de la piscina y cuando escucho algo sobre pasajes a un crucero, acompaño a Ramik en esa retirada a prisa que hace con sus propios intenciones, para escabullirme a tiempo de lo que podría ser una nueva discusión entre Alecto y su abuela. Desde el marco de la puerta corrediza que da acceso al patio desde la cocina de la mansión, las escucho hablar mientras bebo de lo que queda en mi taza y hubiera jurado que la abuela de Alecto no le agradaba en lo más mínimo como para considerarme en la compra de pasajes, para ir a donde sea. Tengo al perro parado al lado de mis pies, absorbiendo la escena entre ambas mujeres con sus ojos que pueden ser tan fijos, que rayan en perturbadores. Muevo mi pie hasta su pata para distraerlo y como mucho consigo una mirada veloz.

Esto de las relaciones familiares siempre se me hizo complicado. Saber que contábamos con la hospitalidad de personas como la abuela de Alecto o su propia madre, aunque esa palabra sigue resultando incómoda al usarla para referirnos a ella, me sorprendió de una manera que no sabría cómo describir. Diría que fue una sorpresa para bien, una amabilidad inesperada, y por eso mismo, un gesto para recelar, estos días me despierto más paranoico de lo normal, desconfiando hasta de lo que no se dice. Si tuvimos que aceptar la invitación de Georgia a quedarnos unos días con ella fue porque resultaba agotador, tras unos días en casa de mis propios padres, hacer malabares para que, si Alecto tenía que pasar tiempo a solas con alguien, fuera con la única persona presentable de mi familia, o sea mi madre. De mi padre y de mi hermana me encargaba colocándolos en una habitación aparte o en el patio jugando con Moriarty.

Pero, siendo franco, no fue simplemente por el cansancio de hacer malabares, llega un punto en que son varios los mundos personales que habitamos que se vuelve un caos tratar de que coincidan y hay límites que fije con mis padres cuando decidí vivir por mi cuenta, que no quiero que se desdibujen al volver a casa porque me costó mucho definirlos. Se está haciendo difícil explicarles a quienes creen que están ayudándonos, que ese espacio que conquistamos, lo queremos recuperar. Porque bien podría, en lo difícil que se está haciendo esto de conseguir un alquiler, decir que me quedo con mis padres y ella que permanezca aquí con Georgia, se trata de ser un frente unido y por eso camino hasta las reposeras para sentarme en una que deja a la mujer mayor en medio de nosotros y coloco la taza vacía a un lado.

Agradezco el gesto de que me hayas incluido en tus vacaciones, Georgia— comienzo, aunque si no se sabe mi nombre, vaya a saber a reserva de quién se habrá hecho esos pasajes. Pensar que su abuela despilfarra en pasajes de cruceros y nosotros comparando precios que vayan de acuerdo a nuestras posibilidades. —Podríamos volver a hablar del tema más adelante, ¿no?—, puesto que faltan meses para ello, la negativa de Alecto puede ser un derroche de energía hacia algo que no tiene sentido discutir en este momento. Pruebo la táctica de patearlo a un lado como si hubiera posibilidades a futuro, sin que un rechazo rotundo incentive a la mujer a seguir dando largas. —Nuestra prioridad sigue siendo un lugar donde vivir, nuestro propio espacio, el espacio que necesitan dos personas adultas— hago el dibujo de un cuadrado en el aire como si estuviera diseñando un plano imaginario, —¿…que no tenga a la puerta de su abuela en el medio de las dos habitaciones?— es incómodo, hay que reconocerlo.
David Meyer
David MeyerAbogado

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Mensaje por Georgia Ehrenreich el Jue Oct 01, 2020 6:44 pm

¡Se le llama regalo de Navidad! ¡No se cuenta!— miento, pésima excusa, ¿ya no tuve una discusión con mi nieta precisamente por tomar decisiones sin consultarle? ¿Es que no puede darme solamente las gracias? No se puede tener un gesto de afecto, que a todo le dicen que no y ponen pegas. Cambia su tono por uno más suave, lo que me parece bien, que no dejo de tener casi ochenta años y sus reproches me puede levantar la presión arterial, ¿se puede ser así de desconsiderada? —¡¿Qué es esta cosa de las parejas modernas?! ¡¿Cómo que el vago se va con la familia y tú a trabajar?! ¡Por favor!— exclamo. —Y hace años que no pasamos esta fecha juntas, ¿no podrías hacer una excepción?— pregunto, será porque en años anteriores me da más o menos lo mismo lo que pudiera organizar mi hijastra, años más atrás incluso prefería llevarme a Gilbert a cualquier restaurante que nos salvara de la compañía de mi hijastra. Toda apelación que pueda hacer a la nostalgia de otro tiempo no tiene efecto en ella, que tan fácil hace a un lado lo que fue su infancia en esta misma casa, como la nieta tan esperada que fue, más allá de que sus padres hayan sabido demostrar o no afecto por una bebé que aceptaron pagar caro.

Claro que puedes quedarte, ¿acaso ves a muchas personas hacienda fila para echarse un chapuzón en esta piscina? No hay nadie más que Ramik y yo en esta casa, querida. Podrías quedarte sí así lo desearas— digo, ¿y lo triste? Que se lo ofrezco a ella porque lo necesita, aun sabiendo que va a rechazarlo, cuando es una oferta que le haría a cualquiera que pudiera ofrecerme su compañía y bastara con pagarle de esta manera, con una mansión de lujo donde vivir. ¡De ahí a aceptar una gata hay un largo trecho…! —No, gracias, si quisiera una mascota me compraría un pavo real o un unicornio— contesto, ¿qué es eso de una gata? Ni siquiera tiene pedigrí. Para eso ya estoy yo ocupando esta casa, como para que venga otra con las mismas características, los parecidos nunca se han llevado bien. Y hablando de los que no caen bien… tuerzo un poco mi boca cuando el famoso Daniel hace su aparición en plena discusión con mi nieta sobre su nombre y me tienta hacerle el feo de ignorar todo lo que dice para contestarle solamente a ella. —Yo aquí, tratando de ser una abuela moderna, permitiéndoles vivir conmigo sin poner tantos reparos a su relación informal y ustedes son los que le ven pegas a todo. ¿Qué espacio pueden necesitar si aquí lo tienen de sobra? Tanto que cada uno tiene su habitación— vuelvo a hacer hincapié en esto, vamos, que no es por el decoro, si el chico mostrara mejores papeles le daría uno. —Yo les diría que…— me acomodo las gafas oscuras sobre los ojos, —que no sean tan impacientes y aprovechen estos meses para pensarlo bien, quizás están apresurando esto de mudarse juntos— obviemos el hecho de que ya vivían juntos, —y ya saben, el tiempo que todos los jóvenes necesitan para estar seguros de querer seguir como siempre, aprovechar y disfrutar de otras compañías— sugiero, claro que solo apunta a una cosa: —como la mía. Mejor esperar tres meses a tomar una decisión, a lamentarse luego sobre un contrato de tres años con el nombre de ambos…— insinúo. —Un departamento no es lo mismo a agarrar un perro de la calle...
Georgia Ehrenreich
Georgia EhrenreichCiudadano

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Mensaje por Alecto L. Lancaster el Lun Oct 05, 2020 5:31 pm

David no es un vago, solo le gusta pasar tiempo con su familia en esas fechas, lo justo y necesario, como a mí...— esto último lo digo en un tono bajo, girando la cabeza para que ni siquiera pueda escucharme porque es más un pensamiento interno que algo que quiera poner en voz alta a pesar de hacerlo igualmente. Ya tuvimos esta charla cuando tuvimos que quedarnos en la casa de sus padres, allí tampoco pudimos quedarnos mucho tiempo, no hubiera sido sano para él, como tampoco lo está siendo para mí el que mi abuela nos tenga atados porque hace tiempo que empezó a encontrarse sola. —Ay, abuela, ¿de verdad tenemos que discutir esto ahora mismo? Estamos en septiembre, todavía faltan muchos meses para que llegue Navidad, no me agobies...— utilizo como recurso cuando noto cómo empieza a escarbarme por debajo de la piel con sus sentimentalismos, haciendo hincapié en que no soy demasiado buena con estos.

Llevo la mirada hacia la piscina cuando la nombra, ni a mí se me antoja darme un chapuzón en el agua, menos cuando se viene el invierno y sus temperaturas frías hacen imposible disfrutar de algo como esto, ni que yo lo hiciera que, como se puede comprobar por el color de mi piel, no acostumbro a encontrar diversión en entretenimientos acuáticos. Gracias a dios que llega David y podemos poner fin a esta conversación, si no fuera porque mi abuela aprovecha su intromisión para remarcar todavía más su punto. —No eres precisamente la definición de abuela moderna cuando nos haces dormir en habitaciones separadas, Georgia...— lo siento, después de tantas semanas, tenía que decirlo en algún momento, que espero que no sirva como precedente para hablar de otras cosas, por favor, que sigue siendo mi abuela.

Llevamos viviendo juntos más de un año, abuela, creo que sabemos una cosa o dos sobre lo que es tener que compartir apartamento— en serio, nos costó más de medio poner las cosas en orden, y un poco más de medio aprender que no puedo solucionar todo arrojándole la ropa cada vez que la encuentro tirada por ahí. Quien dice tirada también dice colgada sobre una silla. —David y yo ya estamos seguros de querer seguir como siempre, ¿no es así?— le dedico una mirada afirmativa, antes de que pueda responder ya estoy dirigiendo mis ojos hacia la mujer anciana a mi lado —Te puedo asegurar que no vamos a tener ningún problema de convivencia, porque los que podamos tener, ya los tuvimos en este tiempo, y sabemos como arreglarlos.— además, que discutir es parte de nuestro día a día, por cosas tan insignificantes como un vaso sin algo sobre lo que posarlo para no dejar marca. —El perro se viene con nosotros, pero la gata te la puedes quedar— sigo insistiendo, si se encuentra sola, ¿por qué no? —Abuela, creo que esta casa es demasiado grande para ti, tú misma deberías buscarte un lugar más pequeño, uno que te recuerde menos que... hay tantas habitaciones libres— propongo, aunque mentiría si dijera que no lo hago con algo de cautela en el cuerpo, sin estar preparada para su reacción.
Alecto L. Lancaster
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Mensaje por David Meyer el Vie Oct 16, 2020 3:31 am

Es bueno que sea Alecto quien lo diga, no yo, a ninguna abuela le gusta escuchar que no es moderna y en estos días se ha hecho una lista de mínimas acciones mías que le desagradaban, como para que añada también tal insulto. Procuro que ni mi cara no diga nada, me limito a respirar, limpia mi expresión de toda mueca que se pueda tomar a mal y forzando a mi boca a algo que no llega a ser una sonrisa, con mucho entusiasmo puede ser interpretado como un gesto ameno hacia la mujer mayor que, con sus buenas y malas, más malas que buenas, nos dio un lugar por unos días. No creo que sea solo una sensación mía, el quedarnos sin el refugio seguro que era el apartamento, cualquier lugar en Neopanem termina por volverse asfixiante. Por extenso que sea el patio, por grande que sea la piscina, por caras que sean las sábanas de los dormitorios, la mansión de la abuela de Alecto no llega a ser más agradable de lo que sería pasar días dentro de una caja de cartón.

Me siento increíblemente desagradecido por estos pensamientos, lo cierto es que se lo agradezco, a su manera también ayudó a que abuela y nieta pudieran recuperar un viejo trato o eso parece, a salvarlo del silencio que al imponerse tras las crisis todo lo que consiguen es que estas se profundicen, y pese a todos los errores que pudieron haber cometido, al daño que pudieron haber causado, si hay alguna posibilidad de que sea algo que pueden remediar, sería capaz de quedarme otro mes. Pero temo que otro mes tenga el efecto contrario así que asiento con mi mentón varias veces, para secundarla en el deseo de que nuestro estilo de vida no cambie. —¿Lo sabemos?— la pregunta se me escapa, no digo que esa última parte de que sabemos arreglar nuestras peleas no sea cierta, pero no estaría muy seguro de que se haya encontrado la ecuación del éxito. Por dentro, desear volver a tener nuestro espacio es un ruego muy ferviente de poder conservar la estructura que armamos palillo por palillo y que necesitamos para sentirnos a resguardo, sea en un departamento del Capitolio o en la misma China desconocida.

Y por eso le lanzo una mirada alarmada a Alecto cuando le sugiere a su abuela buscarse otro lugar, no, no, no. No será que a su abuela se le ocurra empezar a buscar departamentos con nosotros y acabe como nuestra vecina, me siento aún más desagradecido que hace un rato. Soy capaz de dejarle la gata como compensación y dejar de verlo como que Alecto se quiere deshacer del animal a toda costa. —Un penthouse en el Capitolio— sugiero como si me uniera a esta cruzada de aplacar la soledad de su abuela de la que somos víctimas, porque nosotros ni con dos vidas podríamos pagar un alquiler de algo así, no hay riesgos de vivir en el mismo barrio. —Puede buscar una persona para pagar la renta a medias, no porque le haga falta, es una manera de tener compañía— sí, estoy tratando de venderle a su abuela lo que vi que nos funcionó.
David Meyer
David MeyerAbogado

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Mensaje por Georgia Ehrenreich el Vie Oct 16, 2020 4:17 am

Me agarro del corazón con una mano cuando me ofende de esa manera, ¿cómo que no soy una abuela moderna? ¿Quiere que le hable de abuelas anticuadas? Debería agradecerme que no la avergüenzo andando de un lado al otro con palillos de crochet, armando bordados para almohadones, o peor, metiendo pasta en su boca con la rudeza que algunas abuelas usan, qué desagradable. Yo que le permito ser una criatura plena, libre, para que disfrute de esta casa a gusto y por gusto se quede, lo que no parece que vaya a suceder mientras tenga a ese muchacho a cuestas, así que me resigno con un suspiro exagerado que demuestra mi frustración. Sentimiento que no se me pasa con todo lo que dice a continuación, me va hundiendo cada vez más en la reposera en la que estaba tratando de descansar hace cinco minutos y no creo que pueda cumplir con tal propósito.

Por poco no me da un infarto cuando mi pobre audición me lleva a malinterpretar sus palabras, otra vez el gesto de sostenerme este corazón mío, tan sufrido por los sobresaltos que le provocan. —¿Para siempre? —  se me eleva el tono de voz a un punto tan agudo que me hace ver tan aterrada como me siento. —Oh, no, querida— tengo que corregirla, prevenirla de esa confianza que la está cegando, —en el primer año todo es bonito, hasta lo malo pasa a ser bonito, el enamoramiento nos hace apartar la mirada a lo que está mal y a la larga se hace cada vez más grande— la prevengo. Me giro para una disculpa rápida hacia el chico. —No te ofendas, muchacho.No es nada personal contra tí— o sí, —es como las parejas son, los problemas no son problemas el primer año, los reales vienen después—. ¿Alguien va a tomar en serio mis consejos? ¿Alguien va a siquiera escucharme? —¡Qué no quiero la ga…!— resoplo, ya ni sé para qué me gasto diciendo que no, si la gata se va a quedar de todas maneras, si lo que yo digo se lo lleva el viento.

¿Y qué es eso de buscarme un lugar más pequeño? ¿Por qué? No, gracias, he vivido en cuartos de hotel en mis malos tiempos y habitaciones menos agradables, como para volver a un espacio de cuatro por cuatro, la vista de la piscina desde mi ventana nadie me la quita. —¡Ah, no! ¡No, no, no! Si ustedes quieren despreciar esta oportunidad y vivir como pobres, no tiene por qué arrastrarme a mí— les pongo un alto, ¿qué es esto de venir a decirme cómo vivir mi vida? Se están tomando muchas confianzas por haberse quedado conmigo unas semanas, me incorporo lentamente de la reposera, lo que me permite la cadera, y muevo mi mano en el aire para hacer a un lado sus palabras. —Ya, ya, no me meteré más en sus vidas— tengo que ceder para que no se metan en la mía, bastante con que me metan una gata, ya puedo invitar a Jolene y a su peludo a venir a tomar el té, ¡ja! —Alecto querida, sabes que esta casa es tu casa cuando necesites volver— se lo digo con verdadero aprecio, ya me conseguiré un calendario para ir contando los meses. —Suerte, mucha suerte con ese nuevo lugar que quieren buscar, que en este país, con los precios y la política… suerte es lo que van a necesitar— vuelvo a agitar mi mano, dejando que lo hagan como quieran, que es lo que hacen todos los jóvenes.
Georgia Ehrenreich
Georgia EhrenreichCiudadano

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Mensaje por Alecto L. Lancaster el Sáb Oct 17, 2020 7:52 pm

Escondo mi rostro en mi mano cuando el suspiro se lo tiene que tragar mi palma, llego a estar resignada con la actitud de mi abuela pese a conocerla de siempre, lo que me ha llevado a entender sus manías y dominar sus discursos. —Abuela, parece que no sabes con quién estás hablando— alego a esto porque sí, duele cuando alguien cercano asegura que no lo conoces, como si todo el tiempo que dedicaste a quererlo no hubiera existido, como si simplemente hubiera pasado de largo. Con mis padres adoptivos puede que fuera así, que nunca se preocuparon por mis pensamientos internos más allá de los naturales en un ser humano, pero mi abuela sí puede preciarse de conocerme algo mejor que estos, así que me aprovecho de eso precisamente para salirme con la mía. —Soy más que consciente de los problemas, de veras, si fuera cualquier otra persona, entendería que te mostraras escéptica, pero soy yo, abuela, antes que cualquier otra cosa, todo lo que yo veo son errores y problemas— declaro, ni me hace falta mirar a Dave para saber que va a estar ahí, asintiendo con la cabeza, porque soy quién le dije que estaba siendo uno las primeras semanas de mudarse.

Y si no quiere a la gata, ¡pues le buscaremos un lugar a la gata! Si será por problemas a mí, ¡a mí! Que todo lo que hago últimamente es solucionar problemas. —Vivir como pobres, ¡prft! Y luego dices que de dónde saqué el dramatismo, David...— esto lo digo completamente en serio, quién diga que la exageración se hereda es que no ha aprendido del dramatismo con que Georgia lidera su vida —Abuela, me sentiría mucho mejor si supiera que esto lo dices de verdad y no por compromiso— digo, como si en realidad necesitara de la aprobación de otros para hacer algo, cuando lo único que pretendo es conseguir que no se me ofenda tanto. —Vendremos a visitar, lo prometo, después de todo Dave va a ser incapaz de no ver el seguimiento de Becky, se ha encariñado demasiado con el animal— ¿es oficial que la gata va a quedarse a vivir con mi abuela? Yo creo que sí.
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Mensaje por Georgia Ehrenreich el Dom Oct 18, 2020 9:19 am

Tengo que darle un punto a la muchacha, si alguien es capaz de ver que se viene un huracán cuando no es más que polvo en el horizonte, esa es mi nieta, y pese a que muchas veces dije que este talento lo tenía por ser nieta de periodistas, se hereda cierta perspicacia cuando son varias las generaciones que se abocan a rastrear primicias, siempre ha sido mérito de ella, no nuestro. Tuerzo mi boca al tener que darle la razón. —¡Y lo ves! ¡Y lo mismo vas caminando derechita hacia ahí!— si refunfuño es para no perder la costumbre y que crea que voy a empezar a ceder fácil en las discusiones, cosa que nunca he hecho, si he llegado hasta esta mansión, en este distrito, es por andar refutando en la vida a todo aquel que me ha dicho que las cosas no se harán a mi manera. ¿Ah, no?

Pero debe ser cosa de la vejez, del aprecio que puedo sentir por mis nietos, que al final y al cabo el corazón de una vieja mañosa también se debilita con las décadas y cómo no mirarme con afecto a la chica que de niña solía llorar para quedarse a comer postre con sus abuelos, con tal de no volver con sus padres que como plan de domingo la ponían a practicar con su violín. Suspiro, me duele parte del espíritu cuando toca reconocer que estoy en una batalla perdida, me pasa factura mi arrogancia que alguna vez dijo que ninguna batalla era perdida, solo batalla. Pero las hay, algunas nos exigen ceder, retirarnos y que sea rendición sea lo que mantenga la paz. —¡Ay, ese bendito animal! ¡Qué ganas de hablar de ese animal! ¡Si tanto quieren que la gata se quede, pues que se quede! ¡Y a ella la llevaré conmigo en un crucero!— para que vean lo que se han perdido, me encargaré de conseguirle también un collar de diamantes, ¡ya verán! Ese mendiga gata vestirá más caro que la vicepresidente de este país.

Entre mis gritos y aspavientos con las manos, rodeo con mis brazos el cuerpo siempre menudo de mi nieta, acaricio su espalda y me encuentro con que sí ha crecido más que unos pocos centímetros desde la última vez que lo hice. —No te olvides de tu abuela, querida— le pido contra su oído, —que estoy vieja y si no me muero mañana mismo lo haré pasado mañana— la cuota necesaria de dramatismo y urgencia para que no se le ocurre irse sin más, para mostrar su cara a finales del verano que viene. Coloco una mano a un lado de su rostro para depositar un beso en su sien que por rápido es brusco y me aparto, que a ninguna de las dos nos hace bien esto. —¡Pueden irse! ¡Pueden irse! ¿Quién soy yo para detenerlos? ¡Iré a mirar un catálogo en línea para comprarme el bañador que voy a usar en el crucero! ¡RAMIK!— grito llamando al esclavo mientras voy andando torpemente. —¡RAMIK! ¡LLEVAME A JENKINS Y JENKINS!
Georgia Ehrenreich
Georgia EhrenreichCiudadano

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