The Mighty Fall
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Never short of pride ▸ Ingrid

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Mensaje por Nicholas E. Helmuth el Miér Sep 16, 2020 11:09 pm

Ya he tenido por suficiente de la función de Ingrid de no dirigirme la palabra en lo absoluto, pero siendo que los dos tenemos sangre Helmuth recorriendo nuestras venas y el orgullo no es algo que se derroche en esta familia, a excepción de Sigrid en cuyo caso no me sorprendería que ese gen lo tuviera mutado, el no hablar con mi hermana se ha extendido por lo que parece el mayor tiempo récord. No puedo decir que en mi familia no hayan existido discusiones, si vamos por esas creo que haría mejor en cerrar la boca y dejar que el historial familiar hable por sí solo, pero sí que puedo asegurar sin miedo a estar hablando de más, que Ingrid y yo jamás hemos peleado como en esta ocasión, por no decir que nunca nos levantamos la voz el uno al otro, esas solían unirse en unísono para rechistar a otros, no precisamente para hacerlo entre nosotros. Pero por mucho que los demás lo crean imposible, mi paciencia tiene un límite, y aunque mi hermana no se esté dando cuenta bajo ese arsenal de ego en el que se resguarda por creer tener la razón, considero que la familia siempre es la familia, por demasiadas generaciones hemos pasado como para permitir que un argumento nos aleje de la vida a la que estamos acostumbrados.

No sé con qué intención me presento en casa de mi hermana menor, si voy a ser sincero, puesto que no he venido para disculparme por algo que no he hecho, lo que sí conozco es que quiero dejar claro todo este asunto antes de que se convierta en una bola demasiado grande que se nos haga imposible de tragar. He salido un poco antes de mi horario de trabajo para poder hacer esta visita con tranquilidad antes de la comida, así que cuando uno de los elfos domésticos es quién me tiene que abrir la puerta, entiendo que ninguno de los miembros de la familia Romanov está en casa. No es algo a lo que me cueste llegar, cuando he decidido venir a esta hora precisa exactamente para no encontrarme con el ajetreo que puede haber en un hogar como este, y aun así los sirvientes son tan amables de preparar una taza de café mientras espero en la sala de estar, donde me acomodo en uno de los sillones a la espera de que mi hermana llegue de dónde sea que haya ido. Tomo la cerámica entre mis dedos al tiempo de que el elfo avisa de que estará al caer, a lo que respondo con un gesto amable de cabeza que me deja solo en la habitación.

Son unos minutos que dedico al análisis de la habitación en sí, sus estanterías a rebosar de libros que nadie en esta casa probablemente ha leído y que solo el elfo que se dedique a limpiar el polvo sabrá decir cómo es la organización de cada estante. No es la primera vez que estoy en este cuarto, café es algo que no ha faltado nunca en una reunión entre Helmuths y, aunque ahora mismo me sienta más como un intruso que como un familiar, sigue siendo una tradición que mantener, mucho más presente que los libros, al menos. —Me preguntaba cuánto ibas a tardar en llegar— digo, como saludo a mi hermana cuando aprecio su cabellera rubia aparecer por la puerta y por educación me levanto para recibirla, incluso cuando se trata de su casa y no la mía. — Pero me preocupa mucho más el tiempo que vas a seguir sin dirigirme la palabra, si no es porque el elfo doméstico me abrió la puerta, hubiera pensado que no me dejarías poner un pie en tu casa— suena como un reproche, que en cierta medida lo es, pero también alzo mis cejas a modo de reto unos segundos antes de colocar mis manos entrelazadas en la espalda y girarme hacia una de las estanterías, fingiendo estar muy entretenido leyendo el título de unas cuantas tapas. — Mamá estaría orgullosa de mantenerte fiel a tu orgullo, aunque dudo que le hubiera agradado tanto el escuchar que no estamos actuando como la familia que se supone que somos— le dedico una mirada, y esto, para ser francos, queda como una reprimenda dicha por la misma Agatha Helmuth frente a sus hijos.
Nicholas E. Helmuth
Nicholas E. Helmuth
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Mensaje por Ingrid C. Helmuth el Jue Sep 17, 2020 2:24 am

El elfo domestico me recibe en la entrada con el anuncio de que tengo al mismísimo Nicholas Helmuth sirviéndose café en la sala de mi casa, como si fuera un habitué, cuando llevo contados los días en que mi hermano no ha mostrado la cara por estos lados y yo tampoco la mostré en su casa. De mis labios escapa una carcajada de plena satisfacción por haber comprobado con la única prueba de fuego sobre nuestra relación de hermanos, que mi orgullo puede superar al suyo, ¿y acaso es algo para alardear? Véanme entrar a la sala con la barbilla en alto, tan arrogante como se puede ser, mirándolo desde arriba por haber conseguido que, si se arrastró delante de esa fulana, de la misma manera esperaba que viniera a ofrecerme una disculpa. Rogarme una disculpa, mostrarse todo lo dolido y trastornado que puede estar a causa del silencio con el que lo castigué de la peor manera. Yo, su hermana predilecta, siéndole indiferente, si acaso él piensa que aceptaré que me humille delante de esa mujer, todo por amor filial. Tengo mi amor propio, bastante amor propio, como para que mi hermano por mucho que lo aprecie, tenga la crueldad de tomar una postura en un conflicto y que no sea de mi lado.

Yo también me preguntaba lo mismo— contesto, refiriéndome a algo muy distinto a las horas del día presente. Cruzo la sala con pasos decididos hacia el sillón que está enfrentado al suyo, donde tomo mi lugar contra los almohadones y cruzo mis piernas, el elfo doméstico se encarga de que aparezca otra taza de café humeante que recojo con mis dedos finos, los que muestran una alianza similar a la que mi hermano lleva y que Sigrid abandonó hace muchos años. Pese a que cada uno formó su familia, con sus menores y mayores desgracias personales, puesto que ninguna casa está exenta de estas, nunca dejé de considerarlos a ellos como el vínculo primario y más fuerte de familia, como para que la reaparición de una mujer que fue motivo de nuestras rencillas infantiles, sea también en el presente una razón de disputa entre nosotros y haya conseguido que Nicholas expresara duda de si pensaba dejarlo poner un pie en mi casa. —¿Eso es lo que crees?— lo pregunto sin abandonar mi tono desafiante, —¿qué tan grave es la ofensa que solo tú conoces en profundidad como para pensar que podría prohibirte algo semejante?—. Le dejo ver en mis ojos que me espero la peor de las confesiones.

No es la mirada juzgadora de nuestra madre, sino la que heredé de nuestro compasivo padre, la que mostraba cuando se anticipaba a las decepciones y sabía, aun sin haber dicho una palabra, que perdonaría lo que fuera a oír. Una que también he visto en los ojos de Nicholas. En los ojos de Sigrid, ¡oh, Sigrid! Nunca ha brillado algo distinto a la alegría de la vida. Somos una familia, el orgullo del que ambos hacemos gala es solo un rasgo, de antemano sé que perdonaré su falta, así como el perdonó la mía en un escenario parecido a este, lo que duele tanto en esta ocasión es que la protagonista de esta ofensa a la dignidad de los Helmuth no es una desconocida, es quien con toda saña y advertencias previas a su retorcido carácter, logró manipular a mi hermano. —¿Una familia que también abarca a una hija que nadie nunca supo que existía? ¿Crees que nuestra madre condenaría más duramente mi silencio o el tuyo?— lo obligo a responder, retengo la taza en mis manos sin dar el primer sorbo, me mantengo inmóvil, una postura que se rompe cuando le hago el único y necesario ruego: —Solo es una mentira de esa mujer para perjudicar a nuestra familia, ¿verdad? Tú nunca…— pierdo totalmente la compostura y debo devolver la taza a la bandeja. —¡Ay, Nicholas! ¡Dije tantas cosas esa noche! ¡Estaba cegada! No vi nada de lo que tenía enfrente por tener a esa mujer y sus malicias enredando mi mente, ¡sabes que no soy así! Yo nunca… sé que nunca lo harías.
Ingrid C. Helmuth
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Mensaje por Nicholas E. Helmuth Ayer a las 1:06 am

Sigo con la mirada el recorrido del elfo doméstico por la habitación cuando le entrega a su ama una taza de idéntico aspecto a la mía y en su regreso a la puerta en silencio también lo analizo, para que podamos hablar con tranquilidad una vez ha cruzado el umbral y nos encontramos de nuevo en la soledad que nos acogen las paredes. No es que no me fíe de sus sirvientes, todo lo contrario si vamos al caso, al igual que hago con los míos, confío en que sus bocas permanecerán cerradas pese a los abiertas que puedan estar sus orejas para escuchar conversaciones ajenas, pero prefiero que esta en concreto quede entre nosotros hermanos. —No es lo que yo crea,— me giro hacia mi hermana con una sonrisa amable, pero que también denota algo de sorna en ella cuando me encamino hacia el sillón que queda frente al suyo y puedo percibir el olor a café de la taza en la mesita que queda a un lado del mismo a pesar de no tomarlo. —te conozco lo suficiente como para saber que tu carácter no es el de alguien que se tome acusaciones como las que se hicieron en esa cena tan a la ligera— la pruebo, cruzando mis manos al apoyar los codos sobre los reposabrazos. Compartimos infancia, adolescencia, juventud y todos los años que siguieron a ella, que todavía no me considero necesariamente viejo como para hacer esa aclaración, no puede negarme la información privilegiada que me da sobre su persona el saberme hermano mayor.

Esperaba que esa fuera su primera recriminación, estas semanas en silencio no iban a hacer que se olvidara de algo como esto, así que es un alivio que viniera preparado para cada una de sus réplicas, todas las que le dé tiempo a escupir en estos minutos que me privo de estar haciendo trabajo ministerial. Por eso antes que nada, deshago el agarre de mis dedos para tomar la taza y llevármela con tranquilidad a los labios, dejando que se exprese como bien desee hasta que no puede con sí misma y termina por hacer muestra de su error —Sé cómo eres, Ingrid, y por eso no voy a tomar lo que pasó como precedente, no he venido hasta aquí para regañarte, dios sabe que no soy nuestra madre como para querer atribuirme esa tarea, ni aunque se encuentre sepultada bajo tierra— aseguro, que si no fuera porque es imposible, diría que la mismísima Agatha Helmuth se presentaría en esta casa para ponernos a todos en orden con una buena reprimenda de las suyas.

Pero sí me decepciona,— sigo tras unos segundos de silencio en los que vuelvo a colocar la cerámica sobre su plato correspondiente, seguro de que su línea de pensamiento con esa frase va a tomar la dirección equivocada, me apresuro a continuar antes de que no tenga tiempo a explicarme —no el que hubieras obrado como tal, tampoco soy quién para decirte como actuar, me decepciona el hecho de que creyeras tan profundamente que yo haría algo para perjudicar a nuestra familia, ya sea su honor o cualquier otra cosa que pueda lastimarlos— digo, a pesar de su última aseguración de que nunca lo creería, sus palabras aquella noche lo dejaron más que claro al posicionarse en mi contra y su remarcado silencio estas semanas no son más que una demostración de que en el fondo sí que lo pensaba. Eso es lo que me ha decepcionado, no el hecho de que golpeara a mi vecina. —Si tomé la postura de dejaros al margen de algunas de mis decisiones fue precisamente porque no quería que nada de esto pasara, no porque sintiera la necesidad de ocultarlo. Somos familia, no hay absolutamente nada que escondería si supiera que puede afectaros de alguna manera directa— y, espero por mi conciencia, no estar hablando de más al tener que confiar en la propia Rebecca para que eso no pase —¿En eso me crees, verdad?— poso mis ojos claros sobre los suyos, no creo que haya mejor forma de probar su confianza que esta.
Nicholas E. Helmuth
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Mensaje por Ingrid C. Helmuth Ayer a las 4:15 pm

No tengo recuerdos de nuestra adolescencia en los que Nicholas alzara su voz más que para una única palabra que nos mandaba a callar, pese a ser tan correcta como él en cuanto a las formas de comportarnos, ni Sigrid con su desparpajo emocional se montaba rabietas como las mías que tienden a ser más arraigadas en contraste con las suyas que se extinguen luego de exteriorizadas. Pensándolo así, Sigrid nunca tuvo demasiados reparos en demostrar sus emociones, no puedo decir lo mismo de mi hermano y de mí, debe ser por eso que las mías se fugan de maneras inesperadas y propician episodios como este de ir a la puerta de esta fulana a la que ni siquiera sé que nombre dar. ¿Nicholas? Yo también lo conozco a él, lo suficiente como para saber que es capaz de guardarse un mundo dentro sin que le tiemble un músculo de la cara. Por eso lo sorpresivo de su respuesta violenta en la cena que tenía a su hijo y a sus sobrinos alrededor. No tengo dudas de que es capaz de esconder algo que lo perturba de modo que nadie siquiera lo imagine, y de ahí la duda que emerge es que me lo haya escondido también a mí, esa falta de confianza me hiere, más que ofenderme. —Siendo fieles a la verdad, nunca has sido como nuestra madre— suspiro, —en todo caso, te pareces a nuestro padre y me alegra que tu matrimonio con Eloise te haya salvado del carácter melancólico de nuestro tío Ludovic— murmuro en voz baja, en nuestro repaso rápido de ancestros, absteniéndonos de expresar en voz alta la semejanza evidente entre mi madre y yo.

Pero mi breve tregua a nuestra discusión, mi ofrenda de disculpas hacia él, choca de pleno con esa palabra que a este punto debería saberlo él, así como Sigrid y Kostya, que me lastima más que cualquier otra. Ni la ofensa más grave me hace mella como la decepción que puedan expresar aquellas personas que me conocen más que nadie, apenas si suaviza el golpe con sus palabras siguientes, colocando mi falta en un terreno impreciso que no me hace ni buena, ni mala. Y que a él lo exime de darme una respuesta directa y concreta de lo que acabo de preguntar, detalle que no se me pasa desapercibido. Podría interpretar su silencio como el alivio que necesito para el calvario de mis nervios, todo es una mentira de esa mujer, de la que no hace falta hablar. —¿De qué decisiones hablas?— pregunto, esas que nos han dejado al margen. —¿No me lo contarás a mí, Nicholas? ¿Has venido a mi casa porque deseas compartírmelas o solo a dejarme este mensaje ambiguo esperando que todo quede por la paz?— insisto, su voto de silencio implicará una fractura en la confianza que supimos mantener por casi cuarenta años, así que espero que piense bien lo que va a responderme. —Te creo, Nicholas. Siempre te creo— contesto, recomponiendo el tono de mi voz para que supere su fragilidad y se vuelva a escuchar firme. —Así que no uses tus palabras de manera inadecuada y en defensa de ciertas personas indefendibles, que pongan en jaque lo que creo saber de ti.
Ingrid C. Helmuth
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Mensaje por Nicholas E. Helmuth Ayer a las 11:49 pm

Se sentiría fuera de lugar responder a eso con un suspiro acompañado de otro qué alivio, cuando Ingrid bien podría ser quién más se asemeja a nuestra madre de los tres, y tampoco tiene por qué ser una cosa tan mala como para tomarlo de esa forma, así que es una buena cosa que me reserve el comentario para cuando Sigrid esté presente, que ella sí sabe cómo re dirigir las bromas en esta familia para que no suenen hirientes. De lo siguiente sí que no puedo resistir una reacción y todo mi rostro se frunce en una mueca que lideran mis labios, lo que me impide por un momento llevarme la taza de café a los mismos para terminar con mi acto de ofendido. Tampoco creo que fuera con intención de ofender. —¿Así es cómo crees que hubiera terminado de no haberme casado? ¿Cómo el pobre viudo tío Ludovic?— finjo un auch apenas audible, regresando la taza a su plato tras sorber un trago y ladeo la cabeza para extender mi propio análisis —Bueno, si algo tengo que reconoceros es que los hombres en esta familia estamos demasiado ocupados siendo las sombras de vosotras mujeres— bromeo, que por norma general los varones Helmuth se me hacen mucho más callados y menos contenciosos que las figuras femeninas, y eso, en realidad, es algo que nos viene bien. A nadie le gusta que le analicen de cuerpo para dentro y temo admitir que mi madre no tenía problema con señalar las faltas de nuestro padre, a pesar de que a nuestros ojos esas eran pocas, estoy seguro también de que Agatha exageraba muchas de esas cosas. Como sea, siempre he visto a mis antecesores como piedras bien reservadas en cuanto se trata de hablar de sentimientos, nada que ver con la explosión de personalidades que han ido mezclándose en sangre femenina. —Es una verdadera lástima que Ludovic y Grace no llegaran a tener hijos, a veces siento que perdimos a muchos por el camino, ya ni siquiera recuerdo qué fue lo último que se supo de nuestra prima, la hija de Matthew y Jane, ¿la recuerdas?— de no hacerlo, me sorprendería, con todo el escándalo que se armó, aunque no tanto como con el hijo bastardo de nuestra tía Grace, ese primo del que ni siquiera hacemos mención porque tampoco llegamos a conocerlo y no es algo que le agradara escuchar a mamá en las cenas, tengo entendido que su hermana murió joven.

Suelto el suspiro que llevo conteniendo un rato, no por ninguna razón en específico, que vine esperándome la postura que mi hermana no tiene reparos en remarcar al no dejar hueco para especulaciones. Y en eso tengo que darle la razón, cuando impone recibir mis explicaciones tal y como yo recibí las de ella en sus peores momentos, no importan cómo se den las circunstancias, Ingrid y yo siempre mantendremos un vínculo distinto de confianza al que tenemos con Sigrid, son maneras diferentes de poner un voto de confianza sobre el otro, ninguna tiene por qué ser inferior, solo diferente. —No creo que haga falta recordarte que le debía un favor a Rebecca Hasselbach desde que me presenté en su oficina aquella noche para buscar a Katerina— hablo en un tono neutro, para que quede claro que no es un reproche lo que estoy diciendo, sino una aclaración de lo que espero no haya olvidado, porque no es cualquier día que un Helmuth se rebaja a hacer tratos con un Ruehl, aunque mi situación por entonces con Rebecca fuera distinta a la que es ahora. —Bien, tanto tú como yo sabemos que ese tipo de favores es mejor dejarlos saldados antes de que el tiempo pida de una sacrificio mucho mayor, que a la larga se hará cada día mas difícil de pagar— aclaro también, antes de que se me lance al cuello por haber aceptado al final —Lo que pidió Rebecca a cambio de prestar sus servicios al favor de nuestra familia fue que firmara como padre de su hija en el registro de nacimiento de la criatura, Rebecca no quería que se sepa quién es el portador de la otra mitad de su genética, así que eso fue lo que pidió— todo esto lo digo despacio, para que pueda asimilarlo con tranquilidad, no veo otra forma en que pueda hacerse, no con ella —No acepté, lo que viste en mi escritorio fue una falsificación trucha de mi firma, suficiente para que pueda colar a ojos de cualquiera, pero un experto no lo hubiera validado de haberlo presentado— sé que tantos datos van a abrumarla al principio, en especial porque sí forma parte de un malentendido del que Ingrid quiso jugar —La hija que crees que tengo con ella no es más que fruto de un engaño, un favor por otro favor, no somos los únicos con problemas familiares, al parecer... No firmé ese día por la paternidad de esa hija, pero sí lo hice hace unos días— explico, no porque crea que se hubiera enterado de otra manera, sino porque es lo que ha pedido, una explicación, y como tengo la plena confianza de que no dirá nada al respecto, si no es por mí por el honor de la familia, se lo cuento. —Sé que no vas a aprobarlo, no espero que lo entiendas tampoco, pero era el préstamo que le debíamos y mantenernos en deuda con Rebecca no es algo que interese a la familia— digo, como sentencia en caso cerrado, que no hay vuelta atrás, lo hecho hecho está, aunque sí me quedo con una última duda. —¿Qué es eso que crees saber de mí?
Nicholas E. Helmuth
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Mensaje por Ingrid C. Helmuth Hoy a las 6:15 am

Miro a mi hermano a los ojos, busco en ellos su entereza para poder decirle que no, que no habría terminado como nuestro tío Ludovic, que no se ve en él ese quiebre que podía apreciarse el mismo tono azul de aquel ti. No digo nada, le respondo con mi silencio. Nunca vi al tío Ludovic derramar una lágrima por nuestra tía Grace, así como tampoco puedo decir que Nicholas haya llorado a la madre de mi ahijado más del tiempo correspondiente al duelo, sin embargo ambos hombres comparten un semblante oscurecido que muchos tomaran por seriedad. Conozco a mi hermano como para saber cuándo el rictus tenso de alguna de sus facciones es indicio de una emoción que jamás será expresada, por entero que quiera mostrarse ante todos nosotros para sostener esta familia, sé que mi hermano es un pilar de piedra. —Mientras sean de las mujeres de esta familia y no de otras— hago la acusación sutil, que nada me molesta más que saber a mi hermano arrastrándose ante quien ha pisado tanta mugre con sus pies, que no merece tener a un Helmuth a la altura de estos. Morgana, qué daño a nuestra dignidad, esa que hemos protegido por generaciones, también de escándalos ocasionados por la volubilidad de algunos. —¿Josephine? ¿Qué me interesaría a mí saber de nuestra prima bohemia?— bufo, aquella mujer que tiene casi nuestra misma edad, es también con la que menos puntos en común tengo en esta familia. —Sigrid debe saber en cuál de los distritos estará ahora o si ha vuelto a tomarse un retiro a las montañas del once— ruedo los ojos. —Bastante tenemos con los problemas de nuestra familia, en Navidad me preocuparé por ella y el nuevo desnudo horroroso que nos enviará como obsequio— suspiro, todos tienen una prima impresentable en el árbol genealógico.

Pero ninguna mujer, por mucho que me haga rabiar, inspira en mí tal sentimiento de cólera como aquella que ha vuelto a vivir a metros de la casa de un Helmuth, para martirio de toda nuestra familia. Me había sentido tan complacida el día que Anne Ruehl abandonó la triste casa que habitaba al otro lado de la calle, convencida de que jamás volvería a saber de ella, que me enfadan todos los nuevos giros que nos hacen regresar a la mención de su nombre, una y otra vez. Tener que agradecerle que fuera quien dispuso una búsqueda más exhaustiva de Katerina, es algo que me llevaría a la asfixia, sin poder articular palabra. Nicholas sabe bien que esa es la manera más conveniente de comenzar, porque me desarma de entrada, privándome de todas las recriminaciones que tengo para hacer de esa mujer. Mi café está enfriándose en esa taza que no volví a recoger mientras espero que me revele cuál es el favor que tuvo que devolverle y cómo eso guarda relación con la hija de la que nunca habló. —Esa zorra—  escupo fuera cuando me lo confiesa, no puedo creer que haya sido tan aprovechada como para pedirle algo semejante a un hombre como mi hermano que tiene una reputación y un apellido que le queda grande a ella y a la bastarda que nadie sabe que tiene. —Vaya a saberse con qué desgraciado infeliz mezcló su sangre, y tiene cara de pedirte a ti que limpies con tu nombre la mugre sobre su hija— saco todo mi veneno hacia esa mujer, extendiendo mi desprecio hacia la muchacha que habrá heredado parte de su carácter retorcido. —Me parece muy bien que no hayas aceptado— digo, en tanto él sigue hablando, un comentario hecho demasiado a prisa de mi parte, porque como conclusión a las desgracias que no me interesan de Anne Ruehl, le sigue la confesión de mi hermano de que ha firmado ese consentimiento. —¡Nicholas!— lo reprendo, antes de poder morderme la lengua, lo que efectivamente hago al saber que mi reacción no es la adecuada, después de todo fue culpa de aquel favor que pidió y me vuelve a mí responsable. Oh, zorra…

Me pongo de pie al ser incapaz de permanecer sentada por la rabia que me enerva, la impaciencia me hace caminar alrededor del sillón y tensar los dedos de mis manos cuando todo lo que quiero es ir hacia el cuello de Ruehl. —Perra astuta, aprovechada— muerdo entre mis dientes el enojo que me provoca, solo la última pregunta de Nicholas logra que me calme repentinamente, se la contesto al apoyar mis manos sobre el respaldo del sillón donde estaba sentada y lo hago mirándolo a la cara. —Te creía un hombre correcto y honesto, así que me complace saber que así es. Te creo, Nicholas. Me alivia saber que nunca hubo un motivo real para que creer en ti fuera un error, si hubiera sido cierto que estuviste vinculado alguna vez a esa mujer… ¿qué opinión podría entonces tener de ti? Me habrías decepcionado muy profundamente, tú, siendo tan débil ante alguien así. Puedo entender que canallas y poderosos como nuestro presidente se entretengan con una mujer cuyo carácter es el de una perra manipuladora que se muestra servil, pero tú…— el alivio que siento es inconmensurable, —claro que me enfada el que quiera robarnos nuestro apellido para su hija, lo único que impide que no lo rechace de pleno, es tener la tranquilidad de que su sangre no se mezcló con la nuestra. No sé cómo podré mirar a esa muchacha sin ver a ella en su madre, pero no creo que haga falta incluirla a ningún cuadro, ¿verdad?— mis impecables cuadros de cada año, por favor, no. —No será tan arribista como su madre y querrá un lugar, ¿verdad? ¿Qué carácter tiene?— mejor estar prevenida.
Ingrid C. Helmuth
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Mensaje por Nicholas E. Helmuth Hoy a las 5:52 pm

Bajo la cabeza incapaz de esconder la sonrisa que sale de escuchar un comentario tan Ingrid, me hace pensar que este tiempo que pasamos sin hablarnos no ha existido si sigo encontrando en mi hermana a la misma de siempre, capaz de ponerse a competir con las propias palabras críticas de nuestra madre Agatha. —¿Qué problema tienes con Josephine? No es como si nosotros no tuviéramos nuestra propia figura bohemia...— dejo caer, haciendo referencia a la otra hermana que compartimos, que nunca tuvo problema por verse tan despampanante como pudiera, siempre un ritmo más acelerado del que podíamos, y podemos, alcanzar cualquier miembro Helmuth. —No lo sé, sería agradable poder tener un contacto más estrecho con ella, bohemia o no, sigue siendo familia, de seguro tiene historias interesantes que contar— digo, alzando una ceja al regresar a posar mi mirada sobre ella. No es como si nosotros no estuviéramos aprendiendo lecciones valiosas sobre las relaciones familiares, que entre todo lo que ha pasado estos meses, me sorprende que sigamos enteros como familia. Debe de ser que generaciones anteriores también han sabido encontrarse entre mareas desafortunadas alguna que otra vez, como para que nosotros también hayamos aprendido a movernos junto con las circunstancias.

Ocupo mi boca con el café del que bebo mientras presto mis oídos a los insultos que también estaba esperando recibir de mi hermana. En realidad, es una persona muy fácil de leer, incluso para la gente que no se acerca a la familia, Ingrid tiene ese temperamento que puedo olerse a kilómetros de distancia. —No sé quién es el padre— miento, no por costumbre, pero me las apaño para mantener la expresión seria que me caracteriza en el rostro, libre de titubeos —, no me lo dijo y tampoco tengo interés en preguntar, probablemente sea como tú dices, pero aun así lo considero parte de su privacidad, y si queremos que se respete nuestra intimidad, es mejor no meternos en la del resto— digo con cautela, resguardándome en la baza de que mi hermana no puede exigir nada de una persona que se prestó para rastrear a su hija, así que espero que eso sea suficiente para que no venga con comentarios como que debí haber preguntado por lo que firmaba, porque entonces no creo que sea tan cauteloso y compasivo como ahora, y recibirá de mi parte otro sermón de los que no estoy acostumbrado a dar, no con mala cara al menos. Prefiero respetar la voluntad de Rebecca de mantener el nombre del padre de su hija en el anonimato, siendo que ni a ella ni a mí nos va a beneficiar en lo absoluto, y dudo que Ingrid se reserve de hacer comentarios al respecto si se lo digo. Este puede ser mi secreto, que comparto con la persona que menos hubiera esperado compartir un secreto, incluso cuando también me reservé uno de ella en mis días de juventud.

Es ese mismo secreto que tengo que seguir manteniendo de mente para dentro, porque la imagen que tiene mi hermana de mí es la que le he dado a entender todos estos años, como para ponerme a narrar mis deseos de joven cuando todavía vivíamos todos los Helmuth en la calle compartida. Es mejor dejarla con la visión que cuenta, asiento con mi cabeza en silencio para darle a entender que la estoy escuchando y no me he sumergido en mis recuerdos, como aparentemente he hecho. Soy consciente de las batallas que puedo ganar, y aunque no considere que entrar en pelea con mi hermana sea una fácil de ganar, puedo con ello, lo que no quiere decir que esté por la labor de meterme en una discusión que pueda durar horas, sabiendo que su carácter es uno muy difícil de pulir con argumentos. Con mi silencio dejo a un lado el dilema sobre verme un hombre honesto, para centrarme en lo que verdaderamente preocupa a mi hermana de cara para fuera, dentro de su cabeza la estructura es mucho más compleja que la simple superficialidad con que nos ven los demás. —No, tengo entendido que ni siquiera se llevan bien, ella no sabe nada de que su madre me ha pedido la paternidad, y dudo mucho que vaya a enterarse en un tiempo cercano, no sin algo que lo vuelva necesario. El certificado permanecerá oculto, solo lo usará en caso de extrema necesidad y, aunque así fuera, no es algo que pueda volverse en nuestra contra, así que no tienes que preocuparte por poner un plato más en las comidas familiares— eso sí que se lo puedo asegurar, que no creo que ninguna de las Ruehl tengan intención de volverse parte del cuadro familiar de los Helmuth más allá de lo firmado en papel. —Creo que debes conocerla, trabaja como auror, y según recuerdo creo que fue quién trajo a Katerina a casa el día que la encontraron. Lancaster, ¿te suena?— de todo lo banal que puede sonar esta charla, no tiene nada de común.
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Nicholas E. Helmuth
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