The Mighty Fall
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Mensaje por Katerina L. Romanov el Jue Ago 27, 2020 8:06 pm

Si mi madre se creía que iba a ganar con esto de enviarme a un instituto los fines de semana y de acompañarme a la puerta del colegio durante la semana al empezar el curso, estaba muy equivocada. La pobre no sabe con lo que se va a encontrar la mañana de que empiecen las clases, se mete en la cama con papá con la tranquilidad de que todo está funcionando bajo su dictamen, ni se preocupa porque esté aguardando bajo las sábanas hasta que ni los elfos domésticos estén despiertos limpiando la cocina en el piso inferior. Si acaso el único que se sorprende de que me levante en medio de la madrugada es Milo, a quien permito subirse a la cama pese a las indignaciones de mamá de luego encontrarla llena de pelos, y cuando tiro de un extremo de la fina manta de verano para poner mis pies sobre el suelo, alza sus orejas y me sigue como perro fiel por la habitación hasta uno de los cajones de mi armario. En el fondo encuentro el bote de pintura que compré en un supermercado un día que salimos con Gin exclusivamente para eso, que ella dijo que sabía cual utilizar puesto que asegura que su madre también lo usa para teñirse el pelo cuando nadie la ve.

Así que con la más cautelosa de las precauciones, tiro de la puerta para bajar por las escaleras de puntillas con el temor de despertar a alguien recorriéndome la columna, hasta que puedo encerrarme en uno de los baños más alejados y poner el pestillo a pesar de que no creo que se escuche nada desde ahí. Es el lugar donde empiezo con la tarea de teñirme el cabello del tono negro más oscuro que pude encontrar, color azabache que, en contraste con mi piel clara, hace destacar más mis ojos verdes cuando me miro en el espejo con la toalla sobre mis hombros y mi pelo empapado teñido de oscuro. Me parezco a mi amiga con él así, dato que no había tenido en cuenta porque lo único que buscaba era enloquecer un poquito a mi madre con este inicio del colegio, pero ahora que lo pienso dos veces al cepillarme el cabello mojado, de seguro va a culparla de tener semejante idea.

No es algo que me quite el sueño, de todas formas, cuando al día siguiente me suena la alarma y, a diferencia de otros años, salto del colchón con una excitación inexplicable. Asumo que mamá se ha levantado porque escucho pasos fuera de la puerta, conozco tan bien los andares de cada miembros de esta casa que por un momento creo que va a entrar a asegurarse de que me he despertado, pero lo que me aguanto la respiración es lo mismo que tarda ella en bajar por las escaleras. No me presento en la cocina hasta que estoy preparada de arriba a abajo, con mi cabello negro alisado que cae sobre mi espalda por encima de la chaqueta vaquera que me he puesto sobre la blazer del uniforme para darle un toque más personal, y mi falda uniformada también que he atado con un imperdible a mi cintura para que me quede más corta en lugar del largo sacado de un hábito de monja. — Buenos días — digo para hacer notar mi presencia en lo que me acerco a la nevera y la abro para sacar el zumo de naranja, a ver cuanto tarda.
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Mensaje por Ingrid C. Helmuth el Vie Ago 28, 2020 6:22 pm

Por muchas dudas que pudiera haber al respecto, nunca dudé que Katerina fuera hija mía y de Kostya. Nunca hubo un comentario sobre que su carácter distaba de ser como el mío, así que deberían de habernos cambiado de bebé en el ala de nacidos de la clínica. Nunca permití ese tipo de chistes en esta casa, porque el nacimiento de Luka era un tema susceptible, como para hacer bromas sobre la menor que había venido años más tarde, cuando con Kostya nos encontrábamos en una edad en la que nos dispusimos transitar la paternidad de otra manera, tratando de estar más presente y aprendiendo de nuestros primeros errores, que habían sido nuestros por novatos, si tanto Alexa como Luka fueron ejemplos de comportamiento. Nunca hasta el día de hoy, me pregunté dónde está mi hija de verdad y quién era esta extraña que entraba a la cocina de manera tan campante, ocupando un lugar que no le corresponde, con el descaro de actuar como Katerina Romanov cuando ni un pelo en ella es el de mi hija. Y el problema aquí es, claramente, su pelo. —¡¿QUÉ COSA HORRIBLE LE HAS HECHO A TU CABELLO?!— grito en el momento en que mi taza resbala de mis dedos entumecidos por la impresión y se hace trizas en las baldosas, el marrón del café sobre el blanco, porque nada en esta casa puede conservar su tono natural al parecer.

Esto no se compara al mechón rosa que Sigrid lucía de adolescente, ni al mechón azul, ni a los mechones violetas, ni a todo el arcoíris que se le ocurrió colocar en su cabeza a lo largo de esa terrible etapa de nuestras vidas en que tuve que caminar a la par de ella en el colegio con mi pulcro cabello rubio sobre mis hombros, con un corte recto, mi atuendo siempre a juego falda y chaqueta, y ella con sus pantalones rotosos o ropa holgada, ¡ay, Siggy! Pero era mi hermana, nunca la hubiera abandonado a las burlas que pudiera recibir. Lo de Katerina es más que capricho rebelde, lo suyo es una abierta declaración de guerra al no dejarse ni un cabello de por sí castaño, ni siquiera totalmente rubio, libre del castigo de ese moreno que la hace ver pálida y enferma. —¿Quién se supone que eres? ¿La prima norteña de Ginevra?— también le hago un repaso de arriba abajo para que se sienta evaluada y desaprobada. —Yo no di a luz a una niña morena, así de mi casa no saldrá una niña morena con esas fachas de pobre. No sé qué hechizo usaste, pero lo deshaces ahora mismo. Eres Katerina Romanov, espero ver a Katerina Romanov, no a una extraña en mi cocina que parece enferma de viruela de dragón, ¡¿has visto lo pálida que te deja ese color?! No sé en qué reviste viste que el moreno se haya puesto de moda, quiero de vuelta tu castaño en los próximos cinco minutos y a esa campera en el tacho de basura— le ordeno, sacando yo mi varita para recoger las piezas rotas de mi taza.
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Mensaje por Katerina L. Romanov el Vie Ago 28, 2020 8:25 pm

Escucho el sonido de la taza romper contra el suelo mucho antes que el grito de mi madre, no sé cual de las dos cosas hace que gire mi cuello para analizar el desastre del café sobre las baldosas, antes de subir la barbilla para fijarme en el rostro de mi madre. — ¿¿Cóooomo?? — pregunto, posando el brick de zumo sobre la encimera más cercana para llevarme la mano al pecho y poner mi mejor cara de inocente palomita — ¿Que no te gusta el color? — quiero añadir si tampoco le agrada cómo me queda, pero creo que por su reacción puedo deducir la respuesta y además tengo que preocuparme de que no se me escuche reír entre dientes cuando me acerco de nuevo a la nevera para sacar la mermelada que planeo poner sobre mis tostadas, esas mismas que saco de la bolsa de pan de un armario y coloco sobre el tostador, que me enseñaron a prepararme el desayuno por las mañanas en vez de andar detrás del pobre elfo doméstico al cual mi madre le saca las ganas de cambiar de familia si pudiera. ¡Debería ofrecerle una prenda para escapar si así lo quiere!

Te interesará saber que Gin no tiene ningún familiar norteño, lo sé porque el año pasado hicimos una tarea sobre árboles genealógicos, creo que ya te conté aquella vez... — sí, aquella vez que le pregunté discretamente, no tan discretamente, si Luka era de verdad mi hermano o solo una invención que le había contado a papá para que no se enterara de que había estado con otro hombre. Sigo sin creerme esa parte, ¡mi madre la perfecta! ¡Yéndose con otros hombres y pegándole a la gente porque sí! ¿Y es este el ejemplo modelo que se supone que debo seguir? ¡¡No, gracias!! — No utilicé ningún hechizo, en realidad es un tinte que compré en el supermercado, uno de larga duración, creo que... puede llegar a durar un trimestre entero, ¿y sabes qué es lo mejor? ¡Es efecto anti-lavado! Lo cual quiere decir que no se va con el agua de la ducha, y tampoco sirven los hechizos, ¿no es genial? Eso me librará de tener que teñirme todos los meses — le cuento mis planes de futuro tal y como ella hizo con el instituto antes de contar con mi palabra, ignorando todo su semblante y discurso de indignación. Puede que cuele alguna mentira por ahí, que en realidad no es un tinte tinte, sino más bien un baño de color que se irá en unas semanas, pero estoy empezando a adaptarme a este nueve color, ¡quizá pruebe ese tinte que vimos con Gin!

Tomo las tostadas cuando saltan del tostador y las coloco en un plato tras servirme también del zumo de naranja, me llevo todo a la mesa para sentarme y empezar a untar con toda la tranquilidad del mundo uno de los panes con mermelada. — Sí, he visto que realza mucho más mis ojos verdes, y es así como prefiero que se vea mi piel a partir de ahora, llama mucho más la atención — suelto sin preocupación, pegándole un mordisco a la esquina de la tostada y mastico antes de tragar. — ¿Qué le ocurre a mi chaqueta? Forma parte del nuevo movimiento que estamos organizando con las chicas, como símbolo de que tenemos derecho a expresar nuestra individualidad en vez de sentirnos como ovejas de ganado — determino e inserto mis dientes de nuevo para remarcar mi postura con firmeza.
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Mensaje por Ingrid C. Helmuth el Lun Ago 31, 2020 5:43 pm

No— contesto, modulándolo enfáticamente con mis labios, —no me gusta— con eso espero que comprenda que al no considerar mis gustos, también ha cometido una falta a las normas de esta familia, en la que sigo siendo la voz de lo que es aceptable e indecente, y el ala de cuervo que parece su cabello, es tan grosero como el sombrero con el cuervo disecado que la tía Monika lleva en el retrato que inmortalizó el rasgo funesto de su carácter. ¿A ella quiere que me refiera para compararla a partir del día de hoy? ¡Kitty es la nueva tía Monika! ¡Lo que me faltaba! ¡Mañana se pondrá a coleccionar esqueletos de pajaritos y a jugar con runas antiguas! Morgana, ¿qué hice para que mi hija siempre elija los camino más desviados! Pero si desde un principio lo hizo, imponiéndose a su padre y a mí como una circunstancia que no habíamos previsto, a la que tratamos de acoplarnos con las conveniencias de la edad que teníamos entonces y ella siguió sorprendiéndonos con salidas inesperadas al curso normal de los acontecimientos. ¡Si hasta el hecho de que se prepara las tostadas lo es! ¡De eso se puede encargar el elfo, por todos los cielos!

No volveré a charlas sobre árboles genealógicos con ella, me niego. Ignoro ese comentario con toda deliberación al mover las piezas rotas de la porcelana de la taza para descargarlas en el tacho de la basura, mostrándole mi espalda así tampoco puede echar un vistazo a mi semblante para comprobar si en algo me afecta lo que insinúa. Recupero mi postura de enfrentarla con una mirada reprobadora cuando me explica las maravillas de este recurso que encontró para ponerme de los nervios tan temprano en la mañana, rompiendo su propio record. Dentro de unos años estaremos contando cuantos infartos es capaz de provocarme por semana, cuando la edad sea menos misericordiosa conmigo. —Pues así como compraste ese tinte, espero que consigas otro del tono exacto de tu cabello o yo misma pediré que lo fabriquen. Y no esperaré a que pase el trimestre, ni tres días. Hoy, a la salida de la escuela, te pasaré a buscar para que vayamos a arreglar esta… catástrofe en la que te has convertido— suelto, todo mi rostro contraído en una mueca juzgadora. No sé quién le anda metiendo en la cabeza que parecer enferma la hará más llamativa, si hasta la creo capaz de inventárselo solo para tomar el pelo a otros. ¡Ay, Katerina! Si atención es lo que quiere, puedo hacerle ver qué tipo de atención recibirá. —¿Dices que ir vestidas iguales con tus amigas es su manera de protestar para que se le respete su individualidad?— le hago ver lo contradictorio y estúpido de esto. —¿Y desde cuando ir con las fachas de los repudiados del norte te hace única? Hay cientos de chicos en esos distritos con…— me acerco a ella para sujetar con las puntas de mis dedos el cuello de su chaqueta, inspeccionando el material, — estos harapos. Si quieres destacar te vistes con lo exclusivo. Te pasaré a buscar a ti y a Karina a la salida del Royal, necesitas un par de consejos de tu prima sobre cómo vestirte— y que agradezca que hablo de Karina que es cercana a ella en edad, en vez de encomendar a mí o a Lex la tarea de renovar su guardarropa, así quemamos lo que es inaceptable.
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Mensaje por Katerina L. Romanov el Mar Sep 01, 2020 11:52 pm

Una pena… — respondo falsamente compungida, soltando un suspiro dramático para acompañar a mi actuación. De pena poca, la verdad, que en mi parte más interna que solo puedo permitirme expresar dentro de las paredes de mi habitación, estoy riéndome por dentro. — Con esto de que le tiraras de los pelos a la vecina, se me hizo a la idea de que te gustaban sus mechones negros y de ahí que le tuvieras envidia… Equivocación mía — me disculpo, demasiado preocupada por hundir el cuchillo en el bote de mermelada para untarme otra tostada y llevármela a la boca mientras le dedico una mirada de refilón, atenta a su reacción. Quiero que sepa que si ella puede picarme, tomando decisiones por mí y enviándome a sitios donde pasar mis fines de semana, yo también puedo molestar. — Creía que ya habíamos acordado con papá que no hacía falta que fueras a recogerme a la escuela — en realidad no lo sé, es una afirmación que me saco de la galera a ver si cuela, que no sea por no intentarlo. — ¡No puedo echarme otro tinte ahora! Destrozaría mi cabello, ¿acaso no entendiste cuando te dije que es de único uso? Se supone que tiene que durar todo un trimestre, echarle algo encima arruinaría todo el efecto, y quién sabe si llego a terminar calva por eso — ¿quiere que vaya calva a la escuela? ¿¿quiere?? Lo dudo, si ya está armando todo un drama por unos míseros mechones oscuros. Pero luego me llaman a mí la melodramática de la casa.

Tomo mi vaso de naranja para beber un sorbo, tragando rápidamente al verme con que ni siquiera tengo que pensar una respuesta a sus intentos de réplica. — No dije que fuéramos a ir iguales — aclaro — Quinn llevará su camiseta de campaña sobre acciones contra el abuso de hipogrifos, y Ginevra se pondrá pantalones para luchar contra el estándar social de que las chicas debemos vestir con falda — sí, esa misma por la que me tomaron medidas la vez que fuimos a visitar el instituto Ehrenreich, ya puede ir haciéndose a la idea de cómo terminará eso — Anna aun estaba decidiendo anoche qué posición tomar… — le explico la situación con pelos y señales, convencida de que, una vez dentro de la escuela, no podrá hacer nada por controlar lo que hago o dejo de hacer con mis amigas, así no pierde el tiempo ordenando cosas que luego van a entrarme por un oído y salir por otro. — De verdad, mamá, a veces no entiendo de lo que te quejas conmigo, pudiendo tener una hija que a esta edad fume cualquier hierba que encuentre por el suelo o beba alcohol hasta terminar inconsciente — chasco la lengua, esta vez soy yo quien toma una actitud reprobadora, esa que pasa a transformarse en una mueca de indignación tan pronto escucho el nombre de Karina salir en conversación. — ¿Poco tuviste con compararme con mis hermanos, que ahora también incluyes a la prima Karina en el catálogo de modelos a seguir? ¡PRFF! — hago rebotar mis labios uno contra otro de manera exagerada — Prefiero seguir el consejo de Maeve, la novia de Oli, que vestir como lo hace Karina, tienen que ser extremadamente incómodas esas faldas que se pone… — de seguro lleva corsé con los vestidos también.
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Mensaje por Ingrid C. Helmuth el Sáb Sep 05, 2020 2:24 am

Mis miradas sobre Kitty suelen ser severas, nunca asesinas como la que le dedico en el momento en que se atreve a decir que YO siento envidia de Anne Ruehl. —¡Ja! ¡¿Yo?! ¿Qué podría yo envidiarle a esa mujer? ¡Menos aún sus mechas!— digo, atorándome con mis respiraciones por lo violento que se me hace que mi hija me provoque de esta manera, tengo que tomar aire por la boca para calmarme y que esto no se convierta en una discusión histérica como las que solía tener con Sigrid cuando teníamos casi su misma edad, entonces también mi hermana menor tenía la cara para preguntar si mi ensañamiento con la vecina no se debía a una cierta envidia. No había nada que pudiera envidiarle en esa época, ¿ahora? Quizás solo su puesto de ministra, lo que no llega a ser envidia, sino indignación en toda regla de esa injusticia impuesta. —Tu padre sabrá entender que es una urgencia— contesto, mi voz pisando la suya para que deje fuera esa réplica. —Si te quedas calva, te colocas un pañuelo en la cabeza, quizás sea lo mejor, así te vuelve a crecer el cabello con tu color natural y nos dejamos de tantos tintes—, claro que no lo estoy diciendo en serio, ¡de todo tiene que hacer una exageración! Ella fue la primera en echar ese tinte en el pelo para estropearlo, ¡que no venga ahora a decirme que podría ponerse peor! Lo hubiera pensado de entrada, ¡esta niña, por favor! Tan imprudente.

Esas amigas que tiene tampoco son una ayuda para su carácter, una más irreverente que la otra, saber los planes de cada una para este primer día de clases me hace poner los ojos en blanco. —¿Quinn sabe que una camiseta no hace la diferencia, verdad? No es como si alguien del control de animales mágicos fuera a cruzarse con ella y leer su camiseta como para hacer algo al respecto. Y, ¿¿qué tiene Ginevra contra las faldas?? ¡Por favor! ¡¿Por qué ese atentado al estilo?!— bufo, yo que me preciaba de lucir las mías, libres de arrugas, cuando iba al colegio. —El estándar social que se nos impone pasa poco por la ropa que nos ponemos y más por otras cuestiones profundas, que dudo que chicas de su edad puedan entender— mascullo, porque lo siguiente que me dirán será que el exhibicionismo es válido como manifestación contra los cánones que se nos imponen, conozco de esas corrientes que hay, ¡y el pudor, por todos los cielos! ¡El respeto! Hacia una misma, hacia los demás. Me muerdo la lengua para preguntarle si esas dos cosas que me echa en cara no se incluyen en sus planes próximos, porque la creo muy capaz con la única intención de desquiciarme. —También podría tener una hija de cabello castaño, ¡pero no! ¡Se le ocurrió bajar morena esta mañana!— se lo recrimino. —¡Ay, por todos los cielos…!— suelto como una exclamación que me surge desde lo más profundo, —¡también tienes que hacer de Karina alguien con quien dices que te comparo! ¡Qué manía la tuya! Ya no podré decir que el perro me parece educado, porque creerás que es una manera de señalar tu falta de modales. ¡Y ni si te ocurra! ¡Ni se te ocurra, ¿me escuchas?! ¡Decir que vas a tomar a esa chica como ejemplo de nada! Después de la vergüenza que nos hizo pasar a todos en esa cena…— ¡si su padre debe estar avergonzando hasta el alma de que su hija ande haciendo esas escenas! —Olvida toda esta tontería, Katerina. Llamaré al Royal para decir que no vas porque estás enferma, solucionaremos lo de tu cabello hoy. No esperaré ni un día, lo haremos hoy — decido, buscando con los ojos donde ha quedado mi teléfono para marcar al número del colegio.
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Mensaje por Katerina L. Romanov el Dom Sep 06, 2020 8:58 pm

¿Entonces por qué le pegaste si no fue por envidia? — aprovecho la oportunidad, no importa que hayan pasado semanas del incidente, quizás no tanto a pesar de que agosto y septiembre parecen meses tan lejanos, pero dado que nadie me cuenta nada en esta casa y la única forma que parece que sirve para que se vayan de la lengua es provocar, pues así seguiremos. Si quiere llamarme caprichosa por querer saber lo que ocurre dentro de esta familia, esa que por la que tanto se esfuerza en aparentar, pues que lo haga, pero no me gusta que me mantengan a un lado de todo solo por ser la menor de la casa. — Nadie lleva pañuelos en esta época, mamá, eso se quedó en los años en los que hasta la abuela Agatha era bebé — bufo por sus ocurrencias, las suyas sí que son escandalosas y no las mías por las que pone esas caras que parece que le falta oxígeno. No le digo que cuando me crezca el pelo probaré otro color porque seguro que se desmaya ante la idea, aunque no sé si dejarlo como sorpresa va a ayudar a su caso, ¡dejaré que el tiempo decida! ¿Pañuelos en la cabeza? ¡Ni hablar!

Remuevo mi bol de cereales con la cuchara, con la mirada centrada en los mismos sin preocupación alguna ante sus replicas. — No se trata de eso mamá, se trata de concienciar a la gente, que se pongan a pensar en ello y también a hablarlo, igual que estoy haciendo yo ahora contigo, lo harán mis compañeros de clase, ¿y quién sabe si alguno de ellos tiene un padre, madre u otro pariente que trabaje en el departamento de animales mágicos? — expongo mi caso, que parece que tengo que ser yo quien le explique cómo funciona el mundo con las opiniones cuando ella es auror, papá es político. — ¡Y no es atentar contra el estilo! ¡Es atentar contra las reglas sociales que dicen que las niñas tienen que vestir con falda y los niños con pantalón! ¿Por qué no puedo ir yo al colegio con pantalones? ¿Es acaso eso un delito tan grave? — golpeo mi puño contra la mesa al mostrarme indignada porque no puede entender mi punto, todo lo reduce a las apariencias y al ser bonita para los demás. — Lo que tú digas, siempre estás con lo mismo — ruedo los ojos. Que no puedo entender, que soy demasiado joven para comprender, me parece que aquí es ella quien está demasiado vieja como para entender de qué va todo esto.

Como si no te fuera a gustar tener a Karina por hija… — mascullo por lo bajo, apenas creo que me escuche al camuflar lo que digo llevándome una cucharada hasta arriba de cereales para no tener que ocultar mi molestia. — ¿Mifaltademodalesqué? — consigo balbucear tras mi boca llena — Yo soy muy educada, — consigo decir tras tragar — lástima que tú no seas capaz a verlo — me excuso rápidamente — No lo sé, mamá, Luka me dijo que tú tampoco diste una muy buena impresión de ti misma esa noche, y desde arriba Brian y yo podíamos escuchar los gritos — cuento campante, levantándome de la silla para recoger mi plato vacío y vaso y depositarlos sobre la encimera. — ¡Es el primer día de escuela! ¡No puedo faltar al primer día de clase! ¿Y no se supone que me enseñaste que no se deben decir mentiras? Me encuentro perfectamente, y mi pelo va a quedarse así todo el tiempo que haga falta, así que vas a tener que aguantarte. — sentencio, con un gesto de cabeza para reafirmar mi terquedad.
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Mensaje por Ingrid C. Helmuth el Mar Sep 08, 2020 4:45 pm

Porque esa mujer no hace más que avergonzar a mi familia, por eso le di una bofetada— digo, mi mano golpeando la mesada para dar el tema por zanjado, así no sigue insistiendo en conocer los pormenores de mi enemistad con esa mujer que tiene a mis hermanos apañándola mientras a mí me someten al escrutinio de mis actos, ¡como si no se me tuviera permitido enojarme! ¡Claro! ¡Yo no puedo! Pero mi hermana sí que puede hacer chistes fuera de lugar, Jenna puede emborracharse en vez de estar en clases, Oliver puede andar de manitas con esa chica tan desagradable, ¡mi hijo puede traerme una veela a la casa! ¡La misma por la que pelearon Percy y Alexa! ¡Kitty tiñéndose el pelo! ¡Todos! ¡Todos pueden hacer de su vida un desastre y es a mí a quien juzgan por darle una merecida bofetada a esa mujer! Si para esto he vivido luego de estar enferma, solo para verlos a todos cayendo en desgracia. ¡Yo soy la que necesita conseguirse un pañuelo para los ojos! Así me libro de esta lamentable fotografía familiar, ¡dónde han quedado nuestras buenas épocas!

Bufo con la poca paciencia que me resta al escucharla en su postura de querer cambiar el mundo usando pantalón y camisetas en defensa de los hipogrifos, con la guirnalda de margaritas en la frente podré decir que he terminado por convivir con una hippie bajo mi techo. —No sé si lo tuyo va en serio con tanta protesta, estoy entre que lo haces porque te gusta gritar negro cuando alguien dice blanco y porque te gusta quebrantarme tan temprano en la mañana— suelto, escéptica a que con su grupo de amigas crean en verdad en lo que me dice o solo están repitiendo lo que han oído por ahí para llamar la atención. Camisetas, pantalones, todo me hace pensar que no quieren más que eso, qué sabrán ellas con catorce años. Ni quiero mencionar la bendita palabra «alquimia», aunque sea para mofarme de que siempre le va a los intereses más extraños. Esa palabra es invocar al diablo que vive dentro de mi hija y bastante tengo con sus reproches celosos a su prima. —Pues la quiero tanto como una hija, hizo mérito para conseguir ese cariño— enfatizo la palabra «mérito» al echarle una mirada.

Y sigue sumando puntos negativos al echarme en cara que es a mí a quien le falta modales. Puesto que no hay más castigos que pueda imponerle, porque todos fueron agotados, solo me queda esa cuenta mental. —Katerina Romanov, espero, en mi honor y por memoria, que algún día cuando una mujer aparezca en la puerta de la casa de tu familia y pretenda humillarlos, tengas el mismo temple que yo para pararte delante y no dejarle pasar. ¿Me escuchas? En vez de ir tomando como ejemplo a muchachas que contribuyen a nuestra vergüenza, ojalá te viera defendiendo y dejando el alto el estatus de nuestra sangre— le encomiendo, más no sea para que mis palabras pesen sobre ella luego de que me muera, ¡como pasará un día de estos por tanto quebranto! —Y no es del todo una mentira que estás enferma, ¡para que se te ocurra teñirte así el pelo! ¡Seguro tuviste una fiebre delirante anoche! No se diga más, llamaré diciendo que tienes gripe—  decido. —Puedes irte a cambiar... ¡y tira esa chaqueta!
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Mensaje por Katerina L. Romanov el Miér Sep 09, 2020 11:31 pm

El día que mi madre deje de preocuparse por la opinión del resto sobre nuestra familia, y también el momento en que no golpeé los muebles de la casa a cada tanto, será el mismo día que se caiga el cielo y nos invadan los extraterrestres, porque juro que no hay hora en el día que no mencione el honor bajo el que debemos actuar los Helmuth para no avergonzar el apellido familiar. De verdad que sería mucho más fácil si no se tomara las amenazas de la abuela tan en serio, que en paz descanse, pero ya está bien enterrada como para que pueda hacer algo desde el inframundo. — ¿Quebrantarte a ti por qué? Si eso ya lo haces tú sola... — contesto por lo bajo, en ese tono que indica que no tengo la menor idea de si me he pasado de la raya o no, pero que pronto camuflo al seguir con la charleta. — ¡Y alguien tiene que hacerlo, mamá! Porque no puede ser que en el siglo en el que estemos todavía existan estos estereotipos tan tradicionalistas que asustan a cualquiera que tenga una mentalidad un poco más moderna que el resto — sigo con mi discurso, puede que sí sea demasiado pronto en la mañana para atarear a mi madre con estas cosas, conociéndola como la conozco, salvo que no creo que fuera a creer en serio que pretendo ponérselo fácil cuando ella misma ya ha hecho la demostración de que a mí no va a hacérmelo más que difícil el poder tener una opinión propia. Primero el verano de clausura, ahora el Instituto este, ¿y luego qué, eh? ¿¡luego qué!?

Gruño en un gesto que podría considerarse poco humano y más parecido a las respuestas que tiene Milo cuando descubre que vamos a llevarlo al veterinario, tras escuchar cómo alaba a Karina. —¿Oh, sí? Cuando quieras hacemos el cambio — bufo, aunque sin mucha más intención que la de hacer un reclamo. Y aquí empezamos de nuevo... — ¿No te aburres de decir todo el rato lo mismo, mamá? Si dejaras de hablar sobre el alto estatus de los Helmuth por un rato, te darías cuenta de que hay poca gente hoy en día a la cual le interesan verdaderamente esos detalles — no puede decirme que no, cuando el ministro Powell la tiene un poco complicada con ese padre que sale en las noticias a cada tanto, los Weynart ya ni siquiera tienen un puesto en el ministerio y poco a poco las familias puristas están perdiendo su relevancia porque hay cosas más importantes que el aparentar ser mejor que el resto. ¿Y de quién aprendí yo todo esto? Tienen que ser esas páginas en internet que pasa Ginevra... — Yo voy a ir a la escuela, mamá, tú haz lo que quieras, pero no voy a perderme el primer día de clase solo porque a ti no te da la gana el dejarme marchar con un look diferente ¡que quien sabe! ¡capaz le agrade a más gente de la que te piensas! Si solo dejaras tus prejuicios a un lado... — esto último lo digo pasando por delante de ella, decidida al recolocarme la chaqueta tomándola con ambas manos. Tomo mi mochila que dejé en las escaleras que dan al amplio hall de la entrada y me la cargo al hombro, me despido con un gesto de mi mano que va desde la cabeza al aire a modo de general al girarme hacia mi madre y parto antes de que le dé tiempo a esposarme a la cama si no es a las propias rejas de la ventana.
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Mensaje por Ingrid C. Helmuth el Sáb Sep 12, 2020 3:59 pm

* * *

¿Qué soy de otro siglo? Esas palabras de mi hija me han hecho sentir como un patético cuadro colgado en nuestra tan mencionada sala de los cuadros, que desde la altura en la que ha sido colocado se dedica a gritar el protocolo memorizado de los modales en nuestra familia, ¿esa es la imagen que doy al querer que se preserve el estatus que nos heredaron? ¿Soy otra vez la única que se pone a gritar para defender los privilegios que todos gozamos? Esas tradiciones a las que se rebelan, esas normas que tan descaradamente rompen, son parte de la vida que están disfrutando. No les deseo a ninguno de mis sobrinos, mucho menos a mis hijos, que alguna vez se vean desprovistos de los beneficios del apellido Helmuth, pero en ocasiones siento que no le dan el valor que se merece y les da lo mismo, siendo caprichosos y descuidados en hacer lo que les gusta sin considerar el riesgo real de perder lo bueno, al insistir en ir en busca de lo malo.

Me aparezco delante del Royal minutos antes de la salida de Katerina para asegurarme que no se pierda en su camino a la casa, pese a contar con trasladores en la escuela, la conozco capaz de ir por su cuenta y que eso le lleve cinco horas antes de poner un pie en el recibidor de la casa. Busco con mis ojos detrás de gafas oscuras el rostro de Kitty entre los muchos que se amontonan en la salida y espero con los brazos cruzados sobre mi traje blanco a que se digne a venir a mí en vez de ir en la dirección contraria, si es que me ve antes que yo a ella. Lo bueno es que la camiseta de Quinn es tan llamativa que logro divisarla a ella y a su lado a mi hija menor, así que me encamino hacia ellas pisando fuerte sobre mis zapatos, haciendo que los chicos que rebosan la acera me abran paso para ir hacia la ahora cabellera azabache de Kitty. ¡Ni Ginevra lo tiene tan oscuro! Paradas una al lado de la otra, se nota lo oscuro de sus mechones. —¡Tú! ¡La delincuente del pelo teñido y la chaqueta vaquera!—  la llamo a Katerina para avergonzarla delante de las amigas y los compañeros. —Vine a buscarte para que vayamos a revisarte los piojos— que vergüenza, tener que decir algo semejante sobre alguien que viene de familias como los Romanov y los Helmuth, pero espero que ella siente más vergüenza que yo.
Ingrid C. Helmuth
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