The Mighty Fall
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Mensaje por Synnove A. Lackberg el Sáb Ago 22, 2020 2:25 am

She was running
Últimos días de agosto

Lo bueno de estar dando vueltas por los alrededores del mercado negro es que tengo a alguien de seguridad que podrá cuidarme las espaldas. ¿Lo malo? Que trabaja para la seguridad del otro bando. ¿Lo peor? Que todavía no llega, lo que me está impacientando, haciendo que camine sobre mis pies en el peldaño donde llevo parada como un poste inquieto desde hace media hora, con la capa de invisibilidad cubriéndome hasta las pestañas y avistando cada tanto al final de la calle para ver si Maeve se aparece. Mala idea sugerir que nos encontremos cuando le tocaba hacer su ronda por estos lares, ¿y si hubo disturbios por algún lado de los que tuvo que ocuparse? Supongo que me quedará hacer la compra sola, saliendo de la capa justo lo necesario para regatear la receta auténtica de una poción multijugos, así dejo de probar esos brebajes que saben peor que tilo calentado con medias sucias en una misma taza.

Con cada paso que doy, conquisto una confianza que un par de metros atrás no tenía, comienzo a creer que podré hacer esto sin quedar expuesta a ningún peligro y cuando llego al puesto donde los filtros están dispuestos con el mismo orden que aquel que vende licores en la acera, estoy segura que mi cabello castaño oscuro logrará darme un rostro muy distinto al que se ve en los carteles, así que me entretengo hablando un poco de más con el hombre que a su vez me presenta a su esposa y me muestran la receta por la que piden mis buenos ahorros, dentro de su oferta me “regalan” un frasco con un poco de poción multijugos para que lo pruebe. No sé si se considera regalo luego de todo lo que me cobraron con la poción. El de los licores es el primero en dar la alerta y cerrar sus cajas de madera para esconder las botellas, colocando arriba un par de macetas inofensivas. Dice algo sobre que vienen agentes a hacer un rastrillaje de la calle, se me cae el alma al piso, por suerte la capa la sigo teniendo doblada sobre mi brazo. Podría ponérmela sobre los hombros si no fuera porque la mujer tiene mi dinero en una mano y sigue teniendo la receta en la otra, así que tengo que pedirle con prisas que me entregue el papel así como el frasco de prueba, mientras ellos mismos se encargan de dejar a la vista solo las pócimas permitidas.

Me meto en el primer hueco en la pared que encuentro para guardar el papel en el bolsillo y en el nerviosismo de estar manipulando un trozo de tela, con cuidado que no se me caiga el frasco, el papel se escapa de mis dedos para terminar en medio de la calle. Esto no estaría pasando si las recetas de internet fueran confiables, ¡que no lo son! Saco medio cuerpo a la vista cuando ya distingo las primeras figuras de agentes pidiendo identificaciones a comerciantes y clientes, así como de personas que se dispersan en la calle por interrumpir sus compras, me sorprende ver a Olivia entre esos rostros y al verla pasar cerca le chisto con fuerza. —¡Ivy! ¡Por aquí!— le chisto desde el umbral que me da un espacio de veinte centímetros, con la espalda pegada a la pared, para quedar escondida. —Ivy, Ivy, ayúdame— ruego en susurros, —déjame quedarme contigo—. Me coloco la capa dejando mi cabeza fuera para mostrarle que lo único que le pido es que me deje estar parada, invisible, a su lado. ¿Por qué? Porque estoy jodida del miedo, solo por eso.
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Mensaje por Olivia A. Holenstein el Dom Ago 23, 2020 9:26 pm

¡Earl, cuánto tiempo! — exclamo cuando me topo con el rostro envejecido de un hombre al que conozco desde hace tiempo, en medio del mercado a rebosar de gente y que es lo que me impide el haber dado marcha atrás al ver al mismo, porque digamos que la última vez que nos vimos no terminamos en muy buenos términos. Digamos también que le debo un favor, así como uno bien grande que nunca devolví y por el que no debería estar sonriéndole tan ampliamente, mucho menos golpear su hombro de esa manera amistosa con una de mis manos, porque es obvio por la expresión en su cara que no me recuerda especialmente bien. — ¿Todo bien con el... negocio? ¿Sí? ¿Qué tal la mujer? — murmuro un tropel de preguntas mientras doy unos pasos hacia atrás, viendo como el avanza sobre mí al gruñirme como si se tratara de un perro. Ah, no, el que gruñe es el perro que lleva consigo atado con una cuerda en no muy buen estado, de seguro lo tiene entrenado para perseguir a personas como yo. — Bueeeen chucho... — digo lentamente, dándome todavía más hacia atrás.

Por cosas como estas odio volver a este mercado. Aprovecho que queda un hueco entre el puesto que vende telas y el de frutas sin madurar para colarme entre ellos y emprender mi escapada tan pronto como se me permite, con un poco de suerte seguirme le costará unos cuantos segundos de reacción y, para cuando lo hace porque le veo por el rabillo del ojo, ya estoy en otra esquina completamente alejada de su ojo avizor como para que pueda avistar a donde he ido. Suspiro de alivio en mi pensamiento de que ha faltado poco para que eso se volviera una situación incómoda, probablemente turbia también, solo para meterme en otra cuando estiro el cuello y veo las capas de unos aurores aparecer por la entrada del mercado. ¿Qué más podría salir mal hoy? Con suerte llevo en mi bolsillo unas cuantas identificaciones que pueden servirme, que llevo utilizando desde mis inicios en las andanzas por los distritos del norte, así que con la suerte un poco de mi lado, no tendré problema en escabullirme con facilidad.

La naturalidad siempre gana a la sospecha, por lo que decido salir de mi escondite para caminar sin ninguna preocupación en la vida por la calle, escondiendo las manos en los bolsillos de mi chaqueta con aire desprevenido, apenas me fijo en que hay alguien que susurra mi nombre excesivamente alto. Mis cejas fruncidas es lo que primero delatan mi confusión cuando me giro hacia la esquina de la que proviene el sonido, aunque esa expresión no tarda mucho en cambiar por una sonrisa socarrona al distinguir la cabeza morena, que no suele ser morena, de Synnove Lackberg. — ¿Qué haces aquí? — ¿soy yo realmente la persona indicada para preguntar eso? — Estás muy lejos de casa, palomita — porque eso es lo que parece, una palomilla asustada — ¿No te han advertido de lo peligroso de que andes por aquí? Vamos, anda, bajo la capa, bajo la capa — la aliento con el movimiento de una de mis manos a meterse debajo de ella, que la defensa tiene ojos por todas partes y bien podrían estar observándonos. — Te agradecería que no me llamaras Ivy por aquí, no a muchos les agrada escuchar ese nombre por estas calles.
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Mensaje por Synnove A. Lackberg el Lun Ago 24, 2020 3:49 am

¿En serio quieres que responda esa pregunta ahora?— mi voz me sale estrangulada al murmurar esas palabras, cubriéndome las orejas con la capa y aun dejando mi rostro a la vista. Ser una charlatana que se desvía del tema en más de ocasión podría ser el defecto que me condene en este momento si es que tengo que poner a explicarle la razón de mi visita al mercado, a ver, ¿por dónde empiezo Ivy…? Resulta que hace un tiempo, me aparecí en la chimenea equivocada, en una casa del distrito cuatro… Si comienzo por ahí, que es donde considero correcto empezar, el rastrillaje de aurores habrá terminado y yo seguiré contando de cómo fuimos con Maeve a nadar en el mar. Y en serio, ella no quiere saber todo eso, así como yo tampoco preguntaré que hace aquí. Porque, ¡vamos! ¡Está claro que aquí es donde consigue sus pócimas embellecedoras! ¿Vieron su piel? No tiene ni un poro, no, no, su rostro no debe ser cosa de la naturaleza, porque la naturaleza a todos nos castiga con acné y las marcas que quedan luego, pero en Olivia no veo más que piel de seda. Las máscaras de huevo no bastan para tener una piel así, ¡yo lo sé!

Cubro toda mi cabeza con la capa y sigo hablándole en susurros. —¿Entonces cómo te llamo?— preguntó, por si las dudas, en mi estado invisible podría dejarme atrás y cómo haría entonces para volver con ella, necesito la compañía de alguien para que no me tiemblen las rodillas al tener a los aurores rondando tan cerca, ¡por Merlín! ¿Qué el mercado negro no era territorio de criminales y comerciantes ilegales? ¿Qué hacen aquí? Me ofenda como si fuera un avasallamiento de su parte, cuando en otro momento, fiel a mi educación de leyes en el Royal, hubiera dicho que este mercado era el que no debía estar instalado en pleno distrito. —Y espera, ¿¿por qué no quieren saber de ti?? ¿¿Qué hiciste??— cuchicheo cerca de su oído, mi cuerpo casi encima del suyo para que algunos transeúntes con la prisa del escape no me lleven por delante. Uno parece querer desaparecerse a unos pocos metros, sin conseguirlo, pues claro que no se iba a poder una vez que los aurores deciden cercar un área. —¿Robaste algo? ¿¿Mataste a alguien??— sí, culpa de los nervios que me muerden el estómago el que me ponga a parlotear.
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Mensaje por Olivia A. Holenstein el Lun Ago 24, 2020 10:43 pm

O cuando prefieras, palomita, si prisa no tengo, ¿tú sí? — alzo una ceja, sonriéndole de manera bravucona al ser ella quien ha pedido de mi ayuda y no del revés, cuando responde así a mi pregunta curiosa. Que no tiene por qué responderme, no soy exactamente la persona indicada para preguntarle a la gente qué hace con su tiempo libre, cuando yo no uso el mío de la manera más honesta posible, si tengo que ser sincera. Pero siendo que se encuentra en un aprieto por los aurores que se han aparecido en la esquina, y como no estamos como para invitarlos a tomar un té en el puesto de la vieja Phoenix que vaya a saber lo que les echa para dejarte colocado, creo que no se encuentra en una verdadera posición para reclamar. — Dudo que tengas una identificación falsa en el bolsillo, y las que tengo yo no te van a valer, así que mejor te quedas resguardadita bajo la capa y te quedas pegada a mí mientras encuentro un lugar por donde salir sin que seamos demasiado obvias — hubo una vez en que me acostumbré a hablar en susurros, así que volver a ponerlo en práctica no es algo que me cueste demasiado para cuando siseo en su dirección con intención de que solo ella pueda escucharme.

Tengo que camuflar el estar hablando con quién asume ser invisible con una sonrisa que tira de mis mejillas, saludando con la cabeza a las personas que pasan con un aspecto que no me haga parecer una loca, pero a este paso creo que el hablar solo sería considerado menos patológico en este lugar que el hecho de sonreír tan extrañamente. — Puedes llamarme... Willa, sí, Willa está bien — conocí a una mujer llamada así que no me caía demasiado bien, no me molestaría en lo absoluto que su nombre cayera en los oídos equivocados. — Creo que con que sepas que hay cierta gente a la que le debo favores es suficiente para que puedas hacerte una idea de por qué no soy bienvenida en algunos lugares — explico brevemente sin mucho interés en explayarme. Tomo un cambio de sentido hacia la izquierda cuando veo en el callejón la oportunidad de apartarnos de la muchedumbre, cosa que me permite hablarle con algo más de naturalidad y menos temor a ser vistas por alguien de alto rango. — ¡Pero mujer, mujer! Pasas de decir que soy una ladrona a una sicaria o asesina en serie, ¿no hay ningún punto en el medio? — intento bromear, pero la risa me sale más nerviosa de lo que me gustaría porque... — Bueno, sí, robé un par de cosas en su día, pero no es como si nadie no lo hubiera hecho ninguna vez, ¿o vas a decirme que viniste hasta aquí con una capa de invisibilidad porque tus intenciones eran nobles? — obviemos la parte de que su cara sale en carteles, nadie usa una capa de invisibilidad para hacer cosas buenas, creía que eso era un hecho. — Si por algo no quieres contarme qué viniste a hacer... — sí, soy cotilla, lo reconozco, pero luego no dirán que me pierdo de una y hasta donde yo sé, toda información es valiosa, no importa de quien venga.
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Mensaje por Synnove A. Lackberg el Mar Ago 25, 2020 7:02 am

La verdad es que yo si tengo bastante prisa— a este punto no vale negarlo, reafirmarlo tampoco hará que mis pies vayan más rápido de lo que puede empujándole suavemente con mi mano en su espalda, mi brazo invisible gracias a la capa así que parecerá que es el viento lo que está alentándole a avanzar. —No tengo ninguna identificación porque no esperaba tener que usar ninguna— contesto, era un llegar, estar e irme del mercado sin llamar demasiado la atención, tener mi cabello más oscuro tendría que bastar para que no se me asocie al rostro pálido de los carteles, y entre el montón, esperaba perderme. La confianza hace falta para tomar riesgos como este, creer que todo saldrá bien, aunque todo se vaya al garete después, como no podía ser de otra forma. ¿Por qué cuando estoy con otras personas los problemas siempre pasan silbándonos, pero cuando estoy sola se vuelve un enredo del que no puedo salir? Literal, no puedo salir, las calles son un entrecruce de aurores, desearía ser un insecto más que invisible para escabullirme por algún hueco.

Si mantengo el silencio así como mi propio nerviosismo a raya, puedo cruzar al otro lado de cualquier cerco humano, mientras siga los pasos de Olivia y sus identificaciones falsas, que a todo esto… ¿por qué tiene identificaciones falsas? —¿Vienes muy seguido al mercado, Willa?— pregunto, sigo sin abordar el tema de lleno, me guardo el interrogante brutal de qué está haciendo aquí, asumo que nadie quiere revelar que su belleza se debe a pócimas, aunque lo de las identificaciones es un punto que no logro atar a este otro. —¿Favores? ¿Dinero?— no, claro que no, favores son favores, dinero son dinero. Ok, esto no tiene nada que ver con pócimas. —El punto medio es que te hayas metido con un capo de la mafia— respondo por tener mis pensamientos en la punta de la lengua, —¿¿te metiste con el capo de una mafia??—. Siento que la Olivia que conocí detrás del escritorio en la oficina de Ken, es una Olivia muy distinta a la que vengo a toparme en el mercado. Robo es algo que puedo dejar pasar con un asentimiento de cabeza, los pocos meses en el distrito cinco me pusieron al tanto de las profesiones vigentes en estas calles y no había nada de pulcros abogados, ni maestros de vocación.

Solo vine a comprar una poción— apenas lo digo me doy cuenta de la ironía de que pensaba que era su razón. —Todas van y vienen del mercado, no pensé que fuera a pasar algo como esto— que tal vez es nada, algo que podremos dejar atrás con la mayor discreción, pero cuando una sabe que está en falta y que está cataloga como enemigo del gobierno, lo mínimo también implica un riesgo al que tener miedo. Al menos yo, todavía estoy familiarizada con ese sentimiento. —Estos son los momentos en que hubiera deseado nacer con un cuarto más de sangre veela, pero no, claro, la sangre ya se agotó cuando llegó a mí…— refunfuño. —Iv… Willa, creo que ese auror viene hacia aquí…— susurro sobre su oído poniéndome rígida debajo de la carta. —¿Y tú que andas haciendo por aquí, por cierto?— pregunto ya que ella lo hizo.
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Mensaje por Olivia A. Holenstein el Jue Ago 27, 2020 8:57 pm

Echo el aire por la boca en una media sonrisa ladeada al suspirar, que puedo deducir por qué tiene tanta prisa y no es algo que me lleve demasiado trabajo neuronal, si uno se fija detenidamente en los ojos claros grabados en uno de los carteles por los que pasamos al cruzar un callejón, se daría cuenta de que estos no mienten al posarlos sobre los de la chica antes de resguardarse bajo la capa invisible. Merodear por estas callejuelas me hace parecer menos psicópata al hablarle a la propia pared, no es raro encontrarse con personas mal de la cabeza, desquiciadas por el hambre y la enfermedad, lo que hace de este distrito un lugar poco apropiado para una chiquita como ella. — Buen punto, aquí a nadie le interesan demasiado los nombres, solo lo que puedas tener entre tus bolsillos y si puedes darle algo a cambio de un poco de bazofia. Por eso te diría que no te fíes mucho de lo que encuentres en el mercado, la mitad de productos vienen de gente que solo se preocupa de colarte una buena historia para que lo compres, no dejes que te engañen tan fácilmente, esto es territorio de mentirosos y más que reconocer una buena mentira, te sería más útil buscar una verdad — me incluyo entre ellos, el ejemplo más claro lo tengo en que no estaría donde estoy si no fuera por esas habilidades aprendidas en estas mismas calles.

Alzo una ceja en su dirección, a pesar de no poder analizar la expresión de su rostro al hacer esa pregunta, el tono que utiliza en su voz me es suficiente para adivinar lo que quiere saber sin necesidad de preguntarlo directamente. — No, pero no todos los que estamos ahora en el nueve procedemos de la capital o distritos ricos, algunos venimos de la zona menos agraciada del país y todavía tenemos cuentas pendientes con la parte que quedó de nosotros aquí — no lo hago algo personal, incluso cuando estoy hablando desde mi propia experiencia, sé a ciencia cierta que no soy la única residente del distrito nueve y tres cuartos que no la ha tenido tan fácil como esta chica de mejillas rosadas y piel blanca como la nieve, el puro retrato de una joven criada entre paños de seda. Aunque no soy crítica al adjudicarle estos prejuicios, en su lugar le doy mérito por encontrarse en este lugar, y no salir espantada de él a la primera oportunidad. — Tampoco me metí con el capo de una mafia. Las personas que vienen de fuera tienen esa tendencia a asumir que todo lo que se hace aquí son cosas que tienen que ver con delitos y faltas a la ley, pero muchos solo tratamos de sobrevivir durante nuestra estadía en el norte. No es un lugar bonito donde vivir, no quieres pasar más tiempo del necesario entre estas calles, terminas haciendo lo que tienes que hacer para llegar al día siguiente y muchas veces eso no tiene nada de agradable — digo, saliéndome un poco de mi actitud habitual al hablar de forma más seria.

Me río por esa visión ingenua que tiene acerca de las personas que vienen aquí, lo que me hace reír entre dientes como si estuviera tratando con un niño inocente que todavía no tiene ningún panorama sobre cómo es de verdad el mundo. — Las personas que van y vienen del mercado, suelen conocer muy bien el mercado — no sé si me he explicado con eso, pero la sonrisa que le dedico asume que sí — Saben por donde moverse y cuándo es momento de desaparecer, no necesariamente bajo una capa de invisibilidad, la mayoría aprendió hace mucho tiempo a hacerse invisible sin tener que hacer uso de una — algunas personas, es una tarea que hacen demasiado bien. — Mantente cerca y no hables — corto en medio de mi discurso para tratar de moverla hacia un lado de la pared, sin chocarme con sus pies invisibles mientras nos alejo del auror que aparece en la otra punta y al final del pasadizo. — Segunda regla del norte: no le digas a nadie lo que viniste a hacer el norte, tus asuntos son tus asuntos, y no necesitas a nadie metiendo el morro en lo que no les compete — advierto, corrigiéndola sobre su error anterior al delatar sus intenciones con la simpleza de haber visto una cara conocida como lo es la mía.
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Mensaje por Synnove A. Lackberg el Mar Sep 01, 2020 5:12 pm

Puedo reconocer este momento por lo que es, la aparición repentina de alguien con más camino hecho por estos lares, como para explicarme las reglas con las que se maneja esta gente y me hace sentir una crédula. Yo desconfiando de lo que podría encontrar en internet sobre pociones multijugos, pagándole con gusto a un matrimonio por una receta, que quizás ni siquiera son un matrimonio, ¡vaya a saberse! El norte me hará sentir toda la vida que no pertenezco a estos lugares, mucho menos comprenderlo, así como no creo que se me haga fácil volver al Capitolio algún día, no tengo marcado ese día en mi calendario si tengo que ser honesta. —¿En serio no se puede confiar en nadie?— puesta aquí mi pregunta más infantil, —¿por qué la gente tiene que estar todo el tiempo embaucando a otros?— bufo, que actitud de mierda. Es el clásico del vecino llevando a su perro a echar su mierda en el jardín aledaño, pero trasladada esa situación a todas las facetas de la vida. Me colma la paciencia en ocasiones, que de todo se haga una oportunidad para cagarse en el otro.

Olivia no lo dice con esa intención, lo suyo es solo un comentario para marcar diferencias entre distritos, y aquí es cuando lo tomo como el rapapolvo necesario a mis pensamientos, los cuáles son sacudidos de manera que cuando vuelven a acomodarse en donde estaban, la sonrisa que trato de mostrar es la misma mueca de alguien que se comió un sapo, pero lo disimula, y siento que por dentro ese sapo está creciendo. Yo había pensado que había dejado atrás esos discursos que Kendrick me había advertido que no se puede aplicar sobre todo y todos, Mimi no es tan explícita al decírmelo, pero ella también ve el mundo de una manera muy distinta y quizás hasta opuesta a como lo veo yo. —Si eres bruja, y hasta donde yo sé, no eres una criatura mágica. ¿Por qué vivías en el norte?—. ¡Ya sé! ¡Ya sé! ¡No es momento para ponernos al tanto de la vida de la otra! No cuando soy una voz susurrada en el aire por la capa que me cubre entera, invisible en todo el sentido literal de esta palabra, desconozco que otros modos conoce Ivy para conseguir el mismo efecto.

Aprieto mi boca para no decir palabra cuando pide que me calle, pero ella misma es tan o más charlata que yo, se me hace difícil escucharla sin querer contestarle, en tanto continúa instruyéndome sobre las maneras de moverse por el mercado y evadir el control de los aurores. Se me escapa un suspiro de alivio cuando veo que el auror pasa de nosotras o de Ivy, quizás no la ha visto como alguien a quien molestar, y estoy retirando los bordes de la capucha sobre mi rostro para hablarle, cuando la figura que aparece en el extremo final del callejón hace que me quede paralizada. Su perfil la muestra mirando hacia el frente, ruego por dentro que siga caminando, y mis dioses deberán andar en un juego de generala, que ninguno está pendiente hoy, porque la veo detenerse, ¡allí! —¿Esa no es la licántropo del ministerio?— pregunto con mi voz agónica. Y ni siquiera respiro cuando la veo girar su rostro hacia nosotras.
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Mensaje por Olivia A. Holenstein el Mar Sep 01, 2020 11:51 pm

Su reflexión me lleva a deshacerme del aire en mis pulmones con un suspiro profundo, ese mismo que le deja comprender lo inocente que está siendo al pensar de esa manera —Tienes mucho que aprender sobre el mundo todavía, palomita, en especial si planeas moverte por estos terrenos con frecuencia. Es mejor que no pongas expectativas tan altas en las personas, en su mayoría no harán otra cosa que decepcionarte— le aconsejo, de nuevo, es mi forma de ver el mundo desde la perspectiva de alguien que no ha recibido demasiado desde que tiene uso de razón. Mi familia nunca tuvo mucho dinero, y el que tenía ni siquiera se podía considerar limpio, con un padre que se dedicaba a robar monedas antes de utilizarlas para comprar alimento que poner en la mesa. Lo que le estoy diciendo en realidad, sin llegar a hacerlo de manera indiscreta, es que se cuide de personas como yo, solo así se ahorrará muchas frustraciones y engaños, tal y como de acabar en un callejón sin salida que no la lleve a ninguna parte y con más de una deuda pendiente en el bolsillo. Solo Dios sabe que así es como terminan todos los Holenstein, en proceso estoy de que me ocurra lo mismo si no soy más lista que mi padre o que mi propio hermano.

La risa se repite entre mis labios cuando vuelve a hacer una suposición tan abierta, reduciendo la población del norte a muggles y criaturas, como si fueran los únicos que habitan entre estas calles. —El norte no es exclusivo de humanos y bestias, te sorprenderías de conocer el tipo de personas que terminan vagando por aquí, son mucho más que simples repudiados o criminales, también los hay que tuvieron la mala suerte de acabar en este lugar no por elección, sino porque otros los arrastraron hasta aquí.— se me borra la sonrisa que me produjo su interpretación al decirlo, hasta podría decirse que se me ensombrece un poco la mirada a causa de la explicación que me hace rememorar momentos específicos. —Pero mi razón de estar en el norte es lejos de ser una equivocación, es el lugar donde nací, muchos dicen que siempre terminamos volviendo a los sitios en donde crecimos— musito, no muy segura de hacerlo con nostalgia, pero el comentario queda.

Más concentrada en la charleta que en el camino en sí, conozco de este pasadizo como para saber que no suelen atravesarlo aurores de pacotilla que han enviado directamente del Capitolio, quienes solo por no manchar sus botas no se meterían por un terreno como este, no espero que asome la cabeza morena de una persona que conozco, pero no necesariamente por sus recientes apariciones en televisión, sino de otros tiempos. —Ah, carajo, bajo la capa, ¡ya!— exclamo, no lo suficientemente alto como para que desde la otra punta me escuche la morena, pero sí como aviso a mi acompañante de que esto no es ninguna tontería. Como ya no podemos dar marcha atrás, lo único que puedo hacer es seguir caminando hacia delante, así que no demoro mis pasos al rezar porque no haya visto una sombra de más moverse cerca de mí. —Vaya, vaya, dichosos los ojos, Rebecca, ¿qué haces tú por aquí? Creía que tu actual puesto como ministra te habría relevado de tener que poner pie en este lugar— formulo en el falso tono de amistad que se lleva en el norte. No somos enemigas, pero tampoco amigas, como bien le dije una vez, podemos dejarlo en conocidas con intereses comunes, o al menos hasta hacía un tanto.
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Mensaje por Rebecca Hasselbach el Vie Sep 04, 2020 1:19 am

El fastidio que surge de mis entrañas trato de ignorarlo, en años he aprendido que mis emociones no deben tomar las decisiones que salen de mi boca y que mucho en la vida pasa por retirar la mirada de lo que está bajo nuestros ojos, incluso si retienen tu barbilla para que lo mires, provocándote, debes mentir diciendo que no has visto nada. Podría pasar de largo a los aurores que veo haciendo un control holgazán del distrito doce, una cosa es que ellos también tengan en claro la norma anterior, otra es que sean cómplices alevosos por tomarse el trabajo como un par de horas de rascarse la barriga y arruguen con indiferencia su uniforme, de por sí ya muy criticado. La razón de que mis pies se hayan puesto en este distrito no es algo que vaya a compartir con cualquiera, y por supuesto, que ese par de aurores no serán ni los primeros, ni los últimos en decir que es sorpresa verme por ahí. También lo dicen los dos o tres aurores más que convocamos para hacer un control en forma de lo que se está vendiendo en estos recovecos sucios del mercado, dejo que sean ellos quienes se distribuyan las calles y yo tomo la que convenientemente me lleva al umbral derruido de un viejo contacto.

Pocas veces creo en la suerte, el que me cruce Olivia Holenstein en mi camino podría ser tomado como tal, la cuestión con la suerte es que puede ser buena o mala en sí misma, ambas a la vez. La repaso de pies a cabeza para comprobar su estado, nunca se la vio mal en el norte porque sabía conseguirse el sustento, pero de cara se la ve en mejor condición que nunca. —La sorpresa es mía de verte por estos lados, luego de que me dijeran que tenías domicilio en el rebelde distrito nueve— la saludo al andar hacia ella con pasos lentos, —consulté por ti hace un tiempo y me dijeron que también seguiste el sueño de la fiebre de oro como sucedió con otros norteños. ¿Encontraste tu granito de oro, Ivy?— pregunto con una sonrisa tirante, que no la juzga, ni la condena, como mucho se extraña de esa actitud de ella por tomar ¿el camino decente hacia una vida mejor? Es una niña que aprendió pronto las reglas de estos distritos, me llama la atención que pueda vivir por fuera de un ecosistema que es en el que respira. —¿Qué me dices, Ivy? ¿Nuestras actuales posiciones nos impiden tener una conversación de viejas conocidas?— musito en voz baja cuando mi cuerpo se acerca al suyo para inclinarme sobre su oído. —¿También le rezas a Black o solo estás ahí para servirte de algunas monedas que le dejan al mártir en su altar?— pregunto para saber si es posible que una chica como ella se haya purificado por dentro y colocado sobre sus hombros ese manto de oveja que a los del distrito nueve les gusta enseñar para ocultar sus manchas.
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Mensaje por Synnove A. Lackberg el Sáb Sep 05, 2020 12:55 am

Sienta sus palabras como un golpe en la boca del estómago, sé algo sobre expectativas altas, era la regla con la que solía medirme mi madre mientras crecía, y a mi manera, también desarrollé expectativas hacia ella que me llevaron a una frustración rotunda. Ivy no miente sobre el peligro de poner expectativas en algo, es casi inconsciente esperar cosas de los demás, y aún más inconsciente el no vernos nunca satisfechos, en lo más simple. Deseo de cosas imposibles, todo el tiempo, un rasgo que se me acentúa cuando a mi alrededor hay personas que me inspiran confianza y el lugar que habito da lugar a la esperanza, al menos en el Capitolio, el vértigo de esa vida aséptica y de anónimos, me imponía pensar con una mentalidad más fría, anulando muchas de los anhelos que al día de hoy tengo a flor de piel. Y una buena zurra, como la que me da Ivy con sus dichos, me devuelve el sentido de la realidad. Da ganas de soltar un «auch», que guardo detrás de mis labios apretados.

El norte ha sido destino de exilio para muchos, coincido con ella en que excede a humanos y bestias, pero mi caso no goza de comparación alguna con la de muchas otras personas que nunca hubieran venido a estos distritos por elección. Estoy tan acostumbrada a escuchar que todos alguna vez vivieron en otro lugar, que esta fue una parada obligada entre lo que fue su hogar y fronteras que permanecen cerradas, que me sorprende escuchar que alguien de la edad de Ivy haya nacido aquí. Mis preguntas sobre su vida quedarán para después, me trago mi voz cuando tenemos a la ministra de Defensa a pasos de nosotras, creo que la he perdido para siempre cuando escucho el saludo de Ivy. He perdido la voz, la vida, el alma. No hay manera de que pueda respirar cerca de una licántropo y que no sé de cuenta de mi presencia, por muy invisible que me haga esta capa. Estoy helada en mi lugar, incapaz de mover siquiera las pestañas, y es cuando la veo arrimarse a Ivy que tomo una decisión: escapar. Su cuerpo queda tan cerca del mío, que puedo notar el tono de sus ojos, y tomo una segunda decisión suicida: tiro de un cabello negro que queda flotando detrás de su oreja al dar el primer paso que me aleje de ellas. Tiro de ese pelo con la punta de mis dedos y toda la delicadeza que puedo tener, y echo a correr para poner distancia, dejándolas en esa charla de la que no me interesa ser parte porque me interesa más huir, será cosa de mi instinto de conejo ante el lobo.
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