The Mighty Fall
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My heart's been borrowed and yours has been blue ✘ Lara

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Mensaje por Hans M. Powell el Sáb Ago 01, 2020 2:57 am

Lunes 15 de agosto, 2470

Will you share your life with me for the next ten minutes?
We can handle that. We could watch the waves, we could watch the sky
Or just sit and wait as the time ticks by and if we make it till then
Can I ask you again for another ten?






El aroma del mar se siente como si me hubiesen metido dentro de una burbuja relajante a pesar de todo lo que dejamos en casa, un sitio que por las siguientes dos semanas no será más que ficticio para nosotros, las personas que se pasaron la vida corriendo del compromiso y que, de alguna manera, hoy están corriendo del resto del planeta para poder pasar por el momento de una promesa que jamás pensé hacer. No diré que estoy tranquilo porque no lo estoy, incluso he tenido un momento de catarsis al armar las valijas y meter los papeles de casamiento dentro, lo suficiente profundo como para acabar llamando a mi hermana por teléfono para preguntarle unas cuantas cosas sobre el matrimonio, que ella tiene más experiencia en el tema que yo. Cuando era joven y veía a las parejas que lucían sus sortijas, no hacía otra cosa que preguntarme cómo era posible que tuvieran tanta confianza en alguien como para pensar que acabarían enteros después de pasar por ello. No recuerdo mucho de mis padres siendo un matrimonio feliz, así que no diré que tuve un buen ejemplo. He tenido que recordarme en más de una ocasión que hemos recorrido un largo camino, que no estoy haciendo esto con alguien a quien doy por sentado, que Lara Scott siempre ha sido una sorpresa para mí y puedo apostar que lo seguirá siendo por lo que queda de nuestra vida. No voy a consolarme diciendo que ahora el divorcio es legal en caso de que las cosas salgan mal, porque no tengo intenciones de terminarlo. Por una vez, puedo decir que estoy seguro de querer aferrarme a alguien más que a mí mismo.

Como he dicho, nos alejamos del mundo para acabar en una de las islas pequeñas del archipiélago, esas que sirven como destino turístico de las personas con dinero y para aquellos que quieren evitar un circo mediático como nosotros. Los amplios ventanales nos regalan la vista de la playa, esa que será nuestra única testigo en los próximos días de cualquier locura que podamos hacer, además de firmar el acta de matrimonio. Bendita sea la magia, el equipaje se encuentra en la habitación mediante un hechizo de aparición, así que solo tengo que preocuparme por que Scott no espíe entre mis dedos en lo que la hago pasar a la sala con pasos cuidadosos, no sea que la acabe pisando y se arruine la gracia del momento — Intenta tener cuidado con el… ¡Escalón! — tengo la rapidez para usar mi mano libre y tomo su brazo, así nos estabilizo a los dos — ¡No veas! ¡Deja los ojos cerrados! — alejo con cuidado la mano de su rostro en lo que chequeo que siga con los párpados bajos y doy algunos pasos hacia atrás, hasta que mis piernas chocan suavemente con el sofá — Verás, como nos pasaremos quince días sin tener que limpiar babas o pañales y tendremos que pasar por el traumático proceso de dejar de ser solteros ante la ley, he pensado cómo hacer esto lo más adecuado para nosotros posible. Así que… — le insto a que abra los ojos con un chasquido de mis dedos y le enseño el banquete de bienvenida que reposa sobre la mesita de la sala. Bueno, “banquete” lo que se dice “banquete”, que entre las flores, frutas exóticas y bombones de calidad solo hay… — ¡Botellas del alcohol más exclusivo del Capitolio! Un masajeador y… — tengo que dar la vuelta para alcanzar una pequeña tablet plateada — Pornografía. Este esto y el libro de Rose, podemos estar de lo más entretenidos.

Me asomo por encima de la pantalla, sonriendo con ironía frente al espectáculo que estoy dando y, sin soltar el aparato, doy dos grandes zancadas para poder estar de pie frente a ella — ¿Estás bien con todo esto, Scott? ¿No crees que es mucho ni nada así? — que jamás me voy a olvidar de nuestra primera cita y lo penosa que fue, incluso cuando el resultado fue el tenernos aquí después de tanto tiempo pateándolo en nuestro calendario — Si estás nerviosa o cansada, siempre podemos meternos en el jacuzzi hasta que se nos caiga la piel. O dormir. Tengo entendido de que la cama es inmensa y podremos despatarranos sin llegar a tocarnos los dedos — lo cual no es lo que tengo en mente para estos días, pero creo que entiende mi punto de la explicación. Presiono mis labios sobre su frente antes de buscar la comisura de su boca — ¿Todavía no sientes la urgencia de salir corriendo lejos de mí? — que si consideramos que se escapó de nosotros tanto como yo lo he hecho, tampoco me sorprendería en lo absoluto.
Hans M. Powell
Hans M. Powell
Ministro de Justicia

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Mensaje por Lara Scott el Sáb Ago 01, 2020 7:36 am

Nunca esperé estar parada en este lugar, el mar que se ve a través de los ventanales es muy distinto a aquel en el que me ahogaba hace unos pocos años y no puedo creer que sea una realidad el que haya sobrevivido a la tormenta que quiso hundirme, cuando todo lo que veía era un azul furioso y gritaba en este, porque estaba demasiado enojada con todo y el mundo como para responderle de otra manera que no fuera empujando lejos lo que se me acercaba. Me pesaban injusticias que las sentía personales, cuando fueron heredadas por otros que estuvieron antes que yo y quienes presenciaron las calamidades sucesivas que hicieron de este presente lo que es, uno que tuve que aprender a mirar de un modo distinto, para convencerme primero a mí y antes que a nadie, que quizás me merecía tener un presente diferente al que parecía predicho. Ni un pasado heredado, ni un futuro hecho de malas predicciones mías. Hace bastante que mi mente me pertenece en exclusividad como para que ya no se cuelen entre mis pensamientos esos sueños de finales precipitados, y el saber que en la noche puedo abrir mis ojos para encontrarme con un rostro que descansa sobre la almohada, hace a la paz que conquisté luego de tantas guerras conmigo misma.

Es curioso como aquello que, por muchas razones, es todo lo que debes evitar, se convierte en el sitio seguro para estar y por eso lo he seguido hasta aquí, aunque pensarlo como que mis pasos van detrás de los suyos es incorrecto, son mis pasos yendo a la par de los suyos, hacía lo que vimos hace no mucho como un salto al vacío y hoy es un salto de fe, su mano en la mía, convencimos de que caer juntos es nuestra mejor elección. Y entonces escucho el grito por el escalón, siento su agarre que me impide irme de bruces al suelo, rompiéndome así la nariz nada más llegar y que en las fotografías de la ceremonia que le prometimos a Meerah salga con un vendaje que, para nada, iría con el diseño que hizo. —A este paso podré decir que, literalmente, me llevaste a un altar con los ojos cerrados— aunque en este momento no lleve más que los clásicos jeans y una camisa sin mangas, que todavía se siente el calor de agosto. —Tú y tus persuasiones, haciéndome caminar hacia dónde quieres que llegue, Hans Powell— me burlo de él al pararme a su lado y abrir los ojos cuando el chasquido de sus dedos me lo indica, la mesa a rebosar debería sorprenderme, pero él se lleva toda mi sorpresa, desde hace… meses, él dirá que años. Casi dos años. Pero yo los cuento, hemos pasado los veinticuatro meses, son casi veintiséis meses desde aquel mayo en que le pregunté sin tapujos a que se refería cuando quería cambiar las formas de nuestro acuerdo, y lo hice para que se mostrara honesto o se espantara, mejor aún si era lo segundo, porque no quería a alguien importunándome cuando apenas sí podía conmigo misma.

Lo importuno que llegó a ser me tiene en este paraíso reservado a nosotros, mirando los platos de manjares para luego pasar mis ojos a su rostro, y estiro mi brazo para que mis dedos rocen los mechones de su frente al percibir algo en el tono de su pregunta me recuerda a una inseguridad, suya y mía, más propia de los jóvenes y que la sufrimos a destiempo al ir descubriéndonos como los adultos inexpertos que no sabían darle un nombre a lo que sentían. —Ay, Hans— suspiro al dar otro paso hacia él que me permite ir subiendo mis manos por su garganta y reducir la distancia entre nuestros cuerpos para que sus labios al bajar de mi frente a mi boca, pueda atraparlos en un beso. —Te ves muy lindo preparando todo esto y sugiriéndome un jacuzzi o una cama para dormir, al comenzar estos quince días sin pañales a la vista— susurro al rozar su mejilla con mi nariz mientras voy dejando un rastro de besos cortos que llegan hasta su mandíbula para seguir bajando por su garganta. —Tus maneras previstas para retrasar la boda unas horas, unos días más, están muy bien pensadas. Pero si no quieres que te arrastre a la playa en este momento, solo hay una cosa que me haría demorar la ceremonia un poco más— y nos conocemos, mis manos al descender con prisa por su ropa para buscar su piel por debajo no da mucho espacio a imaginar algo distinto a lo que tengo en mente. —¿Estás asustado?— murmuro. —Porque yo lo estoy, estoy temblando, y todas las horas que faltan me llenan de ansiedad, no me hagas pasar la tortura de estar en un jacuzzi escuchando el reloj en mi cabeza—. Empujo su cuerpo con mis manos contra su vientre para llevarlo hacia una de las sillas dispuestas para una cena que nos mira a nosotros, valoro el esfuerzo en los preparativos, en verdad, pero… —Y no, no quiero correr hacia ningún lado, mucho menos lejos de ti, si todo lo que quiero es chocar contigo. ¿Quieres saber qué tan fuerte puede ser el impacto?
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Mensaje por Hans M. Powell el Sáb Ago 01, 2020 8:57 pm

Me encojo de hombros con la gracia de un niño travieso, que si ella ha caminado por senderos que no pensaba pisar no es enteramente mi culpa. Los dos tenemos la edad suficiente como para tener en claro que estamos aquí en resultado de un sinfín de situaciones que nos unieron como si fuese una broma jodida del destino, ese que nos hizo tropezar una y otra vez al uno con el otro hasta que pudimos quitarnos las etiquetas para ver a la persona que estaba debajo. He aprendido a no retroceder cuando ella se acerca, con una expresión que capta mi curiosidad y atención en lo que bajo la tablet para quitarla del camino y, con cuidado, la lanzo sobre el sofá más cercano en lo que recibo sus caricias — Tienes que admitir que son ideas tentadoras — apunto en lo que mis manos rozan el contorno de sus caderas, no puedo evitar una suave risa que retumba profundamente en mi garganta al ver esto como una excusa para no salir corriendo a vestirnos para nuestra ceremonia privada, cosa que está muy lejos de las intenciones de Scott en lo que sus manos tibias hacen estragos con mi ropa, tan bien como solo ella sabe hacerlo. Nos hemos vuelto expertos para con el otro, así que nada de esto me sorprende. Después de años siendo extraños profesionales, hay líneas que cruzamos con una seguridad casi vertiginosa al momento de invertir nuestros títulos.

Le contesto con una expresión pensativa en lo que una de mis manos tantea por su cintura, arrugo la tela de su camisa en un intento de poder rozar mis dedos por su piel — No, no estoy asustado — confieso —Más bien, estoy ansioso. Siento que sé lo que debería esperar y, al mismo tiempo, estoy seguro de que no tengo la mínima idea — porque creo conocerla lo suficiente como para saber cómo son los días a su lado y, de todos modos, temo que todas esas personas que han dicho que el matrimonio cambia a las parejas tengan razón. Hoy, siendo quienes somos sin haber firmado ni un solo papel, sé muy bien cómo colocar mis pies para no caer al suelo ante sus empujones, quebrando mis labios en una risa hasta que tropiezo con una de las sillas, la cual apenas y se mueve bajo mi peso al acomodarme en ella con cierto atropello. Mis brazos son lo suficientemente largos como para rodearla, tiro de sus muslos para acomodarla sobre mí, que mi cuello ya se anda estirando para poder rozar los labios contra la curvatura del suyo — En mi experiencia, el impacto es suficiente como para desequilibrar el universo tal y como lo conocemos — me burlo de nuestra suerte en lo que mis manos recorren su espalda de manera furtiva debajo de su ropa, abarcándola con la facilidad que me regala el que sea pequeña en comparación a mi cuerpo — Pero esta vez tendrás que sorprenderme si pretendes que te preste atención, que hay mucho que desempacar, papeles que organizar y ni hablemos de que esa champaña se ve bastante tentadora.

Queda bastante claro que ahora mismo, de todos modos, es ella la que me tienta. No puedo esconderlo cuando tengo los dientes ocupados en marcar suavemente su cuello, ayudados por unos labios cuidadosos que la recorren como si fuese la primera vez y no la milésima. Enderezo mi torso para que se presione contra el suyo, mis labios rozan el contorno de su mentón hasta llegar a los suyos, a los cuales presiono con una sonrisa pequeña — ¿Sabes que aún tenemos que cumplir con la noche de bodas, no? — me mofo de nosotros, a pesar de que capturo su labio inferior en un ligero mordisco. Hacer esto a nuestro modo nos permite el movernos a nuestro antojo, sin invitados ni formalidades somos capaces de firmar los papeles a las tres de la mañana si así lo deseamos. Una de mis manos se mueve de su espalda hacia su vientre, apretando allí son suavidad — Aún así, creo que es la primera vez en la cual siento curiosidad por verte con ropa. Soy el tipo que, de alguna manera, consiguió que Lara Scott se vistiera para su propia boda — podríamos darle el mismo mérito, pero siempre se me ha dado muy bien el regodearme conmigo mismo.
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Mensaje por Lara Scott el Dom Ago 02, 2020 5:22 am

Mi sonrisa es una que ha desnudado sus intenciones hace mucho, allí donde antes me movía con sigilo para evitar trampas de su parla y usaba el embestirlo como táctica para desconcertarlo, ahora avanzo hacia él a través de cualquier tablero con mis motivaciones siendo claras y honestas, ya no tenemos que preguntarnos qué espera conseguir el otro al tirar de su lado en un duelo de orgullos. —La mente que las piensa es tentadora— susurro al retirar los mechones de cabello en un hábito que me pertenece y acariciar las arrugas bien conocidas de su frente con mis dedos, —solo estoy poniendo a prueba que otras ideas se le ocurren— bromeo, que al final de todo siempre nos encontramos con el humor al que supimos hacer parte de cada roce caliente de mi mano deslizándose por su piel, su cuerpo que reacciona como debe ser y este verano se vuelve tan asfixiante como otro verano que supimos tener, en el que no hubo esquina de mi apartamento que se salvara de nuestra exploración. Pero no fueron esas ocasiones las que me llevaron a creer que lo conocía de algún modo íntimo, podríamos haber seguido siendo cuerpos que se encontraban para desenredarse luego con indiferencia, si no fuera porque en el camino de perder prendas, también nos desprendimos de un par de títulos y prejuicios, así, con la misma ligereza con la que voy descubriendo su pecho para que mis manos al apoyarse sobre él no encuentren más obstáculos de tela.

Estás asustado— me mofo de él, —dices que no para llevarme la contraria, pero estás temblando— no es cierto, son mis dedos los que van hurgando por su vientre para conseguir esa respuesta de su parte. Lo miro a los ojos cuando habla una ansiedad que también puedo decir que siento, ambos nos referimos a la ceremonia que nos espera en unas horas, mañana o dentro de una semana, cuando nosotros lo decidamos, la mañana en que la que nos despertemos diciendo que es el día. Y por el momento la camuflamos con caricias que por familiares la llevan a nuestro terreno conocido, entonces la ansiedad es un madeja que desanudamos entre nosotros, con la destreza que adquirimos para que sus manos sepan cómo acomodarme a su cuerpo cuando caemos en la silla y sus labios recorran en mi cuello el camino que hago a la inversa con mis dedos, desandando por su garganta hasta su espalda desnuda sobre la voy trazando líneas como marcas que van reafirmando mi promesa de que nunca me cansaría de recorrer los mismos centímetros de piel. Dejo un par de besos sobre su hombro al creerlo atrapado con mi peso y determinación en este inestable trono de un universo que se desequilibra a nuestro antojo, pero su desafío me lleva a retirarme lo suficiente como para que todo su rostro pueda caber en mi mirada y el champagne que menciona esté al alcance de mi mano si estiro un poco mi brazo. —Nadie dijo que la íbamos a dejar de lado. No será la protagonista, pero la podemos hacer parte. Dime, ¿te gustaría una despedida de solteros entre futuros novios?— arrastro mi voz con un tono provocativo y mis dedos se deslizan por su cabello para echárselo hacia atrás.

Mi propósito de agarrar el champagne se ve demorado cuando me relajo a las caricias de su boca sobre mi garganta, buscándolo cuando se acerca a la mía y con un suspiro entre ambas, escucho esa pregunta que me saca una sonrisa, la que captura con sus dientes y los dedos en su nuca para atraerlo se entierran en esos mechones. —Lo sé— musito, es una exhalación de aire que se pierde contra su mejilla. —No pensaba consumar nada hasta que no estén firmados los papeles— la sonrisa que llena mi boca es aún más ancha cuando arrastro un beso por su mandíbula. —Solo estoy jugando contigo— así de honesta me he vuelto con este hombre y me río con una carcajada profunda por su otro logro de conseguir que me vistiera para mi boda, sigo riéndome al rodear su garganta con besos torpes. —¿Así que encuentras en imaginarme vestida para la boda un nuevo tipo de erotismo? Ya te lo dije una vez, a ti te excita lo romántico— me entretiene mucho meterme con él, se lo hago saber con el beso que toma posesión de su boca para robar en tres segundos todo el aire de su pecho. Lo dejo libre para que lo recupere, tiendo mi brazo para agarrar el champagne y lo descorcho sin el protocolo de otras celebraciones, con la espuma desbordándose de todos modos y le doy un primer trago antes de pasársela a él con mis cejas arqueadas para invitarlo a que lo haga. Sin salirme de su regazo, inclino mi cuerpo hacia la mesa para hacerme con un par de bombones en mi palma. Muerdo uno por la mitad y con la otra mitad en las puntas de mis dedos lo arrimo a su boca por si quiere probarlo. —Si ahora tu nuevo fetiche es que esté vestida, lo haremos así. Ahora, mi nuevo fetiche… ¿dónde está mi varita? Ya, aquí… es que estés a oscuras— lo pongo sobreaviso cuando una venda negra se desprende de la punta de la varita y luego de quitarle la botella de champagne para dejarla en el suelo, espero su consentimiento para colocarla sobre sus parpados, que tampoco soy taaan déspota.
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Mensaje por Hans M. Powell el Dom Ago 02, 2020 8:11 pm

Siempre he sentido cierto fanatismo por la velocidad en la cual sus manos han conseguido trabajar sobre mi ropa con las intenciones de quitarla del camino, hasta me he preguntado si tiene algún secreto que deba compartir conmigo para lograr semejante eficiencia. Estoy seguro de que mi piel debe sentirse tibia y no precisamente por la temperatura digna de agosto, que el verano siempre se ha quedado corto cuando se trata de dejarnos sin aire en una habitación en la cual podemos encontrarnos a solas — No estoy temblando — declaro como un tono digno de un adolescente orgulloso, a pesar de que se me tiñe la voz de una risa que no termina de emitirse. Estoy seguro de que no lo estoy, para variar. Siempre he tenido cierto talento para mostrarme impasible, incluso cuando por dentro mi organismo se está montando una fiesta. Puedo permitir que mi cuerpo busque un momento de paz en reacción a su tacto, apenas y dejo que mi cabeza se incline hacia atrás para que sus labios tengan la vía libre en lo que mi pecho se infla en un suspiro contenido — Si consideramos que mi despedida de soltero fue bastante penosa… — patino las palabras en un tono perezoso, ese que se deja guiar por el modo que tiene de jugar con mi cabello — Hacer una contigo me parece el mejor modo de estrenar esta casa. ¿No tienes curiosidad por comprobar la calidad de todos los muebles muy de cerca? — como dijimos, tenemos quince días de solo nosotros por delante y dudo mucho hacer uso de la playa.

Oh, ahora es cuando decides escuchar los deseos de Mo — me mofo, que la idea de un matrimonio que nos saque del camino desviado le es tentadora desde que aparecimos en su casa con la noticia de un embarazo accidental. El ronroneo que sale de mi garganta y que retumba contra ella deja bien en claro que no tengo problemas en que juegue conmigo, que estoy aquí para que me mueva como ella lo desea, que al fin y al cabo los papeles de los que hablamos son la excusa de decir que decidimos hacer esto juntos, sea desde enfrentar al mundo, cuidar dos niñas o enroscarnos en una silla que no será la más cómoda, pero es suficiente para recordarme cómo es que todo empezó en una oficina y terminó aquí, en nuestro propio universo — Ese es un error. A mí me excitas tú y es contigo que me nace lo romántico, ahí es donde recae la mayor diferencia — me río de ella, de nosotros y nuestra facilidad de tontear, que llevarnos la contraria en diferentes aspectos siempre nos ha funcionado.

Dejo un mordisco rápido en su cuello en lo que ella se estira, tengo que apegarme contra el respaldo para que sea libre de moverse y, lejos de querer acercar las copas, tomo la botella que me tiende desde el pico y le doy un largo trago. No sé si es el éxtasis o la costumbre, pero es muy fácil pasar el líquido como si se tratase de agua. No termino de tragar que mis ojos ya se han ido hacia el bombón que me tiende, lo atrapo entre los dientes y siento el crujir, el cual sabe bastante dulce mezclado con el alcohol. Estoy siguiendo con la mirada el camino de la botella al suelo cuando puedo centrarme en la venda que tengo delante de mí y, no puedo evitarlo, se me escapa una risa de ligera sorpresa — Esto es nuevo — cosa que me sorprende, porque no es como que descartemos maneras de romper la rutina cada vez que tenemos un momento a solas, cosa que se complica en una casa con dos hijas, una de las cuales reclama atención casi todo el tiempo. Ni siquiera la espero, le quito la venda y la coloco sobre mis ojos, mis dedos se ven dudosos en lo que anudo las cintas detrás de mi cabeza — ¿Este es el momento en el cual robas todas mis pertenencias y me dejas amarrado sin ver absolutamente nada? — tengo que tantear hasta poder empujar su torso en busca de mayor cercanía, no tengo idea de dónde se encuentra su boca, así que beso lo que sospecho que es su pómulo y trato de guiarme por el tacto, ese que me lleva por un temeroso paseo por el contorno de su mandíbula — Si vas a saltar sobre mí con tan sólo mostrarte una sala, iremos de vacaciones mucho más seguido. Es una pena que solo pueda pedirte matrimonio tan solo una vez — le aseguro, en lo que una de mis manos tantea para desabotonar aunque sea un poco de su camisa — ¿Recuerdas la primera vez que lo hicimos? No es muy diferente. Hay una mesa, hay una silla, hay una botella… Y sigues empeñada en desordenar todo a tu paso — que seamos personas muy diferentes a ese entonces es un detalle menor.
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Mensaje por Lara Scott Ayer a las 4:37 am

Su respuesta consigue que regrese sobre su boca para un segundo beso, uno más del tipo romántico que no sabíamos que podía gustarnos tanto en el otro, que puedo saborear en él antes de ensuciar sus labios con el alcohol del champagne y el chocolate partido a la mitad. Paso mi pulgar lentamente por su labio inferior cuando el bombón desaparece dentro de su boca, una insinuación de las caricias que puede recibir de mi parte si continua dócil en su silla, dejando que sean mis movimientos los que vayan marcando el tono y se apresta a ser quien se coloque la venda, sin necesidad de que lo haga yo. Su pregunta me hace reír contra su garganta al besar la piel donde percibo su latido, ese que procuran acoplarse el compás de los míos, que no van en frenesí, sino acordes a una candencia lenta por los roces que van siguiendo un plan. Lo que en verdad pasa por mi mente se lo compenso por anticipado con los besos que trepan por su mandíbula y cuando lo siento torpe tratando de dar con mi boca, acaricio la suya con otro bombón para que al atraparlo, mis labios vuelvan sobre él, siempre vuelven.

Sin ver absolutamente nada y sin poder agarrar nada— murmuro al conseguir otra tira de tela del extremo de mi varita que le hago sentir contra su vientre, la deslizo alrededor de sus costillas. Se escucha el sonido de mi varita al caer al suelo y esta vez no requiero de su ayuda cuando lo tomo de las muñecas para llevarlas hacia atrás del respaldo de la silla, mis dedos bien agarrados a estas para que hacer un ligera presión que lo obligue a entrelazarlas cuando voy pasando la venda de un lado al otro en un nudo que no le hace verdadero daño, es bastante ligero como para poder deshacerlo. —Podríamos salir todos los domingos, cada domingo en un distrito distinto, pero… lástima, tus partidos de golf— hago un mohín que no puede ver, solo imaginar por mi voz y saber que me estoy regodeando en él, porque esos benditos partidos de golf parecen una religión, así que me divierto poniéndolo en el dilema de si tenerme sobre él vale perderse un encuentro de esos. Si pusiera el entusiasmo suficiente, considero que podría conseguirlo, pero con saberlo me basta, no pretendo tenerlo atado a mi capricho en todo momento. Solo en este.

Claro que lo recuerdo— murmuro al bajar mis palmas por su pecho para que terminen en una cremallera que se desliza tan rápido como me encargo de que su pantalón acabe en el suelo, con una sonrisa que se está perdiendo. Son unos pocos minutos los que su cuerpo se ve libre de mi peso y quito la ropa que nos molesta para poder echarle un vistazo a su desnudez desde la posición ventajosa –y vestida- en la que me encuentro. Recupero la botella para que al acercar el pico a su boca sepa que puede volver a beber y me ocupo de que sean tragos cortos, el champagne que salpica en su comisura lo limpio con un beso que sube hasta su mejilla. — Sigo volviéndote loco— colaboro con mis propios recuerdos sobre ese noche en su oficina, —y solo querías que cediera, querías tenerme a tus pies, de rodillas ante ti, ¿no?— ronroneo como parte de una broma que no tiene nada de graciosa, no cuando al dejar la botella sobre la mesa mis manos se posan en sus rodillas al acomodarme entre estas, cuando las mías se posan sobre el suelo y le hablo teniendo que alzar mi rostro. —Muchas veces me pregunté qué hubiera sido de nosotros si esa noche solo me hubiera ido— suelto sus rodillas al decirlo, me pongo de pie y pongo un paso de distancia entre nosotros. —Feliz despedida a tu soltería, Hans— muerdo mis labios al querer reírme mientras mis ojos se lo comen en la posición imposible en la que se encuentra, imposible de pensar que esta sería una obra mía, y recojo otro chocolate de la mesa para degustarlo en mi garganta con un gemido de placer. —¡Por Morgana! ¡Esto es delicioso! ¿Dónde conseguiste estos bombones? ¡Me los llevaré a la cama!— decido y cargo un plato con un par de estos. Cuando me acerco a Hans solo mis labios rozan los suyos, procuro que el resto de mi cuerpo respete la distancia que en su momento la crucé con ganas para estrellarme con él y que sea el caos que tuviera que ser. —Nos vemos en la noche de bodas— me despido.
Lara Scott
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Mensaje por Hans M. Powell Ayer a las 5:41 am

All I know is you're someone I have always known and I don't even know you
Now I wanna hold you, hold you close
I don't wanna ever have to let you go
Say that you'll hold me forever, say that the wind won't change on us
Say that we'll stay with each other and it will always be like this...






Quizá fue una mala idea el haber escogido una casa grande, que la soledad de la habitación extra que tomé para poder vestirme a solas es lo que me permite el beber dos vasos de whisky antes de enfrentarme a la imagen del espejo. El traje de color crema que Meerah ha diseñado es tan cómodo que no se siente como una carga, de modo que le atribuyo la molestia en la zona del abdomen a los repentinos nervios que no pensé estar sufriendo pero que, al mismo tiempo, tienen todo el sentido. No tengo una corbata que acomodar para calmarme, así que me entretengo corrigiendo un cuello que ya se encuentra perfectamente alineado. Empujo mi mejilla con la lengua y acabo chasqueándola. Una vez más, me paso la mano por el cabello, como si de echarlo hacia atrás fuese a verme un poco más parecido a mí mismo que el resto de mi imagen. Uso trajes, pero nunca con estos propósitos. No hay más personas que nosotros para ver cómo es que Hans Michael Powell se ha vestido para su boda. Las pocas fotos que tomemos hoy serán nuestra manera de delatarnos ante el mundo, que sino nadie me lo creería. ¿Dónde dejé esa botella?

El vaso está nuevamente lleno cuando chequeo, por última vez, que los papeles se encuentren en orden. No hay un juez, no lo necesito cuando soy quien maneja la justicia de todo Neopanem. Ver los espacios dispuestos para nuestras firmas es lo que me hace tomar aire, vuelvo a enrollar la documentación y la meto dentro de mi saco. Doy un trago seco, las gotas acaban por indicarme que me he bebido todo, otra vez — Cálmate, Powell — me recuerdo en lo que muevo mi cabeza de manera tal que consigo hacer sonar mi cuello — No hay invitados, es solo Scott — ese es el quid de la cuestión. Sé muy bien por qué he elegido hacer esto con ella y no con cualquier otra persona, solo que nunca se había sentido tan real como en este momento. Hasta puedo perdonarle que he tardado una eternidad en conseguir alcanzar mi varita para liberarme de cómo es que me amarró esta tarde, cuando el panorama que tengo delante hace que todo aquello sea pan comido. Miro mi vaso, me pregunto si merece la pena el beber un poco más. No, la verdad es que no. Quiero recordar cada detalle de esta noche, que no planeo pasar por esto con ninguna otra persona. Es solo Scott y eso es todo lo que necesito. No hay nada más simple que eso.

Para cuando salgo por la puerta trasera de la casona, el aroma del mar me hace arrugar la nariz y agradezco el no estar ebrio, porque tengo que esconder mis manos dentro de los bolsillos de mi pantalón para que se mantengan quietas. El cielo se va tiñendo de negro en lo que los últimos destellos del sol se ocultan en el horizonte, pero no me muevo de mi lugar, cuando hemos decidido ir juntos hasta el punto en el cual podremos sellar lo que vinimos a pactar. El aire sirve para aclararme las ideas, respiro hondo y largo el aire. Apenas lo noto, pero sé que sonrío cuando oigo que la puerta se abre a mis espaldas y le echo un vistazo por encima de mi hombro. Creo que me duele el pecho de lo fuerte que golpean mis latidos, tengo que barrerla con la mirada antes de encontrarme con sus ojos. Ni siquiera me molesto en abrir la boca cuando le tiendo la mano con la palma hacia arriba, confiado de que va a tomarla — Estoy seguro de que eres la persona más hermosa que he conocido — es un piropo que no va dirigido solo al diseño para esta noche, creo que está más que claro — ¿Estás lista, Scott? Porque siempre puedes plantarme. Sería una historia entretenida para contarle a los nietos, algún día — aunque sé muy bien que si hemos corrido hasta este punto, estamos dispuestos a llegar a la meta. ¿Cómo fue que dijo antes? Estrellarnos. Y ser caos.
Hans M. Powell
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Mensaje por Lara Scott Hoy a las 4:58 am

Respira, Lara.

Respira, respira. Sostengo la pared con mis manos para tener en qué apoyarme, escondo mi cabeza en el espacio entre mis brazos donde busco el aire que no logro conseguir que llegue a mi pecho, por cómodo que sea el traje. Lo alto de la cinturilla del pantalón blanco me sujeta casi la cintura, no es esa la razón por la que siento que me falta oxígeno, sino la soledad de esta habitación donde un espejo de cuerpo entero me permite dar con una imagen de mí misma, que nunca hubiera concebido posible. El encaje que cubre mi pecho es lo poco que se puede ver de un atuendo tradicional de bodas, por lo demás me encargué que sea un diseño en el que pueda seguir viéndome a mí, porque estoy segura de que soy yo quien caminará a un altar, no otra mujer. Sacudo mi cabello corto con los dedos, caen algunos mechones sobre mis ojos negros que le preguntan a mi reflejo por esta locura. Lara, ¿qué haces parada aquí si eres un desastre sin rumbo? Lara, si te han visto fugarte de otros destinos, huyendo tan a prisa que más de una vez no hubo un adiós, desapareciendo de buenas a primera, diciendo que solo fueron escapes entre los tiempos porque el mundo solía tornarse complicado a veces. ¿Por qué estás aquí a punto de darle todo tu desastre a alguien más y diciéndole que será por el resto de su vida? ¡Pobre hombre! ¿Qué culpa tiene él? Que no sea un dechado de virtudes ayuda a que la culpa no sea tanta, a creer que sus defectos están hechos para entenderse con los míos y que esto que somos es mejor que la perfección, así impredecible, caótico y humano.  

Una vez puede ser un accidente, dos veces un error que se repite, tres veces es un patrón y al día en que cada uno está vistiéndose, practicando sus votos en voz baja, con uno que otro trago de alcohol de por medio para infundirse coraje, casi que me arriesgo a decir que esto podría ser el destino, sino fuera porque estoy convencida de su naturaleza original como accidente… que supimos hacer destino. Si esto es algo que sentiré una única vez en la vida, que en otras vidas quizás no llegue a sentir, ¿cómo no caminar hacia el hombre donde todos los errores se convierten en una buena decisión y todos mis «nunca» se vuelven promesa de un «siempre»? Repaso mis votos una tercera, séptima, novena vez. Por un momento deseo saber lo que se hubiera sentido tener a mi madre abrazándome por los hombros, a Meerah haciendo unos últimos ajustes al traje y a Tilly… bueno, Tilly comiéndose las flores. Pero siendo las mujeres que más amo en la vida, esto es algo que necesito hacer sola. Porque necesito que me pertenezca por completo ese momento en que le pregunte a Hans Michael Powell si está seguro de querer ser un desastre conmigo, sin testigos, sin nadie que pueda reprocharnos el que nos saltemos algunas formalidades, y aunque el «no» esté fuera de consideración, que su «sí» también me pertenezca, por completo.

Respira, Lara. No puedo desmayarme antes de la ceremonia por ver al novio a través de los ventanales que dan a la playa, tan impecable en su traje crema que tengo mi minuto de pánico por si se le ha ocurrido contratar una orquesta para que se apelotone en la orilla o elefantes blancos que entren en caravana. Pero está ahí, de pie, solo esperándome a mí, tan conmocionado con todo esto que dice tonterías al verme llegar y le sonrío por saber que lo dice en verdad, por primera vez me deja sin saber qué responderle. —Antes de dejarte plantado, encarguémonos de hacer algo que nuestra hijas no nos perdonarán de olvidarlo— en vez de pensar en los nietos, me asusta más como pueda reaccionar Meerah de enterarse que nos olvidamos de una fotografía por haberlo dejado para el final de la ceremonia y luego simplemente lo olvidamos. —Ven aquí— lo llamo al rodear su cintura con mi brazo y colocar el teléfono en un ángulo donde pese a lo corto de mi brazo, logro abarcar toda su figura. —Sonríe como si este fuera el momento feliz que nunca creíste que sería— más instrucciones con una sonrisa que hace resaltar el labial rojo, —por estar a punto de casarte con la mujer que nunca creíste que encontrarías, aunque la tenías enfrente— me mofo de él al mirarlo, mis ojos puestos en los suyos para una segunda captura de la cámara, —yo prometo hacer lo mismo.
Lara Scott
Lara Scott
Inefable

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My heart's been borrowed and yours has been blue ✘ Lara Empty Re: My heart's been borrowed and yours has been blue ✘ Lara

Mensaje por Hans M. Powell Hoy a las 6:06 am

Me encuentro con que el acercarnos se siente como todos los días, no importa que estemos vestidos para cumplir un papel que jamás nos ha tocado jugar. Paso una mano por su cintura para que que ambos entremos en el plano, lo que me hace reír entre dientes en lo que intento mantenerme quieto para la fotografía — Siempre podemos hacer que flote… Lo sabes, ¿verdad? —  le recuerdo con un suave pellizco en el costado de su cadera —  Meerah querrá ver todos los ángulos para asegurarse de que nos hemos vestido como corresponde y que se han llegado a lucir — me pregunto cómo sería el tenerla aquí, en cómo se movería toda esta situación si hubiese un montón de personas esperando por nuestras acciones, por las palabras o gestos que siempre han pertenecido a nuestra intimidad y que retenemos con el egoísmo que fuimos desarrollando para con nosotros. Para cuándo estoy obligado a que mis ojos se topen con los suyos, me confirmo que jamás me perdería la oportunidad de hacer de esto un instante para que nosotros congelemos, sin tener que pretender ser la pareja clásica que muchos esperarían que seamos —  De entre todas las mujeres que jamás se me hubiesen pasado por la cabeza, en un escenario que me prometí jamás pisar… —  me tomo un momento en pasear la mirada por sus facciones —  Eres la mejor, sin duda.

A pesar de que las normas nos obligan a mantener cierta distancia hasta que seamos nombrados marido y mujer, me permito el robar un beso de sus labios, de aquellos que presionan el contacto por un momento suave antes de permitirme el relamer los míos. En cuanto sospecho que hemos tenido ya las fotografías suficientes, bajo el agarre para presionar nuestros dedos y jalo de ella, que aún tenemos que hacer uso de la luz que nos queda antes de que el sol se oculte por completo y tengamos que recurrir a la magia para ver lo que estamos haciendo — Te ves increíble, Scott — no puedo no comentarlo, que en lo que nuestros pasos se van marcando por encima del césped y los rastros leves de arena, soy incapaz de contener las miradas que la analizan de pies a cabeza — Casi que puedo perdonarte lo que me hiciste esta tarde. ¿Sabes que por tu jueguito ahora tendré que pasar la noche de bodas con un moretón en la nalga izquierda? — a pesar de la mueca que arruga rápidamente mi expresión, mi sonrisa se mantiene divertida — No afirmaré ni negaré que acabé culo para el norte en busca de mi varita, si te interesa — sin poder contenerme, paso la mano que tengo libre por mi culo en un rápido masaje que sí, continúa doliendo — Vaya manera de estrenar el título, eh.

Desde la península que decora el extremo más cercano de la pequeña isla, el mar se ve incluso más azul que a la distancia. Me detengo en el paisaje, ese que se merece nuestra atención aunque sea por un instante efímero, antes de voltearme hacia ella. Sin música ni pasos a seguir, el recordarme lo que tengo que hacer es un poco extraño, incluso me aclaro la garganta en lo que busco la mano restante con la mía. Me centro en cómo mis pulgares rozan sus nudillos, apenas y tocando el anillo de compromiso que selló el pacto para que ambos estemos aquí esta tarde — Este es el momento en el cual deberíamos darle la bienvenida a los invitados y anunciar por qué nos encontramos aquí. Y está claro que cualquier juez nos haría preguntas ridículas de cómo nos conocimos, de cómo nos dimos cuenta de que nos amamos… Y todas esas cosas que nosotros ya sabemos — le sonrío de lado, con una suavidad casi que tímida que no me pertenece — Scott… Antes de empezar, quiero darte algo — la suelto, así puedo rebuscar dentro del saco, allí donde guardo los papeles, la pluma, los anillos y… —  Es una tontería, pero la tradición dice que la novia debe tener algo prestado, viejo y azul. Y esta es una de las pocas cosas que pude guardar desde que era niño — si pude hacer esto por mi hermana, creo que podré hacerlo también por mi futura esposa. Aún así, lo que saco en esta ocasión no es un brazalete, sino un pequeño plástico añil que apenas alcanzo a sostener entre dos yemas, lo que me hace reír entre dientes antes de explicar qué es — El capitán Kenobi tenía una vara láser en el cinto que la pequeña Lara no se llevó con ella cuando me robó el juguete — le explico, tendiéndoselo — ¿Quieres hacernos los honores de iniciar?
Hans M. Powell
Hans M. Powell
Ministro de Justicia

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