The Mighty Fall
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Mensaje por Lara Scott el Mar Jun 02, 2020 1:12 am

PRIMERA PARTE
2460

La única llamada que me dejan hacer la desperdicio en una mentira a Riley, diciéndole que no podré ir esta noche porque me ha surgido otra cosa, uso el tono por el cual «otra cosa» se entiende como una única cosa posible, como si estar retenida por los aurores fuera a durar una noche y podré sostener una excusa como esa luego. Llamar a Mohini ni siquiera está en consideración, siento la gota fría del miedo cuando me enfrento a su número y decido cambiarlo por el de mi amigo. Si la llamo será para discutir, como si no tuviera suficientes problemas de por sí, sentada en medio de otros dos mecánicos esperando que aparezca el tercero al que tienen dentro de la sala de interrogatorios desde hace media hora. Nadie habla, también con ellos podría comenzar una nueva discusión si alguno dice palabra y volvemos a esto de echarnos culpas sobre quien abrió la boca para que fueran los aurores quienes llegaran al galpón en el distrito cinco, en vez de Harkness, de quien no se vio ni la sombra.  

Escucho el murmullo de mi apellido desde la puerta de la sala por la que cruza el mecánico rubio que esquiva la mirada del resto, un par de aurores se encargan de llevárselo por el pasillo que lo quita de nuestra vista y a todo nos cae la certeza de que esto se acabó, fue un error confiar en Harkness o en cualquiera de los otros traficantes del norte. Si en verdad pudiera hacer una última llamada a quien fuera, la usaría para hablar con Jefferson. La he jodido, bien jodido, quiero irme con él al norte, no importa lo que pueda decir Mohini o si intenta encerrarme en la casa, escapé antes de los intentos de mi madre de que me comportara. Pero él tampoco sabe que contacté con Harkness, no quería que se entrometiera o me aconsejara que me quedara en casa con mi madre. No tiene caso forcejear con los aurores o mostrarles todo mi desprecio haciéndoles difícil que me arrastren dentro de la sala, me dejo caer en la silla con la brusquedad que ellos mismas usan para que me siente y fallo en tratar que uno de ellos trastrabille cuando cruzo mi pierna en su camino de salida.

Estar sola entre cuatro paredes que no dicen nada es peor que estar esperando con los otros mecánicos, me hace más consciente que nunca de que caí en un pozo del infierno. Siento que el aire no llega a mis pulmones, agacho mi cabeza al colocarla entre el hueco de mis brazos extendidos sobre la mesa y miro a mis rodillas al tomar profundas respiraciones que aflojan la presión en mi pecho. Mohini morirá con esto, cuando los aurores la visiten para decirle que su hija traficaba con rebeldes, puedo imaginarla dándose cuenta de que lo poco que le quedaba lo perdió, deseará nunca haber conocido a mi padre, que yo nunca hubiera nacido. Todas nuestras últimas discusiones me duelen en los oídos, ¿por qué una persona como Mohini tiene una hija como yo? Desde que anduve mis primeros pasos se sabía que no iba a andar derecho, no iba a terminar en un lugar distinto a este. Escucho cómo se cierra la puerta, cuento tres respiraciones más antes de levantar la vista hacia el hombre gordo y con barba sucia que habló con el mecánico anterior, me sorprendo al ver que mandaron al chico del café. Y lo que es peor, sin café. —¿Disculpa?— lo miro con desconfianza al ver que lleva traje. —Oficina equivocada— hago un movimiento con mi barbilla para indicarle que puede retirarse.
Lara Scott
Lara Scott
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Mensaje por Hans M. Powell el Miér Jun 03, 2020 1:25 am

Me acomodo el saco del traje con sumo cuidado, que es nuevo y no quiero arruinarlo demasiado pronto. Puedo sentir la ansiedad recorrerme las extremidades del cuerpo y, aunque estoy seguro de que algún día va a desaparecer, no puedo evitar preguntarme si los demás ojos la notan como yo lo hago; lo dudo mucho, siempre me han hablado de la seguridad que destilo, de la clase de persona con zancadas seguras que he sabido ser hace tanto tiempo. Hay varios detalles que me mantienen con el cerebro despierto en esta tarde, podemos ir desde los permisos que he conseguido por parte de los Niniadis hasta el pequeño pero no por eso menos importante punto en el cual tengo que saber dónde pisar, porque mi nuevo trabajo aún me mantiene con ojos en la nuca, aguardando un desliz. No soy idiota, sé muy bien que no todo el mundo está contento con que alguien de mi edad pase a ser parte del Wizengamot y con honores, así que mientras me toque pagar el derecho de piso, deberé ser impecable.

Tengo la carpeta con los archivos impresos sobre Lara Scott bien pegada al pecho cuando el ascensor se abre. No es un caso demasiado complicado, todas las pruebas que se han recolectado apuntan como una flecha brillante en una única dirección. No me importan los otros sujetos, la verdad; hay poco que se pueda hacer con respecto a aquellos que ya la han cagado y tienen años de sus vidas acarreados a esas ideas. ¿Pero por qué tirar por la borda una vida joven, cuando se le puede dar otra clase de uso? He hablado con Sean Niniadis sobre estas cosas, sospecho que ha arrugado la nariz porque su mujer es un poco más estricta y cree que mis ideas son algo preocupantes, pero al fin y al cabo, confían en mí. Solo voy a testear el campo, no es difícil el salir por la puerta y aceptar ser parte de la votación que condenará a todos a muerte. A veces, los caminos están tan limpios que me dan hasta ganas de reírme de ellos.

Para cuando abro la puerta, una voz me recibe con una prepotencia que me hace detenerme en seco, hasta giro la cabeza para chequear que no ha entrado nadie más conmigo. No, no lo han hecho — No, en lo absoluto. Esta es la puerta indicada — aseguro, saco la varita de mi bolsillo para sacudirla en dirección a la puerta, cuyo chasquido deja en evidencia que nadie podrá molestarnos. Solo por si las dudas, abro el archivo para echarle un vistazo, asegurándome que el rostro moreno que tengo delante es el de la mujer que vengo a ver. Sin darle más vueltas al asunto, lanzo la carpeta sobre la mesa así tengo la libertad de acomodarme las solapas del traje mientras me siento frente a ella — Hans Powell — me presento, tendiéndole rápidamente una mano — Si enciende la televisión cada tanto, señorita Scott, debe haber oído hablar de mí. Recientemente me han nombrado juez del Wizengamot — ponerme a hablar de ese logro a esta edad y de la cantidad de casos que he resuelto me parece alardear sin razones, de todos modos no estoy aquí para eso. Acomodo el flequillo con un movimiento vago de mi cabeza y apoyo los codos sobre la mesa — Tómelo como que estoy aquí para ser su abogado, así que en primera instancia, le voy a pedir que sea completamente honesta conmigo. ¿O va a empezar a decir que es inocente y toda una sarta de sandeces que ninguno de los dos se cree? — arqueo las cejas, que estoy más que seguro que esta mujer no es una idiota, al menos no en cuestiones de lógica. Ahora, si hablamos de moral, ya es otra cosa.
Hans M. Powell
Hans M. Powell
Ministro de Justicia

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Mensaje por Lara Scott el Jue Jun 04, 2020 6:52 am

Echo mi espalda hacia atrás hasta que golpea con el respaldo de la silla y cruzo los brazos por delante de mi pecho en una clara postura a la defensiva a lo que me espera en este interrogatorio con quien se ve como un secretario más, si es que los secretarios aparecen en las noticias de la televisión. Muevo mi cabeza para que los mechones de mi cabello se acomoden detrás de mis hombros, así tengo limpio el rostro cuando saco mi barbilla para escuchar lo que tenga que decirme y que hizo necesario que cierre la puerta, supongo que con las chicas usan una táctica distinta para hacerlas hablar. ¿Esto va en serio? ¿Eligieron a uno de sus chicos de catálogo para que tenga «la charla» conmigo? ¡Ok! No puedo tomarme en serio esto. —No, no escuché nada— contesto, meneo la cabeza y tuerzo la boca con un gesto de que espero que me disculpe el que no sea lo suficientemente famoso como cree para conocerlo, lo que está claro que lo hago para molestar. Si miro noticias lo hago cuando estoy cenando con Mohini y mis comentarios son para burlarme, todo me parecía gracioso en ese entonces, ahora me tomo unos momentos para considerar que tan buena idea es hacer chistes sobre el Wizengamot cuando viene su esbirro más joven viene con supuestas buenas intenciones.

No lo sé, Rick. Parece falso…— murmuro. Mis manos sobre la mesa se entrelazan al impulsarme hacia adelante para asumir mi postura de negocios en la que los hombros se cuadran y mis ojos no rehúyen a los suyos. Tomo un mechón oscuro que cae sobre mi pecho para lanzarlo hacia atrás y con ese movimiento de la mano limpio en el aire cualquier indicio que le haya dado, equivocadamente, de que puede venir a tratarme como una ingenua. Puedo estar asustada al punto de que me duele el estómago y esto solo ayuda que ignore el miedo que tengo asentado ahí mismo, pero eso no me hace una imbécil que crea en las buenas intenciones de nadie. —¿Por qué el Wizengamot mandaría a uno de sus jueces si no hay lugar a dudas de que soy culpable?— inquiero, interrogándole yo a él para que los términos sean fijados desde un principio. —Tengo dos hijos, Powell. John ni siquiera ha dicho su primera palabra, estamos llenos de deudas, hice esto porque no me quedó otra alternativa. Su padre nos abandonó hace unos meses— digo en un falso y exagerado tono lastimero, —dijo que iría a comprar cigarrillos y nunca volvió… por cierto, ¿tiene un cigarrillo? Dudo que en el traje guarde una petaca de whisky, pero si lo tiene aceptaría un trago, ¿sabe lo que es pasar horas esperando que te digan que ya autorizaron tu sentencia de muerte? ¿Las sandeces que no quiere escuchar son esas?

Trueno mis dedos para demostrar que esto me lo tomo en serio, ¿quiere que hablemos claro? —Hice lo que hice porque lo que haga corre por mi cuenta, no hay nadie que dependa de mí. Y mi suerte no le importa a nadie tampoco, no tengo un apellido que vaya a salir en primera plana mañana. ¿Por qué un abogado me ofrecería su trabajo si ya tengo una sentencia así?— no agarro un paquete sin mirarlo por todos lados, en especial si la suerte ya está echada y con un final fijo. No tengo nada más que perder, tampoco voy a colaborar para que comprueben que más pueden sacar de mí antes de descartarme como la vida prescindible que soy para todos ellos. —O esto es una muy rara manera que tiene nuestro sistema de justicia de tratar a sus condenados a muerte mandando a un… ¿se les sigue diciéndole gigolós en esta época? ¿O esta es la falsa promesa de ayuda para que empiece a dar nombres y declaraciones? Voy a ser directa, Powell… si me convence de que puede conseguir que no me maten mañana, diré que Sean Niniadis o el político que usted quiera tiene una fábrica en el norte donde fabrican armas, peluches con explosivos, borda, canta y abre la puerta para ir a jugar… si quiere me pongo creativa también con qué tipo de juegos. ¿A quién busca que incrimine?—. No, no tiene caso fingir heroísmo cuando te matarán en unas pocas horas por un intento patético de cambiar todo esto, no pierdo nada en negociar esas horas para que se conviertan en un poco más de tiempo, porque parto de ya no tener nada. Si a él le gusta salir en la televisión, bien por él. Yo no quiero ser una cara en las noticias que mi madre verá a la noche. Y si está decidido que voy a morir, a las horas que llevo esperando, no quiero sumar otras en las que me traten de idiota.
Lara Scott
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Mensaje por Hans M. Powell el Jue Jun 04, 2020 4:33 pm

Todo lo que sale de su boca hace que mis cejas se vayan arqueando, poco a poco, hasta que estoy seguro de que mi frente está completamente lisa y tengo que retener el impulso de no mirar hacia una de las cámaras de seguridad para demostrar mi indignación. De entre todas las personas que podía encontrarme el día de hoy, tenía que ser alguien con lengua venenosa cuando debería saber que no tiene derecho a mostrarse prepotente, aunque tampoco me sorprende del todo. He aprendido que el miedo se delata de diferentes maneras, decir estupideces es una de ellas, fingir despreocupación es otra — No, no lo sé, señorita Scott. Porque a diferencia de usted, algunas personas tenemos la decencia de saber lo que es bueno para nuestra gente y nos mantenemos dentro de los parámetros aceptados de la ley — un montón de magos no dieron su vida y su integridad para que gente como ella venga a pisotear todo lo que conseguimos tras siglos de muertes y represión. Jamás entenderé a los rebeldes, en especial si ellos mismos tienen sangre mágica y deciden darle la espalda, a pesar de que la historia siempre nos ha demostrado lo que eso significa — En cuanto a las sandeces… Somos personas adultas, estaría bien que actúe como tal — que no tengo tiempo para sus obras de teatro.

Al menos, consigo sus razones, esas que me hacen pasear mis ojos por lo que tengo a la vista de su cuerpo. Hay algo en su postura que me hace pensar en un animal nervioso, de esos que intentan mostrarse más amenazantes de lo que en realidad son frente a un depredador más grande. Algo en la pila de sus palabras hace que curve mis labios hacia un lado, reprimiendo una risa despectiva — ¿Tengo esas pintas? — pregunto como quien no quiere la cosa, recargo mi espalda contra mi asiento y acomodo la postura de mis piernas, separando las rodillas — No busco que incrimine a nadie, señorita Scott. Toda la información que pudiera conseguir de este grupo patético que tiene consigo nos lo ha dado el veritaserum. Sus compañeros no son muy brillantes, ¿no es así? — mi mirada es mucho más clara que la suya, más pequeña y fría. Se entorna al buscar sus ojos, tratando de medir cuánto es capaz de mantenerse frente a mí sin desviar la vista — Pero algo me dice que usted no. Que hay algo más dentro de esa cabeza y que sería una lástima el desperdiciarlo, a tan corta edad…

Mi seriedad es la que me evita el rodar los ojos — Como sea, si le interesa, ya he conseguido el permiso — me basta con estirarme para rebuscar dentro de la carpeta de su archivo para sacar el papel, el cual lanzo con cuidado delante de ella para que sea capaz de tomarlo y verlo por su cuenta — Sean Niniadis me ha dado la autorización en nombre de su familia de limpiar su nombre. Podremos eliminarla de este desafortunado evento, como si nunca hubiera estado ahí, al menos para el resto de los mortales. Puede volver a hacer su vida, a tener su taller, a beber cerveza o lo que sea que usted disfrute, siempre y cuando acepte cumplir ciertas pautas — se siente como negociar con el vendedor de esclavos, pero a un nivel un poco más personal. Mis dedos golpetean rítmicamente el borde de la mesa — Lo único que cambiará es que tendrá a alguien que podrá pedirle sus servicios y favores, sin resoplar ni chistar, a partir de ahora hasta que deje de respirar — con una floritura de la mano, me señalo a mí mismo — Usted decide, señorita Scott. Puede regresar a su casa o puedo enviarla directamente a cumplir la sentencia que en verdad se merece. Yo que usted, no me lo pienso demasiado.
Hans M. Powell
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Mensaje por Lara Scott el Sáb Jun 06, 2020 6:32 am

Pongo los ojos en blanco cuando hace de esto una cuestión de decencia, en la cual nunca he pensado cuando decido hacer una cosa u otra, no me acomodo entre los que agachan la cabeza y tratan de mantener sus trajes tan impolutos como lo tiene Powell. La sospecha hace que entrecierre mis ojos, juzgando hasta el último hilo gris de su saco, y lo que digo a continuación lo hago con una lenta modulación que disfruto: —Toda persona que dice ese discurso tiene un cadáver en el armario con el que se revuelca—. No creo en los moralistas, no creo en que los hombres de zapatos caros nunca se los hayan ensuciado de polvo, todos –tal vez con excepción de mi madre– se han corrido de los límites de lo permitido o lo correcto alguna vez. Oh, no, sus mejillas rosadas no van convencerme de lo contrario, lo único que consiguen es que me cueste entender cómo alguien llega a juez cuando tiene cara de haber dejado hace poco el Royal. —¿Tienes siquiera la edad legal para decir esa frase? ¿«Somos personas adultas»? Supongo que eso es lo que hacen en el Wizengamot, reclutan chicos de la escuela y le drenan su sangre joven para meter dentro del traje un alma de ochenta años. No puede decir que me sorprenda, todos tienen caras de pervertidos…— comento como al pasar, en honor a las sandeces que quiere que deje a un lado.

Prescindiré de las sandeces si me daba buenos motivos para que tome con seriedad lo que está siendo el momento más de mierda de mi vida, agradecería poder seguir recurriendo a mi humor que me ha servido de coraza antes para no largarme a llorar, reconociéndome como la idiota que puedo ser, o lo que me sería mucho más agradable, comenzar a rogarle a alguien pisando todo mi orgullo, que lamentablemente es mucho. —Sí, de hecho la tiene, unas pintas muy caras— bromeo con sequedad, y rodar los ojos ayuda a que no se vea la frustración que siento por lo que fue la mayor estupidez en la que pude haberme involucrado, que no han sido pocas. Me pondría a gritar y a golpear paredes si estuviera a solas por estar atrapada en lo que siempre fue una posibilidad, para descargar esa rabia de otra manera recurro a pasar mis dedos desde mi frente, recogiendo algunos mechones para echarlos hacia atrás. —He escuchado esa frase antes— digo con un chasqueo desdeñoso de mi lengua. —Una chica con su inteligencia, pero con un carácter así, un auténtico desperdicio— remedo lo mejor que puedo a mis profesores del Royal cuando veían mis exámenes en blanco y luego hacía cosas como presentarme a las competencias de matemática. —Me han marcado el camino— sonrío, hago mofa de esos comentarios que no dejé que hicieran mella en este carácter maldito, por acertados que fueran. Y no es que quiera traer mis recuerdos de estudiante a colación, es él quien está actuando como un profesor consejero que ¿me mandará a casa con una palmadita en la cabeza?

No, un momento, ¿qué? ¿A qué viene todo esto? —No, aguarda… ¿qué demonios…?— balbuceo, lanzándome hacia adelante con todo mi cuerpo recargado en la mesa y mis manos en el aire para acompañar a mi estupor, ¿qué mierda es esto del permiso? ¿A quién carajos salvé en otra vida para que venga un chico rubio de mejillas redondas a colocar este papel sobre la mesa y dice ser juez de no sé qué? Esto debe ser cosa de mi madre que anda bien con los dioses de todas las religiones, me han mandado a un embajador. No lo merezco, está claro que no lo merezco, pero me aviento sobre el papel para comprobar que sea real y que todas las palabras están bien puestas en su sitio. —Estoy drogada— murmuro, —me han drogado, estoy inconsciente, estoy alucinando a punto de morir, esto no puede estar pasando en serio…— pero la textura del papel se siente real. —Oh, por todos los demonios…— mi exclamación de repentina fe se interrumpe al escuchar lo que sigue, porque esto se pone cada vez mejor. —¿Este permiso lo concedió Sean Niniadis?— pregunto, eso da lugar a que piense una única cosa, así que clavo mi codo con confianza sobre la mesa y una sonrisa curva mi boca hacia un lado, no logro ni es mi intención disimular el sesgo pícaro en ese gesto. —Y a cambio Sean Niniadis quiere pedirme servicios y favores. Suena como un trato bastante turbio, pero seguiré su consejo de que es eso o la muerte, así que…— queda claro que estoy fingiendo cuando lo hago ver como un trato que me exige sacrificios. —Voy a ponerme seria de una vez— digo, mi mano golpea sobre el papel. —En serio, ¿ese es el trato? ¿Me perdonan la vida y a cambio tengo que ir cada vez que chasquean los dedos por el resto de mi vida?— lo interrogo, ¿en serio este es uno de esos episodios trillados en que viene el abogado a hacer los negocios sucios de un tipo poderoso? —Tiene a su favor que, en estos momentos, estoy valorando mi vida como si efectivamente fuera a perderla, pero me pone en un dilema que esto parezca tener que elegir entre la esclavitud y la muerte— ironías si las hay, todo esto comenzó por la maldita esclavitud. —Nadie sabe que estoy metida en esto, ni mi madre. No quiero que nadie lo sepa, ni tampoco que sepan cómo salí de esto. Nunca. No quiero morir, Powell, quiero volver a casa. Haré lo que me pidan, las veces que me pidan, si me dejan conservar mi vida, toda mi vida— sé que no estoy en condiciones de negociar, pero cuando se trata de vivir o morir, es válido querer poner algunos términos.
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Mensaje por Hans M. Powell el Mar Jun 09, 2020 5:21 am

No me voy a molestar por todo lo que sale de su boca, no cuando tengo bien en claro que estoy unos cuantos peldaños más arriba que ella en esta escalera de valores. Solamente puedo mirarla allí, reaccionando como un niño asombrado a la mañana de Navidad. Hay cierto deleite en observar a estas personas, el ver cómo la oportunidad se le mete entre los dedos y se aferran a ella, perdiendo la poca dignidad que les queda por conservar. No es que la esté juzgando, para nada, estoy seguro de que yo también haría lo mismo de estar en su posición. Es solo un poco incómodo verlo desde mi vereda, no sé si me entienden — Lo concedió, sí, gracias a que yo se lo pedí. Así que… De nada — no todos los días tienes la oportunidad de echarle en cara a alguien que acabas de salvarle el culo, así que espero poder repetirlo un par de veces en los próximos años.

Me encojo de hombros, paseando la mirada por la habitación como no estuviera en verdad interesado en nuestra conversación, cuando sé muy bien que no estamos debatiendo la compra del supermercado. En vista de que no toma mi mano, hago tronar mis dedos — Tengo que recordarle, señorita Scott, que usted no está en posición de negociar absolutamente nada — le aclaro. Mejor dejar algunos tantos en limpio antes de continuar con esto — Si hay una razón por la cual le estoy ofreciendo esta salida, es porque yo mismo encuentro un beneficio. Verá, hay ciertos acuerdos dentro del gobierno, movimientos que los civiles promedio no conocen y que nos ayudan a mantener al sistema estable. Necesitamos de personas como usted, pero no todo el mundo está dispuesto a hacerlo y tienden a querer cobrar sumas exorbitantes de dinero.  Hay misiones… Trabajos sucios que no puedo hacer solo y necesito del talento de una mecánica joven que no pueda decir jamás que no a mis peticiones — con una rápida mirada que barre su rostro, creo que digo absolutamente todo — Su madre no necesita saberlo, ni absolutamente nadie y en eso estamos de acuerdo.

Sin darle más vueltas, agarro el archivo y lo meto en el amplio bolsillo que se encuentra en el interior de mi saco — Si acepta mi oferta, limpiaré su nombre, no habrá registros dentro del ministro o de la base de seguridad que la inculpen de ningún acto de rebeldía o terrorismo. Diremos que fue un malentendido, que Lara Scott no sabía absolutamente nada de lo que estaba ocurriendo y que solamente se encontraba en el lugar y el momento equivocado. Y eso es todo. Veo que está bastante emocionada con esto de empezar a trabajar para mí — le sonrío de lado, uniendo mis manos sobre la mesa y jugueteo con mis pulgares — Con los tantos aclarados, solamente me queda una cosa por decir: espero que, a partir de ahora, camine en línea recta. Si dibuja fuera de la línea… Pues el trato se evapora y usted es directamente condenada por sus crímenes bajo la pena de muerte. ¿Fui claro, señorita Scott?
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Mensaje por Lara Scott el Miér Jun 10, 2020 6:27 am

Tardo en caer en ese cambio de titularidad del favor que me está salvando el cuello el día de hoy, en esa primera aclaración que hace sobre que el favor me fue concedido gracias a que él lo pidió, queda más claro cuando continua y mis supuestos servicios a prestar quedan a su nombre, saliendo del lugar de intermedio con un tercer hombre ausente, para que sea un trato exclusivo de dos personas. Me lamentaré algún día de lo exagerada que pudo llegar a ser mi arrogancia por creer que, aunque mis posibilidades de negociar fueran nulas, estábamos colocados a una altura similar en la que podría sostenerle la mirada sin pestañear y que en lo que viniera a pasar luego de este encuentro, sabría cómo lidiar con alguien que no me llevaba más que unos pocos años. Mis labios se van torciendo en una forzada sonrisa de conformidad. —Todo sea por mantener al sistema estable— digo lentamente en una mofa con un tono moderado, no quiero caer en mi grosería cuando ha quedado claro que esto se trata de decir que sí o dar el paso que resta para caer al vacío por mi propia cuenta. —Está bien— acepto sin más, golpeo la mesa al apoyar mis palmas. —Si es mi trabajo lo que necesita, no es nada que no me hayan pedido ellos y si fue lo que me colocó aquí, que sea también lo que me saque— lo monótono de mi voz contradice al alivio que comienzo a sentir en mi estómago al irse deshaciendo todas las tensiones de las últimas horas y si se cumple el poder poner un pie fuera de este maldito edificio, lloraré en la acera.

Pone a prueba mis nervios escuchar cómo será el procedimiento de limpiar mi nombre, me niego a llorar delante de un muchacho que se ve que tiene facilidad para sonreír con suficiencia a otros, que no espere que me arrastre dándole las gracias, que él también saca su beneficio de esto así que estamos más o menos en igualdad de condiciones. Sé que no es así, que todo se tratará de que tan útil puedo ser y que responda cada vez que escuche un «señorita Scott», mi sonrisa se ensancha en una mueca cuando alude a mi supuesta emoción por trabajar a sus órdenes. —Iré a beber para celebrar apenas salga de aquí, no sabe lo emocionada que estoy— musito. Si puedo olvidar todo lo que ha pasado hoy y evadir la que será mi vida en los años que se vienen, me daré por satisfecha. Difícilmente camine en línea recta luego de que eso ocurra, pero me guardo el chiste para otra ocasión. —He aprendido la lección— digo, mis manos en alto. —Lo juro, no lo volveré a hacer. Nunca. Ya me quedó claro que les pasa a los que infringen la ley, si quiero seguir teniendo mi cabeza sobre mi cuello, debo ir por lo legal. Prometo vivir el resto de mis días con decencia y sirviendo al país— esto lo he hecho antes, cada vez que terminaba la charla con un consejero de la escuela luego de una detención, prometía concentrarme en mis calificaciones y dejar los problemas, lo hice tantas veces que conozco el discurso que quieren escuchar.

Bajo mis manos para cruzarme de brazos sobre la mesa. —Gracias— escupo la palabra lo más rápido que se puede. —Le diría que acaba de ganarse el cielo al salvar un alma descarriada, pero no lo creo posible— sus intenciones no van a poder burlar las condiciones de auténtico altruismo que se espera para alcanzar tal mérito. —Me encargaré de que su parcela en el infierno tenga un sillón cómodo cuando nos encontremos ahí como muestra de mi agradecimiento— le ofrezco a cambio. Y ya que estamos hablando de enfrentar lo que nos espera, cruzo mi brazo sobre la mesa con mi palma abierta hacia arriba. —¿Me va a dar su tarjeta para agendar su número o prefiere el estilo psicópata de llamarme a las tres de la madruga y decirme «Soy yo»?— consulto, por las dudas, quiero saber si todo esto de pedirme trabajos sucios se hará dentro del margen de lo decente o si vamos a seguir por el lado de los modos turbios.
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Mensaje por Hans M. Powell el Miér Jun 10, 2020 4:29 pm

SEGUNDA PARTE
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He llegado a ciertos puntos lamentables en mi vida. Observar a un montón de compañeros del ministerio en completa ebriedad parece ser uno de ellos. Las luces de fiesta y el calor producido por un montón de personas que beben, ríen, se abrazan y besan hacen que sea muy sencillo olvidarse que afuera hay nieve, acompañada por una ventisca que nos recuerda la fecha en la cual nos encontramos. Me mantengo apoyado a una columna en la cual se lucen guirnaldas, bebiendo de mi copa con suma calma mientras trato de no reírme de Kirke, que está tratando de robarle un beso a una de las nuevas abogadas con la excusa de que es año nuevo. El pobre se ha perdido la parte de que la cuenta regresiva fue hace ya casi unos quince minutos y esa excusa le quedó vieja.

Para aclarar, no me deprime en lo absoluto pasar las fiestas en un bar, para nada. Sé que no tengo nada mejor que hacer y que no hay nadie allá afuera esperando por mí, así que brindar con unos cuantos colegas y ver qué tienen para festejar es mejor que quedarse mirando a la nada e irse a dormir. Quizá debería hablarle a alguien para no irme a la cama en soledad, para variar. Mi saco vibra y chequeo como los mensajes de feliz año me distraen por un momento de mi cometido. No hay muchas personas. Reynald, Jack, Annie. Eso es todo. Sí que la he hecho bien en la vida, eh. Vuelvo a guardar el teléfono y vacío mi copa de un saque, mantengo el líquido entre mis mejillas un momento y luego, trago de manera escandalosa. Hago una mueca y avanzo entre los borrachos, esquivo un beso de Kirke y me apoyo contra la barra, estirando el cuello al dejar la copa sobre la misma y buscando a alguien para que me atienda. Estoy por llamar a la bartender, cuando me percato de la persona que tengo al lado.

Sí, ese día en el cual le salvé la vida le di mi número de teléfono, pero nuestras conversaciones casi siempre empiezan por mi culpa. No, casi no, siempre. La imagen que tengo de Lara Scott no tiene nada que ver con bares y fiestas y, aún así, me es sencillo el reconocerla en un ambiente en el cual me parece simplemente una caricatura, posiblemente de una de las historietas que leía cuando era niño. No parece estar acompañada, un simple vistazo me lo deja en claro y, tal vez, está en la misma que yo o su compañía se marchó al baño, vaya a saber. Solo pido un martini seco y golpeteo la barra con mis nudillos — Feliz año nuevo, Scott — digo simplemente. Tiene quinientos veinticinco mil seiscientos minutos más para seguir respirando y no cagarla en el proceso.
Hans M. Powell
Hans M. Powell
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Mensaje por Lara Scott el Jue Jun 11, 2020 5:20 am

La ruleta gira y esta noche todos tenemos nuestro shot de suerte, vuelco el mío en mi garganta sin pensarlo demasiado. He dejado de pensar hace como una hora cuando crucé la puerta del bar, luego de unos primeros tragos que le fueron dando el tono a esta noche vieja. Dentro el ambiente festivo hace imposible reconocer caras, de pronto todos son amigos cuando dan las doce y si los saludos efusivos con lengua auguran un buen año, creo que más de uno sacará la lotería para comprarse una mansión… o gastarlo aquí. El calor de los cuerpos permite que olvide el frío helado que sentía en las piernas hace un rato cuando esperaba en la acera, por culpa del vestido corto que se ganó un arqueo de ceja por parte de Mohini cuando le dije que salía y a su consejo de que me llevara un abrigo para no sufrir de hipotermia, obedecí llevándome una chaqueta ligera con la que tengo que disimular que no me da escalofríos y pierdo al colgarla en el respaldo de alguna de las banquetas que abandoné hace unos minutos para participar de la ruleta en un extremo de la barra.

Una corneta suena contra mi oído y alguien vuelve a desear un feliz año nuevo para todos, no es una buena idea ponerme a saltar con los demás porque el alcohol está pesándome en la cabeza. Trato de sujetar con mis dedos la vincha de luces con los números 2, 4, 6 y 2 para que no se me caiga y la siento resbalar al suelo, mis movimientos son demasiado lentos para detener la caída. Tengo que doblar las rodillas para agacharme y recuperarla entre los muchos zapatos que están pisando colillas tiradas. Presiono la palma de mi mano con fuerza contra mis sienes para no ser yo quien tenga problemas con la gravedad cuando me incorporo rápidamente y estoy tratando de estabilizarme cuando entre las caras amigas y desconocidas, aparece la que debe ser la pesadilla de principios de enero. —Oh, jod…— mascullo. Recuerdo haber tenido un dilema el año anterior de si correspondía o no mandarle un mensaje de saludo, lo escribí y lo borre muchas veces a eso de las cuatro de las mañanas y volví a intentarlo a eso de las siete cuando despuntaba el día. Esta vez puedo clavar mi codo en la barra y apoyarme contra el borde de la barra, así controlo mi inestabilidad al quitarme los mechones de la cara echando todo mi cabello hacia atrás, para poder hablarle con la sonrisa de satisfacción que siento al darle mi saludo un año más tarde. —¡FELIZ JODIDO AÑO NUEVO!— grito por encima de las voces que tenemos cerca y para enfatizar levanto en alto el shot de tequila que está al alcance. —¿Ahora toca besarnos o algo así?— pregunto antes de acercar el tequila a mis labios, cierro los ojos por un momento al tragar. —Pensé que los ricos pasaban año nuevo en sus yates o en el club de golf, ¿se les metió alguna rata?— ah, no, que conmigo ni intente el cuento de ser un tipo que creció desde abajo, el perfume a niño criado en el Capitolio o uno de los distritos principales se le siente desde aquí.
Lara Scott
Lara Scott
Inefable

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Mensaje por Hans M. Powell el Jue Jun 11, 2020 6:27 pm

No sé cómo consigo escuchar la voz de Scott por encima de la corneta que alguien me sopla prácticamente en el oído, lo que hace que le lance una mirada venenosa al sujeto que reconozco como Tyler Poe, cuya expresión denota que acaba de darse cuenta de lo que ha hecho. En cuanto se gira, me froto el costado de la oreja, meneando la cabeza ante las palabras de la morena — No estás en mis opciones como mi primer beso del año, lamento decepcionarte — me permito mofarme sin prestarle mucha atención, que estoy más entretenido en chequear cómo se prepara mi trago. Si hay algo que huele a alcohol en este lugar, es Scott, aunque tampoco puedo reprochárselo porque creo que, por regla general, todos están pasados de copas y debo ser uno de los pocos que sigue sobrio, lo cual es un completo milagro. Si hay algo que he descubierto es que, con el correr de los años adultos, mi aguante con las bebidas ha ido disminuyendo de manera considerable.

No me ofende su comentario, sí me hace sonreír con gracia — No, la fumigación mensual fue la semana pasada — el martini se desliza hacia quedar delante de mí y me demoro un segundo en hacerme con la aceituna — Si mis compañeros decidieron juntarse en este lugar, no voy a arrastrarlos conmigo al bar del club de golf. Digamos que estar aquí fue mi única opción para esta noche — literalmente, la única. Pincho la aceituna entre mis dientes, la degusto en lo que me giro para ver como el círculo de abogados ha empezado a hacer imitaciones de los altos cargos a grito pelado y, con un suspiro, trago y me decido a beber un poco — ¿Y qué hay de ti, Scott? ¿No había alcohol para el brindis en la cueva en donde trabajas? — no puedo evitar echarle un vistazo, mis ojos son escrutadores hasta que regreso a su rostro, que estoy demasiado acostumbrado a su ropa de mecánica como para haberme siquiera imaginado que en su armario tendría un vestido de esos.

Me giro hasta que apoyo mi espalda y uno de mis codos en la barra, jugueteando con la copa en una de mis manos. La imagen que se alza delante de mí es vagamente lamentable, pero no por eso deja de ser un entretenimiento — He estado haciendo una apuesta mental a cuanto tardan en romper una copa y quién es el primero en vomitar — comento con tono cansino. Tras un nuevo trago, apunto con el mentón a una de las nuevas secretarias — Ella ha estado tambaleando su vaso hace fácil una hora y Thomas Higgins ya se anda poniendo verde — lo sé, todo un entretenimiento. Ladeo el rostro para poder fijarme una vez más en Scott, cuya vincha produce ciertos reflejos por culpa de la luz que provocan que me fije en esos números sobre su cabeza por un segundo — ¿Algún propósito para este año o tampoco hay esperanzas? — que quede en claro que yo no me siento identificado con esa frase.
Hans M. Powell
Hans M. Powell
Ministro de Justicia

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