Let's fall in love for the night and forget in the morning · Hans

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Mensaje por Lara Scott el Mar Oct 22, 2019 12:21 am

Manoteo la mesa con la lámpara apagada que está al lado de la cama y alcanzo mi teléfono para encender la pantalla, los números que me indican que son las dos de la mañana brillan con luz opaca en la habitación que está a oscuras. Llevo dos horas durmiendo apenas, revolviéndome entre las sábanas. Salgo de estas con el cuidado de no despertar a Hans, a quien también escuché moverse entre sueños y espero que tengas unas horas de descanso para que mañana no acabe con un moretón en la frente por golpearse contra el escritorio. ¿Cómo puede dormir alguien cuando tiene una cuenta regresiva pendiendo sobre su cabeza? Hans no estaba tan errado al compararlo con una bomba que amenaza con explotar en cualquier momento, pero tener una fecha fijado hace de la ansiedad algo peor. Estaremos avanzando hacia ese día, los nervios nos jugarán en contra, temo estar histérica para cuando llegue la mañana en la que debamos preparar todo para recibir a la bebe, y sospecho que no llegaré, no puedo, no está en mí esperar con toda paciencia que esto se resuelva.

Uso el teléfono para iluminar mi camino por la escalera así como el pasillo que lleva a la cocina, donde la luz de la nevera se encarga de darle nitidez a todas las cosas cuando abro la puerta. Estaría necesitando de una de esas botellas de vino o de un licor más fuerte de los que guardamos, pero tendré que conformarme con mi reserva de helado de chocolate. Tomo uno de los potes aun cerrados y revuelvo los cubiertos hasta dar con una cuchara que uso para servirme una primera probada necesaria, podría quedarme parada aquí engullendo todo el chocolate para matar los nervios, pero el frío que sale del interior de la helada me eriza la piel y es que con los días un poco más cálidos volvimos a la ropa más ligera, en mi caso una camiseta donde hubieran tres Laras hace unos meses. Hago el camino de vuelto con el conocimiento que tengo del lugar de cada mueble, así no tengo que ayudarme del teléfono y puedo servirme un par de cucharadas más antes de llegar al primer escalón. El ruido en la sala me detiene, por un momento creo que son los perros, si es que Ophelia me siguió desde la cocina y Hunter aprendió a atravesar paredes, porque la última vez que lo vi estaba despatarrado en el patio. Meerah no usaría la sala para hacer sus maratones a trasnoche de series, ninguna adolescente haría eso si tener las tres felicidades en un mismo sitio: una cama, una serie y una “cajita feliz” de golosinas.

Bordeo el sillón para encontrarme con Hans, ¿y yo a este hombre no lo había dejado en la cama? Entonces recuerdo que me salí sin fijarme si él estaba en su lado de la cama, ¡y así lo quería pillar! ¡Se baja él solo una botella de lo que sea! ¿Y qué es eso que tiene ahí? Por poco creo que es uno de los peluches que le compramos a la bebé, lo que habría sido comprensible porque creo que a los dos nos está perturbando la inminencia de convertirnos en padres de una cosa que será real en días. ¡En días! Cruzo un brazo por encima de su cuerpo que se recuesta en el respaldo del sillón para tomar al peluche de las orejas y colocarlo en su regazo, hago equilibrio entre el pote y mi teléfono para hacer una captura de ambos. ¡Evidencia! Me entretengo haciendo que se abrace a la botella y al peluche, y doy un brinco que casi hace caer mi helado cuando se mueve. Muerdo mis labios para reprimir las carcajadas y me tumbo a su lado en el sillón tratando de subir como puedo mis piernas para cruzarlas debajo de mi cuerpo en una postura india que es más cómoda para la panza gigante que necesita de su espacio. —Hans, ¿estás bien?— finjo inocencia al presionar su hombro, en realidad estoy comprobando en qué estado se encuentra, que no se sí si la botella estaba llena o rebajada, así que lo vacía que pueda estar es una pista engañosa. —¿Cuántos dedos ves?— pregunto con una sonrisa contenida al colocar dos dedos frente a su nariz, y como no puedo con mi genio, busco otra vez mi teléfono para filmarlo, atrapando el pote de helado entre mis pies. —Ahora sí, ¿cuántos dedos ves?
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Mensaje por Hans M. Powell el Mar Oct 22, 2019 2:41 am

La última vez que me puse ebrio por algo que me causaba tantos nervios como para ahogarlos en alcohol, fue cuando encabecé mi primer juicio en solitario en el Wizengamot. Nadie podía juzgarme demasiado, era joven y sabía que me estaba jugando mi lugar, uno que podría hacer de mi carrera un fiasco o un éxito inefable. Habíamos ido con algunos amigos a beber a uno de los bares más costosos del Capitolio y la noche acabó con Kenna echándome el flequillo hacia atrás en uno de los inodoros con mejor aroma de la ciudad, lo cual me llevó a una resaca que duró hasta casi el momento del juicio. Suerte para mí, la poción indicada me ayudó a llegar fresco como una lechuga y nadie que no estuviese presente puede decir mucho sobre mi estado de ese día. Bueno, siempre y cuando a Jack no se le ocurra decir que tiene viejas grabaciones y las coloque en el ministerio, pero confío en él lo suficiente como para no hacerme algo así. Esta noche parece ser una en la cual puedo revivir la experiencia, pero desde la seguridad de mi hogar y no en un bar repleto de bestias borrachas que se hacen llamar mis amigos.

Pelusa se ha quedado conmigo, para variar, aunque las cosas han cambiado mucho y ya no estoy bebiendo una mamadera como cuando nos conocimos. Las ironías es que temo porque en algunas semanas tendré a mi propio bebé con un biberón que no sabré preparar en mis manos y, tal vez, la vida habrá cambiado para siempre. No para mal, no para bien, sino de manera definitiva y eso, la imposibilidad de volver hacia atrás, me causa un enorme vértigo. Es como estar en el borde de un precipicio cuando sabes que tienes que saltar porque no te queda de otra, pero temes que la caída duela demasiado. Me muero por conocerla, no voy a decir que no, pero… ¿En qué términos? ¿Por qué no hago otra cosa que estar preocupado? Que me estoy arrugando, lo sé. ¡Y el otro día me encontré una cana! Bueno, no era una cana, era un cabello más rubio que los otros, aunque todavía no sé si era cierto o fue lo que me dijo Josephine para calmarme cuando me escuchó chillar desde la oficina y tuvo que entrar a las corridas pensando que alguien se había colado para asesinarme. Que son dramáticos, por favor.

Creo que estoy más dormido que despierto y abrazo whisky con algo de fuerza contra mi pecho en busca de una posición cómoda, siento el calor de un cuerpo ajeno pero lo ignoro porque tengo la cabeza tan revuelta que no me creo capaz de molestarme por ello. Tengo la sensación de que si me duermo por completo voy a vomitar, pero tampoco puede ser tan malo… quizá si me ahogo en mi propio vómito voy a ahorrarle a mi hija el tenerme como padre — ¿Qué? — respiro con tanta fuerza al verme sobresaltado que creo que ronco, tengo que parpadear varias veces en un intento de enfocar un par de dedos que tengo frente a la nariz — ¿Dedos... ? Pues los que tengas — me paso una mano por la cara para tratar de aclararme, aunque creo que se me patina la saliva que cayó por el costado de mi boca. Cierro los párpados con fuerza y vuelvo a abrirlos, reconociendo los ojos inmensos de Lara — Hola, bebé. Y te lo digo a ti, no a la pelota que tienes encima. ¿Te das cuenta de que siempre tenemos una cosa inmensa entre nosotros cada vez que nos acercamos? Es una invasiva — sacudo la botella frente a mí para chequear la cantidad que le queda y olfateo el pico, ignorando el factor que siempre detesté los apodos melosos y que ahora mismo lo siento más como una burla — ¿Te gusta Pelusa? Phoebe cree que será una buena compañía para Mathilda — como si tuviese que convencerla de que el conejo se quede, me lo pongo junto a la cara y doblo mi boca en un puchero, abriendo mis ojos lo más grandes que puedo. Debo estar borracho como una cuba.
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Mensaje por Lara Scott el Mar Oct 22, 2019 9:31 am

Si alguien me hubiera dicho que iba a reírme tanto de Hans teniéndolo bajo el mismo techo, lo hubiera secuestrado el verano pasado. Creía haberlo visto pasado de copas, en más de una ocasión, en la sala de su casa la primera vez que lo acompañé en la isla ministerial o en la mía cuando le dije que me iba a ir al norte y a la mañana siguiente pudimos hacer como que esa conversación nunca existió, la deuda siguió allí, tal como yo. Pero la cara que puedo verle en este momento, cuando mis ojos se acostumbran a la oscuridad y es que la única luz que tengo para apreciar lo ido que está es la que entra por la ventana. Me hace pensar en cómo puedo aprovecharme de esto y tener material en mi teléfono mañana para hacer que se atragante con el desayuno, y si no lo consigo, tendré que inventarlo que de todos modos no lo recordará, está bañado en olor a whisky como puedo apreciar al acercarme para que pase la prueba de los dedos. La carcajada que raspa mi garganta hace temblar mis labios por el esfuerzo en contenerla. —Hace mucho que dejé los pañales— acoto, por si sirve de algo, —y Mohini podrá contarte también de la manía que tenía de quitármelos— añado, que no viene al caso. Se me escapa otra risa al bajar el teléfono para colocar un codo en el respaldo de sillón y doblar ese brazo para que mi barbilla quede apoyada en mi mano, de frente a su perfil. —Esta no es la idea que habías tenido de un par de chicas acosándote en un sillón, ¿eh?— me burlo, que también hay helado y un conejo de peluche para mostrar el contraste con cualquier otro bar donde se podría haber bajado esa misma botella.

Tengo que morder mi labio inferior con mucha fuerza para no romperme en una carcajada por su puchero, si el conejo hace otra cosa que tentarme para que ceda a las risas, y de alguna manera consigo que mi voz salga bastante formal cuando lo reconozco por las anécdotas que contaba su hermana. —Así que este es el famoso Pelusa—. No recuerdo bien si es un chico o una chica, supongo que dependerá del niño que lo tenga en manos y en este caso regresó a las de Hans. —¿Para Mathilda o para ti?— pregunto, mis cejas alzándose a la espera de una respuesta honesta, porque si fuera para la niña estaría en la cuna y no acompañándolo a él a bajarse una botella. —Y así que estás aquí, poniéndote al día con tu amigo de la infancia…—, no hay nada serio en mi voz al reacomodarme en el sillón y tirar fuera un cojín, con el teléfono cayendo en los huecos entre nosotros. —No les importa que una chica los acompañe, ¿verdad? También vine a este sitio por algo fuerte— digo, alzando el pote con ambas manos y moviendo mis cejas en su dirección con cierta insinuación, —y por las vistas, claro— susurro. Sirvo otra cuchara cargada de chocolate para acercarla a mi boca y se me va una sonrisa hacía ellos. —¿De qué hablaban? ¿De conejitas?— bromeo, zampándome el helado y con la cuchara atrapada en la sonrisa de mis labios. Por lo que contaba Phoebe, no hay criatura más pura en el mundo que Pelusa, no tengo por qué suponer que ha seguido el mismo camino que su dueño original, pero que los encuentre a ambos con whisky de por medio, hace claro lo lejos que ha quedado el tiempo en que Hans se abrazaba a él para tomar su biberón, aunque -patéticamente- la escena se preste a ese recuerdo.
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Mensaje por Hans M. Powell el Mar Oct 22, 2019 9:04 pm

Mis labios vibran exageradamente con mi resoplido de caballo, rompiendo el sonido en una risa ahogada que me sacude los hombros — No, jamás. Las chicas que me acosaban en los sillones no tenían nada que ver con peluches o embarazos — ahí va el pensamiento de nuevo, no puedo verla bien pero sé que su barriga de sandía está por ahí, con un tic toc insoportable saliendo de su ombligo. Es una imagen algo grotesca, pero es imposible apartarla de mi retina ahora que la he creado. Porque claro, hay una enorme diferencia entre mujeres en minifalda en un bar nocturno y la mujer que está embarazada de una niña que te volverá loco durante el resto de tu vida. ¡Que no me arrepiento he dicho! Pero no deja de ser un poco extraño. ¿A dónde se fue mi juventud?

Tengo bastante orgullo para asentir cuando reconoce a Pelusa y coloco el peluche delante de mí para verlo mejor, aunque solo atino a diferenciar sus orejas — Para los dos. Mathilda será su dueña legítima, pero también creo que fue un regalo para mí. Un cierre de ciclo — que ahora mismo no tiene ningún sentido, pero así fue como Phoebe lo planteó y no tengo una mejor idea que imitar las palabras de mi hermana menor — Por supuesto. Tenía que contarle todo lo que se ha perdido, como que me volví exitoso, tenía fiestas privadas en un bote y terminé con una casa familiar en la playa. Nadie puede decir que tuve una vida aburrida — porque es verdad, no la tuve, incluso puedo compararla con una montaña rusa no apta para todo público. Creo que no puede ver cómo le muevo las cejas pícaramente — Estás más que invitada a sumarte, aunque creo que voy a tener que pedirle a Pelusa que se retire en algún momento. No pienso compartirte — pongo la boca hacia delante en una trompa y acabo tirando un beso que no sé a dónde apunta, pero que culmina en una vaga risa que hace eco en el pico de la botella — De conejitas de Halloween. Ya sabes, las sexys, no las peludas — ¿Ah?

Creo que bebo demasiado rápido, porque se me chorrea el líquido por los costados de la boca y tengo que limpiarme con el dorso de la mano, tosiendo un poco. No siento demasiado ardor, aunque creo que se me ha dormido la lengua por un segundo — Scott… perdón por hacerte una bebé gorda — no sé de dónde me sale eso, pero creo que estoy por ponerme a llorar. Al menos, eso es lo que indica mi voz temblorosa, pero es que… ¡La bebé es tan pesada que no quieren que nazca por parto natural! Y ya sé que ella es bajita y yo tengo piernas largas, así que es mi culpa, por no considerar tamaños cuando se me ocurrió acostarme con ella. Que desconsiderado — Ahora van a tener que drogarte y abrirte para que nuestra hija nazca y es todo culpa de mi genética. Y vas a estar ahí y yo voy a tener que estar ahí y los dos estaremos ahí mientras te abren la panza porque nuestra bebé… ¡Es gorda! — que ya lo dije, solo que lo vuelvo a aclarar. Otro traguito me da tiempo a callarme, pero no a respirar — También lamento que tengas más cachetes y que tu culo se parezca al televisor, y yo siga igual que siempre. Bueno, no tanto, me gusta que tu culo sea grande porque hay más para agarrar, pero que he visto cómo tienes que modificar tu guardarropa y es todo mi culpa. Porque no podías resistirte y yo tengo la carne débil, solo... no me odies por eso — Que deprimente, quizá debería robarle helado y mezclarlo con el alcohol.
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Mensaje por Lara Scott el Miér Oct 23, 2019 1:55 am

Casi que podría jurar que alguna vez me habré cruzado con él en uno de esos bares que evocamos y yo me habré dado la vuelta nada más reconocerlo a la distancia en alguna mesa. Si aceptaba nuestras reuniones de intercambio a regañadientes, no iría a buscarlo por mis propios pies para aprovecharme de que el alcohol lo hubiera dejado embotado. No había manera de imaginar que acabaríamos así y el escenario sería la sala de una casa que compartimos, que un embarazo y un peluche fuera parte de todo, si hasta me saca una sonrisa que aproveche para un repaso rápido en tres puntos de lo que ha sido su vida y la que nos toca a nosotros sea la de “casa familiar”. —Yo creo que estás siendo un presumido con Pelusa, sólo tratas de impresionarlo— digo, más que nada para reírme de él. Doy vueltas en mi mente a lo que dice y si esta charla alcohólica con su muñeco de la infancia es parte de ese proceso de cerrar una etapa para dar la bienvenida a otra, marcada por un nacimiento que es un hecho tan rotundo que creo que para todos significará un antes y un después. Provoca miedo pensar en ese «después», así que me distraigo con este momento presente en que lo tengo besuqueado a la nada y uso la cuchara de mi helado para apoyarla en su boca, así lo empujo de vuelta hacia atrás. —¿Las conejitas de tu mansión?— bromeo, que es tentador hacerlo con un ronroneo en la oscuridad y puedo sentir en la piel de mis brazos el calor que emana su cuerpo al estar casi rozándolo, así como el vaho a whisky.  —Sólo pensaba quedarme a conversar con ustedes, no hace falta despedir a Pelusa. Aunque podría ser una charla bastante inadecuada para sus orejas inocentes… ¿Dónde tienes tu varita? La mágica— aclaro a propósito, —será mejor que lo devolvamos a la cuna.

Su disculpa me llega por sorpresa, con el helado cargado en mi cuchara y a medio camino de mi boca que la tengo entreabierta, la sorpresa no hace más que definir la «O» que forman mis labios. Por suerte no he tragado nada, podría atragantarme con las carcajadas que vienen después, sueltas en un tono más bajo que pasan desapercibidas por su voz que suena alta en la sala por la declaración que viene sobre lo gorda que es nuestra bebé. —Siempre es un placer escucharte cuando te pones romántico—, me río. Si a mí me ofendía la observación, creo que tendré a la niña pataleando dentro de poco. Me guardo lo que sé sobre que las cesáreas, que son parte del control de natalidad porque el límite de cesáreas son tres y con una espera obligada de dos años entre cada una, es una imposición a las familias a pensar en los hijos que desean tener, ya casi ningún sanador quiere practicar un parto natural. ¿Para qué? ¿Qué sentido tiene con toda la tecnología que hay? Acabo otro poco del helado y agito la cuchara delante de su nariz para reprenderlo, con mis cejas uniéndose en un ceño fruncido. —¡Es muy injusto! ¡Siempre lo digo!— exagero mi enfado, creo que se nota porque no tiene la misma intensidad de fondo como otras veces. —¿Cómo puedes andar por ahí tan tranquilo y sensual cuando yo ando cargando con una bola gigantesca? Que no le hubieras metido tanto empeño, hombre. ¡Mira lo grande que es!—. Golpeo el borde de mi pote con la cuchara y lo hago parecer como que tomé una resolución, la uso para señalarlo. —Tienes que compensármelo de alguna forma, ¿qué te parece ser mi elfo doméstico?—, puedo abusar de esto por una noche, lo que preocupa es que si lo pongo a hacer cosas acabe desmayado por culpa del alcohol. —También, claro…— agrego con un toque arrogante y aliso el frente de mi camiseta con una mano, —podrías improvisar una oda a mis muchas virtudes. Cuando quieras, puedes empezar— mueve mi mano hacia él para darle la palabra. —Si lo haces cantando sería aún mejor.
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Mensaje por Hans M. Powell el Miér Oct 23, 2019 1:21 pm

El empujón en mis labios hace que me lance hacia atrás, hay cierta travesura en mis ojos pero no estoy seguro de que ella quiera saber las respuestas que se me vienen a la cabeza. Creo que es automático el factor que me llevo la mano hacia la entrepierna como si fuese a tantear, aunque no me tardo en seguir buscando en mis costados, a pesar de que no doy con mi varita — Parece que va a tener que taparse los ojos si queremos propasarnos. Lo lamento, Pelusa. Las prioridades cambian con los años — hasta le palmeo la cabeza al conejo como si de verdad tuviera que darle un consuelo por mis obvias preferencias. Que me perdone Phoebe, pero si tengo que traumar a su peluche, no voy a perder la oportunidad.

Me río con ella, pero se me escapa un "shhhhh" porque no tengo intenciones de que Meerah se despierte con todo nuestro escándalo. Lo único que me falta es que mi hija mayor me encuentre en este estado, más que ebrio, con un juguete como aliado en el sofá que mañana probablemente huela a whisky — Lo sé, todos los días agradeces despertar con alguien como yo al lado — me mofo sin demasiada seriedad que digamos, la voz temblorosa por ese intento de llanto que se asomó hace unos segundos — ¿Y cómo planeabas que no le ponga empeño? ¡Me engatusaste lo suficiente como para que lo haga! No podía resistirme a tus tretas, Scott. Tienes ese imán que me pone ansioso y que no se me da bien controlar — porque es lo que nos puso en esta situación al fin de cuentas. Si hubiese mantenido las manos quietas y los pantalones puestos, nada de esto estaría ocurriendo. Esto es lo que el karma me da por haber sido un baboso, aunque a veces creo que no le pondría freno y que sea lo que tenga que ser. Si merezco una sentencia por pasarla bien con ella, todo lo que conseguimos me parece más que justo, a pesar de que me colme de nervios.

No seré tu elfo doméstico, pero puedo obedecerte en otros aspectos por una noche — creo que estoy utilizando el mismo tono que usaba cuando buscaba llevarme a una mujer desconocida a la cama en un bar, pero el alcohol hace que mi voz se vuelva más arrastrada y mucho menos seductora. Hasta me río de mí mismo por lo bajo, así que ahí se me va la seriedad. Es lo otro que me pide lo que me deja mudo, en un estado de meditación como si de verdad yo fuese capaz de componer algo así siquiera en un estado de sobriedad — Yo no canto. La ducha se lleva ese bonus — aunque ella me ha acompañado en la bañera y no recuerdo improvisar ningún concierto. Aún así, me aclaro la garganta y llevo la botella a mi boca como si se tratase de un micrófono El tamaño de tu barriga es tan grande, como las manías que tienes para enojarme. Y a pesar de que con números ves el mundo, me quedaría contigo, no dudaré ni un segundo… ni siquiera sé que ritmo estoy cantando, es más una recitada que busca agravar mi voz sin mucha música en su haber — Momento, no estoy hablando precisamente de tus virtudes. Déjame pensar — con mi voz haciendo eco en la botella, me vuelvo a aclarar la garganta y me siento más derecho — De tus defectos veo tus virtudes, y de tus virtudes veo tus deseos, porque entre sus risas, llantos y desconciertos podría quedarme con… tu incapacidad para cocinar y hacerme reír de tus.. de mí mismo… ya, eso ya no rima — me quiebro en una risa, esa que me hace caer hacia delante y apoyo mi frente contra su hombro — Soy un triste intento de hombre de familia, tan solo mírame. Ni siquiera puedo componer una oda sobre la mujer con la cual quiero estar. Ahora Pelusa quedará traumado por mi poco talento — o traumada, que según Phoebe era niña. Me da igual, me concentro más en dejar pequeños besos en el cuello de Scott, considerando que finalmente lo tengo más a mano — Podemos traumarlo con cosas mejores, ¿no crees? Si la bebé nos deja algo de espacio — que la botella de whisky y el helado de por medio le quita cualquier sensualidad a la situación, pero que va. No me queda otra que romper en una risa que no sé si ella va a comprender y yo tampoco sé de dónde viene.
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Mensaje por Lara Scott el Miér Oct 23, 2019 4:50 pm

Sigo con mi mirada la búsqueda de su varita en sus pantalones tragándome una carcajada que tiñe mi voz al volver a hablar. —¿Y cómo va a taparse las orejas si tiene las manos ocupadas tapándose los ojos?— pregunto, esperando a que conteste a mi lógica en su ebriedad, que si no es el conejo, es una adolescente en la habitación de arriba o una bebé todavía como obstáculo físico entre nosotros, los tiempos en que sólo saltábamos sobre el otro por la urgencia de cinco minutos concedidos en el trabajo o incluso cuando no había relojes marcándonos la hora, están quedando cada vez más atrás. —Me da un poco de morbo que nos manoseemos delante del peluche que te devolvió tu hermana, si ella se entera va a matarnos. Por más que sea con Pelusa con quien te encontré en este estado y podría acusarle su mala influencia, me haces sentir que soy quien te pervierte— digo con mis cejas moviéndose en una ligera insinuación, que a la hora de la verdad ni el peluche ni yo le enseñamos ese camino que supo encontrar por sí mismo.

Quien va a matarnos antes que su hermana será su hija, si alzamos la voz en la sala y ruego que siga con los auriculares puestos si está despierta, para no escuchar como de repente levanto mi tono para culparlo de mantenerse tan atractivo, que si hasta las arrugas en sus ojos le quedan bien, maldita sea, y sea yo quien está rodando cuesta debajo de lo que físicamente fui hace unos meses, ¡si mis mejillas apenas me entran en las manos! Todo en mí se ha vuelto redondo, salvo mi trasero que es cuadrado a sus ojos, y es que no sé cómo evitar que esto pase, no tengo idea, me llevo otra cucharada de helado a la boca renunciando a hallar el modo. —Tengo que reconocerte que le has dado una re significación a los «buenos días» y siempre tengo una buena vista a pesar del clima— digo, con la cuchara en la boca y mis ojos barriéndolo entero como si fuera casi tan bueno como el chocolate, que de hecho lo es y un poco más. Mi espalda se apoya en el respaldo del sillón y escarbo en mi pote al contestarle con una mueca socarrona. —Yo lo veo más bien como que fuiste quien me engatusó. Te acercabas, me rondabas y me ponías nerviosa adrede, te colocabas a mi alcance y criticabas lo orgullosa que para luego apartarte. Jugabas con mis nervios, mi voluntad y mi orgullo, y todo terminó con un resultado inesperado— marco la curva de mi panza con una mano y lo miro de costado, —una rara victoria.

Y también tenerlo tirado en el sillón con tanto alcohol encima que cualquiera diría que estamos festejando el Año Nuevo una vez más, conmigo haciéndome un espacio a su lado para reírme a su costa, que el día que deje de hacerlo voy a preguntarme en verdad que tan lejos quedamos de las personas que fuimos hasta hace unos meses. Claro que no iba aceptar a ser mi elfo doméstico, pero tenía que intentarlo, ¿no? Recuesto mi cabeza en su hombro para susurrarle cerca de su oído con un tonito de coqueteo que se aprovecha de su estado: —Pero si eso ya lo haces todas las noches, bebé—, me retiro con una carcajada que sale quedamente de mis labios, pero apenas se escucha. Estoy raspando los bordes de mi pote así que no puede ver como mis cejas chocan con mi cabello y yo no lo veo a él al referirme a sus hábitos en la ducha. —Ese talento sigue siendo uno de los pocos que no te conozco—. Lamento, en verdad, que su peluche esté escuchando todo esto y es que encima tenía que ser un conejo, con esas orejas tan grandes. Lo que no me esperaba escuchar yo, ni el conejo en sus sueños más delirantes, es que se lance a improvisar la oda que le pedí y mi rostro se queda estupefacto a mitad de una carcajada que abre mis ojos más grandes de los que son de por sí.

Esto no es algo que cualquiera espere escuchar y lo único que estoy rogando es que el teléfono no haya dejado de grabar, porque necesito escuchar su intento de cantar mis virtudes todos los días. Me sacudo en el sillón de la risa cuando acaba con su lamento tan penoso y estoy entre divertida y con ganas de tirarle el pote de helado a la cabeza. —¡Por favor! ¡No puedo creer que lo hiciste! Hans, ninguno hombre de ninguna familia canta una oda de nada— chillo con mi voz aguda, tengo razón al decir que este sujeto siempre se está cargando de las más cosas de las que debe y no soy tan cruel para atosigarlo después de su intento, cuando yo no sé qué demonios podría rimar con “ego” que es lo primero que pienso si tengo que recitarle lo que sea. —Te odio y te admiro por ser capaz de meter mi inutilidad en la cocina en medio de tu oda— es en serio, me río contra su cabello que tomo entre mis dedos cuando se acerca y huele a whisky por encima del chocolate al besarme, que por poco me siento igual de embriagada, pero me recuerdo que soy la sobria aquí para aprovecharme de él. —Pero no fue una oda a mis virtudes, hiciste mucho hincapié en mis defectos y no era la consigna, así que para compensar eso que compensa lo anterior, necesito que te pongas de pie y lo cantes de nuevo con todo sentimiento, si quieres bailarlo no me quejo…—, ¿y dónde ha quedado el teléfono?
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Mensaje por Hans M. Powell el Jue Oct 24, 2019 3:25 pm

A pesar de que lo primero que sale de ella me hace sonreír con cierto ego, es lo siguiente lo que más me llama la atención y me deja pensativo, hundido en los recuerdos de lo que parece que sucedió hace eones, cuando en realidad recién nos estamos acercando al año. Y mierda que han cambiado cosas, la manera que tiene de redondear su vientre lo demuestra — Eran buenas épocas. No puedes negarme que era entretenido. Aún te pones nerviosa… a veces — la reto a que me lo niegue con un arqueamiento de mis cejas, no sigo por ese camino porque Pelusa no se merece soportar un discurso sobre lo hábil que soy para poder con ella y… vaya, no sabía que se me aumentaba la seguridad con el whisky.

Se me escapa un “pfff” burlesco que me hace vibrar toda la boca y deja mis labios fruncidos cuando me aparto de ella como si estuviese loca — Yo no te obedezco todas las noches, a veces esa eres tú. Es un tire y afloje — aunque tampoco me molestaría hacerlo, a pesar de que últimamente obedecerla se reduce a dejar un poco más de espacio para que podamos dormir con mayor comodidad. Abro la boca para enumerarle los talentos de mí que no conoce, cuando sé que no son tantos porque siempre he puesto todo mi potencial en las mismas actividades, pero la cierro cuando me doy cuenta de que mi cerebro no puede procesar información a estas horas y con esta cantidad de alcohol en la sangre. Se me va toda la concentración en una composición salida de la nada, esa que le arrebata una carcajada y que me contagia la diversión, haciendo que acomode mi cabeza para poder mirarla desde su hombro — ¿Crees que podré dedicarme a ser un compositor famoso de odas y abandonar el ministerio? Podríamos intentarlo. Seríamos unos hippies roñosos que le compran un ukelele a su hija para que combine con sus pies descalzos y gorro de paja — por mucho que me guste mi trabajo y esto sea solo una broma, me pregunto cómo será el vivir sin las preocupaciones que me acarrean todos los días. Sé que no es mi estilo, pero disfrutarlo por cinco minutos debería ser algo bueno.

Creo que me disculpo entre las risitas que muerden su cuello, estoy pensando en meter un poco de mano cuando llegan los reclamos y eso provoca que mis dedos se queden en el borde de su camiseta, haciendo que suspire con pesadez — Pero si soy un pésimo bailarín, Scott. ¿O me estás pidiendo un streaptease sin música? Al menos podrías… — me separo, de muy mala gana para variar, y busco crear algunos sonidos con mi boca que tratan de imitar a la música insoportable de los raperos que veo, de vez en cuando, por las calles. En serio, creo que alguien debería decirle a esos sujetos que lo que hacen es un poco insoportable. Me llevo la botella a los labios y bebo un largo trago hasta que las últimas gotas me tocan la lengua, así que ponerme de pie tan rápido provoca que me tambalee y amenace con caer de culo al suelo. Mantengo el equilibrio con los brazos estirados y, cuando me aseguro de que no voy a caer, le paso la botella para que la sostenga por mí — No recuerdo lo que canté hace dos segundos, pero… — creo que mis palmas suenan más fuerte de lo que deseaba cuando empiezo a tararear algo sin mucho sentido, moviendo mis hombros de manera que mi torso se deslice de un lado al otro, manteniendo mis puños en alto hasta que, en un envión, tiro de su brazo para ponerla de pie con mucha más dificultad que hace tiempo atrás. Se me escapa una risa porque mi baile improvisado no se detiene, aunque choco contra su barriga en mi intento de acercarnos y miro hacia abajo como si tuviese que culpar a mi hija de que está arruinando el momento — Te lo he dicho, tenemos algo entre nosotros que impide mi romanticismo — aunque sea una broma, la suelto para obligarla a poner sus manos en mis hombros y coloco las mías en su deformada cintura, balanceando nuestros cuerpos a causa de un ritmo inexistente — Y aunque me hagas bailar en la noche y sin un bar, no dejaré de cantar las virtudes que no puedo enumerar porque teeee aaaaaaaaaaamo taaaaaaaaaaaanto… — creo que estoy agudizando la voz en alza, lo que me echa un momento la cabeza hacia atrás con el rostro fruncido de una pasión artística de la cual carezco Porque eres lista y compañera, dulce y comprensiva y hueles a… melocotón… ¿Es un nuevo shampoo? — el ritmo se va perdiendo hasta que vuelvo a hablar, dejando caer la cabeza hacia delante a pesar de no dejar de movernos — ¿Por qué me torturas de esta manera? No has dejado de torturarme desde que todo empezó. Me volviste un ser patético y… ¿Por qué me haces esto? ¿Qué es lo que ganas?— como si en verdad esperase una respuesta a la condena de todos los días, me detengo y la miro con seriedad, buscando alguna pizca de diversión o burla hacia mi persona. Momento… ¿No hay más licor en algún lado?
Hans M. Powell
Hans M. Powell
Ministro de Justicia

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Mensaje por Lara Scott el Jue Oct 24, 2019 8:21 pm

No te obedezco— digo, regodeándome un poco en ello, —sucede que a veces es lo que quiero yo— aclaro con una mirada limpia de todas las intenciones que me hicieron encontrarle lo bueno a despertar por las mañanas con alguien, cuando antes fui tan mezquina de mi propio espacio, y a abusar de cada una de esas mañanas cuando no había aún un obstáculo tan redondo entre nosotros como lo es mi vientre en estas semanas. No lo miro con la intensidad de ese deseo que conocemos y para el cual nada parecía ser suficiente, que nos tuvo buscándonos y causando un alboroto a escondidas en nuestras vidas, pero está ahí y sigo deseándolo, pese a los cincuenta kilos de más que cargo por ese algo que resultó de tantos encuentros desordenados. Trato de imaginarlo como un hippie roñoso y arrugo un poco mi nariz, lo peor de todo es saber que seguiría jugando con su cabello incluso si lo tiene largo como para hacerle trenzas y colocarle coronas de margaritas, y que no me molestaría desprolijo y sucio, que estoy acostumbrada a eso por haber trabajado en talleres toda la vida, pero echaría de menos sus trajes, su neurosis por el trabajo, que su lado del ropero sea tan ordenado en contraste a mi revuelo, y que se le frunza la frente por preocupaciones de las que no habla cuando suspira como si se fuera a quedar sin aire. —No, no te dejaría hacerte famoso por tus odas— contesto, tan segura y con una sonrisa que suaviza mis palabras. —¿Por qué dejaría que le cantes odas a alguien más? No soy tan idiota — resoplo. —Así que tendrás que seguir siendo un ministro— decido por los dos, nada de ser hippies, aunque lo del ukelele para la bebé lo podemos hablar después cuando sepa usar sus manitos para algo más que sostener su biberón.

Por el bien de la inocencia de Pelusa, sus manos se detienen en el límite de lo seguro, y porque quedan otras maneras de escandalizar al conejo, me sujeto a sus hombros con un brillo intenso y pícaro en la mirada que lo busca para encontrarse con sus ojos. — ¿Cómo puedes adivinar lo que no termino de pensar? ¿Harías un streaptease para mí?— se lo pregunto por si las dudas, si conseguí una oda también podría conseguir algo como esto, que parece vano por la cantidad de veces que lo he visto sacándose la ropa y en serio, la música nunca hizo falta, no tendría que ser un impedimento esta vez tampoco. Pero lo que obtengo es algo muy distinto, porque siempre se sentirá como que son dos cosas opuestas tener a alguien haciendo una demostración de un baile sexy, a tener a alguien que improvisa un baile lento en un intento de abrazo. Y hubiera pagado con gusto una buena suma de galeones por ver lo primero, puedo imaginarlo tan claro haciéndolo, no por los pasos que seguramente serían terribles y tan torpes, sino porque tiene el cariz para hacer que batir huevos sea sexy. No me había esperado que también tuviera carisma para lo otro, que le siente tan bien ser un borracho romántico que procura encontrar mi cintura para apoyar sus manos.

Y sigue cantando, haciéndome reír con tantas carcajadas que no puedo bailar, sólo dejarme mecer por sus movimientos. No contesto a su duda sobre el shampoo porque no puedo parar de reírme, no creo que pueda hacerlo algún día, y ojalá nada de esto haya quedado grabado, es tan ridículo todo. Me lagrimean los ojos y tengo que limpiarlos con mis dedos cuando lo miro, encogiéndome de hombros al tomarme tan en serio su pregunta, porque me pregunto lo mismo, todos los días. —No lo sé— reconozco con toda la honestidad que soy capaz de hallar en mí. —No sé por qué te pido que hagas tantas estupideces. No sé por qué pierdes tu orgullo cuando el mío está a salvo, ¿por qué lo haces?—, y la respuesta es fácil esta vez, porque tiene la mente bañada en alcohol y no recordará nada de esto, porque puedo aprovecharme y lo hago, ¿por qué lo hago? Diría que está seguro conmigo, que no le pediría nunca nada que exceda a un streaptease en nuestra sala, pero sé que haría cosas, sobrio y fuera de esta casa, sin que le pidiera, que excede todo. —Quizá porque me gustas también así, borracho y patético— digo, y en serio que la panza es un molesto obstáculo cuando quiero acercarme a él para besar un lado de su mandíbula, lo consigo de alguna forma. —Te pido que hagas todas estas cosas y cuando las haces no hago más que decirme lo estúpidamente que me gustas, me gustas mucho. Creo que me gustas un poco más que eso. No quiero asustarte, ni que salgas corriendo, pero…— susurro, rozando su cuello con mi nariz y respirando su olor por debajo del whisky. Pruebo con mis labios la piel donde percibo sus latidos y es mejor que el chocolate, definitivamente. —Creo que estoy enamorada de ti, muy enamorada. Que haré lo que me pidas, sólo esta vez… de todas formas, lo olvidarás mañana.
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Mensaje por Hans M. Powell el Jue Oct 24, 2019 10:29 pm

Ni siquiera tengo que pensarlo demasiado, aunque parece unos segundos que lo estoy meditando porque se me frunce la trompa en un gesto pensativo — Si me lo pides bien y con cariño, puede que lo haga alguna vez. No prometo que sea un buen espectáculo y, la verdad, siempre prefiero que me ayudes a quitarme la ropa a que te quedes mirando — por un momento trato de imaginarlo, me pregunto si alguna vez existió la ocasión donde desnudarnos fuese algo que pudiésemos hacer en totalidad sin ponernos las manos encima antes. Ella ya lo ha dicho, toda esa locura acabó con un embarazo que ninguno habría pensado, pero supongo que son cosas que pasan cuando tienes tanta piel con alguien. ¿Me había pasado antes? No, no de esta manera. He conocido mujeres que me resultaron atractivas, muchas de ellas tuvieron química conmigo, puedo hacer una lista de buenos momentos íntimos que he tenido a lo largo de mi vida y, aún así, jamás podría compararlo con esto. Es como quemarse y disfrutarlo.

Tal vez es porque esos encuentros fortuitos no terminaban en bailes lentos y risas a carcajadas en un salón, mientras nos mecemos en una danza a oscuras que me hacen desear que Meerah esté profundamente dormida. Me devuelve la pregunta y no tengo la más pálida idea de una respuesta, me encojo de hombros con la sonrisa pintada divertidamente en un rostro que debe estar enrojecido e hinchado por la cantidad de alcohol que hace que la habitación me dé vueltas, así que doy gracias por estar sosteniéndome de su cuerpo — Quizá porque ya no tiene caso cuidar el orgullo, cuando los dos lo perdimos cuando decidimos dejar de fingir que no pasaba nada. Y era mentira. Te encaaantaba me acerco de ella modulando mucho la última palabra en actitud burlona, como si fuésemos niños de primaria una vez más, mofándonos de que a “Mengano le gusta Sultana”. Me gustaría sentirme herido porque me llame patético, más de todos modos solo puedo reírme y darle la razón, con un asentimiento lento que busca hacerle fácil ese beso que siento en mi piel. Ladeo la cabeza en una búsqueda involuntaria de su boca, pero ella ya se ha ocultado en mi cuello y me encuentro recibiendo sus palabras, haciendo que mi baile sea cada vez más lento hasta que apenas nos movemos, mientras mis brazos se cierran alrededor de ella como un capullo. Puedo estar ebrio, pero el calor se siente muy latente.

¿Lo que yo quiera? ¿Incluye un encuentro pasional contra la chimenea? Siempre pensé que tiene un marco muy cómodo para sujetarse — muevo la mano para colarla entre los mechones de su cabello, buscando así sujetar su nuca y consigo mirarla a los ojos, a pesar de que apenas son un brillo en la penumbra — No le digas a Meerah, pero eres lo mejor que me ha pasado en mucho tiempo, hasta mataría por ti. Píiideme que mate por ti — hago una voz arrastrada que sé que he oído en algún dibujo animado, pero no me doy chance a reír porque mi boca presiona la suya mientras retengo el suspiro que acaba muriendo en ella — He sido una terrible persona, Scott. Y tu mamá quería que te cases con el hijo del panadero… ¡Y te quedaste conmigo! ¿Por qué te enamoraste de mí? Estoy seguro de que fue la peor decisión de tu vida — me río de ella, tan bajo que mi torso tiembla cuando tomo su rostro entre mis manos. ¿Sus cachetes están más suaves o es que se hincharon? — Cada vez que firmo una nueva petición de Magnar, sé que fruncirías más el ceño hasta volverte un acordeón. Cada vez que Abbey me llama a su despacho, tengo que recordarme que hago todo porque tú y las niñas estén a salvo. ¿Dije que mataría por ti? Porque creo que también moriría por ti. Y hay veces en las que quiero pedirte que nos vayamos bien lejos, más que nada cuando me recuerdo que esa no es una opción de verdad. ¿Recuerdas cuando me dijiste que yo nunca sería tuyo y tú no serías mía? ¿Lo recuerdas, Scott? — ni siquiera sé si así había sido la conversación, pero creo que era algo parecido. Pruebo sus labios una vez más hasta que me arrodillo frente a ella, pero como no tengo equilibrio me quedo en ambas rodillas, sujetándome a sus muslos para poder verla y no irme hacia atrás — Pues eso es pura mierda, porque soy tuyo. Soy una pobre y patética imitación de mí mismo y es todo tu culpa. Tu culpa y la de la bebé gorda y la de Meerah. Así que… vayamos a la playa, así nos casamos con un apretón de manos como en los viejos tiempos y que el mundo se joda, siempre y cuando pueda joder contigo. ¿No crees que esa sería una buena oda? — y me reiría, juro que si, si no fuera porque me encorvo hacia delante porque el sonido de mi garganta indica que voy a vomitar. No lo hago, suerte para sus pies.
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