The Mighty Fall
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The stakes are high, the water's rough • Hans

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The stakes are high, the water's rough • Hans  Empty The stakes are high, the water's rough • Hans

Mensaje por Lara Scott el Miér Sep 25, 2019 1:15 am

Como una bala cruza en limpio la arena húmeda y se estrella contra la marea agitada que avanza sobre la orilla, se pierde en la profundidad del agua gris hasta que su hocico rompe la superficie, seguido de su cabeza con sus orejas en puntas. Con sus patas empapadas nada de vuelta a la costa, todo su pelo pegado a un cuerpo menudo. Tengo que llamarlo con palmas porque no es obediente al nombre que me dijeron que tiene, el que trataron de inculcarle por un año. Cada vez que se zambulle al agua se me sube el corazón a la boca, me da miedo que sea devorado por un mar que en estos días se ve más feroz, pero como todo perro criado en el distrito cuatro, se mueve tan bien en el agua como lo hace al caminar sobre sus patas. Consigo que venga a mí, lo tengo al alcance cuando de repente se sacude entero para mojarme con gotitas sueltas el abrigo que me puse encima del pijama, tan grande que la redondez de mi vientre pasa desapercibido. Si me quejo de un poco de agua, eso es nada cuando el resto del camino a la casa lo hace metiéndose un par de veces más al mar y después revolcándose en la arena. Para cuando lo hago entrar por la puerta trasera de la cocina, no es la bola blanca que fui a buscar, sino un monstruo mojado y sucio que recorre toda la cocina hurgando con su hocico cada rincón.

El sonido que proviene de arriba de las escaleras hace que levante las orejas y su emoción es visible en su cola que se agita de un lado al otro. Escucha los pasos que van bajando los peldaños, no necesita de otra señal para aventarse fuera de la cocina, tan veloz que su víctima no podría verlo venir. A quien si se lo hubiera dicho por anticipado, quizá tal asalto del animal no habría sido tan inesperado, pero se suponía que era una sorpresa, por eso fui a la casa de mi vecino antes de las siete de la mañana y estoy revolviendo la alacena para encontrar el frasco de café que se me hace tan necesario como el oxígeno a estas horas. No sigo al perro, ¿para qué? Puedo contar hasta diez en voz alta hasta que venga por sus propias patas, siguiendo a un Hans que se habrá sacado el sueño con el sobresalto. —Nueve... ocho...— cuento. Me tomo el trabajo de batir el café en mi taza por el gusto de oír la cuchara contra la porcelana, mientras mi boca se abre para soltar un bostezo. —Siete... seis...— sigo, —cinco...—, y como puedo oír a Hans a unos pasos, apuro el conteo. —Cuatro, tres, dos...—. No puedo llegar a uno, que lo veo en el marco de la puerta a la cocina. —¡Feliz cumpleaños!— le muestro mi mejor sonrisa, pese al sueño con el que cargo y lo despeinados que están mis mechones por el viento de la playa, que todavía no me saco el abrigo porque sigo tiritando del frío.
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Mensaje por Hans M. Powell el Miér Sep 25, 2019 5:19 am

Mi cumpleaños número treinta y tres fue uno de esos desmadres que podrían manchar cualquier reputación si alguien lo comentase fuera del círculo reducido de invitados. Acababa de ser nombrado el ministro más joven de NeoPanem y Kirke, con su barriga y ansias de alcohol, había organizado una fiesta privada que, sorpresivamente, Reynald y Jack secundaron. No diré más que fue la clase de reunión que Rose reprobaría de enterarse de los detalles y que las lagunas de esa noche no ayudaron a completar la historia que me llevó a despertar en una bañera completamente desconocida en el distrito trece y con un sabor desagradable en la boca. Hoy, exactamente un año después, las cosas han cambiado tanto que despertarme en una cama tranquila con el sonido del mar a la distancia se siente como un extraño alivio. Al menos, sé que de aquí no tendré que escaparme sin pantalones por ninguna ventana.

Los domingos siempre han servido para dormir un poco más de lo normal, pero mi reloj biológico hace que los ojos se me abran a pesar de la pereza de la mañana sin siquiera desearlo. No voy a mentir, giro entre las sábanas más de lo necesario, por demás cómodo y caliente como para desear marcharme, hasta que las necesidades básicas me obligan a levantarme con paso cansino. Sigo dormido cuando abandono el baño y bajo las escaleras descalzo, arrastrando los pies que van pisando los bordes del pantalón que utilizo como pijama en los días de frío invierno. Estoy llegando al último peldaño con un bostezo que me deja ciego y, para cuando vuelvo a abrir los ojos, el sonido de unas patas contra el suelo me descoloca lo suficiente como para que en un segundo esté dando un salto hacia atrás. Choco la espalda contra la pared y tengo que sostenerme de la misma para no caerme de culo en lo que una bola de pelos me mancha la remera con sus patas mugrosas y creo que suelto algún insulto cargado de sorpresa, pero estoy más concentrado en empujarlo para quitármelo de encima. ¿De dónde demonios ha salido esta cosa?

¡Scott! mi voz demanda una explicación al alzarse como un bramido en lo que escucho el tintineo de la cuchara y doy amplias zancadas hasta meterme en la cocina. Tengo que sacudir la mano para espantar al perro que intenta chuparme los dedos y alcanzarme para cumplir su cometido de acosarme, deteniendome frente a su saludo que se me hace muy fuera de lugar considerando la situación — Como digas. ¿Vas a explicarme por qué hay un animal en la casa? ¿Se le perdió a alguien? — quizá le está haciendo un favor a un vecino y no estoy enterado. Intento limpiarme la ropa con la mano, pero entonces recuerdo que he dejado la varita arriba — Está dejando la casa hecha un asco. Quien sea su dueño, deberá enseñarle modales. ¿No podía quedarse afuera? ¡Mira! — y tiro del extremo inferior de la remera para que pueda ver la mugre que me dejó encima, tal y como si fuese un niño acusando a su hermano menor con su madre. No sé si es el mejor modo de comenzar mi cumpleaños.
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Mensaje por Lara Scott el Miér Sep 25, 2019 4:29 pm

Hace mucho que no escuchaba mi apellido en un grito a toda voz, en esa nota justa que sabe alcanzar Hans, que si los vecinos escucharan creerían que acabo de liberar a una quimera y al cancerbero en la casa, que no está muy lejos de la realidad, pero no es para tanto. O tal vez sí. Porque, ¡oh, por Merlín! ¡NO! ¡ESTO ES UN DESASTRE! ¡Tiene manchitas en su camiseta! ¡Manchitas! Me tengo que tragar la carcajada que sigue a su saludo de cumpleaños, porque su cara de indignación me tienta a responderle con una expresión similar, por la cual dejo la taza en el borde de la mesada y me cubro la boca con las manos, en falso pánico. —¡¿Estás bien?!— pregunto, dando dos pasos hacia él para poder tomar del ruedo de la camiseta e inspeccionar las manchas de gravedad. —¡Por Merlín! ¡No! ¡Tenemos un 3312! ¡Tenemos un 3312!— grito en medio de la cocina, no tan alto como para despertar a Meerah, quien espero que tenga la puerta cerrada para que no la sorprendan gotitas de agua y babas cayendo sobre su cara. Interrumpo mi actuación de simulacro de emergencia para golpear suavemente su frente con mi palma. —Sólo es mugre, ¡no te vas a morir!—, y entonces sí suelto la carcajada para volver a mi café en proceso. —Nada que no se quite con un baño cuando terminen de conocerse.

Recargo mi cadera contra la mesada y uso mi cuchara manchada de la mezcla del café para apuntarlo. —Y en eso tienes razón, su dueño tendrá que enseñarle modales. Es muy impertinente, muy emocional, ¡ah! ¡pero nada de un modo excepcional! ¡Y mira! ¡Tiene una hermosa sonrisa!— lo señalo con un movimiento de mi barbilla, se ha quedado sentado sobre sus patas traseras a un lado de la cocina, jadeando y pasando sus ojitos como canicas del uno al otro. A mí me conoce por las veces que fui a la casa a que se familiarizara, y no creo exagerar al decir que al parecer, Hans le ha caído bien. Lo que tiene una explicación muy simple… —Se llama Snow, pero como no hace caso a ese nombre puedes rebautizarla—. Pese al esmero de que se vea la inocencia de mis intenciones en mi sonrisa, cuando llena mi rostro, tiene ese sesgo burlón que no puedo contener. —¿Te gusta tu regalo de cumpleaños?— pregunto, abrazándome a la taza con mis dos manos.

¡Ah! ¡Me olvidé el agua! Saco la varita del bolsillo de la campera para remover algunas cosas de la mesada y poner a hervir el agua que voy a necesitar para el café, mientras sigo hablándole. —Uno de nuestros vecinos se va a mudar, es demasiado mayor para estar solo y los perros lo cuidaban más de lo que él los cuidaba a ellos. Solía verlos jugando en la orilla cuando salía a caminar, ¿y dime si Snow no es dulce?— le echo una segunda mirada a todo su pelo en puntas como si hubiera sufrido una descarga eléctrica, por culpa de que la suciedad se le está secando. Pero sigue sonriéndose, haciendo de sus ojitos más chiquitos de lo que en realidad son, y creo que está tratando de dar una buena impresión antes de convertirse en un torbellino otra vez. —Y ella quería entrar para conocer la casa, pero Hunter sí se quedó fuera, es un perro muy educado— digo, moviéndome hacia la puerta para tirar de la manija y escucho como empieza a burbujear el agua hervida hasta que el sonido se detiene por sí solo. —¿Quieres que lo llame?
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Mensaje por Hans M. Powell el Miér Sep 25, 2019 5:32 pm

El escándalo obviamente burlón que le sale por los poros hace que ruede los ojos hasta ponerlos en blanco con un suspiro pesado, de esos que me suben los hombros hasta que los dejo caer con fuerza — ¿Aceptaste cuidar una mascota sin consultarme? — no es como que me interese meterme en sus decisiones, pero estamos hablando de la casa donde vivimos juntos y creo tener el derecho a alguna opinión. Obvio que lo que digo no sirve de nada, me empuja la cabeza hacia atrás y ni siquiera me ayuda a limpiarme, así que estaré así hasta que vaya a cambiarme porque su risa descarta cualquier otra opción. Bueno, quizá estar recién despierto me pone un poco más vulnerable de lo normal, pero que tampoco es el mejor modo de empezar el día.

Tengo que mirar al animal en busca de algo que me indique que esté sonriendo, porque no puedo ver de lo que ella me está hablando. Mis ojos se fijan en su figura peluda con obvio recelo, incluso doy algunos pasos hacia atrás hasta que me apoyo en la mesada como si la distancia fuese sinónimo de seguridad — ¿Por qué le pensaría un nombre? — es lo primero que se me escapa con cierta nota de pánico, pero creo que lo que digo se pierde en las palabras que me funcionan como respuesta. Hago un sonido con la garganta que deja en claro que me he tragado cualquier respuesta posible gracias a la incredulidad, porque la culpa que me da su obvia alegría me prohíbe el decirle que se ha vuelto totalmente loca, al menos no con esas palabras. Se me escapan otras peores: — ¿De verdad pensaste que el mejor regalo sería un perro? — sé que lo hablamos, pero siempre lo consideré como algo en lo que ella se haría cargo para cumplir su capricho infantil y no que me enchufaría una bola mojada a mí.

Me quedo en silencio en sus explicaciones, casi parece que estoy tomando la misma actitud a la cual me aferro en el trabajo cuando debo escuchar excusas hasta dar mi veredicto final. Mis manos se mantienen detrás, aferrándome al borde de la mesada en lo que paso los ojos de uno al otro hasta terminar ladeando la cabeza en dirección a la morena como si me estuviese compadeciendo de su salud mental — Espera… ¿Dices que hay dos? — creo que se me ha ido la voz a un extraño agudo estrangulado, así que carraspeo para aclararme la garganta y me paro un poco más derecho, alzando las manos para pedirle dos segundos y que no abra la puerta — No, no, Scott, escúchame — ¿Podemos ser razonables? ¿Acaso ahora seré el único adulto responsable en este lugar? — No podemos tener dos perros, un bebé y una casi adolescente en la misma casa, es una locura. ¿De dónde planeas que saquemos el tiempo y la paciencia? — porque ya me lo veo venir. Los llantos, los ladridos, los pañales, las patas en cada rincón. Perdió la cabeza, es obvio — Tendríamos que haberlo hablado un poco, ¿no crees? No podemos… ¡Quédate ahí! — la bola que supongo que será blanca bajo la mugre se mueve, así que levanto un pie para alejarlo de mí sin necesidad de tocarlo demasiado — Lara, será un desastre. ¿No puedes siquiera controlarla un poco? — lo cual empeora cuando tengo que sacar mi pie de su cara porque me lo ha chupado, así que doy un brinco hacia atrás con expresión de asco en lo que tomo una servilleta y me limpio, haciendo equilibrio como puedo.
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Mensaje por Lara Scott el Miér Sep 25, 2019 8:39 pm

Porque— digo, alzando mi dedo índice en una actitud de quien se apresta a dar una explicación trascendental a alguien que lo ignora por completo, —las sorpresas generalmente se hacen así, una persona lo sabe, la otra persona lo ignora— concluyo. Su negación a la situación es tal que no entiende nada de lo que le digo sino se lo hago tan claramente como que la perra es suya. Si Snow no hace más que sonreír desde que lo ha visto, no entiendo cómo puede mirarla por su parte con el pánico en sus ojos. Así lo único que va a conseguir es que la perra vuelva a acosarlo para recibir un poco de amor a cambio. —¿Por qué un perro no es un buen regalo?— le doy vuelta a su pregunta, porque eso me da tiempo a improvisar un argumento mejor. —No es como si hubiera muchas cosas que te pueda regalar, Hans. Tienes el dinero para comprarte lo que quieras. Tienes a Meerah para que te regale camisas y corbatas, que si yo te traigo una me arriesgo a causar un atentado en tu armario. Y ya te regalé un reloj— apunto, que si tengo que seguir las sugerencias que me dan en algunas tiendas creo que sería incómodo para ambos, que incluso quienes grabaron la dedicatoria tras el reloj me manifestaron lo descorazonados que se sentían por algo tan simple como «Para Hans, de Lara», con algo como lo es el tradicional reloj para el prometido. Y no, me dio gracia en ese momento, pero no es algo que le contaría a Hans salvo que se entere por su parte o mi madre abra la boca al darse la cuenta.

Estamos hablando de perros, no de bebés, que el susto de la posibilidad de gemelos lo pasamos. —Te dije que era un hombre con perros, está muy viejo como para seguir en este distrito con todas las cosas que están pasando. Sus hijos tienen miedo de que lo que paso con el mercado, no confían en que… esté seguro viviendo solo… — murmuro, escondiendo parte de mi rostro de su vista por estar tocando el tema, mi mirada puesta en la ventana que ocupa gran parte de la puerta, desde la que puedo ver el patio que es una extensión de pasto todavía marrón, en lo que parece ser un jardín descuidado que alguien tendrá que arreglar en algún momento y no sé cuándo podré hacerlo yo, que la cintura empieza a darme puntadas por estar mucho tiempo parada cuando trabajo. Me silencio antes de llamar al labrador negro que también está mojado, no tanto como Snow, y que se ha quedado tirado al sol tibio como si fuera imperturbable al frío.

Esta vez uso la puerta para recostarme, mis brazos cruzados por delante de mi pecho, escuchando su intento de persuadirme y es válido, así que le presto mis oídos y mi mirada atenta. —¿Por qué no podemos? Son perros adultos, no cachorros, no los traje para que entrenemos el arte de cambiar pañales o preparar leche a la madrugada. Son…— pienso en Hunter que está fuera, —perros para seguridad de la casa, Hans—. Y Snow se encarga de arruinar mi argumento. —¡No! ¡Snow! ¡Basta! ¡Déjalo!— pido, que no está ayudando a su propia causa con tanto entusiasmo. Hay baba en el pie de Hans y se me escapa la carcajada, que trato de que no suene tanto como podría para no ofenderlo. —¡Es tu perra! ¡Tienes que ser tú quien le ponga límites!—, y de esa manera pretendo limpiarme las manos, que mi perro está fuera, todo tranquilo y echándose una siesta. —No le estás dando la bienvenida que espera, es eso. Sólo dile hola como corresponde — se lo marco, no muy convencida de que eso calme a la feria, más bien temo que suceda todo lo contrario.
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Mensaje por Hans M. Powell el Jue Sep 26, 2019 1:42 am

Babean, tienen pulgas, toman olor, manchan los muebles, requieren tiempo como un hijo más… — enumero las razones sin mucho esfuerzo y sí, puede que no estoy siendo demasiado amable con la idea de que ha sido un regalo, pero creí que me conocía un poquito mejor como para creer que una mascota sería un presente ideal; vamos, que me ha visto quejarme de los sonidos agudos del puff de Meerah y le he contado que mi única experiencia en el área fue una tortuga — Me conformaba con un desayuno en la cama, si quieres mi opinión — tal y como dice, puedo tener lo que quiera gracias a mi sueldo y tampoco soy una persona que guste de derrochar el dinero, ya suficiente tuve con un bote que apenas he usado. Un domingo tranquilo, sin una mínima preocupación, hubiese sido lo ideal. Sin ruidos, sin olor a animal empapado, solo nosotros y una larga siesta. Carajo, me estoy poniendo viejo.

La incomodidad me lleva a desviar la mirada hacia cualquier lado de la cocina, porque no quiero tocar el tema de lo que ha sucedido en el mercado ya que me lleva hacia otra zona, una de la cual no he hablado con ella porque soy incapaz de abrir la boca y preocuparla de más en su estado. Por mucho que intento dejar el pasado atrás, parece ser que éste se esfuerza en pisar con ganas mi presente, llenarlo de su presencia para recordarme que no puedo escapar. Estar bajo la mira de Magnar lo demuestra — Sé que tuviste buenas intenciones, pero deberíamos haberlo hablado antes — insisto, aunque el tono de mi voz es mucho más calmo, buscando cierta reconciliación entre sus ideas y las mías.

¿Perros para seguridad? — ¿Los vamos a entrenar para que puedan hacer un patronus? ¿O sabes cómo enseñarles a desconectar bombas? — ironizo, que no estamos lidiando con cualquier tipo de amenaza allá afuera. Lo positivo de ser atacado por la emoción de la nueva mascota del hogar es que me distrae de mis comentarios pesimistas, camuflados por las risotadas de Lara que retumban con bastante eco en la cocina — ¿Cómo se supone que le ponga límites? ¡Es un perro, no va a estrecharme la mano! — mi voz se tiñe de desesperación y me alejo del animal de costado como un cangrejo, aunque eso solo provoca que se mueva con el rabo en alto como si estuviese tomando mi andar como un juego — Cuando me quede sin zapatos por sus mordidas, tú vas a tener la culpa — le amenazo, echándole un vistazo rápido antes de inclinarme un poco en dirección al animal. Llevo un puño a mis labios y carraspeo para aclararme la garganta — Si vas a quedarte aquí, no vas a tener un nombre tan poco original. Y me niego a que huelas tan mal — es un saludo poco amistoso, lo sé, pero es lo mejor que tengo ahora mismo. Miro a Scott en reproche y le tiendo la mano — Dame tu varita, voy a sacarle la mugre. Y luego me dirás por qué eres tan amable con los ancianos… ¡No, no! — me enderezo con rapidez, pero mi rostro entero se frunce en reacción a una lamida que me hace apretar los labios con fuerza. Tengo que recordarme que nada de esto fue hecho con mala intención, cuento hasta cinco y me paso la mano por la cara — Tú eres la que querías un perro. ¿Qué se hace en estos casos? — porque creo que echarlos a la calle no parece una opción.
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Mensaje por Lara Scott el Jue Sep 26, 2019 4:45 pm

Me choco de cara con algo que no lo vi posible, y estoy haciendo cálculos mentales para entender por qué nunca termino de descifrar a este hombre. —¿Estás hablando en serio? ¿Y ni siquiera con una segunda intención?— pregunto, en el tono de mi voz está claro mi desconcierto. Si era esa su idea de regalo perfecto jamás la hubiera considerado, creo que porque todo lo relacionado a la cocina estaba descartado, que no se me ocurrió que algo tan simple como café y panqueques —el más grande y único de mis logros culinarios— hubiera bastado. —Si no te hice un pastel de lo que sea, es porque ambos sabemos que eso te llevaría al hospital por intoxicación y di por hecho que no querrías pasar ahí tu cumpleaños. Mo te traerá algo más comestible y rico en algún momento del día—, que no necesita invitación formal para caer a la hora que sea a saludar a su técnicamente no yerno, pero casi yerno. —Pero, ¿con un café eres feliz? ¡Perfecto! No es que te quiera impresionar, pero el café es uno de mis grandes talentos culinarios— digo con esa pomposidad que puedo dar a mi tono, que ya tengo dos logros anotados y estoy rompiendo marcas, —aunque no sé si cuenta como uno porque es bebida…— musito, mientras estiro mi brazo para bajar otra taza de la alacena.

Lo estamos hablando ahora— se lo señalo. —No tengo un giratiempo para volver una semana atrás y preguntarte si te gustaría tener un perro, tampoco lo haría porque sé lo que me hubieras dicho—, se lo tengo que decir sosteniéndole la mirada para que pueda ver como modulo lentamente con los labios un: —No—, tiro de mis labios en una sonrisa que lo invita a contradecirme. —Hans, si lo piensas, somos del tipo de personas que dicen a todo lo que rompe con su estilo de vida: «No, gracias, estoy bien así». Si estamos en nuestros cabales…—, se me hace oportuna esa aclaración. —Y los perdimos un par de veces, por eso estamos aquí—, lo resumo así, sin embargo no puedo evitar pensar en que somos de los que están metidos hasta el fondo y siguen poniendo reparos a veces de que tan lejos se puede llegar. —¿Si sabes que hay perros capaces de detectar bombas, verdad? ¿Y también que son mucho más susceptibles a presencias? Quizás podrían darse cuenta de las intenciones de una persona, sin que tú lo sospeches siquiera. Actúan con otros sentidos en alerta…— se lo comento, ensalzando las virtudes que creo que tiene Hunter y espero que los tenga Snow también, que por el momento se esmera en una sonrisa que no convence a Hans. —Si pusieron licántropos en la calle, ¿por qué no puedo tener mi propia jauría?— lo digo como al pasar, dándome cuenta de lo terriblemente infantil que suena eso. «Si el presidente lo hizo, yo también quiero hacerlo». Por suerte, el que cumple años es Hans.

No puedo creer que sepas como mantener una departamento entero caminando en puntillas si estás de mal humor y no te tengas confianza en poner unos pocos límites a una perra— digo con una ceja curvándose, que no quiero reírme de él y de todas maneras la sonrisa se hace ver. Considero que tengo un triunfo parcial cuando cede a la posibilidad de que la perra vaya a quedarse, que pongo mi varita a su alcance apenas me la pide, creo que el acto de que sea quien la limpie lo irá haciendo responsable de su mascota. —¿Por qué no le pones un nombre con M?— sugiero, que recuerdo lo que le gusta que todos en su familia tengan esa inicial. No me meto, porque también creo que es algo de ellos. —Pues tener un perro imaginario cuando era niña, me hizo saber un par de cosas. Necesitan un nombre, un lugar donde dormir y comida— al decirlo vuelvo sobre mis pasos para abrir una de las puertas de la bajo mesada y sacar una bolsa que le enseño, así como un par de platos de plástico que compré por anticipado, sabía que el domingo se mudarían con nosotros y no iba a darle uno de los picantes de la heladera. —Puedes darle de comer, mientras yo hago el café—. Espero a que tome la bolsa para que yo pueda volver a las tazas, que el agua se está evaporando. —Dale un día de un prueba—, propongo, no quiero que sea un regalo forzado al final de la jornada, —si crees que no puedes sobrevivir a un perro, le preguntaré a Rose o a Phoebe si quieren adoptarla. Y en compensación te llevaré a un sex shop para que compres lo que quieras— bromeo, el tintineo de la cuchara reemplaza mi risa. —Sólo te diré que Muffin parece feliz de tener perros, porque no ha dejado de moverse desde que desperté. Y creo que se parece un poco a mí porque no deja de chocarse contra las paredes.
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Mensaje por Hans M. Powell el Jue Sep 26, 2019 9:06 pm

Sé muy bien que estamos rompiendo nuestro estilo de vida hace tiempo, que toda esta casa es un ejemplo físico de que hemos cambiado demasiado, decidiendo caminar juntos una nueva aventura que jamás habríamos sospechado. Pero la mirada que le largo deja en claro que hay límites, un perro va más allá del hogar para nuestra hija y tener dos es volver a pisar el acelerador. Parece una broma; le digo que no a casarnos, pero sin embargo tenemos todo lo que eso implica sin los papeles legales — Claro, deberíamos haber adoptado un cachorro de hombre lobo. De seguro esos son incluso más rápidos al momento de detectar bombas y presencias peligrosas — busco burlarme de ella, incluso le dedico una suave sonrisa que parece un poco más tranquila que mi anterior actitud, a pesar de mantenerme alerta. Mis ojos, aunque sea de refilón, no se apartan de la perra.

La enorme diferencia está en que mis empleados comprenden cuales son sus recompensas y riesgos. Un perro lleva más tiempo — aprieto su varita entre mis dedos y la hago girar en lo que miro al animal, como si de esa manera pudiese medir qué tanta mugre tiene encima. Los primeros movimientos de varita son rápidos, poco a poco puedo ver como la mugre desaparece con un fregotego bastante útil. Uso ese tiempo para meditar, hasta que sacudo la cabeza con decisión — Le pondré un nombre si pasa la prueba del primer día. No quiero caer en la trampa de nombrar y encariñarse — que ya me la veo haciendo ese tipo de trampas. Coloco la varita en su bolsillo para hacerme con la bolsa de comida, lo que me detiene un momento a su lado con un poco más de diversión en el rostro — ¿Ves? Un sex shop hubiera sido una opción más acertada — la consuelo con un casto beso en su pómulo y acomodo el plato sobre la mesada, donde tengo la comodidad de llenarlo. ¿Por qué no me sorprende que haya tenido todo preparado?

Tengo que darle un par de órdenes al animal, que se pone como loca en cuanto se da cuenta de que voy a darle de comer y me encuentro usando mi cuerpo como barrera, hasta que empieza a comer con desesperación. Me alejo unos pasos, midiendo mi propia seguridad, hasta que suspiro y me froto las manos en la remera — Estaba pensando — suelto. Doy algunos pasos hacia atrás hasta que vuelvo a estar junto a ella, me inclino hasta estar a la altura de su barriga y pongo mis manos en ella. Si no me ha mentido y se ha estado moviendo toda la mañana, conmigo no funciona... de nuevo —¿Por qué sospecho que le caigo mal?— mi tono es ligeramente amargo y levanto la mirada para verla sobre la curva de su vientre — ¿Qué opinas del nombre Mathilda? Para la bebé, no la perra.
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Mensaje por Lara Scott el Vie Sep 27, 2019 4:22 am

La mirada que le lanzo es una advertencia de que se vale exagerar, pero hay un límite. —¿En serio quieres criar a tu hija menor con un cachorro de hombre lobo?— pregunto, ambos sabemos la respuesta. El miedo es tangible en ocasiones, que procuro apostar en esta casa todas las medidas necesarias para que ese mismo miedo se quede por fuera de las paredes. El escuadrón de licántropos recibe de mi parte una desconfianza similar al pavor que me inspiran los dementores, que nunca le abriría la puerta voluntariamente a ninguno de ellos. Si Magnar Aminoff se parara en el pórtico, es probable que la abriera, sólo para cerrársela en la nariz. Estamos pisando en esa línea del humor negro otra vez, tomando de los males del presente para burlarnos del otro, todo por una perra que no deja de sonreír con su hocico abierto al jadear. — Son más instintivos, podrá llegar a entenderte sin que haga falta que digas palabra— le aseguro, —lo que podría ser una novedad también para ti. Tratar de persuadir a una criatura a que haga lo que le pides, sin que puedas usar tu parla—, la sonrisa traviesa que le muestro no me cabe en la cara. —Sin tu arma principal no te sientes tan confiado, ¿eh?—, le hago pulla, a ver si así se decide a enseñarle modales a Snow, quien seguirá siendo Snow por tiempo impreciso si no pasa la prueba del día y tengo que buscarle otra casa. ¿A Mohini le agradará tener una perra que le haga compañía? —Lo mismo te encariñas con las cosas que no tienen nombre, Hans  — afirmo, que no se atreva a negarlo, porque puedo improvisar una lista de cosas.

Recupero la varita que puso en mi campera para poder revolver la mezcla de café en las dos tazas al mismo tiempo, y al volcar el agua, se desborda la espuma que me indica que está en su punto justo. Muevo mi barbilla de un lado al otro, mordiéndome el labio que se curva en una nueva sonrisa. —No es posible tener intenciones inocentes contigo,— suspiro como si fuera una causa perdida o, en todo caso, como si lo fuéramos ambos. —Trato de darte un regalo simpático por tu cumpleaños para demostrarte que no sólo te veo como un cuerpo sensual, pero no me dejas ser noble…— le reclamo en chiste. Como no me tomé el tiempo para hacer nada y las tostadas seguro que me salen quemadas, bajo un frasco con galletas con chips de chocolate. Son mi reserva de las medianoches, pero se las puedo compartir por ser su día. —¡Oye! ¡Un momento! Tienes que llenar dos platos, no seas egoísta y pienses que tu perra es la única que debe comer. ¿Qué hay de mi perro?— golpeteo con un dedo el borde del plato lleno de Snow, quien está más que impaciente por oír el ruido de las bolitas de comida cayendo en el plato y se lo tiene que dar para que a la perra no le dé un ataque de ansiedad. El problema de darle de comer luego a Hunter, es que seguro Snow asalta su toca.

Pero es algo que me preocuparé luego, que tengo a un padre tratando de comunicarse con su hija a través de varias capas abrigadas de ropa, es como si tratara de hacer sentir su tacto a mil kilómetros de distancia. —¿Por qué crees que le caerías mal? Seguro se está haciendo de rogar, ya demostró que es quien marca sus propios tiempos, ¿por qué no tratas de persuadirla?— digo, tratando de consolarlo. No la retaré, porque en la ecografía en la que debíamos saber su sexo, quedó claro que se hace la sorda cuando quiere y mientras tenga la excusa de estar en el vientre para salirse con su capricho.  —Deja que al menos me quite la campera…— digo, sacándomela por los brazos al abrir la cremallera y la única tela que queda es la camiseta de mangas largas del pijama. Tomo de vuelta su mano para colocarla donde la siento moverse en el bajo vientre. —¿Mathilda? — repito, con una mueca que se va haciendo cada vez más pronunciada. —No, Hans. Es nombre de abuela…— me quejo, mi mano sobre la suya para guiarlo hacia donde siento la patada repentina. —Dime que la sentiste— pido, que para mí son golpecitos con fuerza, pero no sería la primera vez que pase desapercibido para la otra persona y esta vez, con mucha pena, su padre. —¿No me dirás que como regalo de cumpleaños quieres que se llame Mathilda? Porque te preparé café y si quieres, podemos volver arriba— propongo, mi mirada desconfiada posándose sobre la perra que sigue vaciando el plato con un vaivén feliz de su cola peluda. —Huyamos mientras está distraída si no queremos a una tercera entrometida en la cama.
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Mensaje por Hans M. Powell el Vie Sep 27, 2019 5:00 am

¿Esa es mi arma principal? Estoy seguro de haber conseguido muchas cosas de ti sin necesidad de abrir la boca — modulo con burla cada una de mis palabras hasta acentuar una sonrisa guasona, le cedo la duda porque no tengo idea de que tan rápido me encariño con las cosas, cuando toda mi vida me he visto como una persona que tiende a despegarse de las cosas con suma facilidad, incluyendo a los seres vivos. Ella conoció mis excepciones, no mis reglas y las mismas se han presentado solamente el último año, cuando las casualidades hicieron que las barreras empiecen a bajar poco a poco, aunque aún tienen sus reservas.

Me muestro como una persona inocente y carente de malas intenciones frente a una acusación que busco desestimar, hasta que me rasco el pecho con falso desinterés — No te hagas, que sé que me ves solo como una porción de carne para tus antojos lujuriosos — mis ojos se abren de par en par por su reproche y estiro el cuello para ver al otro animal por la ventana. No me es difícil divisarlo, pero se ve demasiado cómodo en su siesta como para siquiera molestarme en salir al frío de la mañana sin abrigo alguno. Él puede esperar, tengo unos asuntos un poquito más importantes que atender, como la mala comunicación con la pequeña de la familia — ¿Cómo puedo persuadirla? No debe siquiera escucharme — presiono un poco con mis dedos en lo que ella aparta su campera, pero sé que no servirá de nada porque es una experta en ignorarme cuando intento un mínimo de contacto. Al final, siento que me pasaré nueve meses mirando a la nada, apoyando la oreja sobre un vientre que no me considera para sus interacciones con el mundo exterior.

Por la cara que pone, adivino lo que va a decir antes de que salga de su boca, pero ya tengo una respuesta formada — Había un libro que leía cuando era niño, sobre una brujita llamada Mathilda. Parece que fue popular hace mucho tiempo y era muy lista. Te gustaría — me pondría a dar más explicaciones, pero su guía me deja quieto en un sitio en el cual, aparentemente, debería estar sintiendo algo. Mi cara es de pura concentración, pero no hay señal alguna de la niña que ella dice sentir y niego con la cabeza; espero no verme tan decepcionado cuando vuelvo a levantar los ojos — Recuérdame que no le cumpla caprichos hasta los cinco años — al menos, lo que dice hace que me sonría aunque sea un poco, curvando los labios hacia un costado — No, no quieras sobornarme con ir a la cama. ¿Tan feo te parece? — a mí me suena bien, incluso puede combinar con ambos apellidos. Resignado, dejo un beso en su ombligo y vuelvo a enderezarme, acomodando su ropa con manos casuales — Transporta el desayuno a la habitación, porque yo estaré muy ocupado haciendo esto…

Mi intento es tan patético que debo recordarme el comer un poco más de verdura la próxima semana y tal vez retomar algo de ejercicio, porque cuando pongo los brazos para alzarla, me veo obligado a hacer más fuerza de la normal y hasta me quejo un poco bajo su peso. Consigo acomodarla, pero por la mueca que le dedico cuando busco avanzar hacia la escalera, los postres que se ha zampado los últimos meses están pasando factura — Si no te gusta Mathilda, siempre puede ser Marlene. ¿O quizá Minerva? — no, esa no, una figura importante de los Black llevaba ese nombre. Tengo que detenerme a mitad de la escalera para que no caigamos de culo al suelo, porque Snow pasa tan rápido por nuestro lado que parece una bala blanca que podría hacernos rodar — Y ahí va nuestra mañana de intimidad… Se acabó. No estaremos solos nunca más — por el tono de mi voz, se percibe la desgracia.
Hans M. Powell
Hans M. Powell
Ministro de Justicia

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