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Mensaje por Nathaniel L. Wright el Mar Sep 17, 2019 2:07 pm

Hace exactamente un mes, estaba de fiesta, celebrando mi cumpleaños, y ahora... en fin, ahora estoy helándome hasta en partes de mi cuerpo que no sabía ni que podían pasar frío. El Capitolio ya me parece algo helado en invierno, pero es que el 4 se lleva la palma. Dudo que el hecho de que tenga mar tenga algo que ver, pues la capital es, literalmente, una isla rodeada de agua, pero quizá por la ubicación diferente de ambas zonas, una es más cálida que la otra. Así que no me queda más remedio que llevar media cara enterrada en una bufanda enorme y gorda mientras camino por las calles del 4, agarrando las bolsas mientras trato de ubicarme. No es un sitio al que haya venido demasiadas veces porque nunca ha sido de mi interés, y principalmente las ocasiones en las que he venido ha sido más por trabajo que por otra cosa.

Todavía caen algunos copos de invierno de la gran nevada que hubo durante todo el día de ayer, lo que al hecho de ir un poco desubicado hay que sumarle que hay una especie de neblina provocada por la nieve y el frío. Al final, consigo encontrar la zona residencial después de no sé cuántos minutos dando vueltas por calles llenas de comercios, la mayoría cerrados por culpa del temporal. Encontrar la casa que busco se convierte en otra odisea, pero por suerte, no tardo tanto. Solo he estado una vez en casa de Alecto, y hace años de eso, cuando no éramos más que unos críos que estaban en segundo curso y a quienes asignaron un trabajo conjunto. Obviamente sacamos una nota bien alta gracias a mi talento para las pociones, y es algo que le estuve echando en cara durante meses.

Pico un par de veces al timbre de la vivienda una vez llego, y entierro más la nariz en la bufanda porque empiezo a notar que debo de parecer un payaso de lo roja que debe de estar. Conociéndola, probablemente se reirá de mí... y para qué negarlo, yo haría lo mismo. Mientras espero a que alguien atienda la puerta, dejo las bolsas al lado de mis pies y paso las manos por mis brazos para entrar un poco en calor. Es dando unos saltitos sobre el sitio justo cuando Alecto abre la puerta, y no me hace falta ni mirar su cara para saber que me ha pillado de manera patética. Genial. — Te he traído un regalo como disculpa — me adelanto a explicar, y señalo las bolsas que hay en el suelo con la cabeza. — Es un oso de peluche gigante; una estupidez. Quería traerte una tarjeta, pero ya sabes, no hay ninguna que diga: «siento haberte dado una paliza mientras unos muggles me tenían drogado con un alucinógeno». — Ruedo los ojos y suelto un bufido al recordar lo que pasó. — Siempre puedes quemarlo en la chimenea si no te gusta, viendo el frío que hace... O abrazarlo, lo que hagas en tu intimidad es cosa tuya, Lancaster — añado para provocarla, y estiro las manos mientras me encojo de hombros. — Oh, también hay una poción para el dolor que te he preparado. — Muchas de las que venden son flojas y apenas sirven para algo, así que suelo preferir realizarlas yo mismo. Las que de verdad ayudan son un robo con esos precios. — Y lo que es más importante: he traído alcohol. — Que viendo las temperaturas tan bajas que hay, bien va a ir para entrar en calor, si es me deja pasar a su casa antes de morir por hipotermia.
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Mensaje por Alecto L. Lancaster el Mar Sep 17, 2019 3:29 pm

Personalmente y por regla general, no me gusta ser el centro de atención, aunque puede que dé la imagen contraria cuando me presento en cualquier evento social, pero eso es porque la mayoría de las personas tienen un cociente intelectual inferior al de un perro con un hueso en la boca, y no es mi culpa tener que remarcárselo en cada ocasión posible. Como iba diciendo, es sabido en mi casa que odio que estén todo el día pendientes de mí, porque ya no soy una niña, creo que quedó claro que dejé de serlo a la corta edad de ocho años, cuando superaba en inteligencia a mi padre y tenía que darme la razón en lo que quisiera. Bueno, eso y porque soy la niña de papá también. El caso es que mi madre no ha dejado de aparecer por mi cuarto cada cinco minutos para preguntar si necesito algo desde que he vuelto del hospital, lo cual me está empezando a irritar los nervios a un nivel en el que estar en mi propia casa se vuelve insufrible.

No es que pueda salir tampoco, hace un frío de la de Merlín por la que ha estado cayendo estos días, y con el dolor que aun se me acumula en los huesos, creo que no es de las mejores ideas el poner un pie fuera de la casa. Al menos, tras unos días en los que repito estar bien a cada frase, mi madre decide que puede volver al trabajo. Dejemos claro que en ningún momento yo le dije que se tomara días libres, esa decisión la tomó por su cuenta como si realmente necesitara de ayuda y no supiera valerme por mí misma. Como sea, tener la casa para mí sola se siente como se sintió el poder respirar aire puro después de la intoxicación que sufrieron mis pulmones a causa del humo por los bombarda, además del propio líquido que empezaba a acumularse en ellos como consecuencia de todo el daño que recibió mi cuerpo.

Estoy comiéndome una galleta con toda la tranquilidad del mundo, de camino a subir las escaleras para ir directa a mi habitación y encerrarme por las siguientes veinticuatro horas, cuando la sorprendente llamada del timbre hace que me gire en dirección a la puerta. Veamos, la verdad es que al último que hubiera imaginado estar a las puertas de mi casa es al chico que por poco no me deja en un coma profundo, aunque puede que esté exagerando en esa parte, solo me da un poco de vergüenza ajena que se encuentre aquí cuando llevo un pijama de gatitos muy poco de mi estilo, con un moño que deja bien en claro que no esperaba recibir visita este día. Le miro con una ceja alzada cuando habla, sin poder evitar reparar en el pequeño detalle de antes de abrir la boca. — ¿Vienes a bailar sobre mi lecho de muerte o es eso una pésima impresión de un duendecillo de Navidad? — me mofo, sin una pizca de risa en mi voz, solo atendiendo a su forma de menearse por el frío.

Mis ojos revolean hasta las bolsas posadas en el suelo cuando dice que viene con un regalo, lo que me hace mirarle después con algo de escepticismo. — ¿Qué te hace pensar que soy fan de los osos de peluche gigantes? — suelto con sorna, arrugando un poco mi frente por la tontería del oso que, si debo admitir, me hace más gracia de lo que debería y suelto un bufido al tiempo que pongo los ojos en blanco por el comentario de la tarjeta. No obstante, a pesar de lo absurda que me parece esta conversación, estiro un brazo para sacar de la bolsa al oso gigante por la cabeza, atrapándolo mejor con mi otra mano cuando consigo sacarlo de la misma. Lo observo durante unos segundos antes de girar su rostro de oso hacia mi acosador. — Tiene cara de asesino. — comento algo seria, alzando cada vez más mi ceja. — ¿Me has traído un oso asesino con la intención de terminar el trabajo que tú empezaste? — bueno, sé que no fue a propósito, pero eso no quiere decir que no vaya a usarlo a mi favor a partir de ahora. — Seguro que al menos Fred será más discreto a la hora de preguntar por mi intimidad. — ¿acabo de ponerle de nombre Fred a un oso de peluche? Aparentemente es lo que ha pasado. — Podrías haber empezado por ahí, Wright. — doy un paso hacia atrás cuando el frío choca contra mis mejillas, cediéndole el paso al interior y haciendo un gesto con la mano para que cierre la puerta tras de sí. No tengo interés en mostrarle mi habitación, así que me dirijo hacia el gran salón de mi casa para ofrecerle sentarse en el sofá en lo que yo misma me tiro sobre él, aunque ahogo un quejido por el dolor que produce en mi espalda, dejando a mi nuevo amigo Fred acomodado a un lado. Voy a necesitar de ese alcohol ya mismo.
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Mensaje por Nathaniel L. Wright el Mar Sep 17, 2019 8:44 pm

Me cruzo de brazos al escuchar su comentario irónico, pensando una reacción rápida. Lo primero que se me pasa por la cabeza es algo simple, que no es más que estirar mi gorro de lana de la punta para intentar, de manera cutre, formar un gorro puntiagudo. Sí, como esos que llevan los elfos, o duendes, como prefieras llamarlos, de Papá Noel. Después, doy varios brincos sobre el lugar, y muevo los brazos de arriba a abajo. Es un intento patético de parecer un bicho de esos alegre, aunque como bailar nunca ha sido lo mío, estoy seguro de que más bien debo de parecer un pato mareado. — ¿Responde eso a tu pregunta? — digo mientras me quito el gorro y lo aplano para devolverlo a su forma normal. — No todos tienen el placer de ver al gran Nathaniel Wright demostrar sus dotes artísticas. Deberías sentirte afortunada, ¿sabes? — ironizo, y me vuelvo a poner el gorro sobre la cabeza antes de que se me llene el pelo de copos de nieve. No es la simple broma del baile horrible que acabo de hacer, sino una manera de responder a su pregunta irónica haciendo referencia a ambas opciones.

Intento reprimir una carcajada cuando me pregunta por el oso, aunque no queda más que en un intento porque se escapa de mis labios igualmente, y con el dedo índice la señalo de la cabeza a los pies. — ¿Te has visto en el espejo, Lancaster? Porque pareces la típica chica sacada de una película adolescente donde van a hacer una quedada para dormir — respondo, conteniendo las ganas de seguir riéndome. Sí, está algo patética, pero es un patetismo un poco adorable. La observo sacar el enorme oso de peluche, con los labios apretados para no reírme cada vez que observo el pijama de gatitos porque nunca pensé que la vería vestida así, ni mucho menos que dormiría con un pijama como este. A decir verdad, siempre me la imaginé con uno negro; como su alma cuando intenta quedar como una borde a la que no le importa nada. — ¡Oye! No insultes a mi compañero de aventuras — protesto y suelto un bufido. — Pensaba que moriríamos congelados buscando tu casa. En la última hora nos hemos convertido en mejores amigos — añado. Ni siquiera lo he sacado de la bolsa porque no quería que se pringase de nieve, pero lo cierto es que ya me estaba planteando hasta abrazarlo para pasar menos frío.

Me agacho para recoger las bolsas restantes cuando se hace a un lado y paso al interior de la vivienda, notando al instante el calor de estar dentro de un edificio en vez de ahí fuera, que más bien parece la Antártida. — Pero es que las mejores cosas se dejan para el final, así tiene más gracia. ¿O acaso te comes el postre antes de empezar el aperitivo? Eso explicaría muchas cosas de ti... — dejo caer mientras la miro con una sonrisa burlona. Una vez me quito el abrigo, coloco una de las bolsas sobre la mesa principal y empiezo a sacar una botella detrás de otra. — Tú escoges. — Me giro hacia el sofá para mirarla y voy señalando las botellas una a una, a la espera.
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Mensaje por Alecto L. Lancaster el Mar Sep 17, 2019 11:39 pm

Mi cara tiene que ser un bendito poema para cuando se pone a hacer esos movimientos saltarines que me hubieran sacado una risotada de no ser yo, lo que me deja mirándole con expresión de no creerme lo que estoy viendo. Uno porque su imitación de duende de Navidad es tan penosa que duele a la vista, y dos porque a pesar de eso, se ve bastante gracioso. Claro que no lo demuestro con mi rostro y en su lugar paso a poner cara de dolor al murmurar un simple ugh que me hace ofuscar las cejas en respuesta. — Muchas gracias, Wright, te has convertido oficialmente en mi pesadilla de Navidad. Te ves muy patético cuando bailas, ¿lo sabías? — no sabría decir exactamente si afortunada es la palabra que yo utilizaría para describir como me siento ahora mismo, aunque mentiría si dijera que no querría que lo repitiera. Solo para echarme las risas.

No hace falta que me mire a mí misma para saber de lo que está hablando, pero aun así lo hago, como si con eso pudiera concretar sobre mi aspecto. — ¿Tienes algo en contra de los gatos o qué? — pregunto, sabiendo que no era ese el principal problema en toda esta vestimenta que me hace parecer ridícula, pero que tampoco voy a reconocerlo delante de él. No me molesta en realidad, el bochorno es uno de esos sentimientos que he aprendido a canalizar al punto de que mis mejillas ya no se muestran coloradas como solía pasarme cuando era más niña, que se acentúan más cuando eres pálida como la misma nieve que está cayendo fuera. Para evitar seguir hablando de mi pijama de gatito, me voy por un detalle que no tardo en sacar a colación. — Ósea, que te gustan las películas de adolescentes en las que salen chicas hablando de cursilerías y persiguiendo a tíos como si tuvieran trece años. Muy bien, me lo apunto… — ¿como sabría de qué van esas películas de hormonados si no las hubiera visto en primer lugar? ¿y ahora quién es el de la vergüenza ahora? Sonrío con algo de satisfacción, haciendo nota mental de guardarme ese detalle y almacenarlo en mi cerebro pese a ser un dato de muy poca relevancia, pero me vale para burlarme de él por lo que queda de año.

Ignoro sus obvias risitas por mi pijama con un ruedo de ojos bastante exagerado, pensándome bien eso de querer dejarlo entrar en mi casa. — ¿No crees que es un poco triste el hecho de que todos tus amigos sean osos de peluche? — me mofo, ignorando que yo le acabo de poner nombre a uno. — Lamento decirte que Fred se ha pasado a mi lado ahora, dice que le caes mal. — ¿estoy hablando por un oso de peluche? Estoy hablando por un oso de peluche, ¿qué narices me pasa? En fin. Me tiro sobre el sofá para poner los pies sobre la mesa a un lado donde no esté colocando las botellas de alcohol, y solo puedo agradecer porque no me haya dado por bajar con mis zapatillas de andar por casa. Creo que esas son todavía más ridículas que el pijama. Alzo las cejas algo divertida, en curiosidad por su comentario que no dudo en sacar a relucir. — Oh, ¿de veras? ¿qué cosas explicaría de mí? Ilumíname, por favor. — me cruzo de brazos, aunque no tardo mucho en cambiar de posición para agarrar la primera botella que salta a mi vista. Ginebra, no está mal. Reparo en el botecito pequeño que se supone que ha preparado con intención de que me rebaje el dolor y lo señalo con un movimiento de cabeza a la par que estiro un dedo de la mano que sujeta la botella. — ¿No se supone que uno no debe mezclar bebidas alcohólicas con medicamentos? — que no es como si fuera a hacer mucho caso de esa restricción, pero me gusta hacer las cosas difíciles. — Menos mal que no te decidiste por la medimagia, hubieras sido un pésimo sanador si vas a dar esa clase de tratamiento a un paciente. — por suerte para él, nunca se me dio bien eso de ser paciente, lo demuestro destapando la botella de un movimiento y llevándomela a los labios para darle un primer trago.
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Mensaje por Nathaniel L. Wright el Miér Sep 18, 2019 9:12 pm

Me parece notar las mejillas enrojocerse un poco cuando escucho su comentario, aunque a estas alturas no sé si es por algo de vergüenza o si simplemente es por culpa de todo el frío que he pasado en este rato. — Creo que antiguamente había algo a lo que llamaban Grinch que quería fastidiar la Navidad de las personas, pero yo soy mucho más guapo y ya quisiera él bailar como yo. — Lo leí en un antiguo libro de muggles, de esos que ahora están prohibidos, cuando era pequeño. Por aquel entonces ni siquiera sabía que no era un libro de magia porque me parecía peculiar que un ser verde horripilante fuera así, pero cuando crecí, comprendí lo que era porque pertenecía a mi abuelo. Cuando no era consciente del mundo que nos rodeaba me parecía un buen hombre. Luego murió, el país cambió políticamente, y descubrí que nada era como me habían hecho creer durante esos años. Por suerte, era un crío de seis años que aprendió rápido cómo funciona la vida realmente y aspiré a tener la mejor vida posible en un mundo donde los magos somos quienes ostentan el poder, como siempre debería haber sido.

— Yo es que soy más de perros — respondo, seguido de un encogimiento de hombros, porque es tan sencillo como eso si nos ponemos así. Realmente me da igual el tipo de animal porque directamente prefiero no tener ninguno y ahorrarme las responsabilidades que conlleva tenerlos, pero oye, con tal de llevar la contraria e intentar ser yo quien la pique... — Pero a ti te veo más de gatos, ¿sabes? Creo que por eso aquella droga alucinógena me hizo verte como alguien que gracias a la animagia se convertía en leona. — Es la primera vez que saco el tema de lo que pasó directamente, pero creo que con bromas es una manera de suavizar el asunto, teniendo en cuenta que poco más y podría haberla matado. Es algo que nunca olvidaré, así que intento llevarlo de la mejor manera posible y quitándole algo de importancia, si puedo. Sin embargo, creo que mi expresión habla por sí sola cuando es ella quien le da la vuelta al asunto del pijama y me deja perplejo. — Ni de broma. Ni siquiera sé cómo a algunas chicas les gustan esas cosas, pero me tragué varias del estilo hace un par de años cuando iba detrás de una compañera — me apresuro a explicar. No es más que una mentira, pero prefiero eso a reconocer que vi alguna cuando se me estropeó la antena de la televisión y solo podía acceder a un canal de películas horribles. Era eso o no ver nada, y teniendo en cuenta que me pilló en unos días en los que estaba resfriado y no podía ni salir de casa... — Tú eres más de películas de miedo, o algo así, ¿no? Lo digo por esa faceta dura. — Me permito darle un golpecito en el hombro con el dedo, y le guiño el ojo. — O de acción. Apuesto a que fue viendo una donde aprendiste a pegar y a romper la nariz para ponerlo en práctica conmigo.

Dejo de señalar las botellas para llevarme la mano a la cabeza y abrir la boca, intentando hacerme el ofendido cuando trata de meterse conmigo y mi supuesta relación con los osos de peluche. — ¿Es que me espías, por eso lo sabes? ¿Tan obsesionadas estás conmigo, Lancaster? — pregunto, todavía con la mano en la cabeza, de manera dramática. — Pero igualmente, Fred es el mejor de todos esos amigos osunos que he tenido — añado antes de darme la vuelta para terminar de sacar un par de botellas más, y me hago a un lado para que pueda verlas bien y se decida. Niego con la cabeza cuando pregunta que qué explica eso sobre ella, pues ni loco le respondería a eso. — Prefiero no responder porque no tengo ganas de que me vuelvas a romper la nariz — protesto. A veces creo que todavía puedo verla algo torcida, como si nunca se hubiera curado del todo.

Cojo una botella de ron después de que ella coja la de ginebra, y me dejo caer en el sofá, a su lado. Dejo el tapón de la botella en la mesita y doy un largo sorbo que en seguida me hace entrar más en calor, lo cual se agradece muchísimo ahora mismo. — Nunca hubiera podido dedicarme a la medimagia. Ni siquiera sé cómo aprobé la asignatura de hechizos en aquel semestre donde todo fue sobre sanación — me sincero. Quizá las pociones se me dan genial, pero la medimagia ya es otra cosa. — Además, es más divertido trabajar a pie de calle que no encerrado en un hospital. — Ese fue otro de los motivos por los que me decidí a ser auror, que trabajar en un mismo lugar siempre me pareció monótono después de ver durante toda mi vida a mis padres en su taller. Y el sueldo como auror no está nada mal tampoco, no vamos a engañarnos. — ¿Y tú? ¿Por qué te decidiste por esto? Ya sabes, además de por poder patearle el culo a la gente.
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Mensaje por Alecto L. Lancaster el Jue Sep 19, 2019 5:21 pm

El Grinch. Lo recuerdo de las historias que solía contarme mi hermana cuando era más niña, aunque no puedo evitar recordar que el tipo me caía bien solo por el simple hecho de que tampoco le gustaba la Navidad. No sé si yo trataría de fastidiarle la fiesta a alguien solo por eso, pero no se puede negar que el monstruito tenía buenas ideas. No obstante, a pesar de reconocerlo, me dejo llevar por las palabras que suelta al final, alzando las cejas con diversión. — ¿Nunca nadie te dijo que tienes una modestia admirable? — le repateo con ironía, salvo que mi error está en que en ningún momento le niego que no tenga su encanto físico. Dejo que siga hablando solo para que ese detalle no salte a la vista, ya tuve suficientes confesiones en mi deplorable estado del sábado pasado. Para mi suerte, no tarda mucho en traer ese tema a relucir. — Está claro que no estabas en tus cabales, de ser así créeme que te hubiera vuelto a romper esa nariz que tienes, pero no quería ser una insensible. — ya sabe, más de lo que ya soy de por sí. — Te afectó bien fuerte esa droga… ¿de verdad no sabías quién era? — muevo la conversación hacia un lado más serio, pero porque me pica demasiado la curiosidad respecto a porqué en mí no tomó el mismo efecto que en él. Llevo la botella de ginebra a mis labios, dándole un sorbo corto en lo que espero a su respuesta, analizándole con la mirada cuando se deja caer a mi lado.

Suelto un bufido parecido a una risotada para después murmurar un ya que deja en evidencia que estoy lejos de creerme que no le gusten esas películas, más tengo que alzar una ceja cuando sugiere que me interesan las de género de terror, observando el dedo con el que me pica el hombro antes de rodar los ojos en exasperación. — ¿A qué viene tanta curiosidad, Wright? ¿Es que me quieres invitar al cine y no sabes como pedírmelo o qué? — en ningún momento niego nada de lo que dice, pero me hace gracia que la gente haga esas suposiciones simplemente por lo que ven de mí de cara a fuera de mi casa. — No, no aprendí viendo películas de acción, lo que pasa es que tú eres mi saco de boxeo favorito, Wright. — le devuelvo el pique en el hombro, gesto que queda un poco infantil si se viene al caso, pero sí, se supone que eso es un cumplido. Apenas me doy cuenta de que no he respondido a ninguna de sus curiosidades más allá de con el uso de la ironía como forma de respuesta, pero viene siendo la estrategia que llevo utilizando toda la vida para que nadie entre dentro de mi zona de confort.

Estoy tragando el alcohol cuando ese comentario casi hace que me atragante, disimulándolo como puedo antes de girarme hacia él como si nada hubiera pasado. — ¿Espiarte? ¿Crees que no tengo otra cosa mejor que hacer que estar pendiente de lo que haces? — bueno, eso sonó más borde de lo que pretendía, incluso para ser yo, por lo que trato de corregir mi expresión con una curvatura vaga de mis labios. — Ya te gustaría que estuviera obsesionada contigo, me parece que es del revés, viendo que has sido tú el que se ha presentado en mi casa con un oso de peluche gigante. — ahora sí trago con algo más de normalidad, pasando de colocar mis pies sobre la mesa a doblar mis rodillas y apoyarlos sobre el propio sofá. — Eso es un poco penoso hasta para ti, Wright. — murmuro con sorna cuando reconoce tener amigos osunos, negando con la cabeza lentamente en lo que una sonrisa pícara se escapa por mi boca. — Ah, ¿pero has creído que no voy a rompértela de nuevo? ¡Me hiciste una promesa! ¿Pensaste que estaba tan inconsciente como para no escucharte? — le acuso, recordando mis últimos momentos de lucidez antes de caer en un profundo negro.

Escucho sus argumentos con la cara de alguien al que le interesa escucharlos, y eso dice mucho de mí porque suelo poner esa expresión la mayor parte del tiempo, porque no me suele interesar mucho lo que otros tengan por decir sobre sus vidas, pero esta vez me encuentro con que sí me atrae lo que dice. No espero que gire la conversación hacia mí, lo que me hace mover las cejas hacia arriba con ese comentario que me salva de tener que dar una explicación concreta. Sin más, alzo la mano en la que sostengo la botella con una sonrisa delincuente. — No hay otra razón, solo me gusta patearle el culo a la gente. — confieso, una falsa confesión, pero que me sirve para no tener que ir por ese rumbo, volviendo a repetir la acción de utilizar el sarcasmo como estilo de vida.
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Mensaje por Nathaniel L. Wright el Vie Oct 04, 2019 10:41 pm

La mueca que hago al escuchar su pregunta deja claro que de verdad no tenía ni la más remota idea de lo que estaba pasando. Es decir, claro que alguna que otra vez he tomado alguna sustancia ilegal, y estoy seguro de que ella lo sabe por nuestros días en la academia de aurores, pero eso es una cosa completamente distinta... — No, de verdad que no lo sabía. Para mí no eras más que una traidora que usaba la animagia para convertirse en leona — explico. Es la primera vez que digo en condiciones lo que estaba sucediendo para mí, porque hasta ahora no habían sido más que explicaciones vagas a mi hermano y a un par de conocidos. — Lo cierto es que me sorprende que unos muggles perdidos, que han salido de la nada, tengan la capacidad de crear una sustancia alucinógena tan potente — medito. Es algo que llevo pensando desde el mismo día que recuperé la conciencia y me explicaron qué era lo que acababa de pasar. Y lo que es peor: si han hecho eso desde vete a saber dónde, ¿qué podrían hacer si nos tuvieran delante? Ni siquiera comprendo cómo nadie se dio cuenta de que ellos tenían el escuadrón de aurores, pero confío en que con Aminoff las cosas ahora serán más eficientes.

Suelto una carcajada cuando escucho lo que dice sobre si pretendo invitarla al cine, y hasta tengo que llevarme las manos al estómago para controlar la risa. Al final, cuando empiezo a recomponerme, me froto los ojos con los nudillos para limpiarme algunas lágrimas provocadas por la risa, y después vuelvo a centrar la mirada en ella. — Ya quisieras que te invitara a una cita, Lancaster. — Asumo que se refiere a eso, pues quedadas de amigos hemos hecho algunas, aunque esos tiempos hayan quedado ya atrás ahora que cada uno tiene un trabajo que hacer. Dejo escapar un sonoro «ooooooh» cuando explica que soy su saco de boxeo favorito, y me llevo la mano al pecho para hacerme el halagado incluso más. — ¿Ves? Si tuviera que invitarte a algo, sería a un enfrentamiento — añado, y le doy un golpecito en la frente con el dedo índice antes de dar un sorbo al ron.

Ruedo los ojos al escucharla nombrar el pobre oso de peluche, y doy otro sorbo más a la bebida antes de responder: — Si quieres puedo llevarme a Fred... — Que a ver, tener un oso de peluche gigante en mi habitación no es la decoración que me apasiona, pero... — Estaba entre regalarte eso o un paquete de cuchillos nuevo, pero no tenía ganas de que convirtieras mi frente en una diana cuando te los diera. — También porque las armas muggles siguen estando prohibidas, pero a veces un navajazo es más rápido que un hechizo, así que nunca va mal tener algunos. — Esta cara tiene que estar perfectamente para cuando salga en las noticias por capturar a uno de esos traidores — explico, y señalo mi cara haciendo círculos alrededor.

Su recordatorio sobre que prometí que me dejaría romper la nariz me pilla dando otro sorbo al ron, que acaba yéndose por el conducto incorrecto y provocando que tosa de manera exagerada. Tengo que darme un par de golpes en el pecho mientras toso para que baje mejor, y al final, la miro con las cejas arqueadas. — ¿Qué? ¿Pero cómo te acuerdas de eso? — Y eso me lleva a preguntarme si, además, recordará ciertas cosas que me comentó para intentar que volviese a ser yo mismo, pero en lo cual prefiero no pensar. — Casi me matas del susto por ahogamiento con alcohol. ¿No te vale eso ya? — sugiero, y fuerzo una sonrisa. — Te ofrezco un duelo justo la próxima vez que nos veamos. Así podrás cobrarte tu venganza en condiciones... o al menos intentarlo  — la pico, porque obviamente no pienso dejarme ganar así como así por orgullo propio. — Es un 2x1, por eso de que te gusta patear el culo a la gente. No te quejarás del favor.
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Mensaje por Alecto L. Lancaster el Sáb Oct 05, 2019 7:47 pm

Muevo los labios en una mueca de desconfianza ante lo que dice, lo que me hace preguntarme, al igual que él, qué tan poderosa ha debido de ser esa sustancia alucinógena como para que le afectara de esa manera. Claro que alguna falla también debía de tener, si es que sólo afectó a algunos de los que estaban aglomerados en el estadio y no a todos. — Probablemente no sean solo muggles perdidos, tendrán a traidores entre ellos que les habrán ayudado a crearla. Un sucio humano no es capaz de hacer algo así ni con la mayor de las inteligencias. — lo que me lleva a arrugar la nariz porque, cómo es obvio, la idea de que personas que llevan sangre mágica en sus venas tengan la osadía de traicionarnos de esa manera me produce repulsión además de arcadas. — No me entra en la cabeza cómo magos pueden querer que esa escoria sean iguales a nosotros. — suelto un bufido, uno que evidencia el poco agrado que me causan los muggles, un sentimiento de odio que he ido acumulando con el paso de los años. Lo cierto es que no sé qué opinan mis padres al respecto, alguna vez hablamos de ello por los tiempos que corren, pero lejos de indagar en el tema, creo que el hecho de que toda nuestra servidumbre sean elfos dice algo al respecto.

Me pongo algo bizca cuando veo su dedo acercarse hasta tocar mi frente, después del minuto de silencio que he tenido que aguantar en lo que él se toma su tiempo en destornillarse de la risa en una reacción que solo me deja observándole con una mirada ladeada. — Me tomaré eso como que en serio quieres que te vuelva a romper la nariz. — suelto con algo de suficiencia cuando parece querer invitarme a un duelo, que no es que lo haya dicho con esas palabras, pero es el mensaje que recibo. De todas formas, eso suena mucho mejor que cualquier cita cursi de palomitas y cine. Pero espera un momento, ¿qué narices hago yo pensando en citas? Le doy un trago a mi bebida rápidamente por el rubor de mis mejillas cuando me lleva a pensar en esas cosas, unas que me han importado bastante poco en lo que llevo de existencia, y que no tengo intención de cambiar por mucho que diga mi cara.

Mi interés se lo lleva el oso de peluche cuando sale de nuevo en la conversación, poso mi botella en la mesa inclinándome un poco hacia delante solo para terminar atrapando al oso entre mis brazos y moverle la cabeza con una mano en dirección a Nathaniel. — ¿Llevarte a Freddie? ¿No ves lo cómodo que está aquí? Fuera de esas bolsas de plástico en las que lo trajiste. Qué poca consideración, Wright… Luego te extrañas de que el pobre no quiera volver a verte la cara. — no me creo que esté hablando por un oso, y creo que eso tiene en parte de culpa el alcohol que empieza a hacerme efecto, así que le lanzo a la cara el oso para que se le estampe en el rostro si no lo atrapa a tiempo en lo que me río por lo que dice a continuación. — No lo han hecho los dementores aún, ¿qué te hace pensar que vas a ser tú el afortunado? — me mofo, mirándole de abajo a arriba. Que no es que tenga poca fe en nuestras cualidades como aurores, pero recién nos hemos sacado la especialidad y muchos ya llevan intentando cazar a alguno de esos traidores por años.

Me inclino hacia atrás en el asiento cuando vuelvo a tener conmigo la botella de alcohol y me la llevo hacia los labios en lo que a él parece darle un espasmo por mi comentario.— Estás hablando conmigo, Wright, yo me acuerdo de todo, incluso cuando crees que estoy deficiente perdida. — que lo estaba, no vamos a quitarme méritos de memoria ahora, no cuando además recuerdo todas las tonterías que dije sobre él, que en el momento no eran tan tontería y que ahora con alcohol no sé si voy a ser capaz de poner mi mural de piedra sobre esas reflexiones. — Ósea, ¿que sí es una cita? — es una broma, por favor, espero que lo pille. Me acerco hacia él solo para darle una palmadita en la mejilla a modo de guasa. — Será un placer patearte esta cara bonita que tienes. — es, otra, broma, ligada a lo que dijo antes de que no le gustaría verse mal si se da el caso de que captura a un fugitivo, cosa que dudo mucho.
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Mensaje por Nathaniel L. Wright el Dom Nov 10, 2019 9:07 pm

En eso estamos de acuerdo, aunque no es de extrañar sabiendo cómo pensamos respecto a política. Yo tampoco puedo comprender cómo alguien, una persona que puede hacer magia como nosotros, sería capaz de juntarse con esa gentuza que nos quiere arrebatar todo lo que costó décadas conseguir. Ni siquiera hace veinte años desde que nos mandaban al matadero y los nuestros agachaban la cabeza, sin poder usar los poderes, el talento, con el que habían nacido.  — Que no se te suba a la cabeza, Lancaster, pero ahí estoy de acuerdo contigo — respondo, y ruedo los ojos para acompañar esa frase en tono provocativo. Es un intento también de rebajar la seriedad del asunto. Llevo días dándole vueltas, intentando comprender por qué hicieron eso precisamente en ese momento. No hay nada más importante que el funeral de alguien históricamente tan importante como fue Jamie Niniadis, pero... aun así, ha habido otras situaciones en las que podrían habernos manipulado como lo hicieron aquel día.

Me llevo las manos a la nariz, como quien protege algo bien preciado porque ahora mismo es así, y la miro con los ojos entrecerrados.  — ¿Esta preciosidad? Ya sé que tienes envidia de mi nariz, pero no hace falta que te den ganas de romperla cada vez que hablamos. — Trato de llevar el asunto a mi terreno, y al final, en vez de entrecerrar los ojos, acabo guiñándole un ojo. Claro que no me importa hacer un duelo de verdad, como los que hacíamos de adolescentes cuando todavía estábamos preparándonos para dedicarnos al trabajo que tenemos ahora, pero no tengo ganas de recibir un puñetazo y tirarme meses sin poder ni siquiera oler bien mis platos de comida favoritos.

Como llega un punto en el que me quedo sin argumentos para defender el honor de mi amigo el osito peludo Freddie, hago un gesto propio de un niño pequeño con un tono de voz irritante: empiezo a mover la mano como si mis dedos fueran una boca, mientras que hago gestos para burlarme. No es mi momento de orgullo, pero todo con tal de molestar, aunque sea algo que vaya luego a terminar en mi contra y a jugarme una mala pasada porque, conociéndola, se reirá, pero de mí. — Para mí los dementores están ahí más que nada para meter miedo. — Me encojo de hombros. Lo cual funciona porque hasta a mí me da mal rollo salir por las noches, pero qué se le va a hacer. — Creo que será una persona quien dará poco a poco con ellos. Y yo seré uno de los que los encuentren — añado con mi mejor sonrisa convincente. No es por tener el ego por las nubes, pero de verdad que creo que algo así será mi momento estelar. — No te preocupes, Lancaster, que cuando sea tu jefe y el lavabo de mi casa sea más grande que tu comedor, te invitaré a una buena cena.

Tengo que tragar saliva un par de veces porque la mención a una cita provoca que la bebida casi se me vuelva a ir por el otro lado, y probablemente sería demasiado sospechoso por aquella bomba que me soltó cuando iba drogado con esa sustancia alucinógena de los muggles. — Dame una hora y nos enfrentamos a un duelo en el jardín — propongo al final, porque hablar por hablar no nos va a llevar a ninguna parte. — Quien pierda, invita al otro a una comida en un margen de dos máximo semanas — continúo, y doy un último sorbo a la bebida antes de terminarla. — Y eso sí será una cita. — Y antes de que pueda replicar, utilizo la aparición para irme. Solo espero que de aquí al duelo, la incomodidad del asunto haya disminuido un poco.
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Mensaje por Alecto L. Lancaster el Dom Nov 17, 2019 7:56 pm

Alzo las cejas porque en serio no creo que esté diciendo que me da envidia su nariz, cuando creo que ha quedado claro que yo no le tendría envidia a nadie, mucho menos por una nariz. No obstante, no sé si es por como lo dice o por razones que no llegaré a comprender nunca porque hasta el día de hoy no lo habría hecho, me río como si con eso bastara como respuesta. ¿Que desde cuando he pasado por alto la oportunidad de reclamo? En serio tengo que empezar a alejarme de este tipo si no quiero empezar a mutar de repente. — Con lo interesante que sería ver a alguno de ellos vegetal por haber sufrido el beso de un dementor… — comentado de pasada, a pesar de que en el fondo yo también creo que terminará siendo un mago o una bruja de nuestras filas las que los atrape, pero me niego a darle la razón, mucho menos a aceptar que será él una de esas personas. Prfff, por favor. — ¿Para qué querrías un lavabo tan grande? — me mofo, moviendo las cejas de formas divertida.

Aun estoy tragando parte del líquido que me llevo a la boca de un trago cuando ni siquiera tengo tiempo de objetar, porque él parece tomar la decisión de irse y dejarme con la palabra en la boca tan pronto la tengo libre de alcohol como para poder reclamar. Es una buena forma de no darle pie a mis quejas, le daré eso, que para replicar siempre he sido la experta, pero esta vez no he sabido reaccionar con la suficiente rapidez y me temo que debo conformarme con que ganaré ese duelo, sea como sea. No porque si pierdo voy a tener que invitarle a una comida, sino porque el orgullo me puede y me niego a que, teniendo ambos los sentidos y la cabeza donde deben estar y no como en el estadio, Wright me patee el culo. ¿No fue suficiente con que acabara en el hospital por su culpa? — Vamos, Freddie, tenemos un duelo que ganar, entonces. — ya ni siquiera me pregunto por qué le estoy hablando a un oso de peluche como si fuera a contestarme, o mirarme para el caso, lo único que hago es dejar las botellas de alcohol sobre la mesa para que lo recoja otro mientras me llevo a Fred al cuarto para seguir haciendo lo que estaba haciendo antes de su interrupción, que viene siendo ver una película cursi de adolescentes.
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