The Mighty Fall
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OTOÑO de 247221 de Septiembre — 20 de Diciembre


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Tras años de represión y batallas libradas, hoy son los magos los que caminan en las calles más pulcras del Capitolio. Bajo un régimen que condena a los muggles y a los traidores a la persecución, una nueva era se agita a la vuelta de la esquina. La igualdad es un mito, los gritos de justicia se ven asfixiados. Existen aquellos que quieren dar vuelta el tablero, otros que buscan sembrar la paz entre razas y magos dispuestos a lo que sea para conservar el poder que por mucho tiempo se les ha negado. La guerra ha llegado a cada uno de los distritos. ¿Qué ficha moverás?
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Días antes de Navidad...

Solapo la culpa propia que me remuerde, con una indignación tan furiosa que me tiene arrojando cosas en el fondo del garaje de la casa en la playa. Muchas de las cajas se están moviendo y apilando en orden contra las paredes por un par de hechizos de mi varita, pero necesito escuchar el sonido metálico de las herramientas golpeando superficies para calmar a los gritos que están resonando en mi mente. ¡Esa perra maldita! ¡Todo este tiempo esperando el momento! La sangre me palpita en las venas con un enfado que me haría tirarle las cosas a ella, pero no creo que pueda, porque está muy cómodamente sentada en un sillón de privilegios ahora. ¡Si es que será zorra! Me digo que tengo que calmarme, que cuando me descuido me asalta el pensamiento de que si no hubiera estado jugando a las casitas en otros distrito, podría haber estado más pendiente de lo que ocurrió en el mío, que quizás no tendría que haberme ido, vamos, que si no hubiera quedado embarazada seguiría allí, encerrada en ese taller, puede que hubiera dejado de ver a Hans después del verano, que teníamos demasiados puntos de desencuentro y eso hubiera terminado por distanciarnos, que arrancarse de la piel a una persona duele, pero se consigue. A menos que se haya metido por debajo de esa piel por culpa de un sentimiento que se volvió más intenso y es cuando lo pienso que deslizo mi mano por mi torso hasta detenerla sobre mi vientre, tomo un par de respiraciones para serenar la rabia que no me está haciendo bien. No nos está haciendo bien.

Me tomo tres minutos para pensar, los cuento mientras sigo con la mirada el cambio de números en el reloj digital que está sobre la mesa hecha de hierro en la que están todas las carpetas que logré rescatar, porque si esa perra cree que le voy a dejar algo, está equivocada. Desperdicié demasiado tiempo en muchas cosas, estuve girando con una rueda que no me llevaba a ningún lado, archivé proyectos de mi padre que quedaron inconclusos y nunca volví a los míos que eran de mi época de estudiante, cuando tenía la cabeza más llena de ideas. ¿Qué si perdí el taller del distrito seis? —Haré mi maldito puto taller con juegos de azar y hombrezuelos— mascullo, mordiendo cada una de esas palabras con mi enojo sentido, que me carcome entera y busco el apoyo de esté bebé bajo el contacto de mi mano. Más que tener mi propio lugar para trabajar a solas, que sé que puedo hacerlo, no tengo todo la infraestructura que se necesita para montar algo así. No quiero pedirle a Mo que colabore, porque prefiero que siga motivada con sus planes de retiro, para los que la veo en serio entusiasmada. Haré algo mucho mejor, algo que me abrirá muchas más posibilidades, lo que he barajado cuando se abrió la posibilidad en el ministerio y la tomaré ahora, por mí. Que si a mí se me acaba el camino, si me lo rompen, me bajo del jeep para subirme a una escoba y vuelo, malditos.

Creo que se escucha demasiado fuerte el golpe que doy con mi palma contra el metal de la mesa. Miro por encima de mi hombro al percibir la presencia de alguien más, que dejé la puerta del garaje levantada y seguro que se escuchaban los ruidos hasta la playa. Suavizo la expresión feroz de mi rostro al notar de quien se trata, como puedo improviso una sonrisa. —¡Phoebe! ¡Lo siento! No me di cuenta…— me disculpo, apartándome de todo el amontonamiento de cosas al fondo para bordear el jeep wrangler y acercarme a ella con el frío llegándonos desde el exterior. —Como verás, sigo con mudanza de cosas…— suspiro, creo que se percibe un poco por mi tono, que esta no la disfruto tanto como la otra. —¿Todo bien?—, que extraño que esta pregunta salga de mis labios, pero se me da natural con Phoebe que con su presencia ha bajado en tres niveles mi enfado y ya casi lo tengo bajo control.
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Phoebe M. Powell
Director del Servicio Social
Esto de casarme me hace en realidad mucha más emoción de lo que aparento, pero creo que entonces estoy haciendo un buen trabajo, dado que ambos decidimos que lo mantendríamos en secreto hasta la cena de Navidad, donde espero mi hermano no monte un espectáculo como sé que lo hará si no hay alcohol de por medio. Creo que ya resolvimos como vamos a organizarnos en base a ese día y la opción más lógica ha sido la de celebrarla en nuestra casa, porque así Lara no tiene que estar moviéndose, su madre puede quedarse en dónde sea y lo mismo da para el resto de invitados, aunque apuesto a que Hans va a querer pasar la noche en una cama en específico. Eso si no le da un infarto antes, y aun estoy planteándome la mejor manera de contarle la noticia, dado que Charlie lo ha dejado todo para mí y ha optado por lavarse las manos como si el tema no fuera con él, cuando fue él en primer lugar quién me pidió matrimonio. ¡Hombres! De todas maneras, me quejo por gusto porque casi prefiero ser yo la que aborde el tema, que tengo un poco más de delicadeza para estas cosas y conozco a mi hermano lo suficiente como para saber qué es lo que mejor le va a sentar, empezando por las copas de vino.

Con el motivo de la celebración, me veo en la obligación de ir a cotillear a casa de Lara sobre las intenciones que tiene su madre a la hora de traer comida a casa. No es la primera vez que escucho que a la mujer le gusta cocinar, y capaz es de prepararlo todo ella y dejarme con la excusa de que ni siquiera hice el intento de cocinar algo por mi cuenta. Si Charles y yo vamos a ser los anfitriones, que por lo menos hagamos algo más que poner la casa estaría bien, la verdad, y me niego a volver a ir de compras por decoración navideña porque se pone nervioso y empieza a tachar cosas de la lista. Sé de sobra que muchas de las cosas que compramos son tonterías, y siendo dos personas que conocemos demasiado bien el valor del dinero, despilfarrarlo en cosas insignificantes no va mucho con nosotros, pero como se trata de una ocasión única por ser la primera vez que vamos a pasar las navidades en un entorno algo más familiar que la habitación del once, me permito ser un poco derrochadora en ese aspecto.

Bueno, para el caso, ya estoy de camino a casa de mi cuñada y futura madre de mi sobrino, envuelta en un abrigo propio del invierno que nos acecha y que le ha dado por soplar con fuerza cuando me decido por salir a la calle. No me es muy difícil distinguir a la morena porque ella misma se hace notar cuando golpea la mesa de metal de su garaje, provocando que dé un pequeño salto en el sitio por el susto de lo inesperado, que casi se me escapa su nombre en el brinco como consecuencia, pero consigo guardármelo para dejar que mi sorpresa se exprese en mi rostro de cejas alzadas. — ¿Anda todo…? ¿Estás bien? — Creo que es evidente por el tono que utilizo que estoy preguntando por su estado de alteración previo a mi llegada. — Oh. — Echo un vistazo a su alrededor para comprobar que, en efecto, sigue de mudanza. — ¿Quieres que te eche una mano? No entiendo mucho de mecánica, pero si me dices que cosa va con que puedo ayudar a organizar todo… esto. O lo que sea. — Muevo un poco mis manos en lo que me adentro en el garaje para apuntar a todas las cajas y montón de papeles que andan esparcidos por la mesa y alrededores. Es lo menos que puedo hacer por ella estando en su estado, que precisamente por eso no debería alterarse. — Estupendamente, gracias, solo vine para charlar sobre unas cosas con respecto a… nada importante, podemos dejarlo para más tarde. — Sonrío, como si de alguna forma quisiera transmitir mi temperamento calmo al suyo. — ¿En qué puedo ayudar? — Me froto un poco las manos sobre el abrigo para guardar el calor, aunque bien dispuesta a ponerlas a trabajar en cuanto me diga qué está mal.
Phoebe M. Powell
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Invitado
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Muevo mi barbilla en negación, no mentiré sobre lo que es evidente, que a pesar de mi sonrisa débil, todavía hay chispazos de rabia saliendo de mis ojos oscuros y tengo que pasarme una mano para limpiar toda mi semblante, relajar la tensión de mis músculos, si es que tengo la mandíbula apretada con fuerza. Tengo que ponerme a hacer algo si quiero poder dar una tregua a todas las emociones que esta vez sobrepasan a mis berrinches hormonales, lo que necesito es hacer algo que tenga mis manos ocupadas y haga trabajar mi mente, mientras busco darle un nuevo sentido a todo. Pienso mejor mientras estoy haciendo algo, se sabe bien que mis peores pensamientos vienen cuando me quedo quieta. Pero no tengo ánimos para mirar nada que tenga que ver lo que me ha quedado del taller mecánico, así que rechazo la ayuda de Phoebe con suavidad. —No tienes que preocuparte por eso, tendré tiempo para ir acomodando las cosas. Dejaremos que se siga ordenando por su cuenta un rato…—. Palpo los bolsillos del jardinero que me he puesto con un pesado sueter debajo de las correas, y cuando percibo las llaves a mi tacto, recojo la campera que dejé por ahí para pasármela por los brazos. —Lo que me vendría bien en este momento es salir, ¿vienes conmigo?— la invito, confiada en que aceptará, que no sé qué la ha traído a visitarme y me adelanto pensando que debe ser algo sobre la cena de Navidad, de la que no puedo opinar demasiado sin sentir que estoy dando pasos en falso. Mi madre se las apaña mejor que diseñó un menú para impresionar a los anfitriones, admiro a veces la manera tan llevadera en que se toma esto, como el único y más importante apoyo que necesito. Será nuestra primera navidad diferente a la que venimos celebrando hace quince años, y por primera vez creo que en mucho tiempo, realmente lo sentimos como una celebración de algo.

Ponte cómoda y no te olvides del cinturón— le indicó a Phoebe que estamos en el interior el jeep, porque sí, por mucho que cueste verlo, soy una persona que se toma precauciones al manejar. Es al final de cuentas una de las primeras cosas que aprendí a hacer, quizás demasiado pronto, por eso no es de extrañar que para distraerme y calmarme lo que necesite a veces sea manejar o volar en una escoba. Es sólo que estaba vez quiero la compañía de Phoebe y un automóvil se hace más cómodo para ambas, en especial para el tercer acompañante. —Será un paseo por tierra, así que no hace falta que te sujetes a nada para no acabar de cabeza— bromeo, retrocediendo para salir del garage y tomar el camino de grava que se cruza con la ruta que bordea parte de la costa detrás de las dunas, dejando ver un pedazo de arena y luego la marea fría. —La verdad es que… quería hablar contigo— digo, con mi mano moviendo los cambios y eligiendo en el tablero que la mayoría de las indicaciones sean manuales, así puedo tener la mitad de mi concentración en esto y la otra mitad en lo que quiero preguntarle a Phoebe, excluyendo todo lo que me tenía preocupada dentro de la casa. —Hace tiempo…— sigo, mi vista puesta al frente.

Sobre lo que viste en las cartas esa vez, de que tendría un bebé con tu hermano. Yo…— pienso en cómo explicarle mi punto, sin que esto parezca otra conversación sentimental de embarazada irracional. —No creo que eso estuviera en mi destino. No, en verdad no. Si es que hay un destino…— la miro de soslayo, apenas, tengo cuidado de seguir atenta a la carretera. —Yo vi mi futuro muchas veces, Phoebe. No había un hijo que naciera de mí. Pero cuando sucedió… se sintió como si fuera el momento, en ese momento sabía que estaba enamorada de tu hermano, me golpeó la certeza de que tal vez nunca volvería a sentir algo así por alguien, ni a concebir un bebé y tampoco a concebir un bebé de alguien que amaba así. ¿Me entiendes?—. Soy bastante confusa sin mucho esfuerzo, lo sé. —Fue en ese momento. Podría haber sido antes, podría haber sido después, todo hubiera sido diferente entonces. Pero algo… cuando viste mis cartas o tal vez un poco antes, empezó a hacer que todo cambiara para mí. Porque había algo para mí, un futuro posible, lo pusiste en jaque con tu predicción… y todas las piezas empezaron a reacomodarse, un futuro que sigue siendo impreciso…—. Desacelero al tomar una curva muy cerrada que deja al mar por debajo de nosotras. —¿Cómo… funcionan tus profecías, Phoebe?— pregunto finalmente, mi rostro se contrae en una expresión meditabunda y mis dedos se aferran al volante. —¿Cómo puedes tomar una certeza de lo que es desconocido?— ¿O son fugas entre cursos del tiempo? De un tiempo que está medido y encerrado en algún lugar o que es como un océano en el que todos nos disolvemos. —¿Sueles pensar en cómo los tiempos se alteran cada vez que haces una predicción?
Anonymous
Phoebe M. Powell
Director del Servicio Social
Es evidente por el modo que tiene de contener la rabia en esa sonrisa floja que se escapa de sus labios nada más llego que no está de buen humor, pero estoy lejos de insistir cuando ella misma no le parece tema de conversación, al menos no en el momento. Sé que si quisiera hablar de ello, no tendría ningún motivo para no hacerlo, por lo que lo dejo estar para otra ocasión en la que sí sienta la necesidad de comentarlo con alguien. En su lugar, me fijo en el enorme monstruo que ocupa la mayor parte de su garaje, y a donde me invita a subir sin oportunidad a que pueda rechazar la oferta. Tampoco tengo cosa mejor que hacer puesto que vine a verla a ella en primer lugar, así que con un encogimiento abierto de hombros acepto su propuesta y me subo al jeep, aunque mi cara dice mucho de como me siento al respecto de estas cosas. — ¿Seguro que sabes manejar esta cosa? — Pregunto, un poco dubitativa mientras me pongo el cinturón para asegurarme de no salir volando. La última vez que monté en un coche, mágico o no mágico, fue con mi padre y no me trae muy buenos recuerdos. Desde entonces no es cómo si hubiera tenido la opción de aprender a utilizar uno y soy una profunda defensora de la aparición o polvos flú para cualquier desplazamiento necesario. Eso y el tren, si acaso, aunque la escoba tampoco me incomodaría demasiado en caso de necesidad.

Al menos se está más calentito que fuera y puedo sacar las manos de mi abrigo sin que se me congelen los dedos en el proceso. Giro la cabeza para mirarla mientras habla, aunque mentiría si dijera que no pongo un ojo en dirección a la carretera en caso de que ella se esté centrando demasiado en sus pensamientos y tenga que pegar un grito propio de la guerra para evitar que nos estampemos. — Técnicamente, yo nunca dije que fuera de mi hermano, de esa parte te encargaste tu sola. — Aclaro cuando lo menciona, y que de no ser por como continúa hubiera soltado una risa entre dientes. Mi frente se arruga un poco en lo que trato de comprender cada una de sus palabras como una conversación que se sale del margen al que solemos ir. — ¿A qué te refieres exactamente con que viste tu futuro muchas veces? — ¿A que ya ha estado en presencia de otros videntes antes de toparse conmigo? ¿A un presentimiento suyo cualquiera? Pienso en ello mientras continúo con la vista fija en su figura, aferrándome un poco al sitio por el relieve del camino. Creo entenderla cuando habla y menciona las cartas, lo demuestro con el asentimiento de cabeza que sigue a sus palabras, aunque no estoy muy segura de que ella pueda verlo, por lo que me decido por alzar la voz. — ¿Sientes que estás destinada a terminar con mi hermano? ¿Es eso? — Murmuro, como para resumir un poco lo que esta diciendo, aunque no estoy muy segura de haber dado en el punto correcto. Vale, puede que en realidad no la entienda del todo, ¿Hans no mencionó que Lara era una mujer algo complicada en cuanto a emociones?

Es curioso que pregunte, creo que nunca antes me habían picado la curiosidad queriendo saber cómo funcionan mis visiones, más interesados en lo que puedan dar que en su funcionamiento en sí. ¿Y cómo lo explico si ni yo misma lo entiendo? O mejor dicho, más que no entenderlo, como lo explico cuando a mí misma no me hace falta hacerlo. — Depende mucho, en realidad, la gente tiene por idea que ocurren en el instante, como una mini película en el interior del ojo en el momento en que sucede la visión, cuando en realidad, muchas veces ni soy consciente de que ha sido una predicción hasta que tiene lugar de verdad, ¿entiendes? — Es muy difícil de aclarar cuando la otra persona no conoce el sentimiento, y a menudo pienso que moriré siendo una incomprendida. — Es como un… no sabía que lo sabía hasta que pasó tipo de cosa, sé que es un poco confuso de comprender, pero en su mayoría funciona así. Algunas visiones son más claras y lúcidas que otras, supongo que recae en la importancia que tengan en el momento y en lo periódico de las mismas. — De verdad estoy tratando de explicarme lo mejor posible, pero no sé como hacerlo cuando se trata de algo que me hace vivir en una incógnita constante. — A veces en sueños, que es cuando nuestra cabeza es más vulnerable a las cosas que el cerebro humano no es capaz de entender por sí mismo, se intensifican esas sensaciones y presentimientos que en el día a día resultan banales, lo cual lo hace todavía más confuso de diferenciar si ha pasado o no, si estará por pasar o si es solo una manera que tiene el juicio de jugar con el tiempo. — Ahí lo enredé más, ¿verdad? Me aclaro un poco la garganta antes de continuar, que con tanta cháchara me estoy quedando sin saliva. — Y luego… de estas he tenido muy pocas, o quizás no y simplemente no lo sé, las profecías profecías — Hago énfasis en la última para darle a entender que me refiero a esas que nadie es capaz de explicar, ni siquiera teniendo el don de la clarividencia. — , en las que uno entra en trance durante el tiempo que la predicción es pronunciada, y no eres capaz de recordar absolutamente nada en cuanto vuelves en sí. Es una sensación extraña, si me lo preguntas. — Aunque no es como si pudiera describirla con certeza porque como dije, ni siquiera eres consciente de que está pasando nada, son segundos en blanco para el resto de tu vida.

Me rasco la nuca, haciendo una pausa en mi discurso que de por sí ya es enrevesado y me he dejado como la mitad de los puntos que me hubiera gustado tocar, pero que incluso en clase me toma más tiempo del que espero cuando me pongo a enunciar cosas. Puede que eso se vea agravado en mi manía por irme por las ramas. — No hay nada desconocido que sea certero, Lara, simplemente aprendemos a manejarnos en el azar de lo que está por suceder, y terminamos por creer que eso es lo correcto. — Nunca nadie dijo que la adivinación fuera un arte sencillo, motivo por el que pienso que la mayoría prefiere no creer en ello que confiar en que algunas cosas son mejores que permanezcan en misterio. A su pregunta respecto al tiempo, por otro lado, tengo que responder con profunda honestidad. — No, la verdad, una vez una profesora muy sabia me dijo que la clarividencia es como un viaje no físico en el tiempo, pero creo que no tiene mucho que ver con tu duda, ¿verdad? — Sinceramente, bastante tengo con lo mío como para ponerme a pensar en el efecto que tienen mis predicciones en el tiempo. Yo las suelto, que el resto se ocupe de solucionarlo debería ser su trabajo, ¿no?
Phoebe M. Powell
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Sólo porque lo pregunta Phoebe, no me ofenderé. Pensé que mi trabajo hablaba por mí en varias cuestiones, que alguien dudara de mi capacidad para manejar lo tomaría como algo menos que un desafío para demostrarle que tan rápido y que tan seguro puedo hacerlo. Pero a ella trato de darle una seguridad diferente cuando me tomo el tiempo para darle una contestación en forma y no esperar a que juzgue a partir de la experiencia. —Mi papá me enseñó a manejar a los trece, casi catorce. Fue de las últimas cosas que compartimos antes de que muriera. Y después de los diecisiete solía disfrutarlo mucho, de una manera en la que a Mo le dio muchos dolores de cabeza…— confieso, que a mi madre se le subía el corazón a la boca cada vez que llegaba con un corte en la frente o me veía salir de un automóvil abollado. Riley me lo dijo una vez, con justa razón, que no valoro lo suficiente a Mohini. Estuvo para mí cada vez que choque contra un muro y al final de todo, es la única de quien tengo la certeza que seguirá estando. —Soy de esas personas que necesitan equivocarse para aprender, así que puedes estar tranquila, que saqué muchos aprendizajes de esas vueltas y viajando conmigo estás más segura que con nadie— sonrío con mis manos curvándose en el volante y reduciendo la velocidad lo suficiente como para que ella pueda mirar el paisaje de la costa que va mutando por la ventanilla.

Si me muestro indignada cuando se aclara en lo que fue su predicción. —¡Sí lo dijiste!—. No, no lo dijo. Había preguntado si nos estábamos cuidando con su hermano, no más que eso. Me hace cerrar la boca y callarme cualquier posible réplica de esa manera. —¡Fue una trampa entonces!— me río con una carcajada que llena todo el interior del jeep, tengo que pestañear un par de veces para poder mirar lo mismo de una manera diferente. ¿Y si no era Hans? ¿Podría haber sido alguien más? Niego con mi cabeza, no, no hubiera pasado. Tengo una piel curtida de experiencias que han quedado atrás y eso me hizo insensible en cierta forma, pueden tocarme, pero no llegar a mí. —Tenía certezas sobre lo que podía esperar de la vida. ¿No crees que las personas nacemos hechas de una manera en particular? Yo sabía que estaba hecha para morir en mi misma…—. No digo más allá de eso, con mis ojos puestos al frente, creo que el silencio basta para poner un punto final. Mis facciones pierden su gravedad cuando escucho lo que me pregunta, rompo la línea tensa de mis labios al reírme y agito los mechones cortos de mi cabello al hacerlo, todo mi cuerpo se sacude en el asiento. —Todo lo contrario— respondo recuperando la seriedad, me aferro al volante. —Estar con él es una decisión de cada día. Todo esto, todo lo que soy y lo que hago, me hace sentir como nunca que mi destino está en mis manos—. Y es una responsabilidad que me abruma, se apaga un poco mi mirada al continuar en voz más baja. —Y tengo que confiar como nunca en lo que aprendí de mis errores, para no chocar contra un muro, para no derrapar en una curva.    

Muevo mi barbilla en un asentimiento cada vez que duda de si puedo entender todo lo que me explica sobre sus premoniciones y videncias, saciando mi curiosidad sobre ese tema como no lo haría ningún manual. Toda la intriga que me provoca lo desconocido de su don provoca nuevas dudas a partir de lo que me dice, podría armar un mapa de interpretaciones de lo que ella me dice y poder enlazarla con algunas teorías que alguna vez barajamos con Logan hace años, que rotulamos como delirios y archivamos. Manejar el azar. Un viaje no físico en el tiempo. Es entonces cuando me tiro hacia un costado de la ruta con el jeep para detenerlo al lado de un barandal, desde el cual comienza el descenso de una duna y se puede bajar a la playa. —Tiene todo que ver con mi duda— respondo, desprendiéndome el cinturón para bajar y que ella me acompañe. —Me interesa el tiempo, hubo una época en que estuve un poco obsesionada con relojes mecánicos…— le cuento, el viento sopla tan fuerte, tan helado, que se quiere llevar mi voz y tengo que guardar mis manos en el bolsillos de mi chaqueta para cerrarme en mi abrigo y recobrar el calor.

»No tengo tu don, pero también he tenido sueños a los que traté de darle significado…— explico, camino hasta quedar cerca de ella, así el viento no interrumpe nuestra conversación. Curvo hacia arriba una sonrisa divertida. —No me olvido de quien eres hermana, Phoebe, y espero no te tomes a mal lo que voy a decirte…— me muerdo el labio para contener la carcajada que por un momento quiebra la seriedad de mis confesiones. Vuelvo mi vista al mar al poner en voz alta lo que es parte de mi mente caótica. —Suelo soñar con un hombre— la sonrisa vuelve a ensancharse, —no en ese sentido—. Por muchas bromas que pueda hacerle al respecto a su hermano, este no es el caso. —Es un hombre mayor, a veces un muchacho de dieciocho años y las primeras veces fue un niño de once. Todos son el mismo, lo sé. El niño me regaló un reloj una vez, está dentro de una habitación llena de relojes en las paredes…— cuento, como si fuera uno más de mis muchos relatos imaginarios. —Y es rubio, tiene gafas, los ojos marrones…— me callo, froto mi vientre que va tomando forma con mi mano. —He llegado a pensar que es este bebé— acabo, ladeando mi mirada hacia ella y esperando a que me asimile todo. —Sólo te lo diré a ti, Phoebe. Sé que si se lo digo a alguien más pensará que estoy loca, o qué sé yo, que son las hormonas. Me estoy sincerando contigo, ¿sabes? Porque…— remojo mis labios que los siento secos por la brisa que corta nuestros rostros. —Sí siento que estaba destinada a encontrarme contigo.
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Phoebe M. Powell
Director del Servicio Social
Asiento con la cabeza para mostrar la fe que le tengo a ella y a su chisme de ruedas, pero creo que la risa nerviosa que atraviesa mi garganta delata cierto grado de inseguridad cuando asegura haber aprendido de sus errores en la conducción y, espero, muy profundamente, que sea verdad eso de que se aprenda más de las equivocaciones, porque sino la próxima vez que suba a uno de estos no será con Lara. — Siento que tu madre no diría lo mismo al respecto. — Esta vez sí me río con un poco más de sonoridad, pero porque estamos hablando del trato de una madre y ellas siempre parecen exagerarlo todo. De seguro no fueron tantos dolores de cabeza los que le dio a la hora de aprender a manejar un coche, ¿verdad…? A su siguiente acusación, solo puedo mirarla con la boca abierta en protesta por una situación en la que se metió ella solita. — Amiga mía, nada de trampas, las cartas son las que hablan y tú fuiste lo suficientemente imprudente como para ignorar el sabio consejo de una clarividente. — Extiendo las palmas de mis manos hacia delante como para expresar que estoy limpia de pecado, que no me puede culpar a mí de haberse acostado con mi hermano en más de una ocasión y que en una de esas se le olvidara tomar la píldora del día después.

Al menos, me alegra saber que es ella misma quien cree que tiene el destino bajo su control y que no es una de esas personas que se atienden a no hacer nada con sus vidas porque ya tienen un camino que les lleve a un final esperado. — No lo harás, Lara, pocas personas tan determinadas como tú no han conseguido lo que se han propuesto y sí, mi hermano ya es de por sí algo complicado como para añadirle ese bonus a tu vida, pero si como dices, es una decisión que no recae solo en lo que pasará mañana, sino que también es algo bastante personal, no debes tener miedo a chocar contra el muro, porque a veces ese muro es invisible y nos metemos nosotros mismos en la cabeza que es de piedra. — Creo que en todo lo que nos conocemos ha quedado bastante claro que forman una pareja de lo más enrevesada, sino es por su personalidad chocante y enérgica, por lo que transmiten el uno al otro sin la necesidad de utilizar palabras. Que confíe en que no va a caer por un precipicio es lo más sensato que puede hacer por el momento ahora que mi hermano ha pasado a formar parte de su vida, y, creo no confundirme cuando lo pienso pero, Hans jamás dejaría que se golpeara contra el suelo, no por su cuenta, desde luego.

Me muestro realmente interesada en su relato sobre el tiempo, lo que no espero es el cambio de dirección que toma y me coge por sorpresa al punto de que me agarro un poco al asiento en lo que tarda en frenar el coche y dejarlo a escasos metros de la playa. Bueno, al menos puedo agradecer que tengo los pies en tierra firme de nuevo y no me he matado en el proceso, que quizás esté exagerando un poquito, pero de verdad que no me gusta nada la sensación de ir sobre estas ruedas. El frío golpea mi rostro nada más tiro de la puerta para cerrarla, me recojo el abrigo al tiempo que cierro mis brazos alrededor de mi cuerpo para resguardarme del viento, aunque no despego la mirada de mi acompañante y la sigo por el camino que se decide por recorrer. Mi boca se transforma en una mueca curiosa con esa insinuación de un sueño en el que mi hermano no es el protagonista como hombre, pero estoy lejos de comentar nada cuando prosigue con su relato. Del mismo modo que ella, miro hacia su vientre cuando afirma que el niño, adolescente u hombre del que habla es, sin ponerlo en duda, su bebé. — ¿Dices que este niño es rubio? — No quiero sonar como que no la creo, al menos no al principio, pero sí siento que debo poner en evidencia algunos detalles que quizás ella haya pasado por alto. — Porque no es por desanimarte, que ya sé que quieres un mini Hans como bebé, pero… la genética es un poco quisquillosa a veces con eso de las raíces. — Comento, y de paso añado esa broma con respecto a mi hermano para que no me tome tan en serio. Bah, que es un sueño, los sueños no conocen de leyes de Mendel ni ese tipo de cosas por las que se rige la ciencia.

De modo que… sueñas con un niño, o un hombre, o un chico, y tú crees que se trata del mismo, ¿cierto? — Apunto, que no quiero saltarme nada de lo que dice y verdaderamente quiero ayudarla con lo que sea. — ¿Y por qué crees que es tu bebé en primer lugar? ¿Sueñas con él desde que supiste lo del embarazo o viene de antes? — Porque si viniera de antes, podría cederle tranquilamente mi puesto como vidente a ella y nos dejamos de tonterías de cartas, que ella misma se auto predijo su propio bebé, vaya. — Ciertas personas… son más sensibles a algunas cosas que ocurren o que no ocurren a nuestro alrededor, dicen que la conexión de una madre con su bebé se sale de la comprensión humana. Quizás tú… como futura madre, percibes esa unión a niveles que ni el tiempo es capaz de comprender. — Dicen, como si no lo hubiera sentido yo, para el caso. Meto mis manos en el bolsillo de mi abrigo para refugiarlas del frío que las acecha, aunque me quedo un poco paralizada en el sitio cuando giro mi cabeza en su dirección ante lo último. — ¿Conmigo? ¿Por qué? — No frunzo el ceño, sino que en su lugar alzo las cejas para mostrar mi impresión.
Phoebe M. Powell
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Como si estuviera manejando en medio del carril de ida y el de vuelta, me muevo entre lo ambiguo de las predicciones y las certezas a las que podamos aspirar a tomar decisiones. Hacemos un chiste sobre lo primero, nos ponemos un poco más serias sobre lo segundo. Sé que hay líneas que cruzan mis manos que algo quieren decir, podría mostrarle mis palmas a Phoebe para que ella las interprete ese mapa del destino. Pero toda mi vida he trabajado con estas mismas manos, he destruido para aprender a construir, he armado estructuras a partir de unas primeras piezas, tenía una vida que estaba construyendo para mí antes de que todo cambiara, y no, no era una vida perfecta. Era mi refugio seguro, yo misma. Su hermano fue un riesgo, fueron todos los carteles en amarillo advirtiéndome del peligro de avanzar sin frenos. ¿Complicado él? Todo el camino fue una maldita ruta imprecisa que podía romperse abruptamente para hacerme caer en un abismo que no tenía manera de saber que estaba ahí, y sí, esperando a estrellarme con ese muro de piedra que me daba miedo, que serviría para detenerme de una buena vez, porque si yo era incapaz de hacerlo, algo más debería. Y tal vez ese muro es sólo cosa mía. Para bien o para mal, he decidido hacerme cargo de esto, de que no sea una fuerza que está por delante de mi voluntad para tomar decisiones, sigue dando miedo. Hay una diferencia entre que algo sea un error que sucede y una elección equivocada. De la misma manera, tomar algo que pueda ser fácilmente llamado un accidente, como algo destinado a pasar, y en realidad, algo que elegimos que pase: como este bebé.

Tengo esta sensación de vaga reconocimiento incluso por paisajes, que esta playa me recuerda a algo que no puedo precisar, mientras siento el frío estrellándose contra mi rostro con el avance y retroceso de la marea oscura. —Lo sé, la genética haría que eso sea tan improbable…— le sonrío de soslayo, me conmueve un poco que hablemos de un mini Hans que si en serio es una mini versión de su padre me daría mucho con qué entretenerme el resto de mi vida. —Ese niño se parece bastante a Meerah, si lo pienso. Puede que mi confusión surja de ahí…— vacilo, meditando en lo que ella me dice, haciendo a un lado mis impresiones sobre esos sueños y yo dejo que lo haga. —Desde antes, pero no es un sueño recurrente. Han sido pocos, en todos estos años. Me dejan una fuerte impresión cuando me despierto. Supongo…— me retracto de la locura que acabo de confiarle a Phoebe, —el bebé no nos dejó ver si era niña o niño, eso nos tuvo muy ansiosos, puede que sólo esté tratando de ponerle un rostro—. Pienso en lo que ella nos contó no hace mucho, del bebé que no pudo tener, bajo mi tono a uno más delicado. —Lo siento, no quiero traerte recuerdos que te angustien…  

Paso saliva para calmar el nudo en mi garganta, lo que me dice sobre la unión que llega a haber entre madre e hijo me pone sensible, debe ser eso, estoy más perceptible a todo en mi entorno y vinculé al bebé un rostro al que traté de dar significado, cuando el significado tal vez estaba en algo más. —Por lo que sé… una de las cosas imposibles en los sueños es poder ver la hora, siempre que buscamos un reloj, se ve difuso. Hice diseños de los relojes que llegué a ver en esos sueños y es cierto, no siempre veía la hora, mostraban otras cosas. ¿Has pensado alguna vez en que el tiempo cuando estamos a salvo avanza lento, pero si estamos en peligro avanza rápido? Los segundos se consumen como un incendio voraz. Había uno así…— me callo. Este niño estaba dentro de una habitación llena de relojes, tenía un apodo para él que dejé de usarlo por infantil. Froto mi frente con la palma de mi mano, sabiendo que no volveré a mencionarlo, no es lo importante aquí. —Son sólo sueños, lo sé— así le quito trascendencia.

Como lo hago con casi todo, como puedo llegar a ser una confusión a cuenta propia, busco argumentos racionales que me convenzan, aunque sean demasiadas las cosas a las que no le puedo encontrar una explicación, mucho menos una definición. Hay certezas que sólo se sienten en la piel. —¿Tal vez porque debemos encontrarnos alguna vez con alguien que nos enseñe cartas del destino a quienes no teníamos uno?— pregunto, cuando la razón verdadera fue una suerte de reconocimiento, al que me opuse porque era hermana de Hans. —Pienso en todos nosotros como energía, Phoebe. Nos percibimos los unos a los otros. Hay algo en ti que reconocí, porque con anterioridad tal vez hubo signos que no supe interpretar y otras personas, todo me llevó a que pueda verte y sentir que tenía que encontrarte. ¿Es extraño, no? No me hagas caso…—. Me froto los brazos para aliviar el frío que traspasa de la tela del abrigo. —¿Sueles llevar un diario de tus visiones, Phoebe? Eso podría ayudar a… poner un reloj en ellas…— musito, me quedo en silencio por un momento. — Voy a estar trabajando en casa estos días, además del ministerio. No volveré al distrito seis, no quiero volver a ese taller, ya no siento que sea mío.
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Phoebe M. Powell
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Me muerdo el labio inferior, como si yo misma estuviese meditando cual es la probabilidad de que el niño del que habla sea simplemente una imagen creada por su cabeza por todas las sensaciones nuevas que están acudiendo a su cuerpo como fruto de esta nueva etapa en su vida. No sería de extrañar que de ser así, su cerebro quisiera vincular ese rostro a uno que ya exista de verdad, como Meerah. — No lo sé, Lara, no soy la persona más indicada para buscar consejo sobre sueños imprecisos o imposibles porque yo misma siento que estoy perdiendo un poco la cabeza estos días mientras duermo. — Le confieso, porque me encantaría serle de apoyo en este tema que parece tenerla en una incógnita consigo misma, pero lo consideraría un poco hipócrita por mi parte el decirle que son simplemente sueños cuando hace unas semanas yo estaba torturando a mi hermano con declaraciones sobre nuestro padre, a sabiendas de que sé que es inviable que ese hombre vuelva a aparecer en nuestras vidas. — Pero los sueños… pueden ser tantas cosas, como un recuerdo encerrado en la memoria por años que recién empieza a liberarse o algún miedo profundo del que nosotros mismos desconocemos, es muy difícil darles una forma concreta, y creo que por eso no llegamos a colocarlos en ningún tiempo específico, porque no sabemos cuando van a dejar de ser imaginarios y convertirse en real. —  Murmuro, terminando por encogerme de hombros al no ocurrírseme otra teoría mejor que explique la complejidad del tema que estamos tratando.

Sacudo la cabeza en lo que agacho un poco la barbilla hacia abajo para mirar a mis pies, para expresar que no necesita disculparse por algo que ya ha pasado y creo haber enterrado. — Los recuerdos no son lo que me angustian, son las imágenes de lo que podría haber sido, por eso prefiero no pensar en ello. Hay momentos que es mejor dejarlos como terminaron, creo que las cosas pasan por algo y si no pudo ser, debió de ser porque no era la ocasión apropiada. — Me volteo para sonreírle, gesto que queda un poco en desacuerdo con mis palabras, pero que me sirve para demostrarle que no sirve de nada angustiarse por cosas que no han pasado. Quién sabe lo que hubiera sido de haber tenido ese bebé. Ahora probablemente no estaríamos en la mejor situación, no cuando hay una guerra a punto de estallar en el norte. Por eso mismo pienso que si no fue, hubo un motivo más que justo por el que se dio de esa manera. No sirve de nada lamentarse por el pasado cuando hay un presente que vivir y un futuro que esperar. No creo que sean solo sueños, lo percibo en su tono de voz y es por esa misma razón por la que poso una mano sobre su hombro al buscar su mirada. — Los sueños son demasiado enigmáticos como para considerarlos solos en sí mismos. — Le digo, que no debería resignarse a creer en ello solo porque no ha encontrado una respuesta específica. — Siento que no haya podido ofrecerte una solución más precisa, pero a veces no se trata solo de buscarla, sino de entender lo indefinido como algo que también tiene un significado, aunque en el momento no lo comprendamos. — La miro, apartándome un mechón de pelo de la cara y escondiéndolo detrás de mi oreja para después pasar a abrigarme nuevamente con los brazos alrededor de mi cuerpo en lo que dirijo la vista nuevamente hacia el mar.

No obstante, no pasa mucho tiempo antes de que vuelva la mirada sobre ella, arqueando un poco las cejas en intento de comprenderla, pero se me escapa una sonrisa pequeña y traviesa por lo que dice. — Me siento algo halagada, Lara, pero no se lo digas a mi hermano, podría ponerse celoso de saber que mi energía te atrae. — Es una broma, ambas lo sabemos, y aun así me atrevo a reír entre dientes. — Pero sí, entiendo lo que dices. — No me parece extraño en lo absoluto, más bien lo considero una manera muy inteligente de entender como funcionan nuestras almas, energías y esas cosas demasiado complicadas como para ponerlas en palabras. Muevo un poco la nariz al pensar, que me lleva a fruncir el ceño pensativa ante lo último. — No. ¿Crees que debería? — Confieso sin tapujos. Hasta el momento no he encontrado la necesidad de llevar un registro de mis predicciones, aunque ahora que lo pienso mejor, creo que tengo miedo de encontrar algo en ellas que me lleve a ver cosas más allá de las mismas visiones. No le presto el tiempo suficiente a ese razonamiento porque me veo envuelta en la sorpresa cuando declara que no va a volver a trabajar en su taller. — ¿Por qué? Pensaba que todos tus proyectos importantes estaban ahí. — Eso de que no sienta que es suyo me lleva a creer que tiene algo que ver con lo que pasó antes de que llegara, pero me veo incapaz de preguntar respecto al tema de forma tan directa y por eso intento llevarlo hacia otra dirección.
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Ojalá todas las regañinas que recibí en la vida sobre que no me metiera donde no me llamaban, de que me mantuviera lejos de las vallas de seguridad, de que no traspasara el límite de lo permitido cuando me lanzaba el mar, que a veces hay fondos que nos arrastran y son tan oscuros que no se puede escapar de allí, y es que pese a todos estos buenos consejos, la pregunta que sale de mis labios es uno que no puedo evitar modular. —¿Con qué has estado soñado?—. Hundo mis manos un poco más en el calor los bolsillos de mi abrigo, puedo por encima de las capas de tela tratar de rodear mi vientre. —Ponerlo en voz alta podría ayudarte a darle precisión, ¿no crees? No hace falta que seas específica si quieres guardar la reserva— me adelanto a sus reparos, que supongo que los videntes también actúan siguiendo cierto código de confidencialidad hacia otros y también de lo que son sueños privados, su mente debe ser asombrosa para que haya tanta información sobre los tiempos posibles. —Dame los detalles que te están quitando el sueño y tratemos de darle un orden al caos—. Sé de eso, me muevo en ese rubro.

No sé si puedo tomar lo que me dice luego y conformarme con ello, si es que va ligado a lo anterior o es una explicación ambigua, algo en lo que me dice sobre memorias y miedos me saca una sonrisa tibia, esa que muestro de cara al mar en el que trato de precisar algo que no veo, sobre esa línea en que el cielo cae sobre el agua. —Hay un cuento que mi padre solía contarme de un grupo de personas libres que hicieron prisioneros para subirlos a un barco y en la tierra en la que desembarcaron, lo hicieron como esclavos. Pero ellos nunca olvidaron que una vez fueron libres, que generaciones después uno de ellos se rebeló y dijo algo que mi padre repetía palabra por palabra. « Yo soy mi padre, soy mi abuelo. Soy la justificación de mis antepasados»— relato, sacando la mano de mi bolsillo para colocar la palma abierta sobre una panza que apenas se va insinuando redonda. —Como si heredáramos memorias que no comprendemos a veces porque no son nuestras, pero que nos dan un miedo innato a ciertas cosas que hicieron daño a quienes estuvieron antes que nosotros y también nos dan causas por las que luchar, que tampoco son nuestras…— parpadeo al voltearme a ella. —Estoy especialmente divagadora hoy— curvo una sonrisa de disculpa.

Medito en eso que ella me dice, sobre las cosas que no pudieron ser y que no serán, a menos que todas las disparatadas teorías sobre el tiempo pudieran ser, que haya personas con la estupidez de ir contra corriente hacia el pasado. Y por razones que sé que lo están cambiando todo, he virado mi rumbo y mi mirada está puesta más allá de lo que sabe, en lo incierto del universo de las cosas que podrían ser. La nostalgia hacia lo que pasó es menor, todavía una punzada a veces, pero no me arrastra con la misma fuerza que antes. —Lo que importa es lo que podamos hacer que suceda, ¿verdad?— busco que esté de acuerdo, que me diga que eso es lo que importa, creo que necesito escucharlo. —Es curioso que al pensar que no tenía nada que perder y que el mundo bien podría colapsar mañana mismo, que al decirme carpe diem, ¡vive el día presente!— ensancho mi sonrisa con algo de nostalgia, —me trajeran hasta aquí—. Y no quiero que lo tome como que simplemente lo acepté, la verdad es que me resistí mucho. No quería volver a pasar por el sentimiento de creer que tenía algo que me importara tanto, que perderlo podría destrozarme otra vez, trabajé años en mi pose de chica fuerte como para desbaratarla por algo impreciso. Y aquí estoy, encontrándole un significado a lo indefinido. Sonrío a Phoebe por la manera que tiene de explicarme las cosas porque, curiosamente, siento que entiendo lo que me quiere decir. Me tiemblan los labios por la carcajada que rompe lo apacible de mi expresión, en un gesto más bien divertido. —La energía de tu hermano también me atrae mucho, sólo que en otro sentido…— aclaro, que si tengo que ir a repetirle las palabras de Phoebe lo veo diciendo «¿Ah, sí?» con absoluto desenfado, la mueca de espanto vendría por todas las otras cosas que pasan por mi mente que le dan contexto.    

Quería decir tiempo, no reloj— me corrijo, creo que mi sugerencia se entendió de todas maneras, el acto fallido es por la facilidad con que los uso como sinónimos. —Creo que escribirlos podría servirte para ir teniendo un control sobre esos mismos sueños, también sobre tus predicciones— barajo, —Si bien no tengo mucha idea de cómo trabajan en tu campo, supongo que lo caótico ayuda más a poder vislumbrar cosas, tal vez al tratar de lograr discernimiento, los sueños se empañen un poco o, lo que menos me gustaría, que estos te rehuyan…— voy pensando en voz alta, como siempre sopesando todo lo que podría salir mal, porque me han enseñado que si se encuentra las respuestas a todas las preguntas negativas, es que una idea puede prosperar, sino mejor descartarla de entrada. Y si de todas maneras se intentará, saber por anticipado qué podría salir mal, así se preparan planes de contingencia. Me froto la frente que se me va arrugando de tantos pensamientos, que tengo que suspirar para aliviar esa tensión que sola me impongo. —Siendo honesta, estuve demasiado tiempo aferrada a ese lugar, mis proyectos importantes no estaban ahí…— se alzan mis comisuras una vez en una sonrisa ancha. —Y no, no es el momento en que digo que mi proyecto importante ahora es mi hijo— bajo mi mirada hacia ese montículo que se va perfilando bajo la ropa. —No, mini-loqueseas, puedes ser colaborador si quieres, pero no eres proyectito…— le aclaro, no quiero verlo en ningún momento como una extensión de mis propias aspiraciones, como si tuviera que concretar algo a través de él o ella. Sé que una vez que nazca dejará de pertenecerme y entonces será quien tenga que ser. —Estuve años dedicándome a proyectos banales del taller, porque tenía demasiado miedo de arriesgarme por ideas que podrían fracasar— le confieso a Phoebe, —Claro que puse todo mi empeño, yo no sé involucrarme de otra manera en el trabajo que no sea comprometiéndome. Pero, tal vez… tiempo, empeño, lo dediqué en cosas que me aportaron mucho como mecánica, no lo niego, y que no era algo en que verdaderamente fuera para mí…—. Lo pienso bien, creo que a estas alturas de todo lo que le he dicho a Phoebe, puedo decir un poco más. —Quería quedarme en ese lugar, seguro que lo echaré muchísimo de menos de vez en cuando, porque es el sitio donde queda un tiempo que fue mejor, donde fui feliz. Aunque no sea más que un recuerdo de niña y los niños tienen una manera más feliz de ver siempre la vida, hasta que ya no lo son.
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Phoebe M. Powell
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La miro como si estuviera debatiendo entre hablar o mantener la boca cerrada, porque no quiero volver a desmantelar una conversación que no va a llegar a ninguna parte, que ya tuvo su punto muerto con las palabras de mi hermano y que lo más sensato sería dejarlo ahí. No obstante, la idea de que esta mujer pueda ofrecer una perspectiva diferente como alguien que desconoce, al menos hasta cierta altura, de los misterios del pasado que compartimos Hans y yo, puede que me ayude a obtener una interpretación desde un plano distinto. — Con mi padre. — Contesto, manteniendo la mirada sobre ella hasta que la suya choca con mis ojos y siento la necesidad de apartar la vista hacia el agua cristalina. — Hace algunas semanas que hablé con Hans del mismo tema, pero él piensa que son simplemente sueños, hasta Charles que me conoce mejor que nadie cree que debería ir a terapia en algún momento. — Sé que lo hace con buena intención, por eso no se lo tengo en cuenta, pero aun así bajo la barbilla al sacudir la cabeza y mover las cejas en un gesto que me obliga a mirar hacia el suelo. — Es curioso que estemos hablando sobre el tiempo porque en mis sueños todo está hecho un desastre, como si el espacio temporal no existiera allá dentro. Me veo a mí misma de niña, a mi padre, un poco más viejo que la imagen que tengo de entonces, y Hans también está, pero su figura es actual, como un colapso en el tiempo. — Explico, todo observando como las olas chocan contra la orilla desde la lejanía. No muy segura de a dónde pretendo llegar dentro de la intimidad de mi cabeza, continuo. — Nunca es el mismo sueño, pero siempre es la misma voz, una que se escucha claro mientras sigo inconsciente, hasta el momento de despertar que se siente como un eco retumbando dentro de mi cabeza. — Sé que hubo días en los que los dolores de cabeza estaban más que justificados. — No recuerdo nada una vez abro los ojos, y eso me perturba porque sé que es importante. — Lo suficiente como para que no piense en otra cosa por el resto del día. Suspiro, expulsando aire como quién se resigna a no obtener una respuesta porque es demasiado complicada de encontrar. — Probablemente tengan razón, que solo esté pensándolo demasiado o sean secuelas. — No dejo de ser alguien que busca, a toda costa, escapar de las miradas acusatorias del pasado.

Escucho su historia con interés, tal y como ella se muestra interesada en solventar mis problemas, aunque algo me hace tragar saliva con algo de fuerza y probablemente se deba al hecho de que resulta un cuento muy peculiar que podría asemejarse en más de una coincidencia a lo que está ocurriendo en el día de hoy en el país. Prefiero divulgar acerca de lo que dice al final, que tiene un poco menos de repercusión social y mucho más trasfondo para lo que nos interesa. Asiento con la cabeza ante su propia afirmación y esta vez sí sonrío con ganas. — Exacto, creo que es mucho más importante lo que hacemos con el tiempo que tenemos en el presente, dejar el pasado atrás, que ese no lo podemos cambiar, pero lo que viene a continuación puede ser que sí, y sé que suena algo dispar por mi parte después de haber hablado sobre mi padre, pero… — Me callo, no quiero decir lo que creo que estoy pensando porque no hay manera alguna de que este hombre vaya a poner un pie en mi vida en algún momento cercano o lejano, en cualquier caso, de modo que sacudo la cabeza y saco una mano del bolsillo para hacer el mismo gesto tajante. — Carpe diem era, ¿no? — Pues que sea eso, suena muchísimo más alentador que quedarse estancado en la miseria, a mi parecer. No pensaba hablar mucho más acerca de la energía que debe desprender mi hermano, lo cual creo que dejo claro por la forma que tengo de mirarla con la expresión de asquito plasmada en el rostro. — Ah, sí, eso mejor déjalo para cuando esté enfadado contigo y tengas que camelarlo de alguna manera. — Me río entre dientes, una risa que se queda en el aire cuando el mismo me sacude el cabello.

Me aparto un mechón para esconderlo detrás de mi oreja al tiempo que sopeso la idea de buscarme un cuaderno donde escribir mis visiones, frunciendo un poco el ceño al quedarme pensativa. — Supongo que no es una mala idea del todo, aunque siempre he encontrado cierta organización dentro del caos que hay aquí dentro. — Me golpeteo la sien con uno de mis dedos para especificar mi cabeza, dedicándole una sonrisa antes de pasar a observar la arena. — Nunca se me dio especialmente bien seguir un registro, de cualquier tipo, o escribir de lo que sea, para el caso. Me gusta trabajar en mi cabeza porque ahí no tengo que tratar de ponerle un nombre a algo que quizás no lo tenga, aunque a veces sí que es… demasiada información. — Creo que me acostumbré a eso de trabajar con mi mente y dentro de ella porque la época en que viví en la calle no había espacio para ocupar con libros cuando lo primordial en mi día a día era sobrevivir, problema que arrastré hasta bien empezada mi adolescencia cuando el cambio llegó y tuve que acostumbrarme de nuevo a un ritmo escolar que mi cerebro en ocasiones tachaba como desmesurado. Ni siquiera sé como conseguí pasar a graduarme, con mucha ayuda, probablemente, aunque más bien dando muchos palos ciegos al agua.

Escuchar que Lara va a dejar el taller me pone de algún modo entristecida por ella, como si con esa decisión fuera a quemar años de proyectos y trabajos en los que estoy segura no ha dejado más que sudor y sangre. No obstante, también sé que hay momentos en los que la vida nos depara cosas nuevas, oportunidades a las que tenemos que aferrarnos antes de que alguien venga y nos las quite porque nosotros fuimos lo suficientemente inseguros como para no arriesgarnos a cogerlas. Yo sé que mudándome aquí con Charles, tomé una decisión con la que no esperaba obtener una red de caer al vacío, pero también sé que de no haberlo hecho, me hubiera arrepentido por el resto de mi vida. — Siempre vemos las cosas de una manera diferente cuando somos niños, pero no creo que sea la más feliz. Sé que como adultos tratamos de engañarnos a nosotros mismos con las decisiones que tomamos, si vemos que no va a salir bien, nos convencemos de que hay un motivo válido por el que se nos perdone cada estupidez. Como niños… creo que simplemente lo vemos todo desde la más honesta realidad, pero siempre encontramos el modo de no hacer de ello lo peor. Al menos desde mi experiencia. — Respondo, tan simple como eso. Yo era consciente de lo que estaba pasando en mi casa, de lo que ocurría dentro de las paredes de nuestro hogar, pero siempre me las apañaba para ver la luz al final de cada día, y Hans, como hermano mayor, ayudaba bastante en eso. — No tengas miedo de arriesgar por algo en lo que crees, Lara, aunque sea un proyecto banal de mecánica. Al final son las cosas por las que merece la pena luchar. — Le sonrío. No sé que tanto le sirve mi consejo ahora que no va a estar tanto a los cacharros, pero creo que es algo que sirve para cualquier aspecto de la vida.
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Tan siquiera la mención a su padre me estremece, hace que ahogue una respiración, porque es el miedo que suelo advertir ensombreciendo los ojos de Hans y también lo percibo en la voz de ella. Me cosquillea la palma de mi mano dentro del abrigo para buscar la suya, así que la expongo al frío de la playa hasta rozar su palma y sujetársela en un gesto cálido que la aliente a contarme lo que quiera hasta que todas sus inquietudes sean dichas, esas que se han quedado importunando entre sus pensamientos. Desde siempre he buscado el contacto para hacer llegar parte de mí que nunca podría con palabras que no encuentran la manera de materializarse en mis labios. —El tiempo también juega con las percepciones, a veces que tenemos de nosotros mismos, puede que por eso los veas en edades diferentes. Hay quienes dicen que la percepción son gafas que nos colocamos, si la retiráramos, no hay tiempo, no hay edad definida para nadie…—. Sólo energía, confusa, caótica, liberada. Sonrío para suavizar mi explicación teórica sacada de algún discurso de profesor de academia y trato de hacerlo un poco más humano, más cercano a ella. —Supongo que es inquietante no poder ver con claridad donde está la frontera entre un miedo y una predicción, si crees que la terapia podría ayudarte a esclarecer algunos miedos, inténtalo…—. No seré quien le diga que no creo en la eficacia de psicomagos, me muerdo la lengua, porque me vendría bien un par. El problema es que todavía creo que puedo por mi cuenta. —Lo más importante de todo que creo que debes tener presente, sea miedo o predicción, es que Hans te ama por encima de muchas cosas, eres su hermana pequeña y te protegerá a toda costa, de lo que sea—. Acaricio su mano con mi pulgar y le sonrío al liberar su mano, le dije hace poco que ella era una de las virtudes de su hermano, entender lo mucho que la quería cambió mi mirada de ver ciertas cosas y al final siempre se trata de eso, de tratar de comprender, sea lo que sea lo que le asalta por las noches y toma la forma de su padre, espero que pueda llegar a entenderlo para que pueda abrazar a la niña que fue.

Porque el propósito de avanzar hacia el futuro lo tiene, se escucha tan decidida que frente al mar parecemos un par de entusiastas que están a punto de ponerse a gritar algo así como «¡Voy a por ti, mundo!», pero no tenemos quince años. En ese entonces sí le gritaba al mar, a los precipicios al pararme en cornisas, a las nubes cuando las atravesaba al volar con mi escoba, dentro de la ducha del baño y Mohini me contestaba desde la cocina. Tenía muchos gritos atrapados en mi pecho, ahora no, en este preciso momento no. —Carpe diem— es lo que digo en cambio casi como un suspiro, reafirmándolo ante Phoebe y repitiéndolo porque me viene bien. —Cada día lo hacemos nosotros—. Respondo a su mueca con una carcajada, que trato de no meterme mucho con su hermano con ella y más que nada para salvarla de la incomodidad, pero es tentador hacerlo. —¡Qué va! No le diré eso, lo tomará como un halago complicado de mi parte y me pondrá una mueca. Los cumplidos a su cabello son lo seguro, creo que seguiré con esos…— bromeo, que el sentir que hablamos en idiomas diferentes muchas veces hace que busque la manera más simple de darme a entender. Y no creo que funcione del todo a veces, somos criaturas confusas, todas. Debe ser la particularidad de que cada quien está atrapado en su mente, atravesado por leyes que le son propias. De todas, podría apostar en broma que la de Hans es la única estructura que se rige por cierta estabilidad. El resto somos puro desorden. — Si te sirve, puedes hacerlo. Si se vuelve una presión, no— le aclaro, sobre la idea de llevar un diario, que no es más que eso, un diario. Así como lo es un psicomago, son solo herramientas para que por nuestra cuenta lleguemos a las conclusiones necesarias para dar un sentido a todo. —También podemos hablarlo, siempre que quieras. Si eso te ayuda— me ofrezco, que somos vecinas y cuando esté en los últimos meses del embarazo no me veo moviéndome mucho de cualquier silla, que con la cantidad de postres que me llevo a la boca, volverá el rumor de que espero trillizos.

Pienso en el posible error que cometí al hacer referencia a la manera en que percibimos el mundo en nuestra infancia, puesto que la de ellos se interrumpió por la tragedia. También el cuento parece inadecuado, cuando entiendo que ella en el fondo estaba pensando en aquella pesadilla sobre su padre. Trato de todas formas de prestar atención a lo que me dice, aunque lo otro lo tengo como un pendiente. La miro con curiosidad cuando habla sobre el engaño que nos hacemos como adultos, sobre las justificaciones a nuestras estupideces y me reconozco en ello, en mi eterno lema de que soy dada a las estupideces, creo que para anticiparme a lo que pueda salir mal y poder tomármelo a risa. ¿Mi niña era más honesta? Sé que ella iba de cara al mundo, mentirse a sí misma no era posible porque le gustaba que las cosas estuvieran claras, era impaciente y determinante. Lo blanco es blanco, lo negro es negro. Los grises aparecieron después como un nuevo tono. Esos límites difusos sobre los que caminar, como si fueran una cuerda y yo una funambulista. —He luchado por muy pocas cosas, Phoebe— confieso, —Luchar como para exponer mi piel a heridas y a riesgo de lo que sea, muy pocas veces— meneo con mi cabeza de un lado al otro. —Necesito creer en algo que sea más poderoso que mis miedos como para que me lance a la batalla y pocas cosas tienen esa fuerza— explico. Mi mirada adquiere un brillo diferente, de una valentía que no siento para mí, sino para ella, cuando sigo: —Pero si yo puedo hacerlo, también creo que si es cierto que las memorias y el pasado nos rigen de alguna manera, ni a ti ni a tu hermano tienen que cubrir como una sombra. Enfrentarnos también a un pasado que es enemigo, nos hace más fuerte, mejores, y nos permite tomar las decisiones que nos alejen de quien podríamos ser si solo nos dejáramos arrastrar…— sigo el movimiento de la marea, que en su vaivén siempre regresa al horizonte como si algo lo atrajera, pero se rebela a ese tirón, lo rompe y se acerca otra vez a la orilla. Terminaré creyendo, en serio, que el destino no está en nuestras manos porque mi línea del corazón diga algo y mi línea de la mente diga otra cosa. Sino porque son las manos con las que construimos nuestro día a día. —Se trata de elecciones, entonces— en qué creer y en qué no, por qué luchar y por qué no, contra quiénes luchamos, quiénes son los enemigos y quiénes son la familia.
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Phoebe M. Powell
Director del Servicio Social
Creo que no llego a asentir ante sus palabras, pero la mirada que le dedico dice bastante de cómo me siento con respecto a sus palabras de apoyo y le dedico una sonrisa bastante honesta cuando su mano entra en contacto con la mía. Se me rebaja un poco la curvatura al pensar sobre qué tanto sería buena idea hablar de esto con alguien ajeno a todo lo que ha ocurrido y tiene lugar en mi vida. Sé que la mayoría de gente me considera una persona reservada, sobra decir que me he guardado muchas cosas para mí a lo largo de los años y coger confianza con alguien me cuesta una barbaridad al principio. Creo que todo revuelve entorno a la seguridad que siempre he necesitado sentir para funcionar, una que podría venir dada de la mano de cualquier cosa, no necesariamente una persona. También sé que eso es algo en lo que debería de trabajar por mi cuenta, o con ayuda, ya puestos, pero no sé hasta qué punto podría sincerarme con alguien que no conoce ningún detalle de mi vida como para entender por qué hago las cosas como las hago o por qué me siento vulnerable en ciertos aspectos. — Lo sé, siempre lo ha hecho, o intentado al menos, pero hay muchas cosas de las que no puede protegerme, no creo ni que nosotros mismos seamos capaces de hacerlo llegado un punto. — Suena un poco desalentador después de lo que ha dicho, pero me siento obligada a ponerlo en voz alta porque es una verdad que tiene demasiada intensidad. Me gustaría creer que podemos proteger a aquellos que queremos, no importa lo que ocurra, pero he vivido lo suficiente como para saber que, tristemente, no es así.  

Vuelvo a esconder las manos dentro de los bolsillos de mi abrigo y froto contra la tela en busca del  calor que no han encontrado fuera y la miro de lado, con el pelo revoloteando por mi cara a causa del viento y en fallido intento de mantenerlo sujeto tras mis orejas. Me río por la tontería del pelo de mi hermano, que no hubiera considerado foco de cumplidos que le gustasen y creo que lo demuestro por el modo que tengo de mover un poco la cabeza al poner los ojos en blanco. — Mientras no bromees sobre su nariz… — Creo que ya es algo que hemos comentado en otras ocasiones y que me sigue haciendo una gracia tremenda, a pesar de que Hans y yo compartimos ciertos rasgos que me deberían hacer no querer sacarlos a relucir, pero que por simple diversión vale la pena bromear al respecto. Respondo a su ofrecimiento con una sonrisa más tranquila, cuando la miro pensando en lo extraño que se ha vuelto todo en los últimos meses, como si alguien hubiera puesto mi vida patas arriba y vuelta abajo y yo solo esté tratando de organizarlo todo de nuevo con algo más de sentido que antes. Porque ni en un millón de años hubiera creído que yo, la niña a la que de un día para otro se lo arrebataron todo, esté volviendo a reconstruir su historia. Y sé que esa historia aun no ha terminado, pero es un bonito cuerpo de enlace el que estoy ayudando a escribir.

Coincido con su teoría porque hasta el momento yo tampoco he encontrado motivos por los que luchar y arriesgar mi vida por ellos, o sí lo hice en su día y lo que yo consideraba supervivencia simplemente fue mi modo de lucha, una que no me había planteado hasta ahora que Lara lo menciona. — Me gustaría poder hacerlo, quiero hacerlo, pero a veces siento que ese capítulo de mi pasado se cerró sin que tuviera la oportunidad a hacerle frente, ¿entiendes? — Como alguien que salta una escena en una película de terror porque no quiere hacerse cargo de las imágenes gráficas que puedan importunar su mente y prefieren no enfrentarse antes que lidiar con ellas. Aunque no me siento del todo identificada con ese ejemplo porque no yo no escogí saltar, me obligaron a hacerlo. — Sé que el pasado no nos define, nos forma, pero en ningún momento nos define. Por eso también sé que no hay nada que pueda hacer para cambiar lo que soy, y mi padre no me define, soy quién soy ahora por lo que he vivido y por lo que he tenido que hacer frente, pero no por él. — Lo último lo digo con un poco más de firmeza, como si con eso quisiera demostrar que no hay nada de él que me represente como estoy segura que muchos creen que lo hace. Yo sé que no voy a darle la satisfacción de dirigir mi vida una vez más, esté donde esté, muerto o vivo. Y aun pensando todo esto, soy consciente de que me importa más de lo que hago ver.

Asiento con la cabeza, segura en la idea de que somos nosotros quiénes elegimos hacia dónde seguir, y cómo hacerlo, después de todo, solo nosotros nos conocemos lo suficiente para ello. Es entonces que la miro, cogiéndola del brazo para que me preste atención a pesar de que ya lo está haciendo. — Y yo creo que escogiste bien, Lara, de querer tener este bebé con mi hermano, independientemente de que sea un grano en el culo a veces, o de que te ponga de los cohetes como sé que lo hace porque soy su hermana y créeme, yo exploté en chispas en más de una ocasión, bastante literal, además. — Bromeo, ganándome una risa vaga por el camino, que recuerdo muchas cosas de mi hermano de niño. — Pero también es bueno y amable, debajo de todo el ego que se le sube a la cabeza cuando se pone pesado. Y será un buen padre, como ya lo es con Meerah, porque si hay algo de Hans es que cuida a quiénes quiere, aunque a veces no lo veamos, y a ti te quiere, Lara. — Ya se lo dije la vez que nos conocimos, que mi hermano puede ser muchas cosas, pero es alguien que merece la pena. Lo que no sé es por qué me he puesto tan sensiblera de un momento a otro, hecho que me lleva a desprenderme de su brazo y liberar mi cuello de toda tensión sacudiendo un poco la cabeza. — Cómo estoy segura de que ya sabrás, así que no sé por qué te estoy diciendo todo esto en primer lugar. — Suelto una risa nerviosa, casi como si no pudiera creer que le esté vendiendo a mi hermano como si no lo hubiera escogido ella ya con este bebé.
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Lo sé— se lo reconozco. —Habrá cosas que nos lastimarán de todas formas, a pesar de los intentos que hagan otras personas de protegernos o de que queramos mantenernos a resguardo por nosotros mismos— asiento con mi barbilla, esa que ha dejado de ser tan marcada a medida que mis mejillas se fueron ensanchando dando una forma más ovalada a mi cara, el mismo tiempo que se fue acentuando mi distancia con cosas que solían importarme y no es que hayan dejado de hacerlo, lo que sucedió es que encontré algo a lo que debía cuidar al menos los nueve meses en que gran parte de esa responsabilidad depende de mí. Y eso sigue sin salvarle de todos los riesgos que podrían ocurrir. Pero no pienso únicamente en el bebé, sino en lo que aprendí en un lapso de tiempo que parece tan breve y a veces tan largo. —Solía asustarme mucho de que siendo una chica fuerte, hubiera algo que expusiera lo vulnerable que en realidad podemos ser las personas que nos mostramos fuertes. Tuve que pensarlo mucho, entender que encontrar nuestra fuerza siempre viene después de reconocernos débiles y lastimados. Y saber que hay alguien en algún lugar, que daría lo que fuera por protegernos, saber que está… ayuda mucho a encontrar la fuerza cuando estamos solos…—. Supongo que eso es lo que trato de decirle, que podríamos estar ahí para ella si así lo que quiere, que intentaremos estar, que es cierto que no siempre podremos, que a las desgracias les gusta tomarnos con la guardia baja. —Porque no estamos tan solos como a veces creemos, me costó mucho entender que habrá personas que estarán, tal vez no luchando codo a codo contigo en las batallas privadas, pero sí cuando vuelvas a casa.

¿Y qué hay de que incluso vivimos en el mismo barrio? Podemos pasarnos de su casa a la mía, como si tuviéramos trece años, llamarnos desde las ventanas y si Mohini pudiera verlo se sentiría muy complacida, que a sus ojos siempre somos niños y hasta nos prepararía una merienda. Me sonrío por esa imagen pintoresca que daríamos, es pintar con toques de amarillo sobre un lienzo de profundo azul, mirar a este mismo mar que se arrastra pesado ensuciando la arena y tratar de vislumbrar velas blancas de algún bote, esbozar una sonrisa a la tempestad que va oscureciendo la línea del horizonte, porque no podemos detenerla y toca hacerle cara. El frío que trae el viento me estremece a pesar del abrigo, seguro que debo tener mi nariz roja, congelada. — Me agrada su nariz— le digo, como si fuera un tema tan serio como todos los demás, un sesgo de humor cruzando por mis ojos. —No sé si tanto como para que lo herede el bebé, pero… no está mal— digo a chiste. Y es poder reírnos de estas cosas bobas lo que impide que nos ahoguemos en nuestros males, cuando el clima no hace más que empeorar. El viento lo que consigue es traer de lejos algunos olores, así como la memoria se emperra en los recuerdos angustiantes con los que se debe convivir el resto de los días, pero es cierto que no nos definen, lo que hacen es formarnos, a pesar de lo que duelen, los necesitamos para ser quienes somos y fortalecernos en esto. Pero mucho de lo que elegimos ser, depende de nosotros. —Me recuerdas a una mujer que una vez conocí— le digo, abrazando mi cintura para darme calor. —Ella solía decir que cada cicatriz le recordaba que estaba viva, le daba otra interpretación en ese entonces, una diferente ahora…—, como casi todo, todo fue teniendo otro sentido para mí y no creo que sean cosas de las que se pueda decir que hay un significado acertado y uno errado, depende de las experiencias de cada quien.

Sonrío para darle la razón cuando me dice que hice bien en querer tener este bebé con Hans, lo sé, lo protegerá de una manera en la que no confío siquiera de que yo pueda hacerlo, que no confío en que lo haga nadie más en este mundo de locos en que muchos creen tener la razón en cuanto a su nobleza, la misma nobleza de la que desconfío porque sé que todos se vuelven crueles con quienes creen que es el enemigo. Mi risa acompaña a la suya y ambas se pierden en el aire helado, mi semblante tiene un ligero cambio al oírle decir lo último. —No creo que me arrepienta de haber elegido tener un hijo con él, pase lo que pase, por peligroso que se vuelva todo,… porque he visto como las quiere a ti y a Meerah, sé que cuida a los que ama— en todo eso puedo estar de acuerdo con ella, el sentimiento por su familia es lo que amé en él, y aunque también le llevó a cometer errores, me encontré capaz de entenderlos, al punto de que lo elijo porque acepto todo eso. —Pero hay maneras distintas de querer. A ti, a Meerah, a este bebé, los querrá de una manera en la que no importa qué hagan o qué suceda, seguirán siendo su hermana y sus hijos y su lealtad es imperturbable— explico, en un tono un poco lejano. —Después está la manera en que nos queremos y es diferente, un día él o yo podríamos hacer algo que… haga que dejemos de querernos. No por capricho, sino porque nos volvemos susceptibles a cosas que con otras personas no. No sé si me entiendes a partir de lo que es tu relación con Charles, se trata de cuando amas a alguien y apuestas por esa persona…— busco un atisbo de comprensión en ella, que no espero ver porque tal vez sea mi pesimismo hablando, como una voz en eco, a la que me impongo, claro. —Pero sí él ha sabido mantenerse a mi lado a pesar de mis meteduras de pata y yo también le he tenido paciencia infinita a ese ego suyo y su manera de sacarme de quicio— trato de bromear, recobrando un poco la seriedad poco después: —Si cometimos errores que tratamos de entender y otros solamente aceptar, espero que podamos seguir así…— musito, al tiempo que veo los primeros relámpagos quebrando el cielo que se oscurece. —Ese querer es una elección también— y ella lo sabrá mejor, que lucha a contracorriente con su pasado, que decidió que amar a alguien y venir a vivir a la playa, con un par de inoportunas vecinas, eso es cierto también. —Y, sea como sea, no creo que pueda haber arrepentimiento después.
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Me repaso los labios con la lengua en los segundos que me toma meditar cómo me afecta personalmente esa vulnerabilidad de la que habla, encontrándome con que me gusta fardar de lo fuerte que me hizo en su día el no depender de la estabilidad de nadie, cuando la realidad es que hay muchas cosas que aun me hacen sentir vulnerable. Esas personas que menciona, las que están ahí para nosotros incluso cuando no las vemos, siento que son una parte de lo que más me hacen frágil, porque sé lo mucho que cuesta que alguien se quede, y lo poco que se necesita para que se marche. — Al final, quién quiera estar, estará, y quién no, encontrará el modo de alejarse por su cuenta, supongo. El punto está en rodearse de las personas que nos quieren, en las buenas y en las malas, no importa lo que ocurra. — Aunque a veces es muy difícil diferenciar quién se quedará ahí hasta el final, y solo lo terminas descubriendo cuando es demasiado tarde, cuando las piezas están tan destrozadas que es más complicado reconstruirlas que empezar de cero. Creo que es algo así lo que hice con la imagen que tenía de mi padre en su día, hasta que el pasado tuvo su manera de reencontrarme con mi hermano y hacer de él parte de mi presente supuso el volver a rescatar parte de esa familia que quedó despedazada.

Me agrada tener a Lara como vecina, no es algo que hubiera pensado que podría ocurrir al venir a vivir aquí, pero es una de las cosas que he tomado como sorpresa agradable, que me hace sentir un poco más como en casa. Siento que con ella puedo hablar de temas con los que con otras personas me sentiría incómoda, y no sé cual es la razón detrás de esa confianza repentina, quizás su manera de ser, que me recuerda a una brisa fresca de verano que necesita todo el mundo cuando el calor parece asfixiarnos. Pongo algo de cara divertida cuando menciona parecerme a una mujer que conoció, no muy segura de cómo tomarme eso, si como un cumplido o simplemente como una semejanza hacia alguien que también lo ha pasado mal. Como no se me antoja un paseo por el deprimente camino de la memoria, opto por llevarlo hacia otro terreno. — Espero que esa mujer sea más bien joven, porque Meerah hace unos meses me dijo que sonaba muy vieja y no me sentaría nada bien que ya sean dos las personas que consideren que tengo mentalidad de anciana. — Bromeo, alzando una ceja en su dirección casi como advertencia, dándole un incentivo a que me mienta si es que esa mujer tiene más de sesenta años. — Pero sí, supongo que esa mujer tiene razón. No creo que mis cicatrices me recuerden que estoy viva, de eso os encargáis vosotros, las personas que hay en mi vida ahora. Tengo heridas en mi piel que aun siguen abiertas, marcas invisibles que algún día se irán, o que no lo harán nunca, pero esas me recuerdan lo que he hecho para llegar hasta aquí hoy. — Y me gusta estar viva, pese a todo lo que ha pasado, a quienes se han marchado y ya no están, por todas las cosas que aun no he experimentado, sean experiencias buenas u horribles, quiero tener el derecho a decidir con ellas como vivirlas. Eso es lo que me recuerda que estoy viva, que puedo levantarme por la mañana y pensar en como quiero hacerle frente por mi cuenta, no por un pasado que en ocasiones me carcome por dentro.

Me gustaría poder discrepar en lo que dice, porque sé que los lazos de sangre son muy fuertes cuando se trata de familia, en especial la nuestra que ha recibido más desgracias que alegrías, pero también sé que hay de muchos errores que Hans no podría perdonar, ni siquiera tratándose de mí. O sí, en verdad no lo sé, no tengo intenciones de cometer atrocidades tan grandes como para que mi propio hermano piense que soy una paria, supongo que ahí solo me quedará el beneficio de la duda. Tampoco voy a decirle que está sonando como alguien que tiene las esperanzas muy bajas en sí misma, en cuanto a la relación que tiene con mi hermano, porque creo que eso ya lo sabe por su cuenta. — Pero por eso mismo, nuestro deber es cuidarnos entre nosotros, aprender a aceptar que no somos perfectos, que cometemos equivocaciones, y que las mismas pueden ser perdonadas. Con quién decidimos quedarnos, sea pareja por acuerdo, por matrimonio o simplemente por querer estar, con eso también decidimos compartirnos, puede que no todo de nosotros, porque siempre va a haber algo que queramos guardarnos, pero es una tarea de dos el que las cosas funcionen y salgan bien. — Creo que me estoy adelantando en acontecimientos y que no debería seguir por ese camino si no quiero cargarme con toda la sorpresa de la boda, pero también siento que debo ponerlo en voz alta para ella. Sacudo la cabeza, como para reafirmar su postura final con ese gesto, hasta que paso a mirarla con una sonrisa. — No te arrepientes de algo a lo que le has dedicado tiempo a querer. Charlie y yo estuvimos bastante tiempo sin vernos después de lo del bebé, nos distanciamos lo suficiente como para creer en el momento que todo se había acabado, pero nunca lamenté el tiempo que compartimos juntos, sufrí por ello, muchas veces, pero no lo cambiaría. — Mira cómo nos ha ido desde entonces, tenemos trabajo, un hogar dónde vivir, familia, lo arriesgamos porque creímos que valdrían la pena las posibles caídas a las que nos enfrentábamos de saltar al otro lado. No puedo decir que hacerlo haya sido lo incorrecto. — Si amas a alguien, lo cuidas lo que haga falta para que no exista motivo por el cual lamentarse. — Es lo único que puedo decir.
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Toda mi vida he pensado en el destino como algo caprichoso, que nos da y nos quita, en que todo muta todo el tiempo, no he conocido nada que sea definitivo y por mi falta de fe, tal vez dejé ir cosas que debería haber conservado. Este convencimiento nuevo de que no tengo que renunciar a lo que no quiero perder, me tiene aquí de pie al lado de Phoebe y es extraña esa sensación de a todos nos fue enlazando algo invisible que terminó por reunirnos. Estamos en un lugar en el que nunca hubiera imaginado estar hace un año, si es que mí nunca me gustó el bullicio de las playas en verano y prefería hacer senderismo en las colinas. Pero esta playa helada se siente como el sitio donde debo estar en este momento. —Supongo que se trata de eso, de quedarte con quien se pueda estar en las buenas y en las malas, y que sea también lo bueno en medio de todo lo malo...— digo, pensando en que estoy con ella confesándole mis sueños raros como si fuera una amiga de hace años, hay alguien a mi lado con quien puedo hablar de lo que atraviesa por mi mente caótica y no es solo ella, son varios amigos y mi madre inclusive. Para ser una persona que siempre tuvo la percepción de verse sola, me sorprendo las mañanas en que despierto con alguien a mi lado, la misma cara que he llegado a memorizar, y es un asombro que me hace sonreír y volver a cerrar los ojos sabiendo que seguirá ahí un rato más.

No te diré su edad para que no te ofendas conmigo—, la sonrisa que le muestro es divertida y tengo que correr con mis dedos el mechón de cabello que el viento estampa contra mis labios. —Pero te puedo decir que es una mujer muy bella, no por sus rasgos en sí, sino por su sola presencia—. No sé cómo explicárselo, tendría que experimentarlo por sí misma, o descubrirse como esa mujer un día, alguien que conoce y puede trazar un mapa de todas sus cicatrices, que no son marcas que le afean la piel o el alma, sino que llegan a ser incluso atractivos. Los defectos y las heridas pueden llegar a ser lo nos atrae irreversiblemente hacia alguien. Dirijo hacia ella una mirada cálida cuando dice que es la gente que la rodea lo que le recuerda que está viva. —Y estas aquí hoy— hago eco de sus palabras. —Más fuerte, más valiente que ayer. Ya no eres esa niña, Phoebe— susurro, con cuidado de que lo dicho no caiga sobre sus heridas abiertas como sal, no es esa mi intención, más bien todo lo contrario. —Sino una mujer que de todo lo que pasó y todo lo que dolió, se arriesga para poder contar una historia diferente a la que predecían las desgracias— sonrío. —Y te admiro mucho por eso—. Me abrazo al bulto debajo de mi ropa para resistir al frío, como si también quisiera protegerlo del azote del viento y tengo mi minuto de meditación antes de seguir. —No sé dónde estaremos dentro de cuarenta años, no sé si estaremos contando cuentos con moralejas sobre por qué hay que ser buenos y al final todo sale bien. Porque no creo en ser buenos, ni en los finales felices. Lo único que quiero dentro de veinte o cuarenta años,— suspiro hondo y largo, —es servirme a tope un vaso de un licor bien fuerte y gritar a viva voz que valió la pena, que todo valió jodidamente la pena.

Y creo en eso que dice Phoebe, porque creo en muy pocas cosas a causa de mi escepticismo, pero en las que me afirmo lo hago con tal convencimiento que puedo cegarme. Quiero creer que nunca te arrepientes de aquellas cosas a las que dedicaste tiempo de querer, sean los proyectos por los que viví estos años y los que postergué para poder retomarlos ahora si se me da la oportunidad, así como a las personas, en especial a las que me tomo el tiempo de querer, no creo que pueda arrepentirme si me aferro a las memorias de todo lo que fue y es bueno. Escucho la parte de su historia con Charles que elige compartir conmigo, con la comprensión que dedico a esas parejas que logran convencerme de que tal vez eso que creía que no era para mí, sucede a otras personas y ese sentimiento les atraviesa toda la vida. —Ahora entiendo porque decidiste venirte a vivir aquí con él y dar por el culo al mundo— pienso en voz alta, recriminándome por un pensamiento que repite las mismas palabras de Hans, y es que a veces la gente es precipitada en sus arrebatos que excusan con amor. —He llegado a pensar que las segundas oportunidades son un milagro,— digo, dentro de lo que es mi extraña religión por culpa de una ascendencia que mezcla un dios que tenía un gato negro, ángeles, infiernos, otros dioses que reencarnan en muchas vidas y el karma. —No son tan comunes como la gente cree, como todos los milagros se dan en el momento preciso en que se pierde la fe y lo damos todo como un final irrevocable. Lo que quiero decir es que… perder algo y luego, tal vez no recuperarlo así tal cual, tal vez ni siquiera lo mismo, tal vez apenas algo pequeño que podría llegar a ser… algo, una segunda oportunidad que está ahí para atraparla con las manos— explico, tan confusa como puedo llegar a ser y por eso sonrío aún más, con los relámpagos de la tormenta reflejándose en el mar que no dejo de observar. —Y cuidarla, supongo.
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Phoebe M. Powell
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Me he pasado toda la vida intentando averiguar quién es esa persona que se quedará conmigo en las malas cuando las cosas buenas no son tan llamativas, porque para estar con alguien como yo he de decir que las primeras suelen acudir más a vida. Con el tiempo he llegado a aprender que esa clase de persona puede ser cualquiera, no necesariamente la que lleve más tiempo con nosotros. Dejo a un lado esa reflexión para otro momento, cuando su insinuación me hace mirarla de soslayo, con una sonrisa que pretende imitar la suya. — Oh, genial, con eso ya me has dicho que te recuerdo a una anciana bastante fea si tienes que recurrir a la típica excusa de que la belleza se encuentra en el interior. — Es obvio que estoy bromeando, pero me permito el ponerle cara de estar juzgándola durante los segundos que le cuesta a la risa salir de mi garganta, meneando la cabeza cuando se me queda ese resto de gracia en la cara. La expresión de mi rostro pasa a ser un poco más seria, no lo suficiente como para que la sonrisa desaparezca del todo de mis labios, pero sí como para dejar que los mismos se transformen en una curvatura nostálgica. — No sé si más valiente, tengo más miedos hoy de los que pude tener cuando tenía veinte años, si voy a serte sincera. Entonces no tenía temor a nada porque sabía que dependía únicamente de mí, y de mi capacidad de supervivencia, no había nadie a quien pudiera hacerle daño con mis decisiones. — Sé que ya hemos hablado de este tema en particular, pero creo que lo estoy enfocando de una manera algo distinta a la última vez, mostrándole los pensamientos de una joven muy diferente a la que está viendo ahora con sus ojos. — Pero sí creo ser más fuerte, o al menos… estoy intentando serlo, por mí y por todos los demás. — Al final, siempre se ha tratado de proteger lo que tengo, porque sé lo fácil que es que algo se te arrebate de las manos, sé lo que es no tener nada y nadie con quien compartir lo más básico y mínimo de la existencia, por eso no seré yo la que los ponga en peligro, valoro lo que tengo mucho más que cualquier otra persona que lo ha tenido todo toda su vida.

¿Por qué esperar veinte o cuarenta años? Podríamos mismamente ahora ir a emborracharnos al primer bar de la esquina, que yo estoy dispuesta a gritar que vale la pena, como lo haré de aquí a dentro de unos años. — Me río de mi misma, por la sugerencia y porque no sé si debería estar haciéndosela a una mujer que está embarazada, pero creo que va a pillarme el punto y no tomárselo como algo literal. — Quién sabe dónde estaremos cuando haya pasado tanto tiempo, lo que sí sabemos es que lo que escogemos ahora, lo hacemos porque queremos, aún sabiendo que no siempre tenemos las de ganar, que cualquier cosa puede hacernos descarrilar del camino que al principio parecía tan simple, como un efecto dominó que escala a algo más grande. Lo que merece la pena lo vale ahora, en treinta años, o incluso cuando ya no estemos aquí para gritarlo. — Le sonrío, es la sonrisa más profunda que le muestro en todo lo que llevamos de charla, casi como una muestra de lo segura que me siento en lo que digo, a sabiendas de que no soy la persona que más confianza se tiene en sí misma, pero para esto creo acertar en no equivocarme, o al menos, es lo que me queda esperar.

Me río con ganas cuando hace esa suposición, que no está muy lejos de ser la realidad porque sí que es verdad que Charles y yo decidimos tomar un salto a la locura, uno que solo tenía por seguro que queríamos estar juntos, juntos y fuera de cualquier explosión que pudiera acarrear vivir en el norte. — ¿Verdad? El distrito cuatro parece la opción más acertada cuando se trata de mandar a joder al resto. — Si recuerdo haber venido a este lugar debe de estar bien profundo en mi memoria, porque no creo haberlo visitado junto a mis padres y mi hermano, pero quizás sí lo hicimos en una de esas excursiones que hacíamos a veces cuando nuestro padre tenía algún que otro día libre. Eran excepciones, algo que hacíamos muy poco porque él tenía que trabajar la mayor parte del tiempo, aunque sí recuerdo el hacerlas divertidas, antes de que todo se fuera a la mierda. — Creo en las segundas oportunidades, no que se la demos a alguien, sino más bien a nosotros mismos. Creo que debemos darnos espacio a conocernos, a aprender de los errores y sanar. Y una vez lo hayamos hecho, quién sabe lo que pueda ocurrir a continuación. — ¿Le daría una segunda oportunidad a mi padre? Creo que la respuesta a esa pregunta se mantendrá en incógnita por el tiempo en que viva, porque como dije, pienso que es algo que más bien nos damos a nosotros, no al resto, y no estoy muy segura de querer sacar del cajón de los recuerdos esa experiencia, ni siquiera para sanarme a mí misma. También es cierto que hay muchas cosas que no merecen perdón, como las que hizo.
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¡Qué no, Phoebe! ¡Es hermosa en serio! ¡Tiene unos ojos verdes intensos! Y todo su cabello le cae en ondas sobre los hombros— gesticulo con las manos para mostrarle lo que se supone que es la caída de la cabellera de la mujer sobre su pecho, que el mío es corto poco más bajo que la mandíbula y hay que usar la imaginación. —Tiene un porte de reina, se para erguida donde sea que esté y lo mira todo con esa intensidad suya, que te atraviesa la piel— la describo, con la evocación nítida de su rostro, que es arrogante muchas veces, como todas las personas que han aprendido a no dejarse intimidar. Me uno a la risa de la mujer que sí me acompaña, es más real que ese recuerdo de hace años de alguien que no sé si volveré a cruzarme alguna vez, y con la que puedo empatizar en miedos, que casi vuelvo a tomarle de la mano, no me quedará claro al final de esta conversación quién da aliento a quién, si reconocernos débiles y declararnos fuertes es más que nada una necesidad de ponerlo en voz alta.

No estás sola en eso tampoco, en querer ser más fuerte— digo, —y no lo digo sólo por mí. Hans también quiere serlo porque se encontró de pronto con una familia que es más grande que él mismo, la única persona de la que se encargó estos años. No conozco a Charles, pero supongo que él también si ha venido hasta aquí contigo. Y Meerah… perdió a su madre—. No me decidido entre sí es peor la muerte de un padre como lo pasé yo o tener que escuchar la despedida de labios de una madre que sabes que está ahí, en algún lugar. —Así que supongo que podemos intentar ser fuertes entre todos y que al menos Meerah que es la más joven, pueda verlo. Deseo… deseo muchas cosas buenas para Meerah en su vida, ¿sabes?— le cuento, aunque no creo que sea ningún secreto mi particular afinidad por ella, como si me encontrara en un constante estado de maravilla por lo que dice y hace. —Deseo poder verla convertirse en una mujer grandiosa y codear al que esté al lado para decirle: «yo la conozco»— me sonrío de mi misma y mis pensamientos, que no son los únicos que pecan de delirantes.    

¡Es que no puedo beber embarazada, Phoebe!— suelto un quejido agudo que se acompaña de una carcajada, —Lo más fuerte que se me permite es una limonada— bromeo. —Pero, ¿sirve lo mismo, no? Tú te agarras una botella de tequila y yo los limones, hacemos brindis por este año, los que pasaron y los que vendrán. ¡Lo haremos aquí! En esta misma playa, ¡en este barandal!— decido, delineando con mi dedo la curva de metal que bordea el asfalto. Y me conmueve tanto lo que dice, que me dejo mis planes de tonterías para devolverle esa sonrisa que me anima a abrazar el presente, que deja resonando para mí la palabra «ahora» como la única profecía que cuenta, la que me da y hace que la mire como alguien más allá de todo lo que sé de ella, quién es, qué hace, cuál es su don y de quién es familia. Como si fuera una extraña con quien me crucé en esta ruta y tenía para mí un par de palabras, que como yo no encuentro todavía como explicarme, hay un par que andan sueltas para mí y alguien me las trae. —Ese es un bonito pensamiento para ser lo suficientemente fuerte como para enfrentar cualquier tormenta— murmuro, creo que me he quedado tan impresionada que no sé qué más decir y toqueteo mis labios con mis dedos, pero no, no hay nada más allí por ser dicho.

El cuatro es el mejor lugar, tengo que admitirlo. No hay mejor lugar que una hamaca en la playa y tener un coctel en la mano para decirle al mundo que puede irse a la mierda si quiere— digo a chiste, revisando como el mar se agita con el ventarrón que cae, que lo único que espero es que al mundo no se le dé por un tsunami entre todas las desgracias, porque eso sería el colmo de la mala suerte y un gran «¡¿Qué mierda te ocurre, universo?!». Por ahora, ahora, hasta disfruto del viento que choca contra mi rostro, de lo diferente que huele el mar, de lo impresionante que se ven los relámpagos en el reflejo. Porque lo que puedo percibir en el aire es la sensación de algo nuevo que viene, que nos hará tambalearnos en nosotros mismos, no tengo idea de quiénes seremos después de eso, atrás quedará quienes fuimos, así que solo queda avanzar y echo hacia atrás mi cabello para despejar mi vista. Conocernos, aprender de nuestros errores y sanar, ¿por qué siento esa necesidad de mirar por encima de mi hombro, hacia atrás, hacía más allá de mi misma? —¿Lo lograremos?— pienso en voz alta, —¿Sanar?— me parece lo más difícil de las tres misiones, apenas si estoy logrando aprender de mis errores, pero sanar supone poder aspirar a algo bueno después de todo, a ser capaz de construirlo. —Creo que podemos prescindir del tequila y los limones, no hacen falta. Creo que no los necesito para decir que todo esto vale la jodida pena— presiono mi mano sobre esa curva bajo mi abrigo y no sé en qué momento se resbaló una lágrima que lo único que alcanzo a sentir es su huella húmeda antes de caer y perderse.
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Phoebe M. Powell
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Hago bien en reírme después de examinarla con una ceja alzada en lo que parece que estoy analizando cuanta verdad hay detrás de sus palabras, que me parece que se está sacando esa descripción de la manga y encima va a salirle bien porque a fin de cuentas parece una mujer bastante interesante. Creo que es por eso que no sigo con la broma, aunque puedo encontrarme sacudiendo la cabeza lentamente de un lado a otro en lo que la risa termina de apagarse. Puedo percibir en su tono de voz un cambio que me indica que nos movemos hacia un tema más delicado, ese que me vuelve la mirada hacia el mar revuelto. El olor salado que atraen las olas me obliga a remover la nariz, a pesar de que es también la misma brisa fría junto con lo que dice Lara lo que me mantiene tiesa en el sitio. — Creo que jamás comprenderé lo que puede llevar a un padre o a una madre a abandonar a su hijo, por elección propia. — Confieso un poco estremecida, no muy segura de si hago bien en llevarlo al mismo terreno, pero se me hace imposible no ver las similitudes en nuestras experiencias. Después de todo, creo que sé de lo que hablo cuando se trata de padres que no velan por el bien de sus hijos. — Puede que Hans no haya estado desde el principio, pero sé que no me equivoco cuando digo que jamás la dejaría como hizo su madre. — Puede que no conozca a la mujer que dio a luz a Meerah, ni las circunstancias en que se vio obligada a marcharse de forma concreta, pero… ¿podría perdonarse a sí misma en caso de querer volver a retomar el contacto? Yo sé que no podría. — Lo hará, siempre la he considerado más madura para su edad, no sé si por lo que ocurrió o porque simplemente está en su genética, pero todo apunta a que se convertirá en una mujer admirable, ¿no crees? — La miro en busca de reafirmación, siendo que ella la conoce mucho mejor que yo por los años que llevan de conocerse. Puede que yo sea su tía, pero no la conozco como puede hacerlo Lara, o cualquier otra persona con la que haya crecido, y sin embargo, sé que puedo tomar el atrevimiento de pensar que es una chica con un futuro muy brillante por delante.

¡Ya, ya sé! ¡Pero era una metáfora! O algo así, no tienes que tomártelo todo al pie de la letra. — Bromeo, contagiándome de su risa, que siempre se me dieron mal los recursos literarios en la escuela, aunque metáfora o no, ella la toma con una ilusión que me parecería un poquito egoísta por mi parte el decirle ahora que no, después de haber sido yo la de la idea. — ¿Tenemos un trato, entonces? — Es una sonrisa traviesa lo que forman mis labios, como si estuviera retándola a negarme esa noche de borrachera pese a saber muy bien que Lara no es una persona que me vaya a rechazar esa oferta. — Siento que vayas a tener que aguantarme ebria, igual deberíamos decirle a Rose para no sentirme tan sola cuando empiece a hacer tonterías a causa de mis dos neuronas ahogadas en alcohol. — Aunque no sé hasta qué punto le hará emoción a Lara tener que aguantar a dos mujeres adultas comportándose como adolescentes. Es una terrible idea si se piensa, pero qué no lo es. — ¡Y nada de hombres! — Si es que no me puedo esperar para casarme y por otro lado soy la primera en hacerlos desaparecer del mapa. Su profunda reflexión provoca que mis ojos busquen su figura en la luz que poco a poco empieza a caer, parándome a pensar en lo mucho que hay detrás de ello. — Supongo que sí. — No soy la más positiva estos días, pero tengo que admitir que esta tarde me ha servido para pintar la vida de un color más vivo del que solía escoger, y eso me gusta.

Sigo su mirada que se la lleva el agua oscura nuevamente, soltando un largo suspiro ante su duda sin apenas poder contenerlo. Me toma unos minutos en los que solo me dedico a observar hacia el frente, escuchar el rugido de las olas al quebrar en la orilla, respirar el aire fresco que me congela las vías nasales, todo con el único fin de convencerme de que esto es todo lo que necesito. Un lugar al que pertenecer, donde las miserias no lo sean tanto si nos rodeamos de aquellos que nos quieren, porque sí pienso que hay cosas por las que merece la pena seguir viviendo, y esta, tan simple como estar mirando el paisaje, es una de ellas. — Quiero creer que sí. — Respondo, sonriendo apenas termino la frase para girar el cuello en su dirección con la intención de que ella haga lo mismo. Claro que soy consciente de la lágrima que recorre su mejilla y mi brazo rodea sus hombros de lado al tiempo que una nueva risa brota de mis labios por su conclusión final, con la que coincido profundamente. — Creo que estamos hasta arriba de pensamientos positivos para lo que queda de año, y para entonces ya habremos conseguido el tequila así que lo que venga después, también podemos mirarlo de arcoíris. — Puede que suene graciosa cuando lo digo, dándole un apretón cariñoso a sus hombros antes de separarme para dejarla con algo más de espacio personal, pero quiero pensar que podemos seguir adelante, aunque sea haciéndole caso a los pensamientos de una niña de seis años cuya vida no podía estar más pintada de colores, para luego terminar en la más intensa negrura. Creo que de eso también podemos escapar.
Phoebe M. Powell
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Invitado
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Pienso detenidamente si yo podría tratar de comprender el por qué una persona toma una decisión como esa, y puesto que son muchas las cosas que le confío esta tarde, creo que puedo llegar un poco más lejos aunque nos coloque en posturas distintas. —Yo lo intentaría, querría saber qué le llevó a hacer tal cosa— murmuro, es la razón por la que me he metido en un par de problemas si vamos al caso, ese intento de empatía que suelo tener. —Trato de no juzgar a las personas, no creo ser alguien con autoridad para decir qué está bien o qué está mal, por los propios errores con los que cargo y que no son banales…—, que si estoy teniendo la oportunidad de tener esta conversación con ella es porque su hermano en una ocasión encubrió un crimen que habría valido que me repudien como el menor de los castigos posibles. —Si te dijera que creo que cualquiera sería capaz de hacer algo imperdonable y encontrar una razón que lo justifique,— digo, es un pensamiento que tuve presente en todo momento, lo que me hace imposible marcar quienes son buenos y malos, en un mundo donde el bando que fuera se mancha de sangre las manos y nadie es inocente. —Y que repetimos errores que reprobamos con tanta facilidad. No obstante, son nuestras elecciones las que nos definen otra vez— continuo, deslizando la palma de mi mano hasta mi bajo vientre. —Sé que nunca podría abandonar a este bebé después de ver a Meerah tras perder a Audrey—, aunque quizá… quizá lo hubiese hecho, con todas mis inseguridades antiguas, de la misma manera en que habría tomado la decisión rápida de interrumpirlo todo si no fuera porque eso hubiera implicado sacudir viejos remordimientos para Hans. Mi mirada de soslayo se posa en ella, dejamos implícito lo que ella también sufrió por el abandono de su padre y que me oprime un poco más el pecho. —Si los errores y eso que nos hace sufrir nos lleva a tomar decisiones para hacer las cosas bien y no actuar como cobardes, creo que le hemos dado un propósito mejor a lo que no hacía otra cosa que importunarnos la conciencia.

No me creo una persona optimista, más bien todo lo contrario, pienso en todo lo negativo y hago una lista detallada de ello. Y muchas veces pensé que como todo se iría a la mierda más tarde o más temprano, ¿qué sentido tenía manejar con prudencia? Creo que me ha cambiado un poco la percepción de todo ello que haya personas por las que empecé a preocuparme más allá de mi egoísmo rabioso, que demostraron preocupación por mí y que cargue ahora con alguien que activa todas mis alarmas y me obliga a andar serena, evitando los desfiladeros, porque es mi responsabilidad que esté bien. Pero todo ese mal del mundo que lo tomaba como natural, como lo único posible tal como la oscuridad al acabar cada día, va haciendo espacio a un pensamiento diferente. De que no todas las carreras están perdidas, que no hay peñascos al final de todas las rutas. Puedo pensar en Meerah como una persona grandiosa, una mujer admirable, dentro de unos años. ¿Por qué no puedo pensar que si seguimos esa ruta entre truenos y traspasamos más allá del horizonte, también podría haber algo grandioso para cada uno de nosotros? Y que dure un segundo, dos días, no importa, que valga para toda la vida. —Tenemos un trato— firmo con Phoebe este acuerdo metafórico de hacernos con tequilas y limones para imponernos a la suerte y las perras de sus desgracias ocasionales. ¿O no es metafórico? —Por supuesto que se lo tenemos que decir a Rose, sino la tendremos en la ventana proclamando nuestra traición—. ¡Y luego no me prestará de sus libros! No, no quiero a la auror ofendida, necesito de su sabiduría. —Podemos dejar a Rory con su padre, pero no sé si este muffin es niño o niña. ¿Puede ir lo mismo a presenciar la borrachera de sus tías?— le consulto, la sonrisa está en mi rostro, pero lo digo con una intención seria de saber si el bebé está invitado o si podremos admitir a un polizón por una única vez. ¡Quién sabe! Tal vez mis sueños solo sean sueños, con los años me olvidaré de ese niño rubio y será otro el rostro que empiece a ocupar todas mis preocupaciones y desvelos.

Me limpio esa lágrima tonta que cae por mi cara y agradezco el medio abrazo de Phoebe con una sonrisa que marca mis mejillas, para la fama de tragedia que tienen las adivinas, ella se rebela con algunos gestos que hablan de un espíritu que no ha perdido su dulzura a pesar de las desgracias. —Si alguien nos ha escuchado la última media hora, estoy segura de que pensara que estamos hasta arriba de alcohol— digo por mi parte, riéndome de eso y recuperando mi espacio como para frotarme los brazos, alejar el frío y tomar una última inspiración de aire por la boca, llenando todo mi pecho de este aire que es diferente a cualquier lugar en el que he estado antes, que me hace encarar el cielo que refucila y pensar en que tan intensa es la luz por arriba de esas nubes grises. —Los vamos a necesitar, Phoebe— le susurro. —Vamos a necesitar de todos estos pensamientos más adelante, para sentirnos fuertes, para ser capaces de conjurar un patronus y… volar hacia la tormenta, con la confianza de que vamos a poder atravesarla.
Anonymous
Phoebe M. Powell
Director del Servicio Social
Trato, de un modo muy profundo, de ponerme dentro de su punto de vista, pero he vivido suficientes cosas en mi vida como para saber que hay cosas que no son perdonables y que, por ende, no deberían ser disculpadas por mucha redención que haya querido mostrar esa persona. Puede que suene a un pensamiento demasiado radical, pero sé lo que es que tu vida dependa de un hilo como para que me den lástima personas como mi padre. — ¿Qué razón puede haber para abandonar a tu hija en mitad de la nada? ¿o en medio de un atentado terrorista? — No, yo no lo comparto, no siento que esos sean errores que uno pueda cometer con tanta facilidad, requiere de una mente muy fría el hacer algo así, especialmente cuando se trata de tu propio hijo. — Nuestras elecciones nos definen, pero hay que ser lo suficientemente responsable como para cargar con nuestros errores durante toda la vida. — Sueno algo más firme que hace unos segundos, e incluso diría que se me ensombrece un poco la mirada, suerte que estoy mirando hacia el mar y Lara apenas puede percibirlo salvo por el tono de mi voz. De alguna forma, entiendo lo que dice al final, pero también me encuentro dubitativa al pensar que me siento un poco cobarde por lo que ella afirma. Porque no me avergüenzo de quién me he convertido, por esos mismos errores de otros que esta vez he tenido que cargar yo sobre los hombros, pero también es cierto que si me dieran la oportunidad de cambiarlo todo, de volver al pasado y reescribir mi historia, creo que lo haría, tomaría esa segunda oportunidad, por mí. Le ahorraría a esa niña todo el sufrimiento y las ganas de querer hundirse en una zanja, de congelarse noche tras noche y alimentarse a base de restos en la calle, una en la que tampoco era querida. No lo digo, prefiero guardarme esos pensamientos para mí misma, porque puede que ahora sea más fuerte que antes, pero no tendría por qué serlo.

Me obligo a sonreír, una sonrisa algo forzada, aunque me vale para no cargarme con la ilusión de Lara sobre incluir a su bebé en la noche de borrachera. — Claro que puede, así cuando nazca podremos decirle que acudió a una fiesta no apta para menores incluso antes de cumplir la mayoría de edad. — Bromeo, que no creo que sea un detalle muy importante, pero no vamos a excluir a la madre de la misma celebración solo por tener una barriga del tamaño de una bola de baloncesto. Esta vez sí me río con algo más de ganas cuando coincide con mi comentario, de manera que le sacudo un poco el brazo en ese medio abrazo que le doy antes de separarme. Miro al frente cuando sigue hablando, pensando en ese patronus que nunca llegué a conjurar en el colegio hasta bien tarde en los cursos, no porque no tuviera ningún recuerdo feliz, sino precisamente porque los tenía, pero no sentía que fueran míos. Ahora sé que los tengo, que son de mi propiedad y por esa misma razón debo cuidarlos, como trato de cuidar de los míos aunque no siempre me salga bien. Me quedaría meditando lo mucho que he cambiado en el transcurso de los últimos meses, que presencias como las de Lara siempre son bienvenidas cuando necesito verme a mí misma desde una perspectiva nueva y refrescante, pero el rugido de los relámpagos me impide esa idea absurda, además del frío que me cala los huesos y me obliga a sacudir los hombros, girándome hacia mi acompañante. — ¿Quién necesita de un psicomago cuando tengo una vecina que da tan buenos consejos? Anda, vamos, que nos va a llover encima y no quiero ser la culpable de que choquemos contra algo de vuelta a casa. — Arrugo un poco la nariz de pensar en volver a subirme al coche, más pronto se me escapa una risilla entre dientes. Al menos, mientras pueda, me reiré de cosas tan banales como esta.
Phoebe M. Powell
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