The Mighty Fall
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Tras años de represión y batallas libradas, hoy son los magos los que caminan en las calles más pulcras del Capitolio. Bajo un régimen que condena a los muggles y a los traidores a la persecución, una nueva era se agita a la vuelta de la esquina. La igualdad es un mito, los gritos de justicia se ven asfixiados. Existen aquellos que quieren dar vuelta el tablero, otros que buscan sembrar la paz entre razas y magos dispuestos a lo que sea para conservar el poder que por mucho tiempo se les ha negado. La guerra ha llegado a cada uno de los distritos. ¿Qué ficha moverás?
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2 participantes
Mirielle A. Beaumont
Fugitivo
Hace 11 años



Resulta casi cómica la manera tan automática que tengo de robar en ciertos comercios de la zona. No es que me sienta orgullosa de ello, ni mucho menos, pero mi prioridad soy yo misma y mi supervivencia y por una manzana menos nadie se va a arruinar, ¿no? Aún recuerdo la primera vez con todo lujo de detalles. Llevaba días alimentándome a base de los escasos frutos que iba encontrando a las afueras del distrito, en los bosques de las colinas, y sabía que si mis labios volvían a rozar una sola baya o fruto seco no podría ni llegar a ingerirlo sin escupirlo. Decidí aproximarme un poco más a la civilización, y tal fue mi suerte, aún no sé si buena o mala, que di a parar en la calle comercial del once. Ni siquiera sabía que tenía una como tal, y las que había visto en otros distritos desde luego que no se le parecían lo más mínimo. Así fue como pasé a cambiar mi definición gráfica de calle comercial cambió de un colorido y vivaracho lugar a un callejón repleto de mantas con frutas de aspecto no demasiado apetecible.

Sin embargo, supongo que cuando tienes hambre no te importa lo más mínimo el aspecto que tenga tu comida. No me hicieron falta más de unos minutos allí para percatarme de que no era la única que se estaba planteando la delincuencia leve, e incluso parecía que los comerciantes se habían resignado a hacer la vista gorda ante estos pequeños hurtos. Pasé unas horas observando quién de los oferentes parecía más distraído o la forma en la que otros ladrones se llevaban su curioso botín. Llegué a la conclusión de que lo más habitual eran los movimientos rápidos y mantener la calma, actuar normal. Y lo intenté, con todas mis fuerzas de hecho, pero con el simple roce de aquella manzana sentí todas las miradas acusadoras sobre mí, y tuve la necesidad de alzar mi mano y reconocer mi torpe intento, pagando la manzana antes de que siquiera me lo pidieran con las pocas monedas que había logrado reunir en meses.

Ahora, mientras deslizo mi mano hábilmente sobre un puesto de naranjas, no puedo evitar reír internamente. La experiencia tras años haciendo esto me avisa de una presencia extraña a unos metros de mí, unos ojos posados sobre mi nuca que no necesito ver para saber que están ahí. Con otro rápido movimiento de muñeca ruedo un par de esas naranjas hacia dentro de mi manga ancha, escondiéndolas de la vista de mi extraño espectador en milésimas de segundo. Pero cuando me doy la vuelta y la veo, sé que no he sido lo suficientemente rápida. Su mirada se dirige directamente a mi manga, y soy consciente de que esa mujer sabe lo que acabo de hacer. Nunca la he visto por el distrito, y sé que me acordaría si así fuera, con lo que me encajo mi capucha mientras le doy la espalda y corro hacia el final del callejón, tan concentrada en despistarla que ni siquiera me percato de que me meto por bocacalles que jamás he pisado, hasta que doy con una que no tiene final. Maldigo entre dientes y me doy la vuelta, viendo su figura recortada por la tenue luz. - ¿Qué viene ahora? ¿Me cortan la mano por querer comer? - Y aunque me encantaría poder decir que es una broma, he visto cómo castigan a los ladrones algunos de por aquí.
Mirielle A. Beaumont
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Phoebe M. Powell
Director del Servicio Social
Supongo que tiene una ventaja no ser nadie cuando deambulas por las calles principales del once sin que un alma depare en ti. No es que tenga mucho que mirar, de todas formas, las últimas semanas han sido bastante poco generosas en cuanto a comida se refiere, lo que ha complicado un poco mi tarea de llevarme algo a la boca en los últimos días. Por lo general no trato de robar, sino de tomar prestado, que a la gente le gusta mucho poner etiquetas de ladrón a la primera de cambio cuando en realidad siempre lo devuelvo. Bueno, igual llevarme algo al mismo tiempo sin que se den cuenta no es la mejor definición de trueque, desde luego, pero hay que sobrevivir de alguna manera y dado que a nadie le interesa una recién salida de la escuela sin futuro y a la que prácticamente han echado a patadas del único sitio donde tenía una cama, pues es lo que hay.

La varita ayuda, por supuesto, es de segunda mano, por no decir que de terceras o de cuartas, por el aspecto que tiene y porque a veces le da por no funcionar, pero se ha convertido en mi mayor aliada a la hora de pasear de puesto en puesto con la cabeza escondida tras la capucha de mi capa negra. Hace frío a horrores, quizás debería haberme planteado intercambiar algunas manzanas por los guantes que me ofrecieron hace unos días, y aun así opté por no hacerlo porque en el momento tenía más hambre que frío. Tan solo es cuestión de prioridades, y también de acostumbrarse, que mis pies siguen congelados, pero ya casi ni los siento. Moverse ayuda a combatir la helada, afortunadamente, de modo que es lo que me dedico a hacer de un lado a otro, saludando a algún que otro vendedor que me conoce no por quién soy, sino por la fama que tengo en estos lugares. Es una pena que se fije tanto en mis manos para ver lo que hago cuando ni siquiera tengo la intención ese día de robarle nada.

En lugar de eso, me dirijo hacia el único puesto de panes que hay en el distrito, cerca de donde una anciana se pone a vender fruta no muy fresca cada mañana. La gente no está para quejarse así que de todas formas siempre se las apaña para regresar a casa con el estante vacío y los bolsillos llenos de algunas monedas generosas. Le caigo bien, me conoce desde que soy una niña y es bastante amable conmigo, por lo que de vez en cuando le devuelvo el favor ayudándola con sus cosas. Apenas me fijo cómo una chica se acerca hacia su tenderete, demasiado concentrada en el olor que sueltan los panecillos del puesto de al lado como para apartar la nariz de ahí. Hago la de siempre, duplico una moneda falsa que guardo en el bolsillo cuando el vendedor no está mirando y le tiendo el resultado como pago para que me dé cuatro hogazas muy pequeñas de pan. Claro que cuando giro la vista hacia un lado, veo notablemente cómo la joven se mete en la manga unas naranjas sin pagar y se escabulle por un callejón.

Es demasiado torpe como para quedarse atrapada en uno sin salida, cosa que sabría si fuera de por aquí o al menos supiera en dónde se está metiendo. De eso saco dos conclusiones precipitadas: que se le da muy mal robar, y que aparte de eso, también se le da de pena hacerse invisible. — Si pretendes robarle a Agnes, por lo menos hazlo bien, que está un poco sorda, pero tiene la vista de un lince. — Le recrimino, con un toque molesto porque he tenido que ofrecerle uno de mis panes a la anciana para que no fuera directa a avisar a los aurores. Ni siquiera sé por qué lo he hecho, la verdad, no conozco a esta chica y menos me podría importar donde termine si la hubieran cazado. No obstante, me recuerda un poco a mí. — Cualquiera que viviera por aquí, lo sabría. — Insisto, no con mucho interés de saber de dónde procede, pero sí de cual es su historia para acabar en un callejón sin salida, con las manos en la masa.
Phoebe M. Powell
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Mirielle A. Beaumont
Fugitivo
Me molesta en cierto modo la manera en la que se dirige a mí. No porque crea que soy superior a nadie, ni porque no sepa que robar está mal, sino porque no era lo que esperaba. Su reacción me hizo pensar que sería familiar de alguno de los tenderos que aquel mercado, hija tal vez, nieta o sobrina, y que por eso había decidido ir tras de mí en mi intento fallido de fuga. También se me pasó por la cabeza la idea que simplemente se creyera una especie de heroína justiciera, pero a pesar de mi corta edad he vivido lo suficiente como para saber que nadie es tan bueno y que detrás de ese tipo de acciones suelen esconderse intereses propios. Pero no es una reprimenda lo que escucho, de hecho incluso podría decir que parece una conversación de lo más normal. Sé que no la he visto antes porque lo recordaría, pero me resulta familiar. - Lamento informarte de lo poco que me interesan tus lecciones vida - Me aproximo los metros que me separan de ella, que son también los que me separan de la salida. - Y ahora si me disculpas, tengo algo de prisa, así que si vas a delatarme hazlo ya o me perderé la cena - Digo con una sonrisa suficientemente presuntuosa como para fingir que no me importa lo más mínimo si lo hace.

Lo cierto es que siempre me las he arreglado para que ningún representante de la ley me pille nunca, así que veo esa opción tan lejana que ni siquiera la tomo como real a pesar de que en esta situación podría ser inminente. A veces confío demasiado en mi capacidad de improvisación, pero nunca me ha fallado, y sólo espero que no empiece a hacerlo ahora. Mientras se lo piensa saco un cuchillo de mi bota y la naranja de mi manga, cortando un gajo y llevándomelo a la boca. Apenas puedo disimular la satisfacción que me da sentir el dulzor del zumo en mis labios cuando doy el primer bocado. - ¿Te importa? Hace tiempo que no como y no quisiera privarme de ello justo antes de que me arresten - Una vez acabado el primer gafo, tiro la cáscara a una esquina del callejón, observando como media docena de ratas se abalanzan sobre él mientras corto un segundo y se lo tiendo a ella. - ¿Quieres? O la fruta ilegal no es lo tuyo - Alzo una ceja y doy un mordisco al trozo de naranja antes de que pueda responderme.
Mirielle A. Beaumont
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Phoebe M. Powell
Director del Servicio Social
La miro con algo de gracia tras ese comentario, analizando su figura sin mucho disimulo en lo que la recorro con mis ojos. Puedo ser muy discreta con lo que quiero, que normalmente suele ser con todo, pero encuentro en esta situación la oportunidad de deshacerme de esa característica para examinar en profundidad de dónde ha salido esta mujer. Veamos, suelo tener controlada a la gente de este lugar, válgame la experiencia para conocer cada uno de los rostros con los que me cruzo, aunque el sentimiento no sea recíproco. No tengo intención de plantarme en su camino como una molestia, algo que estoy aparentando bastante por el modo que tengo de ponerme en el medio entre ella y la salida, pero vamos, tampoco voy a empezar a ganarme competencia cuando de por sí se está volviendo más complicado que no me miren a mí, como para tener que preocuparme de que otra persona me está robando lo que yo pretendía robar en primer lugar. — ¿Y a dónde es que vas con tanta prisa? — Exijo saber, aunque el tono de mi voz no es tan demandante como para que tenga el efecto que quiero. — ¿Por qué iba a querer delatarte? Tan solo te has llevado unas naranjas, y aquí todo el mundo roba, no puede considerarse un delito cuando la mayor parte de la población vive de eso, ¿no crees? — Aunque si vamos a ponernos exquisitos, también están los que tratan de llevar una vida algo más legal, esos que tienen la opción de vivir fuera de la clandestinidad.

Nos tratamos con indiferencia, casi pensando que no tenemos nada que ver la una con la otra, salvo que también podemos ver, al menos yo, que llevamos una clase de vida que no posee de muchas diferencias. La observo llevarse un gajo de la fruta a la boca, lo que me hace afianzar el papel de periódico que llevo bajo el brazo y que resguarda a los panecillos del frío de invierno. No nos vamos a engañar, no están calientes, probablemente estén duros como piedras y sepan sosos, pero es mucho mejor de lo que he podido conseguir estos días. Es lo que tiene el invierno, es mucho más difícil obtener recursos cuando la mayoría no tiene ánimos ni para salir de sus casas. En otros tiempos hubiera preguntado por qué me ofrece de su comida cuando es evidente que no le sobra, pero llevo demasiado viviendo en la calle como para que la misma experiencia me diga que los ladrones, por mucho que nos quieran tachar de basura, nos ayudamos los unos a los otros. De modo que estiro el brazo para atrapar el trozo que me ofrece y me lo llevo a la boca de un mordisco. Sabe bastante agria, lo cual es bastante entendible teniendo en cuenta de dónde procede, pero sigue siendo de lo mejor a lo que puedo aspirar en el norte.  

¿Vienes? — Le pregunto cuando me giro para seguir por otro callejón en el que no tengamos que escuchar el sonido de las ratas arañar con sus patas. — Suelen llamarme Mae, por cierto. — Le digo al asegurarme de que me sigue, encogiéndome de hombros. No es la primera vez que utilizo mi segundo nombre como presentación, pero de esa forma garantizo que nadie sepa realmente con quién está tratando, como método para seguir siendo invisible. No tenía intenciones de compartir mi pan con nadie, no cuando llevo días sin probar un bocado parecido, no obstante, desenvuelvo el papel mientras caminamos y le tiendo un panecillo. — Ten. A no ser que tengas prisa. — Alzo una ceja, alargando un poco el brazo hacia ella, sin llegar a soltarlo, pero finalmente lo hago para dárselo completo. Si quiere irse nunca la ha tenido más fácil, hay miles de callejones en los que puede esconderse y encima se lleva carbohidratos consigo.
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Mirielle A. Beaumont
Fugitivo
Me satisface ver cómo mi prepotencia impostada no tiene el efecto habitual en ella. No puedo negar que me divierte que otros me vean como yo me muestro superficialmente ante ellos, es como tener dos identidades y elegir en cada momento cuál mostrar al mundo. Nadie sabe ver más allá de la chica arrogante y solitaria que no se deja ayudar, y sus reacciones ante esto suelen ser la hostilidad que busco en ellos. Es una forma fácil de mantenerlos lejos de mí, aunque supongo que poco convencional. Es por esto que cuando no se deja llevar por esa fachada y mantiene su tono neutral e incluso amigable, decido que definitivamente me llama la atención. Me encojo de hombros con su pregunta inicial, no muy segura de qué responderle aún si quisiera decirle la verdad. - Ya sabes, aquí y allá. A ningún sitio en concreto y a todos - Vuelvo a encogerme de hombros al acabar hasta que me doy cuenta de que el gesto resulta algo redundante.

No puedo evitar reírme con sus argumentos acerca del alto índice de criminalidad del distrito. - Nunca lo había pensado así, pero supongo que tienes razón - Eso me hace sentirme por un momento mejor conmigo misma, y me pregunto si es lo que se repite ella día tras día para no sentirse una delincuente. Me siento tentada de darle las gracias cuando confirma que no va a delatarme, pero "gracias" es una de esas palabras que siempre se me atragantan antes de decirlas hasta tal punto que nunca acabo diciéndolas. Supongo que no hace falta, sobretodo cuando le tiendo el gajo de naranja, que en el idioma de alguien en nuestra situación creo que significa bastante más que siete simples letras. - No es la mejor naranja que vas a comer en tu vida, pero... - En mi casa siempre desayunábamos zumo de naranja, y cada vez que una gota de esa fruta roza mis labios no puedo evitar recordar mi hogar, por muy agria y seca que esté. Pero eso no puedo decirlo. - ... siempre es mejor que nada, ¿no? Y no es que en este distrito podamos aspirar a una alimentación de calidad - Ruedo los ojos, recordando el olor a putrefacción en el mercado y las calles que lo rodean.

En cuanto a su proposición de seguirla, respondo recorriendo rápidamente los pasos que me quedan hasta llegar a ella y acomodando mi ritmo al suyo. Extiendo la mano hacia ella cuando me dice su nombre, a pesar de que pueda parecer un gesto excesivamente formal para la situación en la que estamos, dándome unos segundos para pensar el que usaré yo. - Melaine, pero puedes llamarme Mel - Era el nombre de mi compañera de pupitre en el colegio, el primero que se me ha venido a la mente aunque ni siquiera sé por qué. Agarro el trozo de pan que me ofrece obligándome a controlar la urgencia con la que quisiera habérmelo llevado a la boca. - ¿Eres de por aquí, Mae? O solo estás de paso - Intento no sonar muy chismosa cuando le pregunto, manteniendo mi vista intermitentemente entre el rumbo que seguimos y el pedazo de pan que sorprendentemente aún me dura en las manos.
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Phoebe M. Powell
Director del Servicio Social
Alzo una ceja curiosa ante la respuesta que me da, pues cualquiera diría por las palabras que escoge decir que no tiene otra intención que la de dar una contestación ambigua a una pregunta que para gente como nosotras es bastante complicada de responder. Por esa misma razón, sonrío, no una curvatura demasiado exagerada, pero la suficiente como para dejar a entender que sé a qué se refiere. — Nunca te había visto antes por el once, ¿es el ningún sitio en concreto al que te refieres o solo estás de pasada? — Conozco el aspecto nómada de muchas personas aquí, a pesar de que por lo general, la gente acostumbra a quedarse en un lugar preciso para no tener que soportar el ser rechazado más de una vez. — Sé de un sitio dónde nadie molesta si no sabes dónde pasar la noche. — Le ofrezco, encogiéndome de hombros. Llevo demasiado tiempo viviendo exclusivamente de mí misma como para saber que en lugares como este, el trato entre personas como nosotras que no tienen nada y jamás esperan recibir nada a cambio, es lo primero que te salva en la calle. Es como una especie de mutuo acuerdo que nadie llega a poner en palabras, pero que en el momento de necesidad si tú tienes algo y el otro no tiene nada, ayudas porque sabes que al día siguiente puedes ser tú el que esté en posición de pedir un favor.

No, desde luego no ha sido la mejor naranja que he probado en mi vida, pero como ya lo sabía de antemano imito su gesto y me río con algo más de ganas, a sabiendas de que no hay mucho por lo que reírse. — Cualquier cosa que puedas llevarte a la boca y no sepa a neumático es bienvenido. — Coincido, dios me libre de cometer el mismo error que la primera vez que tuve que rebuscar en contenedores de basura a las afueras del distrito. — Bueno, siempre podría ser peor. Como te dije, Agnes, la anciana a la que le robaste esas naranjas, suele ser bastante amable si consigues algo bueno a cambio. — Explico, que como parece no saber muy bien como funcionan las cosas por aquí y en caso de tener intención de pasar más tiempo, no creo que le vengan mal un par de consejos. — Con quién debes tener cuidado es con el hombre que vende quesos y fiambre. Hubo una vez que un muggle intentó robarle y creo que no llegó vivo al mercado. — Cuento con un sabor amargo en la boca, y no precisamente el que me ha dejado la naranja. Aun recuerdo los gritos por los latigazos, que eran más de los que suelen sentenciar a un ladrón por el hecho de ser un humano libre.

Hago un giro a la derecha para meternos por una calle que se va haciendo más estrecha a medida que avanzamos, llevándome un trozo de pan a la boca en lo que una pequeña bombilla recordatoria se enciende en mi cabeza cuando se presenta. — Tenía una compañera de clase en el colegio que se llamaba Melaine, antes del cambio. — Comento como simple tontería y coincidencia, porque está claro que la niña de rizos pelirrojos y pecas no tiene nada que ver con la mujer que tengo a mi lado, pero aun así mastico despacio por la casualidad. Tampoco le doy demasiada importancia porque tengo que atender a su pregunta, girando un poco la cabeza hacia ella mientras muerdo la hogaza con algo más de fuerza por la dureza de la misma. — Sí, bueno, no nací aquí, si es lo que preguntas, pero llevo merodeando por el once los años suficientes como para considerarlo así. No tengo mucha familia y la que sí tengo perdió el interés en mí hace ya mucho tiempo. — Podría ponerme a dar muchos más detalles sobre mi vida privada, sin embargo, no suelo hacerlo ni con aquellas personas que más me conocen, no tengo intención de empezar a hacerlo ahora. — ¿Y tú, Mel? ¿Cuál es tu historia? — la miro con curiosidad. Todos tenemos una, en su mayoría no muy agradable, en especial si es que hemos acabado aquí.
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Mirielle A. Beaumont
Fugitivo
Sus preguntas hacen que me incomode, a pesar de que sé que es pura curiosidad y que responder de forma sincera no tendría por qué hacerme ningún tipo de daño. Dar datos sobre mí es algo que siempre me ha costado, no sólo ahora que soy una fugitiva de la justicia, pues siempre he sido una persona tremendamente introvertida. No puedo dejar de pensar que cuanta más información le das a alguien sobre ti, más posibilidades le brindas de que pueda llegar a dañarte. - No soy de por aquí, si es lo que preguntas - Respondo, no muy segura de qué diré si me pregunta de dónde soy. - Pero tampoco sé si me quedaré o estoy más bien de paso. Simplemente voy improvisando - Sonrío al ser consciente de que es probablemente la primera verdad pura que digo en toda la conversación.

No disfruto mintiendo, de hecho me siento culpable cuando lo hago y más si a quién miento son personas como parece ser ella, que no tienen pinta de querer hacerme ningún daño, pero lo he convertido en una costumbre, en un mecanismo de defensa del que no puedo desprenderme tan fácilmente como me gustaría. - Supongo que es lo que hacemos todos - Los posos con los que me he cruzado en mi misma situación llevan el mismo estilo de vida. Nos quedamos en un sitio pensando que puede llegar a ser nuestro nuevo hogar, que podremos vivir durante años ahí y que conseguiremos una vida relativamente estable, en la rutina de la que tanto huimos cuando la tenemos pero que tan inseguros nos hace sentir cuando no contamos con ella. Pero no, siempre acaba pasando algo que lo estropea todo y que te hace volver a convertirte en un nómada sin hogar ni esperanzas de llegar a tenerlo nunca.

- ¿De dónde eres tú, Mae? - Estoy por jurar que sus respuestas serán igual de sinceras que las mías, pero de alguna forma algo tan banal como fingir tener un contacto normal y una conversación cotidiana con alguien me hace sentir normal por unos minutos, aunque sea una farsa. - Por esas cosas se nota que llevas tiempo aquí - Apunto entre risas con su información sobre el mercado y cuando me ofrece un sitio para dormir que apuesto a que es mejor que el mío. - A mis lumbares y a mí nos encantaría conocer ese sitio, los callejones no es que sean especialmente acogedores - Mi espalda dolorida de tantas noches durmiendo en un húmedo suelo y duro parece retorcerse solo de pensar en pasar otra noche igual. Una vez más me cuesta verbalizar el agradecimiento que siento.

- ¿No me digas? No es un nombre muy común... - Por un momento me planteo contarle que no es mi nombre de verdad y que yo también lo saqué de una compañera de clase, pero eso sería admitir que miento y no lo haré. Aunque me tenso por unos segundos, el hecho de que es seguro que hubiera más Melaines por el mundo me hace calmarme hasta que me pregunta por mi historia. Vuelvo a tensarme inconscientemente, pensando en una forma de evadir la pregunta sin parecer desagradable. - Bueno... yo - Carraspeo, dándome unos segundos extras para pensar algo con sentido. - No es nada de el otro mundo. Una historia larga y aburrida. Seguro que la tuya y la de esa familia a la que dices no importarle hace mucho es más interesante. Me encantaría escucharla - Pongo mi mejor sonrisa, esperando haberla convencido aunque no lo haya hecho ni conmigo misma.
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Phoebe M. Powell
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Sé perfectamente de lo que habla, porque yo misma tuve mi tiempo de deambular por ahí en busca de nada y todo a la vez, como si de verdad fuera a haber un lugar para mí, cuando todo en mi camino estaba diseñado para que no fuera así. Con el tiempo, me acostumbré a que, a pesar de no tener un rumbo fijo o un sitio al cual regresar, no tengo por qué moverme con un sentido. A fin de cuentas, no hay mucho que lo tenga. — Bueno, hagas lo que hagas, nunca está de mal recordar que tengas cuidado, uno nunca sabe con quién se va a topar en el próximo callejón. — le sonrío ante el consejo, que se transforma en una mueca rápidamente al recordar lo desafortunadas que somos. El norte tiene la fama de llevarse los miembros de la seguridad del país más estrictos, por no decir crueles, al punto de que casi es mejor ni respirar cuando se pasa por su lado, en caso de que puedan utilizarlo como una excusa de que estamos viviendo a su alrededor cuando lo que merecemos es agonizar en una zanja. Sí, eso me lo dijo uno una vez.

Me tardo algo más en tragar el trozo de pan cuando pregunta de dónde soy, sabiéndolo bastante más amargo que la propia naranja hace unos minutos, pero utilizo el pasar la comida por mi garganta como excusa para demorarme un poco más y tratar de elaborar una respuesta. — Nací en el uno. — respondo, sin darle mucha emoción a mi voz, aunque me atrevo a mirarla un segundo solo para sonreír con ironía. — Sí, lo sé, largo camino desde allí. Apuesto a que todavía se puede caer más bajo. — comento con algo de gracia. No se escucha de gente que haya crecido en un distrito rico y termine viviendo de la comida que otros tiran al suelo, los niños que tienen la suerte de nacer en uno de esos distritos en los que no les falta de nada no suelen acabar así. Me sonrío internamente, que se muestra como una sonrisa bastante triste a mi parecer, termino por encoger tan solo un hombro al restarle importancia. — No, no lo son. Las ratas tampoco son la mejor compañía. — añado, he tenido la desgracia de tener que compartir el intento de cama con ellas en más de una ocasión. — No es la gran cosa, pero es mejor que nada. — aspiro a encontrar algo mejor en los próximos meses, o años, en cuanto vea la oportunidad de hacerme con algún lugar que alguien haya abandonado y hacerlo mío. Al final, todos aquí son ocupas y a nadie le pertenece nada en realidad. La capa que yo misma llevo, se la robé a alguien del que ya ni siquiera recuerdo su cara.

No me había parado a pensar en lo común del nombre si no lo hubiera dicho, a lo que pongo mi mejor cara pensativa en lo que trato de imaginarme la procedencia del mismo. — Tienes esa suerte, al menos, de que te recordarán por tu nombre porque nadie lo lleva. — termino por decir, sonriendo algo débil. La verdad es que no sé cuanta suerte es tener un nombre peculiar cuando a uno le gustaría hacerse invisible a ojos de los demás. Creo que por eso utilizo más mi segundo cuando la gente me pregunta, Mae es bastante fácil de olvidar porque no tiene nada especial. La miro con cejas alzadas en curiosidad, una miradita de lado que no sabe muy bien como tomarse el hecho de que esquive mi pregunta. Tampoco le doy mucha importancia, pronto me pasa la bola y yo no tardo en atragantarme con el pan, aunque lo disimulo bastante bien llevándome algo mas a la boca hasta que lo termino y puedo sacudirme las manos de las migajas. —  La mía es corta y simple, no tiene nada de interesante. — advierto, no muy segura de como abordar la pregunta cuando es evidente que no puedo esquivarla con tanta facilidad, no cuando ya me he mostrado abierta a contarla. — Dos hermanos que no saben que son magos descubren que lo son, la madre trata de ocultarlo a su marido por muchos años, pero la niña apenas sabe atarse los cordones para cuando tiene su primera muestra de magia y el padre enloquece. La madre de los niños muere en consecuencia de eso y el hombre abandona a su hija en medio de una carretera a media tarde. Problema resulto, historia acabada. Fin. — narro a forma de cuento de niños. ¿Hay algo más que decir? Podría explayarme un poco en detalles, pero no veo necesario hacerlo cuando esto ni siquiera es algo muy fuera de lo común. Quiero decir, no es que haya escuchado historias como la mía en muchos lugares, pero sí que es cierto que en los bares del norte se escuchan muchas historias sobre como tuvieron que ocultar su magia dentro de sus familias durante la época de los Black.
Phoebe M. Powell
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Mirielle A. Beaumont
Fugitivo
Tal vez sea algo prepotente de mi parte, pero me cuesta aceptar consejos porque esto significa dejarme en una posición inferior a la persona que me los da. Y en estos momentos, durmiendo en callejones y comiendo de lo que encuentro en la basura, siendo el último escalón de una jerarquía basada en habilidades mágicas que no poseo, aún tengo el orgullo suficiente como para perder la cabeza por ello. Pero sé que detrás de esas advertencias hay una buena intención, y aunque me sigue costando creer que siga habiendo gente que de verdad la tenga, Mae no parece el tipo de persona de la que debería huir despavorida, ni sobre la que debería descargar toda mi ira. Es por ello que asiento levemente con la cabeza. - Lo tengo, descuida - A pesar de que la primera impresión que haya tenido de mí ha sido la de verme en una situación comprometida, considero que ha sido fruto de una confianza que he ido ganando con el tiempo y la experiencia y que es muy buena para algunas cosas pero muy mala para estar alerta. Desde luego, si algo he aprendido es que no volverá a ocurrir.

Llegado el momento, no puedo seguir ignorando el sabor agrio de la fruta, y a pesar de no haberme saciado demasiado, le cedo a ella lo que queda porque de todas formas no podría seguir comiéndola y sospecho que en caso de esperar un sólo día más el moho y la podredumbre llevarían las de ganar en esta batalla. - Ten, toda tuya - Y antes de que pueda rechazarla alzo una mano en señal conciliadora. - Por los consejos. La información es poder, y eso hay que pagarlo - Repito una frase que sé que he escuchado en algún sitio, aunque no sé dónde, mientras le guiño un ojo y lanzo al aire lo poco que queda de la naranja. Yo continúo mordisqueando el trozo de hogaza que tengo entre las manos, agarrándolo como si fuese mi tesoro más preciado. De hecho, ahora mismo lo es, y a cada mordisco que doy me angustio pensando que va acabarse. Justo cuando estoy a punto de tragar, escucho sus respuestas.

La verdad, no esperaba que mi intento desesperado por cambiar la dirección de las preguntas iba a funcionar. Pero lo que me esperaba aún menos que eso eran las contestaciones que me está dando. Mae es del distrito uno. Como yo. Me esfuerzo por caer en la cuenta de si conocí a alguien llamada así, pero sé que en ese caso lo hubiera recordado al instante, así que la sorpresa inicial desaparece. El uno es grande y lo más probable es que nunca coincidiéramos o que si llegamos a hacerlo, ni nos dimos cuenta. - ¿No encontraste un mejor lugar de vacaciones? - Digo en tono de broma, sin molestarme siquiera por dejar claro que lo es porque asumo que lo supondrá. En ocasiones mi humor no acaba de entenderse como tal, y más de una vez mis bromas se han tomado como ataques que en absoluto he querido lanzar. Nunca me ha preocupado en exceso, pero no me gustaría que Mae se llevase esa impresión de mí, sobretodo después de haberme ayudado.

Río ante su comentario sobre mi nombre, más que nada porque ni siquiera es el real. Pero eso no puedo decírselo, claro, así que no comento nada al respecto y me limito a poner la atención que merece su historia. Me coloco en posición de receptora, exagerándolo para dejar claro que por muy corta y supuestamente poco interesante que sea su historia, a mí sí que me interesa. - Adelante. Sólo nos falta la hoguera y los malvaviscos para sentirme en un campamento de preadolescentes - No es como que nunca haya estado en uno, pero he visto suficientes películas en las que siempre se hacía esto de contar historias alrededor del fuego. Y a medida que va contando la historia, mi ceño se va frunciendo en un gesto que podría confundirse fácilmente con lo extraño de la historia en sí, pero que va más bien porque si en el uno hubiera pasado algo así, yo lo sabría. Se me ocurren varias opciones. Tres, para ser exacta. La primera es que me esté mintiendo o bien en la historia o bien en su distrito de procedencia, y por eso ni me suena. La segunda es que esa historia no saliese a la luz en caso de ser cierta. Y la tercera... Para corroborarla tengo que hacer algunos cálculos. - Vaya... No es lo que yo calificaría como poco interesante. Lo siento - Trato de pensar en la forma de hacer las preguntas que necesito sin que parezca un interrogatorio. - ¿Cuántos años tenías cuando eso pasó? Debió de ser duro sobrevivir sola - Indago, intentando disfrazar la pregunta
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Phoebe M. Powell
Director del Servicio Social
Le acepto lo que queda de la naranja con una sonrisa peculiar, una que indica lo mucho que aprecio ese gesto porque no nos conocemos de nada, y aun así ha estado dispuesta a compartir su comida conmigo. Por eso yo hago lo mismo, y cuando la veo llevarse el pan a la boca me sonrío con más ganas. Nos llevo al final del callejón estrecho para subir unas escalerillas de piedra llenas de mugre, espantando a un par de ratas que salen despavoridas por nuestra presencia al no poder refugiarse en la oscuridad. Aun es pronto a la tarde, aunque no tardará en anochecer, y para cuando eso llegue, será mejor que no nos encontremos por estos pasadizos. — No, me temo que no, las cloacas ya estaban cogidas. — acompaño a su broma, que me saca la risa más honesta en mucho tiempo. Puede que sea un poco triste reírse de nuestra suerte, pero al menos puedo encontrar en ello una forma diferente de ver las cosas, aunque al final del día siga teniendo el mismo lugar hosco donde dormir y el mismo alimento rancio que llevarme a la boca.

Me encojo de hombros sin importancia, acompañando al gesto con una sacudida al aire de mi mano, porque hace tiempo que los lamentos me sirven de más bien poco, y creo haberlo superado ya, vamos, que no puedo hacer otra cosa que no sea mirar hacia delante, si pude hacerlo con ocho años, con veinte sobrevivir por mi cuenta debe de ser pan comido. No, la verdad es que yo tampoco calificaría mi pasado como poco interesante, pero tampoco quiero dar la imagen de que me importa, no cuando yo no les importé a ellos en primer lugar. — Ocho. — respondo, pero no la miro cuando lo hago, sé bien la mirada que va a poner incluso sin pararme a ver su reacción. — No estuve sola todo el tiempo. Al principio... sí, fueron las peores semanas de mi vida, no lo voy a negar, pero encontré a alguien por el camino que me ayudó, lo suficiente como para aprender a sobrevivir en la calle. — Drew... quién sabe dónde estará al que por entonces consideraba como mi guardián, si llevará una peor vida que la mía como humano o si por el contrario habrá encontrado algún mago o bruja que lo trate como se merece. — Me salvó la vida, ¿sabes? — ahora sí le dedico una mirada, ojos brillando por la intensidad de ese recuerdo, aunque no sé muy bien porqué se lo digo, cuando no muchas personas que se jactan de conocerme lo saben.
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Mirielle A. Beaumont
Fugitivo
De repente, siento lo mucho que me conmueven situaciones como esta, que empiezan siendo un desastre fruto de un malentendido y acaban proporcionando una de las mejores sensaciones que he experimentado nunca: fe en el ser humano. Es algo que en días como estos no abunda, y ver como dos desconocidas comparten la una con la otra lo único -literalmente- que tienen, me produce una sensación de paz interior que no podría describir, pero sin duda me hace sentir muy bien. El pan rancio comienza a saberme mejor sabiendo que es el regalo de alguien que se ha esforzado por conseguirlo y aún así me lo ha cedido, y nuestras sonrisas cruzadas me demuestran que ella piensa lo mismo.

Río cuando me sigue la broma sobre las vacaciones, pues sin duda a veces es mejor tomarse las desgracias con humor, que ya hay demasiadas cosas por las que llorar. Sin embargo, los roedores no parecen estar de acuerdo con esto, pues nuestras risas ahuyentan a todos los que han podido escucharla, pues están tan poco acostumbrados a escuchar carcajadas en este tipo de lugares que deben de pensar que es algo diabólico. Mientras subimos las aparentemente interminables escaleras, se me ocurre que es un buen modo de ahorrar en venenos y disgustos. Jamás había visto ese callejón y menos su angosto final, pero no puedo presumir de conocer del distrito más que un par de sitios para pasar la noche sin que nadie te moleste, a pesar de los años que llevo ya aquí. Siempre he preferido no jugármela mucho, y cuando encontraba un "buen" sitio para dormir no lo dejaba escapar tan fácilmente. Escuchar su trágica y difícil historia me hace recordar la mía, y no tardo en darme cuenta de la cantidad de similitudes que tienen. Ese pensamiento me aleja del realmente importante, y es que cuando me dice el dato que estaba buscando, todo cuadra tan rápido que me cuesta disimularlo. Mi extraordinaria memoria ordena de forma cronológica los acontecimientos y las piezas encajan como en un puzzle.

Mi mejor amiga de la infancia, Phoebe Powell, desapareció sin dejar rastro cuando yo tenía siete años. Recuerdo perfectamente que algunos meses antes de su desaparición me había invitado a su casa por su octavo cumpleaños, pues era algo mayor que yo. También recuerdo haber pensando que había algo muy extraño en aquella casa, y que fue la última vez que la pisé, pues mi amiga se esfumó de la noche a la mañana y nadie sabía darme ninguna explicación. Yo pensé que estaba muerta, y que nadie quería decírmelo porque era demasiado pequeña para asumirlo, aunque lo hice igual. Mae es del distrito uno, y tenía una compañera de clase llamada Melaine. Además, por lo que cuenta, se marchó de allí a los ocho años. Exactamente igual que Phoebe.

Cuando la miro a la cara me siento tan estúpida por no haberme dado cuenta de que esos ojos son aquellos mismos que me miraban suplicantes, pidiéndome una y otra vez que jugásemos con Pelusa a la fiesta del té. Y sé que esos recuerdos siguen ahí no por mi hipermnesia, sino a pesar de ella. Cómo podría olvidarlo. - Así que eres tú - Sonrío con los ojos húmedos, y aunque sé que no está entendiendo nada, no puedo evitar hacer algo que llevo deseando hacer hace años. La abrazo con fuerza aunque brevemente, lo justo como para darle las explicaciones que necesita. - Nací y crecí en el distrito uno, y mi mejor amiga desapareció un día cualquiera sin que nadie supiera por qué. A los ocho años - Espero que con esto ate cabos, pero igualmente voy al grano. - Soy yo, Phoebs. Soy Mirielle - Alzo los brazos como en señal de sorpresa, porque si ya lo ha sido para mí y llevo rumiándolo unos minutos, no me imagino para ella.
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Phoebe M. Powell
Director del Servicio Social
No espero esa reacción en su rostro para cuando termino de hablar, sus ojos me indican que se encuentra a un nivel mayor por encima de lo que suele llevar esta empatía con la que me mira, y que diría que me haría sentir incómoda por haber compartido esta parte de información sobre mi vida a una extraña, si no fuera porque hay algo en su modo de observarme que me deja haciendo lo mismo con su aspecto. No hay un análisis mucho más exhaustivo que pueda hacer más allá del que he hecho cuando nos hemos topado, apenas diferencio otra cosa que una chica que lo ha pasado tan mal como yo tratando de sobrevivir en la calle, esos ojos grandes con las mejillas ahuecadas que sugieren la falta de alimentación en los huesos y el frío de finales de otoño calando los mismos. — ¿Soy yo...? — comienzo a murmurar, ahora sí sintiendo algo de esa incomodidad que antes me he reservado para ella, pues no puedo evitar que mis cejas quieran juntarse al dejar mi frente llena de arrugas por el desconcierto que me produce su elección de palabras.

¿Qué estás...? — lo primero que se me viene a la cabeza cuando sus brazos me rodean en un abrazo es que se está confundiendo de persona, moviendo mis brazos en el aire como fruto de lo inesperado y por no tener idea de lo que hacer con ellos en el tiempo que le toma el volver a separarse. Ni siquiera abro la boca, le permito ser ella la que se explique antes de salir corriendo, porque no es la primera vez que me encuentro con personas desquiciadas, drogadictos o simplemente gente a la que el hambre y la miseria les ha llevado a la locura, más lo que dice me llega a la cabeza como algo más que locura y más como imposibilidad. — ¿Mirielle? — ¿la misma Mirielle con la que jugaba a ponerle voces a mis peluches con apenas cuatro años? ¿la que soportaba mis fiestas del té sólo porque eso servía de excusa para poner a mi hermano de cabeza? ¿con quién me pasaba las tardes riendo por tonterías y comiendo chucherías que robaba de la alacena? — No puede ser. — la miro, de abajo a arriba hasta encontrarme con su rostro, mucho más demacrado, pero no mucho más maduro que el de la última vez que la vi, con apenas ocho años. Y es que observándome a mí misma en los reflejos de los cristales de algunos bares del once, observándola ahora a ella frente a mí, me doy cuenta de que no somos mucho más que esas dos niñas que compartían secretos bajo un fuerte de almohadas.

Esta vez soy yo quien arropa su delgado cuerpo con mis brazos, percatándome de que la diferencia de alturas no es mucha cuando las dos vamos desgarbadas por culpa del frío y nuestros cuerpos son tan minúsculos. Se siente extraño abrazarla, como si mi cuerpo fuera trasladado a una época donde hacerlo no era tan inusual, a un pasado que las dos conocíamos y que difiere mucho del presente que ahora mismo nos mantiene juntas como si ese tiempo apenas hubiera existido. Me separo, aunque mis manos siguen apoyadas sobre sus hombros para poder ofrecerle un estudio desde una perspectiva más cercana. — ¿Qué haces aquí? — no necesito preguntar más, sé que con eso va a entender que me refiero exclusivamente a toda la historia que la ha llevado a terminar aquí.
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