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My favourite faded fantasy | Hans

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Mensaje por Lara Scott el Sáb Ago 10, 2019 5:54 am

Principios de diciembre...

Tiro de la manta para cubrirme los hombros, colocándome de lado en la cama, ahuecando la almohada para forzarme a conciliar el sueño que me esquiva hace largo rato. Por la puerta entreabierta de luz entra una rendija de luz que me molesta, así como el fresco de la madrugada que se desliza por las habitaciones de la casa, en su mayoría vacías y pocos muebles, no sé si es eso lo que hace que se sienta aún más fría. Sé que finales de otoño no es la temporada ideal para venir de visita al distrito cuatro, pero a la tarde el paisaje de la orilla de la playa se veía bonito desde los ventanales, mientras sacaba lo que traje en cajas de mi anterior departamento y me ayudaba con mi varita a acomodar algunas cosas. Tomo el primer fin de semana en el calendario para venir a hacer la prueba de habitar la casa, que mi estadía en la isla ministerial se está haciendo larga, y salvo por Hans y Meerah, no es que me sienta cómoda allí. El subidón de energía de estos días me tiene moviéndome de un lado al otro. No sé si son las hormonas, la emoción de una casa, que las náuseas se han ido, una combinación de todo, también de que el ajetreo en el ministerio me tiene tensa, que estoy subiendo y bajando la escalera todo el día y cuando llega Hans decido que todas las cosas vuelvan a cambiar de lugar.  

En algún momento me recosté en la cama a descansar, con lo último de la luz del día, y no es hasta después de la medianoche que pestañeo al despertarme y me estremece el frío en la habitación, haciendo que esconda mis pies bajo las mantas. Busco la espalda de Hans para resguardarme allí y tomar parte de la calidez de su sola presencia. Al tratar de dormir es que mis pensamientos divagan, que mojo mis labios por el hambre que viene a importunar en estas horas, que no es hambre de cualquier cena, sino el antojo de algo puntual. Siento la punzada de ansiedad que va acompañada de imágenes mentales que atentan a mis sentidos, y creo que dormito un poco porque escucho el murmullo placentero de mi garganta como si acabara de probar un bocado, en una fantasía engañosa que me obliga a sacar los pies de la cama y poner fin a esto.

El suelo está helado como me temo, así que con medias avanzo por el corredor a oscuras y tanteo la pared al tener que bajar la escalera. La cocina está a la izquierda ¿o la derecha? Tropiezo con una caja de cartón y la empujo con mi pie, nada me detiene en mi camino a la heladera y toda mi ilusión decae cuando al abrir la puerta de un tirón, la encuentro llena con lo imprescindible, nada extraordinario. En esta casa no hay elfos para darme berenjenas bañadas en caramelo si así lo quiero, y con toda mi fuerza de voluntad, me recuerdo que no quiero elfos domésticos, me convenzo de que puedo salir de este apuro. Reviso en la alacena hasta dar con un paquete de harina, de la heladera saco algunos huevos, sé que algo se hace con estas cosas. Necesito buscar la receta y no tengo a mano donde hacerlo, menos un manual, que salvo la camiseta que llevo puesta no cargo con nada más, y eso explicaría también por qué tenía frío. ¡Por favor! ¿Qué tan difícil puede ser esto? Es solo una mezcla de nada para hacer una masa que luego tengo que cocinar. Lo han hecho otras personas antes que yo, millones de personas, ¿por qué yo no podría? Soy yo contra un paquete de harina y un par de huevos, ¡oh, vamos! ¡Puedo con esto!

Hans…— susurro, moviendo su hombro con una suavidad que duda entre despertarlo o dejar que siga su sueño. —¿Hans?— repito, con mis rodillas hundidas en el centro del colchón e inclinada a medias sobre él que está durmiendo de lado, su espalda hacia mí. Sacudo su hombro con un poco más de brusquedad. —Hans— mi voz sube a un tono más grave, me estoy impacientando. —¡Hans!— lo llamo de una buena vez, para interrumpir lo que sea que lo tiene durmiendo tan profundamente. ¡Qué si está bosquejando reformas legales en sus sueños, lo voy a…! —Hans, despierta. ¡Es una emergencia!—. Por si no ha quedado claro, lo dejo saber con la evidente urgencia que me tiene sacudiéndolo. Cuando creo que se ha espabilado lo suficiente, que no le doy más que unos segundos para que se recupere y que recuerde donde estamos, por qué no estamos en su mansión en la isla, entonces pregunto: —¿Sabes hacer panqueques?
Lara Scott
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Mensaje por Hans M. Powell el Sáb Ago 10, 2019 7:07 pm

En los últimos días no estoy notando la cantidad de sueño acumulado que cargo sobre los hombros, el suficiente como para tocar el colchón y caer dormido en pocos minutos. La cercanía del invierno no es de ayuda, el calor de las mantas se vuelve una barrera difícil de superar e, incluso cuando la casa es nueva y no reconozco los sonidos de sus rincones, me encuentro a mí mismo seguro y tranquilo, posiblemente porque se siente bien el haber resuelto una de las tantas cosas que se han sumado a una interminable lista ahora que tenemos que preparar nuestras vidas a la llegada de un nuevo integrante. Quizá es la profundidad en la que he caído la que no me permite reconocer la voz que me llama de algún punto distante, solo atino a retorcerme un poco en mi lugar y creo que el brazo que tengo por debajo de la almohada se aferra a ésta con mayor fuerza, haciendo que gire el rostro para frotar la mejilla en la tela hasta esconder la nariz en la misma. Es la sacudida, un poco más brusca, la que consigue que gire de muy mala gana, con un quejido que delata lo rasposa que aún siento la garganta — ¿De qué estás hablando? — balbuceo. Que califique “emergencia”, por favor.

Me cuesta horrores el abrir los ojos, me paso las manos por la cara y tardo un segundo en darme cuenta de que no puedo verla con claridad porque sigue siendo de noche. Tengo el impulso dormido de chequear el reloj de la mesa de luz, pero entonces me recuerdo que esta no es mi casa y dicho aparatito aquí aún no ha sido colocado. Me estoy frotando los ojos con los nudillos cuando la palabra “panqueques” hace su aparición y creo que le estoy frunciendo el ceño, no estoy seguro — ¿Tienes hambre, es eso? — sé que las embarazadas hambrientas son un problema, pero no sé que puedo hacer por ello. Ni siquiera recuerdo la última vez que preparé algo así, debieron pasar años — Búscalo en internet o come cualquier otra cosa. Estoy seguro de que Meerah dejó unas galletas en mi maletín esta mañana — y si no lo hizo, tampoco voy a ponerme a pensar demasiado ni le voy a mandar un mensaje para preguntárselo. ¿Cuánto falta para el amanecer?

El cansancio me obliga a cerrar los ojos una vez más y me acomodo, volviendo a girar para darle la espalda hasta ponerme panza abajo. Uno de los brazos se me cae por el costado de la cama y suspiro con algo de fuerza — Creo que hay sobras de la cena. ¿Por qué quieres panqueques, de todos modos? Creo que no hay con qué rellenarlos — al menos que haya hecho las compras en medio de la mudanza, pero ahí ya no me meto. Quizá estoy arriesgando mi pellejo con esto, pero es que estoy demasiado calentito.
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Mensaje por Lara Scott el Dom Ago 11, 2019 5:53 am

¡Todo! ¡Todo tengo que explicarle! El bufido que sale de mis labios por su petición a que explique en qué consiste mi emergencia, en vez de ponerse inmediatamente de pie como por lo general las cosas que son urgentes lo requieren, es seguido por un cambio en mi semblante que me tiene arrugando la frente en respuesta a su ceño fruncido. —Tenemos hambre— aclaro, enfatizando el plural para hacerle saber que no es cosa mía, que no es el hambre vulgar y corriente de todos los días de hace treinta años, sino uno distinto y que si no me deja dormir a mí por las madrugadas, tampoco a él. Es su hijo el que tiene hambre a estas horas de panqueques con grageas picantes y miel, se tiene que hacer cargo y si sabe hacer tostadas, ¿por qué no haría panqueques? ¡Si son casi lo mismo! Todo lo que tiene que hacer es levantarse de la cama, poner un pie tras otro hacia la cocina, yo puedo romper los huevos si quiere, tengo talento en eso, y que él se encargue de la sartén. En una hora o dos podremos estar durmiendo los tres con el estómago en paz.

¿Galletas… en… tu maletín?— respondo con la voz hueca, mi mano que cae sobre la sábana cuando se da la vuelta, se espesa el aire a mi alrededor y todo lo que dice después llega a mis oídos como una cosa tras otra que intensifica la presión de algo que está a punto de explotar. ¿Sobras de la cena? ¿No hay relleno para panqueques? ¡¿No habrá panqueques?! Dentro de mi mente, todas mis neuronas están tratando de mantener el control racional de mis actos en tanto tratan de asimilar que no habrá panqueques, no salen aún de su estado de estupefacción, que la hormona líder de las otras mil grita pidiendo la cabeza de Hans y la corean todas las demás. ¡Es que voy a matarlo! Está oscuro, estamos solos en esta casa, puedo asesinarlo y tirar su cadáver al mar, salir impune de todo esto. Y si preguntan, ¡diré que se atoró con una de sus benditas galletas! ¡No me lo puedo creer! ¡Me manda a comer galletas! Salgo de la cama con tal desorden que hago un alboroto con las sábanas y cuando tengo mis pies en el suelo, me lo pienso dos veces antes de tomar la manta con la que se abriga con mis manos y tirar de esta. —¡Ya verás cuando tu hijo te salga con cara de panqueque! Te vas a lamentar y yo te voy a decir ¡JA! ¡Eso es porque no me hiciste panqueques cuando te lo pedí!— grito, cubriendo mis hombros con la manta para llevarla conmigo, arrastrándola por el suelo, y si no es mi hambre lo que le quita el sueño, que sea el frío. —¡Y luego todos en la escuela le dirán panqueque!— sigo gritando desde el pasillo, está tan oscuro que vuelvo a chocar con la misma caja de hace un rato. —¡Y será tu culpa!

A mi salida furiosa del dormitorio procede una orquesta de sonidos metálicos en la cocina, cuando no uso más que la tercera parte de los utensilios que hago chocar entre sí para conseguir el efecto ensordecer, y todo se interrumpe de pronto haciendo que el silencio se instale en toda la casa, tan pesado y tan grave que es indicio de que algo muy malo ha ocurrido. La alarma de incendios suena mucho más fuerte de lo que podría haber conseguido golpeando una cacerola con una cuchara, y en dos minutos estoy sujetándome con mis manos al umbral de la puerta del dormitorio, después de una carrera frenética por la escalera. —¡Listo!— suelto en una exhalación con el poco aire que retengo en mis pulmones. —Se prendió fuego la cocina, ¿ya estás contento?—. Quizás no es lo que dice un incendio en toda regla, un fuego de verdad, tal vez poco menos que una llama que se desprendió de la punta de mi varita, justo debajo de la alarma de incendios para que éstas suenen con la urgencia necesaria para lograr que el ministro que pretende instalar leyes sobre dar galletas a embarazadas se levante de la cama.
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Mensaje por Hans M. Powell el Dom Ago 11, 2019 3:28 pm

Juro que nada de lo que dice sirve como para despertarme y paso de preocuparme por su tono indignado con respecto a las galletas; no es hora para este tipo de reclamos que posiblemente me traigan algún malestar en la mañana. ¿Ven? Estas cosas cuando estaba soltero y sin hijos no me pasaban. No es una queja, es una observación. La estoy poniendo en mute cuando el tirón de las sábanas me deja sin abrigo, lo que me produce un sonido de queja al hacerme bolita en un intento de mantener el calor corporal. Esta no es mi casa, los calzoncillos y la camiseta que llevaba debajo de la camisa del traje no sirve de mucho contra el frío costero y no tengo más abrigo que ponerme, lo que me hace maldecir entre dientes en lo que ella anda gritando idioteces por el pasillo — ¡Lo que dices no tiene nada de sentido! — le acuso, apenas recuperando la voz como para hacerla llegar a donde sea que esté. Da igual, por lo que puedo distinguir se ha puesto a luchar en la cocina y me acomodo con la fina sábana, que no sirve de nada, para tratar de seguir durmiendo. No sé de dónde saco la ridícula idea de que eso es una opción para ella.

El pitido que reconozco como una alarma hace que abra los ojos de sopetón, pero me quedo quieto hasta que ella aparece en la puerta y sus palabras amenazan con despertar una ira que no sabía que podía tener con la mitad del cuerpo dormido — ¿Y esa es mi culpa porque...? — espeto, casi notando un tic en el ojo — ¡Solo tenías que aguantarte un rato, por todos los cielos! — empujo las sábanas con fuerza, tanteo hasta dar con mi varita y salgo disparado hacia la puerta, pasando por su lado sin siquiera mirarla. No conozco del todo esta casa así que tropiezo un par de veces hasta llegar a la luz encendida de la cocina, aunque no hay siquiera olor a humo y lo único que veo es la alarma chillando en el techo. Me freno en seco en el marco de la entrada, tomando dos segundos para atar cabos y me decido, en segundos, que voy a matarla. Si vuelve a quejarse de que la llamo caprichosa, le recordaré este preciso instante.

Me basta una sacudida de la varita para que el sonido deje de romperme los tímpanos, pero me quedo callado y apoyado contra la pared hasta que me percato de que la tengo al lado. La mandíbula tensa delata que estoy masticando un par de palabras que crearían un caos, así que respiro con fuerza para relajarme — ¿Era necesario todo el espectáculo o podrías siquiera haber buscado en internet cómo encender una hornalla? — le espeto. Le quito la manta de un tirón, me envuelvo con ella y me apoyo en la mesada con toda la dignidad que poseo, resignado a que ya me he despertado — Los panqueques son mezclar huevo, harina, leche y manteca, solo eso. No recuerdo las medidas, pero voy a quedarme aquí solo supervisando que no hagas un desastre. ¿De verdad no puedes comer otra cosa o vas a seguir haciendo escándalo hasta que tengas lo que quieres? Porque yo tengo sueño — y mañana me espera una larga jornada, para variar.
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Mensaje por Lara Scott el Dom Ago 11, 2019 7:12 pm

¿Siquiera tiene que preguntarlo? Mi mirada cae sobre él, todavía aferrado a la almohada de la cama, preguntándole con mis ojos acusadores qué está esperando para saltar de las sábanas y encargarse de un fuego que podría ser real, si hubiera cedido al mal humor de mis hormonas. Fui racional al final de todo, que la casa es nueva como para arder en una primera discusión. Desprenderse de las sábanas será lo complicado, una vez fuera de éstas me encargaré de que no vuelva. Lo que es un poco irónico a estas alturas si me lo planteo, pero no puedo detenerme a pensar en ironías si está camino a la cocina y tengo que colocar los ingredientes en sus manos para recordarle lo que tiene que hacer, el motivo real por el cual lo necesito ahí. Estrujo los bordes de la manta con mis dedos, reacomodándola sobre mis hombros y cerrándola por delante de mi pecho, y como si se tratara de una majestuosa capa desciendo por los peldaños de la escalera cuidando que no se me enrienden los pies en la tela. Me detengo a su lado en la cocina con una sonrisa triunfal y libre de remordimientos, de quien ha conseguido lo que quiere. Las alarmas están silenciadas, las paredes se ven mucho más blancas con la intensidad de los focos y el contraste de la oscuridad a través de los cristales, si hasta el mar se ve negro, arrastrándose a la orilla con una marea suave.

Sé prender una hornalla, ¿sabes?— le aclaro, imitando su tonito enojado. Piso con fuerza hacia la cocina al quedar libre del peso de la manta que me ha quitado para envolverse como a mí me gustaría que queden envueltos mis panqueques, que no se harán de la nada. Reviso los botones y perillas a la vista, cubriéndolas con mi cuerpo así no puede ver más que mi espalda, y cuando se escucha el chasquido de la hornalla al encenderse, me giro para dedicarle mi sonrisa más socarrona, con una mano en mi cadera. —¿Ves?— me burlo, uso la otra mano para enseñar la llama y en el mismo tono, continúo: —¡Oh, Magia!—. Si, bien, mi yo de cinco años se siente muy orgullosa de la adulta en la que me he convertido. Pasemos a lo importante, que tengo todo lo que me pide sobre la mesada y me falta lo más importante: que lo haga él. —¿Tengo que hacerlo yo?— repito, es tal mi incredulidad que dejo correr lo que dice después. Me llevo una mano al pecho, la sorpresa está patente en cada facción de mi rostro. —¿Yo?— vuelvo a balbucear, y no dejo correr nada: —Y discúlpame, ¿me estás llamando caprichosa? No me lo puedo creer…

Está indignación está logrando que me sulfure y me impida quedarme quieta, que tengo que hacer algo con mis manos, si no es cerrarse alrededor de su garganta, al menos que sea rompiendo huevos. Boqueo como si me faltara el aire, me atraganto con un par de réplicas que no llego a pronunciar, aprieto con fuerza mi mandíbula y revuelvo con alboroto los recipientes que dejé desperdigados por ahí hasta dar con un bowl. Estrello los huevos para empezar a batirlos con una cuchara que agarro al vuelo, que podría hacerlo con mi varita, pero me viene bien para relajar la tensión nerviosa en mi cuerpo. —Mira, Hans Powell…— lo enfrento recargando mi cadera contra el borde de la mesada, rodeando el bowl con un brazo para tenerlo sujeto y moviendo con rapidez mi muñeca hasta marear a las claras. —Siento que estoy poniendo mucho de mí en este embarazo y no estás colaborando en la misma medida. Yo pongo mi vientre por nueve meses. A ti solo te toca hacer panqueques… y no quieres hacerlo. Yo vomitaba todo lo que desayunaba las primeras semanas, y ahora que todo lo que quiero es un antojo de nada, me pones a cocinar a mí. ¿No te parece un poco abusivo?— le acerco el bowl para que pueda inspeccionar el contenido y le consulto: —¿Así está bien o sigo batiendo?
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Mensaje por Hans M. Powell el Lun Ago 12, 2019 1:54 am

Increíble, desbloqueaste el nivel hornalla. Ahora te toca saber darle uso — tomo venganza de su tonito burlón haciendo una vaga imitación del mismo, me envuelvo un poco mejor en la manta y estoy seguro de que parezco un largo burrito enfurruñado en el rincón de la cocina. Su pregunta me causa cierta incredulidad, la suficiente como para arquear una rápida ceja en su dirección como mera respuesta — No estaré aquí siempre que quieras panqueques, así que deberías aprender a hacerlos… ¿No? — lo comento como si fuese la idea más lógica del mundo, que en cierto modo no estoy errado. Y con respecto a llamarla caprichosa… me encojo de hombros porque sí, lo estoy haciendo, una vez más. Ya tuvimos una conversación sobre las cosas que nos molestan del otro, no tenemos por qué volver a pasar por esto cuando es obvio que ninguno se encuentra de buen humor.

En lo que ella se pone a cocinar, yo empiezo a bostezar y ni me molesto en cubrirme la boca. Que me llame por mi nombre y apellido como siempre que quiere reprocharme algo hace que mis ojos la busquen con el cansancio reluciendo en cada rincón, sin querer saber si lo está diciendo en serio o es una de sus extrañas bromas. Quizá por eso tardo un momento en contestar, el suficiente como apenas echarle una ojeada a sus huevos batidos — Echa el resto y mezcla hasta que no queden grumos. La manteca debe estar derretida y procura no pasarte en cantidad, porque estarás haciendo panqueques hasta pasado mañana — empujo el bowl hacia ella con un dedo y poco me tardo en volver a esconder la mano debajo de la manta — ¿Vas a jugar la carta de hacer todo el trabajo durante los dos trimestres que faltan? Porque no me molesta cocinar, salvo que ahora son… — me giro, buscando el microondas cuyo reloj titila a una distancia decente como para chequear los números — las jodidas tres de la mañana. En serio, Scott… ¿No podías tener un antojo mucho menos elaborado?

Como no puedo quedarme de pie sin hacer nada por mucho tiempo, tengo al menos la decencia de moverme y acomodo la manta como una especie de capa para tener las manos en libertad. Me cuesta horrores encontrar un platillo profundo que me permita colocar un trozo de manteca y, con la varita, lo derrito en un santiamén para tendérselo — ¿Recuerdas donde estaba el control del sistema de calefacción? Se me está congelando hasta el estómago — no pintaba que iba a hacer tanto frío esta noche, así que ni me he molestado en consultarlo en cuanto llegué hace unas horas. Con echar un vistazo alrededor, reparo en que aún quedan algunas cajas y recuerdo una de mis dudas — ¿Con qué piensas rellenarlos? No saldré a conseguir jalea a estas horas, no debe haber nada abierto — no hablemos de que no pienso ir a molestar a mi hermana o nuestros amigos por sus antojos. Solo por si las dudas, pongo mi mejor cara de inocente palomita — Siempre quedan las galletas.
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Mensaje por Lara Scott el Lun Ago 12, 2019 3:36 am

Puede mofarse de mi toda la madrugada si quiere, que a diferencia de él no tengo una pizca de sueño y puedo improvisar todas las respuestas que hagan falta para devolverle la burla, pero me hace callar con un simple comentario, que por poco me quita todo el ánimo de bromear. Prenso mis labios en una línea de rotundo silencio para no darle la razón sobre que no estará aquí todas las veces que me surja un antojo, que no lo había pensado así cuando hablamos de que una casa en otro distrito era un buen plan, y mucho tenía que ver con mi propia incomodidad de estar en la isla de los ministros, que mi idea de casa no congeniaba con mi departamento en el seis ni con la mansión. Pero se suponía que íbamos a estar en un lado y el otro, moviéndonos todo el tiempo, no me detuve a pensar en lo que sería de mis ratos a solas, en los que siempre me encontré a gusto, salvo por estas cosas que quizás están hechas para ser de a dos. Y él estará ausente, es consciente de esto y me instruye para subsistir por mi cuenta. — Más despacio, master chef. No me abrumes de indicaciones— lo detengo, en tanto recupero mi bowl con los huevos batidos, a lo que agrego los otros ingredientes midiendo con la precisión que uso para mi trabajo, de algo me tienen que servir tantas matemáticas.

¿En serio crees que puedo quedarme panzona y callada en una esquina por nueve meses y hablar solo para decirte que todo está bien, que las náuseas me han dejado recuerdos encantadores, casi tan dulces como el necesitar un baño cada cinco minutos, y que no te preocupes, que sigas con lo tuyo, mientras lloro porque vi un estúpido video de un patito que fue adoptado por una perra y sus cachorros?— pregunto, descargando la harina en la fuente hasta que creo que es suficiente y vuelvo a tomar la cuchara para continuar revolviendo la mezcla. Sin grumos, entendido. —Usaré la carta de que hago todo el trabajo y también todas las otras cartas del mazo— digo, la cuchara va ganando velocidad al poder unirlo todo. —La de que yo no elijo la hora, yo no elijo el menú. Hay alguien mucho más caprichoso que yo y es quien te ha hecho levantar a estas horas de la cama, cuando lo único que querías era dormir, ¿sabes de quien se trata?— inquiero. Desvío mi mirada de la mezcla para posar mis ojos en él con una sonrisa burlesca. —Tu hijo. Porque durante la madrugada es tu hijo, así que no me digas Scott con ese tonito de reproche, porque es culpa de la pequeña cosa Powell de la que me hago cargo veinticuatro horas, siete días a la semana.

Me encojo de hombros para hacerle saber que desconozco donde se encontrará el tablero de control, sin abandonar mi trabajo en el que estoy involucrada con todo mi esmero, porque no quiero que se inmiscuya ni un grumo en mi propósito de comer panqueques antes del amanecer. La manteca de la que me había olvidado también cae para ser parte de la masa que se va formando. —Con grageas— contesto, me detengo cuando se niega a ir a una tienda para comprar jalea, porque este hombre es pura negación en persona. No iré, no lo haré, no, no, no. Se salva de que por puro berrinche le diga que quiero jalea, por la idea que acaba de darme. —¡Eso es! ¡Haremos panqueques con grageas y galletas! ¡Y caramelo!— Porque con algo hay que bañar las grageas y galletas, ¿no? Suelto el bowl con la mezcla sobre la mesada para ir a revolver en una de las cajas que están sobre la mesa circular que ocupa un rincón de la cocina. —Yo haré el caramelo, no te sientas obligado. Ya soy casi una profesional en esto— presumo, más no sea para demostrarle que puedo hacerlo por mi cuenta. Del interior de la caja saco tres bolsas medianas rellenas de grageas. — ¿Dónde están tus galletas?— pregunto, así podemos tener lo que es nuestro relleno al alcance de la mano, pero lo detengo antes de que vaya a buscarlas. —¡Espera! ¡Espera! ¿Qué tengo que hacer ahora con la mezcla?— ¡Lo importante! ¿Cómo demonios se cocinan estas cosas?
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Mensaje por Hans M. Powell el Lun Ago 12, 2019 4:50 am

Sospecho que estoy desarrollando una extraña habilidad para ignorar la mitad de las cosas que está diciendo y me han dicho que es algo muy normal cuando pasas tiempo siempre con una misma mujer. Debe ser porque no entiendo de dónde viene tanto dramatismo, porque es obvio por mi cara que no la veo tan gorda y tampoco voy que quejarme de sus nuevas curvas, así como tampoco puedo hacer nada en contra de todos los males que la atacan, porque no soy quien para ir contra la biología. — Oye, hablas como si yo hubiera hecho todo el trabajo. Te recuerdo que fuimos los dos los que tuvimos sexo sin protección por culpa de las drogas de tu casa — aprovecho a tirarle un poco la bola, solo porque sí — Dile a mi hijo de mi parte que su papá necesita descansar ahora, porque cuando nazca no va a pegar un ojo — creo que esa es una de las cosas que más miedo me dan. No sé tratar niños, mucho menos las dificultades que éstos llevan consigo.

Bien, debo encontrar el control de la calefacción si vamos a quedarnos aquí por vaya a saber cuánto tiempo más. Tengo intenciones de ponerme a buscarlo, pero el entusiasmo repentino de Scott me deja quieto en mi sitio, aferrado a la manta como si ésta fuese suficiente como para salvarme de sus ataques de locura hormonal — Yo no quise decir... — bah, no tiene sentido que explique que hablaba de las galletas por sí solas, porque lo que me esta planteando es un poco... — Es una mezcla algo asquerosa, ¿no crees? — aventuro. Al menos, que me pida ayuda con los panqueques me salva de una posible discusión sobre su horrible paladar y hago uso de un accio para atraer el control de mando. En segundos, la casa está empezando a calentarse y puedo dejar la manta sobre una de las sillas para evitar que nos quedemos aquí hasta el amanecer — Ya, verás que no es tan complicado.

Tomo un cucharón que me permite juntar algo de la mezcla que lanzo a la sartén y el aroma dulce no se demora en hacer acto de presencia, llenando la cocina de manera tal que ayuda a que me despierte un poco — Solo no pongas mucho, mi abuela decía que así se cocinaban mal. Y trata de despegar los bordes antes de darlo vuelta — ni siquiera sé cómo recuerdo eso. Las épocas donde pasaba tiempo con mi abuela quedaron muy atrás, especialmente aquellas en las cuales estuve solo y esa mujer era la única familia que me quedaba; vivía haciéndome panqueques y no puedo evitar preguntarme si no será algo genético. Tras dar vuelta la masa, le tiendo la cuchara y la espátula para que ella sea quien se haga cargo — Jamás te pregunté — es una duda repentina, posiblemente salida del hilo mental en el cual intenté conectar a mi familia — ¿Hay nombres que te gusten para el bebé? No hablamos de eso aún y siento que el tiempo está pasando rápido — hace nada estábamos discutiendo por si teníamos citas o no y ahora conseguimos una casa para tener una familia y cocinar panqueques. No hace falta que diga más.
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Mensaje por Lara Scott el Lun Ago 12, 2019 2:25 pm

Si me viene con argumentos de defensa que se remontan al origen de todo, puedo dar por terminada mi hora de quejas de embarazada, que si me meto en la discusión de que la culpa la tuvo su espermatozoide, dirá que mi óvulo también, en una rencilla de nunca acabar, que nos puede tener batiendo la mezcla de panqueques durante tres días. —Pues diría que la parte de hacer el trabajo es de la que justamente no me quejaría, es de las mejores en medio de todo lo que es hacer un bebé— apunto, que no hace falta ir tan lejos. Fueron semanas en las que mi cuerpo pasó por un caos de síntomas que me asaltaban en cualquier momento y lugar, en que todo a mi alrededor fue cambiando como si alguien más estuviera encargado de ir variando el montaje del escenario, mientras yo me quedaba dormida por nada y me sacudía por náuseas matutinas, nocturnas y vespertinas. De pronto estoy en una casa nueva, en una cocina diferente a la que compartimos durante el verano, en un distrito que no me esperaba, después de una serie de decisiones que tomé con mi propia voz y los síntomas se van suavizando. Estos días no me siento cansada, todo lo contrario, tengo mas energía de la conveniente y hasta podría prestarle un poco a Hans, que sí lo necesita.

Bien— digo, que me use de intermediaria para comunicarse con el bebé me saca una risa fácil, que sé que es un chiste, pero lo hago formal, con el tono que usarían sus secretarias en la oficina, a viva voz en la cocina aprovechando que estamos solos en toda la casa. —Pequeño Powell, tengo un mensaje del ministro papá para usted. Quiere saber si pueden reprogramar sus citas de antojo a una hora más conveniente. Digamos que... eh, salir a comprar jalea a las tres de la mañana es un poco riesgoso en estos tiempos que corren—. No había pensando en esto, tendré que tener cuidado y resignarme a lo que haya en la heladera de ahora en más, en especial si estaré sola. Tendré que llenar la alacena de tonterías. ¿Y que si se le ocurre que quiere papas fritas y chocolate? ¿Anchoas con menta? ¿Qué si esto es un poco asqueroso? Solo un poco. —Te lo digo, yo no elijo el menú. De pronto me dan ganas terribles de comer algo y tengo que...— explico, la temperatura de la cocina cambia con la calefacción, que sumado al trabajo de estar revolviendo los ingredientes y saltar de un lado buscándolos, hace que palpe mis mejillas con el dorso de mi mano al percibir que se enrojecen. Tendré mejillas como bolas de Navidad para cuando llegue esa fecha con todo lo que como y además los platos imprevistos de madrugada.

-No digas que no es complicado. Soy yo, podría hacer de algo mínimo un verdadero desastre- le recuerdo, no hace falta. Me coloco detrás de su espalda para espiar como mueve la masa con la cuchara, tomando nota de los detalles, que por la diferencia de estaturas quedo a la altura de su brazo y tengo que moverlo un poco para poder ver. —De acuerdo, poca mezcla, cuidado con los bordes. Lo tengo— asiento con mi barbilla, no se ve difícil. —¡Ahora lo hago yo!— grito con la emoción de que los panqueques están tomando la forma de panqueques. Tomo posesión de la cuchara de mando y lo muevo con mis manos para que me deje el lugar frente a la sartén. Bien, aquí vamos... poca mezcla... ¡ah, maldición! Recojo con la cuchara el exceso y lo devuelvo al bowl. —¿Nombres?—. Tengo mis ojos puestos en la masa cuyos bordes no quiero que se peguen, que es como si acabara de preguntarme una ecuación en la que no puedo pensar en este momento, en el que estoy lidiando con algo más complejo. —No... no lo pensé... pensé que era demasiado pronto y pueden pasar muchas cosas...— reconozco. —Cuando le pones nombres a las cosas te encariñas y... nada—. Dejo la cuchara por un momento, a riesgo de que se eche a perder mi primer intento, y busco en el techo de la cocina alguna inspiración en cuanto a nombres para bebés, alguno que le quede bien a este algo que no sabemos cómo será y eso hace del trabajo de elegir un nombre una cuestión tan imprecisa. —¿Cómo se llamaba tu abuela?—, nos queda esa, ir haciendo un repaso de abuelos y tíos abuelos, si revisar el árbol genealógico no es un tema sensible. —¿Por qué no buscas sugerencias en internet?— propongo por si las dudas.


Última edición por Lara Scott el Mar Ago 13, 2019 12:47 am, editado 1 vez
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Mensaje por Hans M. Powell el Lun Ago 12, 2019 7:12 pm

Me contengo el impulso de bromear sobre el factor de que al final está haciendo uso de mi apellido y no del suyo para el bebé, quizá porque apenas contengo la sonrisa divertida ante su anuncio formal hacia una persona que no se ve, pero que ambos sabemos que está aquí. Tengo cientos de miedos en base a nuestro futuro hijo, pero también estoy seguro de que su existencia me regala una nueva calma, inesperada y completamente impensada. Mi refunfuño se opaca un poco, decido inmediatamente el seguir su juego — Si quieres también lo firmo, así es una petición un poco más formal a la cual no podrá negarse — como, aparentemente, yo tampoco podré negarme mucho que digamos a sus reclamos de embarazo. Hago una muequita que grita a los cuatro vientos que no discutiré, pero eso no significa que vaya a tomar todo esto con calma; lo que me falta es que interrumpa mis reuniones en reclamo de un platillo en especial.

Eso es un buen punto — se lo concedo, no tengo pruebas pero tampoco dudas. Me veo empujado ante su repentino entusiasmo por hacer los panqueques y le cedo el control, aunque me quedo cruzado de brazos a su lado como si estuviera supervisando un trabajo de suma complejidad y no algo tan simple como esto. Y sí, sé que es demasiado pronto y aún tenemos mucho tiempo, ni siquiera lo había considerado hasta ahora, pero... — Scott... compramos una casa para este bebé... ¿Y dices que es arriesgado el pensar nombres? — una vez más, sospecho que no tiene sus prioridades muy bien organizadas. No me espero que pregunte por mi abuela, intento hacer memoria pero creo que no le he dicho mucho sobre ella — Prudence. Ella era la madre de mi madre, Penélope. Mamá fue quien insistió para que Phoebe y yo llevemos las iniciales de nuestros padres, un capricho — a veces me pregunto si de ella heredé el amor por el orden, incluso en los pequeños detalles. Mamá era una persona muy pulcra, en más de un sentido.

Ni siquiera lo pienso cuando pellizco el borde del panqueque ya preparado y me lo llevo a la boca, meneando la cabeza — Dudo que internet ayude. Siempre he sido más clásico, como que... no sé, me gustaría un nombre que signifique algo. Con Meerah no pude elegir así que... — no me disgusta su nombre, pero jamás le hubiera puesto Margaret por el simple hecho de que le pertenece a alguien más — ¿Que tal Gabriel o Christian? O Elena, o Jasmine si es niña ... — que sigo diciendo que será niño, pero ya. Solo por molesto controlador, le tomo la muñeca para ayudar a regular la cantidad de mezcla que pone en la sartén — Aunque tiene que tener un segundo nombre con la letra M. Todos los Powell lo tenemos, incluso Meerah — dudo mucho que Audrey lo haya hecho a propósito, pero es una buena casualidad.
Hans M. Powell
Hans M. Powell
Ministro de Justicia

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