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Mensaje por V. Ileana Jensen el Sáb Jul 27, 2019 7:50 pm

29 de octubre

Hacía una semana que su madre había ocupado un asiento importante, uno que, según los rumores, había quedado libre de una de las maneras más dolorosas existentes. Un escalofrío recorrió la espalda de la joven ante el mero pensamiento de ello, incluso consiguió que girara el rostro hacia atrás, percatándose de que nadie la seguía al abrir la tercera puerta del pasillo, asomarse al interior y, al ver que no había nadie allí, entrar cerrando tras de si. Cerró con cuidado y centró su atención en el escritorio, avanzando hasta el mismo y tomando un par de carpetillas que abrió, leyendo con rapidez las palabras que éstas tenían escritas, en busca de algo importante, o al menos interesante.

Nada. No conseguía nada. ¿De quiénes eran aquellos despachos? En el área de ciencia debían de tener algún raro experimento que los ayudara con sus intenciones de próxima guerra. Pero no era así. Soltó un bufido, pateando una papelera que rodó por el suelo, provocando un sonoro estruendo, paralizando el corazón el corazón de la joven. Se arrodilló en el suelo, tomando entre sus manos el aparato y recogiendo los papeles que se habían esparcido. Si alguien la había escuchado podía pensar que su propietario estaba dentro, ¿verdad? No había nada de lo que preocuparse. Pegó la oreja en la puerta, no percibiendo ningún ruido, por lo que abrió la puerta rápidamente y salió de allí, caminando disimuladamente por el pasillo, balanceando las manos como si no pasara nada. Hasta que alcanzó la esquina que daba lugar a un cruce, entonces giró a la derecha y comenzó a caminar con más rapidez, parando en seco cuando leyó en la pared un nombre conocido.

El despacho de su madre. Una media sonrisa apareció en sus labios antes de abrir la puerta lentamente y entrar dentro del despacho. En otros sitios no, pero en el de su madre podía inventar mil excusas por lo que avanzó hasta el sillón principal y se dejó caer sobre éste, estirando los brazos hacia arriba. —Seguro que tiene algo entre manos— comentó mirando la pila de papeles que reposaba  a un lado de la mesa. Su madre siempre tenía algo en mente, y casi nunca le gustaba cuando las escuchaba.
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Mensaje por Colin Weynart el Dom Jul 28, 2019 7:30 pm

Poner un pie en el departamento científico del ministerio me provocaba un escalofrío en la piel como si fuera rozado por la mano de un fantasma, por el recuerdo que me traía de Annie, moviéndose entre los laboratorios, sentada detrás de su escritorio con esa mirada suya de que no hay idea que impresione a su inteligencia y no importa que tan bueno seas considerando todos los detalles, ella te señalará algo que no percibiste. Y a veces todavía pienso en ella con una confusión de tiempos verbales, que me obligo a respirar hondo para hablar con el científico que solicitó la colaboración de un cazador para un experimento con un kappa. No es raro que suela perturbarme un poco el funcionamiento de la mente de estos científicos, que me veo obligado a mostrarme un poco protector con las criaturas que ponemos a su disposición en el ministerio, incluso con aquellos que se alimentan precisamente de nuestra sangre.

Salgo del laboratorio con la nuca tensa por el esfuerzo que se me requiere de tratar con científicos, reafirmándome en mi prejuicio de que me caen bastante mal, que avanzo en largas zancadas por el pasillo para dirigirme al ascensor y dudo de si ir a la planta que nos corresponde a los cazadores, porque con los cambios recientes que se han implementado, no sé si no tendré a una arpía encargándose de la correspondencia o un licántropo como secretario de Jessica. Ponerme con ese pensamiento sarcástico no me ayuda, estoy mordiendo por dentro y lentamente la rabia que me da que el nuestro presidente le ha haya abierto la puerta de sus jaulas a las bestias. Estoy refunfuñando por lo bajo cuando paso delante de una puerta, a través de la cual se escucha un estruendo de papeles al caer. Me detengo en mi sitio, intrigado.

Se marca una arruga entre mis cejas al quedarme quieto nada más doblar el pasillo, para aguardar a que la persona moviéndose a prisa dentro de ese despacho, salga. No me veo defraudado en mi instinto al ver que se trata de una muchacha, demasiado joven para estar aquí, salvo que sea una de esas pasantes recién sacadas de Royal. Pero no trabajo como cazador para que se me pase de largo su actitud sospechosa y la sigo con la mirada desde mi escondite improvisado, y cuando la veo continuar para detenerse ante la puerta de nada más ni nada menos que la misma ministra. Listo, no voy a dejar que una mocosa siga hurgando por ahí. Silas Jensen está entre las primeras de mi lista de personas desagradables por su arribismo, fue quien reemplazó a Annie cuando su silla no se había enfriado aún. Sin embargo, no pienso dejar pasar a una ratita que anda revolviendo papeles ministeriales. Me paro delante de la puerta y golpeteo la madera con mis nudillos. —¿Ministra Jensen?— llamo, mi tono ni se altera. Entreabro la puerta para encontrarme con la chica sentada cómodamente en su sillón, lo que me obliga a tomar una respiración interna muy profunda para contenerme. —Disculpa, estaba buscando a la ministra. ¿Eres su nueva secretaria?— pregunto con una falsa inocencia que presagia lo peor.
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Mensaje por V. Ileana Jensen el Mar Jul 30, 2019 1:05 pm

Probablemente podía trastear los documentos de su madre en casa, con tranquilidad y sin el peligro de poder ser encontrada allí pero, ¿acaso no tenía la excusa perfecta? ¡Era su hija! Para ellas dos era raro encontrarse, para los demás no tenía porqué serlo tanto. Lo único bueno que podía sacar de su progenitora era aquello, algo que poder leer para saber que se cocía en el área de investigación. Y ahora era mucha más la información a la que podría acceder, quizás algo relevante que poder llevar a la Red. Algo que no tuviera que ver con squibs, ya que aquel tema la asqueba demasiado; su obsesión por querer curar a personas que no estaban enfermas, modificarlos, experimentar con ellos.

Prensó los labios con desagrado, tomando la primera carpeta del montón y subiendo los pies al escritorio para leer con comodidad. ¿Riesgos? Todos tocarían antes de entrar y, supuestamente, sino obtenían respuesta se irían, otros sabrían que estaba en alguna reunión, almorzando o en el baño con el estómago suelto. Sólo podía sorprenderla ella, y su madre sabía de sobra lo curiosa que era, su interés por el periodismo y que no era la primera vez que acababa con algo que no debía entre manos. Rosopló, pasando páginas de un lado pars otro, girando los fotografías, incluso mareandose con la cantidad de números y secuencias matemáticas que encontró. —Basura— se quejó, bajando los pies e inclinándose hacia la pila para tomar otro, justo cuando el golpeteo en la puerta la asustó lo suficiente como para silenciar su corazón y que se quedara inmóvil en el sillón.

Si algo podía salir mal. Saldría. Todos lo sabían, ella lo sabía. Alcanzó a parpadear cuando el rostro de un hombre apareció tras la puerta. Por un segundo se tensó, al siguiente pensó en su plan A. El único que tenía. En su expresión se reflejó la perplejidad, aquella que acudió debido a su pregunta. ¿Ella? ¿La secretaria? —¿Parezco su secretaria?— preguntó antes de poder controlar su lengua, mordiendosela y tratando de mostrar una inocente sonrisa, dejando la carpeta sobre la mesa con suma lentitud. —Soy su hija— agregó automáticamente a modo de defensa. Ahí iba la única baza que tenía, esperaba que la tomara.
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Mensaje por Colin Weynart el Dom Ago 04, 2019 4:29 am

Al entrar a la oficina, dejo la puerta a medio abrir porque no quiero problemas luego por denuncias de una muchacha que no debería estar aquí en primer lugar. Recargo mi espalda contra la pared más inmediata, cruzándose de brazos para adoptar esa postura intimidante de la que podemos hacer abuso los que trabajamos en seguridad nacional. Sopeso si su declaración será cierta, conozco poco y nada a la actual ministra Jensen como para saber con certeza si esta chica es su hija, porque si tengo que decirlo a partir de su rostro, no se parecen mucho. Lo más fácil sería pedirle una identificación a la muchacha, si es que eso bastara para que la dejara en paz y me despidiera más rápido de lo que entré, cerrando la puerta para devolverle su privacidad.

Pero no olvido su actitud sospechosa, aunque no pueda apreciarlo ha quedado atrapada en una esquina como un ratón acechado por un wampus. —No sabía que hoy era el día de que los niños vinieran a acompañar a sus padres al trabajo— digo, entrecerrando mis ojos para afinar mi mirada en sus rasgos. —Si es que estás diciendo la verdad, porque tienes toda la pinta de ser una ladrona—. Si mi instinto no se equivoca, esta chica ha venido a revolver papeles y la sacaré tirándole de la oreja cuando se le agoten las mentiras que pueda usar de excusas para justificar su presencia en una oficina a la que no se debería entrar sin permiso, que no me ha pasado desapercibido que devolvió una carpeta al montón que hay desperdigadas. ¿Qué demonios ha venido a buscar?

Hazme el favor de levantarte de esa silla que pertenece a una ministra— le indico, desarmando mi postura por si tengo que sacar mi varita del estuche sujeto a la cintura de mi pantalón y revisar que no se esté llevando nada. Siento la tensión en mi nuca por lo mucho que me enerva su atrevimiento, que hay que tener muchas pelotas para andar merodeando por las oficinas ministeriales y no es algo digno de halago, sino una estupidez que la meterá en problemas. No veo que haya traído algo en lo que pueda guardar papeles, pero con una de esas diminutas memorias externas podría copiar el archivo que fuera de la computadora, son muchos los riesgos que se me ocurren de tener a alguien hurgando por aquí. —¿Qué estás esperando? ¿Qué venga la ministra y confirme que estás mintiendo?—. Doy un paso tentativo hacia delante para hacerle saber que si no se mueve, la sacaré yo.
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Mensaje por V. Ileana Jensen el Lun Ago 05, 2019 6:56 pm

Chasqueó la lengua, examinando con la mirada al hombre que tenía frente a ella. Apostaría cualquier cosa a que su cara le era familiar de un modo que no alcanzaba a hilar, todavía. Inclinó la cabeza hacia un lado, dejando la carpeta sobre la amplia mesa de madera. Ahogó una risa, prensando los labios y señalando con un dedo la pila de carpetas y documentos desordenados que bailaban por el lugar. —Quería ver cuánto había cambiado el despacho de mi madre— comentó, arrugando los labios. —En poco tiempo ha pasado por científica, jefa de área y ahora ministra… boom— hizo un gesto con la diestra, simulando a una invisible explosión. —Si quisiera leer cualquier documento esperaría a que los llevara a casa— agregó con un leve encogimiento de hombros.

Podían esperarla, ella no tendría nada que perder cuando la cabeza de su madre apareciera al otro lado de la puerta. Le resultaba hasta divertido el mero pensamiento de la expresión que podría cruzar su cara cuando llegara allí. Aunque también era tentador irse con él y armar algún escándalo de camino a la salida. Su madre era una mujer de apariencias, quería que todo el mundo la admirara y adorara como si fuera una diosa, llegar lo más arriba posible sin tener manchas en su expediente. El hecho de que su hija armara un espectáculo daría mucho que hablar. Demasiado. Mordió su labio inferior, indecisa, tentada. Así que acabó por levantarse de la silla, alzando las manos al frente para que viera que no tenía la varita ni se llevaba nada. —Estaba pensando en la cara que pondrá la Ministra Jensen cuando sepa esto— aclaró con una sonrisa, alejando una mano del frente para recolocarse una mechón de cabello tras la oreja.

Volviendo a alzar ambas manos al frente a la espera. —¿Aún se usan esposas? ¿O me vas a sacar por la fuerza?— cuestionó, con una caída de párpados que trató de ser inocente pero distó demasiado de serlo. —Tienes cara de rudo, votaría más por la segunda opción… ya que prefiero esperar aquí— bajó las manos, retrocediendo hasta sentarse en el filo de la silla. Debía mostrar seguridad, tenía el comodín de su madre y podía inventar mil escusas a la velocidad de la luz sino acababa cediendo, por lo que ser descarada era divertido; además de algo demasiado propio de ella. Le costaba morderse la lengua, y sabía que, algún día, la perdería si seguía así.
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Mensaje por Colin Weynart el Dom Ago 11, 2019 1:15 am

Si, bien, no necesito un repaso del ascenso que hizo la mujer dentro de la jerarquía ministerial en tan poco tiempo, que uno de los puestos que ocupó sin siquiera esperar a que se enfriara fue el de mi prima. Tengo el pensamiento presente de que no es algo que a Annie le molestara, ella era demasiado joven cuando le ofrecieron el puesto y no dudó en aceptarlo, confiaba en sus habilidades como para plantearse una carrera profesional ambiciosa que le diera un reconocimiento adecuado a su talento real. Soy más celoso de lo que dejó atrás, de lo que a ella le importaría. Quizás es un poco del enfado que siento hacia Jensen, porque alguien tengo que dirigirlo, el que se extiende también hacia la muchacha impertinente que tengo ocupando la oficina con la desfachatez de quien se cree dueño del lugar.

A mí también me gustaría saber qué cara pone— apunto, sea mentira o no que es su hija, la expresión que pueda poner dudo que sea la misma máscara fría que se le ha visto en algunas fotografías públicas. —Lo sabremos pronto— digo, contando los pasos que me llevan hasta el escritorio y podría usar mi varita para invocar las esposas que menciona, obligarla así a arrastrar sus pies por el pasillo a la vista de los demás como si fuera la ladrona que creo que es. Hago oídos sordos a su burla, que no está tan errada si lo que hago al alcanzar la silla y darme cuenta que no se moverá de allí ni con un encantamiento de levitación, es cerrar una mano alrededor de sus muñecas para tirar de ella, haciendo que se ponga de pie.

Si esa es la manera que eliges— lo hago ver como es cosa de ella, no mi decisión. Es una cría después de todo, me recuerda un poco a mi propia sobrina, y cuando cualquiera de ellos se pone en sus treces, es necesario recordarles quienes son los adultos con autoridad. La cargo sobre mi hombro, sujetándole de las piernas con mis brazos, dejándola cabeza abajo contra mi espalda. —Perdona que no tenga los modales de un auror, soy cazador. Y podemos esperar a la ministra Jensen en el departamento de criaturas. Hay una jaula de mooncalf en la que puedes hacer hora, lamentablemente tendrás que aguantar el olor a estiércol—. Cruzo el espacio de la oficina en dirección a la puerta para abrirla de un tirón y poder salir al corredor.
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Mensaje por V. Ileana Jensen el Mar Ago 13, 2019 9:12 pm

A grandes males, grandes remedios. En ningún momento había pasado por la cabeza de la castaña que alguien, que no fuera su madre, pudiera aparecer allí. Mucho menos entrar cuando nadie había contestado al llamado. ¿La llamaba a ella respetuosa? Bueno, sin duda podían llamárselo mutuamente si así lo deseaba puesto que él,  también había acabado colándose donde no debía estando la ministra fuera del despacho. Suspiró con cansancio. Probablemente había dado con el funcionario más impertinente de la historia, aquel que no se iba a marchar así como así aunque le repitiera mil veces que era hija de la ministra. ¡Podía probarlo! Incluso llevaba la identificación, en la cual indicaba su filiación con la mujer. Puso los ojos en blanco, descruzando los brazos para acabar apoyando los dorsos de sus manos sobre las piernas, observándolo desde la distancia que los separaba  y que acentuaba el hecho de tener una amplia mesa de madera entre ambos.

Mas, antes de que fuera capaz de reaccionar, la tomó por las muñecas y tiró de ella con tanto fuerza que acabó levantándose del sillón. Y lo cierto es que extrañó lo mullido que era, con razón su madre había luchado tanto por el mismo. —¡Auch!— exclamó, molesta y un tanto dolorida. —¡Esto es acoso! ¿Cómo te atreves a tocarme?— volvió a gritar antes de estrellar, literalmente, la cara contra su espalda. Gimió por el fuerte dolor en su nariz. ¿De qué cojones estaba hecho? ¿Piedra? ¿Hierro? Se sobó la cara con la diestra, trató de mover las piernas en un intento de liberarse y poder saltar lejos de él. Aunque no pudo evitar reírse. Así que no era auror. Vaya por dios, al menos ellos sabían las normas y podían tener algo más de modales que un simple tipo que pasaba el tiempo rodeado de bestias. Todo se pegaba menos la hermosura, y estaba claro que en él se aplicaba a la perfección. —Ya estoy aguantando el olor a estiércol— apostilló moviendo las piernas, al menos todo lo que podía, para propinarle alguna patada en el abdomen.

—¿A dónde vas?— exclamó cuando abrió la puerta  y salió al pasillo. Por suerte, inicialmente, no había nadie allí. —¡Bájame!— reiteró, golpeándole en la espalda y acabando por tirar de su camiseta hacia arriba para tratar de arañarle, pellizcarle, hacerle cosquillas. Cualquier cosa era válida si le permitía tener la más mínima oportunidad de zafarse de él. Era cierto que había pensado armar un escándalo para molestar a su madre, pero que la llevaran como si fuera un saco de patatas no era algo que apreciara. —Tú… ¡ah!—. Se inclinó mejor para poder morderle con todas sus fuerzas en el costado.
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Mensaje por Colin Weynart el Mar Ago 20, 2019 4:43 am

Resoplo por mi nariz como si fuera un aethonan furioso, que por cierto lleva una carga insoportable a cuestas. —No es acoso, en cambio puedo comenzar a hacer una lista de cada una de tus faltas y desacato a un miembro de Seguridad Nacional está entre las últimas— señalo con un tono moderado en mi voz que es tan engañoso como se escucha, estoy tratando de tener un comportamiento que está basado en justa razones y me niego a ver que estoy rebajándome a una actitud tan caprichosa como la de esta muchacha. Su pataleo supone un riesgo para mi estabilidad, tengo que dar cada paso con fuerza, haciendo que mis botas choquen con el suelo dejando parte de ese polvo que traigo del exterior. Ya se encargaré alguien de dejar impoluto el despacho de la ministra. —Sumemos también lenguaje inapropiado, ese comentario fue ofensivo y casi hirió mi vanidad— hasta lo digo con una sonrisa que es casi divertida, porque todo en esta chica habla de impertinencia. Estaría empezando a sentir un poco de simpatía por la ministra Jensen por tener que criar una hija así.

En el pasillo que une a las oficinas de este departamento no hay nadie, aún quedan unos metros hasta llegar a donde se reúnen las secretarias y escucho vagamente su murmullo. —Ya te dije, al departamento de criaturas…— contesto, que no le he mentido, si es cierto que la ministra es su madre puede pasar a buscarla luego, si los mooncalfs son mejor que cualquier niñera para críos berrinchudos. La paciencia de esos animales es admirable, estaría necesitando un poco de ésta. Su mordida me hace gritar de la sorpresa y casi reacciono por instinto arrojándola al suelo, lo que consigue es que cruce delante de las secretarias que se quedan pasmadas al vernos y entro al ascensor que nos lleve a mi planta con un golpe seco en los botones. Es cuando las puertas se cierran que la bajo con una de mis manos presionando su hombro para que no se mueva y la otra para apuntarla con mi dedo índice cerca de su nariz. —Necesitas unas buenas nalgadas de tus padres, muchacha—. Que me acuse de acoso otra vez sí quiere por el comentario. —¿Quién demonios te ha criado? ¿Un montón de perros de la calle?— le espeto, si es que no se han sido un par de wampus, que tiene las garras jodidamente afiladas. Me fijo en los arañazos en mis brazos. — ¿Tendré que preocuparme de que me hayas pasado la rabia?
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Mensaje por V. Ileana Jensen el Lun Sep 02, 2019 11:26 pm

Estaba en una situación comprometida pero, aun así, se permitió rodar los ojos durante unos instantes antes de comenzar a moverse nuevamente, tratando de zafarse de su agarre. Dios, ¿aún quedaban personas con aquel vuelo de brazo? El esfuerzo físico, el ejercicio, y aquellas movidas, estaban sobrevaloradas hoy en día. Meneó la cabeza, tratando de despejar sus ideas pero, sobre todo, para dejar de pensar en aquellas estupideces que no venían a cuento teniendo en cuenta el embrollo en el que se encontraba. Cuanto más lo pensaba más se percataba de que su madre la estrangularía con sus propias manos por hacerle pasar tal vergüenza y, aunque no le importaba desprestigiar su imagen un poquito, prefería no morir. Al menos no aún y de una manera tan infructuosa.

Alzó la cabeza, girándose hacia ambos lados cuando escuchó un par de voces en la cercanía. Soltó un bufido, estirando el cuello y visualizando a un par de mujeres que hablaban al volver la esquina. —Soy la hija de la Ministra Jensen, por favor, avisad a mi madre de queestehombremehasecuestradoynosedondemelleva— sus palabras sonaron con claridad al inicio pero acabaron amontonándose conforme, a grandes zancadas, se alejaban a paso ligero. —¡Socorro!— volvió a gritar en un intento de llamar la atención de cualquier persona que estuviera dentro de su despacho, o saliendo, o pasando por un pasillo subyacente, cualquiera era más que válido. Pataleó, arañó y, en última instancia, mordió con fuerza. Mantuvo su boca contra él, atrapando lo que, posiblemente, era el único ápice de grasa que podía tener aquel hombre en todo su cuerpo. Mas tuvo que soltarlo cuando sus pies volvieron a tocar suelo firme, o algo parecido, y dispuso de un segundo que quiso aprovechar en vano. Su espalda chocó con la pared del ascensor y se vió atrapada, nuevamente. Trató de morder su dedo acusador; chasqueando los dientes muy cerca. —Primero me secuestras y ahora me hablas de nalgadas. Siento comunicarte que no estoy dispuesta a ayudarte en las fantasías que puedas tener en esa cabeza tuya— contestó con altanería, fulminándolo con la mirada. Puso los ojos en blanco, colocando la mano sobre la de él en un intento de que dejara de tocarla de una buena vez. Soltó un resoplido, divertido, alejando la mirada de él y enfocándola en el número marcado por el hombre.

Observó de soslayo las marcas de uñas que le había dejado en los brazos en sus intentos de escapar de él. —Yo me preocuparía más por otras enfermedades, creo que tienes marcados todos y cada uno de mis dientes— apuntaló. Ni siquiera le había llegado a desgarrar, o algo por el estilo, pero era mucho más divertido el hecho de haber dejado sus dientes ahí marcados que unos simples arañazos. —Aún estás a tiempo de deja que me vaya— agregó, moviéndose levemente hacia un lado en un intento de alcanzar el panel de botones y presionar cualquier otro que hiciera que las puertas se abrieran antes.
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Mensaje por Colin Weynart el Vie Sep 06, 2019 12:55 am

¿Por qué no la silencié con un hechizo? Tengo que escuchar su grito de auxilio alarmando a todas las secretarias, si es que no tengo a la ministra dentro de unos minutos frente a mí, será a los aurores que estén de guardia porque esta chica está haciendo tal escándalo, que espero encontrar una prueba que la incrimine entre sus posesiones y no quedar en ridículo por mi paranoia. —Departamento de criaturas, la jaula de los mooncalfs, al fondo a la derecha— le indico a las secretarias, para que quien sea que vaya en rescate de la chica sepa dónde encontrarla, así se me libra de los cargos de secuestrador. Tengo que defender mi reputación que será lo único que me quede después de que esta chica acabe conmigo con su berrinche violento, a ver si los tranquilos mooncalfs le enseñan algo de estarse quieta y respirar hondo, en vez de estar lanzando arañazos y mordidas al aire que me tienen de víctima.

Créeme que no te veo más que como la chica malcriada que eres, si como mucho has pasado los trece— apunto, sintiéndome acusado por algo que jamás pasaría por mi cabeza cuando tengo sobrinos de casi su misma edad. Y la acusación me escuece tanto, que pese a mi clara indignación, se me enrojecen las orejas de la vergüenza, lo que me dice que tengo que tener cuidado y devolverle su espacio personal, para no provocar malos entendidos y también para que mis dedos se salvan de sus dientes que se cierran con fuerza tan cerca, que tengo que apartarlos rápidamente. Me fijo en las marcas visibles en mi piel además de sentirlas y soy burlón al preguntar: —¿Acaso tienes licantropía?—. Nada más decirlo, mi mirada vuelve a ella y entrecierro mis ojos en rendijas que demuestran mi recelo. —Pediré que te hagan un examen de sangre nada más llegar al departamento— anuncio, con eso también contesto a su siguiente pregunta. Cubro el tablero de botones con mi palma, para impedir que cambie el destino, y no falta mucho para que el ascensor se sacuda para marcar que hemos llegado a la planta indicada.

Al abrirse las puertas metálicas le hago un gesto con la barbilla para que salga primero. —Puedes ir por tus propios pies— indico, así no volvemos a todo ese espectáculo ridículo que es confuso a la vista y porque no quiero nuevas acusaciones que me hacen sentirme mal por meterme con una delincuente juvenil. —Avisaré a una auror que está aquí para que pueda venir a checarte y se asegure que no estás robando nada—. Apunto con mi dedo al pasillo que tenemos por delante. —Al fondo están las jaulas, tus nuevos amigos te esperan— le muestro el camino parándome a su lado y esperando que reemprenda su andar, porque si se lanza de cabeza al ascensor sólo empeorará su caso. Por las dudas, despido al ascensor para que suba y se quede sin vía de escape. —¿Cómo me dijiste que te llamas?— pregunto, necesitaré dar un poco de información de ella. —Y si eres la hija de la ministra Jensen, ¿para qué has venido hasta aquí si no es para molestar?
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