The Mighty Fall
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Mensaje por Hans M. Powell el Dom Abr 14, 2019 8:35 pm

Lo que me despierta es un sonido insoportable que proviene de un lugar demasiado lejano y tardo un momento en darme cuenta de que lo oigo distante porque tengo una almohada sobre la cabeza. Tanteo con la mano hasta pellizcar la tela de la misma y tiro, reconociendo mi postura panza abajo y adivinando sin necesidad de mirarme que tengo el cabello disparado en todas direcciones y el rostro fruncido por el cansancio. La luz es tenue, apenas ingresando por la ventana e indicando que es bien temprano en la mañana, no ayudando a mi pereza general, producida mayormente por haberme dormido a vaya a saber qué hora de la madrugada. Soy plenamente consciente de que no estoy en mi dormitorio, en vista de que no ha habido alcohol en esta ocasión y todos los detalles de anoche se encuentran frescos en mi cabeza. Incluso giro el rostro, encontrándome con la figura que me comparte algo de calor corporal en la poca distancia. En esta ocasión, no me sobresalto; me basta con moverme con cuidado, decidido a apagar ese pitido infernal. Bajar los pies al suelo me planta una nueva incógnita: ¿Dónde quedaron mis pantalones?

A pesar de que barro el cuarto con mis ojos, recuerdo casi de inmediato que no están aquí. Me detengo un momento en los detalles que decoran una de sus paredes, papeles que no comprendo del todo pero que me obligan a sonreírme un instante para mí mismo. Me obligo a levantarme y mis pasos tratan de ser silenciosos mientras camino hasta llegar a la sala, agradeciendo las pocas distancias y buscando en la poca iluminación por el bulto que tendrían que ser mis pantalones. Al final, reconozco mi camiseta sobre la barra de la cocina y los jeans en medio de la sala, así que intento llegar a ellos, tropezando en el proceso con lo que identifico como mi ropa interior. Bien, eso significa que sigo vagamente dormido, lo que explicaría mi andar en leve zig zag y mi poca capacidad para sacudirme los calzoncillos del pie. Al final, puedo inclinarme sobre el pantalón, levantarlo y hurgar en uno de los bolsillos hasta que doy con el comunicador, cuya alarma me está asesinando los tímpanos con más intensidad. La apago y noto los números que me indican que son casi las siete de la mañana, lo que me provoca un resoplido de agotamiento. Reconozco el deseo de seguir durmiendo y me paso una mano por la cara, estirándome las facciones en un intento de convencerme de que es martes, que debo ir a trabajar, que podría simplemente vestirme y desaparecer. No sería la primera vez que lo hago y dudo mucho que fuese la última. Aún así, tiro la ropa sobre el desacomodado sofá y arrastro los pies hasta el baño, donde me encierro los minutos necesarios como para sentir que soy una persona sin la boca apestando a mañana y con la cara un poco más despejada.

El instinto es lo que me regresa a la cama, donde creo que caigo con el sueño suficiente como para que me arrastre por el colchón hasta pasar el brazo por encima del cuerpo de Scott con una comodidad que no sé bien de dónde sale, pero que no considero incorrecta. Veamos, una vez es simplemente casual. Dos, posiblemente la búsqueda de una revancha pendiente. Pero tres… bueno, digamos que se nos agotaron las excusas. Me acomodo cerca de su cuello, donde rozo mis labios en una actitud perezosa, pero buscando su atención en el capricho del abuso de las pocas horas que nos quedan antes de tener la obligación de estar en el ministerio — No sé qué inyección te dieron anoche, pero no tienes ni la más mínima roncha — murmuro con voz ronca, mostrándome vagamente divertido ante el recuerdo de un incidente que parece muy lejano y que, a decir verdad, se me fue de la mente en las últimas horas. Me silencio con un beso en el corte de su mandíbula y estrecho con suavidad el agarre de mi brazo, a sabiendas de que estoy siendo un fastidio y delatándolo con la pequeña sonrisa divertida que se me asoma cerca de su boca — Odio decírtelo así, pero es martes, hay trabajo que hacer y pareces un oso perezoso en época de hibernación. Y si consideramos que anoche vacié todo mi estómago, corres el riesgo de levantarte y encontrarte con la nevera vacía — soy consciente del tono nada formal de mis palabras y eso me obliga a aclararme un poco la garganta, aunque tampoco puedo esperar otra cosa si consideramos el escenario. Como ya dije, se nos acabaron las excusas y, para ser honesto, nunca fui fanático de ellas.
Hans M. Powell
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Mensaje por Lara Scott el Miér Abr 17, 2019 5:39 am

Las alarmas de peligro suelen sonar con una insistencia mayor a la del eco de un latido agudo. La habitación está llena de la luz clara que entra por la ventana, en vez de los destellos rojos que esperaba ver. El pitido se sigue escuchando hasta que se detiene, la certeza de todas mis mañanas de saberme sola en mi cama dura unos segundos de sosiego. Suelto el aire contenido en mi pecho contra la almohada y cambio de posición en el vacío de la cama para reconquistar el sueño, recuperando parte del espacio que cedí anoche. Mi nariz se llena de los olores que quedaron impregnados en la tela, soy consciente de mi desnudez y de que la pesadez de mi cuerpo se debe a un cansancio que solo en parte se debe a los días agitados que tuve y en buena medida a una madrugada agitada. Solo queda la calma cuando el silencio es todo lo que se escucha, y estoy tan sumida en esta, que me acomodo al cuerpo que se tiende a mi lado con los ojos aun cerrados, atraída por el calor de su piel. Me muevo para que pueda subir con sus besos por mi cuello, en mi estado de somnolencia. Mis labios se estiran y acaricio su cabello instándolo a seguir recorriendo toda la piel libre de marcas. —Es muy temprano para pensar en términos médicos— suspiro a la nada. —Porque cuando dices que no sabes que inyección me dieron anoche, en todo lo que puedo pensar es…— hago un recorrido mental de nuestras paradas por el departamento hasta hundirnos en la cama. Deslizo una mano por su cintura y desciendo por su cadera. —En lo efectivo que eres para combatir alergias— susurro y me estiro con languidez. —Solo unos minutos más— pido con los ojos cerrados, con la intención de volver a dormir.

De a poco abandono el estado de sueño, pese a que me resisto a incorporarme porque el cuerpo me pide permanecer en la comodidad de la cama. —Los días de la semana son una cuestión psicológica— farfullo con la incoherencia que me facilita el estar en medio de la consciencia y la inconsciencia. —Si te mentalizas que hoy no es martes, no será martes—. Lo miro de soslayo con una sonrisa que se esconde en la almohada. Recojo con mis manos los bordes de la sábana para subirlos hasta los hombros, aferrándome a mi estado de hibernación inoportuno de entre semana. Me apena que esté sin comer después del episodio de anoche en el local de mariscos que lo dejó sin cena y el ajetreo posterior en este lugar, pero no es algo que esté a mi alcance solucionar. No le traeré una bandeja de lo que sea a la cama, como mucho un tazón de frutas. —¿Qué? ¿Mis elfos no te prepararon el desayuno? — me resulta imposible no bromear sobre los contrastes entre su casa y la mía. —Perdona, el chef que contraté está de vacaciones. Tocará comer lo que haya— sigo. Contengo la risa y salgo de las sábanas para desperezarme. Reviso la hora en el reloj que está en la mesa de luz y cuando tengo la tranquilidad de que tenemos algo de tiempo, voy hacia unos cajones para vestirme con ropa interior y una camiseta que hago pasar por mi cabeza y mis brazos. —La cocina es la tercera puerta a la derecha. No te pierdas en la galería de retratos de mis ancestros, por favor— mi tono burlón es fresco por la mañana y voy hacia el baño. Tengo una mano en la manija para abrir la puerta cuando me detengo, mi vacilación dura tres contados segundos. ¿Si sabe que puede conseguir un desayuno mejor en su oficina con solo chasquear los dedos, verdad? —Puedes servirte lo que quieras— le hago una seña en dirección a la cocina.
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Mensaje por Hans M. Powell el Miér Abr 17, 2019 6:32 am

Se me pinta una sonrisa contra el calor de su piel, esa que queda al descubierto en cuanto se acomoda para regalarme la extensión de su cuello — La próxima vez me ahorraré en llevarte al hospital, entonces — es un murmullo bromista, ahogado por los besos que dejo en su piel, esa que hace que la risa que brota de mi garganta apenas se oiga como mera respuesta a su petición de algunos minutos extra. No se lo digo en voz alta, pero el modo en el cual me acoplo a su cuerpo deja en evidencia que se lo concedo, demasiado cómodo y agotado como para desear enfrentar una nueva jornada laboral. Y, debo admitirlo, el gozar de la comodidad de sus sábanas es un capricho que me agrada cumplir, en especial si tomamos en cuenta el modo que tiene de pasar de mi cabello a mi cintura, con total impunidad.

Díselo a mi agenda — susurro con la sonrisa plasmada en la voz, correspondiendo perezosamente al mismo gesto que se asoma por su rostro, el cual puedo ver recortado en la luz que ingresa matutina por la ventana. Que tire de las sábanas hace que me mueva un poco, buscando algo del calor y la protección de las mismas, lo que me lleva a enroscar un poco nuestras piernas al reírme por esa mofa — Que mal servicio, Scott. Debería demandarte por falsa publicidad — aunque no recuerdo que me haya prometido algo de comida, pero tampoco me voy a poner a hacer un análisis de ello. No cuando tengo que dejar caer mi brazo en cuanto se libera y se me escapa un gemido de reproche, quedándome tendido a pesar de que mis ojos siguen el recorrido de su silueta por la habitación. Al final, es hasta que se aleja lo suficiente que me apoyo en mi costado para poder verla, arrugando un poco el entrecejo con obvia frescura — ¿Debería sentirme atacado por todo esto o siempre te despiertas con ese humor? — no es un tono ofendido ni mucho menos, la mueca divertida que curva la comisura de mis labios lo evidencia.

Su ofrecimiento no me toma por sorpresa, pero sí me suena a una conversación un poco inverosímil entre nosotros, delatándose en el modo que mis cejas se disparan rápidamente hasta esconderse por un segundo debajo de mi flequillo — ¿Lo que yo quiera? — es un tono pícaro pero suave, ligeramente sugerente. Me impulso hacia arriba hasta que vuelvo a estar de pie y, esta vez, mis piernas están un poco más firmes cuando camino, acercándome a ella hasta que paso por su lado con algo más de lentitud — Supongo que tú no vienes incluida en el menú. Ya sabes, con café a un lado — el chiste se apaga cuando inclino la cabeza hacia un lado, apenas tocando sus labios con los míos en un gesto que ni siquiera me lleva a cerrar los ojos del todo. Me alejo casi tan rápido como llegué, dispuesto a continuar el camino hacia la sala, mucho más consciente de la ubicación de cada mueble u objeto intruso.

Vestirme me toma poco y nada, a pesar de algunos saltos torpes para meter la pierna correcta en el agujero del pantalón correspondiente. Para cuando ella se aparece en escena, estoy pasando la remera por mi cabeza y estiro la tela hacia abajo para que quede en su lugar, notando las leves arrugas provocadas por haber sido arrojada al suelo hecha una bola descuidada — ¿Volverás a desayunar fruta? — pregunto y, con total descaro, empiezo a hurgar en sus alacenas. Ella me dio permiso, que conste — Puedo cumplirte la fantasía de tener tostadas sin quemar en tu cocina por una vez en la vida — cierro la puertita que tengo a la altura de mi cabeza tras tomar el paquete de pan y me volteo, echándole un vistazo como si recién me percatase de su compañía. Es como si el papel que me entregó ayer y sigue reposando en mi bolsillo volviese a tomar peso, pero lo empujo a un lado con extraña facilidad — Demasiado casero para nosotros, ¿no? — a pesar del tono jovial, queda implícito lo extraño del escenario. Me sacudo la idea con un movimiento de la cabeza y apoyo el pan sobre la mesada, siendo libre de chequear lo que reconozco como la cafetera. Es la perfecta excusa para darle la espalda — Puedo marcharme rápido, si eso es lo que quieres. Es tu casa, así que esta vez son tus reglas — no tuve oportunidad hasta ahora de preguntar por las leyes de su techo. Quizá debería empezar a enumerarlas.
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Mensaje por Lara Scott el Jue Abr 18, 2019 5:15 am

Que me aferre a las sábanas, que me enrede con su cuerpo, que niegue la realidad del martes, no cambiará el orden de los días de la semana y me otorgará un sábado de gracia. Mi costumbre inquieta de estar en pie tras unas pocas horas de sueño porque la pereza es un mal que evito, me falla. Esta vez el tiempo corre en contra y lo único que quiero es quedarme suspendida en este letargo, encuentro que su hombro es más cómodo que la almohada y la calidez que me envuelve en su abrazo funciona mejor que una manta. Su anunciado asalto a mi comida es lo que me incita a moverme, este momento de limbo está hecho para romperse y se siente como un quiebre cuando me aparto para salir de la cama. —Puras mentiras para atraerte hacia mis malas intenciones— sigo a su broma sobre publicidad engañosa, de la que no soy responsable si tenemos que hablar en serio. Nunca nos engañamos sobre nosotros mismos, quiénes somos y qué cabe esperar. Él tiene una muy detallada lista de mis gloriosos defectos, por ejemplo. Faltó la falta de arte en la cocina, pero puede agregarla esta mañana y retirarse con esa excusa, como podría haberse ido anoche a la mención de cualquiera de mis otros rasgos poco amables de mi carácter. —Me despierto con este humor, vivo con este humor y me voy a dormir con este humor— digo, y hundo los hombros y muestro mis manos, como si  las cosas fueran de esta manera porque no pueden ser de otra.

No comprendo bien el cómo seguimos siendo débiles a la gravedad y no hay modo en que impongamos distancias, la atracción de mi cuerpo hacia el suyo me hace buscar su boca cuando se acerca. —¿Tenemos tiempo para un menú que nos incluya?— pregunto con una ceja en alto como planteándonos la duda o el desafío, depende de cómo queramos verlo. El agua al correr opaca un poco los sonidos de alguien moviéndose por la casa y sé que si permanezco en el baño los dos minutos de reflexión sobre lo que está sucediendo, hallaré un par de incongruencias. Termino de peinar con mis dedos los mechones cortos de pelo cuando salgo del baño y me lo encuentro revolviendo la alacena. Paso de largo su pregunta por su ofrecimiento que me tiene con una sonrisa que tira de mis labios. —Me agrada ese detalle tuyo de tomar nota de mis fantasías— suelto una carcajada y beso la línea de su mentón en una caricia fugaz. —Pero, ¿seguro que en las fantasías la gente lleva tanta ropa puesta?— inquiero. Hace temblar mi gesto burlón al señalar lo doméstico de la escena. —Tal vez…

Como parece saber mejor que yo lo que se hace en una cocina, permito que se mueva a su gusto y para no estorbar me siento en el desayunador con las piernas colgando. —¿Me estás incitando a echarte de mi casa?— pregunto, mi mirada esperando una reacción delatadora en su cuerpo colocado convenientemente de espalda. Si yo no se lo dije, ¿por qué tiene que insinuarlo él? Por lo que me explicó ayer sobre que darme margen para hacer una elección es una muestra de respeto, puedo entender qué se trata de lo mismo. —No recibo personas en mi casa, creo que te lo había dicho. Pero estás debidamente invitado a quedarte esta mañana…— hago un movimiento elegante en el aire con la mano. Nadie tiene que salir corriendo con la ropa en brazos de esta situación al despuntar al amanecer, porque no se trató de sexo casual o accidental que obliga a abandonar camas a la mañana siguiente. No es como si dejara de ver a Hans después de este día, y lo mínimo que puedo hacer es darle espacio para que se tome un café. —Mi regla más inmediata es que como estamos en mi casa y dormiste en mi cama, te toca alimentarme— señalo a los panes que se transformarán en tostadas. —Te cedo este pequeño territorio de mi reino y queda bajo tu control— dibujo unas líneas con mi dedo que trazan la superficie rectangular de la cocina, y uso mis manos como apoyo para inclinarme hacia atrás en la mesada, sonriente, a esperar mi desayuno. —¿Y tú? ¿Tienes apuro en irte? Puedes hacerlo, si quieres... después de que termines las tostadas.


Última edición por Lara Scott el Vie Abr 19, 2019 6:09 am, editado 1 vez
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Mensaje por Hans M. Powell el Jue Abr 18, 2019 6:15 am

¿Tenemos tiempo? Es una buena pregunta, no solo en base al desayuno, sino porque sé muy bien que nuestro momento de paz no será definitivo. Siempre hay algo que agita las aguas, para variar, pero puedo tomar esto como un momento en el cual ninguno de los dos tienen que competir con el otro. Su risa se contagia con la mía, haciendo temblar apenas mi semblante que recibe ese beso casual — Si quieres, me quitaré la ropa de nuevo, pero no le veo lo práctico ahora mismo — es una sugerencia que hasta suena desconfiada, a pesar de que es un tono que se presta al juego. Ese al cual se suma su burla, desligándose de opinar sobre una situación en la cual jamás nos he pensado y que, después de todo lo que ha pasado, no parece tan fuera de lugar.

No, solo te estoy dando la libertad de que no te sientas presionada — no hay nada peor que sentir que estás manteniendo gente bajo tu techo por mero compromiso. Le permito que se explique mientras pongo en funcionamiento la cafetera, cuyo aroma no se demora en invadir el aire y despierta de inmediato el hambre que hasta ahora tenía controlado. Eso me da el tiempo a echarle un rápido vistazo al moverme, en busca de tazas de café y de la tostadora, la cual conecto en el enchufe más cercano — Me agrada esto de poder tomar tus excepciones a las reglas — no creo que pueda ver el modo ladino en el cual me sonrío, ya que aún me mantengo dándole la espalda, pero estoy seguro de que puede reconocer el tono de mi voz. Para cuando me giro hacia ella, el pan ya se encuentra tomando calor y puedo desligarme un poco de prestarle atención para poder analizar su postura con la mirada — Oh, cierto. La emperatriz — recuerdo con tonito pensativo, revoleando los ojos en un aire obviamente fingido — Terminaré tus tostadas. Comeré contigo. Porque aunque no lo crea, Su Majestad, no tengo apuro en dejar de molestar. Además… — puedo oír como el café ya está listo, así que empujo las tazas para empezar a servir — Es tentador que me cedas tu territorio de esa forma. Rompe un poco con lo que me tiene acostumbrado en ti, Scott. ¿Azúcar, leche?

Las dos tazas humeantes no tardan en estar sobre la mesada junto a un plato pequeño, en el cual voy colocando las tostadas. Para cuando abro la heladera, me fijo en los tuppers con comida que me llaman un instante la atención y paso a buscar la mermelada. Cierro con un movimiento del pie al estar estirándome para tomar un cuchillo, paso el plato al desayunador junto a ella con el frasco que acabo de tomar y, por último, me acerco con ambas tazas, tendiéndole una a la par que me llevo la propia a los labios — Cuando estaba ebria, Meerah me preguntó por qué es que no salgo contigo — recuerdo casi de prepo, sonriendo entre el humo de la taza con la misma expresión de alguien que ha escuchado un disparate — Tuve que explicarle que sería complicado y que jamás podría funcionar. No pareció gustarle la respuesta — mis manos se cierran alrededor de la taza tras un sorbo generoso y, acomodándome entre sus piernas colgantes, me recargo en el desayunador y me acerco para dejar que mi sonrisa gravite sobre sus labios — Creo que puedo perdonarte que abrieras la boca. También creo que puedo acostumbrarme a esto — es un beso rápido y superficial el que le robo, aún así me relamo con lentitud al distanciarme lo suficiente como para prepararme una tostada con una mano, lo que me obliga a desviar la vista de ella y regalarle mi perfil — No me refiero a salir contigo, no empieces a acusarme. Pero creo que hemos sido infantiles e inmaduros al respecto, Scott. Demasiadas vueltas, muchas huidas. ¿Y para qué? — ya con la mermelada en su lugar, le doy un mordisco a la tostada y la siento crujir al mirarla con una expresión que hasta peca de inocente — Al final, siempre nos buscamos y lo peor es que nos encontramos. Entonces… ¿Por qué siempre nos resistimos? — como estoy hablando con la boca llena, me fuerzo a tragar y alzo un hombro — Prometí descifrarte la primera vez que estuvimos juntos, pero cada vez le veo menos sentido a la negativa. ¿O estoy equivocado? — puedo sentir la migaja en la comisura, así que paso mi lengua con rapidez.
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Mensaje por Lara Scott el Vie Abr 19, 2019 5:14 pm

Me encojo de hombros, resignándome a que tendremos que ser prácticos en cuanto a nuestro vestuario en la cocina. Sonrío con humor al pensar que el escenario puede ser el mismo al de la noche anterior, y es el tiempo el que marca la diferencia, ahora mismo la situación es distinta, nuestras ropas están puestas en su lugar cuando horas antes nos deshicimos de ellas sin importar a donde iban a parar. —Tienes razón— si puedo concederle esto es porque sigo hablando en broma. —Es hora de que volvamos a hacer uso de nuestro buen sentido común— ruedo los ojos al decirlo y no creo que llegue a ver el gesto, no hace falta. Por mi tono se dará cuenta que me estoy mofando de que podamos tener una casi civilizada conversación matutina, sin toda esa caótica energía que nos tenía buscando la piel del otro, y que se le da por comparar con algo más. Lo veo de mi pie en un espacio de mi casa, tomando el control de mis cosas, haciendo algo tan cotidiano como café y tostadas, y lo penoso de esto, es tener que reconocer que su presencia no me importuna como para querer que se vaya.

No me haces sentir como si me estuvieras presionando a algo, nunca. Ni siquiera cuando me estás pidiendo expresamente que haga algo— digo, y me tardó un poco al pensar en ello. —Es como si fuera arrastrada por una corriente que me lleva, contigo me encuentro en todo momento en lugares donde no creía que pudiera estar— le comparto mis cavilaciones con un tono vago y más profundo. —Y ese margen de libertad que tengo para aceptar o negarme a lo que sea que te involucra, también se deja arrastrar, a veces elegimos a conciencia lo que sabemos que es un error — explico con el aroma del café rozando mi nariz. No alcanzo a comprender qué cambió para que hacer de su compañía un disfrute de mi mañana, sin toda la prisa que supone escapar después de compartir cama y evitar precisamente estas conversaciones sobre reflexionar en lo que pasó. Que se abran estos espacios de intimidad diferentes al sexo, en que se hace parte del paisaje de mi cocina y tomo de esta oportunidad porque no creo que se repita. Se ensancha mi sonrisa con su comentario. —Cuando las reglas se romperán de todas formas, siempre es bueno ceder excepciones— susurro. Puedo volver sobre esto cuando acaba su observación sobre mi renuncia a su favor de ciertos territorios, y se lo que esto supone, que estoy retrocediendo mis límites, estoy permitiendo que avance cuando antes me oponía con rotundidad. —Es solo una excepción, no abuses de ello— bromeo. — Algunas de mis reglas están en un dilema esta mañana, si no quiero reescribirlas tendré que pensar en esto como un caso especial. Y un poco de azúcar está bien.

»Además, te mueves bien en mi cocina— agrego, siguiendo sus movimientos para hacerse de todas las cosas necesarias para un desayuno decente y por capricho me mantengo sentada, sin ofrecerme a ayudarlo como lo haría si estuviera con otra persona. Tomo con mis manos la taza que me entrega y celebro su buen trabajo con una sonrisa, me asombra que lo haya hecho todo sin quejarse ni una vez. Estoy a punto a preguntarle cuándo fue la última vez antes de este día en que preparó un desayuno para compartirlo con alguien, porque entre su casa y la oficina, doy por sentado que siempre hay alguien que lo hará por él. No lo hago y a punto estoy de derramar el contenido de mi taza por la mención a Meerah. —¿Por qué haría tal cosa?— se me escucha con una nota de alarma, por más que intento tomarlo como un chiste. Bien pudo estar borracha y sigue siendo incomprensible para mí que aflore ese tipo de preguntas en la mente de su hija. Me sorprende que Hans haya tenido una respuesta para darle y el que me la diga me hace recelar, porque este giro de la conversación no sé a dónde puede terminar. —No estamos hechos para encajar— coincido. Ese discurso no detiene a mis labios de reaccionar a su roce y a esperar que profundice en el beso. Me tardo en asimilar que esto podría volverse una costumbre si me guío por sus palabras. No es lo mismo, pero está cerca de lo que acabamos de decir que nunca pasaría. Creo que percibe mi desconfianza y tengo la taza olvidada contra mi estómago hasta que se aclare. —Yo que tú no lo haría…— le advierto.

Aprieto mis labios cuando silencia mis preocupaciones al decir que no se trata de lo que insinuaba Meerah. ¿A qué podría acostumbrarse de todo esto? No lo interrumpo y no respondo a las preguntas que coloca al final de cada afirmación, no es por respeto a que sean retóricas, sino porque necesito saber el punto al que quiere llegar y no lanzar un comentario que lo malinterprete, que nos haga virar en otra dirección. —¿Estás proponiendo que hagamos de dormir juntos una costumbre?— pregunto. Si tengo que seguir lo que está explícito en sus palabras, estamos hablando de la resistencia que mostramos a la atracción que nos mueve, esa búsqueda instintiva que tiende a acabar en… esto. Nosotros, donde sea, tan cerca. —Si al final siempre acabas entre mis piernas,— como en este momento— ¿lo que quieres es que las abra cada vez que te vea y deje la negativa? ¿De fingir que no es lo que quiero? — curvo hacia un lado una sonrisa burlona y busco una tostada del plato. —¿O lo haremos una costumbre exclusiva de los lunes?—. A pesar de los recaudos, lo que sea que dice lo leo a mi manera y puede que el sentido final de lo que dice no coincida con mi conclusión. Muerdo mi tostada al tiempo que uso mi pulgar para limpiar las migas de su comisura.

»Esto no se volverá una costumbre— digo y mi mano se amolda a su mejilla. —Lo que estás tratando de hacer al acomodar en tu sistema algo que hasta entonces te desconcertaba, es tratar de controlar lo que sabes que no puedes. Estás tratando de domesticar el caos…— explico desde mi lógica. —Acéptalo como un accidente, cada vez que surja, porque si quieres volverlo un patrón predecible… no va a funcionar— murmuro contra sus labios y capturo el aire que queda en medio—No te acostumbres a mi cocina, ni a mi compañía, Hans. Siempre habrá cosas que demandan nuestro tiempo, personas que nos parezcan más interesantes. No creo que pueda hacerse de la atracción sexual una costumbre— desplazo mis labios por su mejilla. —Así que deja a la resistencia en paz, que no es resistencia, es lo impredecible de cada encuentro. El no saber si acabaré besándote, y que siempre nos busquemos, que lo peor de todo— sonrío— sea que nos encontremos.
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Mensaje por Hans M. Powell el Vie Abr 19, 2019 8:51 pm

Creo que ahí es dónde reside el problema, en que es un error y los dos somos conscientes de ello. Ya hemos hablado de que somos dos personas que caminan en direcciones opuestas y que se toman el atrevimiento de chocar en determinados puntos del camino. Ya no estoy al tanto de cuales se supone que son las reglas, porque tengo la leve sospecha de que siempre las estamos cambiando y torciendo. La miro con mi mejor expresión de que jamás romperé un plato o, en este caso, que sería incapaz (sí, claro) de abusar de sus excepciones — Si piensas en hacer una sesión de reescritura, no tengo problema en estar presente para compartir mi opinión — la seriedad no está presente, disfrazando la actitud en mi modo de ponerle azúcar a su café. Se me va un poco al suelo la fachada cuando lo siguiente que dice le da pie a un comentario infantil que soy incapaz de contener — Me muevo bien en tu cocina… ¿En la mañana o en la noche?

No tengo idea. Supongo que tiene un capricho contigo. Le agradas — intento que mi voz no refleje ninguna clase de alarma, porque he aprendido que a los ebrios y sus comentarios hay que tomarlos como tal. No voy a explicarle que también Annie estaba incluida en la conversación ni tampoco voy a hacer mención de que mi hija cree que Scott es una bella mujer, porque no voy a entrar en ese tipo de halagos y charlas que no vienen a cuento. Al menos coincidimos en que un “nosotros” jamás sería funcional, lo suficiente como para ni siquiera pensarlo como una verdadera posibilidad. Me encojo de hombros en la calma del desayuno porque no sé si está muy alejada de mi idea en su abanico de posibilidades, saboreando el café que no me permite responder con rapidez a su pequeña lista — No estaba pensando en los lunes… — dejo caer solamente, mi voz haciendo eco dentro de la taza. Es cuando la aparto que ella me ayuda a limpiarme los labios y ese gesto, tan íntimo que podría pasar desapercibido, me lleva a pasar mis dedos por la misma zona como si buscase terminar de limpiar por mi cuenta. Tengo que dejar mi mano caer cuando la suya inicia unas nuevas caricias, oyendo como habla tan cerca de mi boca que, aunque intento mantener su mirada, la mía baja a sus labios en más de una ocasión. Reconozco la tentación cuando la veo, porque me llena de una fastidiosa impaciencia, pero puedo contener mi instinto un poco más — Jamás me tomaría el atrevimiento de pensarte como algo predecible, Scott — susurro, apenas e interrumpiendo su discurso. Mis ojos se rinden ante el tacto de sus labios en mi piel y los dejo cerrarse con suavidad, sonriéndome por el calor que me regala y que me hace apretar la taza con algo más de ímpetu — No te estoy pidiendo que seas mi amante — aclaro — No quiero de ti una fecha o un lugar para encontrarnos. No quiero que me des un informe y te quedes unos minutos más como un trato de que debemos pasar tiempo juntos y sin ropa. Lo que sí quiero… — aprovecho la postura que me ha regalado para posar un beso sobre su hombro — Es dejar de fingir que nada sucede, cuando los dos sabemos que sucede de todo — que me lo niegue. Que me diga que no hay electricidad, que puede contenerse conmigo cuando nos encontramos, porque sé que es mentira. Que siempre acabemos enroscados en una violenta desesperación es una prueba irrefutable de ello.

Apoyo la taza al lado de ella pero no la suelto. Uso la mano que me queda libre para posarla en su cuello y jugar con algunos mechones de su pelo entre los dedos, ladeando la cabeza para que su boca esté a mi alcance. Es un beso corto, pero le sigue otro que demanda su atención unos segundos más — Se me da muy mal fingir en cuestiones personales, aunque no lo parezca — mi habla es la que interrumpe los besos, haciendo que mis labios se muevan sobre los suyos. En el ministerio jamás me ha molestado guardar las apariencias, pero no tengo paciencia para las incertidumbres y los pasos en falso en sitios como mi cama — Quiero que hagamos lo que queramos cuando lo queramos. Si deseamos algo, no tenemos razones para taparlo con orgullo. No me molestaría besarte ni siquiera en el ascensor del ministerio, si eso es lo que me nace en el momento. Tú me entiendes — mi vaga risa se pierde en el modo que tengo de besarla una, dos, tres veces más con la calma que acaba en una rápida mordida y la suelto. Eso me da la libertad de estirar la mano, tomar mi tostada y terminarla de un mordisco.

Bajo un poco la comida con la ayuda del café, cuyo sabor es reconfortante a pesar del calor — Lo impredecible de esto lo vuelve tentador, lo sé y no planeo controlarlo. Solo no quiero encontrarme con una barrera invisible cargada de errores por el simple hecho de desear a alguien que se supone que no debería tener — sé cómo suena, así que la vista se va hacia ella con una vaga sonrisa — Sé que no voy a tenerte, no en el sentido que asusta. No tienes por qué preocuparte por ello.
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Mensaje por Lara Scott el Dom Abr 21, 2019 9:34 pm

Si tengo en cuenta que es quien está poniendo en crisis mis reglas, estoy dividida entre dejarlo fuera de esa sesión o hacerlo parte. —Podría necesitar de un abogado que me asesore y vele por mis intereses— digo, y lo miro con suspicacia. —Pero no sé si podría confiar en que lo hagas, si cambiar algunas reglas podría ser a tu favor— lo suavizo con una sonrisa a juego con su expresión, que se extiende por mis labios al oír su pregunta y pierde toda inocencia. Hablaba de lo desenvuelto que se veía haciendo el desayuno, pero en honor a la verdad hay pocas cosas que le puedo reprochar de su desempeño en este mismo espacio físico, unas horas antes, cuando nos movíamos por la oscuridad de la casa. —En la mañana y en la noche— le concedo. No es mi intención, y también me río cuando señala que soy un «capricho» de su hija. La carcajada sale de mis labios de la manera más natural, desvaneciéndose al cabo de un instante. Meerah me agrada con indiferencia de quienes sean sus padres, creo estar en lo cierto al pensar que tenemos una relación que corre paralela a las otras. Me agrada por ella misma, pero no parece posible dejar fuera a Audrey o Hans en nuestro trato. Me recuerdo mi decisión en el hospital de poner una distancia con ella, no deja de alarmarme que ponga en palabras lo que nosotros no. Hasta esta mañana, en la que bebo mi café a sorbos espaciados porque estoy hablando más de lo que me permiten mis reglas. Los desayunos son una trampa, y las tostadas fueron el señuelo perfecto. Tendría que haberlo sabido, en lo último que pensaría sería en las tostadas al tenerlo en mi cocina. Sabe mejor que el café para despertarme.

Paso mis dedos por los mechones castaños de su nuca cuando se inclina y en esa posición, busco acabar con la poca distancia que queda entre los dos al rodear su cintura con los brazos. Sus aclaraciones apaciguan mis oídos. Ser considerada la amante de alguien me sigue incomodando tanto como cualquier otra etiqueta, el ser parte de una agenda también me provoca un cosquilleo molesto. Sigo rebelándome a encajar en alguna posición que quiera darme para acomodarme en su tablero mental, que cuando escucho que su petición se reduce a que dejemos de mentir y de mentirnos, tengo que replantearme qué estoy haciendo ahora mismo. Mis manos no parecen enterarse nunca de lo que niega mi boca, y en más de una ocasión, mi mente se rindió con la misma entrega que el deseo provocó en mi cuerpo. Mis labios responden a sus besos entrecortados de la manera en que han aprendido, sabiendo amoldarse al mínimo roce, con una exigencia que se renueva y se vuelve apremiante. Tengo que sostenerme de su hombro con una mano para encontrar un punto de sujeción cuando se retira y estoy pensando en lo que propone, en hacer de cada lugar una zona liberada para nuestros instintos. Hay algo que me advierte de un posible paso en falso en esto, un riesgo escondido que no estamos considerando. Y esta reacción desconfiada bien podría ser también una barrera invisible. Tengo que guardarme todo intento de una negativa si es que no quiero terminar dándole la razón de que pongo por delante demasiadas cosas para resguardarme, en vez de aceptar que nos atraemos irremediablemente.

Sé que no sucederá, Hans— digo con cierto dejo burlón, falso para encubrir el efecto que sus últimas palabras causaron en mí, el por qué consideró necesario aclarar también ese punto. —Yo no quiero tenerte, ni tú quieres tenerme— digo, busco su mirada con la mía y con mis dedos hago hacia atrás los mechones que arremolinan en su frente. —Es lo atractivo de esto. Saber que no te tengo, que puedes estar al alcance de mis manos un segundo en el que tengo que decidir si vales el riesgo, capturarte por un rato, y después soltarte— susurro. Agarro una de las tostadas y la embadurno de una capa fina de dulce, mientras sigo: —Según tú soy yo quien se resiste. Para mí eres quien escapa. Nunca estoy segura de lo que sucederá contigo. Puedes quedarte o puedes irte, nunca lo sé hasta que ocurre. También tienes tu orgullo—. Muerdo el borde de mi tostada, dándole un margen para que me diga que estoy equivocada. Espero a que lo haga con una provocación burlona en mis ojos, que llega hasta mi boca que se tuerce en una sonrisa. —Si quieres que seamos honestos en esto, también me gustaría besarte cuando así lo desee, si también lo deseas, no importa cuándo o dónde. El problema es…— lo apunto con mi tostada— que haya otras personas. No puedo creer que sea quien diga esto: pero me importa lo que puedan opinar los demás. No quiero que las secretarias del ministerio se memoricen mi nombre por las veces que vaya a tu oficina, no voy a besarte en el ascensor tampoco. Me importa lo que puedan decir mis colegas de un rumor— y no solamente ellos, dudo que pueda ocultarle esto a un par de personas que no quiero que lo sepan, si abandonamos del todo las precauciones.—Y definitivamente, no quiero que Meerah pueda encontrar razones para reforzar sus fantasías—. Coloco una mano en su mejilla y trazo su pómulo con mi pulgar, deslizándolo en una caricia suave. —No estoy entrando en negación otra vez…— atajo lo que pueda estar suponiendo y lo lleve a creer que descarto su proposición, porque no lo estoy haciendo. —Sabes que quiero esto, sé que también lo quieres, estará aquí para nosotros.


Última edición por Lara Scott el Lun Abr 22, 2019 3:35 am, editado 1 vez
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Mensaje por Hans M. Powell el Dom Abr 21, 2019 10:31 pm

Que aparte el cabello de mis ojos y frente debería darle la visión completa de mi expresión, sumida en algo que no sé si es burla, diversión o resignación — Soy orgulloso, lo admito — eso es algo de lo que he pecado desde que tengo memoria y creo que nos hemos conocido los años suficientes como para que negárselo sea en vano — Pero no escapo de esto con exactitud. Escapo de otras ideas y lo he hecho con cualquier mujer con la que me he cruzado — en otras palabras, acostarme con ella ha sido un timbre resonante desde que barajamos la opción por primera vez, pero si me olvido de quien se trata, puedo disfrutarlo. Por otro lado, escapar de algo más que piel es algo que se aplica a todos los casos en los cuales me he encontrado.

En lo que ella habla, yo bebo y eso me permite no interrumpirla. La tostada con la cual me apunta capta mi atención y me hace bizquear un poco, hasta que no puedo contener la risita muda que me hace dejar la taza vacía a un lado — Y después soy yo quien se preocupa por los rumores… — puede que solo la esté molestando, pero entiendo lo que quiere decir. Es molesto vivir en un mundo donde se tienen ojos en la nuca, de cualquier persona que esté tan aburrida con su existencia como para preocuparse por señalar y murmurar por el resto. Mis manos están lo suficientemente libres como para acariciar el contorno de sus muslos en respuesta al mimo que cruza mi caricia, sonriéndome ante la mención de la niña que siempre tiene la habilidad de hacer los comentarios que ponen en duda cualquier intención que, valga la ironía, debería ser inocente — Tiene una imaginación muy activa, sí — agrego a sus palabras, dándole la razón, pero como ella sigue hablando, solo puedo sonreírle lo más zorramente posible — O sea, tomo esto como que me estás pidiendo secretismo y discreción — tanteo — puedo vivir con eso.

Quitando, obviamente, que tampoco me interesa hacer un circo de lo que sea que es esto. Aprieto un poco el agarre de sus muslos y bajo para presionar por debajo de sus rodillas, buscando que sus piernas se aferren a mi cintura para poder estar un poco más cerca, al menos lo que el mueble sea capaz de otorgarme — Te concedo el honor de no haberte negado, al menos por una vez. A decir verdad, creí que harías oídos sordos — tambolireo mis dedos en sus rodillas y miro por encima de su cabeza, en busca de la luz de la ventana, esa que me indica que aún tenemos algo de tiempo — Tampoco me interesa despertar rumores o darle explicaciones a los demás. No hay motivos para que otras personas sepan lo que hacemos o dejamos de hacer. Obviando, claro, que yo tampoco le diría nada de esto a una niña — es un pique inocente, ese que acentúo con una vaga sonrisa y un beso que baja de su frente a su pómulo — Aunque no puedo prometer el aguantarme en ciertos casos. Ya sabes, es tentador — me encojo de hombros con la inocencia de alguien que se excusa de haberse comido el último chocolate de la heladera. La suelto con la diestra para pellizcar el borde de su tostada, olvidando la pila que tenemos al costado, para meterme el bocado en la boca — Pero prefiero mil veces esto a seguir pensando que eres un dolor de cabeza. Sabes que no me gusta el desorden y eso es lo único que has provocado en las últimas semanas — no, no la estoy acusando. Yo también le permití hacerlo.
Hans M. Powell
Hans M. Powell
Ministro de Justicia

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Mensaje por Lara Scott el Miér Abr 24, 2019 6:21 am

Tal vez son las mismas ideas a las que yo me resisto— sugiero, sin preguntar cuáles son. El recordatorio de que hicimos esto con anterioridad, con otras personas, viene bien para confiar que esta excepción no tiene por qué llegar a ser un cambio de lo que conocemos. Hemos pasado por esto antes, las diferencias con esas experiencias no tendrían que importarme si todo vuelve sobre lo mismo, lo viejo conocido. Si bien tengo en cuenta quién es y lo que eso implica en algunos aspectos, casi nunca estoy en conflicto con esto, sino con lo que puede llegar a suponer tener a una persona invadiendo más de uno de mis espacios. Mi renuencia a dejar entrar a las personas en mi vida se materializa también en el poco margen que les doy en mis horarios, en mi lugar de trabajo o en mi casa. No obstante, mis barreras tienen un límite de resistencia y me convenció de que es seguro tenerlo aquí. Sí tengo presente quién es cuando la posibilidad de que un encuentro en el ministerio se preste para material de los chismosos, y es que no va con mi perfil bajo involucrarme con un jefe de departamento, menos aún con un ministro. No tengo un nombre que quiera que sea memorizado por nadie y que sea por asociación de un rumor. Asiento con el mentón a las pautas que enumera, como si estuviéramos escribiendo un contrato. —Eso quiere decir dos cosas: nunca en el ascensor del ministerio— lo digo con una mirada risueña y recobro la formalidad,— y nunca delante de otra persona. ¿Fácil, no?

Estamos libres de esas precauciones por el momento y nuestras miradas coinciden casi en una misma línea por la altura de la mesada. Reafirmo el agarre de mis piernas atrapándolo contra mi cuerpo, respondo a su tacto con expectación. —También estás siendo sorpresivamente conciliador esta mañana— lo digo con un ligero tonito de burla, lanzándole una mirada de reproche por hacerme notar que «hacer oídos sordos» era lo que se esperaba de mí. Debe estar incluido en alguna parte dentro de ser negadora, caprichosa o terca. Es ridículo cómo mi mente sigue volviendo sobre esto. —Es que no creo que le debamos explicaciones a nadie, ni siquiera a cierta niña— en parte estoy de acuerdo con él, y por otro lado, nadie se interesaría si fuéramos dos personas normales y silvestres de NeoPanem. Pero uno de los dos no lo es. No creo que cesen jamás los chismes que corren sobre el ministro Powell, es lo que alimenta a la prensa poco seria, solo no quiero ser parte de ellos. Es una tentación, sí. Una que sabré que tengo al alcance de mis dedos y puedo tomarla si quiero. Y que no siempre podrá ser por la discreción acordada. —Será divertido— opino con una sonrisa que va cobrando fuerza. Me contengo para no reírme de él, de la seguridad que tiene en el orden que establecimos. —Yo pensando en que cada vez que te tenga cerca podría distraerme y tú diciendo que eso mismo te permitirá enfocarte— ruedo los ojos.

Vuelvo mi mirada hacia él y con mi humor a raya, pregunto en un tono diferente: —¿En serio crees que pueda funcionar?—. Acabo la tostada de la que me quitó un poco, como si yo también lo estuviera meditando. Dejando de lado todos los nombres que nos rehúsamos a usar, a no querer hacer de esto una costumbre, abrir el juego me genera una expectativa por las muchas posibilidades que estamos barajando, en vez de la única certeza de que esto resolverá el desenfreno. —No quiero romper tu ilusión de que has logrado dar un sentido a esto y que disfrutarás de paz mental…— disimulo mi sonrisa al besar la comisura de su boca,— o tal vez es lo que estoy tratando de hacer. Tienes una miga aquí— miento. —¿Y si hacemos un lío con estas pocas reglas?— continuo, acercando lentamente mis labios a su oído. Cruzo mis brazos por sus hombros para llenar mis manos con su cabello, acercándolo. —No te gusta el desorden, pero le estás abriendo la puerta al caos. Lo estás sacando de aquí— susurro.— Sabes que esta calma es engañosa.
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