The Mighty Fall
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I can't go back to where I used to be ✘ Lara

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Mensaje por Kendrick O. Black el Jue Abr 11, 2019 2:30 am

Jamás creí que fuese tan lejos. Mucho menos, tan difícil. Cruzar el bosque es más fresco, porque podemos cazar, buscar frutos y beber agua con mayor regularidad. El desierto parece una tortura, especialmente porque los caballos se cansan, debemos compartirles de nuestra bebida y las latas de conserva de la mochila no durarán demasiado si no las racionamos. Pierdo la cuenta de los días, pero mi ropa indica que estoy perdiendo peso y, tengo que admitirlo, si no fuese por los cuidados médicos de Beverly, no podría mantenerme de pie. No estoy seguro de lo que estoy haciendo. Quizá estoy arrastrando a mis amigos en una misión suicida, pero quedarnos solos en las montañas era una locura. No pude decirle a Kyle la verdad, al menos no completa. Comentarle que debía buscar a alguien fue lo único que salió de mi boca antes de seguir nuestro camino. No estoy listo, al menos no por ahora, para decirles a todos que mi vida entera fue una mentira. ¿Lo sabrían? ¿Delilah lo sabe?

Creo que me estoy cayendo del caballo cuando mi amigo golpea mi espalda y me hace levantar la vista, apenas habiendo notado que el desierto se transformó nuevamente en bosque y pequeñas colinas. Tras una noche demasiado calurosa donde me picaron los mosquitos a morir, podemos ver un amanecer en el perímetro de lo que, según los mapas, es el distrito 12. ¿Cómo me lo imaginaba? No tengo idea, pero siento un extraño palpitar cuando me doy cuenta de que, por fin, acabaré con esa duda después de todos estos años. ¿Será grande? Me hablaron de mugre, pero… ¿Cómo se ven los edificios? ¿Cómo son las personas? Para mi desgracia, no es algo que averiguo rápido. Tenemos que esperar a que se haga de noche para ponernos la capa de invisibilidad. Lamentablemente, decidimos que hay que dejar a los caballos en libertad y eso provoca que Jared, otra vez, llore. Pero… ¿Cómo nos colaríamos en NeoPanem llevando caballos que no podemos ocultar? Me parte el alma, pero debo admitir que es la mejor opción. Entramos agazapados, seguros de que nuestros pies deben quedar al descubierto, pero nadie se fija en nosotros. Ni siquiera los aurores que van y vienen cambiando sus turnos, ignorantes de nuestra presencia hasta que estamos demasiado lejos como para que la noten. Tras una caminata eterna que nos lleva gran parte de la noche, acabamos escondidos en una casa pequeña y abandonada de las afueras, donde nos rendimos y nos permitimos dormir. Y así es como, en la mañana, arrastramos nuestros pies agotados hasta el tumulto del distrito…

Nos quitamos la capa en un callejón y, cuando avanzamos por las callecitas, tengo que evitar que se me caiga la mandíbula. Nunca había visto tanta gente, ni calles tan abarrotadas, ni edificios tan firmes. El olor es asqueroso, pero aún así, es mejor que saberse perdido en medio del desierto — ¿Por esto se pelean? — me es imposible mascullar, un poco confundido por la ambición de los líderes por mantener NeoPanem, cuando el catorce lucía mucho mejor. Pensarlo en pasado es más natural ahora, pero me clava una espina en el pecho. Aprieto los labios y sigo a Kyle hasta una casa alejada, abandonada y casi en ruinas, donde nos permitimos descansar. Le tiendo a Jared mi última galleta, porque todos sabemos que tenemos hambre. Hay que hacer algo, urgente, lo que sea.

Es media tarde cuando ya no soporto el ruido de mi estómago y le pido a Kyle, que es el único que tiene una idea de cómo moverse, que vayamos a buscar algo de alimento. Tras un montón de discusiones (“No, Zenda, tú no vienes”), salimos dejándole la capa a los más pequeños por si las dudas. No tardamos tanto en llegar a un sitio que huele peor que el resto del distrito y Kyle me explica que es un mercado, algo de lo que oí hablar en algunas ocasiones pero que, a decir verdad, me imaginaba un poco diferente — ¿Tienes algo con lo que comprar? — es una pregunta estúpida, porque los dos sabemos la verdad: debemos robar a falta de recursos. Genial. Ahora sí me arrepiento de haberles dejado la capa a los otros. Acordamos el separarnos y reunirnos en el mismo punto dentro de una hora así que, tras asegurar unas cuantas veces que estaré bien por mi cuenta, meto las manos resecas y heridas dentro de mis bolsillos y me alejo. ¿Cómo se roba? Jamás me explicaron un método eficiente y el almacén del catorce tenía menos ojos. Estoy moviendo los dedos, cuando me percato de la baratija que llevo en uno de ellos. Quizá, no tenga que robar mucho…

Mis intentos de trueque son en vano. Nadie quiere un anillo oxidado, rayado y con el agujero que en algún momento tuvo el diamante que le daba valor. En mi posiblemente décimo intento, el anciano de mala pinta del puesto de verduras se mofa de mí y lo lanza al suelo, haciéndolo rebotar calle abajo, por lo que me lanzo tras él con movimientos rápidos y torpes. Me inclino, tratando de atraparlo con las manos, hasta que lo aprieto contra lo que parece ser el pie de alguien más. Levanto los ojos con la disculpa pintada, fijándome en la mujer morena que tengo delante. O por arriba, depende de cómo se vea — Um. Lo siento — enrosco los dedos alrededor del anillo y me pongo de pie, sacudiendo un poco mi penosa camiseta como si así pudiese limpiarme las manos — No creí que… yo estaba… — señalo sobre mi hombro hasta que agito un poco los brazos, desinchándome con desgano y derrota. Solo por probar, le enseño la joya — ¿Quiere comprarme un anillo? Juro que se lo dejo lo más barato que pueda...— no pierdo nada con intentar. El hambre es más fuerte.
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Mensaje por Lara Scott el Dom Abr 14, 2019 4:45 am

Me asombra el ingenio que surge ante las imposibilidades, y me entretengo más tiempo del que debo en la tienda de un squib que restauró las funciones de artefactos que fueron desechados en el distrito. Como si fuera una compradora más pregunto sobre los detalles de cada objeto que inspecciono con mis dedos, y como no regateo con el precio de cada cosa que me interesa, el hombre sigue con su palabrería para que siga comprando. Presiono mis dedos en las paredes de metal de un rastreador hasta dar con el compartimiento que muestra su sistema interno y puedo tratar de entender cómo hizo posible que volviera a funcionar para detectar ciertos objetos y algunos mágicos. Puede que solo sea basura que está tratando de venderme, un estafador de los muchos que abundan en el mercado negro y mi curiosidad es más fuerte, así que el hombre obtiene un poco más de dinero de mi parte.

Lo cargo todo en la mochila que cuelgo de un hombro, y paso de largo la tienda aledaña de pócimas que prometen milagros que no necesito, para continuar con mi recorrido por el mercado con más atención a lo que pueda escuchar del intercambio entre vendedores, por si pillo algún comentario que me aporte algo significativo. Antes no lo hacía, estaba ensimismada en mi camino porque no pretendía entrecruzarme en otros ajenos. Ahora cada paso que me hace chocar con una persona, hace que le eche una segunda mirada. Es lo que hago con el chico que casi me llevo por delante entre el gentío que abunda en este mercado ilegal. Lo miro desde mi altura que es ventajosa en este caso porque está buscando algo en el suelo que terminó a mis pies y no veo de qué se trata hasta que me lo muestra. Joyería está en la misma categoría de las pócimas en mi lista de compras, no me atraen. Pero quito el anillo de sus dedos para examinarlo y mis cejas se van uniendo en un ceño fruncido. —¿Es una sortija de matrimonio?— pregunto con interés.

Por encima del borde del anillo que atrapo entre mi índice y mi pulgar, me tomo el tiempo de fijarme en el rostro del muchacho que tengo delante. Si no fuera por su estatura y ciertos rasgos de su rostro, caería en el engaño de sus ojos, lo juzgaría como un niño. No sé si es la desesperación que demuestra en su voz, si es cosa de su carácter, tiene una mirada transparente, limpia de esa bruma que enmascara las intenciones calladas que tienen todas las personas. —Si es una alianza, no deberías venderla por un par de monedas. Para un par de personas pudo haber sido algo valioso alguna vez y guardaron en ella sus memorias— digo y cierro mi mano alrededor del anillo. —Está bien, te lo compraré— asiento, pensando en lo poco que me gusta la caridad o en sacar provecho de otras personas en su necesidad. Le echo un vistazo de cuerpo entero y tengo que apretar mis labios para seguir conservando un semblante impasible que no delate mi sensibilidad, que tampoco me gusta que saquen provecho de mí. —Te compraré comida si eso es lo que necesitas—. No le daré galeones para convertirlo en un blanco de los abusadores que suelen merodear en los márgenes del mercado.
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Mensaje por Kendrick O. Black el Dom Abr 14, 2019 6:06 am

Tengo los labios quebrados y resecos, empeorando el aspecto de un rostro sucio y quemado por el sol del desierto; es una pésima combinación para no sentir que estoy delatando de dónde provengo, pero aún así mantengo el rostro en alto en un intento de demostrar que mi necesidad es sincera y que cualquier ayuda será bienvenida. Jamás he hablado con gente fuera del catorce y, a decir verdad, estoy un poco decepcionado con lo que me encuentro. No son grandes guerreros y, a grandes rasgos, no veo mucha diferencia con las personas con las cuales solía relacionarme. Sí son más sombríos, apagados y amontonados, pero supongo que será por tener que vivir en un lugar como éste. La mujer que tengo delante parece un poco diferente, no sé si es porque sus ropas no parecen tan desgastadas o porque no tiene una capa de mugre por encima de la cara. Creo que demuestro algo de curiosidad por su pregunta y muevo mi cabeza de un lado al otro de forma dudosa — Creo que sí, o solía serlo — para mí siempre fue una baratija consumida por los años y las lluvias, pero ese es otro tema.

Me hace dudar con sus palabras y me pregunto qué habrá sido del cementerio del catorce, donde la tumba de la tal Coco decoraba una de las esquinas. ¿El fuego habrá consumido las lápidas improvisadas? ¿Los cuerpos quedaron a salvo bajo tierra? Intento empujar el pesimismo en base a mi propia necesidad, porque si este anillo fue importante para esa persona que jamás conocí, no es el momento de ponerme sentimental — Creo que a ellos no les molestaría … — no sé exactamente quienes son “ellos”, pero creo que entiende mi punto. Tampoco le doy importancia, porque estoy seguro de que mi rostro se ilumina entre la porquería que llevo encima cuando anuncia que va a comprarlo. ¿Para qué lo quiere? No tengo idea, pero no me importa, porque eso significa que podré alimentarnos, al menos por hoy.

No me pasa por alto su mirada escrutadora y eso hace que dé un paso hacia atrás, consciente de la incomodidad que me provoca y casi retándola con la mirada a que diga algo sobre mi estado de mierda. Me afloja un poco el semblante su ofrecimiento, parpadeando en la sorpresa de la amabilidad. He oído historias terribles sobre la gente de NeoPanem, así que esto me desconcierta un poco más de lo normal — ¿Por qué me ayudaría así? — pregunto con cierto recelo, moviendo mis cejas hacia arriba — Al menos que tenga comida para intercambiar, prefiero la venta. No quiero sentir que estoy abusando de su amabilidad, señorita. No pretendo que… — intento explicarme, torciendo un poco los labios en busca de las palabras adecuadas. Jamás he negociado algo de verdad, así que no sé muy bien cómo se hace. Mis negociaciones eran más bien sobornos para conseguir dulces, cerveza o alguna escapada nocturna — Me refiero a que si compra el anillo, usted tendrá algo a cambio y no sentiré que solo gastó en mí — creo que tiene sentido y confío en que lo entienda. Apenas me percato en cómo miro a nuestro alrededor en busca de algún peligro, pero es obvio que nadie se fija en nosotros. A decir verdad, soy un rostro desconocido e invisible en un distrito lleno de gente mugrosa. Aún así, bajo la voz — Somos varios y tengo que alimentarlos. Jar… hay un niño de solo diez años y no ha podido comer algo sustancioso en semanas. ¿Cuánta comida cree que valga esa sortija? — dudo que sea mucha, porque es una porquería vieja, pero espero que sea suficiente.
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Mensaje por Lara Scott el Jue Abr 18, 2019 4:18 am

Desconfío de su abierta duda sobre los dueños originales del anillo, si es que no me equivoco al suponer que fue de un matrimonio. Desconocer su procedencia lo hace un posible ladrón. ¿Cómo puedo juzgarlo si su ropa ajada y lo demacrado de sus rasgos demuestran lo necesitado que está de un poco de ayuda? Hago girar el anillo entre mis dedos, rozo el metal lastimado por el tiempo, y lo estudio con un ojo crítico. —No te daré dinero—. Por el modo en que lo digo, no hay posibilidad de que me haga cambiar de parecer. —Si te lo doy te haré más daño que bien. El dinero te lo pueden quitar otros o lo puedes gastar en tonterías, caer en el engaño de cualquiera de los comerciantes de este mercado— explico, porque sabrá entenderme, por ingenuo o desesperado que esté debido al hambre. En este sitio no hay reglas transparentes, porque los productos que se venden hace imposible pensar esto en términos justos donde cada quien se queda conforme con su parte.—Te compraré el anillo y te lo pagaré con comida— le aclaro.

Pensaba que sólo sería para él y frunzo el ceño al enterarme que está acompañado. No por el gasto que me implicaría en comida, sino porque haya un niño de diez años padeciendo su falta en alguna parte de este distrito y otros también. — Alcanza para una buena ración de comida— calculo mentalmente cuántos galeones me quedaron y no es mucho, tampoco es poco. Digamos que no tengo mayores gastos que mi propia persona y no soy de gustos caros. —¿Cuántos son?—. Dudo en preguntarle si un adulto los acompaña, me revuelve la bilis la sospecha de que todo esto pueda ser la treta de una persona mayor que los usa para tocar la sensibilidad de desconocidos. Pero el chico al hablar dio a entender que era quien cuidaba del resto, quienes presupongo que podrían ser sus hermanos menores. —¿Están solos?— pregunto con una delicadeza que reprime mi frustración. Sé que las situaciones de vida en el norte son hostiles, y de todas maneras que una camada de chicos y niños sean abandonados a su suerte me enerva.  

»Por respeto a la memoria que se guarda en un objeto, siempre es bueno que lo tenga alguien que lo valore— divago y lo miro por encima del anillo. —Y en tu estado, es comprensible que valores otras cosas por encima de lo meramente sentimental. Así que con el anillo me quedaré yo…— murmuro, en el fondo guardo demasiada nostalgia, pese a que no la manifiesto en mi carácter y rehúyo al calificativo de sentimental. Hago el amago de guardar la sortija en el bolsillo de mi vaquero, pero el miedo a que se me pierda detiene el movimiento de mi mano. Uso la otra para deslizar el anillo a lo largo de mi anular, el único dedo en el que encaja. Siento el peso y la ironía de colocarme una alianza que no me pertenece, desconociendo el destino de su anterior portador. —Ven, compraremos algo que te pueda servir por unos días—. Lo encamino hacia la tienda de conservas que visité hace poco tiempo con Arya, tomándolo del codo para sostenerlo cerca. Nunca pensé que el dato de este puesto me sería de utilidad después. —¿Todos están sanos? — pregunto cuando pasamos cerca de una mesa con pócimas y ungüentos y es palpable mi preocupación. Vuelvo a echarle una mirada, no lo veo enfermo pero parece sacado de un campo de batalla.
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Mensaje por Kendrick O. Black el Jue Abr 18, 2019 7:35 am

No veo el sentido a ponerme a discutir con ella, pero que me trate de niño idiota hace que mi boca se doble en un gesto de reproche — No es tan fácil engañarme… — ahora, que puedan asaltarme es otro caso. No soy grande, tampoco soy demasiado fuerte y mi estado físico es el peor en el cual he estado en toda mi vida. Además, la idea de que me pague con comida no es mala, es justo lo que necesito y creo que no he podido hacer mejor negocio. ¿Para qué discutir, si estoy consiguiendo lo que buscaba de todas formas? Lo que sí me hace vacilar es su pregunta, algo intrusa con respecto a la privacidad que deberíamos mantener. Aún así, sé que tengo que ser sincero, por cuestiones de raciones al menos — Seis. Y sí, estamos solos — ¿Eso está mal? ¿Se nos permite decir esto o alguien querrá llevarnos si ven a un montón de niños solos? Rayos, en momentos como este me gustaría haber escuchado un poco más a mis tíos con sus advertencias, pero creo que nadie pensó que estaríamos sin ellos en una situación como esta.

Supongo que lo que dice tiene sentido o algo así, así que solo asiento para no quedar como un lento. ¿A quién le importa lo sentimental a estas alturas? Mi atención vuela al modo que tiene ella de colocarse el anillo y, pese a mis pensamientos anterior, puedo sentir una extraña punzada en el pecho. Asumo que ahí se va la única cosa que pude rescatar del catorce al tenerla conmigo y se irá en las manos de una persona a la cual no conozco y, posiblemente, jamás volveré a ver. Me recuerdo las razones por las cuales estoy haciendo esto, así que mantengo la frente en alto cuando me toma del codo. Un gesto tan simple me da el impulso de apartar el brazo, pero no lo hago tan brusco en obvia intención de no levantar sospechas — Sí, creo. Una de las niñas sabe algo de magia medicinal, así que eso ayuda. No es tanto de utilidad para las quemaduras o el hambre, pero ya sabes… — me ahorro el explicar que no estoy hablando de las quemaduras del sol pero sí las de la piel, pero dejo que se quede con la duda porque no quiero ponerme en detallista — Sé que cuando todos tengamos el estómago lleno, el humor va a mejorar. Siempre mejora — jamás lo hemos tenido todo, pero la comida siempre ha sido lo primordial.

Apenas me fijo en las pócimas, porque mi nariz se va hacia un hombre que está metiendo una carne de aspecto sospechoso sobre lo que parece ser una parrilla portátil y, cerca de allí, otro anuncia algo de frutas y verduras en canastos que no se ven muy higiénicos. Aún así, es suficiente como para que apriete el paso, chequeando una pila de latas a la distancia — No soy bueno con la cocina — declaro, arrugando la nariz porque sospecho que lo que andan cocinando por ahí es una rata de enorme tamaño, o un gato muy pequeño — ¿Cómo puedes hacer que muchos niños coman bien y que dure unos días? — obviando de que creo que no tenemos un lugar dónde cocinar sin poner un farol sobre nuestras cabezas. Me detengo frente a un puesto de bocadillos que no reconozco, inclinándome hacia delante a pesar de la mirada alerta de la bruja anciana, que parece desconfiada como si todo niño que se acerca tuviese intenciones de robar su mercancía — Soy Ken — es una presentación de pura cordialidad, pero luego reparo en algo que intento corregir con toda la naturalidad — de Kenneth.
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Mensaje por Lara Scott el Dom Abr 21, 2019 4:19 am

Estás en un mercado ilegal, estas personas llevan mucha práctica en engaños— contesto, mirándolo desde los pies hasta los mechones despeinados sobre su frente. —Casi el tiempo que llevas de vida— apunto, haciendo una estimación de su edad. Su confianza es dañina si le venda los ojos, he llegado a pensar que la mejor manera de librarse de los peligros y de las mentiras es manteniéndose en un permanente estado de alerta. Siempre he creído que es mejor juzgar y equivocarse en que una verdad es una mentira, a caer en una mentira creyendo que es verdad. No estoy comprando su anillo, prometiéndole un pago en comida, para que alguien más se abuse de él. Porque no soy del tipo que pone una moneda en la mano de una persona y sigue de largo, olvidando su rostro al cabo de unos pasos, si se trata de un chico con aspecto maltratado y una clara urgencia. Saber que hay seis niños más me provoca una amarga sensación de frustración y tengo que frotar por debajo de mi cabello con los dedos para aliviar mi tensión, cerrar por un momento los ojos con fuerza.

Pretendo actuar con mesura al hacer mis preguntas escuetas, por recelo a que el chico pueda marcharse si siente que lo acorralo a dar respuestas que lo expongan demasiado. Me cuenta más de lo que espero, casi sin darse cuenta. Están sanos, pero lastimados. Bajo el cuidado de una niña. En todo este distrito debe haber al menos alguien que haya ejercido la medimagia antes de ser expulsado o que aprendió del oficio por la necesidad que surge de habitar un territorio olvidado por los servicios de salud. —Me agrada que seas un chico optimista— digo, mirándolo de soslayo al caminar a su lado. Es inesperado que lo sea en el estado que se encuentra, no tengo como saber si es un rasgo de su carácter o es que todavía no ha tocado fondo con los otros niños como para creer que el hambre es el único mal en el mundo a combatir. —Pero cuando compremos un poco de comida volveremos aquí por algún ungüento que le sirva a sus quemaduras— señalo con la barbilla el puesto de pócimas que dejamos atrás. Lo guío hacia la tienda de conservas sin la intención de hacer escalas allí donde ofrecen alimentos más frescos. Siento el anillo alrededor de mi dedo recordándome que tengo que darle algo que en verdad resuelva parte de su problema, si me estoy llevando lo que posiblemente es la única posesión de valor que tenía, sea su dueño o no.

Tampoco soy buena en la cocina— digo al aire, como si estuviéramos en una charla casual en medio del bullicio típico del mercado. Un mercader discute con otro por haber invadido medio metro de su tienda con unas jaulas en cuyo interior se encuentran pájaros igual de ruidosos. —Y nunca me ha tocado alimentar niños— sigo, regresando mi atención a él. —Solo sé que los enlatados, si los racionas, te durarán más días que cualquier fresca que puedas comprar. Tendremos que buscar los que sean más nutritivos y en lo posible, que tengan buen sabor. Ese niño…— murmuro y la sonrisa que se curva en mi boca tiene un sesgo triste— el que tiene diez años, puede que se queje si tiene que comer, no sé, frijoles todos los días—. Los más grandes entenderán que la comida vale más por la fuerza que les pueda aportar a su cuerpo, que por su sabor en el paladar. Caigo en la cuenta de que esta parece ser una situación nueva para ellos, y puedo pensarlo con más detenimiento cuando el muchacho se distrae con unos bocadillos a la vista. Su interés y el ademán desconfiado de la anciana me llevan a dejar unos galeones sobre la mesa y entregar uno de los bocadillos al chico, para que la mujer se trague su queja. Retomo nuestro andar para alcanzar la mesa con las conservas. —Soy Lara— me presento cuando me da su nombre. Me lo pienso dos veces y cuando estamos frente a la pila de latas, espero a que me siga hacia un extremo donde simulo inspeccionar algunas etiquetas.

»Ken, haremos algo…— comienzo en confidencia, con un tono bajo que solo pueda escuchar él, pero no descarto que otro oído pueda captar mi voz y por eso mi precaución al decir: —No te preguntaré qué sucedió, el por qué en vez de robar o de mendigar quisiste vender algo de valor, porque aunque no lo hayas pensado así, ese gesto habla de una extraña honradez. Este no es el lugar para que me lo cuentes— reconozco. Me acerco un paso hacia él y lo miro de lado, estudio sus rasgos para notar alguna alteración. —¿Cuántos años tienes, Ken? ¿Y cómo esperas que tú y seis niños más subsistan en el norte? — echo una mirada alrededor, abarco mucho más que el mercado, todo lo que está más allá de sus límites. Las ciudades en ruinas, la inseguridad, la vigilancia exhaustiva de los aurores. —¿Tienes un plan?— lo desafío a que me diga que sí tiene uno.
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Mensaje por Kendrick O. Black el Dom Abr 21, 2019 5:41 am

Curar las quemaduras suena bien, que no pregunte por ellas es aún mejor. Se lo doy a entender con un movimiento afirmativo de la cabeza, un poco más entusiasmado de lo que hubiera creído. Quizá la gente de NeoPanem no estaba tan mal, al menos no toda, como siempre me habían hecho creer. Bueno, posiblemente ella sea la excepción a la regla, porque he tenido frente a mis narices a personas que no tenían intenciones de dejarnos con vida, ni siquiera teniendo en consideración que éramos niños. Además, he visto los ojos de Jamie Niniadis. He visto su locura, tanto como los horrores que su gente puede cometer. Es un poco confuso darme cuenta de que no puedo encasillar a las personas en buenas y en malas.

O sea, que no tienes hijos — lo asumo por esa declaración sobre jamás haber tenido que darle de comer a menores, pero lo suelto como una afirmación casual sobre su persona en una conversación que cualquiera podría tener en medio de un parque. No espero que me lo confirme como tampoco tengo verdadero interés en saberlo. Sus indicaciones, por extraño que parezca, me roban una pequeña sonrisa divertida y me atrevo a echarle un vistazo sobre el hombro — Jared se queja si no puede comer golosinas todos los días. Si fuese por él, viviría a base de dulces — declaro — Así que estoy acostumbrado a decirle que no moleste y que se coma lo que tengamos— en especial, cuando íbamos a días de campo improvisados luego del invierno, cuando las raciones eran más escasas. El catorce nos ha preparado para esto, nos guste o no, en cada aspecto.

Se presenta como Lara y doy las gracias internamente de que sea un nombre corto y sencillo — Lo recordaré — prometo. Sé que hay un tinte agradecido en mi voz, porque ella se ha parado a mirarme cuando todo el mundo me tomó como una bolsa de basura invisible y sin valor. Me provoca mayor agradecimiento cuando en mis manos hay un bocadillo y lo olfateo para darme cuenta de que está calentito y tiene aroma a algo que reconozco como queso. Eso hace que la siga con algo de lentitud, en especial porque doy un bocado que me llena los cachetes y me provoca una punzada estomacal que me hace reconocer el nivel de hambre que llevaba conmigo en el cuerpo. Creo que estoy demasiado enfrascado en la comida, porque no me doy cuenta de que parece hablar en serio hasta que me percato de que está usando un tono bajo y mis ojos se tornan cautelosos, provocando que mastique con mayor lentitud — Yo solo… — ¿Qué? ¿No sé cómo robar en un lugar como este? ¿Preferí ganarlo? No tengo una respuesta, así que no se la doy. Y dudo, claro que lo hago, porque no la conozco y me pide información que puede ponerme en peligro, algo que contradice que sujete el bocadillo con tanta fuerza — Cumpliré dieciséis en octubre — no es un dato de vital importancia y me hace sentir que sueno algo mayor a lo que en verdad soy — Y claro que tengo un plan — mentira. Creo que tengo un plan, eso es otra cosa.

Intento que no me delaten los nervios y doy otro mordisco. Aprovecho que estamos cerca de un puesto para ponerme a inspeccionar las etiquetas de los enlatados, aunque no reconozco muchos de sus contenidos. Al final, creo que mi silencio me delata y debería decir algo para no resultar sospechoso — Estoy buscando a alguien que sé que va a ayudarnos.  Solo tengo que encontrarlo — tengo esa esperanza. Porque si mi verdadero padre no está muerto, debe estar en alguna parte. Papá, o mejor dicho Echo, me advirtió que no debería buscarle, pero no puedo cumplir esa promesa. No cuando estamos solos y es la única ilusión a la cual puedo aferrarme — Podemos cuidarnos entre nosotros, siempre lo hemos hecho. Nunca vamos a estar solos de verdad — me guste o no, somos familia. Estiro la mano que tengo libre y me acerco una latita de la cual no puedo identificar las letras — ¿Por qué? ¿Algún adulto nos llevaría? — una vez, mi tío Ben me amenazó con que si me escaba a NeoPanem, alguien del ministerio me encontraría y me metería entre un montón de niños sin padre a cargo del gobierno y esa era básicamente la amenaza que servía para darme miedo hasta los doce años. Obvio, con el tiempo no le di importancia, pero cuando miro a Lara creo que se me nota la alarma en la mirada — No le dirás a nadie sobre mí o mis amigos. ¿Verdad, Lara? — porque sino, tendré que empezar a correr. O sacar la varita, pero jamás he hecho el encantamiento desmemorizante y atacarla suena a una terrible idea.
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Mensaje por Lara Scott el Dom Abr 21, 2019 6:50 am

No— es todo lo que contesto, los comentarios que pueda hacer a modo de broma sobre lo improbable de ello, me los guardo porque estoy con un adolescente que se está haciendo cargo de una camada de niños. Me hace penosamente consciente de que mis decisiones podrían estar tomadas desde el egoísmo y el rechazo a responsabilidades que me exceden, y en una comparación con el chico, no me queda más que avergonzarme. Memorizo el nombre del niño más pequeño del grupo, estoy recogiendo información de cada respuesta y armando mi propio rompecabezas que me revele la verdad sobre estos chicos. —Haces bien. Ningún niño puede vivir a base de golosinas. No tengo hijos, pero eso lo sé— lo digo como si fuera una obviedad, no espero que se me reconozca como un gran mérito. —De todas formas, buscaremos algo de sabor suave y dulce para que puedan compensar la falta de golosinas…— añado. Y no me refiero solo a Jared, sino a los demás. No dejan de ser niños, algunos en transición a la adolescencia.

Lo confirmo al conocer su edad, así como el mes de su nacimiento. —Naciste en otoño— murmuro más para mí que para él, mis ojos vagan por las latas que estamos revisando. —Hay una historia sobre una bruja que nació en otoño y…— pestañeo, saliendo del trance que me hace perderme en mi mente. —No viene al caso— descarto lo anterior para dar prioridad a la cuestión que nos tiene aquí, leyendo etiquetas. —Dieciséis es una edad prometedora, a partir de ahora todo lo que te propongas podrás conseguirlo si trabajas en ello. Eres un adulto para ciertas cosas— digo y coloco una de las conservas en sus manos. —Así que me alegro que tengas un plan— lo felicito con un tono formal. No me ha dicho cuál es, ni creo que tenga la confianza para decírmelo. —Supongo que evaluaste los pros y los contras, qué recursos necesitarás, cuál será el costo y tus alianzas potenciales— lo digo de pasada, intencionalmente mirándolo de reojo.

¡Ah! Así que hay alguien. No están encaminándose hacia un lugar, sino hacia una persona. Me conmueve que la unión entre ellos sea lo seguro para avanzar, hacia donde sea. —Nadie debería estar solo— coincido con él en un tono impreciso, negándome a revelarle la verdad de que al final de cuentas siempre estamos solos. Reconozco que siempre buscamos contar con quien al menos compartir un poco de nuestra soledad. Mi semblante cambia al oír su pregunta, arqueo mis cejas y lo miro con interés. —¿A dónde quieres ir?— lo interrogo. —Porque este es tu día de suerte, estás hablando con una persona que sabe de transportes. Soy mecánica— le aclaro. Mis pensamientos empiezan a moverse rápidamente, saltando de indicaciones de precaución a alarmas que suenan un poco más fuerte, porque mover gente del norte a distritos del sur o del centro no es algo que agrade a la seguridad nacional. Pero estoy dispuesta a asumir el riesgo. —No le diré a nadie— prometo. Me escuché diciendo esto demasiadas veces. —Tu secreto está a salvo conmigo— y me animo a sonreírle, animándolo a confiar en mí.


Última edición por Lara Scott el Mar Abr 23, 2019 4:16 am, editado 1 vez
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Mensaje por Kendrick O. Black el Dom Abr 21, 2019 7:33 am

Supongo que sí, nací en otoño y parece ser un dato interesante, pero la verdad yo no le veo lo maravilloso — ¿Una bruja que nació en otoño que, qué? — es culpa de mi curiosidad, pero sé que no hay tiempo para historias. Todo lo que dice de los dieciséis años es algo que he escuchado en alguna otra ocasión, especialmente cuando me empezó a crecer pelo en zonas que antes no tenía y papá insistió en que ahora sería un hombre y debía tener otras responsabilidades. Afeitarme los tres pelos de arriba del labio no contaban como una, pero me gustaba creer que sí — Bueno… sí — otra mentira piadosa. Evalué los riesgos, pero no tengo ni idea de hacia dónde voy y cómo hacerlo. Tampoco es que tuviese otra opción, porque quedarnos en la montaña a morir de hambre no era una y ser atrapados por los aurores tampoco era otra. No puedo decirle eso a ella, así que me tiro hacia el lado de demostrarle una falsa seguridad Además, no es como si pudiera pedirle ayuda.

¿Mecánica? Tengo que mirarla para evaluarla, recordándome que el señor Franco padre decía que había ejercido esa profesión toda su vida hasta llegar al catorce y era muy bueno arreglando los cacharros que llegaban — No lo sé. Todavía estoy evaluando las posibilidades — cállate, Ken. Porque si dices que tienes que ir a algún lado, es porque no tienes dónde quedarte. Busco creerle, confiar en que no dirá nada y me quedo silencioso, como si de solo mirarla pudiese encontrar los datos suficientes como para regalarle una confianza ciega. Se la acepto con un movimiento de la cabeza, algo dudoso — Tengo que saber a quién estoy buscando, en primer lugar. Supongo que será cuestión de que haga las preguntas correctas, pero sé que estaremos bien — porque no puede ser de otra forma… ¿No?

La incomodidad de la inseguridad de mi suerte hace que vuelque la atención en la lata que sostengo y la alzo en alto para mostrársela — ¿Qué se supone que dice esto? — pregunto — ¿Servirá? Tal vez deberíamos recolectar una de cada una y así tener la posibilidad de mezclar ingredientes y, así, hacer que la comida sea más sabrosa y menos rutinaria — es lo que Arleth decía y hay que admitir que ella era una de las mejores para crear comidas deliciosas con los pocos recursos con los cuales contábamos. Lo bueno de esto es que puedo dejar la idea de atacar a mi salvadora y me meto lo que me queda del bollo en la boca para tener las dos manos libres y, de esa manera, empiezo a recolectar algunas latas. Las apoyo contra mi torso y pongo una encima de la otra. tratando de crear una pequeña pila que no se desparrame por todos lados. Me detengo cuando una lata de porotos toca mi mentón y la miro en señal de disculpa, creyendo por un instante que estoy abusando de su amabilidad — ¿Me estoy pasando? — no sé qué tanto puede gastar y me permito en mirarla como si quisiera averiguar su alcance económico. Como ya dije, se ve mejor que muchos de los que viven por aquí — Tú no eres del doce, ¿no? — ella ha hecho preguntas, así que yo voy a hacer lo mismo. Tal vez así pueda permitirme el confiar en ella sin ninguna culpa — Te ves un poco… diferente al resto — en más de un sentido.
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Mensaje por Lara Scott el Miér Abr 24, 2019 3:07 am

Respondo a la curiosidad del chico de la manera más breve posible, porque no me gusta ignorar las preguntas que hacen los más jóvenes cuando es movida por esta emoción. Dejar a la curiosidad sin respuestas puede terminar por reprimirla, y eso sería terrible, es lo que pienso porque todos los días trabajo con gente que estimula la imaginación. —Una mujer embarazada fue desmemorizada para que el secreto familiar quedara a salvo, pero el hechizo se hizo mal. Esta mujer abandonó a su hija al nacer porque no tenía memoria. No la reconoció como suya. Y la niña creció con recuerdos que se desvanecían con rapidez, persiguiendo los pasos de su madre porque era lo único seguro que tenía. La memoria es como un árbol, ¿sabes? Y la memoria de esta niña era como un árbol en otoño eterno— le expliqué, acabando con un movimiento de los dedos en el aire que simulaban la caída de las hojas marchitas. Puedo confiar en la creatividad del chico para resolver sus problemas, sin necesidad de tanto cuento.

A cada uno de mis interrogantes que lo ponen a prueba, me demuestra seguridad en su plan y curvo mis cejas en clara admiración de que lo haya considerado, de que su única urgencia inmediata sea un poco de comida. Las latas le vendrán mejor que cualquier cosa si piensa emprender un viaje. —Que coincidencia— digo, —yo también estoy buscando a una persona que no se bien quién es—. Este comentario al pasar que bordea lo seguro hacia lo impredecible, lo dejo caer en cualquier oído que me escuche sin tener que revelar demasiado, porque tengo la idea de que las cosas vienen a nosotros si las llamamos. —No tengo mucha suerte en mi búsqueda. Creo que importunaba menos cuando solo venía al mercado a comprar cosas y me vuelvo una visita molesta al empezar a hacer preguntas— cuento. Tengo una sugerencia a punto de ser dicha, y me detiene la precaución de no ser invasiva con los planes del chico, puesto que no aceptó mi oferta anterior puedo dar por sentado que no quiere pedir más ayuda.

Salvo para llenarse los brazos de conservas. —Se poco y nada sobre comida sabrosa y poco rutinaria. ¿Alguno de tus amigos sabe cocinar? Lleva todo lo que creas que pueda servir y dáselo—. Me percato de que se refirió a los otros chicos como «amigos» con anterioridad, nada de «familia». Las pocas latas que tengo en mis manos las devuelvo a la mesa al ver que armó su propia pila de prioridades. Tomo la que quedó por debajo de su mentón para revisar la etiqueta. —Este no. Está vencido… desde hace tres semanas— señalo. Me sorprende poco que se venda alimentos en un estado dudoso, para muchas personas, pasarse tres o cuatro semanas de la fecha límite no le quita lo comestible. No cuando se pueden comer cosas peores cuando existe la necesidad de llevarse un bocado al estómago vacío por días. Sin embargo, en esta ocasión se trata de niños que están pasando hambre. —No te preocupes por eso— le quito importancia al gasto que estos chicos me están implicando. —Usaré un poco del dinero que me dieron por un trabajo que estoy haciendo…— murmuro. Me dije que me cortaría los dedos antes de usar los galeones que me dio Hans para sobornar a alguien, y me parece que un par de niños en necesidad es la causa más noble para vaciar esa reserva. Deslizo mi mirada de Ken al hombre que está a tres pasos, a quien debemos pagar por las conservas, y antes de sacar el dinero para hacerlo, lo que atraerá rápidamente al vendedor, respondo a su duda. —No vivo aquí, en realidad no vivo en ninguna parte del norte. Estoy buscando a la persona que te dije, es lo que me tiene visitando estos sitios…— cuento y esbozo una sonrisa divertida. —En los que verás muchas personas «diferentes»— armo las comillas con mis dedos—. Muchos raros, locos, extraños— lo pienso dos veces cuando lo digo y agregó: —Trabajo en un lugar donde también hay un par de esos.

Cargo la palma de mi mano con los galeones que creo que puedo necesitar, un pequeño montoncito. Si el vendedor ve que tengo de más, no dudará en exagerar los precios. Hago un paneo de la tienda con la mirada hasta dar con una caja de cartón que pido para que Ken tenga cómo llevar su comida y pueda andar con los ojos puestos en el camino, y no vueltos al cielo por tener una pila inestable en brazos sujeta por su barbilla. Le doy unas palmaditas en el hombro para indicarle que podemos ponernos en marcha y voy marcando el paso, alejándonos de la tienda, de regreso a los corredores con gente. —El trabajo que estoy haciendo es buscar a esta persona— le cuento en un tono bajo que queda entre los dos. Hasta aquí no he dicho más que la verdad. Siento culpa por las mentiras que vendrán después, siendo nada más que un chico. —La hermana de este hombre se fugó de la casa hace unos años. Estaba embarazada y tuvo su bebé en algún lugar del norte. Este hombre lo está buscando…— tengo el mal gusto de reírme por dentro, por más que mi semblante sea de una falsa seriedad. —Es muy rico y está muy solo, en una gran casa—. No es tan así, pero la exageración viene bien. —Es un imposible. Ese bebé podría ser cualquiera.
Lara Scott
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