The Mighty Fall
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VERANO de 247221 de Junio — 20 de Septiembre


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Tras años de represión y batallas libradas, hoy son los magos los que caminan en las calles más pulcras del Capitolio. Bajo un régimen que condena a los muggles y a los traidores a la persecución, una nueva era se agita a la vuelta de la esquina. La igualdad es un mito, los gritos de justicia se ven asfixiados. Existen aquellos que quieren dar vuelta el tablero, otros que buscan sembrar la paz entre razas y magos dispuestos a lo que sea para conservar el poder que por mucho tiempo se les ha negado. La guerra ha llegado a cada uno de los distritos. ¿Qué ficha moverás?
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Kendrick O. Black
Fugitivo
Jamás creí que fuese tan lejos. Mucho menos, tan difícil. Cruzar el bosque es más fresco, porque podemos cazar, buscar frutos y beber agua con mayor regularidad. El desierto parece una tortura, especialmente porque los caballos se cansan, debemos compartirles de nuestra bebida y las latas de conserva de la mochila no durarán demasiado si no las racionamos. Pierdo la cuenta de los días, pero mi ropa indica que estoy perdiendo peso y, tengo que admitirlo, si no fuese por los cuidados médicos de Beverly, no podría mantenerme de pie. No estoy seguro de lo que estoy haciendo. Quizá estoy arrastrando a mis amigos en una misión suicida, pero quedarnos solos en las montañas era una locura. No pude decirle a Kyle la verdad, al menos no completa. Comentarle que debía buscar a alguien fue lo único que salió de mi boca antes de seguir nuestro camino. No estoy listo, al menos no por ahora, para decirles a todos que mi vida entera fue una mentira. ¿Lo sabrían? ¿Delilah lo sabe?

Creo que me estoy cayendo del caballo cuando mi amigo golpea mi espalda y me hace levantar la vista, apenas habiendo notado que el desierto se transformó nuevamente en bosque y pequeñas colinas. Tras una noche demasiado calurosa donde me picaron los mosquitos a morir, podemos ver un amanecer en el perímetro de lo que, según los mapas, es el distrito 12. ¿Cómo me lo imaginaba? No tengo idea, pero siento un extraño palpitar cuando me doy cuenta de que, por fin, acabaré con esa duda después de todos estos años. ¿Será grande? Me hablaron de mugre, pero… ¿Cómo se ven los edificios? ¿Cómo son las personas? Para mi desgracia, no es algo que averiguo rápido. Tenemos que esperar a que se haga de noche para ponernos la capa de invisibilidad. Lamentablemente, decidimos que hay que dejar a los caballos en libertad y eso provoca que Jared, otra vez, llore. Pero… ¿Cómo nos colaríamos en NeoPanem llevando caballos que no podemos ocultar? Me parte el alma, pero debo admitir que es la mejor opción. Entramos agazapados, seguros de que nuestros pies deben quedar al descubierto, pero nadie se fija en nosotros. Ni siquiera los aurores que van y vienen cambiando sus turnos, ignorantes de nuestra presencia hasta que estamos demasiado lejos como para que la noten. Tras una caminata eterna que nos lleva gran parte de la noche, acabamos escondidos en una casa pequeña y abandonada de las afueras, donde nos rendimos y nos permitimos dormir. Y así es como, en la mañana, arrastramos nuestros pies agotados hasta el tumulto del distrito…

Nos quitamos la capa en un callejón y, cuando avanzamos por las callecitas, tengo que evitar que se me caiga la mandíbula. Nunca había visto tanta gente, ni calles tan abarrotadas, ni edificios tan firmes. El olor es asqueroso, pero aún así, es mejor que saberse perdido en medio del desierto — ¿Por esto se pelean? — me es imposible mascullar, un poco confundido por la ambición de los líderes por mantener NeoPanem, cuando el catorce lucía mucho mejor. Pensarlo en pasado es más natural ahora, pero me clava una espina en el pecho. Aprieto los labios y sigo a Kyle hasta una casa alejada, abandonada y casi en ruinas, donde nos permitimos descansar. Le tiendo a Jared mi última galleta, porque todos sabemos que tenemos hambre. Hay que hacer algo, urgente, lo que sea.

Es media tarde cuando ya no soporto el ruido de mi estómago y le pido a Kyle, que es el único que tiene una idea de cómo moverse, que vayamos a buscar algo de alimento. Tras un montón de discusiones (“No, Zenda, tú no vienes”), salimos dejándole la capa a los más pequeños por si las dudas. No tardamos tanto en llegar a un sitio que huele peor que el resto del distrito y Kyle me explica que es un mercado, algo de lo que oí hablar en algunas ocasiones pero que, a decir verdad, me imaginaba un poco diferente — ¿Tienes algo con lo que comprar? — es una pregunta estúpida, porque los dos sabemos la verdad: debemos robar a falta de recursos. Genial. Ahora sí me arrepiento de haberles dejado la capa a los otros. Acordamos el separarnos y reunirnos en el mismo punto dentro de una hora así que, tras asegurar unas cuantas veces que estaré bien por mi cuenta, meto las manos resecas y heridas dentro de mis bolsillos y me alejo. ¿Cómo se roba? Jamás me explicaron un método eficiente y el almacén del catorce tenía menos ojos. Estoy moviendo los dedos, cuando me percato de la baratija que llevo en uno de ellos. Quizá, no tenga que robar mucho…

Mis intentos de trueque son en vano. Nadie quiere un anillo oxidado, rayado y con el agujero que en algún momento tuvo el diamante que le daba valor. En mi posiblemente décimo intento, el anciano de mala pinta del puesto de verduras se mofa de mí y lo lanza al suelo, haciéndolo rebotar calle abajo, por lo que me lanzo tras él con movimientos rápidos y torpes. Me inclino, tratando de atraparlo con las manos, hasta que lo aprieto contra lo que parece ser el pie de alguien más. Levanto los ojos con la disculpa pintada, fijándome en la mujer morena que tengo delante. O por arriba, depende de cómo se vea — Um. Lo siento — enrosco los dedos alrededor del anillo y me pongo de pie, sacudiendo un poco mi penosa camiseta como si así pudiese limpiarme las manos — No creí que… yo estaba… — señalo sobre mi hombro hasta que agito un poco los brazos, desinchándome con desgano y derrota. Solo por probar, le enseño la joya — ¿Quiere comprarme un anillo? Juro que se lo dejo lo más barato que pueda...— no pierdo nada con intentar. El hambre es más fuerte.
Kendrick O. Black
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Invitado
Invitado
Me asombra el ingenio que surge ante las imposibilidades, y me entretengo más tiempo del que debo en la tienda de un squib que restauró las funciones de artefactos que fueron desechados en el distrito. Como si fuera una compradora más pregunto sobre los detalles de cada objeto que inspecciono con mis dedos, y como no regateo con el precio de cada cosa que me interesa, el hombre sigue con su palabrería para que siga comprando. Presiono mis dedos en las paredes de metal de un rastreador hasta dar con el compartimiento que muestra su sistema interno y puedo tratar de entender cómo hizo posible que volviera a funcionar para detectar ciertos objetos y algunos mágicos. Puede que solo sea basura que está tratando de venderme, un estafador de los muchos que abundan en el mercado negro y mi curiosidad es más fuerte, así que el hombre obtiene un poco más de dinero de mi parte.

Lo cargo todo en la mochila que cuelgo de un hombro, y paso de largo la tienda aledaña de pócimas que prometen milagros que no necesito, para continuar con mi recorrido por el mercado con más atención a lo que pueda escuchar del intercambio entre vendedores, por si pillo algún comentario que me aporte algo significativo. Antes no lo hacía, estaba ensimismada en mi camino porque no pretendía entrecruzarme en otros ajenos. Ahora cada paso que me hace chocar con una persona, hace que le eche una segunda mirada. Es lo que hago con el chico que casi me llevo por delante entre el gentío que abunda en este mercado ilegal. Lo miro desde mi altura que es ventajosa en este caso porque está buscando algo en el suelo que terminó a mis pies y no veo de qué se trata hasta que me lo muestra. Joyería está en la misma categoría de las pócimas en mi lista de compras, no me atraen. Pero quito el anillo de sus dedos para examinarlo y mis cejas se van uniendo en un ceño fruncido. —¿Es una sortija de matrimonio?— pregunto con interés.

Por encima del borde del anillo que atrapo entre mi índice y mi pulgar, me tomo el tiempo de fijarme en el rostro del muchacho que tengo delante. Si no fuera por su estatura y ciertos rasgos de su rostro, caería en el engaño de sus ojos, lo juzgaría como un niño. No sé si es la desesperación que demuestra en su voz, si es cosa de su carácter, tiene una mirada transparente, limpia de esa bruma que enmascara las intenciones calladas que tienen todas las personas. —Si es una alianza, no deberías venderla por un par de monedas. Para un par de personas pudo haber sido algo valioso alguna vez y guardaron en ella sus memorias— digo y cierro mi mano alrededor del anillo. —Está bien, te lo compraré— asiento, pensando en lo poco que me gusta la caridad o en sacar provecho de otras personas en su necesidad. Le echo un vistazo de cuerpo entero y tengo que apretar mis labios para seguir conservando un semblante impasible que no delate mi sensibilidad, que tampoco me gusta que saquen provecho de mí. —Te compraré comida si eso es lo que necesitas—. No le daré galeones para convertirlo en un blanco de los abusadores que suelen merodear en los márgenes del mercado.
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Kendrick O. Black
Fugitivo
Tengo los labios quebrados y resecos, empeorando el aspecto de un rostro sucio y quemado por el sol del desierto; es una pésima combinación para no sentir que estoy delatando de dónde provengo, pero aún así mantengo el rostro en alto en un intento de demostrar que mi necesidad es sincera y que cualquier ayuda será bienvenida. Jamás he hablado con gente fuera del catorce y, a decir verdad, estoy un poco decepcionado con lo que me encuentro. No son grandes guerreros y, a grandes rasgos, no veo mucha diferencia con las personas con las cuales solía relacionarme. Sí son más sombríos, apagados y amontonados, pero supongo que será por tener que vivir en un lugar como éste. La mujer que tengo delante parece un poco diferente, no sé si es porque sus ropas no parecen tan desgastadas o porque no tiene una capa de mugre por encima de la cara. Creo que demuestro algo de curiosidad por su pregunta y muevo mi cabeza de un lado al otro de forma dudosa — Creo que sí, o solía serlo — para mí siempre fue una baratija consumida por los años y las lluvias, pero ese es otro tema.

Me hace dudar con sus palabras y me pregunto qué habrá sido del cementerio del catorce, donde la tumba de la tal Coco decoraba una de las esquinas. ¿El fuego habrá consumido las lápidas improvisadas? ¿Los cuerpos quedaron a salvo bajo tierra? Intento empujar el pesimismo en base a mi propia necesidad, porque si este anillo fue importante para esa persona que jamás conocí, no es el momento de ponerme sentimental — Creo que a ellos no les molestaría … — no sé exactamente quienes son “ellos”, pero creo que entiende mi punto. Tampoco le doy importancia, porque estoy seguro de que mi rostro se ilumina entre la porquería que llevo encima cuando anuncia que va a comprarlo. ¿Para qué lo quiere? No tengo idea, pero no me importa, porque eso significa que podré alimentarnos, al menos por hoy.

No me pasa por alto su mirada escrutadora y eso hace que dé un paso hacia atrás, consciente de la incomodidad que me provoca y casi retándola con la mirada a que diga algo sobre mi estado de mierda. Me afloja un poco el semblante su ofrecimiento, parpadeando en la sorpresa de la amabilidad. He oído historias terribles sobre la gente de NeoPanem, así que esto me desconcierta un poco más de lo normal — ¿Por qué me ayudaría así? — pregunto con cierto recelo, moviendo mis cejas hacia arriba — Al menos que tenga comida para intercambiar, prefiero la venta. No quiero sentir que estoy abusando de su amabilidad, señorita. No pretendo que… — intento explicarme, torciendo un poco los labios en busca de las palabras adecuadas. Jamás he negociado algo de verdad, así que no sé muy bien cómo se hace. Mis negociaciones eran más bien sobornos para conseguir dulces, cerveza o alguna escapada nocturna — Me refiero a que si compra el anillo, usted tendrá algo a cambio y no sentiré que solo gastó en mí — creo que tiene sentido y confío en que lo entienda. Apenas me percato en cómo miro a nuestro alrededor en busca de algún peligro, pero es obvio que nadie se fija en nosotros. A decir verdad, soy un rostro desconocido e invisible en un distrito lleno de gente mugrosa. Aún así, bajo la voz — Somos varios y tengo que alimentarlos. Jar… hay un niño de solo diez años y no ha podido comer algo sustancioso en semanas. ¿Cuánta comida cree que valga esa sortija? — dudo que sea mucha, porque es una porquería vieja, pero espero que sea suficiente.
Kendrick O. Black
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Invitado
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Desconfío de su abierta duda sobre los dueños originales del anillo, si es que no me equivoco al suponer que fue de un matrimonio. Desconocer su procedencia lo hace un posible ladrón. ¿Cómo puedo juzgarlo si su ropa ajada y lo demacrado de sus rasgos demuestran lo necesitado que está de un poco de ayuda? Hago girar el anillo entre mis dedos, rozo el metal lastimado por el tiempo, y lo estudio con un ojo crítico. —No te daré dinero—. Por el modo en que lo digo, no hay posibilidad de que me haga cambiar de parecer. —Si te lo doy te haré más daño que bien. El dinero te lo pueden quitar otros o lo puedes gastar en tonterías, caer en el engaño de cualquiera de los comerciantes de este mercado— explico, porque sabrá entenderme, por ingenuo o desesperado que esté debido al hambre. En este sitio no hay reglas transparentes, porque los productos que se venden hace imposible pensar esto en términos justos donde cada quien se queda conforme con su parte.—Te compraré el anillo y te lo pagaré con comida— le aclaro.

Pensaba que sólo sería para él y frunzo el ceño al enterarme que está acompañado. No por el gasto que me implicaría en comida, sino porque haya un niño de diez años padeciendo su falta en alguna parte de este distrito y otros también. — Alcanza para una buena ración de comida— calculo mentalmente cuántos galeones me quedaron y no es mucho, tampoco es poco. Digamos que no tengo mayores gastos que mi propia persona y no soy de gustos caros. —¿Cuántos son?—. Dudo en preguntarle si un adulto los acompaña, me revuelve la bilis la sospecha de que todo esto pueda ser la treta de una persona mayor que los usa para tocar la sensibilidad de desconocidos. Pero el chico al hablar dio a entender que era quien cuidaba del resto, quienes presupongo que podrían ser sus hermanos menores. —¿Están solos?— pregunto con una delicadeza que reprime mi frustración. Sé que las situaciones de vida en el norte son hostiles, y de todas maneras que una camada de chicos y niños sean abandonados a su suerte me enerva.  

»Por respeto a la memoria que se guarda en un objeto, siempre es bueno que lo tenga alguien que lo valore— divago y lo miro por encima del anillo. —Y en tu estado, es comprensible que valores otras cosas por encima de lo meramente sentimental. Así que con el anillo me quedaré yo…— murmuro, en el fondo guardo demasiada nostalgia, pese a que no la manifiesto en mi carácter y rehúyo al calificativo de sentimental. Hago el amago de guardar la sortija en el bolsillo de mi vaquero, pero el miedo a que se me pierda detiene el movimiento de mi mano. Uso la otra para deslizar el anillo a lo largo de mi anular, el único dedo en el que encaja. Siento el peso y la ironía de colocarme una alianza que no me pertenece, desconociendo el destino de su anterior portador. —Ven, compraremos algo que te pueda servir por unos días—. Lo encamino hacia la tienda de conservas que visité hace poco tiempo con Arya, tomándolo del codo para sostenerlo cerca. Nunca pensé que el dato de este puesto me sería de utilidad después. —¿Todos están sanos? — pregunto cuando pasamos cerca de una mesa con pócimas y ungüentos y es palpable mi preocupación. Vuelvo a echarle una mirada, no lo veo enfermo pero parece sacado de un campo de batalla.
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Kendrick O. Black
Fugitivo
No veo el sentido a ponerme a discutir con ella, pero que me trate de niño idiota hace que mi boca se doble en un gesto de reproche — No es tan fácil engañarme… — ahora, que puedan asaltarme es otro caso. No soy grande, tampoco soy demasiado fuerte y mi estado físico es el peor en el cual he estado en toda mi vida. Además, la idea de que me pague con comida no es mala, es justo lo que necesito y creo que no he podido hacer mejor negocio. ¿Para qué discutir, si estoy consiguiendo lo que buscaba de todas formas? Lo que sí me hace vacilar es su pregunta, algo intrusa con respecto a la privacidad que deberíamos mantener. Aún así, sé que tengo que ser sincero, por cuestiones de raciones al menos — Seis. Y sí, estamos solos — ¿Eso está mal? ¿Se nos permite decir esto o alguien querrá llevarnos si ven a un montón de niños solos? Rayos, en momentos como este me gustaría haber escuchado un poco más a mis tíos con sus advertencias, pero creo que nadie pensó que estaríamos sin ellos en una situación como esta.

Supongo que lo que dice tiene sentido o algo así, así que solo asiento para no quedar como un lento. ¿A quién le importa lo sentimental a estas alturas? Mi atención vuela al modo que tiene ella de colocarse el anillo y, pese a mis pensamientos anterior, puedo sentir una extraña punzada en el pecho. Asumo que ahí se va la única cosa que pude rescatar del catorce al tenerla conmigo y se irá en las manos de una persona a la cual no conozco y, posiblemente, jamás volveré a ver. Me recuerdo las razones por las cuales estoy haciendo esto, así que mantengo la frente en alto cuando me toma del codo. Un gesto tan simple me da el impulso de apartar el brazo, pero no lo hago tan brusco en obvia intención de no levantar sospechas — Sí, creo. Una de las niñas sabe algo de magia medicinal, así que eso ayuda. No es tanto de utilidad para las quemaduras o el hambre, pero ya sabes… — me ahorro el explicar que no estoy hablando de las quemaduras del sol pero sí las de la piel, pero dejo que se quede con la duda porque no quiero ponerme en detallista — Sé que cuando todos tengamos el estómago lleno, el humor va a mejorar. Siempre mejora — jamás lo hemos tenido todo, pero la comida siempre ha sido lo primordial.

Apenas me fijo en las pócimas, porque mi nariz se va hacia un hombre que está metiendo una carne de aspecto sospechoso sobre lo que parece ser una parrilla portátil y, cerca de allí, otro anuncia algo de frutas y verduras en canastos que no se ven muy higiénicos. Aún así, es suficiente como para que apriete el paso, chequeando una pila de latas a la distancia — No soy bueno con la cocina — declaro, arrugando la nariz porque sospecho que lo que andan cocinando por ahí es una rata de enorme tamaño, o un gato muy pequeño — ¿Cómo puedes hacer que muchos niños coman bien y que dure unos días? — obviando de que creo que no tenemos un lugar dónde cocinar sin poner un farol sobre nuestras cabezas. Me detengo frente a un puesto de bocadillos que no reconozco, inclinándome hacia delante a pesar de la mirada alerta de la bruja anciana, que parece desconfiada como si todo niño que se acerca tuviese intenciones de robar su mercancía — Soy Ken — es una presentación de pura cordialidad, pero luego reparo en algo que intento corregir con toda la naturalidad — de Kenneth.
Kendrick O. Black
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Invitado
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Estás en un mercado ilegal, estas personas llevan mucha práctica en engaños— contesto, mirándolo desde los pies hasta los mechones despeinados sobre su frente. —Casi el tiempo que llevas de vida— apunto, haciendo una estimación de su edad. Su confianza es dañina si le venda los ojos, he llegado a pensar que la mejor manera de librarse de los peligros y de las mentiras es manteniéndose en un permanente estado de alerta. Siempre he creído que es mejor juzgar y equivocarse en que una verdad es una mentira, a caer en una mentira creyendo que es verdad. No estoy comprando su anillo, prometiéndole un pago en comida, para que alguien más se abuse de él. Porque no soy del tipo que pone una moneda en la mano de una persona y sigue de largo, olvidando su rostro al cabo de unos pasos, si se trata de un chico con aspecto maltratado y una clara urgencia. Saber que hay seis niños más me provoca una amarga sensación de frustración y tengo que frotar por debajo de mi cabello con los dedos para aliviar mi tensión, cerrar por un momento los ojos con fuerza.

Pretendo actuar con mesura al hacer mis preguntas escuetas, por recelo a que el chico pueda marcharse si siente que lo acorralo a dar respuestas que lo expongan demasiado. Me cuenta más de lo que espero, casi sin darse cuenta. Están sanos, pero lastimados. Bajo el cuidado de una niña. En todo este distrito debe haber al menos alguien que haya ejercido la medimagia antes de ser expulsado o que aprendió del oficio por la necesidad que surge de habitar un territorio olvidado por los servicios de salud. —Me agrada que seas un chico optimista— digo, mirándolo de soslayo al caminar a su lado. Es inesperado que lo sea en el estado que se encuentra, no tengo como saber si es un rasgo de su carácter o es que todavía no ha tocado fondo con los otros niños como para creer que el hambre es el único mal en el mundo a combatir. —Pero cuando compremos un poco de comida volveremos aquí por algún ungüento que le sirva a sus quemaduras— señalo con la barbilla el puesto de pócimas que dejamos atrás. Lo guío hacia la tienda de conservas sin la intención de hacer escalas allí donde ofrecen alimentos más frescos. Siento el anillo alrededor de mi dedo recordándome que tengo que darle algo que en verdad resuelva parte de su problema, si me estoy llevando lo que posiblemente es la única posesión de valor que tenía, sea su dueño o no.

Tampoco soy buena en la cocina— digo al aire, como si estuviéramos en una charla casual en medio del bullicio típico del mercado. Un mercader discute con otro por haber invadido medio metro de su tienda con unas jaulas en cuyo interior se encuentran pájaros igual de ruidosos. —Y nunca me ha tocado alimentar niños— sigo, regresando mi atención a él. —Solo sé que los enlatados, si los racionas, te durarán más días que cualquier fresca que puedas comprar. Tendremos que buscar los que sean más nutritivos y en lo posible, que tengan buen sabor. Ese niño…— murmuro y la sonrisa que se curva en mi boca tiene un sesgo triste— el que tiene diez años, puede que se queje si tiene que comer, no sé, frijoles todos los días—. Los más grandes entenderán que la comida vale más por la fuerza que les pueda aportar a su cuerpo, que por su sabor en el paladar. Caigo en la cuenta de que esta parece ser una situación nueva para ellos, y puedo pensarlo con más detenimiento cuando el muchacho se distrae con unos bocadillos a la vista. Su interés y el ademán desconfiado de la anciana me llevan a dejar unos galeones sobre la mesa y entregar uno de los bocadillos al chico, para que la mujer se trague su queja. Retomo nuestro andar para alcanzar la mesa con las conservas. —Soy Lara— me presento cuando me da su nombre. Me lo pienso dos veces y cuando estamos frente a la pila de latas, espero a que me siga hacia un extremo donde simulo inspeccionar algunas etiquetas.

»Ken, haremos algo…— comienzo en confidencia, con un tono bajo que solo pueda escuchar él, pero no descarto que otro oído pueda captar mi voz y por eso mi precaución al decir: —No te preguntaré qué sucedió, el por qué en vez de robar o de mendigar quisiste vender algo de valor, porque aunque no lo hayas pensado así, ese gesto habla de una extraña honradez. Este no es el lugar para que me lo cuentes— reconozco. Me acerco un paso hacia él y lo miro de lado, estudio sus rasgos para notar alguna alteración. —¿Cuántos años tienes, Ken? ¿Y cómo esperas que tú y seis niños más subsistan en el norte? — echo una mirada alrededor, abarco mucho más que el mercado, todo lo que está más allá de sus límites. Las ciudades en ruinas, la inseguridad, la vigilancia exhaustiva de los aurores. —¿Tienes un plan?— lo desafío a que me diga que sí tiene uno.
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Kendrick O. Black
Fugitivo
Curar las quemaduras suena bien, que no pregunte por ellas es aún mejor. Se lo doy a entender con un movimiento afirmativo de la cabeza, un poco más entusiasmado de lo que hubiera creído. Quizá la gente de NeoPanem no estaba tan mal, al menos no toda, como siempre me habían hecho creer. Bueno, posiblemente ella sea la excepción a la regla, porque he tenido frente a mis narices a personas que no tenían intenciones de dejarnos con vida, ni siquiera teniendo en consideración que éramos niños. Además, he visto los ojos de Jamie Niniadis. He visto su locura, tanto como los horrores que su gente puede cometer. Es un poco confuso darme cuenta de que no puedo encasillar a las personas en buenas y en malas.

O sea, que no tienes hijos — lo asumo por esa declaración sobre jamás haber tenido que darle de comer a menores, pero lo suelto como una afirmación casual sobre su persona en una conversación que cualquiera podría tener en medio de un parque. No espero que me lo confirme como tampoco tengo verdadero interés en saberlo. Sus indicaciones, por extraño que parezca, me roban una pequeña sonrisa divertida y me atrevo a echarle un vistazo sobre el hombro — Jared se queja si no puede comer golosinas todos los días. Si fuese por él, viviría a base de dulces — declaro — Así que estoy acostumbrado a decirle que no moleste y que se coma lo que tengamos— en especial, cuando íbamos a días de campo improvisados luego del invierno, cuando las raciones eran más escasas. El catorce nos ha preparado para esto, nos guste o no, en cada aspecto.

Se presenta como Lara y doy las gracias internamente de que sea un nombre corto y sencillo — Lo recordaré — prometo. Sé que hay un tinte agradecido en mi voz, porque ella se ha parado a mirarme cuando todo el mundo me tomó como una bolsa de basura invisible y sin valor. Me provoca mayor agradecimiento cuando en mis manos hay un bocadillo y lo olfateo para darme cuenta de que está calentito y tiene aroma a algo que reconozco como queso. Eso hace que la siga con algo de lentitud, en especial porque doy un bocado que me llena los cachetes y me provoca una punzada estomacal que me hace reconocer el nivel de hambre que llevaba conmigo en el cuerpo. Creo que estoy demasiado enfrascado en la comida, porque no me doy cuenta de que parece hablar en serio hasta que me percato de que está usando un tono bajo y mis ojos se tornan cautelosos, provocando que mastique con mayor lentitud — Yo solo… — ¿Qué? ¿No sé cómo robar en un lugar como este? ¿Preferí ganarlo? No tengo una respuesta, así que no se la doy. Y dudo, claro que lo hago, porque no la conozco y me pide información que puede ponerme en peligro, algo que contradice que sujete el bocadillo con tanta fuerza — Cumpliré dieciséis en octubre — no es un dato de vital importancia y me hace sentir que sueno algo mayor a lo que en verdad soy — Y claro que tengo un plan — mentira. Creo que tengo un plan, eso es otra cosa.

Intento que no me delaten los nervios y doy otro mordisco. Aprovecho que estamos cerca de un puesto para ponerme a inspeccionar las etiquetas de los enlatados, aunque no reconozco muchos de sus contenidos. Al final, creo que mi silencio me delata y debería decir algo para no resultar sospechoso — Estoy buscando a alguien que sé que va a ayudarnos.  Solo tengo que encontrarlo — tengo esa esperanza. Porque si mi verdadero padre no está muerto, debe estar en alguna parte. Papá, o mejor dicho Echo, me advirtió que no debería buscarle, pero no puedo cumplir esa promesa. No cuando estamos solos y es la única ilusión a la cual puedo aferrarme — Podemos cuidarnos entre nosotros, siempre lo hemos hecho. Nunca vamos a estar solos de verdad — me guste o no, somos familia. Estiro la mano que tengo libre y me acerco una latita de la cual no puedo identificar las letras — ¿Por qué? ¿Algún adulto nos llevaría? — una vez, mi tío Ben me amenazó con que si me escaba a NeoPanem, alguien del ministerio me encontraría y me metería entre un montón de niños sin padre a cargo del gobierno y esa era básicamente la amenaza que servía para darme miedo hasta los doce años. Obvio, con el tiempo no le di importancia, pero cuando miro a Lara creo que se me nota la alarma en la mirada — No le dirás a nadie sobre mí o mis amigos. ¿Verdad, Lara? — porque sino, tendré que empezar a correr. O sacar la varita, pero jamás he hecho el encantamiento desmemorizante y atacarla suena a una terrible idea.
Kendrick O. Black
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No— es todo lo que contesto, los comentarios que pueda hacer a modo de broma sobre lo improbable de ello, me los guardo porque estoy con un adolescente que se está haciendo cargo de una camada de niños. Me hace penosamente consciente de que mis decisiones podrían estar tomadas desde el egoísmo y el rechazo a responsabilidades que me exceden, y en una comparación con el chico, no me queda más que avergonzarme. Memorizo el nombre del niño más pequeño del grupo, estoy recogiendo información de cada respuesta y armando mi propio rompecabezas que me revele la verdad sobre estos chicos. —Haces bien. Ningún niño puede vivir a base de golosinas. No tengo hijos, pero eso lo sé— lo digo como si fuera una obviedad, no espero que se me reconozca como un gran mérito. —De todas formas, buscaremos algo de sabor suave y dulce para que puedan compensar la falta de golosinas…— añado. Y no me refiero solo a Jared, sino a los demás. No dejan de ser niños, algunos en transición a la adolescencia.

Lo confirmo al conocer su edad, así como el mes de su nacimiento. —Naciste en otoño— murmuro más para mí que para él, mis ojos vagan por las latas que estamos revisando. —Hay una historia sobre una bruja que nació en otoño y…— pestañeo, saliendo del trance que me hace perderme en mi mente. —No viene al caso— descarto lo anterior para dar prioridad a la cuestión que nos tiene aquí, leyendo etiquetas. —Dieciséis es una edad prometedora, a partir de ahora todo lo que te propongas podrás conseguirlo si trabajas en ello. Eres un adulto para ciertas cosas— digo y coloco una de las conservas en sus manos. —Así que me alegro que tengas un plan— lo felicito con un tono formal. No me ha dicho cuál es, ni creo que tenga la confianza para decírmelo. —Supongo que evaluaste los pros y los contras, qué recursos necesitarás, cuál será el costo y tus alianzas potenciales— lo digo de pasada, intencionalmente mirándolo de reojo.

¡Ah! Así que hay alguien. No están encaminándose hacia un lugar, sino hacia una persona. Me conmueve que la unión entre ellos sea lo seguro para avanzar, hacia donde sea. —Nadie debería estar solo— coincido con él en un tono impreciso, negándome a revelarle la verdad de que al final de cuentas siempre estamos solos. Reconozco que siempre buscamos contar con quien al menos compartir un poco de nuestra soledad. Mi semblante cambia al oír su pregunta, arqueo mis cejas y lo miro con interés. —¿A dónde quieres ir?— lo interrogo. —Porque este es tu día de suerte, estás hablando con una persona que sabe de transportes. Soy mecánica— le aclaro. Mis pensamientos empiezan a moverse rápidamente, saltando de indicaciones de precaución a alarmas que suenan un poco más fuerte, porque mover gente del norte a distritos del sur o del centro no es algo que agrade a la seguridad nacional. Pero estoy dispuesta a asumir el riesgo. —No le diré a nadie— prometo. Me escuché diciendo esto demasiadas veces. —Tu secreto está a salvo conmigo— y me animo a sonreírle, animándolo a confiar en mí.
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Kendrick O. Black
Fugitivo
Supongo que sí, nací en otoño y parece ser un dato interesante, pero la verdad yo no le veo lo maravilloso — ¿Una bruja que nació en otoño que, qué? — es culpa de mi curiosidad, pero sé que no hay tiempo para historias. Todo lo que dice de los dieciséis años es algo que he escuchado en alguna otra ocasión, especialmente cuando me empezó a crecer pelo en zonas que antes no tenía y papá insistió en que ahora sería un hombre y debía tener otras responsabilidades. Afeitarme los tres pelos de arriba del labio no contaban como una, pero me gustaba creer que sí — Bueno… sí — otra mentira piadosa. Evalué los riesgos, pero no tengo ni idea de hacia dónde voy y cómo hacerlo. Tampoco es que tuviese otra opción, porque quedarnos en la montaña a morir de hambre no era una y ser atrapados por los aurores tampoco era otra. No puedo decirle eso a ella, así que me tiro hacia el lado de demostrarle una falsa seguridad Además, no es como si pudiera pedirle ayuda.

¿Mecánica? Tengo que mirarla para evaluarla, recordándome que el señor Franco padre decía que había ejercido esa profesión toda su vida hasta llegar al catorce y era muy bueno arreglando los cacharros que llegaban — No lo sé. Todavía estoy evaluando las posibilidades — cállate, Ken. Porque si dices que tienes que ir a algún lado, es porque no tienes dónde quedarte. Busco creerle, confiar en que no dirá nada y me quedo silencioso, como si de solo mirarla pudiese encontrar los datos suficientes como para regalarle una confianza ciega. Se la acepto con un movimiento de la cabeza, algo dudoso — Tengo que saber a quién estoy buscando, en primer lugar. Supongo que será cuestión de que haga las preguntas correctas, pero sé que estaremos bien — porque no puede ser de otra forma… ¿No?

La incomodidad de la inseguridad de mi suerte hace que vuelque la atención en la lata que sostengo y la alzo en alto para mostrársela — ¿Qué se supone que dice esto? — pregunto — ¿Servirá? Tal vez deberíamos recolectar una de cada una y así tener la posibilidad de mezclar ingredientes y, así, hacer que la comida sea más sabrosa y menos rutinaria — es lo que Arleth decía y hay que admitir que ella era una de las mejores para crear comidas deliciosas con los pocos recursos con los cuales contábamos. Lo bueno de esto es que puedo dejar la idea de atacar a mi salvadora y me meto lo que me queda del bollo en la boca para tener las dos manos libres y, de esa manera, empiezo a recolectar algunas latas. Las apoyo contra mi torso y pongo una encima de la otra. tratando de crear una pequeña pila que no se desparrame por todos lados. Me detengo cuando una lata de porotos toca mi mentón y la miro en señal de disculpa, creyendo por un instante que estoy abusando de su amabilidad — ¿Me estoy pasando? — no sé qué tanto puede gastar y me permito en mirarla como si quisiera averiguar su alcance económico. Como ya dije, se ve mejor que muchos de los que viven por aquí — Tú no eres del doce, ¿no? — ella ha hecho preguntas, así que yo voy a hacer lo mismo. Tal vez así pueda permitirme el confiar en ella sin ninguna culpa — Te ves un poco… diferente al resto — en más de un sentido.
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Respondo a la curiosidad del chico de la manera más breve posible, porque no me gusta ignorar las preguntas que hacen los más jóvenes cuando es movida por esta emoción. Dejar a la curiosidad sin respuestas puede terminar por reprimirla, y eso sería terrible, es lo que pienso porque todos los días trabajo con gente que estimula la imaginación. —Una mujer embarazada fue desmemorizada para que el secreto familiar quedara a salvo, pero el hechizo se hizo mal. Esta mujer abandonó a su hija al nacer porque no tenía memoria. No la reconoció como suya. Y la niña creció con recuerdos que se desvanecían con rapidez, persiguiendo los pasos de su madre porque era lo único seguro que tenía. La memoria es como un árbol, ¿sabes? Y la memoria de esta niña era como un árbol en otoño eterno— le expliqué, acabando con un movimiento de los dedos en el aire que simulaban la caída de las hojas marchitas. Puedo confiar en la creatividad del chico para resolver sus problemas, sin necesidad de tanto cuento.

A cada uno de mis interrogantes que lo ponen a prueba, me demuestra seguridad en su plan y curvo mis cejas en clara admiración de que lo haya considerado, de que su única urgencia inmediata sea un poco de comida. Las latas le vendrán mejor que cualquier cosa si piensa emprender un viaje. —Que coincidencia— digo, —yo también estoy buscando a una persona que no se bien quién es—. Este comentario al pasar que bordea lo seguro hacia lo impredecible, lo dejo caer en cualquier oído que me escuche sin tener que revelar demasiado, porque tengo la idea de que las cosas vienen a nosotros si las llamamos. —No tengo mucha suerte en mi búsqueda. Creo que importunaba menos cuando solo venía al mercado a comprar cosas y me vuelvo una visita molesta al empezar a hacer preguntas— cuento. Tengo una sugerencia a punto de ser dicha, y me detiene la precaución de no ser invasiva con los planes del chico, puesto que no aceptó mi oferta anterior puedo dar por sentado que no quiere pedir más ayuda.

Salvo para llenarse los brazos de conservas. —Se poco y nada sobre comida sabrosa y poco rutinaria. ¿Alguno de tus amigos sabe cocinar? Lleva todo lo que creas que pueda servir y dáselo—. Me percato de que se refirió a los otros chicos como «amigos» con anterioridad, nada de «familia». Las pocas latas que tengo en mis manos las devuelvo a la mesa al ver que armó su propia pila de prioridades. Tomo la que quedó por debajo de su mentón para revisar la etiqueta. —Este no. Está vencido… desde hace tres semanas— señalo. Me sorprende poco que se venda alimentos en un estado dudoso, para muchas personas, pasarse tres o cuatro semanas de la fecha límite no le quita lo comestible. No cuando se pueden comer cosas peores cuando existe la necesidad de llevarse un bocado al estómago vacío por días. Sin embargo, en esta ocasión se trata de niños que están pasando hambre. —No te preocupes por eso— le quito importancia al gasto que estos chicos me están implicando. —Usaré un poco del dinero que me dieron por un trabajo que estoy haciendo…— murmuro. Me dije que me cortaría los dedos antes de usar los galeones que me dio Hans para sobornar a alguien, y me parece que un par de niños en necesidad es la causa más noble para vaciar esa reserva. Deslizo mi mirada de Ken al hombre que está a tres pasos, a quien debemos pagar por las conservas, y antes de sacar el dinero para hacerlo, lo que atraerá rápidamente al vendedor, respondo a su duda. —No vivo aquí, en realidad no vivo en ninguna parte del norte. Estoy buscando a la persona que te dije, es lo que me tiene visitando estos sitios…— cuento y esbozo una sonrisa divertida. —En los que verás muchas personas «diferentes»— armo las comillas con mis dedos—. Muchos raros, locos, extraños— lo pienso dos veces cuando lo digo y agregó: —Trabajo en un lugar donde también hay un par de esos.

Cargo la palma de mi mano con los galeones que creo que puedo necesitar, un pequeño montoncito. Si el vendedor ve que tengo de más, no dudará en exagerar los precios. Hago un paneo de la tienda con la mirada hasta dar con una caja de cartón que pido para que Ken tenga cómo llevar su comida y pueda andar con los ojos puestos en el camino, y no vueltos al cielo por tener una pila inestable en brazos sujeta por su barbilla. Le doy unas palmaditas en el hombro para indicarle que podemos ponernos en marcha y voy marcando el paso, alejándonos de la tienda, de regreso a los corredores con gente. —El trabajo que estoy haciendo es buscar a esta persona— le cuento en un tono bajo que queda entre los dos. Hasta aquí no he dicho más que la verdad. Siento culpa por las mentiras que vendrán después, siendo nada más que un chico. —La hermana de este hombre se fugó de la casa hace unos años. Estaba embarazada y tuvo su bebé en algún lugar del norte. Este hombre lo está buscando…— tengo el mal gusto de reírme por dentro, por más que mi semblante sea de una falsa seriedad. —Es muy rico y está muy solo, en una gran casa—. No es tan así, pero la exageración viene bien. —Es un imposible. Ese bebé podría ser cualquiera.
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Intento encontrarle una lógica a lo que me está diciendo, pero no hago más en pensar en mujeres embarazadas que nunca han estado ahí para sus hijos y eso me remueve una parte de mí que intento no sacar a la superficie, al menos hasta estar preparado. Espero que no se me note en el semblante, porque esquivo sus ojos al mover mi cabeza en un gesto afirmativo que solo indica que la he oído — Suena a un cuento un poco deprimente — me limito a decir y lo descarto de nuestra conversación. Me llama más la atención de su confesión, ganándose una mirada curiosa pero que intenta ser breve. Supongo que el mundo está lleno de gente que busca gente, aunque estoy seguro de que su búsqueda tiene poco y nada que ver con la mía.

¿Vencido? Intento mover la cabeza sin tirar las latas superiores para ver lo que me está indicando y, aunque mi primera reacción es decirle que nos comeremos cualquier cosa, me recuerdo que no tenemos métodos para andar curando un malestar estomacal — ¿Qué tal este? — pregunto, tomando otra con mucha dificultad, para colocarla en el lugar de la que no es útil. La parte que me dice que debería al menos fingir que me molesta que gaste el dinero me hace abrir la boca para decirle que no se moleste, pero sus palabras me sacan de hilo el pensamiento — ¿Dónde trabajas? ¿Uno de esos lugares para locos? — es una broma, pero me siento algo idiota al darme cuenta de que no puedo hacerla bien porque no recuerdo el término que leí una vez en uno de los libros que teníamos en casa. Recuerdo haber preguntado qué era y papá… Echo fue quien lo respondió en primer lugar. ¿Mani...algo? Por suerte, la aparición de los galones me desconcentra de mi ridiculez y también de mi culpabilidad por hacerla gastar tanto; creo que queda en evidencia por el modo en el cual se ensanchan mis ojos. Puedo disimularlo al tener que poner las latas sobre una caja, ella paga y podemos avanzar por el mercado una vez más. No quiero decirlo en voz alta, pero el peso en mis brazos me grita que mi misión ha sido exitosa y, además de eufórico, me siento ligeramente orgulloso de mí mismo. A que Kyle no ha conseguido ni la mitad…

Agradecido, eso es lo que estoy. Creo que por eso me doy cuenta de que tengo que borrar un poco la sonrisa cuando me doy cuenta de que la historia que me está contando no es muy feliz que digamos. Hay algo en ella que hace que reduzca un poco la velocidad de mis pasos, notando lo vacilantes que son al tratar de ir a su paso en medio de un mercado repleto de gente — ¿Cualquiera? — aprieto mis labios tras tragar saliva con algo de fuerza. Sé que es solo una casualidad, pero no deja de producirme una mala sensación en la boca del estómago — Bueno, tú me hiciste un favor, puedo ayudarte devolviéndote otro. ¿Hace cuántos años? — siento que la caja se tambalea con mi andar, así que la acomodo con un movimiento de mis brazos para mantenerla más firme — Yo estaré buscando una persona, puedo buscar dos. ¿Qué tan rico? — bueno, quizá se me va un poco la onda por el interés de más comida, pero una cosa a la vez, en especial si no queremos llamar la atención. Pero si hay una posibilidad… — Soy rápido y se me da bien usar la varita. Puedo ser de ayuda, si quieres.
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Asiento con mi mentón a la lata que escoge para reemplazar a la que descarté, y le doy vueltas a su pregunta para poder dar con una respuesta que haga honor al ministerio de magia. ¿Uno de esos lugares para locos? Sí, esa podría ser una buena manera de describirlo. Tenemos una jerarquía en la que cuanto más se asciende, más cerca estás de la cumbre, la cordura va quedando relegada en partes en cada escalón. Tenía una idea formada sobre las personas que ostentan poder, no es una idea amable hacia ellos. —Se podría decir que sí— contesto. —Pero en el área de los locos más simpáticos, con creativos e investigadores— explico, una sonrisa cruza mi rostro al pensar en el ecosistema extraño que representa el departamento de Tecnología y Ciencia a ojos de los demás. No tengo la intención de hablar mucho más de mi trabajo, decir abiertamente que trabajo para el gobierno no es el comentario más acertado en este distrito. Con nuestra compra metida dentro de una caja que le toca cargar, nos alejamos y puedo llevar nuestra conversación hacia un punto que nos hace coincidir. Me siento mal porque lo hago con toda intención.

Mi rostro cambia su expresión para mostrar sorpresa a su propuesta de devolverme el favor, como si en verdad no esperara ese gesto de su parte. No lo esperaba, siendo honesta. Pero no está demasiado lejos de lo que pretendía conseguir. —¿Te interesaría hacerlo? Podría compartirte el pago, claro…— contesto, lo hago ver como si fuera un trato conveniente para ambos. Su siguiente pregunta es la que estaba aguardando, ni siquiera pestañeo cuando pronuncio la mentira que tenía preparada: —El bebé tendría ahora diecisiete años—. Sigo caminando, mirándolo de reojo, y no olvido que tenemos que pasar por el puesto de las pócimas antes de despedirnos. Se podría agregar un par de botellas de agua a esa caja de comida, un par de artículos más. Pero no puedo hacerlo. Primero, porque no tengo la solución a todos sus problemas; y segundo, porque necesito a Ken conmigo y eso me obliga a ser mezquina en esta ocasión. Podría darle más cosas al final, de lo que podría en un único encuentro, si hacemos bien esto.

Es muy rico, tan rico como para comprar a su sobrino o sobrina el pase del distrito de los repudiados al Capitolio. El dinero da ese tipo de poder e impunidad— me encojo de hombros, como si fuera algo que escapa de nosotros, los simples mortales con un ahorro limitado en galeones. —Y tu ayuda me vendría muy bien, Ken. Vengo seguido al norte, pero no tanto como para avanzar con esta búsqueda. Además, puedes considerar esto como un trabajo— sugiero, hasta lo hago ver como algo noble. —Lo que puedas ganar servirá para ti y tus amigos—. Todo el dinero que podría haber recibido para los gastos de este viaje nunca podrían haber sido mejor destinados que para ayudar a estos chicos, pese a que estoy involucrando a Ken de una manera en la que no estoy actuando de la manera más ética. Me paro frente a los frascos de pócimas y mi conocimiento en medicina muggle o medimagia es casi similar al que tengo en cuanto la cocina. Las etiquetas son más fáciles de leer, que es lo importante. —Busca alguna crema que sirva para sus quemaduras…— le indico, mientras revuelvo filtros de otro tipo, comparando para qué sirven cada uno.
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Pago, movimiento, un caso que me produce un extraño malestar… no sé qué es lo que me impulsa a seguir, pero se detiene un poco al escuchar la edad que debería tener el bebé que están buscando, desinflándome como un globo — No es un tío lo que busco de todos modos… — murmuro, más para mí que para ella, en un intento de convencerme de algo que fue una idea sumamente infantil e impulsiva. Posiblemente, producto de mi desesperación, el cansancio y el hambre — Tengo una amiga sin padres de esa edad, pero su tío … — no he pensado en eso hace mucho, pero el recuerdo es demasiado fresco como para sentir que han pasado meses. Sacudo la cabeza, dando a entender que lo hemos perdido y eso es todo lo que diré. A Delilah nadie la está buscando y a mí tampoco; al fin y al cabo, mi padre dejó a mi madre sola en el catorce… ¿O no?

Lo que sale de su boca parecen promesas demasiado brillantes, relucientes en un camino demasiado sucio y confuso. Aprieto un poco la caja en culpa de la ansiedad y puedo oír claramente la voz de Delilah diciéndome que no sea confiado e idiota, así que evalúo a mi compañera con la mirada. Una mujer desconocida, que está gastando no sé cuánto dinero en alimentar a un grupo de niños como si eso no fuese un problema. Sé que es arriesgado, pero también soy plenamente consciente de que necesitaremos recursos para movernos, viajar y no arriesgarnos a robos que podrían meternos en problemas — ¿Lo prometes? — pregunto, deteniéndome junto a ella, pero sin siquiera mirar el puesto en el cual nos detenemos — El pago. El que puede ayudarnos a mí y a mis amigos — porque eso es lo que debería importarme ahora. No el instinto que me lleva a… no, imposible, no puedo dejar mis propias intenciones escondidas en un rincón — Lo haré, si eso nos da una ayuda que podamos usar — cuando Kyle me encuentre, espero que me escuche antes de gritarme, si es que lo hace.

Reparo en que estamos en el puesto de medicamentos cuando hace mención de las quemaduras, así que acomodo la caja bajo un brazo con algo de dificultad para ponerme a chequear las etiquetas. Leo lo que dicen, juro que sí, pero mi cabeza está en otro lado — Estoy buscando a un hombre también. No sé su nombre o su edad o… bueno, no sé nada de él — es un poco triste plantearlo de ese modo. No voy a darle tantos datos sobre mí mismo así que me ahorro lo poco y nada que sé, tirándome a algo que tal vez no sea tan comprometedor — Solo asumo que debe ser mayor de treinta… treinta y cinco… no lo sé. Mayor. Pero tengo la confianza de que va a ayudarme en cuanto lo encuentre. Lo sé — porque no entiendo cómo podría negarse, incluso cuando no me quiso hace mucho. ¿O sí me quiso? Tengo tantas preguntas que no tengo idea de por dónde comenzaría. Agarro una pomada que parece servir para lo que estoy buscando y se la enseño — Una vez me dijeron que nada pasa por casualidad. Supongo que los dos estemos buscando a alguien no lo es. ¿Esto será útil o qué opinas? — pregunto, moviendo el frasquito delante de ella — Si mis amigos ayudasen… más ojos, tú me entiendes, pero... — convencerlos sería el problema, creo que queda en evidencia por el tono de mi voz.
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Un atisbo de sorpresa curva mi ceja y decido qué hacer con el dato de que su amiga es una huérfana de la misma edad que aquel de mi búsqueda, si tengo que ser consecuente con mi mentira. El hecho de que haya adolescentes que por años se aproximen fácilmente, respalda mi afirmación de que cualquiera podría ajustarse a lo poco que este tío ficticio sabe de su sobrino o sobrina. Interpreto su gesto como que el tío de la chica se fue, lo veo tan cargado de un aire de angustia, que no encuentro mi voz para seguir indagando y en cambio sostengo su hombro en un apretón fuerte. Por más que sea el tío de una amiga, el que no pueda hablar al respecto me indica que también lo siente de manera personal. Lamento que tengan diecisiete y dieciseis años y estén solos, que alguien como yo pueda venir a contarles sobre otro alguien al que le espera algo mejor, como un sueño dorado ajeno. Lo que es una mentira más allá de la edad equivocada, y es que en realidad no quiero encontrar a la hija o al hijo Black. En todo caso si buscándolo a tientas, tropezara con pistas que me lleven a su madre, entonces mi búsqueda se encauzaría, tendría algún sentido. -Lo prometo-. Me pesa decirlo porque no suelo asegurar que las cosas vayan a darse de tal o cual manera, cuando ni siquiera sé si nos veremos una segunda vez o le bastará con esta comida que no es poca, que servirá un tiempo hasta encontrar otro medio de subsistencia. -Tienes que verlo como un trabajo, y hay pocos por esta región que no metan en problemas con los aurores. Aprovéchalo.

Y de paso estoy desviando un dinero destinado a hallar a un chico para que sea sometido como un traidor por el gobierno, en un par de chicos huérfanos. Me siento complacida en mi minúsculo triunfo, en mi estúpida rebeldía de las pequeñas cosas, a pesar de que a la larga esto sí me traiga problemas a mí por no cumplir con algo que me habían confiado. La ironía de que Ken tenga una edad cercana a la persona que busco, se replica en la persona que él a su vez busca. -Conozco a un par por encima de los treinta- digo con una media sonrisa, su información es aún más imprecisa que la mía, y en vez de adornarlo como lo hice yo, es mucho más evasivo. Es un pensamiento reconfortante imaginar que hay alguien al final del camino esperándolos, y la seguridad que demostró al decir que tenía un plan y también al hablar de este hombre, lo vuelve muy real para mí. No dudo de su existencia. -¿Se encuentra en este distrito? Porque si está en otro y necesitas enviarle un mensaje...- me ofrezco con cautela, anticipándome a lo que creo que será una negativa.

-Tampoco creo en las casualidades- digo, examinando el rótulo del filtro que me muestra- ni en los destinos escritos. Ni en lo uno, ni en lo otro. Todo lo que vivimos y las decisiones que tomamos, nos llevaron hasta aquí-. Le devuelvo el envase con un encogimiento de hombros. -Supongo que servirá-. Él sabrá mejor que yo que es prioridad en el campamento con sus amigos, y aunque sugerí busque algo para las quemaduras, voy dejando a su alcance otras muestras que podrían interesarle. -Podría ser...- pienso en su sugerencia y al final niego con mi cabeza. -Si tu amiga quiere acompañarte, puede hacerlo. Pero si hay más chicos, como el niño de diez años que mencionaste, prefiero que los dejes fuera de esto-. Sujeto al chico de su hombro con suavidad para que se voltee hacia mi y me escuche. -Ken, te dije que a tu edad eres un adulto para ciertas cosas y muchos te tratarán así. No habrá milagros ni salvadores para ti-. Si es que no llegó a esta conclusión por sí solo, hago mi parte en remarcar que estamos en un territorio en que cada quien se forja su suerte. -Yo te ofrezco mi ayuda, pero no te trataré como un niño y por eso te digo que lo veas como un trabajo, porque eres un adulto. Si tienes amigos de tu edad, que también lo vean como uno. Porque...- pienso en la variedad de edades que reúne este grupo y en la determinación de Ken de que permanezcan juntos,- conozco personas que podrían ayudar a un par de niños, personas que velan por los hijos que nacen en el norte. Pero con dieciseis o diecisiete años, estás al límite de estos favores. Podrías tenerlo en cuenta para los más pequeños si las condiciones se complican, pero quieren mantenerse unidos, ¿no? No puedo garantizarse que así sea si hablo con una de estas personas-. Y ni siquiera puedo confiar que sea un sistema efectivo. No se si puedo confiar en que alguien tome potestad sobre el destino de estos chicos cuando los mayores por su propia cuenta, merecen el poder intentarlo. -Pero si algún día el bienestar de alguno de ellos está por delante de mantenerse como grupo...- dejo la oferta abierta. -¿Crees que todo esto alcanzará?- cambio de tema y cuento los galeones para pagar las pócimas que cada uno eligió.
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Vale, me siento un completo idiota y un pésimo mentiroso, porque con cada pregunta que me hace, no puedo dejar de darme cuenta de que no tengo ni idea de lo que estoy haciendo. Aprieto mis labios hasta que parecen desaparecer porque no quiero admitir en voz alta que no tengo ni idea de dónde se encuentra este sujeto, aunque por la mirada que le lanzo, creo que me estoy delatando como un cachorro mojado que quiere pedir disculpas por su ignorancia — No sé quién es — confieso al final, asumo que eso no me compromete, porque este tipo es una enorme incógnita que ni yo puedo resolver — Primero debo averiguarlo y después, rastrearlo — suena como un paso fácil de seguir, pero que sé que será complicado efectuar, en especial con mis recursos limitados. Pero si ella me da dinero, tal vez…

No discuto porque jamás tuve muy en claro lo que creo del destino y tomo de nuevo el frasquito, asumiendo que no me estoy equivocando de producto. Lo meto sobre las latas así no molesta mientras sigo hurgando, pero mi atención pronto es desviada al hombro que me sujeta y me obliga a escuchar sus susurros. Hay algo amargo en sus palabras, algo que me presiona el estómago y me recuerda a los consejos de aquellos que ya murieron. Que debo tener cuidado, que nuestros enemigos jamás me verán como un niño, que no dudarán en atacarme si ando con la guardia baja. Lo he visto, luché con ellos, Jamie Niniadis me lanzó un maleficio cruciatus. Eso no se lo digo, solo asiento en un gesto quedo y efímero. Solo apilo lo que me ha otorgado y lo tiendo al encargado del puesto, con intenciones de dar por finalizada la compra — Servirá — es una voz un poco más baja, más cansada, más pensativa. Beverly puede curarnos con esto y sus hierbas, pero hay otra cosa…

¿Quiénes son estas personas? — se me va un momento el disimulo y la desconfianza se plasma en mi postura, en mi voz, en mis ojos. No por ella, parece haber sido honesta. Pero ella es ignorante de mi persona y yo de la suya — Dijiste algo de gente adinerada, pases al Capitolio… ¿Cómo sé que no estamos tratando con gente que podría ser más un problema que una ayuda? — en cuanto el pago está hecho, empiezo a meter los nuevos productos en la caja, con algo más de prisa de la que soy consciente — No te ofendas, pero hasta donde sé, la gente del Capitolio no es muy amable con la gente del norte del país. ¿Cómo sé que esto es seguro? — porque lo supe desde el primer momento: no lo es.
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¿Cómo que no sabe quién es? Está caminando hacia la nada misma, cuidando de otros niños, con sus esperanzas puestas en… ¿alguien que podría ser nadie? Me desconcierta que su seguridad en un plan tenga como base a una persona imprecisa. Había creído que contaba con referencias para encontrarla, su caso se parece más al mío a cada minuto que pasa, y este mundo debe estar lleno de fantasmas que al final nadie encuentra, por las muchas búsquedas que acaban en nada. —Podría llevarte tiempo— apunto, conteniendo las ganas de preguntarle abiertamente con quién demonios está tratando de dar. No quiero entrometerme demasiado si no me lo dice por su cuenta, ya estoy metiéndome demasiado con la comida enlatada, la medicina, ofreciéndome a llevar mensajes, a él mismo, y el chico se espantará con esta predisposición a facilitarle las cosas. Se lo digo después, él debe saberlo a estas alturas, no puede esperar nada de nadie.

Con los galeones pesándome en la palma, echo una mirada de reojo a la vendedora que está ajena a nuestra conversación por estar platicando con un anciano al que trata de convencer sobre la efectividad de una pócima. —No puedo decirte quienes son— contesto, refiriéndome a la identidad de estas personas que mencione. ¿Quién sería el tío rico? ¿Hans? Esas eran puras mentiras para atraer su atención y probar su ambición, el tío rico no es real, tratar con Hans sería un terrible problema y nada de ayuda. El pase real que podría conseguir es directo a los tribunales, injusto para cualquiera de estos chicos, y no quiero saber si hay algo en sus pasados que otorgue a los jueces una razón para juzgarlos, no participaré de eso. Se podría intentar un juego inteligente,  claro. Si no fuera porque es demasiado peligroso. Por otro lado, la gente que ayuda a los huérfanos es algo real que puedo ofrecerle.

Porque en un rebaño siempre habrá lobos con piel de oveja, y entre los lobos siempre habrá una oveja que está sobreviviendo entre sus enemigos. La gente nunca es realmente lo que aparenta— mi sonrisa se tuerce en una mueca, y ¿él sabe que puede aplicar cada cosa que digo a cualquiera de los dos, verdad? —Así que no juzgues de acuerdo al lugar de procedencia de una persona. El mundo está como está porque todo el tiempo pensamos en antagónicos, en nosotros y los otros, en lo bueno y en lo malo, en los del norte y los del sur…— resoplo, desahogándome en los oídos de una persona que no me conoce, ante la que no tengo que aparentar al menos en esto, no importa lo joven que sea. —Por más que se use todo el tiempo como metáfora, no estamos en un tablero de ajedrez. No hay un bando de blancos, ni un bando de negros tan definidos—. Tal vez porque yo misma no sé en qué línea estoy parada en este momento.

»Y no puedo prometerte que será seguro. Solo sé que a veces se dan oportunidades que podemos aprovechar siendo lo más inteligentes que podamos. Nunca confiar a ciegas, pero tampoco rechazar toda oportunidad por desconfianza. Fíjate que te conviene a ti, a los tuyos, la gente que tienes que proteger…  y piensa inteligentemente—. Ser listo antes que ser fuerte, porque la astucia será siempre la mejor habilidad de un superviviente. Me aparto para ir hacia la mujer que está contando el dinero que le dio el viejo y coloco el mío en su mano, así podemos reanudar el camino de salida del mercado para apartarnos de los oídos que podrían capturar una parte de nuestra conversación al azar y no quiero repensar qué he dicho hasta ahora que sea comprometedor.
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Ahí está, se gana la mirada totalmente desconfiada con decirme que no puede hablarme de esas personas, porque siempre me han dicho que si hay algo que ocultar, es porque no es nada bueno. No digo nada, solo escucho su explicación con la atención de alguien que está buscando un paso en falso, una pista que me diga que debo salir corriendo o que puedo quedarme aquí, pero que aún así hace que me abrace con mayor ímpetu a la caja que llevo conmigo — ¿Me estás diciendo que debo confiar en ti sin importar de dónde vengas, para quien trabajes y todo eso, solo porque no puedo juzgar a las personas? — intento no sonar tan mordaz, pero fallo un poco en mi cometido. Pero ella sigue, me plantea un mapa donde hay dos opciones: o soy inteligente y me arriesgo o peco de cobarde y me retiro. Tengo que pensarlo bien, porque sé lo que está en juego, porque tal vez pueda encontrar los medios para cumplir con mi propósito de encontrar a mi familia y mantener a los míos a salvo. Pero la voz irritada de Ben sigue ahí, repitiendo todas las cosas que no debo hacer dentro del país. Confiar en extraños es una de ellas y ella me está otorgando una oportunidad demasiado buena para ser verdad…

Empiezo a caminar primero, no sé si porque quiero irme del mercado o de su campo de visión para dejar de sentir que tengo que tener una respuesta inmediata, incluso cuando no me la ha pedido de esa manera. Miro por dónde camino como si esa fuese la excusa perfecta para evitar encontrarme con sus ojos, hasta que no lo soporto más y me giro hacia ella de manera tal que me detengo en medio de la embarrada calle, cortándole el paso — ¿Quién eres? — es una pregunta muy simple, pero necesito que me la responda si pretende que confíe en ella — No me digas “Lara”, eso ya lo sé. Pero quieres que haga un trato contigo y … bueno, es extraño. La gente no hace tratos con niños — al menos, no de dónde vengo. Nos entrenaban, sí, pero nos mantenían lejos del verdadero peligro. Y aquí todos son sospechosos — No voy a poner a mis amigos bajo la lupa de adultos del Capitolio solo por unas monedas. Eso es estúpido hasta para mí — y no me considero alguien estúpido, que va. La miro de pies a cabeza, hasta que tironeo de una de mis cejas hacia arriba — Tú lo dijiste. Muchos se abusan de los más débiles en este lugar. Quizá deba aclararte desde ahora que yo no soy uno de ellos.
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Invitado
No— marco el tono firme en mi voz al contestar a su pregunta que tiene la intención de hacerme retroceder sobre mis palabras. Interrumpo mi caminar para que mi estatura se iguale a la suya, rivalizando su joven arrogancia con la mía que le lleva más de una década.—La confianza y los juicios que puedes hacer sobre una persona no te conviene entrelazarlos nunca— le aclaro. —Nunca supongas que una persona por ser de un lugar o de otro, puede ser buena o mala. Mucho menos que eso determine si puedes o no confiar en ella. Porque no te conviene confiar nunca, en nadie, por más que sea alguien del norte, por más que te parezca una buena persona—. Me acerco un paso hacia él al sostener su mirada y la sujeto con la mía—No confíes en mí. Te estoy dando esta caja y te conviene recibirla, toma lo que creas que te conviene de mis ofrecimientos. Pero no confíes en mí, no estoy pidiendo que lo hagas—. Maldición, nunca he creído en eso de que a los niños se les deba regalar caramelos por ser simpáticos, les hace desarrollar una inconveniente ingenuidad al ir creciendo. No doy caramelos, pero compro una caja de comidas y le ofrezco un trabajo a un chico con una pinta peor que la de alguien que sobrevivió a una catástrofe, sin hacerle preguntas cuando puedo suponer de dónde viene con solo mirar en detalle lo que tengo a la vista.

Cruzo mis brazos a la defensiva cuando cuestiona quien soy, y no le doy una respuesta rápida porque sus cuestionamientos enervan mi carácter. —No eres un niño, deja de pensar en ti como uno— repito, con un énfasis más marcado, sueno demasiado exigente para ser una perfecta desconocida para este chico. ¿Quién soy para involucrarme en su vida? Todos aquí tratarían de venderle lo que sea, prometiéndole efectos mágicos imposibles, así como se cruzaran en su camino quienes puedan robarle una lata de su caja o lastimar a cualquiera de sus amigos. Tengo una percepción demasiado negativa de este mundo, mi desconfianza va siempre un paso por delante de la esperanza de encontrar alguien que pueda tener un gesto desinteresado, y por contradictorio que sea motivar el recelo en un joven mientras le doy mi ayuda, cumplo al aconsejarle de esta manera. —No tienes que aclararme nada— lo atajo, aunque celebro que no se considere una persona débil. —Debes convencerte a ti mismo de ello y actuar en consecuencia—. Rompo mi postura para colocar mis manos en la cadera y vuelvo a plantarme ante él para aclarar las condiciones del trato que no le ha quedado claro. —No te sientas obligado a aceptar el trabajo que te ofrezco por la ayuda que te doy. Recuerda, esa caja es el valor de este anillo— le muestro mi mano izquierda donde está la sortija. —No me debes nada, fue un intercambio. Ahora, si te interesa el trabajo, eso excluye a tus amigos y también a cualquier persona del Capitolio. Es un acuerdo exclusivo entre tú y yo. Estoy buscando a una mujer sola que hace diecisiete años vino a dar a luz en el norte, si al rastrear a tu persona anónima te encuentras con alguna pista sobre esa mujer o su hijo, podemos negociar esa información. ¿Aceptas?— extiendo mi mano a la espera de tener su compromiso o su rechazo a tiempo de este acuerdo ficticio, porque espero no saber nunca qué fue del heredero de los Black.
Anonymous
Kendrick O. Black
Fugitivo
Se siente como una de esas clases pesadas y complicadas que Sophia nos daba en el distrito catorce, cuando me quedaba mirándola como si no hubiese entendido algo muy simple que ha decorado con un montón de explicaciones más rebuscadas. Lo que rescato de todo lo que me dice es que es una extraña, que mi confianza no es digna de su persona y que es mejor que tome lo que me ha otorgado y me conforme con ello. No puedo evitar mirarla las latas y frascos como si dudase de su procedencia a pesar de haberlas comprado yo mismo, porque se siente que las he ganado en un negocio sucio a pesar de haber sido totalmente honrado. Como ella ha dicho, podría haber robado y, en su lugar, he hecho un intercambio. Uno que me despoja de lo único que he podido llevar conmigo del hogar al cual solía llamar hogar y ni siquiera es algo de verdadero valor sentimental. Solo lo robé, de una tumba de alguien a quien jamás he conocido y que en su muerte jamás va a saber lo que hice con su sortija. No sé por qué siento una ligera pesadez, pero el trato está hecho y no voy a deshacerlo por un capricho infantil — No lo haré, entonces — digo simplemente y se siente como cuando ganaba una de esas peleas tontas con Delilah cuando eramos niños. “Y ahora no vengas a lloriquear”, “no lo haré”, pero por dentro solo quería ponerme a patear. Tonterías.

Bueno, siempre me han tratado como uno — apenas me doy cuenta de que abro sobre su voz con la indignación que se han ganado los adultos que me repetían aquello y que deberían recibir mis enojos, no ella. Porque ellos me trataban como un niño, me decían que no estaba listo, que el mundo era demasiado peligroso y aquí estoy, sin ellos, sin nadie que me diga qué hacer y cómo solucionar mis problemas porque no sé cómo manejarme en el mundo del cual tanto me ocultaron. Me siento tonto, ignorante e indefenso — No necesito convencerme — discuto presa de mi orgullo, pero no estoy seguro de lo que digo. No he dejado de dudar de mis decisiones desde que nos alejamos de las montañas, más no porque no lo desee, sino porque temo haber elegido mal. Mis ojos observan el anillo que no pienso volver a ver cuando me lo enseña y mis labios se prensan en efecto de un cerebro que está funcionando a toda máquina; estoy seguro de que ella puede escuchar los engranajes. Al final, me las arreglo para que la caja no caiga bajo mi brazo y estiro la mano, estrechando la suya — Estaré aquí en una semana — no sé ni qué día es,  pero no será difícil contar hasta siete — Si veo o escucho algo, te lo diré. Y tú me ayudarás a conseguir comida — me parece un trato justo y creo que se me nota mucho que no voy a negociar ese punto. Al menos, hasta que necesite moverme por el país, pero para eso tengo que saber a quién estoy buscando. Será un largo camino.

La suelto como si hubiera hecho un trato con el mismísimo diablo, pero intento que no se me note la urgencia. No sé cómo van a tomárselo los chicos, especialmente Delilah, pero ya encontraré el modo de ser sincero con ellos y contarles lo que ha pasado. Con una última barrida visual al ambiente que nos rodea, la acabo mirando como si deseara grabarme su rostro a fuego en la memoria y doy unos pasos hacia atrás, dispuesto a marcharme antes de arrepentirme por completo. Hay algo que me detiene, haciendo que me balancee en mi lugar — ¿Estás segura que fue hace diecisiete años? — la pregunta nace por sí sola, así que pronto me doy cuenta de que es una estupidez, una duda nacida de un deseo infantil. Es improbable, porque la vida no funciona así. No te regala las cosas de primera mano. Así que sacudo la cabeza para quitarme esa idea y me alejo unos pasos — Olvídalo. Ha sido un placer — o eso creo. Le doy la espalda, preguntándome qué tan equivocado estoy y casi siento que estoy huyendo cuando aprieto el paso. En una semana, sabré que tan errado he estado.
Kendrick O. Black
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