I watched our bodies turn to ghosts ✘ Arianne

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Mensaje por Benedict D. Franco el Miér Mar 06, 2019 9:35 pm

Tengo hambre. No es extraño viniendo de mí, pero lo que me complica la situación es que esto es muy diferente a cuando vivía en mi propia casa. Me giro en la cama y chequeo el reloj que destila un suave brillo en la mesa de luz, indicando que son la una de la madrugada. En casa, simplemente me levantaría y empezaría a hurgar las alacenas en busca de lo que pudiese encontrar para calmar la ansiedad. Aquí, me siento una mezcla de invitado o intruso y, aunque Arianne no diga nada, no me parece de buena educación meter la cabeza dentro de su nevera en medio de la noche. Nos conoceremos hace años, pero hay algunos permisos que no puedo darme con ella como me los daba con Seth. Seth. Pensar en éste me hace apretar la mandíbula y hundir la cara de lleno contra la almohada.

Han pasado seis días y no he hecho otra cosa que sentirme como un parásito. No se lo he dicho a Ari, pero sé que lo sabe. No duermo mucho o duermo en enormes cantidades, no hay un término medio. No dejo de hacerme las mismas preguntas una y otra vez, sabiendo que no voy a conseguir una respuesta y, sin embargo, no me detengo. Tampoco hemos hablado del tema, supongo que porque no tenemos nada que decirnos. Da igual. Son la una de la madrugada, si sigo pensando en esto voy a terminar con un cuadro depresivo en el cual no quiero hundirme como un idiota. He aprendido a vivir con mis errores en el pasado, de seguro podré hacerlo en el presente.

Me decido por una idea un poco tonta y, a la vez, muy propia de mí. Prendo la lámpara, bajo los pies de la cama y me paro a rebuscar hasta dar con unos pantalones, los cuales me coloco con algo de torpeza producida por el horario. Tras pasar una camiseta por mi cabeza, me calzo con lo primero que encuentro, apago la luz y me muevo por el pasillo, sabiendo que, si no son mis pasos, los gruñidos de mi estómago acabarán por fastidiar en toda la casa. Me detengo frente a la puerta del dormitorio de Arianne y mi mano vacila en el aire, dudoso de interrumpir la intimidad de su noche. Tengo que decirme a mí mismo que no sea un idiota y suspiro, llamando tres veces con un suave golpeteo antes de empujar con cuidado la puerta y buscar su figura en la penumbra — ¿Ari? — le llamo en un murmullo, ubicándola gracias a mi buena vista y el movimiento que me indica que no está dormida — ¿Recuerdas nuestra cena en el tren? — es una memoria demasiado lejana, pero hay cosas que no se olvidan. Sé que no puede ver la sonrisa que tironea una de mis comisuras, pero estoy seguro de que tiñe el tono de mi voz — Estaba pensando en repetirla, pero en la playa. ¿Qué dices? — es tarde, nadie va a fastidiarnos. Algo que amaba de vivir frente a las playas del cuatro cuando era niño, era que podía hacer cientos de travesuras nocturnas y nadie lo notaría — Sé que a los dos nos vendría bien.  
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Mensaje por Arianne L. Brawn el Miér Mar 06, 2019 11:37 pm

Frotó sus ojos con el dorso de la diestra, dejando a un lado un par de papeles llenos de garabatos que, de no ser porque ella misma los había escrito, hasta se le presentarían imposibles de descifrar. Tenía demasiadas cosas en la cabeza y no era capaz de centrarse en su trabajo, no le gustaba llevarse documentos a casa pero, en cierto modo, era una forma de abstraerse de la situación que la rodeaba, una bofetada de realidad que la advertía de que su vida no había cambiado tanto, que seguía teniendo una serie de responsabilidades de las que debía ocuparse; y mucho más porque si no lo hacía, y lo hacía de forma incorrecta, quedaría demasiado extraño por su parte.

Gruñó por lo bajo. Tenía varias sentencias que redactar y otras tantas vistas que preparar para el lunes; pero su mente estaba por todo menos por la labor de obedecerla. Un puchero involuntario se apoderó de sus labios antes de darse por vencida y abandonar el escritorio con una ingente cantidad de documentos esparcidos sin un orden lógico, no para los demás. ¿Cuántos días habían pasado? Los claros ojos de la rubia se dirigieron hacia la puerta de la habitación, escudriñándola durante unos segundos que bien podrían haber sido minutos u horas.

Miró el reloj por última vez, apagando la luz y dejándose caer sobre la cama con los brazos extendidos hacia ambos lados. En el fondo estaba cansada, mucho más cansada de lo que le hubiera gustado. Cerró los ojos, dejando la mente completamente en blanco, o al menos intentándolo porque se tornó del todo imposible. ¿Cómo podría dormir con todo lo que estaba pasando a su alrededor? Prácticamente les había prohibido la entrada en casa a su madre y su hermano, sin contar con el hecho de que estaba escondiendo a un traidor, humano y licántropo. Un combo doble. Además se sentía demasiado culpable por su situación; si no hubiera aceptado ir las cosas no estarían de aquel modo. Si ella se sentía extraña no quería ni pensar en cómo se sentiría él. Volvió a gruñir segundos antes de que la puerta se abriera y una cabeza se asomara al interior de la habitación.

Habría estado solo un par de minutos en la oscuridad, pero sus ojos ya se habían adaptado a la penumbra. Aun así no pudo evitar sobresaltarse, ¿había llamado antes? Parpadeó confusa, incorporándose en la cama y buscando a tientas el pequeño interruptor de la lámpara. —¿Qué?— fue lo único capaz de mascullar con algo de sentido, aunque no lo tuviese en absoluto. Consiguió encender la luz, recorriéndolo entonces con la mirada y percatándose en que, aunque le había preguntado, él ya estaba más que preparado para salir. Volvió a regresar su mirar hasta el reloj y luego a él. —¿Quieres que me ponga a preparar cupcakes a esta hora?— la pregunta emergió de su boca antes de que su cerebro procesara toda la información e intentara de relacionarla con algo de coherencia.
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Mensaje por Benedict D. Franco el Jue Mar 07, 2019 1:38 am

Aunque una parte de mí se encoge en reacción a su pregunta, la otra no puede evitar sonreír un poco, en parte con gracia pero en parte con culpa por haberla molestado — Creí que no estabas dormida — confieso en tono de disculpa. Mi cuerpo hace un amague a retirarse, pero en lugar de eso me recargo contra el marco de su puerta y doy unos golpecitos quedos con los nudillos en la misma. No es la primera vencedora que molesto a mitad de la noche y no puedo evitar preguntarme si será la última. Cuando salí de la arena, era común el pasar las noches en la cama de Amelie para no sentirme solo y asustado. He visto a Arianne en lo que parecía ser su peor momento e irónicamente aquí estamos, una vez más en medio de la noche, aunque muy lejos de ese tren y de esos pastelillos. Asumo, por su mención de los cupcakes, que los recuerda.

Me atrevo a dar unos pasos hacia delante, pero no me acerco demasiado. Incluso meto las manos en los bolsillos dos segundos antes de esconderlas detrás de mi espalda como si tuviese trece años una vez más, no muy seguro de cómo expresar mi idea sin sonar completamente ridículo — No estaba pensando precisamente en cupcakes. Además, sabemos que de los dos, yo cocino mejor — me doy falsos aires de grandeza que acaban en una sonrisa divertida y sacudo la cabeza, revolviendo involuntariamente algunos rizos — No, en realidad pensé en ver lo que hay en la alacena, juntar algunas cosas e irnos de picnic nocturno. Ya sabes, para calmar un poco las neuronas. No me vas a decir que no fue una semana de mierda — sé que le preocupa, que no intente contradecirme y convencerme de lo contrario. Puede que no nos hayamos visto por años, pero al fin de cuentas, nos conocemos.

Es la primera vez que me tomo el atrevimiento de poner un pie más del debido en su dormitorio, así que no me contengo al echar un rápido vistazo alrededor antes de volver a ella, aclarando mi garganta en un carraspeo — Sé que la falta de muffins y pijamas romperían con la tradición — que fue solo una vez hace una eternidad, pero ya qué — pero algo que he aprendido es que, en la noche, nadie se fija en quienes solo están pasando un buen rato. Además, no es como si no tuviésemos una coartada en caso de que algo suceda — soy esclavo, ella es una jueza respetada de la sociedad, como que funciona. Me encojo de hombros, girando mi torso en dirección a la puerta en un claro gesto de que, si lo desea, me marcharé y no seguiré molestando — Solo era una sugerencia — ¿Tiene que trabajar temprano en la mañana? Posiblemente sí y tampoco quiero ser el causante de algún problema en su ámbito laboral. Ya suficiente he hecho.
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Mensaje por Arianne L. Brawn el Jue Mar 07, 2019 10:21 pm

Estaba rompiendo todo el orden y las rutinas que había construido a lo largo de los años; y lo cierto es que no estaba del todo segura de si le gusta aquello. Frotó su frente, cerrando los ojos con fuerza en un intento de disolver el telo que se había instaurado en sus ojos, volviendo el rostro hacia él con cierta confusión más que clara dibujada en cada milímetro de sus facciones. Ya no era del tipo de dejar entrever lo que estaba pasando por su cabeza, de dejar que sus gestos o expresiones fueran mejores que sus palabras; pero parecía que la costumbre de tenerlo cerca se había instaurado con demasiada rapidez. Rió por lo bajo, dejándose caer, de nuevo, de espaldas sobre la cama y apoyando el antebrazo sobre su rostro. —¿Quién te ha dicho semejante mentira?— comentó en relación a que él cocinara mejor que ella. Ni en sus mejores sueños.

Asintió con la cabeza. Estaba tan relajada en aquella postura, y su voz sonaba tan baja, grave y lejana, que bien podría quedarse durmiendo mientras lo escuchaba. —Ha sido una semana de mierda— reconoció antes de darse cuenta de sus palabras. Prensó los labios, incorporándose con una mueca de molestia. —Mejor dejémosla en que ha sido una semana novedosa— trató de arreglar su desliz al haber corroborado sus palabras con tanta premura. Trató de levantarse, trastabillando inicialmente pero consiguiendo recuperar el equilibrio. Había estado tantas horas sentada que no sentía las piernas como suyas, simplemente estaban allí pero no le respondían como debieren. Arregló su camiseta, dando un par de vueltas sobre sí misma, y chasqueando la lengua. Bueno, no estaba en contra de un picnic nocturno en el jardín, no le hacía mal a nadie el hecho de que tomaran algo de aire fresco, y lo cierto era que años atrás su casa la había asfixiado, después de acostumbró, pero con el desorden que la rodeaba las paredes había vuelto a acercarse peligrosamente las unas a las otras.

Se sentía nerviosa, dando vueltas por su habitación en busca de una chaqueta mientras escuchaba su voz de fondo. —Ajá…— comentó abriendo el armario y tomado una chaqueta deportiva tan larga que cubría incluso sus pantalones cortos cuando la tuvo puesta. —“En la noche nadie se fija en quienes solo están pasando un buen rato”— recitó sus palabras en voz alta a la par que remangaba ligeramente las mangas de su chaqueta. —Tus palabras son terriblemente… malinterpretables— puntualizó permitiéndose reír acompañado de un suave meneo de cabeza. —Además, si nos ven “pasando un buen rato”, y luego ponemos la excusa de que eres mi esclavo, la consecuencia no distaría de ser muy diferente—. Torció el gesto, acercándose hacia él y alzando la mano para empujarlo fuera, pero dejando la mano caer antes de que lo tocara, esbozando una diminuta pero amable sonrisa.

—Creo que hace mil años que nadie ordena el jardín trasero por lo que puede haber cualquier cosa allí— pronunció dando por hecho que era allí donde irían. Aunque en realidad no estaba segura de si aquello se podría catalogar como picnic.
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Mensaje por Benedict D. Franco el Jue Mar 07, 2019 11:31 pm

No necesito que nadie me lo diga. Solo lo sé — la pico, moviendo mis hombros con la seguridad propia de un caballo a pesar de la sonrisa que delata mi estado bromista y poco serio. Se me pincha un poco ese aire, culpa de una realidad que ambos conocemos y que ella secunda en pocas palabras. Novedosa, claro. No sé si elegiría ese término, pero se lo acepto sin chistar y me conformo en contestar con una mueca perezosa. He terminado viviendo en su casa como un intruso y aún no entiendo cómo es que no me ha lanzado algo por la cabeza para que me marche, pero en parte se lo agradezco. Novedosa. Si tan solo esa palabra fuese suficiente para su descripción.

La sigo con la mirada un momento hasta que siento que es un poco incorrecto, especialmente porque sé que puede ser incómodo el tener la vista de alguien más mientras buscas algo de abrigo. Me concentro en mirarme la mugre de las uñas, esa que todavía no puedo sacar del todo por muchas duchas que pueda darme, hasta que su burla me hace sonreír y mover mis ojos en su dirección, a pesar de no levantar el rostro — Tú me entiendes. Además, no hay humor para esas cosas — bromeo con fingido tono dramático — Para que sepan que soy muggle, tendrían que revisarme y es muy fácil el inventar una excusa cuando los aurores están cansados — no llevo ropa de esclavo, no estoy tan descuidado como uno y mi compañía debería ser alguien de fiar. Digamos que debería tener mucha mala suerte como para toparme con alguien que, a mitad de la madrugada, decidiese que soy sospechoso y preguntase por mi varita o por chequear mis muñecas. Y siendo honestos, tengo la buena suerte de que normalmente la gente no quiere meterse conmigo.

Me separo del marco y alzo mis manos con gracia ante ese empujón que no llega a serlo, dando algunos pasos hacia atrás hasta que quedo en medio del pasillo y puedo apartarme para hacerle lugar — Como ya dije, había pensado en la playa, pero el jardín servirá. No eres de las que pone gnomos de cerámica, ¿verdad? — ridiculizo, puesto que apenas y he asomado la nariz al patio. Me apresuro a ir detrás de ella mientras bajamos las escaleras y, en pocos minutos, ya estoy encendiendo la luz de la cocina, cuya blancura me hace parpadear. Con un gesto que pide permiso, abro las alacenas y empiezo a revolver dentro de ellas — Cuando vivía en la isla, tenía toda una reserva de esos pastelitos de chocolate que venían en bolsitas de plástico. Twinies, o algo así se llamaban — es una anécdota muy al pasar, pero creo que viene al caso. Saco un paquete de lo que parece ser galletas y lo apoyo en la mesada — Todavía no sé cómo jamás he tenido problemas con las caries. ¡Ajá! — me siento en pleno triunfo cuando mis dedos se topan con una lata de papas fritas y la bajo con entusiasmo, chequeando que esté completa. Ya satisfecho, cierro las puertas y me acerco a ella para pasarle ambos aperitivos — ¿Cuál era tu golosina favorita? — es una pregunta tan banal que siento que está fuera de lugar y, aún así, suena correcta.

Le doy la espalda para hurgar en su nevera y saco una botella de jugo de naranja, dando por finalizada nuestra búsqueda de alimentos — Esto es mucho más fácil que ir a cazar. Al menos, había que tener algo positivo en todo esto — a pesar de mi tono cansado, me es imposible no notar como puede haber sonado, así que me giro hacia ella con una sonrisa ligera — Lo siento. Tú sabes a lo que me refiero — disfruto su compañía, claro que sí, y estoy más que agradecido con ella. Solo que desearía que la situación fuese un poco diferente.
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Mensaje por Arianne L. Brawn el Vie Mar 08, 2019 1:03 pm

Bajó la mirada hacia sus pies, cerciorándose de que toda la indumentaria estaba en su lugar. No estaba mal ir con pantalones cortos cuando no iba a salir de casa, por lo que no se molestó en tener mayores pensamientos en relación a lo que vestía o no. Asintió con la cabeza, no queriendo darle demasiadas vueltas a tal asunto. Si pensara en todo con sumo detenimiento, lo cierto es que sus pies no habrían cruzado el portal de casa desde el mismo día en el que se encontró con Benedict en el distrito doce. O puede que antes. No sería de extrañar, ¿acaso no había pasado casi dos años completamente encerrada en casa con anterioridad? Un escalofrío erizó su piel, precipitándose a frotar sus brazos con aire distraído.

Bajó un par de escalones aún terminando de ajustar las deportivas en sus pies cuando tuvo que girar el rostro hacia él. —¿A la playa?— No estaba segura de si él había dicho en voz alta que quería ir allí o si solo lo pensó; pero, desde luego, la rubia no recordaba su mención. Aunque si se paraba a pensar tenía cierto sentido puesto que, ¿quién iba a molestarlos en el jardín trasero? Nadie estaba tan interesado en ella, y no sospechaba de su persona, como para tener en su ruta de control rutinario la casa de la distante Arianne Brawn. Prensó los labios durante unos segundos, caminando en dirección a la cocina y viéndolo ir de un lado hacia otro sacando y metiendo bolsas desde de los estantes, examinando todo lo que allí había guardado de a saber cuánto tiempo atrás. Solía comer y cenar fuera, por lo que no se sorprendería si encontrara latas caducadas de años atrás. —Cualquier cosa con chocolate estaba correcta para mi— contestó de modo automático, sin pararse a pensar demasiado en si había tenido alguna preferencia en el pasado; habían demasiadas cosas de su pasado que prefería no cargar al presente. —Podemos aparecernos en la playa, si quieres— acabó pronunciando a la par que él se cruzaba frente a ella para abrir la nevera.

Lo cierto era que no tenía demasiadas ganas de ir a la playa en aquel momento, en general era reacia a tener que salir a la calle más veces de las estrictamente necesarias, pero quería ser amable con él. A fin de cuentas ella era la gran razón por la que toda la situación se había desarrollado de aquel modo. Si se hubiera negado rotundamente, quizás Benedict habría estado decepcionado, pero seguiría con su gente. A salvo. Al menos relativamente. Sonrió con tristeza, retirando su claro mirar del paquete de galletas y regresándolo hasta él. Aun así asintió con la cabeza, tomando las patatas fritas ente sus manos y percatándose de que estaban en estado de consumo.

Estiró los brazos para tomar parte de los alimentos que él había escogido, ofreciéndole la diestra para que la tomara y se aparecieran juntos. No tenía que explicarle nada, ya lo habían hecho antes y estaba segura de que la usó en más de una ocasión junto a Seth. Su mano quedó extendida en el aire, ligeramente temblorosa pero segura. —Advierto que será una zona de mi elección— se permitió agregar con una ínfima sonrisa dibujada en los labios. Ya tenía en mente el lugar al que quería ir; lo podía visualizar con los ojos cerrados, e incluso con ellos abiertos.
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Mensaje por Benedict D. Franco el Vie Mar 08, 2019 6:29 pm

Mis ojos se van hacia arriba, en gesto de cualquier persona que intenta rememorar lo que ha dicho hace tan solo unos minutos — Sí… estoy bastante seguro de que te dije de ir a la playa — al menos, creí que eso era lo que había salido de mi boca cuando entré a su habitación — Si no quieres, sabes que no hay problema. El lugar no es lo importante — acá lo que en verdad tiene peso es el pasar un rato sin pensar en las cosas que han pasado en los últimos días, llenar mi estómago (y el suyo también, pero no sé cuánta hambre se supone que tiene) y solo dejarnos ser por unos minutos. La playa es un decorado extra, el cual me gusta pero es prescindible si ella así lo desea.

No sé por qué, pero no me sorprende el chocolate. Digo, me fascina, pero creo que hay una especie de patrón — Creo que no he conocido ni una sola mujer que no le encante el chocolate. El día que alguna me diga que le gustaba, no sé, las gomitas de frambuesa, no podré creerlo — supongo que somos clásicos. El chocolate es una de las pocas cosas en el distrito catorce que sé que levanta el ánimo de cualquiera, muy posiblemente porque es un lujo que podemos darnos cuando robamos una buena cantidad y lo distribuimos para que todos puedan darse el gusto. Hay gente que dice que soy un dramático, pero con los años he aprendido que la comida cumple un papel fundamental en la felicidad de las personas, en especial en aquellas que no lo tienen todo.

Quiero decirle una vez más que no es necesario lo de ir a la playa cuando insiste, pero su mano en el aire me deja en la situación de ser un vueltero y decir que quiero ir al jardín trasero, o simplemente tomarla. Odio aparecerme, siempre me deja el estómago revuelto, así que suelto un suspiro de resignación cuando acomodo las provisiones para la noche en un estado de seguridad en mis brazos y tomo su mano. Mis dedos aprietan los suyos con la necesidad de un punto firme cuando mi cuerpo se sacude y, casi como un cachetazo, el aroma del mar se me mete en las fosas nasales y el viento nocturno y marítimo me revuelve la cabeza. Los segundos que me tomo en soltarla son los mismos que me cuestan el abrir mis ojos, esos que he cerrado con fuerza por culpa de la molesta sensación de aparecerme. Mi curiosidad me lleva a mirar a nuestro alrededor, doblando un poco el torso para poder abarcar un mayor campo de visión — ¿Por qué este lugar? — pregunto, entornando un poco la mirada para acomodar mi vista a la poca luminosidad, ayudada por la luz de la luna — Tú eres la guía aquí, Ari.
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Mensaje por Arianne L. Brawn el Sáb Mar 09, 2019 1:32 pm

Golpeteó con los dedos sobre la encimera, mientras sus ojos seguían todos y cada uno de sus movimientos. Era extraño tener a alguien abriendo todos los armarios y rebuscando en su interior; extraño pero sorprendentemente cómodo. Incluso sentía aquella incomodidad cuando era su madre la que trataba de ordenar los productos que le traía a cada y ella observaba desde el mismo sitio en el que se encontraba en aquel momento, pero no se sentía de aquel modo mientras veía que él lo hacía. Una pequeña sonrisa triste se dejó en ver sus labios, dejando ir todo el aire entre sus labios, no moviéndose ni un ápice.

En algunos momentos le habría gustado decirle que no hacía falta que tratara de ser amable, o al menos que dejara de fingir que todo estaba viendo alrededor de ellos, pero se contenía de ello. La afilada lengua que había pulido con el paso de los años se quedaba en su boca, provocando cortes aquí y allá pero sin querer que él fuera el herido. Arqueó ambas cejas. —Nunca fui una persona que comiera demasiados dulces— acabó diciendo, ¿quedaría demasiado sana con aquello? —, con suerte me daban algo de chocolate porque mi madre tenía interiorizado que era beneficioso para la salud—. Que no consumiera con frecuencia otros dulces no quería decir que no lo hiciera, todos los niños traficaban con dulces varios cuando estaban en la escuela y era la hora del almuerzo.

Meneó la cabeza. Esbozando una sonrisa, aún con el brazo estirado hacia él a la espera de que tomara su mano y desaparecieran de allí. Movió los dedos, impaciente, pero no teniéndolo que hacer mucho tiempo puesto que sus manos se entrelazaron y, en apenas un suspiro, dejaron la seguridad de las cuatro paredes de la vivienda para dar con sus pies en la plateada arena. Aparecerse le era algo tan común que rara vez que paraba a pensar en cómo debían sentirse los demás cuando aquel gancho invisible tiraba de ellos con fuerza. Llevó las manos hacia sus brazos, tratando de sostenerlo al ver que mantenía los ojos cerrados, quizás tratando de aferrarse a algo en su mente. Lo soltó segundos después, dejando las cosas en al suelo y metiendo las manos en sendos bolsillos de su chaqueta.

La brisa marina, el sonido de las olas y el salitre olor no tardaron demasiado tiempo en llamar su atención. Hizo la cabeza hacia atrás, tomando una amplia bocanada de aire. No iba con frecuencia al mar, pero una de las cosas que tenía claras era que jamás sería capaz de dejar el distrito cuatro atrás. —Hacía muchos años que no venía aquí, pero sigue exactamente igual— comentó antes de escuchar su pregunta, permitiéndose, entonces, dejar de mirar a su alrededor y posarse sobre él. —Para llegar hasta aquí tienes que saber que existe—. Asintió ligeramente con la cabeza. No era más que una explanada que había surgido de la erosión en la roca y a la que solo se podía acceder por mar, y ahora por magia también. —De pequeña me ‘regalaron’ este pequeño trozo de tierra y, aunque no me gusta quien lo hizo, le guardo especial cariño—. Dejó su mirada vagar hasta que se decidió a caminar al frente, en dirección al agua.

—Eres la primera persona que traigo aquí— dijo —, aunque también es verdad que es la segunda vez que vengo así que podríamos haber acabado despedazados, pero mejor no pensar en ese detalle— se rió a la par que se agachaba para desatar sus zapatos y quitárselos. La última vez que estuvieron juntos en la playa ella prefirió ni acercarse al agua, ni a la arena, ni a nada en general. Había estado tan incómoda y rígida que bien podría haber tenido mil calambres al volver a casa.
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Mensaje por Benedict D. Franco el Jue Mar 14, 2019 3:13 am

No puedo decir lo agradecido que estoy por su tacto, más allá de lo efímero que parece ser. Es una sensación agradable y familiar, esa que devuelvo con una sonrisa que pretende ocultar un "gracias" en su amabilidad. Tener los ojos abiertos me permite el chequear el lugar, empezando a descubrir un poco cómo es que luce el paisaje que ha provocado que nos movamos a su antojo. El olor del mar distrae, sí, pero el reflejo de la luna y la poca luz son suficientes como para que me llame más la atención el escenario que nos rodea. La oigo, pasando mi atención a ella una vez más. No sé por qué, pero sus palabras me generan un nuevo tipo de intimidad, uno que no puedo identificar con facilidad — ¿Cuántos años? — tiene todo el derecho a decir que no es de mi incumbencia, pero la pregunta sale por sí sola.

Me inclino para imitarla. Pronto lo que llevo en mis manos pasa a estar en el suelo y mis pies se encuentran descalzos, lo que permite mi silencio durante sus explicaciones. Es una tontería, pero reconozco cierta conmoción en el centro de mi pecho, allí donde sé que no me merezco esos tratos de su parte y dónde la culpa me hace sentir responsable. — O sea, es un lugar secreto... — es una resolución algo infantil. Paso de preguntar quién la trajo por primera vez. Si ella hubiera querido que lo sepa, lo habría dicho. — Tú sí sabes como hacer que un hombre se sienta especial — bromeo. Me atrevo a un suave empujón en su brazo, aumentando la risa al oír que bien podríamos haber acabado despedazados. Intento no imaginarlo y opto por tomar asiento, hundiendo los pies en la arena. Esa eterna y hermosa sensación.

Si tanto te gusta este lugar... — mi voz se mezcla con el sonido del paquete de galletas, ese que abro con un estruendo plástico en mitad de la noche — ¿Por qué tardaste tanto en regresar? — es una pregunta posiblemente sencilla, pero algo me dice que en realidad no tiene nada de simple. La miro, llevándome una galleta a la boca e intento sonreírle, aunque es más bien una mueca al verme obligado a disimular que tengo la boca llena — No me malinterpretes. Me gusta esto de ser el primero al que traes. Me hace pensar que me he ganado tu confianza, de alguna anormal manera. ¿Galletas? — le tiendo el paquete, porque al fin y al cabo, estamos aquí para esto. Un picnic y el mar.
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Mensaje por Arianne L. Brawn el Vie Mar 15, 2019 4:13 pm

El arrullo del mar era lo único capaz de tranquilizar su mente; por desgracia pocas eran las ocasiones en las que disfrutaba plenamente de éste. Metió las manos en los bolsillos de su chaqueta, balanceándose de forma casi imperceptible, hasta que giró el rostro hacia él, esbozando una pequeña sonrisa que duró el tiempo mínimo hasta que comenzó a tratar de ubicar la primera y única vez que hubo estado allí de pie. —¿Veintitrés años?— murmuró más para sí misma que como una respuesta para él. Sí, quizás habían pasado tantos años. En ocasiones tenía la sensación de que el tiempo transcurría en un suspiro, en otras ocasiones parecían los angustiosos segundos, que parecieron horas, en los que decidió saltar de un acantilado. —Sí, creo que son veintitrés años los que han pasado—. Se sintió mayor, recordaba un lugar de hacía tantos años, y en su momento había sido tan capaz como para recordar donde estaba y como era.

Jugueteó con la arena que se escurría entre sus dedos, clavando los talones con cierta nostalgia. Rió por lo bajo, balanceándose hacia un lado ante su suave empujón, no dándole mayor importancia al inesperado contacto entre ambos. En otras circunstancias habría retrocedido, incluso fulminado con la mirada a la otra persona, pero, simplemente, sonrió alejando su mirada de él y posándola sobre la luna. —Pensaba que ya te hacía sentir lo suficientemente especial— se permitió agregar con tono divertido. El solo hecho de que estuviera en su casa ya era algo especial desde su punto de vista, y mucho más teniendo en cuenta que nadie pasaba allí más de un par de horas seguidas. Se agachó, sentándose a su lado y estirando las piernas al frente; la arena picaba en sus piernas pero poco le importaba, es más, le gustaba.

Sacó las manos de los bolsillos, colocándolas sobre sus piernas a la par que observaba la lucha de Benedict con el paquete de galletas. Trató de no reír al percatarse de la cantidad de galletas que pretendía comer de golpe. Bien podría parecer que lo estaba matando de hambre o algo parecido. Su sonrisa se suavizó. La clara mirada de la rubia quedó prendada de las olas, viendo, gracias a la iluminación lunar, como éstas se desplazaban lentamente y rompían con sutileza en la arena. —No quería venir sola— habló después de unos largos minutos en los que su cerebro trabajó por encontrar la verdadera razón —, tenía miedo de odiar este sitio si venía sola—. Prensó los labios, esbozando una pequeña sonrisa después de ello. Odiaba a su padre, lo odiaba incluso más que a las personas que la mandaron a la Arena, más a que alcohólica de su madre o toda la situación que la rodeaba; pero aquel lugar la había enamorado desde el inicio y no quería destrozar su recuerdo por culpa de ese hombre. Meneó la mano en señal negativa a su invitación, inclinándose a un lado para alcanzar una bolsa de patatas, abrirla y tomar un par que metió en su boca sin dudar.

—¿No crees que esto se siente demasiado normal?— preguntó de súbito, dejándose caer de espaldas sobre la arena y apoyando la bolsa sobre su abdomen. —Nada se sentía normal o natural desde hace tiempo— reconoció sin pudor alguno.
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