The Mighty Fall
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OTOÑO de 247221 de Septiembre — 20 de Diciembre


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Tras años de represión y batallas libradas, hoy son los magos los que caminan en las calles más pulcras del Capitolio. Bajo un régimen que condena a los muggles y a los traidores a la persecución, una nueva era se agita a la vuelta de la esquina. La igualdad es un mito, los gritos de justicia se ven asfixiados. Existen aquellos que quieren dar vuelta el tablero, otros que buscan sembrar la paz entre razas y magos dispuestos a lo que sea para conservar el poder que por mucho tiempo se les ha negado. La guerra ha llegado a cada uno de los distritos. ¿Qué ficha moverás?
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Kyle A. Overstrand
Fugitivo
Hace un par de días que llegué al Distrito 4 ya, y aunque probablemente Rhea y mi melliza deban estar enfadas conmigo por no haber vuelto al 11 todavía, prefiero quedarme un poco más por aquí. Estar en casa de Arianne supone una pequeña desconexión del mundo en el que vivo, y aunque apenas salgo de su casa para prevenir, hoy he conseguido convencerla de que me deje ir a tomar el aire si no quiere tener un sobrino amargado por estar encerrado tantas horas. Solo van a ser poco más de dos horas, pero es lo suficiente como para poder respirar un poco tranquilo y dejar de sentirme como un gato enjaulado.

Decido tomarme la pequeña tarde en libertad para recorrer las calles del distrito. En un principio la aglomeración de gente me resulta agobiante porque no es a lo que estoy acostumbrado, pero llega un punto en el que incluso agradezco el bullicio. Y ese agradecimiento básicamente es porque con tanta gente, consigo hacerme paso sin destacar, sin sobresalir, y parecer uno más de los que están interesados en comprar. Como si no fuera más que un crío al que sus padres le han dado galeones para que compre algo y meriende. O algún capricho que esté de moda, no sé. Sea como sea, tengo hambre y el tener frente a mí un mercado improvisado por las cercanas fiestas navideñas no ayuda, sino todo lo contrario. Estoy acostumbrado a pasar hambruna, sí, pero no a pasarla con tantos alimentos frente a mí, al alcance de mi mano. Claro que podría volver a casa de mi tía y cogerle algo de la nevera, pero... ¿por qué hacer todo el camino hasta allí cuando tengo aquí decenas de alimentos? La idea de robar una pieza de fruta, concretamente una naranja, me resulta atractiva. Sin embargo, en cuanto alargo el abrazo y la guardo en el abrigo, sé que he metido la pata.

Esta vez la cantidad de personas que hay no me parece tan agradable, pues mientras trato de apartar a la gente para salir corriendo en dirección a la playa, escucho los gritos del vendedor diciendo que devuelva lo que he robado. Pero sobre todo, noto las miradas de la gente posadas en mí.

No sé cuánto rato más sigo corriendo, pero no paro hasta que me estampo de lleno contra una chica. Estoy a nada de soltarle un comentario desagradable sobre que se ha cruzado en mi camino, pero me callo justo a tiempo cuando la reconozco. Principalmente es su cabellera roja lo que me pone alerta, más que nada por ese corte de pelo tan característico. Sea como sea, chocarme contra Hero Niniadis sí que es una metedura de pata grande. — Lo siento — murmuro entre dientes. Alzo la vista hacia ella para mirar fijamente esos ojos azules, y mientras lo hago, deseo mentalmente que no me recuerde. Dudo que lo haga, teniendo en cuenta que soy un pueblerino a su lado y que hace ya siete años que dejé de ir a clase con ella y que, por entonces, no era más que una cría de seis años. — Estaba haciendo una carrera con mi primo hasta la playa, pero ya habrá ganado — me invento lo primero que se me pasa por la cabeza, y me encojo de hombros. No, no tengo primos, pero qué más da. La primera vez que vengo por aquí en años, y tenía que encontrarme con la hija de la Ministra de Magia.
Kyle A. Overstrand
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Hero N. Niniadis
Fugitivo
¿Tú que crees, Patty? ¿Piensas que debo llevar uno o dos? ¿Esos zapatos quedan bien con mi vestido azul? — la elfina doméstica que me sigue sin chistar por todo el distrito cuatro tiene mas bolsas consigo de las que sus delgaditos brazos pueden cargar, pero nadie puede echarme la culpa porque para algo están las vacaciones. Sí, quizá es invierno y todavía no he salido de clases, pero mamá y papá han decidido que he tenido una vida llena de estrés en los últimos meses y accedieron a que pase un fin de semana en el distrito cuatro, donde la playa y el contacto con el agua van a ser suficiente para que pueda retomar mis actividades sin sentir que me quedo sin aire a la mitad. Por alguna razón a mamá no le gusta mucho mi destino escogido, pero como iré acompañada por Sage, mis elfos, una niñera y aurores, parece que no tiene otra opción más que aceptar mientras no me quede sola en ningún momento.

La mitad de mis acompañantes se han dispersado en la última hora mientras me paseo por el mercado buscando algunos regalos de Navidad, no sin desearlo sino porque yo he pedido que sean mis ojos y manos para ser capaz de hacer mi tarea mucho más rápido y así poder llegar más temprano al hotel y disfrutar de mi increíble cena. Patty es quien se queda conmigo y camina lo más rápido que le dan las piernitas mientras abandonamos el mercado y repaso en voz alta la lista que he hecho para rellenar mis valijas. Estoy preguntándole qué le parece el vestido de tul rosa que he conseguido, cuando su cotidiano elogio es interrumpido por algo que me lleva puesta y me hace irme hacia atrás, con bolsas y todo, tropezando con mi pobre elfina.

¡Fíjate por donde vas, bruto barbaján! — estallo como me es posible, tratando de recuperar la compostura y alisando como me es posible mi larga falda celeste, esa que de verdad espero no se haya ensuciado porque sino tendré que darle una cachetada y ayer me hice la manicura. Levanto la vista hacia él con los ojos enfurecidos, torciendo mi boca en un puchero mientras ayudo a mi elfina a recolectar con rapidez las cosas que se nos cayeron, cuando me centro en el rostro del desconocido. Me suena vagamente familiar, pero como veo gente todo el tiempo en las calles, fiestas y multitudes que se me acercan a saludarme, no le presto mucha atención a ese detalle.

Bueno, te mereces haber perdido, por atolondrado. ¡Esta es una calle transitada y nadie debe correr por ellas! Y mira lo que has hecho...  — sin querer ponerme a llorar pero tratando de no explotar, le enseño la bolsa donde iba la cajita musical con una bailarina de cristal, que se ha partido a la mitad según anuncia el sonido que hace cuando la muevo — ¡Más te vale arreglarlo! ¿Dónde están tus padres? ¿No tienes un adulto responsable que responda por ti, eh?
Hero N. Niniadis
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Kyle A. Overstrand
Fugitivo
Probablemente no sea el momento adecuado para hacerlo, pero nada más escuchar cómo me llama "bruto barbaján", suelto una carcajada exagerada. Es una mezcla entre una risa nerviosa y una de verdad porque no me esperaba un insulto como ese, e incluso acabo agarrándome el estómago mientras me río. Intento dejar de hacerlo porque probablemente vaya a conseguir que se enfade más de lo que ya está, pero me cuesta varios segundos más. Al final, cuando se me pasa, me agacho para ayudar a la pobre elfina a recoger las bolsas y le murmuro a ella también un "lo siento" por lo bajo. Después me incorporo de nuevo y me cruzo de brazos mientras la miro. — El perder habrá valido la pena cuando le diga con quién me he encontrado y me tenga una envidia tremenda — respondo con una ligera sonrisa de medio lado. — Es un gran admirador suyo, ¿sabe? — Se me hace raro llamarla de usted cuando es un par de años más pequeña que yo. Lo que digo obviamente es mentira porque nadie de mi familia la admiraría. Bueno, quizá como mucho Arianne porque trabajaba en el Wizengamot, pero tampoco tengo muy claro que fuese fan de una cría que solo es hija de la Ministra de Magia, nada más.

El tono de bromitas se me quita de encima de golpe en cuanto pregunta por mis padres, y me pongo tenso. Trato de que no se me note demasiado, pero aunque improvisar no se me da tan mal, creo que el disimular no es exactamente lo mío. — Están trabajando. Ya sabes... pescando y eso para vender las capturas mañana a primera hora del día. — Intento que mi tono de voz suene con confianza, pero la excusa no me convence porque el trabajar como pescadores debe de ser algo demasiado típico. Pero estamos en el Distrito 4, así que eso es lo primero que se me ha pasado por la cabeza. — Mi padre hace las redes y mi madre es la que pesca. — Una vez me dijeron que para parecer creíble con una mentira, hay que dar detalles. Y no es del todo mentira porque mamá siempre ha sido la que ha llevado la voz cantante en la familia.

Que me diga que cómo voy a arreglar esa cajita estúpida que he roto me hace arquear notablemente las cejas, y por un momento pienso que me está tomando el pelo. Eso o que de verdad sé menos magia de la que pensaba y que el estar tantos años sin una varita me ha pasado más factura de la que pensaba. Sí, ahora vuelvo a tener otra, pero aunque sea como montar en bici porque nunca lo olvidas, uno acaba algo oxidado. — ¿No se puede utilizar un Reparo? — pregunto al final. No sé cómo está hecha, ni si es mágica de por sí, pero la solución me parece tan obvia que pienso que estoy equivocado en algo. Sí, vale, es un hechizo que se enseña cuando se es algo más mayor si no me equivoco, pero no debería tener problemas porque su madre, o quien, sea podría arreglársela. — O... siempre puede comprar otra — sugiero con una pequeña mueca. Dinero desde luego que no debe de faltarle, y yo no se la voy a pagar. Es su culpa por estar en el lugar equivocado.
Kyle A. Overstrand
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Hero N. Niniadis
Fugitivo
No sé que me indigna más, que se ría de mí o que se ande riendo justo cuando debería estar disculpándose de rodillas por su irrespetuosa falta. Lo miro como si estuviese considerando su falta de cordura con mis brazos cruzados y una expresión de obvia impaciencia hasta que se decide empezar a ayudar, logrando que ruede los ojos ante ese intento de elogio que no va a salvarlo del castigo, aunque sí consigue que me pase una mano delicadamente por el cabello como si eso me hiciera ver más bonita e importante... como si eso fuese posible — ¿Quién no lo es? — le presumo con total naturalidad como si me hubiese dicho algo de completa obviedad — Al menos tu primo parece ser un poquito más decente.

No sé a que viene su cambio de cara pero lo asumo directamente con la profesión de sus padres y suelto un "oh" que transforma por completo mi rostro, casi sintiendo pena por el chico. ¡Claro, debe fastidiarle que toda su casa huela a pescado! Casi por inercia olfateo el aire como si quisiera chequear que él no tuviese la peste consigo pero no huelo nada raro, salvo que no lleva colonia — Suena aburrido — reclamo sin darle mucha importancia a si mis palabras le afectan o no, porque la verdad no debería ofenderlo. El mundo está lleno de personas corrientes cuyas rutinas me causan demasiado aburrimiento de solo escucharlos, así que siempre voy a dar las gracias de ser quien soy.

La obviedad de su comentario hace que lo observe como si tuviese algún retraso mental y me pregunto si es capaz de entenderme, metiendo la mano en la bolsa para poner la cajita sobre mi palma y enseñársela mejor — Claro. Pero si tú provocaste el daño, tú eres el que lo arregla. ¿Acaso no te han enseñado a ser responsable en tu casa? ¿Todos en el distrito cuatro son como tú? — papá siempre me ha enseñado a que debo hacerme cargo de mis acciones, excepto claro que sea algo muy grande y ahí todos mis sirvientes van corriendo detrás de mí, aunque no pienso decirle eso porque él no se ha ganado ese derecho.

Muevo la cajita frente a sus ojos y puedo sentir la respiración tensa de la elfina que probablemente se quiera ir del lugar por culpa de todo el peso que está cargando, pero la ignoro porque no me voy a ir de aquí hasta conseguir lo que estoy demandando. Es eso o me pongo a chillar que me ha querido robar aunque no sea verdad solo para que aprenda a hacerle caso a sus superiores  — ¿Cómo te llamas, niño? — le pregunto arqueando una ceja, usando ese tono de voz que deja bien en claro que la única opción que tiene es responderme — Dudo que seas tan irrespetuoso como para irte sin hacer lo que te corresponde.
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Kyle A. Overstrand
Fugitivo
Nada más escuchar cómo comenta que mi primo parece ser más decente que yo, le hago un gesto para que se acerque, como si fuera a contarle un secreto. Sin embargo, como sé que tiene los aires algo subiditos y que probablemente pase de mi sugerencia, acabo hablando en voz baja: — Es un apestoso. Sus padres ni siquiera tienen trabajo — susurro a una distancia considerable. Ni de broma me acerco a ella porque no quiero acabar arrestado por romper su espacio personal o alguna chorrada así. — Si viera cómo va vestido, se asustaría — continúo dramatizando. Tengo que morderme el labio para no reírme de la situación tan estúpida e inesperada, y me revuelvo el cabello ligeramente para intentar distraerme y obviar que estoy tomándole el pelo a la mismísima Hero Niniadis. — Y solo tiene un lavabo en casa para toda su familia. Es la peor pesadilla. — Pongo cara de asco en cuanto lo digo.

Entiendo que el supuesto trabajo de mis padres le parezca aburrido, pero más aburridos le parecerían los oficios que de verdad tenían cuando vivíamos en el Distrito 3. Mi madre era una simple profesora en el Royal, mientras que mi padre se encargaba de temas de servicios sociales. — Estoy totalmente de acuerdo con usted. Encima el olor a pescado y tripas con el que llegan es repulsivo. — No sé cómo se supone que huele eso, pero agradable sí que no debe de ser. — Yo tendré un trabajo importante. — Como ladrón, porque otra cosa no se me ocurre teniendo en cuenta mi estilo de vida. Sí, adoro la herbología, y no se me da mal, pero no puedo ni plantearme la posibilidad de dedicarme a algo así.

Esta vez si me muerdo el labio no es para reprimir las ganas de reírme, sino por nervios y por no saber qué decir o cómo actuar. No sé utilizar un Reparo porque era demasiado joven para aprenderlo cuando mi madre nos enseñaba magia en el 11, y tampoco tengo dinero para comprarle otra tonta cajita musical. — Ha sido un accidente — me excuso de nuevo, aunque a estas alturas es algo obvio porque desde luego que no quería chocarme contra nadie, y mucho menos con ella. Me muerdo el labio todavía con más fuerzas con la indirecta sobre que si mis padres no me han educado bien, y noto ese ligero sabor a hierro que tanto caracteriza a la sangre.

— No soy un niño — protesto al momento. Supongo que a estas alturas debería estar acostumbrado a que piensen que tengo menos años, pero creo que nunca dejará de molestarme. Además... ¡soy dos años mayor que ella! — Tengo quince años ya — añado, intentando no alterarme como suelo hacer cuando, por ejemplo, dicen que mi melliza parece mayor que yo. — Y me llamo Kyle. — Decirle mi nombre no es algo que entrase en mis planes, pero acabo diciendo el de verdad y opto por decir algo que es cien por cien cierto, a diferencia del resto de cosas que he ido soltando. — Está bien. ¿Quiere que vaya a comprarle otro? — No me gusta que sugiera que soy un irrespetuoso, así que no me queda otra que proponerle eso. Siempre puedo robar otra vez, aunque con algo más de cautela que antes.
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Hero N. Niniadis
Fugitivo
Cuando me hace ese gestito que me indica que debo acercarme a él dudo porque antes que nada no lo conozco y ya he aprendido, muy a mí pesar, que no todo el mundo es de fiar por muy tierno que parezca. Por eso mismo me baso mi contacto en apenas inclinarme en su dirección a ver si puedo escucharlo mejor, haciendo un mohín con los labios que termina luciendo una mueca de desagrado ante el escenario que me relata de su desdichado familiar — Pobrecito — me termino lamentando porque obviamente, soy una buena persona y tengo que sentir lástima por aquellos que tienen menos fortuna que yo.

Doy un paso hacia atrás como si el olor a pescado me hubiese llegado a la nariz a pesar de no sentirlo de ninguna manera, pero me concentro más en observarlo de pies a cabeza. Es más alto que yo, pero sus mejillas son tan redondas que por un momento no puedo evitar pensar que en un bebé en un cuerpo de adolescente. Tiene cabello bonito para tratarse de un niño, pero fuera de eso no posee nada que me haga pensar que se trata de alguien con un gran futuro  —  ¿Importante? ¿A qué consideras importante? — le pregunto con los ojos achinados, arqueando una de mis pelirrojas cejas en gesto casi altanero — No te he visto en la escuela, creo. ¿Qué clase de estudios piensas tener? — la verdad es que paso de la mitad de mis compañeros, así que si alguna vez nos cruzamos, estoy segura de que no se ha quedado guardado en mi memoria porque no es de importancia.

Patty anuncia en voz baja, esa que utiliza para expresar sus deseos cuando no está segura de si es lo correcto, que deberíamos continuar con nuestro camino porque es un desconocido y nuestras bolsas pesan, pero yo levanto una mano para que guarde silencio porque el chico mete excusas, se presenta como Kyle y yo le dedico mi mejor expresión que indica que no le creo que sea más grande que yo.  Al final su sugerencia hace que lo mire con cierta gracia y burla, poniendo las manos en mis caderas — ¿No sabes hacer un simple reparo? — le pregunto en tonito meloso y burlón, encontrando un punto con qué entretenerme en todo esto: demostrar que soy mejor que él — No serás un muggle que anda por ahí sin su amo... ¿Verdad? — y aunque se lo digo solo para molestarlo, me es inevitable no bajar la vista a ver si no tiene la marca de todos los esclavos y me fijo en su ropa. Parece un ciudadano común, así que paso de esos segundos de alerta.

A ver, inténtalo — si no tiene nada que ocultar, sacará su varita y lo solucionará en dos segundos, por lo que me alejo algo de él y pongo la cajita sobre una banca vacía que se encuentra sobre la calle, con la función de que la gente descanse luego de largas caminatas — Es un movimiento simple. Así — saco mi varita y remarco la pirueta con mi muñeca, esperando que él me imite porque vamos, soy la mejor de mi clase, nadie puede decir que no puede aprender de mí — ¿O así deseas tener un trabajo importante?
Hero N. Niniadis
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Kyle A. Overstrand
Fugitivo
No sé muy bien qué responder cuando me pregunta que qué considero importante, y mentalmente repaso los pocos puestos de trabajo que más me suenan. Desde luego que ser un profesor o un trabajador de los servicios sociales, tal y como eran mis padres antes de que huyéramos, no es algo destacable. En realidad ni siquiera conozco a nadie cuya profesión sea algo buena... a excepción de mi tía. La hermana pequeña de mi madre es la única persona que sé que tiene un trabajo de ese estilo, e incluso así, puede que para la pelirroja ni siquiera lo sea. — Quiero ser un miembro del Wizengamot. Ya sabe, para poder condenar a gente y darles su merecido a algunas ratas apestosas — exagero todo lo posible para sonar convincente, ya no solo para ella, sino para mí mismo. Desde luego que nunca querría un trabajo como ese, y mucho menos para el propósito que digo. Es decir, yo mismo soy una de esas ratas apestosas, así que no sería capaz de mandar a Alcatraz, o hasta a una condena mucho peor, a alguien que solo intenta sobrevivir a su manera.

Responder a por qué no me ha visto en la escuela es más sencillo porque basta con utilizar como excusa que no soy alguien muy llamativo. Además, teniendo en cuenta que estamos hablando de que ni siquiera sé hacer un Reparo, y por mucho que suponga destrozar un poquito mi orgullo, es tan simple como decir que no destaco en la magia, así que opto por quedarme en un rincón. — Vale, sí... No se me dan muy bien los hechizos... ¡pero me sé muy bien las leyes mágicas! Por eso trabajaré en el Wizengamot — respondo, y me cruzo de brazos, orgulloso de mí mismo. Si me las sé no es porque esté interesado en ellas, sino porque mis progenitores siempre han insistido en que tenemos que aprenderlas y saber los vacíos legales que podrían haber y, sobre todo, para intentar no meternos en demasiados líos. Teniendo una hermana muggle, ya nacimos metidos en un lío, por desgracia. — Pero confundirme con un muggle me ha dolido — añado, y hago una mueca de asco, como si fuera a vomitar del asco. Puro teatro.

Por mucho que no sea de mi agrado, acabo sacando la varita para intentar repetir su movimiento. Si no fuera porque hace unas semanas conseguí la varita, probablemente ahora estaría metido en un lío porque se pensaría que soy un muggle fugado de la justicia, o algo por el estilo. — ¿Re...paro? — digo el hechizo, no muy convencido. A pesar de que sí que realizo bien el movimiento de muñeca, y que parte del cristal se aproxima a cámara lenta al extremo de donde se ha roto, ni siquiera llegan a tocarse. Cuando todavía queda bastante distancia, la pieza vuelve a caerse en el banco. Como apenas había levitado, no se rompe más, pero el ridículo lo he hecho igual. — Ha sido por cómo lo he pronunciado, ¿verdad? — Porque estoy casi seguro de que el movimiento lo he hecho más o menos bien. O eso creo. Y aunque nunca lo reconocería en voz alta, practicar magia es algo que echaba mucho de menos, incluso aunque en esta ocasión sea con Hero Niniadis.
Kyle A. Overstrand
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Hero N. Niniadis
Fugitivo
Es extraña la sensación que me provoca el escucharlo hablar de esa manera sobre las ratas apestosas que se mueven por nuestro país como pulgas desesperadas, sabiendo que por el momento nadie puede frenarlos ni aunque lo intentemos con todas nuestras fuerzas. Me remuevo en mi sitio presa de la incomodidad ante el recuerdo del estrés que he estado sufriendo por ciertas imágenes que no me puedo sacar de la cabeza, asintiendo para darle la razón aunque sin ánimos para hablar del tema — Hay unas cuantas ratas apestosas que lo merecen, sí — digo nomas, acomodando un mechoncito de mi pelo cercano a la frente como si estuviese fuera de su lugar aunque jamás lo está. He conocido a una sola persona decente en los distritos del norte, pero creo que fue un caso único entre uno en un millón.

Mis ojos parecen orientales cuando lo miro de arriba a abajo como si de esa manera pudiese evaluar sus capacidades para ser un próximo juez de la magia e incluso termino mirando a Patty, que me devuelve la mirada con confusión y alza sus delgaditos hombros en señal de que no sabe muy bien qué opinar del muchacho. Se gana dos puntos extra cuando pone esa cara de asco que me hace reír entre dientes aunque intento disimularlo con una falsa tos porque vamos, se supone que debo estar enojada con él, no riéndome de sus comentarios como una colegiala boba.

Su varita hace acto de presencia y una parte de mí se tranquiliza al verla, pero el lado burlón de mi persona hace una mueca jocosa en su dirección cuando veo que es incapaz de hacer un movimiento tan simple que mi profesora particular de clases de apoyo se moriría de un infarto de solo verlo. Y conste que tengo a esa profesora porque yo he decidido que quiero tener un nivel avanzado en comparación a mis compañeros, no porque lo necesite — El problema no es cómo lo dices, es que no hiciste bien el movimiento de varita — le digo, encantada con todo esto de dar órdenes — solo mueve la muñeca en un círculo antes de dar el golpecito final — se lo enseño con toda la gracia de la que soy capaz pero no pronuncio absolutamente nada para que él lo logre por su cuenta — ¡Vamos, que es magia básica!

Patty abre la boca una vez más con la obvia intención de recordarme, de nuevo, que tenemos que irnos, por lo que pierdo un poco la paciencia y me volteo hacia ella — Lleva mis cosas al hotel. Iré enseguida — no parece muy contenta con esto de dejarme a solas con un desconocido y mi cajita musical rota, pero como tiene que obedecerme, se desaparece sin chistar. Con la libertad de la soledad, me cruzo de brazos apoyando un poco de mi peso en una sola pierna y miro al chico, fijándome en las formas curiosas de su cabello — Un miembro del Wizengamot debe ser capaz de realizar hechizos de los más básicos. Solo los mejores trabajan en el poder y los magos y brujas mejores calificados también son los que poseen un buen dominio de la magia. No cualquiera llega alto — le recito, mirándolo con un nuevo dejo de seriedad — Algún día yo podría recomendarte para el trabajo si volvemos a cruzarnos para ese entonces, así que te sugiero concentrarte esta vez. ¡Un niño de diez años puede hacerlo! — y si eso no lo humilla, no sé qué lo hará.
Hero N. Niniadis
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Kyle A. Overstrand
Fugitivo
Que afirme que no somos más que ratas apestosas me provoca cierta incomodidad, a pesar de que haya sido yo mismo quien haya sacado el tema. Siendo sincero, ni siquiera sé por qué me sorprende porque solo hace falta recordar cómo se apellida para saber que obviamente iba a estar de acuerdo. Pero lo que no se imagina para nada es que yo mismo sea uno de esos asquerosos. — Espero que los encierren a todos pronto, sobre todo después de lo que provocaron en la gala benéfica — continúo hablando del tema con un tono de voz enfadado, en un intento de sonar indignado. Sé que es una tontería, porque es una niña como para que le hayan confiado algo al respecto y ni me lo contaría si lo supiera, pero igualmente trato de mantener la conversación, con la esperanza de que me dé un dato de si tienen algunos sospechosos.

Por un momento siento que me están analizando, tanto ella como su elfina, intentando descubrir si de verdad sería un buen miembro del Wizengamot. Puede que no tenga la intención de serlo, pero me remuevo en mi sitio, sin saber muy bien cómo actuar y esperando alguna crítica dañina. Sin embargo, eso nunca llega, y suelto un gran suspiro con todo el aire que había estado reteniendo casi sin darme cuenta.

Todo lo que pasa a continuación no mejora nada la situación, sino más bien lo contrario. Por un momento me dan ganas de salir corriendo, y maldigo mi edad como para no haber tenido todavía la capacidad de que mis padres, mi tía, o incluso Rhea, me hayan enseñado a aparecerme porque ahora mismo sería de bastante utilidad. Estaba convencido de que lo que estaba fallando era la pronunciación, no el movimiento, así que me siento todavía más estúpido por haberlo dicho. — ¿Algo así? — pregunto, y repito el gesto que acaba de hacer. Toda la confianza y jocosidad con la que estaba hablando antes se han esfumado, y no sé si es por su tono intimidatorio o qué, pero puedo contar con los dedos de una mano las veces en las que he tenido tan poca confianza en mí mismo.

Ni siquiera espero a que me confirme si el movimiento con la varita es así, porque en cuanto recobro un poco la compostura y me convenzo de que lo mejor es acabar con todo cuanto antes, vuelvo a apuntar a la bailarina de cristal rota. — Reparo. — Esta vez mi voz es más seria, y mientras repito el gesto, en ningún momento aparto la vista del objeto. Observo cómo el cristal se adhiere a la parte rota, y en cuanto veo que el peligro ya ha pasado, vuelvo a guardarme la varita en el bolsillo. — Solo eran nervios. Algún día llegaré a donde yo quiera — respondo con la vista hacia ella, tomándome el descaro de hablarle así. No lo hago de mala manera, sino que lo hago con toda la calma del mundo, pero viendo su temperamento, no sé si igualmente le sentará mal. Cualquiera se fía. Me gustaría poder decirle que no me hace falta su estúpida recomendación, que a diferencia de ella, algunos nos ganaremos nuestro trabajo de manera honrada, pero me muerdo la lengua antes de soltar una burrada del estilo.
Kyle A. Overstrand
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Hero N. Niniadis
Fugitivo
No conozco muy bien el motivo pero cuando nombra la gala benéfica desvío la mirada hacia uno de mis lados con el rostro consternado, tratando de no demostrar en lo absoluto que los recuerdos que cargo de esa noche todavía me mantienen inquieta por culpa de algún maldito y estúpido rebelde que tuvo el descaro de hacernos creer que mi madre había muerto, junto a un monton de cuerpos sin vida que todavía puedo ver si cierro los ojos. No le respondo, pero para que no vea lo mucho que me afecta hago un movimiento con los hombros que indica que no me importa demasiado, a pesar de no ser así.  Me importa y mucho, lo suficiente como para desear que todos ellos terminen castigados.

Las varitas saben cuando el mago no está seguro de sus talentos. Tienes que convencerte a ti mismo y conseguirás cualquier hechizo que desees efectuar — empleo ese tono de voz que deja bien en claro que es una frase que he escuchado en un profesor y que no ha salido de mi boca y escondo mis manos unidas detrás de mi espalda, moviéndome de atrás hacia delante en mi sitio como una niña pequeña cargada de curiosidad por un espectáculo gratuito. Increíble pero no tanto, el encantamiento funciona y pronto la cajita está completamente intacta, así que le regalo un entusiasmado aplauso y me inclino para tomarla entre mis manos y así poder chequearla de cerca — Eso ha estado perfecto — lo felicito, aunque lo siguiente que dice me hace mover mi vista hacia él con cierto tono cargado de duda.

Todo el mundo sabe que los ministros son gente que llega a donde está porque se transforman en personas de confianza y lo mismo ocurre con los jueces. Todo en este mundo es una cuestión de manejarte junto a las personas correctas y es algo que mi madre siempre ha intentado hacerme recordar para que no termine convirtiéndome en una persona de dudosa moralidad, como mi hermano, a quien jamás he conocido pero que sé que les ha roto el corazón por alguna razón que no comprendo del todo y que nadie me quiere explicar con lujo de detalles. Algo enorme habrá sido.

Todos podemos llegar a dónde queramos si trabajamos por ello — alzo mis hombros como si fuese obvio y revoleo mis ojos — Ninguna persona mediocre ha hecho algo importante... ¿No? — sin mucho más, guardo la cajita en mi bolso y la varita en su sitio y acomodo mis cosas con suma calma y pulcritud, hasta que me fijo en el muchacho. Tiene una cara que no sé cómo identificar y asumo que ha perdido ya la carrera con su primo por culpa de su torpe irresponsabilidad al correr por una calle transitada, así que opto por darle un premio — ¿Quieres un helado? — si mamá me viese hablando con cualquiera y ofreciendo helados porque sí, posiblemente me gritaría, pero ella no está aquí y la verdad es que la que quiere algo rico después del disgusto soy yo. Ser buena persona con él es más bien un plus — Creo que hay una heladería bastante grande aquí cerca. La vi cuando venía de camino hacia el mercado — y como es obvio que no va a negarse a mi espectacular propuesta, empiezo a caminar sin esperar respuesta y asumiendo que va a seguirme.
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Kyle A. Overstrand
Fugitivo
Lo que dice sobre las varitas no es una novedad para mí, pero si algo que no escuchaba desde hacía años. He estado demasiado tiempo sin tener una entre mis manos, pero todavía recuerdo las cosas que mi madre decía. Incluso aunque tuviéramos que huir de nuestro hogar y con ello debiera dejar su trabajo, siempre conservó esa vena de maestra y de querer enseñar. Y aunque nunca se lo dijera, la verdad es que era algo que no se le daba mal. Sí, puede que no conozca algunos de los hechizos más básicos, pero es que era un crío cuando podía enseñarnos algo de magia, así que no estaba lo suficientemente desarrollado. — Seguro que a usted se le dan bien todas las asignaturas. — No hablo en tono retórico ni con segundas intenciones, sino que más bien es una afirmación. No es por ser quien es, porque de por sí tiene pinta de ser de esa clase de estudiantes que parecen tener un don para todo. No sé si su familia tendrá algo que ver porque sea genético o algo, pero es así.

Opto por no responder a sus siguientes comentarios, ni siquiera a ese que dice que mi hechizo ha sido perfecto. Especialmente mantengo la boca cerrada cuando sugiere que todos podemos llegar a donde queremos simplemente si así lo queremos, porque si de mí dependiera, le soltaría algo del estilo de "solo si eres un mago y estás de acuerdo con tu madre". Aprecio demasiado mi vida como para meter la pata de manera tan bestia.

Y entonces es cuando todo da un giro inesperado. Y no me refiero a esa clase de giro que me resultaría aterrador viniendo de ella porque hubiese descubierto que he estado mintiendo todo este rato. No, me refiero a ese "vamos a tomar un helado". — Será un placer. — No sé si fiarme de ella, pero dadas las circunstancias, y teniendo en cuenta que he estado haciendo ver que la admiraba, no me queda otra que aceptar. Al menos he tenido suerte y no he malgastado el dinero que Arianne me dio el otro día, porque si no fuera así, no sé ni cómo pagaría. Decirle que si me invita es algo que no entra en mis planes, y no tengo ganas de que me vea como a un pobre y empiece a compadecerse de mí. No me sobrará el dinero, desde luego, pero eso no es lo más importante, por mucho que algunos opinen lo contrario. — ¿Cuál es su sabor favorito? — pregunto simplemente para apartar esos pensamientos, y acelero el paso para alcanzarla.
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Hero N. Niniadis
Fugitivo
Pues obvio que se me dan espectacular todas las asignaturas, por algo soy la mejor de la clase y la consentida de los profesores, fuera de quien sea yo; nadie puede negar que tengo talento natural para la magia. Y también me resulta obvio que crea que es un placer tomar un helado conmigo porque absolutamente nadie tiene ese honor al menos que yo lo proponga, así que puede considerarse el niño más afortunado del distrito cuatro el día de hoy. Momento… ¿Del distrito cuatro, nada más? Debería ser más bien de todo el bendito país.

Las calles están repletas de gente y sé que no está bien que ande caminando sin mi compañía acostumbrada, pero nadie está aquí para reprenderme y de todas maneras las personas que me reconocen, que son la mayoría, se abren paso para dejarnos pasar en cuanto se dan cuenta de quien soy. He aprendido a ignorarlos para poder mantener charlas coherentes al caminar sin distraerme por los flashes de las cámaras que algunos sacan con muy poca disimulación — Fresa y chocolate blanco — le digo sin siquiera pensarlo con obvio entusiasmo porque no es un misterio que adoro el helado tanto como el resto de los postres; de seguro sería una bola si no fuese por mi bella genética y mis horas de deporte como cualquier persona que se respete — ¿El tuyo? — no estoy tan interesada en sus gustos, pero en primer punto me han enseñado a ser educada con los que muestran interés y en segundo, si pide algo rico quizá luego le pueda robar un poco.

La heladería no está tan lejos así que pronto estamos allí, rodeados de las pocas personas que como nosotros van en busca de un postre frío a pesar de la temperatura de la estación. Saco de mi bolso el dinero, espero a hacer el pedido y cuando él anuncia lo que quiere, consigo los dos cucuruchos que yo misma pago para hacerle entrega del suyo — Tómalo como una recompensa por haber tenido la decencia de no haberte negado a arreglar tu propio error. Mamá siempre dice que hay que recompensar a aquellos que han hecho algo bien para que lo sigan haciendo y no se vayan por el sendero de lo incorrecto — obviamente ella habla de cosas más importantes que una cajita musical, pero para mí es un buen modo de encontrar cómo hacer que las personas hagan el bien.

Relamo mi helado, que está delicioso y cremoso para aclarar y lo observo, casi midiendo sus modales a ver si se chorrea o no — espero que te haya servido la lección de magia de hoy — le digo con una vaga sonrisita — Creo que en el futuro podrías ser un gran mago — no tan genial como yo, eso es obvio, pero uno bastante bueno. Iba a decir algo más cuando oigo un pequeño sonidito y abro mi bolso para ver como titila mi comunicador, por lo que chasqueo la lengua — Deben estar preguntándose dónde estoy — murmuro, más para mí que para él — Sage debe estar histérico — quizá es mi esclavo y no mi niñera, pero de mis sirvientes es quien tiene más neuronas.
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Kyle A. Overstrand
Fugitivo
Ni siquiera sé por qué me sorprende que la gente le deje paso cuando nos aproximamos a ellos, pero reconozco que no sé cómo puede vivir de esta manera. No sé, me refiero a que yo creo que estaría un poco agobiado y que sentiría que realmente nunca voy a poder tener intimidad. Pero bueno, supongo que estará acostumbrada porque es lo que ha vivido desde siempre por la familia en la que ha nacido. Y siendo sincero, preferiría cien mil veces más eso que tener que vivir como lo hago yo.

Cuando me pregunta que cuál es mi sabor favorito, dudo durante unos segundos. No es porque tenga demasiados en mi lista, sino porque hace tanto tiempo que no voy a una heladería, que a duras penas recuerdo cuáles eran. — Vainilla con galletas. — No estoy muy seguro de que realmente sea ese, pero la última vez que vinimos todos al Distrito 4 para hacerle una visita a la tía Arianne, Chloe y yo pedimos ese. Es uno de los pocos buenos recuerdos que me quedan, así que no olvidaré nunca el sabor y que en aquellos momentos, me pareció uno de los helados más buenos que había tenido la oportunidad de probar en mi corta vida.

Después de llegar a la heladería y de que ella haga su pedido, hago lo mismo yo, sin dudar ni un segundo esta vez y pidiendo ese último helado que recuerdo haber tomado. — No hace falta que... — Ni siquiera me da tiempo a terminar la frase antes de que ella pague mi helado también. No esperaba que fuera hacerlo, y tampoco comprendo muy bien por qué lo ha hecho; al menos no hasta que me da una explicación. No voy a negar que me sorprende ver que tenga esta actitud porque siempre he creído que sería una niñata malcriada y engreída, y aunque sí que es algo estirada, no es como me pensaba. Eso o puede que simplemente me haya invitado para demostrar su superioridad o cualquier cosa del estilo. — Gracias. — Nunca pensé que le agradecería algo a alguien de la familia Niniadis, pero qué se le va a hacer.

Doy un pequeño lametón a mi helado y me relamo los labios, saboreándolo y tratando de no acabar con la boca manchada de trocitos de galleta y de vainilla. — Sí, ha sido de gran utilidad. — Al menos ahora sabré cómo arreglar las herramientas antes de que Rhea me vuelva a echar la bronca porque, según ella, a veces no tengo cuidado. No sé cómo tomarme su comentario sobre que podría llegar a ser un gran mago, pero decido aceptarlo con humor para poder luego irle a mi melliza con el cuento de que Hero Niniadis me ha dicho eso. — Yo debería irme también, antes de que mi familia se piense que les he abandonado porque me he cansado de su modo de vida tan aburrido — respondo en un intento de bromear. Estoy a punto de preguntarle si Sage es su novio, pero me callo a tiempo porque no quiero meter la pata en el último momento, y si no fuera ella, probablemente si que estaría bromeando con el tema.
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Fugitivo
Su helado no se ve mal, incluso me llama un poco la atención ese sabor particular porque jamás lo he pedido, pero no hago otra cosa que echarle un vistazo y dejar que se lo coma haciendo un ademancito para que ni se preocupe; un helado no me cuesta absolutamente nada, casi en sentido literal. Me conformo con que me dé la razón porque sí, saber arreglar cosas siempre es de utilidad, en especial para gente de nuestra edad que no hace más que romperlas.

Me centro en comer con lentitud mi helado, saboreando la perfecta mezcla entre el chocolate y la fresa, pero el coincide conmigo y supongo que hasta aquí ha llegado nuestro intento de ser sociales el uno con el otro. Doy un gesto afirmativo con la cabeza y me limpio los labios con una de las servilletas que ofrece la heladería, manteniendo un gesto pulcro y sosteniendo con mucho cuidado el helado con la otra mano — Mis padres no están aquí, así que prácticamente puedo hacer lo que yo quiera, pero siguen controlando mis horarios y no me gustaría que les pasen un informe de mis movimientos — suspiro y ruedo los ojos como si él fuese a entender perfectamente de lo insoportable que son las niñeras y le sonrío — Ha sido todo un placer. Espero que nos veamos pronto, chico reparo.

Me inclino para dejar un beso sonoro en su mejilla y me alejo regalándole una sonrisa antes de meterme la cucharita del helado de lleno en la boca y con un movimiento de mi corto cabello, me giro con rapidez y me alejo de allí con pasos danzarines. Al menos he encontrado accidentalmente el modo de romper la rutina.
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