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An epoxy to the world and the vision we've lost ○ Anne

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An epoxy to the world and the vision we've lost ○ Anne Empty An epoxy to the world and the vision we've lost ○ Anne

Mensaje por Nicholas E. Helmuth el Dom Ene 10, 2021 8:09 pm

Creo saber lo que me diría mi madre de seguir viva en este mismo momento, en el que me encuentro dejando claros los últimos arreglos para que los elfos domésticos puedan dar este lugar como espacio cerrado y ya no más como residencia Helmuth, la isla ministerial hace tiempo que dejó de sentirse como un hogar, como para derrochar un segundo pensamiento a la idea de si estoy o no haciendo lo correcto. No necesito traer a Agatha de regreso a la vida para asegurar que estaría recibiendo un comentario tan suyo de que en ocasiones es mejor no mostrarle al mundo lo que no está preparado para asimilar. Mi padre, en cambio, hubiera insistido en la importancia de mantener solo aquellas relaciones que te aporten algún tipo de beneficio, cuando esa relación deja de ser recíproca, cuando no hay nada en ese vínculo que te haga crecer, lo mejor es cortar por lo sano. Es obvio que no es un consejo que pueda aplicarse a la política, pero sí uno que sirve a nivel personal para darse cuenta de en qué momento las cosas dejaron de funcionar.

Aprecio ambas de las lecciones que pudieron darme mis padres en vida, tomo las dos a la hora de hacerme responsable de mis acciones, así como las consecuencias que pueden traer de ahora en adelante. Hay algo que valoro por encima de todo y es la honestidad con la que una persona es capaz de llevarse a sí mismo, también al conjunto que pretende guiar. Lo que ocurrió en la última junta en la que tuve oportunidad de actuar como ministro es el ejemplo que necesitaba para terminar de asimilar que hace tiempo Aminoff perdió el rumbo que me incitó a sumarme a las filas en primer lugar, volviendo algo persistente el volcar su interés político en lo que sí resultan caprichos personales, para luego tener que soportar declaraciones tan absurdas como falta de ética laboral. Cuando una persona no sabe contener sus rabietas porque no le gusta lo que está escuchando, deja de ser un líder para convertirse en una marioneta de poder a la que le queda demasiado grande la corona.

Al contrario de lo que mucha gente pudiera esperar a raíz de esto, se ha levantado un peso en mi pecho desde que las cajas fueron armadas en la Isla y devueltas a mi distrito de nacimiento. Igualmente la mayoría de mis cosas ya se encontraban en el hogar que tomé temporalmente, de forma que lo único diferente cuando llego al mismo es la sensación de liberación que rebosa de mi cuerpo desde que pongo un pie en la entrada hasta que procedo a sentarme en la concurrida sala de estar, rodeado de libros y amueblado con sillones y lámparas para hacer del lugar un sitio más acogedor. —Entiendo que las noticias corren rápido si ya estás aquí— es lo que sale de mis labios cuando escucho la puerta abrirse a mi espalda y sin necesidad de comprobar de quién se trata, estoy seguro de que la persona que entra a la sala no posee el mismo aire tranquilo que yo cuando paso a girarme hacia ella. —Antes de que preguntes nada, sí, es cierto— aclaro de entrada, pero me pongo de pie para continuar como si eso fuera a darle más veracidad a lo que estoy por decir: —He renunciado al ministerio— me abstengo de decir que mi hermana también, porque por esa regla la prensa ya habrá dado aviso de lo ocurrido y no es un titular que se pueda pasar por alto tan fácilmente. Bien, ahora solo tengo que aparentar que sé lo que hago delante de Anne, pero afortunadamente para mí, sí sé lo que estoy haciendo.
Nicholas E. Helmuth
Nicholas E. HelmuthSanador Especializado

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Mensaje por Anne Ruehl el Miér Ene 13, 2021 1:42 am

El elfo doméstico no se molesta en anunciar mi llegada a la casa, deja que sea quien encuentre con mis pasos presurosos la puerta a la sala donde me pone al tanto que se encuentra el dueño de la misma, en lo que pasará a ser su residencia definitiva. No sé decir por dónde de todo debo comenzar, mis ojos al posarse en él creo que demuestran la incertidumbre a la que estoy sometida, no sé qué creer, no sé qué esperar, ya que una de las pocas cosas que daba como certeza inquebrantable hacia el porvenir, ha dejado de serlo. —¡¿QUÉ HICISTE QUÉ?!— exclamo, la puerta debidamente cerrada a mi espalda para que mi voz, en su tono más alto, no llegue a traspasar las paredes. Puede escucharse como si se lo estuviera reprochando, cuando es la sorpresa más absurda hablando a través de mí. —No puedes renunciar, Nicholas— suelto, es la sorpresa también la que me lleva a agitar mis manos en el aire, a dejar salir de mis labios un carcajada seca. —¿Qué… harás? Eres ministro, ¿qué se supone que harás ahora…? Y todo… todo lo que hablamos…— mis dedos van deslizándose por mi cabello en este estado de confusión sobre las cosas, la realidad que estoy habitando, porque he perdido uno de sus ejes. —No puedo creer que lo hayas hecho— es eso, nada distinto a la incredulidad. —Solo no lo puedo creer— lo digo en un tono más bajo, calmo, mirándolo como si lo estuviera redescubriendo. Ni la primera vez que lo vi tras treinta años, lo sometí a un repaso tan estricto de mis ojos desde sus pies hasta su rostro, tratando de identificar qué había cambiado en la persona que creía conocer. —¿Por qué…?— camino hacia él para que mis manos atrapen su rostro así puedo inspeccionar en su mirada con impunidad, haciendo que le hable con franqueza a la mía.

Me tardo el tiempo que a otros les parecerá breve, quienes controlan relojes, a mí me parece que dura un año al buscar en lo hondo del azul que nunca me anticipó que esto sucedería. —Te reencontré siendo ministro, como si solo pudiera ser de esa manera, de ninguna otra, comprende que se me haga difícil asimilar que hayas renunciado a algo… que era parte de ti, de tu persona…— sostengo con más firmeza su mandíbula al oscurecer mi mirada. —Sé bien lo que cuesta levantarse de esas sillas, lo difícil que se hace cuanto más tiempo pasa, la idea a la que se sujetan muchos de que aún quedan cosas por hacer y que no los hará nadie más…— y no estoy hablando únicamente de mi experiencia dentro del ministerio, el lugar al que siempre volveré para hablar de los vicios y peligros del poder es la casa en la que me críe, a un padre muerto, del que me quedaron todas sus malas enseñanzas. —Hay momentos en los que logras desconcertarme— susurro, —tiras a un lado todo lo que daba por hecho sobre Nicholas Helmuth y no sé qué pretendes conseguir con esto, ya me enamoré en los primeros momentos que lo hiciste, ¿cuánto más crees que sea posible?—. No es una pregunta que busque respuesta, la doy yo con la sonrisa que curva mis labios en un gesto le ofrece comprensión, de ninguna manera le reprueba por hacer lo que creyó correcto.
Anne Ruehl
Anne RuehlCiudadano

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Mensaje por Nicholas E. Helmuth el Miér Ene 13, 2021 7:57 pm

Es para esto para lo que me estuve preparando estos días, no para ver como puede llegar a tomárselo la prensa ni reaccionar a la clase de cosas que habrán escrito sobre la renuncia de mi hermana y la mía propia. No es a ninguna de esas personas que también puedan leer sus páginas lo que me preocupa, pero sí la mujer que tengo delante en este instante y que responde de la manera en que hubiera esperado de ella; que lo haya esperado no significa que tenga una sola idea de como recibirlo, más que con cara de póker o, más bien, expresión de no haber roto un plato. Casi que me produce una risa incrédula el que me pregunte de esa forma que qué haré, como si no tuviera un título que me permitiera ejercer como sanador en cualquier hospital de Neopanem. Mis cejas se mueven al unísono que mis labios, cuando muevo los mismos para contestar y solo sale aire de mi boca por unos segundos antes de recuperar la voz. —Trabajar, Anne— aclaro, remarcándolo con obviedad en lo que libero un poco mis hombros de la tensión acumulada en un gesto apenas perceptible. —Lo que he hecho prácticamente toda mi vida, antes de ser político fui sanador— eso ya lo sabía, solo lo digo para que se dé cuenta de que no estoy tan perdido como ella cree, pero claro que no puede siquiera empezar a entenderlo. —Encontraré un puesto en algún hospital, no pueden negarme un trabajo— prosigo, en el peor de los casos de que piense que me voy a quedar en la calle o algo así.

Creo que empiezo a entenderlo yo mismo mejor cuando se acerca con ese espíritu contenido para sujetar mi rostro con sus dedos, lo que me obliga a tener que sostenerle la mirada mientras la escucho. Hacerlo me permite comprender sus motivos de una mejor manera que de haber osado interrumpirla para sobreponer mi voz a la suya, cosa que no hago al depositar una mano sobre la suya y sonreírle con cierta suavidad en lo que espero a que termine. —No me gustaría que solo pudieras verme como ministro, por mucho que fuera así como nos reencontráramos... Apenas llevaba unos meses de tomar el puesto cuando tú apareciste— elevo la mano para apartar un mechón de su cabello rozándolo con mis dedos —Era menos ministro entonces de lo que tú misma pudiste llegar a creer en el momento— me burlo un poco de mí mismo, pero no está lejos de ser la realidad —Pero siempre hay una persona debajo de esos títulos, mucho más humana de lo que queremos enseñar al mundo, me gustaría que pudieras ver esa parte de mí, sigue siendo la que te muestro porque no me considero capaz de ser la persona que no soy dentro del ministerio— susurro, es una de las cosas que me hizo renunciar, si empezamos a contar razones. A lo siguiente solo soy capaz de responder con un asentimiento de mi cabeza, mis párpados cerrados por un segundo que aprovecho para descender la mano sobre su cuello. —Sí, cuesta— coincido, aunque el silencio que le sigue defiende más mi postura de lo que puede llegar a hacer mi afirmación.

Espero que eso sea algo relativamente bueno— bromeo al regresar a mirarla. No sé hasta qué punto es bueno sorprender a una persona, especialmente cuando se trata de alguien a quien amas y no sabes cómo va a reaccionar. Recibir comprensión de su parte no muchos segundos después es lo que produce que vuelva a sonreírle, a pesar de que no respondo nada más que posando mis labios sobre su frente antes de separarme despacio, pasear mis ojos por la pared que tiene detrás y dar los pasos necesarios para llegar al sillón. Dejo que mi peso caiga muerto sobre lo acolchado del mismo, sacando de mis pulmones un largo y tendido suspiro, no la miro a ella cuando vuelvo a alzar la voz, sino que fijo mi mirada en el jardín exterior que se ve a través de la ventana mientras recorro mi mentón con mis dedos de manera inconsciente al apoyar el codo en el reposabrazos. —¿Sabes lo que es hacer lo correcto toda una vida?— no es una pregunta que vaya con carácter de hacer un juicio sobre ella, ni nadie, solo como forma de comenzar con lo que no sé si quiero confesar —Porque a eso es a lo que he dedicado mis años desde que tengo uso de razón. Fui un niño educado, hijo único por algún tiempo, luego hermano mayor, siempre traté de cumplir con la expectativa de ser quien debe dirigir al resto— sé que mis propias hermanas odiarían esto de mí si lo dijera en voz alta, al menos Sigrid —Estudié, me gradué, me casé, tuve un hijo— cuento, hago un repaso de lo que ya conoce, pero necesario, al fin y al cabo —Me preocupa la seguridad de quienes quiero y siempre he tratado de hacer lo que se espera de mí, lo que ellos esperan, cumplo con mi deber de familia al ponerlos por delante de lo que quiero en ciertos momentos.—digo, a lo que le sigue mi confesión final —Me cansé, Annie, me cansé de estar en un lugar donde no hay respeto hacia quienes están, no me hundiré con personas que solo buscan agrandar su ego, no cuando me he pasado toda la vida...— me cuesta volver a sacar una segunda respiración solemne —haciendo lo que se espera de mí, lo que se supone que es correcto— murmuro, cayendo con ello el peso de todo lo que he hecho estos últimos meses, así que también dejo que mi rostro se hunda en mi mano en un gesto desesperado de contener la compostura, pese a que mi respiración forzada no lo aparenta.
Nicholas E. Helmuth
Nicholas E. HelmuthSanador Especializado

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Mensaje por Anne Ruehl el Dom Ene 17, 2021 12:54 am

Pese a lo simple que quiere hacer ver esto diciendo que lo que hará será trabajar, a mí todavía me cuesta creer que se baje del escalón de ministro en el que estaba parado, para unirse a todas las personas que decidimos hacer una vida paralela a las decisiones políticas que se puedan tomar en la cúpula del poder. —¿Piensas convertirte en un hombre común y corriente, Nicholas Helmuth?— pregunto, de la misma manera en que antes lo acusaba de creerse un dios con el resto de los habitantes en la isla ministerial, pisando sobre nubes, mirándonos desde ahí arriba a las parias y solo a los ojos cuando logré escalar hasta allí pisando cabezas. Más que asimilar el tiempo que pasó desde entonces, que no es tanto como lo sentimos en los huesos, lo que requiere de un gran esfuerzo es poder mirar al otro y percatarnos cuánto hemos cambiado. —¿Por qué siento un deja vú con todo esto?— murmuro, —¿cómo si esta conversación ya la hubiéramos tenido así como todas las anteriores?—. Porque no creo que esta sea la primera vez que me dice que puede optar por una vida ordinaria, dentro de lo que ser un Helmuth lo permite, a seguir ascendiendo con privilegios para descubrir que tan alto puede llegar, así como yo misma estoy segura que todo lo que me dijo sobre poder ser una persona distinta, no castigada por el veredicto de otros sobre mi destino, también lo habré escuchado antes. Nada de esto lo recuerdo, no tengo modo de recordarlo, sin embargo creo que lo hemos vivido antes y es el tiempo el que decidió postergar el momento en que seamos las personas, que podríamos ser con el otro.

Logra de mí una sonrisa que también se aprecia en mis ojos, al evocar el momento en que nos reencontramos, donde comienzan mis recuerdos más nuevos sobre él, sobre los otros vagos, imprecisos y equivocados. ¿Cuánta vida ha pasado desde que me presenté a su despacho a recobrar antiguos rencores? ¿De ese momento en que volví a dar mi nombre a quien me miró con el mismo desprecio que demostraba mi mirada y es lo opuesto al sentimiento que guía mi mano por su rostro en este momento? —Puedes ser todo lo humano que quieras conmigo— se lo aseguro, —ese es el camino en que estaré para acompañarte—, es el que conozco. Los caminos de los santos, los eternos, los héroes, de todos los que buscan una veneración que los haga más grandes a lo que son, de esos estoy excluida. Nunca he sabido subir hacia ninguna cima por mi manía de bajar, tocar fondo, buscar a los perdidos en esos pozos. No entiendo cómo pude coincidir con él, si era de los que estaban en lo alto. —¿Puedo sentirme culpable de esto…— de haber tirado de él, arrastrado conmigo en este descenso, —o es mucho egocentrismo de mi parte?— consulto al ver cómo el abatimiento cae sobre su semblante, en la repentina consciencia de que acaba de tomar una decisión que vira radicalmente su vida y no lo hizo con un razonamiento de meses como yo. Hasta ayer, estoy segura, no pensaba renunciar.

Le permito que se aparte tras un beso breve en mi frente, necesita de su propio espacio para entender lo que hizo y no invadirlo con mi presencia que puede llegar a ser abarcadora de cada recoveco en el que permite entrar. Lo sigo con pasos más lentos hacia el sillón en el que elige descansar, aguardo un segundo luego de escuchar la última palabra de su pregunta para sentarme en el apoyabrazos del mueble, estando a su lado puedo responder: —No, no lo sé— así como él hizo lo correcto toda su vida, yo hice lo incorrecto, y al estar a su lado, como el único lugar en el que puedo verme ahora, se aprecia cómo en el contraste de nuestras vidas echamos sobre el otro lo que nos permitió abandonar posturas tan radicales. Mis dedos se posan en su nuca para relajar con una caricia la tensión que llegó a reprimir en todos estos años que cargó con la pesada carga de hacer lo correcto, lo que otros le dijeron, le enseñaron y le impusieron que era lo correcto, cuando lo único que lo era… era poder ser él mismo libre de todas esas presiones. Coloco mi mejilla sobre su cabello al rodear sus hombros con un brazo que me permite estrecharlo, darle así el consuelo que necesita su cansancio. —Nunca es tarde para aprender y entender que tienes el mismo derecho que cualquiera a enojarte, a cansarte, a decir basta y a ponerte por delante… es una vida que al final de cuentas, es tuya y de nadie más. No le pertenece a ninguno de ellos, solo a ti…— musito, mis dedos peinando las puntas de su cabello. —Algunas malas decisiones son necesarias para acercarte a la persona con la que estarás más a gusto de ser—, a ninguno de los dos nos hizo bien pararnos en los extremos. —Y estaré contigo, cada cosa impensada que haces, es algo que me dice que siempre fuiste tú, solo que no podía verlo y quizás tampoco tú podías verlo en ti.
Anne Ruehl
Anne RuehlCiudadano

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