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Uneasy lies the head that wears a crown ○ Anne

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Mensaje por Nicholas E. Helmuth el Dom Dic 20, 2020 8:22 pm

Mediados de febrero



He estado meditando la propuesta que le sugerí al presidente en nuestra charla sobre Synnove Lackberg desde que tuvo lugar, pero especialmente luego de que su plan se haya resuelto en los últimos días y con un problema menos sobre el que pensar, es momento de darle más vuelta a la otra cara del tablero en que jugamos con varios rivales. No, no soy tan iluso de creer que bastará con que Black se haya entregado para suavizar a las masas, si acaso lo único que hará será enfurecerlas más o qué sé yo, las estrategias de guerra nunca fueron lo mío como para tratar de comprender la mente de nuestro presidente en ese aspecto, o en algún otro si tengo que ser sincero. Pero sí creo en que Richter sea mucho más peligroso que un niño capaz de sacrificar la seguridad de todo su grupo por mantener su corazón intacto, y yo, siendo alguien que personalmente ha sufrido de varios golpes en el mismo, prefiero centrarme en quién no parece poseer este órgano en lo absoluto.

Suelo dejar la mentalidad de trabajo en la isla ministerial, lugar que cada vez ocupo menos por la costumbre de haber vuelto a mi residencia de origen, prefiero poder dejar esa parte estresante en el lado que le corresponde y no confundirlo con el tiempo que podemos dedicarle a la compañía del otro cuando Anne hace su aparición en la casa. No obstante, en esta ocasión, escojo llevarme conmigo todos esos planes, recogidos en mi cabeza puesto que es el lugar ordenado y privado al que recurro con bastante frecuencia, siendo este uno de mis sitios seguros por excelencia. Es donde sé que me encuentro más calmo, lejos del bullicio que puede acometer una familia como la mía, agradezco que el fin de la época festiva haya dejado paso a una rutina tranquila a la que me he acostumbrado gracias en parte al secretismo con que llevo la misma.

Acomodo las pocas cosas que he traído conmigo para una visita de unos días sobre la cama del dormitorio, a pesar de que este está preparado para satisfacer cualquier necesidad que pueda tener, me gusta poder mantener orden de mis pertenencias. Es el elfo doméstico quien interrumpe en la habitación con dos tazas de café como yo le he pedido, las cuales deposita en el borde que conforma la chimenea de la esquina. La propia estufa natural es rodeada por unos sillones aprovechando el amplio espacio de la sala, así cuando veo aparecer la melena oscura de Anne, me toma algunos pasos acercarme para tomar su taza. —Pensé que ya estarías para cuando llegara— murmuro, regresando a ella. Lo bueno de ser el propietario de esta enorme mansión es que los elfos domésticos responden a mí en todo momento, sea cualquier cosa lo que pida, en este caso, discreción. —¿Café? Hace un frío terrible ahí fuera— le tiendo la taza —Tengo algo que consultarte— me lanzo de lleno en ello, sin siquiera dar un rodeo que le permita acomodarse. Sé por experiencia que con ella es mejor ir sin vueltas, y dado que dimos muchas para llegar al lugar en el que estamos ahora, yo también lo prefiero. —Entiendo que conoces mucho sobre objetos malditos, ¿no es así? ¿Cuál es uno que pueda transportarse fácilmente, sin que llegue a dañar al portador, y que pueda pasar desapercibido?— soy consciente de lo confuso de mis palabras, por eso lo hago ver más como un juego al sonreír por esta primera vez.
Nicholas E. Helmuth
Nicholas E. HelmuthSanador Especializado

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Mensaje por Anne Ruehl el Lun Dic 21, 2020 1:43 am

Desde el día de mi discusión con Olivia, busco en los ojos de Nicholas cada vez que lo veo algún indicio de que esa mujer abrió la boca con la intención de perjudicarme o fue descubierta en su mentira. No callé por complicidad a ella, sino por el temor real de que una mujer con su carácter fuera capaz de hacer en caso de verse en aprietos, que tanto podía enredar a esta familia con sus mentiras y que tanto me creerían si realmente fuera a decir quién es. Mis pocos recuerdos sobre los Helmuth llevan acusaciones que no sé si quiero oírlas también en el presente y que sean esos los momentos que vuelvan a imponerse a lo que podamos llegar a compartir entre nosotros dos. Otro defecto de mi carácter con el que me encuentro en estos días, debido a lo frágil que me parece esto que debemos proteger de otros, es la cobardía a hacer cualquier cosa que pueda exponerlo a la cizaña ajena, en especial de personas tan retorcidas como Olivia.

Así que cuando tengo la tranquilidad de no reconocer en su mirada nada que sea una acusación directa, me relajo visiblemente y con mis dedos voy desprendiendo los botones de mi abrigo de invierno, para acomodarlo a un lado como lo hago en cada visita. El clima feroz de la estación aun entumeciendo nuestras almas cuando vagamos por ahí. Recibo la taza que me ofrece para envolverla con mis manos desnudas y el calor de la porcelana alcanza a mi piel helada, me la llevo conmigo al acomodarme en uno de los sillones, donde tengo un mejor panorama de sus gestos y movimientos, hay una ansiedad distinta en él por la que necesito tomarme unos minutos de observarlo. —Te escucho— murmuro, mi palma se abre en el aire para indicarle que puede comenzar a hablar cuando guste, cruzo mis piernas al arrellanarme en el sillón y agradezco que esta sea la manera en la que me encuentren sus palabras, porque no esperaba que fuera quien me hiciera una pregunta de estas alguna vez. Mi desconcierto se demuestra en silencio, también en una mirada que juega con los tonos oscuros que puede tomar su azul, a punto estoy de decirle si acaso es una broma.

¿Te refieres a guardar el objeto maldito dentro de otro?— inquiero, tardo unos momentos en contestar por estar pensando, no en una respuesta, sino en la razón que podría estar detrás de su pregunta. —¿Un relicario? ¿Un reloj?— sonrío con poco humor al continuar, —¿Una flauta? ¿Un rompecabezas japonés?—, ¿en verdad quiere saber que tanto conozco de estos objetos y de qué maneras me valí a lo largo de los años para que llegaran a las personas que tenían que llegar? Hay un interrogante distinto en mi semblante, no expresado en esas preguntas vagas. —¿A quién planeas que asesinemos, Nicholas?— lo planteo así para que impacte en él la trascendencia que podría tener algo que tal vez surge de la curiosidad. —Sabrás que los objetos malditos no son juguetes en manos de nadie, si piensas jugar con estos— sueno sancionadora, —ni es algo de lo que pueda hablarse a la ligera, hacerlo un motivo de broma o divagar sobre estos, cuando merecen respeto por lo inmediato de sus efectos en quienes se ven expuestos— agrego. Mis manos cubren todo el círculo de la taza cuando mi cuerpo cae hacia adelante al clavar los codos sobre las rodillas y desde ahí, poder buscar su mirada. —¿Qué es tan grave que te llevó a considerar esta alternativa que no debería estar en las tuyas?— susurro.
Anne Ruehl
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Mensaje por Nicholas E. Helmuth el Miér Dic 23, 2020 7:23 pm

Permito que se acomode en uno de los sillones, imitando su postura al sentarme en el que queda frente a ella, así nos disponemos para una charla que podría volverse un poco fría de no ser porque el calor del fuego a poca distancia tiene como finalidad calentar nuestros cuerpos. Sus preguntas están justificadas, a las cuales respondo con mi silencio en un principio, dejando que sea ella misma quien ponga todas las variables sobre la mesa de entrada para ir haciéndome una idea de lo que podría hacerse con esto. —Sí, algo así— acepto, masajeando de forma leve mi mandíbula con mi mano hasta apartarla para inclinarme un poco, apoyando mis codos sobre mis rodillas. —Me refiero a algo que... pueda guardar el objeto en sí, como una protección que impida al que lo traslade entrar en contacto con él. Perdería toda su función que esa persona se vea afectada por la maldición antes de que llegue a su destinatario— explico, con la lógica de la que me apropio para pensar todo esto, pese a no tener una mayor experiencia con ello.

Regreso a apoyar mi espalda sobre el respaldo, ladeando la cabeza ante la manera en que formula esa pregunta, ya haciéndose parte del plan que comenzó en mi cabeza, y supongo que yo mismo la estoy haciendo parte al pedirle que me ayude, sin haber formulado esa parte todavía. —¿Cuándo me has visto jugar con algo?— es una cuestión seria, así que se lo pregunto como tal, frunciendo un poco mis cejas en su dirección segundos antes de perder la expresión, acompañándola de un gesto de mi mano. —No, yo tampoco lo veo como un juguete, no te preguntaría por algo así si no lo creyera de verdad importante.— apunto, por alguna razón sintiendo la necesidad de explicarme en caso de que haya llegado a una conclusión errada de mí por su cuenta —Sé que tratar con objetos malditos no es motivo de chiste, por eso me interesa conocer tu opinión, sé que has manipulado con estos antes y me gustaría saber qué garantías tienen de que funcionen, qué tan peligrosos son en las manos equivocadas, cómo pueden hacerse llegar a una persona en concreto, en especial aquella que se encuentra escondida— voy señalando cada una de las cosas sobre las que habría que pensar para llevarlo a cabo, dando pistas de a quién me estoy refiriendo con esto último.

Para cuando ella misma formula la pregunta esperada, creo que no hace ni falta agregar ninguna explicación, pero aun así, lo hago. —Powell— dejémonos de tonterías y llamémosle por quien es —, él es quién ha hecho que piense en esto— declaro, sin darle mucha más vuelta a pesar de que el suspiro que lanzo después lo contrarresta, utilizando el mismo para recolocarme un poco en mi postura. —Ya debes de saber que el presidente estuvo muy ocupado estas semanas jugando con Black, y si tengo que serte sincero, no considero que este esté a la altura de la amenaza que supone que alguien como Hermann siga andando suelto por ahí— como dije, la confianza de estas paredes es lo que me permite hablar con calma —No me importa que muera, que tenga que venir arrastrándose a un hospital mágico para intentar salvar su vida, lo único que a mí me interesa es que el tipo deje de ser un peligro suelto— capaz de dañar a mi familia, a mis seres queridos, a ella.
Nicholas E. Helmuth
Nicholas E. HelmuthSanador Especializado

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Mensaje por Anne Ruehl el Jue Dic 24, 2020 2:24 am

Es más común usar una cubierta para que el mensajero no entre en contacto directo con el objeto maldito y que este sea revelado solo a su destinatario final— explico, de ahí que sea un objeto dentro de un objeto, un relicario puede guardar un fino anillo, caer en la palma de quien lo recibe  y que al colocarse en uno de los dedos, comience a surtir su efecto. Muchas de estas entregas se hacen como obsequios, rara vez las personas que deben ser asesinadas, saben que esta orden existe o la razón por la que se ejecuta, el éxito del efecto del objeto maldito depende en gran medida de que la otra persona no espere recibir uno. —Lo que pides es un hechizo entre el objeto maldito y su portador para darle protección a este, pero el objeto estará cargado de por sí de magia oscura, que al establecer un vínculo con su portador, muy probablemente esa protección exija un costo…— sigo, compartiéndolo todo lo que sé, —en carne y sangre. Rebanar la lengua a ese portador, cortarle una oreja, quizás tres dedos de la mano…— mientras lo digo, como si estuviera enumerándole los titulares del día en las noticias, sostengo su mirada para no perderme nada de su reacción a lo que conozco y asumo que él fue ignorante toda su vida, no es la persona que acudiría a ese tipo de recursos para dar una solución definitiva a ciertos inconvenientes que se pueden presentar. Su carrera política no está hecha sobre estas cosas.

Me interesa saber el «por qué», más que el «qué». Me echo hacia atrás en el sillón, poso mi mejilla sobre la palma abierta de mi mano al hincar mi codo en el apoyabrazos, mi otra mano aun sosteniendo la taza de café de la que solo me sirvo el calor que le otorga a mi piel. —El juego puede comenzar en cualquier momento, una cosa lleva a la otra, una puerta conduce a otra, una mujer a todos los males conocidos, así empezó la historia de la humanidad— es mi turno de esbozar una sonrisa, la que no se inmuta cuando mi memoria fija cada cosa que le interesa saber sobre los objetos malditos para darme un indicio de qué espera conseguir con estos. —Son muy peligrosos, para quien lo recibe como para quien lo da— murmuro, —tienes que entender que la magia oscura actúa como un boomerang, Nicholas…— lo prevengo de la parte que la mayoría de los que incursionan en estos temas desconocen o eligen subestimar.  —Entregas ese objeto que puede volver a ti, que su destinario puede volver su arma para atacarte. Tienes que ser consciente de que todo el daño que deseaste para tu enemigo, también puede volver a ti— aclaro.

Tengo la taza sobre la rodilla como para que el apellido que murmura no la haga caer al vacío, mis dedos la envuelven con más firmeza como única reacción en mi postura. —Doy por hecho que no estás hablando de Hans Powell…— musito, bajo, usa el apellido que el mismo Hermann abandonó para hablar de él y a mí escucharlo hará que siempre piense en el abogado del distrito uno, no en el cabecilla de humanos rebeldes. Puede que se trate de eso, de llegar al hombre que está detrás de la figura rebelde, el que no deja de ser tan mortal como cualquiera de nosotros y susceptible a ser herido, son varios los que en Neopanem se han puesto un hábito de intocables, cuando ninguno puede serlo. Salvo los muertos, los que en verdad están muertos, enterrados bajo metros de tierras o siendo cenizas que alguien ya arrojó al aire. —Sí, supuse que estaría entretenido unas semanas con el chico Black— digo, solo estoy tomando esta oportunidad para decirlo, —Magnar me pidió que le lleve a la chica Lackberg para usarla de carnada así podía demostrarle que seguía siendo de confianza, ya que mi deserción al ministerio al parecer lo podría tomar como que me colocaba en un bando contrario al suyo y eso me daba la categoría de enemiga… como si ya no tuviera un par con los que ocupar su tiempo…— mascullo, —nada más que el típico cuento del amo que patea al perro que no le obedeció— lo dejo ahí, así como mi taza la coloco a un lado en la esquina de la mesa que tengo cerca. —Nicholas— me muevo hacia el borde del sillón para que mi cuerpo quede recargado hacia adelante, quizás lo que vaya a decirle no le guste y menos que lo haga con mi mirada limpia puesta en la suya, —¿qué si te dijera que Hermann no es de las personas que se puedan asesinar? ¿Qué si se trata de respetar y dejar que los destinos sigan su curso? Por años mantuve un acuerdo tácito con Hermann de no asesinarlo, así como hay otras vidas miserables que también se merecen la muerte, pero se tienen que respetar porque este es un juego donde cada uno ocupa un rol y simplemente somos piezas moviéndonos— espero un momento. —¿Qué si te dijera que no pienso ayudarte?
Anne Ruehl
Anne RuehlCiudadano

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Mensaje por Nicholas E. Helmuth el Dom Dic 27, 2020 10:36 am

Arrugo mi nariz ante lo que cuenta, sin miramientos tal y como le he pedido, pero no por eso quiere decir que sea agradable de escuchar. Hago un gesto con mi mano, al mismo tiempo que meneo mi cabeza para darle más intensidad a lo primero. —No, no busco que el portador salga perjudicado— aclaro de antemano, después de escuchar que podrían faltarle un par de dedos tras el trabajo, o quizás un oreja —, con que sea una cubierta que resguarde el objeto maldito en sí bastará, ¿no?— afirmo, pero en una última instancia lo comprueba con ella que es quién más ha manejado este tipo de situaciones. O eso tengo entendido. Lo cierto es que, a diferencia de lo que pueda pensar mi familia, no acostumbro a hacer caso de los rumores que se extienden por ahí, los cuales tienden a exagerarse cada vez que pasan de una boca u otra. Lo sé porque el estar en el ojo público tiende a atraer este tipo de atención, pero especialmente de aquellas personas que han regresado luego de haber vivido en el norte.  —No creo que sea tan curioso como para mirar dentro si su vida puede correr en peligro, servirá con que envíe el mensaje a la persona indicada— apunto, que yo no lo haría de advertirme que el objeto que se contiene es peligro, pero qué sé yo, los seres humanos han demostrado no tener sensatez en muchas ocasiones.

Me permito ser quién la observe en esta ocasión, tentado a imitar su postura pese a mantenerme con una pierna cruzada sobre la otra, con mi espalda acomodada en el respaldo como si estuviéramos teniendo la charla más banal del universo. —No seré un necio y diré que Hermann no tendría idea de quién ha mandado enviar ese obsequio, la magia funciona de maneras curiosas y si quisiera, estoy seguro de que podría averiguarlo, si no es por su cuenta propia, por las muchas personas que es capaz de manejar y distorsionar su cerebro— digo, para que no piense que es una idea que se me acaba de ocurrir, que es algo sobre lo que he meditado y que, por eso, puedo hablar con tranquilidad de lo mismo. —Quizá no conozca cómo tratar con esta clase de magia todavía, pero por eso necesito tu ayuda, te necesito a tinecesito, hago especial hincapié en esto, mirándola a los ojos, sin que en ellos se vea la ironía de que se hayan vuelto las tornas. —Tú eres la única en quién confiaría para llevar esto a cabo, por el bien de mi familia, por el de otras, por ti y por mí— nombro, lo siento necesario al pensar en un futuro en el que Powell venza en esta guerra, en el que nunca habrá un lugar para nosotros. —Te necesito— no recurro a la manipulación psicológica, no lo considero mi estilo, sino a los sentimientos que compartimos y que, creo, fueron muchos años de reprimirlos como para que no sean suficientes ahora.

Tuerzo la boca en una media sonrisa, ladeando mi cabeza en el proceso. Creo que quedó bastante claro con que nada de esto va dirigido hacia el hijo de Powell en concreto, quien considero no ha estado en sus mejores cabales estos últimos meses. Sí me sorprendo con la confesión sobre el trabajo que ha realizado para Magnar, lo que me lleva a arrugar un poco la frente, paseando la mano por mi barbilla. —No lo sabía— murmuro, no como reproche en sí, sino como simple apreciación de mi desconocimiento. No que me sorprenda tampoco, estoy acostumbrado a que no tengan en cuenta el departamento de salud más que para lo que le interesa al presidente, porque de reformas y nuevos presupuestos no fue algo de lo que habláramos en la charla que logré tener con él. —¿Conocías que estaba embarazada?— pregunto, por curiosidad y no por otra cosa, pero está claro que no es en lo que mi mente está pensando cuando paso a inclinar mi cuerpo, imitando su postura de manera que puedo apoyar mis codos en mis rodillas ante su llamado. —Nadie es indestructible, Annie— saco como conclusión a sus preguntas dudosas, esas que no pasaron por mi cabeza que preguntaría, si tengo que ser sincero. Mi sonrisa dibuja una sonrisa, no obstante, al encontrarme con su negativa, sonándome conocido, demasiado como para que la curva en mis labios no se vea divertida. —¿No piensas ayudarme porque quieres aprovecharte de ser quién dice que no esta vez o porque realmente no quieres formar parte de esto?— la reto con mi mirada —Porque si se trata de esto último... lo respetaría, tendrás tus razones para no querer participar y creo que podría entenderlas— acepto, pero termino apoyándome sobre mi mano, rozando mi dedo índice sobre mis labios. —Ahora, si es por lo primero, no me va quedar otra opción que... insistir— mantengo la presión de mis ojos claros sobre los tuyos, esperando una respuesta de ella.
Nicholas E. Helmuth
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Mensaje por Anne Ruehl el Lun Dic 28, 2020 6:50 pm

Hay más que podría decirle, otras alternativas que podríamos tener en cuenta, que no dependen de mí y de lo que conozco, requeriría hablar con otras personas que tienen conocimientos en esta rama de la magia y siguen enriqueciéndola con la experimentación, tarea en la que nunca me involucré en lo que respecto a objetos malditos, mi ámbito es el de las pociones. Pero no es una conversación en la que pueda continuar como si la estuviera teniendo en una sala reservada de alguno de los bares de mala muerte del norte, con personas que hacen su encargo y dejan una paga alta. Sigue siendo Nicholas el hombre que tengo sentado enfrente y puedo bordear estos temas todo lo que haga falta para saber qué tanto interés alberga, si se debe a una motivación fuerte y firme, la pongo a prueba. Nunca tengo la intención de hacer flaquear a nadie con mis inquisiciones, sino de que reafirmen para sí mismos por qué hacen lo que hacen. Pero tratándose de él, casi que desearía buscar la manera de conseguir que desista, si no lo hago es porque si tiene que hacerlo, seré quien se pare a su lado.

Y si en verdad quiere causar daño a alguien con un objeto maldito, necesito que esté al tanto de las implicaciones que trae todo crimen. —No hablaba puntualmente de Hermann, sino de la magia, de la vida, de nuestros destinos, los que ensuciamos y limpiamos con nuestras propias manos. Tienes que saber que el uso de la magia negra queda como antecedente de tu destino y de los que vienen después de ti— susurro esto último. Mis ojos se quedan en su rostro cuando tomo aire al sentir el estremecimiento en mis brazos por decir que me necesita. Lo sé, sé que lo hace. Esto no es algo en lo que vaya a dejar que se aventure solo, si es un mundo que desconoce y que yo habité, si son caminos por los que puedo guiarlo así como él también me muestra otros distintos. —Nicholas…— su nombre dicho como un murmullo es toda respuesta que puedo darle, sin revelar que puede conseguir de mí incluso lo que no pide. No puedo, por ese mismo orgullo que es un defecto compartido, el que hace que lo mire desde mi distancia en el sillón que ocupo, aparentemente inalcanzable por esa petición, como para poner en mi boca razones que considero las usarían varios para explicar por qué siguen sucediéndose los mismos errores en la historia, cuando milenios vividos deberían habernos llevado a un futuro que no sea lo mismo que vivir hace un par de siglos atrás o en el inicio mismo de la humanidad.

No— contesto a su curiosidad sobre esa muchacha, —me enteré de una manera desgraciada…—, pretendo dejar el tema ahí sobre algo que podría también tener dudas de mi parte. La prioridad es otra en este momento, en que parece entender la intención mi supuesta negación y escucho su pregunta con un arqueo de mis cejas. Guardo silencio los segundos en los que me demoro mirándole, una carcajada corta escapa de mi garganta cuando su insistencia la deja en hacerla explicita esa palabra. Me incorporo del sillón para cruzar con una pocas zancadas la distancia hasta él, hago del apoyabrazos mi nuevo asiento así puedo dejar mi mano sobre su nuca y fijarme en su perfil, al que me acerco con mi rostro cuando mi cuerpo se inclina hacia adelante. —Sé que me necesitas y no te dejaría solo en esto, pero nunca me lo pusiste fácil como para que te diga que te ayudaré solo porque lo pides, no importa quienes sean los involucrados, lo trascendental que sea esto, lo orgullosa que puedo parecerte, te toca insistir— le informo, acaricio los mechones de su pelo con las puntas de mis dedos y me pongo de pie, rompiendo el contacto, para rodear el sillón que ocupa con mi mano vagando sobre el borde del respaldo. —Conocí a un hombre una vez, tenía una librería en el Capitolio, podemos ir a ver el lugar…— sugiero, —si insistes y me convences de esto— añado. No hace falta que lo mire para lo que diré, mis ojos siguen recorriendo toda la sala. —Me necesitas, si hay alguien que puede ayudarte en esto, soy yo.
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Mensaje por Nicholas E. Helmuth el Mar Dic 29, 2020 5:19 pm

Es un riesgo que estoy dispuesto a tomar— digo con voz plausible, seguro de que así como en tantas otras generaciones anteriores también tuvieron que tomar decisiones complicadas, es mi turno de hacer lo mismo. Mis padres hicieron muchos sacrificios para que mis hermanas y yo podamos estar donde estamos ahora, mantener a nuestros hijos a salvo en un mundo que mire por ellos y que también lo hará por los suyos, por los futuros nietos que espero vayan apareciendo en mi familia en los próximos años, muy próximos en algunos casos. Por conservar aquello que costó tanto conseguir en ocasiones deben llevarse a cabo acciones peligrosas, pero prefiero ser yo quien tome esa iniciativa antes que ningún otro Helmuth. Me he topado con distintos desafíos morales a lo largo de mi vida, ninguno como este, y aun así creo tener la seguridad como para saber que puedo tener la situación bajo control. Para eso la necesito conmigo, para que junto conmigo sea guardiana de todo eso.

No hago más preguntas sobre la chica que fue obligada a secuestrar por mandato de Aminoff, me limito a recostar mi espalda de nuevo sobre el sillón, acomodándome de manera que hundo uno de mis codos en el reposa brazos mientras la veo acercarse. La sonrisa en mis labios aparece sola cuando, a pesar de no hablar en susurros, me llega como tal al oído al tener su rostro tan cerca del mismo, acompañando su voz de un escalofrío caliente a lo largo de mi espalda. —¿Vas a hacerme insistir pese a afirmar hace nada que no me dejarías solo en esto?— tuerzo la boca en una mueca, se asemeja casi más al puchero que haría un niño, por esa confirmación de que estará a mi lado, pero aun así me hará pasar por el bochorno de ser quien se arrastre esta vez. Apenas puedo pasar la mano por detrás de su cintura, cuando ella misma desaparece por detrás del sillón dejándome con únicamente la seguridad de su voz para saber que sigue en la habitación. —¿Cómo se llama el hombre? Quizá deba buscar de quién se trata antes de ir, para ir preparado— porque sí, mi ignorancia en todo lo relacionado con la magia negra se hace notar, como quien dice que se está preparando para afrontar uno de sus mayores retos.

Soy quien se levanta escasos segundos después, también rodeo el sillón para colocarme frente a ella en apenas unos pasos, aprovechándome de la nueva cercanía para tirar de su mentón con suavidad con la punta de mis dedos. —Te necesito— repito, como prueba insistente de que no me avergüenzo de decirlo, como quizá hubiera ocurrido en otras circunstancias de tener el orgullo intacto, de no encontrarla tan cercana como ahora. —¿Qué es lo que deseas? ¿Qué más quieres de mí?— pregunto en un susurro que me da apariencia de genio capaz de conceder deseos, cuando no es secreto para ella que de mí podría obtener cualquier cosa. Puede que me haya mostrado duro al principio, pero no es mentira que he terminado concediéndole hasta lo más impensable para un miembro de mi familia. —¿Qué necesito hacer para que me ayudes a llevarlo a cabo, para que seas mi cómplice?— me aseguro de remarcar la posesión en esa frase, como la única compañía que desearía que me acompañara en esto. Mi mano sobre su cintura me lleva a aprisionarla entre mi cuerpo y el respaldo del sillón, pasando a rodear su mandíbula con mi otra palma—Sabes que puedes pedirme lo que quieras, y lo tendrás, solo es cuestión de que seas explícita con tu petición, no vaya a ser que terminemos en un malentendido, de nuevo— me divierto entre mantener un tono serio y el que alude a la broma que menciono, decantándome por lo último al sonreír sobre su rostro.
Nicholas E. Helmuth
Nicholas E. HelmuthSanador Especializado

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Mensaje por Anne Ruehl el Miér Dic 30, 2020 11:36 am

Sí, eso es lo que haré— contesto. Sería cruel de mi parte hacerlo insistir con la creencia de que podría no responder a su pedido, castigarlo sin necesidad con esa incertidumbre, sería entonces abusarme de su ruego, que mi orgullo sea aún más ruin, descubro que no puedo serlo con él y me ablando pronto al aclarar que contará mi ayuda porque no hay manera de que lo deje a la deriva en esto. —No te daré ningún nombre hasta que me convenzas— digo, ese fue un adelanto para que tuviera la seguridad de que tengo predisposición a acompañarlo, no pretendo revelarlo todo antes de que cumpla con lo que yo le pido. Por todas las veces que me enervé con sus negativas a colaborar conmigo, sobre lo que pude tomar revancha una única vez cuando me pidió por su sobrina desaparecida y entonces la niña estaba en medio como para que fuera algo exclusivo de nosotros, no me fue posible rechazarlo con rotundidad como condena a su carácter que no flaqueaba ante mis solicitudes. Todas esas veces en que necesitándolo, no lo dije con esas dos únicas palabras de las que se vale para atrapar mi mirada y mi voluntad, haciéndome sentir miserable por exigir esto de él.

Podría pedirle todo, sino fuera porque ya lo tengo y él también tiene todo de mí, ninguno de los dos está para guardarse algo tras tantos años en que la vida nos impuso destinos separados. Mis manos se deslizan por su cuello hasta su nuca en una caricia lenta que lo acerca a mí, aun con mis ojos fijos en su rostro por su agarre que busca que así sea, las mismas manos que cumplieron otros propósitos y son dóciles sobre su piel. —¿Qué podría pedirte?— suspiro, la última vez se trató de un acta falsificada que lo hace el padre legal de mi hija, esta incursión por objetos malditos no merece menos que una demanda de tan alto costo como esa. Pero no puedo ser canalla con quien extiende hacia mí un ofrecimiento del que podría tomar a manos llenas, convertirlo en un trato de un favor por otro, hacer negocios del amor que me demuestra, que también encuentro en mí y al estar abrazada a él, me pide que sea clemente. —Solo un beso— susurro, lo que podría conseguir sin tener que hacerlo un pedido explícito, —y seré tu cómplice—, tan sencillo como eso para que él tenga de mí lo que pide. Rozo la punta de su nariz con la mía al arrimarme a sus labios, hablando por encima de estos. —Sostendré tu mano todo el camino, por oscuro que sea por momentos, confía en mí para seguir avanzando—, que mi vista está acostumbrada a vislumbrar en las penumbras y conozco de sus peligros como para guiarlo, esta vez me toca mí.
Anne Ruehl
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Mensaje por Nicholas E. Helmuth el Jue Dic 31, 2020 3:09 pm

Acomodo mi postura, sosteniendo su cintura y su rostro con mis dedos, a la espera de que formule su petición, luego de tantas que ha llegado a exigir de mi persona, me recorre parte del nerviosismo que siempre ha ocasionado el tenerla a mi alrededor y que, aun así, soy experto en camuflar al ladear mi cabeza, paciente. Me atrevo a mostrar una sonrisa complaciente, de esas que denotan confianza pese a no estar tan seguro con lo que pueda llegar a salirme, con la única certeza de que lo que pide siempre ha sido lo que puede obtener de mí, me fío de ello para que en esta ocasión ocurra lo mismo. —¿Un beso?— podría decirse que se me escapa una risa breve, fruto de la sorpresa que me produce tal demanda en contraposición con las que ha hecho anteriormente. Y aun así, a pesar de lo divertido que parece resultarme, ambas de mis manos pasan a rodear su rostro, acariciando sus mejillas al recogerlas entre mis palmas de forma suave. Luego de todas las locas peticiones puestas en el aire, esta se me hace sumamente fácil de cumplir, la primera que no recibe réplica de mi parte y que, por el contrario, respondo con gusto al sonreír primero sobre sus labios por el roce su nariz con la mía.

Así que eso hago, si lo que exige es solo un beso, me aseguro de que cuente como el precio que ella merece y me robo de su respiración al probar una vez más el sabor de su boca, acompañado del roce que sigue ocasionando mi nariz sobre su piel y de mis párpados cerrados para poder disfrutarla, sin perderme ni un solo segundo de su esencia. Atino a volver a mirarla cuando me separo apenas unos centímetros, tomando una de sus manos con la mía mientras que la que me queda libre rodea su cintura. Me acerco sus nudillos a mis labios para poder besarlos en una caricia lenta y delicada. —No confiaría en nadie más— aseguro, solo separándome de su piel para poder hacerlo, encontrándome con toda la intensidad de sus ojos claros, siempre tan expresivos, mirándome. —, y por eso, por aceptar a ser mi cómplice, cuentas con la protección de todo lo que pueda darte, yo, esta casa, mi familia aunque no lo parezca— tuerzo una sonrisa, no sabría muy bien como definirla —No te haría partícipe de algo que pudiera dañarte, en este caso eres tú quien estaría protegiéndome de lo que no conozco, pero mientras estés aquí, conmigo, puedes estar segura de que defenderé lo que nos corresponde tener— poso mis labios sobre su frente como promesa, para cerrar el pacto de que me ayudará a defenderlo, bien consciente de que sin ella no podría hacerlo.
Nicholas E. Helmuth
Nicholas E. HelmuthSanador Especializado

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Mensaje por Anne Ruehl el Dom Ene 03, 2021 12:50 am

El descenso al infierno está hecho de peldaños de buenas intenciones, es algo en lo que creí toda mi vida. Este sitio de llamas eternas no debería ser atractivo para nadie, y sin embargo, se sabe que son muchas las almas que terminan ahí condenadas, no puede ser por otra razón de que su camino está hecho de todo lo que en apariencia es bueno y deseable, los supuestamente inofensivos placeres culposos. Tomo conciencia de esto en el momento en que respiro sobre sus labios al apartarse, haciendo de un beso el sello para un pacto en el que me comprometo a llevarlo conmigo en la exploración de objetos malditos, que yo misma le prevengo sobre el daño que podría hacerle a él y a toda su familia. Me abstengo de exigirle un sacrificio mayor, uno que fuera más justo al peligro que asume, y hago de un simple beso que no le cuesta nada a él, ni nada a mí, el depositario de todos los arrepentimientos que puedan venir después sin darme cuenta de ello. Mis manos recorren la línea de su mandíbula al retener su rostro sobre el mío, cierro los ojos al sentir la caricia sobre mi frente y todo esto que podría ser extraño para la mujer que se impuso en el ministerio como mercenaria de los que no querían ensuciarse los nudillos de sangre, no lo es para la chica que evoco y que en cada cuerpo equivocado nunca pudo encontrar la calidez que buscaba, hasta que resignó encontrarla, hasta que ella misma se perdió.

Y es quien escucha cada palabra de una promesa que acepta, con la naturalidad que se debería entre dos personas que velan entre sí porque no admitirían que algún daño a destiempo les suponga separarse, en vez de actuar con la rebeldía de quien no necesita protección por haberse protegido sola gran parte de su vida. —Te creo— susurro, cada paso que he dado en su dirección fue diciendo esas dos palabras, entregándole mi confianza de a poco y poniendo a prueba su carácter en un principio, sigo dándole de esa confianza que aún guardo en reserva por miedo a entregarla entera y quedarme sin nada. Puede que sea la edad lo que me trae esos reparos, por enseñanza de que aun amando a alguien como no se amó a nadie nunca, por la propia salud de ese sentimiento, tenemos que seguir reservando partes de nosotros. Aun sabiendo que si se presentara un momento determinante, podría ser capaz de darlo todo. Ese pensamiento ciego se interrumpe cuando la mención de un «todo» abarcaría también a mi hija y ella queda excluida de cualquier sacrificio que deba hacer en alguna oportunidad.

Dedico una última caricia a su mejilla y la rozo con mis labios para colocar allí un beso, antes de escaparme de sus brazos para ocupar el sillón en el que hace unos minutos estaba sentado. Me deja de espaldas a él y mirando al frente, una pierna pasando por encima de otra para recobrar mi postura de relajo, sigo hablando: —Mi hija está buscando el escondite de Hermann, ella es quien desea atraparlo… y si el objeto maldito que planeas usar llega hasta él, estarías cruzándote en su camino— explico. —No creo que se tome a bien saber que estuve involucrada en ayudarte, y aunque el fin es el mismo, se siente desleal. Pero…— acoto, por cómoda que se me vea en su sillón, por dentro reprimo la tensión que me provoca un posible encuentro entre mi hija y Hermann, —tengo que reconocer ante ti que si hubiera una alternativa que impida que ella se ensucie las manos de la sangre de su padre biológico, iría por esa alternativa. Si encuentra el escondite, si nosotros conseguimos el objeto maldito, ella podría encargarse de que el objeto llegue a él… pero no será quien lo cargue, Nicholas. Se buscará otra persona si hace falta, solo te pediré que sea ella quien lleve ante Hermann lo que sea que logre destruirlo.
Anne Ruehl
Anne RuehlCiudadano

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Mensaje por Nicholas E. Helmuth el Miér Ene 06, 2021 6:05 am

Nunca dos palabras tuvieron tanto peso como las que salen de su boca, escuchar «te creo» de sus labios implica todo aquello que no pudimos decirnos antes, que tampoco quisimos por la mayor parte del tiempo. Era mucho más fácil tratar al otro de embustero antes que caer en el engaño, incluso cuando la reputación de mi familia precede, soy bien consciente de que los Ruehl jamás tuvieron la misma visión que otros sobre los Helmuth, así como nosotros tampoco pudimos tener la certera de ellos. Por eso que me conceda esas palabras me llena de una nueva vitalidad, recuperada de otro tiempo quiero pensar, porque no son sentimientos que hayan crecido de la nada, son las ramas que crecen debajo del árbol y se extienden hasta cuando éramos jóvenes e inocentes, tan inocente como puede ser el amor. Me entran ganas de volver a besarla, concederle otro beso como parte del pacto que terminó de cerrarse con sus palabras, pero tengo que conformarme con el que deja sobre mi mejilla antes de escaparse para sentarse en el sillón que antes ocupé con mi cuerpo.

Me quedo unos segundos en el lugar, libre de su contacto que solo mantenemos porque su voz vuelve a rellenar el espacio. Apenas me muevo unos centímetros que me dejan detrás de su cabeza, apoyo mis antebrazos sobre el respaldo a un lado de esta y junto mis manos de manera que puedo inclinarme y ver el perfil de su rostro desde mi posición. —No importunaría en su camino si ella misma tiene planes de acercarse a Hermann—digo claramente, tras el conocimiento de que su hija busca una venganza personal con el hombre que cedió parte de su genética —Tampoco la haremos parte de esto si no lo quieres, dejé claro desde el primer momento que solo tiene que competernos a ti y a mí, encontraremos otra persona que lleve el objeto hasta él, y si tu hija es quien quiere hacerlo, eso... es un riesgo que te corresponde a ti decidir si tomar— más que a Anne como tal, a su hija, pero se sobreentiende en mi forma de decirlo que es a esto último a lo que me estoy refiriendo. Asumo que mantiene el contacto con ella si está al tanto de sus planes para con Hermann, lo que no hubiera esperado era que fueran similares a los míos.

Me despego del respaldo reincorporando mi espalda para rodearla a ella y sentarme en el sillón contrario, aunque en mi camino tomo mi taza de la mesa central y con un gesto de mi mano las intercambio para que ella vuelva a tener la suya. Doy un sorbo con tranquilidad, una que también es renovada luego de tantas veces que se respiró tensión en cualquier ambiente que nos rodeara y la miro por encima de la taza. —Ahora... ¿quién es este hombre al que le pagaremos visita?— pregunto, curioso por no haberme permitido conocer la respuesta antes de llegar a un acuerdo. Presiento que no será alguien de quien haya escuchado, las personas que tratan con magia oscura tienden a saber esconderse de las autoridades o de los ojos fisgones, muchas veces de la manera más obvia posible, lo cual molesta a más de uno.
Nicholas E. Helmuth
Nicholas E. HelmuthSanador Especializado

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Mensaje por Anne Ruehl el Jue Ene 07, 2021 3:39 am

Es un riesgo que deberé hablarlo con ella— murmuro, recuesto mi cabeza contra el respaldo al contestarle sintiendo su presencia a mi alrededor, su cercanía es tan cálida como si siguiera dentro de su abrazo. —Si están tras el mismo objetivo, si estoy colaborando con ambos, prefiero que abramos la jugada entre los tres y si hace falta una persona más, que entre todos hagamos que esto sea posible… no tiene sentido que cada uno vaya por su lado…— sigo, en mi mente uno todo que lo parece disperso para darle un orden que nos permita que cada uno, desde lo que hace, desde donde está, pueda ayudar a definir esta jugada. Sigo su caminar con la mirada cuando se aparta del sillón para acomodarse en el que está enfrente, recojo la taza que me corresponde y la acerco a mis labios en imitación a su movimiento, para beber del café que demoré por darme el gusto caprichoso de negarle mi ayuda y conocer su reacción a una respuesta que no creo que se haya esperado.

El café sabe mejor cuando todo ha quedado claro, lo único que queda por ultimar son los detalles del siguiente movimiento. —Había un hombre en el Capitolio, su apellido era Autumn…— sonrío sobre el borde de la taza al decirlo, sigo siendo alguien que cree en la señales y que también es válido unirlas a los mapas mentales que se armen para la estrategia, —conocía de maldiciones, tengo entendido que su hija heredó la librería de la familia— lo pongo al tanto, —podemos ir en el momento que quieras, ¿para qué demorarlo?— inquiero. Son muchos los sucesos que están en marcha en Neopanem para encontrar su desenlace en algún futuro cercano, el ministerio estará ocupado con el recibimiento a Kendrick Black el tiempo que así lo precise el presidente y por lo bajo son otras cosas las que también están tramándose. Hay más de lo que quiero compartir con Nicholas de lo que suelo poner en mis labios, debido a los muchos pactos de silencio que establezco con cada persona que tengo un secreto, es la reserva a la que me acostumbré como parte de mi carácter. Bajo la taza para apoyarla sobre mis rodillas, mis manos alrededor de la cerámica, me toma un minuto meditar lo que puedo confesarle y devuelvo la taza al borde de la mesa cuando me levanto para ir hacia él.

Como si fuera un juego entre espejos de lo que acaba de ocurrir, me siento en el reposabrazos de su sillón y cruzo mis piernas al rodear el respaldo con mi brazo, así puedo acercar mi rostro al hablarle. —Comprendo que veas a Hermann como una amenaza, también que lo haga mi hija, es un enemigo a ser eliminado en el panorama que tenemos ante nosotros— digo, —pero a cada enemigo eliminado surgirán otros, iguales o peores—. La mano quieta que tengo posada sobre la rodilla sube hasta la mejilla contraria a la que veo al tenerlo de perfil, no lo hago para obligarlo a girar su rostro hacia mí, simplemente la dejó allí para una caricia lenta de mi pulgar. —Es el panorama que ves cuando te paras desde el ministerio, lo que hace que miren hacia afuera, no hacia dentro. No hacia el enemigo que merece incluso más que Hermann ser eliminado— susurro, acerco mis labios hasta rozar la piel sobre su mandíbula, para que lo que puede ser considerado traición de escucharse, quede escondido en un beso. —Está haciendo peligrar todo lo que consiguieron los magos, lo que hace poco pudimos conseguir las criaturas mágicas… ¿gracias a él? ¿o para someternos a él? Estamos siendo gobernados por alguien que no está administrando un país, sino mirando un tablero de juego personal como si fuera un niño y tomando decisiones en base a ese tablero, no mirando un mapa de Neopanem. Está destinado a perder y cuando pierda, ¿a cuántos del ministerio arrastrará con él? Los rebeldes fueron a la isla a asesinar a más de una persona, ¿qué nos espera cuando caiga? ¿Cuántas cabezas cortarán porque ellos también vieron muchos enemigos y no el único que importa eliminar?
Anne Ruehl
Anne RuehlCiudadano

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Mensaje por Nicholas E. Helmuth el Sáb Ene 09, 2021 10:02 am

Asiento con la cabeza de un movimiento, que denota firmeza y seguridad al confiar en que sea ella quien llegue a un acuerdo con su hija. Yo tampoco quiero arriesgarme a que nuestros caminos se encuentren y entorpezcan el trabajo que ambos estamos haciendo por la misma causa, sino es igual, parecida. Es preferible que las dos partes estemos al tanto de los planes del otro, aunque extender el alcance de la información que le presto a Anne por ser mi cómplice es arriesgado, tengo que tener en cuenta que es su sangre de quién estamos hablando, también confiaría yo en la mía. —Ah— relajo mi cabeza sobre el respaldo al tragar el sorbo de café y acompañar así en el movimiento, mirando por un segundo el techo en lo que hilo pensamientos que me llevan a volver a dirigir la mirada hacia ella. —Creo que ya sé de quién estamos hablando, de la librería, me refiero, quizá haya pasado por delante un par de veces— si es la que tengo en mente, con localización en la capital misma, no me es muy difícil relacionar el nombre, lo que desconocía era el origen de su procedencia —No hay razón para demoras— coincido en el momento —, iremos la próxima semana, si te viene bien— alzo de nuevo la taza hacia mis labios, retándola con mi mirada y también mis labios al curvarlos en una sonrisa que pretende adivinar si es que tiene otros planes que atender.

Atino a posar la cerámica sobre la mesita cuando la veo acercarse de nuevo, acto que me obliga a entrecerrar un poco los ojos en su camino hacia el sillón, pero apenas muevo mi rostro al apresarlo ella con su mano. En su lugar, elevo la mía para posarla sobre la suya y ofrecerle a sus dedos una caricia también, una suave que se hace necesaria cuando sus palabras me llegan como un susurro al oído. Entiendo que debe quedar entre nosotros, como tantas otras que también quedan encerradas entre las paredes de esta habitación, pero su confesión tiene un carácter distinto del que podemos asegurarnos entre ambos. —Sabes que no confío en Aminoff— no porque lo haya puesto en voz alta alguna vez, sino porque es algo que simplemente se nota, mi confianza es algo que pocos pueden jactarse de tener —, sus acciones son impulsivas y sus decisiones reflejo de estas. Su liderazgo se ha basado en golpes personales, disfrazados de interés por el bienestar de la nación, pero no son más que piezas en un puzzle que no tiene problema en desmantelar si le place. — digo de manera tranquila, pese a la magnitud sobre lo que estamos dialogando, no hay nadie más que el otro para escuchar. —No, yo tampoco confío en que sea quien se siente en el trono una vez terminada la guerra— le doy la razón, para ello giro mi rostro hacia el suyo, me veo reflejado en el lago que conforman sus ojos claros —, tampoco pienso que sean familias como las mías las que tengan que sufrir las consecuencias de tener un hombre liderando un país de manera ilegítima por capricho personal — no hubo votación alguna, se presentó salido de vaya a saber donde a proclamar un asiento porque es hijo de su madre, pero todos sabemos que hace falta algo más que sangre para merecer la corona, conlleva muchas otras responsabilidades que el presidente ha demostrado fallar en más de una ocasión. —Pero sigue siendo quién porta la corona hoy— ladeo la cabeza, medio apoyado sobre el respaldo, medio acomodándome en su mano en lo que la mía pasa a recorrer su muñeca, parte de su antebrazo en una caricia. —¿Qué estás queriendo decir con esto, Anne?— siempre hemos sido claros el uno con el otro, entre todos nuestros «no» y otros tantos «sí», siempre ha habido espacio para la sinceridad entre nosotros, no espero otra cosa diferente de ella cuando la interrogo, no solo con mis palabras, también con mi mirada.
Nicholas E. Helmuth
Nicholas E. HelmuthSanador Especializado

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Mensaje por Anne Ruehl el Dom Ene 10, 2021 6:37 pm

Nunca he creído que sea bueno demorar lo que debe hacerse, el futuro es impreciso. Lo que se dice hoy, puede cambiar mañana, lo que se propone, mañana tomar un giro inesperado, aunque avancemos con pies de plomo sobre decisiones que requieren de esa prudencia, se debe avanzar, un paso tras otro, nunca detenerse ni esperar cuando el rumbo está trazado. —Por mí está bien— contesto, previendo que esta calma que es parte de la conversación, se tornará pronto en ansiedad cuando los riesgos pasen a estar cerca, ojalá no en nuestras propias manos, ni en la de mi hija. No debería interceder en su persecución necesaria de Hermann, pero esta puede ser la manera de asegurarme también que será ella quien gane, porque si en mí estuviera anularía todos los peligros posibles de que el resultado sea diferente. Pese a lo que puede creerse por haber estado al frente de un departamento de defensa, conozco más de derrotas y fracasos que de victorias, como para que al pararme de alguien que necesita saber cómo ganar, puedo ser los ojos que miren a todo lo que puede salir mal y prevenirlos. Y quizás yo también, algún día, tras acompañar a tantos en conseguir lo que quieren, lo logre yo.

Para eso necesito un tablero limpio de las piezas que estorban, no solo a mí, a varios. Lo malo de que el poder de gobierno caiga en manos que lo usan para provecho y no para ver todo lo que podría hacer, es que se quedan construyendo castillos de arena en su orilla, en vez de usarlo para formar imperios en el que sean varios los que ayuden a sostenerlo. La historia de la humanidad tiene demasiados casos de poderosos que nunca supieron ir más allá de sí mismos, condenaron también a todos los que vivían en sus dominios, triste vida la de los gobernantes que solo tienen ceniza y ruina para gobernar. Pero son varias las cabezas que se alzan hoy en día en Neopanem disputando ese poder, sí tan solo pudieran verlo tan claro como yo lo que podría suceder si ciertas piezas se reacomodaran. Se podría construir algo grande con lo que se tiene al alcance, con lo que está en juego y con los que están participando de ese juego. Donde yo veo pilares elevándose, aún se insiste en juntar escombros.

Nicholas…— musito, —llevar puesta la corona lo que hace es marcar a quién se dirigirán las armas, quién debe caer— se me escucha lejana, —quien la porta cree que es un honor, pero es una maldición. Legítimos o ilegítimos, llevar puesta la corona requiere de poder sostener la cabeza en alto, que muchos confunden con arrogancia, infundir terror o manipular, cuando esas maneras son sencillamente demostraciones de un poder que no se sabe manejar y se convierte así en la propia ruina…— recuerdo a mi padre, sus arrebatos, sus furias sobre toda la familia, las íntimas, el repentino cariño y lealtad que decía sentir hacia los otros miembros, para que ese vínculo se convierta otra vez en el lazo con el estrangulaba el cuello de cada uno. Porque se sentía intimidado por cada amenaza, que a veces era su propia mente la que imaginaba, haciéndole ver que sus cercanos éramos enemigos y codiciábamos lo suyo, cuando de haber sido todo de otra manera... —Si gana él, solo gana él. Si pierde, si es sacado del tablero, son varios los que ganan y entonces la disputa puede seguir entre la gente que de tener poder, al menos lo usará para avanzar, no quedarnos dentro de algo que se está cayendo a pedazos y puede aplastarnos, a todos— suspiro al inclinarme un poco más hacia él para pasar mi brazo sobre sus hombros y descansar mi cabeza sobre la suya. —Hablo de alianzas.
Anne Ruehl
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