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You had to kill me, but it killed you just the same — Priv.

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Mensaje por Kendrick O. Black el Dom Dic 13, 2020 1:33 pm





Cuando abro los ojos, el Ministerio de Magia está frente a mí, brillando a la luz del día.

Este no debe ser un sitio marcado para la aparición pública, porque un hombre con claro sobrepeso y una peluca bastante ridícula se aleja de mí de un sobresalto en cuanto me materializo a su lado, interrumpiendo lo que parece ser su almuerzo al paso porque la hamburguesa se le cae al suelo, provocando un enchastre. La plaza principal del Capitolio no está repleta de gente, al menos no como la recuerdo de la última vez que estuve en este lugar. ¿Hace cuánto pasó de eso? ¿Dos años, un poco más? Aún estoy un poco abombado, no sé si es culpa del alcohol que he tomado o de su mezcla con la sacudida de la aparición. En lo que el hombre se aleja de mí entre refunfuños, una mujer que anda paseando a un pobre caniche teñido de rosa se percata de mi presencia y se aleja a toda prisa, quizá desesperada porque la última vez que personas como yo estuvieron aquí, el edificio que tengo delante explotó en mil pedazos. Eso no fue mi culpa y tampoco voy a quedarme como un idiota esperando a que ella vaya en busca de ayuda, yo tengo mi propio plan.

Mis pasos en dirección al Ministerio son decididos, incluso cuando mi respiración delata mi nerviosismo y creo que me tiemblan hasta las fosas nasales. Subo los largos escalones de dos en dos, incluso saludo a un somnoliento guardia con un “buen día” que él responde por clara inercia y que parece no fijarse en mí en lo que las puertas de vidrio se abren para dejarme pasar. En cuanto pongo un pie en el vestíbulo, me freno en seco, consciente de cómo se me salta un latido cuando puedo ver por primera vez qué tan grande e imponente es este lugar. Las escaleras y ascensores se extienden en todas direcciones en una habitación que me parece gigantesca, cuyo techo de cristal deja pasar los rayos de luz que iluminan cada rincón, incluyendo la recepción que queda opacada delante de la inmensa fuente que decora el lugar. Claro que los carteles de propaganda que sobresalen no son más que publicidad, política, pero me es inevitable el arrugar la nariz al ver la animación de dos varitas mágicas chocando entre sí en señal de unión, vaya la ironía. Entre todo el murmullo, creo escuchar música de algún lado, aunque tengo la vaga sospecha de que es el himno ridículo de NeoPanem. Vaya locura.

Está claro que mis segundos de paz no iban a ser eternos y, si estoy aquí, es porque lo estaba buscando. Parece que el estúpido guardia miró dos veces, porque escucho cómo me llama al percatarse de a quién ha dejado pasar y hace sonar un silbato, ese que me obliga a girar en lo que las personas presentes se dan cuenta de lo que sucede, alejándose a paso apresurado en lo que los uniformados se acercan. Con un suspiro cansino, levanto mis manos en señal de rendición — Tenía una cita con el presidente — me excuso con una calma que no siento, hasta me encojo de hombros — Alguien debería decirle que su decoración es una mierda.

Así es cómo me terminan sacando del Ministerio de Magia bajo la mirada atenta de cientos de ojos y, antes de que pueda siquiera quejarme de que me empujan demasiado, nos aparecemos en la isla que reconozco como la base de seguridad entre un montón de claros llamados y mensajes que deben estar yendo a Magnar, o vaya a saber quien. Y claro, la garganta se me seca, porque los recuerdos que tengo de esta prisión aún los siento en la piel y me digo a mí mismo que no debería haber bebido tanto, porque creo en verdad que voy a vomitar. La persona que recibe a nuestra pequeña comitiva es una mujer muy delgada, alta como yo como para poder verla a los ojos y reconocerla como la nueva Ministra de Defensa, lo cual me hace menear la cabeza. Estaba claro que no iban a dejarlo al azar. Uno de los aurores que me apresó le entrega mi varita, esa que yo mismo le di sin mostrar resistencia y, de todos modos, suspiro ante la mala sensación de que ahí se va mi único instrumento de defensa. Quizá no vine a pelear, pero me siento desnudo sin el arma que tanto me ha ayudado.

Pensé que iríamos al subsuelo donde se encuentran las celdas de alta seguridad, pero cuando me quedo a solas con Ingrid Helmuth en el ascensor, el mismo empieza a subir. Mis ojos se clavan en la cámara de seguridad mientras me remuevo, sin sentir los hilos dorados mágicos que unen mis manos como esposas delante de mí. Dejo que el camino sea marcado por ella hasta llegar a una habitación de puertas largas, ventanas amplias y una innecesaria longitud, con una mesa de reuniones en el otro extremo. La miro extrañado, que no estaba al tanto de que esto sería tan pulcro, hasta que el chirrido de la puerta me indica que ha vuelto a abrirse y siento como el alma me abandona el cuerpo.

Magnar Aminoff ingresa a la sala con la mirada de un lobo hambriento, aunque su cuerpo se mueve de forma que me hace creer que se encuentra cansado. Alguien más entra detrás de él, pero no miro a esa persona sino a la chica que trae consigo — ¡Syv! — el alivio se mezcla con el pánico y ni me importa lo que me digan o hagan, porque mis pasos van rápidamente hacia ella. Aunque tenga las manos atadas, puedo levantarlas para tomar su rostro con desesperación, buscando encontrarme con sus ojos. Temo encontrarme con su odio, pero mi cuerpo no deja de temblar en lo que la reviso, sintiendo como los labios me vibran al tratar de contener el repentino ataque de querer llorar — Estoy aquí, Syv, estoy aquí. Lo siento, lo siento tanto— por haberla metido en problemas, por hacer lo que sé que hará que ella me deteste. No podía quedarme en casa, no cuando ella es quien la hace sentir como un hogar.
Kendrick O. Black
Kendrick O. BlackFugitivo

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Mensaje por Ingrid C. Helmuth el Dom Dic 13, 2020 3:38 pm

Estoy terminando la llamada telefónica con el ministro Jenkins para ultimar los detalles del evento próximo de colaboración entre el equipo de seguridad nacional y los colegios, y así poner en práctica reformas que quedaron como legado de ministras que ya no están, es nuestra responsabilidad como ministros actuales continuar con ese trabajo, si bien en mi caso no lo hago con simpatía a la memoria de la mujer que ocupaba anteriormente mi puesto. El semblante del auror que se presenta ante mí, tan joven y ansioso como todos aquellos que se graduaron hace poco de la academia, me dice que se trata de una urgencia aún antes de que pueda abrir la boca para indicarme que recibimos la visita que no sabíamos a qué día y en qué hora se daría, pero que terminaría por presentarse. Despacho al chico porque no es a un novato a quien mandaré que traiga a la prisionera destinada a recibir a nuestro invitado, en cambio le pido que busque a Richards o Hassel. En el momento que murmuro sus apellidos, veo aparecer a Adragón en una esquina, supongo que atraída por el rumor que ya está circulando por la base de seguridad de arriba abajo, no hay mucho que pueda saberse de esta mujer nada más observarla, pero la creo al tanto de lo que está pasando y le hago una seña para que se acerque, le digo al chico que ponga al tanto a las otras jefas, pero ya no solicito su presencia. —Adragón— llamo a la licántropo, siendo yo quien camina hacia ella. —Ve a buscar a Synnove Lackberg, dile que el chico ya está aquí, así colabora en salir de esa celda y no intenta ninguna estupidez— dudo que actúe de manera imprudente cuando debe estar deseándolo ver también.

Kendrick Black, rodeado de aurores, debe ser la imagen que causaba los desvelos de nuestro presidente por las ansías de que este día llegara. Camino hacia él para que los agentes que lo acompañan se hagan a un lado, mi varita está al alcance de mis dedos por si necesito usarla, le habrán quitado la suya, pero se crió en un pueblo de salvajes, vagabundeó por el norte y en las granjas del nueve tuvo la continuidad de una vida rústica, como para esperar que siquiera sea alguien que sepa sostener una conversación que no acabe con él gritando por fuego. Hago el ascenso hasta el piso en el que se nos espera en absoluto silencio, parándome detrás de su espalda para poder controlar con la vista sus movimientos,  espero a que la puerta se abra para pararme a su lado y guiarlo hacia la sala donde al cabo de unos segundos, también veo llegar a Adragón con la muchacha. Tanto ella como yo estamos aquí al margen de lo que Magnar Aminoff pueda hacer con ellos, así que le indico con un gesto de mi barbilla que se coloque junto a mí y esperemos al desenlace de esto, luego de encargarme que las puertas estén debidamente cerradas y no haya nadie que pueda venir a interrumpir, cualquiera sea su cargo. Enderezo mi porte para quedar de pie con la espalda recta, mis ojos puestos sobre las personas convocadas y aguardando el momento en que nuestro presidente empuñe su propia varita, no para acabar con esto de una vez, sino para que lo inicie.
Ingrid C. Helmuth
Ingrid C. HelmuthProfesor del Prince

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Mensaje por Denisse Adragón el Dom Dic 13, 2020 4:51 pm

Las noticias vuelan en la base de seguridad  a una velocidad inimaginable. Por supuesto que estoy nerviosa, más que nerviosa, al enterarme de que el chico Black está en el edificio. Yo no pinto nada aquí, para nada, pero sé que cada minuto que pasa me acerca más al pacto que hice con Rebecca. La pócima la tengo siempre conmigo, escondida en la chaqueta que me identifica como parte del escuadrón de licántropos. No estoy segura de por qué accedí a lo que accedí, supongo que saber que la chica en problemas era Synnove suavizó un poco mi corazón... como sea, no hay marcha atrás, mucho menos ahora.

Me paseo de un lado a otro durante mi hora libre para poder observar a la distancia el encuentro. No soy la única que lo hace, todos están igual de impacientes y asustados que yo, aunque puedo notar morbo en la mayoría, y miradas de victoria. Ugh, por eso no me gusta este trabajo... La voz de Ingrid Helmuth corta mi ensoñación y me produce un respingo, antes de asentir con la cabeza para acercarme al mismo tiempo que ella. — Entendido — Murmuro, antes de darle la espalda para hacer lo que me indica. De todas las cosas que podía pedirme Rebecca, esta tenía que ser. Supongo que es el momento de la verdad.

Me dirijo con paso apresurado al lugar, usando el ascensor y sintiendo como las miradas curiosas me siguen hasta que me meto a él. Llegar a la celda es fácil, pedir acceso también. Lo que no me gusta es pararme frente a los barrotes y verla como si no fuera nadie. — Synnove Lackberg, están listos para ti — Le indico, con el tono más neutral que encuentro, antes de sacar la varita para producir el encantamiento que ata sus manos, y así poder sacarla de la celda. Me permito tomarla por el brazo y jalarla, en un acercamiento que me da lo que necesito. — Todo acabará pronto — Es un murmuro, que dura apenas un par de segundos, y del que estoy segura que ningún chismoso se enterará nunca. Ella sabe lo que tiene que hacer.

La subo así al lugar indicado, sintiendo un cosquilleo incontrolable en el estómago al encontrarme con el presidente. — Aquí está la chica — Le indico, dándole un empujón a la rubia para que de un paso hacia él. Me siento tan sucia... Mis ojos vuelan entonces a la persona que reconozco como Kendrick Black, y tengo que tragar grueso mientras me vuelvo espectadora de dicho encuentro.
Denisse Adragón
Denisse AdragónEscuadrón Licántropo

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Mensaje por Synnove A. Lackberg el Lun Dic 14, 2020 2:01 am

Mi mirada se encuentra con la mujer que reconozco como Denisse Adragón al llamarme por mi nombre, supongo que el momento ha llegado, en medio de esta confusión en la que terminé siendo la razón por la que Kendrick está pisando el último lugar en el mundo en el que debería presentarse, una de las mujeres que pelea bajo las órdenes del ministerio la que me brinda su compañía en la celda y la madre de mi amiga la que me escolta hasta el sitio donde debe darse el encuentro. —Pronto— repito esa única palabra de las que me susurra Denisse con un tono casi ausente, pasando lo amargo del veneno con un poco de saliva y rogando que la arcada de hace un rato no regrese, así puedo terminar de desprenderme del colgante cuyo dije en forma de gota ya no está y lo dejo caer al suelo al que no volveré. Espero inmóvil por un momento al ponerme de pie, para notar si hay algún efecto en mí, pruebo dar un paso, luego otro, puedo seguir a Denisse a través de los pasillos, ascensor de por medio, y no hay nada en el trayecto que consiga distraerme, deseo encontrar cuanto antes la puerta que debemos cruzar, mi corazón comenzando un latido más frenético, desconozco si es cosa de la poción o de mi propia ansiedad por reencontrarme con el rostro de Kendrick, por el que hubiera dado cualquier cosa con tal no de ver, si eso significaba que no estuviera aquí.

Pero está, grita mi nombre, viene hacía mí como si estos pocos días hubieran sido años y haber llegado fuera su victoria contra el tiempo, sobre todos los océanos que pueden abrirse entre dos personas. Está viéndome desde su lado, trata de llegar a mí con sus manos acariciando mi rostro para comprobar que sigo aquí, procuro sonreírle y esa sonrisa se ve cubierta por todas las lágrimas que están cayendo por mi rostro, no logro hablarle porque al separar mis labios hay gemidos mudos atrapados en mi garganta y busco con mis propias manos acercar su rostro, llorar entre los dos al reposar mi frente sobre la suya. —Lo siento tanto, tanto…— murmuro cerca de su boca, porque hizo todo esto para tratar de llegar a mí y estoy alejándome, estoy abriendo entre los dos una distancia sobre la que no podrá volver a caminar, por mucho que corra no bastará, porque estoy retirándome de esta guerra por adelantando, porque renuncié a pelear y él si lo hará, unos días más, quizás alcancen para que alguien del distrito nueve o alguien impensado del mismo ministerio, vea en él una esperanza de algo como lo hemos visto otros en el pasado, como ya no podré verlo yo una vez que los párpados me pesen y cerrarlos sea un alivio distinto.

Perdóname por no pelear— pido, sé que es en vano, no va a perdonarme. No pelear es el peor crimen que podemos cometer todos los que dijimos que seríamos parte de esta revolución, se perdona cualquier otra falta, pero desistir de pelear no es algo que se pueda, ni se deba hacer, estoy rindiéndome y no es que haya llegado tarde, me rindo porque llegó. —Perdóname…— recuerdo una de las últimas charlas que tuvimos, no soy en este momento la persona que él podría amar y de todas maneras lo digo, las despedidas son las últimas oportunidades de decir todo lo que se tiene para decir porque no habrá otra, —te amé todo lo que pude… y te hubiera amado toda tu vida…— pero estamos aquí, donde las historias concluyen con el único final que no da lugar a contar lo que pueda pasar después. —Perdón por rendirme…— susurro al rozar su mandíbula con mis dedos para acercar su boca en un beso triste, porque no puede ser de otra manera, —perdón— repito, esperando que me sujete cuando apoyo mi frente en su hombro con un suspiro largo, abandonándome las fuerzas de mis piernas, para caer lentamente en un letargo que me adormece todo el cuerpo, aun siendo consciente del contacto real con su hombro y mis oídos escuchando su voz el sentido que tarda en apagarse, mientras escuche su voz seguiré aquí y una vez que se silencie, podré irme.
Synnove A. Lackberg
Synnove A. LackbergFugitivo

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Mensaje por Magnar A. Aminoff el Lun Dic 14, 2020 2:33 am

Estoy seguro de que el señor Donnadieu ha arqueado sus cejas en un intento silencioso de preguntarme si sigo aquí, pero en cuanto amaga a abrir la boca le levanto un dedo que le pide silencio. En verdad, por mucho que haya pensado sobre este momento, no puedo creer que Kendrick Black sea tan estúpido como para que mi plan improvisado en un arrebato de furia haya funcionado. De verdad, me salió bien el tiro al aire y eso es porque llegué a pensar que solo tendría que matarle a la novia preñada, lo que quizá lo haría llorar un poco... ¿Pero que se desfiló por el vestíbulo del Ministerio de Magia tan solo para hablar conmigo? Mierda, que tendría que haberme vestido de gala.

Despacho al auror que se ha acercado a darme la noticia con una impaciencia latente. Tras enviar un rápido mensaje a la Base de Seguridad para dar las indicaciones del punto de reunión a la ministra Helmuth, casi puedo decir que salgo corriendo hacia el espejo más cercano para chequear que todo se encuentre en su lugar. Hoy es Navidad en pleno febrero, no puedo hacer otra cosa que verme tal y como quiero. ¿Así es como se siente? ¿El saber que puedes usar tu pulgar y aplastar una cabeza? Veamos, como le he dicho a Nicholas, sé que hay personas allá afuera que son más peligrosas y más listas que un niño. El único problema con el mocoso es que tiene un apellido que me molesta y se ha esforzado con mucho esmero en actuar como una plaga, contaminando a mi sociedad con palabras huecas en los medios de comunicación y un pavoneo irritante, como si fuese el rey de un país en el cual no nació ni conoce como debería. Su padre habrá sido el niño mimado de esta ciudad, pero eso fue hace años y todos terminaron tan muertos que ahora son solo una ridícula historia que los chicos ven en la escuela para saber de sus atrocidades. Sí, quizá el muchacho es solo eso, un muchacho, pero simboliza algo mucho más grande y, mientras abandono mi despacho, me doy cuenta de que se me hace agua la boca. Esto no es el triunfo de la guerra, pero voy a encargarme de que sea el golpe que necesito.

Mis pasos por la base de seguridad son firmes, ni siquiera me molesto en sacar la varita en lo que me acerco a las puertas que abro de par en par, apenas y echándole un vistazo a la rubia que traen por el pasillo y que se ve para la mierda. Estoy más ocupado en el muchacho que se encuentra en la habitación, tan parecido a un tapón que me pregunto cómo es que alguien de aspecto tan poco intimidante puede causar tantos problemas. Se lo ve perdido, como si no perteneciera al entorno que lo rodea y hasta me cuesta creer que esto sea lo que quedó de esa antigua dinastía, cuando James Black era un tipo jodidamente imponente. Supongo que la genética le jugó una mala pasada.

Separo mis labios para hablar, pero me encuentro con la ridícula escena en la cual el chico pasa por delante de mí para ir corriendo hacia su novia y, en efecto, la manera que tienen de manosearse me produce una clara incomodidad. Hasta me giro hacia las dos mujeres que están en la sala, arqueandoles las cejas — Me estoy sintiendo un poco ignorado... — les confieso en un murmullo, con toda la indignación que soy capaz de proyectar. Saco mi varita, puedo sentir el ardor en mis manos y sé muy bien que puedo terminarlo ahora. Solo una maldición y esto sería tan fácil... Pero ellos no se merecen librarse tan rápido de mí. Si Black está en este cuarto, es porque necesito escuchar como se quiebra. Le he pedido a Weynart hace mucho tiempo que me lo deje a mí, que sería mi juguete personal antes de matarlo, y ahora que soy yo quien tiene el poder no voy a dejar pasar la oportunidad.

Noto como la chica parece derrumbarse y los brazos de Black la sujetan para que no caiga al suelo. Entorno un poco los ojos, sin alarma en vista de que el estado de Lackberg es lamentable desde hace días y me conformo con chasquear la lengua en señal de censura — En otros momentos diría que el amor joven nunca está destinado a funcionar. En verdad, hay tantos culos en el mundo que arrastrarte por uno es un poco ridículo cuando eres tan... Puro — son niños, eso es lo único que veo. Legalmente podrán ser mayores, pero yo veo demasiada juventud en ellos como para tomarlos de otro modo — El amor es un veneno. Me gustaría que tengan eso en claro — ladeo un poco la cabeza, tratando de ver qué carajo anda mal con la chica antes de girarme hacia Helmuth y la otra — ¿Estamos seguros de que no es ninguna poción multijugos o alguna treta? No quiero errores o abracadabras con esto.
Magnar A. Aminoff
Magnar A. AminoffPresidente

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Mensaje por Kendrick O. Black el Lun Dic 14, 2020 3:09 am

La vida que supe llevar con Syv parece demasiado lejana en un momento como este. No hay señales de los instantes amables, esos que poco tienen que ver con una prisión y sí que se mezclan con colores brillantes, risas cómplices y un sinfín de tonterías que nosotros solos podemos entender, porque forman parte de nuestra historia, esa que nos trajo hasta aquí. Apoyo mi frente contra la suya y busco limpiar sus lágrimas, lo cual carece de sentido porque siguen saliendo, no tengo manos para poder con todas y, por sobre todo lo demás, tampoco puedo verla con claridad si yo también estoy rompiéndome por dentro. Meneo la cabeza, quizá un poco insistente — No me pidas perdón, esto no es tu culpa — porque no lo fue, ella no hizo nada malo y la decisión final fue mía.

Mi negativa se repite, una y otra vez. Ella no me escucha, sigue hablando entre palabras que ahora no me importan y estoy empezando a caer en la desesperación, porque necesito que me comprenda, que deje de decir tonterías, que termine con todo eso que suena a una despedida. Sé que me ama, tengo bien en claro que fue incondicional conmigo y puedo asegurar que jamás me he sentido más protegido que en sus brazos, pero ahora mismo nada de eso importa si no puedo hacer que salga de este lugar — Syv... — el beso me sabe amargo, tengo que sostenerla entre mis brazos con la fuerza que me queda para que no se apague y busco tomarla por la mejilla con una mano, apartando su rostro para ver sus ojos, esos que no parecen buscarme como siempre lo han hecho — Syv, vine para llevarte a casa. Por favor... Solo mírame... — quiero prometerle que todo va a estar bien, que mañana vamos a amanecer en la cama de mi habitación como lo hicimos en miles de ocasiones, pero no puedo mentirle. Solo la muevo en mis brazos, llamándola una y otra vez, sin obtener una respuesta y soy consciente, de verdad, que el pánico se alza en mi pecho.

La voz de Magnar Aminoff llega desde algún punto a mis espaldas y la siento como un témpano de hielo. Cada una de sus palabras me suena a una burla, puedo notar como me tiembla el cuerpo y tengo la cabeza demasiado aturdida para pensar — ¡Cállate! ¡Solo cállate de una vez! — la manera en la cual le bramo por encima del hombro me permite el ver la expresión de un hombre al cual nunca le dijeron que cierre el pico. Nunca me he lucido como una persona cuidadosa, pero si vine a morir tampoco me voy a preocupar por la manera en la cual suelta una risa incrédula y helada.

Me preocupa Syv.

Es fácil ignorar a los presentes cuando su cuerpo me pesa cada vez más, al punto en el cual caigo de rodillas al suelo para poder acomodarla en mis brazos y apartar los cabellos de su rostro. Siempre ha sido pálida, pero nunca había notado tanto las venas violetas en sus párpados. Pestañeo para quitarme las lágrimas de encima y así poder verla mejor, sintiendo como el corazón ha empezado a golpear más lento. Cada latido se siente potente, como si estuviera contando los segundos. Murmuro su nombre una vez más, esperando que me diga algo, en lo que apoyo los dedos en sus labios. No recibo el aliento, no recibo nada — No, no... — gimoteo — Vine hasta aquí, Syv, no lo hagas... — no puede dejarme solo, no tiene mi permiso para irse como todos los demás lo hicieron. No puede ser tan descarada de irse antes que yo, dejándome en una habitación donde nadie tomará mi mano y me dirá que todo estará bien. La sacudo, quizá un poco más insistente, ni siquiera sé lo que estoy diciendo o los ruegos que salen de mí cuando cada sacudida se vuelve más fuerte y las palabras se vuelven balbuceos. Me noto caer sobre ella, me doblo sobre un cuerpo que alguna vez fue el sitio más cálido de todo el mundo y lloro, lloro tan fuerte que me duele la garganta y la cabeza me va a estallar.

Yo voy a estallar.

No tengo varita, pero eso no me importa. Lo primero que mis ojos encuentran es un cenicero de mármol sobre la mesa más cercana, por lo que estiro la mano con firmeza y, con un movimiento veloz ayudado por la telequinesis, lo hago cruzar toda la habitación hasta estamparse contra la frente del presidente. No cae al suelo pero lo veo retroceder, llevándose una mano al rostro repentinamente decorado de escarlata en lo que el florero más cercano se estalla en la pared sobre la cabeza de la Ministra de Defensa. No sé cómo suelto a Synnove, porque pronto estoy de pie buscando cualquier otra cosa que lanzar, no me importa que me reduzcan luego, solo necesito que sientan el mismo dolor que yo tengo dentro. Que me quema. Que busca culpables tanto como ellos buscaron dañar a quienes me importan.
Kendrick O. Black
Kendrick O. BlackFugitivo

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Mensaje por Ingrid C. Helmuth el Lun Dic 14, 2020 7:52 pm

Mi mirada es de indiferencia hacia la conversación que se entabla entre la muchacha y el recién llegado, se mantiene así cuando el presidente considera oportuno hacer un comentario sobre el sentimiento que a claras comparten ambos. Pocos son los que pueden decir que en medio de esta guerra no están siendo atravesados por sentimientos como este, así como se entablan también todo tipo de relaciones, se toman decisiones como tener una familia o establecer un hogar. Pero no dejo que me afecte especialmente la realidad de las personas que fueron catalogados como nuestros enemigos cuando yo misma peleo a la par de mis hijos aurores y mi esposo tiene a su cargo un distrito. Así como Black también tenía uno y lo abandonó para venir a entregarse con una promesa hacia la muchacha que todos los presentes en esta habitación alcanzamos a oír y sabemos que es una mentira, supongo que se la dice únicamente para consuelo. Para el suyo, no el de ella, que se ve más resignada a la suerte que comparten en este momento.

El peso de cuerpo al perder la consciencia lo llevo a doblarse a él también, la razón por la que convocamos a esta reunión: ver como una persona basta para Kendrick Black pierda fuerzas delante de nuestros ojos y caiga. Un enemigo menos por el que deba inquietarse el presidente, un apellido al que podremos despedir de una vez por todas de la historia de Neopanem y si perdura, lo hará en el fantasma de una mujer que a la larga será olvidada. Su arrebato violento al descompensarse la muchacha hace que esgrima mi varita con velocidad. —¡CRUCIO!— bramo, no dejo que la sorpresa de que sea capaz de atacar sin varita demore mi propia respuesta. Interrumpo la tortura tras los primeros dolores que pueda provocarle para dar otro paso hacia él y repetirlo, esta vez sosteniendo mi varita hasta conseguir que se retuerza en el suelo, a un lado de la muchacha desmayada. Solo entonces bajo mi brazo y agacho mi cabeza hacia el presidente. —Disculpe, no pretendía quitarle el que pueda ser disfrute, puede continuar usted…— muevo mi mano hacia el chico, mi trabajo se limita a reducirlo como amenaza, lo que pueda hacer Magnar Aminoff con él queda a su juicio y resentimiento. El chico para mí no deja de ser solo un nombre enemigo en una lista larga, una vez que se lo saque del tablero, quedará ir a por los otros.

Me encargo de responder a la duda del presidente al acuclillarme al lado de la chica para hacerla girar así puedo inspeccionar su rostro al sujetar su barbilla con los dedos, los deslizo hasta su garganta para percibir sus latidos y al no encontrarlos, reacomodo mi postura para buscarlos más exhaustivamente. No me fio de los pocos conocimientos que conservo de cuando había estudiado medicina, la única certeza es que Synnove Lackberg era quien estaba en la celda de la que fueron a traerla. —¡Adragón!— llamo a la licántropo, tengo entendido que ella sí ha ejercido la medimagia hasta hace poco. —Está muerta— informo, pidiendo a la otra mujer que sea la segunda voz que lo confirme al revisar sus signos vitales. —Llévatela— le ordeno, de todas maneras, ya cumplió con ser carnada. Y como mujer y madre el único respeto que puedo darle es retirarla de esta sala para que su cadáver no se convierta también en juguete de tortura hacia el chico que queda vivo, al que se le reserva su propio calvario. Sigo mostrando un semblante imperturbable al ponerme de pie y dirigir mi mirada hacia el hombre que gobierna esta sala y también el destino de Black en este instante. —¿Desean quedarse a solas y que me retire con Adragón o que los acompañe?— consulto.
Ingrid C. Helmuth
Ingrid C. HelmuthProfesor del Prince

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Mensaje por Denisse Adragón el Mar Dic 15, 2020 12:00 am

Por más conmovedor que resulta el encuentro entre Synnove y su novio, no puedo evitar sentir un cosquilleo en el estómago por toda la situación. Me pone nerviosa estar con la ministra de defensa y el presidente en una misma habitación, sobre todo cuando el cuerpo de Synnove empieza a desvanecerse y ellos a darse cuenta de lo que está pasando. Trato de reaccionar igual que los demás ante el repentino suceso, pero lo que sí logra sacarme un gritito de sorpresa es el cenicero que vuela a toda velocidad y se estampa en la cara de Magnar Aminoff. Probablemente mi reacción inicial sería llevarme las manos a la boca, pero en esta ocasión me hago con la varita, que resulta innecesaria al ser recibir el segundo estallido, esta vez de un florero.

Me cubro la cara inmediatamente, escuchando la voz de Ingrid Helmuth lanzar la maldición y los gritos que produce el muchacho al recibirla. Trato de ignorarlos, prefiero voltear a ver al presidente, que gotea sangre por la frente. — ¿Está bien? Puedo ayudar con la herida, si quiere... — Murmuro, acercándome un poco, pero sin llegar a alzar mi varita en su dirección. En cambio, recibo la orden de Helmuth, que me obliga a voltearme de inmediato para acercarme al cuerpo de Synnove. De alguna manera me alivia alejarme del lugar donde estaba.

Me dejo caer al lado de ella, y reviso los signos de la rubia para asentir con la cabeza. — Muerta — Miento, aún con los ojos vacíos mientras me dirijo a mis actuales jefes. — Entendido, me la llevaré ahora — Me limito a contestar a la ministra, mientras uso mi varita para levantar el cuerpo inerte de Synnove Lackberg, avanzando con paso firme hacia la salida. Unos minutos más y todo habrá acabado, solo unos minutos más y no tendré este peso asfixiante en el pecho.
Denisse Adragón
Denisse AdragónEscuadrón Licántropo

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Mensaje por Magnar A. Aminoff el Mar Dic 15, 2020 1:22 am

Se me ponen los ojos como esferas en cuanto me manda a callar con un grito que no me esperaba de su voz de púber, hasta me llevo una mano al pecho para señalarme a mí mismo como si no pudiera creer que tiene el tupé de hablarme así hasta que se me escapa una risa de sorpresiva incredulidad. Es decir, sabía que el muchacho tenía pelotas grandes después de todo lo que ha pasado, pero tampoco lo hacía tan maleducado. Me pondría a señalar el error de su descaro, si no fuese porque la chica le hace caer al suelo y tengo que estirar el cuello para comprender lo que está sucediendo. Incluso voy arrugando el entrecejo, pasando una mirada firme de ellos hacia las otras dos, como si ellas pudieran darme una respuesta exacta de lo que está pasando con Lackberg. No es como que la chica me importe, ella y el feto que tiene dentro tienen que morir y sé que no le di los mejores cuidados en estos días, pero sigue resultando un poco precipitado. Es decir, se notaba que era blanda, pero tampoco para tanto. ¿Algo dentro de su vientre le ha provocado un paro cardíaco o algo por el estilo o es tan cobarde que prefiere morirse para escapar de todo lo que tengo planeado para ellos, como una linda luna de miel?

Lo que me toma por genuina sorpresa es el cenicero que, sinceramente, no veo venir. El quejido de mi boca es áspero, doy unos pasos hacia atrás frente a un impacto seco que me deja ciego por un momento, llevo las manos a la herida que me hace brotar sangre por encima de mi ceja derecha y presiono, como si pudiera hacer parar la hemorragia. A pesar de estar aturdido consigo escuchar la maldición que Helmuth golpea contra el pendejo, cuyos gritos de dolor no satisfacen la repentina ira que trepa por mi garganta. Oigo el ofrecimiento de Adragón, a quien le levanto una mano ensangrentada para darle las gracias en una clara negativa. Poco a poco, consigo recuperar la visión y, aunque me pitan los oídos, no voy a retirarme. Siento que mis dientes crujen.

Entonces, la chica está muerta. Muy bien. Apunto la varita en dirección a Adragón, aunque solo para señalarla y que me preste atención — ¡Quiero que arrojen a esa ridícula a la fosa común! ¡Que la coman las ratas hasta los huesos! — bramo por encima del hilo de sangre que me recorre el rostro, tibio, palpitante. Ignoro a Helmuth, porque mi atención está puesta en otra cosa: Black no es más que un bollo en el suelo que no deja de gimotear, pero eso no me prohíbe el avanzar hacia él en unas pocas zancadas, hasta que pateo de lleno el centro de su cara; la manera en la cual suena y cómo comienza a sangrar, me deja bien en claro que le he roto la nariz. Ni me gasto en usar la varita, mis uñas se clavan en su cuero cabelludo como si fuese una garra y jalo de él, tan brusco que le oigo quejarse y sospecho que es un milagro no quedarme con mechones de su pelo entre los dedos. Lo sacudo hasta que consigo que se arrodille y apoyo mi mentón por detrás de su hombro, así puedo farfullar en su oído — Voy a divertirme tanto contigo. Tengo unos días bastante especiales en mente mientras organizamos tu ejecución pública... —a pesar de que la punta de mi varita se clava en su garganta, no la utilizo. Es solo mi modo de evitar cualquier truquito patético derivado de sus ataques de ira adolescente — No puedo esperar a ver qué tan terrible es el olor a mierda que desprendes cuando te quememos vivo en la plaza. Las personas como tú no merecen menos. Tu numerito dentro de este juego se acabó y quiero dejar algo bien en claro: puede que lleve tiempo, puede que haya que hacer sacrificios dentro del tablero, pero yo siempre gano porque tras años de abusos y de hambre, de momentos en los cuales crees que fallas y no sabes hacia donde ir, siempre he sobrevivido. Nadie me ha regalado nada y mi paciencia se ha fortalecido, lo suficiente como para saber hacia dónde quiero ir.

Lo suelto con la brusquedad que lo devuelve al suelo, me paso los nudillos por debajo de mis labios en lo que me recuerdo que hay una larga lista de cosas por hacer. Es solo por eso que me giro hacia Helmuth, avanzando hacia ella para que me escuche con claridad — Quiero que lo estudien. Chequeen que todo se encuentre en orden, metanse en su cabeza, todo lo que esté a su alcance. Quiero el informe más completo posible sobre mi escritorio esta semana — si esto no es ningún truco, exprimirlo hasta que muera es lo mejor que podemos hacer — Llévalo a una de las celdas blindadas del subsuelo y ponle dos dementores en la puerta, las veinticuatro horas del día. Que se pudra en su locura — mis ojos se desvían hacia el muchacho, echándole una última mirada. Su paseo por el Ministerio de seguro me ha dejado unas cuantas preguntas que responder — Lo visitaré luego, pero primero tengo algunas cosas que hacer. Confío en ti, Helmuth.
Magnar A. Aminoff
Magnar A. AminoffPresidente

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Mensaje por Kendrick O. Black el Mar Dic 15, 2020 1:47 am

El grito que se escapa de mí es uno que no puedo contener, no cuando la voluntad se me ha escapado y el dolor del cruciatus que me golpea de lleno me hace temblar, cayendo una vez más al suelo. Muevo las manos atadas hacia arriba, agarrandome la cabeza y jalando de mi cabello en lo que me voy envolviendo, sin poder contener los alaridos que me aturden, tanto que hasta siento que no son míos. Por un breve instante, ese que uso para tomar bocanadas de aire y en el cual noto el ardor en la garganta, se detiene. Apenas oigo los pasos que me indican cómo la mujer se ha acercado a mí y, antes de que pueda recuperarme, el impacto se repite. Caigo de lleno, girando sobre mí mismo como un gusano envuelto en espasmos; me aturdo a mí mismo, seguro de que mis gritos deben oírse en los pasillos, en los cuartos contiguos, en cualquier lado. Cuando el dolor se acaba, cuando la sensación de mi piel siendo tajada se evapora, mi pecho se encuentra subiendo y bajando con fuerza. Mis ojos se encuentran entornados, mirando un techo blanco sin poder enfocarlo por mi forma de temblar. Espero, de verdad, que no se repita.

Lo que viene es peor.

Estoy tan ido por el dolor que me cuesta comprender lo que sucede. Solo sé que giro la cabeza, fijándome en como revisan a Synnove y quiero llegar a ella, lo que me lleva a girar sobre mí mismo con mucha dificultad en lo que uso los codos para arrastrarme —No... No la toquen — es una orden que suena aguda, débil, casi sin voz. Dejo caer el mentón contra el suelo en cuanto Denisse pronuncia las palabras que se me graban en la cabeza, que se repiten en un bucle para torturarme. Syv no puede estar muerta. Ella es la persona más viva que conozco. Y, aún así, una parte de mí solo se queda allí, contra el suelo frío, sollozando como la persona inútil que puedo ser en lo que intento procesar todo con un cerebro apagado. Quiero gritarles que no se la lleven, pero el cuerpo de Syv se aleja de mí, la quitan de mi vista, la vuelven otro fantasma.

La patada no me sorprende, pero me da de lleno y el dolor me ciega, una vez más. Tengo que hacer un enorme esfuerzo en respirar mientras la sangre se me mete en la boca y la escupo, una y otra vez, tiñendo el suelo pulcro de color escarlata. Es el jalón en mi cuero cabelludo el que me roba un grito involuntario, un quejido en lo que soy obligado a arrodillarme y, estoy seguro, si Magnar Aminoff me suelta ahora mismo volveré a irme de boca al suelo. Hay algo en su aliento contra mi oreja que me hace temblar, sé que tengo los labios apretados en un intento de mantener el orgullo en lo que mis ojos miran al frente, sin intenciones de darle la satisfacción. Incluso cuando no puedo contener las lágrimas, esas que se patinan por mi rostro en silencio. No voy a contestar, eso está claro. El empujón me hace caer sobre mis codos en un intento de evitar el impacto, tomo aire con fuerza en lo que trato de entender, de alguna manera, lo que acaba de pasar.

Yo tenía un plan, pero ahora mismo no puedo pensar en eso. No pude salvar a Syv. Dejaron que se muera, me la quitaron como me lo han quitado todo. Llegué demasiado tarde, todo esto ha sido en vano. Voy a morir. Regresé al lugar de mis pesadillas por voluntad propia y escucho claramente lo que el presidente quiere para mí, pero algo me dice que los detalles se los guarda para sí mismo. Estoy muerto. Pueden meterse con mi mente y mi cuerpo, porque estoy seguro de que lo que siento en el pecho es un corazón partiéndose. Apoyo la frente sobre el suelo, subo las manos a mi cabeza.

Y agudo, lamentable, murmurando el nombre de la persona que no creí perder, solo lloro.
Kendrick O. Black
Kendrick O. BlackFugitivo

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