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Shadows of the night ○ Anne IRh8ZNT
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Shadows of the night ○ Anne

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Mensaje por Alecto L. Lancaster el Mar Dic 08, 2020 8:10 pm

Mediados de febrero

Me resulta extraño pasear por el mercado negro del distrito doce sin el uniforme de auror, sin esa placa distintiva en el pecho que provoca la evasión de cualquier mirada con la que uno pueda toparse aquí, ojos que siempre esconden mucho más de lo que dejan ver, así como sus propios rostros se esconden tras capas de ropa para protegerles del frío, y no solo del frío. Mi aspecto, a pesar de mucho más limpio, no llega a destacar y eso hace que me camufle con el resto de personas que caminan a paso rezagado, otros más de prisa de vez en cuando al meter las manos en sus bolsillos con velocidad. No me hace falta tener visión capaz de penetrar cualquier superficie para saber que lo que esconden sus dedos es probablemente algo de naturaleza ilegal, siendo lo que más frecuenta en lugares como este, pero esta vez no estoy aquí para interceptar a esos sujetos, sino para volverme una más entre los norteños.

Alecto Lancaster no hubiera pertenecido entre esta gente, pero de alguna manera, caminar como Eva Ruehl entre la muchedumbre se siente como algo natural, a unos cuantos pasos de diferencia con mi madre, a quién he permitido que vaya por delante cuando me paro a examinar uno de los puestos. Analizo y observo desde la escasa distancia a la que me encuentro, no obstante, no llego a tocar ninguno de los objetos que se muestran delante con mis manos y, ante la escasez de unos guantes que me protejan de la magia que sea que puedan guardar, me limito a recorrer la tienda con mis ojos, en un silencio dudoso.

No sé si prefiero preguntarte de quién de todos estos tipos sacaste nuestras identificaciones o quedarme con la duda— digo en apenas un murmullo cuando acelero el paso para quedarme a la altura de mi madre, por suerte nadie presta atención a nadie, cada uno concentrado en sus propios asuntos personales, como para que alguien pueda escucharme. No creo que importe, de todas formas, cuando apostaría un dedo que muchos aquí portan de documentos falsos, muchos de los cuales yo misma he interceptado en alguna ocasión. Se necesita de un buen trabajo para llevar a cabo una copia que pueda engañar al ojo de un auror entrenado, como puedo decir es el que guardo en el interior de mi abrigo. —Por la cuenta que me trae, es mejor que me lo digas, no daré tu nombre, pero no creo que la gente aquí actúe de la misma manera con un rostro extraño que un nombre conocido— adivino, tratando de meterme en la cabeza de estas personas y, ya no solo en la mente de los norteños, sino de cualquier que tenga un poco de desconfianza. Todos, a fin de cuentas, terminamos utilizando cualquier vía que nos ayude a llegar a nuestro objetivo, y puesto que es un camino que tendré que recorrer sola la mayor parte del tiempo, prefería saber con qué caras cuento en caso de necesitar un impulso.
Alecto L. Lancaster
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Mensaje por Anne Ruehl el Mar Dic 08, 2020 9:52 pm

Recuerdo el día en que firmé al pie del acta de nacimiento de mi hija en una de las oficinas de registro asentadas en el norte, con la falta del nombre de su padre biológico, para entregar ese papel a Georgia y renunciar así a la posesión sobre ella. Recuerdo el momento en que di la espalda a la bebé en sus brazos que seguía bramando a gritos, rojo su rostro de tanto llorar y tan diminuto su cuerpo debido a lo poco que pudo tomar de mí durante el embarazo, alimento que también me negué a darle cuando nació. Esa delgadez todavía la acompaña, una apariencia que la hace hija del norte aunque se haya criado en la buena vida de los distritos del sur. Recuerdo la caminata solitaria al poner distancia con ella, lo sucio de las aceras que recorrí para seguir haciendo más grande esa distancia, tanta que sea imposible escuchar sus sollozos que aún me dolían en los oídos y recuerdo el rechazo propio a llorar. «No llorarás, no llorarás», me repetía con cada paso hecho a prisa, mi llanto incansable de días anteriores aun pesándome bajo los ojos y sabiendo que un parpadeo bastaba para llorar otra vez, no por ella, sino por pérdidas anteriores a ella. A ella no la quería, la aparté antes de poder quererla, porque ya había querido y lloraba eso, el haberlo perdido. Ahora es la persona que, aun habiendo otras pocas por las que experimento el mismo sentimiento, no de la manera en que lo hago por ella, cada paso suyo es una respiración mía, cada respiración suya es lo que me permite reconocerme viva.  

Recuerdo andar, andar tantos años sin un rumbo. Recuerdo que aquello que nunca quise fue que ella caminara a mi lado por estos distritos, cuando en este momento al tenerla conmigo, cada paso lo hago con los ojos en alto, segura de que puede pisar a la par con la misma manera de mirar cada cosa que nos rodea, desde la altura de que esto lo conocemos, que somos parte de esto y aun así, nosotras imponemos los límites de que tanto llega a nosotras. Le marco la ruta a través de algunas tiendas que exhiben algunas con total impunidad a estas horas cada vez más oscuras, sus objetos cuyo roce significaría un daño peligroso al curioso que lo haga, también pócimas que más discretamente llevan etiquetas con nombres, pero no indicaciones, esas se reciben solo de boca del vendedor. Las penumbras de algunas tiendas no revelan sus productos, quienes entran saben qué encontrarán dentro, para el resto será una incógnita. Es el lado más burdo, descarado, de la venta de objetos ilegales en el distrito doce, las rencillas no faltan entre los que regatean, uno más pobre que el otro. Por eso tomo un atajo entre edificios que nos permita subir por una escalera metálica, a la terraza de uno de estos, no la hago simplemente aparecer porque quiero que vea como se abre el paisaje del distrito doce para nosotras, con sus tejados destruidos, la niebla típica del invierno se ve gris al asentarse sobre estos, el eterno cuadro decadente que podemos admirar mejor desde la cornisa sobre la cual me paro y le tiendo la mano para que haga lo mismo.

Todo territorio tocado por el sol se rige bajo las reglas ministeriales, sean estas las que sean— explico, envuelta en el abrigo de lana me acompañó durante todo mi encierro de enero, —a la hora del toque de queda, son los dementores los que el mismo ministerio echó a cubrir todo territorio…— el viento que pasa filoso sobre nuestros rostros quiere llevarse mis palabras, —así que te presento mi reino— bromeo, aunque no le falte verdad a lo que diré a continuación: —todo lugar a oscuras, sea un escondite o pasadizos donde los criminales del norte se escamotean sin que les alcance la luz del día, o en las horas que los dementores marcan como el inicio de las horas de las bestias, entre las sombras nos movemos. No nos ven, no nos oyen, porque ellos mismos han decidido que no merecemos ser vistos, ni oídos, otras son sus preocupaciones y prioridades, entonces nosotros nos movemos, nos deslizamos, nos desvanecemos y volvemos a aparecer. No existimos, ellos han decidido que las vidas que se escurren por el norte no valen nada. Este es un reino protegido por sus propias sombras, no les temas, te protegen— susurro hacia ella, a mí me llevó una vida entenderlo.
Anne Ruehl
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Mensaje por Alecto L. Lancaster el Sáb Dic 12, 2020 7:38 pm

Aprecio que pueda mostrarse tan calma paseando por estas calles, supongo que es la confianza de haber llegado a conocerlas lo suficiente como para saber qué esperar de ellas, mientras que todo mi cuerpo se mantiene alerta a lo que pasa a nuestro alrededor, de las ratas que puedo escuchar en las alcantarillas más cercanas cuando las pisamos, incluso de ellas siento que mi espalda se yergue y mis ojos acompañan el estado de vigilia. Esa misma tensión me conduce por todo el recorrido en la extensión del camino que tomamos, yo como una sombra del cuerpo de mi madre, poso mi mano sobre la barandilla sucia de unas escaleras que nos llevan a subir a la azotea de uno de los edificios, y continuo siguiéndola hasta que puedo encontrarme en el borde. Como auror, estoy acostumbrada por mi entrenamiento a tener ojos para todo, de forma que el poder observar el mundo bajo mis pies me viste de una seguridad nueva, pero no por el control que me aporta la altura en sí con respecto al resto de personas ahí abajo, sino por estar parada al lado de mi misma madre.

El viento silba cuando giro mi rostro hacia el suyo, pese a no tardar mucho en dirigirlo hacia la neblina que envuelve el resto de estructuras que tenemos delante, prestando mis oídos a lo que tiene para decirme mientras dejo que el resto de mis sentidos se hagan su propio panorama de cómo funciona este mundo. Es algo para lo que tendré que estar preparada si planeo moverme como ellos lo hacen, como una sombra en este caso según ella, forma que me costará tomar teniendo en cuenta mi crianza. Pero son mis raíces, de alguna manera, todo lo que se muestra frente a mí me pertenece por nacimiento, no en el sentido de posesión como tal, sino de estar vinculado a ello. —Es más difícil diferenciar al enemigo en la oscuridad— digo, por agregar alguna pega, cosa que siempre he hecho por costumbre y el norte no me quitará de eso, si le encuentro alguna falta se lo haré saber, y es por eso mismo que arrugo mis labios. —Protegerse las espaldas cuando no sabes qué o quién tienes detrás...— puede que el pacto al que hayan llegado los norteños de lo que se hace en el norte se queda aquí funciona de vistas para fuera, pero también he oído de muchas traiciones en las que te la clavan por la espalda y no puedes hacer nada por evitarlo.

Me despego del extremo, meto mis manos en los bolsillos de mi chaqueta para brindarlas algo de calor, aunque mi rostro arrugado declara que no me preocupo en exceso por el frío, sino porque me escuche cuando decido alzar la voz y la distancia puede interrumpirnos si se hace amigo del agudo viento. —Pero no me preocupa— declaro, mucho después de mi primera respuesta, casi como si quisiera hacerle dudar de mi capacidad —, porque sé que trabajaré sola, me moveré sola, tome el camino que tome lo haré sola, no espero que nadie me acompañe al asqueroso agujero donde se esconde Hermann porque él sí parece tenerle miedo a las sombras— lo digo así, pasando mi mirada hacia ella, haciendo una pausa antes de continuar —Lo que me preocupa tampoco es qué tan hondo tenga que buscar o por cuánto tiempo, sino el tener la duda de si luego podré regresar al camino de vuelta— murmuro, pero no más bajo, porque no le tengo miedo. Hay caminos en los que debemos encontrarnos con demonios para hallar lo que buscamos, ¿pero qué si lo que encontramos en su lugar son los nuestros propios?
Alecto L. Lancaster
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Mensaje por Anne Ruehl el Dom Dic 13, 2020 7:47 pm

No necesariamente— la contradigo con un tono suave, diferente al que usaba en los entrenamientos que le obligaba a tener conmigo en la base de seguridad cuando todavía ejercía como su jefa y debía obedecerme. Cubro sus párpados con mi mano, lo suficientemente cerca como para que la otra sujete su muñeca si es que llega a perder pie en la cornisa. —En la oscuridad, te vales de tus sentidos y de tus instintos, entrenados son mucho más eficientes para reconocer al enemigo de lo que nunca podrás hacerlo con la vista— explico, ya que a los ojos fácil se les engaña con máscaras y trajes, los oídos escuchan palabras que también creemos cuando nos dejamos llevar por lo que vemos, y solo cuando anulamos este sentido, los otros responden para identificar cada indicio en la voz, el cuerpo y los actos de una persona. El instinto, en especial, entrenado es tan certero para reconocer en la persona que tenemos enfrente, diciéndonos aquello que la hace la persona más buena, al verdadero enemigo, en medio de una plaza pública, bajo la luz del sol del mediodía, solo nuestro instinto sabrá decirnos que ese es el verdadero enemigo a vencer.

Coloco mi mano en su mejilla como una caricia al escuchar de su miedo, hago que se gire hacia mí así quedamos con los rostros enfrentados, mi otra mano alcanza la mejilla contraria y la acerca para hacer coincidir nuestras frentes. —Solo te pierdes en ese camino cuando avanzas y no hay nada detrás por lo que recuerdes que debes volver, sí lo tienes… si no pierdes eso que te espera al principio del camino, podrás volver, úsalo de faro— le aconsejo. —Todas nuestras búsquedas concluyen en el punto de partida, ten fijo en tu mente, todo el tiempo, que debes volver— murmuro con mis labios sobre su frente, la roza en una caricia y hago la promesa que pueda darle tranquilidad tanto a ella como a mí: —Y si te pierdes, yo iré a buscarte— porque comprendo que esta búsqueda es suya, es personal, yo me hago a un lado del camino para que sea ella quien persiga a Hermann, pero eso no quiere decir que si mi hija necesita ayuda, si ese bastardo le hace daño o ella ve cumplir su miedo, no ordene a la oscuridad a abrirme paso para ir hacia dónde está y alcanzarla para traerla conmigo al sitio seguro que puede encontrar en mí.

Nos desaparezco para que nuestros pies se posen sobre la acera del distrito dos, frente a la fachada de una casa que ha vuelto a ser visible al retirar el hechizo fidelio, ha pasado el tiempo en que necesitaba mantener mi refugio a escondidas, ahora tomo ese recaudo únicamente con el almacén del distrito doce. Mi casa es su casa, la puerta lateral por la que nos deslizamos como tantas veces hemos hecho con Sigrid en estas últimas semanas, es la entrada a otro de mis reinos en sombras. Mis pies siguen hasta casi chocar con el aparador que está en el comedor y de las puertas bajas extraigo otra botella de whisky para reponer a la que está vacía en el despacho que me pertenece, en el cual enciendo una luz tenue cuando le permito entrar al abrir la puerta. —Nunca supe donde se escondía Hermann— comienzo al ir adentrándome a la habitación, en la que un resplandor azul que emerge de una bandeja colocada al lado del armario evanescente es lo único que ayuda a que haya un poco de claridad para vernos los rostros, pero quiero que entienda mi consejos sobre la oscuridad desde la práctica. —Pero soy de las pocas personas que te dirán que sí se puede dar con él, ya que tuve encuentros con él. Lo que hacía era dejar caer en los oídos de quiénes sabía que, en una suerte de cadena de susurros, harían que mi mensaje llegue a él. Lo llamaba, si respondía era únicamente porque eran mensajes míos y teníamos un acuerdo tácito de no matarnos entre nosotros, dudo que llamándolo en este momento, responda— comparto lo que era mi manera de entenderme con un hombre que sigue siendo una incógnita en el mapa del ministerio. Todo lo que pueda decirle para que ella misma se arme su mapa, es algo en lo que pasaría mis noches, por más de que significara mi ausencia en otro lugar. Mi tiempo la tiene a ella como prioridad, porque mi deuda del tiempo que no pasamos juntas es mayor con ella. —¿Quieres?— sirvo una copa para ella, mis ojos pasando por encima de su hombro para fijarse en el pensadero que está detrás. —Desde que te mostré aquel recuerdo de tu nacimiento se me ha hecho más fácil ir visitando todos los otros recuerdos…— reconozco, —ya transito por ellos sin que duelan como lo hacían antes.
Anne Ruehl
Anne RuehlCiudadano

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Mensaje por Alecto L. Lancaster el Lun Dic 14, 2020 7:54 pm

Acompaño a la oscuridad que me invade cuando posa su palma sobre mis ojos cerrando los párpados, así no dejo espacio a que la poca luz se cuele por los huecos entre sus dedos y me centro exclusivamente en el consejo que tiene para darme. A falta de visión, mis oídos se hacen mucho más sensible al ruido externo, a su voz que llega como un silbido suave en contraste con la ferocidad del viento que revuelve mi pelo. Tengo que acostumbrarme unos segundos a la luminosidad cuando luego de su apreciación puedo abrir los ojos, encontrándome con su rostro a escasa distancia del mío, lo cual hace posible que tan solo baste con un asentimiento leve de mi cabeza para darle a entender que lo he comprendido. Entiendo que no debo temerle a las sombras, pero es reconfortante escuchar de ella que estará para estrechar su mano si en algún momento dejo que venzan. No sería común en mí permitir que algo así ocurra, no obstante, tengo que reconocer que estaré caminando por un terreno que desconozco, que aquí donde mi madre aprendió que la oscuridad es su amiga, a mí me enseñaron a alejarme de ella. Aprecio entonces que pueda ser quien regrese por mí en caso de no tener yo la voluntad como para hacerlo, me hacía falta esa aseguración para poder continuar.

La calidez que he sentido en el momento por ese pacto entre ambas desaparece con la sacudida que me golpea el cuerpo al desaparecernos de lo alto del edificio, por lo que necesito de unos cuantos pasos por la calle para volver a acostumbrarme a caminar al nivel del terreno. La sigo en silencio hasta el interior de la que fue su casa, he venido un par de veces antes como para saber donde se encuentran las habitaciones correspondientes, de manera que podría llegar al despacho sin necesidad de su guía pese a permanecer detrás de su espalda todo el tiempo. Solo cuando llegamos al despacho es que me permito mirar en sus ojos, todavía más potenciados por el azul de la luz tenue en el medio de la sala. —Lo tendré en cuenta, pero no es mi intención que sepa que voy detrás de él— expongo la diferencia entre sus llamados y la búsqueda que pretendo hacer yo —Sí tomaré lo de los susurros, no importa donde se esconda, tendrá que tener oídos en todas partes como para mover a los grupos que le siguen— y en esos mismos oídos es donde pretendo colarme. A su ofrecimiento no respondo antes de que la vea rellenar un vaso de la bebida, así que tomo esa pregunta por contestada y en su lugar me volteo para ver a lo que se refiere con esa conclusión. Mi mirada se para entonces en el objeto flotante de la esquina, su líquido me resulta mucho más interesante que el que estoy esperando a llevarme a los labios, tan atrayente que me acerco con pasos sigilosos, como si las voces que emanan de la fuente pudieran escucharme. —Eso es... bueno, ¿no?— giro la cabeza, no mi cuerpo, hacia ella cuando reconoce estar en paz con su historia, aunque no tardo mucho en volver a dirigir los ojos hacia el pensadero.

Acerco la yema de mis dedos hacia el agua para tocarla, en una caricia suave que no llega a mojar más que sus puntas. Separo mis labios sin que llegue a salir nada de ellos hasta unos segundos después. —Podría...— empiezo, ensimismada por el propio líquido cristalino. —Tú me mostraste tus recuerdos, ¿quieres...?— la miro por encima del hombro, esperando a que sea ella quien se acerque. —Es lo justo— digo, regresando al pensadero antes de tenerla a mi lado. Meto la mano entera dentro del agua, la paseo por ella en lo que desarmo las formas que se han ido apareciendo en estos segundos y, cuando siento su presencia, tomo una respiración larga antes de hundir mi rostro en la fuente. No sé exactamente por dónde empezar o qué es lo que le gustaría ver de la crianza que se perdió, no tengo muy claro si es la que esperaba que tuviera, por muchas veces que me haya repetido que me dio a los Lancaster por no poder ofrecer nada mejor que una sábana sucia en mis primeros días, soy consciente de que no tuve lo que cualquiera consideraría una educación corriente.

Es por eso que al meterme de lleno en mi cabeza, los primeros escenarios que atravesamos son exposiciones cortas, apenas conscientes, en las que una versión mucho más joven de mí misma, tan joven que aparento menos de cuatro años, aparece atando el lazo de unos zapatos de charol con toda la ilusión de haber podido hacerlo expresada en su rostro; a esa imagen veloz, la sucede al materializarse otra en la que reconozco a la mujer que solía tener por niñera en mi crecimiento, ambas entretenidas pintarrajeando en unos folios, que luego Dione rompería en trozos delante de esa misma niña al mostrárselos, por no ser más que boberías en las que perder el tiempo. Deshago esa escena tan pronto como la misma mujer abre la boca para decirlo, buscando en mi mente algo más apropiado para la ocasión y es así como termino en una de las tantas clases particulares que tuve para practicar el violín. Debo tener diez años, pero la expresión de mi rostro al mirar la partitura, con el pelo corto por los hombros, denota una seriedad digna de una persona adulta, la misma figura de mi madre se encuentra en la esquina de la sala espiando, y para cuando me equivoco en uno de los acordes, cree que no he visto su ruedo de ojos. Muchas veces toqué para los amigos que invitaban a la casa, para que ellos mismos alabaran el "prodigio" que tenían por hija, de modo que fallos como ese no era algo que podía permitir que pasara.

Curiosamente, tocaba mejor cuando no tenía la presión de estar siendo observada por el ojo crítico de mis padres, como le muestro cuando me detengo en la actuación del colegio que una vez recordamos con Dave, se me ve mucho menos tensa que en la casa y hasta disfruto de poder tocar. Solo por eso permito que escuche la pieza entera, mirándome a mí misma desde la oscuridad del público en el que no me atrevo a mirar a mi madre, a pesar de buscar su aprobación de alguna manera inconsciente. El comportamiento que recibí en mi casa es el mismo que expreso a mis compañeros cuando nos hago caminar por los pasillos del Royal en distintas ocasiones, la mirada de indiferencia que le dedico a algunos y respuestas que tienen por finalidad hacer daño al otro, hasta el momento no me doy cuenta de lo nociva que fui en imitación a la actitud que Dione y Alexander tenían conmigo. Esa manera que tiene la primera de darme una colleja despistada en la cabeza por llegar a casa con los zapatos llenos de arena, cosa completamente normal en un distrito con playa, y aun así luego de eso no volví a pisar la arena por preocupación a volver a decepcionarla. Esa obsesión por alcanzar el perfeccionismo se ve reflejada en las distintas secuencias que se materializan en una nube de polvo negro antes de mostrarnos el recuerdo, y como el mismo me consume al nunca alcanzar las expectativas que exigían de mí.
Alecto L. Lancaster
Alecto L. LancasterAuror

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Mensaje por Anne Ruehl el Jue Dic 17, 2020 4:33 pm

No lo sé— reconozco por primera vez en voz alta, mis ojos puestos en el licor del vaso que no bebo, —no sé qué tan bueno sea y qué nuevos enemigos surgirán, tras dejar atrás a los viejos conocidos cuyo daño ya estaba hecho, para preguntarme dónde buscarán dañarme estos nuevos…— murmuro, mis ojos se elevan para encontrarla en esta habitación que es parte de la casa donde crecí, un espacio al que si le abro la puerta, es porque yo logré asir su picaporte y empujarla para entrar. La habito para demostrar que todos los demonios escondidos dentro están bajo mi control. Entre los que están apostados o vagan afuera tengo que aprender cómo moverme siendo Anne Ruehl, no hay paso que no dé sin que me asalte el miedo a pisar en falso, caer en una nueva trampa, perder lo que trato de mantener lejos de la vista de los celosos. —Cuando lo has perdido todo, no tienes nada por lo que sufrir o de dónde se agarren para lastimarte…— susurro, —es cuando tienes algo, que es importante para ti como no lo será para nadie más, que miras con desconfianza a tu alrededor y temes que busquen lastimarlo para lastimarte a ti…— explico, ella misma lo descubrirá al andar por el norte, menos daño buscarán hacerle, si tiene menos posesiones en sus bolsillos.

Mi mirada está puesta en ella en todo momento, mis palabras hablan de ella, que al retirarla de su rostro para posarla sobre el pensadero, mis pasos son inconscientes al acercarme hacia el cuenco con agua que lanza un destello azul que hace de sus ojos un espectáculo formidable. —Claro que quiero— musito, recordando la vez que el recuerdo de su nacimiento pretendió dejar en claro mi punto de que había renunciado a ella y a todo los momentos que siguieron a ese, para que en esta ocasión me arrime con cierta indecisión y pidiendo permiso al tomarme del borde del pensadero para imitarla. El agua acaricia de manera superficial mis rasgos antes de sentirme arrastrada a una profundidad que recrea para nosotras episodios de su vida, en los que una niña tan pequeña a la que solo doblando mis rodillas alcanzo su altura se ata unos cordones y es indiferente al jadeo que surge de mis labios, lo cubro con una mano, reprimo el asalto de lágrimas al verla correr hacia un siguiente recuerdo. Desconozco a la mujer que está con ella, en cambio logro identificar las facciones de Dione Lancaster al romper los dibujos que recibe en mano, por las fotografías que recogí de ella y de su marido cuando decidí que no quería seguir permaneciendo ajena a la vida de Alecto. Procurarme acercarme a ella con mi espalda rígida al ver el desprecio con el que trata a lo que niña que cría como su hija le obsequió, no pierdo de vista los cambios en su semblante cuando reacciona también a la práctica de violín. —¿Ella es tu madre?— pregunto por lo bajo, el tono calmo que es peor que un grito.

El escenario en el que nos encontramos se altera, desaparece esa mujer para que una sala se colme de un montón de rostros que nunca vi en la vida, detrás el bullicio de niños que no saben mantenerse en silencio tras las cortinas del escenario y lo único que consigue que tanto grandes como chicos guarden silencio, es el toque de un violín que desestabiliza mis rodillas, caigo sobre una de las sillas del recuerdo para admirar desde una distancia que se hace cada vez más corta, a la niña que cierra sus ojos a todo lo que está sucediendo para sacar de las cuerdas del instrumento un lamento que puedo hacer propio por lo mucho que lloré, cuando ella nació. Sigo con las lágrimas resbalando por mis mejillas al ver que nuevas escenas transcurren ante nosotras, no puedo quitarme la melodía que interpretó de los oídos, al presenciar todas y cada una de las veces que la mujer que pudo ejercer como su madre, tiró de su brazo para apartarla de otras personas, la dejó a oscuras en su habitación y cerró la puerta, le recriminó que no alcanzara ciertas expectativas y a la vez nunca celebró ninguno de los logros que fue consiguiendo, descartándolos al creer que no tenían ningún valor. —¿Estos fueron tus padres?— lo digo con la rabia atrapada en mi garganta, hace que cada lágrima recorra como fuego mi piel.

En su rostro de niña veo las mismas lágrimas al movernos hacia otro recuerdo, sus labios apretados para que no escape ningún sollozo, de los que condena la mujer que tiene parada delante de ella, las manos entrelazadas detrás de su espalda, negada a dar consuelo a sus manos lastimadas, las que ella misma lastimó para reprenderla por haber fallado en una demostración entre otros niños. Le ordena que no llore, alza su voz un poco más para repetir este mandado. Me golpea recordar que yo también la tuve llorando cerca en las mismas sábanas y le di la espalda, sabía que nunca podría responder a la necesidad de cariño que todo niño tiene y por eso la di a padres que creí que mirarían por su bienestar. —¿Ella te hacía esto?— susurro, me pesa el cuerpo al girarme hacia ella y pueda ver la violencia a punto de desatarse en mis ojos. —No te di para esto— mi voz es tan débil que siento arder mi garganta por los rugidos de ira que están siendo contenidos, —yo no… te di para que pudieras tener una madre y un padre, un hogar—, distinto al mío. Pero todas las casas desgraciadas se parecen.
Anne Ruehl
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Mensaje por Dione Lancaster el Jue Dic 17, 2020 8:41 pm

¡No llores!— el grito de la mujer reverbera entre las paredes de las que penden cuadros de figuras indefinidas, así como de contrastantes colores. Una decoración sobrecargada en una estancia con muebles pesados y de gruesos tapices, que si no fuera por lo amplio de su espacio y lo alto de su techo, se vería abarrotada de un lujo innecesariamente excesivo. Pero la sala es inmensa, cada mueble ocupa el lugar adecuado, los sillones delante de la chimenea que llega a ser tan alta como la estatura de una persona. Entre estos la niña que reprime el llanto con los nudillos rojos por reprimenda de la mujer que está parada frente a ella, su corto cabello oscuro al ras de su mandíbula, tensa, acompañando la mirada desaprobatoria que le dirige. —Si tus manos son inútiles, ¿por qué llorarías de tenerlas lastimadas?— dice con frialdad al llanto silencioso que la niña trata de ocultar. —No llores, Alecto. Es lamentable que alguien demuestre el poco control que tiene sobre sus emociones, retírate…— ordena con sus dedos en el aire para indicarle la salida.

La única ocasión en la que su mano toca a la niña, es para detener su muñeca cuando recupera el violín de la mesa baja en el centro. —Deja eso— masculla, de un sacudón la obliga a soltar el instrumento. —No te lo devolveré para que sigas avergonzándonos con espectáculos tan lamentables y sirvas de triste punto de comparación para que los Bradley sigan ensalzando a su hija— demuestra su enojo al arrojar el violín al suelo, la alfombra impide que se rompa, así que su varita es la que abre grietas en la madera para quebrarse. —Si vas a andar de segundona en cada competencia, mejor lo dejas— resopla con marcado hastío. —¡Retírate!— brama una vez más, al correteo de la niña fuera de la sala le sigue toda la evocación convertida en niebla, las voces críticas de la mujer que atraviesan la puerta tras la cual se esconde para poder limpiarse las lágrimas y en obediencia a su madre, nunca más llorar.
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Mensaje por Alecto L. Lancaster el Vie Dic 18, 2020 8:54 pm

Es distinta mi reacción a la que tiene mi madre cuando aparece la niña de pelo corto y flequillo a juego -el mismo peinado que decora la cabeza de Dione-, ahí donde la veo llevarse la mano a la boca, no sabría si decir emocionada o todo lo contrario por ver a una yo de mucha menos edad, mi respuesta se resume en rodear mi pecho con uno de mis brazos en lo que el otro sube hasta que puedo asentar el borde de mis dedos en la comisura de mis labios, tal y como si estuviera meditando. No me reconozco en esa niña, donde el desprecio de su madre lo siente real hasta el punto de que luego de verla romper los dibujos, se fue a llorar a la esquina de su habitación. Me limito a asentir con la cabeza ante su pregunta, Dione siendo la figura materna que tuve en el momento y que encabeza la mayor parte de los recuerdos que le muestro. Por mucho que quisiera enseñarle otros, lo cierto es que jamás fui alguien extremadamente social como para llenar el espacio con recuerdos más entrañables, aprendí a ser una silueta solitaria antes de que mi propia madre tuviera oportunidad a cargarse las relaciones que pudiera tener.

Quiero pedirle que no llore, cuando por el rabillo del ojo puedo ver las lágrimas que caen por su rostro, pero no me salen las palabras para ello, opino que tiene derecho a sentirse como lo desee, por mucho que esté enseñándole fragmentos de mi vida, sería egoísta por mi parte pedirle que se guarde sus emociones para otro momento. Son esas mismas sobre las que Dione riñe a una versión joven, acierto a tener ocho o nueve años a lo sumo, después de lastimar sus manos por haber fallado en una representación ni siquiera tan importante. Pero ese era el punto, si se equivocaba en algo así, ¿qué haría en un evento importante? Froto mis manos entre sí, paseando mis dedos por mis nudillos de la misma manera que hice en su momento para calmar la quemazón, mientras mis ojos siguen a esa figura diminuta que se emana en polvo negro. No necesito mostrarlo para saber lo que viene después, un llanto que sería el último, porque luego de eso me encargué personalmente de mantener esas emociones a raya, de no volver a llorar, y desde entonces, si no fuera porque tengo el mismo recuerdo delante, diría que no me acuerdo de la última vez que lloré. Recibí con gusto tiempo después el que mis compañeros de clase me llamaran insensible, porque en mi casa la sensibilidad era un defecto y no uno que estuviera dispuesta a mostrar a mis padres después de aquello.

Le muestro un par de recuerdos más, los más cálidos que se me ocurren como un paseo con Georgia, unos cuantos años más joven pese a que no se le nota demasiado en el aspecto, para ir a tomar un helado a la tienda de la esquina en la playa, pero por alguna razón, ese buen día termina con la riña de Dione por haber manchado el vestido como haría cualquier niño. Hasta este momento puede que no me diera cuenta de que, la mayor parte de mis recuerdos felices, acaban con la interrupción violenta de las palabras frías de unos padres que solo se interesaban por mantener la buena imagen, no realmente por darle un hogar a su hija. Giro mi cabeza hacia Rebecca en el propio recuerdo cuando habla después de un tiempo, sigo abrazándome con mis brazos así que no cambio mi postura al alzar mi voz. —Está bien– aseguro, negando sus palabras con ello —Tuve una madre, un padre— no los que hubiera querido, pero unos, al fin y al cabo. Tampoco hubieran sido los que escogería yo de verlo ahora, sin embargo, fueron los que tuve. Aprieto mis labios en una línea fina, acompañada de la que forman mis cejas en imitación. —Me alimentaron y me educaron, tuve un techo sobre el que dormir— sigo, con tal de deshacer el sentimiento que pueda estar formándose en su interior. No sé si fue esto lo que ella quiso para mí, pero eso no importa cuando ya está hecho y remediarlo es algo imposible, prefiero que siga pensando que fue una buena decisión.
Alecto L. Lancaster
Alecto L. LancasterAuror

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Mensaje por Anne Ruehl el Sáb Dic 19, 2020 12:32 am

Debo dar por hecho de que la rabia que sigue corriendo por mi sangre no es algo de lo que pueda culpar a mi naturaleza de bestia, ni tampoco a ciertas traiciones, ya que parece que es un sentimiento permanente en mis venas y puedo encontrarlo tan fácil también en estos días, hacia todo lo que roza con sus dedos lo que precio y en mi impotencia no puedo hacer nada para evitarles el daño. Enfurezco de una manera en que son mis entrañas las que me queman, un grito no alcanzaría a esa mujer que vuelve astillas la madera del violín y se ceba sobre una niña que debe reprimir emociones que yo vivo a flor de piel. Mucho menos la alcanzaría mis manos para desgarrar su semblante cruel con mis uñas. Es una furia ciega de la que luego me arrepentiría, una vez que mis uñas se ensucien de sangre. Pero lo haría, si la tuviera tan cerca y real como no lo es en este recuerdo, mis manos ya hubieran encontrado su garganta. Esta es la persona que nunca quise ser, la que yo misma reprimía a una edad un poco mayor que la de la niña a la que prohíben llorar. Solía tener miedo de este lado de mí, de lo que podría causar a su alrededor, un lado que mostré con arrogancia cuando la transformación en licántropo me dio la excusa, solo vieja rabia anidada en lo más profundo de mí para gritar hacia las voces que también a mí me censuraban dentro de mi hogar, mi propia voz, mis acciones, mis emociones. El miedo que pueda sentir en este momento de lo que podría provocar este lado en mí entre las personas que me acompañan en el presente, queda relegado por la indignación que siento hacia el daño impune hacia estas mismas personas.

No la di para esto, es lo que me repito. No era, al darle a la luz, la mujer que podría ejercer como una madre para ella. No diré que mi edad era un limitante, veintidós años es tan buena edad como cualquiera, tampoco diré que la pobreza a la que estaba sometida fue mi justificación. No era en ese momento una persona que pudiera asumir el cuidado de la otra cuando mis impulsos más inmediatos me llevaban a lastimar la piel de mis muñecas con cortes rápidos y repetitivos. La aparte de mí para que no fuera víctima del daño que me hacía y todo lo que veo es que las paredes de una casa cómoda no la salvaron de otros daños. Tendré pendiente agradecerle a la anciana que fue a buscarla el norte con la promesa de una familia, a ser partícipe de los pocos recuerdos de una atención afectuosa a esa niña para compensar el perjuicio que le causó y el engaño del que me hizo parte al asegurarme que era un matrimonio que deseaba una hija, a falta de una. Mi hija. Esa niña que veo es mi hija. Tenían cuidarla, no lo hicieron. —No tienen que seguir siéndolo— digo, en lo ronco de mi voz se percibe el enfado,—ya tienes a tu madre contigo—. Poso mi mano detrás de su cabeza, la deslizo hasta su nuca. —Y elegí un padre para ti— agrego, volví a reescribir el acta de su nacimiento para darle todo lo que no pude en ese momento. —No los necesitas más— las palabras son dichas por mis labios, sucias de odio hacia la mujer que le confíe mi lugar y lo usó para abusar de mi hija.
Anne Ruehl
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Mensaje por Alecto L. Lancaster el Sáb Dic 19, 2020 8:04 pm

Aprovecho su mano en mi cuello y lo utilizo como excusa para hundir mi rostro en el suyo, pasando allí la saliva que se me ha quedado atorada en la garganta como el mal sabor de boca que me produce el revivir momentos que vistos desde dentro fueron la realidad a la que estaba acostumbrada, no percibí que debió de ser diferente porque esa la única que tuve y, como niño, no puedes comparar lo que nunca has poseído. A esa edad comprendes que es lo normal, es luego cuando creces, te vas, lo miras desde fuera, en su mayoría de veces no hace falta ni un pensadero para analizarlo, que te das cuenta de que no tenía por qué haber sido así. Tengo mis ojos fijos en lo que queda frente a mí y a espaldas de mi madre, pero ni con esas sería capaz de describir lo que hay delante porque no veo nada, no es esa la intención tampoco, cuando lo único que deseo hacer en este momento es llorar y la quemazón que comienzo a sentir en mis ojos no me lo permite. Mi respiración se vuelve forzada, movimiento involuntario que aprendí a una corta edad como método para impedir que las mismas lágrimas salieran disparadas por mis mejillas. En aquel entonces detestaba llorar, pese a hacerlo porque tratar de resistir el llanto era superior a mis fuerzas,  pero en este momento, solo quiero llorar, y no puedo.

¿Por qué mierdas no puedo? Me lo digo a mí misma en mi cabeza una y otra vez, que no hay nada que me lo prohíba ahora, mi madre lo repite en mi oído, no los necesito, ¿entonces por qué no me dejan hacerlo? Mis brazos inconscientemente han rodeado su cuerpo, se aferran mis dedos a la tela de su ropa detrás de su espalda y escalan hasta la parte trasera de sus hombros. Si ni siquiera aquí, en el lugar seguro de los brazos de mi madre puedo llorar, mostrar un ápice de la vulnerabilidad que todo humano posee, no creo que vaya a poder hacerlo nunca. Me enfado conmigo misma por ello, mis respiraciones se vuelven todavía más agitadas que antes y hasta gimo en silencio como reclamo personal. Algo definitivamente debe de estar mal en mí, como bien señaló Dione ante mi falta de control sobre mis emociones en su día, pero esta vez como excesivo autocontrol sobre lo que más quiero poder demostrar ahora y soy incapaz. Que también lloro, soy sensible y vulnerable como toda persona humana, me lamento y el daño ajeno me lastima, por mucho que mis facciones se endurezcan ante ello, muestra de que no me afectan, no soy de piedra.
Alecto L. Lancaster
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Mensaje por Anne Ruehl el Miér Dic 23, 2020 3:31 am

Mis manos se posan en su espalda para estrecharla contra mi cuerpo con la firmeza que me faltó hace veinticuatro años, cuando me faltó la fuerza de cargarla siendo un bebé en mis brazos y hacer de su vida parte de la mía, la despedí tras haberle dado lo único que podía recibir de mí, el calor de un vientre que ocupó durante meses, y que al abandonar, la expuso al frío de mi trato, el mismo frío se perpetuó en el trato de sus padres adoptivos y que hoy la recubren entera, impidiéndole llorar pese a que mis brazos la encuentran al fin. Daría todo por haber sido otra persona en ese momento, una que fuera capaz de recoger a ese bebé de las sábanas y, como muchas otras madres en el norte, se convenciera con la mentira de que bastaba la compañía de la otra para aliviar el hambre, afrontar las enfermedades y darle un mejor destino que el propio, sufriría al ver que ninguna de estas adversidades sería ineludible, lloraría con ella al ser una niña berreando por comida, me abrazaría a ella cuando la falta de medicamentos en el norte la hicieran una víctima más de esta deplorable realidad, la vería caminar hacia ciertos destinos que de todos modos acabaron por cumplirse. Daría todo por poder volver al pasado y obligar a la muchacha que fui a ponerse de pie, para que pudiera sostener la mano de quien debería haber crecido caminando a su lado.

Pero si nada de eso se puede cambiar, daría todo por poder ir hacia esa niña reprendida por su madre adoptiva, simplemente abrazarla, poder decirle que llorar está bien. Porque un día esas lágrimas ya no estarán en sus ojos, esa frase perderá toda validez. Recuerdo cuando lloró en el hospital, resistiendo al dolor de sus propias heridas para cerciorarse de que yo estuviera bien, sus lágrimas nada tenían que ver con el dolor que pudiera estar reprimiendo y ahora lo entiendo mejor, cubro toda su espalda con una caricia lenta porque la falta de una demostración de ese sentimiento, no significa su ausencia. —Tienes todo el derecho a decir si algo te dolió,— murmuro contra su oído, —nadie lo experimenta de la misma manera, nadie conoce la manera correcta de transitar el dolor, si es llorando o callándolo. Es el último de los sentimientos nos gustaría experimentar, pero puede ser el primero que al entender y aceptarlo, nos permita entender a los otros…— me retiro un poco sin soltarla del todo, con mi mano pasando por su rostro y quitando con mi palma los mechones sueltos, al echarlos hacia atrás. —La ira tras la cual nos escondemos, la tristeza que nos abate, el odio visceral, el amor que fácilmente se torna un engaño— esbozo una sonrisa de mofa hacia esto último, ya que la mayoría de las personas esperan recibirlo y no tienen idea de cómo darlo, así que entregan mentiras. —Para vivir todos esos sentimientos, se necesita reconocer lo que nos duele, cuánto dolor somos capaces de soportar para no exponernos más allá del límite y rompernos, y lo más importante,— la miro con mis ojos llenos de llanto, —cuánto dolor causan nuestras acciones en otros—. Con mi mano detrás de su cabeza, la guió para que vuelva a apoyarla sobre mi hombro. —Está bien si algo duele, no tenemos por qué silenciarlo, y no digo que tengas que hablarlo, manifestarlo, digo que está bien que para ti digas si algo te duele. Conmigo puedes hacerlo…
Anne Ruehl
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Mensaje por Alecto L. Lancaster el Sáb Dic 26, 2020 4:55 pm

Lo hace peor, sus palabras conforman la gota final que colma el vaso, desbordándolo como hace con mi persistencia a resistir las lágrimas que finalmente salen despedidas de mis ojos. Es una suerte que pueda regresar a hundir el rostro en su hombro, no me atrevería a mirarla en este estado indefenso, por mucho que lo que ha dicho llega a tener sentido, fueron años de reprimir sentimientos como para que de un segundo para otro no sienta vergüenza al dejarlos expresarse. Pero puedo llorar en su abrazo, silenciosamente si no fuera porque nos envuelve el mismo y hasta la respiración más cautelosa podría escucharse. La presión dentro de mi cabeza se libera, al igual que el espacio en mis pulmones que derrochan el aire por mi nariz y boca con más frecuencia que de costumbre, acelerados por el propio ritmo de mi corazón. Siempre pensé, gracias a las enseñanzas de mis padres, que mostrar signos de debilidad era lo peor que una persona podía hacer, triste que alguien fuera capaz de manifestar emociones tan vulnerables, tal y como me siento ahora en los brazos de mi madre. No obstante, pese al crecimiento forzado en esos aspectos, jamás me había sentido tan liberada como ahora, contando con toda la fragilidad que implica mostrarse así.

Retiro parte de las lágrimas que han quedado impregnadas en mi rostro cuando me separo de su cuerpo, luego de haber permanecido en silencio lo que ha durado ese momento de debilidad, recuperando la seriedad que me caracteriza casi que de manera robótica. —Vámonos de aquí— exijo pese a ser yo quién tiene el poder para hacerlo, por estar dentro de mis recuerdos. En el momento ni siquiera nos encontramos en ninguno, rodeadas por el polvo negro que está a la espera de que le indique qué memoria ilustrar, pero en su lugar lo que hago es sacarnos directamente del pensadero, recuperando una nueva sensación de respirar oxígeno puro. —No los he vuelto a ver— murmuro, tras apartarme de la fuente y unos pasos me han llevado a acercarme a una de las estanterías. —, a los Lancaster quiero decir. Más que en un desayuno no hace tanto tiempo...— murmuro, pero me reservo los detalles de este encuentro —La cosa es que que no los vea no implica que no estén, porque lo están— mascullo, negando con la cabeza para mí misma por lo desagradable que ese pensamiento me resulta —Me gustaría desatarme de ellos, pero no puedo, ¿entiendes?— levanto la vida hacia ella —Crearon una vida y un nombre para ellos, he tratado de desentenderme, pero no... no es tan fácil— en el sur no lo es, al menos, como Eva Ruehl en el norte puedo intentarlo, pero desconozco muchas de las armas que poseen mis padres y no me fío de lo que puedan descubrir por su cuenta.
Alecto L. Lancaster
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Mensaje por Anne Ruehl el Dom Dic 27, 2020 1:50 am

Mi mano no deja de deslizarse por su cabello cuando la siento llorar contra mi hombro, me permito cerrar mis párpados por un momento para que el temblor casi imperceptible de su cuerpo, pueda ser abarcado dentro de los brazos con los que protejo este estado de quiebre en el que se encuentra, liberando el llanto reprimido por más del tiempo del que es sano para una persona. Es al detener estas lágrimas, al apresarlas, es en el dolor silenciado, en el que las personas perdemos los rasgos de humanidad al tomar cualquiera de las dos posturas opuestas: las de anular toda demostración de una emoción o actuar por los instintos más salvajes, a veces una combinación de ambos. Me pregunto si el llanto de mi hija se debe también a la aparente reacción que causo en cierta gente, haciendo que se encuentren con sentimientos inquietantes, los que eligen ignorar en el día a día, ¿por qué será que causo esto? ¿Les hace bien o les causo un daño distinto al que ya poseen? Triste pensamiento egocéntrico, asiento con mi barbilla sin poder tragar el nudo en mi garganta al pedirme que abandonemos su recuerdo.  

La sigo con mis ojos cuando se retira de la fuente para buscar un refugio delante de los tomos de los libros, cumplo en ir hacia el escritorio para llenar un vaso con licor para ella, ofrecérselo cuando se gira hacia mí, así amortigua lo mucho que puede afectarnos sobre el cuerpo y el espíritu estos viajes a la propia memoria, si lo sabré yo que por algo tengo un pensadero en esta esquina del despacho. Es tan efectivo como la fotografía con mi hermano, mucho más que un espejo, para dar a la cara a lo que soy, a todo lo que pasó para ser quien soy y de dónde vengo para remarcar ese punto de partida de un camino largo que vuelve a culminar en el mismo lugar. Nunca he sabido hablar más allá de mis propias experiencia y llegué a hacerlas religión desde la que dictaba mandatos a otros, sin embargo trato que mis consejos no sean pura autorreferencia, ver de qué manera lo que yo viví me ofrece algo que compartirle a ella para lo que está atravesando. —Sea Hermann, sean los Lancaster, sea yo misma como tu madre…— digo, recuperando como pueda la firmeza de mi voz que todavía se escucha débil, —somos una parte de ti, pero de ninguna manera somos todo de ti, lo que te define, te dice quién eres o a qué nombre debes responder. Estas hechas de muchas otras partes y la mayoría de estas serán construcciones tuyas, te pertenecerán enteramente a ti.

Subo las manos por mis brazos al rodearme a mí misma, mi palma derecha se posa a un lado de mi cuello. —Mucho de nuestro origen, de nuestro pasado, nos perseguirá como una sombra que tratará de cubrirnos…— murmuro con la mirada gacha, sacando de mi garganta cada palabra con cierta dificultad, —incluso lo que actúa como una sombra sobre nosotros podemos…— bajo mis párpados, flaqueo ante ella para decirle lo contrario a lo que estoy haciendo en este momento, —tomarlo, hacer que se doblegue, que nos responda a nosotros y no nosotros a su influencia. No podemos tomar solo lo bueno de la vida para definirnos, porque siempre primará lo malo… y a eso malo deberás demostrarle que puedes ser peor— rompo con el trance personal al abrir mis ojos y apartarme del escritorio para dar unos pasos lentos por el despacho. —Todas las personas, cualquiera sea su origen, puede tomar su propia vida como un nuevo origen de todo lo que vendrá, doblegar lo malo e ir tras lo bueno, lo que deseamos— la miro, ella no va a matar a su padre en una repetición de mis crímenes y los de Hermann, va a hacer justicia, toma lo malo que pudimos darle, para la expiación de estos crímenes.
Anne Ruehl
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Mensaje por Alecto L. Lancaster el Dom Dic 27, 2020 7:25 pm

Vuelco mi vista sobre el vaso que me ofrece, sin ver el interior como tal, solo con mi mirada fija sobre el líquido mientras mi mente vaga por mil escenarios diferentes a la vez. Cada cosa que menciona la visualizo, mi cerebro funciona más rápido que un pensadero, este objeto tarda unos segundos en materializar lo que mi cabeza ya conoce por ser la guardiana de todos esos recuerdos, nombres, rostros, lugares que he visitado a lo largo de mi vida. Hundo mi rostro en el cristal cuando, sin ninguna intención de beber en realidad, lo utilizo como excusa para disipar una de las últimas imágenes que tengo de Hermann. Me pica la garganta, tengo problemas en distinguir si se trata del mismo licor que trago o el hecho de que esta visualización que tengo de mi padre implica su mano alrededor de mi cuello, impidiendo que respire y, por ende, sienta un ardor intenso en mi garganta. O puede que sea el propio ardor que todavía se asienta en mis ojos, rojos de haber llorado, furiosos ahora al pensar en quienes no tengo el poder de controlar, que siempre me controlaron a mí. —Pero no es cierto— mascullo —, soy quién soy ahora porque me dijeron como debía ser, me comporto como lo hago porque es así como me enseñaron a comportarme, no porque realmente quiera hacerlo, o sí quiero... ¿qué de lo que soy es real y no una réplica de sus deseos?— no sé si llegará a entenderme, creo que ni yo misma lo hago, que quizá le estoy dando vueltas a algo de lo que no tiene sentido divagar.

Vuelvo a llevar mis labios hacia el cristal, sin llegar a mirarla pese a que me veo reflejada en ella en mis propios ojos claros sobre el líquido —Me desprecio por darles lo que siempre han querido— le confieso, como la única persona a quien le he dicho algo parecido, porque no sabía que lo sentía hasta ahora, luego de ver desde fuera de mis recuerdos que se lo puse todo en bandeja, así de fácil, no hubo un solo momento en el que me sublevara a ese trato. Dejo el vaso sobre una de las encimeras de la estantería, quizá de mala gana —, pero es tarde para cambiar eso— concluyo, lo he aceptado en cuestión de segundos pese a que mi actitud dice lo contrario, ¿porque quién soy si me quitan todo lo que me enseñaron a ser y vuelvo a empezar de cero? Nadie, y es tarde para recrearse, eso lo sé. Por eso me resulta irónico lo que dice, a pesar de comprender el punto al que quiere llegar con ello, mi cabeza solo registra lo que no tardo en poner en voz alta —Bueno, nunca nadie dijo de mí que fuera buena persona— respondo mordaz, torciendo la curva de mis labios de manera que queda oculta para ella, porque ni siquiera es una apreciación de esto, sino de la resignación misma hacia la persona que soy. Solo Dave diría que lo soy, pero porque él sería capaz de ver la bondad donde la mayoría no la ven. —, puedo ser peor— si a alguna conclusión puedo llegar, es a esa.
Alecto L. Lancaster
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Mensaje por Anne Ruehl el Miér Dic 30, 2020 9:33 am

Hasta ahora— digo, como un eco suyo que hace prevalecer esa palabra sobre las otras, no hay lugar más adecuado para decirlo que el despacho que ocupaba mi padre, una habitación en la que se me dijo quién debía ser y cuál era mi destino al haber sido criada por esta familia. —Es a partir de ahora que podrás tomar decisiones que serán tuyas, sobre lo que quieres conservar y lo que quieres cambiar. Si te preguntas qué tanto de tus decisiones incluso están condicionadas por tu crianza, basta con que seas franca contigo misma en todo momento y te lo preguntes, ¿esto es lo que querrían ellos para mí? ¿O esto lo quiero yo por…? Y si tienes una razón de por qué lo quieres para ti, para que sea algo de provecho para ti y nadie más, escucha a eso…— le confío lo que a mí me llevó años poner en práctica, a la edad que ella tiene, simplemente me resigné a lo que siempre me habían dicho que sería, a lo atrapada que estaría de por vida en un mundo donde la gente actúa sacando provecho de otras y hundiendo filos por la espalda, todo el tiempo.

Es cierto que la parte de nosotros que han definidito otros, la que pareciera que determina en un principio quiénes somos, cómo actuamos, en qué creemos, cómo pensamos...— sigo, acercándome al pensadero sin necesidad de volcar recuerdos, los tengo nítidos en mis retinas. —Tomamos eso, también lo malo vivido está dándonos algo, está delineando un rasgo de nuestro carácter— no, no siempre es uno que nos hubiera gustado adquirir, con catorce o dieciocho años, ser capaz de matar a alguien a frío no era un rasgo de mí que deseaba tener. Pero ese, entre otros rasgos, son los que me permiten hoy pararme entera en esta habitación. —Cuando pasa el tiempo, años, décadas… lo que eres no es lo que deseaste ser y tampoco tienes que ser lo que otros te dijeron que seas. La persona que eres es una combinación de todo, de todo lo que se te impuso por crianza o circunstancias y lo que decidiste hacer con eso— este es un consejo que puedo dárselo ahora, recién estrenado, a mí me llevó casi cincuenta años entenderlo así, soy más madre que nunca al tener la esperanza de que ella con poco más de veinte pueda comprenderlo.

Ya está hecho— alzo mi tono al decirlo, —ya se lo dimos— me incluyo, uso el pensadero como apoyo al cerrar mis dedos alrededor de su borde con grabados. —Ya han tomado de ti y de mí lo que querían, no se pueden volver sobre esas cosas, no se las puede retirar, no puedes hacer como que eso nunca pasó—, lo que se puede hacer es algo distinto y yo lo hice con mi padre. Pero ella al ir tras Hermann debe tener su mente en ello, no volver sobre estas otras personas, no volver a estas. Ni a su casa, ni a sus abusos. Tiene que poder pasar de ellos y no seguir atrapada en su propia habitación de abusos por parte de su madre adoptiva. —¿Quién habló de personas buenas y malas?— pregunto al ir hacia ella para quedar a una distancia corta en la que pueda verme por lo que soy. —Yo no soy una buena persona, también puedo ser peor. ¿Por qué deberíamos ser buenas, Eva?— murmuro, mi mano sobre mi mejilla. —Tomamos todo lo que nos han dado, todo lo que nos dolió o nos impidió sentir, nos abrimos camino, no tenemos que ser buenas, no tenemos que ser malas, solo peor a las personas que buscan dañarnos cuando las tenemos delante e implacables hacia lo que queremos.
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Mensaje por Alecto L. Lancaster el Dom Ene 03, 2021 6:22 pm

Respondo a su consejo con un asentimiento quedo de mi cabeza, que no la observa de vuelta sino que mi mirada se mantiene fija sobre las patas de la mesa del despacho que tengo delante. No pretendo decirle que Dione es una persona con la que quizás no se haya topado nunca, y soy consciente de que estoy diciendo esto basándome en el historial de rostros conocidos que tiene mi madre tras su espalda, aun así creo que no estoy en el error al afirmar que los Lancaster no son como cualquier otra familia de alto estatus viviendo en un distrito rico, empezando porque compraron un bebé como quien compra unos zapatos, con el mismo fin de exponerlos ante un público y esperar recibir elogios por ellos. Ni siquiera es esto lo más enrevesado de ellos, a mi padre le tengo un respeto profundo que no demostré en nuestro encuentro anterior, pero que sigue latente y no se ha rebajado por un solo acto de rebeldía en su presencia, pero mi madre adoptiva tiene el don para manipular a la gente, lo ha hecho toda la vida conmigo, haciéndome sentir culpable de nunca ser suficiente para ella. Todavía me queda descubrir qué tanto puedo fingir que ya no me afecta, cuando sé que son sentimientos demasiado arraigados como para atreverme a tirar de ellos, hay más debajo de estos de lo que podría resguardar una tirita.

Por eso tampoco le digo que hay dudas dentro de mí, eso que ella afirma como un pacto cerrado en el que las dos partes han cumplido, no estoy tan segura de que mi madre adoptiva lo vea de la misma manera. —No quiero hacer como que nunca pasó— aclaro, no soy de las que huyen de estas cosas, mucho menos negaré lo que ya está hecho, cuando es evidente que ya tuvo una consecuencia —, pero no sé como hacerlo para que ellos entiendan que ya no pueden obtener de mí lo que desean, lo que yo no quiero darles— continuo explicando, todavía sin creer que vaya a comprenderme, porque no los conoce. La advertencia en el desayuno con mis padres no fue más que una muestra leve de lo que podrían llegar a hacer si se lo propusieran, les enfadé lo suficiente como para obtener esa reacción de ellos, encima lo hice a conciencia. No es algo de lo que me arrepienta en el presente, pero eso no quiere decir que no me preocupe en el interior de lo que son capaces de hacer. Ambos son personas resolutivas. —Pero ese es mi problema, yo lo solucionaré— la desentiendo de ello de manera formal, porque no la quiero dentro de ese meollo del mismo modo que no quise a Dave dando círculos alrededor de la alcaldía a la espera de que los Lancaster lo vean.

Se me hace extraño al oído que me hable por mi nombre de nacimiento, estoy segura de que es la primera vez que lo escucho salir de sus labios, así que la ocasión merece que levante la vista hacia ella, casi sin saber cómo reaccionar. —Es curioso que me digas esto, cuando llevo el nombre de quién cometió el primer pecado original, quien tentó al hombre e hizo uso del engaño y la persuasión para conseguirlo— mis labios forman una sonrisa, apartando la mirada para recoger con mi mirada todos los libros viejos de láminas raídas decorando las estanterías. Paso mis dedos por la tapa de algunos, mi curiosidad me lleva a querer leer el título de todos, sabiendo con certeza que no encontraré el ejemplar que trata de la misma historia que menciono, por ser de origen muggle, ¿y hasta qué punto lo fue? —Tú y los Lancaster tuvieron eso en común— confieso después de un tiempo en silencio, sigo analizando los libros —, Lilith también representa a una mujer de mala reputación— bromeo, pero la risa hosca que sale de mi garganta declara que no me resulta tan gracioso, sino más bien curioso.
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Mensaje por Anne Ruehl el Jue Ene 07, 2021 1:23 am

¿Cómo hacerles entender que ya no pueden obtener de ella lo que desean? Este despacho se llena para mí de la presencia imponente de mi padre, ¿cuándo será el día en que deje de recordar con nitidez cada cosa que me dijo entre estas paredes? También recuerdo la sangre en mis uñas, sucias mis manos de lo que yo tomé de él, la única manera que encontré para que dejara de obtener de mí lo que deseaba fue despedazarlo, a todo él. Lo mató la persona en la que él me convirtió. —Tus problemas no tienen que ser solo tuyos ahora, eres mi hija, estaré aquí para ayudarte a resolverlos si lo necesitas…— murmuro al deslizar mi mano por su nuca para atraerla hacia mí en un medio abrazo, poso mi mejilla sobre su cabeza al conseguir rodearla. Mis palabras son mesuradas en comparación a los pensamientos que surcan mi mente, voces que piden que vuelva a escucharlas para recomendarme la única manera que conocemos de poner fin al abuso que se puede hacer sobre una persona, ¿y puede estar mal devolverle a los que lastiman el daño que han hecho? Decidí que no quería para mí, continuar con una vida en la que me llevara todo por delante, sin detenerme a pensar en el daño inmerecido que pudiera causar a otros. Pero entre lo que es bueno y lo que es malo, lo justo y la venganza, los inocentes y los culpables, todas son decisiones y quizás lo que nos enseñaron que es bueno es lo malo, lo malo quizás es lo necesario e incluso, lo bueno.

Esa es la historia que algunos cuentan de Eva, quienes la juzgan— curvo mi boca en una sonrisa, a lo largo de la historia ha sido así. —Te llamas Eva porque fue la primera mujer, porque ella marcó el inicio para todas las mujeres que vendrían después…— explico, siguiendo su deambular por los libros, —y sí, ella carga con el pecado original— siendo una niña nacida de lo que en algún momento compartimos con Hermann, que era todo lo contrario a amor, absurda posesión que se reafirmaba en el daño al otro, criaturas incapaces de amar que buscamos un reemplazo a la intensidad de ese sentimiento en el dolor, yo misma la castigué a ella declarando que su nacimiento iba con ese estigma, —pero todas las mujeres que han venido después de Eva han hecho tantas cosas, han compensado con creces el desastre que se le acusa a ella, algunas han construido y gobernado imperios… ¿por qué lamentar el Edén? Todas ellas asumieron que el paraíso se perdió, entonces salieron a conquistar. Te llamas Eva porque pese a tu estigma de nacimiento, a la culpa que no es tuya de quienes te dieron sangre y vida, quería para ti un inicio y para todas mujeres que pueda venir a partir de ti— susurro, porque sabía al apartarme que estaba terminando en mí todas las desgracias heredadas de mis madres al negarla como hija, ella en cambio crecería y se extendería en hijas, nietas, bisnietas, que partirían de ella, pero no de mí.

»Las mujeres con una mala reputación, tan mala como para que la historia las siga evocando, significa que se animaron a ir contra lo que se les impuso y marcaron su paso. Las mujeres de buena reputación pasan al olvido, ¿quién conoce el nombre de quien nunca se animó a salir de las paredes de lo correcto?— pregunto, mi ceño se frunce un poco al agregar con el peso que espero le haga notar lo importante de esto: —Pero ni lo bueno, ni lo malo, lo que te enseñaron que es lo uno y otro, te guíe. No te atemorices ante la mala reputación, ni te desvivas por la buena, que no te preocupe ser buena o ser mala… ante la única que tienes que rendir cuentas y a la que tienes que mirar a los ojos al mostrarle quien eres, es a tu rostro en un espejo— y aunque lleve toda una vida, si luego de tantos años de apartar la mirada incluso de los reflejos en ventanas, puedes enfrentar esos ojos significa que, buena, mala, mezquina, generosa, capaz de amar, capaz de odiar y capaz de doler, eres quien debes ser, ante la única persona que importa.
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Mensaje por Alecto L. Lancaster el Dom Ene 10, 2021 10:24 am

Preferiría que en todo lo relacionado a los Lancaster, pareja de quién he tomado prestado el apellido prácticamente toda mi vida, me encargue yo. —Y me ayudas— murmuro aun así. No entran ni Dione ni Alexander en la relación que mantengo con mi madre, por mucho que fuera ella quien cerrara el pacto que me hacía de ellos como propiedad, escojo privarla de tener contacto alguno con las figuras que han sabido ser los únicos que pueden romperme como quien aplasta un trozo de paja entre los dedos. Y no porque no desee que mi madre me vea de alguna forma que no sea la que yo le muestre, sino porque he decidido alejarla de toda concepción mía que pudiera tener como hija de los Lancaster. No me gusta esa persona, no quiero acercarla a esa chica más de lo que ya he hecho al permitirle entrar en mis recuerdos, a esa niña que lloraba por las noches en silencio para que no escucharan sus sollozos desde el otro lado de la puerta, tampoco la muchacha que pagaba con quien no tenían que hacerlo el temperamento frívolo que aprendió dentro de las paredes de su casa. Ya no soy más esa cría, no delante de ella, al menos.

Por eso me gusta lo que dice después, la razón por la que decidió ponerme este nombre que no he tenido oportunidad de conocer hasta hace poco, me sirve a mí también ahora para otorgarme un nuevo inicio, uno en el que no tenga que ser fiel a la palabra de nadie, más que a la mía propia. Me cansé, así tal y como les dije a quienes se les concedió mi custodia, de ser lo que otros esperan que sea, de actuar en base a lo que se me enseñó y no vivir para otra cosa que la expectativa que tienen ellos sobre mí. Pasé mucho tiempo tratando de alcanzar esa expectativa, solo para terminar golpeándome con la realidad de que nunca sería suficiente, ni siquiera chocar contra un muro sólido hubiera dolido tanto como llegar a esa conclusión, los únicos muros que cayeron fueron los que actuaban como protección dentro de esa casa. Pero también eran débiles, los barrieron con apenas un soplo de mentiras, esta vez pienso reconstruirlos con lo que yo decida es indestructible, hacerlos más fuerte que nunca para que ninguna ventisca pueda derribarlos.

No creo que el reconocimiento público sea exclusivo de aquellas mujeres que cargan a su espalda una mala reputación, también hay quienes cometieron sacrificios mayores por el bien común que se ganaron su lugar en la historia, y entre las buenas y las malas, es donde nos encontramos todas las demás. —Lo tendré en cuenta— le aseguro en un murmullo, tomando su consejo para aplicármelo en experiencias futuras. No sé lo que me deparará el futuro, en este último tiempo he llegado a entender que no hay mucho que yo pueda imaginar o esperar que suceda que coincida con la realidad que luego se presenta, lo que me hace pensar que nada bueno salió de la expectativa. Quizá por eso me cansé de vivir tomándola como referencia para todos mis actos, como bien hace en remarcar mi madre, llegó la hora de ponerme como prioridad y no vivir en base a cumplir con la satisfacción de otros.
Alecto L. Lancaster
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