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Where does the good go ○ Anne IRh8ZNT
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Where does the good go ○ Anne

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Mensaje por Olivia A. Holenstein el Mar Dic 08, 2020 4:58 pm

¡Vaya hay que ver cómo se lo montan algunas! Creía que lo de ver a Anne Ruehl, previamente conocida por el mundo como Rebecca Hasselbach, ministra de defensa, por los pasillos de la mansión Helmuth, sería cosa de una vez. Ya saben, dicen que los ministros son mucho menos puros de lo que aparentan ser, no me sorprendería en lo absoluto que cierto ministro de salud, luego de que su esposa muriera, anduviera colando sus manos bajo la ropa de otras mujeres. ¡Pero quién hubiera esperado que esa misma mujer sería una tan vieja amiga mía! Yo, desde luego que no, de ahí mi sorpresa cuando la vi aquel día colarse en la habitación del político, quedarme revisando detrás de la puerta de mi habitación, a escasos metros de la suya, para verla salir no hasta la mañana siguiente. ¿Qué cosas, no?

Pero no fue cosa de una sola vez, claro que no, a la primera se le sucedió una segunda, a esta una tercera y así sucesivamente hasta que mi poco conocimiento en matemáticas me impidió seguir contando. He sido cuidadosa con mi presencia, no iba a dejar que esta mujer se topara conmigo sin antes saber yo lo que pretende hacer en esta casa. Conociéndola como la conozco, o más bien, habiendo sido la persona que ella misma ha buscado para proponer negocios, no me creo esas sonrisas que se dedican el uno al otro, cuando bien podrían ser una farsa de parte de mi amiga, con la misma intención que la mía de camelarse la confianza de esta familia. Y por supuesto que tenía que ir a por el pez gordo, ella tan descarada como ha sido siempre, ¡mírala que ni dos meses han pasado de la muerte de su ex esposa! Cómo se aprovecha del viudo... Carajo, tendría que haberlo pensado yo, y me dejaba de tonterías con esta tal Grace, que ni siquiera me sienta tan bien el rubio.

Cuando no puedo soportarlo más, aprovecho que tengo conocimiento de que se encuentra en esta casa para salir al pasillo de la planta de arriba, preciso momento en el que la cabellera oscura de Rebecca, Anne, sí así es como quiere llamarse ahora, aparece en el umbral de las escaleras. —Vaya, vaya, ¿a qué se deben todas estas visitas que le estás haciendo al ministro, Anne Ruehl?— me burlo en un tono cantarín, casi que divertida al cruzar mis brazos sobre mi pecho. El vestido que llevo puesto aparenta aquellos que utilizaba en el norte para seducir a algunos acompañantes, aunque mucho más elegante de lo que usaría de encontrarme en la comodidad de una casa, en esta tengo que mantener la línea así que a mi atuendo le acompaña un bonito recogido. —No irás a decirme que estás enferma...— sigo, acercándome de manera que parezco una serpiente, solo para terminar golpeando el extremo de la barandilla de la escalera con uno de mis dedos varias veces. Mi mirada no se aparta de la suya en ningún momento —Querida, si para esto ibas a utilizar los documentos que te di, tendrías que habérmelo dicho, podríamos haber sido hasta socias.— curvo una sonrisa en mis labios, no sabría si decir de índole venenosa o divertida.
Olivia A. Holenstein
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Mensaje por Anne Ruehl el Miér Dic 09, 2020 5:08 am

Si bien había sido advertida de una tercera persona en esta casa, prima que la familia había incorporado recientemente, nunca hubiera esperado que esta tuviera la cara de Olivia Holenstein y su mismo irritante tono de voz que me aborda al llegar al final de una escalera, de la cual puedo decir que he llegado a memorizar cada peldaño de tanto que la he subido estos días para alcanzar la puerta de una habitación, de la que ahora ella es obstáculo que se interpongo y que pretendo quitar, de la manera más violenta que puedo, atrapando su brazo con mis dedos hasta clavarlos en su carne, para poder arrojarla al interior de la puerta que me quede más cerca si es que alcanzo a ver a través de la furia roja en mis ojos. —¿Qué demonios estás haciendo tú aquí, desgraciada?— me impongo a ella, en un susurro que no permito que se escuche más allá del espacio que compartimos por la fuerza, la mía, que sacude su brazo con su rudeza.

Su insinuación hace que baje mi mirada a su vestido que intencionalmente remarca las curvas de su cuerpo, que vuelva a subir por el peinado que tiene en alto cabellos rubios que le dan un maldito halo de niña buena, de la que no tiene un pelo. Mis ojos se deslizan entonces hacia la puerta que yo misma atravesé varias veces, descubro que es posible sentir que la rabia me arde aún más la sangre cuando su atuendo y su permanencia en esta casa me hacen suponer qué intenciones se trae como la perra oportunista que es, a los que mis visitas deben haberse interpuesto, porque no hay manera de que esta muchacha de los fondos del norte, pueda tener algún parentesco con la familia Helmuth. El rubio de sus cabellos es tan falso como todo en ella. Libero su brazo de la violencia de mi sujeción para que al segundo siguiente, sea esa misma mano la que golpee su mejilla en una bofetada. —Nada de lo que vengo a buscar en esta casa te lo compartiré— le espeto, por distinto que sea el significado que le haya querido dar a su proposición de negocios, claras quedan las posiciones de cada una y el límite que yo le trazo para que no cruce.

No sé qué te traes con esta familia, no quiero que me lo digas, vete por donde viniste si no quieres que ponga en aviso a Nicholas de que tiene una delincuente bajo su techo— sigo, con la altura que no me corresponde dentro de esta mansión y de la que hago gala lo mismo, dando unos precisos pasos para retener su brazo una vez más, sin que mis uñas le marquen la piel. —Por los viejos tratos, Olivia. Elige irte por tus propios pies y no diré nada, si te quedas me encargaré de que te echen de la peor manera…— la amenazo, cuando mi poder en esta casa no pasa de lo que pueda decirle a Nicholas, sigo siendo una presencia invisible que sus hermanas desconocen y que para mi martirio, es información con la que ahora cuenta esta chantajista. —No me des el placer de ser yo quien te eche— eso sí puedo hacerlo.
Anne Ruehl
Anne RuehlCiudadano

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Mensaje por Olivia A. Holenstein el Miér Dic 09, 2020 8:05 am

Su reacción me produce una risa aguda que escondo entre mis dientes, dejándola salir como alguien que se ha topado con quien no esperaba encontrar en esta casa, pero que la gracia del encuentro es suficiente para que ni la fuerza con que atrapa mi brazo me moleste. Es la respuesta que estaba necesitando de su parte, así que me dejo llevar por ese movimiento brusco que me impulsa a atravesar el marco de una habitación cualquiera, cosa que compruebo apenas con mi mirada al no tratarse de las paredes ya conocidas de mi dormitorio, tampoco del que ella frecuenta por la cantidad de veces que la vi colarse en el mismo. —Creo que podría hacerte la misma pregunta, ¿no quieres que te la haga de nuevo?— la provoco, manteniendo la curva de mis labios pese a la presión de sus dedos en mi carne —¿Qué demonios haces tú aquí, Rebecca?— pregunto, en un falso tono de inocencia que acompaño con la amplitud de mis ojos, fingiendo una sorpresa más allá de lo divertida que me resulta toda esta situación.

Me analiza con la mirada, sin cortarse un pelo al mover sus ojos de arriba a abajo por mi figura, así que yo hago lo mismo, con una calma mucho más notable que la que parece haberse evaporado de su cuerpo nada más llegar al tope de las escaleras. Hace exhibición de eso mismo cuando siento su mano golpear mi mejilla, pero lejos de devolverle el gesto como habría hecho en cualquier otro momento, solo hago que torcer más mi sonrisa, a modo de constante provocación. Ingrid Helmuth de verme, no obstante, diría que me mantengo a la altura de las mujeres de esta casa al no responderle con la misma brusquedad, sino que en su lugar llevo mi mano libre a la zona dolorida y la masajeo con suavidad, sin perder de vista su mirada. —Ay, ¿pero por qué siempre tan rencorosa, Becca?— sigo utilizando el nombre que pidió de mí hace ya tantos años, poco importa que haya requerido de mi trabajo para regresar al suyo original, para mí siempre será Rebecca, no hay muerte que pueda fingir para que eso cambie. —En serio, que no he venido a robarme nada que podría ser de tu interés, ¿o capaz sí? ¿Qué hay en la habitación del ministro como para la que visites tan de seguido? ¿Crees que debería probar yo también?— otra risa hueca, vestida de vacile, el mismo que pretende irritarla, hasta me animo a extender un brazo hacia la puerta, como si fuera a colarme en el dormitorio.

No, mujer, no...— chasco mi lengua varias veces, apartando la mirada de su rostro para dejarlo perdido por ahí unos segundos, como parte de mi actuación ante lo inoportuno de su presencia. Regreso mis ojos oscuros hacia la claridad de los suyos, cortando con todo acto que pueda llevar a cabo, solo para enojarla cada vez un poco más. —¿Estás amenazándome, a mí? ¿Después de todo lo que sé?— suelto una carcajada, riéndome en toda su cara —No te confundas, querida, no le tengo mucho aprecio a la vida de pobre, si tengo que volver a ella, te llevaré conmigo también, ¿o acaso no recuerdas cierto juramento que hicimos? Puedo cantar como un pájaro si pretendes joderme, no me importa morir, capaz pueda regresar como mi hermano y fastidiar desde ahí— propongo, sonriente pese a que no me haría una pizca de gracia tener que morir porque ella tiene ganas de estropearme el juego —Además...— ignoro que todavía me sujeta de un brazo porque tengo el otro libre para pasear mi mano por su rostro, apartarle un mechón enfurecido de su mejilla para posarlo detrás de su oreja —Que no soy la única delincuente bajo el techo de esta casa, ¿no? ¿Saben de los juegos que te traes entre manos con Nicholas sus hermanas?— alzo una ceja, no hay nada más satisfactorio que ver cambiar su expresión ante mis palabras.
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Mensaje por Anne Ruehl el Miér Dic 09, 2020 3:41 pm

La miro desde arriba, como la criatura arrastrada que siempre fue, envolviéndose en sí misma para alzar su cabeza de serpiente y enseñar colmillos que provocan a los míos. —No es ningún rencor hacia ti— escupo, como si algo en Olivia Holenstein mereciera que le de importancia, lo único que hago es tratarla como se merece alguien que habiendo subsistido toda su vida a costa de otros, no creo que esté aquí para hacer algo distinto a aprovecharse de lo que pueda conseguir como protegida de esta familia, —simple desprecio a lo que eres como para permitirte estar en esta casa— me otorgo la autoridad para ser quien se lo prohíba, por el simple hecho de que es también un lugar que transito desde hacía varios días, con uno propio en la habitación a la que alude y que en nada me tiene a su lado para tirar de sus cabellos, deshaciendo su peinado al aferrarme con fuerza con mis dedos para sacarle un grito de dolor. Con mi otra mano agarro su rostro, mis uñas clavándose en la piel de sus mejillas. —Pones un pie dentro de esa habitación y te corto esta bonita cara que te da tantos aires, zorra— mascullo y suelto su rostro, así como su cabello, para que se eche hacia atrás.

— sigo, con la garganta sucia de rabia, —te estoy amenazando— otro paso me permite recuperar su brazo, —te estoy ordenando que te marches— lo digo con una mirada que repasa todo el dormitorio con sus muebles, el sitio que se le ha dado en esta mansión, cuando fue una chica que ha sabido dormir en un colchón con pulgas del norte. Pese a su apariencia de rubia fina que siempre ha tenido la nariz respingona por aspirar a más de lo que tenía, por dentro lleva las peores mierdas del norte. He dado mi mano a otras mujeres de esos distritos, a cambio de un simple gestos de lealtad en las circunstancias que se requieran, Olivia Holenstein es de las que abandonaría a su suerte a quien pudo haberla socorrido alguna vez y no merece que se le dé una mano, salvo que sea para una bofetada como ya bien lo hice. —¿Qué crees saber, Olivia? ¿Tú crees que tienes algo para chantajearme?— pregunto, indignada de que quiera intimidarme a mí cuando nos conocemos lo suficiente como para que sepa que antes de ceder a un chantaje suyo, me encargo por mis medios de que mañana mismo vuelva a estar en el portal con olor a orín de algún edificio del distrito cinco, el más mugroso de todos los distritos, donde se tira la basura como ella.

No pretendo ir por las buenas con Olivia, así que la tomo del cuello para recordarle que tenga un nombre u otro, hay rasgos que han llegado a compartir tanto Anne como Rebecca y aunque no hago presión con mi mano porque abandoné la intención de daño real, el agarre es suficiente para que sepa que juegos conmigo no los voy a permitir, a mí bastardas como ellas no van a conseguir meterme en sus enredos manipuladores, cuando poca paciencia me queda luego de responder a los obligatorios que son los que me permiten estar en este distrito, en esta casa. —¿Piensas ir con Ingrid y Sigrid a contarles que me has visto en la habitación de su hermano? ¿Quieres perder la lengua además?— pregunto, no vendrá ella a incordiar con algo que deseo mantener fuera de la vista de todos para que precisamente no estén fastidiando. —Lo que hay entre Nicholas y yo solo nos incumbe a los dos, aparta tus ojos de rata mirona. No trates de ensuciarlo diciendo que lo hago porque esté esperando conseguir algo de él— la juzgo con repulsión en mis ojos, —¡lárgate! No hay lugar para gente de tu calaña en esta casa— que también era, es la mía. Pero hay algo que yo recobré, a lo que ella no podrá aspirar ni aunque renazca en otra vida, que se remarca por la manera que tengo de mirarla desde arriba, siempre desde arriba. No soy igual a ella, puedo apartar mis manos de la mugre, así como lo hago al soltarla. —Escríbele alguna carta a Nicholas diciéndole que encontraste otro tío al que estafar y lárgate.
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Mensaje por Olivia A. Holenstein el Miér Dic 09, 2020 7:03 pm

Es sumamente gratificante el ver cómo mis palabras, acompañadas de una actitud que muchos considerarían petulante, son capaces de provocarla al punto de que no tarda en enseñarme sus propios dientes. Eso es lo que quería de ella, que mostrara su forma real de ser, de la que no puede escapar por mucho que se dedique a regodearse junto al que es considerado el miembro más vital de esta familia. Sin él, es muy probable que todo lo que sostienen se fuera a pique, por mucho que su hermana menor goce de querer llevar la voz cantante, no se acerca a la imposición que causa su hermano. —De verdad, Rebecca, me halagas, me apasiona como mi sola presencia puede causar que te enceles como una perra, ¿a qué se debe este carácter? ¿Tanto te enrabia que toquen lo que tú tienes?— sigo provocando, a estas alturas se ha convertido en un juego entre ella y yo que mantenemos en muchos de nuestros encuentros, si no es en todos. No espero que se comporte de manera tan basta, quizá sí, si tenemos en cuenta que Rebecca siempre fue alguien que hace uso de sus garras ante una posible amenaza, y está claro que yo lo soy para ella. Pese al gemido de dolor por el tirón de mi cabello, ese que trato de camuflar al juntar mis labios, sigo sintiendo una profunda superioridad sobre su persona. —Casi que me tientas más de esta manera a aparecer por ahí, podemos compartirlo, Becca, no hace falta que te celes, si entre las dos podemos hacer un trabajo mucho más limpio, como en los viejos tiempos, ¿no te parece?— propongo, el morbo de tener dos mujeres en una misma cama es común en el norte, aunque está lejos de ser una sugerencia real, que solo busca volverla todavía más susceptible a mis palabras.

Mis manos que se aferraron de sus brazos, tratando de liberarse de su agarre, se sueltan de su piel cuando pasa a dejarme libre de la prisión de sus uñas, a lo que respondo acomodándome el cabello con una parsimonia sorprendente, parecería que acabo de tomar el té con una señora y no que recién me han golpeado en la cara. Me guardaré todos estos ataques para cuando tenga oportunidad de devolverlos, que según mi propio horario no tardará mucho en aparecer. No me inmuto ante su insistente amenaza, cosa que debe preocuparla más a ella que a mí, puesto que no tengo intención de moverme del lugar en el que me he parado por conveniencia. —Tengo bastante con lo que chantajearte, si me lo propongo, puedo sacar mucha mierda de ti, y como te dije, no me importan las consecuencias que tenga que pagar por ello— digo sin que me tiemble la voz, con mi mirada fija en la suya —Empezando por ese bonito nombre con el que te escondes de miradas ajenas, puedo volverte el punto de mira sin ningún problema antes de caer también, ¿entiendes?— expongo, abriendo mis palmas delante de ella como forma de que entienda que si caigo yo por su culpa, es seguro que la arrastraré conmigo en el proceso.

Debe tener algo personal conmigo, como para que se vuelva común el que sus manos se apoderen de alguna forma de mi piel, esta vez alargando sus dedos alrededor de mi cuello, sin llegar a cortarme la respiración, pero lo suficiente como para que no pueda mover la cabeza, ni mi cuerpo para el caso. —Lo haré si consigues que me echen de esta casa, ten por seguro que serán las primeras en enterarse de lo que haces con su hermano en la intimidad si recibo notificación de que alguien abrió la boca de más— porque esa lengua que dice querer cortarme, puede ser el fin de mis intenciones con esta familia si ella decide mover en exceso la suya. —¿Qué pensarán Ingrid y Sigrid? ¿Qué pasa si ahora mismo me pongo a gritar porque me has agredido? ¿A quién de las dos piensas que creerán? ¿A ti? ¿La mentirosa ex ministra de defensa que ha regresado de entre los muertos?— me mofo de ella en su cara, poco importa que quiera llamar a lo que tiene con el ministro algo digno, cuando no son sus ojos los que critican desde fuera, sino el del resto de miembros de esta casa que no tienen problema con señalar con el dedo. Me llevo una mano al cuello para masajearlo cuando lo suelta, ladeando un poco la cabeza en el proceso, unos segundos en los que no me cuesta decirme por devolverle el golpe anterior al elevar mi mano en dirección a su mejilla, cortando el aire de manera que suena como un golpe seco. —Escríbele tú la carta, tengo intenciones de quedarme y tú no vas a venir a joderme, cuando bien puedes encontrar otro hombre al que meter entre tus piernas, nunca te costó demasiado trabajo, ¿cierto?— alzo mi barbilla, sabiendo que con eso me he ganado un pase directo al infierno y, aun así, mi mirada desafiante evidencia que no me arrepiento de haberlo dicho.
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Mensaje por Anne Ruehl el Jue Dic 10, 2020 2:02 am

No es su miserable presencia la que provoca un infierno en mí, sino las insinuaciones que deja caer sabiendo por donde alentar este fuego en mi mirada que busca calcinarla y que no fingiré que paso de ellas, no sea que a la maldita se le ocurra probar que tan cierto es mi desinterés. También porque no me muevo como ella, cuyas intenciones nunca terminas de saber cuáles son, yo suelo ser mucho más franca sobre lo que quiero y mi amenaza sigue firme sobre que no deseo compartirlo con ella. Sé que lo hace porque se dio cuenta qué es lo que logra enervarme, que podría arrancarle la cabellera en este momento con mis dedos como garra. —Estoy dejándote los términos claros, pasas la línea que te trazo y me encontrarás del otro lado— murmuro, mis dientes llegan a chocar entre sí y tengo que soltarla para no arrojarla sobre al piso a darle las cachetadas que necesita para cerrar esa boca suya. —Búscate otras sábanas en las que revolcarte para conseguir un par de galeones, si te encuentro en las que me acuesto yo, voy a matarte— más claro que eso no puede ser nada, espero que el nombre que ella misma usa, el de Rebecca, le sirva para tomarse en serio en mi amenaza y es que, de suceder, es muy posible que ese sea el único desenlace.

No creo que el hombre al que quiere hacer parte de sus juegos la acepte en su cama, pero la bastarda si se lo propone, sabrá cómo meterse. Mejor dejarle en claro que si me quiere ciega de furia, así puedo llegar a mostrarme si toca lo que declaro prohibido. Recuperé mi posesión de esa cama luego de tres décadas y no creo ser como ninguna de sus legítimas dueñas anteriores, no espero que se me respete ningún derecho, lo que hago es imponerme y declarar los mandatos del que ahora es mi reinado entre esas sábanas: nadie más que nosotros dos se meterá o se entrometerá en estas. —Olivia, querida, no trates de asustarme con un supuesto chantaje que dejará también tu nombre al descubierto. El mío es recobrado, el tuyo es uno solo. La mugre del apellido Holenstein no es algo que vayas a limpiarte aunque uses un perfume caro— como puedo oler en toda esta habitación decorada para hospedar a una muchacha nacida en una cuna de oro, tan diferente al hueco de ratas en el que ella habrá pasado sus primeros meses de vida. —Y no me engañas, a ti te importa caer más de lo que puede importarme a mí— camino hacia ella para que mi rostro quede sobre el suyo, —ya he caído muchas veces, toque fondo y volví a ponerme de pie. ¿Tú?— repaso con mis ojos la habitación. —Cuanto más alto subes, más miedo debe darte caer. No elegirías por ti misma caer de lo alto que te ha colocado esta vida cómoda— antes me arranco las uñas que permitir un chantaje de esta cría que pretende que me eche hacia atrás.

Las palabras no son algo que baste para que ella misma retroceda, nunca me ha gustado tener que solucionar un escollo con palabras, a estos se los retira de un manotazo. Es lo que Olivia pretende ser en esta casa con su presencia, así que la retengo con mi mano sintiendo el hondo deseo de arrojarla lejos, cuando su voz insiste en provocarme hasta límites que ponen a peligrar mi poca contención de un carácter que ha sido más de una vez mi perdición. ¿A quién creerían? ¿A alguien como yo que ha dejado en evidencia todas las mentiras sobre las que asenté quién soy? ¿O en alguien que ha salido impune de todas las suyas por lo escurridiza que es, como Olivia? Mi verdad puede llegar a tener peso en los oídos de Sigrid, quiero creer que en los de Nicholas también, pero él más que nadie podría evocar las muchas veces que mentí. Que los demonios arrasen sobre esta casa si es que la verdad de una criatura miserable como Olivia Holenstein llega a importar más que la mía… o que lo hagan en este momento, que su mano cruza el aire para impactar sobre mi rostro y es eso, no el insulto que me dedica después, lo que me lleva a actuar en reflejo al sacarme el gusto de aventarla al suelo para que mi propio cuerpo la retenga ahí, a horcajadas, así puedo sujetar su cabeza al atrapar su cabello con los dedos y terminar de desarmar su recogido, y con la otra descargo todas las bofetadas que le hubieran venido bien recibir antes así sabría cuál es el lugar que le corresponde. —¡¿Querías enfadarme?! ¡¿Querías saber cómo responde una perra en celo a otra que viene a importunar?!— bramo en su cara, mi mano al bajar sobre esta no lo hace para otro golpe, sino para que mis uñas se ensañen con su pómulo y rasguen su piel. —No me busques, porque me vas a encontrar— el arañazo que le queda en la mejilla es solo una muestra, —no te metas en mi camino que te sacaré a las rastras para arrojarte la zanja a la que perteneces, ¿me entiendes?
Anne Ruehl
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Mensaje por Olivia A. Holenstein el Jue Dic 10, 2020 11:42 am

Se olvida de como soy si de veras cree que los límites imaginarios que traza van a frenarme los pies, si esa misma línea me impide conseguir lo que quiero, no tengo problema con atravesarla, tan invisible que es, sin temor a lo que pueda dejar atrás o encontrar más adelante. —Pero es que me gustan estas sábanas, ¿fíjate? Esta gente que se baña en galeones, sabe bien cómo escoger un juego de cama, ¿no crees? Aunque tengo curiosidad por saber si es la seda de la tela lo que te incita tanto a acostarte con el ministro, u otras cosas...— mi hermano diría que no le pongo límites a mi lengua suelta, esa de la que me tengo que reservar en estas paredes para ceñirme al papel que represento delante de ellos, pero con Becca no hacen falta ninguna de esas chucherías. Con ella puedo ser todo lo provocadora que quiera, y clavar mis colmillos en su piel si así lo deseo, más bien su orgullo al meterme con algo que, al parecer, le importa. Me río por eso mismo, muy suave al principio, mostrando parte del veneno que llevo conteniendo de todos los días que he permanecido en esta casa. —Se ve hasta tierno lo mucho que te preocupa que pueda meterme en su cama— siseo.

Hay algo que, sin ninguna razón que lo explique, me molesta a gran nivel, y eso es que ensucien el apellido de mi familia personas ajenas a esta, por muy mugriento que pueda estar, que yo lo sé, mi padre le hizo la fama al nombre. Solo aquellos que estamos registrados como Holenstein tenemos derecho a regodearnos de nuestra mala reputación, como si fuera algo de lo que estar orgulloso e, incluso, elogiar. —Zorra asquerosa, ¿quién te crees que eres tú para tomarte la libertad de insultar mi apellido? Tienes tanta mierda encima que no te valió con un nombre, tuviste que utilizar otro para recoger toda la basura que desprendes— le espeto de la manera más tosca posible, arrugando mi nariz de tal manera que parece que me asquea el estar cerca de ella, en la perfecta imitación de cómo lo haría Ingrid Helmuth. —, y ni siquiera así eres capaz a pararte al lado de esta gente como una más, vienes a esconderte en un dormitorio porque ni tú misma te aceptas, pero esperas que lo hagan otros— grito que no es solo ella quien se está aprovechando del hombre, sino él de ella al buscar su compañía como ratas que se esconden en agujeros. Y lo sé bien porque he sido de esas alimañas que se llevan a los lugares más oscuros, compañías para que ojos alrededor no puedan ver la falsa lujuria que hay detrás.

Un chillido se escapa de mis labios sin poder contenerlo, cosa que intento hasta que me doy cuenta de que quizá sería buena idea que me escucharan, así pueden ver con sus propios ojos los miembros de esta casa -los cuales desconozco si se encuentran dentro de ella-, la bestia que han metido entre sus paredes. Me empuja al suelo, tira de mi cabello e impide que pueda moverme a mi antojo, pero eso no evita que trate de forcejear para liberarme de su cuerpo. Las bofetadas me llegan una a una contra mi rostro, pese al dolor que siento en forma de picazón por el golpe, cada uno que se sucede solo sirve para que me ría más fuerte. —¡SÍ! ¡Sí! ¡Era justo lo que quería!— grito para igualar su tono de voz, atinando a callarme solo cuando sus uñas se clavan en mi piel para arañarla —¡SUÉLTAME PERRA DEL INFIERNO!— pataleo con intención de que mis piernas la desorienten, pero su fuerza reservada durante años por su condición de licántropo es superior a la mía de haber vagabundeado por el norte, así que como último recurso preparo la saliva en mi boca y escupo en su cara de una sola salida. —Suéltame, ¡suéltame o empezaré a gritar auxilio hasta que llegue tu preciado!— o alguien peor, si se tarda demasiado.
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Mensaje por Anne Ruehl el Vie Dic 11, 2020 4:25 am

No me importa que haya conseguido que su veneno se meta en mi sangre, respondo con este veneno en mis venas y peligra su vida más que la mía. Es una maldita serpiente que está regocijándose cuando bien puedo estrangularla, desgarrarla con furia, porque sabe encontrar el punto, entre tantos otros que de tocar en mí me serían indiferentes, pero algo que me provoca de la peor manera es saberla en esta casa, tan dispuesta a crear discordias por el simple placer de hacerlo, tan desgraciada como para hacer real sus insinuaciones si eso le permite alguna burla privada hacia otra persona, en este caso quiere tomarme a mí para darse esa satisfacción. —Si eres tú quien busca sábanas caras de algún ministro prueba suerte con Powell, Jenkins o Williams— la insto, que vaya a inquietar a alguien más, si lo que quiere es solo molestar, —me conoces para saber que mis amenazas no son en vano, y ten por seguro, que sigues sin conocer la peor parte de mí porque hasta ahora nunca me has visto pelear por algo que me importe. No quieres ser con quien pelee por ello, porque te arrancaré la piel antes de matarte, maldita—. No hubo nada que me importara de la manera en que ciertas personas consiguen importarme en este momento, para lograr de mí cosas que rechacé hacer antes como repetir este camino, llegar, quedarme, demorar mi ida hasta que la claridad del día invada la cama, seguir abrazada con mis dedos pasando por algunos mechones mientras espero a que esa misma luz se retire. El límite de «no pasarás» es algo que remarco para ella, lo defiendo con fiereza, hasta que se canse y vaya a incordiar a otros, que a molestias como ella no hay que tolerarlas, sino dejarle en claro a quien no van a venir a molestar.

Un insulto de su parte lo recibo con una carcajada fuerte, en algo también he logrado impactar en ella como para reaccione hostil más que venenosa, si usa veneno es porque está haciendo de la charla un entretenimiento retorcido, si responde de mala manera es que saberse basura por el apellido que lleva es algo que aún le enfada. —Eres tú quien se roba el apellido Helmuth porque siente repulsión por la mugre del apellido Holenstein, te cubres de ropa y perfume que te haga parecer similar a ellos, tu ridículo cabello rubio para parecerte a las mujeres de esta casa— le hago notar lo que hizo con toda intención de montar una falsa y a claras está de que esta es la vida que alguien tan codiciosa como ella puede desear, pero su nacimiento en un pozo sucio se lo hizo imposible. —No sabes nada de mí como para decir que me escondo en un dormitorio porque no quiero dar la cara, tengo otras razones para hacerlo. Eres tú quien vestida así, diciendo ser una Helmuth, sigues sacando por tu boca toda la mierda que te condena como una roñosa del norte, porque te cuesta demasiado mantener la falsa, porque no eres y nunca vas a ser alguien que se merezca ni una baldosa de esta habitación, naciste en la mugre y la mugre será siempre tu lugar, Holenstein.

Esa mugre a la que me encargo de devolverla al tirarla al suelo. Pese a sus risas por el logro de volverme enteramente irracional, yo encuentro mi propia satisfacción en sentir el impacto de mi palma contra su rostro en cada ocasión, el calor que percibo en la piel de esta, es el mismo que está consumiendo por dentro en una rabia que se acrecienta y me insta a continuar hasta que se calle de una buena vez, inconsciente de las maneras en que su propia piel se va marcando, amoratando su mejilla. Es el escupitajo que recibo en la cara lo que me hace soltarla, me quita de encima de ella, no porque se me haya ido la rabia, sino porque me doy cuenta de la estupidez que estoy cometiendo por su culpa y la sola mención de que podría llamar a Nicholas para pedir ayuda, por poco no me hacen volver sobre ella. —¡¡Te callas la boca!!— le ordeno, —¡¡no vas a llamar a nadie!!—, todavía sueno alterada, con la sangre latiéndome en los oídos y el enojo dificultándome la respiración. —No vas a decirle a nadie lo que acaba de pasar, ni yo diré quién eres. ¿Quieres dinero? ¿Es eso? Te daré dinero, pero te quiero fuera de esta casa. Nos conocemos demasiado como para seguir frecuentando la misma. Y yo no me voy a ir, eso ya te quedó claro. Así que vete por tus propios pies y los bolsillos llenos a buscar a otra familia que timar, no diré quién eres y qué haces si simplemente te marchas— sigue siendo una orden aunque parezca una proposición, —te daré unos días, no nos lleves a la situación de a quien darán la razón porque no te conviene. Ni si me la dan a mí, como si te la dan a ti. Sea como sea, me encargaré de que te vayas con menos de lo que viniste.
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Mensaje por Olivia A. Holenstein el Sáb Dic 12, 2020 7:40 pm

Pero es que es mucho más divertido probar a jugar con lo que crees tu juguete— respondo ante su sugerencia sobre meterme en las camas de otros ministros, cuando tengo al de salud tan cerca y, por qué no admitirlo, provocar a personas como Rebecca, que siempre se han mostrado muy por encima de gente como yo pese a pertenecer a la misma clase social, me produce una satisfacción que soy incapaz de expresar con palabras. —Es una suerte entonces que las serpientes muden de piel, ¿no?— me mofo de su amenaza cuando la lanza al aire, sitiándome identificada con este animal desde mucho antes que este momento. Me resulta tierno que pueda reconocer que hay cosas que le importan, que esté a tan poca distancia de ello me llena de un poder que jamás había sentido antes, quizá porque cuando se trata de la mujer que tengo delante, siempre me resultó complicado definirla como alguien que tuviera algo que perder. Ahora sé que es así, y a diferencia de mí, eso la hace una persona vulnerable. Pobre Rebecca, pobre, creía que las dos sabíamos más que otros como para permitir rodearnos de aquello que amamos, sabiendo que podemos perderlo.

Me entran ganas de escupirle de nuevo en el rostro, al tomarse la libertad una segunda vez de ensuciar mi apellido con sus palabras de puta de pacotilla, si me contengo es porque pretendo escupir algo peor que mi saliva cuando abro la boca. —Qué sabes tú de las razones que tengo para vestirme como ellos, no es mi deseo ser una más de esta familia, para mí como si terminan todos en una zanja peor que el mismo infierno, luego de vaciar sus cámaras poco va a importarme su destino— los maldigo a todos, dejándole clara mi intención desde el principio porque no lo veo una amenaza si decide abrir la boca, sabe que ella tiene más que perder que yo, por incoherente que pueda parecer siendo yo la que busca llenar sus bolsillos. —Yo no seré una Helmuth, ni quiero serlo, pero tú, por muchas noches que te acuestes con el hombre de esta casa, jamás van a aceptarte, serás siempre basura que tirar al contenedor, una paria entre ricos, y no hay Nicholas Helmuth que pueda salvarte de eso— expreso de esta forma lo que será su futuro quedándose en esta casa, de lo que he podido aprender de ellos, quizá no del hombre en concreto, pero sí de su hermana y las historias que escuché de su madre, de todos sus ancestros, todos igual de críticos con personas como ella.

La empujo con la escasa fuerza de mis manos al saberme en una posición de desventaja, para acompañarla en su retirada de mi cuerpo y así poder levantarme yo. Bufo de mala gana llevándome unos cuantos cabellos de mi rostro que revuelan por mi mejilla, los cuales tengo que acomodar detrás de mis orejas luego de que haya terminado con mi peinado, mi rostro ardiendo por los golpes que ha recibido y las marcas por el arañazo que ya deben de estar apareciendo. Aun así, verla alterada sigue sintiéndose bien, lo suficiente como para aguantarme de golpearla de nuevo al ver que mis palabras mismas son suficientes para agitarla. —Ya me prometiste dinero una vez, espero que no me tomes por tonta y creas que aceptaré una segunda vez— respondo con rabia a su intento de largarme —No eres tú quien pone las condiciones aquí, Rebecca, no es tu casa para que puedas mangonearme como si tuvieras el poder para hacerlo, mucho menos para darme ultimátums. Si no quieres que diga nada sobre quién eres, qué es lo que haces aquí, mantén el maldito agujero que tienes en medio de la cara cerrado y no tendremos problemas— no me molesta tenerla aquí, si lo único que hará es soltar gemidos de perra en celo con el otro, siempre y cuando no interrumpa en mis objetivos. Si en cambio quiere ir por las malas, veremos quién tiene las de perder realmente.
Olivia A. Holenstein
Olivia A. HolensteinFugitivo

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Mensaje por Anne Ruehl el Dom Dic 13, 2020 10:15 am

No es mi juguete— aclaro, imponiéndole la seriedad de mi tono a sus provocaciones burlescas, —puedes ir a coger cualquiera de los que descarté si lo que quieres es jugar un rato— son varios, tendrá para pasar un largo rato, ninguno de ellos suelta fácil. Hay un par que disfrutarán especialmente su retorcida manera de entretenerse y que podrán devolverle del veneno que le gusta desparramar, harán que se atragante con este. Si esta chica cree que sus comentarios la colocan a la altura de poder medirse con otros de juegos más perversos, desconoce cómo se manejan realmente los manipuladores y aquellos que no se valen de palabras, sino que en sus actos colocan trampas. Y a ella su propia soberbia le hará caer a ojos cerrados. —¿Estás sugiriendo entonces que te corte la cabeza?— pregunto, es la manera más segura de matar serpientes que se nos enriendan en los pies, mientras el veneno de la mordida ya surte efecto. Respondo desde mis instintos más bajos al golpearla, al querer dejarle en claro que puedo ser peor cuando algo me afecta a cuando me muestro indiferente, que no es mi lado de bestia el que marca su rostro para dañar un atributo del que se vale para conseguir lo que quiere, sino mi lado más peligroso de ser mujer y nunca he sido una que sepa controlar su temperamento.

Siento el picor en la palma de mi mano que busca su rostro para abofetearlo una vez más cuando su maldición cae sobre todos los miembros de esta familia que, ingenuos como son por su maldita honradez, tiene a esta desgraciada sentándose en su mesa y durmiendo en una de sus habitaciones, recibiéndola como una más cuando ella solo les desea la muerte tras su robo. —¿Crees que lo que quiero es encajar en esta familia? ¿Qué lo que aspiro es a sentarme al lado de Nicholas Helmuth en una mesa?— alzo tanto el tono de mi voz, que sin llegar a ser un grito, retumba entre las paredes que nos rodean. —Hay un consejo que te daré para que te lo lleves y pruebes suerte en otra casa, porque no te permitiré que hagas nada en esta, que ahora me pertenece a mí— atrapo su cara con mis dedos presionando sus mejillas otra vez así la retengo de manera que sus ojos queden subordinados a los míos. —Se gobierna un reino mejor desde una cama que desde un trono, las decisiones se toman ahí, se definen destinos desde ahí, estar sentada al lado de un hombre no te da ningún tipo de poder, menos sobre ese hombre, menos sobre lo que es suyo, su cama es el único lugar que importa ocupar— incluso más que su corazón, lo que da cierto poder sobre sus pensamientos y sus emociones, pero no sobre sus decisiones y sus actos, no por afán de persuadir en él, sino de hacerle ver lo malo que lo rodea y su propia bondad le impide ver, que yo de eso me he cansado de ver en la vida.

Espero a que acabe con sus amenazas que no me perturban los oídos, todo lo que pueda decir, todo lo que pueda gritar para perjudicarme, no será mayor que el perjuicio que yo causaré en ella. Cuando termina, giro sobre mis pies para ir hacía el guardarropa de la habitación y retirar varias perchas cuyas prendas voy cargando sobre mi brazo, es esto a irme encima de ella otra vez. Del tocador en el dormitorio recojo un cofre de alhajas y lo que puedo tomar con mis dedos para colocar encima de la ropa, y en rápidos pasos estoy retirando el pestillo de la ventana para abrirla, así arrojo todas sus cosas fuera. —Dije FUERA— bramo, —te vas, ahora mismo— señalo la ventana, no la puerta, que se escabulla como la delincuente que es, —porque si estás aquí para cuando termine mi conversación con Nicholas, comenzará una guerra en la que no vas a ganar.
Anne Ruehl
Anne RuehlCiudadano

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Mensaje por Olivia A. Holenstein el Dom Dic 13, 2020 9:28 pm

Pruébame— la molesto ante su insinuación, y no porque no la crea capaz de decapitar a alguien si se le antoja, sino porque no espero estar a su alcance en caso de que haya oportunidad de que ocurra. Me conoce lo suficiente como para saber que puedo ser una piedra en el zapato, pero que tengo mis maneras eficientes de desaparecer como si no hubiera pasado por aquí, tal y como lo hice con ella, también puedo hacerlo conmigo y que tenga por seguro que me pondré por delante de cualquier otro, como beneficio siempre busco el mío propio y sus amenazas no harán que eso cambie. Tampoco me va a empequeñecer que vuelva a embestir contra mi rostro, ya ni siquiera pica del calor recibido en ocasiones anteriores y lo único que hago es analizarla con la mirada cuando la misma se me presenta al sostener mi rostro con sus dedos, no tan afilados como los míos que pueden elaborar una mentira con apenas un lápiz y un papel. —Qué bonito discurso, se ve que te lo has preparado con los años, de tantas camas que usurpaste, lo vuelves un monólogo elegante para luego decir que eres la puta de Nicholas Helmuth— digo las cosas como son, sonriendo con malicia sin importar que pueda tomarla con mi cara de nuevo, puede servirme para una espectacular actuación luego delante de Ingrid Helmuth, que hasta de las peores desgracias puedo encontrar como volverlas a mi favor y ella me está haciendo uno.

Me sacudo el pelo cuando se aparta, dedicando unos segundos a acicalar mi ropa que se ha vuelto un desastre, tiempo que ella aprovecha para decidir que es buena idea hacerse con parte del armario que se ha convertido en mi propiedad. Lo carga en sus brazos y mucho antes de que pueda hacer nada para pararla, las mismas prendas están volando por fuera de la ventana. —¿¡Se puede saber qué haces, loca trastornada!?— grito al acercarme con toda la furia que no he mostrado antes, para apoyar mis manos sobre el alféizar de la ventana. Veo brillar desde mi lugar otras cuantas piezas de joyas que, si bien no son reliquias como el resto de bisutería de esta familia, funcionan bien como adornos para los vestidos que me coloco a diario, cuya función exclusiva es la de impresionar a los miembros de esta casa. —Por mí es una guerra, Hasselbach— golpeo su hombro con el mío al apartarme de la cristalera para atravesar la habitación y dejarla allí, sin siquiera detenerme a observar su rostro en mi retirada. Que le jodan.
Olivia A. Holenstein
Olivia A. HolensteinFugitivo

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