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Mensaje por Phoebe M. Powell el Jue Dic 03, 2020 8:12 pm

Invierno, 2456



El viento es gélido, como uno de los días más fríos de este invierno que no parece tener fin, me congela las mejillas y los nudillos de las manos a las que trato de brindar calor a base de frotarlas una contra otra, mis huesos calados de arriba a abajo por el congelamiento que azota el doce desde hace días, y aun así no es la razón por la que mi cuerpo tiembla. En la esquina en la que estoy sentada, agazapada detrás de unos contenedores de madera abandonados, mi cuerpo tirita por no ser capaz de contener el dolor que ha sufrido, ese que sigue acumulándose entre mis piernas, se extiende hacia mis pies y sube por mi torso hasta oprimirme el pecho. También me duele al respirar, pero como resultado de no haber podido tomar aire con normalidad este día y el anterior, fruto de respiraciones entrecortadas que me quieren hacer llorar, pero por alguna razón las lágrimas no logran escaparse de mis ojos. Y por eso sufro, si solo pudiera llorar libraría a mi cuerpo de la tensión contenida, de mis músculos agarrotados que impiden que me mueva del lugar, como perro al que han apaleado, pero no puedo.

Ni siquiera los pocos galeones que guardo en mi bolsillo por el servicio prestado han animado a que busque un sitio donde gastarlos, alguno que esté caliente y resguardado de la nieve que empieza a caer. Tengo miedo de que no me dejen pasar, incluso en el más asqueroso de los antros siguen llevando a cabo restricciones, como para permitir el paso a un saco de huesos camuflado bajo una capa que tampoco está en tan buen estado, sino que se encuentra raído y vaya saber cuando tuvo su último lavado. El invierno no da para que se pueda secar la ropa al aire libre, así que la mayoría se ha acostumbrado a andar con abrigo gastado, como yo. De modo que, ante mi poca disposición y nula capacidad para decidir qué hacer a continuación, sin ningún plan en mi cabeza de cómo proseguir o siquiera tener ganas para hacerlo, me quedo en mi lugar por unos minutos más, aunque si hiciera la cuenta de todo el tiempo que llevo aquí parada serían mucho más que unos pocos minutos.

La gente acostumbra a ignorar a personas como yo, al punto en que he llegado a apreciar la indiferencia que te dedica el resto del mundo  cuando tu vida se resume en vagabundear calle arriba y calle abajo. Es casi como si no existiéramos para ellos, sin el casi. Por eso me sorprendo cuando la voz de una mujer me llama, de hecho su forma de hacerlo, suena al borde del desprecio, con ese «niña» que en un principio no tomo como que vaya dirigido hacia mí. Su manera de hablar es peculiar, con una tonalidad que no sabría diferenciar si se trata de falsa suavidad o simplemente dulce, me mantiene confundida por los segundos en que me explica que puedo ir con ella, que conoce un lugar donde estaré protegida del frío. Se la ve amable, o quizá es lo que quiero creer al analizar su rostro y fijarme en que se ve bien alimentada, sus mejillas no están hundidas como las mías y sus ojos brillan con mucha más intensidad que los míos, que a su lado se ven desgastados y vacíos de luz. Por el detalle de buena apariencia apenas he notado que a su cuello lo envuelve un collar de perlas, su pelo recogido en un peinado que calma sus rizos al estirarlos hacia atrás, desde luego no se ve como cualquiera en estas calles, y aun así tengo la sensación de haberla visto antes.

Puede que sea eso lo que me alienta a levantarme, el sentimiento de conocerla de algo, sin llegar a saber el qué, así que cargo con mi cuerpo que, a pesar de delgado, se siente pesado al tener que volcar mi poco peso sobre mis pies. Si no me mareo de camino al lugar sobre el que me habla todo el camino hasta allí, es fruto de un milagro y de que mi cerebro está funcionando a base de las últimas energías almacenadas en mi interior, unas que ni sabía que tenía. La ansiedad por adentrarme en el local hace que ignore por completo cómo se veía la fachada, también a las chicas que se pasean por el interior. Lo que no puedo abandonar es la tensión en mis músculos cuando mis ojos se percatan de que también hay algún hombre en la sala, uno demasiado confiado con una mujer que no parece mucho mayor que yo. Inconscientemente aparto la mirada, la paso al suelo, así que lo único que tengo para guiarme dentro es la mano de la otra mujer que me acompaña sobre mi hombro.

Madame Antoniette, es como capto que se llama, cuando mi cuerpo ha entrado lo suficiente en calor y puedo dignarme a prestarle atención, sentada en un sillón alejado del barullo general, en una sala contigua que no llega a estar cerrada por todas las paredes. El olor a tabaco que me entra por la nariz me hace asumir que es aquí a donde viene la gente para tomar esta clase de sustancias, entre otras cuantas. —Mae— digo que es mi nombre cuando me lo pregunta. Aprendí hace poco que los norteños no acostumbran a dar su verdadero nombre, siempre los mete en problemas y eso es algo que trato de evitar, para no tener que toparme con algún auror dispuesto a descargarse sobre mí. Mae, en cambio, no es popular, pero tampoco un apodo que llegue a destacar, pasa bien desapercibido. A mi madre le gustaba la primavera, el mes de mayo en concreto por ser en el que las flores ya han terminado de crecer, mostrando el interior de sus capullos. No sé bien si es por esa razón por la que me lo puso, pero al menos, es lo que me gusta pensar.

Me distraigo con eso, siendo consciente de que mi concentración no está al nivel de una persona que se alimenta a diario y vive en buenas condiciones, por lo que apenas opongo resistencia cuando toma mi mentón para analizar mi rostro. Yo hago lo mismo con el suyo, pero mi análisis es mucho menos crítico que el suyo, al que se dedica a añadir comentarios algo despectivos, como si no fuera consciente de mis ojeras, mejillas chupadas y labios rotos por el frío. Interiormente me pregunto para qué siquiera importa eso, cuando el hecho de hacerlo enciende la escasa voz de la razón que le queda a mi cabeza, alertándome de lo que ocurre. Sus dedos largos sobre mi hombro, clavándose en mi ya de por sí sensible piel, impiden que mi cuerpo actúe como me gustaría, huyendo, porque a comentarios como que serviré, que con un poco de trabajo podremos sacar algo, es lo único que se me antoja hacer. No sé quién es la mujer de pelo oscuro que aparece en la esquina, probablemente no sea más que otra que actúe bajo las directrices de Antoniette, pero la mirada que le dedico desde mi lugar, sin que me salgan las palabras, es de puro terror.
Phoebe M. Powell
Phoebe M. PowellDirector del Servicio Social

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Mensaje por Anne Ruehl el Vie Dic 04, 2020 3:45 am

La habitación de paredes precarias que sirve como oficina está sucia del humo de los cigarros que esconde el rostro de los fumadores, la conversación también queda a medias empañada, los dos hombres que lideran esta mesa de reuniones intercambian susurros a los que respondemos con Jordan cruzando miradas, ella sumisa al ir acomodarse en la silla de junto al atractivo hombre moreno para el que sonríe con una calidez que consigue un beso bañado en coñac y sus manos al entrelazarse sobre la mesa, deja la vista el anillo que la hace su «prometida». El sueño de toda prostituta del norte. La tirantez de mi sonrisa no desalienta al otro hombre cuando al tomar mi lugar a su lado, deja sus dedos vagar por un lado de mi cuello, antes de acercar sus labios para un roce que no llega a darse. —Tan fría, Rebecca— murmura, su mano subiendo por mi muslo, tan indiferente él como lo soy yo a ese toque que es un juego de entretenimiento para la pareja que tenemos enfrente, cuyas sonrisas demuestran el raro goce que encuentran como voyeurs, tristemente para ellos, cada reunión les supone una decepción.

Es lo que se necesita ser para este trabajo— murmuro al atrapar con las puntas de mis dedos la fotografía del hombre que es motivo de este encuentro. No soy la persona a la que el mayor de los Beker llama cuando busca compañía para unos días, suelen ser mujeres a las que devuelve a su oficio luego de hartarse y puesto que el trabajo que realizo para ellos requiere de llamarme cada tanto, no puede darme el mismo trato. Estudio el rostro de mejillas llenas del hombre que veo en la imagen, no pregunto la razón que les lleva a presentarme este nuevo blanco que hasta hace poco era respetado como su socio. —Visítalo en su almacén, cuando termines limpia todo lo que pueda vincularse al apellido Beker— me ordena, esa es la tarea primordial de cada asesinato pagado por estos hermanos, eliminar todos los documentos que sean prueba de alguna sociedad. Pero conozco a Vladir Keimer, se mueven bastante galeones en las salas de juego clandestinas que maneja en el distrito doce, aparentemente inofensivo, su crimen es de los menores en estos distritos, si bien el dinero que recoge no lo hace en las mesas, es el que sustrae de los bolsillos de sus apostadores y de los asaltos planificados sobre estos cuando salen del bar con una pequeña fortuna hecha con su suerte. Sería una lástima que todos esos galeones se lo distribuyan sus socios carroñeros cuando su cadáver sea encontrado, así que antes de cumplir con el trabajo por el que me pagan los Beker, puedo sacar una paga mayor por adelantado.

Keimer no es más que otro triste hombre que en algún momento de la noche también cae en casa de Madame Antoneitte, un par de galeones a la veela tomado del adelanto de los Beker, bastan para que me asegure que conseguirá una chica que no sea de las que ya se ofrecen en el sitio a su cargo. —Que tenga los ojos azules— le pido, recuerdo que fue un rasgo que me había halagado la vez que contrató mi compañía. Por patán que pueda ser en los negocios, Keimer también es de los que sufren de un romanticismo patético cuando se acuestan con una prostituta, la satisfacción por la que pagan caro les basta para inflarles el ego y eso les suaviza el inestable carácter violento que muestran en otros lugares. La muchacha que mido desde la distancia en la que me encuentro, como una sombra escondida tras la espalda de Madame Antoniette, puede encajar con las pretensiones de este hombre.

Menuda, rasgos marcados, ojos grandes, la delgadez que muestra nunca ha sido impedimento de ninguna de las mujeres que trabajan en las habitaciones de esta casa para provocar el deseo de sus visitantes, al final de cuentas los hombres veneran la belleza, pero sus cuerpos responden a lo atractivo, a las manos que los buscan, a las piernas que se abren para ellos. No hay mayor misterio en el carácter de los hombres del norte, quizás en ninguno. Me paro al lado de la madame para hacerle saber que me haré cargo de la situación, así que puede retirarse para volver con sus chicas. Doblo mis rodillas delante de la muchacha cuando quedamos solas, sin preámbulos le sostengo la barbilla para comprobar el tono exacto del color de sus ojos. —Azules, quebradizos— murmuro, —le gustarás, creerá que eres fácil de manejar—. Suelto su mentón y limpio las puntas de mis dedos entre sí. —Mae, ¿verdad? Eres una chica con suerte, la primera en venir a la casa de Madame Antoneitte con un trabajo distinto al de las otras muchachas. ¿Te interesaría ganar algunos galeones? No hará falta que te acuestes con ninguno de nuestros clientes— víctimas para mí, —y yo me encargaré de protegerte si alguno quiere pasarse contigo— asiento con mi barbilla quedamente para demostrarle que es una promesa seria. —¿Qué dices? ¿Te interesaría escuchar de qué se trata?
Anne Ruehl
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Mensaje por Phoebe M. Powell el Vie Dic 04, 2020 1:06 pm

No sirve de nada mi intento de pedir auxilio a esta mujer, en cuanto intercambia posición con Madame Antoneitte mi rostro vuelve a verse forzado a un segundo escrutinio por sus ojos claros, mucho más potentes que los de la señora que abandona la sala, dejándonos solas. Ni siquiera le devuelvo la mirada, cualquier rastro de fuerza en mis facciones desaparece al escuchar sus primeras palabras, tan claras como las intenciones que van detrás de ellas. He visto lo que hacen muchas mujeres en las calles, que además de permitir que hombres metan sus manos por debajo de sus faldas, también son quienes se agachan para prestarles otro tipo de labores. Esas mismas que hacían que apartara la mirada de la zona frecuentaban estas visitas repentinas, hasta que la propia necesidad lo volvió un lugar al que yo misma recurriría, que me recompensó con las monedas que envuelvo con mis dedos temblorosos dentro del bolsillo de mi abrigo. Ni siquiera son galeones, solo unos knuts que, visto lo visto, apenas valdrán para comprar un trozo de pan.

Asiento con mi cabeza como afirmación al nombre que di, al parecer lo suficientemente alto como para que lo haya escuchado desde la esquina, cuando formaba parte de una intimidad ofrecida de manera exclusiva a la otra mujer. Pero como otras tantas cosas perdidas hasta llegar a este punto, la intimidad es algo a lo que debería empezar a acostumbrarme a no tener, ninguna de las chicas que vi en la entrada parecía tenerla o, siquiera, echarla en falta delante de esos hombres. Afortunada no es precisamente la palabra que se me vendría a la mente ahora mismo, escucharla salir de sus labios no me emociona tanto como para devolverle la mirada, solo lo hago cuando termina de una forma que no esperaba. Que miente es lo primero que pienso, es su manera de engatusarme para que acepte a quedarme, incluso cuando no creo que esa sea una opción, como tampoco lo fue venir con la Madame, creyendo que sería una elección libre. Saco mis manos temblorosas de los bolsillos para extender uno de mis puños delante de ella y mostrar mi palma, la que carga con las monedas —Nadie protege a nadie gratis— ofrezco, así ella misma, de quien todavía no conozco el nombre, sabe que mentirme no endulzará la realidad.

Su promesa me resulta vacía, de tantas que escuché que no se cumplieron, de modo que su protección no sirve para que mi cuerpo se relaje, para que la crea cercana siendo nadie más que una desconocida. Pero no soy cínica, pese a no creer que no va a enviarme a una habitación con un tipo que se aproveche de mi cuerpo a cambio de un puñado de galeones, mis oídos sí se prestan a escuchar lo que tiene para decir. —¿De qué se trata?— repito sus propias palabras, casi sobre las suyas, esta vez permitiendo que mis ojos busquen los suyos. Puedo escuchar lo que sea con tal de permanecer un poco más en el calor de esta casa, siendo consciente de que lo que se viene a buscar aquí es el calor de la piel ajena, sirve para calentar la mía durante unos minutos antes de tener que volver a las calles. Quizá hasta pueda colarme por alguna reserva en mi salida, robar algo que llevarme al estómago ahora que sus rugidos empiezan a notarse, ella puede tomar los knuts como pago.
Phoebe M. Powell
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Mensaje por Anne Ruehl el Lun Dic 07, 2020 3:02 pm

Miro sus manos como alguna vez miré las mías, pobres monedas sobre su palma que nunca serán suficientes, sus dedos huesudos y su piel que se ve seca, sus uñas no tienen siquiera un color saludable, podría tomar sus dedos para inspeccionar ese tono violáceo que delata el frío y el hambre que sufre en las calles, no parece alguien que fuera a vivir más que otro invierno en el norte así como se ve, tan fácil de enfermarse, de quebrarse. Pero otras mujeres antes que ella, de apariencias aún más lamentables, han sabido mantenerse respirando en las esquinas donde el viento azota, con mucha suerte a veces protegidas con una manta sucia, otras veces teniendo que irse con algún hombre que le ofreciera un espacio entre cuatro paredes donde estuvieran a resguardo del viento, y libre de ese calvario del clima, simplemente cerrar los ojos a la irrupción violenta entre sus muslos, dejar que la mente encuentre su propio camino a una oscuridad vacía de sensaciones, en la que el tiempo pasa lento, hasta que finalmente pasa.

Nadie dijo que sería gratis— digo por mi parte, —te estoy ofreciendo un trabajo, no caridad— mi respuesta es mordaz. Si no le interesaba, Madame Antoneitte encontrará otra ocupación para ella dentro de esta misma casa, yo tendré que esperar a que esta noche venga otra chica más dispuesta a colaborar. No me arriesgaría con Keimer al doble trabajo de ser quien lo seduzca para robarle y luego también quien lo asesine, sería mucho tiempo en su compañía que podría terminar por señalarme si algo sale mal. —En estos distritos, muchachas como tú— y como aquella que yo también fui, —reciben sucios knuts de hombres que se sirven de ellas, eso es lo que conocerás en las calles y también dentro de casas como estas. Nunca serán más knuts que los que pueda matar a tu hambre un rato, entonces volverás a tener hambre, también te enfermarás, siempre serán pocos knuts, necesitarás de buenas pócimas para ninguno de estos bastardos te contagie nada y tengo entendido que Madame Antoneitte las reserva para ella y sus favoritas— yo se las hago como para saberlo, como para que la misma madame acceda a buscarme una chica que sirva para mis propios planes.

Pero tú, salvo tus ojos no tienes nada demasiado especial para ser una favorita, te ves altiva y eso es un defecto— se lo hago ver, cuando su necesidad bien podría haber sido razón para que se mostrara sumisa y no lo hizo. Cruzo los brazos sobre mis rodillas para seguir a la altura de ella, mi rostro bastante cerca. —Las que queremos conservar algo de orgullo invertimos el juego de quien se beneficia de quien, ellos pagan por sexo y nos dejan unos knuts, nosotras— hago que sus ojos se encuentren con los míos, —los seducimos para vaciarle los bolsillos— digo. —Y a mí me parece lo justo— murmuro, yo también tuve que sobrevivir años con unas monedas en mi palma para siquiera concebir el pensamiento de que quizás, podía dejar de ser un cuerpo inerte bajo otro que saciaba su necesidad de posesión para ser quien alentara este deseo que como todo deseo termina nublando el buen juicio de cualquier persona, entonces quien puede tomar a manos llenas es quien sigue manteniendo la sangre fría en las venas.
Anne Ruehl
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Mensaje por Phoebe M. Powell el Lun Dic 07, 2020 8:07 pm

Bajo la cabeza y con ello mis párpados hacia mis manos, de alguna manera obediente, vuelvo a cerrar el puño y guardar las monedas en el interior de mi bolsillo. Caridad no es algo que conozca, como para haberlo esperado de ella, de cualquiera que se pasee por estas calles, en realidad, donde a los que terminan pidiendo se les aparta con un empujón de zapato, como quien se deshace de una piedrecilla molesta. Me mantengo callada durante los segundos que dedica a hacer un pronóstico bastante certero sobre el futuro que me espera, no me hace falta ser vidente para saber que acierta en cada una de sus palabras, cuando todavía siento dolor entre mis piernas al caminar y el hambre es una sensación más conocida por mi estómago que la saciedad. Por eso mismo aprieto mis labios rotos por el frío, uno contra el otro, antes mi cuerpo fue incapaz de responder de una forma parecida al llanto, pero ahora que ha entrado en calor es lo único que se me antoja hacer.

A mis dieciocho años, aparento menos estabilidad que un niño que está aprendiendo a caminar, y aun así, sé lo suficiente de las reglas del norte como para no mostrar ninguna clase de vulnerabilidad, incluso cuando es todo lo que soy. El que señale mis faltas es un ejemplo de ello, como el hecho de que al remarcar uno de mis aparentes defectos me haga fruncir el ceño, acostumbrada a este tipo de recibimiento como quien ha sido objeto de crítica desde que tiene uso de razón. Mi cuerpo no responde de otra manera que no sea haciéndome pequeña en mi lugar, acomplejada bajo la mirada reprobadora de la mujer. —No sé como se hace eso— reconozco en un hilo de voz avergonzado, tal y como si me estuviera exponiendo frente a un hombre de nuevo —Lo de seducir— vuelvo a explicar, todavía con vergüenza. —No quiero seguir en la calle y enfermar, pero no sé hacer lo que pides de mí— admito, antes de que la propia frustración por darse cuenta tarde de esto sea más fuerte que la decepción inmediata que pueda sufrir ahora. La ropa raída, piel sucia y complexión raquítica que me acompaña, que lo ha hecho por más años de los que puedo recordar, debería servir como primera advertencia de esto.

Si le sostengo los ojos es porque ella los busca, de manera que lo único que me queda de frente es la profundidad azul de los suyos, esa en la que me sumerjo apenas unos milisegundos, ni siquiera pienso que sea tanto, para que el color de sus ojos sea interrumpido por un intenso rojo que desaparece a la misma velocidad, dejándome con esta palidez marcada en el rostro y unos labios que preguntan: —¿Quién es el halcón rojo?— pregunto, asumiendo al instante de regresar que la figura del animal que he visto pertenece a la identificación de una persona que no he llegado a ver del todo, solo mis manos delgadas apartando la chaqueta del traje de un hombre para dejar a la vista el bordado en hilo rojo. —El halcón rojo— repito por si no me ha escuchado, pese a sostener mi rostro a escasa distancia del suyo, enfrentando su mirada y con una insistencia que no me corresponde, y que ella sabe que no me corresponde.
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Mensaje por Anne Ruehl el Miér Dic 09, 2020 4:17 am

Se aprende— contesto sin más, la casa que tenemos por fuera de la habitación en la que nos encontramos servirá para echar un vistazo de ciertas maneras que no buscan de los hombres más que provocarlos a pagar por un poco más de bebida o redoblar sus apuestas a beneficio de su dueña, son varios los que servicios que ofrece Madame Antoneitte como para que las chicas no sepan que en el camino de llevarlos al dormitorio, deben hacerlos pasar por cada uno de los lugares donde sus bolsillos se vacíen sobre las mesas. Así como hay mujeres que han nacido con un don natural, con rasgos y movimientos seductores de los que no son conscientes, muchas otras y quizás la mayoría han tenido que aprender, entre estas quienes siempre fuimos esquivas y hemos tenido que apartar nuestros ojos para que nos los busquen, ella parece ser de estas también. Podemos jugar ese juego tan bien como otras, conocerlo la protegerá mejor que desconocerlo, no hará falta que llegue a situaciones que desprecie y lo único que quedará a su cuenta, es no buscar esas situaciones porque así lo quiere, es también el riesgo del juego cuando una la juega con vicios que trae de antaño, en que la seducción que tratamos de controlar nos acerca a otra manera tentadora de hacernos daño.

Se trata de compañía, de acercarte a alguien, esta primera vez no te expondré a nadie que pueda esperar demasiado de ti, bastara con que le agrades a la vista, que te muestres con la cabeza gacha...— esto último lo agrego como advertencia a su propio temperamento, descubrí pronto que todos desean vernos con la cabeza gacha, que únicamente levantemos la barbilla cuando lo ordenan porque doblegar un carácter fuerte excita su ego, pero no quieren un auténtico carácter fuerte porque eso merece una bofetada de su parte. Sigo con mis ojos las expresiones de su cara para poder leerla antes de que otorgue forma a sus respuestas con los labios, la noto desorientada por un momento, espero a que exprese su duda sobre lo que acabo de decirle si es que no lo comprende, sin embargo no esperaba una como la que me plantea. Tomo distancia de ella cuando estiro mis piernas para mirarla desde mi altura. —¿Cómo sabes de él?— pregunto con mi ceño frunciéndose, mi desconfianza hacia ella latiendo fuerte en mis venas. —¿Conoces a Keimer?— le espeto, es información que me reservé, no se la compartí ni siquiera a la madame de esta casa. Mis dedos se agarran a su brazo para hacer que se ponga de pie, así sus ojos vuelven a quedar enfrentados a los míos. —¿Cómo puedes saber de qué hombre te hablo si no te lo mencioné?— la escrudiño con mis ojos, recordando ese maldito halcón que le sirve al hombre como identificación, mejor que dar su nombre en los lugares en los que nadie quiere ser visto, basta con que bajen la mirada a esa seña en su ropa.
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Mensaje por Phoebe M. Powell el Miér Dic 09, 2020 8:16 pm

Su respuesta es la única que podría ser válida en un lugar como el norte. «Se aprende». Que haya podido existir otra alternativa me hace pensar en lo estúpida que he sido por siquiera proponerlo, cuando un repaso a mi vida propia es suficiente para saber que cualquier otra opción no existe en estas calles, rodeada de esta gente. Aprendes a valerte por ti mismo, no hay nadie que te enseñe a moverte como una sombra en la misma oscuridad, ni a como deslizar los dedos en bolsillos ajenos con el fin de conseguir algo más valioso que lo que resguardan los propios, tampoco a pasar desapercibido entre un mar de personas con doble ojo. Uno aprende solo a sobrevivir, también a perfeccionar los métodos a los que nos aferramos para poder hacerlo. Es a estos últimos a los que ella se refiere, cómo tendré que aprender a moverme como las otras chicas, imitar sus gestos a la hora de pasar sus manos por los cuerpos de los hombres que ejerzan de víctimas. Su forma de ponerlo en palabras, no obstante, como si no fuera más que una muñeca rota a la que exponer para goce de otros, me revuelve el estómago vacío, lo suficiente para también hacerme levantar la barbilla hacia ella pese a ser lo único que ha dicho que no haga.

Puedo ver la confusión en su mirada, la desconfianza formándose en el interior de sus ojos a cada segundo que pasa, manteniéndolos clavados sobre mí, tal y como yo hago al no recibir la respuesta que quiero. Ignoro su primera pregunta para centrarme en la segunda, pese a responderla de manera escueta, lo hago poniéndome en pie por obligación suya más que mía al aprisionar mi brazo. —No— contesto honesta, porque es la verdad que no conozco a ese hombre, de quién ahora sé el nombre y no es solo una figura animal bordada en rojo. —Simplemente lo sé— sigo, aun respondiendo de manera ambigua. Hay personas que sabemos sin llegar a preguntar, sin que haga falta que alcemos la voz para cuestionar eso que no conocemos en búsqueda de respuestas. Pocas personas he encontrado que son como yo, por no decir ninguna si no cuento con quienes he visto utilizan el engaño para hacerse pasar por vidente. —¿Es Keimer el hombre a quien tengo que robar?— inquiero, esta vez sí buscando una explicación de ella, la que no me ha dado la corta visión sobre este individuo. —¿Por qué no lo haces tú?— algo no me está diciendo si ha buscado a alguien como yo, sucia, muerta de hambre sin nada más que unos ojos llamativos para hacer el trabajo pesado, contando con que si algo sale mal, la pérdida solo soy yo, y no ella.
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Mensaje por Anne Ruehl el Sáb Dic 12, 2020 2:58 pm

Mi recelo hacia ella no hace más que acrecentarse, ese «no» en sus labios hace que afine mi mirada y trata de vislumbrar qué hay detrás de esta muchacha raquítica, que Madame Antoneitte me aseguró que levantó de la calle en la que se encontraba tirada como toda basura del norte. ¿Cómo podría saber ella que era para verme a mí? ¿Y a través de mí llegar a este hombre que identifica con algo tan impreciso como un bordad en su ropa? —¿Cómo lo sabes?— exijo, un interrogante sencillo que debería poder responder con algo distinto a evasivas, si no contesta es por algo que debería empezar a cuestionarme y también si es una muchacha que pueda servirme para concretar un plan en el que requiero que se limite a hacer el trabajo que le pediré, para que a continuación pueda proseguir con el mío. Es incomprensible para mí que pueda contar con esta información, y antes de forzar a mi mente a una paranoia más exhaustiva que imagine posibilidades, quiero escuchar lo que salga de su boca.

Sigo reteniendo su brazo con mi agarre para conseguir la respuesta que quiero, como si fuera a contestarle sus dudas antes de que lo haga ella. —No estoy segura ahora de que seas alguien de quien pueda fiarme para explicarte por qué te elegí a ti, en vez de ser yo quien robe a Keimer— negocio con la chica, dejando implícito que si la descarto como colaboradora, ya podrá encontrar un trabajo en esta casa o volver a su esquina fría de la calle. —Dame algo que me permita saber qué puedo confiar en ti como para hacerte parte de esto, porque te lo juro, si me ayudas, yo te ayudaré a ti— con todas las circunstancias y miserias que puedan acosarnos en estos distritos, en el que ninguna de las chicas que son arrojadas por la suerte en esta pobreza, se merecen o es recomendable que estén solas. —Dime, ¿cómo sabes quién es Keimer?— insisto, acercando mi cuerpo al suyo, acompañando a la exigencia de querer saber. —Dame algo que me haga confiar— aunque no sea algo que pueda o quiera responder en la misma medida, para cuidarla a ella misma de las consecuencias que pueden tener ciertos actos y en el carácter joven de quienes subsisten por estos lares, no es bueno depositar la consciencia de crimenes que todavía no sé si estará dispuesta a cometer por su cuenta.
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Mensaje por Phoebe M. Powell el Sáb Dic 12, 2020 7:39 pm

Puedo ver la desconfianza crecer en su mirada, en esa manera que tienen sus pupilas de hacerse cada vez más pequeñas pese a seguir posadas sobre mi rostro. He visto esa vacilación antes, en los ojos de otros, como para decir que el sentimiento que se asienta en mi interior es distinto que el de otras veces. Al final, es ese mismo miedo, temor a que sepa algo que no debería saber, lo que lleva a las personas a volcar su desprecio, única manera que tienen de pedirme que me aleje, que no les interesa tratar con alguien que puede ver cosas que ellos no. Magia o no, todos tememos aquello que no conocemos, y cuando esto mismo se presenta en forma humana, la respuesta por excelencia es el rechazo. Pero ella es insistente, no es como otros que se aparta, sino que busca poder estar más cerca de mí y lo siento en su agarre al volverse más fuerte. —Porque lo he visto— respondo, tan escueta como antes pese a revelar más de lo que muchos quieren escuchar, porque eso me da un poder que no quieren que tenga y es preferible hacer oídos sordos, ignorar que siquiera he mencionado nada, para poder continuar con su posición de superioridad.

Lo que escucho después es la reacción que estaba esperando, a la que estoy acostumbrada y por la que ni siquiera intento discrepar, me limito a mantenerme en mi lugar, por mucho que el peso de mis huesos quiera empujarme a sentarme de nuevo. —Te lo dije— repito, casi que con voz cansada, sin muchos ánimos de tener que ponerme a dar explicaciones cuando es evidente que el recelo ya se ha asentado en ella —, no sé quién es Keimer, solo lo he visto— antes de que lo malinterprete como una experiencia física, un encontronazo que haya podido tener con esta persona con la que jamás he tenido intercambio de palabra, continuo —Puedo ver cosas que otros no, cosas que no han pasado todavía, que pueden no llegar a pasar nunca, puede que sí— hablo con vehemencia, sigo dando explicaciones ambiguas, pero son mucho más certeras que cualquiera de las palabras que le ofrecí antes —Asumí que Keimer es la persona que llevaba el halcón rojo bordado en su ropa porque tú lo mencionaste, por el trabajo que me has pedido, era la única manera que podía relacionarlo— sigo, aunque por esta vez he terminado y solo me queda esperar por su respuesta, decidir si echarme o no en base a lo que he contado y por lo que pide después. —Te he dado lo que sé, que probablemente te lleve a desconfiar de mí igualmente— murmuro. Porque el saber no siempre es sinónimo de confiar, la confianza no viene del conocimiento en mi caso, cuando lo que puedo llegar a conocer puede ser tan equivocado como certero, y a nadie le gusta tener que bailar entre la incertidumbre.
Phoebe M. Powell
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Mensaje por Anne Ruehl el Lun Dic 14, 2020 6:31 pm

Relajo la presión de mis dedos alrededor de su brazo, lo convierto en una caricia calma que baja hasta su codo, mis ojos indagan en los suyos con una curiosidad distinta, la que se le ofrece a las videntes, cuyas miradas siempre serán un enigma entre todo lo desconocido e incierto que todavía nos tiene deparada la magia. —Te creo— dos palabras dichas como veredicto, como confirmación de mi voto de fe en ella, con un roce tan medido como el de mis dedos al sostener su codo, elevo estos a su rostro. —Interesante…— musito, si es cierto que se trata de una vidente, la suerte me sonrío dos veces con ella, a veces mezquina, a veces sospechosamente generosa, de todas las muchachas que duermen pasando frío en las calles, Madame Antoneitte trajo para mí una que se adecua a mi pedido de que tuviera ojos azules, y son estos mismos, los que ponen en mis manos un don al alcance. Y estas mismas manos que le dedican un toque superficial a sus facciones, cautivada por lo inesperado de este obsequio de la fortuna, son las que también pueden mostrar una agresiva codicia hacia lo que creo que podría servirme para mi propia supervivencia.  

La aparto de esa esquina en la que estaba confinada para llevarla hacia unos sillones gastados que ocupan espacio en esta sala, que más bien se ve como un depósito, al haber sido descartados de los salones principales por no combinar con la elegancia barata del nuevo amueblado. Un tocador también inútil nos reflecta con su espejo de cristal intacto, encima de este todavía quedan regados algunos cepillos y frascos vacíos de perfumes. —¿Te sucede con recurrencia?— consulto, —¿qué sueles ver?— insisto, abandonando toda referencia a Keimer, quien siendo el objetivo primordial, se desplaza hacia abajo en mi jerarquía de prioridades en este momento, cuando me interesa más lo que se puede planear a futuro, no únicamente en este caso. —Hay ciertos… rasgos mágicos que dan otra faceta a nuestra naturaleza— musito, —que lo veamos como un don o como una maldición dependerá de nosotros, que sea un rasgo inútil o uno del que sacar algún tipo de provecho para nuestra supervivencia también— continuo, no dejo de explorar su mirada sabiendo que es imposible retirar el velo que les cubre, invisible, que la hace distinta a otras brujas. —Tienes un don… maravilloso…— murmuro esta palabra con la admiración que se merece, —puedes conseguir muchas cosas con él. ¿Por qué sigues en las calles?— le pregunto, mostrándome consternada de que así sea.
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Mensaje por Phoebe M. Powell el Miér Dic 16, 2020 7:49 pm

Le devuelvo una mirada escéptica, el mismo recelo que ella me ha dedicado antes, cuando escucho sus palabras que reafirman su creencia en mí, incluso cuando no le he dado nada por lo que pueda sentirse segura de ello. Más bien todo lo contrario, podría resultar una impostora, alguien enviada exclusivamente a ver el plan que ha montado en su cabeza fracasar, pero decide creerme y eso, por extraño que pueda parecer, me produce más recelo que de obtener la respuesta contraria. Es triste, supongo, lo cual no quiere decir que se aleje de la realidad que se vive en el norte, donde una mano amiga se considera más rara que el hecho de que te la corten de cuajo por sospecha a que puedas estar robando en sus bolsillos. Ya van unas cuantas veces que analizan mi rostro hoy, como para molestarme porque su agarre vuelva a dirigirse a este, sus dedos atrapando mi barbilla de manera que luego le permito moverme a su antojo al desplazarnos de la esquina a unos sillones en los que me dejo caer por el impulso de no poder sostener mi cuerpo durante mucho más tiempo.

Me encojo de hombros como primera respuesta, así puedo hundirme entre los cojines que tampoco tienen el mejor aspecto, pero son mucho más mullidos que cualquiera de los asfaltos sucios donde he estado durmiendo estos días. —Depende— murmuro —Hay veces que veo más que otras, los mensajes son más claros, otros simplemente no los entiendo o no quieren dejarse entender— sí, he asumido que mi propia mente me quiere hacer jugar malas pasadas, tanto como para emperrarme en descifrar muchas de las imágenes que se presentan y que a menudo no tienen sentido —Pueden ser desde cosas tan obvias como una moneda en el suelo o en manos de otros, a encontrar rostros que no conozco, que me hablan, pero cuyas voces no llego a entender— esto, en definitiva, es lo más frustrante de todo. Hay tantas cosas que no entiendo de como funciona mi videncia, que muchas veces lo considero más un martirio que no me deja dormir por las noches. —También sueño— confieso, no hay ninguna razón para hacerlo, cuando son estas mismas rarezas las que invitan a la gente a que se marche —Muchas, muchas veces... tanto como para no diferenciar lo que es realidad de lo que es ficticio, lo que puede llegar a pasar o no, incluso una sola pesadilla... Es confuso— resumo, sacudiendo la cabeza como si de esa manera pudiera también sacudir los pensamientos dentro de mi cabeza.

Mantengo la barbilla prácticamente pegada a mi pecho, pudiendo notar como trago saliva para pasar el mal trago, con mi cuerpo hundido en el sillón al abrazarme a mí misma con mis brazos en busca de seguridad. Solo su pregunta hace que eleve la mirada, que no la cabeza, hacia ella. —¿Cómo que por qué....?— la observo con extrañeza —A nadie le interesa escuchar lo que tiene para decir una vidente, no es un don cuando a la mayoría les resulta turbio lo que pueda decir, ver sobre ellos. No les agrada tener que escuchar qué cosas de sus vidas saldrán mal, qué no podrán solucionar y con cuantos otros más infortunios van a tener que lidiar— porque sí, el norte no es un lugar que ofrezca nada bueno para nadie, los finales felices en estos casos no suelen ocurrir como para engañar a la gente con ello. —Toda persona con cerebro recela aquello que no conoce, aceptar que alguien puede tener conocimiento de eso es ponerse a sí mismos en riesgo, por la inconveniencia de no querer soportar lo que se tiene para decir— lo intenté, no muchas veces, pero lo hice, como para saber que esta es la reacción común. Embustera, mentirosa, maldita desquiciada, loca del tarro, son descripciones que me han hecho en este último año, lo mismo que me hace volver a mi posición defensiva, apartando la mirada y empequeñeciéndome en mi lugar.
Phoebe M. Powell
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Mensaje por Anne Ruehl el Sáb Dic 19, 2020 1:08 am

Mi mente trata de entender las complejidades de un don del que había escuchado y que desconozco por mi propio escepticismo hacia el futuro que puede predecirme una extraña. Así como no me gusta que traigan recuerdos del pasado para reabrir los cortes en mi piel, tampoco me gusta saber qué puede traer el futuro para contribuir a mis desgracias. En lo único que he llegado a creer casi como una religión personal es en el karma. Es la única ley por la que me rijo y acepto que mi final será penoso debido a los muchos crímenes que cruzan mis palmas, quedando en las líneas de estas para definir mi destino. —Quieres decir que nada nunca lo ves claro— murmuro con voz ausente, —pero puedes llegar a darle un significado…— de eso debería tratarse su don, ¿no? Todo lo que ella vea será incomprensible para nosotros si trata de explicarnos, de un mismo modo inconsciente, podrá arribar a conclusiones que sean para advertir a la persona o aliviarla sobre lo que teme.

Si te has encontrado con personas que te tratan así, ¿no será porque te has cruzado todo este tiempo con las personas equivocados?— medito en voz alta. Mis dedos se toman la confianza de recoger una de sus manos para acercarla a mis rodillas y posarla sobre estas, en un agarre de falso afecto. —Hay personas a las que sí le interesaría saber lo que conoces por tu don. No son las personas que tus propias predicciones te lleven a ponerle a tanto de lo que les pasará, tampoco las personas con las que te cruces por casualidad. Sino personas que están desesperadas por una respuesta, buena o mala, una respuesta que les permita dar paz a una inquietud que los carcome, esas personas tienen dinero y un buen peso en moneda es la paga que recibirás si respondes a lo que te preguntas— explico. Esto supera al golpe que planeaba dar a Keimer, al trabajo con los hermanos Beker, estoy viendo otra oportunidad de supervivencia en el norte entre las mis personas que han acudido a mí pidiéndome algo que no podrían mostrar ante nadie.

Todos los sureños que vienen al norte lo hacen buscando con desesperación algo, no vendrían si no estuvieran desesperados, y lo que consiguen no es algo que se sepa jamás. Buscan algo, siguen buscándolo luego de comprar lo que sea en el mercado negro, al final de todo lo que buscan es una respuesta. Ella podría dárselas. —No tienes por qué darle una contestación honesta— aclaro, antes de que me acuse del timo que realmente es, sigo: —es cierto que a muchas personas le gusta escuchar lo que les traiga tranquilidad, algunos lo necesitan. Siempre que puedas decirle algo de verdad sobre tus visiones que les permita confiar en ti, puedes darle luego por lo que están pagando…—. Mi mano acaricia sus nudillos en un falso gesto de afectuosa contención. —Si no quieres estar o regresar a lugares del cual te levantó Madame Antoneitte para traerte a estos, ¿por qué no aprovechar lo que tu don te ofrece? Está ahí, úsalo, sobrevivir se trata de tomar lo que tienes a tu alcance y en ti, para hacerlo posible. Podría guiarte, sé cómo hacerlo, si trabajas conmigo— como lo planteo, diciendo que trabajará conmigo, no para mí, es el pacto que puedo hacer con ella y le asegura su mitad intacta de esta sociedad, —te enseñaré a usar los recursos que tienes para asegurarte que serás una superviviente del norte.
Anne Ruehl
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Mensaje por Phoebe M. Powell el Dom Dic 20, 2020 2:42 pm

Asiento despacio con mi cabeza, sorprendida de que pueda entenderlo pese a que mis ojos no denotan ese sentimiento, sino que se quedan parados en ella con la poca energía que les queda. —— afirmo, esta vez con mi propia voz —, pero no sabría... no sabría como explicárselo a alguien— este ha sido mi problema durante el tiempo que he asumido que veo cosas que otros no, como cualquier habilidad, se necesita de cierto control para poder comprenderla y es evidente que lo poco que llevo de tratar de entender la mía no ha dado sus frutos todavía. No ayuda lo temperamental que puedo ser, lo emocional que me hace perder la concentración frente a sentimientos que no puedo controlar, tampoco tengo a nadie que me enseñe a hacerlo. La manera en que me froto los manos, rozando mis nudillos huesudos, declara parte de este nerviosismo que me envuelve a diario.

Por esa misma desconfianza, vacilo un segundo cuando toma mi mano, tratando de apartarla como respuesta innata a su contacto, que si lo dejo estar es porque me obliga a prestarle atención a sus palabras, liberando la tensión en mi brazo. Trato de concentrarme en lo que dice, aunque la expresión arrugada de mi frente indica que me está costando como si estuviera hablando en otro idioma, lo que en realidad es fruto de que me sienta ciertamente incómoda ante las caricias que le dedica a mis nudillos. La aparto bruscamente de un movimiento, volviendo a recogerla hacia mí. —No, no quiero volver ahí— el temor se dispara en mis ojos ante la posibilidad de regresar a las calles, a tener que hacer el trabajo de tantas otras mujeres que no tienen un lugar a donde ir, me aterra pensar que ese será mi destino. Puede que sea cuestión de desesperación, o de la supervivencia misma, lo que me lleva a asentir con la cabeza. —Trabajaré contigo, haré lo que me pidas, todo lo que me pidas, solo no... no me dejes con esa mujer, ni tampoco hagas que me devuelva a la calle, por favor— es casi una súplica, esta vez soy yo quien toma sus manos entre las mías como parte del comportamiento desesperado que no me molesto en ocultar, clavando mis ojos vacíos de cualquier otro sentimiento que no sea terror, en los suyos. Lo cual es un error, dejarme a merced de ella, lo sé tan pronto como lo digo, pero llega un punto en el que no me queda otra opción. —Qué tengo que hacer— esto, ya de por sí, es mi manera de aceptar a hacer lo que pidió antes con Keimer, hombre del que no conozco nada más que un figura animal en la tela de su ropa y que, aun así, me produce más de un escalofrío pensar en ello.
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Mensaje por Anne Ruehl el Miér Dic 23, 2020 3:58 am

Tomo su repentino alejamiento como recelo que podría llevarla a rechazar el ofrecimiento generoso que le hago, el cual no deja de serlo porque hay detrás algunas intenciones de las que nunca llegue a enterarse. En el norte todos vemos que conseguir del otro, a mi manera también le daré de mí como para que pueda sentirlo como una compensación por lo que ella misma tiene para dar, aunque no sea plenamente consciente de este intercambio o lo vea con mis mismos términos de lo que es justo es los vínculos que se forman en la pobreza de estos distritos. Sobrevivir solo no es posible, por mucho que al final del día es bueno recordar que siempre estamos solos y debemos ver por nosotros mismos, pero todas las personas que se cruzan en nuestro camino, con las manos llenas de monedas o manos diestras en robarlas, son también lo que tenemos al alcance y tomamos, para asegurarnos la supervivencia.

Desesperación, eso es lo que falta ver en los ojos de una persona para saber que aceptará lo que el orgullo inapropiado en esto distritos suele denegar. No me fío del todo de ese rasgo en sus ojos que los hacen ver más claros, sigue latiendo bajo ella ese temperamento del que ya nos dio indicio, y es con lo que tengo que saber cómo jugar mis cartas, así que recupero el contacto con sus manos para envolverlo en el calor de mis palmas, le muestro una sonrisa que aprendí a llevar a mis ojos como un reflejo engañoso, ya que estos siguen siendo azules y tristes. —Tendrás que mentir, engañar, como todos lo hacen. Pero tendrás que contar una mentira mejor, más cautivante— tejer una telaraña que haga creer a la víctima que es araña cuando es mosca, —la que ellos desean escuchar, por la pagan, serán ellos quienes pongan el dinero en tus manos sin necesidad de acudir a la violencia, ni a permitir que ejerzan algún abuso sobre ti…—, acerco mi mano a su mejilla una vez más. —Ese será tu trabajo, no debe pesarte en la consciencia, en el norte se cometen crímenes peores— esa es la parte que me toca a mí, mi sonrisa no hace más que ensancharse al querer conseguir su confianza. —Robaremos a Keimer el contenido de su caja fuerte, solo eso. El hombre maneja apuestas, guarda miles y se esconde de sus propios acreedores, estos irán a cobrarle pronto… así que es mejor llegar antes que ellos. Es un hombre débil a las mujeres, intimida a muchos, pero se atonta por una mujer…— reprimo una carcajada, y hay mujeres que llegan a conseguir que todo hombre se vuelva débil. —Será sencillo… y yo estaré contigo— prometo.
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Mensaje por Phoebe M. Powell el Sáb Dic 26, 2020 5:19 pm

En este momento no sabría diferenciar la tonalidad de su sonrisa, podría considerarla cálida si no fuera porque es un atributo que le colocaría a cualquier cosa luego de haber pasado las últimas noches en la calle, refugiada únicamente bajo la brisa fría del invierno que, en lugar de acoger, hiela hasta las últimas de las entrañas. Me recorre un escalofrío de pensar en volver a pasar allí la noche de hoy, o quizás de escucharla a ella sincerarse con el propósito con que mira a estos hombres que vienen aquí en busca de otro calor que no sea el de manos colándose en sus bolsillos. Pero el hambre no me ha hecho imbécil, sé que opción prefiero entre ser un juguete sobre el que vuelquen sus necesidades no saciadas en otras camas y usar esa búsqueda a la conveniencia que esta mujer propone. —Está bien, sí— acepto una vez más, segura en esta ocasión, de entre toda la seguridad que se pueda encontrar en la desesperación —, lo haré.— me veo reflejada en sus ojos azules parecidos a los míos cuando sostengo su mirada, para que así pueda ver que no hay ningún engaño detrás de la mía, solo inexperiencia, desconocimiento que no sé hasta qué punto no lo verá como un estorbo antes que una utilidad.

¿Podría…?— la necesidad luego de reconocerla es otra de las cosas que sublevan a una persona, lo suficiente como para comenzar a preguntar si podría comer algo, escuchando como mi estómago se revuelve. No obstante, es después de que la misma sensación se repita a lo largo de mi garganta, estremeciendo todo mi cuerpo en el proceso, que no es verdaderamente el hambre lo que lleva a producir ese reclamo en la boca de mi estómago, sino la imagen desagradable en el fondo de mi cabeza capaz de agitar a cualquiera. —Si vamos a robar a Keimer…— empiezo lento, habiendo bajado la barbilla para analizar con mis ojos de cejas fruncidas el suelo, una moqueta parecida a la del lugar en la visión —¿Por qué lo vi muerto?— llevo mi mirada hacia ella, sin saberlo es juzgadora, con la intención de buscar una respuesta que lo explique en sus propios ojos.
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Mensaje por Anne Ruehl el Dom Dic 27, 2020 1:03 am

Con mi mirada trato de descubrir en ella, su postura, su expresión, cuál es la culminación a su pregunta. Dejo el sillón en el que estamos sentadas para ponerme de pie frente a ella, la curva amable de una sonrisa en mi rostro una vez más, mi mano tendida hacia adelante para que pueda tomarla si la desea. —Vamos— musito, no hay mucho más que decir luego de explicarle qué espero de esta sociedad y lo que ella también puede esperar a cambiar, a mi parecer el pacto está hecho. Es momento de pasar a la ejecución de los planes, no necesitamos de la casa de Madame Antoneitte para proseguir con las presentaciones, los detalles que debo ofrecerle para hacer de Keimer nuestra víctima necesitan de una privacidad distinta a la que podemos encontrar en este lugar, por confidencial que sea el trato que nos otorga su anfitriona. Son los detalles que nadie más que ella y yo debemos conocer, se dice que los secretos solo son secretos en tanto no incluyan más de dos personas, es la mejor manera de tenerlos a resguardo.

Mi mano queda expectante en el vacío, el frío llega a bajar por mis venas hasta las puntas de mis dedos cuando su pregunta me desconcierta totalmente. Freno el impulso de volver a zarandear su brazo con la furia de la confusión, esta vez puedo saber que son sus visiones las que podrían darle esta información y es así como en mi palma sostengo un arma de doble filo, es lo que esta chica puede representar para mí. La primera advertencia sobre mi suerte que recibo sobre la decisión de hacerla parte de mis trabajos en el norte. Me acomodo en el borde del sillón, recuperado mi posición anterior, mi espalda más rígida que entonces y mi sonrisa siendo obligada a mostrar más calidez de la que he enseñado en mucho tiempo. —¿Lo viste muerto?— finjo sorpresa, —¿qué más viste?— me tomo la libertad de llevar un mechón de su cabello de su mejilla a detrás del arco de su oreja con una caricia lenta. —Si Keimer morirá, si lo que viste es que morirá… deberíamos apurarnos, ¿no? Puede que tengamos poco tiempo hasta que eso se cumpla— digo, mostrando una racionalidad de la que me justifico de inmediato. —Mae, debes estar enterada que en el norte ocurren muchas muertes frecuentes, sea por hambre, enfermedad, abusos, peleas, también los criminales que se enriquecen en la clandestinidad, tienden a encontrar estos finales violentos…— explico. —La muerte, la más marginal de todos, tiene una especial predilección por las almas descarriadas del norte. Y la muerte es…— tomo aire antes de soltarlo lentamente en un suspiro calmo, —simplemente algo que ocurre, normal, predecible, para todos— procuro quitarle así la relevancia que tiene demorar el robo a Keimer por una circunstancia que irreversible lo encontrará y para la que solo soy un instrumento. Si no lo hago yo, lo hará alguien más.
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Mensaje por Phoebe M. Powell el Dom Dic 27, 2020 7:24 pm

¿A dónde?— mi voz sale acongojada, por el pensamiento fugaz de abandonar el calor que ofrecen estas paredes, más no ha sido suficiente el tiempo entre ellas para calentar los dedos de mis manos, mucho menos para que el resto de mis huesos se desprendan de la capa helada que los cubre desde el inicio del invierno. Aun así, me pongo de pie como un resorte, no llego a tomar su mano en la prisa de seguirla, pese a que esa es mi intención, porque apenas segundos después vuelvo a caer sobre el sillón. Me siento abrumada por sus nuevas preguntas, tengo que parpadear varias veces, algunas presionando con más fuerza mis ojos, para deshacerme de los resquicios que quedan en mi cabeza de las imágenes de Keimer —Yo... Vi a... Lo vi...— balbuceo, en un intento inútil de expresar lo que a mí me mostraron, fallando estrepitosamente al sentir estremecer mi cuerpo, al que le recorre un velo frío acompañado del gesto de su mano sobre mi rostro, es quien lo provoca. El contacto con su piel me lleva a un nuevo panorama, dura apenas unos segundos, pero sus manos son protagonistas, así como también lo es el hombre por quien todo esto empezó.

No llego a reconocer el contenido del frasco que contiene en sus palmas, porque el rostro de la mujer cuyo nombre sigo sin saber se evapora con la misma facilidad con que vuelve a aparecer ante mí, como si nunca hubiera desaparecido, solo que esta vez las facciones que examino son las de nuestro presente. En el transcurso de unos segundos me he perdido de su discurso, tampoco lo necesito como para saber que la muerte es algo real en el norte, mucho más real de lo que puede significar en otros lugares. He estado a punto de morir, de hambre, de frío, por enfermedad, mis pulmones se han encharcado de infecciones en más de una ocasión a causa de los duros inviernos, me ha dolido respirar hasta el punto de no querer hacerlo más. Pero no es eso lo que me asusta, sino la información que poseo y que no soy capaz de pronunciar de manera coherente. —Tú...— o puede que solo esté confundida, ha sido demasiado, puedo estar delirando por falta de muchas cosas, porque no puede ser que... —No, tú no puedes ser quien...— niego con mi cabeza, pesada, bajándola de manera que con mis manos puedo frotarme los ojos con mis palmas como manera de tratar de derrotar el cansancio, el abatimiento de los últimos días.
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Mensaje por Anne Ruehl el Miér Dic 30, 2020 12:47 am

Espero a que me cuente lo que sabe, es un misterio para mí la precisión de las visiones que pueda tener una mujer con su don. Hablar mientras su mente asimila lo vislumbrado es una estrategia para distraerla, como si pudiera llegar a encauzar sus pensamientos de alguna manera hacia la dirección que a mí me conviene, por la cual acepte a la muerte como un hecho irreversible, no como uno en el que más tarde lo vea como algo perpetrado y en busca de su autora, se encuentre conmigo. Pero en sus ojos veo el reconocimiento antes de sucedido el acto, retiro la mano con la que acariciaba su rostro, también con la intención de que el contacto, la atrajera a mí y la apartara de esos pensamientos propios que le dan la respuesta, que jamás saldrá de mis labios. Mi mano cae sobre la suya para cubrirla. —Mae, vámonos de aquí. Necesitas un lugar donde descansar, algo para comer, entonces podremos hablar de esto y dar un sentido a los pensamientos que ahora te confunden— sugiero, no los descarto de pleno, eso podría ser contraproducente y alentaría a que insista en ellos, a que sigue ahondando en lo visto para entenderlo, apartarse de sí por descubrir la verdad de que soy una asesina.

Lo importante es que estés bien, lo de Keimer lo dejaremos para después— digo, prefiero demorar este robo que de concluir como debe, sería una confirmación que no necesito que la chica tenga, prescindir de algo por otro de mucho más valor, un robo por una chica con visiones como las suyas. Es un arma de doble filo, me cortará las palmas mientras lo uso para herir a otros, pero si encuentro la mejor manera de usarla, me otorgará muchos beneficios. Tiene un don extraordinario y los talentos en el norte están para ser aprovechados. Podemos prescindir también de los robos, si su habilidad sirve para las estafas. Yo misma necesito un tiempo para pensar, antes de aventurarnos a algunas de estas tetras, mientras la convenzo de que soy alguien en quien puede apoyarse, lo que sea que haya visto sobre Keimer es algo que me encargaré de llevarlo hacia el rumbo que deseo, que me permita reforzar la idea de que mis manos están para que pueda sostenerse a estas, no para matar a alguien. —Vamos, Mae. Te llevaré a un refugio seguro, mi propia casa— respondo la pregunta que hizo hace unos minutos, —podemos hablar ahí, aclarar todas tus dudas y juntas… entender qué es lo que viste— musito. Esta vez cuando me pongo de pie, no dejo mi mano suspendida en el aire a que la tome, sino que me encamino a la puerta, así la apremio a abandonar esta habitación, esta casa, también sus incertidumbres. —¿Vienes?— inquiero, —¿o prefieres quedarte con Madame Antoneitte y sus muchachas?
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Mensaje por Phoebe M. Powell el Miér Dic 30, 2020 3:30 pm

Mi cabeza da vueltas, no es la primera vez que me ocurre, cuando ya de por sí ha habido días en los que levantar los párpados para enfrentar un nuevo amanecer se ha hecho pesado, lo suficiente como para arrastrar esa sensación por el resto del día y esperar a encontrar un momento donde descansar los ojos, dejar que vague la mente. En mi caso esto solo produce más dolor, junto con el frío las jaquecas se vuelven costumbre y podría asociarlas a lo que me está ocurriendo en el momento, donde un montón de imágenes se pelean por ocupar mi centro de visualización, haciéndome imposible que enfoque a más de una a la vez. Siento que voy a desmayarme en cualquier instante, aprendí otras veces que apretar mis músculos funciona para revertir esa sensación, así que es lo que hago con mis puños, también párpados al parpadear con fuerza. —Sí, vámonos, por favor— digo con los ojos aun cerrados. No me importa a donde a estas alturas, con tal de que sea un lugar distinto a este, lejos de la mujer que me trajo aquí y a la que estoy segura no le importaría sumar una más a sus filas.

No sabría como tomarme su repentina preocupación hacia mí, dejando completamente de lado el motivo principal por el que estoy aquí: Keimer. Pero es la primera persona que me ofrece su hogar, después de que me expulsaran del mío, escuchar de boca de otra persona que me promete su casa como lugar de descanso, se siente extraño para mis oídos. La miro así mismo, como si estuviera debatiendo entre si confiar en que no será quién me eche una segunda vez o, por el contrario, sea fiel a su palabra. Me basta la confirmación siguiente para ponerme de pie, con todo el esfuerzo que requiere cargar con un cuerpo del que hace tiempo no me siento formar parte. No necesito responder a su pregunta para seguirla, se aprecia en mis pasos la urgencia por salir fuera de este antro al que seguro volveremos, pero que por hoy puede quedar atrás. No conozco el nombre de la mujer detrás de cuya espalda me escondo, siguiendo su sombra, lo aprenderé pronto, de todas formas, solo tengo que ser paciente a sus órdenes, por el tiempo que dure.
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